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Obras de Diego Catalán

ARTE POÉTICA DEL ROMANCERO ORAL. LOS TEXTOS ABIERTOS DE CREACIÓN COLECTIVA

6.- 4. CADA MOTIVO Y CADA VARIACIÓN EXPRESIVA TIENEN UN ÁREA DE EXPANSIÓN PARTICULAR

4. CADA MOTIVO Y CADA VARIACIÓN EXPRESIVA TIENEN UN ÁREA DE EXPANSIÓN PARTICULAR.

       hora bien, esa historia de cada motivo no puede concebirse como de desarrollo lineal. Cada romance es recordado simultáneamente por múltiples memorias individuales, que forman parte de comunidades más o menos relacionadas entre sí, por lo que resulta natural que un cantor pueda contrastar su versión de un romance con la de otro u otros cantores comarcanos. Es a través de ese contacto entre textos parcialmente iguales y parcialmente diferentes como se propagan y reforman los motivos y variaciones expresivas que articulan la historia cantada. Y esa propagación y esa re-creación de las unidades narrativas y de expresión poética sigue simultáneamente caminos muy diversos.

      El «estudio de la transmisión tradicional» no puede prescindir de la ubicación espacial de los actos de transmisión, como no puede prescindir de él el estudio histórico de cualquier otro producto social. Por ello, se nos impone a los estudiosos de la canción tradicional la necesidad de seguir de cerca, no sólo el proceso de creación de los motivos y variaciones de la expresión, sino también el de su difusión geográfica; y, en consecuencia, hemos llegado (como en su día llegó la lingüística) a comprender la conveniencia de estudiar cartográficamente los romances.

      El estudio cartográfico de la expansión de los motivos y variaciones poéticas que se hacen presentes en las múltiples versiones de un romance fuertemente arraigado en la tradición nos ha evidenciado, ante todo, que cada motivo, cada variación inclusive, tiene un «área máxima de expansión»; ocasionalmente se dan, es cierto (y con facilidad algo mayor que en los fenómenos lingüísticos, según es lógico), los trasplantes de ciertos motivos a áreas lejanas; pero la contigüidad en la propagación constituye la regla. Los motivos y variaciones suelen extenderse al llegar a oídos de un cantor, que había memorizado un determinado texto, otra versión del mismo romance procedente de un lugar vecino20. Forman «manchas» compactas sobre el mapa21.

      En fin, creo (a pesar de la incomprensión de Devoto) que el estudio geográfico del romancero, iniciado por Menéndez Pidal en 1920 y ampliado a base de un material mucho más abundante, en 1950, por Galmés y por mí (en Cómo vive...), está exigido por el carácter social de la poesía tradicional y se justifica plenamente por cuanto hasta aquí hemos venido diciendo. Nunca hemos pretendido, sin embargo, ninguno de los autores de estos ensayos que el llamado «método geográfico» o «geográfico-cronológico» constituya el único camino científico en el estudio del romancero; sino simplemente, eso sí, un método de probada utilidad para comprender los «mecanismos» de la re-creación tradicional. De hecho, la geografía y aún la cartografía demológicas nos han servido de guía en la exploración de los aparentes arcanos que para muchos críticos encierra la variabilidad en la llamada poesía popular; nos han iluminado algunos aspectos esenciales en la elaboración de la literatura tradicional, ayudándonos a comprender en qué consiste el «estilo colectivo». Y eso es bastante.

Diego Catalán: "Arte poética del romancero oral. Los textos abiertos de creación colectiva"

Universidad Complutense de Madrid

OTAS

20 Para no alargarme con nuevos ejemplos, remito aquí a los varios casos ya aducidos, pues todos ellos ilustran, de pasada pero suficientemente, la importancia de la coordenada espacio en la distribución de motivos y variaciones.

21 Estas «manchas» compactas pueden apreciarse de un solo golpe de vista en los mapas de Cómo vive; allí remito al curioso lector. Fuera del ámbito del romancero, el estudio de las baladas italianas, pongo por caso, da idénticos resultados (cfr., por ejemplo, las conclusiones cartográficas de las obras de Santoli,).

CAPÍTULOS ANTERIORES:

*
  1.- ADVERTENCIA

2.- A MODO DE PRÓLOGO. EL ROMANCERO TRADICIONAL MODERNO COMO GÉNERO CON AUTONOMÍA LITERARIA

I. EL MOTIVO Y LA VARIACIÓN EXPRESIVA EN LA TRANSMISIÓN TRADICIONAL DEL ROMANCERO (1959)

3.- I. EL MOTIVO Y LA VARIACIÓN EXPRESIVA EN LA TRANSMISIÓN TRADICIONAL DEL ROMANCERO (1959)

4.- II. EL «MOTIVO» Y LA «VARIACIÓN EXPRESIVA» SON OBRA COLECTIVA

5.- 3. LOS «MOTIVOS» Y LAS VARIACIONES DISCURSIVAS SE PROPAGAN DE VERSIÓN EN VERSIÓN

Diseño gráfico:

La Garduña Ilustrada

5.- 3. LOS «MOTIVOS» Y LAS VARIACIONES DISCURSIVAS SE PROPAGAN DE VERSIÓN EN VERSIÓN

3. LOS «MOTIVOS» Y LAS VARIACIONES DISCURSIVAS SE PROPAGAN DE VERSIÓN EN VERSIÓN

      a objeción al método geográfico más desarrollada por Devoto consiste en denunciar que «la única manera de estudiar los romances según este método consiste en descomponerlos en motivos» (p. 251). Tal objeción, más que al método, atañe a la concepción de la trasmisión tradicional y, en última instancia, a la esencia de la poesía colectiva.

      Ya dijimos que Devoto aceptaba de la teoría «tradicionalista» la «concepción multiforme» de la poesía tradicional, y que su nuevo método trataba de explicar «la extremada variabilidad de la canción tradicional», su «fabulosa riqueza» de combinaciones; pero no admite que esa realidad multiforme de cada poemita se fundamente en el juego combinatorio de las diversas variaciones discursivas y motivos narrativos propios de cada uno de los pasajes que integran el relato. Para Devoto si «el método geográfico, según manifiestan quienes lo emplean, no puede colocar la canción como un total sobre el mapa, sino que debe estudiar separadamente sus motivos», se debe a la ineficacia del método, y no, como los susodichos autores creemos, a que, de hecho, las variaciones se propagan independientemente, a que dentro de una narración «cada idea poética, cada verso o grupo de versos en que esa idea se expresa, tiene una historia aparte, una difusión geográfica y cronológica diferente de la de los demás versos» (Cómo vive, pp. 127-128 y 272-273).
 
     En realidad, Devoto no sólo combate esa concepción de que cada variación tiene su historia particular en el tiempo y el espacio15, sino que, incapaz de comprenderla, hasta se niega a «tomar al pie de la letra esa extraña noción de los motivos que se propagan sueltos», dudando, incluso, que los autores de la llamada escuela «tradicionalista» queramos decir lo que decimos. Y, sin embargo, la independiente propagación de los motivos y variaciones no es un resultado aparente de las limitaciones propias de un «método geográfico», sino que es nota esencial en el mecanismo de la trasmisión tradicional, es la clave de cómo vive un romance.

      Claro está que el hecho de que cada motivo (y aun cada variación de expresión) de un romance se propague independientemente no quiere decir que en momento alguno de su vida tradicional se halle sin engarzar en una narración total, en una versión del romance. Afirmamos que un elemento cualquiera se propaga independientemente, porque, desligado del contexto, pasa de unas versiones a otras, siendo aceptado y engarzado en conjuntos narrativos que difieren en los restantes motivos y variaciones discursivas.

      Cuando un romance está arraigado fuertemente en la tradición, un individuo de cualquier pueblo o aldea, además de la versión del romance recibida de sus mayores, que se compone de tales o cuales motivos y variaciones, tendrá fácilmente ocasión de escuchar otras versiones forasteras, que se distinguen de la suya en más o menos motivos o variaciones. De esas versiones forasteras atraerán su atención, especialmente, ciertos motivos o variaciones aislados, ya porque se destacan, a su parecer, como más felices que los correspondientes de la versión local, ya porque vienen a completar o simplificar ventajosamente el relato ya conocido, y, dada la semejanza de contenido existente entre todas las versiones de un romance, fácilmente podrá desglosar estos motivos del contexto en que se hallaban e incorporarlos al relato que de antiguo vivía en el lugar.

       La necesidad de admitir una propagación independiente de cada motivo, y aun de cada variación en la expresión de un motivo, no es un resultado del «método geográfico»; basta el examen comparativo de una masa de versiones para que ese carácter esencial de la transmisión tradicional se nos presente como realidad incontrovertible.

      Vamos a examinar, por vía de ejemplo, un grupo de versiones pertenecientes al romance de Gerineldo, todas ellas originarias de un área limitada por el Duero, la costa del Cantábrico, y los ríos Esla y Pisuerga. Se trata de un área fronteriza, en que contienden tipos de romance de origen castellano viejo y cántabro con un tipo meridional, dotado de fuerza expansiva, que desde Salamanca tiende hoy a invadir las tierras al norte del Duero.

      Tomemos una versión típicamente castellano-vieja, la que nos recitó a Álvaro Galmés y a mí, en octubre de 1946, Catalina Miguel, en Cabezón (Valladolid):

           —Gerineldo, Gerineldo,    paje del rey más querido,
2        ¡quién pudiera, Gerineldo,      estar dos horas contigo
          y después de las dos horas    hasta el amanecido!
4        — Como soy vuestro criado,    señora, burláis conmigo.
          —No me burlo, Gerineldo,    que de veras te lo digo.
6        — ¿Y a qué hora he de venir     a eso de lo prometido?
          —Entre las diez y las once,     cuando el rey esté dormido.
 8        A eso de las doce y media      Gerineldo dio un suspiro.
          —¿Quién es ése que a mi puerta     dio un tierno suspiro?,
10       que no siendo Gerineldo,      váyase por donde vino.
          —Soy Gerineldo, señora,     que vengo a lo prometido.
12       Baja la infanta en enaguas,     abre puertas y postigos.
          —Con una puerta que abras      cabe mi cuerpo pulido.
14       Se han metido en la cama    como mujer y marido.
           A eso de la media noche    [a]l rey un sueño le vino:
16      «O me fuerzan a mi hija,    o me roban el castillo».
           Aprisa coge el sombrero,     aprisa coge el vestido;
18      ha dado la vuelta    alrededor del castillo
           y ha pillado a los dos    como mujer y marido.
20      Pone la espada en el medio    que le sirva de testigo.
          —Y si mato a mi hija,      queda mi reino perdido,
22      y si mato a Gerineldo,     le he criado desde niño.
          —Vete a darle los días     como costumbre has tenido.
24     —Buenos días, Gerineldo,      buenos días, paje mío,
         ¿de ónde vienes, Gerineldo,      vienes tan descolorido?
26     —Vengo de ver el jardín,      que está verde y muy florido.
         — Si yo te hubiese querido matar,     la ocasión yo la he tenido.

28      — Máteme [....... ],      si lo tengo merecido.
         — No te mato, Gerineldo;     mátete Dios que te hizo.
 30     De las tres hijas que tengo     las tres para tu servicio,
          una que te sirva el pan,      otra que te sirva el vino,
 32     otra te sirva de esposa,      que tú te la has escogido.

Muy similar es la siguiente versión procedente de Astudillo (Palencia) 16:

       — Gerineldo, Gerineldo,     paje del rey más querido,
 2    ¡quién estuviera una noche     dos horas dormir contigo!
       — Como soy vuestro criado,     señora, os burláis conmigo.
 4    —No me burlo, Gerineldo,     que de veras te lo digo:
       entre las diez y las once     que mi padre está dormido,
 6    A eso de las diez y media     coge la calle con bríos,
       a la puerta del palaciol     llega, toca y da un suspiro.
 8    —¿Quién es ese caballero     que a mi puerta da un suspiro?,
       pues no siendo Gerineldo,     váyase por donde vino.
10   —Gerineldo soy, señora,      que vengo a lo prometido.
       Ya bajó en paños menores,      ha abierto puerta y postigo.
12   — Con el postigo que abráis,      coge mi cuerpo pulido.
       Le ha agarrado de la mano,      pa allá arriba le ha subido.
14   Ya se meten en la cama     como mujer y marido.
       A eso de la media noche     despierta el rey despavorido
16  «O me esfuerzan a la infanta     o me roban el castillo».
       Coge su alfanje en la mano,      dando vueltas al castillo;

18   entra en el cuarto la infanta,      les pilla muy bien dormidos.
        — Si mato a mí hija la infanta,     queda mi reino perdido,
20   y si mato a Gerineldo,      le mato muy jovencillo.
       —Mete el alfanje por medio     pa que sirva de testigo.
22   A otro día de madrugada     despiertan despavoridos.
       — Mira, mira, Gerineldo,     mira lo que ha sucedido:
24   el alfanje de mi padre     entre los dos ha dormido.
        — ¡Ay de mí el acuitado,     ay de mí el afligido!
26   —No te llames acuitado,       ni tampoco el afligido;
        te puedes llamar dichoso,      pues con la infanta has dormido.
28   Vas y le das los días     como otros días has ido.
        —Buenos días, su excelencia.      —Buenos días, paje mío,

30   ¿dónde vienes, Gerineldo,      tan triste y descolorido?
        — Vengo del jardín, señor,      que está floridito y lindo,
32   con el color de las rosas     las colores se me han ido.
       — No has prevenido muy mal     para ser tan jovencillo.
34   Si hubiera querido matarte,      bastante tiempo he tenido.
       — Máteme, su excelencia,       si lo tengo merecido.
36   — Yo no te quiero matar;      que te mate Dios que te hizo.
       De las tres hijas que tengo,      las tres te sirvan de alivio,
38   la una te sirva de pan,      la otra te sirva de vino,
       la otra te sirva de esposa,      porque tú la has escogido.

      Y análoga a ambas, entre otras varias, la de Bárcena de Campos (Palencia)17:

       — Gerineldo, Gerineldo,      paje del rey muy querido,
 2    ¡oh, quién pudiera esta noche      dormir dos horas contigo
        y después de las dos horas,       hasta que hubieá amanecido!
 4     Como soy vuestro criado,       señora, os burláis conmigo.
       — Yo no me burlo de ti,       que de veras te lo digo.
 6    —¿A qué hora, la mi señora,       me tendrá abierto el castillo?
       —A eso de las once y media,       cuando el rey esté dormido.
 8    —A eso de las once y media      se fue a dar vuelta al castillo,
       con zapatito de seda      porque no fuese sentido.
10   Una vuelta dio al palacio,       otras tantas dio al castillo.
        —¿Quién es ése, quién es ése,       que a mi puerta dio un suspiro?,
12   si no fuese Gerineldo,       márchese por donde vino.
        — Gerineldo soy, señora,       que vengo a lo prometido.
14   Salió la dama en enaguas,       abrió puertas y portillos.
        —Con un portillo que abráis       coge mi cuerpo pulido.
16    Ya se fueron a la cama      como mujer y marido.
         En esto despierta el rey,       despierta despavorido:
18    "O me matan a la hija,       o me roban el castillo».
        Tan pronto estaba de pie,       tan pronto estaba vestido,
20    tan pronto cogió la espada      y fue a dar vuelta al castillo.
         Pregunta a los demás pajes      por el paje más querido.
22     Unos dicen: «No está en casa»,      Otros dicen: «Ha salido».
         Se fue al cuarto de la infanta      y les encontró dormidos.
24    — ¡Oh cielos¡, ¿qué hago yo aquí?,       me veo comprometido:
         Si mato a la mi hija infanta,      veo mi reino perdido,
26     y si mato a Geríneldo,       le he criado de muy niño;
         pondré la espada entre medias      para que sea testigo,
28    — Despierta, Gerineldo,       despierta, si estás dormido,
        que la espada de mi padre      entre los dos ha dormido.
30   Vete a darle los días      como los demás has ido.
        —Buenos días, mi señor,       les tenga usted bien cumplidos.
32    —¿De ’ónde vienes, Gerineldo,       que vienes descolorido?
        —Del jardín vengo, señor,       de cortar rosas y lirios,
34    con el olor de una rosa      todo el color se me ha ido.
         — Mientes, mientes, Gerineldo,      que con la infanta has dormido.
36    Si hubieá querido matarte,       bastante tiempo he tenido.
         — Máteme, la suya alteza,      si lo tengo merecido.
38    — Yo no te quiero matar,       mátete Dios que te hizo.
         Y la reina, que lo oyó, dice:       — Yo le tengo de mandar matar.
40    — Si le manda matar, madre,       mándeme usté a mí enterrar.
        — Que te entierre o no te entierre,       le tengo ’e mandar matar.—
42    Uno morirá a las once,       y el otro al gallo cantar.
         A ella, como hija de reina,       la entierran junto al altar
44     y él, como hijo de conde,       una grada más atrás [etc.]
           ........................................      ..................................

50     De ella salía una rosa      y de él un rico rosal,
         cuando la reina iba a misa,       no la dejaban entrar.
52    Como es reina y puede mucho,       les ha mandado cortar... [etc.]

      Subrayo en las tres versiones citadas las variaciones más típicas de este grupo castellano-viejo de versiones. En Bárcena, el romance se continúa (desde el verso 39) con el tema del Conde Niño (sección que sólo reproduzco aquí parcialmente), esta soldadura también es característica de un conjunto de versiones de Castilla la Vieja.

      Comparemos ahora el trío de versiones que acabamos de citar con esta otra de Almanza (León), lugar próximo a la frontera de Palencia18:

         — Gerineldo, Gerineldo,     paje del rey más querido,
  2     ¡quién estuviera en tus brazos     tres horas o más contigo
         y después de las tres horas     hasta haber amanecido!
  4    Como soy criado vuestro,     os queréis burlar conmigo.
        — No te lo digo burlando,     que de veras te lo digo.
  6    — Si me lo dices de veras,     ¿a qué hora vengo al castillo?
        — A eso de las diez y media,     cuando el rey esté dormido.
  8    A eso de las diez y media     Gerineldo dio un suspiro.
        — ¿Quién ha sido el picarón,     quién ha sido el atrevido,
10   que a la puerta de la infanta     ha dado un grande suspiro?
        — Soy Gerineldo, señora,     que vengo a lo prometido.
12   — Que, si no era Gerineldo,     se vuelva por donde vino.
       — Sale la dama en enagua     y abre su puerta y postigo.

14   — Con una puerta que abra     cabe mi cuerpo pulido.
       —Le subiera para arriba,     le metiera pa’l castillo;
16   se metieron en la cama     como mujer y marido.
       A eso de las diez y media     un sueño [al] sultán le vino,
18  que le maltratan la infanta     o le roban el castillo.
       — Yo, si mato a la infantita,     queda mi reino perdido,
20   y si mato a Gerineldo     que criado mío ha sido;
       aquí dejaré mi espada     que me sirva de testigo.—
22   — ¡Alto, alto, Gerineldo,     aquí ya estamos cogidos,
        la espada del rey mi padre     entre los dos ha dormido!
24   —Calla, calla, la infantita,     que la traje yo consigo (sic).
        — Calla, calla, Gerineldo,     que yo bien la he conocido,
26   que la de mi padre es de oro,     la tuya de cristal fino.
        Vete a darle los buenos días     como otras veces has ido.
28    Buenos días, mía alteza.     — Buenos días, paje mío;
        ¿qué has tenido, Gerineldo,     que vienes descolorido?
30    — Vengo del jardín de flores,     como está florido y lindo,
        con el olor de las flores     los colores se me han ido.
32    —Bien te sabes disculpar,     aunque eres pequeño y niño;
        si te he querido matar,     tiempo y lugar he tenido.
34    —Máteme usted, mía alteza,     si lo tengo merecido.
        —No te quiero matar yo,      mátete Dios que te hizo.
36   Vete a dar agua al caballo     a las orillas del mar,
        donde la reina y la infanta     allí se van a pasear.
38    Mientras el caballo bebe,     él se cantaba un cantar.
         — Mira, hija, cómo canta      a serenita del mar.
40    — No es la serenita, madre,     no es la serenita tal,
         es Gerineldo pulido,     con quien yo me he de casar.
42    — Si tú te casas con él,     yo le mandaré matar.
        — Si le manda matar, madre,     a mí me mande enterrar;
44    a mí, como hija de rey,     me entierren en el altar,
        a él, como hijo de conde,     un poquito más atrás.
46   Y de ella salió una rosa     y de él un lindo rosal.
        La reina, cuando iba a misa,     les ha mandado cortar... [etc.]

      El parentesco es indudable (cfr. los versos subrayados y nótese la continuación con el tema del Conde Niño). Pero hallamos en ella un motivo curioso, ausente de las otras tres: el diálogo sobre a quién pertenece la espada colocada entre los amantes (versos 24 a 26). Tal motivo no es, desde luego, una invención del sujeto de Almanza, sino un elemento tradicional, que se repite una y otra vez en las versiones vecinas de Cantabria; eso sí, encajado allí en una narración en múltiples detalles distinta de la que hasta aquí conocíamos:

         ¡Oh, quién tuviera la dicha      que Gerineldo ha tenido,
 
2     que en el palacio del rey      quince años le ha servido!
         A la reina sirve el agua      y al rey le lava el vestido,
 
4     y a la señora infantina      la servía el pan y el vino.
         Estando un día a la mesa,      estas palabras le dijo:

  6     —Gerineldo, Gerineldo,      atiende a lo que te digo:
        Cuántas damas y doncellas      desean hablar contigo,
 
8     y yo también, Gerineldo,      porque seas mi marido.
         — Como soy criado vuestro,      os queréis burlar conmigo.
10    —  No te lo digo burlando,       que de veras te lo digo.
        — Si me lo dices de veras,      ¿a qué hora vendré al castillo?
12    — A eso de la media noche,      cuando el rey esté dormido,
        los zapatos en la mano      para no hacer ruïdo.
14    A eso de la media noche      picó Gerineldo al castillo.
        Ya despierta la infantina      con un sueño espavorido:
16    —¿Quién es el desvergonzado,      mas quién es el atrevido,
        que a deshora de la noche      viene a picar al castillo?
18    — Gerineldo soy, señora,      que vengo a lo prometido.
        — Pues si eres Gerineldo,      serás muy bien recibido.
20   Y le cogió de la mano,      le llevó a su cuarto mismo;
        y al cabo de poco rato      luego se quedan dormidos.
22   Ya llegó la hora y no había      quien darle al rey el vestido;
        se levantó muy enfadado,      por el palacio se ha ido.
24    Fuese al cuarto de la infanta,      donde siempre había dormido,
        ¿Qué tengo de hacer aquí      ahora sin ningún testigo?
26    Yo, si mato a la infantina,      mi reino queda perdido,
         y si mato a Gerineldo,      mi pleito queda perdido;
28    dejaré aquí mi espada      que me sirva de testigo,
         Ya despierta la infantina      con un sueño espavorido:
30     — Gerineldo, Gerineldo,      despierta, si estás dormido,
         que la espada de mi padre      entre los dos ha dormido.
32     — Miente, miente, la infantina,      que la traje yo conmigo.
         — Miente, miente, Gerineldo      que yo bien la he conocido,
34    que la de mi padre es de plata,      la tuya de cristal fino.
         Levántate, Gerineldo,      a mi padre dar el vestido.
36    A la segunda escalera,      la color se le ha torcido.
         — ¿De dónde vienes, Gerineldo,      que vienes descolorido?
38     — Vengo de escurrir los moros      que nos han cercado el castillo.
        — Bien te sabes esculpar,      aunque eres pequeño y niño.
40    La infanta perdió una joya      dicen que tú la has cogido.
        — Pues esa joya, mi rey,      yo no la tengo vist[o].
42   — Que la vieses, que la dejes,      yo vos velaré el domingo,

así dice, por ejemplo, una versión de Dobres (Cantabria)19. Y en otra versión de Potes (Cantabria), recogida por Alvaro Galmés y por mí en agosto de 1948 hallamos:

        ¡Oh quién tuviera la dicha      de ganar y bien servido
 
   como tuvo Gerineldo      siendo del rey bien querido!
        Al rey le sirve el calzado      y a la reina su vestido
 
   y a su hija la infantita      le sirve de pan y vino.
        Un día, estando los dos juntos,      de amores se han requerido.

  6    — Gerineldo, Gerineldo,      siendo de un rey bien querido,
        ¡cuántas damas y doncellas      quisieran hablar contigo!,
  8    y yo también deseara      que tú fueras mi marido.
        —Como soy criado vuestro,      justo es os burláis conmigo.
10   —No te lo digo de bromas,      que de veras te lo digo.
        —Si me lo dices de veras,      ¿a qué hora iré al castillo?
12   —Entre las diez y las doce,      cuando el rey esté dormido.
        A eso de la medía noche      suenan picar al portijo.
14    —¿Quién será ese descarado,      quién será ese atrevido?
         — Soy Gerineldo, señora,      que vengo a lo prometido.
16    Le ha agarrado de la mano      y en su cuarto le ha metido,
         y se acostaron los dos juntos      como mujer y marido.
18    El rey se quiere vestir      y no encuentra su vestido,
         y llamando a Gerineldo      que era criado efectivo;
20    unos dicen no está en casa      y otros que no había venido.
         Va pa’l cuarto de la infantita,      donde tiene el punto fijo,
22    los encontró a los dos juntos      como mujer y marido.
         — Si yo mato a la infantita,      mi reino será perdido,
24    y si mato a Gerineldo,      le crié de chico y niño;
         meto la espada en el medio      que les sirva de testigo.
26    Ya despierta la infantita      con sueño despavorido:
         — Gerineldo, Gerineldo,      ¡mala noche hemos tenido!,
28    que la espada de mi padre      entre los dos ha dormido.
        — No te asustes, infantita,      que esa yo la he traído.
30    —No me engañes, Gerineldo,      que yo bien la he conocido,
        que la de mi padre es de oro,      la tuya de plata fino.
32    —Buenos días, señor rey,       —Gerineldo, bien venido;
         esa cara de doncella,      dime ¿dónde la has cogido?
34     — Corriendo tras de los moros      que rondaban el castillo.
         — Bien te sabes disculpar      para ser chiquito y niño;
36     la infanta perdió una joya,      tú dicen que la has cogido,
          que tú seas, o no seas,      tú has de ser el su marido,
38     los cautivos que yo tengo      estarán a tu servicio
         y por donde quiera que vayas      te llamarán yerno mío,

      En una y otra versión he subrayado los motivos y variaciones de expresión más característicos.

      La propagación a Almanza del motivo «diálogo sobre la espada», con entera independencia respecto al conjunto narrativo en que vivía tradicionalmente encajado, es un hecho que se impone a cualquier observador (emplee el método que quiera emplear para el estudio del romance).

      Comparemos ahora con las versiones típicamente castellano-viejas la que cantó Rosa, en Palencia (Palencia) a M. Manrique de Lara (1918?).

        — Gerineldo, Gerineldo,      paje del rey más querido
 2      ¡quién te pillara esta noche      tres horas a mi albedrío!
         — Soy su paje, señora,      y se guasea conmigo.
 4       — No es en guasa, Gerineldo,      que de veras te lo digo.
         —¿A qué hora voy, mi señora,      a lo que me ha prometido?
 6       — Sobre Ias diez o las once,      que el rey estará dormido.
         Sobre las diez o las once,      Gerineldo va al castillo,
 8       con zapatito de seda      para que no sea sentido.
         Se ha levantado la infanta      y en enaguas se ha vestido.
10     — Con una puerta que abras      entra mi cuerpo pulido.
          Le ha agarrado de la mano      y en su cuarto le ha metido.
12     Se metieron en la cama      como mujer y marido.
          A eso de la media noche      oyó ruido en el castillo:
14      — ¡O me roban mi hija infanta,      o me roban mi castillo!
          Ha ido al cuarto de su hija      y los dos están dormidos.
16     — Gerineldo no le mato,      que le crié desde niño,
         si mato a mi hija infanta,      queda mi reino perdido;
18     pongo mi espada en el medio      para que sea testigo.
          — La frescura de la espada      la infanta se ha espavorido.
20      — Levántate, Gerineldo,      mira que estamos perdidos,
           que la espada de mi padre      entre los dos ha dormido.
22      — No te asustes, rosa mía,      que la he traído conmigo.
          ¿A dónde voy, la mi rosa,      tres horas el sol salido?
24      — Vete por esos jardines      a cortar rosas y lirios,
          si no, vete en ca’e mi padre,      como otros días has ido.
26     — Buenos días, el mi rey.      — Buenos días, paje mío,
          ¿de ánde viene, Gerineldo,      tan triste y descolorido?
28      — Vengo por esos jardines      de cortar rosas y lirios,
           la frescura de una rosa      las colores se me han ido.
30       — Mientes, mientes, Gerineldo,      tú con la infanta has dormido.
           Máteme usted, el mi rey,      si le tengo merecido.
32      — Que te mate Dios del cielo,      que ha sido él el que a ti te hizo.
          Vete a dar agua al caballo      a los profundos del mar.
34      Mientras el caballo bebe,      él ha sacado un cantar.
           — ¡Válgame Dios cómo canta      la serenita del mar!
36      — Es Gerineldo, señora,      que ha sacado un cantar.
          — Pues, si fuese Gerineldo,      le mandaremos matar.
38     — Si matan a Gerineldo,      me matan a mí detrás.
          De ella ha salido una rosa,      de él un precioso rosal;
40      la reina, cuando iba a misa,      se rasgaba el delantal,
           la reina, muy enfadada,      les ha mandado cortar... [etc.]

      En ella hemos destacado en cursiva los motivos y las variantes de expresión típicas que tiene en común con el grupo de versiones castellano-viejas (añádase la continuación con el tema del Conde Niño, versos 33 y ss.) más el verso del diálogo de la espada. Fácilmente se ve que los motivos y variaciones en común se han reducido en número; y, al tiempo que se han eliminado ciertos motivos castellano-viejos, se han introducido otros de distinta procedencia. Por ejemplo, la fórmula del requiebro

¡Oh quién pudiera esta noche      dormir dos horas contigo
y después de las dos horas      hasta haber amanecido!

aparece sustituida por

¡Quién te pillara esta noche      tres horas a mi albedrío!

que, según veremos, se da en las versiones que llamamos «meridionales».

      Del mismo modo, aunque la infanta sigue aconsejando a Gerineldo que acuda al encuentro del rey («si no vete en ca’e mi padre como otros días has ido»), de acuerdo con las restantes versiones castellano-viejas, este consejo se le ofrece en alternativa de otro:

— Vete por esos jardines      a cortar rosas y lirios,

característico también de las versiones meridionales. La expresión «a cortar rosas y lirios» se repite, además, en la disculpa de Gerineldo al rey, sustituyendo al octosílabo «castellano-viejo» «como está florido y lindo», y lo que en la versión de Palencia ha privado a Gerineldo de su color natural no es «el olor de las flores "sino" la frescura de una rosa». En fin, motivo también forastero es la pregunta «¿A dónde voy, la mi rosa,    tres horas el sol salido?» que precede al consejo de la infanta.

      La desaparición de casi todos los motivos y variaciones característicos del tipo «castellano-viejo» se consuma en la versión de Tordesillas (Valladolid) que, en octubre de 1946, nos cantó a Galmés y a mí Ignacia del Pozo (56 a.):

          — Gerineldo, Gerineldo,      paje del rey más querido
 2       ¡quién te pillara esta noche      en la mi alcoba conmigo!
           — No se burle usted, señora,      no se burle usted la digo.
 4       — No me burlo, Gerineldo,      que de veras te lo digo.
          ¿A qué hora, gran señora,      se cumple lo prometido?
 6       — A eso de las once y medía,      cuando el rey esté dormido.
          A las diez se acuesta el rey,      a las once está dormido,
 8       a eso de las once y media      Gerineldillo había ido.
           — ¿Quién es ese desatento,      desatento y atrevido?
10      — Señora, soy Gerineldo      que vengo a lo prometido.
          Se agarraron de la mano      y para dentro se han ido,
12      van cerrando las puertillas,      corriendo los cerrojillos,
           se metieron en el cuarto      como mujer y marido;
14      ya se quita la chaqueta,      ya se quitó el chalequillo
          ya se quitó el calzón de ante      ya se quitó el calzoncillo
16      y se metieron’ la cama      como mujer y marido.
          El rey se quiere vestir      no hay quien le alargue el vestido;
18      al rey se le presumió,      al cuarto la infanta ha ido.
          Cogió la espada entre medias      y se marchó a su retiro.
20      Ha despertado la infanta,      estas palabras ha dicho:
           — Despiértate, Gerineldo,      despierta, estamos perdidos,
22      que la espada de mi padre      entre los dos ha dormido.
           —¿Por dónde me iré, rediós,      por donde me iré, Dios mío?
24      ¿si me iré por el palacio      o me iré por el castillo,
           por dónde me iré, rediós,      que no sea conocido?
26       — ¿Dónde vienes, Gerineldo,      tan triste y descolorido?
           — Vengo del jardín, señor,      que está muy bien florecido,
28     con el olor de las rosas      me he puesto descolorido,
          con el olor de las rosas      las clavelinas y lirios.
30      — No lo niegues, Gerineldo,      que con la infanta has dormido,
           Matadme, señor, matadme,      si lo tengo merecido.
32       — No te mato Gerineldo,      que te mate Dios que te hizo;
            ella será tu mujer      y tú serás su marido.

      Nótese, sin embargo, la presencia de algunas expresiones típicas de las versiones castellano-viejas arriba examinadas («que está muy bien florecido»; «No te mato Gerineldo,    que te mate Dios que te hizo») incorporadas a un conjunto diverso de aquel en que solían hallarse. A su lado expresiones y motivos como «¡quién te pillara esta noche!»; «a las diez se acuesta el rey,    a las once está dormido, / a eso de las once y media...»; el despertar normal del rey; «¿Por dónde me iré, rediós... ?», son de origen meridional, totalmente ajenas al conjunto de versiones castellano-viejas.

      Para hallar incorporadas estas variaciones y motivos de origen extraño (que en mayor o menor número se entremezclan con los de cepa castellano-vieja en las versiones de Palencia y Tordesillas) a un conjunto narrativo típicamente meridional, nos basta con seguir aguas abajo del Duero hasta Zamora, donde Juana Herrero (de unos 60 a.) nos cantó el 31 de diciembre de 1947 a Álvaro Galmés y a mí la siguiente versión:

         Madrugaba Gerineldo      la mañana de San Juan
 2     a dar agua a su caballo      a las orillas del mar.
         Mientras su caballo bebe,      la dama le echa un cantar.

 4      — Gerineldo, Gerineldo,      Gerineldito pulido,
         ¡quién te pillara esta noche      tres horas a mi albedrío!
 6      —Como soy vuestro criado,      como soy vuestro servido,
         como soy vuestro criado,      señora, burláis conmigo.
 8      — No me burlo, Gerineldo,      no me burlo paje mío,
         no me burlo, Gerineldo,      que de veras te lo digo.
10     — Está bien dicho, señora,      ¿y a qué hora es lo prometido?
         Sobre las doce o la una      que están mis padres dormidos
12     das tres vueltas al palacio      y otras tantas al castillo.
          A la puerta de la infanta      ha dado un grande suspiro.
14     — ¿Quién será ese lebrel      que rodea mis castillos?
         — Soy Gerineldo, señora,      que vengo a lo prometido.
16     Lo ha agarrado de la mano      y en su cuarto lo ha metido;
         se pusieron a luchar      como mujer y marido,
18     en aquella dulce lucha      los dos quedaron dormidos.
          Por la mañana gran rey      pregunta por Gerineldo;
20     unos dicen «No está en casa»      y otros dicen «Ya se ha ido».
          Se ha marchado el gran rey      y al cuarto la infanta dirigido;
22     los ha encontrado a los dos,      los dos estaban dormidos.
          — Si mato a la infanta,      tengo mi reino perdido,
24      y si mato a Gerineldo,      lo crié desde muy niño;
           ahí os quedo la espada      que os sirva de testigo.
26      Con el frío de la espada      la infanta ha dado un suspiro:
          — Levántate, Gerineldo,      levántate, paje mío,
28      que la espada de mi padre      entre los dos ha dormido.
           —¿Y por dónde me iré yo      que no sea conocido?
30      — Marcha por esos jardines,      cortando rosas y lirios,
           la fragancia del color      una flor te l’ha comido.
32       El rey, que estaba a la espera,      al encuentro le ha salido.
           — ¿Dónde vienes, Gerineldo,      dónde vienes, paje mío?
34      — Vengo, por esos jardines,      cortando rosas y lirios.
          — Mientes, mientes, Gerineldo,      tú con la infanta has dormido.
36      — Dame la muerte, gran rey,      que la tengo merecido.
          — No te mato, Gerineldo,      no te mato, paje mío,
38      no te mato, Gerineldo,      te crié desde muy niño;
           mañana a las nueve y media      se celebrarán tus bodas.
40       — Tengo yo promesa hecha      con la Virgen de la Estrella
           que mujer que yo gozara      de no casarme con ella,

o, algo más al Norte, hasta Otero de Bodas (Zamora), donde Américo Castro recogió en 1912 de labios de Mónica Casto (55 a.) la siguiente versión:

          — Gerineldo, Gerineldo,      Gerineldito pulido,
 2       ¡quién te pillara en mi cuarto      tres horas a mi albedrío!
           — Como soy vuestro criado,      señora, os burláis conmigo.
 4       — No me burlo, Gerineldo,      que de veras te lo digo.
          — Diga usted, la gran señora,      a que hora se lo he prometido.
 6       — A las diez se acuesta el rey,      a las doce está dormido,
          a las doce aquí te aguardo,      Gerineldo, en el castillo.
 8       Al subir de la escalera      Gerineldo dio un suspiro.
           — ¿Quién es ese buen hombre,      quién es ese el atrevido?
10       — Soy Gerineldo, señora,      que vengo a lo prometido.
           Lo ha cogido por la mano,      en su cama lo ha metido.
12       Se besaron, se abrazaron      y se quedaron dormidos.
           A eso de la medía noche      su padre los ha sentido.
14       Llamara por sus criados,      ninguno le ha respondido;
            llamara por Gerineldo,      le ha sucedido lo mismo.
16       Se fuera a la cama de ellos,      los ha encontrado dormidos.
            — ¡Cómo mato a Gerineldo,      si lo he criado desde niño!,
18       ¡Cómo mato yo a la infanta,      si es hija de mi cariño!
            Puso la espada en el medio      pa que sirva de testigo.
20       — Gerineldo, Gerineldo,      mi padre nos ha sentido.
            — ¿Dónde marcharé yo ahora      donde no sea conocido?
22       marcharé por esos montes      a cortar rosas y lirios.
            — ¿Dónde vienes, Gerineldo,      tan branco y descolorido?
24       — Vengo de por esos montes      de cortar rosas y lirios,
            la rosa de más fragancia,      la color me la ha comido.
26       — ¿Me negarás, Gerineldo,      que con la infanta has dormido?
            —Yo no lo niego, mi rey,      que ella se me ha ofrecido.
28       — Te digo que dende ahora,      ella esposa y tú marido.
            —Tengo hecho juramento      a la Virgen de la Estrella,
30       de no casarme con dama      que haya dormido con ella.

      La incrustación de variaciones expresivas y de motivos típicos de las versiones del tipo «meridional» (representado aquí por Zamora y Otero de Bodas) en versiones predominantemente «castellano-viejas», como la de Palencia, o la persistencia de ciertos motivos y variaciones que hemos clasificado como de procedencia «castellano-vieja» (propios de versiones como Cabezón, Astudillo o Bárcena) en versiones con un gran número de motivos «meridionales», como la de Tordesillas, son testimonios fehacientes de cómo los motivos y variaciones pueden propagarse, y de hecho se propagan, de versión en versión, desligándose del contexto en que nacieron. ¿Cómo, si no, explicar la presencia de un motivo común (y expresado en forma idéntica) en versiones geográficamente contiguas, que no coinciden en los restantes motivos que integran la narración?

      Cada motivo, o cada variante de expresión tiene su propia historia en la tradición hispana del romance. Su expansión sigue caminos en parte diversos a los de cualquier otro motivo u otra variación del texto tradicional. De ahí que sea interesante y necesario hacer la historia, no sólo de la formación de cada versión, sino también de la suerte particular de cada motivo y aun de cada variación expresiva.

Diego Catalán: "Arte poética del romancero oral. Los textos abiertos de creación colectiva"

Universidad Complutense de Madrid

OTAS

15 En las pp. 251-253 de su artículo.

16 Publicada por Narciso Alonso Cortés en la RHi, L (1920), 239-240.

17 Cantada por Lorenza Macho (62 a.) a Manrique de Lara, en 1918 (inédita).

18 Recogida en enero de 1901 por R. Menéndez Pidal de una criada joven recién llegada a Madrid [véase Romancero general de León. Antología de 1899-1989, ed. D. Catalán y M. de la Campa, Madrid: Seminario Menéndez Pidal y Diputación Provincial de León, 1989; 2ª ed., Madrid: Fundación R. Menéndez Pidal y Diputación Provincial de León, 1995, pp. XV-XVI (origen), 190-191 (edición; nº 0023: 08)].

19 Publicada por José María de Cossío y Tomás Maza Solano, Romancero popular de la Montaña,I, Santander, 1933, pp. 128-129.

CAPÍTULOS ANTERIORES:

*
  1.- ADVERTENCIA

2.- A MODO DE PRÓLOGO. EL ROMANCERO TRADICIONAL MODERNO COMO GÉNERO CON AUTONOMÍA LITERARIA

I. EL MOTIVO Y LA VARIACIÓN EXPRESIVA EN LA TRANSMISIÓN TRADICIONAL DEL ROMANCERO (1959)

3.- I. EL MOTIVO Y LA VARIACIÓN EXPRESIVA EN LA TRANSMISIÓN TRADICIONAL DEL ROMANCERO (1959)

4.- II. EL «MOTIVO» Y LA «VARIACIÓN EXPRESIVA» SON OBRA COLECTIVA

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La Garduña Ilustrada

4.- II. EL «MOTIVO» Y LA «VARIACIÓN EXPRESIVA» SON OBRA COLECTIVA

II. EL «MOTIVO» Y LA «VARIACIÓN EXPRESIVA» SON OBRA COLECTIVA

      -enéndez Pidal, para defender (frente a la crítica que se autodenomina «individualista» y desestima la realidad de la recreación sucesiva) que la variabilidad no es un accidente, sino la propia y única manera de vivir la poesía tradicional, ha puesto, a menudo, especial énfasis en afirmar cómo «entre los cientos de versiones de un mismo romance que examinamos no se encuentran dos que coincidan exactamente una con otra» (Cómo vive, p. 124), pues la poesía «se renueva incesantemente cada vez que es repetida» (Cómo vive, p. 124), dándose, en ocasiones, el caso extremo de que «un mismo recitador, al repetir inmediatamente su recitación la repite con variantes [= variaciones expresivas]» (Cómo vive, p. 125). Estas observaciones, sacadas de su contexto, son consideradas por Devoto, por sí mismas, suficientes para proclamar la invalidez de los estudios geográficos aplicados al romancero:

      «¿No está aquí ya en germen la negativa de las posibilidades del método geográfico?» (comenta respecto a la primera afirmación, y luego:) «¿Qué significa esto?, ¿que las especies de isotermas del método geográfico acaban de variar bruscamente bajo los pies del cantor popular? No: significa que el acento de la investigación debe ponerse ante todo en el hecho folklórico individual, y que la conducta de ese sujeto, del sujeto, sin más, capaz de variar el romance cada vez que lo hace vivir (porque el romance sólo vive por él y sus semejantes), es lo que corresponde estudiar bien de cerca, ya que opera, en él y por él, el mecanismo que rige toda manifestación folklórica» (p. 253).

      Para Devoto, uno de los peligros del método geográfico «estriba en que los romances —y hasta cada motivo de un romance— llegan a aparecérsenos como simples excrecencias del suelo, con prescindencia de los cantores mismos» (p. 253).

     
Hay en esta crítica, ante todo, una lamentable falta de comprensión del papel jugado por el factor espacio en la distribución de todo producto humano: Afirmar la existencia, por ejemplo, de isoglosas lingüísticas (las «especies de isotermas» despreciadas por Devoto) o estudiar la repartición geográfica de los diversos fenómenos lingüísticos que fragmentan un dominio dialectal, no supone vincular la lengua a la geología, sino reconocer el hecho evidente de que la lengua de un sujeto individual depende, en su mayor parte, de la ubicación geográfica de ese indivíduo. Por otra parte, una larga tradición representativa ha considerado ilustrativo situar cartográficamente los resultados de una encuesta lingüística en el punto geográfico de donde el sujeto encuestado procede sin que por ello nadie considere esos datos «excrecencias del suelo».

     
La incomprensión de Devoto de la relación existente entre las peculiaridades de la versión de un determinado cantor popular y el ámbito social en que la aprendió procede sin duda de la excesiva importancia que concede a la libertad inventiva de cada sujeto cantor; en el olvido de otro de los rasgos esenciales que caracterizan a la poesía de transmisión oral: la fidelidad al texto «tradicional», heredado.

     
El propio Menéndez Pidal, que en 1920 tanto énfasis puso en afirmar la incesante renovación de la canción tradicional7, no olvidó señalar, al mismo tiempo, la presión concomitante del recuerdo colectivo tradicional sobre cada individuo cantor:

      «El que recita o canta un romance pretende seguir un texto aprendido» (hecho que no se escapa a la atención de ningún recolector). Y así, «aunque el recuerdo no se da sin refundición, esta refundición... tiene límites estrechos, porque la trasmisión de un romance es un fenómeno colectivo» (Cómo vive, p. 125).

      A idénticas conclusiones llegan otros directos observadores de la poesía tradicional:

      «C’è nella coscienza di chi canta il desiderio e quasi il senso dell’obligo di eseguire il canto come deve essere. La frase del Coirault, "fidèles jusqu’à l’incompréhension", riferentesi ai depositari più scrupolosi della tradizione esprime bene questa esigenza»,

resume Toschi8. A su vez, Santoli considera entre los aspectos generales de la tradición popular como el más importante

    «che ogni cantore di canto popolare, come ogni dicitore di saga, cerca di mantenersi fedele alla tradizione, di modo che il miglior cantore, come il recitatore migliore, non è colui che intende innovare il canto e variare il racconto, sibbene chi sa ricordare meglio e trasmettere ciò ch’egli a sua volta ha imparato, anche se nel ricordo intervenga in qualche misura un’opera di trasformazione e di nuova creazione. La tradizione è fedele non tanto per passiva ripetizione, quanto per amore di fedeltà; amore che, paragonabile a quello della correttezza linguistica, non è da pregiare meno della creazione nuova felice»9.

      En la poesía colectiva, al igual que en la lengua, ocurre que

    «sólo en ocasiones una de esas invenciones individuales es bastante afortunada para perpetuarse aceptada y asimilada por una muchedumbre. Entonces esa invención individual... se va convirtiendo ella por sí en una norma colectiva que rige una multitud, cada vez mayor, de repeticiones... Y esa propagación se hace, por lo común, sin interrupción en el espacio ni en el tiempo, en ondas que alcanzan una... extensión continua» (Cómo vive, pp. 126-127).

      La justeza de estas afirmaciones de los estudiosos con experiencia de «campo» resulta clara al examinar con atención un corpus abundante de versiones de un mismo romance. Contra lo afirmado por Devoto, la mera comparación intertextual nos permite ver que la versión de un romance que un sujeto canta en cierto lugar consta de tales y tales motivos o elementos, expresados con tales y tales variaciones, sobre todo porque ese sujeto reside en ese lugar y no en otro, igual que un hablante dialectal pronuncia con tales y tales particularidades fonéticas porque se ha criado en el lugar que se ha criado y no en otro.

      Tomemos como punto de partida de nuestras observaciones la versión del romance de Gerineldo cantada por Saldanio Blanco en Toriello 10: En ella la infanta requiebra a Gerineldo con las palabras:

—Gerineldo, Gerineldo,      paje del rey muy querido,
¡cuántas damas y doncellas     quisieran folgar contigo
y yo también lo quisiera     y que fueras mi marido!

debido, no a una decisión personal de Saldanio, sino porque el lugar de Toriello está en el oriente de Asturias, próximo a Cantabria, y esta forma del requiebro es la habitual en las versiones de la región cántabra. Si el cantor procediese de Obaya, pocos kilómetros más al Oeste, la infanta se habría mostrado más recatada, y diría simplemente algo así como: «...dichosa de la mujer    que te lleve por marido / gozará del mejor hombre     de los más entremetidos»; y si fuese de la provincia de Soria, su pasión sería más desbordante: «¡Oh quién pudiera esta noche    dormir dos horas contigo, / y después de las dos horas     hasta haber amanecido!»; mientras que, de ser el cantor andaluz o de Castilla la Nueva, la infanta habría exclamado: «¡quién te pillara esta noche     tres horas a mi albedrío!», etc.

      Según la versión de Saldanio Blanco:

Despertara el rey gritando    de un sueño despavorido,
llama pajes y criados    que le traigan sus vestidos
y llamara a Gerineldo    ni viene ni ha respondido:
— ¿En dónde está Gerineldo?     Un paje le ha respondido:
Gerineldo está en el cuarto     con damas entretenido.

      Esta intervención de un paje, que disculpa (¿o acusa?) a Gerineldo utilizando una frase de doble sentido, se halla en la versión cantada por Saldanio Blanco y no en las versiones cercanas de Cantabria, que tenían idéntico requiebro de la infanta, porque Toriello está más cerca que las demás del centro de Asturias, donde esta escenita es habitual.

     
Cuando el rey, luego de haber descubierto a los amantes, pone entre ambos la espada de testigo, la infanta se despierta en la versión de Toriello diciendo:

— Gerineldo, Gerineldo,     muy mal sueño hemos tenido,
que la espada de mi padre     entre los dos han metido.
— La espada no es de tu padre,    que espada había yo traído.
— La de mi padre es de plata,     la tuya de metal fino,

de acuerdo con las versiones cercanas de Cantabria, situadas a su Oriente y de nuevo frente a las asturianas, de más al Occidente, que ignoran la variante.

     
En fin, si, en la versión de Toriello, Gerineldo se disculpa ante el rey afirmando: «Peleara con dos moros     que iban robar el castillo», no es porque el sujeto cantor haya escogido en esta ocasión libremente el valor simbólico del castillo (que Devoto ilustra en la p. 288), prefiriéndolo a otras expresiones simbólicamente equivalentes, como «que la infanta perdió un cofre      y dice que yo lo he perdido»; «Vengo por esos jardines      cogiendo rosas y lirios, / la fragancia de una rosa      el color se me ha comido» o «Vengo ’e coger una garza     de las orillas del río», que la tradición le ofrecía; dice así y no de otra manera porque Saldanio, el sujeto cantor, era de Toriello y no de Obaya (algo más al occidente en Asturias), ni de Extremadura, Castilla la Nueva o Andalucía, ni de León, Zamora o Portugal.

       No hay, pues, que sobrevalorar la «conducta de ese sujeto», ya que, en general, el sujeto «sin más» (frente a lo que cree Devoto) no es capaz de variar el romance sustancialmente cada vez que lo hace vivir.

     
La excesiva importancia asignada a la actividad refundidora individual, de cada transmisor del romance, que notamos en Devoto, se fundamenta, a mí parecer, en no haber tenido conocimiento de una colección numerosa de versiones de un mismo romance, en el hábito de leer unas pocas versiones y no disponer, no ya de centenares de textos tradicionales de un romance, sino ni siquiera de algunas decenas: En efecto, cuando de un romance dado, la «exploración folklórica y la información bibliográfica, folklórica o literaria» sólo nos permiten reunir cinco o seis versiones, fácilmente podemos caer en el error de atribuir lo que en ellas hay de común al «contenido» permanente, común a todas las versiones de un mismo romance, y las divergencias a la «conducta» particular creadora de cada sujeto cantor (según hace Devoto); pero esta interpretación resultaría inmediatamente corregida si a esas cinco o seis versiones añadimos 500 ó 600: El «contenido» permanente se reducirá a un esquema mucho más descarnado; varios de los rasgos que antes habíamos creído esenciales se nos identificarán ahora como motivos particulares de un grupo más o menos numeroso de versiones, siendo desconocidos de otras; e, inversamente, los motivos e incluso las variaciones en la expresión poética que antes personalizaban la versión de un solo sujeto cantor, surgirán ahora repetidamente en una serie de versiones, evidenciándonos su carácter tradicional y no individual11. Llegaremos así a comprobar que, en cada versión tradicional recogida, prácticamente todos y cada uno de los motivos que la componen son, a su vez (salvo muy raros casos)12, tradicionales y no debidos a la creación particular del sujeto cantor de cuyos labios la transcribimos. Y no ya sólo los motivos, sino aun las variaciones en la expresión poética de esos motivos son ajenas a su inventiva, dado que, normalmente, tampoco esas fórmulas son exclusivas de su versión.

     
Citaré como ejemplo uno entre miles, el inicio del romance El conde Sol (o La condesita).

     
En todas las versiones no fragmentarías del romance, la escena inicial está constituida por dos segmentos narrativos: El conde, llamado a la guerra, se dispone a partir + Situación o reacción de la condesa al tiempo de recibir la noticia. Pero hay, entre unas versiones y otras, gran variedad, según muestran escenas tan dispares como las siguientes:

Allá arriba en Nobardía     n’aquella noble ciudad
nombraron al conde Larade      capitán general.
La condesa, que lo supo,     bien se hartaba de llorar.
—¿Por qué llora, la condesa,      por qué tanto suspirar?
— Porque me han dicho, el buen conde,     que te ibas de general.
—Si te lo han dicho, condesa,     te habrán dicho la verdad.
                                                Llanes (Asturias).

Fuertes guerras andan, madre,     en rayas de Portugal
y al conde Lombardo llevan      por capitán general.
— Conde, si vas a la guerra,     contigo me has de llevar.
— Hombres que van a la guerra     mujeres no han de llevar,
porque les quitan las fuerzas     y las ganas de pelear.
                                         San Ciprián de Sanabria (Zamora).

El conde y la condesa     a coger flores se van;
el conde tiende su capa,     la condesa su brillar.
Los ojos de la condesa     arroyos son a llorar,
porque se va el conde Guirre     de capitán general.
                                            Vegas de Matute (Segovia).

Lloraba la condesita,     tiene por donde llorar,
que se ha ido el conde Flores     a la guerra a pelear.
                                            Cañaveral (Cáceres).

Ya camina don Belardo,     ya camina, ya se va,
y a su esposita la deja     pequeña, de tierna edad.
                                             Burgos (Burgos).

      Una comparación limitada a estas cinco versiones nos podría llevar a sobreestimar las dotes creadoras de los cantores populares que nos trasmitieron el romance en Llanes, San Ciprián, Vegas, Cañaveral y Burgos, y a considerarlos «autores» (a partir de un vago «contenido latente» tradicional) de cada una de las cinco particulares formas de concebir la escenita inicial del romance. Pero tal suposición sería errónea.

     
Si confrontamos la primera versión, la de Llanes, con las otras cuatro versiones, sólo resulta evidente que un octosílabo, «de capitán general», procede de la tradición, ya que lo hallamos de nuevo en Vegas de Matute y en San Ciprián de Sanabria. Pero el conocimiento de unos cientos de versiones nos evidencia que todos los restantes pormenores, que pudieran creerse originales, son también tradicionales y no pueden atribuirse a la «conducta» del sujeto cantor, el cual, contra lo que Devoto cree, en modo alguno ha sido capaz de imprimir una huella profunda en el romance que hacía vivir.

Allá arriba en Lombardía     en un zaizarro lugar
llevan al Conde de Flores     de capitán general.

nos dice una versión de la provincia de León (de localización no precisada por el colector), evidenciándonos que los dos primeros dieciseisílabos de Llanes tienen una base tradicional. Y en efecto, se repiten, una y otra vez, con variaciones de detalle, en numerosas versiones de Cantabria, Asturias, norte de León y oriente de Lugo.

      Pero interesa considerar además algunos detalles menores: La versión de Llanes (Asturias) y la de la provincia de León (sin más precisa localización) coinciden absolutamente en las palabras Allá arriba en...al conde...de capitán general; podríamos creer, en vista de ello, que las variaciones restantes son fruto del gusto y la imaginación particular del cantor de una y otra versión, pero tampoco eso es cierto.
 
    
Ante todo, Nobardía se nos presenta como una indudable deformación de Lombardía, nombre que se repite en las versiones de Liencres (Cantabria), Las Rozas de Villanueva, Zureda y Avilés (Asturias), Piñeira (Lugo), y otras; pero incluso esa deturpación del nombre tampoco es privativa del cantor de Llanes sino producto de una tradición arraigada: Nombardía en Asiego (Ast.) > Nobardía en Robellada de Onis (Ast.) y Villaselán (León) y Mobardía en Valdeteja (León)13.

     
El octosílabo segundo, que califica a Lombardía (o sus deturpaciones), se nos presenta en una forma más cercana (intermedia de las dos citadas) en Sarceda (Cant.): «en aquel rico lugar», y mucho más parecido ya en Cosío (Cant.): «hay una noble ciudad». Por fin lo hallamos casi igual en Hoyo de Anero y Sobremazas (Cant.): «aquella noble ciudad», e idéntico en Cicera (Cant.): « n’aquella noble ciudad».
 
    
El nombre del conde es Flores en múltiples versiones (ya hemos citado aquí dos); pero el Lara, propio de Llanes, tampoco es debido a la inventiva del sujeto cantor: Conde Lara o Conde de Lara se llama también el protagonista en Cosío, Ruiloba (Cant.), Asiego y Robellada de Onis (Ast.), nombre enmarcado por las denominaciones hermanas Laura (Zureda y una versión del Occidente de Asturias cuya localización precisa desconocemos), Labra (Piñeira, Lugo), Laro (Cicera, Cant., Santa Eulalia de Oscos, Ast. y Cerdeira, Lugo), Lado (Avilés, Las Rozas de Villanueva, Ast.; La Lastra, Cant.), de Ara (La Riera, Ast.), de Arco (Liencres, Cant.), de Arcos (Villaselán, León), Alarcos (Sobremazas, Cant.), Marcos (Caldas, Cant.), etc. Y en todas estas versiones se nos dice, igual que en Llanes: nombraron al conde L.-de capitán general.
     
El llanto de la condesa suele expresarse en estas mismas versiones así:

la condesa, que lo supo,     no cesaba de llorar

(La Lastra, Sobremazas, Cicera, Hoyo de Anero, etc.). Pero el verbo hartarse también está enraizado en la tradición: «nunca se harta de llorar» (Nuez, Zamora), «triste y harta de llorar» Santiuste (Segovia), etc.

     
El diálogo referente al llanto tampoco es creación de Llanes:

Triste estaba mi condesa,       triste y harta de llorar.
¿Por qué lloras, mi condesa?     —¡Porque tengo de llorar!
si me han dicho que te llevan     de capitán general.
—¿Quién te lo ha dicho, condesa,      que te ha dicho la verdad?

empieza esa misma versión de Santiuste (Segovia). Y Casla a (Segovia):

Guerra, guerra, se levanta      entre Francia y Portugal,
al conde le han nombrado      de capitán general.
La condesa, que lo sabe,     no dejaba de llorar.
— ¿Mi condesa, por qué lloras?    —Me han dicho que tú te vas.
— Condesa, quien te lo ha dicho,      pues te ha dicho la verdad.

      Pero en las versiones de Cantabria cercanas a Llanes es donde el motivo aparece encajado en un relato enteramente similar:

Allá arriba en Laugualdía,     n’aquella noble ciudad,
nombraron al conde Laro      de capitán general.
La condesa, que lo supo,    
no cesaba de llorar.
— ¿Qué tienes, condesa mía,      que tan afligida estás?
— Que me han dicho, conde Laro,     que te vas de capitán
— Si te lo han dicho, condesa,     te habrán dicho la verdad.
                                                         Cicera (Cant.).

Allá arriba en Novarcilla,     aquella noble ciudad,
nombraron al conde Alarcos     de capitán general.
La condesa, que l
o sabe,     no cesaba de llorar.
— ¿Por qué lloras, la condesa?     —¡Porque
tengo de llorar!,
dicen que te vas a ir     de capitán general.
Si te lo han dicho, condesa,      te habrán dicho la verdad.
                                                      Sobremazas (Cant.).

      Después de esta confrontación resulta clara la «conducta» del cantor de Llanes: si nuestro «sujeto» comenzó su versión con tales motivos [de intriga] y variaciones poéticas y verbales, y no con otras opciones de las muy variadas que hallamos en la tradición, no lo hizo impulsado por el deseo de dar una forma personal a un contenido latente tradicional, sino porque el romance tal como él lo recibió de la tradición comenzaba así y no de otra manera.

     
Un examen similar del comienzo de San Ciprián de Sanabria nos llevará a una conclusión semejante. Tampoco en este caso pueden atribuirse al cantor de San Ciprián los elementos más salientes de la escena, ni las propias expresiones, según resulta manifiesto de la mera confrontación de la versión sanabresa con otras tres hermanas:

Grandes guerras se levantan    en rayas de Portugal,
han llevado al conde Adoro     por capitán general.
La triste de la su esposa     no cesaba de llorar:
—Conde, si vas a la guerra,      contigo me has de llevar.
—Eso sí que no, condesa,      eso me has de perdonar,
que hombres que van a la guerra      en mujeres no han de tratar.
                                              Uña de Quintana (Zamora).

Grandes guerras se han armado    en rayas de Portugal,
el conde el Arco le llevan     de capitán general.
La condesa, como es niña,      no cesaba de llorar:
—Contigo me he de ir, el conde,     contigo me he de marchar.
—Las mujeres a la guerra----no las podemos llevar,
porque nos quitan las fuerzas,      las fuerzas de pelear
                                                Villasimpliz a (León).

Grandes guerras van formadas      de Asturias pa Portugal,
donde los duques y condes    allí se van a pelear;
también iba el conde Alarte     de capitán general.
La su esposita doña Ana     no cesaba de llorar:
—Conde, si vas a la guerra,     contigo me has de llevar.
—Hombres que van a la guerra    mujeres no han de llevar,
se les quitarán las fuerzas     y las ganas de pelear.

                                                 Porqueros (León).

      Igualmente, la escena de las flores, propia de Vegas de Matute, tampoco es exclusiva de esta versión:

Mañanita de verano,     mañanita de San Juan,
cuando el conde y la condesa     a coger flores se van,
el conde tiende su capa,       la condesa su brillar,
los ojos de la condesa     son arroyos a llorar,
porque se va el conde
Grillos     de capitán general.
                                                     Peguerinos (Ávila).

Mañanita, mañanita,      mañanita de San Juan,
cuando el conde y la condesa     a cortar flores se van,
el conde tiende su capa,      la condesa su brial;
después de cortar las flores,     la condesa echó a llorar.
— ¿Por qué lloras, condesita?     — ¡Porque tengo que llorar!,
si tú te vas a la guerra,      ya no te vuelvo a ver más.
                                                Campillo de la Jara (Toledo).

       Nótese que incluso pertenece a la tradición, y no es creación individual del sujeto cantor de Vegas, la expresión «los ojos de la condesa     arroyos son a llorar», emparentada con otra de mayor popularidad, «los ojos de la condesa      no cesaban de llorar» (Valdetorres, Madrid; Sacramenia, Segovia; Alcuéscar, Cáceres; Aliseda de Tormes, Ávila; etc.), a su vez, variación más expresiva de la fórmula de uso más común, «la condesa, que lo supo,     no cesaba de llorar».

     
Singularmente notable es la coincidencia de Vegas y Peguerinos en la deturpación «brillar» <«brial», que se nos muestra así enraizada en la tradición. En «Guirre ~Grillos» debemos admitir una etapa deturpadora común *Guirlos < Dirlos.

     
Hasta aquí he analizado algunas escenas complejas, ricas en motivos secundarios, en que ha resultado comprobado el arraigo tradicional de cada uno de los pormenores y formas de expresión que las componían; ahora quiero mostrar el carácter también plenamente tradicional de formas sencillas en extremo, pero bien caracterizadas, como el comienzo de la versión arriba citada de Cañaveral.

     
Son bastantes las versiones que empiezan, meramente, con una descripción del pesar de la condesa (o el conde):

La Condesa de Olivares      tiesta y harta de llorar,
porque le llevan al conde     por capitán general
                                          Las Navas a (Segovia).

Triste estaba la condesa,     triste y llena de pesar,
porque la llevan el conde     de capitán general.
                                           Buyezo (Cantabria).

Qué triste es el conde Anruña,     triste le podrán llamar,
que el domingo se casó    y el lunes se fue a pelear!
                                      Santa María de la Alameda (Madrid).

      Pero se destacan entre ellas varias de Cáceres, que repiten una fórmula exactamente igual a la de Cañaveral:

Lloraba la condesita,    hace muy bien de llorar,
que al conde Flores lo llevan     a la guerra a pelear.
                                                 Celavín (Cáceres).

Lloraba la peregrina,     tiene por donde llorar,
que se ha ido el conde Flores     a la guerra a pelear.
                                       Malpartida de Plasencia (Cáceres).

      En cuanto a la versión de Burgos, hay que señalar que una reiteración similar de un mismo verbo precedido de «hoy... hoy...» en los dos hemistiquios del primer verso sirve de incipit a varias versiones:

Hoy se despide don Bario,     hoy se despide y se va.
                                                        Soutelo (Lugo).

Hoy se despide don Bardo,     hoy se despide y se va,
los ojos de Mirabela     no cesaban de llorar.
                                               Alcuéscar b (Cáceres).

Hoy se publica la guerra     y hoy se quiere publicar,
y al rey conde se lo llevan      de capitán general;
los ojos de la condesa     no cesaban de llorar.
                                                 Priego (Cuenca).

Hoy se publica la guerra,      hoy se manda publicar,
y al rey conde se lo llevan     por capitán general.

                                                Valdepeñas (Ciudad Real).

     
Pero son más los que emplean una fórmula, semejante, con «ya... ya...»:

Ya se publican las guerras,      ya se mandan publicar,
y al rey conde se lo llevan     de capitán general.
                       Infantes (Ciudad Real) y La Roda (Albacete).

Ya se declaró la guerra,     ya se marchó el general.
                                        Malagón (Ciudad Real).

      La fórmula reiterativa adquiere mayores semejanzas con la de nuestro cantor de Burgos en versiones más cercanas, de Castilla la Vieja:

Don Belarde ya se ha ido,     don Belarde ya se va,
don Belarde ya se ha ido,     nadie sabe a dónde va.
                                  Mazariegos de Campos (Palencia).

Ya camina don Belarde
,     don Belarde ya se va,
ya ha puesto el pie en el estribo      pa empezar a caminar.
                                                       Palencia (Palencia).

Don Belardo, don Belardo,      don Belardo ya se va,
y a su esposita la deja     cansadita de llorar.
                                               Bárcena de Campos (Palencia).

      Sólo falta la incorporación de un nuevo motivo, el de la juventud de la esposa, para que nos hallemos próximos, temáticamente, a la versión de nuestro sujeto de Burgos. Ello se da en versiones del sur de Cantabria, geográficamente contiguas a la provincia de Burgos:

Ya camina don Bernardo,     ya camina ya se va
y deja
una doncellita      de catorce años de edad.
                                                   Pollentes (Cantabria).

      Finalmente, una formulación casi idéntica a la de Burgos aparece a pocas leguas de esta ciudad, en Revilla Vallejera b (Burgos):

Ya se marcha don Belarde,      ya se marcha ya se va,
y a su esposita la deja      pequeña y de poca edad.

      En suma, todas las expresiones de la versión de Burgos se repiten en alguna otra de las versiones aducidas, es decir, pertenecen al contenido tradicional; no obstante, no vuelven a hallarse reunidas en ninguna otra de esas versiones.

     
Creo suficiente este ejemplo de los comienzos del romance de La condesita para poder afirmar que, si bien en la vida de un romance es algo esencial la inventiva individual creadora de motivos narrativos y de variaciones en la expresión de esos motivos, en modo alguno puede desestimarse la propagación de motivos y variaciones expresivas ya inventadas. La variabilidad del texto en una canción narrativa no consiste en que cada versión recogida presente una serie de creaciones «fruto de un sujeto que imprime su huella personal a un momento visible —gracias al azar recolector— de la corriente folklórica» (Devoto, p. 279); no consiste en que cada cantor rehaga el romance poniendo una independiente nota personal en la expresión de un «contenido» idéntico y permanente, puesto que, según hemos visto, cada motivo o variación que hallamos en una versión recogida de la tradición oral constituye, por sí mismo, salvo rara excepción14, un hallazgo logrado gracias a la colaboración de múltiples cantores sucesivos que han venido aplicando insistentemente su imaginación a una misma idea poética, rehaciéndola al mismo tiempo que la recordaban, es decir, constituye un hallazgo colectivo; es la resultante de las dos fuerzas, invención y recuerdo, que rigen la vida de la poesía tradicional.

     
Ese continuado rehacer la obra de un coautor previo es la característica esencial de la «creación colectiva», es lo que da lugar a la existencia de un «estilo» tradicional, pues no es meramente colectivo el «contenido latente» de un «tema», sino cada una de sus expresiones tradicionales, cada una de las versiones en que ese tema vive, ya que todas ellas son el resultado de una continuada colaboración sucesiva de cantores.

Diego Catalán: "Arte poética del romancero oral. Los textos abiertos de creación colectiva"

Universidad Complutense de Madrid

OTAS

7 Ya Menéndez Pidal, en 1920, salió al paso de una posible incomprensión de sus afirmaciones sobre la incesante renovación de un romance: «Librémonos, empero, ... de exagerar la actividad mental del recitador, como hace C. Michaëlis...; varias de las que ella juzga deturpaciones debidas a la iniciativa personal de la recitadora de Posada de Rengos, son hondamentes tradicionales» (Cómo vive, p. 124, n.1).

8 Paolo Toschi, Fenomenologia del canto popolare, Roma: Ed. dell’Ateneo, 1947-1951, p. 209.

9 Vittorio Santoli, «Cinque canti dalla raccolta Barbi», Annali della R. Scuola normale superiore di Pisa. Sez. di Lettere, Storia e Filosofia. Serie II, vol. VII, fasc. II-IIl, 1938, 109-193: p. 163. Hay tirada aparte, Bologna: Zanichelli, 1938.

10 Cfr. D. Catalán y A. Galmés, «La Vida de un romance en el espacio y el tiempo (1950)», Cómo vive, pp. 145-301. En esta obra corresponde a Toriello el punto 95 de las representaciones cartográficas.

11 El número de versiones que de un romance podemos reunir, por muy elevado que sea, siempre es ridículo en comparación con la masa de recitaciones contemporáneas y sucesivas que, de hecho, tienen existencia en la tradición; por tanto siempre será muy aventurado tratar de aislar lo individual de lo colectivo en cada versión conocida, del mismo modo que, al estudiar aisladamente el habla de un solo sujeto, es sumamente problemático determinar si una particularidad de su pronunciación constituye una característica individual o responde a una tradición colectiva, propia de un número de personas más o menos limitado.

12 Es más difícil hallarse presente en el momento de creación de un motivo tradicional que descubrir el prototipo de un romance, pues ese prototipo es, a menudo, un texto pre-tradicional, documentable, ya que pertenece al mundo de la literatura letrada y no a la tradición folklórica. El cantor de quien recogemos el romance sólo muy excepcionalmente es el creador de alguno de los motivos salientes que caracterizan su versión.

13 La incorporación de la nasal de en al topónimo está muy arraigada en la tradición, según muestran otras deturpaciones: Nobalías, Nobarcilla, Nabarría, Nogarcía.

14 Toda creación tuvo cuna, naturalmente, en un primer acto creador de un individuo; pero hoy se nos aparece ya como propia del patrimonio tradicional. Tropezar en una encuesta folklórica con una persona que innova de un modo profundo el texto que ha recibido de la tradición es un suceso realmente muy extraordinario en el campo del romancero. Y las mejores versiones de un corpus romancístico cualquiera, en cuanto textos poéticos, jamás son debidas a la particular inventiva de un solo cantor.

CAPÍTULOS ANTERIORES:

*
  1.- ADVERTENCIA

2.- A MODO DE PRÓLOGO. EL ROMANCERO TRADICIONAL MODERNO COMO GÉNERO CON AUTONOMÍA LITERARIA

I. EL MOTIVO Y LA VARIACIÓN EXPRESIVA EN LA TRANSMISIÓN TRADICIONAL DEL ROMANCERO (1959)

3.- I. EL MOTIVO Y LA VARIACIÓN EXPRESIVA EN LA TRANSMISIÓN TRADICIONAL DEL ROMANCERO (1959)

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3.- I. EL MOTIVO Y LA VARIACIÓN EXPRESIVA EN LA TRANSMISIÓN TRADICIONAL DEL ROMANCERO (1959)

I. EL MOTIVO Y LA VARIACIÓN EXPRESIVA EN LA TRANSMISIÓN TRADICIONAL DEL ROMANCERO (1959)

      ntre los numerosos estudios dedicados a los romances hispánicos, son proporcionalmente escasos los que tratan de aclarar el «misterio» de la vida tradicional, vida que, desde hace siglos, esos poemas vienen teniendo; son contadísimos los que tienen por objetivo descubrir la esencia de la literatura de carácter tradicional. Este desinterés procede, en gran parte, de la resistencia de una crítica, que se autodefine como individualista, a admitir la existencia de una literatura colectiva sustancialmente diversa de la literatura personal o individual. Por ello me es grato dar la bienvenida a un artículo de Daniel Devoto encabezado por el prometedor título: «Sobre el estudio folklórico del Romancero español. Proposiciones para un método de estudio de la transmisión tradicional.» 1.

UNA POESÍA MULTIFORME QUE VIVE EN VARIACIÓN CONTINUA Y PERMANENCIA ESENCIAL

      El nuevo método se basa en un concepto de la poesía tradicional esencialmente concorde con las ideas desde antiguo repetidas por Menéndez Pidal:

    «Un gran paso hacia la concepción multiforme de la canción narrativa española (dice Devoto) se debe a los trabajos de Menéndez Pidal, que establece la diferencia entre la poesía de arte y la poesía tradicional en el hecho de que aquélla cuente con un texto único al que debemos referirnos —aun en los casos que existan variantes, éstas nunca serán tantas ni tan fundamentalmente diversas como las de una canción tradicional— mientras que la poesía tradicional se repite siempre en variedad continua... La variante no es un accidente en la poesía tradicional sino su propia y única forma de vivir: El romance vive variando de forma. Vive en variantes...» 2 «Tanto la canción como el lenguaje viven en variedad continua y en permanencia esencial. Y entre el doble balanceo del individuo, creador de variantes, a la colectividad, que las acepta o las deja perder, la conducta de la canción no es meramente azarosa...» (pp. 267-269).

      El carácter multiforme de la canción narrativa tradicional, rasgo esencial en su manifestación, implica que carece de un prototipo que sea identificable con ella misma. Por eso creo perfectamente lógico que el método de Devoto comience «desentendiéndose en absoluto del origen del relato» (p. 266). Ya Menéndez Pidal ha venido llamando la atención desde antiguo acerca del hecho, paradójico pero evidente, de que la redacción primera, original, de un poema tradicional no es y, por definición, no puede ser tradicional; «la nostalgia de un prototipo», contra la cual se pronuncia Devoto, no puede darse entre quienes consideran objeto de estudio el «romance tradicional», puesto que su prototipo no tradicional siempre será una poesía individual o «de arte» (culta o vulgar, es lo mismo) como tantas otras. Un estudio del estilo tradicional o colectivo sólo puede interesarse por el problema de los orígenes para subrayar la carencia de ese estilo en el prototipo y para observar cómo la «transmisión» tradicional modifica profundamente la obra original individual y da nacimiento a una canción esencialmente distinta del prototipo.

      La aceptación del carácter multiforme de cada poesía tradicional exige, pues, centrar los estudios folklóricos (y así lo propugna Devoto) en el «mecanismo de la transmisión», para descubrir cómo y por qué, en el curso de la vida tradicional de una canción narrativa, nacen las múltiples variaciones y motivos 3; pero esta idea no es nueva: puede decirse que la aportación más notable de Menéndez Pidal al estudio del Romancero consiste en su definición de la «tradicionalidad» a la cual llegó, en buena medida, gracias al examen del mecanismo de la transmisión realizado en su estudio «Sobre Geografía Folklórica, Ensayo de un método» (1920)4.

      La coincidencia hasta aquí señalada con las directrices de estudio pidalinas no supone, sin embargo, que el método de Devoto se considere deudor del «método geográfico» o histórico-geográfico iniciado por Menéndez Pidal, ni de la concepción «tradicionalista» del romancero que de él surgió. Por el contrario, el nuevo método aspira a asentarse sobre las ruinas del viejo, cuya invalidez, según afirma insistentemente Devoto, se demuestra, ante todo, por la pobreza de los resultados obtenidos.

      Devoto plantea su metodología alternativa con las siguientes palabras:

    «Existe un romance —es decir, una narración tradicional— en un número n de versiones5: Sin pretender referirlas a un prototipo... del que se desprendieron... por un proceso cuyas etapas es —creemos— imposible reconstruir, es innegable que existe un contenido... que nos permite reconocerlas como variantes [=versiones] de un mismo romance... De la comparación de las variantes [=versiones] surgirá, pues, un contenido latente idéntico que las informa a todas» (p. 266 y cfr. p. 289). «Si su contenido latente surge de la comparación de las variantes [= versiones], ... nuestro método se reduce a desentrañarlo para explicar por él la conducta folklórica de la narración» (p. 267), se reduce a «aceptar que ese contenido latente —que puede transformarse, como toda energía— rige la cohesión de los motivos del tipo 6 narrativo, su permanencia, su intercambio, y Ias atracciones y contaminaciones que se efectúan entre ése y otros tipos de romance».

       En resumen, el método de Devoto propugna que hay que «buscar en el sentido profundo de los motivos la explicación de la vida folklórica del tipo» (p. 289), pues «los motivos delatan el sentido profundo del tipo» (p. 284).

      Apenas podemos descubrir en esta exposición (salvo en el vocabulario empleado) razones de disentimiento respecto a la concepción y métodos de la escuela «tradicionalista».

      Ya en 1920 Menéndez Pídal decía:

      «... Pero esos pormenores cambiadizos son partes del cuerpo de la poesía que se renueva para vivir, y ese cuerpo tiene como alma, como principio informador que le da unidad vital, la idea poética del conjunto del romance, arraigada en todas las imaginaciones por cima de las variantes [=variaciones discursivas y motivos] especiales. Esta idea del conjunto, como creación poética más alta y difícil que los detalles, está muchísimo más que éstos, libre de las invenciones individuales de los recitadores, permaneciendo casi siempre inalterada, en medio de los múltiples cambios de pormenores en su exposición, prescindiendo y señoreando todos esos cambios» (Cómo vive, p. 131).

      Dada la falta de novedad en las líneas metodológicas y conclusiones generales del «nuevo» método, resulta preciso recurrir a la crítica de Devoto a los trabajos de la escuela «tradicionalista» para comprender en qué se basa su disentimiento.

Diego Catalán: "Arte poética del romancero oral. Los textos abiertos de creación colectiva"

Universidad Complutense de Madrid

 

OTAS

1  BHi, LVII (1955), 233-291.

Menéndez Pidal llama variante a cada motivo o expresión variable dentro del relato que constituye el romance. Devoto, de acuerdo con una tradición crítica muy implantada, emplea esta misma palabra variante para designar no sólo variaciones en un trecho cualquiera del romance, sino lo que Menéndez Pidal llama versión, esto es, cada una de las recitaciones de un romance considerada en su totalidad. En adelante, prescindiré por mi parte de este término anfibológico y lo aclararé entre [ ] siempre que sea empleado por los textos que cito. Para evitar este escollo, adopto la terminología siguiente: Versión: Cada una de las recitaciones de un romance recogidas de la tradición oral. Motivo: Cada uno de los elementos variables de una versión a otra que se dan en una narración romancística. Variación: Todo giro de expresión característico de una serie de versiones y desconocido de otras. Desde luego, es imposible establecer una frontera que resulte indiscutible entre motivos y variaciones; pero conviene emplear ambos términos en vista de que sobre un motivo [de intriga] ya de por sí sustituible por otro en la tradición, caben distintas variaciones o expresiones poéticas a su vez tradicionales. Quiero advertir que nunca utilizo motivo al referirme a las partes o episodios de la narración [en cuanto fábula] abstrayendo la forma en que aparecen en los relatos [esto es, en la intriga] de cada una de las versiones.

3 «Lo que deseamos destacar claramente en nuestro método es que contemplamos el mecanismo de la transmisión antes que los otros problemas que las diferentes teorías folklóricas aspiran a aclarar: origen, contenido y función...» (p. 267). «Nos interesa... el estudio de ese contenido, de su transmisión y de cómo, permaneciendo las variantes [= versiones, en la terminología de Menéndez Pidal] fieles en esencia a ese contenido, lo han modificado cada una dentro de una fidelidad general... Su estudio nos servirá, no para explicar el relato —como pretende la escuela freudiana— sino para explicar su funcionamiento en la transmisión tradicional» (p. 266).

4 Citaré este trabajo en adelante por su nueva edición en Cómo vive un romance (Anejo LX de la RFE, Madrid, 1954, pp. 1-141), empleando la abreviatura Cómo vive.

5 El carácter multiforme de la canción tradicional exige partir de las múltiples versiones en que se nos aparece (sin pretender reconstruir un prototipo). De ahí la proposición primera de Devoto que reza así: «Considerar en conjunto un romance en todas sus variantes, tal como nos lo ofrecen la exploración folklórica y la informacion bibliográfica o literaria (versiones antiguas, citas, paráfrasis, imitaciones), sin dar preferencia apriorística a ninguna versión en especial» (p. 289).

6 Devoto (p. 283, n. 2) aclara su terminología refiriéndola a la de Aarne-Thompson: Tipo = «a traditional tale that has an independent existence» y que «does not depend for its meaning on any other tale». Puede constar de «one motiv only... or of many». Motivo= «The smallest element in a tale having a power to persist in tradition». Puede ser: 1) «The actors of a tale», 2) «Certain items in the background of the action, such as magic objects or strange beliefs»; 3) « single incidents» , que son los que constituyen la mayoría de los motivos.

CAPÍTULOS ANTERIORES:

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  1.- ADVERTENCIA

2.- A MODO DE PRÓLOGO. EL ROMANCERO TRADICIONAL MODERNO COMO GÉNERO CON AUTONOMÍA LITERARIA

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2.- A MODO DE PRÓLOGO. EL ROMANCERO TRADICIONAL MODERNO COMO GÉNERO CON AUTONOMÍA LITERARIA

 

      l Romancero debe su presencia en la literatura española y universal, como es bien sabido, al descubrimiento por parte de los impresores del siglo XVI del valor co­mercial de este género literario «menor». Gracias a los editores de pliegos sueltos y de cancionerillos de bolsillo, una gran variedad de lectores muy distanciados en el tiempo, en el espacio y en sus gustos literarios respecto a los destinatarios y usua­rios tradicionales de esa literatura, han podido leer romances desde el siglo XVI hasta hoy en día. Pero la comercialización del Romancero en el siglo XVI es, sin duda, también responsable de un fenómeno muy peculiar del género: la confusión de sus límites.

      Desde los primeros corpora romanceriles con pretensiones de exhaustividad compilados a mediados del siglo XVI (los Cancioneros de Nucio de c. 1547 y de 1550; las Silvas de Nájera de 1550-51), los romances entonces ya tenidos por «viejos» (procedentes de las más variadas ramas del romancero primitivo: la épica nacional y la épica francesa, el noticierismo político y el fronterizo, la baladística pan-europea, etc.) aparecen ya revueltos con los romances «juglarescos» (sobre temas épico-nacionales, carolingios e histórico-novelescos), con los romances de los poetas «trovadorescos» (de temática e inspiración «cancionerιl») e incluso con los pri­meros romances «eruditos» (de los rimadores de crónicas). En seguida, el romancero «erudito» intenta desplazar al «viejo» como negocio editorial (Fuentes, 1550; Sepúlveda, 1551); pero, a la larga, no conseguirá sino entremezclarse con él (recopi­lación falsamente atribuida a Sepúlveda, 1563; Rosas de Timoneda, 1573). Más tarde, a finales de siglo, el romancero «nuevo» (ajustado al lenguaje y estética del Ba­rroco) logra vida autónoma en las Flores (1589-1597), colecciones en que se deslizan, de cuando en cuando, algunos ejemplos de romances «noticieros tardíos» e incluso de los primeros romances «de ciego» (sobre «sucesos» admirables o tre­mendos); pero, aunque el Romancero general de 1600 da acogida a todo el plantel de esas Flores, la inicial autonomía del romancero «nuevo» no resistirá durante mucho tiempo las tendencias integradoras, que llevan a dar preferencia a las ordenaciones temáticas sobre las estilísticas (Escobar, Romancero del Cid, 1605). En el siglo XVII, se llega al extremo de crear textos facticios, en que se da acogida indis­tintamente a versos y escenas de los romances «viejos», procedentes de la tradición medieval, y de los romances cronísticos y «nuevos», debidos a los «ingenios» de mediados y fines del siglo xνι (es la labor de Tortajada, 1646 o quizá antes).

      La falsa unidad del Romancero se transmite, sin interrupción, desde los editores antiguos a la erudición moderna. Cuando los críticos y poetas de los últimos años del siglo XVIII y primeros años del siglo XIX que intentan liberarse de la opresión de la poética y la estética clasicistas toman al Romancero castellano como bandera de su movimiento libertador, se apoyan indistintamente en los romances «viejos», en los «cronísticos» y en los «nuevos». Tan válida muestra de poesía primitiva, román­tica, es para ellos un romance de Góngοra, o de Sepúlveda, como el de El conde Alarcos o uno de los viejos del Cancionero sin año de Amberes. En las primeras an­tologías modernas de Durán (1828-1832) y de Ochoa (1838), los criterios ordenatorios que prevalecen son los temáticos: romances moriscos, romances amatorios, romances caballerescos, romances de los doce Pares de Francia, romances de Amadís, romances de la historia nacional, etc., sin distinción de tiempos ni estilos.

      Aunque ya Grimm, en 1815, había comenzado a poner orden en este caos y un Durán prologase su nuevo Romancero general exhaustivo de 1849-1851 introduciendo los principios cronológicos y estilísticos para categorizar los romances que publica, hubo que esperar a la aparición, en 1856, de la Primavera y flor de romances de Wolf y Hofmann para que la consideración global de las producciones en metro de «romance» fuera puesta en cuestión y el estudio literario del «Romancero» más antiguo se liberara de la copresencia de los romances llamados «artísticos», debidos a los poetas cancioneríles, eruditos o barrocos (de fines del siglo XV y princi­pios del siglo XVI; de mediados del siglo XVI y de finales del siglo XVI y principios del siglo XVII).

      Los criterios selectivos de Wolf (ampliamente divulgados por Menéndez Pelayo al dar acogida a la Primavera en su Antología de poetas líricos castellanos) establecieron, de forma casi definitiva, un nuevo concepto restringido de «Romancero» que aún hoy sigue presidiendo la mayor parte de los estudios y antologías del género. De hecho, ni los progresos críticos de Menéndez Pidal ni la erudición bi­bliográfica de Rodríguez Moñino (por sólo nombrar dos gigantescas aportaciones de nuestros maestros inmediatos) supusieron nunca una ruptura con la imagen que del género había establecido Wolf. Si los sucesivos proyectos de Menéndez Pidal y Foulché Delbosc, en 1901, y de Di Stefano, en 1978, de realizar una nueva «Primavera» se hubieran materializado en sendas publicaciones, creo que sería evidente en ellas esa esencial continuidad: aunque enriquecido y depurado (gracias al mejor conocimiento de las fuentes del romancero antiguo y a los crίteríos filológicos propios de los tiempos que en cada caso corrían), el «Romancero» tal como fue definido por la antología de Wolf seguiría constituyendo la base de uno y otro corpus; ni en la nómina ni en la organización de los romances, las nuevas «Primaveras» se ha­brían separado de forma radical respecto a la primitiva.

      Y, sin embargo, entre 1856, en que se publica por primera vez la Primavera, y 1957, en que Menéndez Pidal inicia, al fιn, la publicación de su Romancero tradicional de las lenguas hispánicas (precedida de la aparición en 1953 de los dos volú­menes «teóricos» llamados Romancero hispánico) algo muy trascendental estaba socavando las sólidas bases en que se asentaba el estudio literario del Romancero: la creciente evidencia de que el Romancero seguía existiendo transmitido oralmente de memoria en memoria en todas las comunidades de habla española, portugue­sa, catalana o sefardí. Y, a la larga, la progresiva irrupción de «textos» de origen oral en el campo de los estudios del Romancero vendría a dejar inservible la definición y descripción del género Romancero propia de las historias de la literatura, aunque los manualistas de las más varias orientaciones crίticas sigan ignorándolo o pretendan ignorarlo.

      Es cierto que la noticia de que los romances seguían cantándοse por «el pueblo» la tuvieron, desde un principio, los estudiosos mismos del Romancero: ya en 1815, el propio Grimm esperaba poder reproducir en letra impresa algunos romances desconocidos oídos en la España de principios del siglo XIX por un curioso via­jero. Pero, cuando esas «reliquias» de un género, que se consideraba la quintaesen­cia del espíritu de la Edad Media, empezaron efectivamente a ser recuperadas del pueblo que las conservaba, los descubridores y divulgadores de los hallazgos se apresuraron a devolver a aquellos restos arqueológicos sus prístinas cualidades, malamente deterioradas, a su parecer, por culpa de los «bárbaros» poseedores de tan estimables joyas. Los «pastiches» románticos de Almeida Garrett, Estácio da Veiga o Azeνedο en Portugal, los de Estébanez Calderón, Durán o Amador de los Ríos en Andalucía y Asturias, los de Agulló en Cataluña reemplazaron sistemáticamente, en las publicaciones del Romancero, a las transcripciones «de campo» de los romances oídos de boca de las criadas, los campοneses, los gitanos, los paisanines y los pageses depositarios de la tradición. El afán restaurador llegó al extremo de poder construir «pastiches», sin apoyο de un texto tradiciοnal oído, inventando poemas según «debiera» haberlos cantado el pueblo (es el caso de algunos de los romances «recobrados» pοr Murguía en Galicia, por Bethencourt en Canarias, por Vigón en Asturias, por Estácio da Veiga en el Algarve, etc.). A finales del siglo XIX, la difusión del concepto de «folklore», de una parte (ejemplos: Antonio Machado y Álvarez, «Demófilo», en Andalucía, Sergio Hernández en Extremadura, Costa en Aragón), y de los métodos de la «filología» románica, de otra (ejemplos: Milà en Cataluña, Leite de Vascοncelos en Portugal, Münthe en Asturias, Danon en las comunidades judeo-españolas), fueron imponiendo en las ediciones una mayor fi­delidad a los textos oídos, si bien incluso algunο de los editores más respetuosos con la tradición conservada por el pueblo (como el propio Miià, inicialmente, o Juan Menéndez Pidal) siguieran creyendo necesaria una cierta «corrección» de los textos tomados de boca del pueblo. Pero, con todo, la aparición, junto al corpus consagrado del Romancero transmitido pοr vía escrita, de un nuevo corpus de tex­tos procedentes de las más varias regiones y países del mundo de habla portugue­sa, castellana, catalana o judeo-española, no pareció a los críticos de fines del siglo XIX razón suficiente para alterar su concepción del Romancero como literatura del pasado medieval. Basta, para verlo, la Antología de poetas líricos castellanos de Me­néndez Pelayo, en que las primeras colecciones de romances transmitidos por vía oral hasta el siglo XIX se editan como complemento de la Primavera de Wοlf.

      En los años 1900 a 1920 Ramón Menéndez Pidal y María Goyri reúnen (inicialmente como una empresa familiar; más tarde apoyados por la Junta para Am­pliaciόn de Estudios) una sensacional colección de textos romancísticos de la tra­dición oral moderna recogidos personalmente o a través de corresponsales y colaboradores. El conocimiento de esos miles de versiones modernas obliga a Menéndez Pídal a enfrentarse con los eruditos de archivo y defender la necesidad de una consideración integral del Romancero, en que el testimonio de las versiones modernas se sume al de los textos impresos en los siglos XVI y XVII y al de los tex­tos, noticias y citas conservados en manuscritos antiguos (de los siglos XV a XVII); por otra parte, la tradición oral moderna, tan rica en variantes, le sirve de apoyo para entender y explicar el funcionamiento de la tradición antigua en sus aspectos creativos. Sin embargo, su formación e intereses científicos como filólogo romanista y medievalista le impiden, en cierto modo, llevar a sus últimas consecuencias su noción de la «tradicionalidad» de los textos transmitidos de memoria en memoria, ya que, de una forma u otra, sigue siempre considerando la tradición moderna como un testigo más de lo que fue el Romancero, como una prueba viva de la forma en que se creaba la poesía en la edad aédica. De ahí que, pese a sus extraordina­rios conocimientos acerca del Romancero oral moderno y a la importancia que le concedió en sus estudios, no necesitara revisar en sus aspectos básicos el sistema valorativo y organizador de Wolf respecto al género.

      Tras unos decenios en que el interés por el Romancero llegó a sus cotas más bajas, asistimos hoy, no hay duda, a una verdadera «inflación» en cuanto al número de estudios publicados y de estudiosos que se interesan por el «género». Pero, a la vez, esta nueva etapa «post-pidalina» de estudios sobre el Romancero se caracte­riza por la vuelta a un estado de gran confusión, nunca visto desde los tiempos de Wolf. Las causas no son las mismas que a comienzos del siglo XIX; pero de nuevo reina una peligrosa vaguedad en la definición y en los límites del género estudiado bajo el membrete de «Romancero» y un notorio caos en la identificación y clasifi­cación de los materiales que se nos proponen como parte del corpus en que ha de basarse este estudio.

      El origen en la crisis definitoria del género está bien claro. Es el conocimiento amplio, amplísimo, de textos procedentes de la tradición oral moderna y la total ruptura de los criterios (o prejuicios, si se quiere) «literarios» que gobernaron la recolección del Romancero, no sólo en los tiempos «románticos», sino también en los «positivistas» o «filológicos». Los «documentos» de origen oral reunidos por los últimos exploradores de la tradición han acabado con la primacía, hasta hace poco indiscutible, de las impresiones del siglo XVI para definir el «Romancero» y el lugar que ocupa entre las manifestaciones de la cultura de los pueblos neo-románi­cos, cis- y tras-marinos.

      La importancia, cuantitativa y cualitativa, de los textos memorizados por sucesivas generaciones de transmisores de romances que han podido recogerse en los siglos XIX y XX ha convertido al «Romancero tradicional moderno» en un campo de estudio tan rico en cuestiones cοmο el «Romancero impreso de los siglos XVI y XVII». Los millares de versiones extraídas de la tradición oral moderna no son leídas ya solamente como reliquias de una literatura tardo-medieval o renacentista-conservadora preservadas en el congelador de las culturas rurales hispánicas o en los ghettos judeo-españoles, sino también como productos culturales actuales. El «Romancero tradicional moderno» no interesa sólo por la información que proporciona o pueda de él extraerse para entender mejor el Romancero de los siglos ΧV o XVI, sino en sí mismo, como realidad autónoma.

      En este sentido, el más amplio y exacto conocimiento de la tradición oral moderna, tan deseado por Menéndez Pidal, en lugar de favorecer la consideración integral del género tal como él la propugnaba o como la propugnan sus más fieles con­tinuadores Armistead y Silverman, ha contribuído, en cierto modo, a abrir una brecha entre los testimonios modernos y antiguos de los poemas tradicionales. Las grabaciones o transcripciones de los actos de recitación o canto de un romance por un sujeto portador de tradición y los textos literarios publicados por las prensas del siglo XVI son demasiado incomparables para presentar a base de ellos la «diacronía» del Romancero. De modo similar a los editores no folkloristas y no filólo­gos, que en el siglo XIX comenzaron a «salvar» los romances de la tradición oral popular, los antiguos glosadores de romances y los músicos de los siglos XV y XVI, cuyas versiones nos conservan los cancioneros y pliegos sueltos, y, tras ellos, los im­presores de cancioneros, silvas y rosas de romances, como Nucio, Nájera o Timo­neda, utilizaron la tradición oral del siglo XV y del siglo XVI para incorporarla, por razones artísticas y comerciales, a los modos de producción cultural entonces do­minantes. Frente a esos poemas manipulados por editores que los entendían y apreciaban desde fuera de la cultura tradicional, las versiones «documentadas» modernamente por filólogos, folkloristas y etnógrafos son transcripciones fieles de las manifestaciones efímeras y parciales de una obra literaria tradicional; pero, en cambio, no son propiamente poemas, pues el poema de que son manifestación sólo existe en la memoria colectiva y sólo es recuperable mediante el conocimiento de una pluralidad de los actos orales en que se hace perceptible. Los datos extraídos de los textos «publicados» en el siglo XVI y los que proporciona la investiga­cίόη moderna pueden ayudarnos a obtener una visión histórica de un romance; pero los textos no son cualitativamente homogéneos y, por lo tanto, realmente comparables.La autonomía de los textos modernos como objeto de estudio resulta también manifiesta por el hecho de que las categorías literarias establecidas para poner orden en el Romancero antiguo no sean válidas para los romances recogidos en los siglos XIX y XX. Romances impresos en el siglo XVI que debemos adscribir a corrientes lite­rarias diversas, reaparecen hoy en la tradición igualados en un mismo lenguaje poéti­co. Categorías tan imprescindibles en una consideración literaria de los textos anti­guos como las de «romance viejo», «romance juglaresco», «romance trovadoresco», «romance erudito», carecen de vigencia en la tradición oral moderna.

     Como muestra de ello voy a citar, intencionalmente desordenadas, algunas escenas de romances de la tradición oral con antecesores impresos en el siglo XVI de carácter muy diverso. Proceden: a) de un poema de inspiración épica (El moro que reta a Valencia y al Cid) y de una balada pan-románica (El caballero burlado), tanto uno como otra ejemplos de romances que, a comienzos del siglo XVI, eran ya consi­derados «viejos»; b) de un par de romances de tema francés (Gaiferos y Melisendra, El conde Claros preso), que, en sus impresiones del siglo XVI, pertene­cίan al romancero «juglaresco» más típico; c) de un romance noticiero (Muerte del Duque de Gandía) y de otro fronterizo (Don Manuel y el moro Muza), que, en sus antecesores impresos en el siglo XVI, tenían carácter muy distinto, ya que el primero mantenía un tono muy juglaresco y el segundo se narraba con clara andadura de romance «tradicional»; d) de un romance originalmente trovadoresco, cuyo autor, Juan del Encina, es bien conocidο (El Enamorado y la Muerte), y e) de dos romances, uno de ambientación histórica (El conde don Pero Vélez) y otro de tema bíbli­co (Εl sacrificio de Abraham o de Isaac), que, en impresiones del siglo XVI, respon­dían a la estética del romancero cronístico o «erudito». Cada escena citada 1 va contrastada, en notas al pie, con la correspondiente en el Siglo de Oro.

                                              a) 2
Esta noche soñé un sueño      muy contrario al alma mía,
soñé que tenía en mis brazos      a prenda que más quería,
era la Muerte que estaba      haciéndome compañía.
—¿Qué haces ahí, la Muerte,      a deshora en casa mía?
— Por ti vengo, enamorado,      que Dios del cielo me invía.
— Por Dios te pido, la Muerte,       por Dios y Santa María,
que me dejes otra noche,       que me dejes otro día,
que me quiero confesare,       enmendarme de esta vida.
—Aún no era bien de noche       y el mozo a rondar iba:
Ábreme la puerta, blanca,       -ábreme la puerta, niña,
que si hoy no me la abres,       ya no la abras en la vida!
— ¡Cómo quieres que te la abra,       si yo abrirla no podía:
mi padre se está acostando,      mi madre que no dormía,
mis hermanitos pequeños      mirando a ver lo que hacía!
Anda, vete a la ventana       donde planchaba y cosía,
echaréte un gordón de oro      para que subas arriba;
donde mi gordón no alcance,      mi cabello te echaría.

                                          b) 3
Amores tiene el don Carlos,       no le dejan descansar;
tan pronto pone a vestirse,       como se pone a calzar,
tan pronto coge el caballo,      como le vuelve a dejar.
Al pasar por el palacio,       ya le salen a mirar.
— ¡Qué buen cuerpo tienes,      Carlos, para con moros pelear!
— Mejor lo tengo, señora,       para con usted casar.
— Me abultas algo ligero      y te ibas a alabar.
— Yo no me alabο, señora,      nunca me supe alabar.
Con estas palabras y otras,      se arrimaron a un rosal,
don Carlos tendió la capa,       la niña tendió el berdal.

                                            c) 4
Advierte don Pedro Bello      que en palacio lo han hallado
los calzos a las rodillas       y el librón desabrochado,
y a la dama la han hallado       sentada sobre un estrado,
correa de oro por el suelo       y el cabello enmarañado.
— ¡O casas con ella, conde,       o has de morir ahorcado!

                                           d) 5
Deprisa pide el vestido,       deprisa pide el calzado;
si deprisa lo pedía,       más deprisa se lo han dado.
Entró en la caballeriza,     sacó un potro mal domado;
con una mano le ensilla,      con otra frenos le ha echado,
con los dientes de su boca      la cincha le ha ido apretando.
Todas damas y doncellas      salían allí a mirarlo;
también salió allí la suya,      con un pañuelo en la mano:
— Toma este paño, Manuel,      don Manuel, toma este paño.
— Guárdale tú, nιña mía,     guárdale tú pa otro amado,
que yo me iré ala guerra,      no sé si seré tornado.

                                            e) 6
El Cid, que no está muy lejos       y estas palabra’ escuchaba,
se ha hincado de rodillas      y su cara al cielo alzaba:
— ¡Νο lo permita mi Dios     que este perro haga esta infamia!
Hija mίa, Blancaflor,      espejo de la mañana,
quítate ropa de seda      y ponte ropita’e Pascua
y a aquel moro, que allí viene,      por medio de la calzada,
hija mía Blancaflor      me lo entretiene’ en palabras,
mientra’ echo un pienso a Marrueca     y un filo doy a mi lanza
que te barrunda en amores,      en amores te barrundaba.
— ¡Cómo quiés que lo entretenga,      si de amores no sé nada!
—Si te trata de «mi vida»,      contéstale de «tu alma»;
si te echa mano a los pechos,      tú le echas mano a la barba.

                                             f) 7
— Otros tantos, la señora,     que por ti no corto barba;
tírate de ese balcón,      de esa ventana más alta,
que yo te recogería      en alas de la mi capa.
Estando en estas razones,     sacó una rica manzana;
la manzana era de oro      y el pinzón de fina plata.
— De esas manzanas, el moro,     mi padre tenía un arca.
Vete con Dios, el morito,      no digas que te soy falsa,
que en las cuadras del mi padre     un caballo se ensillaba,
no sé si es para ir a moros,      no sé si es para ir de caza.
— No tengo miedo a tu padre,     ni a todos los de la cuadra,
si no es a un potrezuelo,      hijo de esta yegua baya,
que a mi me lo habían hurtado      en las sendas de Granada.
— Ese caballο, el morito,      mi padre le da cebada,
cada vez que le echa pienso,      le comía medía carga.
Estando en estas razones      el su padre que asomaba.
Donde pon la yegua el pie,      pon el caballo la pata.

                                            g) 8
— Poco a poco, caballero,      no sé si comprendería:
maldición me echó mi madre,      de pequeñita, muy niña,
que el hombre con quien hablase     malato se volvería,
la hierba donde pisase      al punto se secaría,
caballo donde montase     al punto reventaría.
—Apéese, la señora,      que el caballo tiene estima.
Se ha apeado la señora      y ha terciado la mantilla;
si mucho corría el caballo,      tanto o más corría la niña.
Al entrar en la ciudad,      la niña se sonreía.
—[¿De qué se ríe, la señora,]      de qué se ríe, la niñα?
—Me rίο que a un caballero      le ha engañado una niña.
—Vuelvan los mis pies atrás,      mí espada queda perdida.

                                          h) 9
Y al llegar a Sansueña      los moros en misa están,
Ábreme la puerta, moro,      que vengo de alta mar,
tanto oro y plata traigo,      cuenta no te puedo dar.
El moro, por la codicia,      las abrió de par en par.
Al tenerlas abiertas,      ya las quería cerrar:
— ¡Fuera, fuera, cristianillo,      que aquí no debías de entrar,
que en el modo ’e caminar      me pa’eces a don Roldán!
—¿Dónde están las damas,      moro, que el perro solía holgar?
—Toditas aquí están, señor,            ............................,
al no ser Melisendra,      que la van a encοronar
reina de siete reinos      por la noche de San Juan.
— Acompáñame, buen moro,      donde Melisendra está.
—¿De qué tierra, el caballero,     de qué tierra y qué lugar?
— Soy de Francia, la señora,      soy de Francia natural.
— Εntoés usted que es de Francia       ............................
conocerá a Gaiférez      y también a don Roldán.
— Sí, yo conozco a Gaiférez      y también a don Roldán.
— ¿(Usted) me quié llevar una carta     pa mi primo don Roldán?
— Escríbala, señora, escríbala,      que usted la irá a llevar.

                                       i) 10
Ábreme, el portalero,      vos diré lo que yo vía:
Yo estando un hombre probe,     fui a pescar mi probería,
vide venir tres a caballo      haciendo gran polvorina;
un bulto llevaban n’el hombro     que de negro parecía,
el bulto cayó al río,      el río se estremecía.
Acogí la red al barco      y a la mi casa me ía,
topé ventanas cerradas      y puertas que no se abrían.

                                         j) 11
Ha cogido los cuchillos       y a afilarlos ha marchado,
a la orillita de un río,     a la orillita de un lago;
después que los afiló,      a su querido ha llamado:
— Ven acá tú, hijo mío,      ven acá tú, hijo amado,
vamos allá a aquel monte,      a aquel monte tan despoblado.
Cuando iban el monte arriba,      el niño se iba cansando.

       Basta, creo, la lectura de estos pasajes varios para comprobar la completa unidad estilística alcanzada por el «Romancero tradicional moderno», cualquiera que sea la procedencia de su material literario.
A veces, incluso romances de origen letrado mucho más tardío llegan a adquirir el mismo lenguaje poético al entrar en la tradición.

      Por ejemplo, cuando cantores modernos describen la llegada de un mensajero portador de malas noticias diciendo 12

Estábase y Juan Αndalico      en una fresca mañana,
tomando del viento fresco,       mirando correr el agua,
vido a morito y a mora       tañer y bailar la alamba,
vido a morito a caballo       armando grande guitarra,
feridas trae de muerte,       que de vida no son dadas;
fuese al mirador derecho       donde el rey Chiquito estaba.
El buen rey leyó el billete,      de sospiros no cesaba:
—¿Ande estás, alhaja mía,       ande estás, mi linda alhaja?
¿si estás muerta o estás viva       o te tengo cautivada?
Si te cativaron moros,      te me llevarán la fama;
si te cativaron cristianos,       te me volverán cristiana;
si te cativaron judíos,       te me tendrán por esclava.
El que me la traiga viva       muchas doblas yo le daba,
le regaré sus caminos      de aljófar y de esmeralda...,

apenas podemos detectar en los versos de que se compone la escena restos del lenguaje poético que caracterizaba al romance «nuevo», publicado en 1581 por Lucas Rodríguez, de donde procede, a pesar de la notoria fidelidad con que el texto tradícional resume el escenario y el imprevisto suceso:

Con los francos Vencerrajes      el rey Chico de Granada
estando en Generalife      una muy fresca mañana
gozando del fresco viento       y viendo correr el agua,
mirando está sus frutales,      sus verdes hojas y plantas,
oyendo a los ruiseñores       su música concertada,
viendo a los moros y moras      tañer y bailar la zambra;
los moros enamorados       a sus moras dan guirnaldas,
y quando aquestos plazeres      a todos más gustos davan,
por una verde espessura       de arboledas, bien plantadas,
vido un moro de a cavallo      haziendo gran algazara,
con vestido turquesado       y almalafa plateada,
el alfange trae desnudo,       la barva toda messada,
con el tocado deshecho       y sin lança y sin adarga;
suspirando viene el moro      que se le arrancava el alma,
heridas traje de muerte      y la cara ensangrentada...

      La creatividad tradicionalizadora se manifiesta tanto en lo que se omite, como en lo retenido, como en lo que se añade. A este respecto, baste comparar la lamentación del rey en el texto tradicional, arriba citada, con la primigenia:

   — No lo he por Antequera,      aunque aya sidο ganada;
pésame que me han robado      divinas joyas del alma.
¡Vindaraja, amiga mía,       o mi linda Vindaraja!
¿si estás muerta o si estás viva       o si estás aprisionada?
y si estás entre christianos,       no te me buelvas christiana,
que este captívo que tienes       trocara por ti el Alhambra.

      No menos notable es la adaptación, que a veces se produce, de romances vulgares «de sucesos» al arte dramático propio del «Romancero tradicional». Sirva de ejemplo la transformación sufrida por la escena del fratricidio e incesto de doña Ángela de Padilla publicada en la Flor de varios romances nuevos del bachiller Pedrο de Moncayo, 1591,

Dándole muy dulces besos      con ansias muy encendidas,
despierta su amor don Diego,       que en dulce sueño dormía.
Pensó que era su muger,      otorgó lo que pedía.
Desque ya apagó sus llamas      y endemoniada porfía,
muy agena de sí misma      de la cama se salía.
Desque despertó don Diego      y no halló a doña Argentina,
búscala por el palacio       muy ageno de alegría
y hallóla que estava muerta      cubierta en una cortina.
Y a las voces de don Diego      entrado avía la justicia...

en la tradición moderna 13:

Dándole besos y abrazos      don Diego recordaría;
pensando que era su esposa,      cumplióla lo que quería.
Doña Anjivar se levanta       dos horas antes del día;
a eso de la media noche      el conde recordaría,
halló su cama enramada      de rosas y clavellinas.
— iAcudid, mis caballeros,      con una vela encendida,
después de siete años casados      donzella la hallaría!
Fuese a buscar y hallóla      tendida tras la cortina.
A los gritos que da el conde       la justicia acudiría...

o la recreación, a base de motivos y expresiones propios del lenguaje narrativo tradicional, de la escena en que el marido celoso regresa a su casa de improviso en Los presagios del labrador. El relato publicado en el siglo XVII contaba simplemente:

...y el corazón le decía:      «Vete a tu casa y no duermas».
Tomó el camino en la mano      y hacia su casa se fuera.
Halló la puerta cerrada      un agujero y entra.
Halló un candil encendido      que toda la casa enseña.
Enderezó hacia su cama      y vido que estaba en ella
un hombre largo y tendido,       duerme y ronca a pierna suelta..;

la tradición moderna, de la que escojo una versión a voleo 14, la vivifica de acuerdo con su estética:

«... el corazón le decía:      —Vete a tu casa y no vuelvas,
que tienes una mujer       que te hace dοs mil ofensas.
— ¿Cómo podía ser eso,       siendo mi mujer tan buena?
— Deja el caballo que corr      e, coge la mula que vuela,
ves dejando los caminos,       ves cogiendo las veredas.
Al entrar en la ciudad,       su casa está la primera;
todo lo halla cerrado,       lo que no se usaba en ella.
Con un puñal que traía       hizo un bujero en la puerta.
Primero mete los pies      por salvarse la cabeza,
y la mula, que no cupo,       atada a la reja queda,
como mula de doztor       que siempre queda a la puerta.
Se ha ido para la cocina,       por ver quién estaba en ella.
El gatito y la gatita       lamiéndose la cazuela.
Se marchó para la sala,       por ver quién estaba en ella.
Ha visto una bugía       luciendo sobre una mesa.
—¿Qué muertos hay en mi casa       que los alumbran con cera?
Se ha ido para la cama,      por ver quién estaba en ella.
El galán y la galana       durmiendo a pierna suelta... .

      Otro importante factor que contribuye a distanciar al «Romancero tradicional moderno» respecto al definido por las impresiones del siglo XVI es su mayor diversidad métrica. Los editores antiguos de romances sólo aceptaron el metro 8 + 8 en series monorrimas y, como excepción, los romancíllos en 6 + 6. La tradición oral no ha sido tan excluyente. Son bastante numerosos (sobre todo en la rama sefardí) los romances que utilizan estructuras más complejas, como el paralelismo estrófico que ilustra el ejemplo siguiente 15:

De condes y duques       que a ella la pedían
la ganó Mainés       a malas feridas.
De condes y duques       que a ella demandaban
la ganό Mainés      a malas lanzadas.
— Abréisme, mi madre,       puertas de palacio,
que nuera vos traigo       y yo mal quebrado.
Abréisme, mi madre,       mi madre garrida,
que nuera vos traigo       y yo malas feridas...,

paralelismo que puede simplificarse quedando como único resto de él una estructura con tendencia a los pareados. También se dan casos en que un mismo tema se canta en varias formas métricas: 6 + 6 y 8 + 8 (caso muy frecuente), o 6 + 6, 7 + 7 y 8 + 8 (ροr ejemplo, Santa Iria) o 8 + 5 y 8 + 8 (El marinero raptor), etc. Tales vacilaciones son prueba manifiesta de que el metro «romance» no puede ser considerado como condición sine qua nοn para que un texto tradicional forme parte del género. A la vez que por perduración de estructuras métricas antiguas, el Romancero oral moderno es más variado que el impreso en el siglo XVI debido a tendencias innovadoras. La aparición de pareados, más o menos continuados, en series originalmente monorrimas es fenómeno bastante común, sobre todo en Portugal, donde afecta a toda clase de romances, según ejemplifica el siguiente remate en Muerte del príncipe don Juan:

No dia de meu interro      veste-te de grande gala,
para que a gente te não chame      viúva sem ser casada;
se estiveres na janela      e o meu corpo ali passar,
retira-te lá para trás      que te não ouçam chorar 16

o en América, este comienzo del Bernal Francés:

— Abridme la puerta, Elena,     sin ninguna desconfianza,
que soy Fernando el Francés,     que ahorita llego de Francia.
— ¿Quién es ese caballero     que mis puertas mandó abrir?
Mis puertas se hallan cerradas;     muchacho, enciende el candil.
Al abrir la media puerta      se nos apaga el candil.
Se tomaron de la mano      y se fueron al jardín,
—¿Qué tenés, hombre, Benito,     que vienes tan enojado?
¿qué te andas creyendo tú      de chismes que te han contado? 17

      La conveniencia, si no necesidad, de estudiar de forma autónoma, en la sincronía de los siglos XIX y XX, el «Romancero tradicional moderno» y no ver en él, simplemente, una sobrevivencia anacrónica de una poesía perteneciente a otros  tiempos, ha dado lugar a que el «Romancero» reciba hoy creciente atención por parte de fοlkloristas, etnógrafos y sociólogos interesados en la cultura oral. La presión de sus puntos de vista ha afectado muy directamente a la investigación «de campo», introduciendo en las modernas colecciones regionales de romances una creciente indefinición de los límites del género. Dado que ni criterios de «origen», ni criterios «métricos» o formales son suficientes para delimitar el Romancero oral moderno, los investigadores de las culturas tradicionales tienden cada vez más a rechazar todo criterio excluyente que no esté refrendado por la opinión de los propios transmisores de tradición. Guiados por principios exclusivamente etnográficos, consideran que son indistinguibles entre sí los productos de la tradición oral y valoran como partes inseparables de la cultura local todos y cada uno de los textos que los miembros de una comunidad retienen en sus memorias. De ahí que, aceptada esa perspectiva, tan representativo de la tradición oral sea para ellos un texto aprendido de un ciego cantor, de una hoja volandera, de una publicación escolar de tiempos de la República, de un libro de texto de E.G.B., o un texto implantado por la labor cultural de Misiones Pedagógicas o por la actividad renacionalizadora de la Falange Femenina, como un texto procedente de la multisecular tradición cultural de la comarca. Y no hay manera de clasificar los materiales recogidos de la boca del pueblo sino por el contexto que justifica su canto o recitación.

      Ante tan absoluta indiscriminación genérica, no es de extrañar que los estudiosos de la literatura prefieran el fácil expediente de considerar todos esos materiales «folklóricos» como algo ajeno a sus intereses y se refugien de nuevo más y más en el estudio del Romancero impreso del siglo XVI como única documentación digna de un estudio literario.

      Creo, sin embargo, que el estudio autónomo del «Romancero tradicional moderno» no supone que tengamos que adoptar como punto de vista dominante el de los folkloristas, etnólogos o antropólogos. El «Romancero tradicional moderno» es parte irrenunciable de la literatura española, portuguesa, gallega y catalana, y sus textos, sus poemas, deben constituir el centro de interés de nuestras investigaciones, no el acto de realización pública de los mismos, ni el contexto sociológico que permite su vigencia, que justifica su actualidad. Los romances que nos conserva la tradición moderna son productos literarios que pueden y deben ser extraídos del conjunto de las tradiciones poéticas (y no poéticas) de las comunidades que los usan y estudiados independientemente como creaciones inscritas en un determinado género literario, cuya poética merece un examen detenido. Su singularidad respecto a la literatura no tradicional no consiste en no ser literarios, en carecer de artificio, sino en el hecho de que su carácter de textos memorizados los hace abiertos en sus significantes y no simplemente abiertos en sus significados como son los poemas de cuya conservación en el tiempo se encarga la escritura. Frente a los productos literarios almacenados en bibliotecas, los productos literarios almacenados en la memoria colectiva se actualizan continuadamente para seguir siendo aceptables por las nuevas generaciones de auditores.

      Hemos de reconocer que el estudio autónomo del «Romancero tradicional moderno», que propugnamos, tiene entre sus peores enemigos a los propios investigadores de la tradición oral. No sólo debido a los intereses extraliterarios de los folkloristas y antropólogos, sino también a causa de los principios y métodos que han gobernado la recolección como herencia de la visión pancrónica (cuando no arqueológica) del Romancero propia de los filólogos, pese a que éstos hayan (o hayamos) sido los investigadores más interesados en recobrar el Romancero para el campo de la literatura.

      En efecto, la tradición filológica ha impuesto a los romanceristas «de campo» el criterio (sin duda acertado desde su especial punto de vista) de que todo fragmento, toda información es importante. Pero este criterio ha contribuido a que, en las encuestas, se intente extraer migajas de información textual a sujetos «informantes» que no son y nunca han sido (incluso a ojos de ellos mismos) portadores ni transmisores del acervo romancístico de la comunidad; y, lo que es peor, ha inducido a los editores de corpora tradicionales a incluir en sus publicaciones esos fragmentos como «reliquias» de tradición, falseando gravísimamente la realidad del proceso de transmisión de los romances, al mismo tiempo que la imagen de lo que es y no es una manifestación oral de un poema. A nadie en una comunidad que no sepa un romance «completo» se le ocurrirá cantarlo o contarlo, ni en público ni en privado, salvo presionado en una situación de encuesta por «investigadores» foráneos.

      Más importante aún que la distinción entre qué es y qué no es una versión o manifestación de un romance, resulta, sin duda, para el estudio del género, la decisión de qué es y qué no es un romance, y la de si es preciso establecer subgéneros dentro del género.

      La necesidad de plantear el problema de los límites del «Romancero tradicional moderno» me parece ineludible, si queremos salvar sus producciones para la Literatura.

      En vista de ello voy a sugerir algunos principios que me parecen pertinentes para la identificación de los géneros literarios contiguos, con quienes el nuestro no debe confundirse. Los criterios que propongo para acotar el género «Romancero tradicional moderno» son de carácter diverso:

      a. Criterio de «tradicionalidad».

      Es, sin duda, el más importante. El mero hecho de que un texto, incluso en metro de romance, se divulgue «de boca en boca» entre sujetos pertenecientes a comunidades, rurales o urbanas, portadoras de cultura «tradicional» no supone que ese texto se haya «tradicionalizado». Sólo debemos considerar «tradicionales» aquellos textos que, al ser memorizados por sucesivas generaciones de transmisores de cultura «tradicional» se han ido adecuando al lenguaje y a la poética (o retórica, si se prefiere) de la poesía tradicional, modificando, mediante variantes, el léxico y la sintaxis, la métrica, el lenguaje figurativo, la estructura narrativa y la ideología del poema heredado. Aunque el poema nos sea dicho (o incluso cantado) por un informante analfabeto, si su texto procede de un libro, de un pliego de cordel, de una hoja volandera o de una emisión radiofónica y no está alterado creativamente por el juego de las variantes, no es un romance «tradicional», por más que se halle acortado, en virtud de olvidos de la memoria, o deformado, por incomprensión de su léxico o sintaxis de origen culto o «semiculto».

     En las memorias privilegiadas de los portadores de tradición conviven frecuentemente, junto a los romances patrimoniales, poemas de procedencia «letrada», que nuestros informantes han adquirido por haberlos oído leer o recitar (o incluso cantar); pero el hecho de que hayan sido recibidos por vía auditiva no supone que esos textos participen de las propiedades de la poesía «oral». Tanto da que tengan su origen en la literatura «plebeya»:

En el valle de la Almena        se celebra una función
en una ermita que llaman     de La Esperanza de Dios.
El día quince de Abril,      con muy grande devoción,
el señor Fernando Sánchez      con la esposa de su amor,
llevando a su hija Gertrudis     y a su hijo Ramón,
la niña tiene tres años     y es más bonita que un sol.
Cuando salieron de misa,      después de la procesión,
Ramón, como mayorcito,      de la niña se encargó.
y a las cuatro de la tarde,      sin saber por qué ocasión,
empezó a correrla gente,     huyendo sin detención 18

o en la, más antígua, de los «pliegos de cordel»:

En una encumbra de flores      cercada de hermosas plantas
a donde las avecillas      tienen sus pintadas alas
con su mosecu y alegran     y al Rey del Cielo dan gracias,
estando un día sentado     cansado de andar de caza
arrimado a un duro tronco     cavilando cosas varias,
estuve atento escuchando      por ver sí es persona humana
y atento que así decía      estas siguientes palabras:
— Adiós, alevoso amante,      que aquí me dejas sin causa ...19

o incluso en los pliegos sueltos del siglo XVI, ininterrumpidamente impresos hasta principios de este siglo:

Retirada está la infanta      bien así como solía
viviendo muy descontenta      de la vida que tenía
viendo que se le pasaba       toda la flor de su vida
y que el rey no la casaba     ní tal cuidado tenía,
entre si estaba pensando      a quien se descubriría
y acordó llamar al rey,      como siempre hacer solía ...20

      Su alienidad respecto al género «Romancero tradicional moderno» se basa en que el texto permanece fiel al recibido del modelo memorizado, sin que la intertextualidad interfiera de forma creativa en el proceso de adquisición del texto.

      La importancia de este criterio de exclusión estriba en que los romances de «pliego de cordel», «de ciego», «de sucesos» han llegado a veces, como ya apuntábamos más arriba, a transmitirse de memoria en memoria y, de resultas de ello, a estar sujetos a los procesos de reelaboración propios de la poesía oral. Las versiones que se han generado mediante esos procesos, aunque todavía retengan modos de expresión heredados de su origen letrado (en convivencia con los modos de expresión adaptados al lenguaje del Romancero tradicional), pueden considerarse ya parte de nuestro género, o al menos parte de un sub-género de nuestro género. Pero la tradicionalización de algunos de los romances «de ciego», de «sucesos», no supone que haya que dar entrada en el «Romancero tradicional moderno» a todo pliego de cordel recordado oralmente por un sujeto rural.

      b. Criterio de modalidad del relato.

      Los relatos no tradicionalizados de ciego, que utilizan como forma métrica bien el romance, bien la copla, son, a la vez, un buen ejemplo de cómo no basta el carácter narrativo de un relato para que un texto ofrezca similitudes con el «Romancero tradicional». Mientras los romances tradicionales muestran o presentan la acción dramáticamente, como ocurriendo nuevamente ante la vista del auditorio, los romances de ciego refieren los hechos informando de lo pasado mediante puras relaciones. Sirvan de contraste estos dos pasajes que a continuación cito en que se relata un proceso de enamoramiento.
     
      En un romance tradicional (Galiarda y Florencios) 21.

Entran condes, salgan condes      a oír la misa de gallo;
entró el Conde de Verbena       con un niño por la mano.
Cada cual tomó su asiento      según eran sus estados;
el niño, por más pequeño,      tomó el asiento más bajo.
Galiarda, [que] allí estaba,       del niño se ha enamorado
y le ha hecho una señita       con el guante de su mano.
— ¿Qué me quieres, Galiarda?,       que aquí estoy a tu mandato.
— Que me lleves, niño conde,      a mi casa por la mano.

      Εn un romance de ciego 22:

En la casa de sus padres,       con el recato debido,
se crió, y apenas tuvo      los quince abriles cumplidos,
cuando amor tiró una flecha,      quedando herida del tiro
(que la mujer que es hermosa       trae la desgracia consigo,
pues bastó llamarse Rosa,       que pocas rosas he visto,
que no mueran deshojadas       a manos del precipicio).
La causa fue un caballero,       don Jacinto del Castillo,
tan galán como bizarro,       valiente como entendido.
Éste dio en galantearla      con fiestas y regocijos.
La dama le corresponde      con amorosos cariños,
que enamorada y rendida       estaba de don Jacinto,
y con palabra de esposa      a su amante satisfizo.
Todas las noches se hablan       por un balcón, que testigo
era de sus muchas penas,      y, como amantes tan finos,
descansa el uno con otro      repitiendo mil cariños ...

     La importancia para la delimitación genérica de la modalidad narrativa empleada me parece evidente.

      De ahí que el romance tradicional y el corrido mexicano no sean un mismo género, aunque uno y otro sean narraciones y estén sujetos a variación en el curso de su transmisión de memoria en memoria. Los corridos mexicanos, de forma similar a sus antecesores los corridos o romances «de sucesos», que tanta difusión alcanzaron en la Península en los siglos XVII y XVIII gracias a la venta de pliegos de cordel por los ciegos, utilizan modalidades de relato en que el poeta narra lo ocurrido sin hacerlo miméticamente presente ante el auditorio. La mayor expresividad del corrido mexicano depende, no de una exposición mostrativa, visualizadora de la acción en progreso, sino de una actitud ante los hechos, conductas y palabras recordados que los levanta a un plano modélico, considerándolos dignos de pasar ala historia y de ser imitados por su valor paradigmático 23 :

En mil novecientos veinte,      señores, tengan presente,
fusilaron en Chihuahua       a un general muy valiente.
De artillero comenzó      su carrera militar,
en poco tiempo llegó       a ser un gran general.
En la estación de La Mora       le tocó la mala suerte,
lo agarraron prisionero,      lo sentenciaron a muerte.
Ángeles mandó un escrito        al Congreso de la Unión:
— Si he de ser yo fusilado      me encuentro a disposición.
Angeles era muy hombre,      tenía un valor verdadero;
mejor deseaba la muerte      que encontrarse prisionero.
El reloj marca las horas,      se acerca la ejecución:
— Preparen muy bien sus armas       y apúntenme al corazón,
apúntenme al corazón,     no me demuestren tristeza
que a los hombres como yo      no se les da en la cabeza.
—Ya con esta me despido       en la sombra de un granado
así terminó la vida       de un general afamado.

      c. Criterio de funcionalidad.

      El romance tradicional es una historia narrada. Lo que en él se cuenta, por muy particular o muy atemporal que pueda ser, es siempre presentado como un fragmento de realidad y, en vista de ello, digno de ser considerado como «ejemplo de vida». La historia o escena que en el poema se revive goza de autonomía significativa y, salvo en los márgenes exteriores al relato (exordio, post scriptum), en que el narrador generaliza la enseñanza que de aquella historia particular puede extraerse, el suceso o sucesos que en ella se dramatizan mantienen su singularidad histórica, de forma que su interés permanente radica en la universalidad de lo individual.

       Por ello, si en una canción, la fábula no se desarrolla en forma de intriga verosímil o si queda reducida a un pretexto para el discurso emitido, que cumple otras funciones que las de contarnos una historia, el poema no es (o ha dejado de ser) parte del género «Romancero tradicional moderno».

       Así, por ejemplo, las canciones llamadas «despiques», tan comunes en la tradicíón portuguesa, no son romances, son remedos lúdicos de una costumbre (la batalla verbal entre hombres y mujeres que acompaña el proceso social del apareamiento) 24:

Entre silvas e silvinhas,       que promessas há-de haver;
menina que ’tais na fonte,      dai-me água, quero beber.
-Pelo copinho vidrado,      tocadinho do amor;
-por ditosa m’eu achara      dar ágυa a tal senhor.
-Aguas claras, corredias,      correm debaixo do chão;
-por ditoso m’eu chamara    em bebê-la da sua mão.
-Com licença dos senhοres     e da Senhora da Guia,
perguntai àquele mancebo     se νai para algũa romaria.
—A romaria que eu vou,     eu lo a digo na verdade,
vou é para passar tempo,      são coisas da mocidade.
— A cantiga está bem dita,      que vós, senhor, a dissestes;
o caminho está seguido,      tornai pοr onde viestes.
etc.

     Análoga alienidad a la función narrativa central del romancero tiene la simulación que, en el corro, hacen los niños y niñas de la ceremonia de Elección de novia, cantando en el juego:

De Francia vengo, señora,      de por hilo portugués,
en el camino me han dicho      «Qué lindas hijas tenéis.»
— Si las tengo o no las tengo,      para mí las guardaré,
con el pan que Dios me ha dado       me las puedo mantener.
-Yo me voy muy enojado      a los palacios del rey
-a contárselo a la reina,       a la reina Isabel.
Vuelva pa atrás, caballero,      no sea tan descortés
y de las hijas que tengo      escoja la más mujer.
— Ésta escojo por esposa,    ésta escojo por mujer,
que me ha parecido rosa    acabada de nacer.

       Las palabras de la canción son sólo un complemento de la acción «jugada» por los niños actores, acción que, considerada en conjunto, constituye un remedo de un acto genérico y no una representación dramática de un suceso particular al que se confiere un valor ejemplar para la vida. La liturgia del juego, incluidas sus palabras, son tradicionales: nos lo testimonian, diacrónicamente, varias obras dramáticas del siglo XVII y, sincrónicamente, las variantes con que el juego se documenta en territorios muy diversos del mundo hispano-hablante 25. Pero no por ello debemos considerar De Francia vengo, señora, o su paralelo portugués A Condessa de Aragão parte del «Romancero tradicional».

      Lo mismo puede decirse de otras canciones de niñas de origen lejano, como «A la verde verde, a la verde oliva», en que las referencias a la prisión de las «tres cautivas», a su encierro por la reina mora en una mazmorra, a sus oficios serviles, al encuentro de la menor con el buen viejo de su padre en la fuente fría y a la liberación de las tres niñas por el moro que las cautivó no constituyen sino el apoyo verbal de una pantomima y carecen de cualquier pretensión de ser los componentes de la narración de un hecho verosímil.

       La carencia, en determinados textos, de la función propiamente narrativa, que consideramos rasgo esencial de los romances, puede no ser en ellos primigenia. En determinados casos, el canto de romances tradicionales puede ritualizarse; si ello ocurre, el contexto folklórico en que se realiza el acto de emisión del texto (la «performance») se hace dominante respecto al contenido literario del mismo. Tenemos ejemplos varios en que un romance pasa a ser exclusivamente utilizado como «canto aguinaldero», como «mayo», como «canción de corro», como «endecha», como «ronda», como «canto de la desfloración», como «oración», etc. Aunque, inicialmente, esa función no necesite alterar el texto, es fácil que, a la larga, el romance llegue a adquirir propiedades estructurales que repugnan a su original función narrativa.

        He aquí cuatro ejemplos:

       a) de un romance (Muerte del Maestre de Santiago) convertido en canto aguinaldero 26:

Hoy es víspera de Reyes,    día muy asiñalado,
mañana su santo día,    la primer fiesta del año,
cuando damas y doncellas    al rey piden aguinaldo;
nosotras también venimos,    como ouvejas de este bando,
no pedimos campanillas    ni de oro ni de damasco,
que le pedimos dotrina    a nuestro pastor honrado,
si no es la doña Mariya    que se lo pidió dobrado,
que le pidió la cabeza    del maestro de Santiago...

       b) de un romance (La infantina) convertido en ronda 27:

La mañana de San Juan,    tres horas antes del día,
me salí yo a pasear    por una arbolera arriba.
En medio de la arbolera    un rico ciprés había,
el tronco tiene de oro,    la rama de plata fina,
y en la más altita rama    sentada estaba una niña,
mata de cabellos tiene     que todo el ciprés cubría,
con peine de oro en sus manos    que peinárselos quería.
Cada peinada que daba,     granitos de oro caía,
y entre peinada y peinada     la dama queda adormida.
Baja un reiseñor del cíelo     con un cantor que él tenía,
con las alas le dispierta,    con el pipo le decía:
—Una dama como vos     no debe ser adormida.
Con esto quédate adiós,    claro lucero del día,
con esto quédate adiós    y hasta que vuelva otro día.

     c) de un romance (Por aquel postigo viejo, a lo divino) hecho oración 28:

Por aquel postigo abierto    que nunca le vi cerrado
por allí pasó la Virgen    vestida de negro y blanco,
el vestido que llevaba    nunca se lo vi manchado,
se lo manchó Jesu Cristo    con la sangre del costado.
Caminemos, hijo mío,    caminemos al Calvario,
cuando nosotros lleguem   os ya le habrán crucificado;
ya le clavaron sus pies,    ya le clavaron sus manos,
ya le dieron la punzada    en su divino costado.
La sangre que derramó     cayó en un cáliz sagrado,
y aquel que la recogiese    será un bienaventurado:
en este mundo será rey    y en el otro coronado.

   d) de un romance (Gerineldo) transformado en canto de desfloración gitano 29:

—Gerineldo, Gerineldo,    Gerineldito pulido,
¡quién te tuviera una noche    tres horitas a mi servicio!
—Guarda lo que es bueno,     te acompañará,
que, si no lo guardas,    sola te verás.

      Si, al tratar del criterio de tradicionalidad o de modalidad narrativa, teníamos que tener presente la posibilidad de la conversión de un «no-romance tradicional» en «romance tradicional», en este otro caso se nos plantea la posibilidad de la transformación de un «romance tradicional» en un «no-romance tradicional».

       En fin
.

      Las anteriores consideraciones representan un intento de delimitar un género de la literatura espαñola que, a pesar de la abundante bibliografía con él relacionada, no ha sido valorado como tal y permanece aún excluido del campo de estudios literarios.

      Mi propósito en los trabajos reunidos en la presente publicación es, precisamente, acotarlo y rescatarlo para ese campo de estudios, haciéndolo objeto de atención autónomo, libre de las vinculaciones a intereses varios que han ocultado su ser.

Diego Catalán: "Arte poética del romancero oral. Los textos abiertos de creación colectiva"

OTAS

1.   Siguiendo el orden en que van citadas, los fragmentos tradicionales tienen las siguientes procedencias: «Esta noche», San Martín de Castañeda (Sanabria, Zamora): una mujer coja, col. D. Catalán, A. Galmés y W. Alonso, 1949 (cfr. D. Catalán, Por campos, pp. 39-40); «Amores», Cabornera (León), Anastasio Fernández, 80 a., col. D. Catalán, T. Catarella, F. Salazar y J. Yokoyama, 1977 (publ. en AIER, 1, pp. 291-292); «Advierte», Homicián (Punta del Hidalgo, Tenerife), Escolástica Suárez Suá­rez, 85 a., col. F. García Fajardo, 1933-34 (cfr. D. Catalán, Por campos, p. 173); «Deprisa pide», Uzna­yo (Polaciones, Cantabria), Mariuca, c. 80 a., col. D. Catalán y A. Galmés, 1948 (cfr. D. Catalán, .Siete siglos, pp. 106-107); «El Cid», Triana (Sevilla), Juan José Niño, gitano, y una gitana joven, col. M. Manrique de Lara, 1916 (cfr. D. Catalán, Siete siglos, pp. 167-169); «Otros tantos», Nuez (Zamo­ra), Rosa Fernández, col. D. Catalán y A. Galmés, 1948 (cfr. D. Catalán, Siete siglos, pp. 136-137); «Poco a poco», Aliseda de Tormes (Ávila), Bonifacia Aliseda Flor, 79 a., col. María Luisa Sánchez Robledo, 1944; «Y al llegar», Trascastro (León), David Ramón, 69 a., col. D. Catalán y J. A. Cid, 1977 (publ. en Romancero General de León. Antología 1899-1989, ed. D. Catalán y M. de la Campa, Ma­drid: Seminario Menéndez Pidal y Diputación Provincial de León, 1991; 2ª ed. Madrid: Fundación R. Menéndez Pidal y Diputación Provincial de León, 1995, pp. 82-84) (cfr. D. Catalán, en «El romancero de tradición oral en el último cuarto del siglo XX», El Romancero hoy: Nuevas fronteras, ed. A. Sánchez Romeralo et al., Madrid: SMP, 1979, pp. 249-253); «Ábreme», Rodas (Grecia), Estrella Bohor Tarica, 23 a., col. M. Manrique de Lara, 1911; «Ha cogido», Herreruela (Palencia), Encarna­ción Cenera, col. D. Catalán, 1951 (cfr. D. Catalán, Por campos, pp. 56-57).

2   Yo me estava reposando    durmiendo como solía,
    recordé, triste, llorando    con gran pena que sentίa.
    Levante me muy sin tiento    de la cama en que dormía
    cercado de pensamiento    que valer no me podía.
    Mi passion era tan fuerte     que de mí yo no sabía
    conmigo estava la muerte     por tener me compañίa.
    Lo que más me fatigava    no era porque murίa
    mas era por que dexaνa    de servir a quien servía.
    Servía yo a vna señora     que más que a mí la quería
    y ella fue la causadora    de mí mal sin mejoría.
    La media noche passada,    ya que era cerca del día
    salime de mi posada    por ver si descansaría;
    fuy para donde morava    aquella que más quería
    por quien yo, triste, penava,    mas ella no parecía.
    Andando todo turbado    con las ansias que tenía
    vi venir a mi Cuidado    dando bozes, y dezίa:
    — Si dormís, linda señora,    recordad, por cortesía,
    pues que fuestes causadora    de la desventura mía;
    remediad mi gran tristura,     satisfaced mí porfía
    porque, si falta ventura,    del todo me perdería.
    Y con mis ojos llorosos     vn triste llantο hazía,
    con suspiros congoxosos,    y nadie no parecía.
             Juan del Enzina, Cancionero, Salamanca, 1496.

3   Media noche era por filo,    los gallos querían cantar,
     conde Claros, con amores,    no podía reposar,
     dando muy grandes supiros    que el amor le hazía dar,
     que el amor de Claraniña    no le dexa sossegar.
     Qvando vino la mañana,    que quería alborear,
     salto diera de la cama,    que parece vn gavilán,
     bozes da pοr el palacio    y empeçara de llamar
     —¡Leuanta, mi camarero,    dame vestir y calçar!
     Presto estaua el camarero    para auerselo de dar:
     diérale calças de grana,    borzeguis de cordouán,
     diérale jubón de seda    aforrado en zarahán,
     diérale vn manto rico    que no se puede apreciar,
     trezientas piedras preciosas     al derredor del collar.
     Traele vn rico cauallo que    en la corte no ay su par,
     que la silla con el freno    bien valía vna ciudad,
     con trezientos cascaueles    al rededor del petral,
     los ciento eran de oro    e los ciento de metal,
     e los ciento son de plata    por los sones concordar.
     E vase para el palacio,    para el palacio real,
     a la infanta Claraniña    allí la fuera a hallar,
     trezientas damas con ella    que la van acompañar;
     tan linda va Claraniña    que a todos haze penar.
     Conde Claros, que la vido,    luego va descaualgar,
     las rodillas por el suelo    le començó de hablar:
     — Mantenga Dios a tu alteza.    —Conde Claros, bien vengáys.
     Las palabras que prosigue    eran para enamorar:
     — Conde Claros, conde Claros,    el señor de Montaluán,
     ¡cómo aueys hermoso cuerpo    para con moros lidiar!
     Respondiera el conde Claros,    tal respuesta le fue a dar:
     — Mi cuerpo tengo, señora,    para con damas holgar,
     — si yo’s tuuiesse esta noche,    señora, a mi mandar,
     otro dίa en la mañana    con cient moros pelear,
     si a todos no los venciesse    que me mandasse matar.
     — Calledes, conde, calledes,    e no os queráys alabar,
     el que quiere seruir damas    así lo suele hablar
     y al entrar en las batallas    bien se saben escusar.
     — Si no lo creéys, señora,    por las obras se verá.
     Siete años son passados    que os empecé de amar,
     que de noche yo no duermo    ni de día puedo holgar
     — Siempre os preciastes, conde,    de las damas os burlar,
     mas dexáme yr a los baños,    a los baños a bañar,
     quando yo sea bañada,    estoy a vuestro mandar.
     Respondiérale el buen conde,    tal respuesta le fue a dar:
     — Bien sabedes vos, señora,    que soy caçador real,
     caça que tengo en la mano    nunca la puedo dexar.
     Tomárala por la mano,    para vn vergel se van,
     a la sombra de vn aciprés    debaxo de vn rosal
     de la cintura arriba    tan dulces besos se dan,
     de la cintura abaxo    como hombre y muger se han.
              
Cancionero de romances, Anvers: Martín Nudo, sin año Ic. 1548].

4   Alterada está Castilla    por vn caso desastrado,
     que el conde don Pero Vélez    en palacio fue hallado
     con vna prima carnal    del rey Sancho el desseado
     las calças a la rodilla    y el jubón desabrochado,
     la Infanta estua en camisa,    echada sobre vn estrado,
     casi medio destocada,     con el rostro desmayado.
     De modo, que estava el Rey    suspenso y muy alterado;
     en fin, por darle castigo,     a muerte le ha condenado.
     Los Grandes piden que cesse     el juyzio acelerado.
     El caso pide castigo;    no lo permite el estado,
     porque era el conde en Castilla     gran señor y emparentado.
               Rosa gentil, Valencia: Joan de Tímoneda, 1573.

5    Apriessa pide las armas     y en un punto fue armado,
     por delante el corredor    va arremetiendo el cauallo;
     con la gran fuerça que puso    la sangre le ha rebentado.
     Gran lástima le han las damas    en velle que va tan flaco;
     rueganle todos que buelva,    mas el no quiere aceptarlo.
                 Pliego suelto gótico: Romance glosado por Padilla.

6    El buen Cid no está tan lexos     que todo bien lo escuchaua:
     — Venid vos acá, mi hija,    mi hija doña Urraca,
     dexad las ropas continas    y vestid ropas de Pascua,
     aquel moro hi de perro    detenémelo en palabras
     mientra yo ensillo a Bauieca    y me ciño la mi espada.
     La donzella, muy hermosa,    se paró a una ventana.
                Romance «el más viejo que oy» glosado por Francisco de Lora,
                pliego suelto gótico (Burgos: Juan de Junta)

7  Otros tantos ha, señora,    que os tengo dentro en mi alma.
    Ellos estando en aquesto,    el buen Cid que assomaua.
    — ¡Adios, adios, mi señora,    la mi linda enamorada,
    que del cauallo Bauieca    yo bien oygo la patada!
    Do la yegua pone el pie,     Bauieca pone la pata.
             Romance «el mas viejo que oy» glosado por Francisco de Lora,
             pliego suelto gótico [Burgos, Juan de Junta].

8  La niña, desque lo oyera,    díxole con osadía:
    —Tate, tate, cauallero,    no hagáys tal villanía,
    —hija soy de un malato    y de vna malatía,
    el hombre que a mi Ilegasse    malato se tomaría.
    El cauallero, con temor,    palabra no respondía.
    A la entrada de París,    la niña se sonrreya.
    —¿De qué vos reys, señora,    de que vos reys, mi vida?
    — Rίome del cauallero    y de su gran couardía,
    tener la niña en el campo y catarle cortesía.
    Cauallero, con vergüença,    estas palabras dezía:
    — Buelta, buelta, mi señora,    que vna cosa se me oluida.
              Cancionero de romances, Anvers: Martín Nucio, sίn año [c. 1548]

9      Dando estas bozes y otras     a Sansueña fue a llegar,
      viernes era aquel día     los moros hazen solenidad,
      el rey Almançor va a la mezquita    para la çala rezar,
      con todos sus caualleros    quantos el pudo lleuar.
      Quando allegó Gayferos    a Sansueña essa ciudad,
      miraua si vería alguno    a quien pudiesse demandar.
     Vido vn catiuo christiano    que andaua por los adarues;
     desque lo vido Gayferos,    empeçóle de hablar:
     — Dios te salue, el christiano,    y te torne en libertad,
     nueuas que pedir te quiero    no me las quieras negar,
     tú que andas con los moros    si les oyste hablar
     si ay aquí alguna christiana     que sea de alto linaje.
     El captiuo, que lo oyera,     empeçara de llorar:
     —Tantos tengo de mis duelos     que de otros no puedo curar,
     que todo el día los cauallos     del rey me hazen pensar
     y de noche en honda sima     me hazen aprisionar.
     Bien sé que ay muchas cativas     christianas de gran linaje,
     especialmente vna que     es de Francia natural,
     el rey Almançor la trata     como a su hija carnal,
     sé que muchos reyes moros     con ella quieren casar,
     por esso yd, cauallero,     por essa calle adelante
     ver las eys a las ventanas    del gran palacio reale.
     Derecho se va a la plaça,     a la plaça la más grande,
     allí estauan los palacios     donde el rey solía estar,
     alço los ojos en alto     por los palacios mirar,
     vido estar a Melisendra     en vna ventana grande
     con otras damas christianas     que están en captiuidad.
     Melisendra, que lo vido,     emρeçara de llorar,
     no porque lo conociesse    en el gesto ni en el traje,
     mas, en verlo con armas blancas,     recordóse de los doze pares,
     recordóse de los palacios     del emperador su padre,
     de justas, galas, torneos     que por ella solían armar.
     Con ’na bοz triste, llorosa,     le empeçara de llamar:
     — Por Dios os ruego, caballero,    que a mí vos queráys llegar,
     si soys christiano o moro    no me lo queráys negar,
     dar vos he vnas encomiendas,    bien pagadas vos serán,
     cauallero, si a Francia ydes,    por Gayferos preguntad,
     dezilde que la su esposa    se le embía a encomendar,
     que ya me parece tiempo    que la deuía sacar,
     si no me dexa con miedo    de con los moros pelear,
     deue tener otras amores    de mí no lo dexan recordar,
     los ausentes por los presentes    ligeros son de oluidar;
     aún le diréys, cauallero,    por darle mayor señal,
     que sus justas y torneos     bien las supimos acá.
     Y si estas encomiendas    no recibe con solaz,
     dar las eys a Oliveros,    dar las eys a don Roldán,
     dar las eys a mi señοr    el emperador mi padre.
     Diréys cómo esto en Sansueña,    en Sansueña essa ciudad,
     que, si presto no me sacan,    mora me quieren tornar,
     casar me han con el rey moro    que está allende la mar,
     de siete reyes de moros     reyna me hazen coronar,
     según los reyes que me traen,    mora me harán tornar,
     mas amores de Gayferos    nο los puedo yo olvidar.
     Gayferos, que esto oyera,    tal respuesta le fue a dar:
     — No lloréys vos, mi señora,    no queráys assí llorar,
     porque estas encomiendas,     vos mesma las podéys dar.
            Cancionero de romances, Anvers: Martín Nucio, sin año [c.1548]

 10  Por ay viniera vn barquero,     que venía ribera arriba,
      besó las manos al Paρa    e los pies con grande estima.
      Allí habló el Santo Padre,    bien oyréys lo que dezía:
      — En buena hora vengáys,    hombre, buena sea tu venida,
     ¿si me traes nueuas del Duque,     de mi hijo, el de Gandía?
     — Yo no traygo nueva cierta,     ni de cierto lo sabía,
     mas oy, estando esta noche,     señor, por ganar mi vida,
     oy un gran golρe en el río     que todo el río sumía
     quiçá, por el su pecado,     será el Duque de Gandía.
         Pliego suelto gótico del siglo XVI

11  Si se partiera Abraam,    patriarca muy honrrado,
     partiérase para el monte    donde Dios le hauía mandado
     sacrificar su propio hijo,    que Ysaac era llamado;
      toma el niño por la mano,    obediente a su mandado.
     Yua triste y pensatiuo    el buen viejo y lastimado,
      en pensar que ha de matar    al mismo que ha engendrado,
      y lo más que le lastima    es en verlo ya criado.
      Y con estos pensamientos    al pie del monte han llegado.
      Hizo el viejo vn haz de leña    y al niño se lo ha cargado;
      y subiendo por el monte    vua Ysaac muy fatigado.
               Segunda parte de la Silva de varios romances,

               Zaragoza: Estevan de Nagera, 1550

12  El rey Chico y la mora cautiva de Antequera. Versión de Tetuán, Majní Bensimbrá, 70 a. Col. Manuel Manrique de Lara, 1916.

13  Versión facticia representativa de la tradición judeo-española de Marruecos y Argel. Procedencia de los octosílabos: 1a,b Orán (hermanas Coriat), 2a,b-3a,b Tetuán (Simi Chocrón), 4a, b-5a, b-6a, b Tetuán (anón.), 7a Tánger (Messodi Azulai), 7b Tetuán (anón.), 8a,b Tánger (Estrella Bennaim), 9a Orán (hermanas Cοriat), 9b Tánger (anón.), 10a,b Orán (hermanas Coriat).

14  Las Navas del Marqués (Avila), Pascuala Pablo. Col. R. Menéndez Pidal, 9 de julio de 1905.

15  Tetuán (Marruecos), Majní Bensimbrá, 65 a. Col. M. Manrique de Lara, 1915.

16  Rebordãos (Bragança). Publicada en J. Leite de Vasconcellos, Romanceiro português, ed. L. F. Lindley Cintra, Manuel Viegas Guerreiro, et. al., Coimbra: Universidade, 1958, I, p. 20.

17  Coliblanco (Cartago, Costa Rica), Edgar Mora, 28 a. Col. M. S. de Cruz-Sáenz, 23 de agosto de 1973. Publicada en M. S. de Cruz-Sáenz, Romancero tradicional de Costa Rica, Newark, Del.: Juan de la Cuesta, 1986, pp. 14-15.

18  Agüimes (Gran Canaria), Conchita Armas. Col. Cristóbal Santana Rodríguez. Publicada en D. Catalán et al., La flor de la marañuela (1969), vol. II, pp. 247-248 (núm. 675).

19  Palleirós (Puebla de Trives, Ourense), Josefa HerveIla. Col. Alfonso Hervella.

20  La Madroñera (Cáceres), Asunción Gοnzalο, 40 a. Col. Bonifacio Gil, antes de 1930.

21  Aliseda (Cáceres) ,Valentina Zancada, 59 a. Col. Jesús Bal, 1931.

22  Don Jacιnto del Castillo y doña Leonor de la Rosa. Cfr. Bibl. Nacional, Madrid R-18956 y R-18957.

23  Fusilamiento del general Felipe Ángeles. Versión de Falcon Records FLP 4036 (1973), McAllen, Texas; arreglo de J. A. del Valle, interpretan Los Alegres de Terán. Véase E. Martínez López, «La va­riación en el corrido mexicano: Interlocuciones del narrador y los personajes», en El Romancero hoy: Poética, ed. D. Catalán et al., Madrid: Seminario Menéndez Pidal, 1979, pp. 65-120 (versión N, pp. 115-116).

24  Fajã dos Vimes (Ilha de S. Jorge, Açores), Maria Teresa Brites, 77 a. Col. Manuel da Costa Fontes, 2-VIII-1977. Publicada en M. da Costa Fontes, Romanceiro da Ilha de S. Jorge, «Fuentes para el estudio del Romancero. Serie Luso-brasileira», III, ed. D. Catalán, Coimbra: Seminario Menéndez Pidal, 1983, p. 171 (núm. 207).

25  Sobre el juego, véase F. A. Coelho, Jogos e rimas infantis, 2ª ed., Porto, 1919, pp. 66-70 (respec­to a PortugaΙ); B. Vigón, Juegos y rimas infantiles recogidos en los concejos de Villaviciosa, Colunga y Caravia, Villaviciosa, 1895, p. 75 (respecto a Asturias) y A. Pelegrín, «Juegos y poesía popular en la li­teratura infantil-juvenil, 1750-1987». Tesis doctoral. Universidad Complutense de Madrid, 1991-92, vol. II, pp. 163-168.

26  Tοmo el ejemplo de una versión recogida en Lober (Zamora), dicha por una mujer anciana de Astorga a Tomás Navarro Tomás en 1910,

27  Versión de Avena (Huesca), dicha por una mujer en Araguás a Tomás Navarro Tomás en 1910.

28 Utilizo como ejemplo una versión de Madrid, dicha por Amparito. Recogida por Ramón Me­néndez Pidal en 1904 ó 1905.

29 Versión de El Portal (Cádiz), Juan Valencia Peña (gitano), col. Luis Suárez Ávila, 1985.

CAPÍTULOS ANTERIORES:

*
  1.- ADVERTENCIA

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La garduña ilustrada

1.- ADVERTENCIA

ARTE POÉTICA DEL ROMANCERO ORAL. LOS TEXTOS ABIERTOS DE CREACIÓN COLECTIVA. 

ADVERTENCIA

     eúno en este volumen trabajos de índole teórica referentes al análisis de la particular poética de los textos estructuralmente abiertos del romancero de tradición oral cantado en los siglos XIX y XX. Pertenecen a muy distintos momentos de mi vida profesional, por lo que su metalenguaje crítico varía considerablemente, aunque respondan a una concepción unitaria de la poesía analizada. Por ello los publico atendiendo a su cronología.

      En esta reedición he acoplado, a veces, en un mismo capítulo más de un trabajo, para nο presentar al lector dos versiones de una exposición que circunstancias de diverso tipo me habían lleνado a repetir. Aun así, el carácter misceláneo del libro y la voluntad de respetar la argumentación original explican que ciertos ejem­plos reaparezcan en más de un contexto.

      La versión que doy en esta reedición mejora, a veces, la expresión original. Sólo cuando añado información ajena al trabajo o trabajos reeditados en cada capí­tulo, utilizo corchetes [ ] para que el lector no atribuya el dato al tiempo histórico de la redacción original. Las otras correcciones, de carácter estilístico, no llegan a despojar al texto del lenguaje crítico propio del tiempo en que se escribió, aunque, a veces, haya estado tentado de hacerlo.

      I: La primera edición de este capítulo fue publicada en el BHi, LXI (1959), 149-182, con el título «El motivo y la variación en la transmisión tradicional del romancero».

      II
: Este capítulo recoge lo publicado en dos artículos-reseña: «Memoria e invención en el romancero de tradición oral», RPh, XXIV (1970-71), 1-25 y 441-463, y «La creación tradicional en la crítica reciente», en El romancero en la tradición oral moderna. 1er Colοqυio Internacional, ed. D. Catalán y S. G. Armistead, Ma­drid: Seminario Menéndez Pidal y Rectorado de la UCM, 1972, pp. 153-165 (basado este segundo en una ponencia de 1971). Hay una versión portuguesa del último artícυlο-reseña: «A criação poética no romanceiro oral moderno: Novos métodos de estudo», Rev. Brasileira de Folklore, XIII (1974), 31-39. El capítulo da también acogida a buena parte de las páginas de «Hacía una poética del romancero oral moderno» (ponencia leída en agosto de 1971), Actas del Cuarto Congreso Interna­cional de Hispanistas, ed. E. de Bustos Tovar, Salamanca: AIH, Consejo General de Castilla y León, Universidad de Salamanca, 1982, I, pp. 283-295.

      III
: La primera edición de «El romance tradicional, un sistema abierto», trabajo realizado con la colaboración de Teresa Catarella, fue publicada en El romancero en la tradición oral moderna. ler Coloquio Internacional, ed. D. Catalán y S. G. Armistead, Madrid: Seminario Menéndez Pidal y Rectorado de la UCM, 1972, pρ. 181-205 (remonta a una ponencia leída en julio de 1971).

      IV
: Este capítulo es reelaboración de un artículo, «Análisis electrónico de la creación poética oral. El Programa Romancero en el Computer Center de UCSD» (de 1972), en que conté con la colaboración de S. Petersen, T. Catarella y T. Meléndez, publicado en Homenaje a la memoria de Don Antonio Rodríguez-Moñino, 1910-1970, Madrid: Castalia, 1975, pp. 157-194 (complementado con algunas páginas de la presentación del «Programa Romancero» hechas previamente en Salamanca, 1971, tal como se publicó en las Actas del Cuarto Congreso Internacional de Hispanistas, ed. E. de Bustos Tovar, Salamanca: AIH, Consejo General de Castilla y León, Universidad de Salamanca, 1982, I, pp. 283-293), y de la ponencia (leída en el Coloquio sobre utilización de ordenadores en problemas de lingüística, Univer­sidad Complutense de Madrid, abril de 1975) «Análisis electrónico del mecanismo reproductivo de un sistema abierto; el modelo Romancero», Rev. de la Univ. Com­plutense, XXV, 102 (1976), 55-77, descargados de muchos componentes que no me parecen ya relevantes.

      V
: La primera edición de «Εl análisis semiótico de estructuras abiertas: El modelo Romancero» se publicó en El Romancero hoy: Poética, 2° Coloquio Interna­cional, ed. D. Catalán, S. G. Armistead y A. Sánchez Romeralo, Madrid: Seminario Menéndez Pídal, CILAS y Univ. of California, Davis, 1979, pp. 231-249 (basado en una ponencia leída en Davis, Cal., mayo 1977).

      VI
: La primera edición de «Los modos de producción y "reproducción" del texto literario y la noción de apertura» se publicó en Homenaje a Julio Caro Baroja, ed. A. Carreira, J. A. Cid, M. Gutiérrez Estebe, R. Rubio, Madrid: Centro de In­vestigaciones Sociológicas, 1979, pp. 248-270. Se basa en una ponencia leída el 1 de abril de 1978 en el «Coloqυiο hispano-alemán de historia, lengua y literatura con motivo del décimo aniversario del fallecimiento de Ramón Menéndez Pidal (Madrid, 31-III a 2-ΙV-1978)». Hay edición argentina (basada en un borrador), Letras, X (1984), 3-28. Fue, además, reproducido parcialmente en F. Rico, Historia y crítica de la literatura española. I: A. Deyermond, Edad Media, Barcelona: Crítica, 1979, pp. 289-293.

      VII
: Con el título «Descripción de modelos trans-lingüísticos dinámicos (a propósito del Catálοgo General del Romancero Pan-Hispánico)» se publicó en Lo­gos semantikos. Studia linguistica in honorem Eugenio Coseriu, 1921-1981, V: Ges­chichte und Architektur der Sprachen, Madrid: Gredos y Berlin-New York: Walter de Gruyter, 1981, pp. 245-254.

      VIII
: La primera edición de este capítulo (que reproducía una ponencia leída en Santander, el 4 de julio de 1983 en el Seminario «Literatura oral en América»), se publicó en Ethnica: Revista de Antropología, LII (1982), 53-66, con el título «El proceso de transmisión oral y el estudio de modelos literarios abiertos»

     
IX: «Εl romancero medieval» se publicó en El comentario de textos, 4: La poesía medieval, ed. A. Amorós, Madrid: Castalia, 1983, pp. 451-489.

      X
: La primera edición de este capítulo (que fue una ponencia leída en el «Coloquio hispano-francés celebrado en la Casa de Velázquez, 30 Nov.-2 Dic. 1983) se publicó en Culturas populares. Diferencias, divergencias, conflictos. Madrid: Casa de Velázquez y Universidad Complutense, 1986, 93-103, con el título: «La conflictiva descodificación de las fábulas romancísticas».

      XI
: «El romancero espiritual en la tradición oral» se publicó en Schwerpunkt Siglo de Oro, Akten des Deutschen Hispanistentages. Wolfenbüttel 28.2-1.3, 1985. Ed. H.-J. Niederehe. Hamburg: H. Buske, 1987 («Romanistik in Geschichte und Gegenwart», bd. 20), pp. 39-68.

      XII
: El capítulo «Romances trovadorescos incorporados al Romancero tradi­cional moderno» estaba inédito. Redacté el trabajo en memoria de J. H. Silverman.

      XIII
: «El romance de ciego y el subgénero Romancero tradicional vulgar» estaba inédito. Lo concebí como explicación del proyectado «Índice general ejempli­ficado del romancero» referente al «Romancero vulgar» y en respuesta a preguntas de Margit Frenk y Madeline Sutherland.

      Como Parte Segunda de la presente obra, se pυblica el volumen subtitulado Memoria, invención, artificio. Comprende los siguientes trabajos:

      I
. «Hallazgo de una poesía marginada: El tema del corazón de Durandarte».

      II
. «Permanencia de motivos y apertura de significados: Muerte del príncipe don Juan».

      III
. «El mito se hace Historia».

      IV
. «Poética de una poesía colectiva».

      Apéndice 1
. «Huellas de la Historia: Don Alvaro de Luna y su paje Moralicos».

     Apéndice 2.
«El metro romance invade el teatro de los Siglos de Oro: la Farsa del obispo don Gonzalo de don Francisco Cueva y Silva».

      Reservo para este otro volumen los índices analíticos de ambas partes.

Diego Catalán: "Arte poética del romancero oral. Los textos abiertos de creación colectiva"

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