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Obras de Diego Catalán

EL CID EN LA HISTORIA Y SUS INVENTORES

ÍNDICE DE REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS (Y CLAVE DE SIGLAS)

ÍNDICE DE REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS (Y CLAVE DE SIGLAS)

 

’Abbās, I. (ed.), Ibn Idārī, al-Bayān al mugrib, IV, Beirut, 1983: I, n. 12. 

Álamo, J. del, Colección diplomática de San Juan de Oña (822-1247), 2 vols., Madrid, 1950 [citado: Oña]: II, nn. 37, 79, 84-86, 92, 93; III, nn. 36, 96. 

AEM = Anuario de Estudios Medievales.

Allouche, I. S. (ed.), Al- Ḥulal al-Mawchiyya, Rabat, 1936: III, n. 31. 

Alonso, A., «Dios, ¡qué buen vassallo, sí oviesse buen señore», RFE, VI (1944), 187-191: IV, n. 67.

Amador de los Ríos, J., Historia crítica de la literatura española, Madrid: J. Rodríguez,  1863: VI, n. 5.

Arco, R. del, «Dos infantes de Navarra señores de Monzón», Príncipe de Viana, X (1949),  249-274: II, n. 67; IV, n. 123.

Huesca en el siglo XII, Huesca, 1921: II, n. 51.

Armistead, S. G., «A Lost Version of the Cantar de gesta de las Mocedades de Rodrigo in the Second Redaction of Rodríguez de Almela’s Compendio historial», University of California Publications in Modern Philology, XXXVIII (4), 1963, 299-336: VI.e (241), n. 17.

— «Cantares de gesta y crónicas alfonsíes: ‘Mas a grand ondra tornaremos a Castiella’», en Actas del IX Congreso de la Asociación Internacional de Hispanistas. Berlin (1986), Frankfurt am Main: Vervuert Verlag, 1989, pp. 177-185: V, n. 112.

La gesta de las «Mocedades de Rodrigo». Reflections of a Lost Epic Poem in the «Crónica de los reyes de Castilla» and the «Crónica general de 1344», Ph. D. Thesis, Princeton, 1955 (inéd.): VI.c (234), n. 9, e (241), n. 17, f (244), n. 18. 

La tradición épica de las Mocedades de Rodrigo, Salamanca: Universidad, 2000: VI.c (234), n. 9, d (236, 238), nn. 11, 12, 15, e (241), n. 17, f  (244), n. 18, g (249, 251), nn. 20, 21. 

— «Mas a grand ondra». Vide: «Cantares de gesta y crónicas...». 

— «The Earliest Historiographic References to the Mocedades de Rodrigo», en Estudios literarios de hispanistas norteamericanos dedicados a Helmut Hatzfeld con motivo de su 80 aniversario, ed. J. M. Solà-Solè, A. Crisafulli, B. Damiani, Barcelona: Hispam, 1974, pp. 25-34: VI.d (236), nn. 11, 12.

— «The Enamored Doña Urraca in Chronicles and Balladry», RPh, XI (1957-58), 26-29: VI.d (236, 238), nn. 11, 15.

— «The Initial Verses of the Cantar de Mio Cid», LCo, XII (1984), 178-186: IV, nn. 102,  103.

— «The Structure of the Refundición de las Mocedades de Rodrigo», RPh, XVII (1953-64), 338-345: VI.c (234), n. 9, e (241), n. 17, f (244), n. 18, g (249, 251), nn. 20, 21. 

Azevedo, Rui Pinto de, Documentos medievais portugueses. Documentos régios, vol. I, t. II, Lisboa, 1962: III, n. 38; IV, n. 7. 

Babbitt, Th., [CVR Latin Sources=] «La Crónica de Veinte Reyes». A Comparison with the Text of the «Primera Crónica General» and a Study of the Principal Latin Sources, New Haven, 1936: V.a (181), nn. 8, 122.

— [«Once Reyes» =] «Observations on the Crónica de Once Reyes», HR, II (1934), 202-216: V.a (181), nn. 8, 127.

—«Twelf-Century Epic Forms in Fourteenth-Century Chronicles», RR, XXVI (1935), 128-136: V.a (181), nn. 8, 127.

Badia [i] Margarit, A., «Dos tipos de lengua cara a cara», en Studia Philologica. Homenaje ofrecido a Damaso Alonso, I, Madrid: Gredos, 1960, pp. 115-139: V, n. 98.

Balaguer, F., «La Chronica Adefonsi Imperatoris y la elevación de Ramiro II al trono aragonés», EEMCA, VI (1956), 7-40: III, n. 114. 

Balparda, G. de [Hist. crit. =] Historia crítica de Vizcaya y de sus fueros, Madrid, 1924: II, nn. 81, 90, 95.

Barrau-Dihigo, L., «Chartes de l’église de Valpuesta du IXe au XIe siècle», RHi, VII (1900), 273-389 [citado «Valpuesta»]: II, n. 97.

Barton, S. The Aristocracy in Twelfth-Century León and Castile, Cambridge: Univ.  Press, 1997: III, nn. 36, 127; IV, n. 111.

Bello, A., La gesta de Mio Cid, Santiago de Chile, 1881: V, n. 100. 

Obras completas (1881-1893): IV.b (129), n. 20.

Benaboud, M. y Mackay, A., «The Authenticity of Alfonso VI’s Letter to Yūsuf b. Tašufīn», Al-Andalus, XLIII (1978), 233-237: IV, n. 60.

Berganza, fr. F. de, Antigüedades de España, I y II, Madrid, 1719, 1721: III, n. 79. 

BHi = Bulletin Hispanique.

BHS = Bulletin of Hispanic Studies.

BICC = Boletín del Instituto Caro y Cuervo. 

Bishko, J. B. [«Fernando I and Cluny» =] «Fernando I and the Origins of the Leonse-Castilian Alliance with Cluny», CHE, XLVII-XLVIII (1968), 31-135, XLIX-L (1969), 50-116: II, n. 45; IV, n. 59.

Studies in Medieval Spanish Frontier History, London: Variorum Reprints, 1980: IV,  nn. 59, 62.

Blázquez, A., «Pelayo de Oviedo y el Silense», RABM3, XVIII (1908), 187-203: Ap. II (281), n. 1.

Bofarull, F. de, ed., «Colección de documentos inéditos del Archivo General de la Corona de Aragón» [CODOIN-Aragón], VIII: III, n. 75.

Bosch-Vilá, J., Albarracín musulmán, Teruel, 1950: III, n. 23; IV, n. 79. 

BRAE = Boletín de la (Real) Academia Española. 

BRAH = Boletín de la (Real) Academia de la Historia. 

Brancaforte, B., Las «Metamorfosis» y las «Heroidas» de Ovidio en la «General Estoria» de Alfonso el Sabio, Madison: Hispanic Seminar of Medieval Studies, 1990: I, n. 1.

[Burgos] Vide: Serrano, L., Cartulario de la Catedral de Burgos.

Cabanes, M. D., Crónica latina de los Reyes de Castilla, Valencia,  1964: II, n. 66.

Canal Sánchez Pagin, J. M., «Don Pedro Fernández, primer maestre de la Orden militar de Santiago. Su familia, su vida», AEM, XIV (1984), 33-71: III, n. 36.

Cantera, F., Fuero de Miranda de Ebro, Madrid, 1945: III, n. 33. 

Catalán, Diego, «Crónicas generales y cantares de gesta. El Mio Cid de Alfonso X y el del Pseudo Ben-Alfaraŷ», HR, XXXI (1963), 195-215 y 291-306 [citado: «El Mio Cid de Alf. X»]: Pres. (8); II, n. 18; III, nn. 46, 125; IV, n. 102; reed. en el cap. V del presente libro (pp. 179-224).

De Alfonso X al Conde de Barcelos. Cuatro estudios sobre el nacimiento de la historiografía romance en Castilla y Portugal, Madrid: S.M.P., 1962: II, nn. 19, 70; V.a (182), nn. 12-15, 19-28, 31-34, 47. 

De la silva textual al taller historiográfico alfonsí. Códices, crónicas, versiones y cuadernos de trabajo, «FCHE» IX, Madrid: F.R.M.P. y U.A.M., 1997: V, nn. 4, 10, 12, 19, 21, 22, 25, 26, 31, 81; VI.b (228). 

— «De Nájera a Salobreña. Notas lingüísticas e históricas sobre un reino en estado latente», en Studia Hispanica in honorem R. Lapesa, Madrid: S.M.P. y Ed. Gredos, vol. III, 1975, pp. 97-121: Pres. (8); I, nn. 32, 41; parcialmente reproducido en el cap. III del presente libro (pp. 89-121); IV, nn. 73-79, 88; V, n. 134.

— «DJM ante el modelo alfonsí» = «Don Juan Manuel ante el modelo alfonsí: el testimonio de la Crónica abreviada», en Juan Manuel Studies, ed. I. Macpherson, London: Tamesis, 1977, 17-51: V, n. 34.

El español. Orígenes de su diversidad, Madrid: Paraninfo, 1989: Pres (8); II, n. 6; III,  n. 7.

— «El Mio Cid de Alfonso X» (1963): Vide «Crónicas generales y cantares de gesta...»

— «El Mio Cid. Nueva lectura de su intencionalidad política», en Symbolae Ludovico Mitxelena..., Vitoria/Salamanca: Universidad del País Vasco, 1985, pp. 807-819: Pres. (8); Nueva ed. con notas en el cap. IV del presente libro (pp. 123-178).

— «El Mio Cid y su intencionalidad histórica (versión anotada)», en Oral Tradition and Hispanic Literature. Essays in Honor of Samuel G. Armistead, Ed. M. M. Caspi, New York/London: Garland Publ., 1995, pp. 111-162: Pres. (8); Reed. en el cap. IV del presente libro (pp. 123-178); V, n. 63.

— «El taller alfonsí» = «El taller historiográfico alfonsí. Métodos y problemas en el trabajo compilatorio», Ro, LXXXIV (1963), 354-375: V, nn. 12, 45.

— «El Toledano romanzado y las Estorias del fecho de los godos del siglo XV», en Estudios dedicados a James Homer Herriott, Madison: Universidad de Wisconsin, 1966, pp. 9-102: II, n. 73.

La épica española. Nueva documentación y nueva evaluación, Madrid: F.R.M.P. y  U.C.M., 2000: I, nn. 17, 23, 26, 33, 36, 42; II, nn. 65, 73; IV, 103; V, nn. 35, 83; VI, n. 22; VII. Epil. (275); Ap. III, n. 5.

La Estoria de España de Alfonso X. Creación y evolución, Madrid: F.R.M.P. y U.A.M., 1992: Pres (8); I, nn. 39, 40; II, nn. 18, 73, 100; III, n. 125; IV, nn. 5, 13, 102; V, nn. 12, 14, 31, 34. 

— «La historia nacional ante el Cid». (Hay publicada una versión malamente deturpada por el editor desautorizada por mí, en El Cid. Poema e Historia, ed. C. Hernández Alonso, Burgos: Ayuntamiento, 2000, pp. 105-114, con el título «Las Crónicas Generales y el Poema de Mio Cid»): Pres (9); VII (passim).

— «La pronunciación [ihante], por /iffante/ en la Rioja del siglo XI. Anotaciones a una observación dialectológica de un historiador árabe», RPh, XXI (1967-68), 410-435: II, n. 6; III, n. 7.

—«Monarquía aristocrática y manipulación de las fuentes: Rodrigo en la Crónica de Castilla. El fin del modelo historiográfico alfonsí», en La historia alfonsí: el modelo y sus destinos (siglos XIII-XV), Madrid: Casa de Velázquez, 2000, pp. 75-94: Pres. (9); reed. en el cap. VI del presente libro (pp. 225-254).

—«Poesía y novela en la historiografía castellana de los siglos XIII y XIV», en Mélanges offerts à Rita Lejeune, Gembloux: Duculot, 1969: IV, n. 13.

— «Realidad histórica y leyenda en la figura del Cid», en La España del Cid. Ciclo de conferencia en conmemoración del novecientos aniversario de la muerte de Rodrigo Díaz..., Madrid: F.R.M.P., R.A.H., F.R.A., 2001, pp. 23-53: Pres. (7); reed. en el cap. I del presente libro (pp. 11-45).

— «Sobre el “ihante” que quemó la mezquita de Elvira y la crisis de Navarra en el siglo XI», Al-Andalus, XXXI (1966), 209-235: Pres (7); reed. en el cap. II del presente libro (pp. 47-87), n. 57; III, nn. 1, 8, 9, 13, 46; IV, n. 61; V, nn. 123, 129.

Catalán, D. y Andrés, M. S. de, Crón. 1344 = Crónica de 1344 que ordenó el Conde de Barcelos don Pedro Alfonso, Madrid: S.M.P., 1970: III, n. 4; V, n. 127.

Catalán D. y Jerez, E., Rodericus Toletanus y la Historiografía romance: I, n. 35; III, n. 133.

«CChCM»: «Corpus Christianorum. Continuatio Mediaeualis». 

C.E.H. = Centro de Estudios Históricos.

Charlo Brea, L., ed., «Chronica latina regum Castellae», en L. Charlo Brea, et alii, Chronica Hispana saeculi XIII, «CchCM», LXXIII, Turnhout: Brepols, 1997, pp. 7-118: II,  n. 66.

CHE = Cuadernos de Historia de España. 

Cintra, L. F. Lindley, Crón. 1344 = Crónica geral de Espanha de 1344. Edição crítica do texto português, I, Lisboa: Academia Portuguesa da História, 1951: V.a (181, 182, 189), nn. 7, 9, 10, 16, 74, d (205), nn. 82, 87, 90-92, 127; VI.b (227), n. 1, d (238), n. 15. 

Cirot, G., «La Chronique léonaise (Ms A 189 et G 1 de la Real Academia de la Historia)», BHi XIII (1911), 133-156: II, n. 101.

— «Une Chronique latine inédite des Rois de Castille jusqu’en 1236», BHi, XIV (1912), XV (1913): II, n. 66.

— «Une Chronique léonaise inédite», BHi (1909), 259-282: II, nn. 16, 17; Ap. II (281), n. 2.

CLHM = Cahiers de Linguistique Hyspanique Médiévale. Cooper, L., El Liber Regum, Zaragoza, 1960: II, n. 65; IV, n. 124.

Corominas, P., El sentimiento de la riqueza en Castilla. Madrid: Residencia de Estudiantes, 1917: IV, n. 37. 

Obra completa en castellano. Recopilada y anotada por J. Corominas, Madrid: Gredos, 1975: IV, n. 37. 

Corona Baratech, C. E., «Las tenencias de Aragón desde 1035 a 1134», EEMCA, II (1946), pp. 379-396: III, nn. 79, 86.

Correa, G., «El tema de la honra en el Poema del Cid», HR, XX (1952), 185-199: IV, n. 18.

Crocetti, C. Guerrieri. Vide: Guerrieri-Crocetti, C. 

C.S.I.C. = Consejo Superior de Investigaciones Científicas.

David, P., Études historiques sur la Galice et le Portugal du Vie au XIIe siècle, Lisboa/Paris, 1947: V, n. 74. 

— «Le pacte successoral entre Raymond de Galice et Henri de Portugal», BHi, L (1948), 275-290: III, n. 38; IV, n. 7.

Deyermond, A. D., Epic Poetry and the Clergy. Studies on the «Mocedades de Rodrigo», Londres: Tamesis Books, 1969: VI.c (232-234) y nn. 4, 7-9, g (249, 251) y nn. 20, 21. 

[Dipl. Urraca]. Vide: Monterde Albiac, C., Diplomatario...

[Doc. reconq.]. Vide: Lacarra, J. M., «Documentos para el estudio de la reconquista...».

Dozy, R., [Recherches3] = Recherches sur l’histoire de la littérature de l’Espagne, I, 3.a ed., Paris/Leyde, 1881: III, nn. 94, 126; IV, nn. 12, 14.

 

EEMCA = Estudios de Edad Media de la Corona de Aragón. 

 [El Moral]. Vide: Serrano, L., Colección diplomática de San Salvador de El Moral.

Escalona, R., Historia del Real Monasterio de Sahagún, Madrid, 1782 [citado: Sahag.]:  III, nn. 56, 64; IV, n. 63.

Esp. Sagr. Vide: Flórez, He.; Risco, M; La Fuente, V. de.

Estévez Solá, J. (ed.), Chronica naiarensis, en «CChCM», LXXI, Turnhout: Brepols, 1955: I, n. 24; II, nn. 16, 17, 99; Ap. II (284), nn. 6, 7, 14, 15, 16, 17. 

—«La fecha de la Chronica Naiarensis», LCo, XXIII.2 (1995), 94, 103: Ap. II (284), nn. 14, 17. 

Falque Rey, E., Historia compostellana, «CChCM», LXX, Turnhout: Brepols, 1988: III,  nn. 53, 59; IV, n. 63.

— «Historia Roderici vel Gesta Roderici Campidocti», en Falque, E. et alii, Chronica Hispana saeculi XII. Pars I, pp. 3-98: II, nn. 12, 54. 

Falque, E. et alii, Chronica Hispana saeculi XII. Pars I, «CChCM», LXXI, Turnhout:  Brepols, 1990: I, n. 6; II, nn. 12, 56; IV, n. 112.

Faulhaber, Ch. B., reseña de Deyermond, Epic Poetry, en RPh, XLIX (1975-76), 555-562: VI.e (232), n. 7.

«FCHE» = «Fuentes Cronísticas de la Historia de España».

«FEHL» = Fuentes y Estudios de Historia Leonesa».

Fernández Valverde, J. (ed.), Roderici Ximeneii de Rada, Historia de rebus Hispaniae sive Historia Gothica, «CChCM», LXXII, Turnhout: Brepols, 1987: I, n. 28; II, n. 62.

Fernández de Oviedo, Gonzalo, Las Quinquagenas (mss. 2217-2219 Bibl. Nacional, Madrid): V.a (180).

Férotin, M., Recueil des chartes de l’Abbaye de Silos, Paris, 1987 [citado: Silos]: III, nn.  35, 36; IV, n. 108.

«FHC» = «Fuentes para la Historia de Castilla».

Fita, F., [«Nájera» =] «Primer siglo de Santa María de Nájera», BRAH, XXVI (1895), 227-275: II, nn. 16, 48, 111; III, n. 67.

Fita, F. [«Nájera. Est. cr.» =] «Santa María la Real de Nájera. Estudio crítico», BRAH (1895), 155-198: II, n. 81.

Flórez, He. [Esp. Sagr. =] España Sagrada. Theatro geográfico de la Iglesia de España, vol. XX, Madrid: Viuda de Eliseo Sánchez, 1765. Historia Compostellana: IV, n. 63.—Vol. XXIII: Antonio Marín. 1767. Chronicon Burgensis, pp. 305-310: V, n. 49. Annales Compostellani o del Tumbo negro compostelano, pp. 317-324: II, nn. 14, 26; III, n. 75; IV, n. 73; V, n. 49; Ap. II, n. 6. Chronicon ex Hitoriae Compostellanae, pp. 325-328: II, n.  106. Anales toledanos I, II, pp. 358-364, 381-409: IV, nn. 108, 110; V, nn. 49, 76.

— [Reynas =] Memorias de las reynas cathólicas de España, 2 vols., Madrid, 1761: II, nn. 69, 70, 108. 

Fortún Pérez de Ciriza, L. J., «Del reino de Pamplona al reino de Navarra (1134-1217)», en Historia de España de R. Menéndez Pidal, vol. IX (1998): III, n. 134.

Sancho VII el Fuerte (1154-1234), «Reyes de Navarra», IX, Iruña, Mintaoa, 1987: III,  n. 134.

F.R.A. = Fundación Ramón Areces.

F.R.M.P. = Fundación Ramón Menéndez Pidal.

Fuente, V. de la. Vide: La Fuente, V. de.

 

Gambra, A. [Alf. VI. Est. =] Alfonso VI. Cancillería, curia e imperio. I: Estudio, «FEHL» 62, León: CEI-San Isidoro, et alii, 1997: II, nn. 37, 45, 52, 54. 

— [Alf. VI. Dipl. =] Alfonso VI. Cancillería, curia e imperio. II: Colección diplomática, «FEHL» 63, León: CEI-San Isidoro, et alii, 1998: II, nn. 37, 39, 48, 58, 60; III, n. 36. 

García de Valdeavellano, L. Vide: Valdeavellano, L. García de. 

García Gallo, A. «El imperio medieval español», Arbor, XI (1945), :

García Turza, F. J. El monasterio de Valvanera en la Edad Media (siglos XI-XV), Madrid: Unión Editorial, 1990 [citado: Valv.]: II, nn. 32, 40, 42. 

Gil, J. (ed.), «Carmen Campidoctoris», en Falque, et alii, Chronica Hispana saeculi XII. Pars I, pp. 99-108: I, n. 6.

— «Carmen de expugnatione Almeriae urbis», Habis, V (1974), 45-64 y en Falque, et alii, Chronica Hispana saeculi XII. Pars I, pp. 249-267: IV, n. 112. 

Gómez Moreno, M., «Anales castellanos», en Discursos leídos ante la Real Academia de la Historia el día 27 de mayo de 1917, Madrid, 1917: II, n. 13; V, n. 49; Ap. II, n. 11.

González, J., El reino de Castilla en la época de Alfonso VIII, 3 vols., Madrid: C.S.I.C., 1960: II, nn. 63; III, nn. 125, 132. 

Grassotti, H., «Para la historia del botín y de las parias en León y Castilla», CHE, XXXIX-XL (1964), 43-132: IV, n. 62.

Guerrieri-Crocetti, C., L’epica spagnola, Milano: Bianchi-Giovini, 1944: VI.g (251), n. 21.

Herculano, A. (ed.), Livros I, II, en Os livros de linhagens, «Portugaliae Monumenta Historica... Scriptores», I.2, Lisboa: Academia das Ciências, 1856, pp. 143-229: II, n. 101.

Hernández, F. J., Los cartularios de Toledo. Catálogo documental, Madrid: F.R.A., 1985: IV, n. 109. 

Hinojosa, E. de, «El derecho en el Poema del Cid», en Homenaje a Menéndez y Pelayo, Madrid: Victoriano Suárez, 1895, pp. 551-581: IV, n. 66.

Estudios sobre Historia del Derecho Español, Madrid: Asilo de Huérfanos del Sagrado Corazón, 1903: IV, n. 66. 

Hofmann, C. Vide: Wolf, F. y Hofmann, C.

Horrent, J. Historia y poesía. En torno al «Cantar de mio Cid», Barcelona: Ariel, 1974: IV, n. 120; Ap. 1 (277-279), n. 1. 

HR = Hispanic Review.

Huici, A. (ed.), Ibn Abī Zar’, Raw al-Qirās, 2.a ed., 2 vols., Valencia: J. Nácher, 1964: III, n. 22; V, n. 76.

— (ed.), Ibn Idārī, al-Bayān al-mugrib. Nuevos fragmentos almorávides y almohades, traducidos y anotados por —, Valencia: Gr. Bautista, 1963: I, n. 12; II.a (47), nn. 1, 3, 101; III, nn. 21, 23, 29, 46, 47, 48; IV, n. 79; V, n. 76; Ap. I, n. 6. 

— «Los Banū Hūd de Zaragoza, Alfonso I el Batallador y los almorávides (Nuevas aportaciones)», EEMCA, VII (1962),7-328: III, nn. 26, 46.

— «Nuevas aportaciones del al-Bayān al Mugrib sobre los almorávides: Zaragoza, Cutanda, Córdoba y al-Mahdī», Al-Andalus, XXVIII (1963), 313-330: III, n. 81.

— [Nuevos fragmentos»]. Vide: Ibn Idārī, al-Bayān al-mugrib. Nuevos fragmentos.

— «Un fragmento inédito de IbnIdārī sobre los almorávides», Hespéris-Tamuda, II (1961), 43-111: II.a (47), nn. 1, 3; Ap. 1, n. 6.

 

Idris, H. R., «Deux maîtres de l’école juridique Kairouanaise sur les Zirides —XIe siècle—: Abū Bakr b. ‘Abd al-Raḥmān et Abū ‘Imrān al-Fāsi», Annales de l’Institute d’Études Orientales XIII (1955), 30-60: II, n. 2.

— «Les zīrīdes d’Espagne», Al-Andalus, XXIX (1964), 39-145: III, n. 6. 

Ilarregui, P. y Lapuerta, S., eds., Fuero General de Navarra, Pamplona, 1869: II, n. 73.

Irache = Vide: Lacarra, J. M., Colección Diplomática de Irache, I.

 

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— «Ley. Condesa traidora» =Vide: «Realismo de la epopeya española...».

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— [Primera Crón.] y [PCG] = Primera crónica general de España que mandó componer Alfonso el Sabio y se continuaba bajo Sancho IV en 1289: Para las citas referentes al texto editado, vide: «Índice de autores y obras», s.v. Primera crónica general [PCG]. Respecto a otro tipo de citas: [Primera Crón. 1 =], Madrid: Bailly Baillière e hijos, 1906: I.f (40); II, nn. 19, 20; IV, nn. 13, 69; V.b (183), n. 16; VI, n. 14; [Primera Crón. 2 =], Madrid: S.M.P. y Gredos, 1955: I.f (40), II, nn. 19, 20; IV, nn. 13, 69; V.a (182), n. 11, b (187), nn. 14-16, 26, 31, 32, 46, 48, 50, 62; VI, n. 13. 

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[Sahag.] = Vide: Escalona, R., Historia del Real monasterio de Sahagún.

Salazar Acha, J. de, [«El linaje de Castro» =] «El linaje castellano de Castro en el siglo XII: consideraciones e hipótesis sobre su origen», Anales de la Real Academia Matritense de Heráldica y Genealogía, I (1991), 33-68: III, n. 36; IV, n. 111.

— [«Los Vela» =] «Una familia de la alta Edad Media: Los Vela y su realidad histórica», Estudios Genealógicos y Heráldicos, I (1985), 19-64: III, n. 127; IV, n. 111. 

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[Sant.] = Vide: López Ferreiro, A., Historia de la Santa Iglesia A. M. de Santiago.

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[Semanario =] Semanario Pintoresco Español: II, nn. 69, 70. 

[Sep]. Vide: Suárez, E., Los fueros de Sepúlveda. 

Serrano, L., Cartulario de la catedral de Burgos, vol. III de El obispado de Burgos y la Castilla primitiva desde el s. V al s. XIII, Madrid: Inst. Valencia de don Juan, 1936 [citado: Burgos]: III, nn. 33, 66 

Cartulario de San Millán de la Cogolla, Madrid: C.E.H., 1930 [citado: S. Mill.]: II, nn. 9, 10, 24, 28-30, 37, 42, 44, 53, 57, 58, 60, 81, 88, 96, 98, 110; III, nn. 10, 33, 34, 39, 49, 57, 62, 67, 79, 85, 97, 113; IV, nn. 75, 99, 108, 136. 

Colección diplomática de San Salvador de El Moral, «FHC», I, Valladolid: Cuesta, 1906 [citado: El Moral]: III, n. 36. 

Serrano y Sanz, M., «Cronicón villarense (Liber regum), primeros años del siglo XIII: la obra histórica más antigua en idioma español», BRAE, VI (1919), 192-220: II, n. 65; III, n. 76; IV, n. 124.

— [«Un doc. biling.» =] «Un documento bilingüe de Alfonso VII. Año de 1143», BRAE, VIII (1921), 585-589: III, n. 120.

[Sigüen.] Vide: Minguella, T., Historia de la diócesis de Sigüenza. 

[Silos]. Vide: Férotin, M., Recueil des chartes... 

[S. Mill.]. Vide: Serrano, L., Cartulario de San Millán. 

Smith, C., Poema del Cid, Oxford: Clarendon, 1972: IV, n. 102. 

The Making of the «Poema de Mio Cid», Cambridge: Univ. Press, 1983; IV, n. 120. 

S.M.P. = Seminario Menéndez Pidal. 

Solalinde, A. García, et alii (eds.), Alfonso X, General Estoria: II, 1, Madrid: C.S.I.C., 1957: I, n. 30.

Suárez, E., Colección diplomática de Sepúlveda, I (1076-1454), Segovia: Diputación provincial, 1956 [citado: Sep.]: III, n. 97; IV, n. 99.

 

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Torres Balbás, L., «Arte hispanomusulmán. Hasta la caída del Califato de Córdoba», en R. Menéndez Pidal, Historia de España, V, Madrid: Espasa Calpe, 1957, pp. 331-788: III, n. 8.

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Turk, ‘A., «Ibn ‘Ammār. Una figura típica del siglo XI», RHJZ, LXIII-LXIV (1991), 141-169: III, n. 12.

 

U.A.M. = Universidad Autónoma de Madrid.

Ubieto, A. [«Cofr. de Belchite»]. Vide: «La creación de la Cofradía...».

Coronicas navarras, Valencia: J. Nácher, 1964: II, n. 73.

Crónica najerense, Valencia: «Textos Medievales», 1966: Ap. II (281-283), nn. 5, 10.

— [El Cantar de M. C. =] El «Cantar de Mio Cid» y algunos problemas históricos, Valencia: Facsímil, 1973: III, nn. 29, 110; IV, n. 121. 

— «El Cantar de Mio Cid y algunos problemas históricos», en Homenaje a Rafael Benítez Clavos = Ligarzas, IV (1972), 170-177: Ap. I (271), n. 2.

— [Estudios =] Estudios en torno a la división del reino por Sancho el Mayor de Navarra, Pamplona: Diputación Foral, 1958 [separata de arts. En Príncipe de Viana, LXXVIIILXXXI]: II, nn. 23, 93, 105. 

— «Homenaje de Aragón a Castilla por el Condado de Navarra», EEMCA, III (1947-1948), 7-28: II, n. 45.

— «La creación de la Cofradía de Belchite», EEMCA, V (1952), 427-434 [citado: «Cofr. De Belchite»]: III, n. 83.

— «La Historia Roderici y su fecha de redacción», Saitabi, XI (1961), 241-246: Ap. I (277-279), n. 2.

— «Los primeros años de la diócesis de Sigüenza», Homenaje a Johannes Vincke, Madrid: C.S.I.C. 1962-1963, I, pp. 135-148 [citado: «Sig.»]: III, n. 82; IV, n. 74.

Los «tenentes» de Aragón y Navarra en los siglos XI y XII, Valencia: Facsímil, 1973: II, nn. 30, 55, 68; III, n. 128. 

— «Monarcas navarros olvidados: los reyes de Viguera», Hispania-Madrid, X (1950), 3-24: II, n. 102.

— [«Nav.-Arag. y la idea imperial» =] «Navarra-Aragón y la idea imperial de Alfonso VII de Castilla», EEMCA, VI (1956), 41-82: III, n. 121; IV, nn. 139, 141.

— «Sugerencias sobre la Chronica Adefonsi Imperatoris», CHE, XXV-XXVI (1957),  317-326: IV, n. 113.

U.C.M. = Universidad Complutense de Madrid.

 

[«Valb.»]. Vide: Lucas Álvarez, M., «Libro becerro del monasterio de Valbanera».

Valdeavellano, L. García de, Historia de España. I: De los orígenes a la Baja Edad Media. Segunda parte, 5ª ed., Madrid: Revista de Occidente, 1973: IV, n. 64. 

Orígenes de la burguesía en la España medieval, «Colección Austral», nº 1461, Madrid: Espasa Calpe, 1969; 3ª ed., 1983: IV, n. 66. 

[«Valpuesta»]. Vide: Barrau-Dihigo, «Chartes de l’église de Valpuesta...».

[Valv.]. Vide: García Turza, El monasterio de Valvanera. 

Varvaro, A., «Dalla storia alla poesia epica. Alvar Fáñez», Studi di Filologia Romanza offerti a Silvio Pellegrini, Padua: Liviani, 1971, pp. 655-666: IV, n. 105.

Vázquez de Mármol, Juan (copista): II, n. 69.

Viguera, M. J., «El Cid en las fuentes árabes», en El Cid. Poema e Historia, ed. C. Hernández, Burgos: Ayuntamiento, 2000, pp. 59-92: I, nn. 7, 11, 19; III, n. 20.

— «Las cartas de al-Gazalī y al Ţurṭušī al soberano almorávide Yūsuf b. Tašufīn», Al-Andalus XLII (1977), 341-374: IV, n. 62.

 

Walker, R. M. Vide: Pavlović, M. N. y Walker, R. M.

Whitehill, W.M. (ed.), Liber Sancti Iacobi. Codex Calixtinus, Santiago de Compostela, 1944: IV, n. 64. 

Wolf, F., Studien zur Geschichte der spanischen und portugiesischen Nationalliteratur, Berlin, 1859: V.a (179), n. 2. 

Wolf, F. y Hofmann, C., Primavera y flor de romances, I, Berlin, 1856: V.a (179), n. 2.

 

Zakkār, S. y Zimāma, ¿A. Q. (ed.), Ibn Simāk, al-Ḥulal al-Mawšiyya  Rabat, 1979: III, n. 31. 

Zimāma, ‘A. Q. Vide: Zakkār, S. y Zimāma, ‘A. Q.

ZRPh = Zeitschrift für romanische Philologie.

Diego Catalán, "El Cid en la historia y sus inventores."(2002)

Índice de capítulos:

* PRESENTACIÓN

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (1)
   a. La realidad se forja en los relatos

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (2)
    b. Rodrigo, Campeador invicto para sus coetáneos

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (3)
   c. Del Campeador al Mio Cid. Los nietos del Cid y la herencia cidiana

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (4)
   d. Rodrigo, el vasallo leal, a prueba

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (5)
   e. El Soberbio Castellano

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (6)
   f. El Cid se adueña de la Historia y la Historia anquilosa la figura del  Cid

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (7)
   g. El Cid del Romancero salva al personaje literario del corsé historiográfico

* II EL «IHANTE» QUE QUEMÓ LA MEZQUITA DE ELVIRA Y LA CRISIS DE NAVARRA EN EL SIGLO XI

*  III LA NAVARRA NAJERENSE Y SU FRONTERA CON AL-ANDALUS

*   IV EL MIO CID Y SU INTENCIONALIDAD HISTÓRICA

V EL MIO CID DE ALFONSO X Y EL DEL PSEUDO IBN AL-FARAŶ

VI RODRIGO EN LA CRÓNICA DE CASTILLA. MONARQUÍA ARISTOCRÁTICA Y MANIPULACIÓN DE LAS FUENTES POR LA HISTORIA

* VII LA HISTORIA NACIONAL ANTE EL CID

* APÉNDICE I.  SOBRE LA FECHA DE LA HISTORIA RODERICI

* APÉNDICE II. SOBRE LA FECHA DE LA CHRONICA NAIARENSIS

ÍNDICE DE REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS (Y CLAVE DE SIGLAS)

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APÉNDICE II. SOBRE LA FECHA DE LA CHRONICA NAIARENSIS

APÉNDICE II. SOBRE LA FECHA DE LA CHRONICA NAIARENSIS

      Como observaron a comienzos del siglo XX Blázquez (1908) 1 y Cirot (1909) 2, el suceso más reciente al que se alude en la Chronica naiarensis es la muerte de la infanta doña Sancha hija del conde don Raimundo y de la reina doña Urraca, que parece hay que fechar en 1159 3 y que el manuscrito fecha en la «era Mª.Cª.XCª II kalendas marcii» (en el 28-II-1152 o, si consideramos el II parte de la era, en el 1-I-1154). Sorprende, sin embargo, que del Emperador su hermano sólo se diga, en el mismo contexto, «qui postea Yspaniarum extiti imperator», ya que murió un par de años antes, en 1157 y, si el cronista compilara su crónica después de concluido su reinado, no se justificaría, de acuerdo con lo acostumbrado en sus tiempos, el no incluir en la historia ni su reinado ni el de su madre doña Urraca.
     En vista de ello, Menéndez Pidal (1923) 4 pensó en la posibilidad de que la noticia de la muerte de la infanta (cuya datación errónea se explicaría por la omisión de una V, debida a un descuido de copista) se hubiera añadido al texto después de haberse terminado la crónica; pero, de todos modos, se atuvo al dato para fechar la obra «hacia 1160, algunos años arriba o abajo».
      Ubieto (1966) 5, observando que la Chronica naiarensis, al enriquecer con algunas precisiones (en el Lib. III, § 56) la información tomada de Pelagius ouetensis acerca de las mujeres, concubinas y descendencia de Alfonso VI, introdujo toda una serie de fechas erróneas, siendo la más tardía de ellas esta que consigna para la muerte de la infanta doña Sancha, dedujo que todas esas fechas se interpolaron en el texto, no sólo con posterioridad a su redacción, sino «aun con un intervalo de tiempo bastante considerable» (p. 23) y trató, en consecuencia, de buscar otros indicios con que datar la obra. Sin embargo, las fechas erróneas no pueden calificarse tan fácilmente de interpolaciones al texto primigenio, toda vez que, en algún caso, podemos precisar su origen. En efecto, la más antigua de ellas, la muerte de la reina Inés (Agnetem), ocurrida el 7 de junio de 1078, se sitúa en la «era Mª.Cª.XXXª.VIª» (año 1098), según hacían ya los Annales Compostellani basados en las llamadas *Efemérides riojanas («era MCXXVI Regina Agnes, VIII Idus Junii» 6) y el estudio de las fuentes de la Chronica naiarensis en su conjunto nos permite afirmar que esas *Efemérides riojanas (que recogieron noticias de origen najerense), reflejadas tanto en los Annales compostellani (del Tumbo negro de Santiago) como en el Chronicon burgensis, fueron tenidas repetidamente en cuenta por el compilador de la crónica a lo largo de sus varios libros 7, y esas *Efemérides hay que fecharlas c. 1177 8. Además, las fechas erróneas le sirvieron para ordenar los sucesos relatados, creando a veces una secuencia antihistórica de acontecimientos 9.
      Si consideramos parte inalienable de la Chronica naiarensis las fechas erróneas, es preciso concederles importancia para la datación de la obra. El error de fechación en la muerte de doña Sancha, sin duda heredado de alguna fuente, exige el paso de un cierto intervalo de tiempo desde 1159. Lo mismo ocurre con la curiosa confusión, bien analizada por Ubieto 10, en la fecha señalada para la muerte de Urraca y Elvira, hijas del conde don Henrique y de doña Teresa, la hija bastarda de Alfonso VI y de Ximena Muñoz: «...Urracam que obiit era Mª.Cª.XXXª.IXª.XIº. kalendas octobris et Geloyram que obiit era era Mª.Cª.XXXª.VIIª.XVIIº. kalendas septembris». El cronista, que incorporó esas fechas al relato que transcribía de Pelagius ouetensis tomándolas de un obituario, aplicó a una y otra hermana de Alfonso I de Portugal unas fechas que originalmente se referían a las infantas de esos mismos nombres hijas de Fernando I, esto es hermanas de su abuelo Alfonso VI 11.
       En favor de situar la redacción de la Chronica naiarensis en fecha posterior a la tradicionalmente admitida habla también el detalle, subrayado por Lomax (1974-79) 12, de que, al tratar del desastre de Uclés, se consigne en ella:

«ubi etiam occisus est comes Garsias de Grannione cognomento Crispus et sex alii comites cum eo. Vnde promontorium illud ubi occisi sunt, propter septem comites ibi interfectos, Septem Comitum nominatur»,

ya que, según noticia recogida por el arzobispo toledano don Rodrigo Ximénez de Rada, los vencedores llamaron al topónimo «Siete Puercos» y fue el comendador de la orden de Uclés Pedro de Franco (1178-1189) quien le cambió el nombre llamándolo «Siete Condes» 13.
      Estas observaciones, que apuntan a una datación en el último cuarto del s. XII, han venido últimamente a adquirir substancia y precisión mayor gracias al estudio de una sección hasta ahora desatendida de la Chronica naiarensis, la dedicada en ella a la historia universal. Estévez Sola (1995) ha mostrado que la versión najerense de la Chronica de San Isidoro 14 contiene una serie de interpolaciones en que se transcriben pasajes tomados literalmente de la Historia scholastica de Pedro Comestor, obra concluida en 1173 15. En consecuencia, tal como la conocemos, la Chronica naiarensis debe fecharse con posterioridad a ese año, aunque no necesariamente mucho después, pues a finales del s. XII ya se había copiado o existía en San Millán una copia de la Historia scholastica 16.
      Queda en pie como problema el explicar por qué el monje najerense concluyó su historia sin tratar de Urraca y Alfonso VII. La posibilidad, apuntada por Estévez 17, de que la obra tuviera una primera redacción hacia la fecha que tradicionalmente se le venía asignando (fin de la década de los años 50 del s. XII) y otra posterior no me parece sostenible pues, como ya he indicado, las fuentes analísticas, con fechas erróneas, que confirman la datación tardía exigida por la utilización de la Historia scholastica no sólo se utilizan insistentemente a lo largo de la obra, sino que ayudan a estructurarla. Creo que la explicación ha de buscarse en el carácter de la obra llegada hasta nosotros, que no es una crónica propiamente dicha, sino un centón de apuntes tomados de las fuentes con vistas a la redacción de una «chronica» nunca realizada. A trechos, el compilador armonizó más de una fuente en un solo relato; pero otras veces dejó para más adelante esa labor. De ahí la existencia de constantes remisiones internas (a veces mal interpretadas en la transmisión manuscrita del texto) hechas con objeto de poner en relación apuntaciones diversas acerca de un mismo reinado sobre el que se copiaban, verbatim, de fuentes varias pasajes o noticias breves en párrafos distantes entre sí. La crítica ha creído, a veces, que el cronista no comprendía el orden sucesorio de los reyes y que los duplicaba; pero las remisiones ponen bien de manifiesto que el «autor» era consciente del carácter aún no estructurado de las citas que iba tomando de lecturas independientes. Este carácter de «Liber chronicorum» no estructurado puede ser razón suficiente para que el compilador no se lanzara a escribir la historia de unos reinados (Urraca, Alfonso VII) sobre los que no tenía «autoridades» de quienes tomar apuntes.

Diego Catalán, "El Cid en la historia y sus inventores."(2002)


NOTAS

1 «Pelayo de Oviedo y el Silense», RABM3, XVIII (1908), pp. 200-202.

2 «Une chronique léonaise inédite», BHi, XI (1909), p. 260.

3 El epitafio de doña Sancha nos informa de que esta infanta murió «era M. C. LXXXXVII pridie kal. Martii». Y, en efecto, aún en 1158 hizo una donación.

4
«Relatos poet. en las crón.», RFE, X (1923), p. 334.

5 Crónica najerense (1966), pp. 21-22.

6 Flórez, España Sagrada, XXIII. Madrid: Antonio Marín, 1767, p. 321, que, al parecer, utiliza la edición de Berganza, quien «los estampó por una copia del Monasterio de S. Martín de Madrid en un libro de mano del ilustre Juan Vázquez de Mármol» (p. 299), consigna el dato de los anales en la era MCXXXVI. El ms. 1376 da la era MCXXXV y VII Idus Junii. Estévez, en su edición de la Chronica naiarensis en «CChCM», LXXI (1995), p. 178, no señala fuente para este dato adicionado a Pelagius.

7 Estévez, en su ed. de 1995, consigna varios pasajes como procedentes de los Anales Compostelanos (p. 186); en el Lib. III hay más «concordancias» con las *Efemérides riojanas, en § 189-12, 2014-15, 211-3, 222.

8 La coincidencia de los Annales compostellani y de los burgensis en las efemérides consignadas acaba con la noticia de la conquista de Cuenca en la era MCCXV. 

9 Sería preciso, sin embargo, estudiar cuidadosamente la manipulación y reorganización de las noticias analísticas por copistas tardíos y editores.

10 Crónica najerense (1966), p. 22.

11 En los Anales castellanos IIos (del Libro viejo de Alcalá o complutenses) que se incorporaron al manuscrito pelagiano de San Juan de Corias (F=1358 de la Biblioteca Nacional, llamado del Tumbo negro de Santiago, o Complutense, por haber estado temporalmente en Alcalá), manuscrito del s. XII, constan estos dos óbitos: «Obit serenissima domna Uracha prolis Fredenandi regis et Sancie regine Era MCXXX-VIIII» y «Obiit Gelovira infans Era MCXXXVII» (Gómez Moreno, «Anales», 1917, p. 27). Claro está que no son estos Anales la fuente inmediata (puesto que no consignan el día del óbito), pero la confusión proviene sin duda de otros análogos. Tal ocurre respecto a la Batalla de Graus (ocurrida el jueves 8 de mayo de 1063) por culpa de haber leído en unos anales «era MC vn» como «era MCVII» y añadido un I extra. La situación del suceso en la secuencia de hechos propia de la Chronica depende de la falsa fechación.

12 Lomax, «La fecha de la Crónica Najerense», AEM, IX (1974-79), pp. 405-406.

13 De rebus Hispaniae, Lib. VI, cap. XXXII.

14 Estévez, «La fecha de la C. N.» y Chr. Nai., pp. LXXIV-LXXVI.

15 Estévez, Chr. Nai., p. LXXVI y n. 115.

16 Estévez, Chr. Nai., p. LXXVI y n. 117.

17 Estévez, «La fecha de la C. N.», pp. 100-102; Chr. Nai., pp. LXXVII-LXXVIII.

Índice de capítulos:

* PRESENTACIÓN

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (1)
   a. La realidad se forja en los relatos

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (2)
    b. Rodrigo, Campeador invicto para sus coetáneos

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (3)
   c. Del Campeador al Mio Cid. Los nietos del Cid y la herencia cidiana

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (4)
   d. Rodrigo, el vasallo leal, a prueba

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (5)
   e. El Soberbio Castellano

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (6)
   f. El Cid se adueña de la Historia y la Historia anquilosa la figura del  Cid

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (7)
   g. El Cid del Romancero salva al personaje literario del corsé historiográfico

* II EL «IHANTE» QUE QUEMÓ LA MEZQUITA DE ELVIRA Y LA CRISIS DE NAVARRA EN EL SIGLO XI

*  III LA NAVARRA NAJERENSE Y SU FRONTERA CON AL-ANDALUS

*   IV EL MIO CID Y SU INTENCIONALIDAD HISTÓRICA

V EL MIO CID DE ALFONSO X Y EL DEL PSEUDO IBN AL-FARAŶ

VI RODRIGO EN LA CRÓNICA DE CASTILLA. MONARQUÍA ARISTOCRÁTICA Y MANIPULACIÓN DE LAS FUENTES POR LA HISTORIA

* VII LA HISTORIA NACIONAL ANTE EL CID

* APÉNDICE I.  SOBRE LA FECHA DE LA HISTORIA RODERICI

* APÉNDICE II. SOBRE LA FECHA DE LA CHRONICA NAIARENSIS

* ÍNDICE DE REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS (Y CLAVE DE SIGLAS)

APÉNDICE I. SOBRE LA FECHA DE LA HISTORIA RODERICI

APÉNDICE I.  SOBRE LA FECHA DE LA HISTORIA RODERICI

      Aunque algunos prestigiosos estudiosos de temas cidianos 1 hayan preferido la autoridad de Ubieto 2 a la de Menéndez Pidal 3 a la hora de colocar en el tiempo la redacción de la Historia Roderici, los fundamentos de la hipótesis de Ubieto han resultado ser no sólo todos ellos de debilidad extrema, sino construidos con incomprensible ligereza.
      El uso de la forma rex aragonensis, que Ubieto (seguido por Horrent, 1973 y Martin, 1992) afirma no estar atestiguado por la documentación catalano-aragonesa sino «a partir de Alfonso II (1162-1196)» y que la Historia Roderici aplica siete veces a Sancho Ramírez y a Pedro I (en alternancia con rex aragonensium), aparece repetidamente usado por Alfonso I entre 1118 y 1136 y por Pedro I en 1097 y 1102 (¡habiendo sido el propio Ubieto el editor en 1951 de los dos documentos del año 1097, que rezan «ego Petrus, Dei gratia rex aragonensis» y «una cum consilio et voluntate dompni Petri regis aragonensis»!), según destacó Lapesa (1982 y 1985 4).
      El supuesto «malconocimiento de los títulos condales catalanes anteriores a 1117» por el autor de la Historia Roderici, que sugiere Ubieto (y aceptan Horrent y Martin), no resiste un examen basado en la más elemental crítica textual, según asimismo ha puesto de manifiesto Lapesa 5. En efecto, si la familia de manuscritos constituida por I (fines del siglo XII o principios del siglo XIII) y S (fines del siglo XV o principios del siglo XVI), de la Historia Roderici, al nombrar a los condes y potestades que se coaligan con Alfagit (al-Ḥ̣̣aŷit) contra el Campeador, corrompe los títulos de tres de ellos: «...cum comite Berengaro et comite Cardauiese (I > Cordouiense S) et cum fratre comitis Urgelensis et cum potestatibus, uidelicet Usason et Inpurdanensi et Rocionensi atque Carcassonensi», nada autoriza a atribuir la mala transcripción al autor de la obra y, menos aún, a inferir, tratando de sacar polvo de debajo del agua, que los errores son selectivos y atañen sólo a los nombres de condados incorporados tempranamente (1111 y 1117) al de Barcelona. Por lo pronto, el condado de Rosellón o «Rocinionensis», igualmente corrompido que el «Cerdaniense» y el «Uesaldonensis», sólo quedó integrado en el de Barcelona en 1172. Pero, además, para imputar sin vacilación las corrupciones a la tradición manuscrita y no al autor contamos con el apoyo de la Estoria de España en sus dos versiones alfonsíes de c. 1270 y de 1282/84, cuyos redactores alcanzaron a conocer otro manuscrito de la Historia Roderici donde no se daban las lecciones erróneas de S, I: «et con el conde de *Cerdaña (vistas las variantes de la tradición manuscrita: Cerdena, Cardeña, Cardona) et con ell hermano del conde de Urgel et con los poderosos de Belsaldón et con los de Rosillón et de Carcasses».
      El tercer argumento histórico de Ubieto (igualmente recogido por Horrent y Martin) es tan falso y gratuito como el de la titulación de los reyes aragoneses. «La distinción de los reyes de Sevilla y de Córdoba, la cual no es una realidad sino a partir, precisamente, de 1144 (y hasta 1148)» constituye el argumento principal utilizado para datar la Historia Roderici en los años 1144-1147; sin embargo, basta leer la historia del dominio lamtuní de al-Andalus del Bayān al-mugrib de Ibn Idārī 6 para comprobar que, durante el emirato de ’Alī ibn Yūsuf (1106-1143), los gobernadores («reyes» en la nomenclatura cristiana de la época) de Sevilla y de Córdoba son, como norma, distintos. Es excepcionalísimo el hecho de que entre agosto / setiembre de 1132 y julio de 1133 el hijo de Alī, Tašfīn, tenga simultáneamente uno y otro gobierno (más común fue el caso de que los gobiernos de Granada y Córdoba recayeran temporalmente en una misma persona).
      Podemos, pues, dar de lado, por falta de razones históricas, la fechación de Ubieto y, con ella, la de sus seguidores (Horrent, 1973 y Martin, 1992) pues no aducen pruebas adicionales ningunas. No tenemos, en consecuencia, otra opción que la de volver a considerar la «causa final» de la redacción de la obra.
      La Historia Roderici, rematada después del abandono de Valencia (1102) por Jimena y por la hueste imperial que acudió en su auxilio, concluye haciendo constar que, después que la ciudad pasó de nuevo a manos de los sarracenos, «nunquam eam ulterius perdiderunt» y dando noticia, seguidamente, de cómo Jimena sepultó a Rodrigo en San Pedro de Cardeña; pero para nada hace alusión al presente post-cidiano desde el que fue escrita. No hay en su texto puntos de vista históricos ajenos a los intereses de Rodrigo Díaz mientras estuvo vivo. Es imposible descubrir en ella una razón que justifique su escritura distinta de la que pudo haber tenido un paniaguado de Rodrigo para, en vida del infanzón castellano convertido en señor de Valencia, exaltar su gloria como caudillo militar y para justificar su conducta respecto a su señor natural, el «rex et imperator Aldefonsus», cuya ira tan repetidamente concitó. La aparente contemporaneidad del autor con los hechos que relata, así como el carácter claramente «oficial» de la biografía, exigen considerar al propio Rodrigo Díaz como la verdadera «causa eficiente» de la historia, sea quien quiera el escribano que la redactara, toda vez que nada se transparenta en la obra que distancie al biógrafo del biografiado. Castilla y, no digamos, León le son totalmente ajenos; trata con desprecio a los condes catalanes, incluido Ramón Berenguer III el Grande (con ocasión de su fallida acción contra el Cid en Oropesa); para nada le preocupa la descendencia de Rodrigo, ni muestra tener noticia de los matrimonios de las dos hijas del Campeador, María que casó con ese Conde de Barcelona y Cristina que casó con un descendiente (por línea bastarda) de la antigua casa real navarra, matrimonios ambos de indudable trascendencia política que, al transcurrir los años, no podrían haber pasado inadvertidos, especialmente el segundo de ellos después de que el hijo de Cristina Rodríguez, a la muerte (1134) de Alfonso I, el Batallador, fuera reconocido Rey de Navarra (García Ramírez, el Restaurador). Aunque el interés de la biografía se centra claramente en las victorias de Rodrigo en Levante y en La Rioja (en los años 1080-1084, 1089-1094, 1097-1098) no hay modo de situar al autor en el entorno de ninguno de los señores de los estados pirenaicos, sea del Norte de Hispania, sea del Sur de la Gallia, con intereses en esa zona durante la primera mitad del siglo XII, esto es, una vez desaparecido el señorío levantino del Cid que impedía la directa confrontación entre el imperio almorávide y los cristianos del Pirineo. Transcurridos los años después de la muerte del señor de Valencia ¿a quién podía interesar recoger las cuatro fórmulas de exculpación alternativas que Rodrigo propone a Alfonso VI cuando el rey le acusa de traición, con ocasión del sitio de Aledo por Yūsuf, le desposee de castillos, villas y honores y aprisiona a su mujer e hijos en Castilla (1089)?

Diego Catalán, "El Cid en la historia y sus inventores."(2002)

NOTAS

1 Horrent, Historia y poesía en torno al «Cantar de mio Cid», Barcelona: Ariel, 1973, pp. 131-135; Martin, Les juges de Castille. Mentalités et discours historique dans l’Espagne medievale, Paris: Klincksieck, 1992, p. 36 y nn. 66, 67.

2 Ubieto Arteta, «La Historia Roderici y su fecha de redacción», Saitabi XI (1961), 241-246; «El Cantar de mio Cid y algunos problemas históricos», en Homenaje a Rafael Benítez Clavos =Ligarzas, IV (1972), 170-177. 

3 Menéndez Pidal, Esp. Cid 7, 1969, pp. 917-919.

4 «Sobre el Cantar de Mio Cid. Crítica de críticas. Cuestiones históricas», en Essays... Franck Pierce, Oxford: Dolphin Book Co., 1982; reed. en Est. de hist. ling. esp., Madrid: Paraninfo, 1985, pp. 41-42.

5 En «Sobre el M. C. Cuest. hist.» (1982) y en Est. de hist. ling. esp. (1985), pp. 40-41. 

6 Ed. Huici, «Un fragmento inéd.», Hespéris-Tamuda II (1961), 43-111, y Nuevos fragmentos.

Índice de capítulos:

* PRESENTACIÓN

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (1)
   a. La realidad se forja en los relatos

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (2)
    b. Rodrigo, Campeador invicto para sus coetáneos

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (3)
   c. Del Campeador al Mio Cid. Los nietos del Cid y la herencia cidiana

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (4)
   d. Rodrigo, el vasallo leal, a prueba

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (5)
   e. El Soberbio Castellano

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (6)
   f. El Cid se adueña de la Historia y la Historia anquilosa la figura del  Cid

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (7)
   g. El Cid del Romancero salva al personaje literario del corsé historiográfico

* II EL «IHANTE» QUE QUEMÓ LA MEZQUITA DE ELVIRA Y LA CRISIS DE NAVARRA EN EL SIGLO XI

*  III LA NAVARRA NAJERENSE Y SU FRONTERA CON AL-ANDALUS

*   IV EL MIO CID Y SU INTENCIONALIDAD HISTÓRICA

V EL MIO CID DE ALFONSO X Y EL DEL PSEUDO IBN AL-FARAŶ

VI RODRIGO EN LA CRÓNICA DE CASTILLA. MONARQUÍA ARISTOCRÁTICA Y MANIPULACIÓN DE LAS FUENTES POR LA HISTORIA

* VII LA HISTORIA NACIONAL ANTE EL CID

* APÉNDICE I.  SOBRE LA FECHA DE LA HISTORIA RODERICI

* APÉNDICE II. SOBRE LA FECHA DE LA CHRONICA NAIARENSIS

* ÍNDICE DE REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS (Y CLAVE DE SIGLAS)

VII LA HISTORIA NACIONAL ANTE EL CID

    

VII LA HISTORIA NACIONAL ANTE EL CID

     

a. La Historiografía medieval, campo de estudio autónomo

     
Con la tardía implantación en la España de fines del s. XIX de la Filología, ciencia humanística puntera del pasado siglo, la Historiografía medieval en lengua romance que tuvo su punto de partida y su base conceptual y textual en la Estoria de España de Alfonso X quedó constituida como un campo de estudio.
      Pero ese campo de estudio tuvo, entonces y durante largo tiempo, un carácter ancilar respecto a los conocimientos sobre un género literario que las «naciones» de la Europa occidental consideraban, por entonces, de primordial interés: el de las chansons o cantares de gesta, identificadas como productos literarios hermanos de la Epopeya homérica y reveladores de la idiosincrasia de cada «pueblo», de cada «nación» surgida del tronco indoeuropeo. La revalorización romántica de las Epopeyas nacionales resistió el rigor crítico del Positivismo, amparada en el convencimiento generalizado de que los «pueblos», como las personas, mantienen su genio y figura desde la cuna a la sepultura.
      Dado que en España sólo sobrevivía un manuscrito poético de los viejos «cantares de gesta», el del Mio Cid copiado para el concejo de Vivar, la erudición filológica acudió a las «Crónicas generales de España» para reconstruir el corpus de la poesía heroica nacional, ya que esas historias constituían una suerte de relicarios donde se conservaban los restos de diversos poemas pertenecientes a ese género de la poesía heroica casi perdido. Menéndez Pidal, siguiendo las huellas de la obra pionera de Milà i Fontanals, procedió, por esa razón, al examen sistemático de cuantos manuscritos cronísticos dispersos por diversas bibliotecas de España y el extranjero tuvo conocimiento, dispuesto a clarificar cómo se había diversificado textualmente la Estoria de España alfonsí y poder así entender la evolución de las leyendas heroicas que habían hallado acogida en los relatos históricos de las sucesivas crónicas. Por otra parte, al interesarse, simultáneamente, en poner en relación el Rodrigo Díaz de Vivar poético, del Mio Cid, con aquel que vivió en el s. XI, revalorizó la traducción de la historia de Valencia de Ibn ‘Alqama que los manuscritos cronísticos encerraban, ya que en su original árabe esa inestimable historia contemporánea de los acontecimientos narrados sólo se conserva en forma fragmentaria.
      Hoy, a fines del s. XX y principios del s. XXI, la Historiografía medieval en romance anterior al s. XV ha logrado constituirse en campo de estudio, cultural y literario, autónomo, liberándose de su anterior dependencia de los estudios «épicos» y de los estudios «históricos». Gracias a ello, últimamente nuestros conocimientos acerca del género son muy superiores a los que tenían (y tienen) los historiadores de la literatura y de la política medievales que utilizaban (y utilizan) las crónicas como meras «fuentes» de conocimiento de textos perdidos y de hechos no documentables por medio de otros testimonios escritos. Gracias a ello la Historiografía está, según creo, en condiciones de ayudar a renovar el campo de estudio de la Epopeya, frente al reiterado pietiner sur place de unos especialistas empecinados, durante la mayor parte del siglo XX, en una desesperante repetición (aunque con discurso variado) de opiniones más o menos irreconciliables acerca de un contado número de temas que va siendo hora de archivar. La renovación de los conocimientos sobre la Historiografía abre para la Épica nuevos «frentes» de investigación positiva.

b. Alfonso el Sabio acepta la «vox populi». El Cid consagrado como el héroe nacional por excelencia

      Contra la opinión y la práctica de los historiadores en lengua latina que le proporcionaron la armazón de su Estoria de España, Alfonso X consideró materia de conocimiento «todos los fechos» ocurridos en la Península y no sólo los protagonizados por la línea de reyes gobernantes. De acuerdo con esa nueva concepción de la Historia, incorporó a su Estoria de España todo cuanto pudo saber de un simple infanzón del pequeño lugar de Vivar, en las cercanías de Burgos: Rodrigo Díaz. Ciertamente, la fama de este hidalgo, perteneciente a la baja nobleza castellana, venía de atrás. La capacidad de crear y mantener en el Levante español un señorío feudal, sin el apoyo y, a veces, con la enemiga de su rey y señor natural y de los grandes señores pirenaicos, y de impedir mientras vivió la incorporación de las taifas levantinas al gran movimiento de renacimiento del Islam occidental impulsado por los invencibles ejércitos lamtuníes del Emir de los Creyentes habían convertido a Rodrigo, en sus días y en los decenios de decadencia del Imperio de las dos Religiones del viejo rey don Alfonso, en figura admirable, tanto entre sus enemigos (musulmanes o cristianos), como entre los que en la Extremadura castellana del Duero y en las tierras pirenaicas veían en él un modelo a imitar. La exaltación de los hechos del Campeador había dado lugar a algo insólito: las fuentes escritas, de carácter historiográfico, referentes a Rodrigo Díaz que pudieron consultar Alfonso X y sus colaboradores en torno a 1270 y, de nuevo, entre 1282 y 1284 resultaban ser más extensas y ricas en detalles que las que habían podido reunir acerca de los reyes en cuyo tiempo vivió el infanzón de Vivar; por otra parte, esas fuentes no permitían a los historiadores regios tener una visión desfavorable de Rodrigo Díaz, por más que el infanzón hubiera sido, en ocasiones varias, objeto de la «ira» del rey. Aún más, Alfonso X y sus historiadores elaboraron y reelaboraron su Estoria de España sujetos ya no sólo a los contenidos narrativos de esas fuentes cidianas latinas y árabes sino al prejuicio, universalmente asentado, de que ese personaje de rango secundario era un héroe nacional, el héroe nacional por excelencia.

c. La fama de «El Campeador» y la creación de «Mio Cid»

      Si bien la fama de Rodrigo como «Campeador», como vencedor de lides campales y gran estratega, estaba establecida desde sus propios días en todo el Levante español, tanto entre cristianos (Carmen Campidoctoris, Historia Roderici) como entre musulmanes (Ibn ’Alqama, Ibn Bassām), esta elevación de su figura al elenco de los héroes «nacionales» no se había producido a causa de la escritura de los sabios, sino como resultado de la obra genial de un oscuro poeta en lengua vulgar, el cantor de la gesta de Mio Cid, y de la huella que este poema dejó en otros cantares de gesta que fueron completando la biografía literaria de «Mio Cid». Sin el éxito del primer poema vulgar a él dedicado, Rodrigo Díaz de Vivar, el Campeador, muy posiblemente no habría gozado de fama duradera fuera de la Extremadura navarro-castellana y de las tierras de Levante en que actuó.
      Cuando, pocos años antes de 1157, el poeta áulico de Alfonso VII autor del Carmen de expugnatione Almariae urbis, al hacer la alabanza de uno de los conquistadores de la ciudad, recuerda, a causa de su fama imperecedera, a su abuelo materno, «Alvarus ille Fannici» (Alvar Fáñez), no puede eludir el nombrar a su lado a «Rodericus Meo Cidi» y si reconoce, de paso, un tanto impertinentemente, la superioridad de mio Cid dentro de la pareja, ello se debe a que «cognitus omnibus est», de todos es conocido, un hecho que sabemos ser antihistórico e inventado por el autor de la gesta vulgar: la inseparabilidad de este par de héroes. Ese conocimiento universal de las hazañas de Rodrigo y de su segundo en armas y valor, a que el poeta latino alude, se debe, según él mismo dice, a que esas hazañas eran cantadas («de quo cantatur»), obviamente en romance vulgar, en la lengua de «todos».
      El inventor de la pareja épica Rodrigo-Alvaro, un poeta de San Esteban de Gormaz, vinculado a la familia de Diego Téllez, «el que de Albarfañez fo», gobernador de Sepúlveda (ciudad cuyo repoblamiento encabezó Alvar Fáñez), fue responsable de que el sobrenombre «Mio Cid», dado a Rodrigo el Campeador, se extendiera desde Navarra y Aragón por toda la España cristiana, y asimismo de que Castilla y León, y tras ellos Portugal, recordaran para siempre al infanzón de Vivar. La rápida expansión del mito cidiano a mediados del s. XII, que el Carmen de expugnatione Almariae nos evidencia, desde la Extremadura soriana y el Levante a las tierras centrales del reino castellano-leonés creo que tuvo lugar gracias a la ocasión elegida por el juglar del Mio Cid para presentar ante un auditorio su dramática historia de las hijas del Cid: las bodas de García Ramírez, el Restaurador de Navarra, hijo de una de ellas, con la «infantissa» Urraca, la hija del Emperador Alfonso VII engendrada en su mujer favorita, la concubina doña Gontroda, bodas celebradas el 19 de junio de 1144, que pusieron fin a la pretensión de Alfonso VII de acabar con el reino navarro y que convirtieron al Restaurador en vasallo y colaborador fiel del Emperador. En aquellas bodas, que se utilizaron para datar múltiples documentos castellano-leoneses y que con todo género de detalles describió la Chronica Adefonsi Imperatoris, sabemos que

‘rodeaban al tálamo multitud de juglares, dueñas ydoncellas, que tocaban órganos de mano, flautas, cedras, salterios y otros muchos instrumentos’.

      Y en ellas, sin duda, se debió de oír por vez primera, al son de la cedra con que se cantaban las gestas, la dramática historia de la madre del novio y de su hermana, las hijas del Cid, que el juglar extremadano, servidor de la casa navarra, remató oportunistamente haciendo notar el entronque de los descendientes navarros del Cid con el buen Emperador que esas bodas constituían:

Oy los rreyes d’España    sos parientes son.
A todos alcança ondra    por el que en buen ora naçió.

      Desde mediados del s. XII, en que empezó a ser oído por «todos» el canto en lengua vulgar de las hazañas cidianas, hasta que, c. 1270, Alfonso X y sus historiadores compilan las fuentes en que se basará la historia particular de los hechos de Rodrigo dentro de la historia de los reyes en cuyo tiempo vivió, habían transcurrido más de dos siglos; sin embargo, el poema en lengua romance seguía siendo accesible y Alfonso X no dudó en recurrir a él para complementar la información que le proporcionaban acerca de Rodrigo Díaz las fuentes en lengua latina y en lengua árabe.
      Si, a diferencia de lo ocurrido en relación con otros cantares de gesta que Alfonso X tuvo presentes, el Mio Cid nunca es citado en la Estoria de España cuando se utiliza su relato, ello se debe a la norma alfonsí, seguida a lo largo de toda la Estoria, de no citar la autoridad en que el texto se basa salvo en aquellos casos en que resulta necesario contraponer dos versiones no armonizables de los sucesos referidos o desautorizar un relato de cuya «verdad» se duda. Sin embargo, la lectura en la Estoria de España de los pasajes cronísticos fundamentados en la narración del Mio Cid permite asegurar que Alfonso X conoció el relato del poema en forma poética, ya que, cuando el detalle de lo narrado le parece de interés histórico, prosifica las laisses épicas verso a verso. Cuestión diferente es la de saber si conoció la narración en boca de juglares bajo la forma de «cantar» o en un manuscrito poético. Ciertos detalles me inclinan a preferir esta hipótesis e, incluso, a defender que la copia alfonsí del Mio Cid, aunque anterior a la conservada por el concejo de Vivar, se emparentaba con la conocida.
      Ahora bien, mucho antes de que la trasmisión del Mio Cid dependiera, en buena parte, de una sucesión de copias manuscritas, el éxito de la gesta cantada a mediados del s. XII se manifestó, no sólo en la universalización de la designación antonomástica de Rodrigo como «Mio Cid» o «El Cid» y en la exaltación de «Minaya» Alvar Fáñez como compañero inseparable de su tío, sino dando ser a un personaje literario representación del vasallo modelo, encarnación de lo que debieran ser los vínculos vasalláticos.Ese personaje es el que inmortalizó a Rodrigo Díaz, aunque las virtudes asignadas al modelo de vasallos variaran con el tiempo.

d. El Cid y la partición de España

      Ya en torno a 1185-1190 era conocida en Nájera, según nos muestra la Chronica naiarensis, otra gesta en que Rodrigo Díaz ocupaba el papel del vasallo modélico: Las particiones del rey don Fernando. En ella un Rodrigo más joven que aquel que en 1081 salió desterrado de Castilla y que, andado el tiempo, consiguió dar a sus hijas honrosos casamientos, debía destacarse como figura esencial, toda vez que, en el breve resumen del monje najerense, es el único personaje no perteneciente a la familia real del que se consigna el nombre (dejado aparte el inevitable traidor Vellido Adolfos que dio muerte al rey don Sancho). Rodrigo aparece, en la exposición analística najerense de la guerra sucesoria entre los hijos de Fernando I, en tres escenas, situadas en dos de los escenarios más decisivos de la guerra civil: Golpejera, donde el rey don Sancho hace prisionero a su hermano el rey don Alfonso y consigue reunir bajo su corona el reino paterno, y Zamora, cuando, ante sus muros, el rey don Sancho pierde ese reino junto con la vida. El detalle de la actuación de Rodrigo en esas tres escenas basta para mostrarnos que, en la gesta de Las particiones de mediados del s. XII, el Campeador constituía una especie de contramodelo del impetuoso y arrogante rey don Sancho el Fuerte, pues reunía en sí la cauta y mesurada prudencia del varón sabio, junto con el valor y arrojo del guerrero joven. Ciertamente, la historia de los años 1065-1072, que esa gesta dramatizaba, exigía la presencia de Rodrigo Díaz, ya que, como alférez o portaestandarte de don Sancho, fue pieza esencial en los éxitos militares del rey de Castilla, y hasta es posible que el carácter del joven Rodrigo de aquellos años reuniera las comentadas virtudes; pero es evidente que sólo una utilización literaria del personaje justifica el papel que, según nos deja entrever la Chronica naiarensis, se le asignaba en aquella gesta de Las particiones del rey don Fernando de mediados del s. XII: la de vasallo que da lecciones a su rey.
      Aunque en su exposición analística de los hechos, el monje de Nájera se desentendió de cualquier evaluación ético-jurídica de la historia, y, por lo tanto, sólo de forma indirecta pueda reconstruirse el sentido político-moral de la fábula épica, me parece claro que, en el poema subyacente, el rey don Sancho no era presentado como un rey modélico, sino como un rey fuerte pero violento, impulsivo y jactancioso, inclinado a aceptar aceleradamente consejos y dado a usar el engaño traicionero. No veo base alguna en el resumen latino de la Chronica naiarensis para considerarlo el héroe (héroe trágico) de la gesta. Tampoco descubro odio ninguno a la infanta doña Urraca: su negativa al trueque de Zamora por posesiones en la llanura es sabia y su resistencia al frente de los zamoranos ejemplar; la desesperada oferta de su cuerpo y posesiones a quien la libre del cerco, no obstante ser impúdica, es de un fuerte dramatismo pues está justificada por la desesperada situación de los cercados; en fin, su inducimiento, no explícito, a la traición de Vellido, no es condenable formalmente, que es lo que en derecho cuenta. Respecto al rey don Alfonso, nada se dice que pueda oponerse a que en la gesta primitiva tuviera ya el papel de hijo bendito de su padre, que aflorará en la refundición de Las particiones del s. XIII. Sobre los zamoranos cosa ninguna nos dice el resumen del monje najerense, quien ni siquiera nombra a Arias Gonzalo, cuya inexistencia en la gesta del siglo XII creo imposible aceptar. En suma, no hay elemento alguno en el relato najerense que confirme el prejuicio de la crítica cuando supone que el primitivo cantar comparte la posición política que se manifiesta en medios castellanos, a raíz de la muerte de Sancho II, tanto en el epitafio del rey don Sancho en Oña como en una apostilla escrita en Silos, donde se acusa sin rebozo a los triunfadores (Urraca y Alfonso) de fratricidas. La preocupación central de la gesta de Las particiones pudo ser, pues, desde un principio, como luego será patente en sus refundiciones mejor conocidas, la defensa de la «unidad» de España y la reconciliación de las varias «naciones» hispanas (gallegos, portugueses, leoneses, castellanos y navarros), que las «particiones» de los reinos tienden a enfrentar en desgarradoras contiendas fratricidas, según el premonitorio lamento de Arias Gonzalo, en presencia del rey Fernando moribundo, que Alfonso X recogió en estas palabras:

    «Bien se yo que la guerra que vos solíades dar a moros que se tornará agora sobre nos, e matarnos hemos parientes con parientes e asý seremos todos astragados los mesquinos d’España».

      Aunque ni el mensaje político ni la trama literaria de la gesta de Las particiones tal como se cantaban a mediados del s. XII se presenten nítidamente en los extractos de pasajes épicos incorporados por el monje najerense a su exposición analística, al menos, esos extractos nos permiten ver que el personaje Rodrigo Díaz de Vivar era ya referente ineludible en la historia del reino castellano-leonés nuevamente fragmentado a la muerte del emperador Alfonso VII (1157) por una nueva «partición» similar a la realizada por Fernando I; y que, al contar los hechos del Rodrigo Díaz de 1065-1072, el juglar épico concibió a ese personaje, no sólo recurriendo a la memoria histórica, sino, a lo que parece, a la figura inmortalizada por el otro juglar, el del Mio Cid, al presentar al joven alférez de don Sancho como varón prudente y mesurado en todo momento.
      El conocimiento de la gesta de Mio Cid por el creador del poema de Las particiones del rey don Fernando, que he creído poder percibir a través de los extractos najerenses, se torna evidencia cuando de las refundiciones de Las particiones conocidas en el s. XIII se trata. La atención que los historiadores prestan ahora al detalle de «los fechos» permite conocer el pormenor del contenido de la gesta y establecer claras dependencias entre una y otra obra juglaresca. Los resúmenes de Alfonso X (en torno a 1270 y entre 1282 y 1284) y de fray Juan Gil de Zamora (en torno a 1280) nos informan ahora ampliamente acerca de dos redacciones nuevas de Las particiones (similares entre sí, pero irreductibles a un solo modelo) en que, si bien se reelaboran ciertos componentes del relato conocido c. 1185-1190 por el monje de Nájera, perviven muchas escenas y pormenores ya existentes en la versión del siglo anterior.
      Con la gesta de Las particiones del rey don Fernando, indudablemente otra obra maestra de la Epopeya española, la dramatización de la vida de Rodrigo Díaz de Vivar cubre ya el largo periodo histórico que va desde 1065 a 1099. Pero, además, el refundidor del s. XIII (o, ¡quién sabe!, su antecesor del s. XII) inventa, en forma de alusiones al pasado destinadas a colocar a Rodrigo ante un nuevo conflicto de lealtades contrapuestas, unas mocedades del Cid: su crianza en Zamora en casa de Arias Gonzalo, junto a los numerosos hijos de don Arias y en hermandad con la infanta Urraca, la hija del rey don Fernando, de quien don Arias es «padre», esto es, ayo o tutor, y el amor que la infanta le tiene; su participación en la conquista de Coimbra, donde el rey le habría armado caballero. Se trata de episodios nunca narrados por gesta alguna, pero rememorados por los personajes que dialogan en tiempos posteriores.

e. Las mocedades épicas de Rodriguillo

      Aparte de estas referencias de Las particiones al pasado de los personajes que en la gesta actúan, el deseo de «conocer» al héroe en sus etapas primeras de la vida dio finalmente lugar, aún en el s. XIII, a que un juglar zamorano, sumamente inventivo y ya con muy confusas nociones históricas acerca de los tiempos en que sitúa la acción, creara una nueva gesta referente a Rodrigo en tiempos de Fernando I que vino a completar la biografía cidiana: las Mocedades de Rodrigo.
      En ella, el Cid sigue siendo el «vasallo» ejemplar y se hace patente el conocimiento tanto del Mio Cid como de Las particiones. Pero las «virtudes» que el nuevo poeta valora en Rodrigo al presentarlo como el «vasallo» dilecto de Fernando I no pueden ser más antagónicas respecto a las que tenía en el Mio Cid y en las Mocedades. El hidalgo castellano, que al ir a enfrentarse con los poderes de Francia carece de pendón y se lo fabrica harpando su propio manto, que se precia de ser nieto de Lain Calvo, alcalde «cibdadano», esto es, burgués, y que incluso se jacta (aunque juegue con el sentido metafórico de las palabras) de que su padre vendió paño en las rúas de Burgos, es por esencia «el Soberbio Castellano». Su encumbramiento a la posición de vasallo «modélico» es debido a su arrojo temerario, a su arrogancia sin límites, a su desprecio a cualquier ley o norma que interfiera en el desarrollo de la persona, a su insolencia por ser hombre que sólo de sí mismo depende y para quien no tienen valor alguno las jerarquías seglares o religiosas existentes sobre la tierra. El mayor elogio que el poeta concibe para su héroe es que los ajenos (como el Conde de Saboya) y los propios (incluso su rey don Fernando) le consideren no hombre, sino «pecado», «diablo». Es la soberbia de ese indómito vasallo lo que le agiganta en la concepción del juglar de las Mocedades, de forma que, al presentarse con su rey, ante el Papa, ante el Rey de Francia y ante el Emperador alemán (según versos heredados por el Rodrigo).

Non sabían quál era el rey     nin quál era el Castellano,
sinon quando descavalgó el rey     e al Papa besó la mano.

      Las lecciones que la realeza fue teniendo que aprender del leal vasallo Rodrigo Díaz de Vivar forjado por los juglares épicos fueron, ciertamente, variando según se pasaba del binomio Rodrigo-Alfonso, al de Rodrigo-Sancho y al de Rodrigo-Fernando. La fontecica crítica del «Dios qué buen vasallo si oviesse buen señor» del viejo poeta «estremadano» desemboca finalmente, con las Mocedades, en un mar inapeable para la Monarquía, de hondura tal que el Rey pierde pie en la Historia. En el nuevo poema, don Fernando «par de Emperador» es una marioneta en manos de su vasallo, en cuya gloria se asienta únicamente la de su Rey, aunque el Cid le haga cruzar los puertos de Aspa para afirmar sus derechos frente al Emperador, el Rey de Francia y el Papa.

f. La Historiografía ante los varios cides épicos. La «Estoria de España»

      Hasta aquí la tradición cantada. Pero volvamos a ver su influjo en la Historiografía.
      La historia poética de Rodrigo Díaz de Vivar había dejado ya algunas huellas en la historiografía pre-alfonsí; pero sólo a partir de la compilación c. 1270 de la Estoria de España de Alfonso X vino a ser parte esencial de la historia del reino castellanoleonés y, por ende, de España.
      La utilización como fuente histórica del Mio Cid no ofreció problemas a los historiadores alfonsíes dado que la pormenorizada exposición épica de los primeros pasos del desterrado hasta enfrentarse con el Conde de Barcelona en territorio musulmán, de que trata el Primer Cantar, podía considerarse complementaria de lo contado por la Historia Roderici; en el Segundo Cantar, que tiene como fondo histórico la conquista y defensa de Valencia, los episodios poéticos, al estar centrados en la gestación del conflicto intrafamiliar, no contradecían ni a la historia latina ni a la historia árabe en que Alfonso X se apoyaba, y, en fin, en el Tercer Cantar, ni Corpes, ni las Cortes de Toledo, ni la lid judicial de Carrión eran hechos desmentidos por los «sabios» historiadores en cuyo autorizado discurso se basaba la Estoria, aunque nada dijeran de todo aquello. La desorientación de la crítica moderna en la evaluación del Mio Cid que Alfonso X conoció se debe a la creencia en que el manuscrito artificioso E2 (= X-i-4 del Escorial), el volumen 2º de la llamada Primera crónica general, era unitario y no, como es, un códice facticio en que una Versión amplificada en 1289 de la Estoria ha sido interpolada con nueva escritura en el s. XIV, y al desconocimiento de que la Versión crítica de la Estoria de España (de la cual es copia parcial la llamada Crónica de veinte reyes) es, como la Versión concisa de c. 1270, obra alfonsí, elaborada entre 1282 y 1284 en los últimos años de la vida de Alfonso X confinado en Sevilla. Desde 1961 está claro que el poema prosificado por Alfonso X, tanto c. 1270 como c. 1283, es el mismísimo conservado en la copia sacada para el Concejo de Vivar, aunque es copia algo anterior (puesto que el de Vivar es de tiempos de Alfonso XI) y, a veces, mejor.
      Más conflictiva resultó para Alfonso X la gesta de Las particiones del rey don Fernando, ya que la versión épica del reparto de los reinos y la descripción de la muerte de Fernando I y del comienzo de la guerra entre sus hijos contrastaba abiertamente con lo que contaban «los maestros que las escripturas compusieron» en latín. Como notaron los propios compiladores de la Estoria, el pormenorizado relato de la gesta no recibía el apoyo ni de Rodrigo de Toledo, ni de Lucas de Túi, ni de Pedro Marco cardenal de Santiago, esto es, de la compilación de Pelayo de Oviedo (que Alfonso X atribuía íntegramente al Petrus Marcius canónigo o «cardenal» de la sede apostólica compostelana que transcribió los Votos de Santiago añadidos al códice pelagiano procedente del monasterio de Corias). Pero aunque el problema de armonizar las fuentes detuvo, por algún tiempo, la conclusión de la redacción de la Estoria de España en los capítulos finales del reinado de Fernando I y en el primer año del reinado de Sancho II (según pone de manifiesto la tradición manuscrita basada en la Versión concisa de c. 1270), finalmente optó (especialmente en la Versión crítica de 1282-84) por incluir los detalles de la gesta que juzgaba más objetables descalificándolos con frases como: «algunos dizen en sus cantares que (...), mas esto non lo fallamos en las estorias de los maestros (...) e, por ende, tenemos que non fue verdat», «mas todo esto non semeja palabra de creer», «e commo quier que esta sea la verdat que estos onrrados omnes dizen, fallamos en otros lugares e en el cantar que dizen del rey don Fernando que (...)»; «mas commo quier que en el cantar del rrey don Sancho diga que (...), fallamos en las estorias que (...), e esta es la verdat, mas porque Nos queremos contar aquí complidamente la estoria toda (...) así commo la cuentan los juglares (...)». Gracias a esta voluntad de contar todo de forma cumplida, completa, y de no esconder nada del relato propio de la fuente utilizada por más que se crea digno de poca fe, conocemos bien el contenido de Las particiones en estos trechos.
      De la gesta de las Mocedades de Rodrigo tengo por cierto que no hay huellas en ninguna de las versiones alfonsíes de la Estoria de España, a pesar de las opiniones de la crítica contrarias a esta afirmación. Los pormenores que se atribuyen al conocimiento de esta gesta, o bien tienen una fuente no épica, o bien son desarrollos de las alusiones a hechos del pasado nunca presentados escénicamente por gesta alguna, que figuran, como ingredientes argumentativos, en discursos de los personajes de la gesta de Las particiones del rey don Fernando. En fin, o Alfonso X desconoció las Mocedades o consideró esta gesta tardía fábula inútil para su Estoria.
      En conjunto, pues, lo narrado por las fuentes épicas cidianas no representó un problema grave a la hora de componer la Estoria de España. Tampoco lo fue para Alfonso X el desequilibrio textual resultante de la longitud y pormenorismo de la narración de los hechos del hidalgo de Vivar creada por la sucesiva utilización de Las particiones, la Historia Roderici, la historia de Valencia de Ibn ’Alqama y el Mio Cid en contraste con las más escuetas noticias proporcionadas por «los maestros que las escripturas compusieron» acerca de los reyes contemporáneos, ya que, como es bien sabido, la «arquitectura» de las obras medievales no tenía en cuenta el criterio de las proporciones de las partes y las digresiones no estaban limitadas por imposiciones de espacio.

 

g. La «Estoria caradignense del Cid» socava los cimientos de la «Estoria de España»

      Sin embargo, la biografía cidiana acabaría por desestabilizar la historia del reino castellano-leonés, e, incluso, por desencadenar un proceso que conduciría al desmantelamiento en la Historiografía de los principios que habían gobernado el gran esfuerzo científico del Rey Sabio; ante todo, del respeto a la verdad trabajosamente establecida por los sabios hombres que pusieron en escrito «los fechos que son passados para aver remembrança dellos como si entonces fuessen», como si ocurriesen en la actualidad vivida.
      Esta crisis del pensamiento histórico de Alfonso X no tuvo su origen en la utilización de las gestas como fuentes históricas, sino en el influjo que, en un determinado momento, vino a ejercer en la tradición textual de la Estoria de España una obra monacal que no compartía la fe alfonsí en el valor doctrinal y sapiencial de la verdad histórica: la *Estoria caradignense del Cid. Aunque no haya llegado a nosotros en forma autónoma, creo preciso detenerme un poco en su presentación, vista su importancia.
      El monasterio de Cardeña, que el Rodrigo Díaz y la Jimena históricos consideraron su santuario familiar, proporcionó al juglar del Mio Cid escenario, apenas comenzada su historia, para un acto definitorio de lo que iba a constituir el tema central de la gesta: la promesa de Rodrigo a la mujer y a las hijas aún niñas de que, a pesar de partir pobre al destierro, ganaría para ellas un solar familiar en el que casaría honrosamente «por sus manos» a esas sus hijas. Es una promesa que inicialmente el Cid incumple, por considerar obligación mayor a ella el sometimiento a la voluntad de su rey, y ese incumplimiento fatalmente desencadena el desastre familiar que culmina en la afrenta de Corpes, desastre sólo reparado mediante las segundas bodas de doña Elvira y doña Sol. Esta escena inicial de la despedida en Cardeña da unidad a los tres cantares de la gesta. Pero el juglar del Mio Cid, que despreciaba, por razones socio-políticas, a los ricos-hombres de Castilla y de la Tierra de Campos, ignoraba de ese monasterio incluso la fama de San Sisebuto, el muy prestigiado abad contemporáneo de Rodrigo, y tuvo que inventar un bonachón y servicial «abad don Sancho» para completar tan crucial escena.
      Pese a ese desconocimiento del cenobio por el juglar estremadano, andados los tiempos, los benditos monjes de Cardeña vendrían a descubrir, gracias a él, que su antiguo feligrés Rodrigo Díaz podía ser un «patrón» mucho más productivo que los descendientes de los antiguos enemigos del hidalgo de Vivar, los grandes señores de las comarcas de Nájera y Oca (Garci Ordóñez y Alvar Díaz), aunque esos descendientes siguieran detentando el poder y gozaran de la confianza regia en tiempos de Alfonso VII, Sancho III y la minoría de Alfonso VIII. Los monjes de Cardeña, pendientes de los intereses del cenobio, desarrollaron, en beneficio propio, una historia del Cid conductora, en su desenlace, a atraer el interés de sus receptores hacia un conjunto de «reliquias» cidianas mostrables en el ámbito del monasterio.
      La *Estoria del Cid escrita en Cardeña [no sabemos si en la redacción que conocemos o en otra previa] parece haber sido ya conocida de los historiadores alfonsíes. Al menos de los que entre 1282 y 1284 trabajaban en Sevilla en la Versión crítica, ya que en esta redacción de la Estoria de España, tras consignar, siguiendo al Liber regum refundido de c. 1220, la muerte del Cid en Valencia en mayo de 1099 y su enterramiento en San Pedro de Cardeña, se añade:

«E porque en la su Estoria se contiene de cómmo murió e lo que acaesció a la su muerte, por eso non lo pusimos aquí por non alongar esta estoria».

      Aunque según vemos no descalifiquen a la *Estoria del Cid como fuente historial, no se sintieron obligados, cosa extraña, a recoger su relato en la Estoria del reino.
      En cambio, el deseo de incorporar de alguna forma la *Estoria caradignense a la Estoria de España, creo que es la razón de que, en tiempo de Sancho IV, el manuscrito regio E2 (X-i-4 de El Escorial), que contiene la Versión retóricamente amplificada escrita en 1289 de la sección de la Estoria de España que se inicia en Ramiro I, dejara interrumpida la historia del Cid en Valencia con su ida a Zaragoza tras el cerco de Aledo por los almorávides y no continuara su labor sino mas allá de la muerte del Cid. Esta laguna parece indicar que la narración de los hechos heredada de la Versión concisa alfonsí (que aun recoge la Versión crítica, versión desconocida por los redactores de la Versión amplificada) no satisfacía ya a los amplificadores-refundidores que escribían para Sancho IV.
      Tiempo después, cuando a mediados del s. XIV, reinando Alfonso XI, se intentó completar aquella «laguna» histórica en el códice regio E2 interpolando en él el final de una historia del Cid, en vez de recurrir a la compilación alfonsí, se copió el relato de cierta Versión mixta en que, junto a la materia heredada de la compilación alfonsí, se daba ya entrada a la *Estoria caradignense del Cid. Gracias a la sobrevivencia de un manuscrito completo de esa Versión mixta (el ms. F), sabemos que esta crónica se iniciaba en Fernando I y ello explica la extemporánea numeración de capítulos que súbitamente aparece en el manuscrito facticio E2 tal como hoy se conserva.
      Según esta Versión mixta nos la da a conocer, la *Estoria caradignense del Cid contaba la conquista de Valencia por el Cid siguiendo a la letra, sin eliminar por completo el punto de vista musulmán, el relato árabe de Ibn ’Alqama [de forma similar a como utilizaba esa fuente Alfonso X en las dos redacciones de su Estoria de España]. Acabada la conquista, la historia continuaba con una narración de ascendencia épica que remonta al Mio Cid: después de utilizar la información de los vv. 1209 y 1220 del poema, la *Estoria seguía de corrido, desde la llegada del rey de Sevilla hasta la lid de Carrión, el relato poético. La historia cidiana se remataba con una exposición, inventada obviamente en el cenobio, referente a las postrimerías del Cid, a sus «reliquias» caradignenses y a la conversión al cristianismo del alfaquí al-Waqqaši, supuesto tío del supuesto autor de su Estoria, Ibn al-Faraŷ, el alguacil histórico del Cid en Valencia. Estos componentes tan dispares se sometieron a un malicioso y, a la vez, ingenuo proceso manipulador a fin de lograr convencer a los receptores del relato de la credibilidad y autenticidad de los sucesos narrados.
      Pese a las grandísimas diferencias existentes entre lo contado por esta *Estoria caradignense y los cantares de «Las bodas» y de «Corpes» del Mio Cid, he podido observar que, tanto en el uno como en el otro de estos cantares, el monje de Cardeña tuvo presente un texto poético que no difería del copiado para el concejo de Vivar y que conoció asimismo Alfonso X. No obstante, es demostrable que los redactores de la obra monacal y los historiadores alfonsíes consultaron el viejo poema por separado: no cabe defender la hipótesis de una prosificación previa, de la cual dependiesen el texto de la Versión crítica de la Estoria de España y la *Estoria caradignense.
      Aunque el relato monacal en prosa basado en el «Cantar de las bodas» se aparta notablemente del que ofrece el Mio Cid conocido, un estudio detenido de las divergencias me permite asegurar que todas ellas resultan más explicables como arreglos hechos en atención a exigencias procedentes de una determinada concepción cronística de la historia que como invenciones poéticas de un juglar refundidor. En cambio, en la narración caradignense correspondiente al «Cantar de Corpes», si bien la manipulación cronística de la información poética sigue siendo evidente y muchas curiosas deformaciones sufridas por la materia épica son atribuibles a una labor creativa surgida de procesos de racionalización del relato, otras importantes novedades de contenido se resisten a ser explicadas como arreglos inspirados en razones puramente historiográficas. Y a la presencia de esos episodios ajenos o profundamente discordantes respecto al relato del Mio Cid se une un hecho muy sorprendente: la existencia en estos pasajes de múltiples incongruencias respecto a lo que la propia narración cronística recoge en otros pasajes del relato. Por ejemplo, se dan flagrantes contradicciones respecto a quiénes son los vasallos cidianos que combatirán en Carrión contra los infantes; acerca de la distribución entre Diego y Fernando de los actos de cobardía en que incurrieron en Valencia; sobre la relación de parentesco entre Alvar Fáñez y el Cid (si era tío o primo de doña Elvira y doña Sol); respecto a cuándo recibieron las espadas Colada y Tizón los yernos del Cid y cuándo ganó el Cid a Tizón. Todo parece apuntar a la coexistencia en la «Interpolación» de segmentos narrativos procedentes de dos tradiciones discordantes del relato correspondientes al «Cantar de Corpes» del Mio Cid. Por razones que sería largo reproducir aquí, puedo aclarar que esta mixtura de dos versiones discordantes no se produjo en la Versión mixta, sino que esta Estoria de España la heredó ya de la *Estoria caradignense del Cid. De dónde tomó ese otro Mio Cid el monje de Cardeña compilador de la Estoria del Cid no me es posible saberlo; sólo, sí, señalar que se trata de episodios novelizados en que un modelo poético parece ya fuente lejana, no inmediata, en contraste con lo que denotan los otros pasajes narrativamente fieles al viejo Mio Cid que se dan en la propia *Estoria caradignense en que la prosificación verso a verso ha dado lugar a un texto de otra índole.
      Dado que la Versión mixta de la Estoria de España sólo acudió a la *Estoria caradignense para completar la historia del Cid a partir de la «laguna cidiana», no podemos saber cómo era esta obra monacal en secciones anteriores a la «Interpolación» de que he venido hablando, toda vez que en ellas, la Versión mixta utiliza la compilación alfonsí. Pero el extenso fragmento interpolado bastó para promocionar en la tradición textual de la Estoria de España una tendencia a la novelización de la narración que, a pesar de la competencia, que dentro de esa tradición supuso la difusión manuscrita de la Versión crítica en sus secciones «modernas» de la historia de España, se convertiría en un proceso irrefrenable.
      El importante efecto que en la tradición manuscrita de la Estoria de España llegó a tener la Versión mixta no se debió a la proliferación de su texto en copias, sino a que vino a servir de punto de partida a otra «versión» de esa última parte de la Estoria de España que también se inicia en el reinado de Fernando I: la Crónica de Castilla, elaborada en torno a 1290.

 

h. La «Crónica de Castilla» como filtro historiográfico de la Epopeya

      En la sección correspondiente a la «Interpolación cidiana», la Crónica de Castilla se hermana con la *Crónica manuelina (que don Juan Manuel, c. 1320-25 extractó en su Crónica abreviada) y el prototipo de ambas deriva de un texto hermano (aunque independiente de los conocidos) de la Versión mixta, adicionado con algunos pasajes de procedencia no épica. La materia heredada de la *Estoria caradignense presenta en la Crónica de Castilla una mayor coherencia que en la Versión mixta, pero no debido a que conserve el texto original donde esta otra crónica lo tendría deturpado, sino como resultado de un trabajo corrector de homogeneización. En las narraciones medievales las versiones más «perfectas» son, por lo común, las más tardías, las más trabajadas por sucesivos refundidores del texto.
      El hecho de que, contra lo que se suele creer, el texto de esta sección de la Crónica de Castilla no denote el conocimiento directo de los textos épicos no es extensible a las secciones anteriores de la obra. Nada más comenzar la lectura de la Crónica de Castilla saltan a la vista, en el reinado de Fernando I, una serie de interpolaciones a la Versión mixta, sobre la cual descansa la exposición del reinado, referentes a las mocedades de Rodrigo Díaz de Vivar. El hecho de que la Crónica de Castilla dé plena entrada en la trama de la Estoria de España a la gesta que Alfonso X no conoció o no consideró fuente histórica es bien sabido; pero la crítica ha evaluado de forma muy insatisfactoria el testimonio que sobre el poema épico proporciona la crónica, por no tener en cuenta las técnicas de composición y redacción de la historia propias del autor de la Crónica de Castilla y haberla asimilado erróneamente a la de los talleres historiográficos del Rey Sabio.
      El estudio de la Crónica de Castilla, no como un centón de pasajes procedentes de diversas fuentes, sino como una obra, una refundición, dotada de personalidad, me ha permitido comprobar que su autor daba prioridad a la función didáctico-política de la Historia y no compartía en absoluto la fe de Alfonso X en que el trabajo y honradez de los sabios maestros hubiera dejado en herencia una «verdad» digna de estudio y meditación filosófica. Según los criterios de composición del nuevo cronista, la narración recibida de las fuentes debía ser moldeada libremente para que el mensaje doctrinal tuviera eficacia. El «estoriador» era libre de manipular e inventar cuanto quisiera en beneficio de la alta función de la Historia. Este modus operandi aplicado a las Mocedades de Rodrigo le permitió desarticular intencionalmente, en beneficio de sus propósitos historiales, toda la intriga épica, ocultar máximamente las guerras y reducir las relaciones conflictivas del rey, la alta nobleza condal, los descendientes del alcalde ciudadano Lain Calvo y del propio Rodrigo a su concepción de cómo debiera ser el reparto de derechos y poder en el reino después del pacto de Sancho IV con los «estamentos» que depusieron a Alfonso X. La gesta de las Mocedades del s. XIII y el Rodrigo copiado en un manuscrito del s. XV tenían mucha más similitud que lo que suele creerse; desde sus orígenes, la gesta cantó como modelo de «vasallo» a un Rodrigo con temperamento y acciones de «el Soberbio castellano»; la altanería y los desplantes del Cid mozo ante su rey, ante el Emperador, ante el Papa formaban ya parte de la gesta de las Mocedades del s. XIII, aunque no por ello haya de confundirse esa redacción primigenia, al menos en su andadura métrico-narrativa, con la conservada.
      El conocimiento c. 1290 de textos épicos en forma poética por el compilador de la Crónica de Castilla es evidente también en el reinado de Sancho II y en el comienzo del de Alfonso VI. La crónica incluso reproduce trozos asonantados de varias laisses épicas con ocasión del reto de Zamora y de la jura de Santa Gadea. Es, pues, seguro que tuvo presente nuevamente una versión del poema de Las particiones del rey don Fernando, de cuyos varios cantares tomó información adicional para completar la narración que heredaba de la «Versión mixta». Pero lo más curioso es que también conoció una versión muy refundida en verso del comienzo del Mio Cid, ya que recoge, conservando sus asonantes, el discurso de Alvar Fáñez, cuando éste, en nombre de todos los de la criazón del Cid, se compromete a seguirle en el destierro, y varios pasajes (ya sin huella de las asonancias) relativos a la salida de la mesnada de Burgos hacia Cardeña y tierra de moros. Estos pasajes tomados de una nueva redacción del Mio Cid permiten ver que existió una Refundición poética de las más vieja gesta cidiana en que ya se habían hecho presentes algunas de las novedades que se reflejan en la prosa de la *Estoria caradignense (como es el que Alvar Fáñez sea primo y no sobrino del Cid), y hasta me permiten defender (apoyándome adicionalmente en el Romancero épico) que el comienzo del «Cantar del Destierro» en esta forma refundida llegó a cantarse cíclicamente unido a Las particiones como complemento de la Jura de Santa Gadea. Este fenómeno, el del canto cíclico de gestas de vario origen, es una costumbre bien ilustrada para la Epopeya medieval francesa.

Epílogo

      En esta mi rápida exposición, llena de afirmaciones cuya prueba dejo para mi libro (recientemente publicado) La épica española. Nueva documentación y nueva evaluación,(**) Madrid: Fundación R. Menéndez Pidal y Universidad Complutense, 2000, he intentado cumplir con el compromiso de tratar en conjunto la cuestión de la difusión del poema de Mio Cid y de su impacto en la Historia escrita de la Edad Media conforme el Cid, como personaje literario, se iba abriendo camino, de forma cada vez más invasora, en las «Crónicas generales» herederas de la Estoria de España de Alfonso X.
      La historia nacional escrita tuvo que hacer frente a la transformación en la poesía cantada de los rasgos definitorios del vasallo aleccionador de reyes, que fue en todo tiempo el Cid literario. A pesar de que, en el tránsito del s. XIII al s. XIV la Historiografía estuvo especialmente atenta a reflejar las nuevas relaciones de poder y de derecho entre Monarquía, alta Nobleza y baja Nobleza, ni antes ni después de la revolución nobiliaria que depuso a Alfonso X los escritores de Historia consideraron aceptable reflejar en sus relatos la libre presentación, característica de las narraciones juglarescas, de realidades de la vida y de modelos en las relaciones sociales que chocaban frontalmente con los principios morales y políticos dominantes en la sociedad estamental. El recelo de la Historiografía ante las fuentes épicas no detuvo el proceso de novelización de la Historia nacional; pero la censura constante ejercida sobre los relatos de la Epopeya para acomodar los hechos y discursos de sus personajes a los comportamientos que la escritura (en cualquiera de sus funciones) tenía por correctos, privó a esos personajes de la fuerza pasional y vital con que los juglares los habían dotado. Sólo la voz del Romancero oral conservará memoria fiel, en el Siglo de Oro y hasta tiempos modernos, de la versión dramática y viva de la Historia medieval que la Epopeya había forjado, dando así lugar a la pervivencia en la memoria colectiva de personajes, como el Cid del Romancero y la doña Urraca del Romancero, que encarnan «valores» de la comunidad suprimidos de raíz por la Literatura y la Historia escritas.

Diego Catalán, "El Cid en la historia y sus inventores."(2002)

 ** La épica española. Nueva documentación y nueva evaluación ha sido publicada en esta bitácora.

Índice de capítulos:

* PRESENTACIÓN

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (1)
   a. La realidad se forja en los relatos

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (2)
    b. Rodrigo, Campeador invicto para sus coetáneos

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (3)
   c. Del Campeador al Mio Cid. Los nietos del Cid y la herencia cidiana

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (4)
   d. Rodrigo, el vasallo leal, a prueba

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (5)
   e. El Soberbio Castellano

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (6)
   f. El Cid se adueña de la Historia y la Historia anquilosa la figura del  Cid

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (7)
   g. El Cid del Romancero salva al personaje literario del corsé historiográfico

* II EL «IHANTE» QUE QUEMÓ LA MEZQUITA DE ELVIRA Y LA CRISIS DE NAVARRA EN EL SIGLO XI 

*  III LA NAVARRA NAJERENSE Y SU FRONTERA CON AL-ANDALUS

*   IV EL MIO CID Y SU INTENCIONALIDAD HISTÓRICA

V EL MIO CID DE ALFONSO X Y EL DEL PSEUDO IBN AL-FARAŶ

VI RODRIGO EN LA CRÓNICA DE CASTILLA. MONARQUÍA ARISTOCRÁTICA Y MANIPULACIÓN DE LAS FUENTES POR LA HISTORIA

* VII LA HISTORIA NACIONAL ANTE EL CID

* APÉNDICE I.  SOBRE LA FECHA DE LA HISTORIA RODERICI

* APÉNDICE II. SOBRE LA FECHA DE LA CHRONICA NAIARENSIS

* ÍNDICE DE REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS (Y CLAVE DE SIGLAS)

VI RODRIGO EN LA CRÓNICA DE CASTILLA. MONARQUÍA ARISTOCRÁTICA Y MANIPULACIÓN DE LAS FUENTES POR LA HISTORIA

 

VI RODRIGO EN LA CRÓNICA DE CASTILLA. MONARQUÍA ARISTOCRÁTICA Y MANIPULACIÓN DE LAS FUENTES POR LA HISTORIA

 

a. La crítica textual y la narratología. El problema de los textos formal, estructural e ideológicamente mixtos

      En estos últimos tiempos se ha venido produciendo un gran avance en el conocimiento e interpretación de las obras de la historiografía medieval hispana debido a la convergencia de dos métodos de aproximación a los textos: la crítica textual, renacida con planteamientos a la vez viejos y nuevos, y la narratología, con su afirmación esencial de que la Historia es siempre relato y, por lo tanto, Literatura; esto es, de que los sucesos (los «fechos», que decía Alfonso X) no tienen significado sino en tanto componentes de un discurso, que es el que verdaderamente significa, apunta a supuestas realidades.
      Sólo estableciendo con precisión líneas de tradición textual, que suplan o complementen la cronología de los textos, podemos llegar a la reconstrucción de los «prototipos» a que remontan un conjunto de ejemplares —diversos entre sí— de una obra y a discernir lo que en cada texto es innovación de lo que es herencia (tanto si lo examinado es un ejemplar, como si se trata del «prototipo» de una obra más o menos nueva).
      Por ello, esta tarea es un paso previo imprescindible para después plantearnos qué justificación tienen las operaciones de selección e innovación descubiertas en un texto singular o en el «prototipo» de una obra.
      En la práctica, esta doble labor crítica es más compleja de lo que tan sucinta exposición podría hacer pensar. Dos son, a mi ver, los escollos.
      La mayor dificultad para el establecimiento de líneas generacionales entre textos (determinación del stemma) es, según reconocen cuantos practican con cierto conocimiento técnico la «crítica textual», la existencia y frecuencia de la «colación», esto es, de la utilización de dos (o más) textos «hermanos» para elaborar otro más «perfecto», pues en un primer análisis el texto resultante parece un prototipo anterior, libre de los «defectos» particulares de los textos que, en realidad, son sus fuentes. No obstante, una larga tradición técnica dedicada a establecer la tipología de los errores y deturpaciones y de su trasmisión permite, las más de las veces, salvar el escollo.
      Menos atención ha merecido otra dificultad que perturba seriamente el estudio de cómo y por qué varían los textos en el curso de su reproducción, esto es, de la transferencia de su contenido desde unos folios a otros (trasmisión escrita) o desde una memoria a otra (trasmisión oral): es el desconocimiento de eslabones intermedios en la trasmisión que nos ayuden a separar estratos varios en el conjunto de novedades observadas en el texto examinado al confrontarlo con su último estado previo conocido. En efecto, si nos proponemos explicar los principios que presidieron la elaboración o reelaboración de un nuevo texto y reconocer en él la huella del co-autor responsable de la nueva forma adquirida por la materia heredada, es necesario aislar en el texto las novedades (por adición u omisión) que le son atribuibles; pero, si han existido estados intermedios del texto hoy no documentados, corremos el riesgo en esa tarea de atribuir a un solo modelo formal y a una sola «causa material», esto es ideológica, reformas acumuladas procedentes de la acción de sucesivos contribuyentes al estado presente del texto.
      En la Historiografía medieval, los textos formal, estructural e ideológicamente mixtos son más comunes que los que responden a unos principios (estilísticos, de concepción de la historia e ideológicos) unitarios, pues, por lo común, el «saber» medieval es concebido como «tradición» y el trasvase de ese «saber» de un texto a otro se produce respetando, no sólo contenidos sino también la expresión de esos contenidos, que se considera como parte inalienable de los mismos.
      La conciencia de la existencia de este problema nos debe hacer muy cautos a la hora de evaluar cualquier texto mientras no podamos explicar plenamente las secciones y estratos textuales de que se halla formado. Antes de intentar clasificarlo ideológicamente mediante el análisis del conjunto de rasgos pertinentes que en él se hallan presentes debemos determinar qué hay de casual y automático en la copresencia de esos rasgos y qué emerge como elemento constituyente de una intencional acción refundidora cuya coherencia podemos descubrir.

b. La «Crónica de Castilla», caso ejemplar

      La obra sobre la que voy a centrar hoy mis observaciones ilustra todos estos problemas con que se enfrenta el estudio de la historiografía medieval. Se trata de la llamada Crónica de Castilla, un texto post-alfonsí referente a la historia «nacional» desde el surgimiento del nuevo reino con Fernando I, hasta que, en medio del reinado de Fernando III, Castilla se une nuevamente con León en una sola corona.
      Visto en conjunto, el prototipo de esta obra, que tuvo una amplia y compleja descendencia manuscrita, tiene una notable personalidad: a grosso modo, la Crónica se nos presenta como la más interesada en el estamento nobiliario, la menos afín a la jerarquía eclesiástica y la menos dependiente de la corona entre nuestras historias anteriores al siglo XV. Desde que Cintra 1 demostró su anterioridad a la Crónica de 1344, la Crónica de Castilla está pidiendo una edición crítica (que no acaba de llegar) y una valoración de conjunto, pues evidentemente es una de las piezas centrales en la evolución de la historia de España que años atrás diseñó Alfonso X.
      Personalmente, vengo trabajando desde hace largo tiempo en su estudio y creo haber traído bastante luz sobre ella; pero el panorama historiográfico relativo a la sección de la historia hispana que va de Fernando I a Alfonso VIII no se ha clarificado aún con la precisión lograda en estos últimos tiempos para las secciones anteriores de la Estoria de España, donde, por primera vez, todas las piezas del puzzle encajan a la perfección. Ello me llevó en 1997 a dejar interrumpido en la muerte de Vermudo III mi libro De la silva textual al taller historiográfico alfonsí —Códices, crónicas, versiones y cuadernos de trabajo—, en que examino exhaustivamente la tradición manuscrita heredera de la Estoria de España alfonsí en todas sus manifestaciones escritas, por considerar que la historia posterior a Vermudo III requería aún algunos años de investigación colectiva antes de poder ofrecer de ella una visión concluyente, y a reservar para una nueva obra mis observaciones sobre ella. 
      Son varias las causas que contribuyen a la desorientación crítica: 1º.  Desde Fernando I carecemos de representantes manuscritos directos de la redacción primigenia de la Estoria de España de c.1270 que, sin embargo, sabemos incluía esta parte; tenemos que conformarnos con la existencia de la Versión crítica, de la Versión amplificada y de una Versión mixta que, a trechos se hermana con la amplificada y a trechos parece heredar un texto anterior al utilizado por la Versión crítica y, por lo tanto, relacionable con la versión de c. 1270 perdida. 2º A mitad del capítulo «de los castiellos que pechauan al Çid, e de lo que el enuio dezir al rey de Saragoça, et de como cercaron los almorauides el castiello que dizien Alaedo» (PCG, c. 896) se interrumpe la Versión amplificada y sólo existe, como herencia del proyecto alfonsí, la Versión crítica; la Versión mixta (de la que es también representante la mano del siglo XIV que «completó» el texto del ms. E2) ofrece en este lugar una «Interpolación cidiana» basada en la perdida *Estoria caradignense del Cid del pseudo-Ibn al-Faraŷ, obra forjada a partir de la historia de Valencia de Ibn ‘Alqama (que Alfonso X utilizó también) y de materiales épico-legendarios cidianos no alfonsíes; para mayor confusión, tal como figura el relato en la «Interpolación» de la Versión mixta, es preciso reconocer en esos materiales cidianos dos relatos llenos de contradicciones entre sí, mal combinados por uno de los dos posibles responsables del texto: el monje de Cardeña que compiló la *Estoria o el interpolador de la *Estoria en la Versión mixta. 3º  Acabada la «Interpolación», resurge el panorama textual anterior hasta el fin del reinado de Urraca (PCG, cap. 966 [=967]); pero, a partir de este punto, esto es, con el comienzo del reinado de Alfonso VII, la interrelación de los diversos textos cronísticos antes conocida caduca: sobreviven, sí, la Versión amplificada y la Versión mixta, que son muy coincidentes, y están basadas en una redacción previa alfonsí de c. 1270; pero ni su texto ni esta redacción alfonsí previa fueron conocidos por la continuación que presentan los manuscritos basados en el prototipo de la Versión crítica, continuación que sólo se relaciona con el texto de la Versión amplificada y de la Versión mixta a través de las fuentes.
      La Crónica de Castilla, puesto que empieza en Fernando I, no viene caracterizada de atrás, como la Versión crítica o la Versión amplificada que están para nosotros pre-caracterizadas a través de su comportamiento en las secciones anteriores de la historia. La comparación intertextual nos permite situarla, desde su comienzo, como un particular desarrollo de la rama textual que hemos denominado Versión mixta, dentro de la cual es un descendiente con muy notables innovaciones. Al llegar a la «Interpolación cidiana» sigue de acuerdo con la Versión mixta en cuanto que ofrece el texto de la *Estoria caradignense del Cid, en el cual introduce adiciones innovadoras; pero ahora se muestra, en ciertos episodios y detalles, heredera de un prototipo anterior al de los otros textos pertenecientes a la rama de la Versión mixta. Otra novedad es que, en esta sección de la «Interpolación cidiana», la *Crónica manuelina resumida por don Juan Manuel en su Crónica abreviada, que venía siendo un texto de la Versión mixta sin interpolaciones, pasa a coincidir con la Crónica de Castilla, tanto en detalles innovadores como en detalles conservadores, aunque no por derivar de ella, sino por descender de un prototipo común en que todavía no se daban algunos defectos y arreglos de la Crónica de Castilla. Cuando reaparece la Versión amplificada, una vez acabada la «Interpolación» caradignense, se restaura la situación precedente. Mayor importancia tiene el hecho de que cuando, después de la muerte de la reina doña Urraca, la Versión crítica desconoce la Estoria de España alfonsí de c. 1270 reflejada en la Versión amplificada y en la Versión mixta (que van concordes), la Crónica de Castilla remonte al mismo texto independiente que la Versión crítica y que ese texto independiente utilizado por ambas crónicas no sea identificable ni con el de la Crónica de Castilla, ni con el de la Versión crítica, pues una y otra crónica innovan de forma separada respecto a él, sea para introducir materia nueva (Crónica de Castilla), sea para someter el texto, que carecía de estructura analística, a una estructura por años de reinado con la consiguiente incorporación de datos procedentes de anales (continuación de la Versión crítica). 
      Entre los múltiples interrogantes que los datos aquí sumariados plantean hay uno que toca de lleno a la cuestión a que vengo refiriéndome: ¿podemos considerar fruto de una sola iniciativa el conjunto de las peculiaridades textuales de la Crónica de Castilla? En mi anterior etapa de investigación sobre la Estoria de España me esforcé en poner de manifiesto, contra la pereza mental de historiadores, de medievalistas y de lingüistas, que tratar a la Primera crónica general como un todo unitario era un sin sentido. Antes de poder caer en un error similar con la Crónica de Castilla (o con la Versión crítica si la extendemos a la sección iniciada con Alfonso VII) creo preciso alcanzar un mejor conocimiento en todo el proceso de elaboración y reelaboración de la materia histórica en esta sección de la historia.
      Ello me ha llevado a intentar avanzar progresivamente en la determinación de cómo llegó la Crónica de Castilla a tener el texto que tiene y qué principios rigen la integración de nueva información en las diversas secciones de la historia que hemos indicado, antes de atribuir a uno o varios co-autores el edificio reformado.
      Dado el marco en que expongo mis conclusiones, me limitaré hoy aquí a estudiar la integración por la Crónica de Castilla, en el texto de la Estoria de España que heredaba, de una sección de la «biografía» de Rodrigo Díaz de Vivar prácticamente ignorada por los estados anteriores de la Estoria: la de su vida y sus hechos antes de la muerte del rey don Fernando.

c. La integración en la biografía cidiana de unas mocedades en tiempo de Fernando I

      Puesto que, desde 1844, es bien conocido el hecho de que en cierto manuscrito del siglo XV de la Crónica de Castilla se incluye, a continuación, otro relato cronístico cidiano (ajeno a los restantes manuscritos de la Crónica), referente a las enfances del Cid, en el cual se pasa paulatinamente de la prosa al verso y en que reaparecen muchas de las escenas interpoladas en la historia de Fernando I por la Crónica de Castilla, la crítica tuvo siempre claro el origen de las novedades cidianas introducidas por esta crónica en este reinado de la Estoria de España: el refundidor, abandonando actitudes previas de la historiografía, abrió las puertas de la historia erudita a la información contenida en una de las fábulas juglarescas más novelescas, más apartadas del verismo que caracteriza a los cantares épicos hispanos viejos, a una gesta de las Mocedades de Rodrigo anterior al Rodrigo conservado en ese manuscrito del siglo XV.
     En el estudio de esta fábula épica las dos manifestaciones principales conservadas requieren un análisis crítico previo.
      Respecto al Rodrigo del manuscrito del siglo XV, conviene aclarar que la curiosa transición paulatina de la prosa al verso debe imputarse a una vacilación del «cronista» transcriptor en el modo de registrar la historia y no a una técnica del autor (como desde Menéndez Pidal 2 se ha venido pensando). También debida a la utilización cronística del texto poético es, sin duda, la presencia en él de versos monstruosamente largos, que, según ha puesto de manifiesto Montgomery 3, tienen su origen en glosas cronísticas aclaratorias de los nombres propios (y de los títulos) usados en el poema (glosas muy comunes en la transmisión de textos historiográficos); nada apoya la hipótesis (propuesta por Deyermond) 4, de que el texto manuscrito deba sus propiedades anti-poéticas al hecho de haber sido escrito al dictado de un juglar que lo iba recitando de memoria.
      No menos sobresaliente que el carácter semi-prosístico del poema conservado es la presencia en el Rodrigo de un componente ajeno a las interpolaciones arriba mencionadas que, basadas en las Mocedades de Rodrigo, incorporó a la Estoria de España alfonsí la Crónica de Castilla. Consiste en varios episodios que tienen como tema la historia de la creación de la diócesis de Palencia: vv. 95-135, 144-203, 283-292 y el fragmento 732-745 (que parece inconcluso a causa de una laguna). No cabe duda de que estas interpolaciones palentinas fueron hechas por persona vinculada a la iglesia catedral de Palencia 5 y no, simplemente, de «tierras de Palencia» 6; pero los esfuerzos realizados por la erudición para conectar esas adiciones palentinas a la gesta con una determinada situación histórica en que los derechos del obispo de la diócesis de Palencia se vieran amenazados por ambiciones de otras autoridades eclesiásticas o por acciones de la nobleza, aunque me parecen basados en una intuición acertada, han resultado por ahora, infructuosos. Como ha notado Faulhaber 7: el poema «tuvo obviamente como propósito fomentar el prestigio de la diócesis en cuestión, pero ¿cómo? y ¿cuándo? Estos interrogantes deben aún permanecer abiertos».
      Por otra parte, hay que subrayar el hecho de que las adiciones de interés eclesiástico están muy mal incardinadas, de modo que sólo mediante su omisión (leyendo el v. 136 y ss. tras el v. 94 y el v. 204 y ss. tras el 143) queda clara la línea expositiva del poema. En vista de ello, no creo admisible responsabilizar a ese interpolador (como hace Deyermond) 8 de la arquitectura ni del conjunto de los versos del poema. Una prueba adicional de la desconexión de la narración épica respecto a la obra del propagandista de la iglesia palentina la constituye el pasaje en que Rodrigo, para apresar violentamente al conde Ximeno Sánchez de Burueva, quebranta el sagrado de una iglesia dedicada a Santa María. Me parece del todo inadmisible atribuir a cualquier canónigo o diácono de la iglesia palentina (en ningún período histórico en que podamos colocar el Rodrigo) la invención de una acción como la descrita por los versos (706-709):

En Santa María la Antigua     se ençerró el conde lozano,
conbatiólo Rodrigo,     amidos que non de grado,
ovo de rronper la iglesia     et entró en ella privado;
sacólo por las barvas ()     de tras el altar con su mano,

sin que esa acción provoque una reacción de la ofendida madre de Dios. El interpolador paniaguado de la catedral de Palencia, si era clérigo, no se molestó en retocar el texto juglaresco que heredaba.
      En fin, el paso del texto por manos de cronistas-copistas y de servidores de la diócesis palentina no excluye, sino que exige, la existencia de un poema, en verso épico aceptable, con una estructura narrativa compacta y coherente, exclusivamente fundado en la tradición épica que sabemos existía desde tiempo atrás. En esa gesta aprovechada por el servidor de la diócesis de Palencia, se concedía especial importancia a la ciudad de Zamora, considerada como sede habitual de la corte de Fernando I (vv. 245, 538, 562, 404, 406, 407, 525, 539, 646, 720) o representada por «el pueblo çamorano» (vv. 697, 716, 770).
      Si la crítica ha tenido más o menos siempre conciencia del problema que supone la existencia de un adaptador palentino y de unos copistas que en ciertos aspectos modificaron la tradición épica heredada por el Rodrigo, en cambio, no ha puesto en duda la fidelidad del historiador de la Crónica de Castilla al contenido del poema épico que tuvo presente cuando interpoló en la Estoria de España los «datos» relativos a las mocedades de Rodrigo.
      Sin embargo (frente a Menéndez Pidal, frente a Armistead y frente a Deyermond) 9 me parece evidente que el cronista postalfonsí desarticuló intencionalmente la intriga de la gesta para someter la materia épica a la imagen que de Rodrigo, de sus relaciones con el rey don Fernando y del estado del reino le interesaba presentar en su historia, imagen muy discordante de la que encontraba en su fuente épica.

d. La gesta de «Las particiones del rey don Fernando» y sus alusiones al pasado de Rodrigo

      Pero antes de comentar esa distorsión cronística del poema épico de las Mocedades de Rodrigo creo preciso desembarazar el análisis de un problema lateral que ha venido confundiendo a la crítica: el de los datos referentes a la crianza de Rodrigo.
      Se ha venido sosteniendo que todos los motivos referentes al pasado del héroe épico anterior a la muerte del rey don Fernando que figuran en las crónicas fueron escenificados en un poema épico, y se ha identificado a esa gesta con la de las Mocedades de Rodrigo.
      Sin embargo, no parece preciso suponer que los motivos constituyentes de ese pasado del héroe épico fueran inventados como componentes de una narración en que la mocedad o juventud de Rodrigo fuera activamente representada en un escenario épico. A mi parecer, pudieron muy bien ser ideados en forma de alusiones a ese pasado, introducidas en el contexto de sucesos posteriores, del mismo modo que la herida infligida por el Cid en Barcelona al sobrino del conde o el repelón de la barba dado por el Cid a Garci Ordóñez cuando lo prende en la batalla de Cabra son «hechos» que sólo figuran en el Mio Cid en boca del resentido conde don Ramón, al tiempo de atacar al Cid en el pinar de Tévar, o en la de un Cid burlón, cuando replica a las soberbias del conde don García en las Cortes de Toledo. Nadie supondrá, basándose en las palabras dirigidas por doña Urraca a su padre:

«vos desposástesme con el enperador de Alemaña varón mucho onrrado, él murió ante que comigo casase, e agora finco nin biuda nin casada»,

que los historiadores alfonsíes remiten con ellas a un relato exterior o que el «Cantar del rey don Fernando» presentase esos desposorios y esa muerte en forma escénica; análogamente, las referencias, en boca de personajes varios, a la crianza del Cid en Zamora, al lado de la infanta doña Urraca y bajo la paternal autoridad de Arias Gonzalo, tampoco deben considerarse remisiones a una presentación escénica de los tiempos históricos que esas referencias «recuerdan».
      En la Estoria de España, la evocación del tiempo pasado aparece en el discurso de los personajes épicos formando parte de sus razonamientos en situaciones especialmente conflictivas, sea para lograr modificar el comportamiento de un interlocutor, sea como parte de la justificación de las acciones o actitudes del que habla o de aquel con quien está dialogando. Así, cuando la infanta procura el apoyo del Cid para lograr que el rey don Fernando moribundo altere en su favor el testamento, argumenta:

«—Bien sabedes, vos Cid, que siempre vos yo amé e vos ayudé e nunca vos destorvé en ninguna cosa ...»,

y cuando el rey don Sancho envía al Cid a proponer a doña Urraca la entrega de la ciudad «por aver o por cambio» y fracasa en la embajada, todos tres arguyen recordando las relaciones que entre ellos hubo tiempo atrás:

«—Sennor, pora otre seríe tal mandado como este () de levar, mas pora mí [non] es guisado, ca yo fui criado en Çamora, do me mandó criar vuestro padre con donna Urraca en casa de don Arias Gonçalo, et conosco a don Arias et a todos sus fijos (objeta el Cid)».

«—Cid, vos sabedes cómo fuestes criado comigo aquí en casa de don Arias Gonçalo ... (recuerda doña Urraca al mensajero)».

«—Vos consejastes a mi hermana que fiziese esto, porque fuestes criado con ella (acusa don Sancho al Cid)» 10.

      Sin duda estas alusiones al tiempo pasado (reunidas por Armistead) 11 son las primeras y únicas situaciones en que la epopeya (y, tras ella, el romancero) trataron el hecho. Al fin y al cabo, únicamente en ese contexto de conflictividad de sentimientos y deberes el sub-tema tenía interés literario. Sólo tardíamente la Crónica de 1344 incluirá, según luego veremos, un relato de la crianza de Rodrigo junto a la infanta doña Urraca cuyo origen historiográfico y no directamente poético resulta, a mi parecer, indudable.
      También en forma de alusiones al pasado debió de nacer, en la gesta de Las particiones del rey don Fernando, otro pormenor sobre la juventud del Cid, el de que fuera el rey don Fernando quien le armara caballero con ocasión del cerco de Coimbra, por más que la Estoria de España consigne en este caso la noticia en una breve interpolación al relato de la conquista de Coimbra basado en las historias latinas del Toledano y del Tudense:

«... mas la villa era tan grande e tan fuerte que siete años la tovo çercada. En este comedio fizo cavallero a Ruy Díaz el Çid Canpeador».

      Esta referencia ha sido considerada por la crítica 12 como una prueba de que Alfonso X alcanzó a conocer la tradición épica de las Mocedades de Rodrigo, aunque en su Estoria no acogiera ninguno de los episodios más notables y característicos. Sin embargo, no creo que esa interpretación sea correcta. De los dos datos ajenos a las fuentes estructurales, el primero, la duración por siete años del cerco (dato antihistórico) no es de procedencia épica, sino (como ya reconoció en otra ocasión Menéndez Pidal) 13 una anticipación de un detalle que la Estoria de España incluía un poco más adelante al recurir al Liber Beati Jacobi (conservado en el llamado Codex Calixtinus, escrito en el segundo tercio del siglo XII) para completar y corregir la narración de un milagro del apóstol Santiago que Alfonso X heredaba de la exposición sobre la conquista de Coimbra contenida en las historias del Toledano y el Tudense. De forma semejante, creo que, la breve «noticia» referente a Rodrigo se explica bien como extraída de pasajes posteriores de la Estoria de España. En varios discursos, tomados sin duda alguna de la gesta de Las particiones del rey don Fernando, los personajes arguyen rememorando: 

«—Señor, vos me criastes niño muy pequeño e fezistesme cavallero e distes me cavallo e armas [...] (Rodrigo al rey Fernando)».

«—Çid, vos sabedes cómo vos crió mio padre en su casa muy onrradamente et fízovos cavallero et mayoral de toda su casa en Coymbria quando la ganó de moros ... (Sancho a Rodrigo) 14».

      Al igual que ocurría con las referencias a la crianza del Cid junto a doña Urraca, la rememoración de haber sido armado el Cid caballero por el rey don Fernando es parte de la argumentación del que habla en esa escena de Las particiones: trata de subrayar el deber que el interlocutor tiene de actuar en la dirección que a continuación se le pide. No hay, a mi ver, razón alguna para pensar que en la gesta se hubiera puesto anteriormente en acción el episodio.
      Una vez convertida en suceso la primitiva referencia, otros historiadores posteriores completarían la reconstrucción de las escenas en que Rodrigo es armado caballero y en que es promovido a la posición de cabo o mayoral de la casa del rey (según enseguida veremos).
      El mismo mecanismo de conversión, de lo que inicialmente eran datos enunciados fuera de su contexto temporal en sucesos históricos narrados en su apropiado lugar cronológico, explica la aparición tardía en la Crónica de 1344 del primer relato sobre la crianza de Rodrigo junto a la infanta doña Urraca por disposición del rey don Fernando (que Cintra y Armistead 15 consideraron basado en una escena de las Mocedades de Rodrigo):

«e fuesse por Bivar e falló hý Diego Laýnez de Bivar, que bivió después poco tiempo, e a su muger doña Teresa Núñez, que era muy buena dueña e muy amiga de su marido, e falló hý su fijo Rrodrigo de Bivar, que después ovo nonbre el Çid Rruy Díaz, que era ya de diez años, e levólo consigo e criólo en su casa muy bien como a él conplía. E doña Urraca su fija le fazía mucha onrra, en guissa que por esta onrra amávalo más que a nenguno de sus hermanos. E non entendades que este amor que le ansí avía que era por nenguna otra manera que ý oviesse nin de cuydo nin de fecho. E este Rrui Díaz, después que llegó a tienpo [de] tomar armas, quisiéralo el rrey don Fernando fazer cavallero; mas él le pidió por merçed que lo non fiziese cavallero si non quando gelo él pidiesse; e el rrey otorgógelo».

      Juntando el nombre de los padres, que le proporcionaba la genealogía de Rodrigo incluida en la Crónica de Castilla, a la información contenida en las referencias arriba citadas, que las crónicas incluían al reproducir los discursos de los personajes de Las particiones, el conde don Pedro de Barcelos alumbró un capítulo nuevo en la biografía del héroe.
      En fin, según mi lectura de las crónicas (lectura que, después de escritos estos razonamientos, encuentro ser muy paralela a la de Martin 16), ninguno de estos esfuerzos por elaborar el pasado del Cid en forma narrativa debe atribuirse a la actividad de poetas refundidores. El papel de los juglares se limitó, y ello es suficiente, a la construcción rememorativa de ese pasado en boca de los personajes ya adultos que actuaban en la gesta de Las particiones del rey don Fernando.

e. La gesta de las «Mocedades de Rodrigo»: Rodrigo armado caballero en la expedición contra Francia, el Emperador y el Papa

      Centrándonos de nuevo en la Crónica de Castilla, considero que también es preciso rechazar la supuesta presencia de una versión poética de las históricas campañas del rey don Fernando en Portugal en la gesta de las Mocedades de Rodrigo que el cronista tuvo presente. Me baso para el rechazo en la siguiente argumentación.
      Como era de esperar, el relato que de ellas nos da la Crónica de Castilla se basa en la Versión mixta de la Estoria de España alfonsí y, por lo tanto, procede, a través de ella, de fuentes eruditas (Toledano, Tudense y Codex Calixtinus). Pero, como novedad,  interpola varias referencias a la participación de Rodrigo.
     Así, después de referir la conquista de Viseo, constata:

«En todo esto fue Rodrigo de Byvar uno de los que y más fizieron»,

y cuando, para preparar la campaña de Coimbra, el rey va a Santiago en romería, a fin de obtener la colaboración del apóstol, añade que lo hizo

«por conssejo de Rodrigo de Bivar, que le dixo que le ayudaría Dios a cobrarla, et demás, de tornada, que quería que lo armasse cavallero et cuidava rresçibir cavallería dentro en Coynbra»;

concluida la conquista, la crónica añade que

«estonçe fizo el rrey don Ferrando cavallero a Rodrigo en Coynbra en la mesquita mayor de la çibdat a que posieron nonbre Santa María; et fízole cavallero desta guisa: çiñiéndole el espada e diol paz en la boca, mas non le dio pescoçada. Et desque Rodrigo fue cavallero, ovo nonbre Ruy Díaz. Et tomó el espada ant’el altar estando, et fizo noveçientos cavalleros noveles. Et fízole el rrey mucha onrra, loándolo mucho el rrey por quanto bien fiziera en conqueryr a Coynbra et a los otros lugares»,

y poco después nos cuenta:

«Et los de Cohinbra quexáronse mucho del grande daño que rresçibían de Montemayor. Et el rrey, con grande saña, fuela çercar et púsole muchos engeños aderredor e fézoles tanta premia que gela dieron. Et Ruy Díaz de Bivar fezo mucho bien en aquella çerca. Et yendo él guardar los que yvan por la yerba e por vianda, ovo tres lides muy grandes que venció; et por priessa en que se vio, nunca quiso enbiar pedir acorro al rrey, et por esto ganó muy grand prez. Et fízolo el rrey de su casa cabo, et diole ende el poder».

      Armistead (a quien sigue Pattison) 17 ha considerado que estas interpolaciones recogen, de forma sumaria, episodios de un relato épico, episodios que identifica con la tercera, cuarta y quinta lid de Rodrigo en cumplimiento de su voto. Estas lides habrían desaparecido de la refundición épica conservada en el Rodrigo, puesto que, en este texto poético, la única referencia a los hazañosos hechos del rey don Fernando en Portugal forma parte del memorable pasaje (v. 786-799) en que se exalta la grandeza de su señorío, justificativa de su tradicional comparación con un emperador, contexto que no permite suponer una especial dependencia de la referencia respecto a las cinco lides de Rodrigo:

mandó a Portugal     essa tierra jenzor,
conquiso
a Cohinbra de moros,      pobló a Montemayor,
pobló a Sorya,      frontera d()’Aragón,
corrió a Sevilla      tres veçes ()n’una sazón
a dárgela ovieron moros      que quesieron o que non
et ganó a Sant Ysydro      et adúxolo a León...

      Por otra parte, es notable la aparición en el Rodrigo (vv. 995-1001) de una escena en que (como ha destacado bien Armistead) se describe el acto de ser Rodrigo armado caballero por el rey don Fernando, escena que incluye varios pormenores coincidentes con los de la ceremonia referida por la Crónica de Castilla:

Quando esto oyó el rey,      tomólo por la mano,
al rreal de[l] Castellano()     amos a dos entraron.
El rrey enbió () dos a dos     los cavalleros de man()o
fasta que apartó noveçientos     que a Rrodrigo bessassen la mano.
Dixieron los noveçientos:     —Pero Dyos sea loado
con tan onrrado señor     que nós bessemos la mano.—
De Rrodrigo que avía nonbre    , Rruy Díaz le llamaron;

      La similitud en los detalles (recepción del patronímico Díaz por Rodrigo; el nuevo caballero arma, a su vez, 900 caballeros noveles) asegura que las dos ceremonias tienen un origen común; sin embargo, su localización en la historia del joven Rodrigo es muy distinta, ya que, en el poema del siglo XV, el acto ocurre en medio de la expedición del rey Fernando contra Francia, después de que Rodrigo, como alférez del rey, ha derrotado y hecho prisionero al principal caudillo francés, el conde de Saboya, para lo cual ha sacrificado a la mayoría de sus trescientos vasallos.
      Me parece claro que el poema transcrito en el siglo XV (el Rodrigo) no innovó aquí apartándose de la tradición (según ha venido creyéndose). Su versión del adoubement de Rodrigo está perfectamente integrada en el relato: cuando el joven rey don Fernando (v. 764), como señor de España «desde Aspa fasta en Santiago», recibe cartas del rey de Francia, del Papa y del Emperador alemán exigiéndole un tributo anual, sólo Rodrigo le anima a responder agresivamente invadiendo Francia, y cuando, más allá de los puertos de Aspa, ve venir sobre sí los grandes poderes ultramontanos, nadie se atreve a ser alférez del ejército hispano, salvo Rodrigo; pero, a todo esto, Rodrigo, que ha besado recientemente la mano al rey reconociéndose por su vasallo, es tan sólo un simple «escudero, non cavallero armado» (vv. 865, 912-913), que «nunca oviera seña nin pendón devissado» (v. 873), y que presume de ser nieto «del alcalde çidadano» (Laín Calvo), esto es, procedente de la clase baja caballeresca de los caballeros ruanos (vv. 305 y 914-915), «ffijo de un mercadero, nieto de un çibdadano; mi padre moró en rrua e siempre vendió su paño» (afirmación notable, pese al doble sentido que Rodrigo da a la acción de vender paño), y, en su condición, contrasta con «tanto omne rico et tanto conde et tanto poderosso fijo de algo» como rodean al rey; de ahí que, al ir a comenzar la batalla, el alférez regio (que ha improvisado su enseña caudal, arrancando la piel a su manto y harpando el paño con cortes hechos con su espada) no parece digno contrincante del conde saboyano, aunque, en el curso de ella, como su padre el mercader de rúa, le venderá caro su paño (vv. 916-918):

Ffincaron me dos pieças el día que fue finado,
et commo él vendió lo suyo, venderé yo lo mió de grado,
ca, quien gelo conprava, muchol costava caro.

      Vencido el conde de Saboya, Rodrigo rechaza la oferta que su prisionero le hace de su hermosa hija doncella y prefiere guardársela al rey para que «embarragane» a Francia (vv. 949-989). Lo que sigue a la victoria, la ceremonia de ser Rodrigo armado caballero, recibir un patronímico y armar 900 caballeros noveles, con los cuales avanzará triunfalmente por Francia hasta las puertas de París, es parte esencial de la apoteosis del infanzón con que las fantásticas enfances de Rodrigo debieron de rematarse desde sus orígenes. El desplazamiento de la ceremonia a las guerras de Portugal en la Crónica de Castilla es, a mi parecer, obra de un cronista que conocía las alusiones a la juventud del héroe existentes en la gesta de Las particiones del rey don Fernando, entre las que se hallaba la de haber sido armado caballero en Coimbra, y que, en virtud de su oficio de historiador, intentó armonizar lo contado por las varias fuentes que tenía presentes para construir la historia completa del héroe.

f. Las «Mocedades de Rodrigo» censuradas por la Historiografía. Reconstrucción de la estructura e intencionalidad de la gesta de finales del siglo XIII

     Una vez conocido el modus operandi del formador de la Crónica de Castilla, resulta para mí claro el hecho de que, si pretendemos reconstruir la secuencia de acontecimientos de la gesta en su estructura original o restaurar la concepción épica inicial del personaje Rodrigo, deberemos basarnos en el testimonio del poema tardío, el Rodrigo, más bien que en la serie de episodios de las Mocedades de Rodrigo del siglo XIII que de una forma inarticulada presenta la Crónica de Castilla (frente a lo pensado por Menéndez Pidal y por Armistead) 18. 
      Volvamos a la primera aparición del joven Rodrigo en la Crónica de Castilla apenas iniciada la historia del reinado de Fernando I. 
      Desde un principio, el historiador de la Crónica de Castilla justifica la mención del mancebo en la historia por su papel de defensor de la tierra respecto a la amenaza mora y se siente molesto con las guerras banderizas entre el conde don Gómez de  Gormaz y los hermanos Laínez. De ahí que reduzca al mínimo este tema y, en cambio, saque de su contexto original la primera de las lides, en la cual Rodrigo hace presos a los reyes moros que atacan a Belorado para seguidamente ponerlos generosamente en libertad (cf. Rodrigo, vv. 449-517), colocándola antes de sus desposorios con Ximena, cuando en la gesta constituía, sin duda, la primera de las cinco lides que se compromete a vencer antes de verse con su esposa «en yermo nin en poblado». La ética historiográfica impide al formador de la Crónica de Castilla hacerse eco de la tensión que, desde un principio, existe en la gesta entre el rey y el mancebo: en la Crónica, la muerte, en «griesgo», del conde don Gómez de Gormaz por Rodrigo no da pie a que Diego Laínez y su hijo teman acudir al llamamiento a cortes (un tópico épico, cuya presencia en el poema considero indudable) y, en consecuencia, a que vayan preparados para afrontar la posible «falsedat» del rey; en la entrevista con el rey Fernando, el cronista, siguiendo en su labor de censura, omite el altanero comportamiento de Rodrigo y, lo que es más grave, su negativa a reconocerse vasallo del rey besándole la mano hasta que el rey niño se arme caballero y él pueda mostrarle su superioridad sobre los condes castellanos (motivo esencial en la estructura de la gesta). Al substituir, a su gusto, el clima de las relaciones entre el rey y Rodrigo,

«E dixo al rrey que faría su mandado en esto e en todas las cosas que le él mandara. E el rrey gradeciógelo mucho [...] e añadió a Rodrigo mucho más en tierra que dél tenía, e amávalo mucho en el su coraçón porque veía que era obediente e mandado [...]»,

resulta inexplicable en el relato cronístico que Rodrigo formule a continuación el insólito voto de no acercarse a su esposa hasta vencer cinco lides en campo, ya que el voto no se vincula a la posposición del reconocimiento de vasallaje ni es el broche final de una actitud altanera de aquel a quien el romancero definirá como «el soberbio castellano».
      Eliminado el tema del hijodalgo altanero, central en la construcción épica, el cronista no tiene interés en clarificar a través de qué batallas campales cumple Rodrigo su voto, ni se detendrá a contar siquiera cuándo y cómo realiza el matrimonio con Ximena. Por otra parte, al considerar objetables, en la biografía de un personaje modélico, las guerras intestinas que Rodrigo sostiene con los condes, el historiador post-alfonsí manipula las referencias a las lides tercera (victoria sobre los moros de la subsierra en San Esteban de Gormaz el día de la Cruz de Mayo) y cuarta (prisión de los condes traidores que urdieron el ataque moro en que encuentran la muerte el padre y los tíos de Rodrigo), sacándolas de la cadena secuencial narrativa a que pertenecían y eliminando en ellas elementos esenciales; aun así, nos deja, a mi parecer, huellas suficientes de la locación primitiva de los episodios, por medio de las cuales nos es dado restaurar la estructura épica de la gesta de las Mocedades de Rodrigo de fines del siglo XIII, estructura que, tenidas en cuenta estas consideraciones, resulta ser mucho más similar a la que presenta el Rodrigo copiado en el siglo XV que la que viene creyéndose.

g. La evolución ideológica de la Epopeya y la crítica textual

      Gracias al superior conocimiento que hoy tenemos de las concepciones historiográficas y de las técnicas compilatorias y refundidoras que presidieron la elaboración y reelaboración de las estorias medievales, creo posible presentar una nueva visión acerca de la gesta de las Mocedades de Rodrigo conocida en el tránsito del siglo XIII al siglo XIV por la Crónica de Castilla y de la transformación de la personalidad del héroe que en ella se realiza.
      Al margen de la reseñada participación de los cronistas en la estructuración de las alusiones al pasado contenidas en la gesta de Las particiones del rey don Fernando para formar una «historia» de Rodrigo desde su niñez, un juglar de epopeya cantada acometió, por su cuenta, la tarea de dotar al héroe de unos orígenes, de unas enfances, del mismo modo que otros juglares de la vecina Francia habían hecho respecto a otros protagonistas de chansons de geste.
       Según desde antiguo destacó Menéndez Pidal 19, la gesta de las Mocedades de Rodrigo «lleva en sí todas las marcas de la epopeya de la decadencia». Como todos los poemas de enfances, su creación tiene como punto de partida la curiosidad del público auditor de los cantares de gesta por saber, respecto a los héroes consagrados, cómo se formaron y por qué llegaron a serlo:

«Es una ley general para todos los ciclos épicos, en España y en Francia y también entre los pueblos del Norte, su desarrollo temporal en sentido inverso al de la vida humana [...]. Nos muestran primero a los héroes en su madurez, en su vejez o a la hora de la muerte, sólo después nos cuentan su nacimiento y su juventud».

      Tanto el Mio Cid como Las particiones del rey don Fernando, de acuerdo con la estructura habitual de «los poemas primitivos», «comenzaban la narración ex abrupto» y, «desde sus primeros versos colocaban al auditorio in medias res, sin preocuparse de presentarle los personajes»; las Mocedades de Rodrigo nacieron para contestar las cuestiones que el auditorio, familiarizado con la leyenda cidiana a través de esos poemas, había podido hacerse. La respuesta a esas preguntas fue, en verdad, muy atrevida, pues el nuevo poeta aprovechó la ocasión para dar un vuelco a la personalidad del vasallo modélico. Aunque identificado con el personaje que la vieja epopeya había hecho famoso, el Rodrigo, «mio Cid» de la nueva creación épica nada tiene en común con el del poema de Mio Cid de 1144. Las virtudes originarias del  Rodrigo Díaz de Vivar poético, mesura y prudencia, fidelidad como vasallo, artería en la guerra, conocimientos de derecho y fe en una ley igual para todos, amor familiar, sentido del humor, son valores ajenos al nuevo canon: únicamente importa el arrojo y la arrogancia sin limitaciones, el desprecio a cualquier ley o norma que interfiera con el desarrollo de la persona, la insolencia del individuo que sólo depende de sí mismo frente a cualquier autoridad instituida. La mayor alabanza que en la nueva gesta se hace del héroe es considerarle (en boca del rey don Fernando; en boca del conde de Saboya) no hombre, sino «pecado», «diablo».
      La soberbia de «el Castellano» le agiganta en la concepción del juglar de las Mocedades de Rodrigo de tal forma que, al presentarse el rey y su vasallo ante el Papa, ante el rey de Francia y ante el emperador alemán, éstos (Rodrigo, vv. 1096-1097)

Non sabían quál era el rey,     nin quál era el Castellano,
synon quando descavalgó el rey     [e] al papa bessó la mano.

      Es más, la grandeza del buen rey don Fernando es, en realidad, tan sólo reflejo de la de Rodrigo, quien, desde antes de reconocerse su vasallo, le patrocina abiertamente. Don Fernando llega a prometer a Rodrigo, de forma repetida, «te non salir de mandado» y se muestra complacido de delegar su autoridad: «commo tú ordenares mis reynos, en tanto seré folgado». Acomodándose a órdenes (más que consejos) recibidas de Rodrigo, va a armarse caballero a Santiago y embarragana a Francia, preñando a la heredera del conde de Saboya. Cuando Rodrigo está ausente, el rey se siente incapaz de gobernar y sin amparo; por más que le besen la mano «los cinco reinos de España»; el gran rey don Fernando, par de emperador, es un pobre pelele (Rodrigo, vv. 761-765):

Batiendo va amas las palmas      la [f]aze() quebrantando:
—¡Peccador sin ventura,      a qué tiempo so llegado!
Quantos en España visquieron     nunca’s() llamaron tributarios,
a mi véenme niño e sin sesso      et vanme soberviando,
¡más me valdría la muerte      que la vida que yo fago!

     El carácter altanero, siempre desafiante, de «Rodrigo el Castellano», capaz de someter a su voluntad a un rey pusilánime, después de humillar a los condes del reino, no es, como se ha creído, una invención tardía del siglo XV, sino la razón de ser de la gesta. Sin ese personaje así diseñado, las enfances de Rodrigo carecerían de sentido. Es esta profunda distorsión de la caracterización hasta entonces dominante del héroe (creada conjuntamente por el Mio Cid y Las particiones del rey don Fernando) la gran aportación al ciclo cidiano de este poeta de la «decadencia» de la epopeya.
      La gesta de las Mocedades de Rodrigo comenzaba (según el testimonio de la Crónica de Castilla, c. 1300 y del Rodrigo del siglo XV) situando al héroe en un linaje, el de Lain Calvo, uno de los dos «alcaldes» de la Castilla primitiva. El entronque era un «hecho» de todos sabido, ya que el propio Campeador debió de gloriarse de esa procedencia. Pero la complicada genealogía, eruditamente reconstruida por algún paniaguado del Cid, que recogió la Historia Roderici (c. 1110) y, tras ella, el Liber regum (antes de 1194-96), nada tiene que ver con la versión poética de la misma, en que desaparecen cuatro generaciones y se considera al padre de Rodrigo como «el menor» de los hijos del famoso «alcalde». La necesidad de recortar brutalmente los tiempos no arredra al juglar historiador, ya que explica el nombramiento de los «alcaldes» (según se deduce no sólo del Rodrigo, sino también de la Crónica de Castilla) por el hecho de que, muerto el rey don Pelayo («el Montesino»), la tierra castellana se encontraba sin rey. La presentación de los orígenes del linaje cidiano iba seguida en la gesta de una rápida alusión al supuesto hecho de que los mejores linajes de Castilla descienden de los cuatro hijos de Lain Calvo, ya que, en los hermanos mayores de Diego Laínez, casados todos con hijas de condes, habrían tenido origen los de Vizcaya (esto es, los Haro), los de Mendoza y los de Castro. En cuanto a Diego Laínez, se le hace casar con doña Teresa, hija del conde Nuño Álvarez de Amaya y de una nieta, por línea bastarda, del rey de León. También se aprovecha la ocasión para consignar qué lugares poblaron esas cabezas de linaje.
      Este prólogo linajístico es una indudable innovación en la estructura de las obras del género épico y revela cómo ese género va cambiando en sus propósitos y, posiblemente, de público auditor. A veces, se ha perdido de vista que ese prólogo era ya propio de la gesta de fines del siglo XIII (utilizada por la Crónica de Castilla) y, de resultas, ha sido puesto en relación con tiempos históricos posteriores. Complementarias de estos datos que el prólogo proporciona (aunque las crónicas debido a su forma de aprovechar el relato épico no nos permitan documentarlo) deben considerarse, en mi opinión, otras informaciones de carácter análogo que el Rodrigo consigna, de pasada, en el curso de la acción y que nos confirman esta vocación de la nueva epopeya a informar sobre detalles linajísticos y solariegos.
      No creo que, a continuación de este prólogo, se procediera a contar en la gesta del siglo XIII (como desde la Crónica de Castilla en adelante hará la historiografía post-alfonsí) la historia del hermano bastardo de Rodrigo, padre de sus sobrinos (según supone Armistead, seguido por Deyermond) 20. Se trata de un dato que seguramente el cronista halló en la gesta del siglo XIII en forma de alusión, según lo conserva el Rodrigo. En este poema, cuando Rodrigo, que aún no es caballero sino simple escudero, es nombrado alférez por el rey don Fernando, en vista de que los condes y poderosos hijosdalgo temen enfrentarse con el conde de Saboya y con todo el poder imperial, se desarrolla una escena semicómica, claramente reminiscente del diálogo que en las Cortes de Toledo del Mio Cid se escenificaba, antes de los retos, entre el Cid y su sobrino Pero «Mudo», su alférez, pero en la que se prodiga una jocosidad carente de la finura irónica de la vieja gesta (vv. 872-902):

Contra el conde de Saboya      Rrodrigo salyó tan yrado.
Nunca [o]viera seña      nin pendón devissado,
rronpiendo va un manto() de sirgo,     la peña’l() tiró privado,
quinze rramos faze la seña,      [farpado l’a en su cabo].
Vergüença avía de la dar()     et bolvió los ojos en alto.
Vio estar un su sobrino,      fijo de su hermano,
quel dizen Pero Mudo,      a él fue llegado:
—Ven acá, mi sobrino,      fijo eres de mi hermano,
() que fizo() en una labradora     quando andava cazando,
varón toma esta seña,      faz lo que yo te mando.—
Dixo Pero Bermudo:     —Que me plaze de grado,
conosco que so vuestro sobrino,      fijo de vuestro hermano,
mas de que saliestes de España      non vos ovo menbrado,
a cena nin a ayantar      non me oviestes conbidado,
de fanbre e de frío      so muy coytado,
non he por cobertura     [sinon la] del cavallo,
por las crietas de los pies      córreme sangre clar[o].—
Ally dixo Rrodrigo:      —Calla, traydor provado,
todo omne de buen logar      que quier() sobir a buen estado
conviene que de lo suyo      sea abidado,
que atienda mal e bien,      sepa el mundo passarlo.—
Pero [Ber]mudo       tan apriessa fue armado,
rreçebió la seña,      a Rrodrigo bessó la mano,
et dixo: —Señor,      afruenta de Dios te fago,
vey la seña,      [sin art e] sin engaño
() en tal logar vos la pondré      antes del sol çerrado
do nunca entró seña      de moro nin de christiano.
Allý dixo Rrodrigo:      —Esso es lo que yo te mando,
agora te conosco      que eres fijo de mi hermano.

     Dado el contexto que aquí rodea a la explicación del parentesco entre Rodrigo y Pero Mudo me parece seguro que así nació la historia del hermano bastardo y no como narración independiente, aunque las crónicas glosaran luego ampliamente la alusión para construir, basándose en ella, una fabulosa «familia» de Rodrigo de Vivar. Tampoco encuentro en la parte inicial de las Mocedades un posible encaje para la anécdota que explica la selección y nombre del caballo Babieca, episodio cuyo origen no me parece épico (a pesar de las opiniones coincidentes de Menéndez Pidal, Guerrieri Crocetti, Armistead y Deyermond 21, entre otros).
      La acción dramática debió de comenzar siempre en la gesta con la ruptura de la paz del reino ocasionada por las correrías del conde don Gómez de Gormaz por tierras de Diego Laínez y la venganza de los hermanos Laínez, que corren, a su vez, tierras de Gormaz (tal como se cuenta en el Rodrigo). Como obligado desenlace de estas correrías seguiría la propuesta de una lid aplazada de «atantos por tantos», concretada inmediatamente en «ciento por ciento» (según cuentan el Rodrigo y Lope García de Salazar), lid en la que Rodrigo, aún adolescente, mata en combate al conde don Gómez y prende a sus hijos. A mi juicio, sólo con esta serie de hechos (que la Crónica de Castilla se niega a tratar de forma desarrollada) podía tener arranque la gesta desde su creación.
      El segundo episodio (no veo razón para que se pospusiera) sería el protagonizado por Ximena, la menor de las hijas del conde muerto: tras conseguir, tocando en Rodrigo la fibra de la magnanimidad, la libertad de sus hermanos y considerar la impotencia de ellos para solucionar militarmente la situación creada por la enemistad entre los Gómez y los Laínez, acude personalmente a querellarse ante el rey don Fernando, y mostrarle su desamparo al ser huérfana de madre y haber perdido al padre. Su inesperada demanda de que el rey, para satisfacerla del daño recibido, exija que Rodrigo se case con ella constituye la invención literaria de mayor trascendencia para el futuro del mito cidiano, pues presidirá el trasvase de la leyenda desde la epopeya a otros géneros más modernos: el romancero y el teatro.
      En las Mocedades de Rodrigo la petición de Ximena no encubre conflictos psicológicos como los que el desarrollo moderno de la historia tratará de sacar a luz, sino que ilustra, con un caso extremo, aspectos del derecho tradicional: las doncellas nobles huérfanas podían acudir al rey en solicitud de apoyo para casarse honradamente; un homicida podía satisfacer a los demandantes del homicidio mediante compensaciones ajustadas al valor social de la víctima, y saldar con ellas la deuda de sangre.
     El recurso de Ximena al rey y a la ley, en vez de a la venganza, y el desposorio de la doncella huérfana con Rodrigo parecían destinados a poner fin a los disturbios internos en el reino. Pero Rodrigo, si bien reconoce el derecho de su rey natural a desposarle forzadamente con la hija de su víctima, no quiere entrar en vínculos de vasallaje con él (y se niega, en consecuencia, a besarle la mano) ni consumar su matrimonio hasta poder imponer al rey la relación en sus propios términos. De ahí su despreciativa evaluación (vv. 427-429):

Dixo estonçe (don) Rrodrigo:     —Querría más un clavo,
que vos seades mi señor     nin yo vuestro vassallo;
porque vos la bessó mi padre     soy yo mal amanzellado,

y su famoso voto (vv. 438-441):

—Señor, vos me despossastes     más a mi pesar que de grado.
Mas prométolo a Christus     que vos non besse la mano,
nyn me vea con ella     en yermo nin en poblado,
ffasta que venza çinco lides     en buena lid en canpo;

así como su posterior exigencia (que la Crónica de Castilla no deja de consignar a su manera) de que don Fernando acuda a Santiago para que el apóstol le arme caballero, si es que pretende que él le reconozca por señor (vv. 647-656):

Al rrey se omilló      e nol’bessó la mano.
Dixo: —Rrey, mucho me plaze     porque non so tu vassallo;
fasta que non te armasses,     non devías tener rreynado,
ca non esperas palmada     de moro nin de christiano;
mas vé velar [las tus armas]     al Padrón de Santïago;
quando oyeres la missa     ármate con [la] tu mano,
et tú te ciñe la espada     et tú deciñe commo de cabo,
et tú te sey el padrino     et tú te sey el afijado
et llámate cavallero     del Padrón de Santïago,
et serýas tú mi señor      et mandarías el tu rreynado.

      Ya he comentado, al hacer ver cómo la Crónica de Castilla y sus sucesoras desarticulan la narración épica, el encadenamiento de las lides con que Rodrigo va cumpliendo su voto hasta llegar a la campaña de castigo contra los condes después de la traición del día de la Cruz de Mayo 22.
     Queda como problema conexionado con el cumplimiento del voto de las cinco lides el de cuándo Rodrigo besa al rey la mano por primera vez, reconociéndose su vasallo, y se sacramenta con Ximena. En el Rodrigo, la primera vez que «el Castellano» besa la mano al rey es al comienzo de la expedición a Francia y en las crónicas se afirma que llega tarde al consejo reunido por el rey para contestar al Papa porque «avía poco que era casado con doña Ximena Gómez su muger et era ydo para allá», por tanto Rodrigo en ambas redacciones de la gesta ha cumplido ya su voto antes de la lid con el conde de Saboya. Ello hace imposible considerarla como la quinta de las lides del voto.
      Esta defensa que he venido realizando de una similitud estructural, mayor que la tradicionalmente supuesta por la crítica, entre la gesta de las Mocedades de Rodrigo conocida c. 1290 por la Crónica de Castilla y la que nos conserva el poema palentino copiado en el siglo XV, no debe, en modo alguno, entenderse como una afirmación de la identidad de las dos manifestaciones poéticas del tema, esto es, de que el Rodrigo llegado hasta nosotros remonte textualmente a finales del siglo XIII (hipótesis a la que recientemente [1992] parece inclinarse Martin) 23.
      En primer lugar, considero certera la apreciación de Menéndez Pidal acerca de la intencionada substitución por el Rodrigo tardío de nombres y topónimos tradicionales por otros de nueva invención. Pero aún más importante que este deseo de novedad mediante la contradicción de lo sabido me parece la presencia en el poema copiado en el siglo XV de un ritmo narrativo nuevo, muy acelarado, en que las descripciones, muchos discursos y aun las acciones sólo se esbozan, y asimismo una desintegración de la estructura poemática en laisses. Formalmente, el Rodrigo conservado no responde en absoluto al modelo chanson de geste hispana del siglo XIII, que conocemos bien a través del Mio Cid y del Roncesvalles, que se manifiesta también en los fragmentos conservados de Las particiones, que pervive en las gestas de los Infantes de Salas y de La libertad de Castilla refundidas en el siglo XIV y que aún se hace patente en las escenas de los romances épicos de fines del siglo XV y comienzos del siglo XVI, Ya comienzan los franceses, Morir os queredes padre, En Santa Gadea de Burgos, Cabalga Diego Laínez, Rey don Sancho, rey don Sancho, Castellanos y leoneses, Con cartas y mensajeros, Los hijos de doña Sancha, etc.

Epílogo

      En fin, creo haber mostrado cómo el esclarecimiento de los principios que gobiernan la reelaboración cronística de la información referente a los orígenes, crianza y mocedad, antes de llegar a ser caballero, de Rodrigo de Vivar es imprescindible para la reconstrucción de la epopeya y para la comprensión de su evolución ideológica. Pero, a la vez, me parece preciso resaltar que el estudio de esos principios resulta igualmente imprescindible para avanzar en el conocimiento de cómo se fueron formando los textos de las principales «estorias» de España, paso que ha de ser previo a la interpretación de la causa «material», ideológica, que preside los cambios de estructura y contenido y, no digamos nada, a los intentos de explicar los cambios por situaciones históricas y sociales, cuya sincronía con las novedades textuales se suele asumir demasiado expeditivamente (si es que no se cae, de forma aún más grave, en la petición de principio de datar la novedad acudiendo a la historia y luego ponerla en relación con ese determinado «tiempo» socio-histórico).

Diego Catalán, "El Cid en la historia y sus inventores."(2002)

NOTAS

1 Cintra, Crónica geral de Espanha de 1344. Edição crítica do texto português, Lisboa: Academia Portuguesa da História, t. I, 1951.

2 Menéndez Pidal, Poesía juglaresca y juglares, Madrid: C.E.H.,1924, pp. 406-407.

3 Montgomery, «The Lengthened Lines of the Mocedades de Rodrigo», RPh, XXXVIII (1984-1985), 1-14.

4 Deyermond, Epic Poetry and the Clergy. Studies on the «Mocedades de Rodrigo», Londres: Tamesis Books, 1969, pp. 54-58. 

5 Amador de los Ríos, Historia crítica de la literatura española, Madrid: José Rodríguez, 1863, t. III, p. 85. 

6 Menéndez Pidal, Poes. jugl., p. 406 y n. 1.

7 Faulhaber, reseña de la obra Epic Poetry and the Clergy de Deyermond, en RPh, XLIX (1975-1976), 555-562.

8 A. D. Deyermond, Epic Poetry

9 Cfr., respectivamente: Menéndez Pidal, Poes. jugl., p. 408 y Poesía juglaresca y orígenes de las literaturas románicas, Madrid: Instituto de Estudios Políticos, 1957 (Poes. jugl. 3), pp. 315-317; Armistead, La gesta de las «Mocedades de Rodrigo». Reflections of a Lost Epic Poem in the «Crónica de los reyes de Castilla» and the «Crónica general de 1344», PhD Thesis, Princeton, 1955 (inédita), y «The Structure  of the Refundición de las Mocedades de Rodrigo», RPh, XVII (1963-1964), 338-345; La tradición épica de las «Mocedades de Rodrigo», Salamanca, 2000; Deyermond, Epic poetry.

10 Cito por la Versión amplificada (PCG, pp. 506b, 507a y 508a, respectivamente).

11 Armistead, «The Enamored Doña Urraca in Chronicles and Balladry», RPh, XI (1957-1958), 27-29 y «The Earliest Historiographic References to the Mocedades de Rodrigo», en Solà-Solé et alii (eds.), Estudios ... a H. Hatzfeld, Barcelona: Hispam, 1974, pp. 25-34, véase pp. 29-30; La tradición ép., 2000, pp. 33-37.

12 Menéndez Pidal, Poes. jugl. 1, p. 385; Armistead, «The earliest historiographic references».

13 Menéndez Pidal, Primera crón. 2, 1955, p. CLVI.

14 La primera cita la tomo de la Versión crítica (en la ed. de Menéndez Pidal, Reliquias 1, 1951, y Reliquias 2, 1980, p. 225); la segunda cita, de la Versión amplificada (PCG, p. 506a-b), ya que la Versión mixta y la Versión crítica son similares.

15 Cintra, Crón. 1344, p. CCXLVIII; Armistead, «The Enamored Doña Urraca» [o La tradición ép., pp. 49-52].

16 Martin, Les juges de Castille. Mentalités et discours historique dans l’Espagne médiévale, París: Klincksieck, Annexes des Cahiers de linguistique hispanique médiévale (6), 1992, pp. 447-450.

17 Armistead, La gesta de las «Mocedades de Rodrigo»; «The structure», pp. 20-54, y «A Lost Version of the Cantar de gesta de las Mocedades de Rodrigo in the Second Redaction of Rodríguez de Almela’s Compendio historial», University of California Publications in Modern Philology, XXXVIII (4), 1963, pp. 299-336 [; los dos artículos reunidos en La tradición ép., 2000, pp. 91-119 y 59-67]; Pattison, From Legend to Chronicle. The Treatment of Epic Material in Alphonsine Historiography, Oxford: Society for Study of Mediæval Language and Literature, Medium Ævum Monographs - New Series (13), 1983, pp. 84-85.

18 Menéndez Pidal, ya desde L’épopée castillane à travers la littérature espagnole, Paris: Armand Colin, 1910, pp. 133-141; Armistead, La gesta de las «Mocedades de Rodrigo»; «The structure» [La tradición ép., pp. 59-67].

19 Menéndez Pidal, L’épopée cast., p. 123.

20 Armistead, «The structure», p. 342 [ó La tradición ép., p. 63]; Deyermond, Epic Poetry, pp. 12-13.

21 Menéndez Pidal, L’épopée cast., p. 128; Guerrieri Crocetti, L’epica spagnola, Milano: Bianchi-Giovini, 1944, p. 378; Armistead, «The structure», p. 342 [o La tradición ép., p. 63]; Deyermond, Epic Poetry, p. 13. 

22 [Para una más completa exposición, véase Catalán, La épica española, 2000, cap. III, pp. 291-294 y n. 32 y cap. VI, p. 525 y n. 37. 

23 Martin, Les juges, livre III, chap. I.

Letras capitulares  basadas en las ilustraciones de François Desprez

Índice de capítulos:

* PRESENTACIÓN

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (1)
   a. La realidad se forja en los relatos

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (2)
    b. Rodrigo, Campeador invicto para sus coetáneos

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (3)
   c. Del Campeador al Mio Cid. Los nietos del Cid y la herencia cidiana

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (4)
   d. Rodrigo, el vasallo leal, a prueba

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (5)
   e. El Soberbio Castellano

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (6)
   f. El Cid se adueña de la Historia y la Historia anquilosa la figura del  Cid

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (7)
   g. El Cid del Romancero salva al personaje literario del corsé historiográfico

* II EL «IHANTE» QUE QUEMÓ LA MEZQUITA DE ELVIRA Y LA CRISIS DE NAVARRA EN EL SIGLO XI 

*  III LA NAVARRA NAJERENSE Y SU FRONTERA CON AL-ANDALUS

*   IV EL MIO CID Y SU INTENCIONALIDAD HISTÓRICA

V EL MIO CID DE ALFONSO X Y EL DEL PSEUDO IBN AL-FARAŶ

VI RODRIGO EN LA CRÓNICA DE CASTILLA. MONARQUÍA ARISTOCRÁTICA Y MANIPULACIÓN DE LAS FUENTES POR LA HISTORIA

* VII LA HISTORIA NACIONAL ANTE EL CID

* APÉNDICE I.  SOBRE LA FECHA DE LA HISTORIA RODERICI

* APÉNDICE II. SOBRE LA FECHA DE LA CHRONICA NAIARENSIS

* ÍNDICE DE REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS (Y CLAVE DE SIGLAS)

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V EL MIO CID DE ALFONSO X Y EL DEL PSEUDO IBN AL-FARAŶ

V EL MIO CID DE ALFONSO X Y EL DEL PSEUDO IBN AL-FARAŶ


a. La Historiografía y la reconstrucción del género épico

      En 1865 Gaston Paris resumía de forma tajante: «L’Espagne n’a pas eu d’épopée. D’habiles critiques ont démontré ce fait et en ont donné les raisons; nous n’avons pas à y revenir ici»1. Y, sin embargo, por entonces ya se conocían los dos únicos poemas que han llegado hasta nosotros más o menos completos en forma métrica, el Mío Cid y el Rodrigo; pero Ferdinand Wolf había visto en ellos sólo un desdichado e imposible esfuerzo por aclimatar en España un género poético que le era totalmente extraño, la epopeya francesa 2. Sólo en 1874 Milà i Fontanals probó que esos dos poemas no eran intento aislado y fallido de adaptación de un género literario transpirenaico, sino simplemente las únicas muestras sobrevivientes de una poesía heroico-popular que durante siglos gozó de éxito en Castilla y cuyos temas histórico-dramáticos podían ser reconstruidos gracias a los resúmenes que de ellos conservaba la historiografía medieval 3.
      Para descubrir y restaurar el viejo edificio de la épica española, hubo, pues, que desescombrar previamente las venerables ruinas que de ella quedaban en las Crónicas. La empresa no era fácil; la filología de fines del siglo XIX, ante la enmarañada selva de manuscritos cronísticos que las bibliotecas públicas y particulares le proporcionaban, tuvo que hacerse la misma contrariada observación que, en el siglo XVI, Gonzalo Fernández de Oviedo: «en todas las que andan por España que General Historia se llaman, no hallo una que conforme con otra» 4. No obstante, dentro aún del siglo XIX (en publicaciones de 1896-1898) 5 el joven Menéndez Pidal acometió, con éxito indudable, la tarea de desembrollar la compleja genealogía de las Crónicas medievales, apartando del hacinamiento en que yacían los tipos más notables que de ellas existieron y explicando sus caracteres y algo de su contenido. Apoyándose en el tronco y ramas de este su árbol genealógico de las Crónicas, Menéndez Pidal desarrolló paralelamente su reconstrucción de la frondosa historia de la poesía épica castellana 6.
      Medio siglo después de reconstruido el árbol genealógico de las Crónicas, los conocimientos en este campo de la erudición filológica permanecían estacionarios 7 (pese a los interrogantes que había abierto Babbitt en su estudio sobre la Crónica de veinte reyes) 8. Y, consecuentemente, estacionaria permanecía también la imagen de la poesía épica entrevista a través de las reliquias conservadas en las Crónicas. De tan desesperanzadora inmovilidad vino a sacar a los estudios cronísticos la obra de Lindley Cintra en 1951 9. Con sus hallazgos, la actividad refundidora que dio lugar a los principales tipos de Crónica General quedó encerrada entre límites temporales mucho más estrechos que los supuestos por Menéndez Pidal, toda vez que la Crónica de Castilla y la Crónica de veinte reyes anteceden, no siguen, a la Crónica de 1344 como Menéndez Pidal había creído 10.
      Siguiendo los pasos de Cintra, y contando con el estudio de las fuentes de la Primera crónica incluido en la 2ª edición, de 1955, por Menéndez Pidal 11, acometí en los años 1958-60 el estudio de la Estoria de España alfonsí volviendo al punto de partida, los manuscritos, la «selva selvaggia e aspra e forte». Ya a comienzos de los años ’60, a medio camino en mi peregrinar por las trochas recién abiertas, creí posible mostrar alguna que otra pista desbrozada, conducente hacia nuevos derroteros 12. Y, como es natural, una vez sometida a renovación la historia de la génesis y estructura de las Crónicas Generales, comenzaron a decantarse nuevas conclusiones respecto a la epopeya.

b. La «Estoria de España» de Alfonso X y la «Primera crónica general»

      El punto de partida de mi renovación crítica 13 fue la devaluación de la versión de la Primera crónica conservada por los códices escurialenses E1, de factura alfonsí 14, y E2, posterior al  año 1289 (Sancho IV) pero que dice ser continuación de E1 15. Estos dos volúmenes, pertenecientes a la cámara real castellana, venían siendo considerados como la versión definitiva, oficial, de la Estoria de España concebida por Alfonso X 16; sobre ellos se basa la edición Menéndez Pidal 17. Pero el segundo volumen regio escurialense resulta ser un códice mixto, formado cuando mediaba el siglo XIV (reinando Alfonso XI) a partir de manuscritos en su origen independientes, enlazados y completados por el tardío formador de ese volumen artificioso 18. Su parte central está, en efecto, constituida por un lujoso manuscrito de tiempo de Sancho IV (de 1289, o poco posterior), que comenzaba en Ramiro I y acababa inmediatamente antes del cerco de Aledo y de la sublevación de Valencia contra al-Qādir y el Cid 19; y quizá era parte o continuación de este mismo manuscrito la sección del códice escurialense que abarca desde las postrimerías de Alfonso VI hasta comienzos del reinado de San Fernando 20. Pero a este núcleo, E2(orig), se le añadió por el principio un par de cuadernos con la historia de los primeros reyes asturianos. Esos cuadernos formaban primitivamente parte del volumen regio alfonsí E1 21, de donde los arrancó el formador del códice facticio. Además de traspasar esos cuadernos de un códice a otro, el formador de E2 se encargó de hacer en ambos las necesarias enmiendas y lañas 22. De su mano es también una larga adición de cinco cuadernos destinada a completar la inconclusa historia de Fernando III 23. En fin, también contemporánea de la formación artificiosa del códice E2  es la mano que trascribió en el centro del volumen la historia cidiana desde la sublevación de Valencia en adelante 24.
      La artificiosidad del manuscrito E2  no es una mera nota curiosa en la biografía de un códice prestigioso, sino que tiene el interés de iluminarnos la estructura misma de la Primera crónica general, poniendo en duda la representatividad de ciertas secciones de ella como texto definitivo de la Estoria de España alfonsí. En efecto, una vez fragmentado el volumen «regio», cada una de sus partes componentes adquiere especial personalidad, y, salvo el fragmento inicial segregado en el siglo XIV del viejo  códice E1  25, ninguna puede ya aspirar al título de texto «oficial» de la Estoria de España. La representatividad de los varios fragmentos ha de ser juzgada en adelante atendiendo sólo a su propio valor; y ese valor es, a todas luces, muy desigual. Por ejemplo, el lujoso manuscrito que empezaba en Ramiro I se caracteriza por su redacción ampulosa, la cual es fruto de una tardía labor  de retoque estilístico, realizada en 1289 bajo Sancho IV, a la que son ajenos otros manuscritos que nos conservan fielmente una redacción primitiva, alfonsí de esa sección de la Estoria 26; el añadido final hecho al reinado de Fernando III por el formador del volumen facticio se basa en una fuente post-alfonsí, que llega incluso a atribuir a Alfonso X, siendo infante, acciones guerreras de su tío el infante don Alfonso de Molina 27.
      Estas y otras observaciones 28 nos permiten asegurar, de una parte, que la Primera crónica general es aún más alfonsí en su elaboración que lo supuesto en sus últimos estudios de ella por Menéndez Pidal, pues en 1289, bajo Sancho IV, lo único que se hacía respecto a su contenido era reescribir, amplificando retóricamente, cierta parte previamente compuesta en días de Alfonso X 29; pero, por otro lado, nos dejan sin una versión «oficial» de la obra alfonsí y llenos de dudas acerca del valor que, más acá de los primeros reyes asturianos 30, puedan tener las diferentes secciones de la Primera crónica general como representantes de la Estoria de España de Alfonso X.
      Llegados a este punto, cobran nuevo interés las observaciones hechas de antiguo por Menéndez Pidal sobre la progresiva decadencia que revela la estructura de la Crónica en la llamada «Cuarta Parte» o historia de los reyes castellanos 31. En efecto, un atento  examen de los tres reinados de Fernando I, Sancho II y Alfonso VI, por ejemplo, nos muestra claramente que la Estoria de España quedó interrumpida cuando esta parte se hallaba aún en telar: al lado de ciertos trechos compilatoriamente bien acabados, otros se hallaban aún a medio elaborar cuando [por circunstancias históricas imprevisibles] hubo una interrupción en el trabajo de «ayuntamiento» de las fuentes y de redacción del texto de c. 1270 32. Luego, en tiempos post-alfonsíes, copistas y eruditos empalmaron y retocaron como pudieron los inconclusos borradores y divulgaron, dándolos por obra definitiva, los contenidos de los cuadernos de trabajo alfonsíes 33; de ahí el tan desigual grado de confianza que, a mi parecer, merecen las distintas secciones de la Primera crónica.
      Esta devaluación de la Primera crónica general confiere nuevo interés a las otras redacciones de la Crónica, que, a veces, según Menéndez Pidal ya notaba, reflejan el texto de las fuentes con mayor fidelidad que la propia Primera crónica. Admitida la antigüedad de los prototipos de las Crónicas de veinte reyes, manuelina y de Castilla (según la cronología que estableció Cintra) 34 podemos pensar que en ciertas secciones sean incluso más fieles representantes del proyecto alfonsí que la Primera crónica en su parte correspondiente.
      En las páginas que siguen voy a presentar un caso particular muy ilustrativo, tratando de exponer a continuación las repercusiones que el nuevo análisis de esa sección de la Crónica tiene en la historia de la epopeya 35.

c. El fin de la «Estoria de España» alfonsí y la «Estoria caradignense del Cid»

      Según ya hemos apuntado, una de las importantes divisiones que presenta el manuscrito artificioso E2  ocurre inmediatamente antes de la sublevación de Valencia con Ibn Ŷāḥḥāf (Abeniaf). El copista que a fines del siglo XIII escribió el lujoso manuscrito iniciado en Ramiro I interrumpió de pronto su trabajo en el capítulo 896 (de PCG), sin concluir ese capítulo 36, cuyo titular anuncia varios sucesos que no llegaron a relatarse 37, y dejó en blanco buena parte del cuaderno que estaba utilizando 38. Cuando a mediados del siglo XIV una nueva mano 39 trató de completar la historia cidiana allí abandonada, trascribiendo, con factura bastante tosca, un texto de origen independiente (cuya particular numeración de capítulos incluso conservó en su copia) 40, prescindió de parte de los sucesos anunciados en el epígrafe, conforme hacía el manuscrito que le servía de base. La misma sutura presentan otros textos: el manuscrito F y la Crónica ocampiana 41. Pero mucho más interesante que esta laguna (ya denunciada por Menéndez Pidal 42), como índice de una profunda división en la Primera crónica general, es el radical cambio de estructura que a partir de este punto se produce en ella.
      Antes del capítulo 896, el equipo de técnicos de la escuela alfonsí dedicado a la Estoria de España había elaborado un relato del reinado de Alfonso VI perfectamente concorde con los principios compilatorios que regían la elaboración de esa gran empresa historiográfica 43. El espinazo de la narración venía a estar formado, como de ordinario, por una versión de las dos historias generales latinas del reino castellano-leonés, la del Toledano y la del Tudense, minuciosamente entrelazadas en un relato único; pero en este reinado, tan rico en fuentes particulares, a estas dos historias de carácter general se sumaban, como constituyentes esenciales de la narración, tres historias especializadas: la historia de la pérdida de Valencia titulada al-Bayān al wādiḥ fī al-mulimm al-fadīḥ   de Ibn ‘Alqama 44, la Historia Roderici y el Mío Cid, referentes todas tres al hidalgo castellano. Toda esta materia se ordenaba, conforme a un muy novedoso esfuerzo de precisión cronológica, por años de reinado 45.

«Andados II annos del regnado del rey don Alffonsso, et fue esto en la era de mill et cient II annos, et andaua otrossí estonces ell anno de la Encarnatión del Sennor en mill et LXIIII, et el de Henrric emperador de Roma en XVI, en este anno...» (PCG, p. 521b21-26); «Del tercero anno del regnado deste rey don Alffonso non fallamos otra cosa de contar que pora aquí pertenesca, sinon que...» (PCG, p. 522a16-17); etc... «Andados XIII annos del regnado deste rey don Alffonsso, et fue esto en la era de mill et CXIII annos, et andaua otrossí estonces el anno de la Encarnación del Sennor en mill et LXXV, et el de Henrric emperador de Roma en XXVII, pues que...» (PCG, p. 537a29-34); «Del XIII anno fastal XVII del regnado deste rey don Alffonsso non fallamos cosa que de contar sea que a la estoria pertenesca, sinon tanto que en el XIIII...» (PCG, p. 538a12-15); etc.

      Como complemento de las grandes fuentes de carácter narrativo, se incorporaban las breves noticias que sobre sucesos muy particulares proporcionaban otras fuentes historiográficas de carácter muy vario.

      1) La Historia Arabum del propio arzobispo toledano don Rodrigo Ximénez de Rada:

Muerte de Habeth Almutámiz y reinado de Aben Habeth en Sevilla y en Córdoba (PCG, c. 858, p. 531b-22-29. HArab. XLVIII, 282a, con retoques); sustitución de los nombres de los reyes de Zaragoza dados por la Historia Roderici (PCG, caps. 859, 860, 863, pp. 532a13, 46, b1, 2, 4, 6, 11, 16, 535a5, b8. HArab. XLIX, 282a); Alcadirbille, sobrenombre de Yahya de Toledo (PCG, c. 866, p. 537a36. HArab. XLIX, 282a); retoques en la sucesión de reyes zaragozanos dada por Ibn ‘Alqama (PCG, c. 877, p. 548b9, 549a28-29. HArab. XLIX, 283a); señorío de Yuçaf Almiramomelín en el Andalucía (PCG, c. 887, p. 558a30-b5. HArab. XLVIII, p. 282a46; alteración del nombre del rey de Zaragoza (PCG, c. 890, p. 559b40. HArab. XLIX, 283a).

2) Un Liber regum amplificado 47:

Pormenores sobre las mujeres de Alfonso VI (PCG, c. 847, pp. 520b34-35, 521a17 y quizá 521a42-b7 y b11-14. LReg.1, p. 210, LReg.2, p. 484); lides del Cid con Xemen García de Torrellos y con el moro Fáriz (PCG, c. 848, p. 522a23-33. LReg.2, p. 493); muerte de Diag Royz hijo del Cid en la lide de Consuegra (PCG, c. 866, p. 538a9-11. LReg.2, p. 494). 

3) El Cronicón lusitano:

Conquista de Coria (PCG, c. 866, p. 538a27-29. CrLus., p. 10a); derrota de Sacralias (PCG, c. 887, pp. 557b42-558a30. CrLus., p. 10a).

4) Otros anales, sin duda de origen navarro-aragonés 48:

Desbarato en Ayona de Sancho el Mayor (PCG, p. 473a25-32); Sancho el Mayor muere en Asturias traidoramente asesinado por un peón (PCG, p. 481b12-15); el rey García puebla Piédrola y conquista y repuebla Funes (PCG, p. 484b16-18); el rey García vence y mata a Limaymón en Rencón de Soto y conquista Calahorra (PCG, p. 484b19-21). A esta misma obra analística desconocida, interesada por la historia navarro-aragonesa, habrá que adscribir probablemente, en el reinado de Alfonso VI, la noticia de la muerte del infante don Ramiro y el conde don Gonçalo en la traición de Rueda (PCG, c. 864, p. 536a3-4), y, desde luego, la referencia a la sucesión en el trono aragonés: don Pedro-Alfonso el Batallero (PCG, c. 865, p. 537a13-16); quizá proceda también de esta fuente la muerte del rey don Sancho en Peñalén (PCG, c. 846, p. 520b21-22) 49 e incluso algunos detalles históricos añadidos a la Historia Roderici en los caps. 848 y 862.

5) Y unos terceros, posiblemente toledanos 50:

Alfonso VI derrotado en Consuegra por Abenalhage (PCG, c. 866, p. 538a6-9); Abenalhage derrota y malhiere a Alvar Háñez en Almodóvar (PCG, c. 866, p. 538a23-26); derrota de Alvar Háñez y de los hijos de Gómez Díaz (PCG, c. 888, p. 558b45-48); Abenalhage derrota en el *Espartal a los de Extremadura (PCG, c. 888, p. 559a1-2).

6) Además, se añadían rápidas referencias a la historia traspirenaica procedentes de Sigebertus Gemblacensis:

Sucesión papal: Alexandre-Aldebrando (Gregorio VII), PCG, 848, p. 522a18-22, según Sigeb. a. 1073 51.

      Súbitamente, a partir del capítulo 896, la Primera crónica general (en los tres textos o prototipos que aquí contienen su versión) 52 abandona toda precisión cronológica, dejando de consignar el comienzo de nuevos años de reinado 53; con la estructuración en anales desaparecen conjuntamente las referencias a la sucesión de papas, emperadores y reyes de Francia tomadas de Sigeberto, así como toda noticia de carácter analístico, incluso las del Cronicón lusitano. También se prescinde por completo —lo cual es bien notable— de la Historia Roderici 54. Consecuentemente, en lo que sigue queda como fuente única la historia valenciana de Ibn ‘Alqama desnuda de toda adición. Después, se acude, sin conjuntar tampoco su narración con informes de otro origen, a un texto de procedencia épica (cuyo modelo más o menos lejano es el Mio Cid) continuado por la monacal *Leyenda de Cardeña, esto es, se trascribe simplemente una *Estoria del Cid que, según su filiación apócrifa, habría escrito en arábigo Abenalfarax, sobrino de Alhuacaxí y alguacil del Cid 55. 
      La misma radical modificación estructural al llegar a este punto se percibe en otras dos Crónicas, la manuelina y la de Castilla 56. En cambio, los manuscritos de la Crónica de veinte reyes [y el ms. Ss, que conserva la Versión crítica en toda su extensión, descubierto en 1983 (véase La Estoria de esp. de Alf. X, pp. 135-137)] continúan mostrando la misma ténica historiográfica compliatoria antes y después del cerco de Aledo y sublevación de Valencia. En los capítulos anteriores nos ofrecen, en redacción generalmente más resumida, un relato paralelo al de las restantes Crónicas Generales, fundado en la misma minuciosa compilación de unas mismas fuentes, sometidas a una similar ordenación cronológica. A partir del capítulo correspondiente al 896, en cambio, la [Versión crítica y, por tanto, la] Crónica de veinte reyes se separa totalmente de la Primera crónica (y textos relacionados) 57 en cuanto a estructura y fuentes empleadas, ya que nunca abandona la técnica compilatoria característica de la Estoria de España alfonsí. Veámoslo con algún detalle. [Dado que todas las características de la Crónica de veinte reyes que examino seguidamente son igualmente propias del ms. Ss de la Versión crítica, dejaré en adelante de hablar de la familia de textos que llamamos Crónica de veinte reyes, según hacía en 1963, y me referiré siempre al prototipo de que depende, la Versión crítica].
      En los primeros tres años del reinado de Alfonso VI, la Versión crítica entrelaza, en forma idéntica a la Primera crónica, los relatos del Toledano y el Tudense, enriquecidos con idénticos pormenores procedentes del Liber regum amplificado y de una leyenda piadosa 58; a esa narración se suman las mismas tres noticias independientes basadas en unos anales (quizá navarro-aragoneses), en Sigeberto y en el Liber regum 59. En los años 4º a 8º del reinado, combina, exactamente como la Primera crónica, los dos relatos del destierro del Cid que le ofrecían la Historia Roderici y el Mio Cid, idénticamente retocados en ciertos pormenores onomásticos con De rebus Hispaniae y con la Historia Arabum del Toledano 60; y, en medio de esa narración, interpola la misma noticia de carácter independiente tomada de la Historia Arabum (sucesión de Aben Habet en Sevilla) 61. En los años siguientes (Toledo-invasión almorávide), aunque la Versión crítica disiente de la Primera crónica (y textos emparentados) en la cronología y ordenación de los sucesos, la identidad estructural entre una y otra obra se subraya por el gran número de fuentes utilizadas de una misma forma. Ambas crónicas manejan tres narraciones básicas idénticas: el Toledano y el Tudense entretejidos (y retocados en algún pormenor con Ibn ‘Alqama) 62, la Historia Roderici (enmendada en un par de detalles con el Toledano) 63 Ibn ‘Alqama (corregido a su vez en un detalle con la Historia Arabum) 64; además, una y otra aprovechan los mismos datos de tres obras analísticas: el Cronicón lusitano 65, unos anales navarro-aragoneses 66 y otros toledanos 67; así como de dos historias breves: el Liber regum y la Historia Arabum 68. Después de la invasión almorávide, las crónicas vuelven a coincidir en todo (incluso en la ordenación cronológica), presentando idéntica mezcla de la Historia Roderici (con la misma omisión de los párrafos que van del § 32 a la primera mitad del § 37) e Ibn ‘Alqama (con igual  enmienda en atención a la Historia Arabum) 69.
      En la sección posterior al cerco de Aledo y rebelión de Valencia, la Versión crítica sigue ella sola organizando metódicamente la narración por años de reinado 70; continúa igualmente incorporando, al fin de cada año, las noticias ultrapirenaicas, basadas en Sigebertus Gemblacensis y en Martinus Oppaviensis (Martín Polono), sobre sucesión de papas, emperadores y reyes de Francia:

«murió el papa Urban e fue puesto en su logar Pascual el segundo, e fueron con el çiento e ssesenta e quatro apostoligos» 71,

«murió el enperador Enrrique e rregnó enpos el su fijo don Enrrique el quinto quinze años. En su tienpo deste enperador sse començó la horden del Tenplo 72,

«en este sobre dicho año otrossý murió otrossý don Felipe rrey de Françia e rregno en pos el su fijo don Loys el quinto veynte e quatro años» 73;

así como nuevos datos de procedencia analística, tomados del Cronicón lusitano:

«sacó ese rrey don Alfonso su hueste e fue sobre Santarén que es en Portogal que era de moros e çercóla e prísola, e esto fue Sabado dos días por andar de Abril. Desí fue luego de esa sobre Lixbona e prísola otrossý, e esto fue Jueues tres días de Mayo. Después desto fue sobre Sintra Sabado seys días de Mayo. Estos logares que auemos dichos dio el rrey en guarda a su yerno el conde don Remondo, el que fue padre del enperador don Alfonso, e el conde dexó de su mano a don Suero Melendes. E el rrey don Alfonso tornósse estonces para Toledo» 74,

y de los otros anales, los toledanos y los navarro-aragoneses 75:

«Garci Ximénez, un rico omne que tenié el castiello —de Alaedo—, fue en pos ellos e ferió en la çaga de los moros, e mató e desbarató muchos» (a. 26º).

«En este año otrosý ouo el rrey don Alfonso de Aragón batalla con los almoráuides en vn lugar que dizen Cotanda, e fueron ý tres rreyes moros, Auenhuerca e Auetentrimad e Auolfátima, e vençiólos todos, e después conquirió Daroca (a. 31º)»

«En este año otrossý mataron los christianos a Almozcaén en Valtierra, e matólo con su mano Lop Garciéz (o «L. Gonçales», o «L. Sánchez») de Viluiello (o «Valdiello») e Martin López de Valtierra. Allý fue preso el conde Ladrón e el conde don Enrrique padre del rrey don Alfonso de Portogal (a. 31º)»

«el rrey don Alfonso de Aragón de so vno con el conde don Rodrigo d’Alperchos e el conde don Cuntel (o «Cantel» o «Cuntal» e don Gascón ganó Tudela que era de moros (a. 33º)»

«mataron los moros a las potestades con engaños en Huesca» (a. 38º)»

«lidió el rrey don Alfonso de Aragón con Benalhange entre Çaragoça e Barçelona en vn lugar que dizen Lubregad, que es entre Tarragona e la dicha Barçelona, e fue vençido Benalhange e allí fue muerto (a. 40º)»

[«En este año fue este rrey don Alfonso de Aragón con grand hueste sobre Málaga, e duró alla honze meses, e después, a su tornada, ouo vn muy grand torneo en Murçia. E después, dende a pocos días ouo batalla con moros en Daraçuel e venció los moros e mató ý muchos dellos» (a. 43º)] 76

y, desde luego, no olvida la importante Historia Roderici 77, ni el viejo Mio Cid 78, que, junto con Ibn ‘Alqama, siguen siendo las fuentes básicas de la narración relativa al héroe castellano.
      Ante tales observaciones, me parece evidente que más acá del capítulo 896 la Primera crónica general (y con ella las Crónicas hermanas manuelina y de Castilla) carece de suficientes merecimientos para ser considerada representativa de la Estoria de España alfonsí. Ya en los capítulos inmediatamente anteriores (relativos a la invasión almorávide) la duplicación de la batalla de Sagrajas, debida a una errónea interpretación de lo que en su origen fue simple yuxtaposición de dos versiones aún no conjuntadas en un relato definitivo, nos pone de manifiesto que la elaboración de la Estoria de España quedó interrumpida en esta parte antes de ser acabada 79; pero en los capítulos que siguen al 896 la tarea compilatoria estaba aún menos avanzada. Sólo así se explica que el refundidor de 1289, al proponerse amplificar retóricamente la redacción de la Primera crónica desde Ramiro I, interrumpiese su tarea a mitad de ese capítulo 896; y sólo ello justifica el que en textos posteriores 80 se completase la historia del Cid de una forma tan deficiente como la que hemos descrito. Creo pues indudable que a partir del capítulo 896, hasta la muerte del Cid, [los «estoriadores alfonsíes» que en c. 1270 elaboraban] la Estoria de España... nunca llegaron a redactar esta sección histórica. [Con qué componentes contaban para la redacción de esa sección] en caso de haber realizado el proyecto alfonsí de los años ‘70 nos lo deja entrever la Versión crítica (no las otras Crónicas Generales); pero este texto, que reproduce una nueva redacción de la Estoria, [elaborada en Sevilla c. 1283 en plena guerra civil cuando Alfonso X no dominaba Toledo ni Castilla y León] responde a criterios de elaboración disimilares a los que regían c. 1270 81.
     Esta valoración nueva de las Crónicas antes y después de la sublevación de Valencia repercute muy directamente en la historia de la vida tradicional durante los siglos XIII y XIV del Mio Cid, trazada por la crítica antes de la publicación en 1963 de este trabajo.

d. El «Mio Cid» que utilizó Alfonso X

      La historia del Mio Cid como una gesta en continuada reelaboración juglaresca desde mediados del siglo XII hasta las postrimerías de la Edad Media, fue reconstruida en sus líneas generales por Menéndez Pidal en 1898 («El Poema del Cid y las Crónicas generales de España»), y, con ligeros retoques, fue luego acogida en Cantar de Mio Cid (1908-1911; 2ª ed. 1944) y en Poesía juglaresca y juglares (1924), y reajustada (sin introducir grandes alteraciones) en Poesía juglaresca y orígenes de las literaturas románicas (1957) para armonizarla con las nuevas precisiones cronológicas sobre historiografía post-alfonsí de Cintra (1951) 82. Según esa reconstrucción, que se haría clásica, las Crónicas Generales nos permitirían asistir, paso a paso, a la sucesiva adaptación de la vieja gesta de hacia 1140 83 a los gustos nuevos, triunfantes en la epopeya de los siglos XIII y XIV. En la Primera crónica general, iniciada por Alfonso X hacia 1270, el Mio Cid que aparece prosificado es ya una refundición muy alterada del antiguo poema del siglo XII 84; la sobria estructura primitiva se halla recargada con incidencias y personajes nuevos 85, al mismo tiempo que el tono mesurado y noble de la vieja gesta se ha descompuesto dando lugar a escenas llenas de desmanes, alborotos, voces y golpes 86. Más tarde, en el siglo XIV, habrían venido a sustituir a esta refundición otras aún más innovadoras, como la que deja su huella en la Crónica manuelina y en la Crónica de Castilla (a comienzos de ese siglo) 87; y la renovación continuaría hasta el siglo XV 88, en que la gesta de desintegraría ya en fragmentos romancísticos 89. Pero en el siglo XIV la vieja versión del Mio Cid de c. 1140 aún competía literariamente con sus más novedosas refundiciones: El autor de la Crónica de veinte reyes (crónica considerada como algo posterior a la de Castilla 90), sea porque algunos juglares resucitasen por entonces, a título de novedad, los poemas arcaicos 91, o simplemente a causa  de su fino paladar crítico de historiador 92, cuando emprendió la refundición de la Primera crónica, prefirió sustituir los novelescos relatos que habían acogido las restantes Crónicas Generales por una fiel prosificación del poema primitivo (el del siglo XII).
      Estas venían siendo las ideas comúnmente admitidas por la crítica hasta 1962. Pero en vista de mi nueva concepción de las Crónicas, consideré preciso modificar profundamente tales conclusiones.
      Ya Menéndez Pidal había observado, desde antiguo, el contraste en la Primera crónica general entre dos secciones de la prosificación del Mio Cid:

«la Crónica coincide en todo con el antiguo Cantar hasta el verso 1094 [léase, mejor, 1097] 93, salvo muy ligeras variantes; los versos que siguen hasta el 1120 faltan en la Crónica...; en fin, hasta el verso 1251 94 no empieza la divergencia bien perceptible de ambos textos»;

pero creyó explicable esta doble actitud del juglar refundidor por el hecho, bien conocido, de que son las conclusiones de los poemas las que más atraen la imaginadción renovadora y no los comienzos 95.
      A mi parecer, tan precisa frontera entre la parte inalterada y la parte refundida depende de un cambio en la estructura de la Primera crónica, no de un cambio en la actitud recreadora de un juglar refundidor del poema de Mio Cid.
      En la sección de la Primera crónica general anterior a la sublevación de Valencia, cuando áun no se echa de menos la información de ninguna de las fuentes alfonsíes y se mantiene en ella la estructuración analística propia de la Estoria de España, el Mio Cid prosificado (en los capítulos 850-862 de PCG) en nada difiere del conocido 96. La identidad de ambas versiones —la prosificada y la que conocemos en forma métrica— me parece indisputable: comparando verso a verso y línea por línea las dos narraciones, no hallo más divergencias que las surgidas naturalmente de adaptar la exposición poética al estilo narrativo cronístico.
      En un principio, a los 424 primeros versos del Mio Cid, relativos al paso del desterrado por Burgos y Cardeña y a su salida de Castilla, corresponden dos breves capítulos cronísticos (PCG, caps. 851 y 852), en que sólo se aprovechan los datos «históricos» esenciales; el resumen es demasiado rápido para poder apreciar la identidad o divergencia de los dos textos poéticos. La única diferencia noticiable es el reajuste cronológico consistente en hacer que el Cid no duerma en Cardeña y que salga, por tanto, del monasterio trasnochando («desque fue la noche espidiósse... Et andido toda essa noche, et fue otro día a yantar a Espinaz de Can», PCG, p. 524b11-14); la corrección se explica a mi parecer mejor como simple retoque historiográfico que como innovación juglaresca 97.
      Una vez que el Cid abandona Castilla y el poema se dedica a reseñar acciones guerreras, la Crónica prosifica el Mio Cid verso por verso, esforzándose en recoger de cada uno de ellos un máximo de información. Esta técnica prosificatoria explica que, para destruir el ritmo y la asonancia poéticas, se tienda con cierta frecuencia a envolver el verso en una frase algo más amplia, adicionada con pequeñas deducciones 98; creo innecesario detenerme a analizar aquí cómo los historiadores alfonsíes adaptaron cada uno de los versos 425-1097 del Mio Cid a una prosa cronística, basta hacer notar que, en general, reprodujeron con una gran fidelidad el texto poético. Este respeto, no ya sólo a los hechos narrados, sino a la propia forma de narrarlos, nos permite asegurar que el Mio Cid de Alfonso X, en su «Cantar del Destierro», era, en la inmensa mayoría de sus versos, idéntico al copiado [para el concejo de Vivar en el s. XIV] que lleva el explicit de Per Abbat. Sólo ocasionalmente el historiador consideró preciso extender su labor interpretativa de la fuente poética más allá de los discretos límites habituales, entremetiéndose a explicar, glosar o arreglar la información de la gesta; son estas dilataciones y arreglos, que Menéndez Pidal creyó a veces reflejo de innovaciones poéticas introducidas por un juglar refundidor, lo que nos interesa examinar con detalle a fin de probar mi anticipada conclusión.
      En dos pasajes, la generosidad del héroe con los moros vencidos, según el poema, suscita comentarios aclaratorios por parte del cronista. Así, cuando al abandonar Castejón, el Cid liberta a cien moros y a cien moras (versos 534-535), el historiador razona por su cuenta: «ca paresçrie mal de leuar moros nin moras en nuestro rastro, et non nos conuiene agora, mas andar los mas afforrechos que pudiermos, como omnes que andan en guerras et en lides et an a guarir por sus manos et sus armas» (PCG, pp. 525b48-526a4); y, más tarde, reinterpreta el discurso del Cid sobre cómo tratar a los moros de Alcocer (versos 617-622) 99: «Et  de como yo cuedo, en este castiello a grand auer, et moros et moras que fincan aun y; et podemoslos uender et matar; mas pero si los mataremos non ganaremos y nada; et tengo que ualdra mas que coiamos aca dentro aquellos que fincaron fuera, et ellos que saben la villa, mostrarnos an buenas posadas et los aueres que yazen ascondidos en las casas, et seruir nos hemos dellos» (PCG, p. 527a7-16).
      El deseo de justificar detenidamente los actos del héroe, en términos de estrategia militar, da lugar a glosas diversas: el Cid vende Alcocer «porque quiere salir dalli a yr uuscar mas conseio del que tenien et auie mester auer que diesse a las compannas con que se guisassen» (PCG, p. 530b8-11; fundándose en que el Campeador reparte seguidamente el dinero entre sus vasallos, versos 847-850); cuando, cercado en Alcocer por Fáriz y Galve, el Cid razona a su mesnada «que nos queramos yr de noch no nos lo consintran / grandes son los poderes por con ellos lidiar» (versos 668-669), la Crónica insiste y aclara: «ellos son grandes compannas et grandes los sus poderes, et nos pocos et estamos en su tierra. Et que nos queramos yr de noche a furto, nin lo podremos fazer nin nos lo consintrien ellos, ca nos tienen cercados de todas partes et uer nos yen. Otrossi con ellos non podriemos lidiar, ca son los moros muchos ademas» (PCG, p. 527b30-38), y lo mismo hace con la respuesta de Alvar Hañez («De Castiella la gentil exidos somos aca / si con moros non lidiaremos no nos daran del pan», versos 672-673): «Sallidos somos de Castiella la noble et la loçana et uenidos a este lugar do nos es mester esfuerço. Si con moros non lidiaremos, sabed que los moros non nos querran dar del pan» (PCG, p. 527b40-44) 100. Con voluntad de completar la información en el terreno militar, el historiador, que ha contado siguiendo al poema el acuerdo tomado por el Cid de echar fuera de la villa a los moros encerrados con él en Alcocer, por «que non sopiesse ninguno esta su poridad» (v. 680), se cree obligado incluso a detallar: «por que non sepan nuestra poridat et lo fagan saber a los otros. Et pues que ouieron echados los moros et fecho todo assi como el Çid dixo, cerraron bien las puertas del castiello» (PCG, p. 528a6-10); y, así mismo, cree imprescindible, antes de la lid campal, que el Campeador dé órdenes precisas a los suyos: «El Çid castigolos allí a todos como fiziessen en la fazienda, et acordassen todauía en una et non se esparziessen sin recabdo» (PCG, p. 528a29-32). Ninguna de estas adiciones de la Crónica refleja una refundición juglaresca de los viejos versos del Mio Cid.
      En otros casos, la divergencia entre los relatos prosístico y poético se explica porque el historiador trata de desarrollar narrativamente acontecimientos que el Mio Cid, con su técnica pictórico-dramática, sugiere de forma indirecta, mediante una pincelada. Así el poema nos cuenta sólo que Pero Vermúdez pone la seña en lo más alto de Alcocer (versos 611-612), mientras la Crónica explica: «Et desí acogiéronse al castiello et entráronle luego que non fallaron y embargo ninguno. Et fue luego Pero Uermúdez et puso la senna en el mas alto logar que en el castiello falló» (PCG, pp. 526b46-527a3); o que, habiendo entrado Pero Vermúdez con la seña en medio de los enemigos, «moros le reçiben por la seña ganar, / dan le grandes colpes, mas nol’ pueden falssar» (versos 712-713), mientras la Crónica aclara: «Los moros recibiéronle, et començaron de ferirle muy de rezio dándol muy grandes colpes pora abaterle si pudiessen et leuar dél la senna, mas trayé él tan buenas armas que gelas non podién falssar, et demás muy fuerte coraçón, assí que non pudieron guisar con él lo que quisieran» (PCG, p. 528b24-30); o, en fin, que Minaya, sobre un nuevo caballo que le consigue el Cid, «...fuerte mientre lidiando / a los que alcança valos delibrando» (versos 757-758), mientras para los propósitos de la historia parece oportuno hacer constar que los moros van ya de vencida (puesto que Alvar Háñez los sigue en alcance): «...cometieron a los moros muy de rezio. Et por que los moros fincaran mal escarmentados de la otra uez et non se atreuiendo ya a lidiar con los cristianos fuéronse vençiendo. Et los cristianos yéndolos ya leuando...» (PCG, p. 529a43-b1).
      Lo mismo cabe decir de ciertos episodios en que a una breve frase del poema corresponde en la Crónica un trozo narrativo en que se desarrolla la situación en ella compendiada. Así, el grito «Non sea, por caridad» (v. 709), con que el Cid de la gesta trata de impedir que su alférez coloque la seña en medio de los moros, en la prosa histórica se convierte en una acción narrable: «Trauó estonces el Çid con ell que estidiesse quedo et non mouiesse la senna, mas non pudo con él «(PCG, p. 528b18-21); y el gesto «al Çid besó la mano» (v. 692), que basta a los propósitos poéticos para expresar toda una reacción, se aclara en la historia diciendo: «plogo mucho desto a don Pero Uermúdez et besó la mano al Çid» (PCG, p. 528a22-28). Donde el Mio Cid presenta dramáticamente la afectuosa despedida de los moros de Alcocer al desterrado: «Moros et moras tomaron le a quexar: / ¿Vaste, myo Çid; nuestras oraçiones uayante delante! / Nos pagados fincamos, señor, de la tu part» (versos 852-854), la Crónica narra: «los moros que ý morauan començáronse a quexar mucho por ello, por que les fazié el Çid mucho bien et mucha merçed, et rogauan a Dios por él, quel guiasse en su seruicio, et que la su bienandança que siempre fuesse adelante, pues que yrse querié» (PCG, p. 530b19-25). Las palabras exultantes del Cid a Alvar Háñez, después de tomar el quinto del botín: «Oýd, Mynaya, sodes myo diestro braço! / D’aquesta riqueza que el Criador nos a dado / a uuestra guisa prended con uuestra mano» (versos 810-812), se convierten al pasar a la historia en una razonada proposición: «Aluar Hánnez, todo algo que uos omne fiziesse merecedes lo uso muy bien a guisa de muy buen cauallero, et quiero que tomedes del mio quinto quanto uos quisiéredes» (PCG, p. 530a2-6). Y el cronista hace lo que puede para interpretar la situación a que aluden los difíciles versos 527-528: («Moros en paz, ca escripta es la carta, / buscar nos ye el rey Alfonsso con toda su mesnada»): «Demás el rey don Alffonso a pazes con los moros, et sé yo que escriptas son ya de los moros las cartas de lo que nos por aquí començamos a fazer, pora enuiárgelas; et el rey don Alffonso nuestro sennor es poderoso et de gran coraçón, et pero que lo auemos con moros, non lo querrá él soffir, et uenir nos a uuscar» (PCG, 525b33-40); si en este caso su interpretación no es muy correcta, menos lo es cuando de los versos 507-509 («Comidiós myo Çid... / al rey Alfonsso que legarién sus compañas, / quel buscarié mal con todas sus mesnadas») infiere: «El Çid otrossí quando se uio tan bienandante en su comienço, fue muy alegre et loçano por ello, et atróuosse muy más por ende en sus fechos; et enuió dezir al rey Alffonso que pues quél assí echaua de tierra, quél farié deseruicio con aquellas compannas que trayé» (PCG, p. 525b1-7) 101. Por último, la sutil manera con que el rey del poema difiere, para un futuro no lejano, el perdón del Cid, al mismo tiempo que acepta graciosamente el presente que el desterrado le envía («...mucho es mañana, / omne ayrado, que de señor non ha graçia, / por acogello a cabo de tres semmanas», versos 881-883), recibe en la Crónica sesudo complemento: «...et esto non pertenesce a rey, ca ningún rey nin sennor non se deue assannar por tan poco sinon sil’ cumple mucho» (PCG, p. 531a44-47). Me parece evidente que ninguna de estas glosas encubre un contenido poético nuevo.
      Por otra parte, no creo que haya que pensar en una reordenación del relato épico del Mio Cid por un juglar refundidor para explicar que en la Crónica se agrupen en un solo discurso las tres recomendaciones que el Cid de la gesta hace a Minaya al tiempo de enviarlo con embajada para Castilla (versos 813-818, 820-825, 829-831; PCG, p. 530a6-26) 102, o que la prosa cronística nos presente en orden inverso la materia de los versos 520 y 521 103. Y, a mi ver, era imprescindible necesidad para la Crónica el reducir a un mero discurso directo la extraña mezcla (usada más de una vez en el poema) de estilo directo e indirecto con que el Cid comenta con su compaña las posibilidades estratégicas de Castejón (versos 525-529) 104.
      Fue el historiador, sin duda, y no el supuesto refundidor del Mio Cid 105, quien se preocupó de justificar que el Cid siga pensando cómo hacerse dueño de Alcocer (versos 574-575: «Quando vio myo Çid que Alcocer non se le daua; / él fizo vn art...» etc.) 106, después que Alcocer le está pagando parias (versos 569-570: «el castiello de Alcoçer en paria ua entrando. / Los de Alcoçer a myo Çid yal dan parias de grado»): «El Çid, desque uio alli fecha la bastida 107, et fue con su caualleria contra Alcoçer por uer si la podría tomar. Et los de la villa, con miedo que ouieron déll, fabláronle como en razón de pecharle et darle parias, et él que los dexasse ueuir en paz; mas el Çid non lo quiso fazer, et cogiósse a su bastida» (PCG, p. 526a37-44); poco después, el cronista prosifica distraídamente el verso 586 108 («et las parias que de nos a leuadas, dobladas nos las tornará», en boca de los moros de Alcocer), confirmándonos así que en su versión del poema Alcocer había también pagado las parias 109. Otras importantes moralizaciones historiográficas hallamos en la escena de la prisión de Berenguer («el conde don Remond») concebida por el poeta del Mio Cid en tono maliciosamente cómico. El historiador ennoblece sistemáticamente la actuación del héroe con el conde vencido, al mismo tiempo que dignifica al de Barcelona 110.
      Después de considerar una por una todas las divergencias notables 111 existentes entre el relato del Mio Cid [conservado en el manuscrito de Vivar] (copiado por [o heredero del copiado por] Per Abbat) y la Crónica alfonsí, creo imposible negar que la Estoria de España tuvo aquí como fuente una redacción de la gesta idéntica a la conocida; sólo como excepción hallamos algún que otro caso en que la Crónica nos permite, quizá, restaurar un verso épico sin correspondencia en el manuscrito único del poema 112; pero tales versos pueden muy bien ser primitivos y faltar en la copia [hecha para el concejo de Vivar] por omisión o descuido [sea del último copista, sea de sus antecesores en la transmisión escrita del texto] 113 (en su mayoría fueron incorporados, efectivamente, a la edición crítica del poema por el propio Menéndez Pidal) 114. [Es más, creo incluso posible afirmar que  el texto poético conservado y el que en fecha anterior a la copia de Vivar conoció Alfonso X se hallan hermanados por transmisión escrita y que remontan ambos a un prototipo común que, en algunas «lecturas» se alejaba del original].
      Esta prosificación del Mio Cid que hemos venido estudiando, con las mismas frases adicionales añadidas por los historiadores alfonsíes para aclarar el relato poético 115, y, desde luego, con la misma huella de los versos que se echan de menos en la copia del manuscrito de Vivar 116, es la que, resumida 117, figura también en la Versión crítica. Alguna rara vez el resumen de la Versión crítica [de c. 1283] conserva memoria de un verso del Mio Cid cuyo contenido no se refleja en la Versión amplificada: «...e honrrado. El Çid, quando despertó, ouo grand plazer de la visión que viera e acomendóse a Dios e rogóle que le guiasse bien su fazienda. E otro día...» (cfr. PCG, p. 524b23), prosificación de los versos 410-412 118; «...que cunpliesse el Çid con ello a sus conpañas en aquello que les ouiese a dar. E díxole assí: Çid, fasta que vos yo non vea en canpo auer grand fazienda con moros e que lidie yo del mi cabo faziendo grand mortandad en los moros e que entendades vos que lo meresco, non vos quiero tomar nada. El Çid...» (cfr. PCG, p. 525b1), prosificación de los versos 498-504 119; «...e lidiando todos de buelta entró el Çid e Aluar Fánez entre los del castillo e mataron allí más de trezientos moros. El Çid e Aluar Fánez, demientra que la otra cauallería lidiaua con los moros...» (cfr. PCG, p. 526b41-43), prosificación del verso 605 (anticipado) 120. Pero ello no nos obliga a suponer que manejase una versión distinta del Mio Cid; al igual que la presencia en la Versión crítica de un pormenor o un pasaje completo de Ibn ‘Alqama omitido por la Versión amplificada 121 no permite pensar que existiesen dos versiones divergentes de la historia árabe 122. Es bien sabido que la Versión crítica conserva con cierta frecuencia detalles de las fuentes —cualesquiera que ellas sean— olvidadas por la Estoria de España en su Versión amplificada de 1289 e, incluso, en la Versión concisa de c. 1270. La identidad de las dos prosificaciones del Mio Cid hasta el capítulo en que el Cid abandona temporalmente Valencia, queda asegurada si tenemos en cuenta la identidad en estructura y composición de ambas Crónicas en esta parte 123.

e. La «Refundición del Mio Cid» y la *«Estoria caradignense del Cid»

      Sólo a partir de la sublevación de Ibn Ŷāḥḥāf (Abeniaf) en Valencia es cuando una y otra crónica difieren en cuanto al texto del Mio Cid utilizado. La Primera crónica, que interrumpe la transcripción de la Versión amplificada dejando, en adelante, de incorporar a Ibn ‘Alqama la información de las restantes fuentes alfonsíes e incluso abandona la estructura analística, prescinde de los datos contenidos en el «Cantar de las Bodas» relativos al cerco de Valencia. La Versión crítica, en cambio, que continúa los hábitos compilatorios de la Estoria de España alfonsí, incorpora a la narración de Ibn ‘Alqama los versos 1092 a 1204 del Mio Cid, al lado de sendos pasajes de la Historia Roderici 124.
      Después, conquistada Valencia y dando fin Ibn ‘Alqama, vuelve a percibirse en la Primera crónica el hilo narrativo del Mio Cid (primero, aislados en el cap. 920 de PCG, los versos 1209-1210 y 1219-1220 125; luego, a partir del cap. 922, de corrido, desde el verso 1222 en adelante) 126, pero en redacción muy anovelada, que luego empalma con la *Leyenda de Cardeña. Dado que esta fantástica biografía cidiana o *Estoria caradignense del Cid usurpa en la Primera crónica (y en las Crónicas manuelina y de Castilla) el lugar de todas las fuentes habitualmente utilizadas por Alfonso X, creo que los episodios relacionados con el Mio Cid incluidos en ella no formaban originalmente parte del mismo texto del Mio Cid utilizado por los historiadores alfonsíes en los capítulos anteriores al cerco de Valencia (caps. 850-862 de PCG); a comprobárnoslo viene la estructura de la Versión crítica, que, una vez concluido Ibn ’Alqama, continúa apurando la información de las mismas fuentes utilizadas en la parte anterior por la Estoria de España de Alfonso X: la Historia Roderici, el Cronicón lusitano, los anales relativos al reino de Aragón, Sigebertus Genblacensis, Martinus Oppaviensis (o Polono) y... el Mio Cid de 1144 127 (no la versión anovelada y continuada por la Leyenda de Cardeña presente en la Primera crónica general), y continúa sometiendo todas esas fuentes a una sistemática organización cronológica 128.

* * *

Epílogo

      Cuando Alfonso X, con un concepto renovador de la Historia, decidió dar entrada en la historia general de España a un relato pormenorizado de los hechos del último héroe castellano, del hidalgo de Vivar, acudió, ni más ni menos, a los mismos tres relatos básicos que en el siglo XX utilizaría Menéndez Pidal en su reconstrucción de «la España del Cid»: la Historia Roderici, Ibn ‘Alqama y el Mio Cid en su venerable redacción del siglo XII. No fue un oscuro refundidor de la Crónica General del siglo XIV quien por primera vez supo apreciar el alto valor histórico de la arcaica gesta, sino los compiladores alfonsíes de c. 1270 y de c. 1283, o, quizá, el propio Alfonso.
      En cuanto a la refundición anovelada del Mio Cid, creo que sólo fue incorporada a la historiografía nacional cuando la tradición manuscrita de la Estoria de España, falta de toda dirección regia y perdido su rumbo, naufraga en manos de inhábiles cronistas durante los años procelosos de fines del siglo XIII y comienzos del siglo XIV. Su acogida se produjo en dependencia del éxito obtenido por la Estoria del Cid atribuida a Ibn al-Faraŷ, amañada en el monasterio de Cardeña [en función del interés de los monjes en promover un culto cidiano que beneficiara a la comunidad].

Diego Catalán, "El Cid en la historia y sus inventores."(2002)

NOTAS

1 Paris, Histoire poétique de Charlemagne, I, París, 1865, comienza con esas palabras el capítulo X (p. 203 de la reedición de 1905).

2 Wolf, Studien zur Geschichte der spanischen und portugiesischen Nationalliteratur, Berlín, 1859 (en que reune trabajos anteriores), pp. 304-554 (principalmente, p. 405); Wolf y Hofmann, Primavera y flor de romances, I, Berlín, 1856, pp. XIII y LXXV. 

3 Milà y Fontanals, De la poesía heroico-popular castellana, Barcelona, 1874 (reeditado en 1959 por Riquer y Molas).

4 Cf. Menéndez Pidal, Cantar de M.C.1, I (1908), p. 125. [Acerca de estas etapas críticas, véase Catalán, De la silva textual (1997), cap. I, § 1].

5 Como consecuencia de su estudio lingüístico del Mio Cid (presentado al concurso abierto en 1892-1893 por la Academia Española; premiado en 1895) y con el fin de preparar su Poema del Cid, nueva edición, Madrid, 1989, Menéndez Pidal emprendió el examen de la materia épica cidiana presente en las Crónicas medievales: «El P. C. y las Crón.» (1898), pp. 435-469. Simultáneamente completaba Ley. Inf. Lara (1896), en que estudia y clasifica unos 60 códices cronísticos, y el catálogo Crón. Generales (1898).

6 Que algún tiempo después divulgaría en sus «Lectures» de 1909 en la Johns Hopkins University, Baltimore, recogidas en el libro L’épopée cast. (1910).

7 En los decenios siguientes la historia restaurada de la epopeya española pudo irse completando con nuevas precisiones, pero Menéndez Pidal no necesitó alterar las líneas esenciales de su reconstrucción de 1896-1898. Representan interesantes eslabones en el desarrollo de su pensamiento sobre las Crónicas y la Epopeya los trabajos: Cantar de M.C. (1908-1911); L’épopée cast. (1910); «El Romanz dell i. García» (1911); Poe. M.C. (1913); Crón. General-Discurso (1916); Crón. Generales 3 (1918); «Sobre la traducción portuguesa de la Crónica General de España de 1344», RFE, VIII (1921), 391-399; «Relatos poét.» (1923), pp. 329-372; Poes. jugl. (1924); «Ley. Condesa traidora» (1930), 11-33; Ley. Inf. Lara 2 (1934), adiciones; el libro misceláneo Hist. y Epop. (1934); Cantar de M.C.2 (1944-46); Reliquias 1 (1951) (obra en que se manifiesta ya la influencia de los estudios de Cintra).

8 Babbitt, CVR Latin Sources (1936); libro precedido por los artículos: «Once Reyes» (1934), y «Twelfth-Century Epic Forms» (1935). Desgraciadamente, Babbitt prescindió en sus estudios comparativos del importante testimonio que aportan la Crónica General que editó Ocampo en el siglo XVI y la Crónica de Castilla; y, por otra parte, malgastó su energía en tratar de resolver problemas inexistentes, al dejar de lado en la comparación de la Crónica de veinte reyes con la Primera crónica general los manuscritos de esta última obra, conformándose con la  edición Menéndez Pidal del manuscrito «regio» E2 (el cual, en buena parte de su extensión, es una versión retocada y retóricamente amplificada). [Véase De la silva textual (1997), cap. I, § 4].

9 Lindley Cintra, Crón. 1344 (1951).

10 Cintra determinó claramente la posición que ocupa en la historia de la historiografía peninsular la famosa Crónica de 1344, a que Menéndez Pidal concedió tanto valor por creerla punto de arranque de las grandes refundiciones sufridas por la Estoria de España alfonsí a lo largo de la Edad Media. Lejos de ser la «Segunda crónica general», sabemos hoy (gracias a Cintra) que representa el más distante esfuerzo historial, respecto a la obra de Alfonso X, dentro del género de las Crónicas Generales: obra de un portugués, el famoso conde de Barcelos don Pedro (autor del Livro das Linhagens), tiene como fuente básica una Versión gallego-portuguesa de la Crónica general compuesta de un fragmento de la versión «regia» de la Primera crónica (desde Ramiro I hasta Vermudo III) seguido de la Crónica de Castilla en su integridad; la Crónica de veinte reyes parece hallarse entre las fuentes secundarias utilizadas por don Pedro [cfr. De la silva textual (1997), cap. I, § 5].

11 Menéndez Pidal, Primera crón.2 (1955).

12 Catalán, De Alfonso X (1962), y «El taller alfonsí» (1963) [reed. en el cap. II de La Estoria de Esp. de Alf. X (1992), pp. 45-60]. [Sobre esta «vuelta al manuscrito», véase mi comentario en De la silva textual, cap. I, § 6 y, sobre sus consecuencias, el § 7].

13 Mi estudio sobre «La versión regia de la Crónica General de España de Alfonso X» en De Alfonso X, pp. 17-93.

14 Primera crón.2 , pp. XXV y LVII-LVIII. Cfr. De Alfonso X, pp. 19-24. [Pero téngase en cuenta lo que digo en el cap. V de La Estoria de Esp. de Alf. X, pp. 121-137].

15 Primera crón.2, pp. XXV, LVIII-LIX; XIX, XXI y 1a. Resumí el estado de la cuestión en De Alfonso X, pp. 19-24.

16 La autoridad de los dos códices escritos para la cámara real castellana llevó, tanto a Menéndez Pidal como a Cintra, al convencimiento de que esta versión «regia» era definitivamente preferible a la versión «vulgar», por más que esta otra redacción, sacada del borrador sin la supervisión regia, fuese histórica y filológicamente más interesante por su mayor fidelidad verbal a las fuentes.

17 Primera crón.1 (1906); la ed. de 1955 (Primera crón.2 ) es, en su texto, reproducción fotográfica de la de 1906.

18 Analicé detalladamente la composición facticia del ms. E2 en De Alfonso X, pp. 32-93. 

19 Este manuscrito, E2 (c), encabezado con una miniatura que representa a Ramiro I, empieza con una inicial miniada en el f. 23 moderno de E2 ; se destaca por su letra grande y gruesa, escrita en columnas de 40 líneas, con elegantes iniciales en rojo, azul y morado, y por las frecuentes enmiendas y glosas de un corrector. En el cuarto de sus folios (mod. 26v) incluye una digresión fechada bajo Sancho IV en la era 1327 (año 1289). Terminaba incompleto en el f. 199 moderno (dejado en blanco). Hacia mediados del siglo XIV (1341-1343) existía aún como manuscrito independiente y fue traducido al gallego-portugués (De Alfonso X, 1962, pp. 50-63; [De la silva textual, 1997, cap. IV, §§ 1-2, pp. 286-295]).

20 E2 (e): folios modernos 257-320v. Se asemeja formalmente a E2 (c) hasta el punto de poder ser su continuación. Presenta enmiendas y glosas de mano de un corrector análogas a las de E2 (c). Sin duda el formador del códice mixto arrancó el último de sus cuadernos para mejor empalmar una prolongación (De Alfonso X, 1962, pp. 70-76). 

21 Según nos muestra una copia (el ms. C), hacia fines de la primera mitad del s. XIV los dos primeros cuadernos de  E2(fols. 2-17) formaban aún parte material del ms. E1 ; este códice, que en su forma original llamaremos E1(orig), terminaba con el último folio de un cuaderno, en medio del cap. 616 de PCG y dejando inconclusa una frase («En el diziochauo anno enuio ell emperador Carlos sus cartas»). Cfr. De Alfonso X, 1962, pp. 32-49; [De la silva textual (1997), cap. II, § 2, pp. 34-41].

22 En el ms. E1 añadió un folio (el 197) y copió en él 34 líneas de una columna (que anteriormente figuraban en el primer folio del primer cuaderno segregado), advirtiendo seguidamente: «Et de commo regno este rey don Pelayo et los otros reyes que fueron en Leon, en el comienço del libro de la Coronica de Castiella lo fallaredes». En el ms. E2  encabezó los cuadernos segregados con un folio (mod. 1) en que dio título al nuevo volumen (y trazó una tosca miniatura inacabada), borró las correspondientes 34 líneas de la columna a del primer folio (mod. 2) y sobre lo borrado (y en el espacio en blanco de una miniatura nunca realizada) hizo constar que aquel volumen era la continuación de E1  (cuyo contenido y caracteres formales describe); finalmente intercaló, un cuaderno E2(b) de 5 folios (más un talón) entre el segundo de los dos cuadernos segregados de E1 (orig) y el manuscrito que empezaba con Ramiro I (fols. Modernos 18-22) a fin de completar la historia de Alfonso II (De Alfonso X, pp. 36-37, 77-80, 87; [De la silva textual, 1997, pp. 35-36, y pp. 257-262]).

23 La letra, E2 (f), de los folios modernos 321-360 (el último, en blanco) es la misma que la de los folios 18-22, E2 (b), y no anterior a los mediados del s. XIV. En ambos trechos falta toda iluminación (la única tinta de color empleada es el rojo) en contraste con las otras secciones del ms. E2. La adición se hizo, sin duda, después de arrancar el último cuaderno del ms. del s. XIII (De Alfonso X, 1962, pp. 72, 80-87.

24 E2(d): folios modernos 200-256. Comienza después de una laguna en la historia de la conquista de Valencia (con las palabras: «Et tornosse todo el fecho en mano et en poder del Çid», PCG, p. 565b1). La interpolación de este fragmento se hizo cuando el corrector de E2 (c) y E2 (e) había ya enmendado estos dos viejos textos; su letra parece de mediados del s. XIV (De Alfonso X, 1962, pp. 64-69).

25 Los dos cuadernos segregados de E1  contienen la historia de la monarquía neo-gótica asturiana, desde la elección de Pelayo como rey, hasta el capítulo de la cruz de los ángeles, en Alfonso II (cfr. nota 22). En su estado original, el ms. E1  no hacía división especial alguna entre al «Estoria de los godos» anterior y posterior a la invasión musulmana (de acuerdo con el anuncio que figura al comenzar esa parte de la Estoria de España: «...cuenta de los godos que fueron ende sennores depues aca todauia, cuemo quier que ouieron y los moros yaquanto tiempo algun sennorio», ms. E1, f. 131v). Cfr. De Alfonso X (1962), pp. 48, 89, 153-155 y nn. 42-44; [De la silva textual (1997), pp. 36-37 y 183-184].

26 Menéndez Pidal había ya notado que la versión oficial o regia, «principalmente desde el reinado de Ramiro I hasta mediado el de Alfonso VI, se aparta más de sus fuentes en cuanto a la redacción y estilo, buscando una expresión más amplia y más limada» (Primera crón.2 , p. XXX; y ya, antes, en Crón. General-Discurso, 1916). Esta reelaboración amplificada de la Crónica, propia de E2 (c), puede fecharse, según creo, en 1289, pues sólo en ella se interpoló el pasaje famoso alusivo al estado de la reconquista reinando Sancho IV el año de la era de 1327. La familia de manuscritos constituida por T, G, Z contiene también la interpolación porque en este trecho (desde Ramiro I hasta el año primero de Alfonso III) su prototipo utilizó la versión amplificada, característica de E2 (c). La versión concisa primitiva, anterior a 1289 y por tanto seguramente alfonsí, se conserva en el ms. Y y, menos fielmente, en la familia B, U, X, V (que acaba con Ordoño II); es la resumida por don Juan Manuel en su Crónica abreviada y la refundida por el prototipo común a la Crónica general vulgata (hasta Vermudo III) y a la Crónica de veinte reyes (desde Fruela II) [la por mí denominada Versión crítica de la Estoria de España fechable en 1282/84]. A partir del año segundo de Alfonso III, la familia T, G, Z sigue también la redacción concisa alfonsí. Por desgracia, a partir de Fernando I nos faltan textos de la redacción concisa: los manuscritos Y, T, G, Z, B, U, X, V no comprenden esa parte, y el manuscrito F, que comienza ahora, no compensa la ausencia de esos manuscritos de la redacción concisa alfonsí; la Crónica general vulgata tampoco continúa. Nos tenemos que conformar con la indirecta información de la Crónica de veinte reyes y con el resumen de la Crónica abreviada, testimonios insuficientes para reconstruir un posible texto conciso de c. 1270 (De Alfonso X, 1962, pp. 124-203 [y De la silva textual, 1997, cap. IV, pp. 285-458]).

27 El adicionador de E2(f), a mediados del s. XIV, completó la historia de Fernando III recurriendo a una Crónica particular de San Fernando (según nos muestra cierto error en la titulación de los capítulos, surgido claramente en una Crónica de este carácter); el manuscrito viejo E2  e sin duda acabaría, como F, traduciendo simplemente el final de De rebus Hispaniae. En la versión completada la historia inconclusa del reinado de Fernando III trazada por Rodrigo de Toledo es enriquecida y continuada con un «Siguimiento de la Estoria de las Coronicas de los fechos de los Reys de Espanna et de las sus vidas». De este Seguimiento del Toledano se tomó ya en la Crónica particular de San Fernando (y demás Crónicas por ella influidas) la cabalgada de Jerez, en que el infante don Alfonso de Molina y don Alvar Pérez de Castro el Castellano vencieron a Abenhut en 1231; pero, anacrónicamente, el continuador identificó al infante don Alfonso con el futuro Alfonso X, prueba evidente de que no escribía en los tiempos de este rey (De Alfonso X, pp. 83-87).

28 En mis dos trabajos «La versión regia de la Crónica General de España de Alfonso X» y «La versión anfonsí de la Estoria de España», incluidos en De Alfonso X, pp. 17-94 y 95-204, abordé nuevamente el problema de las varias redacciones de la Primera crónica general acudiendo a los manuscritos: E2 (c), C, I, J, B, U, X, V, Y, T, G, Z, F, D, S.

29 Véase nota 26.

30 A partir del fin de E2 (a) (en Alfonso II); esto es, de los dos cuadernos segregados de E1 (orig).

31 En los capítulos 883-886 se insertan sucesivamente dos relatos de la invasión almorávide, uno con base en el Toledano y el Tudense, otro en las fuentes complementarias (Ibn ’Alqama, Cronicón lusitano, Historia Arabum, Anales, más dos breves fragmentos del Toledano ya aprovechados en el primer relato). Sin duda inicialmente se yuxtapusieron en espera de coordinarlos en un relato único que salvase las contradicciones ofrecidas por las fuentes, pero esa elaboración no llegó a realizarse y, en su lugar, un copista posterior interpretó torcidamente la repetición como dos series de sucesos diferentes. Más adelante, capítulo 896, ocurre la gran laguna a que ya hemos aludido. Con la muerte de Alfonso VI, desde el capítulo 965, desaparece el sistema cronológico típico de la Estoria de España alfonsí, cesando toda referencia a los años de reinado. A partir del capítulo 988, la Crónica es simplemente una traducción del Toledano y en sus últimos capítulos copia de una  continuación de esta obra (el Segumiento del Toledano). Véase Primera crón.2 , pp. XXII, XXVIII, XXXIV (que reproducen observaciones hechas ya en Crón. General-Discurso, 1916); cfr. De Alfonso X, 1962, pp. 27-29 y 108. [Y lo expuesto detenidamente en «El taller alfonsí» (1963), reed. en el cap. II de La Estoria de Esp. de Alf. X (1992), pp. 45-60. Para comprender mejor el modo de trabajar de los historiadores alfonsíes de c. 1270 y de c. 1283 remito ahora a las «Conclusiones»  (pp. 461-469) de mi libro De la silva textual (1997)].

32 De Alfonso X, 1962, pp. 89-93. [Hubiera, como consideró posible constatar Menéndez Pidal, o no una solución de continuidad en el pago de colaboradores científicos con Sancho IV, es necesario admitir que los equipos historiográficos alfonsíes no continuaron su labor y que los materiales reunidos para la elaboración de la Estoria dejaron de ser accesibles en el entorno de Sancho IV].

33 Es seguro que en días de Alfonso X se alcanzó a traducir y actualizar hasta el fin la fuente básica, De rebus Hispaniae del arzobispo Toledano: en el capítulo 997, relativo a Alfonso IX, se incluye una nota actualizadora de carácter personal sugerida con anterioridad a 1274 por el propio Alfonso X (PCG, p. 678a2-3); en el capítulo 1048 hay actualizaciones indudablemente alfonsíes en la narración de sucesos de tiempos de Fernando III (PCG, pp. 735b48-736a10 y 736a21-28). Pero, evidentemente, la Primera crónica está inacabada. Noto ya graves deficiencias en el reinado de Fernando I. En el de Alfonso VI tenemos el caso patente del doble relato de la invasión almorávide, propio de un borrador en el que aún no se habían fundido las dos versiones (luego mal interpretado por arregladores posteriores); y, a partir de la sublevación de Valencia contra al-Qādir, la Crónica es en este reinado muy incompleta. Más adelante, no puede ni tan siquiera hablarse de la Estoria de España, sino de la traducción alfonsí del Toledano, ya que la Primera crónica deja de ser una compilación original (De Alfonso X, 1962, pp. 26 y n. 12; 72-73; 83-87; 102-105. Y, mejor, en «El taller alfonsí» (1963) [cap. II de La Estoria de Esp. de Alf. X (1992), pp. 54-55]. 

34 Véase n. 10. La Crónica de Castilla se nos sitúa ahora muy a comienzos del s. XIV (si no a finales del s. XIII). La manuelina ha de ser bastante anterior a 1320-1325, en que hay que fechar la Crónica abreviada de don Juan Manuel, pues don Juan la resumió entonces pensando que tenía en las manos la obra original de su tío Alfonso X. Ambas se relacionan íntimamente en el trecho que va desde el cerco de Aledo y sublevación de Valencia hasta el entierro del Cid; el prototipo de ambas ha de ser aquí una *proto-Crónica de Castilla del s. XIII más fiel a las fuentes que la conservada [véase «Don Juan Manuel ante el modelo alfonsí» (1997), reed. en cap. IX de La Estoria de Esp. De Alf. X (1992), cap. IX, pp. 197-229, los §§ 7 y 8]. El prototipo de la Crónica de veinte reyes es [de 1282/84].

35 [En la primera y segunda ed. de este trabajo (1963, 1992) prometía en esta nota:] «Espero tratar en forma más general de esta cuestión en un próximo trabajo». [Sólo ahora puedo remitir a mi reciente libro La épica española. Nueva documentación y nueva evaluación (2000), en que cumplo esa promesa].

36 PCG, p. 565a29.

37 «El capitulo de los castiellos que pechauan al Cid et de lo que el enuio dezir al rey de Saragoça et de como cercaron los almorauides el castiello que dizien Alaedo»; pero la narración escrita por E2 (c) sólo alcanza a tratar el primero de los tres asuntos enumerados, el de los castillos pecheros, no los otros dos.

38 El último cuaderno de E2 (c) está constituido por sólo dos folios, mod. 198 y 199. El copista dejó en blanco 7 líneas de la columna c y toda la columna d en el f. 198; el f. 199 está íntegramente en blanco.

39 La nueva mano, E2(d), inicia en el f. 200 un nuevo cuaderno; concluye su tarea en el f. 256 en que se remata la historia del Cid. Véase n. 24.

40 Sus pequeñas y toscas iniciales en rojo y azul contrastan llamativamente con las de E2 (c) y E2 (e), de iluminación delicada. Frente a todas las otras secciones del manuscrito E2 , la parte escrita por esta mano tardía numera los capítulos; puesto que tal numeración se inicia en el «Capítulo LII» y el primero correspondería al comienzo del reinado de Alfonso VI, creo indudable que figuraba ya en el original que utilizó el copista de E2 (d) (el ms. F presenta, en toda su extensión, una numeración semejante).

41 E2 (d) omitió parte de la narración que aquí figura en otras Crónicas Generales, pero disimuló la laguna aludiendo en un párrafo a los sucesos que anunciaba el titular del capítulo y que no habían sido relatados (PCG, p. 565b1-14); esta laña es un hábil escamoteo de los temas que en realidad anunciaba el titular (el Cid pide al rey de Zaragoza que abandone las bastidas que tiene sobre Valencia; cerco fracasado de Aledo por los almorávides). Idéntica laguna y laña hallamos en el ms. F, y, sin duda, E2 (d) encontró ya hecho el arreglo en el original que copiaba; los dos manuscritos marchan en adelante concordes, hermanándose en sus variantes, errores y omisiones (y en la numeración de los capítulos particular para el reinado de Alfonso VI; cfr. n. 40). La Crónica ocampiana sigue fielmente un texto semejante a F, siempre que no completa la narración con pasajes o detalles de la Crónica de Castilla.

42 Las causas de esta laguna característica de la Primera crónica creo que fueron esclarecidas por Menéndez Pidal en «Tradicionalidad», p. 155; no comparto, sin embargo, la imagen del *borrador alfonsí de la Estoria de España allí presentada (pp. 175-182), por razones que resultan obvias después de leído el trabajo presente.

43 Aunque, según creo, el trabajo compilatorio se hallaba en ciertas secciones todavía inconcluso al morir Alfonso X y quedar desbaratado su proyecto historial.

44 La obra de Abū ‘Abd Allāh Muḥammad ibn al-Jalaf ibn ‘Alqama, repetidamente citada por historiadores musulmanes posteriores, no se conserva. Fuera de su traducción en las Crónicas Generales, sólo conocemos fragmentos y breves pasajes incorporados a una Crónica anónima de los Reyes de Taifas (Muluk at-tawā’if), a las obras de Ibn al-Kardabūs (h. 1190) y de Ibn al-Abbār (antes 1239-hasta 1257), y, sobre todo, a Al-Bayān al-mugrib de Ibn Idārī  (1306); Ibn al-Jatīb (h. 1374) no hace sino plagiar a Ibn Idārī . Véase E. Levi Provençal, «La prise de Valence par le Cid d’après les sources musulmanes et l’original arabe de la Crónica General de España», en Islam d’Occident, París, 1948, pp. 187-238; R. Menéndez Pidal, Esp. Cid 4, pp. 886-904, 975; [y, ahora, M. J. Viguera, «El Cid en las fuentes árabes» (2000), pp. 71-77].

45 [Véase en La Estoria de Esp. de Alf. X el cap. II, heredero de «El taller historiográfico» (1963)].

46 En el estudio de las «Fuentes» de Primera crón.2  se atribuye este párrafo, sin razón, a *Ben Alcama, p. CLXXXII.

47 Sobre el *Liber Regum amplificado utilizado por los historiadores alfonsíes traté en De Alfonso X (1962), pp. 230-241.

48 En la Estoria de España figuran numerosas noticias de carácter analístico relativas a los reinos pirenaicos de Navarra y Aragón cuya fuente nos es desconocida (cfr. Primera crón.2, pp. CLXIV, CLXV, CLXVI y CLXXVII).

49 Consignada igualmente por los Anales toledanos Ios y por los anales castellanos (llamados por Gómez Moreno *Efemérides riojanas) Aprovechados en el Chronicon Burgensis y en los Annales Compostellani (Esp. Sagr., XXIII, pp. 385, 309 y 320). 

50 Según ha notado Menéndez Pidal (Primera crón.2 , p. XL) este Cronicón perdido debía de ser, como los Anales toledanos IIos, obra de un morisco incapaz de disimular su hostilidad a los cristianos; quizá exista entre ambos alguna relación de dependencia.

51 La Estoria de España complementa en otros casos la información de Sigebertus con la de Martinus Oppaviensis (o Polono).

52 Los mss. E2 (d) y F, más la Crónica ocampiana.

53 La Primera crónica ha señalado por última vez la entrada de un nuevo año del reinado de Alfonso VI en el c. 890: «Andados XXV annos... en la era de mill et C et XXV annos, ...ell anno... en mill et LXXX et VII, et el de Henrric emperador de Roma en XXX et IX», ms. E2 (c); «en el XXVII años... era MCXXVII...», ms. F. No volveremos a hallar otro comienzo de año de reinado sino después de muerto el Cid y enterrado, c. 963 (realmente, 964) de PCG: «Andados XLII annos... era de mill et CXXVIII annos (sic)... ell anno... en mill et CIIII», ms. E2 (e); «...CXXXII años...», ms. F.

54 El c. 894 de PCG se basa en los párrafos 38 y 39 de HRod.; el c. 895 utiliza aún, entremezclándolos con Ibn ‘Alqama, los párrafos 40 y 41. En los caps. 896-962 (realmente, 963) de PCG falta toda huella de los párrafos 42-77 de la HRod., que habrían podido proporcionar a la Crónica muy valiosa información.

55 Véase adelante la n. 129.

56 La Crónica manuelina (resumida hacia 1320-1325 por don Juan Manuel en su Crónica abreviada) y la de Castilla (hacia 1300) marchan a partir de este punto hermanadas, basándose en un texto de la Crónica General a las veces más completo que el de la Primera crónica (tal como nos lo conservan los mss. E2(d) y F y la ocampiana). El prototipo de esas crónicas, por otra parte, innovaba en algunos casos la historia para atender a tradiciones novelescas tardías, despreciadas por (o desconocidas de) la Primera crónica [véase «DJM ante el modelo alfonsí» (1977), pp. 41-43, y en La Estoria de Esp. de Alf. X (1992), en el c. IX, pp. 219-220]. Pero, salvadas estas diferencias, el prototipo de las Crónicas manuelina y de Castilla era estructuralmente idéntico al de la Primera crónica.

57 Las Crónicas manuelina y de Castilla.

58 Los pormenores sobre las mujeres de Alfonso VI a que aludimos en nuestra nota 47 figuran también en la Versión crítica. La leyenda piadosa común a ambas Crónicas es la que figura en PCG, p. 520b36-48; interesa notar que la promesa de la Primera crónica «et desta donna Sancha adelante diremos más en el su fecho, do será en su lugar et conuerná» no llega a cumplirse en esta Crónica, pero sí en la Versión crítica, dentro del reinado de Alfonso VII (cfr. Cintra, Crón. 1344, pp. CCLXXXIX y n. 370, mejor que Babbitt, CVR Latin Sources, p. 122).

59 Muerte en Peñalén del rey don Sancho, sucesión papal (Alexandre-Gregorio VII), lides del Cid (con Xemen García y con Fáriz).

60 «Sanctius, rex aragonensis et pampilonensis» de la HRod. (párrafos 12 y 13) figura en ambas Crónicas como «el rey don Pedro de Aragón», por influjo de De rebus Hisp., p. 142b; y los reyes de Zaragoza «Almuctadir» y «Almuctaman» de la HRod. (párrafos 12-16) aparecen consistentemente reducidos en una y otra a «Almudaffar» y «Çuleyma», en atención a HArab., p. 282b.

61 Véase atrás la lista de pasajes de la PCG derivados de la HArab.

62 El Tol. (p. 135b) llama a Hjahye «secundus filius Almenon»; pero las Crónicas señalan que era «nieto de Almemón», mejor informadas a través de Ibn ‘Alqama, que denomina así a al-Qādir muy a menudo (no hay por qué pensar en Ibn al-Jatīb, como hacen las «Fuentes» de Primera crón.2 para los caps. 865 y 866 de PCG en la p. CLXXVII).

63 Las Crónicas siguen a la HRod. para relatar cómo el Cid guerrea a Aragón y a Morella y finalmente derrota al rey de Aragón en lid campal (párrafos 21-23); pero sustituyen al rey «Sanctius» de la fuente por el «rey don Pedro» y afirman que «fue y preso el rey don Pedro», junto a los varios caballeros nombrados por la HRod., en atención al arzobispo don Rodrigo, De rebus Hisp. (p. 142b). Ambas Crónicas hablan del castillo de «Orçeión u Orzeión» donde la HRod. se refiere al «castrum Gormaz» (párr. 25). [La identificación alfonsí es seguramente correcta dada la existencia de un Gornaçe «in alfoç de Amaia» en documentos del s. XI (véase Catalán, «El Mio Cid y su int. (versión anotada», 1995, n. 86 [y en este libro, cap. IV, n. 87]).

64 En los nombres de los reyes de Zaragoza, nuevamente.

65 Coria, Sacralias.

66 Rueda, Alfonso el Batallero.

67 Consuegra, Almodóvar, hijos de Gómez Diaz, *Espartal.

68 El hijo del Cid muerto en la de Consuegra, del LReg.2. Señorío de Yuçaf Almiramomelín y retoques en los nombres de reyes apoyándose en HArab.

69 La omisión aquí de estos párrafos de la HRod. creo que se explica porque los compiladores alfonsíes pensaban contar el primer cerco de Aledo inmediatamente antes de su conquista por Abenaxa (según sugiere el titular del cap. 896 de PCG y confirma la Versión crítica). Los cambios anteriormente introducidos en la sucesión de los reyes de Zaragoza obligan aquí a hablar de la muerte de Yuçaf y sucesión por su hijo Almoztaén.

70 En la parte correspondiente a la laguna de Primera crónica, la Versión crítica, consigna el comienzo de los años 26 y 27 del reinado de Alfonso VI (precisión cronológica extraña ya a las Crónicas de Castilla y manuelina); luego, continúa sistemáticamente: «Andados veynte e ocho años del rrey don Alfonso, que fue en la era de mill e çiento e veynte e ocho años, quando andaua el año de la Encarnaçión en mill e nouenta, e el del inperio de don Enrrique en quarenta e dos, el alcayde de Denia...» (cfr. en PCG, p. 507b39); «Andados treynta años... de Enrrique en quarenta e quatro, quando Yuçef...»; «Andados treynta e vn año...»; «Del treynta e segundo año del rregnado del rrey don Alfonso non fallamos ninguna cosa que a la estoria de España pertenesca»; «Andados treynta e tres años...»; «Desde el treynta e quarto año fasta el treynta e sesto del rregnado del rrei don Alfonso non fallamos ninguna cosa que de contar ssea que a la estoria de España pertenesca»; etc.

71 Probablemente, Sigeb., p. 368 (a. 1100), pero alterada la numeración de los papas de acuerdo con el cómputo de la Estoria de España (cfr. Mart., p. 435).

72 Mart., pp. 468-469 (a. 1107): «Henricus IV. Henrici filius imperavit annis 15... Hoc etiam tempore ordo Templariorum ex militius congregatus in Iherusalem incepit». Para el ordinal, Sigeb., pp. 371-372.

73 Sigeb., p. 372 (a. 1109).

74 «Era 1131 pridie calendas maii sabbato hora nona rex D. Alphonsus cepit ciuitatem Santarenam anno regni sui vigesimo octavo mense quinto sexto die mensis et in eadem hebdomada pridie nonas maii feria quinta cepit Vlixbonam post tertium autem diem octavo idus maii cepit Sintriam preposuitque eis generum suum comitem Domnum Reymundum maritum filie sue Domne Vracce et sub manu eius Suarium Menendi ipse autem rex reuersus est Toletum». Esta versión del Cronicón lusitano o Chronica Gothorum de mano de A. Brandão presenta varios errores, que David (Études historiques, p. 301, n. 1) enmendó con acierto; como Cintra ha hecho ya notar (Crón. 1344, p. CCLXXVIII, n. 332), la lección de la Versión crítica, aunque yerra en la traducción de las «nonas», se basa en un texto más correcto, que daba como fecha de la toma de Lisboa «IIIo nonas maii feria quinta» (jueves 5 de mayo).

75 [Doy en texto las mejores lecciones de los diversos manuscritos (Ss, VR-N, VR-J, VR-L), anotando sólo las variantes conflictivas].

76 No es seguro que el dato analístico (?) referente a Aledo se refiera al cerco de Aledo por Yūsuf, pues la Crónica pudo realizar la ligazón entre las varias noticias tocantes al castillo de Aledo por su cuenta y riesgo. Surge esta duda ante la noticia de los Anales toledanos Ios «Fue la batalla de Dalaedon que fizo Garcia Exemenz con los moros Era MCXXIV» (Esp. Sagr., XXIII, 385). El nombre de uno de los cristianos que mata a al-Musta‘īn varía entre el citado en texto (propio del ms. VR-N), «Lope Gonçales de Villuillo» (ms. VR-J) y «Lope Sanchez de Valdiello» (ms. VR-L); el mss. Ss presenta una laguna en el a. 31. [La muerte de Ibn al-Haŷŷ en Llobregat, consignada por los anales, confirma la versión de Ibn Abī Zar’, Rawd ̣ al-qirtās (trad. Huici, 1964, pp. 312-313), que cuenta cómo Muḥammad b. al-Haŷŷ, después que tomó Zaragoza, no dejó la ciudad hasta que atacó a Barcelona el a. 508 (7-jun.-1114 / 26-my.-1115) y, al regreso de su victoriosa expedición, fue sorprendido en la angostura de una montaña y murió mártir. Se trata de la batalla del Congost de Martorell. Huici (n. 10) desmiente a Ibn ‘Abī Zar fundándose en que Ibn Idārī hace morir a Muḥammad b. al-Haŷŷ el 11 de noviembre de 1115 en las proximidades de Baeza (al-Bayân, ed. Huici, p. 145); pero, poco antes, Ibn Idārī lo ha incluido también entre los que murieron el 26 de junio de 1115 en la zona de Córdoba, junto con el gobernador de ella Muḥammad b. Mazdalī (p. 144), y ni en uno ni en otro lugar tenía por qué estar entre los combatientes musulmanes Ibn al-Haŷŷ, por entonces gobernador de Valencia y Zaragoza]. Conviene notar que la anticipación en las crónicas castellanas de todas estas noticias referentes al reino aragonés va de acuerdo con la singular cronología establecida desde atrás por la Estoria de España para los reyes de Aragón (cfr. PCG, cap. 865: sucesión Pedro I-Alfonso I el Batallero en 1074, trasladada por la Versión crítica a 1084. Fecha correcta: 1104).

77 En la parte correspondiente a la laguna de la Primera crónica, la Versión crítica (frente a las Crónicas de Castilla y manuelina) incorpora los párrafs 32 a 37 (primera mitad), que la Estoria de España había decidido posponer, inmediatamente seguidos por el párrafo 42 (y 43). En la parte posterior a la laguna, continúa aprovechando los párrafos 44-50, 53-54, 56, 57-58, 61, 62.

78 Véase adelante, pp. 218-220.

79 Véase atrás, notas 31-33.

80 De un lado, en los dos textos hermanos a que remontan, los mss. E2(d) (interpolado en E2) y F, más el que sirvió de fuente a la Crónica ocampiana, y, de otro, las Crónicas manuelina y de Castilla (recuérdese que esta crónica influye a su vez en ciertas secciones de la ocampiana).

81 La Versión crítica [de los años 1282/84], aunque ... combina los materiales reunidos por Alfonso X siguiendo los mismos principios generales que los historiadores del taller alfonsí de c. 1270, se aparta de la Estoria de España en cuanto al estilo de la redacción, pues a menudo tiende a resumir libremente lo narrado por las fuentes. (En secciones anteriores, en que comparte con la Crónica general vulgata toda una serie de enmiendas al texto de la Estoria de España alfonsí, la abreviación de la frase ocurre ya en una y otra crónica herederas de esa Versión crítica.) [También es diversa, hasta cierto punto, la ténica compilatoria: la Versión crítica y, por tanto, la Crónica de veinte reyes, tiende más bien a yuxtaponer o contraponer los relatos de las varias  fuentes, mientras la Estoria de España de c. 1270 prefiere realizar una minuciosa mixtura de ellas, armonizando los relatos en un solo texto siempre que le parece posible. Sobre este comportamiento de una y otra versión en secciones anteriores de la historia, véase ahora De la silva textual (1997), cap. IV, § 15 y 27 y «Conclusiones», §§ 34-37].

82 Cintra, Crón. 1344 (1951).

83 Según la fecha aproximada establecida por Menéndez Pidal en Cantar de Mio Cid (1908-1911); o de medio siglo más tarde, según otros críticos impugnadores de la fecha menéndez-pidalina. [Remito sobre esta cuestión a mi reciente libro La épica española (2000), pp. 483-493; véase, en la presente obra, el cap. IV, § f)].

84 Esta refundición, «primera» entre las que conocemos, habría sido precedida, piensa Menéndez Pidal, de otras menos radicales.

85 El «refundidor» sería responsable de múltiples detalles prolijos en las escenas tradicionales, habría entremezclado con los personajes originarios otros de su libre invención, deducido del contexto cuantos episodios pedía el deseo de subsanar los descuidos en que había incurrido el poeta del s. XII, y, en fin, buscado novedad introduciendo profundas alteraciones en los más llamativos episodios, como la derrota de Búcar o las cortes de Toledo.

86 Conforme a los gustos de la épica decadente, el «refundidor» habría convertido la escena cumbre de las cortes de Toledo en una tumultuosa asamblea llena de personajes extraños que se intercambian amenazas y golpes ante un rey incapaz de hacer sentir el peso de su autoridad. No cabe mayor apartamiento en el texto de la Primera crónica respecto a la sobria y mesurada escena primitiva en que Alfonso jura por San Isidro que todo desacato será castigado, y en que nadie da ocasión a que se cumpla el juramento.

87 Y en la Crónica de 1344, que Menéndez Pidal considera en 1957 como derivada y no fuente de la de Castilla, convencido por la argumentación de Cintra (véase Poes. jugl.6, pp. 299, 304). Para las fechas de estas tres crónicas véase atrás, notas 10 y 34. Según testimoniaría la Crónica de Castilla, la nueva refundición habría alterado también la parte primera («Cantar del Destierro») del Mio Cid, hasta entonces inmodificada.

88 Según vendrían a indicar ciertas variantes de la Crónica general toledana  hacia 1460 (Poes. jugl.6, pp. 314-315). 

89 Como el de la huida de Búcar (Helo, helo por do viene / el moro por la calzada) o el de las cortes de Toledo (Tres cortes armara el rey y Yo me estando en Valencia, en Valencia la mayor); cfr. Menéndez Pidal, Romancero hispánico, pp. 222-229. 

90 Según la nueva cronología, apoyada en los hallazgos de Cintra, que Menéndez Pidal acepta en 1957, Poes. jugl.6, p. 300.

91 Así pensaba Menéndez Pidal en 1924 (Poes. jugl.1, pp. 401-403) y todavía prefería esta explicación en 1957 (Poes. jugl.6, pp. 301-303) aunque destacara la importancia de las observaciones de Cintra que cito en la n. 92. Esta moda arcaizante entre los juglares del s. XIV explicaría también el que Per Abbat se interesase en 1307 por el viejo poema y que un juglar del mismo siglo, algún tiempo después, adicionase a la copia del Mio Cid el explicit pidiendo a los oyentes vino y prendas, en pago de la recitación.

92 En 1951, Cintra prefirió explicar la utilización del viejo Mio Cid como una muestra más de los notables criterios historiográficos que caracterizan a la Crónica de veinte reyes frente a todas las restantes obras hermanas: su autor es consistentemente hostil a las invenciones de los juglares tardíos (Cintra, Crón. 1344, pp. CCXVIII-CCXXVI, CCLXIV-CCLXXIV; en las dos últimas páginas citadas trata de la utilización del Mio Cid del s. XII, en particular).

93 Al final del cap. 862 de PCG (pp. 534b44-535a4), detrás de los versos 1090-1093, se refleja aún el 1097 («Dentro en Valencia non es poco el miedo»); «llegaron las sus nueuas a Valencia, et sonó por la villa... et fueron ende espantados e temieronse ende».

94 En el v. 1251 el Cid, según el viejo poema, se aconseja sólo con Minaya, pero la Crónica asocia a esta escena a Pero Vermúdez (ya antes, con ocasión del v. 1244, encuentro en la Crónica una adición semejante); «tres mill e seys çientos» cuenta los suyos el Cid en el alarde del Mio Cid (v. 1265), mientras la Crónica los divide en 1.000 caballeros de linaje, 500 de a caballo y 4.000 peones; en la gesta del s. XII don Jerónimo llega a Valencia después que el Cid ha decidido enviar a Minaya en busca de doña Jimena, el orden en la Crónica es el inverso (y en ella el Cid visita al clérigo en su posada); en el viejo Mio Cid únicamente Minaya se dirige a Cardeña, la Crónica lo hace acompañar de Martin Antolínez para que el burgalés pague debidamente 600 marcos a los judíos engañados con el trato de las arcas; donde hablaba antes el poema de Carrión, como lugar donde los mensajeros encuentran al rey, se nos habla ahora de Palencia en la Crónica, etc. (Cantar de M.C.1, I, p. 127; cfr. PCG, pp. 592b30, 43, 44-46, 593a2-18, b6-14, 21). Las divergencias van luego en aumento y son notabilísimas a partir del episodio del león.

95 Cantar de M.C.1, I, pp. 126-130; además Cantar de M.C.2, III, p. 1187.

96 El «Cantar del Destierro» es prosificado íntegramente en los caps. 850-861 de PCG; seguidamente, en el cap. 862 se añaden, a un relato basado en la Historia Roderici, las noticias contenidas en los primeros versos del «Cantar de las Bodas» (en especial, versos 1090, 1092, 1093 y 1097).

97 En el Mio Cid, llegados los 115 caballeros con Martín Antolínez, el Cid, después de yantar, cuando «la noch querié entrar», reparte la soldada y dispone la salida «a la mañana quando los gallos cantarán» (v. 316), después que toque el abad a maitines y les diga la misa de la santa Trinidad. La misa, con la oración de Jimena, es esencial en la despedida familiar concebida por el juglar (versos 325-275) y no podía faltar en una refundición poética. El historiador consideró inútil la escena y la omitió; una vez suprimida, pudo hacer marchar al Cid con el apresuramiento natural del desterrado que ve agotarse el breve plazo que le ha concedido el rey para salir de la tierra.

98 Por ejemplo: v. 580 «Veyén lo los de Alcoçer,     Dios, commo se alabauan!», «Los moros de Alcoçer, quando lo uieron, començáronse de alabar que fueran esforçados et que se touieran bien» (PCG, p. 526b9-11); v. 590 «Dizen los de Alcoçer:     ya se nos va la ganançia!»; «Los de Alcocer, quando assí le uieron yr apriessa, dixieron: vássenos la ganancia que cuedáramos auer; et andemos más, en guisa que los alcancemos» (PCG, p. 526b27-31). Sin embargo, lo normal es que la prosa cronística siga más apegadamente la frase del poema. El proceso de adaptación de la sintaxis «suelta», poético-dramática, del Mio Cid a la sintaxis «trabada», raciocinante, de la prosa histórica alfonsí ha sido estudiado con gran detalle (tomando como ejemplo los caps. 858-859 de PCG, versos 871-925 del Mio Cid) por Badía Margarit, «Dos tipos de lengua cara a cara» (1960), pp. 115-139. Badía destaca los esfuerzos del historiador para asegurar la ilación en el relato, su preocupación por la subordinación, su tendencia al «ensanchamiento de la frase», su afán de precisión, que le lleva a deducir ciertos detalles del contexto, su hostilidad a las construcciones afectivas, que le obliga a reordenar la frase poética conforme a la lógica gramatical, etc.

99 Cfr. en el Mio Cid: «En este castiello grand     auer auemos preso,/ los moros yazen muertos,     de biuos pocos veo. / Los moros e las moras     vender non los podremos, / que los descabeçemos     nada non ganaremos; / coiamos los de dentro,    ca el senorío tenemos, / posaremos en sus casas     e dellos nos seruiremos».

100 Menéndez Pidal, Cantar de M.C.1, III, 1051, v. 672, anota: «Bello añadió aquí malamente tres versos, tomados de la Refundición representada por las Crónicas». No creo preciso reconstruir ningún verso para explicar el texto cronístico.

101 En el Mio Cid, lo que el Cid piensa y teme es que su rey acuda contra él en protección de los moros.

102 La Crónica agrupa todas las recomendaciones a Minaya relacionadas con la embajada; sólo reserva para el momento de la despedida las instrucciones para en caso de que a su vuelta el Cid haya abandonado Alcocer. En este último discurso, el cronista reordena lógicamente los versos del poema: 835-834-832-833 (no hay por qué pensar que sea «la Refundición» la que «altera el orden de los versos», como hace Menéndez Pidal, Cantar de M.C.1, III, 1057, nota al v. 835).

103 En el Mio Cid: «...e envió a Fita e a Guadalfagara / esta quinta por quanto serié conprada / aún de lo que diessen ouiessen grand ganançia / asmaron los moros III mill marcos de plata». En la Crónica: «et enuió mandado a los moros de Fita et de Guadalfaiara que gelo comprassen. Et ellos uinieron et uieron la prea, et apreciáronla en III mil marcos de plata, et aún los qui la tomassen que leuassen ende grand ganancia» (PCG, p. 525b14-19; mejor el ms. F: «tomasen avrían e.»). No creo que tenga razón Menéndez Pidal al suponer que «la Refundición colocaba malamente este verso [el 520] tras 521» (Cantar de M.C.1, III, 1045, nota al v. 520). 

104 Menéndez Pidal, Cantar de M. C. 1, III, p. 1045, nota al v. 525, comenta: «La Prim. crón. gral., 525b29, empieza aquí el discurso directo... la Crónica representa no nuestro texto, sino la Refundición del mismo». Pero la construcción «Asmó mio Cid con toda su conpaña /que...», etc. no podía ser conservada por el cronista; creo que la Refundición supuesta no es necesaria.

105 «La Refundición supone que el Cid atacó a Alcocer para conquistarlo, y que los de la villa le ofrecieron parias, con tal que les dejase en paz, mas él no las aceptó», afirma Menéndez Pidal, Cantar de M.C.1, III, p. 1047, nota al v. 569.

106 En la Crónica: «Et desque uio que non podía auer aquel castiello, fizo la maestría que agora diremos» (PCG, p. 526b2-4).

107 La «bastida» de que habla la Crónica son las «posadas» que rodeadas de una «carcaua» fortifica el Cid en un otero a orillas del «Salón» (versos 553-563).

108 «La paria quél a presa tornar nos la ha doblada.»

109 Menéndez Pidal observó ya (Cantar de M.C.1, III, p. 1047, v. 569, nota): «pero el v. 586 nos asegura que las parias fueron efectivamente pagadas, y que la Refundición obró de ligero al suponer la repulsa del Cid, y más conservando, como conserva, ese verso 586». El arreglo, insisto, debe de ser cronístico.

110 «Mandó luego el Çid fazer muy grand cozina et adobar maniares de muchas guisas por fazer plazer al conde don Remond» («a myo Çid don Rodrigo grant cozinal’ adobauan»); «Conde, comet et beuet, ca esto en que uos sodes por uarones passa, et non uos dexedes morir por ello, ca aun podredes cobrar uuestra fazienda et enderençar esto» («Comed, conde deste pan e beued deste vino»); «Comet uos, que sodes omne de buena uentura et lo merescedes, et folgat en paz et en salut» («Comede, don Rodrigo, e penssedes de folgar»); «Et el Çid, quando esto uio, con el grand duelo que ouo déll, dixol’» («Dixo myo Çid»); «Conde, bien uos digo uerdad que si non comedes siquier algún poco, que nunqua tornaredes a uuestra tierra; et si comierédes por que podades ueuir...» («Comed, conde, algo, / ca si non comedes, non veredes christianos; / e si uos comieredes, don’ yo sea pagado...»); omite la descripción del conde comiendo con mano apresurada, en compañía de los «creenderos» que le guardaban y bajo la mirada burlona del héroe (PCG, pp. 533b27-29, 38-42, 44-50, 534a4-5, 5-9, 32-33. Mio Cid, versos 1017, 1025, 1028, 1033, 1033-1034, 1058-1059). Th. Montgomery, «The Cid and the Count», puso ya de relieve, aunque por motivos diferentes a los míos, el contraste existente entre la humillante actitud burlona del Cid poético para con su encumbrado prisionero, y el mesurado y cortés tratamiento que a partir del relato épico inventa el cronista alfonsí.

111 Menéndez Pidal cita la supuesta Refundición a propósito de algunas diferencias mínimas: «La Refundición del Cantar no expresaba el número quinze» («en mano trae desnuda la espada, / quinze moros mataua de los que alcançaua», vv. 471-472; «su espada en la mano, matando quantos ante sí fallaua», PCG, p. 525a27-28); «La Refundición añade yo» («con Alfonsso myo señor non querría lidiar», v. 538; «ca yo non querría lidiar con el rey don Alffonso mio sennor», PCG, p. 526a8-9); «no se olvide que la Crónica sigue una Refundición del Cantar» («vieron lo las arrobdas de los moros, al almofalla se uan tornar», v. 694; «Las athalayas e guardas de los moros, quando lo uieron, dieron grandes uozes et tornaronse a sus compannas a fazérgelo saber», PCG, p. 528a34-37). Cfr. Cantar de M.C.1, III, pp. 1043, 1046 y 1052.

112 «Bien sepades por cierto que tornaremos a Castiella con grand onrra et grand ganancia, si Dios quisiere»; «mas si Dios me diere conseio, yo gelo emendare et gelo pecharé todo»; «onde a mester que los cometamos de cabo»; «et de como yo cuedo, a yr nos auremos daquí»; rememoración ante Alfonso, por parte de Alvar Háñez, de la conquista de Alcocer y del envío de dos reyes moros por el rey de Valencia que cercasen al Cid (probablemente cronístico); «et con la merced de Dios nos guisaremos cómo nos la fagades»; «tomó el Çid de sus compannas dozientos caualleros escollechos a mano, et trasnochó con ellos» (PCG, pp. 523b25-27, 524a8-9, 529a34-35, 530a33-34, 531a14-23, b19-20, 532b17-19). [Véase Armistead, «Mas a grand ondra» (1989)].

113 No se olvide el hecho de que la copia del Mio Cid conservada es de letra tardía, del s. XIV (tenga o no que ver con el año 1307, según pensó Menéndez Pidal a la vista del explicit); es, por tanto, distinta y posterior a la que manejaron los historiadores alfonsíes en el siglo XIII.

114 Versos 14b, 755b, 835b, 875b-e, 896b, 935b-c. Rechazo decididamente 934b, en vista de la lección del ms. F; pongo muy en duda 875b-e (que se explica bien como rememoración cronística). Menéndez Pidal (Cantar de M.C.1, III, p. 1029, nota al v. 95) sólo considera aparte, como propio de la Refundición, el verso que podríamos reconstruir a base de PCG, p. 524a8-9 (es posible que la frase no sea sino una moralización historiográfica).

115 La Versión crítica contiene prácticamente todas las adiciones y enmiendas cronísticas que hemos enumerado: «desque fue la noche espidiósse... e andudo toda esa noche»; falta el trecho correspondiente a PCG, p. 525b48-526a4, porque la Versión crítica comienza el capítulo en 526a13 aludiendo sólo de pasada a las razones del abandono de Castejón; «mandó escodriñar toda la villa e fallaron ý muchos moros e muchas moras que yazían escondidos e mucho oro e mucha plata e otro auer muy grande» (en Alcocer); «auiendo sabor de sallir de allí para yr buscar mejor logar e mayor conssejo» (empeña Alcocer); «e ssi quisieremos lidiar con los moros, ellos son muy grandes poderes e nos pocos, otrossí que nos queramos yr de noche a furto, non podremos ca nos tienen cercados de todas partes»; resume la respuesta de Minaya; reduce a una breve frase casi toda la columna a de PCG, p. 528; «...para el castillo e entráronle luego. E Pero Bermúdez, que trayé la seña del Çid, fuesse luego quanto más pudo para el castillo e puso la seña en el más alto logar que ý auié»; «los moros çercaron le allí e començáronle a dar grandes golpes en él de las lanças por leuar la seña dél, mas commo trayé buenas armas non le pudieron enpeecer»; «fueron ferir en los moros. E porque los moros estauan ya mal encarmentados de la otra vegada, non sse atreuieron a lidiar con los christianos nin de los atender en el canpo e avn fuéronsse vençiendo. E los Christianos yendo los ya leuando...»; resume el diálogo que precede a las primeras heridas; omite el episodio, al resumir: «començáronse a quexar mucho los moros que ý morauan por que les fazía él mucho bien e mucha merçed e rrogauan a Dios que le guiasse e la su bienandança que sienpre fuesse adelante»; «Minaya Aluar Fánez, todo algo que vos omne fiziesse meresçedes lo vos muy bien, e quiero que tomedes vos deste mi quinto lo que vos ouieredes menester»; ya hemos dicho que omite todo este comienzo de capítulo al resumir; censura todo el pasaje; «e esto non pertenesçe a rrei, ca ningund señor non sse deue ensañar por tan poco tienpo ssi non ssi vier que le cunple mucho»; idéntica reordenación en «que gelo quisiesen conprar. E ellos vinieron sobre tregua, e quando vieron el auer apreçiáronle en tres mill marcos de plata»; omite, según dijimos; idéntica corrección a propósito de las parias de Alcocer; las mismas «moralizaciones» en la escena de la prisión de Berenguer.

116 «Bien sepades que tornaremos nos a Castilla rricos e honrrados e con grand honrra»; resume, poniendo en boca de Martín Antolínez el plan; «onde ha menester que los cometamos de cabo»; no; idéntica rememoración sobre Alcocer; «e, ssi Dios quisiere, nós guisaremos por do la ayamos»; «tomó el Çid dozientos caualleros de sus conpañas todos escogidos a mano e trasnochó con ellos».

117 Como es lógico, la tendencia a resumir el relato arrastra consigo la omisión de ciertos detalles poéticos y aun de algún episodio del Mio Cid conservados por la PCG.

118 «Quando despertó el Çid, la cara se santigó, / sinaua la cara, a Dios se acomendó; / mucho era pagado del sueño que (a soñado) [soñó].»

119 «Fata que yo me pague sobre mio buen cauallo, / lidiando con moros en el campo, / que enpleye la lança e al espada meta mano, / e por el cobdo ayuso la sangre destelando, / ante Ruy Díaz el lidiador contado, / non prenderé de uos quanto uale vn dinero malo, / pues que por mí ganáredes ques quier que sea dalgo.»

120 «En vn ora et vn poco de logar .c.c.c. moros matan.»

121 «Este Alcádir dio Çorita al rrey don Alfonso después que ffue entrado el rrey de Badajoz en Toledo, por tal que le ayudasse contra sus moros» (CrXXReyes, ms. N, f. 126b-c; entre «...fuesse para Valençia» y «E diz la estoria que las cosas por que este nieto de Alimaymón ouo a salir de Toledo...» Cfr. PCG, p. 547b22-25). Este detalle histórico figura igualmente en el Kitab al-iktifā’  de Ibn al-Kardabūs, llamando «Çoria» a «Çorita» (corrige bien Menéndez Pidal, Hist. y Epop., Madrid, 1934, p. 247 y n. 2; no así Levi Provençal, Islam d’Occident, París, 1948, p. 127, n. 23). «Pero con conssejo de los moros poderosos de la cibdad» (CrXXReyes, f. 126c; entre «ouo a fazer esta postura con el rrey don Alfonso» y «que se salliesse de Toledo»; cfr. PCG, p. 547b39-40 variante de F); e, inmediatamente, añade: «e que le diesse Çorita assý commo dixiemos que gela dio» (sigue: «e el rrei don Alfonso que le ayudasse cobrar Valençia...»). Más adelante, la CrXXReyes (f. 129c), añade un largo pasaje sobre cómo los ambiciosos hijos de Abubácar Abneabdalaziz dan al rey «muchas millarias de marauedís» pensando cada uno alcanzar el poder, mientras al-Qādir cree posible despojarles así poco a poco del tesoro de la ciudad que sospecha que se halla en sus manos; por ello, retiene a Alvar Fáñez. (Entre: «así commo se perdiera Toledo» y «E quando los alcaydes que tenién los castillos». Cfr. PCG, p. 550a44-45 y b15), e insiste (f. 129d) en que al-Qādir «nin quiso enbiar a Aluar Fanes, ca tenía que ssy lo enbiasse que non duraría él vn día en el rregno, ca sse temía de los moros e non se aseguraua en ellos» (entre «mas non le quiso el rrey creer» y «El rey de Valençia mostró este consejo que le daua Aldeça Abenlupón...» Cfr. PCG, p. 550b44-46); seguidamente la CrXXReyes (f. 130a-b) cuenta mucho más detalladamente el consejo de los hijos de Abu Bakr contrario a Abenmacor y Aldeça Abenlunpo, la ruptura con el privado y los preparativos para el cerco de Xátiva (cfr. PCG, p. 550b45-551a2); todavía, un poco después (f. 131a), añade la noticia: «e tóuolos tanto presos fasta que se ouieron a pleytear; e pleyteósse el vno de los fijos de Abubácar por dozientas vezes mill marauedís e todos los dió» (cfr. PCG, p. 551b52), hecho al que se alude en PCG, p. 552a40-41, como sabido.

122 Por absurdo que ello parezca, tal es, sin embargo, la conclusión de Babbitt (CVR Latin Sources, p. 107): «it seems to indicate that the two chronicles are based on two distinct versions of the Arabic original».

123 Véanse atrás los detalles confrontados en las pp. 191-195 y 197-199 (y nn. 58-69).

124 Vuelve a aprovechar el v. 1092, incorporándolo a un breve párrafo de la Historia Roderici, § 54, que intercala en medio del relato de Ibn ‘Alqama; más tarde resume el contenido de los versos 1093-1171  (sólo omite las alusiones a Cebolla y Peña Cadiella, que consideró aquí impertinentes), interrumpiendo de nuevo la narración de Ibn ‘Alqama; poco después, vuelve a complementar el relato árabe con noticias de la Historia Roderici, § 57-58, y del Mio Cid, vv. 1182 y 1187-1204. 

125 A mi parecer, los versos 1209-1210 del Mio Cid «Nueue meses complidos, sabet, sobrella iaz; / quando vino el dezeno, ouieron gela a dar» explican el comienzo del cap. 920 [= 921] de PCG, cap. LXXIIII de E2(d) y F: «Cuenta la estoria que nueue meses touo el Çid çercada la noble çibdat de Valencia... Et vn mes estido en sus pleytesias con los de la çidat fasta que..., en que se cunplieron los diez meses...» (PCG, p. 591a20-28); diez figura correctamente en el ms. F y en la Crónica de Castilla, sólo E2(d) entiende mal y corrige nueue. A su vez los versos 1219-1220 «Alegre era el Campeador con todos los que ha, / quando su seña cabdal sedié en somo del alcáçar» se reflejan fielmente en lo que sigue: «...et mando poner su senna en la más alta torre que en el alcáçar auié... et fizieron grandes alegrías él et todos los suyos» (PCG, p. 591a41-47). Sólo se acude a Ibn ’Alqama a partir de PCG, p. 591a47 (en que la Crónica de Castilla abre nuevo capítulo).

126 Desde la venida del rey de Sevilla contra Valencia.

127 Con esta mi hipótesis quedan, de paso, conciliadas las dos posiciones contradictorias tomadas anteriormente por la crítica al enjuiciar el problema de las relaciones entre la Primera crónica, la Crónica de veinte reyes y el Mio Cid. Con Menéndez Pidal (Poes. jugl.6, Cantar de M.C.2) y Cintra (Crón. 1344) reafirmo la prioridad de la Primera crónica general respecto a la Crónica de veinte reyes en la parte anterior al cap. 896 de PCG; con Babbitt («Once Reyes», pp. 207-208; «Twelfth-Century Epic Forms», pp. 128-136) creo en la gran antigüedad de la compilación conservada en la Crónica de veinte reyes y, por lo tanto, pongo en duda (como innecesaria, aunque no como increíble) la supuesta popularidad en el siglo XIV del Mio Cid del s. XII.

128 Véanse atrás pp. 199-203 y notas 70-78.

129 A mi parecer, toda la materia épica relacionada con el drama de Corpes presente en la Primera crónica formaba parte de la *Estoria del Cid amañada en Cardeña; el epílogo clerical (la llamada *Leyenda de Cardeña) buscó sustentarse, desde sus orígenes, en la arraigada tradición juglaresca. Por otra parte, el monje que, al servicio de los intereses económicos del monasterio, dio forma literaria a la *Estoria del Cid, trató de autenticar el relato de las fabulosas postrimerías del héroe mezclando en el cuento a los dos personajes moros valencianos que ocuparon los más importantes puestos durante el gobierno de Valencia por el Cid: el alfaquí «Alhuacaxí», nombrado alcalde, y el alguacil «Abenalfarax». La familiaridad del monje de Cardeña con el nombre y papel histórico de esos moros es indudablemente debida a la traducción de la historia de Ibn ’Alqama. [Para una evaluación más precisa de la *Estoria caradignense del Cid (y su influjo en la tradición manuscrita de la Estoria de España véase el cap. VII, § 9 del presente libro, y para el problema de su fechación el Apéndice III].

Índice de capítulos:

* PRESENTACIÓN

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (1)
   a. La realidad se forja en los relatos

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (2)
    b. Rodrigo, Campeador invicto para sus coetáneos

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (3)
   c. Del Campeador al Mio Cid. Los nietos del Cid y la herencia cidiana

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (4)
   d. Rodrigo, el vasallo leal, a prueba

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (5)
   e. El Soberbio Castellano

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (6)
   f. El Cid se adueña de la Historia y la Historia anquilosa la figura del  Cid

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (7)
   g. El Cid del Romancero salva al personaje literario del corsé historiográfico

* II EL «IHANTE» QUE QUEMÓ LA MEZQUITA DE ELVIRA Y LA CRISIS DE NAVARRA EN EL SIGLO XI

*  III LA NAVARRA NAJERENSE Y SU FRONTERA CON AL-ANDALUS

*   IV EL MIO CID Y SU INTENCIONALIDAD HISTÓRICA

V EL MIO CID DE ALFONSO X Y EL DEL PSEUDO IBN AL-FARAŶ

VI RODRIGO EN LA CRÓNICA DE CASTILLA. MONARQUÍA ARISTOCRÁTICA Y MANIPULACIÓN DE LAS FUENTES POR LA HISTORIA

* VII LA HISTORIA NACIONAL ANTE EL CID

* APÉNDICE I.  SOBRE LA FECHA DE LA HISTORIA RODERICI

* APÉNDICE II. SOBRE LA FECHA DE LA CHRONICA NAIARENSIS

* ÍNDICE DE REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS (Y CLAVE DE SIGLAS)


IV EL MIO CID Y SU INTENCIONALIDAD HISTÓRICA

IV EL MIO CID Y SU INTENCIONALIDAD HISTÓRICA

a. La epopeya y dos modalidades de información histórica «de más alto interés que los hechos»

      «Sin la epopeya ignoraríamos, con muchas costumbres, ritos y modos de ser, muchas maneras de pensar y de sentir, las más impulsoras de la vida, las que nos dan a conocer la antigua civilización medieval mejor que cualquier crónica de la época». Con estas palabras centraba Menéndez Pidal en 1948 1 la vieja cuestión de la «historicidad» de la poesía épica medieval, cuestión frecuentemente malentendida por los simplificadores de ideas ajenas. Y aclaraba: «Siempre más que hechos concretos, la epopeya nos habrá de dar situaciones, costumbres, ideario y ambiente; pero también es cierto que todas estas cosas son de más alto interés histórico que los hechos» 2.
      En esta enumeración de «cosas... de más alto interés que los hechos», Menéndez Pidal incluye dos modalidades de información histórica que creo preciso separar: de una parte, las «situaciones», «costumbres», «ritos», el «ambiente», son datos que el poeta registraba inintencionalmente (o con intencionalidad ajena a su valor «arqueológico» actual) 3, simplemente por el hecho de hallarse inmerso en la «antigua civilización medieval»; pero los «modos de ser», el «ideario», las «maneras de pensar y de sentir» incorporadas a una obra figuran en ella con plena intencionalidad para dar significado a la fábula, para construir el mensaje del poema.
      El desinterés por el punto de vista histórico del poeta, que supone la inclusión de la ideología en la misma nómina que las costumbres, quizá haya que atribuirlo a la creencia menéndezpidalina de que el autor del Mio Cid (al igual que los primeros fabuladores de cualquier otro poema épico) recoge muy directamente una visión contemporánea de los sucesos. En consecuencia, Menéndez Pidal tiende a considerar como uno el tiempo histórico de Rodrigo Díaz (la «España del Cid», tan magistralmente reconstruida por él mismo) 4 y el del autor del poema, y no cree preciso distinguir entre el tiempo representado y el que el poeta del Cid, debido a su personal integración en un determinado espacio y tiempo, pudo poner de manifiesto en su fábula. A mi parecer, la epopeya, como cualquier historia (por muy objetiva y científica que quiera ser) es siempre interpretación «política» del pasado (próximo o lejano), es utilización del ayer en función del hoy, es lección cara al futuro (como bien vieron, no sólo historiadores clásicos, sino también grandes historiadores medievales como Alfonso X) 5. El ideario que el poeta del Mio Cid incorporó a su obra no puede responder a otra perspectiva que a la que él tenía del pasado historiado 6, y esa perspectiva tuvo que verse influida por la reestructuración política, económica, social y cultural ocurrida en la Península a partir de los años finales del reinado del rey don Alfonso «el Viejo» 7.
      Mi reinterpretación del Cid del poema no responde, pues, al propósito de defender la autonomía del héroe fictivo o al deseo de desmitificar al personaje histórico —objetivos revisionistas que no me interesan— sino al convencimiento de que para comprender mejor el significado del último gran canto heroico medieval del occidente europeo es preciso examinar bajo una luz nueva la historia que en él se hace ficción.

b. La ruptura de los moldes genéricos y la transformación intencionada de los hechos, claves para descubrir el significado del poema

      Si queremos descubrir qué dice en su fábula el cantor del Mio Cid debemos estar muy atentos a aquellos puntos en que transforma sustancialmente los hechos que sucedieron y a aquellos en que la estructura de su fábula rompe los moldes tradicionales del género literario empleado. Cuando el apartamiento de la historia no está justificado por el modelo épico, que le proporciona estructura y lenguaje poético, o cuando la subversión del modelo literario tradicional no está exigida por los hechos, es muy probable que la novedad engrane con los propósitos «políticos» de la canción.
      El género en que el autor del Mio Cid concibe su poema permitía (aunque no obligaba a ello) 8 elegir un personaje heroico y hacer girar alrededor de su figura modélica el relato. Pero la fábula tenía que ser una construcción dramática, no una serie inconexa de hechos notables enlazados por un hilo biográfico 9. El drama debía tener como nudo un conflicto de honor, resuelto mediante el proceso depurador de la venganza 10.
      El poema del Mio Cid acepta el esquema, pero lo subvierte para que el género pueda ponerse al servicio de unos principios de organización social y éticos nuevos 11.

      Su héroe es un personaje histórico reciente, Rodrigo Díaz; «demasiado» reciente quizá, pero ya mítico. Basta para probárnoslo la historiografía árabe, que recoge sin asomos de ironía, la orgullosa autovaloración del héroe: «Un Rodrigo perdió esta Península, pero otro Rodrigo la liberará» 12; «Yo apremiaré a cuantos señores son en al-Andalus, de guisa que todos serán míos; el rey Rodrigo no fue de linaje de reyes, pero rey fue y reinó, así reinaré también yo, y seré el segundo rey Rodrigo» 13, y que lo califica, aunque lo maldiga en su condición de «perro» enemigo, como «un milagro de los grandes milagros del Señor»14. Y nos lo comprueba, a su manera, el hecho excepcional de que, en una época en que las obras históricas no generales son extremamente raras 15, se dediquen a su persona dos obras latinas (el Carmen Campidoctoris y la Historia Roderici) 16. Pero, sorprendentemente, el poeta del Mio Cid devuelve al héroe a la realidad cotidiana, intenta aproximarlo a los oyentes, presentándolo como un arquetipo, sí, pero como un arquetipo humano 17. «Mio Cid», mi señor, es representado como el modelo del padre: para su mujer e hijas, para sus sobrinos y vasallos, para las damas que acompañan a su mujer, incluso para los allegadizos que acuden a recibir su sombra y para los moros amigos... El nudo del drama es un conflicto que precisamente hace poner en duda ese modelo que se ha presentado: los yernos que inicialmente proporciona el Cid a sus hijas son indignos, y se divorcian de ellas después de maltratarlas.
      Junto a una nueva definición del héroe, una profunda alteración de los dos viejos conceptos que mueven la acción épica: el honor y la venganza. El honor se adquiere con las manos (no por venir de condes con la más limpia sangre, ni por tener «gran parte» en la corte regia); la venganza se obtiene por derecho y en juicio (no matando al ofensor) 18.
      Todo lector del Mio Cid con conocimiento de los héroes y de las fábulas de la epopeya medieval ha reconocido como la más notable entre las innovaciones del poema, el hecho de haber elevado a virtud heroica la moderación y la humanidad. El Cid poético posee, como piedra angular de todas sus demás virtudes varoniles, la «mesura» 19.
      También se admira en el Mio Cid (desde que hacia 1830 Andrés Bello subrayó 20 «aquel tono de gravedad i decoro que reina en casi todo él») la capacidad del poeta de haber sabido ajustar su propio arte a ese mismo ideal.
      Pero la crítica ha pasado por alto la asombrosa contradicción existente, entre esta esencial moderación del héroe y de su poeta, y la violencia con que en el Mio Cid se asalta la memoria de un conjunto de personajes históricos que, en su tiempo, brillaron en el reino con extraordinario esplendor; el «grand bando» de ricos hombres cortesanos a quienes el poeta atribuye un comportamiento vil incluye a los muy poderosos ricos-hombres de Tierra de Campos «de natura... de los de Vanigómez (onde salién condes de prez e de valor)» 21, como el conde Pedro Ansúrez, señor de Valladolid, el gran consejero de Alfonso VI, a quien la hija y sucesora de este rey, la reina doña Urraca, trataba de «padre», o su hermano el también conde Gonzalo Ansúrez, con sus tres orgullosos hijos, Asur, Diego y Fernán González (los infantes de Carrión), o el conde Gómez Peláez, y junto a ellos a otros no menos destacados ricos hombres de Castilla, como el conde García Ordóñez, señor de La Rioja y de un amplio territorio hasta el alto Duero, brazo derecho de Alfonso VI y ayo de su hijo don Sancho, o el cuñado de este conde, Alvar Díaz, señor de Oca, [cuyo padre, Diego Álvarez, facilitó la anexión de La Rioja por Castilla], y otros parientes de estos condes castellanos a quienes no se da nombre 22.
      El poeta, dispuesto a destruir la imagen de estos grandes personajes, se comporta como el más redomado libelista político que podamos imaginar, imputándoles crímenes que la documentación histórica nos obliga a rechazar como imposibles y abrumándoles con sentencias condenatorias que nunca padecieron 23. La espina dorsal de la fábula del Cid, el drama familiar contado por el poeta, es invención que la historia no sólo no apoya sino que desmiente, pues la edad de las hijas del Cid hace imposible la vil acción de los infantes de Carrión en Corpes 24. En consecuencia, el juicio de las cortes de Toledo y la sentencia en el combate judicial de Carrión con que se condena a los tres hermanos Asur, Diego y Fernan González son también sucesos fabulosos.
     Al comentar el «episodio central de toda la acción del poema», la afrenta de Corpes, justificándolo como perteneciente a la tradición local de San Esteban de Gormaz (Menéndez Pidal) 25, o al interesarse en él puramente desde un punto de vista literario (los más de los críticos posteriores), se ha perdido de vista el interés político de la fábula construida por el poeta. A despecho del peso social y político de los personajes adscritos al «gran bando», la voz del juglar-fiscal se impuso en la historia como verdad, y sus acusaciones, tanto las más calumniosas como las que pudieran tener alguna base en la realidad, quedaron incorporadas a ella, manchando para siempre el honor de las familias odiadas por el poeta. La importancia de las invenciones del «mesurado» cantor del Cid sólo puede calibrarse si tenemos presente que esas familias no se acaban en tiempos del Rodrigo Díaz histórico, sino que en los días del poeta aún tenían «part en la cort», aún constituían el estamento social más poderoso. Baste recordar, como ejemplo máximamente representativo de la continuidad del poder de las familias vilipendiadas en el Mio Cid, que el hijo del conde García Ordóñez es García Garcíaz de Aza, a quien, muertos Alfonso VII y Sancho III, le sería encomenda la tutoría del rey niño Alfonso VIII 26.
      La disimulada pasión política con que el poeta deforma la historia a su arbitrio debe ponerse en relación con un reproche que suele hacérsele en virtud de consideraciones estrictamente literarias: el haber abandonado la norma épica que exigía conceder a los traidores grandeza heroica, trágica, y haberlos empequeñecido hasta convertirlos en figuras cómicas 27.
      Creo, sin embargo, que una reproducción de los modelos tradicionales de la épica habría impedido al cantor del Cid realizar su propósito de descalificar a todo un estamento socialmente muy prestigiado. Para ofrecer un modelo sustituto de organización social, tenía que contrastar sistemáticamente la virtus del Cid y los suyos, con la falta de fundamento moral de los ricos-hombres «de natura... de los condes más limpios», orgullosos de sus apellidos, solares y títulos. Y su arma más eficaz de lucha respecto a tan poderoso grupo fue el ridículo. Diego y Fernando escondiéndose del león 28, Asur González entrando en la corte

manto armiño,     e un brial rrastrando,
vermejo viene,     ca era almorzado 29;

y el conde García Ordóñez, de cuya barba

non ý ovo rrapaz     que non messó su pulgada 30

pierden, gracias a ello, cara al público, el prestigio de que suelen gozar las altas figuras cortesanas.
      Maestro en el arte de empequeñecer a los grandes, el poeta destruye la imagen de los poderosos, ya sea mediante evaluaciones soltadas al paso: «largo de lengua,     mas en lo ál no es tan pro» 31 (Asur); ya sea aprovechando la voz de sus personajes: «eres fermoso     mas mal varragán, / lengua sin manos     cuémo osas fablar?» 32 (Fernando); ya sea construyendo paso a paso escenas llenas de humor, como la huelga de hambre del conde don Remond de Barcelona, a cuya comicidad colaboran, mano a mano, la ironía del narrador y la del propio personaje del Cid 33. Y en esta escena y en otras del juicio de Toledo vemos claramente que en el sistema de valores del poeta la moderación atribuida al Cid no está reñida, ni mucho menos, con el uso (y aun abuso) del arma de la ironía 34. La gran barba del Campeador oculta, a menudo, una sonrisa burlona 35.
      Por otra parte, la extensión al conde de Barcelona del ridículo proyectado sobre los condes y ricos-hombres del «bando» de Carrión nos muestra que la enemiga del poeta hacia los estamentos nobiliarios que se sentían más orgullosos de su alta alcurnia puede no ser debida, únicamente, a fobias banderizas dentro del reino castellano-leonés 36 y tener un transfondo social.

c. La «sorprendente» importancia concedida al dinero en la narración de las gestas del Cid y la «lucha estamental» en la primera mitad del siglo XII

      Pero para poder sustanciar esta sospecha es preciso que nos detengamos a reconsiderar otra observación sobre el poema que todo lector «ingenuo» del Mio Cid suele hacer: la sorprendente importancia concedida en una narración «heroica» al dinero (y otras riquezas muebles) 37.
      Desde el comienzo mismo de la acción, el «aver monedado», que el rey (y los judíos) sospechan ha retenido el Cid al ir a cobrar por orden del rey las «parias» o tributo que deben los moros, se sitúa en el centro de interés del relato 38. Nosotros sabemos que la acusación es injusta 39, que el Cid parte al destierro pobre y que sus primeras hazañas militares como «salido» de la tierra tienen un doble objetivo: en primer lugar, obtener ganancia con que pagar a los de su hueste»

Todos sodes pagados     e ninguno por pagar 40,

y, por otra parte, enviar dineros para que vivan su mujer e hijas mientras él se halla expatriado,

Lo que rromaneçiere,     daldo a mi mugier e a mis fijas 41,

pues el Cid no necesita, como don Quijote, del consejo de un Sancho para saber que en el mundo se vive con dinero. Pero su actividad crece, y al verse obligado a enfrentarse en lides campales a los moros y al conde de Barcelona, la riqueza ganada —caballos, sillas, frenos, espadas, guarniciones— no sólo se utiliza para pagar a los que le sirven:

¡Dios, qué bien pagó     a todos sus vassallos,
a los peones     e a los encavalgados! 42

Prendiendo de vos e de otros     yr nos hemos pagando,
aremos esta vida     mientras plogiere al Padre Santo
como qu[i] yra a de rrey     e de tierra es echado 43,

y para atraer a muchos caballeros que tratan de hacer fortuna:

—¡Quien quiere perder cueta     e venir a rritad
viniesse a myo Çid     que a sabor de cavalgar!
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Andidieron los pregones,     sabet, a todas partes;
al sabor de la ganançia     non lo quiere[n] detardar,
grandes yentes se le acojen     de la buena christiandad 44,

sino para iniciar un proceso de negociación con el rey, cuya benevolencia irá comprando poco a poco a fuerza de obsequiarle con el quinto de lo que en cada batalla a él le correspondía como ganancia 45.
      Después, habiendo creado el señorío valenciano y vencido en lid campal a los ejércitos moros peninsulares y marroquíes que tratan de disputárselo, la maravillosa huerta (que contemplan su mujer e hijas desde una torre de Valencia), las ganancias obtenidas en el campo de batalla y las parias que pagan los moros «amigos» le hacen envidiablemente rico, pues según comenta Abengalvón, el moro de paz, «tal es la su auze» (sus aves) que:

maguer que mal le queramos     non gelo podremos f[a]r:
en paz o en guerra     de lo nuestro abrá,
mucho’l tengo por torpe     qui non conosçe la verdad 46.

      Esta capacidad de obtener riqueza —«aver monedado» y objetos preciados— es lo que aviva el deseo de los infantes de casarse con las hijas del Cid, «a su ondra y a nuestra pro» 47, como explican sin rebozo al propio rey. Y de ahí todo el conflicto subsiguiente, cuando los orgullosos hijos del conde don Gonzalo descubren que de la vida en frontera

catamos la ganançia     e la perdida no 48

y que esas riquezas sólo se mantienen y obtienen con las manos puestas en la espada.
      En contraste con el dinero y objetos preciados que han hecho ricos al «salido» de la tierra y a sus vasallos, el poder de la vieja y orgullosa nobleza cortesana tiene una muy distinta base económica y origen: el solar, las tierras y villas poseídas en heredad.
      Cuando los infantes de Carrión deciden abandonar Valencia, llevándose a sus mujeres, ofrecen al Cid 49:

levar las hemos     a nuestras tierras de Carrión,
meter las hemos en las villas    que les diemos por arras e por onores

y el propio Cid se hace entonces eco del contraste entre los dos tipos de bienes de diversa utilidad, diciendo 50:

vos les diestes villas por arras     en tierras de Carrión,
hyo quiero les dar axuvar     tres mill marcos de [valor]

(y, junto con los 3.000 marcos, mulas, palafrenes, caballos, vestidos y espadas).
      De ahí que, llegado el momento del juicio en las Cortes de Toledo, el contraste entre la base monetaria y mueble de la «nueva» riqueza del Cid y la territorial inmueble patrimonial de sus ex-yernos sea puesto nuevamente de manifiesto y de una forma muy agresiva. A la demanda hecha por el Cid 51:

¡Den me mis averes,     quando myos yernos non son!,

Fernando, uno de los infantes, se ve precisado a contestar confesando una falta de liquidez 52:

Averes monedados     non tenemos nos,

por lo que el conde don Ramón, que actúa de juez, exige que paguen «en apreçiadura» (mulas, palafrenes, espadas, guarniciones) 53. Pero los orgullosos ricos-hombres no tienen riquezas muebles suficientes de donde echar mano. Por ello,

empresta les de lo ageno,     que non les cumple lo so 54,

e incluso piensan, por un momento, como única salida, que

pagar le hemos de heredades    en tierras de Carrión 55.

      La tensión que el poema de Mio Cid pone tan claramente de manifiesto entre dos «clases» 56 bien diferenciadas, no sólo social sino económicamente, creo que se explica teniendo presentes las transformaciones sufridas por la España cristiana como consecuencia del colapso de la política imperialista de Alfonso VI en Al-Andalus.
      La opresión tributaria de los reinos andaluces musulmanes dirigida por el conde mozárabe Sisnando Davídiz (según un esquema que nos explica el rey granadino ‘Abd Allāh en sus memorias) 57 se había convertido, para el Norte cristiano, en base esencial de su desarrollo económico. Las «parias» (que en el Mio Cid ponen en marcha la acción) constituían en el reino castellano-leonés la principal fuente de «aver monedado» 58 y habían llegado a ser esenciales incluso para el mantenimiento del poder económico-político de la abadía de Cluny en el Occidente europeo 59. Pero la política de explotación económica de al-Andalus se desplomó súbitamente como resultado del incumplimiento, por el «emperador de las dos religiones» 60, del pacto de rendición de Toledo. Llamados a España los lamtuníes, la espectacular derrota del «Imperator totius Hispaniae» 61 en Zalaca-Sagrajas  (1086) por Yūsuf ibn Tašufîn cambió radicalmente el panorama político peninsular y, tras él, el económico; los esfuerzos posteriores de Alfonso VI por restaurar su imperio económico sólo sirvieron para precipitar la caída de los régulos musulmanes asociados con ese sistema de explotación.
      La revolución almorávide (1090-1094), que liberó a la mayor parte de los andaluces de la opresión tributaria que venían sufriendo, hubo de tener graves repercusiones en la economía del Norte cristiano 62. Aunque los historiadores no hayan puesto de relieve la conexión, me parece claro que la interrupción del flujo de «dinero» desde Al-Andalus creó las condiciones básicas para la explosión político-social que se produjo en la España cristiana en los años que siguen a la muerte de Alfonso VI. La revolución de los «pardos», rústicos y ciudadanos, que desde 1110 a 1116 triunfó más o menos a todo lo ancho de Castilla y Tierra de Campos, y que atrajo el apoyo de los aragoneses de Alfonso I, pone de manifiesto la existencia de unas nuevas fuerzas sociales, que se sentían insufriblemente oprimidas en la situación existente y que tuvieron poder para hacer saltar en pedazos el «imperio toledano». La información aportada por la I.a Crónica de Sahagún (conservada sólo en traducción castellana) y por la biografía del obispo Gelmírez o Historia Compostellana 63, aunque procedentes ambas del campo hostil a esa «revolución», nos permite  afirmar que, en la meseta castellano-leonesa, la capacidad de acción militar de los «pardos» se basó en la existencia de una amplia alianza social. Aunque en las crónicas se les insulte llamándoles «juglares e truhanes, curtidores, zapateros y gente de vil condición», los rebeldes contra la aristocracia y contra los monjes terratenientes no fueron sólo rústicos y burgueses ruanos (comerciantes y menestrales venidos en su mayoría de otros reinos), sino todo un estamento de milites 64, que bien podemos identificar con la baja nobleza o infanzones y con los «caballeros ciudadanos» o milites villani, carentes unos y otros de tierras o solares propios.
      Aunque entre los años de mayor agitación social y el tiempo más temprano posible de composición del Mio Cid haya mediado una etapa de reconstrucción política (y sin duda económica) tan importante como es la constituida por los años 1134-1137, en que Alfonso VII devuelve a Toledo el centro de gravedad de la Península, los períodos revolucionarios tienen la virtud de sacar a la luz tensiones sociales que en otros períodos permanecen latentes sin por ello perder vigencia. Las primeras décadas del siglo XII me parecen, en consecuencia, muy reveladoras para la comprensión de la conflictividad jurídico-social que se representa en el Mio Cid 65.
      El desprecio del poeta por los ricos-hombres de solares conocidos, con propiedades en la Tierra de Campos y en La Rioja, cargados de «onores», pero faltos de «aver monedado», poderosos en la corte y en el interior de Castilla y León, pero remisos a afrontar las exigencias de una vida de acción en la frontera y opuestos a un sistema de derecho que los equipare a otros milites de sangre menos ilustre, parece responder al punto de vista de los caballeros ciudadanos o villanos de la Extremadura soriana y segoviana y a sus aliados «ruanos» de Burgos, Carrión, Sahagún y demás villas del Camino de Santiago, que aspiraban a introducir un nuevo orden económico y un nuevo sistema de derecho que facilitasen y no impidiesen la redistribución del poder entre los varios estamentos sociales.
      El estudio de las luchas que conmueven el imperio toledano durante el segundo decenio del siglo XII, aparte de poner de manifiesto la hostilidad social hacia la nobleza terrateniente de los caballeros de la baja nobleza y de las ciudades y villas que moraban allende del río Duero, que creemos subsiste en el Mio Cid, nos explica, de paso, por qué, en el Burgos del poema, mientras los «burgeses e burgesas» 66 se asoman a las ventanas (vv. 17 y ss.) exclamando al paso del Cid (v. 20):

 ¡Dios qué buen vassallo,     si ouiesse buen señor! 67

y un típico «caballero ciudadano», Martin Antolínez «el burgalés de pro», le provee de pan y vino 68, los judíos Rachel y Vidas dan muestras de su miserable condición al creer que el Cid es capaz de robar y al tratar de sacar ventaja personal de ello 69. Los contrapuestos intereses de los burgueses y de los judíos de Burgos se habían manifestado claramente al tiempo de la guerra social, pues mientras los burgueses se alzaban en armas contra doña Urraca buscando el amparo aragonés, los judíos del castillo daban acogida a la reina para que pusiera fin al movimiento de los burgueses 70.

d. La Extremadura castellana, frente a Castilla y Tierra de Campos, y el localismo del «Mio Cid»

      Aunque la revolución de los «pardos» afectó por igual a toda la meseta castellano-leonesa, desde los Montes de Oca hasta Zamora y el Esla (y la agitación burguesa alcanzó incluso a Santiago de Compostela), sus consecuencias fueron muy diversas en las distintas regiones naturales de que se componía el «imperio Toledano». En los límites orientales de Castilla, la inclinación de los caballeros ciudadanos y de los burgueses a buscar el apoyo de Alfonso I de Aragón desembocó en la reconstrucción de la gran Navarra najerense, desmembrada anteriormente por Alfonso VI. Al tiempo que el antiguo reino hudí de Zaragoza, con su densa población musulmana, quedaba en manos de Alfonso I y de sus auxiliares trans-pirenaicos, los territorios «de rivo Iberi usque circa civitatem de Burgos» 71, con Nájera como centro, volvieron a ser parte del reino navarro-aragonés (siendo excluidos de ellos los herederos de Garcí Ordóñez y de Alvar Díaz) y el rey «celtíbero» (como lo motejaban sus enemigos de Galicia) 72, antes de emprender la colonización del valle del Ebro, organizó la «Extremadura» castellana, entre el Duero y la Sierra Ministra, como un bastión fronterizo de su propio reino, poblando Soria (1119-1120) 73 y reconquistando Medinaceli (antes de 1121) 74.
      Aunque, en 1127 tiene que conceder al joven emperador Alfonso VII, no sólo la Extremadura segoviana (en la que durante un tiempo actuó libremente) 75, sino los estratégicos pasos del Jiloca y el Henares, con Medinaceli, Atienza y Sigüenza 76, Alfonso I continuará hasta su muerte (1134) dominando el alto Duero, desde Almazán (poblado en 1128) hasta San Esteban de Gormaz (que ocupaba desde 1111) 77, y, al sur de Medinaceli, conquistará a los moros Molina (1128) 78, echando así la llave a la posible expansión castellana hacia Levante por el camino que años atrás había seguido el Cid.
      Esta Extremadura del Duero, que hasta mediar los años 30 los navarro-aragoneses disputan a Castilla, constituía, junto con Toledo, la frontera con la España musulmana; pero, a diferencia de Toledo y sus castillos, que a principios del siglo XII recibían constantes embates por parte de los almorávides, esas tierras representaron una base para las acciones cristianas ofensivas, un centro desde donde se planeaba la reconquista de los territorios que en el pasado habían ya estado bajo dominio o protección cidiana (1094-1099), como Valencia, la Sahla o Santa María de Albarracín, o de Alvar Fáñez (1097-1107), como Zorita, Santaver, Cuenca, y que no habían caído bajo el poder almorávide hasta los últimos años del reinado de Alfonso VI o a raíz de su muerte 79.
      Estas consideraciones geo-políticas y la contraposición que el poeta establece entre la nobleza solariega, con propiedades en la Tierra de Campos y en La Rioja, y los infanzones que obtienen riquezas gracias a una incansable actividad militar fuera de la tierra 80, nos obliga a volver los ojos hacia otra observación menéndez-pidalina (que no acierto a comprender cómo alguna vez haya sido puesta en duda) 81: el localismo en la geografía del Mio Cid, la desproporción con que se contemplan diferentes áreas del campo de acción del Cid histórico.
      El centro del drama —la afrenta de Corpes— se sitúa artificiosamente (puesto que el suceso es ficticio) en las proximidades de San Esteban de Gormaz. Las acciones militares del Cid a las que el poeta dedica un máximo de versos, 450, son las referentes a Castejón y Alcocer, dos lugares fronterizos en el alto Henares y el alto Jalón para nada citados en la biografía latina del héroe, mientras que la creación del señorío de Valencia (con el asedio de la ciudad y la toma de Jérica, Onda, Almenar, Burriana, Murviedro y Peña Cadiella) se despacha en sólo 130 versos. Los itinerarios descritos en el Mio Cid (del destierro, del viaje de los vasallos del Cid al ir al encuentro de doña Jimena y sus hijas, del viaje de los infantes desde Valencia a Carrión) se cruzan todos en el área comprendida entre San Esteban de Gormaz y Molina, y el poeta sólo detalla, con riqueza de topónimos secundarios, el paso por los alrededores de San Esteban (vv. 894-902 y 2689-2697), el cruce del alto Henares al alto Jalón y los alrededores de Medinaceli (vv. 1492-1494, 1543-1545, 2655-2657).
      En contraste con la atención prestada a este rincón de la Extremadura castellana y su frontera, el reino de Alfonso VI, Castilla incluida, está siempre visto como un mundo lejano sobre el que el buen rey don Alfonso, con sus yernos los condes «don Anrrich e don Remond», ejerce su imperio:

rrey es de Castiella     e rrey es de León
e de las Asturias     bien a San Çalvador,
fasta dentro de Sancti Yaguo     de todo es señor,
e llos condes gallizanos     a él tienen por señor 82.

      Cuando los enviados del Cid penetran en su interior, aunque hallan una amable acogida en el rey y en algunos de los de su entorno, sienten claramente a su alrededor el peso amenazador del «grand bando» hostil al Campeador 83. El poeta no se siente tampoco cómodo en esas tierras del interior del reino, por las que, en su relato, transita sin prestar atención al camino 84. ¡Cómo  no considerar significativa esta ausencia de interés, que contrasta de modo tan manifiesto con la atención prestada a los viajes «locales»! Sólo fobias eruditas pueden llevar a negar algo tan evidente.
      Menéndez Pidal explicó el fuerte localismo del poema suponiendo, inicialmente, que el poeta procedía de Medinaceli 85 y más tarde, admitiendo una colaboración sucesiva de dos poetas, el primero de San Esteban, el definitivo de Medinaceli 86. Esta idea, tardía en el pensamiento menéndez-pidalino, de recurrir a dos poetas, uno responsable de lo que en el relato hay de fiel reflejo de los hechos tal como fueron, y otro inventor de lo ficticio, me parece, en principio, rechazable 87. Si despojamos al Mio Cid de lo ficticio, nos quedamos sin fábula, sin drama, sin poema épico..., e incluso sin historia, esto es, sin interpretación «política» de los hechos.
      Mi concepción del género cultivado por los juglares de gesta me exige volver a la primera impresión de Menéndez Pidal sobre el poema, y considerar el Mio Cid conservado como cabeza de ulteriores refundiciones y no como una refundición más con predecesores desconocidos.

e. San Esteban, Diego Téllez y Alvar Háñez: El cantor del Cid, frente a la memoria histórica del pasado

      La defensa del carácter primigenio del Mio Cid conservado no me obliga, sin embargo, a suponer que Medinaceli sea la cuna del poeta. El recuerdo de la toponimia menor del entorno de esta plaza fuerte (conquistada por Alfonso VI en 1104, recobrada por los almorávides antes de 1114, reconquistada por Alfonso I antes de 1122 e incorporada al reino de Alfonso VII en 1127) 88 sin  que en ella ocurran «episodios fundamentales del Poema», lejos de inclinar a su favor la balanza afectiva, me lleva a considerar que «el afecto especial del poeta» por San Esteban era mucho mayor, toda vez que los episodios situados en su tierra carecen de base histórica, siendo parte de la invención literaria y de la intencionalidad política que la mueve. Además el poeta se detiene a elogiar en forma directa a San Esteban llamándolo, «una buena çipdad» 89, y alaba explícitamente a sus habitantes: «los de Sant Estevan, siempre mesurados son, / quando sabién esto, pesóles de coraçón» (recuérdese que la «mesura» es para el poeta la virtud por excelencia). El inciso laudatorio 90, ya de por sí bien significativo, cobra todo su valor al observar que la frase forma parte de un episodio en que los de San Esteban actúan como protagonistas 91. Cuando las hijas del Cid, después de ser torturadas y casi martirizadas por sus maridos en el robledal de Corpes, son conducidas a poblado por su primo Félez Muñoz, son los de San Esteban quienes cuidan de ellas hasta que acude Minaya Alvar Fáñez a buscarlas:

A llas fijas del Çid     dan les esfurç[i]ó[n],
allí sovieron ellas     fata que sañas son 92.

      Puesto que todo el episodio del maltrato y abandono de las hijas por los infantes de Carrión es invención poética, la buena acción de los «mesurados» habitantes de San Esteban es algo que el poeta ofrenda a la ciudad (a su ciudad, muy probablemente).
      Todo el episodio de la acogida dispensada a las hijas del Cid en San Esteban después de la afrenta creo que requiere mayor atención de la que se le ha prestado. En él figura un personaje que no reaparece en otros lugares del poema:

A Sant Esteban     vino Félez Munoz;
falló a Diego Téllez    el que de Albarfáñez f[o].
Quando ele lo oyó,    pesó’l de coraçón,
priso bestias     e vestidos de pro,
hyva rreçebir     a don Elvira e a doña Sol.
En Sant Estevan     dentro las metió,
quanto él mejor puede     allí las ondró 93.

         Cuando Menéndez Pidal, en el curso de sus continuadas investigaciones sobre la España del Cid, descubrió que ese Diego Téllez «es, lo mismo que las principales figuras del poema, una persona que existió verdaderamente, que respiró y se movió en los días del Cid, por los lugares mismos que el poema dice» 94, sólo consideró oportuno resaltar: «¡hasta tal punto esta poesía se muestra fraguada toda ella sobre la realidad histórica vivida en el siglo XI!» 95. Pero, puesto que el suceso todo del maltrato y abandono de las hijas de Rodrigo Díaz en Corpes es pura fábula poético-política del juglar del Mio Cid, la súbita aparición de este personaje histórico, que no es una de las dramatis personae del relato 96, para protagonizar una acción de la que no pudo ser actor en «la realidad vivida en el s. XI», exige otro tipo de explicación. Diego Téllez me recuerda a una de esas figuritas de menor talla que aparecen en los cuadros medievales asistiendo, sin justificación alguna, al drama de la Crucifixión junto a los grandes personajes impuestos por el relato tradicional. La presencia de esa figura marginal en la escena de los cuadros se explica fácilmente: es la persona a quien el artista debe el encargo. Una razón semejante es la única justificación posible de la momentánea aparición de Diego Téllez acudiendo a prestar su ayuda a las desdichadas hijas del héroe en el momento más dramático del poema. La oferta por el artista de este noble papel, creado en su ficción, a un Diego Téllez, personaje realmente existente en tiempos del Campeador (pues tenemos de él noticias documentales en 1078, 1086, 1088 y 1092) 97, no creo que sea inintencionada: Sin duda el poeta que compuso el Mio Cid se hallaba vinculado, de alguna forma, a la familia del Diego Téllez histórico.
      La definición que de Diego Téllez nos da el poema, «el que de Albarfáñez fo» 98, supone que este personaje era vasallo de Alvar Háñez. Ello es muy admisible, pues Diego Téllez gobernaba Sepúlveda en 1086 99, ciudad en cuyo poblamiento diez años atrás (1076) había tenido un importante papel Alvar Háñez 100.
      Esta relación vasallática de Diego Téllez respecto a Alvar Háñez, que el poema afirma y la documentación hace muy creíble, nos exige prestar atención a otra invención antihistórica del poema de indudable transcendencia.
      Es bien sabido que Alvar Háñez, el sobrino del Cid de mayor relieve en la historia, no acompañó continuadamente a su tío en el destierro ni fue su mano derecha en el señorío valenciano 101, a pesar de que el autor del Mio Cid conciba al famoso don Álvaro como compañero inseparable de Rodrigo, desde la primera escena poética de la gesta, en que se representaba la despedida del Cid de sus amigos y vasallos al recibir la orden regia de abandonar Castilla en el plazo de nueve días y la decisión de Alvar Háñez y los demás de acompañarle en el destierro 102:

Fabló Minaya Alvar Háñez     el su [sobrino caro]:
—Convusco iremos, Cid,     por yermos e por poblados
e non vos fallesçeremos     en quanto seamos bivos e sanos 103,

hasta los días de disfrute de las delicias de Valencia (Mio Cid, vv. 1237-1238): 

Myo Çid don Rodrigo     en Valençia está folgando,
con él Mynaya Albar Ffáñez    que no’s le parte de so braço 103.

      El papel épico de Alvar Háñez «mi Anaya» (esto es ‘mi hermano’ en vasco) 104 al lado de «mio Cid» se debe, sin duda, según ha sido puesto de manifiesto, a la aplicación por el poeta de una estructura formularia de gran arraigo en la epopeya, la de la pareja tío materno-sobrino 105. Pero si la invención de un deuteragonista se justifica literariamente, lo que el género no podía ya imponer es el recurrir para su creación a Alvar Háñez el que «Çorita mandó» 106, personaje histórico y famoso, tanto por sus grandes servicios a Alfonso VI, desde que en 1085-86 es enviado a Valencia a entronizar a al-Qādir 107, hasta que, destacado como señor de Zorita, Santaver y Cuenca (por los años 1097-1107), defiende los puntos más avanzados de la Transierra frente a los lamtuníes 108, como por su papel, después de muerto Alfonso VI, en la defensa de Toledo frente a los almorávides, ciudad imperial de la que fue gobernador (1109-1110) 109 y en la cual, algún tiempo después, murió asesinado por los de Segovia durante las contiendas civiles (1114) 110.
      Una vez más, será preciso recurrir a la «pasión» del poeta para explicar la transformación fabulística de los hechos históricos, pues, al igual que las fobias, las filias del cantor del Cid son sin duda responsables de la reorganización impuesta al recuerdo de los hechos pasados. La magnificación del papel de un personaje en el poema creo que es tan deudora respecto a la experiencia vital del autor como pueda serlo la atracción del foco geográfico del poema hacia unas tierras concretas, las vividas por el poeta. En consecuencia, si la presencia junto a las hijas del Cid, en un momento crítico, de Diego Téllez, «el que de Alvar Fáñez fo», exige, a mi parecer, suponer algún tipo de dependencia del poeta respecto a la familia del que fue gobernador de Sepúlveda, el deuteragonismo de Alvar Háñez (y no de otro de los sobrinos del Cid más ligado a la vida del héroe) tampoco será una invención gratuita. Aunque Alvar Háñez no dejó descendencia por vía de varón, alguno de los hijos de sus hijas se preció de tenerle por abuelo; tal fue el caso de Alvar Rodríguez [hijo de los condes Rodrigo Vela y Urraca Álvarez], a quien en tiempo de Alfonso VII dedica un amplio loor el Carmen de expugnatione Almariae urbis 111, abarcando en la alabanza no sólo al padre, sino al famoso abuelo del personaje 112:

Cognitus omnibus     est auus Aluarus, nec minus hostibus,
arx probitatis     est itidem pius, urbs bonitatis,
audio sic dici     quod et Aluarus ille Fannici
Ismaelitarum     gentes domuit, nec earum
oppida uel turres     potuere resistere fortes...

      También hoy «cognitus omnibus est» que en este poema latino sobre la conquista en 1147 de Almería 113 vuelven a aparecer emparejados tío y sobrino, Alvar Fáñez y Rodrigo:

Ipse Rodericus,     Meo Cidi saepe uocatus,
de quo cantatur     quod ab hostibus haud superatur,
qui domuit Mauros,     comites domuit quoque nostros,
hunc extollebat,     se laude minore ferebat.
Sed fateor uerum,     quod tollet nulla dierum:
Meo Cidi fuit primus,     Aluarus atque secundus 114.

      La impertinente comparación de Alvar Háñez con Rodrigo, considerándolo (a pesar del muy relevante papel de Alvar Háñez en los reinados de Alfonso VI y de Urraca) inferior a él, cuando de lo que se trataba era de elogiar al nieto de Alvar Háñez 115, el uso tan temprano del apelativo «Mio Cid» como designación de Rodrigo 116 prefiriéndolo a «Campeador» documentado desde antiguo (lat. Campidoctor o Campeator, árab. Kambiyatûr, en el Carmen Campidoctoris, en la Historia Roderici y en Ibn Bassām), la alusión a que ese Mio Cid era entonces objeto de cantos 117 en los cuales se refería que no sólo venció a los moros sino a «nuestros condes» 118, el recuerdo de la más famosa pareja épica Roland-Olivier (vv. 228-229 ed. Gil, estr. 215 ed. Sánchez-Belda) en ese contexto, sólo tiene sentido como recuerdo de que Alvar Fáñez tenía el papel de deuteragonista en el canto de exaltación del Cid a que el poeta alude 119. Así lo ha entendido todo crítico no empeñado en defender a ultranza hipótesis incompatibles con la existencia c. 1148 de la gesta de Mio Cid 120.
      Soy también de esa opinión. Y en favor de ello creo que el argumento más decisivo es, precisamente, el hecho que venimos comentando: la violencia ejercida por el poeta del Mio Cid sobre la historia al decidir emparejar, conforme a unos modelos literarios, a los dos famosos guerreros, tío y sobrino, que habían actuado independientemente uno de otro en tiempo de Alfonso VI.

f. El «Mio Cid» y las bodas del Restaurador de Navarra con la hija bastarda del Emperador. El canto juglaresco, al servicio de la nueva dinastía navarra

      La alusión por el poeta latino de Alfonso VII al canto de un poema de «Meo Cidi», en que Rodrigo era primero y Alvar Fáñez segundo, y en que se contaba, no sólo cómo el Cid «domuit Mauros», sino también «comites... nostros», nos obliga a considerar cuándo pudo componerse el poema 121.
     
Menéndez Pidal destacó ya 122 que la exaltación de la figura histórica de Rodrigo no se inició en su patria —Nemo propheta acceptus est in patria sua— sino en tierras del Levante: el Carmen Campidoctoris, la Historia Roderici, son obras que proceden de Cataluña y Aragón, y una y otra parecen nacidas del  entorno personal de Rodrigo (aunque la Historia Roderici se revele posterior a su muerte). Más tarde, Rodrigo atrajo la atención interesada de la nueva dinastía navarra que fundó García Ramírez (1134-1150) después de la muerte de Alfonso I. Como el entronque del Restaurador con la antigua dinastía, extinguida por el fratricidio de Sancho Garcés en Peñalén, era a través de un infante bastardo (el «infante» don Sancho «expulsus a regno» que quemó la mezquita de Elvira) 123, su ascendencia cidiana por vía materna interesó desde un principio a García Ramírez como un título adicional con que reforzar su corona.
      Para probarlo basta leer las genealogías del Libro de las generaciones (llamado Liber Regum) que, en su redacción original navarra (de 1194-1196) 124 decían: 

    «Est rei don García ovo dos fillos: el rei don Sancho que matoron en Pennalén e l’ifant don Sancho. Est ifant don Sancho ovo fillo al ifant don Remiro al que dixieron Remir Sánchez. Est Remir Sánchez priso muller la filla del mio Cith el Campiador e ovo fillo en ella al rei don García de Navarra al que dixeron García Remírez 125»,

después de haber afirmado previamente:

    «De el lignage de Nunno Rasuera vino l’Emperador de Castiella. E del lignage de Laín Calbo vino mio Cith el Campiador 126».

      La nueva dinastía navarra, para mayor gloria propia, presentaba a «Mio Cid» compitiendo nada menos que con el propio emperador Alfonso VII, pues los derechos de éste a la corona tenían como punto de partida, según el genealogista del Libro de las generaciones (Liber Regum) 127 la elección por los de la tierra, como gobernadores del reino, de los dos jueces Nuño Rasuera y Laín Calvo, y no se basaban, según la historiografía leonesa pretendía, en los reyes godos ni en Pelayo, pues esa dinastía gótica se habría extinguido con Alfonso II el Casto:

    «Est rei don Alfonso non lexó fillo ninguno, ni non remaso omne de so lignage qui mantoviesse el reismo, et estido la tierra assí luengos tiempos 128».

      El interés de García Ramírez por la figura de su abuelo materno no dependía únicamente de sus aspiraciones a medirse con el Emperador. Compartía con el Cid, sin duda, la hostilidad a la familia de García Ordóñez.
      Conviene recordar que el origen del condado riojano de García Ordóñez y su mujer doña Urraca, hermana de Sancho Garcés el último rey navarro asesinado en Peñalén, había dependido de la anexión de Nájera, la capital del viejo reino de Navarra, a Castilla, efectuada por Alfonso VI a raíz del regicidio 129. Y que, si los documentos contemporáneos acusan de fratricida a Ermesinda, otra de las hermanas del rey muerto 130, y no a Urraca, las dos hermanas aparecerán en adelante juntas, ocupando una posición destacada en el reino del «totius Ispanie obtinente principe Adefonso» 131, mientras por esos mismos años (1079-1080) sus dos maridos, García Ordóñez y Fortún Sánchez, enviados por Alfonso VI a «proteger» (y explotar) al rey de Granada, combaten también juntos y son juntamente derrotados por el Cid en la famosa batalla de Cabra 132 (aquella en que, según el poeta, el Cid mesó la barba de su enemigo preso) 133. Ya sabemos que, una vez muerto García Ordóñez en la rota de Uclés (1108), el condado najerense no tardó en pasar a manos del rey navarro-aragonés Alfonso I, quien colocó en él como señor a su brazo derecho, Fortún Garcés Caxal 134. De resultas de ello, al morir Alfonso I, «fuit eleuatus rex Garsias regem in Pampilona et in Nagara, in Alava et in Bizcaia et in Tutela et in Monson» (1134) 135. Sin embargo, el Restaurador de Navarra tuvo enseguida que entregar Nájera al Emperador 136, en cuya corte García Garcíaz de Aza, el hijo de García Ordóñez, venía ocupando desde 1126 puestos de confianza 137. Las aspiraciones del nieto de mio Cid a restaurar la gran Navarra de sus antepasados, recobrando La Rioja amputada de ella por Alfonso VI y García Ordóñez, reavivarían el recuerdo del «enemigo malo» de su abuelo (como el poeta del Cid califica al conde García Ordóñez, «el Crespo de Grañón») 138.
      La Navarra disminuida de García Ramírez y el imperio de Alfonso VII (quien aspiraba al reconocimiento de su señorío en todo el ámbito peninsular, como antes su abuelo Alfonso VI «totius Ispaniae obtinente») tuvieron, a menudo, motivos de fricción, sobre todo desde que el conde Ramón Berenguer IV de Barcelona, cuñado y vasallo del Emperador, se hace cargo del reino de Zaragoza. Tras varios años de guerra, amparado en la disidencia portuguesa, el Restaurador, amenazado por los planes de repartición de su reino que llegan a concertar Alfonso VII y el conde Ramón Berenguer, se ve en 1140 forzado a reconocer vasallaje al Emperador. Es entonces (25 de octubre) cuando se acuerda el matrimonio del infante don Sancho, el primogénito de Alfonso VII, con doña Blanca, la hija de García Ramírez, aún niños 139. Pero la continuada hostilidad entre Ramón Berenguer y García Ramírez mantiene el estado de incertidumbre, en tanto Alfonso VII sigue pendiente de la amenaza portuguesa 140. Arreglado definitivamente (Valladolid, setiembre-octubre de 1143) el pleito con el rey de Portugal, los buenos oficios del conde Alfonso Jordán de Tolosa permitirán establecer una paz duradera y firme entre el Emperador y el rey de Navarra, esta vez sellada con una boda efectiva, la de García Ramírez, entonces viudo, con la hija bastarda de Alfonso VII, Urraca, que el emperador había engendrado en su muy amada concubina doña Gontroda 141. En adelante, el rey navarro será un vasallo fiel, que participará en las principales empresas del Emperador (incluida la de Almería).
      La Chronica Adefonsi Imperatoris 142, tras contar detalladamente las negociaciones de paz que preceden a ese pacto, dedica amplio espacio a las solemnes bodas, celebradas en León, del rey García con la «infantissa» (19 junio, 1144). Según la crónica imperial (I, § 92-94), estando Alfonso VII en su solio 143, llegó el rey García con gran aparato regio:

    «Venit autem et rex Garsia cum turba militum non pauca, ita paratus et ornatus sicut regem sponsatum ad proprias decet uenire nuptias»,

y para acompañar la alegría de los desposados tuvieron acceso al tálamo una turbamulta de juglares, dueñas y doncellas cantoras y músicos:

«in circuitu talami maxima tura strionum et mulierum et puellarum canentium in organis et tibiis et cytharis et psalteriis et omni genere musicorum»,

y, junto a los cantos, deportes varios de carácter espectacular (tirado a tablado, lanceamiento de toros y hasta una «corrida» de ciegos):

    «Alii equos calcaribus currere cogentes iuxta morem patrie, proiectis hastilibus, in structa tabulata, ad ostendendam pariter artem tam suam quam equorum uirtutem percutiebant. Alii latratu canum ad iram prouocatis tauris, protento uenabulo, occideant. Ad ultimum, cecis, porcum quem occidendo suum facerent, campi medio constituerunt et uolentes porcum occidere, sese ad inuicem sepius leserunt et in risum omnes circumstantes ire coegerunt».

      A continuación, el rey García y su esposa parten de León para Pamplona, acompañados por el conde Rodrigo Gómez y por Gutierre Fenández con muchos otros caballeros castellanos, y allí, en su ciudad, continúan los festejos:

    «Fecit autem rex Garsia magnum et regale conuiuium Castellanis qui cum eo erant, et cunctis militibus et principibus regni sui per multos dies. Celebratis nuptiis regalibus, deditque rex comitibus et ducibus Castelle magna dona et reuersi sunt unusquisque in terram suam» 144.

      Al leer esta descripción de la Chronica Adefonsi Imperatoris sobre las muy celebradas bodas del nieto navarro del Cid con la hija del «buen» Emperador, cabe preguntarse: en medio de las fiestas de León, con sus tablados, sus toros, la brutal batalla de los ciegos y la turbamulta de histriones, cantoras y músicos empleados en alegrar a altos y bajos, no se oirían cantar por vez primera los versos finales del Mio Cid, en que se conecta el pasado narrado con el «hoy» del poeta: 

Andidieron en pleytos     los de Navarra e de Aragón,
ovieron su ajunta     con Alfonsso el de León,
ffizieron sus casamientos     con don Elvira e con doña Sol.
¡Ved qual ondra creçe     al que en buen ora naçió
quando señoras son sus fijas     de Navarra e de Aragón!
Oy los rreyes d’España     sos parientes son.
A todos alcança ondra     por el que en buen ora naçió 145;

y, si tenemos presente la intencionalidad política de la gesta, ¿qué auditorio más receptivo para su canto cabe imaginar que el de la Pamplona del nieto de mio Cid, donde unos días después se celebraron las nupcias de la «infantissa» Urraca con el rey García?
      En fin, vista la importancia concedida por la nueva dinastía navarra a su ascendencia cidiana y, al mismo tiempo, la integración de San Esteban de Gormaz (nuestra supuesta patria del poeta), al reino navarro-aragonés de Alfonso I durante los primeros decenios del s. XII, la sospecha de que el Mio Cid debió de componerse como un relato juglaresco destinado a celebrar la paz entre el nieto navarro del Cid y el «buen Emperador» (como el poeta denomina a Alfonso VII en el v. 3003) y a promover, en el renacido «imperio» toledano, los intereses políticos de la nueva Navarra y de sus aliados en la Extremadura del alto Duero, me parece una hipótesis muy plausible; y, sabido el temprano eco de ese canto épico en medios cortesanos (que testimonia el Carmen sobre la conquista de Almería, de c. 1150), difícilmente descartable. [En todos los tiempos los artistas han buscado el patronazgo de los poderosos y pudientes para sobrevivir y triunfar (¿acaso esa norma universal era ajena a la Hispania del s. XII?)].

Diego Catalán, "El Cid en la historia y sus inventores."(2002)

NOTAS

1 R. Menéndez Pidal, «Alfonso X y las leyendas heroicas», Cuad. hispanoam. I (1948), 13-37 (p. 33). Reproducido en De primitiva lírica y antigua épica, 1951 (y reimpresiones sucesivas). 

2 Menéndez Pidal, «Alfonso X y las leyendas», pp. 25-25. En «Poesía e historia en el Mio Cid. El problema de la épica española», NRFH, III (1949), 113-129 (p. 115) comentará: «Todos los elementos históricos no se hallan en un poema primitivo en cuanto históricos, sino en cuanto sirven a una ficción poética».

3 La epopeya medieval puede y debe utilizarse como testimonio histórico para entender aspectos fundamentales de la vida de una sociedad sobre los que nos falta información coetánea. En el cómo hacer uso de esos valores arqueológicos de la epopeya estriba el problema.

4 Menéndez Pidal, Esp. Cid 1 (1929). La última edición con innovaciones es la 7ª, Esp. Cid 7 (1969).

5 Catalán, «Alfonso X historiador», cap. I de La Estoria de Esp. De Alf. X (1992). 

6 Molho, «El C.M.C. poema de fronteras», (1977), pp. 243-260, observa, con razón: «La España del Cid ha dado paso a la España de Mio Cid, de que nadie habla» (p. 245).

7 La crisis de «la España del emperador de las dos religiones» (que no «del Cid») se inicia en vida del conquistador de Toledo. Basta leer el famoso pacto sucesorio entre sus yernos don Ramón y don Enrique para darse cuenta de que se ha abierto ya una nueva etapa histórica en la Península. Cfr. P. David, «Le pacte successoral», (1948), 275-290, y R. Pinto de Azevedo, Doc. med. port.-regios (1962), vol. I, t. II, pp. 547-553.

8 Hay gestas sin un héroe central: por ejemplo, en Las particiones del rey don Fernando ni el rey don Sancho ni el rey don Alonso son héroes; tampoco llegan a ocupar ese papel Arias Gonzalo, el ayo de Urraca, o el Cid, voz de la prudencia y del respeto a la ley en el campo castellano, o Diego Ordóñez, el impetuoso retador de Zamora. El personaje central es, sin duda, la infanta doña Urraca, demasiado pasional para ser figura modélica.

9 Por ello no hay nada más ajeno a la concepción de un poema épico que el Libro (o Poema) de Fernán González en cuaderna via compuesto hacia 1250 por un monje del monasterio de Arlanza. Su estructura, como la de otros libros del mester de clerecía deriva de las vidas de santos. El que el biografiado sea un conde castellano no tiene por qué hacernos separar este libro de otros sobre hechos de un rey griego o un santo riojano; genéricamente es hermano del Libro de Alexandre y de los poemas hagiográficos de Berceo. Es tan ajeno a la epopeya como la historia novelada del rey Rodrigo de Pedro de Corral (o Crónica sarracina) o la historia mítica de los primeros señores de Vizcaya que incluye el conde don Pedro de Barcelos en su Livro das Linhagens. Su contacto con la epopeya se reduce al conocimiento de ciertos episodios legendarios de la vida del conde recogidos, posiblemente, por ella. [Véase Catalán, La épica española (2000), pp. 98-112].

10 En la épica española no hallo excepción, y el arraigo europeo de este modelo es notorio.

11 A una conclusión similar ha llegado, independientemente, Rodríguez Puértolas, «P.M.C. nueva propaganda» (1976), pp. 9-43, y (1977), pp. 141-159. No hay duda de que el Mio Cid defiende un nuevo orden jurídico a la par que político; pero me parece del todo peregrino suponer, como hacen Pavlociċ y Walker, «Money, Marriage and the Law» (1982), 197-212, que un «lawyer» de tiempos de Alfonso VIII haya compuesto la gesta «deliberately trying to raise to the status of law something that was entirely Roman and something that was very new», la dos o dote, y que «to gain the trust of the audience» haya disimulado el origen romano de la institución que quería introducir tomando en préstamo al Fuero de Alcalá una voz de origen arábigo, axuvar.

12 Según noticia que recoge Ibn Bassām en su Dajīra. Véase Dozy, Recherches (1881), II, p. 22: «Quelqu’un m’a raconté —dice Ibn Bassām— l’avoir entendu dire, dans un moment où ses désirs était trés vifs et où son avidité était extrème: Sous un Rodrigue cette Péninsule a été conquise, mais un autre Rodrigue la délivrera; —parole qui remplit les coeurs d’épouvant et qui fit penser aux hommes que ce qu’ils craignaient et redoutaient, arriverait bientôt!». La recuerda Menéndez Pidal, Esp. Cid 7 (1969), pp. 411-413 y 576.

13 La frase figuraba en al-Bayān al wādiḥ fī al-mulimm al-fadīḥ  de Ibn ‘Alqama. La reproduce la Estoria de España de Alfonso X (PCG, p. 564b18-25): «et dixo que ell apremiarie a quantos sennores en ell Andaluzia eran, de guisa que todos serién suyos; et que el rey Rodrigo que fuera sennor dell Andaluzía que non fuera de linnage de reys, et pero que rey fue et regnó, et que assí regnarié ell et que serié el segundo rey Rodrigo». Esta jactancia de Rodrigo pareció intolerable a varios de los equipos de historiadores que componían y reformaban a finales del s. XIII la Estoria de España. Sobre estas censuras, véase Menéndez Pidal, «Tradicionalidad» (1955), 131-197: p. 151 y Catalán, «Poesía y novela» (1969), pp. 423-441: pp. 439-440 (reed. en Catalán, La Estoria de Esp. de Alf. X 1992, cap. VI).

14 «Pero este hombre, azote de su época, fue, por la habitual y clarividente energía, por la viril firmeza de su carácter y por su heroica bravura, un milagro de los grandes milagros del Señor», reconoce Ibn Bassām en 1109, diez años después de muerto Rodrigo, en su Dajīra (el contexto del pasaje es el citado arriba, n. 12. Véase en Menéndez Pidal, Esp. Cid  7 (1969), cap. XVII.1, p. 605 o en Dozy, Recherches, II, p. 22).

15 Los dos modelos isidorianos de historia, la Chronica «maiora» o universal y la Historia Gothorum, continúan dominando la historiografía astur-leonesa, primero, y castellana, después, hasta el s. XIII. Se salen de la regla la Chronica Adefonsi Imperatoris, sobre Alfonso VII, la Historia Compostellana sive de rebus gestis D. Didaci Gelmirez, sobre el obispo compostelano Gelmírez, y las Crónicas o Anónimo de Sahagún, sobre las vicisitudes históricas relacionadas con la vida de ese cenobio.

16 Véanse las ediciones incluidas por Menéndez Pidal en los «Apéndices» de su España del Cid. En la 7ª ed., de 1969, las pp. 878-886 se dedican al Carmen y las pp. 906-971 a la Historia.

17 Según observación muy general, en la que insiste ya Menéndez Pidal, L’épopée cast. (1910), pp. 116-117 (La epopeya cast., 2ª ed., 1959, pp. 102-103).

18 La singular concepción de la venganza en el Mio Cid fue ya destacada por Menéndez Pidal en Poe. M. C. (1913), p. 70, y se ha venido subrayando repetidamente. Sobre la concepción de la honra, véase Correa, «El tema de la honra» (1952), 185-199).

19 Menéndez Pidal, L’épopée cast., pp. 114-115 (La epopeya cast., 2ª ed., 1959, pp. 101-102). 

20 A. Bello, Obras completas (1881-1893), II, pp. 21-22 (y, en formulación anterior algo diferente, VI, p. 249).

21 Mio Cid, vv. 3443-3444.

22 Sobre los ricos hombres del «bando» (v. 3010) enemigo del Cid da amplia información Menéndez Pidal en Cantar de M.C.1 (1908-1911), vol. II, bajo las voces «Carrión», «Garçía Ordoñez», «Albar Díaz», y nuevos datos en los «Apéndices» de la 2ª ed. (1944-1946), pp. 1168-1169, 1215, 1218. Un resumen en Poe. de Mio Cid, pp. 19-22. Véase, así mismo, Esp. Cid 7 (1969), Disqs. 59.a («Los infantes de Carrión») y 28.a («García Ordóñez y su familia»). Insiste, sobre lo muy exacto que es el conocimiento del poeta, en varios trabajos dedicados a defender la historicidad del poema (en especial en los reunidos bajo el título «Cuestiones de método histórico» en Castilla, la tradición, el idioma (1945), que proceden de «La epica esp. y Curtius» (1939), «Filol. e Hist.» (1944) y Mio Cid el de Valencia (1943, pp. 13-60).

23 Menéndez Pidal, máximo defensor de la historicidad del Mio Cid, lo reconoce, sin paliativo alguno: «los infantes históricos no pudieron ser convictos en duelo de tantas alevosías, traiciones y deshonores como el Cantar les atribuye», «los históricos infantes de Carrión no fueron condenados como traidores» (en «Dos poetas en el C. de M. C.», incluido en el libro En torno al P. del C., 1963, pp. 107-162: pp. 118 y 117). 

24 «Las hijas del Cid no podían contraer matrimonio», afirma Menéndez Pidal mismo (En torno al P. del C., 1963, p. 119).

25 Poe. M. C. (1913), p. 30. Con esa «tradición» como puente Menéndez Pidal podía defender que, si bien «la historia nada sabe de un primer matrimonio de las hijas del Cid con estos Infantes o jóvenes nobles de Carrión... dada la historicidad general del Poema, es muy arriesgado el declarar totalmente fabulosa la acción central del mismo» (pp. 22-23). En trabajos posteriores, su fe en el verismo del poema le llevará a creer que hubo unos desposorios («La épica esp. y Curtius», 1939) y a argumentar: «No se podía contar una acción indigna de aquella familia [los Banū Gómez de Carrión] y un comportamiento loable de ese vasallo [Diego Téllez, vasallo de Alvar Háñez], si no tenía el relato una amplia base de verdad» «Filol. e Hist.» (1944).

26 Según el relato del Arzobispo don Rodrigo Ximénez de Rada: «Cumque puer Guterrio Fernandi de Castro a desiderabili Sancio fuisset commissus, et ipse post patris obitum custodiae pueri diligentiam adhiberet, accesserunt ad eum Garsias Garsiae de Atia, Comes Amalaricus, Comes Alvarus, Nunius Petri de Lara et hi tres ultimi erant fratres, filii comitis Petri de Lara et Avae Comitissae. Garsias Garsiae erat frater eorum ex matre, et filius Comitis Garsiae qui in bello Uclesii cum Infante Sancio fuit occisus. Itaque omnes suaserunt Guterrio Fernandi de Castro, ut daret puerum Comiti Amalarico, qui erat potens, et carus habitantibus Estrematuram...», De rebus Hispaniae, Lib. VII, cap. XV. Eds. 1873 (o su reimpr., 1985), p. 159b.

27 El propio Menéndez Pidal, pese a su admiración por el Mio Cid, censura el comportamiento del poeta (Poe. M. C., pp. 71-72) y llega a decir: «Los traidores de los principales poemas tienen grandeza heroica. Hagen viene a ser el verdadero héroe de la última parte de los Nibelungos, y sin llegar a tal extremo, Ganelón y Ruy Velázquez son admirables, a no ser por su crimen. El juglar del Cid toma camino opuesto; pero mejor hubiera hecho en no apartarse de aquella norma» (p. 61). 

28 Mio Cid, vv. 2278-2291, 2304-2307. Al abrir el tercer «cantar» del poema con este episodio cómico, el poeta busca descalificar de una vez por todas a los yernos del héroe.

29 Mio Cid, vv. 3373-3375.

30 Mio Cid, vv. 3283-3290.

31 Mio Cid, v. 2173.

32 Mio Cid, vv. 3327-3328.

33 Mio Cid, vv. 960-966 + 1099 + 1017-1081. Cfr. Montgomery, «The Cid and the Count» (1962). La «generosa» propuesta de Rodrigo al conde don Ramón, de concederle la libertad si acepta su invitación a comer mientras es su prisionero, es un modo de forzarle a deponer su orgullo aristocrático y a reconocer la superioridad del «salido» de la tierra, caudillo de una mesnada de «malcalçados».

34 Especialmente, al recordar, ante toda la corte, la ofensa hecha a la barba del conde don García cuando le hizo prisionero en Cabra (vv. 8287-8290).

35 El sentido del humor del Cid poético es patente también en el modo de incitar a «Pero Mudo» a que rete a Fernando (vv. 3302-3304) y en la amistosa salutación que dirige a Búcar cuando va en su alcance (vv. 2409-2411).

36 Menéndez Pidal llamó convenientemente la atención sobre el hecho de que el Mio Cid no participa del anti-leonesismo de otros poemas de la épica castellana (Poe. M. C., pp. 70, 113). Es un hecho que a menudo se olvida al tratar de explicar la «política» del poema.

37 P. Corominas comentó ya la importancia concedida a los bienes muebles en el poema, en el cap. II de su estudio sobre El sentimiento de la riqueza en Castilla (1917), pp. 80-94 (reed. en P. Corominas, Obra completa, 1975, pp. 529-591: 548-551). En tiempos más cercanos, J. Rodríguez Puértolas, «Un aspecto olvidado» (1967) (reproducido en su libro De la Edad Media, 1972, 169-187), piensa que, en el «programa» de acción de Rodrigo la «motivación social» es dominante, pues el infanzón resuelve mediante la adquisición de riqueza sus dos problemas, el de status social y el de su mala relación con el rey. Más próxima a mi interpretación político-social es la que apunta Molho, «El C.M.C. poema de fronteras» (1977).

38 No conocemos los términos de la carta en que el rey ordena al Cid salir del reino en el plazo de nueve días, pues faltan los primeros versos del Mio Cid en el único códice conocido y las crónicas no nos los suplen. Pero la conversación de Martin Antolínez con los judíos no deja lugar a dudas sobre la acusación que se le hacía (vv. 109-112).

39 Toda la escena de las arcas tiene como propósito fundamental poner de manifiesto la injusticia de la acusación.

40 Mio Cid, v. 536.

41 Mio Cid, v. 823.

42 Mio Cid, v. 806-807.

43 Mio Cid, v. 1046-1048.

44 Mio Cid, v. 1189-1199.

45 El proceso, iniciado tras la batalla campal con Fáriz y Galve, vv. 813-818 (primer presente), 873-874 + 881-893 (primeras concesiones del rey), sigue su desarrollo como consecuencia de la derrota del rey de Sevilla, vv. 1271-1274 (segundo presente), 1340-1344 + 1355-1366 +1369-1371 (segundas concesiones del rey) y culminará tras la derrota de Yuçef, vv. 1789-1791 + 1808-1813 (tercer presente), 1855-1857 + 1866-1869 + 1897-1899 + 1910-1913 (concesión del «amor» del rey).

46 Mio Cid, vv. 1523, 1524-1526.

47 Mio Cid, v. 1888.

48 Mio Cid, v. 2320.

49 Mio Cid, vv. 2263-2265.

50 Mio Cid, vv. 2570-2571.

51 Mio Cid, v. 3206.

52 Mio Cid, v. 3236b.

53 Mio Cid, vv. 3237-3244.

54 Mio Cid, v. 3248.

55 Mio Cid, v. 3223.

56 Menéndez Pidal, que desde antiguo había destacado la oposición infanzón vs. ricos-hombres, interpretándola como inclinación «democrática» del poeta (Poe. M. C., 1913, pp. 89-92), en 963 llegó a hablar de «lucha entre clases sociales» (En torno al P. del C., 1963, pp. 211-213). Desde otra perspectiva, Rodríguez Puértolas, ha puesto en relación la obsesión por el «dinero» (y por los objetos «cotizables» en dinero) con el «populismo» del poema: «Debemos comprender a los anónimos autores. No olvidemos, en primer lugar, que el Poema es recitado ante el pueblo, y que ellos mismos forman parte de él. La oposición entre nobleza y pueblo da por resultado, en este caso, una identificación con las preocupaciones del infanzón, de Rodrigo» (p. 187). Considero la palabra «pueblo» excesivamente imprecisa como descripción de una «clase».

57 ‘Abd-Allāh b. Buluggīn, Kitāb al-Tibyān, ed. Lévi-Provençal (Cairo: Dār al-Maārif, 1955) o Lévi-Provençal, «Un texte arabe ... Les “Mémoires” de ‘Abd Allāh», Al-Andalus, III (1935), 233-344, IV (1936-39), 30-145 (hay separata paginada del 1-229) y «Deux nouveaux fragments des “Mémoires” du roi Zîride ‘Abd Allāh de Grenade», Al-Andalus, VI (1941), 1-63. Según comprendió ‘Abd Allāh, Alfonso VI era consciente de que no podía repoblar toda Hispania de cristianos, pero, que mediante una creciente opresión tributaria, llegaría un momento en que los propios súbditos de los régulos de Al-Andalus preferirían el señorío directo del «Emperador de las dos religiones» a la doble explotación a que estaban sujetos. Sobre Sisnando Davídiz, véase Menéndez Pidal, Esp. Del Cid 7 (1969), citas reseñadas en el «Índice alfabético», s.v., y Menéndez Pidal y García Gómez, «El conde mozárabe Sisnando» (1947).

58 Como observó Mateu y Llopis, «La moneda en el poema del Cid» (1947), la situación monetaria descrita en el poema aún no refleja la presencia de las acuñaciones almorávides (el moravedí), por tanto, recoge una situación que recuerda más el primer tercio del s. XII que tiempos posteriores.

59 Como ha puesto de manifiesto Bishko, «Fernando I and the Origins of the Leonese-Castilian Alliance with Cluny», Studies in Medieval Spanish Frontier History (1980), pp. 1-136. Hay edición previa en español, en CHE, XLVII-XLVIII (1968), 31-135 y XLIX-L (1969), 50-116.

60 Acerca del empleo de este título por Alfonso, véase Benaboud y Mackay, «The Authenticity of Alfonso VI’s Letter to Yūsuf b. Tašufîn», Al-Andalus, XLIII (1978), 233-237 y, sobre todo, Mackay y Benaboud, «Alfonso VI of Leon and Castile, “al-Imbraṭūr dhū-l-Millatayn”», BHS,  LVI (1979), 95-102. Las dudas expresadas por N. Roth, «Again Alfonso VI, “Imbarātûr dhu’l-Millatayn”, and Some New Data», BHS, LXI (1984), 165-169, no se sostienen en pie, y, menos, después de la demoledora réplica de Mackay y Benaboud en las pp. 171-179 del mismo número del BHS («Yet again Alfonso VI, “the Emperor, Lord of [the Adherents of] the Two Faiths, the Most Excellent Ruler”: A Rejoinder to Norman Roth»).

61 Según se titulaba Alfonso desde 1077 (Menéndez Pidal, Esp. Cid 5, pp. 726-727, y El imperio hispánico y los cinco reinos, 1950, p. 29), sin duda tras la anexión del reino de Nájera y el vasallaje del rey de Aragón (Catalán, «Sobre el ihante», Al-Andalus, XXXI, 1966, 217, n. 36, [y aquí atrás, cap. II, n. 39]). 

62 La caída de Aledo (comienzos de 1092) en poder de los almorávides y el destronamiento de al-Mu‘tamid de Sevilla (set. 1091) señalan el fin de una época. Sólo en Levante (Šarq al-Andalus) pervivirán musulmanes que pacten con los cristianos, como denuncia Ibn al-‘Arabī cuando viaja a Oriente (1092-1099) en busca del reconocimiento, por parte del Califa ‘abbasī de Bagdad (al-Mustaẓ̣hir), del derecho de Yūsuf a hacer la guerra a los que no atienden sus convocatorias a la Guerra Santa; véase Viguera, «Las cartas de al-Gazālī y   al-Ṭūṛtūšī» (1977); fuera de esa región, los intentos de los régulos de al-Andalus de pactar con los cristianos habían sido castigados fulminantemente por el Emir de los Creyentes, que les había desposeído de sus títulos. Bishko, «Fernando I and Cluny» (1968; reed. 1980), supone (p. 35), muy razonablemente, que los 10.000 talenta entregados en 1090 al abad Hugo por Alfonso VI para la construcción de la gran iglesia-abadía de Cluny III, representaban el pago atrasado del census duplicatus de los años 1085 (o 1086) a 1089, que en virtud de la societas establecida por el Hispaniarum rex con la abadía borgoñona en 1077, debía entonces a Cluny. El pago era ahora posible gracias al inesperado recibo del enorme tributo (30.000 dinars) enviado por el rey de Granada ‘Abd-Allāh a Alfonso en su desesperado y fallido intento de impedir la destrucción de su reino por los almorávides. La presión almorávide obligaba a Alfonso VI a recurrir a los borgoñones en busca, a su vez, de ayuda (espiritual y, sobre todo, militar). Pero una vez muertos o presos por Yūsuf los reyes de Taifas que intentaron defenderse con la ayuda de Alfonso, se puso pronto final a «that golden phlebotomy which ever since Fernando’s Navarrese war of 1058-1059 had transfused the lifeblood of the Taifas into the erarium of the Leonese-Castilian state» (usando palabras de Bishko, p. 49). Una visión panorámica del funcionamiento de las parias hasta la invasión almorávide presentan Grassotti, «Para la historia del botín» (1964), y Lacarra, «Aspectos económicos» (1965).

63 Eds. de la Crón. de Sahagún en Escalona, Hist. Dioc. Sahagún (1782), Ap. I, y de Puyol, «Las crón. anón. de Sahagún» (1920-1921); y de la Hist. Compostellana, Flórez, Esp. Sagr., XX, Madrid (1765); (reed. facs. en 1965) [y Falque (1988)]. 

64 La Iª  Crón. de Sahagún, escrita (en su original latino) por un monje del cenobio cluniacense que fue testigo de los sucesos que relata, nos permite saber que los «pardos» eran hombres de armas de la Extremadura castellana: «e los onbres que moravan allende del rrío de Duero, e son llamados bulgarmente pardos, en aquel tiempo seguían e ayudavan al rrei de Aragón» (BRAH, LXXVI, 1920, p. 248); al rey de Aragón «seguíanlo muchedunbre de honbres, los que se llamavan pardos, los quales toda la tierra desde Palencia fasta Astorga rrovaron» (Ibid., p. 250). Su condición de milites y su procedencia geográfica los identifica, claramente, con los típicos «caballeros villanos» de la frontera castellana, según interpreta bien Valdeavellano, Historia de España (1952), p. 873. Resulta sorprendente que B. F. Reilly, al dedicar un libro a The Kingdom of León-Castilla under Queen Urraca, 1109-1126 (1982), no preste atención a la rebelión de pardos y burgueses, a pesar de ser esa rebelión tema central de las obras historiográficas contemporáneas a ese reinado. El término pardos es también usado por la Historia Turpini del Codex Calixtinus (del último cuarto del s. XII), al describir las ciudades y comarcas conquistadas por Carlomagno (cap. III): «Ymmo cuncta terra Yspanorum tellus scilicet Alandalus, tellus Portogallorum, tellus Serranorum, tellus Pardorum, tellus Castellanorum, tellus Maurorum, tellus Nauarrorum, tellus Alauarum...», y al enumerar las gentes que componen el ejército de Agiolandus (cap. IX): «Sarracenos, Mauros, Moabitas, Ethiopes, Serranos, Pardos, Affricanos...» (Liber Sancti Jacobi. Codex Calixtinus, ed. Whitehill, 1944); [y asimismo por la Chronica Adefonsi Imperatoris, II, § 98, que acusa a los auxiliares pardos de los condes enviados por Alfonso VII contra Saif al-dawla, rey de Baeza, Úbeda y Jaén, por haberse negado a seguir pagándole parias, de haberle dado muerte contra la voluntad del Emperador: «Postremo Agareni terga uiuentes uicti sunt et rex Zafadola captus est in bello a militibus comitum. Quem tenentes ut adducerent in tentoria, superuenerunt milites, quos dicunt Pardos, et cognoscentes interfecerunt eum»].

65 Al escribir en su día estas páginas aún no conocía el artículo de Molho, «El C.M.C. poema de fronteras» (1977). Suscribo su percepción de las conexiones ideológicas entre el Mio Cid y la revolución «burguesa» descrita por el Anónimo de Sahagún y la Historia Compostellana. Sólo disiento en tres puntos: la existencia de un proto-Mio Cid  hacia 1123-1125 (que considero difícilmente admisible, aunque no imposible); la supuesta discordancia entre los intereses de los burgueses y caballeros pardos de esos tiempos y lo que, en su día, representó políticamente Rodrigo, y la pertenencia de los judíos a la clase burguesa (sobre la hostilidad entre los judíos del rey y los ruanos, véase adelante n. 70). Es de notar, que, cuando entra en crisis el imperio almorávide, debido a la presión de los almohades (del «rey de los Montes Claros»), y se forman las nuevas Taifas, resurgirá el plan de sus reyezuelos de ganarse la benevolencia de los cristianos depredadores pagándoles parias o «tributa regalia, sicut patres nostris dederunt patribus suis» (como, según la Chron. Adefonsi Imperatoris, p. 149, razonan los musulmanes de al-Andalus en 1144).

66 Al estudiar «El derecho en el Poema del Cid», Hinojosa notó ya (Hom. a Menéndez y Pelayo, 1895, I, pp. 551-581; Est. Hist. Derecho  Español, 1903, p. 85) que el poeta, en el v. 17, aludía «incidentalmente a los burgueses o Ciudadanos». Esta lectura ha sido rechazada por Valdeavellano, en sus Orígenes de la burguesía en la Esp. med. 3 (1983), basándose en la observación de que en los documentos de Burgos se denomina a los burgueses «omes de Burgos de rua» o ruanos y no «burgeses» o «burzeses»; los «burgeses» del Poema serían, simplemente, «los habitantes de la ciudad de Burgos» (p. 161). Pero el Mio Cid, al referirse a un habitante de Burgos, utiliza sistemáticamente (vv. 65, 193, 1500) el adjetivo «burgalés» (seguido de los adjetivos «conplido», «contado», «natural»), y sólo habla de los «burgeses e burgesas» en un único verso, que admite perfectamente el significado defendido por Hinojosa. Es más, según observa Lapesa, «Sobre el M. C. Cuest. his.» (1982), pp. 55-66, § 1 y n. 4; reed. en Est. de hist. ling. esp., 1985, pp. 32-42, «todas las autoridades medievales de burgés y burgués existentes en los ficheros de la Real Academia Española se refieren a la clase social, sin sentido gentilicio»; por otra parte, «no es cierto que burgalés significara también “burgés”; el único ejemplo citado por Menéndez Pidal como válido, el del Corbacho, es errata de la edición impresa en 1498; el manuscrito de 1466 da burgeses». El propio Valdeavellano reconoce que, a partir de finales del s. XI, las palabras «burgo» y «burgés» o «burzés», en el sentido que tenían en Francia, no sólo se dan en Cataluña, Aragón, Navarra, Galicia y el N. de Portugal, sino en La Rioja (pp. 148-150 y 204-205), a lo largo de la ruta jacobea y en áreas de influencia monástica o episcopal francesa, incluidas Osma, en el alto Duero, y Sigüenza, en la Trasierra (pp. 161-168) y que la ausencia del término en la documentación propiamente castellana no impide su aparición en la literatura del s. XIII (no sólo en Berceo, el Libro de Apolonio y el Libro de Alexandre, sino en la Historia Troyana polimétrica y en La gran conquista de Ultramar). Sobre el desarrollo de la burguesía de Burgos en la segunda mitad del s. XI y en el s.  XII trata Valdeavellano detenidamente (pp. 153-160).

67 Creo rechazable la lectura de este verso con «sí», acentuado, equivalente a «assí», que propuso A. Alonso, «Dios, ¡qué buen vassallo, sí oviesse buen señore!», RFH, VI (1944), 187-191.

68 Mio Cid, vv. 65-68.

69 El Mio Cid obviamente no simpatiza con los prestamistas judíos. Los descalifica al presentarlos convencidos de que el Cid ha robado (vv. 124-126) e intentando aprovecharse de la circunstancia (vv. 89-93 + 106- 123 + 130-133 + 139-140 + 172-173). Por ello, la burla o timo de las arcas no requiere reparación, aunque el Cid salve su moral invocando el aprieto en que se encuentra (vv. 94-95): el poeta tiene buen cuidado de hacer que el Cid, por intermedio de Minaya, pague las mil misas (v. 931) prometidas a Santa María (v. 225) y dé al abad de Cardeña 500 marcos (v. 1422), para compensarle generosamente, según había ofrecido hacerlo, de los gastos hechos por el monasterio en el cuidado de su mujer e hijas (v. 260), mientras que a los judíos se les despacha con buenas promesas sin darles un marco, por más que ellos supliquen a Minaya, quejándose de haber sido «desfechos» por el Cid y se muestren resignados a recobrar sólo el capital, renunciando a recibir el interés o ganancia (vv. 1430-1438). Contrasta el Poema con la Crónica general de España (en la sección derivada de la «Interpolación» basada en la *Estoria caradignense del Cid), que, de acuerdo con los intereses de la monarquía y los monasterios (para quienes la prosperidad de «sus» judíos es importante), no admite bromas sobre el pago de deudas y se preocupa de que Martin Antolínez, por encargo del Cid, vaya a dar a los prestamistas lo debido (PCG, p. 593b6). El pasaje cronístico es, claro está, una corrección historiográfica y no un arreglo de la Refundición del Mio Cid (como piensa Menéndez Pidal, Poe. M. C., p. 36).

70 Según la Hist. Compostellana, I, LXXXV (a. 1113), cuando la reina doña Urraca acude, con los gallegos, a Burgos «Nempe Burgis Civitas in latere montis posita, Reginae favebat: in eodem quoque monte natura duo capita composuerat: inferius plebs Judaeorum incolebat, quae et nostrae parti opitulabatur. In superiore vero Castellum situm est, quod hinc natura loci, illinc muro atque turribus satis munituum conspicitur. In hoc rebelles Aragonenses cum Sarracenis, quos Rex ibi miserat, et urbem sibi subditam depopulabantur, et adjacentes partes depraedabantur». Las acusaciones a los burgueses son constantes en la Iª  Crón. de Sahagún; sobre los de Burgos baste citar: «En aquel tienpo, todos los burgeses que eran en la villa que se llamava Burgos, e en Carrión, e en la villa de Sant Fagúm, con obstinado coraçón, con el rrei de Aragón fiçieron conjuraçión de se rrebelar contra la rreina, e cogida consiguo la mano de los cavalleros aragoneses, toda la tierra e rregión que es enclusa desde el monte llamado Auca fasta el rrío que se llama Éstula e desde la altura del monte Perineo llamado Peña Corada fasta la çiudad de Çamora así como las aguas corren de Duero, toda esta tierra e rregión... los sobredichos burgeses con fierro e flama despoblaron e destroyeron...»; «...e la rreina ...bínose para Burgos e, como los aragoneses que estavan en el castillo que enseñorea a la villa non la quisiesen rreçevir, conbatióle e fíçoles salir del castillo ...e partióse. A gran pena era fuera de las puertas de la villa, e los burgeses enbiaron mensajero al rrei que biniese a más andar ...e los burgeses, quebrantando el juramento de su fee, diéronse con la villa e castillo al rrei, e ansí engañaron a la rreina, e semexantemente ynbiaron mensajeros a Carrión e a Sant Fagún para que fiçiesen lo semejante» (§ 28, BRAE, LXXVI, pp. 343, 345). Más tarde, en 1127, los judíos volverán a actuar a favor del partido borgoñón, según la Chron. Adef. Imp. (§ 8): «Quiddam autem miles Aragonensis nomine Sanctius Arnaldi, Burgensis castelli custus erat, qui, quia pacifice castellum regi dare noluit, a iudaeis et christianis expugnatus est...».

71 Como definirá los viejos límites de Navarra la Crónica de San Juan de la Peña con motivo de las paces de Támara (1127). 

72 Cfr. Hist. Compostellana, Lib. I, cap. 64.3 («Saevus igitur Celtiberus Gallaetiam furibundus intravit...»).

73 El 13-dic.-1119, Alfonso I (desde Pedraza, en la Extremadura segoviana) se dice reinar «in mea populatione quod dicitur Soria» (Fuero de Belchite, en CODOIN-Aragón, VIII, p. 9. Yerra La Fuente, en Esp. Sagr., XLIX, pp. 329-330, cuando lo fecha en 1116). Este doc. Confirma la noticia de los Anales Compostelanos: «Era MCLVII populavit rex Aldefonsus Soriam» (Esp. Sagr., XXIII, p. 31). En mzo.-1120 da fuero a la nueva ciudad (sobre la fecha, véase Serrano y Sanz, BRAE, VIII, 1921, pp. 582-589), situándola en el recién creado obispado de Tarazona, pero dotándola de un amplísimo alfoz equivalente a lo que hoy es la provincia de Soria. La nueva tenencia estará a cargo del «maiordomo Regis» Iñigo López (1121-1125). Cfr. Catalán, «De Nájera a Salobreña», pp. 111-112, nn. 97-101; [y en el presente libro, cap. III. p. 106 y nn. 75-79.

74 No sabemos cuándo entró Alfonso I en Medinaceli; pero en 1121 ó a principios de 1122 restauró, de acuerdo con el arzobispo de Toledo, la diócesis de Sigüenza, y le dio como término las tierras recién sometidas de Calatayud, Ariza, Medinaceli y Daroca. Sabemos, por el Fuero de Carcastillo (1129), que los antiguos pobladores navarro-aragoneses de Medinaceli, al abandonar la plaza, conservaron derechos que habían obtenido por el Fuero de Medinaceli («foras senior Aznar Aznares et sua generacion per foro de Medina, asi es foras Gonzalo Munnoz e suos filios qui populaverint Medina»). Este dato ha sido citado por Molho, «El C.M.C. poema de fronteras». Para más detalles, véase Catalán, «De Nájera a Salobreña», p. 112, nn. 104-105 [aquí atrás, cap. III, p. 107, n. 83] y Ubieto, «Los primeros años de la dióc. de Sigüenza» (1962-63), pp. 135-148.

75 En 1119-1120 Alfonso I se ocupaba en la restauración del obispado de Segovia (el rey se halla en Pedraza 13-dic.-1119, y el 25-en.-1120 es consagrado el primer obispo). Cfr. Catalán, «De Nájera a Salobreña» p. 111, n. 97 [o aquí atrás, cap. III, p. 106, n. 75). Y todavía en 1122 hallamos al «senior Enneco Simeonis domines Secobie et Septempublicae et toti Stremature» confirmando los fueros de Santa María de Tera concedidos por el obispo de Tarazona (S. Mill., 303 ó Sep., doc. 4) y al mismo «senior Enneco Ximinones in Extrematura» confirmando (en dic.) unas donaciones hechas por Alfonso I, desde Fresno (Martín Postigo, «Alf. I el Batall. y Segovia», Est. Segovianos, XIX, 1967, pp. 205-252).

76 En 1123 (nov. y sin mes), Urraca y Alfonso VII repiten (¿confirman?) las donaciones hechas a Segovia el año anterior por Alfonso I (Martín Postigo, «Alf. I el Batall. y Segovia») y en el año siguiente (1-feb.) Urraca, acompañada de su hijo, hace una donación al obispo de Sigüenza, confirmada, entre otros, por el obispo de Segovia (Minguella, Hist. dióc. Sigüenza, doc. 1). Las paces de Támara (jul.-1127), que evitaron el encuentro armado de Alfonso VII y Alfonso I, reconocieron el statu quo: Alfonso Raimúndez no puso en tela de juicio los límites de la gran Navarra y Alfonso I reconoció que el recientemente restaurado obispado de Sigüenza abarcaba territorios no sólo navarro-aragoneses (Ariza, Calatayud, Daroca), sino también castellanos (Medinaceli, Atienza, Sigüenza). No debió de haber entrega de territorios con ocasión de la paz (Cfr. Catalán, «De Nájera a Salobreña», pp. 114-115, nn. 119-120) [aquí atrás, cap. III, p. 110, nn. 97-98).

77 Mientras vivió Alfonso I, Alfonso Raimúndez se vio forzado a reconocer que los límites de Navarra incluían Alava, Montes de Oca, San Esteban de Gormaz y Berlanga. Ya en 1111, Alfonso I había incorporado San Esteban al sistema de tenencias navarras: «Senior Acenar Acenariç in Funes et in Sancto Stephano de Gormaç» (Doc. reconq., § 229); más tarde los tiene Fortún López (desde feb.-1127, cfr. EEMCA, III, 1947-48, p. 467, n. 24). En 1128-1129, Alfonso I se dedica a organizar la comarca en torno a San Esteban de Gormaz y Soria, completando la tenencia de Borovia con otras en Agreda, Los Fayos, Almenar y Ribarroya, emprendiendo la población de Almazán, que pretende rebautizar «Placencia», y estableciendo el Monreal de Ariza. (Para más detalles, véase, Catalán, «De Nájera a Salobreña», pp. 114-115, nn. 118, 121-127) [aquí atrás, cap. III, p. 106-107, nn. 96, 99-105].

78 Cfr. Catalán, «De Nájera a Salobreña», p. 115, nn. 128-130 [aquí atrás pp. 111-112 y nn. 106-108].

79 Valencia y Tortosa en 1102; la Sahla, a poco de morir Abū Marwān b. Rāzī llamado Ḥ̣̣̣usām al-dawla, cuando los almorávides destronan a su hijo (según Ibn Idārī, trad. Huici, p. 104; cfr. Bosch Vilá, Albarracín musulmán, 1950); Cuenca, tras la derrota de los capitanes del viejo emperador en Uclés, 30-may.-1108 (todavía en 1107 Alfonso se preciaba de reinar «de Calagurra usque ad Cuenca»). Zorita resistirá más; sólo se perdió en la campaña de Mazdalî de 1113 / 1114. Sistematizo las noticias en «De Nájera a Salobreña», pp. 104-105 (y nn. 42-45), 106-107 (y nn. 57-64) y 108 (y nn. 73-75); [véase aquí atrás cap. III, pp. 94-95 (y nn. 20-23), 97-99 (y nn. 35-42), 101 (y nn. 51-53)].

80 No creo que exagere Molho («El C.M.C. poema de fronteras») cuando afirma: «La leyenda del Cid, tal como se plasma en el Cantar, es esencialmente una leyenda anticastellana nacida en tierras fronterizas que se resistieron a la soberanía del rey de Castilla heredero moral del Imperator Alfonso VI» (p. 245).

81 Es desesperante tener que insistir en lo «sabido» desde antiguo; pero, ante la deplorable situación de las Humanidades, hay que repetir viejas verdades para que quienes recurren al argumento de la «modernidad» de una opinión como prueba de su verdad no se queden con el campo.

82 Mio Cid, vv. 2923-2926. Esta unidad del reino o imperio de Alfonso VI entró en crisis a la muerte del viejo rey, y Castilla, «Extremadura» (San Esteban-Medinaceli-Guadalajara), León, Galicia, Toledo y Portugal no tuvieron entre 1109 y 1126 una historia paralela. Alfonso VII consiguió restaurar (a medias) la unidad del imperio toledano, que había estado a punto de descomponerse en un conjunto de condados feudales; pero la autonomía de Alfonso Henríquez dejó abierto el camino hacia una nueva concepción política de Hispania, que, una vez muerto el Emperador (1157) y, especialmente, en la minoría de Alfonso VIII (1158-1169) daría paso a la nueva estructura política peninsular de «los cinco reinos de España». Basta leer la Chronica latina regum Castellae y la historia del leonés Lucas, futuro obispo de Túy, para ver claro que «Castilla» y «León» son en la primera mitad del s. XIII dos naciones claramente diferenciadas. Pretender que el poeta del Mio Cid «reconstruyese» por erudición histórica una situación política caducada (la de un reino unitario constituido por Castilla, León, Galicia, Portugal y Toledo) es ir contra los principios más elementales de la composición imperantes en la literatura medieval.

83 En el segundo viaje de Alvar Fáñez a «Castiella», cuando llega a Carrión, encuentra al rey escoltado por el conde García Ordóñez, quien se apresura a hacer un comentario hostil al Campeador (vv. 1345-1347), y por allí andan los infantes de Carrión, cuya enemistad tradicional con Rodrigo de Bivar es obvia para ellos mismos (vv. 1375-1347), y de cuya obsequiosidad desconfía Minaya (vv. 1385-90). De nuevo, cuando Alvar Fáñez y Pero Vermudoz van hasta Valladolid al encuentro del rey, su llegada suscita reacciones hostiles de algunos cortesanos (v. 1837) y las victorias del Cid, que los mensajeros cuentan, alarman a García Ordóñez y a «diez de sus parientes», que se apartan a evaluar la situación (vv. 1859-1865). La desconfianza con que Rodrigo mira a la corte de Alfonso «el Castellano» no cesa después de que el rey le devuelve su «amor»: sospechoso de las honrosas bodas que el rey le propone para sus hijas (vv. 1931-1942), sólo acepta entrevistarse con el rey «sobre Tajo, que es una agua [mayor]» (v. 1954, para mayor seguridad de su persona, claro está) y, cuando acude a las Cortes de Toledo, acampa prudentemente en San Serván para no entrar de noche en la ciudad y para tener la protección del Tajo (vv. 3044-3048) y al día siguiente va a la corte escoltado por cien hombres con armaduras bajo las vestiduras cortesanas y con las espadas ocultas (vv. 3072-3081) y él mismo sujeta sus cabellos con una cofia y su barba con un cordón en previsión de cualquier acción contra su honra (vv. 3094-3097).

84 Jamás se detallan en el Mio Cid las jornadas de los viajeros que, en busca del rey, cruzan los reinos de Castilla y de León procedentes de la Frontera, ni en su viaje de ida, ni en su retorno. En el v. 836 Alvar Fáñez sale de Alcocer y en el v. 871 encuentra al rey en «Castiella», sin que al poeta le interese ni el camino ni el escenario del encuentro (sabemos que están en Burgos pues allí debió de pagar Minaya a la iglesia de Santa María las «mil misas» prometidas, v. 931, y de allí trajo «saludes» de los parientes y amigos de los desterrados, vv. 926-929). En el v. 1307 Alvar Fáñez se separa, de nuevo, del Cid, estando ya en Valencia, pero el poeta aclara «Dexarevos las posadas, non las quiero contar»; se dirige a Castilla (v. 1309) y busca al rey (v. 1311) a quien encuentra en Carrión (v. 1313), pues acaba de regresar de Sahagún (v. 1312); al emprender el viaje de vuelta, los infantes de Carrión le acompañan fuera de la villa, pero no se detallan topónimos (vv. 1385-1391); antes de ir a Valencia, Alvar Fáñez recoge en San Pedro de Cardeña (v. 1392) a doña Jimena y a sus hijas y les compra cabalgaduras en Burgos (vv. 1424-1428), pero nada sabemos de sus jornadas antes, ni después en los «cinco días» que tardan desde Cardeña a Medinaceli (v. 1451); en cambio se nos describen con detalle las jornadas de los caballeros que salen desde Valencia a su encuentro a partir del momento en que esos caballeros pasan de Santa María de Albarracín hacia Medinaceli. El último viaje de Alvar Fáñez, esta vez acompañado de Pero Vermudoz, en busca del rey es tan poco informativo como los anteriores: salidos de Valencia (v. 1821), «passando van las sierras e los montes e las aguas» (v. 1826) hasta encontrar a Alfonso en Valladolid (v. 1827); del regreso a Valencia (vv. 1914-1915) no se dan detalles. Hallamos la misma indiferencia respecto a la ruta que el propio Rodrigo sigue para ir «a las aguas de Tajo ó las vistas son aparejadas» (v. 1973): nuevamente se habla de la salida de Valencia (v. 2009) y de la llegada a las vistas (v. 2014), de la vuelta (v. 2167) y de cómo Rodrigo entra en Valencia acompañado de sus yernos («afélos en Valençia la que myo Çid gañó» v. 2175). El viaje de Muño Gustioz a pedir justicia sólo consiste en su salida de Valencia (v. 2920) y su llegada a Sahagún (v. 2922). La ida del rey y sus cortesanos, por una parte, y del Cid y sus vasallos, por otra, a las solemnes cortes de Toledo no suscita más recuerdos toponímicos que el Tajo (v. 3044) y San Serván (v. 3047); la misma penuria geográfica hay respecto a Carrión, con ocasión del combate judicial (vv. 3532, 3534).

85 Cantar de M. C.1 (1908), pp. 34-73. Aunque los topónimos en torno a Medinaceli (Jalón, la Ansarera, val de Arbujuelo, el campo de Taranz, las montañas de Luzón) no aventajan en carácter local a los próximos a San Esteban (el robredo de Corpes, la Torre de doña Urraca, Rio d’Amor, La calçada de Quinea, Alcobiella, el vado de Navapalos, La Figueruela, las Torres de Alilón), Menéndez Pidal consideró su presencia más significativa porque en torno a San Esteban ocurren episodios fundamentales del Poema y en torno a Medinaceli no; por eso sentenció: «Medina figura en la Gesta del Cid sólo por el afecto especial del poeta; San Esteban, por derecho propio» Cantar de M. C.1 (1908), p. 73.

86 «Dos poetas en el Cantar de M. C.», Ro, LXXXII (1961), 145-200; incorporado a En torno al P. del C. (1963), pp. 107-162 (cito por esta ed.).

87 El carácter «circular» de la argumentación me parece evidente: dado que el poeta creador del poema es «verista», «no puede ser el que falsee totalmente lo esencial» (p. 116); por tanto, eso «esencial» antihistórico ha de ser obra de otro poeta no verista. Creo que la defensa de la dualidad o pluralidad de poetas (siempre posible en un género que vive en refundiciones) ha de basarse en otro tipo de argumentación, si es que se pretende negar que el poema conservado sea cabeza de serie. El intento de repartir los conocimientos geográficos entre los dos poetas me parece, por otra parte, no sólo innecesario, sino impertinente, dada la proximidad de las áreas descritas; además la relevancia de la geografía no estriba sólo en el uso de la toponimia menor, sino en llevar la acción narrada hacia tierras que para nada importaron en la biografía real de Rodrigo. En busca de razones históricas contemporáneas a lo referido, Menéndez Pidal recordó en su evaluación más tardía de la cuestión, que, según los mss. I y S de la Historia Roderici, el Cid recibió del rey la donación del «castrum Gormaz» (§ 25); pero la identificación del castillo con el de Gormaz próximo a San Esteban creo que debe rechazarse en vista del texto de la Historia Roderici conocido por Alfonso X, que llamaba al castillo «Ordejón» «Orzejón» (según concuerdan las varias «Crónicas generales» herederas de la Estoria de España, cfr. PCG, p. 536b46). La identificación alfonsí creo que es correcta, dada la existencia en las proximidades de Ordejón de un Gornaçe «in alfoç de Amaia» (sin duda el despoblado actual de Gernaz, en término de Villela), lugar citado en un doc. de 1011 (Oña, § 8, p. 16); sobre Ordejón (docs. de 1182 y 1186), Amaya y este «Gornaçe», véase López Mata, Geogr. del condado de Castilla a la muerte de Fernán González (1957), pp. 146-148. De las donaciones al Cid, sólo Langa «est in extremis locis».

88 Después de abandonar Valencia, Tortosa, Albarracín y Molina a los almorávides, Alfonso se preocupó de fortalecer la frontera levantina de su reino para proteger a Toledo y a la Extremadura castellana, aún a medio poblar. Antes de que el gobernador lamtuní de Valencia pudiera actuar, puso cerco a Medinaceli. El espectacular fracaso de una acción diversiva de los gobernadores almorávides de Granada y Valencia, precipitó la capitulación de la plaza (julio 1104). Fue éste uno de los últimos éxitos militares del viejo rey. Muerto Alfonso VI (30 de junio de 1109) y el rey hudí de Zaragoza al-Musta’īn (24 de enero de 1110), la presencia de gobernadores almorávides en Calatayud representó, enseguida, una grave amenaza para Medinaceli, que tenía entonces [véase atrás, cap. III, n. 49] el conde don Pedro González de Lara (quien pronto habría de ser, si no lo era ya, el amante de la reina doña Urraca). Después de la campaña de 1113-1114, en que el emir Mazdalī, gobernador de Córdoba y Granada, se apoderó de Oreja y Zorita y en que los almorávides llegaron hasta el Duero, poniendo cerco a Berlanga, Medinaceli pasó a poder de los almorávides, pues nos consta que, en 1114, Fernan García, señor de Hita y Guadalajara, intentó en vano recobrarla (según el Rawd al-qirtās, ed. Huici, 1964, pp. 314-315: en 507 [18 junio 1113-6 junio 1114] «supo el emir Mazdalī que Ibn al-Zand Garsīs, señor de Guadalajara, sitiaba a Medinaceli y se dirigió contra él; éste, al saberlo, huyó, levantando el cerco..., etc.»; cfr. Menéndez Pidal, Cantar de M. C.1, p. 74, n. 3). No sabemos cuándo Alfonso I entró en Medinaceli; pero, en 1121 o a principios de 1122, al restaurar la diócesis de Sigüenza, le da como término las tierras recién sometidas de Calatayud, Ariza, Medinaceli y Daroca. En las paces de Támara (julio de 1127), Alfonso I reconoce la pertenencia de Medinaceli a Castilla; quizá se hallaba ya en poder del joven Emperador desde antes de la muerte de su madre (8 de marzo de 1126). Cfr. Catalán «De Nájera a Salobreña» pp. 105-106, 108-109, 112, 115; [o, en este libro, cap. III, pp. 95, 100-102, 107, 110-111].

89 Mio Cid, v. 397.

90 Mio Cid, vv. 2820-2821. Alabanza reforzada por otros comentarios en que el poeta vuelve a mostrar su aprecio por ellos: «Varones de Sant Esteuan, a guisa de muy pros...» (v. 2847); «Graçias, varones de Sant Esteuan, que sodes coñoscedores...» (v. 2851).

91 Mio Cid, vv. 2810-2872.

92 Mio Cid, vv. 2822-2823.

93 Mio Cid, vv. 2813-2819.

94 Menéndez Pidal, Esp. Cid 1 (1929), p. 596. Cito por la 4ª ed. (1947), pp. 558-559 (donde se corrige el «existió realmente», de la 1ª ed., por «existió verdaderamente»).

95 Menéndez Pidal, Esp. Cid 4 (1947), p. 559. En la ed. de 1929 esta admiración ofrecía la variante: «...fraguada toda ella con masa histórica».

96 Como subraya, Menéndez Pidal, En torno al P. del C., p. 194, «este personaje no toma parte en la acción del Cantar, ni vuelve a ser nombrado jamás». En el Mio Cid actúan como dramatis personae un variado conjunto de hombres y mujeres: el Cid; doña Jimena, doña Elvira y doña Sol; Alvar Fáñez, Martín Antolínez, Pero Vermudoz y Muño Gustioz; el abad don Sancho y el obispo don Jerónimo; Félez Muñoz; Aben Galbón; el rey don Alfonso y sus yernos don Enrique y don Ramón; Garci Ordóñez, los infantes de Carrión Diego, Fernando y Asuero; el conde don Ramón de Barcelona; el rey Tamín, Fáriz y Galve, el rey de Sevilla y el rey Búcar; Raquel y Vidas, y algunos peronajes «colectivos». Otros actores sólo aparecen para enriquecer históricamente el relato: Martín Muñoz de Montemayor, Galind García, Alvar Álvarez y Alvar Salvadórez; el conde don Fruela y el conde don Beltrán; Alvar Díaz de Oca, Gómez Peláez, Gonzalo Ansúrez y, si aceptamos el testimonio de Alfonso X sobre el Mio Cid (resumido en la Versión crítica de su Estoria de España), Per Ansúrez (cfr. Menéndez Pidal, Cantar de M. C.1, s.v. «Beltrán»); Iñigo Jiménez y Ojarra; Malanda; Yuçef de Marruecos, y nuestro Diego Téllez.

97 Fueron reunidas progresivamente por Menéndez Pidal. La lista más´actualizada figura ya en las «Adiciones» a Cantar de M. C.2, 1942, pp. 1216-1217 (en donde, además, se remite a los documentos que conocía desde antiguo: Cantar de M. C.1, 1911, s.v. «Diego Téllez»).

98 Mio Cid, v. 2814.

99 El documento, ed. por Serrano, S. Mill. (1930), p. 266 y por Sáez, Sep. I (1956), pp. 10-11 (n.o 3), recuerda que el merino Petro Iohanne, «qui in diebus his populavit Septempublicam», hizo una donación al monasterio de San Millán, que después («post multis diebus») le fue quitada; «sed postea, senior Didaco Telliz, dominante Septempublica, cum aliis bonis testimoniis, dixit ad rex, in riuo de Spiritu, apud Secovia, de illa serna», y el rey confirmó la donación, «era Mª Cª XXª IIIIª».

100 Según llamó ya la atención Menéndez Pidal, en la «Adición» al Cantar de M. C.2, p. 1217, cuando Alfonso VI en 1076 puebla Sepúlveda, la demarcación del término concedido a la villa lleva cuatro firmas, siendo la primera la de Alvar Háñez («Albar Hannez Testis») y la segunda la de Fernan García (cfr. atrás, n. 88), véase Los fueros de Sepúlveda, ed. Sáez (1953), p. 46.

101 «Las vidas del tío y del sobrino corrieron más apartadas de lo que el Cantar supone, tanto que la Historia latina del héroe pudo escribirse sin nombrar una sola vez a Alvar Fáñez», reconoce en 1913 Menéndez Pidal (Poe. de M. C., p. 20), y en 1911 había llegado a afirmar: «Parece que o no acompañó al Cid en su destierro o si le acompañó fue por poco tiempo» (Cantar de M. C.1, p. 440). En efecto, la documentación nos muestra a Alvar Háñez junto al rey o sirviendo al rey en diversas empresas o misiones en 1076, 1078, 1085-1086, 1086, 1087, 1090, 1091, 1093, 1094, 1097, 1099 (el «poco tiempo» de Menéndez Pidal se refiere a los años 1081-1084 en que nada sabemos de Alvar Háñez). La suposición de que Alvar Háñez acompañó ininterrumpidamente al Cid en sus años de destierro fue siempre considerada por Menéndez Pidal como una de las más importantes desviaciones de la historia que se permitió el poeta, y en 1963 (En torno al P. del C., pp. 113-114) la explica por el deseo de hacer de él el «deuteragonista del poema».

102 La estructura dramática de los poemas épicos permitiría aceptar que el primer verso conservado del Mio Cid fuera el verso inicial del poema; pero, para defender esa hipótesis, según hace Pardo («Los versos 1-9 del Poema del Mio Cid; ¿No comenzaba ahí el Poema?», BICC, XXVII, 1972, pp. 261-292), es preciso olvidar demasiados datos positivos. Ante todo, la factura material del códice único, que denuncia a las claras la falta del folio inicial; luego, la sintaxis del v. 2 «tornava la cabeça e estava los catando», donde el pronombre exige que se hayan nombrado antes los «palacios» de Vivar (según reconoce incluso Smith en su ed., 1972, p. 2); finalmente, el testimonio de las prosificaciones cronísticas de la escena. Admitido que el Poema empezaba antes del v. 1, queda por resolver cómo era su comienzo: la edición crítica de Menéndez Pidal, Cantar de M. C. (1911), pp. 1022-1024, ha confundido a muchos lectores, al prologar el Mio Cid con los capítulos que la Estoria de España (en 1270 y en 1282/83) toma de la Historia Roderici, referentes a la ida del Cid a Sevilla para cobrar las parias, a la batalla de Cabra, en que el Cid vence a García Ordóñez, Lope Sánchez, Diego Pérez y otros auxiliares del rey de Granada, y a la acción de Rodrigo contra los moros de Toledo que suscitó las acusaciones de los «mestureros» y la ira del rey. Ninguno de estos episodios históricos tenía por qué figurar en el Mio Cid; el dato épico «e mesóle una pieça de la barva», que la Versión crítica (y, por tanto, la Crónica de veinte reyes) interpola en el relato de la Estoria de España alfonsí que le servía de base, es un recuerdo de los vv. 3287-3290 del Mio Cid y, contra lo que piensa Menéndez Pidal en Cantar de M. C.1 (1911), pp. 1022-1024, n. 1, responde bien a sus métodos de refundición (cfr. Catalán, «El Mio Cid de Alf. X», 1963, pp. 207-214 ó La Estoria de Esp. de Alf. X, 1992, pp. 100-107 [y, mejor, el cap. V, pp. 191-203, del presente libro]. La técnica compilatoria de la Estoria de España alfonsí explica que la prosificación de la salida del Cid al destierro, tal como se contaba en el Mio Cid, sirva para enriquecer el relato cronístico previo basado en la Historia Roderici; pensar, como sugiere Smith (p. 1-2), que, para construir la escena inicial de su canción de gesta «the author of the PMC similarly translated from the Historia and made few poetic additions, his probable medium being prose», supone atribuir al poeta el trabajo erudito y las intenciones de Alfonso X y de Menéndez Pidal y pone de manifiesto un desconocimiento total de cómo hacían historia los historiadores letrados del s. XIII. El Mio Cid empezaría in medias res (como la gesta de Los Infantes de Salas) con la escena del diálogo de Rodrigo con su criazón, escena que resume brevemente la Estoria de España de Alfonso X (PCG, p. 523b6-19) y reproduce, tomándola de ella, la Versión crítica. Una versión poética de esa escena se nos conserva, casi perfecta, en la Crónica de Castilla, que reformó la Estoria de España recurriendo a los versos de una Refundición del Mio Cid que conocía (Catalán, La Estoria de Esp. de Alf. X, 1992, cap. VI, y Armistead, «The Initial Verses of the Cantar de Mio Cid», LCo, XII, 1984, 178-186).

103 Cambio «cormano», «primo cormano», que ofrecen los manuscritos (el nuevo parentesco supuesto por la Refundición), por «sobrino caro», en vista de que en los vv. 3438 y 3447 de Mio Cid Minaya, cuando reta a los del bando de Carrión, llama a las hijas del Cid «mis primas». La escena de la Refundición, como destaca bien Armistead, sólo en parte hereda la del Mio Cid viejo. En el Mio Cid viejo es obvio que los palacios no se quedan desiertos porque el Cid se lleve consigo «el aver» (según afirma la Crónica de Castilla basándose en la nueva versión poética), sino porque la ira del rey se ha hecho sentir ya antes, confiscando a Rodrigo sus bienes; por eso sale pobre y por eso están ya su mujer e hijas refugiadas en el monasterio de Cardeña. La Refundición del Mio Cid conocida de la Crónica de Castilla era un poema cíclico, que empalmaba (como luego el romance de La jura de Santa Gadea, conservado en el ms. Eg-1875 del British Mus., véase Menéndez Pidal, Est. sobre el Rom., 1973, pp. 92-94) la escena final del último cantar (el «de Zamora») de la gesta de Las particiones del rey don Fernando, esto es la jura en Santa Gadea, con el destierro procedente del Mio Cid, según muestran los restos de versificación y la prosa de la Crónica de Castilla; de ahí las diferencias; [véase ahora Catalán, La épica española (2000), pp. 300-313].

104 Menéndez Pidal, Cantar de M. C.2 (1944-1946), «Adiciones», p. 1211, s.v. Minaya. [El tratamiento de «mi anaya» que en docs de la reina Urraca reciben tanto Alvar Háñez como Fernan García se debe a que ambos fueron yernos de Pedro Ansúrez «nutritius reginae»].

105 A. Várvaro, «Dalla storia alla poesia epica: Alvar Fáñez», Studi Pellegrini (1971), pp. 655-665. 

106 Mio Cid, v. 735.

107 Menéndez Pidal, Esp. Cid 7 (1969), pp. 309-316. También irá don Álvaro como embajador, en 1090, a «persuadir» al rey ‘Abd-Allāh de Granada de que pague parias a Alfonso VI (Lévi-Provençal, en Al-Andalus, IV, 1936, pp. 81, 85-86, 105-112).

108 Hay varios documentos en que consta su señorío sobre Zorita y Santaver: 29-mayo-1097 en Aguilera sobre Duero firma «Alvar Fañez de Zorita» (Férotin, Silos, § 25); 8-mayo-1107 en Castro de Monzón «Albarus Faniz dominus de Zorita et de Sancta Uenia» (Sánchez Albornoz, Despoblación y repoblación, p. 389). Cuenca (entregada a Alfonso VI con ocasión de la conversión de Zaida y sus caballeros) no llegó a perderse con la derrota que sufrió Alvar Fáñez a manos de Ibn ‘Â’iša a. 490 (1096/0197) antes de que Yūsuf regresara a Marruecos (Menéndez Pidal, Esp. Cid 7, 1969, pp. 537-538 y n. 4), pues en 1107 Alfonso VI se preciaba de reinar «de Calagurra usque ad Cuenca» (S. Millán, 292). La derrota de Uclés (30-may.-1108), en que murieron el joven infante don Sancho, el conde Garci Ordóñez y otros varios condes, provocó el derrumbamiento de la primera línea de defensa del alto Tajo: Cuenca, Huete, Uclés, Ocaña (Rodericus Toletanus, De rebus Hispaniae VI, 32, que incluye en la lista a Consuegra, perdida ya en 1099, y Oreja, que se perderá en 1113). Según los Anales Toledanos I (ed. Flórez, en Esp. Sagr., XXIII, 1767, p. 387) hubo una recuperación de Cuenca: «Albar Hannez priso Cuenca de moros en el mes de Julio era MCXLIX» (a. 1111). El embate decisivo para el fin del señorío de Alvar Háñez fue el de Mazdalî en 1113-1114 (Chron. Adefonsi Imperatoris, ed. Sánchez Belda, §§ 107-108; al-Bayān al mugrib, ed. Huici, a. 507), en que el gobernador de Córdoba y Granada se apoderó de Oreja y Zorita.

109 En la campaña en que Alī b. Yūsuf se apodera de Talavera (1109) y, tras atravesar la tierra que fue de Alvar Háñez, destruye los muros de Madrid, Olmos y Canales (y, según creo, toma Alcalá), combate a Toledo por una semana, siendo defendida la ciudad por Alvar Háñez (Chron. Adefonsi Imperatoris §§ 96-102; al-Bayān al mugrib a. 503 [1109/1110]). Sobre el gobierno de Toledo por Alvar Háñez conozco documentación de 22-Jl.-1109 (Risco, Esp. Sagr., XXXVI, ap. 43o: «Toletule dux»); de 1110 (Llorente, Noticias de las Prov. Vasc., IV, 10-11: «in Toleto et in Pinnafidele»; Lucas, «Valb.», EEMCA, IV, 1951, p. 195: «Toletum et Pennam fidelem»), y de 19-mar.-1113 (Hernández, Los cartularios de Toledo, núm. 17, p. 21: «tunc temporis Toletani principis»).

110 «Los de Segovia después de las Octavas de Pascua mayor mataron a Albar Hánnez, Era MCLII», según los Anales Toledanos I (ed. Flórez, Esp. Sagr., XXIII, p. 387).

111 [Yerran aquellos historiadores que identifican al Álvaro Rodríguez del Carmen con el hijo de Rodrigo Fernández de Castro. Según dejan bien ver los vv. 246-247, se trata del hijo del conde Rodrigo Vela, pues uno y otro fueron señores de Montenegro y tierras de Lugo (Lemos y Sarria); su madre fue Urraca Álvarez, hija de Alvar Háñez (Salazar Acha, «Los Vela», 1985, pp. 52-54; Barton, The Aristocracy 1997, pp. 158-159, 178, n. 178, 299, 312-313. Torres, Linajes, 1999, no acierta en su distribución de los hechos atribuibles a una y otra pareja de Álvaros y Rodrigos)].

112 Utilizo la ed. de Gil, «Carmen de expugnatione Almariae urbis», en Habis, 5 (1974), pp. 45-64, vv. 222-226 (p. 58), y en Chronica hispana saeculi XII (ed. Falque et alii, 1990, pp. 249-267); también la de Sánchez Belda, en Chronica Adefonsi Imperatoris (1950), vv. 209-213 (p. 178). La rima interna del Carmen me impide aceptar el orden de los vv. 222-223 de la ed. Gil («Cognitus omnibus est auus Aluarus, arx probitatis, / Nex minus hostibus est itidem pius, urbs bonitatis»), aunque prefiero su corrección «est itidem pius» < «extitit impius» a la de Sánchez Belda «extitit impiis» (en el v. 210 de su numeración). Versión castellana: «De todos es conocido (y no menos de los enemigos) su abuelo Álvaro. Fue alcázar de lealtad y honradez, ciudad de virtud. Pues he oido decir que aquel ínclito Alvar Fáñez domeñó a los pueblos musulmanes y que las ciudades fuertes y castillos de ellos no pudieron resistírsele».

113 El tono triunfal del Carmen excluye la posibilidad de que se compusiera después de la pérdida de Almería 21 de agosto de 1157, pérdida que vino a privar de importancia histórica al hecho cantado. Creo, con Ubieto, «Sugerencias sobre la Chronica Adefonsi Imperatoris», CHE, XXV-XXVI (1957), 317-326, que la Historia se escribió a raíz de la conquista de Almería, aunque las razones que Ubieto alega para datar la «mayor parte» de ella antes de 1149 no sean decisivas.

114 Eds. cits., vv. 233-238 y 220-225 (pp. 58 y 178), respectivamente. Versión castellana: ‘El propio Rodrigo, llamado comúnmente Mio Cid, de quien se canta que nunca fue vencido por sus enemigos, aquél que domeñó a los moros y que igualmente venció a nuestros condes, lo exaltaba, considerándose a sí mismo digno de menor alabanza que él, aunque debo confesar la verdad, la cual el paso de los días nunca alterará: Mio Cid fue el primero y Álvaro el segundo’.

115 El poeta está haciendo el elogio de cada uno de los caudillos del ejército imperial. Al llegar a hablar de «Aluarus... Roderici filius» se detiene a exaltar las glorias de su padre y, sobre todo, de su abuelo «Aluarus ille Fannici» y, en medio del elogio de Alvar Háñez, surge la comparación con el Cid. Rico, «Tradiciones épicas», BRAE, LXV (1985), 197-211, ironiza, con razón, sobre el «trato bien singular y curioso» que recibe Alvar Rodríguez en el Carmen de expugnatione Almariae urbis: «De suerte que el pobre Alvar Rodríguez se queda en cola de ratón: por debajo del padre, del abuelo, de Roldán y Oliveros, y ni se sabe hasta qué punto por debajo del Cid» (pp. 197-198). «Es patente que Alvar Rodríguez se achica ahí, casi hasta esfumarse, frente a la talla de Alvar Fáñez; y Alvar Fáñez queda empequeñecido a su vez por el contraste con Mio Cid. ¿Cómo explicarse semejante cadena de paradojas, si no es porque los materiales llegaron a nuestro anónimo ya decididamente trabajados y articulados? Fueran cuales fueran sus merecimientos propios, en el Poema [léase Carmen], Alvar Rodríguez era sobre todo el recuerdo de su abuelo; y Alvar Fáñez era primordialmente el recuerdo de Rodrígo Díaz» (p. 205).

116 Este sobrenombre sólo se universalizó a partir de la prosificación del Poema en la Estoria de España de Alfonso X (según notó Menéndez Pidal, Cantar de M. C.3, 1956, s.v.). Parece tener sus raíces en Navarra y Aragón: el topónimo «Poyo de Mio Cit» (cfr. v. 902 del Mio Cid) se consigna en 1154 en el Fuero de Molina y «mio Çith el Campiador» es la forma empleada en 1194/96 en la redacción navarra original del Libro de las generaciones (o Liber Regum) para presentárnoslo como abuelo del rey García de Navarra (y al incluir la genealogía de Christina, la madre del rey García, a quien se hace descendiente de Layn Calvo). Del Libro de las generaciones pasó a Fray Juan Gil de Zamora.

117 Por muy hipercrítico que se quiera ser, el contexto no permite entenderlo de otra manera. Como señala R. Lapesa, «Sobre el M. C. Cuest. hist.», § 4, reed. 1985, pp. 36-47, «el cantatur se refiere indudablemente a un poema narrativo cantado o salmodiado por juglares épicos, por los cedreros recibidos en las cortes señoriales y escuchados con entusiasmo en las plazas de las villas. Por algo la épica medieval está constituida principalmente por cantares de gesta». Cfr., también el razonamiento de Rico, «Tradiciones épicas», pp. 204-206.

118 Aunque la humillación histórica del conde Garci Ordóñez de Nájera y del conde Berenguer Ramón de Barcelona fueron cantadas desde Cataluña por el Carmen Campidoctoris, el Mio Cid las recuerda también, junto con la legendaria de los «hijos del conde don Gonzalo» de Carrión; por otra parte, las victorias sobre los moros, aunque bien notorias, se cantan en el Mio Cid y no en el Carmen Campidoctoris.

119 Entre los que así piensan, quiero recordar, en vista de su precavida actitud crítica respecto a la «herencia» menéndez-pidalina, a J. Horrent, Historia y poesía. En torno al «Cantar del Cid», 1974, pp. 341-374; y a F. Rico, «Tradiciones épicas», quien concluye tajantemente (pp. 205-206): «Claro está que la respuesta a nuestros interrogantes no es ningún hallazgo: en 1148 debía existir un Cantar del Cid “cognitus omnibus” y de contenido substancialmente igual al conservado, donde Alvar Fáñez, “una fardida lança” es el “diestro braço” de “Mio Cidi” y reiteradamente encomiado por él (mientras que en los sáficos –Carmen Campidoctoris– o en la Crónica latina –Hist. Roderici–... no figura para nada). Si hasta aquí no he aducido esa solución tan poco recóndita, ha sido para mostrar con más eficacia en qué medida los nuevos datos nos guían, por distinto camino, a las mismas conclusiones que hoy a menudo quisieran descartar por viejas... Personalmente, me atrevo, a insistir en la sospecha de que no habría excesivas divergencias entre la versión conocida [del Cantar del Cid] y la que circulaba hacia 1148».

120 Siempre es posible rizar el rizo: C. Smith, con el fin de deshacerse del obstáculo que para sus tesis representa el pasaje del Carmen de expugnatione Almariae urbis, supone que el docto hombre de leyes que compuso el Mio Cid se inspiró en esta digresión del cantor de la conquista de Almería para idear la pareja «Mio Cid»-Alvar Fáñez y construir su poema (pero, al autor del Carmen ¿de dónde le vino la idea?, ¿o es que sólo el poeta del Mio Cid tiene «fuentes»?). El caso que comentamos tipifica bien el «nuevo estilo» de crítica imaginativa antifiológica practicado por Smith en The Making of the «Poema de Mio Cid» (1983), que T. Montgomery, en su reseña «Mythopeia and Myopia», JHiPh, VIII (1983), 7-16, describe, un tanto sarcásticamente, diciendo: «Smith... does not mind imagining, on virtually no evidence, a prose introduction to the Poem, a Cidian archive in Salamanca, an early lost version of Florence de Rome, a florilegium of Classical texts, a hypothetical later polished version of the Cantar all visibly absent but visibly imaginable». Con toda razón Rico, «Tradiciones épicas», comenta (p. 203): «Me confieso enteramente incapaz de imaginar que nuestro anónimo –el poeta del Carmen Almeriense– se inventara, a zaga de Virgilio, el vínculo entre Alvar Fáñez y el Cid, y luego, contra Virgilio, atribuyera al personaje a quien está loando el papel secundario dentro de la pareja que él mismo había inventado (sabría Dios, entonces, para qué). Un razonamiento en esa línea sería una afrenta al sentido común».

121 La fecha de composición del Mio Cid sigue siendo y seguirá siendo una cuestión debatida, tanto si se acepta que el manuscrito del s. XIV conservado procede del «original» por vía exclusivamente escrita, o si se admite una vía mixta oral y escrita (o se piensa en una vía exclusivamente oral, lo que no creo aceptable). No comparto la opinión de aquellos que dan por zanjada la cuestión y aceptan, tal cual hoy se lee, la era del explicit («un típico colofón de amanuense», según nota bien, una vez más, Rico «Tradiciones épicas», p. 208) como fecha de «redacción» de la obra. En los últimos decenios, los medievalistas se esfuerzan, cosa natural, por superar la etapa «menéndez-pidalina» de los estudios sobre el Cid (y alrededores); pero, por desgracia, la creciente especialización del saber y un nuevo ritmo vital privan a estos críticos de la posibilidad de levantar de un golpe un edificio de nueva planta que sustituya con ventaja al previo. De ahí que, ante la dificultad de adquirir hoy unos conocimientos interdisciplinarios como los de Menéndez Pidal, muchos de los «revisionistas» necesiten dar por buenas las reformas que cada cual va haciendo en el edificio y utilicen de continuo el argumento de «autoridad», suponiendo que otros han demostrado ya algo que les sirve de apoyo a sus construcciones. Lapesa ha llamado la atención sobre este hecho, al ir desmontando cuidadosamente toda una serie de argumentos (que en la segunda mitad del s. XX se han venido dando por buenos) para retrasar la fecha de composición del Poema («Sobre el M. C. Cuest. hist.» y «Sobre el M. C. Cuest. ling.», 1980 y 1982; reeditados en Est. de hist. ling. esp., 1985, pp. 11-42). Lapesa no presta suficiente atención a uno de los pocos argumentos de Ubieto (El Cantar de M. C., 1973) contra la datación de Menéndez Pidal que pudiera ser de peso: cuando se pactó (como resultado de las paces de Támara, 1127) la reestructuración de las diócesis de Sigüenza y Tarazona en 1136-1138 (límites confirmados en 1144-45), Cetina no aparece nombrada, aunque justamente vendría a caer en la frontera; por tanto, según piensa Ubieto, el fuero concedido a Cetina por Guillén de Belmes (quien actuó como prior de Aragón entre 1144 y 1157) habría sido concedido con ocasión de su población ex nihilo (pp. 41-44). Ahora bien, la inexistencia previa del topónimo es imposible, dada su etimología árabe: Cetina < S̣̣̣addīna, tribu beréber perteneciente a una de las ramas de los Banu-Fâtīn (cfr. Oliver Asín, en Al-Andalus, XXXVIII, 1973, p. 367); además, como destaca R. Menéndez Pidal, En torno al P. del C., p. 166, «el mismo fuero de Cetina dice que allí había pobladores antes».

122 Menéndez Pidal, Esp. Cid 7 (1969), pp. 917-919.

123 En otro lugar, Catalán, «Sobre el ihante», pp. 219-233 [véase en este libro el cap. II], he probado que el abuelo de García Ramírez fue el infante bastardo don Sancho y no el infante don Ramiro, como creía Menéndez Pidal, Esp. Cid 7, Disq. 60ª. Mi argumentación se basa en el testimonio coincidente del Libro de las generaciones o Liber Regum (1194/96) y de la Chronica latina regum Castellae (acabada en 1236), que dan el nombre correcto del abuelo del Restaurador, en la documentación referente a ese infante, hijo primogénito del rey García de Nájera, y en la identificación del hijo del rey García «expulsus a hoc regno propter imbecillitatem suam per Aldefonsum regem Castella», de que hablan los comisionados de Sancho el Sabio de Navarra en 1177, con el hijo del rey García que «salió para el país del Islam y fue el iffante que prendió fuego a la mezquita de Elvira y fue muerto en Rueda», a que se refiere el historiador musulmán Abū Bakr b.Abd al-Raḥmān. El que el infante don Ramiro (hijo legítimo del rey don García) también muriera en la traición de Rueda, donde perdieron la vida muchos grandes hombres, dio pie a la confusión. El infante don Sancho había sido ya identificado por R. del Arco, «Dos infantes de Navarra señores de Monzón», Príncipe de Viana, X (1949), pp. 249-274, y por G. de Pamplona, «La filiación y derechos al trono de Navarra de García Ramírez el Restaurador», Príncipe de Viana, X (1949), 275-283.

124 La versión original navarra del Libro de las generaciones (Liber Regum), se redactó desde 1194 (antes de morir Sancho de Navarra) a 1196 comienzo del reinado de Pedro II de Aragón). Se nos conserva mutilada en el Cronicón Villarense (eds. de Serrano y Sanz, en BRAE, VI, 1919, pp. 192-220 y de Cooper, El Liber Regum, Zaragoza, 1960), pues faltan folios entre el fol. 34 y el 35 (en 34v. queda interrumpida la frase final en que termina el folio). Pero tenemos otros testimonios sobre el contenido de esta parte que falta en el ms. villarense (véase n. 127).

125 Serrano y Sanz, Cronicón Villarense, p. 212.

126 Serrano y Sanz, Cronicón Villarense, p. 209.

127 Aunque la mutilación del manuscrito más antiguo del Liber Regum (el Cronicón Villarense) nos impida comprobarlo, es seguro que la versión original navarra incluía ya la genealogía de la madre de García Ramírez, doña Christina, hija del Cid, y descendiente de Laín Calvo (a que alude la frase citada en texto). La conocemos gracias al Liber Regum refundido (o Liber Regum 2) de entre 1217 y 1223, hecho en Toledo por iniciativa del arzobispo Ximénez de Rada, y también a través del fragmento  («Linage de los reyes d’Espanya») del Liber Regum de 1194-1196, conservado en los Fueros de Sobrarbe-Navarra, y a través del Libro de las generaciones de entre 1260 y 1269, que se basan en la redacción vieja. Véase Catalán y De Andrés, Crón. de 1344, pp. LIIILVI y nn. 2-16 (y bibliografía allí citada).

128 Serrano y Sanz, Cronicón Villarense, p. 209.

129 Catalán, «Sobre el ihante» (1966), pp. 216-220; [aquí atrás, cap. II, pp. 56-61].

130 Según las noticias contemporáneas procedentes de la Navarra de Sancho Ramírez, rey de Aragón y Pamplona: «Sancius Rex... qui interfectus est a fratre suo, et a sorore, uel a maioribus patrie sue», recuerda San Veremundo, abad de Irache, en el preámbulo de una permuta, 23-F-1082 (Irache, 1965, p. 82); «...a Rege Domno Sancio, prole Garsiae regis, quem interfecerunt frater suus Regimundus, et soror Ermisenda, necnon, et principes eius infidelissimi», denuncia en 1079 una donación al monasterio de Leyre (Becerro de Leyre, p. 227). Véase Moret, Investig., lib. III, c. IV, §§ 28 y 28.

131 En el año mismo del regicidio de Peñalén, 1076, el conde de «toda» Vizcaya Iñigo López (que, hasta comienzos de ese mismo año, había tenido Nájera por el rey don Sancho. Cfr. Lucas, «Valb.», pp. 510-511, y S. Mill., 236) reconoce a Alfonso VI dándole ese pomposo título. A partir de 1077 Alfonso VI comenzará a titularse «totius Hispanie imperator», sin duda en virtud de la anexión del reino de Nájera y del vasallaje del rey aragonés.

132 Acerca de estos personajes y hechos, véase Catalán, «Sobre el ihante», pp. 218-220 y nn. 37-43 [o el cap. II del presente libro], donde cito la documentación que apoya las afirmaciones que aquí hago.

133 Mio Cid, vv. 3283-3290.

134 «Valb.», §§ 198 y 199, pp. 605-606. Sobre el «Renacimiento de la Gran Navarra najerense bajo Alfonso I», véase Catalán, «De Nájera a Salobreña» (1975), pp. 109-110; [o, mejor, aquí atrás el cap. III.e].

135 Según la datación de un documento de 1134, Doc. reconq., ed. Lacarra, § 336.

136 Ya el 10 de noviembre de 1134, Alfonso VII se dice «imperator... in Toleto regia urbe, Legione et Castella et Nagera» (S. Mill., § 305).

137 Según señala P. Rassow, Die Urkunden Kaiser Alfons’ VII. Von Spanien, 1929 (separata del Archiv für Urkundenforschung, X.3, pp. 328-467 y XI.1, pp. 66-137), p. 364, en los años 1126 y 1127 ocupó varias veces el cargo de «alférez» de Alfonso VII (según docs. de 12-dic.-1126; 1127, sin mes, y 13-nov.-1127). Más tarde, el Emperador mantuvo en ese cargo por largo tiempo a don Manrique («Amalricus»), hermano de madre de don García. 

138 «El conde don García, su enemigo malo», Mio Cid, v. 1836; «el Crespo de Grañón», Mio Cid, v. 3112.

139 Sobre los pactos de Alfonso VII con el conde de Barcelona Ramón Berenguer para repartirse el reino navarro de García Ramírez, véase Ubieto, «Nav.-Arag. y la idea imperial», pp. 56-58 y 74. El Restaurador, amenazado militarmente por Alfonso VII, que acude a la frontera de Alfaro y acampa (7-0ct.-1140) «inter ambas aguas in loco, qui est in via, qua itur de Sancto Petro ad Calagurram» (cfr. Rassow, Die Urkunden, p. 435), consigue entenderse con el Emperador y hacerle romper el plan de reparto de su reino. El 25-oct.-1140 fecha Alfonso VII un diploma consignando: «facta carta in ripa Hyberu, inter Calagurram et Pharo tempore quo Imperator cum rege Garcia pacem firmavit, et filium suum cum eius filia desposavit» (doc. del Arch. G. de Nav. Monasterios; lo cito a través de Ubieto, «Nav.-Arag. y la idea imperial», n. 79; cfr. La Fuente, Esp. Sagr., L, pp. 398-399, en que se edita el doc. «ex codice Fiterensi dicto libro Tumbo»; creo más correcta la lectura de Moret en Annales, II, 1766, Lib. XVIII, cap. V, § 4, cuando hace a Alfonso VII imperante en «Naxera» y no en «Nauarra»).

140 Los pactos «in ripa Hyberu» no solucionaron el conflicto entre García Ramírez y Ramón Berenguer; aunque en adelante Alfonso podía jugar a ser árbitro de la contienda, la amenaza portuguesa le hacía, a su vez, vulnerable. Resulta difícil encajar en la cronología el relato de los conflictos de Alfonso VI en las fronteras oriental y occidental que proporciona la Chronica Adefonsi Imperatoris, I, §§ 73-89. Importa notar que la crónica imperial pasa por alto la paz y los desposorios concertados en 1140; en cambio, considera trascendental la paz y la boda de 1144, a que enseguida aludiremos.

141 La importancia política de esta boda se hace manifiesta en las dataciones de documentos del año 1144, donde se hace constar: «rege Garsia Ramirez existente presente qui tunc cum imperatore ibat propter eius filiam, quam uxorem ducturus erat» (Carrión, jun.-1144); «rege Navarrorum Garsia, qui tunc quandam filiam imperatoris uxorem duxerat existente presente» (León, 30-jun.-1144); «quando rex Garsias filiam imperatoris ibi uxorem duxit» (León, jun.-1144); etc. Rassow, Die Urkunden, pp. 439 y 91-92. Ubieto, «Nav.-Arag. y la idea imperial» (1956), p. 61, n. 92, cita otros escatocolos en los que se recuerdan las bodas regias de la hija del Emperador. 

142 Utilizo las eds. de Sánchez Belda (1950) y Maya (1990).

143 Anticipo en esta nota la versión castellana de los pasajes que cito en texto: ‘Llegó también el rey García, con gran número de caballeros, aparejado y engalanado como conviene que vaya un rey a sus desposorios’; ‘Rodeaban el tálamo multitud de juglares, dueñas y doncellas, que tocaban órganos de mano, flautas, cedras, salterios y otros muchos instrumentos’; ‘Unos, según la costumbre del país, espoleando sus caballos, bohordaban lanzando a tablado para mostrar a la vez su pericia y esfuerzo y la de sus cabalgaduras. Otros, tras provocar la bravura de los toros con el ladrido de sus perros, los mataban clavándoles venablos. Por último, unos ciegos, colocados en medio del coso para que se ganaran un cerdo compitiendo en matarlo a palos, queriendo hacerlo, provocaban la risa de los circunstantes al golpearse unos a otros repetidamente’.

144 El rey don García obsequió con generosidad real durante muchos días a los castellanos que se hallaban con él y a todos los caballeros y ricos hombres de su reino. Celebradas las bodas reales, el rey dio a los condes y señores de Castilla muchos dones y cada uno de ellos se volvió a su tierra.

145 Mio Cid, vv. 3717-3725

Índice de capítulos:

* PRESENTACIÓN

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (1)
   a. La realidad se forja en los relatos

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (2)
    b. Rodrigo, Campeador invicto para sus coetáneos

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (3)
   c. Del Campeador al Mio Cid. Los nietos del Cid y la herencia cidiana

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (4)
   d. Rodrigo, el vasallo leal, a prueba

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (5)
   e. El Soberbio Castellano

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (6)
   f. El Cid se adueña de la Historia y la Historia anquilosa la figura del  Cid

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (7)
   g. El Cid del Romancero salva al personaje literario del corsé historiográfico

* II EL «IHANTE» QUE QUEMÓ LA MEZQUITA DE ELVIRA Y LA CRISIS DE NAVARRA EN EL SIGLO XI

*  III LA NAVARRA NAJERENSE Y SU FRONTERA CON AL-ANDALUS

*   IV EL MIO CID Y SU INTENCIONALIDAD HISTÓRICA

V EL MIO CID DE ALFONSO X Y EL DEL PSEUDO IBN AL-FARAŶ

VI RODRIGO EN LA CRÓNICA DE CASTILLA. MONARQUÍA ARISTOCRÁTICA Y MANIPULACIÓN DE LAS FUENTES POR LA HISTORIA

* VII LA HISTORIA NACIONAL ANTE EL CID

* APÉNDICE I.  SOBRE LA FECHA DE LA HISTORIA RODERICI

* APÉNDICE II. SOBRE LA FECHA DE LA CHRONICA NAIARENSIS

* ÍNDICE DE REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS (Y CLAVE DE SIGLAS)

III LA NAVARRA NAJERENSE Y SU FRONTERA CON AL-ANDALUS


III LA NAVARRA NAJERENSE Y SU FRONTERA CON AL-ANDALUS

a. La ruta de las sierras en el espinazo de la Península Ibérica y la expansión de Navarra hacia el Sur

      Con el regicidio de Peñalén (1076), que pone súbito fin al reinado de Sancho IV Garcés, el reino navarro de Nájera, en declive desde la batalla de Atapuerca (1054) 1, sucumbe víctima del imperialismo castellano-leonés (o, si se prefiere, toledano) de Alfonso VI 2, y quizá de las ambiciones del conde García Ordóñez, cuñado del rey asesinado, que recibiría del rey de León y Castilla la posesión del condado najerense 3. Andado el tiempo, la restauración por un nieto del Cid 4 del reino navarro en Pamplona y Tudela (1134) no conseguirá reconstruir un reino que fuera capaz de abrirse paso hacia el Sur a costa del Islam en retroceso. Pero la desmembración del reino najerense y la impotencia del nuevo reino de Navarra para establecer una «extremadura» propia a lo largo de «la ruta de las sierras» 5 (ruta que Castilla y Aragón le cancelaron políticamente), no impidieron que, en una ancha banda territorial de disposición Norte-Sur a caballo de la Cordillera Penibética, se produjera una continuada presión demográfica de la población cristiana navarro-riojana, paralela a la que contemporáneamente se dio en todas las otras zonas de la Península, desde el Occidente gallego-portugués hasta el Oriente catalán. Para llegar a demostrar esta hipótesis históricosocial, sería necesario conocer en profundidad siglos de historia social de los Cameros, Soria y Almazán, Medinaceli, Molina, Calatayud y Daroca, Albarracín y Teruel, Santaver, Zorita, Huete y Cuenca, Castillo de Garcí Muñoz y Alarcón, Requena, Chinchilla de Monte Aragón, Montiel, Alcaraz, Segura y Baza, Murcia y Lorca, Almería y Motril, algo fuera de mi alcance. Pero al amparo de observaciones sueltas hechas en el curso de estudios de carácter muy vario (que aquí no es la ocasión de presentar reunidas), me atrevo a considerar una realidad histórica la «unidad» sociológica de este olvidado espinazo de la Península.

b. Personajes najerenses en el reino de Granada antes de la «revolución» almorávide

      Desde los primeros años del reinado de Alfonso VI, cuando los reyes, magnates y caballeros del Norte cristiano competían  en la explotación económica de las taifas de al-Andalus, vemos ya recorrer ese camino de las sierras a personajes riojanos muy destacados, sea para ganarse privadamente el pan y la plata, sea como representantes de la política imperial.Entre 1058 y 1083, muy probablemente a poco de subir al trono de Granada el joven régulo zirí  Abd Allāh b. Buluggīn b. Bādīs en 1073 (?) 6, el «ihante» 7 Sancho, hermano bastardo del rey de Nájera y Pamplona Sancho Garcés, quemó la espléndida mezquita de la decaída Hadira Elvira 8 cuando vivía «salido» de Navarra en tierras del Islam 9. Posiblemente, el «ihante» riojano, a quien por entonces desposeía su hermano el rey don Sancho de un palacio en Tricio, junto a Nájera (27-dic.-1073) 10, se hallaba entre los mercenarios cristianos que el visir de al-Mu‘tamid de Sevilla Ibn ‘Ammār había conseguido de Alfonso VI para acabar con el reino beréber de Granada y que, a precio de oro, pagaba para que corrieran la Vega mientras él construía la fortaleza de Valillos (Balīlluš) no lejos de Pinos Puente 11.
      Ante la imposibilidad de recobrar Valillos por la espada, ‘Abd Allāh tuvo, a su vez, que comprar la onerosa amistad de Alfonso VI (1075) y procurarse el apoyo de mercenarios cristianos 12. Como protectores del rey zirí debió de enviar Alfonso, entonces, a tres altos personajes estrechamente vinculados con la región najerense: Fortún Sánchez, casado con la infanta doña Ermesinda, hermana de Sancho Garcés, la cual consta que tuvo un papel muy activo en el asesinato de su hermano (Peñalén, jun. 1076), regicidio en virtud del cual Alfonso VI se anexionó el condado de Nájera; un hermano de Fortún, Lope Sánchez, y el concuño de Fortún, el conde García Ordóñez, que había sido alférez de Alfonso VI (1074) y que, en su calidad de marido de doña Urraca, otra hermana del rey navarro asesinado en Peñalén, recibiría, algunos años después, el condado najerense (1080) 13. Todos tres, junto con el caballero castellano Diego Pérez, fueron malamente derrotados por Rodrigo Díaz de Vivar en la batalla de Cabra 14 [1075?] 15. El Campeador, enviado por Alfonso VI a cobrar las deudas contraídas por al-Mu ‘tamid de Sevilla, actuó de acuerdo con el pacto establecido por Alfonso con Ibn ‘Ammār, sin percatarse de las sutilezas de la política imperial [o quizá dispuesto a ignorarlas movido por su personal hostilidad a don García «el crespo de Grañón»].
      Este período en que los emisarios y lugartenientes de Alfonso actúan libremente en los reinos de Taifas se cierra poco después de la conquista de Toledo (1085). El incumplimiento del pacto de rendición por el «Emperador de las dos religiones» 16 trajo consigo, muy en breve, el total desplome de la política imperial de explotación económica de al-Ándalus, que tan eficazmente había dirigido el mozárabe Sisnando Davídiz 17. Después de la espectacular derrota del «Imperator totius Hispaniae» en Zalaca-Sagrajas (1086), los esfuerzos de Alfonso VI por restaurar su imperio económico sólo sirvieron para precipitar la caída de los régulos musulmanes asociados con ese sistema de explotación; la «revolución» almorávide de los años 1090-1094 liberó a la mayor parte de los andaluces de la opresión tributaria. El colapso del sistema de «parias» supuso, a la vez, la desaparición de los destacamentos cristianos «metidos en los fígados» 18 de los musulmanes del Sur de España 19.

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c. «De Calagurra usque ad Cuenca», bajo el dominio de Alfonso VI

      En el Levante (Šarq al-Andalus), la revolución almorávide tropezó, por algún tiempo, con un escollo insuperable: el señorío valenciano del Cid (creado en 1904). De resultas durante unos años muy cruciales, tanto el reino hudí de Zaragoza, como sus fronteras, pirenaica y occidental, quedaron fuera del área de acción de los africanos 20. Pero, muerto el Cid (1099), la integración del Levante en la España almorávide se inicia con ritmo acelerado: una vez abandonada Valencia por los imperiales (1102) 21 , Tortosa (1102) 22, la Sahla o Santa María de Albarracín (1102-1103) 23 y, probablemente, Molina 24 se someten al Emir de los musulmanes. Los lamtuníes incluso combaten con los «francos» de Urgell en las faldas del Pirinero (derrota y muerte de Armengol V en Mollerosa, 1102; toma de Balaguer 25). Abū Muḥammad ﺀAbd Allāh b. Fātima llega a las puertas de Zaragoza  (25-set.-1102) 26. Sin embargo, Yūsuf b. Tāxufīn ha decidido respetar la soberanía de al-Musta ‘īn en Zaragoza y los almorávides se retiran del reino hudí 27. Gracias a esta inhibición de los almorávides, Alfonso VI tuvo la oportunidad de ganar la iniciativa en la frontera oriental de su reino.
      Antes que el gobernador lamtuní de Valencia amenazase por la espalda la línea de alcázares de la Transierra que protegían a Toledo y a la Extremadura castellana (por entonces todavía a medio poblar) 28, Alfonso puso cerco a Medinaceli. El espectacular fracaso de una acción diversiva de los gobernadores almorávides de Granada y Valencia 29, precipitó la capitulación de la plaza (julio 1104) 30. Con ella pasaron a manos de los cristianos (si es que efectivamente formaban parte del reino hudí) Hita y Guadalajara 31. Este éxito, uno de los últimos del viejo rey, permitió a Alfonso VI organizar la frontera levantina del imperio toledano sobre tres pilares de sólida apariencia. Al Norte, frente a Tudela y Tarazona, se hallaba el gran condado najerense de García Ordóñez, que contaba con una amplia base a orillas del Ebro (desde Miranda a Alfaro) 32 y cuyos «extremos» alcanzaban hasta la curva de ballesta del Duero; allí en la frontera, por orden de Alfonso VI, puebla ahora el conde (1106) a «Garrahe» (hoy Garray) 33, «antiqua civitate deserta» (Numancia) que venía siendo considerada, desde tiempos del rey Sancho el Mayor y el conde Sancho García (1016), como el último mojón del reino navarro najerense 34. El extremo Sur, cerrando el acceso a la Alcarria, lo ocupaban las tierras de Alvar Háñez, con las dos fortalezas de Zorita y Santaver y, más al SO., la de Cuenca 35. El pilar central viene ahora a constituirlo la recién conquistada Medinaceli, clave de los pasos entre Zaragoza (vía Calatayud) o el Levante (vía Molina) y el alto Duero y la Transierra. Alfonso VI encomienda su defensa y la de Guadalajara a Fernán García «Minaya», conocido por el «de Hita» 36, pero, a fin de subrayar la importancia de la conquista, da el señorío de Medinaceli a su único hijo, engendrado en la viuda de Faṭ̣̣h al-Ma’mūn b.  ‘Abbād 37, a quien ha elegido heredero del imperio, anteponiéndolo a su hija legítima primogénita Urraca y a su yerno el conde de toda Galicia don Raimundo 38.
     En 1107 el Emperador, con motivo de la población de Garray, se precia muy especialmente de esta consolidación de la frontera levantina, diciéndose reinar «de Calagurra usque ad Cuenca» 39. Sin embargo, lo conseguido no iba a ser duradero. Hacia el mes de diciembre de ese año el viejo rey cae en cama, postrado por la enfermedad de que habría de morir. Su recia naturaleza y sus médicos judíos 40 logran sostenerle vivo y semi-activo durante un año y siete meses; pero será ya incapaz de reaccionar ante la crisis que socava los fundamentos de su imperio. El 30 de mayo de 1108 la gran derrota de los capitanes de Alfonso VI en Uclés, en que murieron, entre otros, el conde Garci Ordóñez y el joven infante don Sancho 41, no sólo dejó abierto el problema sucesorio, sino que provocó el derrumbamiento de la primera línea de defensa del alto Tajo (Cuenca, Huete, Uclés y Ocaña) 42. Un año después moría el rey don Alfonso «el Viejo» y el imperio toledano pasaba a manos de una mujer viuda con un hijo menor de edad (30-jun.-1109) 43.

d. Derrumbamiento de la frontera oriental del imperio toledano

      ‘Alī b. Yūsuf, el nuevo Emir de los musulmanes, creyó llegada la ocasión de atacar la ciudad imperial. Después de apoderarse de Talavera, combatió una semana a Toledo defendida por Álvar Háñez) y destruyó el monasterio de San Servando y los muros de Madrid, Olmos y Canales (sin tomar los alcázares); Guadalajara (en manos de Fernán García) resistió los asaltos (agosto 1109) 44; pero Alcalá debió de pasar entonces a poder de los almorávides 45. La precaria situación de la Transierra se acentuó en el curso del año siguiente, cuando la inesperada muerte de al-Musta‘īn (24-enero-1110) 46 trajo consigo la incorporación de la mayor parte del reino hudí al imperio almorávide (31-mayo-1110, entrada de Muḥammad b. al-Ḥ̣̣aŷŷ en Zaragoza) 47. Aunque Alfonso I de Aragón supo sacar partido de la colaboración de ‘Imād al-dawla, el desposeído heredero de al-Musta ‘īn, que conservó Rueda, Borja y otros castillos 48, la presencia de los gobernadores almorávides en Calatayud representaba una grave amenaza para Medinaceli, que tenía entonces don Pedro González conde de Lara 49 (el que pronto había de ser, si no lo era ya, amante de la reina) 50.
      Después de un nuevo ataque a Guadalajara (1112-1113) 51, el embate decisivo contra la frontera oriental se produjo en 1113-1114, durante la guerra civil que conmovía al imperio: el emir Mazdalī, gobernador de Córdoba y Granada, se apoderó de Oreja y Zorita 52, y los almorávides llegaron hasta el Duero, donde pusieron cerco a Berlanga 53. Aunque Guadalajara e Hita resistieron, el conde de Lara, demasiado envuelto en la política interna de Castilla, no pudo defender los «extremos» de su condado, y Medinaceli pasó a poder de los almorávides 54. Fernán García, señor de Hita y Guadalajara, intentó recobrar la plaza; pero tuvo que levantar el cerco (1114) 55.
      Cinco años después de muerto Alfonso VI, vinieron a quedar frustrados los esfuerzos del viejo rey por dotar al imperio toledano de una frontera oriental firmemente asentada sobre la ruta de las sierras: los dos puntales meridionales habían vuelto al poder del Islam y el condado najerense, una vez muerto Garci Ordóñez, no tardaría en bascular hacia Navarra.

e. Renacimiento de la Gran Navarra najerense bajo Alfonso I

      Los emires almorávides no lograron impedir la consolidación de las dos grandes obras de Alfonso VI: la cristianización de Toledo y la repoblación de la Extremadura del Duero (desde Salamanca a Sepúlveda). En cambio, al liberar a los andaluces de la explotación económica imperial, crearon en el Norte cristiano las condiciones básicas para la explosión político-social ocurrida en los años que siguen a la muerte del Emperador de las dos religiones. La revolución burguesa de los años 1110 a 1116, más o menos triunfante a todo lo ancho de Castilla y Tierra de Campos (desde Montes de Oca al Esla) 56, estuvo a punto de transformar la geo-política de Hispania. La Extremadura segoviana y la Transierra toledana quedaron medio aisladas, equidistantes entre la Galicia del conde Pedro Froílaz (el ayo de Alfonso Raimúndez), del obispo Gelmírez y de la reina, y el reino pirenaico de Alfonso I y sus aliados francos. Más decisivo fue el cambio en la frontera oriental del «imperio toledano».
      En agosto de 1110, cuando la reina va con su hueste contra Zaragoza, el edificio imperial sigue intacto: entre los condes que la acompañan no sólo figura «Petrus Gonsalbes comes de Metina», sino incluso «Sancius comes Pampilonensis», y entre los señores «Didacus Lopiz senior in Nagera», «senior Enneco Semenones dominator Kalagurra» y «Garsia Lopiz in Maranione» 57. Pero ya en febr.-1111 una plaza tan castellana como San Esteban de Gormaz aparece incorporada al sistema de «tenencias» navarras 58. Sin embargo, el statu quo no se altera profundamente hasta 1113. Cuando en ese año Alfonso I se retira del reino de su mujer, la Historia Compostellana aún se complace en subrayar la unánime actitud de los próceres «Burgenses, Nazarei, Carrionenses, Palentini, Legionenses» 59, pero la expedición de Urraca y los gallegos sobre Burgos (jul.-1113) viene a poner de manifiesto que los límites del reino de Alfonso I se han desplazado hasta Atapuerca 60. En adelante, los territorios, un tiempo atrás navarros, «de rivo Iberi usque circa civitatem de Burgos» 61, volverán a formar parte del reino navarro-aragonés. Aquel año en Nájera se halla ya como señor Fortún Garcés Caxal 62, el brazo derecho de Alfonso I; Diego López, cuya fidelidad a Alfonso I nunca sería muy constante, ha tenido que contentarse con el dominio de Buradón, Álava y Vizcaya 63.
      En los años siguientes, la reina doña Urraca se conforma con el título de reina de Galicia y León, mientras el «imperator» Alfonso dice ser rey de Castilla y Aragón 64. Toledo y Extremadura se incluyen, también, en los dominios de Alfonso I 65 (excepto durante un período en que gobierna la ciudad el conde don Pedro Froílaz con su pupilo Alfonso Raimúndez) 66. Alfonso I aprovecha estos años que preceden al cerco de Zaragoza para dejar sus dominios occidentales perfectamente organizados en manos de tenentes de confianza (1116-1117) 67. Navarra recobraba así, por obra de Alfonso, sus límites de tiempo de Sancho el Mayor y, con ellos, una Extremadura propia.

f. El rey «celtíbero» repuebla la Celtiberia

      El rey «celtíbero» (como llamaban a Alfonso I sus enemigos en Galicia y León) 68, una vez estabilizada hasta cierto punto la frontera con el Imperio toledano, emprendió una política más netamente pirenaica, en colaboración con sus aliados los señores francos de ultrapuertos. Aprovechando la crisis del emirato almorávide, incorporó a sus dominios desde Tudela y Zaragoza hasta Morella (1117-1119) 69. La rendición de las ciudades del valle del Ebro (Zaragoza, 18-dic.-1118; Tudela, 25-fe.-1119; Tarazona, poco después) 70 fue conseguida previa ocupación o sumisión de Morella (1117) 71 y del macizo montañoso de Aliaga (con sus términos: Pitarque, Jarque, Galve, Alcalá de la Selva, etc.) 72, así como de Belchite 73 (donde Alfonso I organizará la primer Cofradía militar, con vistas al dominio de las playas levantinas) 74.
      Pero la colonización del valle del Ebro, con su densa población musulmana, no podía realizarse sin cerrar la vía natural de penetración desde Valencia, a lo largo de la depresión del Guadalaviar, el Jiloca y el Jalón, que, dominada por las estratégicas plazas de Daroca, Medinaceli y Calatayud, seguía estando en manos de los almorávides. La ocupación de esta región exigió a Alfonso una nueva campaña, íntimamente relacionada con el fortalecimiento previo de las posiciones navarras en la Extremadura del alto Duero. El 13 de diciembre de 1119, Alfonso I (desde Pedraza, en la Extremadura segoviana) se dice reinar «in mea populatione quod dicitur Soria» 75 y en marzo de 1120 da fuero a la nueva ciudad 76, situándola en el recién creado obispado de Tarazona, pero dotándola de un amplísimo alfoz equivalente a lo que hoy es la provincia de Soria 77. Del gobierno de la nueva tenencia encarga al «maiordomo Regis» 78 Íñigo López (1121-1125) 79. Con Soria a la espalda, Alfonso emprendió esa primavera el ataque a Calatayud; pero antes de lograr su dominio, tuvo que enfrentarse con un gran ejército almorávide, enviado contra Zaragoza por el Emir de los musulmanes, ‘Alī, al mando de su hermano Ibrāhīm. Aunque al gobernador de Sevilla se sumaron los de Lérida, Granada y Murcia, e incluso los arraeces locales sometidos a los almorávides, como ‘Azzūn b. Galbūn (que debía tener Molina) 80, la batalla de Cutanda (17-jun.-1120) fue tan desastrosa para los musulmanes que decidió la suerte de toda la región 81: Alfonso I se adueñó inmediatamente de Calatayud (24-jun.-1120) y en los años inmediatos llevó la frontera hasta las cabeceras del Jalón y del Jiloca.
     No sabemos cuándo Alfonso I entró en Medinaceli 82, pero en 1121 o a principios de 1122 83 restauró, de acuerdo con el arzobispo de Toledo, la diócesis de Sigüenza, dándole como término las tierras recién sometidas de Calatayud, Ariza, Medinaceli y Daroca. Es posible que como tenente de esta última plaza (en la que se preciaba de reinar en un documento de junio de 1122) Alfonso I colocara entonces a su muy privado Fortún Garcés Caxal, señor de Nájera (1124-1133) 84. Entre tanto, en el obispado de Tarazona, avanzaba lentamente la repoblación de las tierras altas del NO. de Soria: en 1122 el obispo se ocupa de dar fueros a Santa María de Tera 85; en 1124 ó 1125 hace su aparición, entre las tenencias del reino navarro-aragonés, la de Borovia 86, al pie del Moncayo, encomendada al señor de Alfaro 87. Quizá por entonces pobló Alfonso I Salas, no lejos de Ólvega 88.
      Para sellar toda esta labor de conquista y repoblación, Alfonso I se asienta, en setiembre de 1124 89, en la nueva «frontera» de su reino 90, en el alto Jiloca, desde donde se preocupa de que se pueble Cariñena 91. Allí estando, crea una nueva población, Monreal del Campo 92, donde sitúa una nueva Militia Christi, a la cual concede un cuarto de las rentas reales de un amplio territorio que los caballeros de Cristo deben ayudarle a conquistar: desde el puerto de Cariñena y Bubierca, hasta Molina, Cuenca, Segorbe y Buñol 93.
      Aunque ambicioso, este programa señalado a la nueva Militia no colmaba las aspiraciones de Alfonso, que, con Monreal del Campo, se sentía en posesión de la llave del Levante. En setiembre de 1125 el rey, acompañado de un enorme ejército, parte camino de Valencia (20-oct.), Murcia y Guadix (18-nov.), dispuesto a someter Granada (a cuya vista se encuentra el 7-en.-1126). Esta gran expedición (que concluyó en jun.-1126) no consiguió su principal objetivo, pero puso de manifiesto la voluntad del rey «celtíbero» de no reconocer otras fronteras para su reino en expansión que las costas de Motril, Salobreña y Vélez-Málaga (de ahí que tomase simbólica posesión del Mediterráneo embarcándose y comiéndose un pez) 94. 
      En todas las empresas militares de Alfonso I colaboraron, sin distinción de procedencias, sus vasallos ultrapirenaicos, aragoneses y navarros; pero, en términos estadísticos, la expansión demográfica hacia el Sur tuvo que estar condicionada por factores geográficos. Los dos grandes esfuerzos de Alfonso (por no hablar del tercero fallido en el área Lérida-Fraga-Tortosa) para ocupar la Marca Superior de al-Andalus, tuvieron como base dos secciones bien diferenciadas de su reino pirenaico: si el dominio, en 1117-1119, del valle del Ebro y de las fragosas hoces, páramos y sierras entre Aliaga y Morella se logra a partir de Aragón, en cambio Soria, Medinaceli, Calatayud, Cariñena, Daroca y Monreal parece que, en sus orígenes (1120-1124), fueron una «frontera» del reino navarro najerense.

g. La obra de Alfonso I amenazada: Alfonso VII en Medinaceli

      A la vuelta de su expedición contra Granada, Alfonso I se encuentra con un panorama político nuevo: el «imperio toledano», que hacía poco amenazaba con disolverse en un conjunto de señoríos feudales y de ciudades burguesas, reemerge súbitamente, apenas muerta doña Urraca (8-mar.-1126), como un centro de poder capaz de contrapesar la dinámica coalición de señores pirenaicos que preside el rey de Aragón. Las paces de Támara (jul. 1127) 95, con que se evita el encuentro armado de Alfonso VII y Alfonso I, reconocen simplemente el statu quo: Alfonso Raimúndez tiene que soportar que los límites de Navarra queden máximamente avanzados hacia Occidente, hasta Álava, Montes de Oca, San Esteban de Gormaz y Berlanga 96. En cambio, el rey «celtíbero», al mismo tiempo que se ve definitivamente excluido de la Extremadura segoviana 97, acepta la pérdida de los estratégicos pasos del Jiloca y el Henares, que posiblemente se hallaban ya en poder del joven Emperador 98. De esta forma, el recientemente restaurado obispado de Sigüenza quedaba partido en dos por la frontera política, con Ariza, Calatayud y Daroca en el reino de Alfonso I y Medinaceli, Atienza y Sigüenza en el de Alfonso VII.
      La forzada concesión de Medinaceli a Alfonso VII parece preocupar entonces a Alfonso I. Por lo pronto, se dedica a organizar la comarca en torno a Soria y San Esteban de Gormaz (que desde feb. 1127 tiene Fortún López) 99 completando la tenencia de Borovia, con otras en Ágreda, Los Fayos (en. 1128) 100, Almenar (feb. 1128) 101 y Ribarroya (en. 1129) 102, y emprendiendo la población de Almazán (ag.-oct. 1128), que pretende rebautizar «Placencia» 103. Posiblemente, trata de desalojar a los imperiales de Morón de Almazán, desde donde observaban u hostilizaban la población de «Placencia» 104. Al mismo tiempo que refuerza la Extremadura soriana, Alfonso I alza, para vigilar Medinaceli, un nuevo Monreal, el de Ariza (antes de dic. 1128) 105, y, desbordando por el SE. a Medinaceli, dedica toda una campaña a apoderarse de Molina y su región: en febrero y octubre de 1128 sabemos que mantiene un tenente en la fortaleza de Traid, entre Molina y Albarracín 106, mientras él mismo dirige el cerco de la ciudad desde Castilnuevo (feb.-may. y oct.-dic. 1128) 107 hasta conseguir, al fin, tomarla en la primera quincena de diciembre de 1128 108. La presión sobre Medinaceli obliga a Alfonso VII a acudir a Atienza, primero, y de allí a Morón (vía San Justo). Pero, después de algún forcejeo, el Emperador se conformaría con fortificar Morón y Medinaceli, mientras Alfonso I completaba las defensas de Almazán 109.
      La cuña castellana de Morón-Medinaceli-Atienza-Sigüenza, aunque representaba una solución de continuidad en el dominio por el rey «celtíbero» de toda la ruta de las sierras entre Nájera y Monreal del Campo, vino a quedar en parte neutralizada con la conquista de Molina, que dejaba nuevamente abierto el camino a la expansión del reino en dirección a Albarracín y en dirección a Cuenca. Albarracín se hallaba ya en situación bastante precaria desde que Alfonso I había hecho poblar y fortificar Cella (1128), en los pasos del Jiloca al Turia 110.

 

h. El Emperador y el conde de Barcelona desmantelan la Gran Navarra

      El reino de Alfonso I era una creación demasiado personal para que pudiera resistir el doble golpe representado por la muerte del rey (7-set.-1134) y su singular testamento, en que hacía únicos herederos a las órdenes militares. La restauración en tierras navarras de un reino independiente del de Aragón, por un nieto del «ihante» don Sancho y del Cid, y la voluntad de los aragoneses de mantener una dinastía propia con el rey-monje, convirtieron inmediatamente a Alfonso VII en árbitro de las tierras conquistadas o repobladas por el rey «Batallero» 111. Toledo volvió a ser el centro de gravedad de la Península, y la geo-política de Hispania vino a tomar como modelo la de tiempos de Alfonso VI.
      Aunque el Emperador, que afirmaba sus derechos a toda España, se contentó, a la larga, con el señorío indirecto del nuevo reino de Zaragoza (que incluía, no sólo la depresión del Ebro, sino la región de Calatayud y Daroca), desde muy pronto consideró anexionables a sus dominios tanto el señorío najerense como la Extremadura del alto Duero. Inicialmente, García Ramírez había sido reconocido rey en Nájera 112, pero en seguida tuvo que entregarla al Emperador 113. La suerte de Soria y demás poblaciones de la comarca tardó algo más en decidirse 114. Sabemos que en 10-jun.-1135 y en 6-dic.-1135 Fortún López conservaba la tenencia de Soria 115, tanto cuando el Emperador mantenía a Ramiro II en Zaragoza, como cuando da la tenencia de la ciudad a García Ramírez 116. Pero Alfonso VII, que pretendía substraer toda la Extremadura soriana al obispado de Tarazona para incorporarla al de Sigüenza, disponía de la comarca a su voluntad (jun. 1135) 117. Al año siguiente, en que Alfonso desposee a García Ramírez de Zaragoza y da su gobierno a Ramiro II, Fortún López desaparece; pero Soria figura como gobernada por el señor de Borja, Pedro Talesa (28-oct.-1136); por entonces, el Emperador afirma reinar «in Lione et in Toleto et in Soria et in Calataiub et in Alaon» (Alagón, 3-jul.-1136) o «in Leione et in Toleto et in Soria et in Calataiub et in Çaragoça» (28-oct.-1136) 118. Mientras tanto, las diócesis de Tarazona, Zaragoza, Sigüenza y Osma forcejeaban por encontrar una fórmula de reparto de los territorios en litigio; en 1135 Sigüenza, además de disponer de Soria, obtenía Calatayud (a cambio de Daroca); pero en 1136 Tarazona recibía Calatayud y retenía las faldas del Moncayo (Borovia, Ólvega, Salas), Osma adquiría Soria, y Sigüenza las tierras al Sur del Duero (desde Ayllón a Almazán) y la cabecera del Jalón (hasta Deza y Ariza) 119. Quizá este arreglo respondía a la división entre la Extremadura castellana y el nuevo reino de Zaragoza según la entendía el Emperador.
      A partir de entonces, la Extremadura soriana y, más al Sur, el señorío de Molina en que se instaló don Manrique de Lara (desde antes de 1138) quedaron firmemente adscritos al reino de León, y su frontera con un reino de Zaragoza administrado por el conde don Ramón de Barcelona (1137) separó definitivamente en dos mitades las tierras altas de la Celtiberia.
      Sin embargo, la reestructuración política del antiguo reino de Alfonso I en los años 1134-1137 fue tan súbita y profunda que el desplazamiento hacia Oriente de los límites del reino leonés de Alfonso VII no fue acompañado, según parece, por movimientos de población.
      Cuando, años después, el emperador (asistido por García Ramírez de Navarra) vino a Soria, firmó una carta de privilegios redactada en romance (con algunos latinismos), sin duda por los propios «demandatores de isto». Basta comenzar a leer esa carta para convencerse de que los «homines de Soria» seguían aún siendo herederos muy directos, inlcuso en lenguaje, de los que en 1119-1120 vinieron a poblarla:

«Ego Adlefonsus Imperator totius Ispanie concedo et dono ad homines de Soria totos lures foros que habent scriptos en lur carta, et los qui habuerunt in dias del Rege de Aragonia..., etc.» 120

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i. La expansión navarra por la ruta de las sierras en la segunda mitad del siglo XII

      Toda una serie de pactos entre Alfonso VII († 1157) y sus descendientes y el conde Ramón Berenguer († 1162) y sus descendientes no lograron obliterar el pequeño reino navarro de ascendencia cidiana 121; pero sí impidieron la formación, cara al Islam, de una «Extremadura» dependiente de Navarra durante los años en que la ruina del emirato almorávide y la formación de unas nuevas taifas (1144-1145) facilitaron el progreso cristiano en las fronteras de al-Andalus.
      La última oportunidad de Navarra para conseguir abrirse una frontera, que le permitiera expandirse hacia el Sur, ocurrió durante la niñez y adolescencia de Alfonso VIII en Castilla (1158) y de Alfonso II en Aragón (1162), cuando ya los almohades dominaban Granada (1155) pero el Levante se hallaba aún en manos de Muḥammad b. Mardanīš, el rey Lobo, en guerra permanente con los africanos. Sancho el Sabio, a cambio de percibir parias (los famosos maravedíes lupíes), se convirtió en protector suyo y hasta acudió personalmente a Murcia (en una expedición que parece remontar a 1161) bien lejos de su reino pirenaico 122. Más tarde (19-dic.-1168), después de haber recobrado de Castilla desde [Quel, Ocón] y Logroño hasta [Pazuengos, Grañón] Cerezo y Briviesca [1162-1163], pactó con el rey niño de Aragón, Alfonso II, dividirse por mitad «quod quidquid ab hac die in antea potuerint capere uel adquirere in tota terra regis Lupi, uel tota alia terra sarracenorum» 123 y se garantizaron libre paso por sus reinos 124. En sus intervenciones en al-Andalus, los navarros tomaron básicamente como modelo las de los castellanos, riojanos, aragoneses y catalanes de tiempo del Cid. Así, cuando en 1162 Ibn Hamusk y su yerno Ibn Mardanīš, con la connivencia de los judíos, se apoderan temporalmente de Granada, entre los contingentes auxiliares cristianos que intervienen en la acción victoriosa inicial y en el desastre final ocupan lugar destacado los navarros, según nos revelan unas noticias analísticas no tenidas en cuenta por los historiadores 125:

    «En este año lidió Pero Arceíz de Latrén con el fijo de la negra en Liuira, çerca de Granada e fue vencido el moro e libró así bien doze mill christianos de muerte».

«En este año lidió Amorabahás en Granada con el rrey Lop e fue vençido este rrey Lop e murió ý Pero Esquerra e Martín de Borueua e Pero Arzeís de Latrén e Auenobet».

Se trata de la derrota en Marŷ al-ruqād de Abū Sa‘īd a manos de Ibn Hamusk y los 2.000 auxiliares cristianos enviados por Ibn Mardanīš y de la victoria de Abû Ya ‘qūb, Abū Sa ‘īd y Yūsuf b. Sulaymān sobre Ibn Hamusk, Ibn Mardanīš y sus aliados cristianos en Granada (10-jul.-1162), en que mueren Ibn ‘Ubayd, yerno de Ibn Mardanīš, el jefe de los cristianos y muchos otros. En al-Mann bi-l-imāma de Ibn Sāḥ̣̣ib al-Ṣ̣̣alat, año 557 (1162) se halla un pormenorizado relato de los sucesos 126. [Aunque la fuente analística y Sāḥ̣̣ib al-Ṣ̣̣alat refieran los mismos hechos, los *Anales navarro-aragoneses se singularizan por señalar el protagonismo de Pero Arceíz (o Garcés), entre los auxiliares cristianos de Ibn Mardanīš, en vez del concedido por la fuente árabe al conde apodado «el Calvo» nieto de Alvar Háñez 127].
      No me consta que Pedro Arceíz, a quien no he acertado a identificar, fuera vasallo del rey navarro; pero Pedro Ezquerra 128, señor de Ujué, y Martín de Borovia, señor de Sangüesa, son vasallos bien conocidos de Sancho el Sabio, con quien confirman documentos alrededor de 1157 129.
      Estas intervenciones de caballeros navarros o del propio rey don Sancho en apoyo del rey Lobo son indicativas de la atracción que al-Andalus, como campo de acción, seguía ejerciendo sobre el reino de Navarra, a pesar de la concertada política de exclusión desarrollada por los dos grandes reinos vecinos, que, una vez llegado Alfonso VIII a su mayor edad, volverían a planear conjuntamente la contención de las aspiraciones navarras a participar en la conquista del Levante andalusí (tratado de Sahagún, 4-jun.-1170). Pero esos pactos no consiguieron impedir la presencia navarra en las tierras de la Cordillera Penibética, ya que el señor de Estella Pedro Ruiz de Azagra 129, obtuvo de Ibn Mardanīš el dominio de Santa María de Albarracín (1170[, o quizá c. 1166/68) 130, cuya autonomía optaron por reconocer en 1170 Castilla y Aragón 131]; y, poco después (1175), don Pedro adquirió de otro caballero (Fortún de Thena), al parecer asimismo navarro, los castillos de Huélamo y Monteagudo, con lo que así se asomaba sobre Cuenca 132.
      [El hermano y sucesor (nov. 1186) de don Pedro en el señorío de Albarracín, Fernando Ruiz, llegó a convertirse a fines de siglo en pieza insustituible para la defensa de las plazas fuertes de la Transierra al Oriente de Toledo en los años difíciles que siguieron a la derrota castellana en Alarcos. Según nos informa una interpolación del romanzador aragonés que en 1252/53 tradujo la Estoria de los Godos de Ximénez de Rada, cuando en 1197 Abū Yūsuf Ya ‘qub cercó Toledo y, seguidamente, Madrid, Alcalá, Huete, Cuenca y Uclés,

«en todas esas cercas fue dentro Ferrand Ruyz, sennor de Albarrazín, non por su vasallo —de Alfonso VIII—, mas por ruego de su muger que era de Castiella, con .CC. cavalleros a su costa et a su misión» 133].

      [Como la moderna historiografía navarra ha destacado bien 134] la sonada participación en 1212 de Sancho el Fuerte de Navarra en la batalla de Las Navas (donde fue principal artífice de la derrota almohade) no es sino la culminación de la soterrada y continua presencia navarra durante los siglos precedentes en la conquista y colonización del contrafuerte ibérico, hecho histórico que ha venido ocultando el predominio político de las dos coronas llamadas a repartirse Šarq-al-Andalus, la castellana y la catalanoaragonesa.

Diego Catalán, "El Cid en la historia y sus inventores."(2002)

NOTAS

1 Sobre el progresivo desmembramiento del reino de García de Nájera, el muerto en la batalla de Atapuerca (1054), a partir de la muerte de la reina Estefanía (1058), he tratado en «Sobre el ihante» (1996), nn. 23 y 58 [véase en el presente volumen el cap. II, § d, p. 77-80].

2 Los documentos contemporáneos no explican el porqué ni el para qué del regicidio; sin embargo, los sucesos inmediatos y el comportamiento de la familia real navarra, hace pensar que los asesinos (los hermanos del rey, don Ramón y doña Ermesinda, y los grandes nobles) obraron movidos por intereses políticos. [Para más detalles, véase en la presente obra, cap. II, pp. 56-69].

3 Desde él realizaría la política «imperial» de Alfonso en dirección a la Celtiberia y al reino de Zaragoza.

4 García Ramírez, el restaurador del reino de Navarra (1134-1150), era nieto del Cid. Como descendiente que era de Sancho el de Peñalén por línea bastarda, consideró su linaje «cidiano» un apoyo importante para consolidar su posición. El Libro de las generaciones navarro, hacia 1200, llamado Liber regum muestra cómo la nueva dinastía de reyes navarros equiparaba a sus reyes, descendientes de Laín Calvo a través del Cid, con los reyes de Castilla, descendientes de Nuño Rasura el otro famoso juez o alcaide castellano (cfr. mi introducción a Crónica de 1344 que ordenó el Conde de Barcelos, ed. Catalán y De Andrés, Madrid, 1970, pp. LIII-LV).

5 Emplearé, un tanto imprecisamente, esta designación para referirme a las tierras altas al SO. de la depresión del Ebro.

6 Lévi-Provençal fecha en 469 (1076-77) la muerte de Bādīs al-Muẓaffar y la subida al trono de su nieto («Les mémoires», Al-Andalus, III, 1935, p. 254), siguiendo a Ibn al-Qaṭṭān (apud Ibn  ‘Idārī), pero esa fechación no es admisible, según ha mostrado Roger Idris («Les zīrīdes», Al-Andalus, XXIX, 1964, pp. 94-96); añádase al razonamiento de este autor que Abd Allāh reinaba ya cuando al-Ma’mūn de Toledo se apoderó de Córdoba en 467 (1075), según el propio rey zirí dice en sus «Memorias» (Al-Andalus IV, 1936-39, 32).

7 Sobre la pronunciación ihante por ‘infante’ de los riojanos testimoniada por un historiador árabe, véase Catalán, «La pronunciación [ihante], por /iffante/» (1967-68), pp. 410-435 [reed. en El español. Orígenes de su diversidad (1989), cap. XII, pp. 267-295, con un mapa].

8 Véase Catalán, «Sobre el ihante», Al-Andalus, XXXI (1966), 209-235 [refundido en el cap. II del presente libro]. La quema de la mezquita de Elvira está confirmada por la arqueología: Cfr. Torres Balbás en Menéndez Pidal, Historia de España, V (Madrid: Espasa Calpe, 1957), p. 415. Venía atribuyéndose, genéricamente, a los beréberes y

fechándose en 1009-1010, en vista de la siguiente noticia de Ibn al-Jaṭ̣īb: «les habitants [d’Ilbîra] émigrèrent pendant la guerre civile excitée par les Berbères en 400 de l’hégire et dans les années suivantes, pour aller chercher un refuge à Grenade, qui devint alors la capitale du pays» (Dozy, Recherches 3, p. 332); me parece seguro que esta noticia procede de Ibn Ḥ̣ayyān, pues figura abreviada en al-Ḥ̣imyarī (Lévi-Provençal, La Péninsule Ibérique, 1938, § 25).

9 Según Abū Bakr b. Abd al-Raḥmān (apud Ibn ‘Idārī); véase Catalán, «Sobre el ihante» [reed. en el cap. II del presente libro]. La última vez que hallamos al «Infante Domno Sancio» (junto con su mujer) en la corte navarra es en 7-dic.-1057. Quizá salió del reino con ocasión de la crisis provocada por la muerte de la reina viuda doña Estefanía (1058). Según Ibn ‘Idārī, murió en el desastre de Rueda (1083).

10 Consta en una apostilla a un documento de 17-feb.-1050 (S. Mill. § 145). [Véase aquí atrás, cap. II, § d, p. 80 y n. 98]. 

11 Como expone el propio rey zirí ﺀAbd Allāh en sus «Memorias», ed. Lévi-Provençal, Al-Andalus, IV (1936-39), p. 30 [cfr. ‘A. Turk, Ibn ‘Ammār», RHJZ, LXIII-LXIV (1991), 141-169].

12 Según explica el rey en sus «Memorias», Al-Andalus IV (1936-39), p. 32.

13 Sobre estos personajes y sucesos he tratado en «Sobre el ihante», pp. 216-220 [aquí atrás, cap. II, § c]. La vinculación de las infantas navarras a La Rioja está confirmada por el testamento de su madre, la reina doña Estefanía, quien dejó a doña Ermesinda Villamediana y Matres, en las fértiles y estratégicas tierras del Sur del Ebro, y a doña Urraca Alberite, Lardero y Mugrones (n. 70 de «Sobre el ihante» [aquí atrás, cap. II, n. 109]).

14 De la que da cumplida noticia la Historia Roderici, § 8, y cuya resonancia confirman el Carmen Campidoctoris, 77-88 y el Mio Cid, 3285-3290.

15 Menéndez Pidal, Esp. Cid 5 (1956), pp. 257-259, supuso que la batalla de Cabra se dio en 1080; [pero la relectura de las «Memorias» del rey ﺀAbd Allāh me obligan a anticipar este episodio de la guerra entre Sevilla y Granada a los primeros meses de 1075; véase aquí atrás, cap. II, pp. 65-67].

16 Al consentir la cristianización de la mezquita mayor toledana promovida por los francos (la reina Constanza y el arzobispo Bernardo).

17 Sobre este personaje, véase Menéndez Pidal, Esp. Cid 5 (1956), s.v. y Menéndez Pidal y García Gómez, «El conde moz. Sisnando», Al-Andalus, XII (1947), 28-41. La explicación que dieron Sisnando y otros consejeros de Alfonso VI a ﺀAbd Allāh de la política imperial dirigida a conseguir el dominio total de Hispania, es clarísima: mediante una creciente opresión tributaria, llegaría un momento en que los propios musulmanes preferirían el señorío directo de Alfonso VI a la doble explotación a que estaban sujetos.

18 Según expresiva imagen de al-Rāzī hablando de un caso inverso.

19 La caída de Aledo (1092) señala el final de una época. Sólo en Šarq al-Andalus pervivirán cristianos encastillados en tierras musulmanas.

20 Menéndez Pidal, Esp. Cid 5 (1956), pp. 608-611. [Así lo estimaron ya los historiadores coetáneos de Rodrigo como Ibn Bassām: «Aḥ̣mad ibn Hūd, alzado en la Marca de Zaragoza todavía ahora..., temiendo por la pérdida de su reino y notando su menoscabo, pensó ponerle —a un perro de los perros de los gallegos por nombre Rudrīq y llamado al-Kambiyatūr— entre él y las rápidas avanzadas del Emir de los musulmanes, facilitándole el acceso a Valencia...» (trad. Viguera, «El Cid en las fuentes árabes», 2000, pp. 61-62)].

21 El relato de la Historia Roderici, § 76, y de Ibn Alqama son complementarios (cf. Ibn ‘Idārī, al-Bayān al-mugrib, a. 495 [1102/1103], trad. Huici, pp. 100-102).

22 Según Lacarra, «La conquista de Zaragoza», Al-Andalus, XII (1947), p. 69, los almorávides ocuparon no sólo Tortosa sino también Lérida. Según el Rawḍ̣  al-qirṭ̣ās (trad. Huici, p. 303), los almorávides habrían ganado Fraga ya en 1095 (dato poco creíble).

23 Los almorávides se apoderaron de Albarracín poco después de la muerte de Abū Marwān b. Razī llamado Ḥ̣̣usām al-dawla (1102) destronando a su hijo Yaḥ̣̣yā (según Ibn ‘Idārī, trad. Huici, p. 104). Cfr. Bosch Vilá, Albarracín musulmán (Teruel, 1950).

24 Sabemos que entre los arraeces sometidos a los almorávides que participaron en la batalla de Cutanda (1120) se destacaba ‘Azzūn b. Galbūn (el único de quien al-Bayān al-mugrib recuerda el nombre); el Mio Cid nos dice que fue señor de Molina. Véase adelante n. 80.

25 Véase Lacarra, Vida de Alf. el Bat. (1971), p. 26.

26 Según Ibn ‘Idārī (trad. Huici, p. 103). Véase Huici, «Los Banū Hud de Zaragoza (nuevas aportaciones)», EEMCA, VII (1962), 7-38 (especialmente pp. 8-12).

27 Al conocer la carta de Yūsuf a al-Musta ‘īn obtenida en Córdoba por ‘Imād al-dawla, el hijo de al-Musta‘īn.

28 Sobre la lenta repoblación de Candespina y Segovia nos habla muy expresivamente la escritura de 8 de mayo de 1107 en que Alfonso VI, treinta años después de la repoblación de Sepúlveda, concede a la iglesia toledana la diócesis de «Sepuluega cum toto Campo de Spina ut de Segobia sicut diuiditur per terminos Auxumensis sedis et Auilensis de cacumine moncium... usque ad flumen Durium». Segovia no tendrá obispo hasta 1120. El documento ha sido editado varias veces (véase en Sánchez Albornoz, Despoblación y repoblación, 1966, pp. 387-389).

29 El asedio y la expedición de los gobernadores almorávides ‘Alī b. al-Ḥ̣̣aŷŷ y Abū Muḥammad  Abd Allāh b. Fātima se cuenta por Ibn Idārī, al-Bayān al-mugrib (trad. Huici, pp. 105-106). La acción diversiva no creo que consistiera en un ataque a Talavera (según interpreta Huici y acepta Ubieto, El Cantar de M.C., 1973, p. 38), pues los ejércitos de Granada y Valencia se concentraron en Calatayud y, al morir en la acción ‘Alī b. al-Ḥ̣̣aŷŷ, gobernador de Granada (y no Ibn Fātima, como dice Ubieto), fue llevado a enterrar a Tudela.

30 Anales Toledanos I.

31 Hablando del a. 484 (23-feb.-1091/11-feb.-1092) y de cómo Yūsuf desposee a los reyes de Taifas, al-Ḥulal al-Mawšiyya (obra granadina de 1382, que usa fuentes viejas) explica que sólo fue respetado al-Musta ‘īn, que tenía entonces Zaragoza, Tudela, Calatayud, Daroca, Huesca, Barbastro, Lérida, Fraga, Balaguer, Medinaceli y Guadalajara (ed. Allouche, Al-Hulal al-Mawchiyya, Rabat, 1936, pp. 59-60 [vide, ahora, ed. S. Zakkār y ‘A. Q. Zimāma, Rabat, 1979]). La lista es algo sospechosa pues coincide con la que Ibn Idārī, al tratar del último Banū Hūd, asigna a al-Musta ‘īn Sulaymān b. Hūd, el primer rey hudí. Aunque no consta, es posible que al-Musta ‘īn II hubiera arrebatado Lérida, Fraga y Balaguer a Sulaymān, el hijo de al-Haŷib al-Mundir, a quien gobernaban los «hijos de Betir», de quien sólo sabemos que continuó acuñando moneda en Tortosa hasta 1099 (cfr. Menéndez Pidal, Esp. Cid 5, 1956, pp. 386 n. 1, 389 n. 2 y 431 n. 1); [consta que al-Muqtadir había arrebatado Molina a al-Qādir] durante la crisis del reino moro toledano que precede a su destrucción, pero no sabemos que reincorporara al reino de Zaragoza la cabecera del Henares [cfr. Menéndez Pidal, «Aldef. Imperator Tolet.» (1932), pp. 517-518, o Hist. y epop. (1934), p. 243].

32 Sobre la extensión de las posesiones de García Ordóñez, véase R. Menéndez Pidal, Esp. Cid, Disq. 28ª

33 «In era millesima centesima quadragesima quarta iussit Aldefonsus rex Garsie comiti populari Garrahe» (S. Mill. § 292). En los últimos años del siglo anterior, el conde aún se preocupaba de afianzar la población de sus tierras ribereñas del Ebro, dando fuero a las dos ciudades-puente de Logroño, 1095, y de Miranda, 1099. (Véase Cantera, Fuero de Miranda de Ebro, Madrid, 1945).

34 «...deinde ad flumen Razon ubi nascit ... et usque ad flumen Tera, ibi est Garrahe, antiqua civitate deserta, et ad flumen Duero» (S. Mill. § 86). 35 19-may.-1097 en Aguilera sobre Duero «Alvar Fañez de Zorita» (Silos, § 25); 8-may.-1107 en Castro de Monzón «Albarus Faniz dominus de Zorita et de Sancta Ueria» (Sánchez Albornoz, Despoblación y repoblación, p. 389). Cuenca (entregada a Alfonso VI con ocasión de la conversión de Zaida y sus caballeros) no llegó a perderse con la derrota que en ella sufrió Alvar Háñez a manos de Ibn ‘Ā’iša a. 490 (19-dic.-1096/8-dic.-1097), antes de que Yūsuf regresara a Marruecos (Menéndez Pidal, Esp. Cid 5, 1956, pp. 537-538 y n. 1), pues en 1107 Alfonso, según veremos, aún se preciaba de reinar «usque ad Cuenca».

36 «Ferrandus Garsias alcaid de Medina et de Guadafagara» confirma el doc de 8-may.-1107 (cit. en n. 35). En tiempo de doña Urraca tuvo un papel importante (como muestra la Crónica de Sahagún I). Según se expresa en una adición al Fuero de Palenzuela (El Moral, p. 27), «in illo tempore (esto es, de «Regina donna Urraca») erat senior in Palenciola Mienaya Ferrandus Garsie» [cfr. Gambra, Alf. VI. Dipl., núm. 24]. Ya en [6-set.-1110 y] 15-oct.-1110 firma como [«Ferrandus Garceiz de Fita», Dipl. Urraca, núm. 13], «Ferrando Garciez de Fita» (Burgos, § 72, p. 140), y con ese apellido suele aparecer en los documentos, quizá para distinguirse de «Ferrant Garciet frater eius»; otras veces los dos hermanos se llaman «maior» y «minor» (ejs. de 1125 en Silos § 34, 36; Oña § 155), o se aclara la personalidad del menor llamándole «Fernand García Pellica», «Fernandus Garcia Pellela» (Burgos, §§ 75, 89). Cfr. Canal Sánchez Pagín, «Don Pedro Fernández», AEM, XIV (1984), 33-71 que aporta nuevos datos y con cuyas conclusiones estoy sólo parcialmente de acuerdo; [sigo a Salazar Acha, «El linaje de Castro» (1991) y a Barton, The Aristocracy (1997), pp. 33 y 249, al creer que ambos son hijos de García Ordóñez; el «de Hita» habido en la infanta Urraca, el apodado «Pellica» en concubina].

37 En 23-abr.-1107 en un doc. de Fernando Asúrez, se dice «rege Adefonso in Toleto et in Leione et in omni regno Yspanie. Santius filius eius in Medina» (Oña, § 128). Contra lo que piensa Menéndez Pidal, Cantar de M. C. 2 (Madrid, 1944-1946), p. 1172, posiblemente Fernán García no fuera el ayo del infante: en el doc. de 8-may.-1107 firma un «Pelagius Ferrandiz pedagogus et maiordomus infantis».

38 14-may.-1107: «Sancius puer regis filium regnum electus patri factum», Arch. Cat. Santiago. Tumbo C, f. 219, Sant., III, § 23, p. 72. Cfr. P. David, «Le pacte successoral entre Raymond de Galice et Henri de Portugal», BHi, L (1948), 275-290 y Rui Pinto de Azevedo, Docs. medievais port. Docs. régios, vol. I, t. II (1962), 547-553.

39 S. Mill., § 292 (véase atrás, n. 33).

40 Especialmente el famoso Josef B. Ferrusiel «Cidiello», que tan importante papel tuvo en el tránsito del reinado de Alfonso VI al de Urraca, y cuya entrada en Guadalajara cantó en una jarŷa Yěhūdāh ha-Lēwī. Sobre la duración de la enfermedad de Alfonso y los cuidados médicos, cfr. Pelayo, Chron., p. 474.

41 Chron. naiarensis, § 27, Anales Toledanos I y Rodrigo de Toledo, De rebus Hispaniae, VI, 32.

42 De rebus Hispaniae, VI, 32. Nombra también a Consuegra, perdida en 1099 (según los Anales Toledanos II), y a Oreja, que no se pierde hasta 1113. Sobre Cuenca, véase n. 35.

43 La hipótesis de que Urraca se hubiera casado con el rey de Aragón en vida de Alfonso VI, avanzada por Ramos Loscertales en «La sucesión del rey Alfonso VI» (1936-41), pp. 36-99, carece de pruebas y no creo que se ajuste a la realidad.

44 Chron. Adefonsi Imperatoris, ed. Sánchez Belda (1950), §§ 96-102 [o ed. Maya, 1990, II, §§ 1-7]. Los Anales Toledanos II fechan la pérdida de Talavera el 16-ag.-1109; el Nazm al-yumān el sábado 14-ag.-1109. Para el cerco de Toledo, véase al-Bayān al-mugrib a. 503 (1109/1110); [el 19-mar.-1113, Urraca, con el consenso de Alvar Fáñez «tunc temporis Toletani principis», donó San Servando al arzobispo, argumentando que el monasterio «a sarracenis destructum et a Massiliensibus monachis qui nuper ibi morabantur constaret desertum», Dipl. Urraca, núm. 57].

45 Según los Anales Toledanos I, en 1109 «exieron los de Madrit e de toda Estremadura en Agosto e fueron cercar a Alcala que era de Moros». No lo harían mientras ‘Alī atacaba Talavera (12-14 agosto), ni durante los días que cercó a Toledo y destruyó los muros de Madrid, Olmos y Canales (19-27 agosto?). Alcalá no se recuperó hasta 1118 (Anales Toledanos I, Hist. Compostellana II, 10, p. 273).

46 La fecha, según doc. de 24-mar.-1110 (aducido por Lacarra) e Ibn Idārī (Huici, «Los Banū Hūd», pp. 6-7). Evidentemente, la expedición había culminado en el ataque a Arnīṭ̣̣  ‘Arnedo’ (que, contra lo dicho por Huici, era «une place très forte, qui compte parmi les forteresses les plus importantes» según al-Rawḍ̣̣  al-mi ‘ṭ̣̣ar). En unos anales incorporados a la Estoria de España, en su Versión crítica, se precisa: «Este año otrossí mataron los christianos a Almozcaén en Valtierra. E matólo con su mano Lope Garcíez de Viluiello e Martin López de Valtierra. Allý fue preso el conde Ladrón e el conde don Enrrique padre del rrey don Alfonso de Portogal» (Catalán, «El Mio Cid de Alf. X», p. 213).

47 Según IbnIdārī (trad. Huici, pp. 126-128).

48 En 510 (1116) el gobernador de Zaragoza Abū Yahyà [Abû Bakr b. Ibrahīm] ataca a ‘Imād al-dawla en Rueda y Borja, según al-Bayān al-mugrib (trad. Huici, p. 146).

49 En doc. de Nájera, 15-ag.-1110, confirma «Petrus Gonzalbez, comes de Metina» (S. Mill. § 297) [y en doc. de San Esteban de Gormaz, 1110 (primera mitad) la nómina de «dominantes» acaba con «don Gomiz in Ponticurbo et in Cereso, comite don Pedro in Lara et in Medina, Alvar Hanniz in Toleto et in Pennafidele, Ferdinando Garsia in Fita» (Monterde, Dipl. Urraca, pp. 30-31). La ordenación geográfica de los tenentes y un doc. de c. 1117 (Dipl. Urraca, p. 180) en que «Petrus Gundisaluit» confirma como «in partibus Extremadure comes» evidencian las responsabilidades fronterizas del conde de Lara (la suposición de Montaner, Cantar de Mio Cid, 1993, p. 544, de que la Medina nombrada sea la de Pomar carece de sentido. Se apoya en una identificación del Índice de García Turza, Valv., 1985, s.v., cuya autoridad es similar a la del Índice de Lucas, «Valb.», 1951, s.v., que la sitúa como una de las dos Medinas hoy en la prov. de Valladolid)].

50 El Toledano (De rebus Hispaniae, VII, 2) supone que el conde don Pedro de Lara y el conde don Gómez de Castilla eran rivales en el amor de la reina antes de la batalla de Candespina.

51 Mazdalī, gobernador de Córdoba, Granada y Almería, ataca Guadalajara en 506 (1112/1113), según al-Bayān al-mugrib (trad. Huici, p. 133).

52 Chron. Adefonsi Imperatoris, ed. Sánchez Belda (1950), §§ 107-108 [ed. Maya (1990), II, §§ 12-13]. Los Anales Toledanos II fechan la pérdida de Oreja en 1113, y el cerco de Toledo subsiguiente en 1114; pero al-Bayān al-mugrib a. 507 (1113/1114) parece conocer sólo una campaña de Mazdalī, empezada antes del 14-oct.-1113 († Sir b. Abī Bakr al-Lamtunī).

53 Aunque los ataques «usque ad flumen Dorium», citados en la Chronica, parecen organizados desde Coria y Albalat, me atengo al testimonio de la Hist. Compostellana I, XC.1.3 [ed. Falque, pp. 147, 148].

54 No consta cómo se perdió; pero cfr. n. 49 con n. 55.

55 Según el Rawḍ̣̣  al-qirṭās (ed. Huici, pp. 314-315), en 507 (18-jun.-1113/6-jun.-1114) «supo el emir Mazdalī que Ibn al-Zand Garsīs, señor de Guadalajara, sitiaba a Medinaceli y se dirigió contra él. Éste, al saberlo, huyó, levantando el cerco..., etc.». (Cfr. Menéndez Pidal, Cantar de M. C., 1908, p. 74, n. 3).

56 Según pone de manifiesto la Crónica de Sahagún I, eds. de Escalona, Historia ... de Sahagún (1782), Apéndice I, y de Puyol, «Las Crón. anón. de Sahagún» (1920-1921).

57 S. Mill. § 297. En otro documento de 1110 sin mes (Valb. § 195) Alfonso I y Urraca, estando al parecer en Nájera, se hallan exclusivamente acompañados de personajes castellanos; entre ellos figuran: Diego López, dominante en Nájera y Grañón, Íñigo Jiménez en Calahorra y ambos Cameros y García López en Tobia y Marañón.

58 «Senior Acenar Acenariç in Funes et in Sancto Stephano de Gormaç». Documento datado en Santa María de Carrión, en que sólo confirman aragoneses (Doc. reconq. § 299).

59 Hist. Compostellana, I, LXXX [ed. Falque, pp. 125-126].

60 En la Hist. Compostellana, I, LXXXV, se ve claro (pese a una retórica de encubrimiento), que, en vista de la pasividad de los castellanos, los gallegos se limitaron a desplegarse en Atapuerca, mientras los aragoneses acampaban en Villafranca de Montes de Oca.

61 Como los definirá la Crónica pinatense con motivo de las paces de Támara (1127).

62 «Valb.», §§ 198 y 199 (EEMCA, IV, 1951, pp. 605-606).

63 S. Mill., «Complemento», § 55. Y, de nuevo, en una adición de 1116 a un doc. de 1114, S. Mill., § 299 (reinando Urraca «In Burgis et in Castella»).

64 Según notó ya Menéndez Pidal en «Sobre un tratado de paz entre Alfonso I el Batallador y Alfonso VII», BRAH, CXI (1943), 121. Docs. de 4 y 28-abr.-1115 (Sahag., §§ 1543 y 1544), 8-may.-1116 (Burgos, § 77).

65 Docs. de ag.-1115, marz., abr., jul.-1116, marz.-1117, etc. (Docs. reconq., §§ 299, 301, 302, 110, 10). 

66 Hist. Compostellana, I, CVIII y CIX, año 1116. A ese tiempo corresponde el documento del 8-may.-1116 (Burgos, § 77) que consigna una tripartición: «Regnante... Adefonso aragonensium rege in regno suo, in Nazara atque Burgis; regina vero Urraca in Legione atque Gallecia, et infans eius filius apud Toletum et Extrematuram».

67 Sancho Aznárez en Arnedo, Lope López de Calahorra, Fortún Garcés Caxal en Nájera y Grañón, Íñigo Fortún en Cerezo, Aznar Sánchez en Belorado, Banzo Mómmez en Oca, Gonzalo Díaz en Piedralada, etc. Docs. de ag.-1116 (S. Mill., § 300) y 17-feb.-1117 (Fita, «Nájera», pp. 266-268).

68 Cfr. Hist. Compostellana, I, 64, 3 («Seuus igitur Celtiberus Gallitiam furibundus intrauit...»).

69 En el Fuero de Belchite (13-dic.-1119) Alfonso dice reinar «Dei gratia in Çaragoça et in Tutela usque ad Morella...» (ed. Bofarull, en CODOIN-Aragón VIII, p. 9). El dominio de Morella no fue pasajero: todavía en un doc. de 1129 (Doc. reconq., § 152) se expresa que Alfonso reina «de Bilfurato usque Murella» (la fecha se comprueba gracias al Doc. reconq., § 157 de 5-may.-1129, que cita los mismos cuatro señores de Calahorra).

70 Véase Lacarra, «La conquista de Zaragoza», Al-Andalus, XII (1947), 65-96.

71 «In era MªCªLªVª... in anno quando fuit presa Moriella» (Lacarra, «La conquista de Zaragoza», p. 74, n. 1).

72 Cuando Alfonso entra en la Aljafería de Zaragoza, 18-dic.-1118, da a Lope Ibáñez de Tarazona «Ailaga cum suos terminos, et Bitarg, et Siarg et Apelia, et Calue, et Alcala similiter cum illos terminos», Doc. reconq., § 12.

73 «Galin Sanz de Belgit», a quien Alfonso concede la plaza a perpetuidad, figura ya entre los señores que subscriben el fuero dado a Zaragoza en en.-1119 (Lacarra, «La conquista de Zaragoza», p. 75). El Fuero de Belchite es de 13-dic.-1119.

74 Véase Lacarra, Vida de Alf. el Bat. (Zaragoza, 1971), pp. 71-74. La confirmación de la Cofradía se fecha hacia abr.-1122.

75 Fuero de Belchite (ed. Bofarull, en CODOIN-Aragón, VIII, p. 9. Yerra V. de la Fuente en Esp. Sagr. XLIX, pp. 329-330, cuando lo fecha en 1116). Posiblemente se ocupaba de la restauración del obispado de Segovia (pues el 25-en.-1120 es consagrado el primer obispo de esa ciudad). Este documento confirma la noticia de los Anales compostelanos: «Era MCLVII populavit rex Aldefonsus Soriam» (Flórez, Esp. Sagr., XXIII, 321).

76 Sobre la fecha del fuero, véase Serrano y Sanz, BRAE, VIII (1921), 528-589.

77 «Hec sunt terminos...: De Taraçona ad Soriam, et ad Calahora, et ad Ochon, a la Cogola, a Lara, a Lerma, a Baldavellano, a Peña Fidel, a Segobia, a Madrit, ad Oreia, a Molina, a Calatahub. Finitur terminus ad Taraçona». Sorprenden los términos de referencia, especialmente la falta de toda mención de San Esteban de Gormaz, de Medinaceli y de Guadalajara (e Hita).

78 Cargo con que confirma la carta de población.

79 De 1121 a 1125, firma con regularidad entre los tenentes navarroaragoneses. Desde febr.-1127, hasta el fin del reinado, aparece en su lugar Fortún López. Sobre la necesidad de intercambiar la fecha de varios documentos de 1124 (era MCLXII) y de 1127 (era MCLXV) véase Lacarra, «Alf. I y las paces de T.», pp. 461-473. Varios docs. De 1116, 1117 y 1118 con la confirmación de Íñigo López dominante en Soria (La Fuente, Esp. Sagr., L, pp. 385-387; Corona Baratech, «Las tenencias», p. 392, n. 127, y S. Mill., § 301), están mal fechados. Es falso que un supuesto hijo de Íñigo López llamado «Garsia Enneci, qui tenebat Soriam» se pasase a Alfonso VII: «Soriam» es un error de Berganza, por «Ceiam».

80 Por tratarse del «Abengalbón» inmortalizado por el poeta del Mio Cid suele aceptarse que era señor de Molina. 

81 Véase el pormenorizado relato de Ibn Idārī, al-Bayān al-mugrib. Cfr. Huici, «Nuevas aportaciones» (1963), pp. 313-330.

82 Cfr., para lo que sigue, Ubieto, «Los primeros años de la diócesis de Sigüenza», Hom. Vincke (1962-63), pp. 135-148.

83 La fecha de la consagración de Bernardo de Agen se induce de un documento de 1144 que el obispo dice ser el año «vigesimo tertio ordinationis meae»; cfr. Sigüen., I, p. 63. El obispo de Sigüenza asiste ya a la asamblea en que se conceden indulgencias a la Cofradía de Belchite hacia abril de 1122 (según Ubieto, «Cofr. de Belchite», 1952, pp. 427-434).

84 Doc. reconq., § 307. Pero quizá se trate de Daroca de Rioja.

85 S. Mill., § 303.

86 Corona Baratech, «Las tenencias», p. 392, cita a «Eneco Enequiz» como tenente en Borovia y Alfaro (1124-1127). De las tres referencias que da, la de La Fuente, Esp. Sagr., L, 390 es errónea, pues en ella figura como tenente de Borovia y Alfaro (1127) Lope Íñiguez. No he visto los docs. de la Catedral de Pamplona, ni del Arch. Munic. De Huesca a que remite.

87 Lope Íñiguez confirma como tenente en Borovia o en Borovia y Alfaro, en documentos de 1125, 1127, 1128, 1129, 1130 y 1131.

88 En 1135 Alfonso VII alude a «Salas illam populationem novam quam populavit Adefonsus rex Aragonie cum omnibus terminis suis ad radicem Montis Caci inter Agredan et Olbegam», Sigüen., I, p. 354.

89 Doc. reconq., § 121.

90 Días después, estando en Daroca, recordará cuando se hallaba «apud Monreal quando ibi tenebamus fronteram», Doc. reconq., § 122.

91 «...dono tibi Carengena populare... ut habeas in ista predicta Carangena tantum quantum ibi potueris populare...», Doc. reconq., § 121.

92 «In illa populacione de Mont Regal» fecha el documento de setiembre (Doc. reconq., § 121).

93 Doc. reconq., § 121. La memoria no lleva fecha. El año 1128, que propone Lacarra, es arbitrario; puede muy bien ser de 1124, como él mismo reconoce en Vida de Alf. el Bat., pp. 94-96.

94 Dozy, Recherches 3 (1881), p. 358.

95 La argumentación de Lacarra, «Alf. I y las paces de T.» (1947-48), 461-473, contra la fecha propuesta por Menéndez Pidal, «Sobre un tratado de paz» (1943), 115-131, es convincente.

99 Lacarra, «Alf. y las paces de T.», p. 467, n. 24.

100 Doc. reconq., § 139.

101 Doc. reconq., § 140.

102 Doc. reconq., § 153. Parece bien fechado, a pesar del zigzag en el itinerario regio.

103 «In illa populatione de Almazan» fecha Alfonso I docs. de agosto y octubre; y «Eneco», capellán del rey «quando prefatus rex populabat illam populationem d’Almaçam quam cognominabat Placentiam», un doc. de 22-set.-1128 (Doc. reconq. § 144, 145; 55).

104 Según la Chron. Adefonsi Imperatoris, § 14.

105 Varios docs. asocian la población de Monreal y la conquista de Molina. Uno de ellos, redactado «in Molina, die IIIo postquam fuit presa Molina gratias Deo», se fecha sin otra indicación «in anno quando populauit Mont Regal», la doble referencia ocurre también en otro, sin fecha, redactado en Calatayud (Doc. reconq., §§ 147, 148).

106 «Galter» tenente de Trait figura en docs. de feb. y oct. 1128 mientras el rey está sobre Molina (Doc. reconq., §§ 140, 145).

107 Un doc. de oct. 1127 se fecha ya «in illo Castelo nouo super Molina» (pero quizá sea de 1128); en en.-1128 Alfonso I estaba en Entrena, en feb., marz., may. «in illo Castello nouo super Molina» (Doc. reconq., § 53, 139, 140, 141, 142). Indudablemente se ausentó en may. (Ricla), ag.-oct. (Almazán), regresando en el mismo mes de oct. (Doc. reconq., § 53). No debió ya de apartarse de Molina hasta su rendición.

108 Un doc. de dic. 1128 aún se fecha «in castro de Castel nouo super Molina», mientras otro del mismo mes «in Molina» (Doc. reconq., §§ 146, 324). La rendición debió de ser muy a comienzos de ese mes, pues el rey volvió a Almazán y de allí marchó a Tudején, 17-dic.-1128, de donde siguió a Ocón en en.-1129.

109 Según el relato de la Chron. Adefonsi Imperatoris, §§ 13-17, que sitúa los acontecimientos en 1129. De hecho, el rey de Aragón estaba nuevamente «in uilla que dicitur Almazan» en dic.-1128; pero el 17-dic.-1128 está ya en Tudején, donde continúa en enero de 1129. En ese mes va a Ocón y vuelve (?) a Ribarroya. Un doc. particular de 31-en.-1129 aún se fecha «in anno quando populauit rex Almascán et fuit Fremont disfacto et mortuo», prueba de que hubo combates con los imperiales (Doc. reconq., §§ 57, 150, 153, 154, 155).

110 Durante el cerco de Molina, Alfonso debió de encomendar al vizconde Gastón de Bearn, señor de Zaragoza, la defensa de Monreal (may.-1128, 6-dic.-1128, Doc. reconq., § 143, 56); del mismo modo, Ato Orella, señor de Sos, Ricla y Fontes, quedó destacado «in Cotanda et in Çecla» (may.-1128), dejando en manos de su vasallo Per Ramón (cfr. Doc. reconq., § 282) a Ricla. El carácter fronterizo de Cella se subraya en el propio documento, pues consigna que Alfonso I reina «usque in Çecla et Molina»; y de su texto se induce que Ato Orella fue encargado de su población. Es posible que Cella se comenzase a edificar y poblar en 1127, si es que las noticias que citamos a continuación (Doc. reconq., 38, 39, 40, 136, 137, 138 —algunas indebidamente asignadas al año 1124) se refieren a Cella, como supone Ubieto (El Cantar de M. C., p. 106), y no a Azaila, como cree Lacarra (Vida de Alf. el Bat., p. 93) siguiendo a Menéndez Pidal: «in illo anno quando primum fuit compezata illa populatione de Azehla», «...quando primum fuit facta illa populacione de Azehla», «...quando primum fuit hedificata illa populacione de Açehla» (ag. 1127), «tempore illo quo prefatus rex cum primoribus regni sui cepit edificare ciuitatem in Aceifla» (8-set.-1127). Ubieto insiste en que Alfonso I no dominaba la región al Sur de Belchite, lo cual no es cierto (véanse arriba las notas 69 y 72); pero, aunque no contemos con ese argumento, me inclino a identificar Azehla con al-Sahla («Celfa», «Cella»).

111 Aunque en 1134 (set., oct.) Ramiro se consideraba rey de Zaragoza y dominaba en ella tuvo muy pronto que ceder la ciudad a Alfonso VII, quien el 26-dic.-1134 («eo anno quo mortuus est Aldefonsus rex Aragonensis») ya se decía «Imperante... in Toleto et Cesaraugusta et Legione et Nazara» y ejercía en la ciudad su autoridad. El gobierno de Alfonso duró hasta 1137, primero más directamente («rex de Leon senior in Zaragoza et Lop Lopez per sua mane. ... Don Garzia in Tutela. Raimirus rex in Aragon», [Zaragoza], 22-mar.-1135; «Regnante rege Ranimiro in Aragon. Rege petit de Leon in Zaracoza. Rege Garsia in Pampilona», Huesca, jun.-1135, Doc. reconq., § 186, 187); luego, colocando en ella al rey García (en.-1136 «tenebat rex Garzia Seragoza per mandamento de illo imperatore», Doc. reconq., § 192) o al rey Ramiro y a su mujer (3-jul-1136 «quando imperator reddidit Zaracoza ad rege Raimiri et uxori sue», Doc. reconq., § 196).

112 Es muy explícita la datación de un documento de García Ramírez de 1134: «anno quo mortuus fuit rex Adefonsus et fuit eleuatus rex Garsias regem in Pampilona et in Nagara, in Alaua et in Bizcaia et in Tutela et in Monson» (Doc. reconq., § 336).

113 El 10-nov.-1134, «in anno quo mortuus fuit rex Aragonensi», Alfonso VII se dice ya «imperator... in Toleto regia urbe, Legione et Castella et Nagera» (S. Mill., § 305).

114 Antes de la entrada de Alfonso VII en Zaragoza, Ramiro II, que dominaba incluso en Calatayud (donde entró el 6-oct.-1134, La Fuente, Esp. Sagr., XLIX, 357, cfr. Balaguer, «La Chronica Adefonsi», p. 22; oct.-1134: «Lope Lopez in Calataiube et in Ricla», Doc. reconq., § 84), no incluye entre sus tenencias la de Soria. Y, desde luego, García Ramírez nunca dominó en Soria ni, al parecer, en Borovia.

115 Soria, Tarazona, Borja, Gallur, Alagón, Calatayud, Ricla, Épila, Zaragoza, Belchite, etc.

116 En el documento de junio, aunque se dice escrito «in illo tempore quando rex Adefonsus de Lion intrauit in ciue Çaragoça», la lista de tenentes acompaña al nombre de Ramiro, rey «in Aragone et in Suprarui et in Ripagorça et in Pampilona»; en el de diciembre, se nombra a Alfonso VII, reinante «in Leione et in Toleto et in Çaragoça», y a los tenentes de Zaragoza (el «rex Garcia»), Ricla y Calatayud, Borja, Tarazona y Soria.

117 En un doc. de Toro, jun.-1135 («eo anno quo... sumpsit coronam imperii in Legione»), Alfonso hace toda una serie de donaciones al obispo de Sigüenza: «in Calatajub», «Salas, illam populationem novam quam populavit Adefonsus rex Aragonie» (al pie del Moncayo, entre Ágreda y Ólvega), «in Soria», «in Almazam» (Sigüen., § 7).

118 Doc. reconq., §§ 197, 196 y 197 (respectivamente); en el de octubre dice hallarse en guerra con García Ramírez.

119 Sigüen., §§ 9, 10, 11.

120 Serrano y Sanz, «Un doc. bilingüe», BRAE, VIII (1921), 588-589.

121 Los pactos de división de Navarra, aunque repetidos, quedaron anulados por convenios unilaterales de los reyes navarros con uno y otro de sus poderosos vecinos. Cfr., para los primeros repartos, Ubieto, «Nav.-Arag. y la idea imperial» (1956), pp. 56-58 y 74.

122 Sabemos de esa expedición por un doc. de jun.-1163 en que cierto caballero navarro reconoce una deuda de un montante de maravedís lupís contraída «quando rex Sancius fuit ad Murciam» (Lacarra, «El rey Lobo», pp. 516-517).

123 Excluida la que tenían los aragoneses en Gúdar y Campo de Monteagudo del Castillo, así como Teruel y sus términos.

124 Lacarra, «El rey Lobo», pp. 523-526.

125 Procedentes de unos *Anales navarro-aragoneses utilizados por los historiadores alfonsíes en la Versión crítica de la Estoria de España de 1282/84 (y que, por tanto, se hallan en la CrXXR; cfr. Catalán, «El Mio Cid de Alf. X», pp. 208, n. 49; 211, n. 66, y 213; o La Estoria de Esp. de Alf. X, cap. IV, pp. 102, 104, n. 66 y 106); [o, mejor, aquí adelante, cap. VI, pp. 194-195 y 201-202]. La segunda noticia figura, muy abreviada, en los Anales Toledanos I, que utilizaron unos *Anales navarroaragoneses emparentados con los aquí citados: «Lidió el Rey Lop con los revellados en Granada e mataron a Pedro García de Lacián, Era MCC» (a. 1162). La visceral hostilidad de los historiadores documentalistas a las fuentes de carácter narrativo les ha llevado a ignorar el testimonio de estos (y otros) anales conocidos por Alfonso X y a caer en desatinadas interpretaciones de los Anales toledanos I y II. Sirva de ejemplo la suposición de González, El reino de Castilla... de Alf. VIII, p. 889, n. 18, de que el dato de los Anales toledanos II «Arrancada sobre cristianos en Alcanabat, era MCLXXXV» se relaciona con la pérdida de Almería en 1157 (!); esta arrancada en el Cañavate (junto a Alarcón, al S. de Cuenca), ocurrida en 1147, se cuenta con interesantes pormenores en los anales conocidos por Alfonso X: «En este año lidió Avenhindín que dixieron Barva Rroya con los de Estremadura en Alcañabat e venciolos. E fue él ý ferido de una saeta e tóvolo encobierto que non lo sopo ninguno de los suyos, e fue a Murçia e dio su fija a Lope de Fraga, el fijo de Çafada e murió, e alçaron rrey a su yerno, et fue el rrey Lope». No menos desorientada es la identificación de la batalla de Liviriella (Anal. Tol. I), con una supuesta derrota del conde don Nuño por Fernando II en tierra de Campos (p. 171), cuando se trata de la famosa derrota de «el rey Lobo» y sus auxiliares cristianos por los almohades en Librilla, en el llano de Murcia, a diez millas de la capital (cfr. el relato de Ibn Sāḥ̣̣ib al-Ṣ̣̣alat apud Ibn Idārī, trad. Huici, pp. 379-383).

126 Que dio a conocer Dozy, Recherches 3, I, pp. 364-368. Ibn Idārī resume [perdiendo datos].

127 [La identidad de este nieto de Alvar Háñez resulta clara en el Carmen de expugnatione Almeriae urbis (véase adelante, cap. IV, n. 111). Se trata de Alvar Rodríguez, conde desde 1161, hijo del conde Rodrigo Vela. Hasta ahora la documentación existente permitía a los historiadores situar su muerte antes del 20-en.-1167 (doc. del «Tumbo de Lorenzana», citado por Salazar Acha, «Los Vela», 1985, p. 54 y por Barton, The Aristocracy, 1997, p. 230].

128 Pedro Esquerra en 1155, 1157, 1158 (Doc. reconq., § 259, 262 y 377, 264, e Irache, § 171); [ya con García Ramírez, figura, en may.-1141, «Petro Ezquerra in Sancta María de Uxuei» (Martín Duque, Leire, § 315, p. 414); Ubieto, Los tenentes, s.v., lo halla hasta abr.-1160]. Martín de Borovia en 1157 (Lacarra, Doc. reconq., § 262).

129 Don Rodrigo de Azagra, padre de don Pedro, había ya sido señor de Estella (docs. de Irache, años 1143-47, 1149, 1152; Doc. reconq., años 1143, 1146, 1155). Don Pedro figura en docs. de 1157 y 1158 (Doc. recoq., §§ 262 y 264), 1170-72, 1174-77 (Irache). Cfr. Lacarra, «El rey Lobo» (1952), notas 1 de p. 521 y 3 de p. 519.

130 Sobre los orígenes de este señorío, véase Lacarra, «El rey Lobo» (1952).

131 [En el citado tratado de Sahagún].

132 Pero, aunque siguió siendo vasallo de Sancho el Sabio, buscó el entendimiento con Castilla usando la interesada protección del arzobispo de Toledo. Cfr. González, El reino de Castilla ... de Alf. VIII (1960), p. 312.

133 [Mss. Res 278 y 302 de la Bibl. Nac., Madrid. Véase  Catalán y Jerez, Rodericus Toletanus y la Historiografía romance, cap. II. Don Fernando, antes de suceder a su hermano en Albarracín, había combinado el gobierno de Estella (bajo Sancho VI de Navarra) con el de Daroca y Calatayud (bajo Alfonso II de Aragón); luego esquivó las consecuencias de un pacto (30-nov.-1187) de Castilla y Aragón para acabar con su señorío y hasta propició una alianza de Sancho VI y Alfonso II contra la prepotencia castellana (7-set.-1190). Más tarde, según hemos visto, se ganó el agradecimiento de Alfonso VIII.

134 [Véase Fortún, Sancho VII el Fuerte (1987), pp. 247-285 y «Del reino de Pamplona al reino de Navarra (1134-1217)» en la Historia de España de Menéndez Pidal, vol. IX (1998), pp. 607-660].

Índice de capítulos:

* PRESENTACIÓN

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (1)
   a. La realidad se forja en los relatos

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (2)
    b. Rodrigo, Campeador invicto para sus coetáneos

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (3)
   c. Del Campeador al Mio Cid. Los nietos del Cid y la herencia cidiana

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (4)
   d. Rodrigo, el vasallo leal, a prueba

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (5)
   e. El Soberbio Castellano

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (6)
   f. El Cid se adueña de la Historia y la Historia anquilosa la figura del  Cid

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (7)
   g. El Cid del Romancero salva al personaje literario del corsé historiográfico

* II EL «IHANTE» QUE QUEMÓ LA MEZQUITA DE ELVIRA Y LA CRISIS DE NAVARRA EN EL SIGLO XI

*  III LA NAVARRA NAJERENSE Y SU FRONTERA CON AL-ANDALUS

*   IV EL MIO CID Y SU INTENCIONALIDAD HISTÓRICA

V EL MIO CID DE ALFONSO X Y EL DEL PSEUDO IBN AL-FARAŶ

VI RODRIGO EN LA CRÓNICA DE CASTILLA. MONARQUÍA ARISTOCRÁTICA Y MANIPULACIÓN DE LAS FUENTES POR LA HISTORIA

* VII LA HISTORIA NACIONAL ANTE EL CID

* APÉNDICE I.  SOBRE LA FECHA DE LA HISTORIA RODERICI

* APÉNDICE II. SOBRE LA FECHA DE LA CHRONICA NAIARENSIS

* ÍNDICE DE REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS (Y CLAVE DE SIGLAS)

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