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Obras de Diego Catalán

EL CID EN LA HISTORIA Y SUS INVENTORES

II EL «IHANTE» QUE QUEMÓ LA MEZQUITA DE ELVIRA Y LA CRISIS DE NAVARRA EN EL SIGLO XI

II EL «IHANTE» QUE QUEMÓ LA MEZQUITA DE ELVIRA Y LA CRISIS DE NAVARRA EN EL SIGLO XI (EL CONSUEGRO DEL CID)

 a. Un «ihante» navarro desterrado, muerto en Rueda

      En un fragmento de al-Bayān al-mugrib fi ajbār mulūk al-Andalus wa-l-Magrib, hallado en la mezquita de al-Qarawiyyīn en Fez (puesto al alcance de la erudición por A. Huici Miranda 1), Abū-l ’Abbās Ah̣mad b. Muh̣ammad ibn Iḏarī, cuando refiere la muerte de Alfonso VI, traza la ascendencia del conquistador de Toledo y se ocupa de los tres hermanos García, Fernando y Ramiro, hijos de Sancho el Mayor. Con respecto al rey García de Nájera, el muerto en la batalla de Atapuerca (1054), aduce un curioso pasaje de Abū Bakr b.  ’Abd al-Rahmān 2:

 (‘Dice Abū Bakr b. ‘Abd al-Rahmān: Era García más valiente que sus hermanos y lo mató su hermano Fernando en una guerra que tuvieron ambos y dejó dos hijos, uno de los cuales se alzó con el reino y fue Sancho; el otro salió para el país del Islam y fue el “ilfant(e)” que prendió fuego a la mezquita de Elvira y fue muerto en Rueda por un motivo largo de explicar aquí. El nombre de “ilfant(e)” lo pronuncian “ilhant(e)” cambiando la f en h, al hablar y su significado entre ellos es hijo de rey como entre los persas Sābūr’) 3. 

      Al tropezar por primera vez con este pasaje 4, en que se señala, de pasada, una característica del habla riojana del siglo XI que había sido reconstruida por la crítica filológica (la pronunciación [h] por /f/ en la foz iffante), me propuse llamar la atención de los romanistas hacia este testimonio lingüístico y, a la vez, situar el dato dialectológico en el tiempo y el espacio, tratando de identificar al infante cristiano, a quien los suyos llamaron «Ilhante» o, mejor, «Ihante». Pero la cuestión resultó ser demasiado compleja para desarrollada conjuntamente, pues la historia personal de los hijos del rey García de Nájera se halla conexionada íntimamente con la crisis y desintegración del gran reino najerense creado por Sancho el Mayor y con la ulterior restauración de la pequeña Navarra del siglo XII. Consecuentemente decidí desglosar las anotaciones históricas 5 de las anotaciones lingüísticas 6.

b. Los hijos del rey García de Nájera

     Abū Bakr b. ‘Abd al-Raḥmān presenta un esquema muy simplificado de la descendencia del rey García de Nájera, ya que sólo conoce un hermano del rey don Sancho (1054-1076): el «Ihante» famoso por sus hechos en al-Andalus. Las fuentes cristianas nos dan a conocer varios infantes, hijos de este rey García de Nájera. En el testamento de la reina doña Estefanía (la mujer del rey don García)7 se nombran, aparte del rey don Sancho, otros tres hijos: don Ramiro, don Fernando y don Ramón 8; y en los diplomas de Sancho Garcés confirman de ordinario esos mismos tres hermanos 9. Además de estos hijos habidos en la reina, don García tuvo un hijo no legítimo: otro don Sancho 10. Interesa, por tanto, precisar a cuál de los hermanos del rey don Sancho el Menor se refieren las observaciones del historiador árabe.

c. El infante don Ramiro, muerto en la traición de Rueda

     Uno de los rasgos más sobresalientes en la biografía del «Ihante», tal como la esboza Abū Bakr b. Abd al-Raḥmān, es su muerte violenta en Rueda. Seguramente, en la sonada traición de 1083, que costó la vida a varios muy altos personajes al servicio de Alfonso VI, el Emperador.
      Gracias al detallado relato de la acción de Rueda que nos da la Historia Roderici (anterior a 1110 11), sabemos que el infante navarro don Ramiro tuvo en ella un importante papel: 

 «... accidit ut quidam homo ignobilis, nomine Albolfalac, qui tunc tenebat castrum Rote, quod est uicinum Cesaraguste, substraxit se cum predicto castro de iure et de dominio Almuctaman regis, et rebellauit in eo pro nomine Adafir, qui fuit patruus Almuctaman, qui intrusus erat a fratre suo Almuctadir in predicto castro. Ob autem hanc causam, predictus Adafir rogauit imperatorem Aldefonsum multis precibus ut auxiliaretur sibi. Quo audito, imperator Aldefonsus misit ad eum Ranimirum infantem et comitem Gundissaluum et alias quam plures potestates cum ingenti exercitu, ut subueniret ei. Illi autem uenientes ad eum, cum eo inierunt consilium quod mitterent ad imperatorem, rogantes eum ut ipsimet ueniret, quod ita factum est. Qui cum exercitu suo statim uenit ad eos et mansit illuc paucis diebus. Interea uero mortuus est Adefir. Albolfalac autem rebellis castri Rote habuit consilium cum infante Ranimiro, quod traderent Rotam imperatori Aldefonso. Predictus uero Albolfalac illico ad imperatorem uenit et locutus est cum eo uerba pacifica in dolo, supplicans ei multis precibus ut ueniret ad predictum castrum et intraret illum. Sed antequam imperator ad castrum accederet, permisit Albofalac principes imperatoris prius castrum intrarent, ipso autem prope stante; at ubi ingressi sunt, dolus et proditio Albolfalac statim cognita uidetur: milites autem et pedites qui custodiebant castrum, percusserunt principes imperatoris lapidius et saxis, et multos de illis nobilibus occiderunt. Imperator autem reuersus est ad castra nimium tristis» 12.

(‘... Sucedió que cierto hombre de oscuro linaje llamado Albolfalac, que entonces tenía el castillo de Rueda, situado cerca de Zaragoza, se substrajo, con el dicho castillo, del homenaje y señorío del rey Almuctamán y se alzó en nombre de Adafir, que era el tío paterno de Almuctamán, a quien su hermano Almuctadir había recluido en dicho castillo. En esta circunstancia, el dicho Adafir rogó al emperador don Alfonso con grandes súplicas que le auxiliara. Oído esto, el emperador don Alfonso envió en su ayuda con una gran hueste al infante don Ramiro, al conde don Gonzalo y a otros varios magnates. Llegados junto a él, acordaron en su consejo enviar mensaje al emperador rogándole que acudiera en persona. Él vino prontamente con su hueste y acampó durante unos pocos días allí. Entre tanto murió Adefir. Albofalac, rebelado en el castillo de Rueda, se aconsejó con el infante don Ramiro para entregar Rueda al emperador don Alfonso y el propio Albolfalac vino junto al emperador y en su entrevista le engañó con palabras zalameras y le rogó con grandes súplicas que viniera al propio castillo y entrara a tomar posesión de él. Pero antes de que el emperador accediera al castillo, Albolfalac permitió que fueran entrando en él los ricos hombres del emperador mientras él permanecía allí cerca , y cuando entraron se hizo manifiesto el engaño y traición de Albolfalac, pues los caballeros y peones que custodiaban el castillo apedrearon a los ricos hombres del emperador dando muerte a muchos de aquellos nobles. El emperador entonces regresó a su campamento muy pesaroso’).

      La Historia Roderici, cuya atención está enfocada en las relaciones del Cid con Alfonso VI, no se preocupa de especificar quienes fueron los muertos, y los Anales del Tumbo negro compostelano (de raíz castellana, más que riojana 13), sólo registran la muerte del conde (de Castilla, Tedeja, Caderechas y Poza) don Gonzalo Salvadórez 14; pero la Crónica najerense (hacia 1185/90) 15 afirma que pereció también el Infante, y sin duda no se engaña 16:

«Inter hec era MCXXIª missi sunt ab eo ad recipiendam Rodam, quam Rex ei dandam promiserat in dolo, Infans Ranimirus Aldefonsi Regis consanguineus, germanus Garsie Pampilonensis Regis filius, et Comes Gundissaluus et multi alii de nobilioribus Castelle. Qui fraude parata cum diuisim unus post alium introirent omnes fere ibidem interfecti sunt. Inde ducti Ranimirus in ecclesia Sancte Marie Naiarensis, quam pater eius Rex Garsias edificauerat et ipse Infans magnis ditauerat honoribus, iuxta patrem a dextero latere requiescit. Comes uero Gundisaluus et alii apud Oniam sunt sepulti» 17.

(‘Por entonces, en la era 1121ª fueron enviados por él para recibir Rueda, que el rey de ella había prometido engañosamente entregarle, el infante don Ramiro, primo hermano del rey don Alfonso, hijo del rey don García de Pamplona, y el conde don Gonzalo y muchos otros de los más nobles de Castilla. Los cuales, como había traicioneramente sido dispuesto, según iban entrando separados uno tras otro, fueron todos muertos. Trasladados de allí sus cuerpos, el infante don Ramiro yace, a la derecha de su padre, en la iglesia de Santa María de Nájera, que el rey García su padre había edificado y a la cual el propio infante había dotado espléndidamente; el conde don Gonzalo y otros se hallan sepultados en Oña’).

      La doble muerte del Conde y del Infante, se consigna también (tomándola, creo, de fuente analística) en la Estoria de España de Alfonso X 18 (anterior a 1271)19, cuando cuenta el suceso de Rueda siguiendo a la Historia Roderici:

«Et murio y ell inffant don Ramiro et el conde don Gonçalo» 20.

      Este infante don Ramiro, muerto en Rueda, era el segundo hijo varón de don García y doña Estefanía 21 y recibió de sus padres el señorío de Calahorra 22; sin embargo, al morir el rey don García (1054), era aún muy niño para alimentar ambiciones que le obligasen a buscar refugio en el país del Islam 23. La reina doña Estefanía logró entonces, tras la tragedia de Atapuerca, mantener el reino para el mayor de sus hijos, don Sancho, que todavía era un adolescente, mientras los demás infantes se criaban a su sombra: el 11 de marzo de 1055, «Ranimirus et Fredinandus et Remondus germanos regi» confirman una carta del rey don Sancho («anno mei regiminis primo»), otorgada «una cum matre mea Stefania regina» 24, los tres infantes siguen confirmando el 19 de marzo de 1058 otro documento regio de Albelda 25.
      La muerte de la reina madre, que vino pronto (25 de mayo de 1058) a acrecentar la debilidad del reino navarro 26, no parece haber alterado tampoco la posición de don Ramiro (ni de los restantes hijos de doña Estefanía) en la corte de Sancho Garcés 27: el 13 de julio de 1059, el infante don Ramiro, señor de Calahorra, extiende un documento que confirman sus hermanos don Fernando y don Ramón; y el 11 de diciembre de 1059, los tres infantes, hijos de la reina, confirman una carta de su hermano el rey don Sancho 28.
      En fin, los documentos navarros muestran, según creo, que si don Ramiro se hubiera visto alguna vez forzado a salir para tierra de moros, ello no podría haber ocurrido sino en los dos últimos años del reinado de su hermano: los documentos de Sancho Garcés posteriores a 1060, procedentes de San Millán, llevan la confirmación del infante don Ramiro en 1063, 1-nov.-1065, 1067, 1068; más tarde sólo figuran don Ramón y doña Ermesind (y, alguna vez, doña Ximena y doña Mayor), pero en 25 de abril de 1072, «Ranimirus, regis Garsiae et Stefanie regine filius» hace una donación a San Millán» 29. En los documentos procedentes de Irache, don Ramiro, hermano del rey, figura como dominante en San Esteban de Deyo en 1069 (?) 30 y, con gran regularidad, desde 1072 a 1074 (6-ag.-1072, 23-nov.-1072, 1072, 1074) 31. Entre 1074 y enero de 1075, Sancho Garcés reemplazó a la mayor parte o quizá a todos los oficiales de palacio: cons tan los cambios de alférez, mayordomo, estabulario y furturario 32. Coincidiendo con esta renovación de la corte, desaparece el infante don Ramiro como «dominator» de San Esteban, y en su lugar hallamos al señor García Sanchóiz 33. En Calahorra no se percibe cambio alguno: en 1070 y el 1 de enero de 1071, figura como tenente el señor Fortún Garcés; en 6-ag.-1072, 1074, 12-en.-1076, 1076, aparece Íñigo Aznar 34.
      El rey don Sancho fue asesinado en Peñalén el 14 de junio de 1076 35, por sus hermanos don Ramón y doña Ermesinda y por los mayores nobles del reino, según hacen constar noticias contemporáneas registradas en documentos del reino de Sancho Ramírez de Aragón (primo hermano del rey muerto tanto por parte de madre como de padre):

«Sancius Rex... qui interfectus est a fratre suo, et a sorore, uel a maioribus patrie sue»,

recuerda San Veremundo, abad de Irache, en el preámbulo de una permuta, 23-feb.-1082;

 «...a rege dompno Santio, prole Garssie regis, quem interfecerunt frater suus Regimundus et soror Ermisenda, necnon et principes eius infidissimi»,

 denuncia igualmente en 1079 una donación al monasterio de Leyre (Becerro de Leyre, p. 227) 36.
      Ni estos documentos, ni otras referencias de aquellos tiempos explican el porqué ni el para qué del regidicio, ni dicen nada respecto a la actitud de los otros hermanos del rey muerto; sin embargo, atendiendo al «cui prodest» y al comportamiento ulterior de la familia real navarra, cabe pensar que los artífices de la muerte de don Sancho obraron movidos por una conjura de raíces amplísimas.
      Aunque el rey asesinado dejaba hijos, que andado el tiempo harán su aparición en la documentación de la corte de Alfonso VI 37, el rey de León y Castilla se apresuró a ocupar Nájera. El Chronicon naiarensis, escrito en el folio 231 del Códice de Roda cuando el códice se hallaba en Nájera, consigna:

 «Item filius eius Sancius rex regnauit annos XXII. In era TCXIIII occisus est in Penalene a fraude de frater eius Regimundus; et in ipsa era TCXIIII venit Alefonsus rex de Legion ad Nagera, et Pampilona suo iuri subdidit» 38

 (‘Item, su hijo el rey Sancho reinó veintidós años. En la era de 1114 [a. 1076] fue asesinado en Peñalén por traición de su hermano Raimundo; y en esa misma era de 1114 vino el rey Alfonso de León a Nájera y sometió bajo su dominio a Pamplona’).

       [Según el propio Alfonso VI explica, en la versión extensa del fuero que concedió a Nájera al tomar posesión del reino en 1076 39, su entrada pacífica en la ciudad se produjo como resultado de negociaciones del señor Diego Álvarez, quien en 1075, bajo el rey de León y Castilla, era señor de Ibrillos (frente a la fortaleza navarra de Grañón) 40, con su yerno Lope Íñiguez 41, tenente de Alberite por Sancho Garcés, hijo del poderoso conde de Vizcaya Íñigo López, que tenía Nájera por el rey navarro 42:]

 «Postquam rex Sancius, congermanus meus, fuit interffectus a fratre suo Raymundo, venit ad me senior Didacus Aluares cum genero suo comite dompno Lupo ad Naiaram quatinus esset in dominacione mea. Ipsi, preuidentes honorem meum et meum seruicium et meum amorem, iurauerunt mihi ambo coram omnibus meis primatibus quod hec ciuitas cum omnibus in ea habitantibus et cum toto quod ad eandem ciuitatem pertinebat, in tali fuero steterat in tempore aui mei Sancii regis et in tempore Garsiani regis similiter; et ille iurauerunt eis quod omni tempore essent fidelis. Et pro auctoritate quam senior Didacus Aluarez dixit mihi, mando et concedo et confirmo...»

 (‘Después que el rey Sancho, mi primo, fue muerto por su hermano don Raimundo, vino ante mí el señor Diego Álvarez con su yerno el conde don Lope a fin de que Nájera estuviese bajo mi dominio. Ambos señores, en previsión de mi honor, mi servicio y mi amor, me juraron en presencia de todos mis magnates que esta ciudad, con todos sus habitantes y con cuanto a ella pertenecía, se ha atenido a tal fuero, en tiempo de mi abuelo el rey don Sancho y asimismo en tiempo del rey García; y juraron que ellos me serían fieles en todo tiempo. Y según el autorizado testimonio de lo que me dijo el señor Diego Álvarez, mando, otorgo y confirmo...’).

      La defección del tenente de Nájera, don Íñigo, «gratia Dei totius Vizkahie comes» 43, resulta patente al ver que, en aquel mismo año del asesinato de Sancho Garcés (1076), hace una donación a San Millán (en unión de su hijo Lope Íñiguez y los hermanos de éste), en que reconoce el señorío de Alfonso VI dándole una significativa y pomposa titulación: «totius Ispanie obtinente principe Adefonso» 44, fórmula precursora del título que, desde 1077, asumirá Alfonso VI en la intitulatio y la corroboratio de sus diplomas: «Adefonsus imperator totius Hispanie» 45.
      Asegurado el dominio de Nájera, Alfonso VI se dirigió a Calahorra, de la que era señor el infante don Ramiro, el hermano del rey asesinado. Se hallaba ya en ella el 10 de julio de 1076 46. [No debió de pasar el Ebro, pues] Sancho Ramírez de Aragón, habiendo sido reconocido en Ujué como heredero del rey muerto, se apresuró a entrar en Pamplona (1 de julio de 1076) 47 [y, hábilmente, aseguró la ampliación de su reino pactando, en cuanto rey de Pamplona, una relación vasallática con Alfonso VI (que justifica la afirmación de la apostilla emilianense arriba citada acerca del rey de León: «et Pampilona suo iuri subdidit»)].
      Teniendo en cuenta estos hechos, no puedo por menos de considerar significativo que en la corte de Alfonso VI vengan pronto a ocupar un lugar destacadísimo el infante don Ramiro y dos de sus hermanas, doña Urraca y doña Ermesinda (la fratricida), y que estos tres hermanos figuren íntimamente asociados en los años que [preceden y] siguen al regicidio.
      Cuando en 1079 (3-set.), transcurridos apenas tres años desde el suceso de Peñalén, Alfonso VI hace solemne donación de Santa María de Nájera al abad de Cluny, el infante don Ramiro encabeza la lista de confirmantes, seguido de las dos hermanas de Alfonso VI y de dos de las hermanas del rey muerto, la regicida doña Ermesinda y doña Ximena 48. [El hecho de que la mayor de las infantas navarras, doña Urraca, que no mucho después sería condesa de Nájera, no figure entre los confirmantes, nos asegura que aún no lo era en aquella fecha y que, por entonces, no seguía la corte de Alfonso VI, al igual que no había seguido la de Sancho Garcés en los años que preceden al regicidio, en contraste con sus hermanos don Ramiro, don Ramón y doña Ermesinda. Pero su «lejanía» respecto a la anexión de La Rioja por Alfonso VI es sólo aparente. Así nos lo permite intuir un curioso dato proporcionado por una fuente de carácter narrativo, la Historia Roderici].
      Entre los sucesos de la vida de Rodrigo Díaz previos a su primer destierro no podía faltar en esta Historia la referencia a su victoria campal en Cabra, en tierras de al-Andalus, cuando hizo prisionero a García Ordóñez. [Fue un hecho muy sonado que cantarían independientemente los poetas adictos al infanzón de Vivar, tanto en latín 49:]

 Hec namque pugna fuerat secunda
in qua cum multis captus est Garsia
Capream vocant locum ubi castra
simul sunt capta,

como en lengua vulgar 50:

Essora el Campeador      prísos’ a la barba:
—¡Grado a Dios      que cielo e tierra manda
por esso es luenga     que a deliçio fue criada!
¿Qué avedes vos, conde,      por rretraer la mi barba?
ca de quando nasco      a delicio fue criada
ca non me priso a ella      fijo de muger nada,
nimbla messó      fijo de moro nin de christiana,
commo a vos, conde,      en el castiello de Cabra,
quando pris’ a Cabra     e a vos por la barba,
non ý ovo rrapaz      que non messó su pulgada,
¡la que yo messé      aún no es eguada!]

       La Historia Roderici (§§ 7-8) explica cómo Rodrigo, enviado a cobrar las parias al reino de Sevilla y Córdoba, hallándose junto a al-Mu‘tamid, se vio constreñido a hacer frente al rey Abd Allāh de Granada y a un conjunto de próceres navarros y castellanos que le ayudaban en su guerra con el rey de Sevilla y habían penetrado por el Sur del reino de Córdoba hasta Cabra. La Historia Roderici identifica así a los auxiliares cristianos de Abd Allāh:

«...Garsias Ordonii et Fortunius Sanctii gener Garsie regis Pampilonensis, et Lupus Sanctii frater Fortunii Saggez, et Didacus Petriz, unus ex maioribus Castelle»,

      La Historia Roderici no precisa el nombre de la hija del rey don García «de Nájera» casada con Fortun Sánchez; pero tenemos noticia documental de que era doña Ermesinda, la infanta fratricida 51.
      Aunque Rodrigo Díaz, antes de entrar en batalla con los auxiliares cristianos del rey de Granada les conmina en nombre de su rey Alfonso VI a que cesen en su ataque al rey de Sevilla, es obvio que la presencia de esos auxiliares en el reino granadino no era ajena a la política del rey de León en al-Andalus. García Ordóñez era o llegaría a ser cuñado de Fortún Sánchez, ya que estuvo casado con la hija mayor del rey García, la infanta doña Urraca 52; pero su vinculación al reino castellano es indiscutible: [con Sancho de Castilla, había sido (1070) tenente de la plaza fronteriza de Pancorvo (frente al reino de Sancho Garcés 53)], y en 1074 Alfonso VI, rey de León y Castilla, le dio el cargo de alférez; enseguida, debió de hacerle conde 54. Los hermanos Fortún y Lope Sánchez, en los años de 1067-1070, habían ocupado altos cargos palatinos en el reino de Sancho Garcés 55; pero cuando se hallaban en Granada actuaban ya como fautores de la política del rey de León y Castilla.
      [La Historia Roderici no data la batalla de Cabra, y a su autor no le interesan para nada los sucesos político-militares de al-Andalus en que se encuadra; sólo le importa la rotundidad de la victoria de Rodrigo frente a los próceres cristianos auxiliares del rey de Granada 56. Menéndez Pidal (Esp. Cid 5, 1956, pp. 257-259) la situó, después del regicidio de Peñalén y la anexión de La Rioja por Alfonso VI, en el año 1080, pues la consideró posterior a la expedición de Alfonso en compañía de Ibn  ‘Ammār, el visir de al-Mu‘tamid de Sevilla, contra Granada. Pero el propio rey  ‘Abd Allāh, en sus «Memorias», hace hincapié en que aquella expedición, emprendida con el propósito pactado de acabar con el reino zirí de Granada y entregarle la ciudad a al-Mu‘tamid, desembocó, tras su entrevista personal ante Granada con Alfonso VI, en una paz, costosa pero permanente, entre los dos reyes de Taifas, impuesta por el rey cristiano al tiempo que obtenía del granadino una mayor tributación (Al-Andalus, XIV, 1936, pp. 34-40); y Abd Allāh subraya insistentemente que, cuando Ibn ‘Ammār emprendió a continuación la conquista de Murcia (1078) y dejó de dirigir desde Sevilla la política de al-Mutamid, no hubo más conflictos entre Sevilla y Granada (pp. 40, 48). Siendo así, es preciso retrotraer en el tiempo el ataque contra las fronteras meridionales del reino de Córdoba hecho por ‘Abd Allāh aprovechando el concurso de los poderosos guerreros cristianos nombrados en la Historia Roderici.
      De acuerdo con la exposición de las «Memorias», fue la mediación interesada de al-Mamūn de Toledo, que aspiraba a adueñarse de Córdoba, lo que permitió a Abd Allāh obtener mercenarios cristianos de Alfonso VI para hacer frente al casi cerco de Granada que desde la fortaleza de Valillos, en la Vega granadina, mantenía al-Mutamid (p. 32), y ello fue posible porque Alfonso deseaba presionar a Ibn ‘Ammār que trataba de diferir los cuantiosos pagos a que se había comprometido cuando obtuvo el apoyo del rey de León para construir Valillos frente a Granada (cfr. p. 38). Pero la situación sufrió un súbito cambio cuando el aventurero Ibn ‘Ukāša se apoderó de Córdoba, dando muerte al hijo de al-Mutamid y al general Ibn Martīn que la defendían (enero, 1075), pues, tras la entrada en ella de al-Ma’ mūn, los sevillanos abandonaron precipitadamente Valillos. Sólo en esa circunstancia cabe la acción de los auxiliares cristianos de ‘Abd Allāh desde Lucena contra las plazas que aún ocupaban los sevillanos en el Sur del reino de Córdoba y la ida previa de Rodrigo a las cortes abbadíes de Sevilla y Córdoba con fuerzas militares capaces de amedrentar a Ibn ‘Ammār, si no pagaba, o de auxiliarle, como hizo en Cabra. Creo que la batalla se dio en los primeros meses de 1075 (antes del asesinato de al-Mamūn el 28-jun-1075 en Córdoba, que volvería a alterar profundamente la situación en aquellas comarcas de al-Andalus).
      Esta nueva fechación de la batalla de Cabra 57 encaja muy bien en la biografía del conde Garcí Ordóñez que perfilan los documentos]: tras pasar por el cargo de alférez (feb./jul.-1074) y ser nombrado conde (jul. 1074) partiría para Granada. Cuando en jul.-1076 Alfonso VI entró en Nájera y Calahorra, como heredero de Sancho Garcés, García Ordóñez debía de hallarse fuera de Castilla, pues no figura entre los expedicionarios, ni entre los conjuradores de los fueros de Nájera, que fueron los condes Pedro Ansúrez y Gonzalo Salvadórez y los señores Diego Álvarez, Martín Sánchez y Vermudo Gutiérrez (S. Mill., 233-234); en agosto y noviembre tampoco acompañaba al rey en tierras de Sepúlveda (Esp. Cid  5, pp. 855-856). En 20 de julio y 3 de setiembre de 1079, continuaba ausente (según ya indica Menéndez Pidal, Esp. Cid 5, p. 715); pero el 8 de mayo de 1080 asistió al Concilio de Burgos (Esp. Cid  5, p. 857) y desde entonces su nombre no falta de los documentos.
      Fue después de vuelto el conde don García a tierra cristiana, cuando Alfonso VI premió a su antiguo alférez y a su mujer la infanta doña Urraca con el mejor despojo del reino anexionado en 1076: el señorío de Nájera (la antigua capital de la gran Navarra) 58.
      Los documentos de Valbanera no consignan el señorío del conde en Nájera hasta 6-dic.-1081; anteriormente, el gobierno de Nájera estuvo a cargo de uno de los señores que se hallaban con Alfonso VI en Nájera al ocupar el reino (jul.-1076), Martín Sánchez, que confirma como «dominante Nagera», 1077, 1078, o «in Nagera», 14-may.-1078, o «merino in Naiera et in Calahorra», 1081 59; después, aparece Pedro Iváñez como «dominante Naiara», 1081, o «merino en Nagera», 14-may.-1081, 1082 («Petro Johannes, qui hactenus illud rexit, merino in Naiera») [posiblemente ya bajo el señorío del conde]. Durante todo este período, Martín Sánchez es, además, merino en Burgos y Cerezo (1077, 1078, 14-may.-1081, 1082) [o «in Castella»] 60.
      Ya el 18 de abril de 1081, encontramos significativamente juntos a los condes don García y doña Urraca, y a doña Ermesinda, «soror ejus», confirmando una donación del infante don Ramiro «pro remedium anime mee atque requiem parentum meorum, Garsie... et Stephanie, nec non et pro salutem domini mei Adefonsi regis...», en presencia de Alfonso VI 61.
      En fin, estos datos que he venido aduciendo, acerca de los comportamientos de los familiares del rey de Navarra asesinado en 1076 y de la trama política que permitió a Alfonso VI titularse rey y emperador de España, en modo alguno prueban que el infante don Ramiro tuviera que irse a ganar el pan a tierra de moros con anterioridad al regicidio de Peñalén; pero, al arrojar una sombra de duda sobre su fidelidad a Sancho Garcés, hacen creíble que, con anterioridad al regicidio, el infante se hubiera visto forzado, en 1075-1076, a abandonar sus posesiones en el reino navarro.

d. El infante don Sancho «expulsus a regno»

      No obstante, antes de dar por buena la identificación del «Ihante» nombrado por Abū Bakr b. Abd-al-Ramān con don Ramiro, importa recordar que el arzobispo don Rodrigo Ximénez de Rada (antes de 1243) consideraba como muerto en la traición de Rueda a otro hijo del rey García de Nájera muy diverso: al infante don Sancho.

«Sancius dictus Maior... suscepit ex ea duos filius Garsiam et Fernandum. Et Rex Garsias habuit duos filios, Regem Sancium quem sibi ordinauerat successorem, set fuit occisus in Pennaleni, et alium qui Sancius similiter est uocatus, qui apud Rodam fuit prodicionaliter interfectus. Hic habuit filium Ranimirum Infantem, qui Ranimirus duxit uxorem filiam Roderici Didaci, cum Valencie morabatur, et suscepit ex ea filium Garsiam Ranimiri, qui primus regnauit in Nauarra...» 62.

(‘Sancho llamado el Mayor... engendró en ella dos hijos García y Fernando. El rey García tuvo dos hijos, el rey don Sancho a quien nombró heredero, pero que fue asesinado en Peñalén, y otro que fue llamado igualmente don Sancho, que fue muerto traicioneramente en Rueda. Éste tuvo un hijo, el infante don Ramiro, y este don Ramiro tomó por mujer a una hija de Rodrigo Díaz cuando moraba en Valencia, en la cual engendró un hijo, García Ramírez que fue el primer rey de Navarra’).

      Este infante, abuelo de García Ramírez el restaurador del reino de Navarra (1134-1150) y por tanto consuegro del Cid, habría sido expulsado violentamente del reino por Alfonso VI (en 1076), si damos fe a la tesis oficial navarra expuesta ante Enrique II de Inglaterra, en 1177, por los comisionados de Sancho el Sabio de Navarra (1150-1194), el hijo del Restaurador, biznieto de ese hijo del rey don García de Nájera.

«Hec omnia ad regnum suum spectantia possedit et habuit in pace et quiete abavus hujus regis Sancci, Garsias, scilicet, rex Navarre et Nagere, et proavus eius per violentiam fuit expulsus ab hoc regno propter imbecillitatem suam per Aldefonsum regem Castelle, consanguineum suum; procedente autem tempore rex Garsias, nepos eius et pater huius, inclite memorie, divina voluntate et fide naturalium suorum exhibita recuperavit regnum suum licet non integrum» 63.

(‘Todo cuanto correspondía a su reino, poseyó y mantuvo pacíficamente y sin alteraciones el tatarabuelo del rey don Sancho, don García rey de Navarra y de Nájera, pero su bisabuelo, por pusilanimidad suya, fue expulsado con violencia del reino por el rey de Castilla don Alfonso su pariente; pasado el tiempo, el rey don García, nieto suyo y padre de él [de don Sancho el Sabio], de ínclita memoria, por voluntad divina y hecha patente la fidelidad de sus naturales, recobró el reino, si bien no íntegramente’).

      La semejanza de este esquema genealógico con el que nos transmite Abū Bakr b.Abd-al-Raḥmān es tan notable que nos obliga a considerar atentamente la posibilidad de que el abuelo de García Ramírez «expulsus a regno» y el «Ihante» que salió para el país del Islam sean el mismo personaje.
      El problema que planteamos sería de muy sencilla solución si aceptásemos, siguiendo a Menéndez Pidal 64, la identificación del abuelo de García Ramírez con el infante don Ramiro, señor de Calahorra. Pero tal identificación me parece imposible, en vista del testimonio coincidente e independiente de varios textos.
      El esquema genealógico del Toledano está tomado del Libro de las generaciones o Liber regum, que en su redacción navarra original (de 1194/96) decía: 

«...et ouo en ella dos fillos, el rei don Ferrando e el rei don García de Nágera. Lidioron amos en Atapuerca, e murié hí el rei don García. Est rei don García ouo dos fillos: el rey don Sancho, que matoron en Pennalén, e l’ifant don Sancho. Est ifant don Sancho ouo fillo al ifant don Remiro, al que dixieron Remir Sánchez. Est ifant Remir Sánchez priso muller la filla de mio Çith el Campiador e ouo fillo en ella al rey don García de Nauarra, al que dixieron García Remírez» 65.

      También da el nombre de Sancho al abuelo del Restaurador, la Chronica latina regum Castellae (acabada en 1236), cuyo autor sabía un detalle ignorado o dejado de lado por las relaciones genealógicas anteriormente citadas, la ilegitimidad del infante progenitor de la nueva dinastía navarra:

«Rex Nauarre [Garsias] Ramiri, filius infantis Ramiri, qui fuit filius Sancii infantis, de quadam domina filii regis Garsie, qui fuit occisus iuxta Ataporcam...» 66.

(‘El rey de Navarra [García] Ramírez, hijo del infante don Ramiro que fue hijo del infante don Sancho, hijo del rey don García, el que fue muerto cerca de Atapuerca, engendrado en cierta señora...’).

      Finalmente, el patronímico «Sánchez» que el Libro de las generaciones (o Liber Regum) da al infante don Ramiro, yerno del Cid y padre de García Ramírez, viene a ser confirmado por una subscripción del propio don Ramiro en un documento de Alfonso I datado en Monzón en julio de 1105: 

«Don Rainimiro Sangiz in supradicto Montson» 67.

       [Que se trata del padre del Restaurador no puede dudarse, ya que don Ramiro confirma documentos como señor de Monzón en 1104 (dic.), 1105, 1106, 1115, 1116, año éste en que comienza a figurar García Ramírez como señor de Monzón, donde continuará gobernando en los años 20 y 30, hasta que, en 1134 (tras la batalla de Fraga, 7-set.-114), fue allí proclamado rey de Pamplona, Nájera, Álava, Vizcaya, Tudela y el propio Monzón 68].
      Una vez comprobado que el infante don Sancho y el infante don Ramiro no son un solo personaje, queda por resolver la cuestión de si el abuelo de García Ramírez murió en la de Rueda, junto a su hermano, el señor de Calahorra, o si la noticia de su muerte es el resultado de una confusión del Arzobispo.
      Según hemos visto, tal precisión es ajena a la primitiva redacción del Libro de las generaciones o Liber regum (de 1194/96). Pero estas genealogías navarras fueron conocidas en Toledo, donde se elaboró una refundición de ellas entre 1217 y 1223 (Liber regum 2), precisamente durante el pontificado de don Rodrigo Ximénez de Rada 69. Y en esa refundición el originario esquema genalógico lleva interpolada una frase alusiva a la traición de Rueda que además obliga al refundidor a introducir otra aclaración. Para mayor facilidad en la confrontación de la Versión toledana con la navarra anteriormente citada destaco en cursiva lo interpolado al texto de 1194/96:

«...este Rey don García dexó dos fillos, al Rey don Sancho que mataron en Peñalén et el Infant don Sancho. El Rey don Sancho el que mataron en Pennalén ovo fillo al Infant don Ramiro el que mataron en Rueda a trayzón. El Infant don Sancho fillo del Rey don García de Nagera ovo fillo al Infant don Ramiro. Este Infant don Ramiro tomó por mugier la filla de mio Çid Campiador...» 70.

      Podríamos pensar que el pasaje de la Historia Gothica del Toledano se basa en la lectura de esta genealogía retocada. Pero esa suposición me parece inadmisible: la Versión toledana del Libro de las generaciones o Liber regum erróneamente hace al infante don Ramiro, muerto en Rueda, hijo (en vez de hermano) del rey don Sancho, desatino que no se halla en la Historia del arzobispo don Rodrigo, y es patente que el corrector de las genealogías no introdujo la mención del infante don Ramiro (muerto en Rueda) por considerar incompleta la nómina de los hijos del rey García de Nájera que figuraba en el texto navarro (pues continuó diciendo que don García tuvo «dos fillos», don Sancho el rey y don Sancho el infante, progenitor de la nueva dinastía); por tanto, si recordó la noticia de la muerte en Rueda del infante don Ramiro, ello tuvo que ser debido a que en el texto base figuraba ya una frase (* et el ifant don Sancho, que matoron en Rueda a trayçón) análoga a la que recogió el Arzobispo, «et alium qui Sancius similiter est uocatus, qui apud Rodam fuit proditionaliter interfectus», frase que le pareció errónea por tener conocimiento (sea a través de unos anales o de la Historia Roderici 71) de que en Rueda había muerto el infante navarro don Ramiro. En suma, la Versión toledana de las genealogías navarras, lejos de explicar la noticia del Arzobispo, parece exigir la preexistencia de un texto en que se consignaba ya la muerte del infante don Sancho en la traición de Rueda tal como don Rodrigo Ximénez de Rada la cuenta.
      [Esta relación entre el Libro de las generaciones o Liber regum toledano de entre 1217 y 1223 y la Historia Gothica de 1243 resulta muy natural si creemos con Ambrosio de Morales 72, como pienso que debemos creer, que el propio arzobispo don Rodrigo fue quien importó el texto genealógico navarro a Toledo y quien promocionó su refundición]. En efecto, la redacción navarra del Libro de las generaciones o Liber regum de 1194/96 y los Anales navarro-aragoneses, incluidos en los Fueros de Sobrarbe-Navarra, se incorporaron a la historiografía castellana a través, respectivamente, de Liber regum refundido en Toledo entre 1217 y 1223 y de los Anales toledanos I, redactados durante el arzobispado de don Rodrigo. Los dos textos navarros circulaban ya juntos en Navarra; y juntos hallamos también (en el «libro harto antiguo del archivo de la ciudad de Toledo») a los dos textos castellanos que de ellos derivan. Todo parece indicar que la castellanización de estas fuentes navarras se debió a la iniciativa del propio arzobispo toledano don Rodrigo Ximénez de Rada, navarro por nacimiento 73.
      En suma: La crítica textual no nos permite rechazar el testimonio de don Rodrigo Ximénez de Rada (navarro él, y que alcanzó el tiempo de Sancho el Sabio). Interesa, por tanto, examinar las noticias que de la vida del infante don Sancho podamos reunir 74, ya que este hijo ilegítimo del rey García de Nájera podría ser el «Ihante» que quemó la mezquita de Elvira.
     Indudablemente, fue el hijo primgénito del rey García. Nos lo prueba el nombre de Sancho, que le puso su padre en memoria de su abuelo (igual que al primer hijo legítimo de la reina doña Estefanía) 75 y el hallarle ejerciendo acciones de varón no mucho después de 1050 76, cuando su hermano, el futuro rey don Sancho, aún no había llegado a la pubertad 77. Muerto el rey su padre en la de Atapuerca (1054), el infante don Sancho permaneció al lado de la reina viuda doña Estefanía y del joven rey Sancho Garcés, ocupando en la corte un lugar sobresaliente; se hallaba ya casado, mientras el rey su hermano permanecía soltero (7-dic.-1057) 78. Pero esta situación no fue duradera: después de la muerte de la reina (1058), la firma del infante don Sancho desaparece de los documentos navarros.
      La muerte de doña Estefanía (como en su día lo sería para los reinos de Castilla, León y Galicia la de la reina doña Sancha, en 1067) constituyó un momento histórico para el reino de Navarra tan crítico como la famosa batalla de Atapuerca, en que murió el rey don García de Nájera al enfrentarse con su hermano don Fernando. Creo de interés recordar aquí (o reconstruir) las varias etapas de la desmembración del gran reino navarro heredado por el rey don García.
     Don García, el primogénito de Sancho el Mayor, fue, mientras vivió, rey de Pamplona, de Nájera y de Castilla (y su hermano don Fernando, de Burgos y León); sus dominios comprendían, al Norte del Ebro, todos los territorios castellanos desde Castro Cudeyo y las Asturias de Laredo o Trasmiera, Soba, Castilla Vieja (incluso Sotoscueva y Árreba «usque in Briciam»), hacia Oriente; consta que don García ejercía su autoridad incluso en Paredes Rubias (Alhania, Villanueva, Villagarcía, Polientes, Mata 79); más al Sur, Urbel y Ubierna fueron navarras 80, y los tenentes del rey de Nájera gobernaban Poza, Monasterio de Rodilla y Arlanzón («usque in Burgis»), así como Oca y Pedroso, con todos los territorios al Oriente de estas tenencias 81.
      Después de la batalla de Atapuerca (1-set.-1054), que costó la vida al rey don García, don Fernando agregó a su reino buena parte de los territorios castellanos de su hermano: La Piedra, Urbel y Ubierna fueron cobrados de los navarros por Diego Laínez 82; en 16-nov.-1055, Ubierna y Sedano eran ya del reino de Fernando I 83, y Aznar García, que permaneció fiel a Sancho Garcés, no vuelve a figurar como señor de Árreba. Fernando I ocupó Valdivielso (Condado, ya en 1-jn.-1057 84) y Oña y Cornudilla (ya en 31-ag.-1056 85). Al Sur de Oña, Fernando I se apoderó del alfoz de Briviesca (Prádanos de Bureba, ya en 13-set.-1056 86; contra lo que afirma Pérez de Urbel 87, por haber localizado mal los palacios de Zambrana, Álava, que Sancho Garcés dio en 1058 a Fortún Sánchez 88). Naturalmente, Poza no siguió siendo navarra (a pesar de lo que afirma, con ligereza, Pérez de Urbel 89, basándose en un documento de Leire, 18-nov.-1057, en que confirma «Senior Sanctio Lopiz dominator Poza» 90; este documento es del rey García, † 1054, y se halla correctamente fechado en 18-nov.-1051 por Moret 91). Al Norte del Ebro, uno de los hermanos Lope y Galindo Bellacoz o Velázquez, que en 1040 tenían las Encartaciones (Colindres, Ugarte, Mena, Tudela y Llanteno) por el rey don García, pasó al servicio de Fernando I (1055, 1056, 1057 92), quien le premió espléndidamente, según vemos por un doc. del sábado 24-jn.-1055, donde consta «Ego denique senior Galindo Bellacoç qui sub domino meo Fredinando rege rego Tetelia et totam Castellam Uetulam...» 93; este documento nos prueba que (contra lo supuesto por Menéndez Pidal 94), Fernando I anexionó a su reino Tedeja y Mijangos (con Trespaderne, Riba y Nofuentes) en Castilla Vieja y también Cillaperlata 95.
      La nueva crisis del reino navarro-castellano de Nájera a la muerte de la reina doña Estefanía se halla expresamente enunciada en los Anales del Tumbo negro compostelano (véase atrás n. 26). En efecto, fue después del 25-my.-1058 (en que los Anales dan como acaecida la muerte de la reina), cuando Fernando I ocupó los pasos de los montes Obarenes que flanquean a Pancorvo. El 1-mz.-1058, Sancho Garcés regía aún en Santa María de Ribarredonda, en Bureba, y bajo él, Sancho Fortúñez, el señor de Pancorvo; pero el 31-oct.-1058, Santa María de Ribarredonda se halla ya en el reino de Fernando I (y el dominio de Sancho Fortúñez pertenece al pasado), y con ella Ventosa (Bureba), Orbañanos (Tovalina) y Villasemplún 96. Quizá haya que anticipar a este año la anexión de Valpuesta, navarra en 1057 y castellana en 1063 97. [De acuerdo con la nueva demarcación de los reinos, Sancho se titulará rey «in Pampilona et in Alava et in Ponticurvo» y reconocerá que su «avunculus» el rey Fernando lo es «in Castella»].
      No sería de extrañar que en aquella crítica coyuntura el infante don Sancho, hombre ya hecho y derecho, hubiera aspirado a dominar como «régulo» alguna «partícula» del reino paterno (repitiendo la afortunada historia de su tío, Ramiro el de Aragón), y que, fracasado en sus ambiciones, se hubiera visto oligado a salir para tierra de moros, como del «Ihante» cuenta Abū Bakr b. ‘Abd al-Raḥmān. La única mención que del infante don Sancho encontramos en Navarra con posterioridad a 1058 nos evidencia, cuando menos, que ha perdido el amor regio. En una apostilla de 27-dic.-1073 a un documento de 1050 98, el rey don Sancho acusa a su hermano el infante don Sancho, con expresiones notablemente duras, de haber tenido ocupado un palacio en Tricio (con todas sus heredades), que en derecho pertenecía a San Millán, y hace constar que lo ha expulsado de él:

«Paucis admodum temporibus transactis, ob quandam cupiditatis rapacitate, omnibus ab hac possessione remotis iure dominandi, accessit in ea Sancio Garseanis, et aliquantis per annis dominator extitit huius possessionis. Sed posteaquam ab ore predicte Mentie ego Sancius rex, germanus eius, omni veritate agnovi, per mea manu fratri meo abstulit, et pro mee anime remedio iterum ad honorem beati Emiliani eodem palatio cum omni sua hereditate redire feci...»

 (‘Transcurrido muy poco tiempo, Sancho García, movido por un deseo rapaz de enseñorearse de estas apartadas posesiones, accedió a ellas y durante bastantes años ejerció el dominio sobre esas posesiones. Pero, más tarde, yo el rey don Sancho, su hermano, tuve conocimiento por boca de la dicha Mencía de toda la verdad, y por mi mano expulsé a mi hermano y, para remedio de mi alma, hice entregar de nuevo ese palacio con todas sus heredades en honor de San Millán’).

      Según el monje redactor de la Chronica naiarensis (escrita hacia 1185/1190), el infante don Sancho habría tenido, efectivamente, que abandonar el reino de su hermano algún tiempo antes de 1063, a causa de un amor incestuoso hacia una de sus medio hermanas, que había sido dada por esposa a don Sancho, el heredero del reino castellano:

«Inter hoc Santius rex desponsauerat sibi filiam regine Stephanie. Que cum ad ipsum duceretur, infans domnus Santius, quem rex Garsias Pampilonensis ex concubina habuerat, saltum in uiam dedit quia nuntii amoris celo truciabantur. Rapuit eam et cum ipsa ad regem maurorum Cesaraugustanum se contulit et ad patruum suum regem Ranimirum, qui eum pro sua probitate et armorum nobilitate quasi filium diligebat. Quod rex Santius ulcisci desiderans Caesaraugustam cum suo perrexit exercitu. Cui Ranimirus rex cum suis in loco qui Gradus dicitur occurrens ab eo in bello interfectus est» 99.

(‘Entre tanto, el rey Sancho se desposó con una hija de la reina Estefanía. Cuando la conducían a su encuentro, el infante don Sancho, que el rey García de Pamplona tuvo en una concubina, teniendo de ello noticia, la asaltó en el camino, pues le mataban los celos. La raptó y se refugió con ella junto al rey moro de Zaragoza y junto a su tío paterno el rey Ramiro, que le quería casi como a un hijo por su entereza y valor en las armas. El rey Sancho, deseando vengarse, se dirigió con su ejército a Zaragoza. El rey Ramiro fue muerto en el combate cuando le salió al encuentro con los suyos en un lugar que llaman Grados’).

      Los historiadores modernos han dado completamente de lado esta narración considerándola puramente legendaria 100. Pero, en principio, no veo por qué un rapto y un incesto han de considerarse propios sólo de una invención literaria, y en modo alguno parte de la realidad vital del siglo XI en que la amplísima concepción eclesiástica del «incesto» desdibujaba la frontera del tabú 101. En un documento de 1054 (Cartulario de Irache, f. 4a) se da noticia de otro incesto entre hermanos, contemporáneo al denunciado por la Chronica naiarensis, ocurrido en la propia familia real navarra:

«Hec est carta donationis, quam ego Fronilla Garsie regis filia et regine domne Tote facio... Ego Froni(l)la mos [= moriente] uiuenteque matre mea absenteque sorore mea, que peccauit et fornicata est cum fratre suo...» 102.

(‘Ésta es una carta de donación que yo, Fronilda, hija del rey García y de la reina doña Tota hago... Yo Fronilda en la hora de la muerte y siendo viva mi madre y estando ausente mi hermana, que pecó fornicando con su hermano...’).

      Risco cree que el rey don García nombrado en este documento es el de Nájera, y supone que la reina doña Tota sería la madre del infante don Sancho (y de doña Mencía y doña Sancha); en tal caso, el incesto a que alude doña Fronilda sería el mismo que cuenta la Chronica naiarensis 103. Pero creo que el rey García de Nájera no tuvo más mujer legítima que doña Estefanía, y, por  tanto, sospecho que el padre de doña Fronilda (y de su hermana incestuosa) es García Ramírez, el hijo del régulo de Viguera don Ramiro, llamado en alguna ocasión rey por sus descendientes 104. [Queda, pues, el dato como muestra de que en la familia real navarra podían darse tales relaciones entre hermanos, en la «realidad» y no solamente en la «literatura»].
      El relato de la Chronica naiarensis contiene varias precisiones históricas comprobables, junto a otras noticias cuya historicidad no nos consta, pero que no repugnan a nuestros conocimientos históricos: Don Sancho, el hijo de Fernando I de León, cruzó con una hueste por Zaragoza y combatió en Graus, 8-may.-1063, con el rey Ramiro de Aragón (confederado a la sazón con su sobrino el rey Sancho de Navarra); en la batalla fue muerto el rey aragonés 105. Por esas fechas, Sancho Fernández, a quien su padre tenía reservado, como herencia, el reino de Castilla, con las parias de Zaragoza 106, tenía ya unos veinticuatro o veinticinco años 107, pero estaba por casar 108, en el vecino reino de Nájera y Pamplona las cuatro hijas de la reina Estefanía, hermanas del joven rey Sancho Garcés, ocupaban una posición política muy destacada 109; la permanente rivalidad entre Burgos y Nájera por el dominio del valle del Ebro, pudo aconsejar hacia 1059-1062 110, el concertar el enlace matrimonial de Sancho Fernández con una de sus primas, sin atender a las exigencias eclesiásticas que obstaculizaban tales pactos considerados «incestuosos». Por otra parte, nos consta que si en 1057 el infante don Sancho, hijo primogénito del rey don García habido en una concubina, se hallaba en la Navarra del Ebro, honrado y poderoso, en compañía de su hermano el rey y de la infanta doña Mayor, una de las hijas de doña Estefanía 111, después de esa fecha no vuelve a confirmar los documentos de Sancho Garcés.
      En fin, las noticias que he podido reunir sobre este infante don Sancho «expulsus a regno», no desentonan respecto al esquema biográfico del «Ihante» que salió para al-Andalus trazado por Abū Bakr b. Abd al-Rah̣mān. Si la muerte en Rueda de este infante, consuegro del Cid y abuelo de García Ramírez el Restaurador, reseñada por el arzobispo don Rodrigo fuera segura como la de su hermano el infante don Ramiro, señor de Calahorra, no dudaría en atribuirle la famosa quema de la mezquita de Elvira.

Diego Catalán, "El Cid en la historia y sus inventores."(2002)

NOTAS

1 Huici Miranda, «Un fragmento inédito de Ibn ‘Idarī sobre los almorávides», Hespéris-Tamuda, II (1961), 43-111 (el texto árabe en las pp. 46-111); e Ibn ‘Idarī, al-Bayān al-Mugrib. Nuevos fragmentos almorávides y almohades. Traducidos y anotados por A. Huici Miranda, «Textos Medievales» 8, Valencia 1963 (cita abr.: Nuevos fragmentos).

2 Desconozco la biografía de este historiador. Inicialmente, pensé que se trataría de Abū Bakr Ah̣̣̣̣mad b. Abd al-Rah̣mān, maestro kairuanés del siglo XI, muy relacionado (a través de sus propios maestros y de sus discípulos) con al-Andalus (cfr. H. R. Idrīs, «Deux maîtres de l’école juridique Kairouanaise sous les Zirides –XI siècle– Abū Bakr b.Abd al-Rah̣mān et Abū Imrān al-Fāsi», Annales de l’Institut d’Études Orientales, XIII, 1955, 30-60); pero este personaje murió, al parecer, en 432 ó 435 (=1040 ó 1043), con anterioridad a los sucesos reseñados en el pasaje citado a continuación.

3 Reproduzco básicamente la versión castellana del pasaje que da Huici, Nuevos fragm., p. 112. Huici traduce «infante», «inhante»; pero tanto la transcripción árabe hecha por el propio Huici, como la fotocopia del ms. original (que poseo gracias a la amabilidad de Huici), obligan a transliterar «ilfant(e)», «ilhant(e)».

4 La Laguna de Tenerife, 1963; en el curso de mis trabajos sobre historia de la historiografía.

5 En que procuré situar al «Ihante» en el escenario político de la España de Alfonso VI, o, si se prefiere, de la España del Cid («Sobre el ihante», Al-Andalus, XXXI, 1966, 209-235).

6 Catalán, «La pronunciación [ihante] por /iffante/ en la Rioja del siglo XI. Anotaciones a una observación dialectológica de un historiador árabe», RPh, XXI (1967-68), 410-485 [reed. en Catalán, El español. Orígenes de su diversidad (1989), pp. 267-295, con un mapa].

7 Moret, Annales, lib. XIV, c. II, §§ 21-22.

8 En este orden. Más las infantas doña Urraca, doña Ermesinda, doña Ximena y doña Mayor.

9 Así, por ejemplo, en docs. de S. Mill. de 1055 (11-mz.) 13-jul.- 1059, 1063, nov.-1065. Posteriormente se hallan también confirmaciones de las infantas (doña Ermesinda, doña Ximena y doña Mayor).

10 Y otras dos hijas: doña Mencía (casada con Lope Fortúnez, que fue dominante en Nájera y Calahorra, hijo de Fortún Ochoiz), S. Mill., pp. 155-156 (17-feb.-1050 y 27-dic.-1073), y doña Sancha (señora de varios monasterios), S. Mill., pp. 170-172 (1058).

11 [Acerca de la controvertida fecha de composición de la Historia Roderici, véase el Apéndice I].

12 Ms. I, fol. 78 r y v. Ed. Menéndez Pidal, en Esp. Cid 5 (1956), II, «Fuentes históricas» 5, § 18 [o ed. Falque, et alii, 1990, § 18].

13 Gómez Moreno, «Anales castellanos», en Discursos leídos ante la R.A.H. el día 27 de mayo de 1917, Madrid, 1917, pp. 9 y 21-22, consideró que los Annales compostellani y el Chronicon burgensis remontaban a unas *Efemérides riojanas, localizables en la Calzada y escritas bajo dominio navarro. [Pero, después de estimar nuevamente los datos analísticos comunes a las dos series analísticas, insisto en mi disentimiento respecto a la autorizada opinión de don Manuel].

14 Ed. Flórez, Esp. Sagr., XXIII, p. 321: «Era MCXXI. Fuit interfectio apud Rodam: ubi & Gondesalvus Comes interfectus».

15 [Corrijo la fecha que en la 1.a ed. de este trabajo consignaba. Véase el Apéndice n.o II acerca de esta cuestión].

16 La Crónica najerense estaba bien informada sobre la conexión del infante don Ramiro con el monasterio najerense: «Iste Aldefonsus sub era MCXVIIa dedit monasterium Naiarum cluniacensibus monachis et sub era MCXIXa infans Ramirus dedit Uillam Auream et cetera» [ed. Estévez, 1995, lib. III, § 19], ed. Cirot, en BHi, XI (1909), pp. 277-278. Sobre la donación a Cluny en 3-set.-1079, vide Fita, «Nájera», 261-264; y respecto a la donación por el infante de Villoria, con Torrecilla y Trevijano, a Santa María de Nájera, 18-ab.-1081, Menéndez Pidal, Esp. Cid 5, pp. 821-822.

17 Eds. Cirot, BHi, XI (1909), 278 [y Estévez, 1995, lib. III, § 20].

18 Menéndez Pidal, Esp. Cid 5, II, p. 739. piensa que la noticia figuraba en el texto de la Historia Roderici manejado por los compiladores alfonsíes. Yo la creo («El Mio Cid de Alfonso X», 1963, p. 208, n. 49) fruto del trabajo compilatorio de los redactores de la Estoria de España, que tuvieron repetidamente en cuenta los datos de un texto analístico desconocido, especialmente interesado en los sucesos navarro-aragoneses [puede verse aquí adelante, cap. IV del presente libro, n. 49].

19 Sobre la fecha de composición de esta parte de la Estoria de España, véase Catalán, De Alfonso X, 97-203. En la sección que ahora nos interesa, la Primera crónica (PCG) editada por Menéndez Pidal refleja bien el proyecto alfonsí de Estoria de España (Catalán, «El taller alfonsí» (1963), p. 373 [o La Estoria de Esp. de Alf. X, cap. II, p. 53]).

20
El pasaje figura, tanto en la Primera crónica general (cap. 864), como en la Crónica de veinte reyes [que hereda la redacción de 1282/84 o Versión crítica de la Estoria de España].

21 Doña Estefanía lo nombra a continuación del rey don Sancho, en su testamento arriba citado. En los documentos, la firma de don Ramiro precede siempre a las de don Fernando y don Ramón.

22 «Ego igitur Ranimirus, prolis Garseani regis, a parentibus meis me concessa urbe Kalahurra...», 13-jl.-1059, S. Mill., p. 174.

23 Su madre, doña Estefanía, vino en 1038 a Navarra, traída desde Barcelona por el rey don García (según doc. fechado en Tiermas, 1038. ed. Ubieto, Estudios, pp. 227-228). La carta de arras se fecha en 1040 (¿habría ya nacido el heredero?). Don Sancho, si nació antes que ninguna de sus hermanas, andaría por los catorce años al heredar el reino. Y don Ramiro sería, claro está, aún menor.

24 S. Mill., p. 166.

25 Moret, Annales, lib. XIV, c. I, § 22.

26 Según los Annales compostellani (del Tumbo Negro), «Era MXCVI. VIII Kal. Jun. Regina Stephania, uxor jam dicti Regis Garsiae, cui non successit filius postea in omni Castella» (ed. Flórez, Esp. Sagr., XXIII, p. 319). Moret, Annales, lib. XIV, c. I, §§ 32-34, cita un doc. de Nájera, era 1098, día antes de los Idus de Mayo, en la luna octava (14-may.-1060), de la reina doña Estefanía, muy problemático.

27 En su testamento (sin fecha), doña Estefanía repartió las posesiones que tenía al Sur del Ebro, entre sus hijos e hijas; don Ramiro recibió Leza, Soto, Ciellas, Alficero, Torrecilla de Cameros y Larraga.

28 S. Mill., pp. 174 y 175.

29 S. Mill., pp. 189, 193, 197, 203, 214.

30 «Frater regis Ranimirus dominator Sancti Stephani» (Irache, p. 61). Cabe dudar de la fecha, en vista de que el 5-mz.-1069 y en 1-en.-1071 figura como tenente de San Esteban Ximeno Garcés (Irache, pp. 59 y 64). Según destacó ya Serrano, S. Mill., p. LVII, n. 4, las confirmaciones en docs. de Irache del infante don Ramiro ocurren desde 1071 a 1074. [Ubieto, Los tenentes (1973), no es consistente en su intento de adscribir a una tenencia diversa, que sitúa en «San Esteban de Resa», parte de las confirmaciones que consignan el nombre de «Sancti Stephani», cfr. sus pp. 11, 24 y 37 y sus pp. 158-159].

31 Irache, pp. 65-73.

32 El equipo saliente estaba constituido por el alférez Fortún Íñiguez (6-ag.-1072-1074), el mayordomo García Fortún (1-en.-1071-1074), el estabulario Lope Vélaz (1-en.-1071-1074), el pincernario Íñigo Fortún (1072), el forturario Sancho Pérez (1072) y el botiller Lope Mómez (1064-1074). El 12-en.-1076 figuran como alférez Íñigo Sánchez, como mayordomo Lope Belascóiz, como estabulario Lope Íñiguez y como forturario García Argentero; en otro documento de 1076 aparecen estos mismos oficiales, pero se precisa que Lope Belascóiz es, además de mayordomo, botiller; [en un doc. de 1074, sin mes, de Valv., núm. 70, ya figuran el alférez, mayordomo y estabulario del nuevo equipo]. Anteriormente, Sancho Garcés había renovado profundamente los oficios de su corte entre 1070 y 1071, entre 1066 y 1067, entre 1064 y 1065 y entre 1060 y 1063.

33 En 1074 aparece aún «Infans domnus Ranimirus dominator Sancti Stefani»; el martes 12-en.-1076 figura ya «Senior Garcia Sansoiz in Sancto Stephano» y lo mismo en otro documento de 1076, sin mes. Después del regicidio de Peñalén, este personaje continuó con la tenencia de San Esteban, bajo Sancho Ramírez de Aragón, 1078, 1080, etc. (Irache, pp. 73, 74, 76, 79, 80).

34 En 1070 y 1-en.-1071 tenía la tenencia de Calahorra el señor Fortún Garcés (Irache, pp. 63, 66); en 6-ag.-1072 y en. 1074 (dos docs.), mientras el infante don Ramiro aparece como «dominator» de San Esteban, el «dominator» de Calahorra es el señor Íñigo Aznar (Irache, pp. 66 y 73, «Valb.» p. 510); después, en 12-en.-1076 y 1076 sin mes, cuando García Sanchóiz es el tenente de San Esteban, Íñigo Aznar continúa con Calahorra (Irache, pp. 74, 75, 76).

35 La fecha del regicidio consta en el Calendario de Leyre (Moret, Investig., libro III, c. IV, § 26): «II. Nonas Iunii. Sancius Rex minor. Era M.C.XIIII».

36 Véase: Irache, p. 82, y Moret, Investig., lib. III, c. IV, §§ 20 y 28 [ahora mejor, Martín Duque, Leire, § 106, p. 157].

37 En la expedición de socorro a Aledo, acompañaba a Alfonso VI el «Infante Garsea prolis Sancio Naiarense in Toleto sedentem», quien confirma, el primero de todos los confirmantes, un documento datado en el campo de Chinchilla, 25-nov.-1089 (S. Mill., pp. 275-276). [En la misma posición destacada confirma el fuero otorgado por Alfonso VI a Logroño estando en Alberite, a donde ha acudido en ayuda del conde García Ordóñez, mal fechado en la copia conservada en el año 1095, que habrá que corregir en 1092 (Gambra, Alf. VI. Dipl., núm. 134): «Domnus Garsias ynfans filius domni Ssançi regis»]. En una carta de Oña, 1-my.-1092 (Oña, 127-129), de Alfonso VI, consta: «Garsea et alter Garsea, germani filii Sanctii regis Naiarensis. Fredinandus et Reymundus, confirmans» [por más que Gambra, Alf. VI. Dipl. (1998), p. 308, tilde de «falso» a este documento, su nómina de confirmantes tiene que proceder de un documento auténtico, según deja ver el propio Gambra en el uso que de este documento hace en 1997, Alf. VI. Est., pp. 495-496). Es de creer que uno de los dos García sea legítimo (Gambra, Alf. VI. Est., p. 495, lo identifica como hijo de la reina Placencia) y el otro ilegítimo, para que lleven igual nombre]. También quedó en el reino de Alfonso VI la reina navarra, doña Placencia, que en 1077 confirma un doc. de Diego Álvarez, señor castellano dominante en el río Tirón [y en Oca].

38 Ed. Lacarra, «Textos navarros en el Códice de Roda», EEMCA, I (1945), 260 y foto. El escoliador que consignó estas efemérides es el mismo que escribió la famosa Nota emilianense rolandiana; cfr. G.Menéndez Pidal, «Sobre el escritorio emilianense en los siglos X a XI», BRAH, CXLIII (1958), 12-18, y R. Menéndez Pidal, La Chanson de Roland y el neotradicionalismo, 1959, p. 355). Ocupada Nájera, Alfonso VI hace constar (al tiempo que restaura los antiguos fueros de la ciudad, 1076): «Impiissima fraude interfecto rege Sancio, Garsie strenuissimi regis filio, ego Adefonsus, filius Fredilandi regis, successi in regno...» (S. Mill., p. 233).

39 [Ed. Gambra, Alf. VI. Dipl., núm. 41].

40 [Doc. del 1-mar.-1075 «regnante rex Aldefonsus in Castella et in Legione, et sub eius imperio dominans in Cereso Pedro Iohannes et sub ille Domingo Iohannes, et in Ibriellos senior Didago Alvareç et sub ille Didago Gudistioç» («Valb.», pp. 511-512, núm. 69; Valv., núm. 72). En otro doc. de 1073 («Valb.», p. 509, núm. 66; Valv., núm. 68) figuran «dominans in Cereso senior Peitro Morielleç et in Ibriellos senior Didak Albariç et sub ille senior Didaco Gudistioz»].

41 [Estuvo casado con Ticlo Díaz, hija de Diego Álvarez y hermana de Alvar Díaz, el cuñado de Garcí Ordóñez: «Ego igitur domna Ticlo, filia de senior Didaco Albarez... cum consensu domnu meo comite Lope Ennecones...», 14-mar.-1079 (S. Mill., núm. 239, p. 245)].

42 [En 1074, «Sancius, rex in Nagera et in Pampilona (siendo «Adefonsus rex in tota Castella et in Legione» y «Sancio Ranimiriz in Ripacurcia et in Aragone») hace una donación a Valbanera («Valb.», pp. 509-510, núm. 67; Valv., núm. 70), confirmada por su hermano «Reimundus» y su hermana «Ermisenda» y por el «Comes Enneco Lopez dominator Nagera» e «illius filius Lope Ennecones dominator Alberiti» encabezando la lista de magnates. En otro documento (S. Mill., pp. 234-236) fechado en la «era millessima centessima quarta decima» (a. 1076), junto a Íñigo López «senior et consul», confirman el «senior Lope Ennecones filius eius et Garcia Ennecones et Galindo Ennecones et domna Mencia germani eius» y, tras el «comite domno Gunsalbo», «Didaco Albarez».

43 [Íñigo López, al casarse con Tota Fortuniones» hija de Fortun Sánchez, el colactáneo de Sancho el Mayor y aitano o bonopater del rey García de Nájera (que fue tenente de Nájera y murió junto a su rey en la batalla de Atapuerca) vino a formar parte de la más poderosa familia nobiliaria del reino navarro]. Íñigo López tuvo Nájera por Sancho Garcés durante la mayor parte del reinado: según documentos de

Valbanera, desde 1064 (7 abr.) hasta 1075 (10 en.).

44 «Enneco Lopez... totius Vizkahie comes» (con la confirmación de sus hijos Lope, García, Galindo y Mencía) dona Camprobín a San Millán en la era 1114 «pro anima uxoris mee domne Tote» (S. Mill., núm. 227, pp. 234-236, doc. ya cit. en la n. 42) reconociendo con esa fórmula el señorío de Alfonso VI.

45 Se ha observado (Menéndez Pidal, Esp. Cid 5, pp. 726-727, [y, con mayores precisiones, Gambra, Alf. VI. Est., pp. 671-702]), que desde 1077 Alfonso VI comienza a titularse «totius Hispanie imperator»; creo que la causa inmediata del nuevo título fue la anexión del reino de Nájera y el vasallaje del rey aragonés (cfr. García Gallo, «El imperio med.», 1945, y Ubieto, «Homenaje de Aragón a Cast.», EEMCA, III, 1947-48, 7-28); Menéndez Pidal (Esp. Cid 5, pp. 234-235) consideró determinante para la introducción de esa titulación la política papal de reivindicar para la sede de San Pedro la propiedad de todo el reino de España (28-jun.-1077) [y Bishko, «Fernando I y Cluny», 1969, reelaboró esa tesis considerando que Alfonso VI contrarrestó la ofensiva de Gregorio VII renovando la vinculación de su reino a la abadía de Cluny (10-jul.-1077) y adoptando el título imperial. Gambra (Alf. VI. Est., pp. 696-702), razona en favor de una hipótesis ecléctica, comentando «la complejidad de la coyuntura interna y externa» en que «precisamente en 1077» se hallaba el rey leonés y su ambiciosa política pan-hispánica. Es de notar que en la documentación particular de Tobía, «Belasio scriba» acepta el 14-oct.-1078 la fórmula «regnante rex Adefonsus in Spania» en substitución de «regnante rex Alfonsus in Leione et in Castilla et in Naggara», que venía usando hasta el 5-jun.-1078].

46 Moret, Annales, lib. XIV, c. IV, § 81.

47 Moret, Annales, lib. XIV, c. IV, § 82.

48 Fita, «Nájera», pp. 261-264 [Gambra, Alf. VI. Dipl., núm. 65].

49 [El Carmen Campidoctoris, que recuerda esta «segunda» lid campal del Campeador consignando sólo la prisión de don García («...comitem superbum») (ed. Menéndez Pidal, en Esp. Cid 5, cap. XX.2)].

50 [El juglar del Mio Cid hace que sea el propio Rodrigo quien recuerde al conde burlonamente, en el curso de las Cortes de Toledo, su deshonrosa prisión en Cabra].

51 El nombre de la infanta casada con Fortún Sánchez consta en un doc. de 1100 por el que ambos cónyuges («ego Fortunio Sangiz et uxor mea infante donna Ermisenda») hacen una donación en Huesca, bajo Pedro I, antes de partir para Tierra Santa (R. del Arco, Huesca en el siglo XII, Huesca, 1921, p. 130).

52 No me consta si su casamiento con la infanta doña Urraca tuvo lugar en vida de Sancho Garcés o después de la anexión del reino de Nájera por Alfonso VI [Gambra, Alf. VI. Est., p. 598, sospecha que fue después de la anexión, y el hecho de que la Historia Roderici sólo considere yerno del rey don García a Fortun Sánchez en el relato de la batalla de Cabra favorece esa hipótesis]. No obstante, sorprende que doña Urraca nunca aparezca confirmando junto a sus hermanas los documentos de Sancho Garcés, lo cual se explicaría mejor suponiéndola casada fuera del reino navarro.

53 [Doc. fechado el lunes, 18 de enero de 1070 (S. Mill., núm. 197, pp. 204-205)].

54 Según ya hizo constar Menéndez Pidal, Esp. Cid 5, 714 y 839, García Ordóñez figura como «armiger regis» el 24-jn.-1074. [Gambra, Alf. VI. Est., p. 566, comprueba que en el puesto de «armiger» (‘alférez’), sólo se le documenta desde 20-feb. a 1-jul.-1074 (no lo era aún en 10- nov.-1073; no lo era ya en 1-en.-1075)]. La primera vez que se titula «comes» es como uno de los dos «fidei jusores» (junto con el conde Pedro Ansúrez) en la carta de arras del Cid a doña Ximena, 19-jul.-1074 [En el cursus honorum de los magnates es habitual que el paso por la alferecía regia preceda inmediatamente a la concesión del título de conde]. Frente a lo que suele creerse no era «comes in Nazara» en 1077 (véase n. 58).

55 Ya Menéndez Pidal (Esp. Cid 5, pp. 731-734) intentó reunir las noticias documentales referentes a los hermanos nombrados por la Historia Roderici, pero no acertó bien a distinguirlos de otros personajes homónimos contemporáneos [; menos afortunado es aún en el tratamiento de la cuestión Ubieto, Los tenentes, s.v., ya que llega incluso a mezclar al famoso «nutritius regi» de García Sánchez, muerto con su ahijado en Atapuerca, con varios personajes que le sobrevivieron]. Bajo Sancho Garcés, tres Fortún Sánchez tenían respectivamente a Buradón, Falces y Esleves (1065). El señor de Buradón (1063 y 1065) lo era ya con el rey García (así como de Portilla, Marañón y Laquión, 1040); quizá tuvo en alguna ocasión a San Esteban (1044); probablemente es el premiado en 1058 (?) por el rey don Sancho («propter fidelem servitium quod fecisti mihi») con unos solares en Zambrana (Alava) y el que en 1083 donaba unos palacios en este mismo lugar; y pudiera ser el casado con Tota Fortúñez de Cillegieta y muerto antes de 1088 (año en que su viuda hace donaciones por su alma). Por otra parte un Fortún Sánchez y un Lope Sánchez ocupan puestos palatinos simultáneamente: En los documentos de Irache (Irache, pp. 19-76) Fortún Sánchez figura, sin solución de continuidad, como mayordomo, en 10-en.-1067, 1067, 1068, 5 y 22-mz. 1069, 1070 (antes lo habían sido: Ximeno Manzones 1054, 1060, 1060; García Íñiguez 7-feb.-1063, 1063, varios de 1063 que Lacarra, razonablemente, fecha en 1064 y otro de ese año 1064, e Íñigo Sánchez 13-abr.-1066, 21-jl.-1066; después lo serán García Fortún 1-en.-1071, 6-ag.-1072, 1072, 1072 y Lope Belascóiz 12-en.-1076, 1076) y Lope Sánchez como estabulario en 5-mz.-1069 y en 1070 (antes lo habían sido: García Garcés 1054, 1060, 1060, 7-feb.-1063; García Sanchóiz 1063, varios de 1063 que deben fecharse en 1064 y otro de ese año 1064 y Fortún Álvarez 13-abr.-1066, 21-jl.-1066, 1-en.-1067; luego lo serán: Lope Vélaz 1-en.-1071, 6-ag.-1072, 1072, 1074 y Lope Íñiguez 12-en.-1076, 1076). Son problemáticos otros documentos anteriores en que figura Fortún Sánchez como oficial del rey: Por ejemplo, el doc. de S. Millán de 1058 en que aparecen un mayordomo y un señor Fortún Sánchez ofrece una lista de confirmantes que sólo corresponde a 1068-1070; también es dudosa la fecha 1058 de un doc. en que se premia a un Fortún Sánchez y en que otro aparece como alférez. Menéndez Pidal supone que nuestros hermanos son el mayordomo y el estabulario de en torno a 1070, lo cual es muy probable; en cambio, no es cronológicamente aceptable la identificación del marido de doña Ermesinda (que en 1100 se preparaba para ir en peregrinación, cfr. n. 51), con el Fortún Sánchez que fue alférez (1040, 1043, 1049, 1050) del rey García de Nájera.

56 La Historia Roderici, §§ 7-9 (ed. Menéndez Pidal en Esp. Cid 5, pp. 921-922) [o ed. Falque, et alii, 1990], hace constar: «Captus est igitur in eodem bello comes Garsias Ordonii et Lupus Sanctii et Didacus Petri et alii quam plures illorum millites. Habito itaque triumpho, Rodericus Didaci tenuit eos captos tribus diebus. Tandem abstulit eis temptoria et omnia eorum spolia et sic permisit eos absolute abire».

57 [En «Sobre el ihante», 1966, p. 218, di por buena la datación tradicional de la batalla de Cabra, considerándola, por tanto, posterior al regicidio de Peñalén].

58 Creo que García Ordóñez no recibió el gobierno de Nájera hasta regresar de tierra de moros. El doc. de 1077 de San Millán, citado por Menéndez Pidal (Esp. Cid 5, p. 714), en que figura «Garseas comes in Nazara» (S. Mill., 239-240), hay que fecharlo mucho después, en vista de los confirmantes. [Sorprende que Gambra, Alf. VI. Dipl., núm. 52, nada objete a su datación, ya que en otras ocasiones hace constar que el hijo del conde Gonzalo Salvadórez «Gomessanus comes in Borouia» que confirma ese documento «no accedió a la dignidad condal antes de 1099» (p. 411) y que el «senior Garsia Alvares», que también confirma tras «Alvaro Didaz» y se señala que es «suus filius», sólo se documenta en los diplomas reales «a partir de la década de los noventa» (p. 126); en fin, el merino de Castilla Tello Díaz, que asimismo confirma, obliga también a llevar la lista de confirmantes a ese tiempo. En cuanto al «Blasconi abbati» nombrado resulta obvio que no es aquel cuya última aparición es de 1093, sino el sucesor de García (éste figura hasta 7-abr.-1098), que aparece en docs. de may.-1102, 1103, 1106, 1108 (S. Mill., núms. 290-295)].

59 Es de notar que en 1078 hay un señor Vermudo Echavídaz, merino en Nájera, bajo Martín Sánchez.

60 Véase «Valb.», pp. 515, 523, 530, 577; S. Mill., pp. 239, 244, 250, 251, 253, 254; Irache, p. 81; Esp. Cid 5, pp. 714-715; [Gambra, Alf. VI. Dipl., núm. 67].

61 Menéndez Pidal, Esp. Cid 5, pp. 715, 821-822.

62 Historia Gothica o De rebus Hispaniae, Lib. V, cap. XXIIII, (eds. en P. P. Toletanorum... Tomus tertius. Roderici Ximenii de Rada, Toletanae ecclesiae praesulis, opera ... Em. Dom. Francisci Cardinalis de Lorenzana... Matriti, 1793 [y por Fernández Valverde, en «CChCM», LXXII, 1987].

63 British Museum, Cotton Ms. Julius A. XI, f. 89-97. Ed. J. González, El reino de Castilla en la época de Alfonso VIII, II, p. 458.

64 Esp. Cid 5, pp. 820-822.

65 Crónicon Villarense, ed. M. Serrano y Sanz, en BRAE, VI (1919), 210; y L. Cooper, El Liber Regum, Zaragoza, 1960. [Acerca del contenido y de la fecha en que se redactó el Liber regum original, vide Catalán, La épica española, II, n. 1 (pp. 123-124)].

66 Ed. G. Cirot, «Une Chronique latine inédite des Rois de Castille (1236)», BHi, XIV (1912), 115-116; o ed. M. D. Cabanes, Crónica latina de los Reyes de Castilla, Valencia, 1964, p. 21. [Véase ahora, ed. Charlo, 1997, § 5, p. 39].

67 R. del Arco, «Dos infantes de Navarra señores de Monzón», Príncipe de Viana, X (1949), 249-274, adujo ya esta donación de Alfonso I a Saint Pons de Tomières, hecha en Monzón, jl.-1105, en que aparece el patronímico de don Ramiro haciendo notar que el documento es una copia, «hecha entre 1160 y 1170, con todos los caracteres de autenticidad». La confirmación fue asimismo comentada por G. de Pamplona, «La filiación y derechos al trono de Navarra de García Ramírez el Restaurador», Príncipe de Viana, X (1949), 275-283.

68 [Cfr. Moret, Investig., p. 679; Menéndez Pidal, Esp. Cid 5, p. 824; Ubieto, Los tenentes s.v. Monzón; Lacarra, Doc. reconq., § 336].

69 Ed. en Flórez, Reynas, I, pp. 481-494, «conforme se halla en un Ms. de San Martín de Madrid, de letra de Juan Vázquez de Mármol, y en otros de Toledo, y de la Real Bibliotheca de esta Corte, aunque en éstos no tan completa» (p. 188). Otra ed., menos fidedigna, en Semanario Pintoresco Español, 35, 1-set.-1850, 283-285. En los mss. L.j.12 de El Escorial y 1376 de la Bibl. Nacional se hallan sendas copias del siglo XVI, debidas a Ambrosio de Morales, de «un libro (h)arto antiguo del archivo de la ciudad de Toledo... (y parece por el tiempo que los escribió don Rodrigo Ximénez, Arçobispo de Toledo)», el cual incluía un fragmento del Libro de las generaciones refundido c. 1220 en Toledo o Liber regum 2, junto con los Anales toledanos I y II [al igual que en la copia de Juan Vázquez].

70 Sigo la ed. Flórez (p. 488). En el Semanario falta lo comprendido entre un «ovo fillo al Infant don Ramiro» y otro. A su vez, Mor. 1 (ms. L.I.12, f. 238 ó mod. 239) y Mor. 2 (ms. 1376, f. 386 v ó mod. 388 v) duplican la frase «el rey don Sancho» anticipándola inicialmente entre «al r. d. S.» y «el q. m. en Penialosa»; la segunda vez que aparece va seguida de «el q. m. en Peñafiel» (en Mor. 1 lo comprendido entre «Penialosa» y «Peñafiel» va interlineado). El conde don Pedro de Barcelos utilizó en su Livro das Linhagens (hacia 1340-1344) un Libro de las generaciones (o Liber Regum) que contenía este pasaje exactamente como los textos castellanos (si salvamos las lagunas por homoioteleuton): «... e elrrei dom Garçia de Nauarra ouue dous filhos, elrrey dom Sancho [...] o que mataram em Penella, ouue filho o iffante dom Rramiro o que matarom em Roda a traiçam. E o iffante dom Samcho filho delrrey dom Garçia de Nagera ouue filho o iffante dom Ramiro, e filhou por molher a filha de mey Çide o campeador...» (ms.da Torre do Tombo, Casa Forte E. 3, P. 8, n.o 144, f. 26). El Libro de las generaciones navarro de hacia 1260, derivado directo del Liber regum 1, no sabemos cómo diría en su original, pues sólo lo conocemos en la copia de Martín de Larraya (s. XV; ms. Esc. N-I-13) que ofrece en este punto una enorme laguna, ya que salta desde un «infant» a otro bastante lejano: «Este rrey don Garcia de Nauarra ouo dos fijos, al rrey don Sancho que mataron en Peyñaloem en hera mil CLXXIIIIº. E el infant don Remiro caso con la fija de meo Çid...» (f. 20 v ant., 27 v mod.). Sobre la relación de estos diversos textos con el que contiene el códice villarense y entre sí, véase D. Catalán, De Alfonso X, 365-408; [hoy creo preciso suponer que el Conde de Barcelos utilizó conjuntamente un Libro de las generaciones de c. 1260 similar al copiado por Larraya (ya que ambos contienen la misma Historia de los reyes de Bretaña basada en el Brut de Wace) y un manuscrito de la Refundición toledana o Liber regum 2].

71 Cfr. atrás, n. 18.

72 Véase n. 69.

73 La primitiva redacción navarra del Libro de las generaciones o Liber regum, incluía ya la genealogía de la madre de García Ramírez, Christina, hija del Cid y descendiente de Laín Calvo (Catalán, «El Toledano romanzado», 1966, p. 21, n. 50 [o La Estoria de Esp. de Alf. X, 1992, cap. III, n. 97; y La épica española, 2000, cap. II, nn. 1, 2]. De los Anales navarro-aragoneses hay ed. antigua del ms. n.o 1 del Arch. General de Navarra, s. XIV, en P. Ilarregui y S. Lapuerta, Fuero General de Navarra, 1869, pp. 144-146; Ubieto, Corónicas navarras, 1964, lo reeditó utilizando el mismo ms. y otro, también del s. XIV, del Arch. de la Catedral de Pamplona; convendría tener presentes otros mss. que mejoran el texto publicado (cfr. la n. 50 de «El Toledano romanzado» [o la n. 97 de La Estoria de Esp. de Alf. X]).

74 Las noticias documentales son escasas. Las reunió ya Moret, quien cita (Annales, lib. XIII, c. 3, § 37) tres «instrumentos de San Millán, Yrache y Alvelda» (pero no veo que utilice el doc. de Irache).

75 El comportamiento del rey don García coincide con el de su hermano Ramiro I de Aragón, quien puso también el nombre de su padre, Sancho, tanto al primogénito, habido en una concubina (doña Amuña), como al primer hijo de la reina doña Ermesinda (o Gisberga).

76 Reinando el rey don García, el 17-feb.-1050, su hija (ilegítima) doña Mencía, juntamente con su marido Lope Fortúñez (hijo del señor de Viguera), habían dado a San Millán su propio palacio en Tricio (y heredades de él dependientes); pero poco tiempo después, Sancho Garcés (hijo del rey) se apoderó violentamente de tales posesiones, reteniéndolas durante largos años (véase adelante, p. 80 y n. 98).

77 Véase atrás n. 23.

78 El domingo 7-dic.-1057, el rey don Sancho dona a Sancho Fortúñez el monasterio de San Miguel de Bihurco: «Infante Domno Sancio testis, et uxor eius Dona Gontanza testis». A continuación confirma la infanta doña Mayor y detrás varios señores (S. Martín de Alvelda; Arch. de la Igl. Colegial de Logroño, 1 g. 3, núm. 12; «parece sin duda original», Moret, Investig., lib. III, V, § 12).

79 Cf. Oña, I, pp. 65-66 y López Mata, Geogr., pp. 85-86.

80 Historia Roderici, § 3.

81 Cfr. la carta de arras a doña Estefanía, en Moret, Investig., lib. III, c. II, § 5, y Annales, lib. XIII, c. 1, §§ 47-51; la dotación de Santa María de Nájera, en Fita, «Nájera. Est. cr.», pp. 164-170; docs. de S. Mill., 149, 151, 158; López Mata, Geogr., pp. 80, 98; Menéndez Pidal, Esp. Cid 5, mapa «España en 1050»; Balparda, Hist. crít., II, pp. 109-147.

82 Historia Roderici, § 3

83 Cfr. Menéndez Pidal, Esp. Cid 5, pp. 121 y 676.

84 Oña, I, pp. 75-76.

85 Oña, I, pp. 72-73. Cfr. Menéndez Pidal, Doc. Ling., p. 8, n. 1, Esp. Cid 5, p. 123.

86 Oña, I, pp. 73-74.

87 Pérez de Urbel, Sancho May., p. 256.

88 S. Mill., p. 173; cfr. S. Mill., pp. 257 y 260.

89 Pérez de Urbel, Sancho May., p. 256.

90 Ed. por Balparda, Hist. crít., II, p. 131.

91 Annales, I, lib. XIII, c. 3, §§ 11-15.

92 Oña, I, pp. 53-54, 73, 75.

93 Oña, I, pp. 52, 54. La copia confunde la equis aspada de la era M.LXL.III por dos equis, M.LXX.III —era 1073, año 1035—; pero la corrección es obvia, según nota ya Ubieto, Estudios, p. 33 [ó 37].

94 Menéndez Pidal, Esp. Cid 5, p. 123.

95 Cfr. Balparda, Hist. crít., II, pp. 245-250.

96 S. Mill., pp. 155-171. Menéndez Pidal, Esp. Cid 5, pp. 676-677.

97 Pues el doc. fechado el 1-feb.-1064, referente a Bóveda de Valdegovia, que suele aducirse entre los calendados «por los reyes de Pamplona» da como reinante a don García (!), no a Sancho Garcés. «Valpuesta», pp. 374-375.

98 Se trata de una carta de donación, hecha a San Millán en 17-feb.-1050, por Lope Fortúñez y su mujer doña Mencía (hija ilegítima del rey don García) de un palacio que tenían en Tricio (y heredades dependientes). A continuación de esa carta el rey don Sancho (hallándose en compañía de su hermana doña Ermesinda y de la propia doña Mencía) hizo anotar, el 27-dic.-1073, la recapitulación de hechos que citamos en texto, S. Mill., pp. 155-156.

99 Ed. Cirot, BHi, XI, 1909, 270-271; [ed. Estévez (1995), lib. III, § 14, p. 171].

100 Véase, por ejemplo, Menéndez Pidal, Esp. Cid 5, p. 133 [El posible origen épico del relato najerense, que admito en La épica española (2000), cap. I.6.a, no desautoriza el «hecho» relatado, aunque no sirva para documentarlo].

101 Recuérdese, como ejemplo sobresaliente contemporáneo, el incesto (en 1072-1074) de Alfonso VI con su hermana mayor, la infanta doña Urraca, de que nos hablan por separado Abū Bakr ibn al- S̣̣̣ayrafī(† 1161), al-Anwār al-Yaliyya (en Ibn Idarī, al-Bayān al-Mugrib), considerándolo un comportamiento comparable a las costumbres persas, y fray Juan Gil de Zamora (en 1282), en su versión anti-castellana del regicidio ocurrido en Zamora (De praeconiis Hispaniae, ms. 6353 de la Bibl. Nacional, Madrid, f. 56v); también este incesto regio se venía considerando como una «desvergonzada hablilla» o «calumniosa inculpación» hasta la aparición de la referencia árabe contemporánea (cfr. E. Lévi-Provençal y R. Menéndez Pidal, «Alfonso VI y su hermana la infanta doña Urraca», en Al-Andalus, XIII, 1948, 157-166; Huici, Nuevos fragm., 120-121), [y aún hoy los historiadores presuntamente científicos lo consideran una «infamia» atribuible a unos desconocidos enemigos de Alfonso VI, sin tener en cuenta cómo juzgan el caso las fuentes medievales que aportan la información]. Como testimonio de la relativa frecuencia de incestos entre hermanos en las familias poderosas, puede citarse la «burla» (comentada por Cirot, en BHi, XIII, 1911, p. 437) que en el siglo anterior hicieron Céntulo Aznar y su hermana Matrona al marido de ésta, García el Malo, «in orreo in diem Sancti Iohannis» y la venganza que tomó el burlado, según las Genealogías del Códice de Roda (ed. Lacarra, en EEMCA, I, 1945, p. 241); así como los casos reseñados en el Livro antigo o primeiro (hacia 1270) y en el Livro velho do Deão (en torno a 1340) das linhagens (según la ed. en PMH, libros II y I, respectivamente): «D. Mor Garcia ouve hum filho de seu irmão D. Pero Garcia que ouve nome Martim Tavaya...» (II, 176 10-11) ~ «D. Pero Garcia... emprenhou sa irmã D. Maria Garcia e ouve ende hum filho...» (I, 165 35-36); «E esta Maria Mendes rouçoulha seu irmão Gonçalo Mendes e despois leixoua ca lha filhou o arcebispo D. João Ayras de Santiago e casoua como D. Lourenço Soares de Valladares» (I, 152 7-9).

102 Eds. Pérez de Urbel, Sancho May., p. 452, Ubieto, en Hispania- Madrid, X, 1950, p. 19, n. 57, y Lacarra, Irache, pp. 18-19.

103 Esp. Sagr., XXXIII, 247-248. En favor de esta identificación cabría aducir ciertas observaciones geográficas: Las propiedades donadas a Irache por doña Fronilda (hallándose ausente su hermana) se hallaban en Torrillas, junto al Iregua, entre Logroño, Varea y Villamediana; y en esa misma comarca sabemos que dejaría heredadas la reina doña Estefanía a dos de sus hijas, a doña Ermesinda con Villamediana y Matres y a doña Urraca, con Alberite, Lardero y Mugrones.

104 En el año 1050: Fortún Sánchez [el bonopater del rey García de Nájera], con su mujer doña Tota, «pro anima de socer meus regi Garsea Ranimiriz», S. Mill., p. 159. Cfr. Ubieto, «Monarcas navarros olvidados:   Los reyes de Viguera», Hispania-Madrid, X, 1950, 3-24.

105 Menéndez Pidal, Esp. Cid 5, pp. 133-134 y 684-685. La muerte de Ramiro I en la batalla de Graus es indudable, en vista del testimonio concorde de las fuentes árabes y cristianas. El día y el mes constan en el epitafio de San Juan de la Peña (Moret, Investig., lib. III, c. 2, § 59). La batalla se dio en la era MCI, según fuentes varias. Sin embargo, Ubieto (Estudios, pp. 44 [ó 48], 68 [ó 178], n. 34 y 89-90 [ó 199-200]) considera que la muerte del rey debe retrasarse, pues encuentra un documento de Ramiro I, al que califica como «original», fechado en marzo de 1064. La alianza navarro-aragonesa se confirmó en una entrevista de don Sancho y don Ramiro (acompañados de los señores de sus respectivos reinos) en que se hicieron fuertes juramentos; es de notar, que el joven rey navarro dio a su tío, «per amicitatem et fidelitatem et adiutorium et consilium cum Deo mihi detis», el castillo de Sangüesa y las villas de Lerda y Undués, jurando no arrebatarle jamás estas ni otras donaciones anteriores, mientras Ramiro I se limitó a jurar que no pediría más villas o tierras a su sobrino (Ubieto, Estudios, 88-90 y 119 [ó 198-200 y 229]. Las conclusiones de este autor basadas en los tenentes de Sangüesa exigen revisión, pues el Fortún Sánchez que en 1040 tenía ese castillo es el famoso ayo del rey García de Nájera, que murió con su criado en Atapuerca, 1054).

106 Según el Chronicon ex Historiae Compostellanae codice (Esp. Sagr., XXIII, p. 326): «Fredenandus... in vita sua... ipsum Regnum inter tres filios... divisit: & Sancio primogenito totam Castellam cum Asturiis Sanctae Julianae & cum Caesaraugusta Civitate, & cum omnibus suis appendentiis (quae tunc Sarraceni obtinebant, unde tunc temporis ipsi Mauri tributum annuatim illi serviendo reddebant) in proprium reddit».

107 Esp. Cid 5, p. 707.

108 La reina Alberta figura en docs. de 26-mz.-1071 y 10-my.-1071 (Flórez, Reynas, I, pp. 152-154), y no en los del anterior (18-en.; 26-ag.), donde sólo confirman dos o una de las hermanas del rey.

109 Por el testamento de la reina doña Estefanía sabemos que las infantas fueron heredadas por su madre en las fértiles y estratégicas tierras al Sur del Ebro: doña Urraca con Alberite, Lardero y Mugrones; doña Ermesinda con Villamediana y Matres; doña Ximena con Orcuetos, Hornos y Daroca; doña Mayor con Yanguas, Atayo y Villela. Acerca de su desigual participación en los actos públicos de Sancho Garcés, véase n. 111.

110 Burgos y Nájera, además de disputarse el dominio de las tierras castellanas del alto Ebro, al Norte de una y otra ciudad, competían en el lucrativo negocio de proteger al reino moro de Zaragoza, amenazado por los propósitos cruzados de los señores cis- y trans-pirenaicos. No es, pues, extraño que, con posterioridad a 1058, las relaciones del joven Sancho Garcés con su tío, el rey de Castilla y León, fueran variables: En 1062, don Fernando, rey de Castilla, se halla presente y confirma una donación del rey de Pamplona a su fiel vasallo («namque ob tuum utile et fidele servitium...») García Garcés (S. Mill., 182-183). Pero en el siguiente año el rey navarro obtiene la ayuda de su otro tío, Ramiro I de Aragón (al cual cede Sangüesa, en pago de su amistad; véase n. 105), probablemente para librarse de la tutela de Fernando I; por entonces, su situación debía de ser bastante crítica, pues en mz.-1063 hallamos, en Monasterio de Rodilla, bajo el imperio del rey castellano (Orígenes del esp.3, pp. 38-39) a varios señores navarros, antes vasallos de los reyes de Pamplona y Nájera (García Oriólez, que en 1040 tenía Herrera y Briviesca; Aznar Sánchez, que en 1048 tenía Arlanzón; Fortún Sánchez); poco después el infante don Sancho de Castilla, apoyando a Muqtadir de Zaragoza, hacía la guerra en la frontera de Aragón (Graus, 8-my.-1063). Quizá entonces Castilla se anexionó Valpuesta, navarra en 1057 y castellana en 1065 (según arriba he comentado). Ya el 1-nov.-1065 la paz reina de nuevo entre Navarra y Castilla, pues en una solemne donación hecha por el rey don Sancho, en compañía de sus hermanos, volvemos a hallar a «Fredinandus, horum avunculus, Castelle Vetule, Legioni, et Gallecie dominans» (S. Mill., p. 193).

111 Al recordar este hecho no quiero sugerir que doña Mayor fuera quien suscitó la pasión incestuosa de don Sancho. Nos faltan datos para proponer el nombre de la infanta desposada con don Sancho de Castilla: ¿Sería doña Urraca, cuyo nombre falta en los documentos de Sancho Garcés? Dadas las costumbres de la época, el haber sido raptada por su hermano hacia 1060 no sería un obstáculo para que, andando el tiempo, se casara con el conde García Ordóñez y llegara a ser señora de Nájera bajo Alfonso VI. ¿O fue doña Ermesinda, la hija de doña Estefanía de personalidad pública más acusada? Su temprana aparición, confirmando en 1052 un documento de sus padres (Fita, «Nájera», p. 236), su constante participación entre 1067 y 1075, en los actos púlicos de Sancho Garcés, su responsabilidad en el regicidio de 1076, su destacada posición en la corte de Alfonso VI en 1079, su casamiento con Fortún Sánchez (1079-1080, 1100), sus propiedades en la Huesca de Pedro I, vendidas al disponerse a peregrinar a Tierra Santa (1100), perfilan una biografía (cfr. n. 41) en que el desposorio hacia 1060 con Sancho Fernández de Castilla, frustrado por un incesto, vendría a ser el broche de oro. ¿O, por el contrario, hemos de buscar a la protagonista de hacia 1060 entre las dos infantas doña Ximena y doña Mayor de biografía más borrosa? Doña Ximena confirma, junto a su hermana doña Ermesinda, tres documentos de Sancho Garcés en 1071 y 1075 y la donación de Santa María de Nájera a Cluny, hecha en 1079 por Alfonso VI; doña Mayor, además de refrendar con su firma, tras las del infante don Sancho y su esposa, el documento de 1057, confirma en 1070 y 1071 otros documentos de Sancho Garcés.

Índice de capítulos:

* PRESENTACIÓN

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (1)
   a. La realidad se forja en los relatos

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (2)
    b. Rodrigo, Campeador invicto para sus coetáneos

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (3)
   c. Del Campeador al Mio Cid. Los nietos del Cid y la herencia cidiana

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (4)
   d. Rodrigo, el vasallo leal, a prueba

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (5)
   e. El Soberbio Castellano

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (6)
   f. El Cid se adueña de la Historia y la Historia anquilosa la figura del  Cid

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (7)
   g. El Cid del Romancero salva al personaje literario del corsé historiográfico

* II EL «IHANTE» QUE QUEMÓ LA MEZQUITA DE ELVIRA Y LA CRISIS DE NAVARRA EN EL SIGLO XI

*  III LA NAVARRA NAJERENSE Y SU FRONTERA CON AL-ANDALUS

*   IV EL MIO CID Y SU INTENCIONALIDAD HISTÓRICA

V EL MIO CID DE ALFONSO X Y EL DEL PSEUDO IBN AL-FARAŶ

VI RODRIGO EN LA CRÓNICA DE CASTILLA. MONARQUÍA ARISTOCRÁTICA Y MANIPULACIÓN DE LAS FUENTES POR LA HISTORIA

* VII LA HISTORIA NACIONAL ANTE EL CID

* APÉNDICE I.  SOBRE LA FECHA DE LA HISTORIA RODERICI

* APÉNDICE II. SOBRE LA FECHA DE LA CHRONICA NAIARENSIS

* ÍNDICE DE REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS (Y CLAVE DE SIGLAS)

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I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (7)

I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (7)

g. El Cid del Romancero salva al personaje literario del corsé historiográfico

       La figura que la Edad Media proyecta del Cid no quedó, finalmente, en manos de los historiadores. Junto a la memoria escrita, sobrevivió, hasta llegar el s. XVI, la memoria oral de los «hechos» cidianos. Gracias a sus refundiciones cantadas, los tres grandes poemas épicos en que Rodrigo ocupa un papel sobresaliente, el Mio Cid, Las particiones del rey don Fernando y las Mocedades de Rodrigo, llegaron a ser material literario asequible para los creadores tardo-medievales de un género nuevo destinado al canto: el Romancero 42.
      Las tres gestas dejaron descendencia en romances transmitidos por tradición oral desde las postrimerías de la Edad Media hasta que fueron puestos por escrito en tiempos de los Reyes Católicos y de Carlos V, sea en manuscritos, sea, con mayor éxito, impresos en pliegos sueltos y cancionerillos de faltriquera.
      La imagen del Cid que heredó, gracias a ellos, la muy monárquica y papista España de los Austrias y que, así, se proyectó hasta nosotros, no fue la del vasallo «obediente» fiel servidor de unos reyes defensores del Cristianismo frente al Islam, sino las del «castellano» o «español» que, al entrevistarse por primera vez, acompañando a su padre, con el rey don Fernando no está dispuesto a besarle la mano en señal de vasallaje:

 Todos se apearon juntos     por el rey besar la mano,
Rodrigo se quedó solo    encima de su cavallo

 y que, cuando por obediencia filial, desciende a rendirle vasallaje y se le arranca fortuitamente el estoque con gran espanto del rey (que le compara con el diablo) se aparta altanero, replicando

 Por besar mano de rey     no me tengo por honrado
Porque la besó mi padre     me tengo por afrentado;

 o aquel que, paralelamente, se niega a besar la mano al Papa:

 No lo hizo el buen Cid,     que no lo avía acostumbrado.

       Es el Rodrigo que exige juramento al rey Alfonso «sobre un cerrojo de hierro y una ballesta de palo», y que, ante la amenaza del rey:

 —Mucho me aprietas, Rodrigo,      Rodrigo mal me as tratado,
mas oy me tomas la jura,     cras me besarás la mano,

 le advierte:

 —Aquesso será, buen rey,     como fuer galardonado,
que allá en las otras tierras     dan sueldo a los hijos d’algo

 y parte al exilio, diciéndole al rey que le ha desterrado por un año:

 —Tú me destierras por uno,     yo me destierro por quatro.

       Es, en fin, el varón que sólo cede ante el reproche sentimental de la infanta doña Urraca desde lo alto del muro de Zamora y que ordena a los suyos cesar en el combate, gritándoles:

—¡Afuera, afuera, los míos     los de a pie y de a cavallo,
que de aquella torre mocha    una vira me han tirado,
no traía el asta hierro     y el coraçón me ha passado!

 Diego Catalán, "El Cid en la historia y sus inventores."(2002)

NOTAS

42 [Sobre el Cid en el romancero de raíces épicas trato detenidamente en el cap. VIII, §§ 2.e-h de La épica española (2000), pp. 581-661].

Índice de capítulos:

* PRESENTACIÓN

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (1)
   a. La realidad se forja en los relatos

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (2)
    b. Rodrigo, Campeador invicto para sus coetáneos

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (3)
   c. Del Campeador al Mio Cid. Los nietos del Cid y la herencia cidiana

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (4)
   d. Rodrigo, el vasallo leal, a prueba

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (5)
   e. El Soberbio Castellano

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (6)
   f. El Cid se adueña de la Historia y la Historia anquilosa la figura del  Cid

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (7)
   g. El Cid del Romancero salva al personaje literario del corsé historiográfico

* II EL «IHANTE» QUE QUEMÓ LA MEZQUITA DE ELVIRA Y LA CRISIS DE NAVARRA EN EL SIGLO XI

*  III LA NAVARRA NAJERENSE Y SU FRONTERA CON AL-ANDALUS

*   IV EL MIO CID Y SU INTENCIONALIDAD HISTÓRICA

V EL MIO CID DE ALFONSO X Y EL DEL PSEUDO IBN AL-FARAŶ

VI RODRIGO EN LA CRÓNICA DE CASTILLA. MONARQUÍA ARISTOCRÁTICA Y MANIPULACIÓN DE LAS FUENTES POR LA HISTORIA

* VII LA HISTORIA NACIONAL ANTE EL CID

* APÉNDICE I.  SOBRE LA FECHA DE LA HISTORIA RODERICI

* APÉNDICE II. SOBRE LA FECHA DE LA CHRONICA NAIARENSIS

* ÍNDICE DE REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS (Y CLAVE DE SIGLAS)

I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (6)

I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (6)


f. El Cid se adueña de la Historia y la Historia anquilosa la figura del Cid

      La expansión continuada de la biografía del Cid en la Poesía Épica durante los siglos XII y XIII no tuvo en la Historiografía grandes repercusiones mientras el género estuvo en manos de la jerarquía eclesiástica más vinculada a la corona.
      La historia oficial de los reyes de León y Castilla no pudo «ignorar» por completo, como hizo el obispo don Pelayo, la existencia de Rodrigo Díaz; pero, si el gran historiador leonés Lucas, diácono de la iglesia de San Isidoro de León, en tiempos de Fernando III (en 1236) 27, reconoce el valor e invencibilidad del caballero Rodericus, sólo ve en él al alférez del rey castellano don Sancho que, mediante un consejo artero, convirtió en derrota del rey don Alfonso de León el victorioso encuentro de Golpejera, o al osado castellano que tomó a ese rey Alfonso juramento exculpatorio de no haber tenido parte en la muerte dolosa de su hermano ante los muros de Zamora antes de que Castilla lo reconozca como señor, «hechos» ambos que interpretan datos extraídos de la gesta de Las particiones del rey don Fernando. Aunque hace constar que, a causa de esa actuación, «el rey Alfonso siempre le aborreció», nada dice de su destierro. No obstante estimó necesario, tras contar la toma de Toledo y repoblación de las tierras al Sur del Duero por Alfonso VI, dar una brevísima noticia sobre las hazañas en Levante del «valiente caballero» Rodrigo Díaz, consignando la prisión del rey de Aragón (que cree fue Pedro I), el cerco y toma de Valencia y la victoria sobre Buchar con muerte de miles de sarracenos. Esta pequeña digresión sirvió como señal de salida para que Rodrigo Díaz hiciera su carrera en la Historia.
      Por su parte, el otro gran historiador de tiempos de Fernando III, el castellanista don Rodrigo Ximénez de Rada 28, aparte de adaptar los pasajes del Chronicon Mundi de Lucas, sabe, gracias a sus orígenes navarros (por el Libro de las generaciones o Liber regum o por derivaciones de él), la genealogía ascendente y descendente del Campeador establecida por biógrafos y genealogistas del Oriente de la Península, y, como Arzobispo de Toledo y Primado de España, le consta que su antecesor don Bernardo trajo, entre otros clérigos francos, a Hieronymus, natural de Petragorica, quien, antes de ser obispo de Zamora lo fue temporalmente de Valencia en tiempo de Rodericus Campiatoris. El Arzobispo sólo creyó necesario añadir que Buchar apenas logró escapar vivo de su derrota y el traslado a Cardeña del cuerpo de Rodrigo, una vez muerto.
      La entrada triunfal del Cid en la Historia nacional de España fue un resultado del radical cambio en la concepción de lo que es Historia impuesto por Alfonso X. El Rey Sabio 29 aspiró a ofrecer a los súbditos de su imperium un conocimiento integral de

«la estoria toda como conteció, e non dexar della ninguna cosa de lo que dezir fuesse» 30,

sin otros criterios restrictivos que los de la fiabilidad de la fuente de información y el decoro historiográfico. Para ello, según hace constar:

«mandamos ayuntar quantos libros pudimos aver de istorias en que alguna cosa contassen de los fechos d’España... et compusiemos este libro de todos los fechos que fallar se pudieron della» 31.

      De conformidad con este propósito, la particular historia del Cid que va emergiendo de entre las páginas de la historia del reino castellano-leonés reúne, por primera vez, la mayor parte de las narraciones precedentes, pues Alfonso, aparte de las historias generales de Rodrigo y Lucas y del Liber regum, incorpora tanto la Historia Roderici como La elocuencia evidenciadora de Ibn  ﺀAlqama y, además, Las particiones del rey don Fernando y el Mio Cid.
      Si dejamos aparte la presencia del nombre de Rodrigo en las noticias genealógicas acerca de la descendencia de los jueces de Castilla y acerca de la ascendencia de los reyes navarros, las dos redacciones de la Estoria de España alfonsíes, la original de c. 1270 (que, a partir de Fernando I sólo nos es conocida en una Versión retóricamente amplificada de 1289) y la de 1282/84 (Versión crítica, representada por la Crónica de veinte reyes)32, van incorporando, cronológicamente organizadas, cuantas referencias a Rodrigo Díaz les proporcionan esas fuentes: al relatar el cerco de Coimbra, se incluye el dato de que allí le armó caballero el rey don Fernando; luego se narra su tardía llegada a Cabezón, donde el rey ha repartido sus reinos, y su intervención, como el más preciado de los consejeros, en los últimos momentos del rey, según el testimonio de la gesta refundida de Las particiones, aunque las dudas de los «estoriadores» alfonsíes acerca de la exactitud del relato juglaresco les haga vacilar en cómo aprovecharlo. La Poesía va, después, imponiendo detalle tras detalle a la Historia al relatar las incidencias de las guerras de Sancho contra García y de Sancho contra Alfonso, así como en el cerco de Zamora, respecto al reto y combate judicial para decidir si la ciudad es o no cómplice de la traición de Vellido Dolfos y respecto al juramento de Santa Gadea, y, en cada caso, las particulares intervenciones de Rodrigo en todos esos episodios. Pero, en la incorporación de las escenas poéticas a la prosa histórica, Alfonso X se preocupa no sólo de desversificar el relato sino de podarlo de elementos que considera literarios y, sobre todo, de ennoblecerlo, amortiguando las pasiones de los personajes y «castigando» su lenguaje cada vez que las unas o el otro rebasan los límites de lo que se considera aceptable en un género como el historiográfico.
      Concluida, con la Jura de Santa Gadea, la materia en que Las particiones del rey don Fernando colorean la historia de la guerra civil, Alfonso X acepta de Lucas Tudense y Rodrigo Toledano que el rey don Alfonso nunca vio con buenos ojos al Cid; pero sabe, gracias a la Historia Roderici, la causa y el pretexto por los cuales el rey destierra a su vasallo. Y, una vez que ha empezado a contar ese destierro, no ve inconveniente en ir trenzando hábilmente los tres relatos que conocía acerca de la actuación de Rodrigo en Levante: el de la Historia Roderici, el de Ibn ﺀAlqama y el del Mio Cid. Los capítulos dedicados al Cid acaban por ocupar más espacio que los referentes al rey don Alfonso, anticipando así, sin tener consciencia de estar disminuyendo con ello la imagen de un gran rey, aquel famoso epígrafe con que Menéndez Pidal tituló la historia de los años 1091-1099: «El Emperador oscurecido por el Cid». La desproporción no le importa a Alfonso X pues, para la estética medieval, no eran impropias en un texto las «digresiones» desproporcionadas; no había una exigencia de equilibrio arquitectónico en las obras escritas.
      Sin embargo, el componente cidiano de la Historia nacional acabó por provocar una crisis en la Estoria de España; pero ello sería debido, no ya a este exceso de información, sino a la intervención monacal en la remodelación del personaje Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid, y al impacto sobre la cronística de una labor historiográfica extraña a la concebida por los reyes o por los servidores laicos o eclesiásticos de la monarquía que tradicionalmente venían controlando la producción de Historia.
      En el monasterio de Cardeña, los monjes que poseían los huesos del Cid desarrollaron, en provecho propio, un «culto» a sus reliquias, multiplicándolas inventivamente y explicándolas en un relato de corte hagiográfico para atraer el interés de devotos peregrinos. Esa leyenda piadosa acabó por generar una *Estoria caradignense del Cid que [en sus últimas y más elaboradas formas] los monjes atribuyeron a Ibn al Faraŷ, el alguacil histórico   del rey al-Qādir y de Rodrigo en Valencia 33. Esta *Estoria caradignense del Cid no ha llegado hasta nosotros en forma autónoma; pero sí parcialmente incorporada a ciertas ramas de la tradición manuscrita que deriva de la compilación historial alfonsí. A su interferencia en la descendencia textual de la Estoria de España se debe, en buena parte, la «revolución historiográfica» que, apenas muerto el Rey Sabio, vino a socavar los fundamentos de su obra y dejó en plena confusión para el futuro el contenido de la historia nacional posterior al reinado de Vermudo III. Con la influencia de esta historia monacal se relaciona el abandono del principio básico que había regido el gran esfuerzo de los equipos historiográficos de Alfonso X: decir en todas las cosas la verdad ateniéndose a lo contado por los sabios hombres que «metieron» en escrito «los fechos que son passados, para aver remembrança dellos como si entonces fuessen», esto es, como si ocurriesen en el presente a la vista de cualquiera.
      No podemos reconstruir el proceso de creación de esta Estoria del Cid [que en una u otra forma sabemos existía con anterioridad a la labor historiográfica de Alfonso X 34 y en cuya composición entran relatos que circulaban ya en la primera mitad del siglo XIII 35], ya que el único texto llegado a nosotros es el conservado (de forma parcial) por la Versión mixta de la Estoria de España y por la Crónica de Castilla. En esta versión [evidentemente no primigenia] de la *Estoria caradignense del Cid se suman, en sucesión, fuentes de carácter tan dispar como La elocuencia evidenciadora de Ibn  ﺀAlqama, sin despojarla por completo del punto de vista musulmán, el Mio Cid de c. 1144 (para «Las bodas de las hijas del Cid»), dos versiones discordantes del relato de origen épico sobre «La afrenta de Corpes», sin salvar sus contradicciones 36, y, por último, la Leyenda hagiográfica del Cid elaborada en Cardeña. Estos componentes dispares se hallan sometidos a un malicioso y, a la vez, ingenuo proceso de manipulación a fin de lograr convencer a los receptores del relato de la autenticidad y credibilidad de los sucesos narrados. El resultado es bien conocido ya que, por culpa de un interpolador del s. XIV, el texto de la Versión mixta se incorporó al viejo manuscrito de 1289 E2 que se guarda en El Escorial 37 y, de resultas, a la edición de Menéndez Pidal de la llamada Primera crónica general, convirtiéndose así, hasta la década de los 60 38 de este siglo, en el texto oficial de la Estoria de España.
      Las fabulaciones de los monjes caradignenses, al contaminar la tradición manuscrita de la Estoria de España, abrieron el camino a lo que pudiéramos denominar vocación novelesca de la Historia. Respecto a la imagen del Cid, fueron responsables de dos afirmaciones que tuvieron gran difusión: la de que venció una batalla después de muerto, gracias a la cual llegó su cuerpo a Cardeña, y la de la incorruptibilidad de ese su cuerpo. Curiosamente, el texto en que esos «milagros» han llegado narrados hasta nosotros ha sido ya sometido a una racionalización que les priva de su carácter de tales, ya que la incorruptibilidad resulta ser temporal y producto de un bálsamo de efectos momificatorios enviado al propio Cid por el Sultán de Persia y la capacidad del cuerpo muerto de mantenerse sobre Babieca fruto de un artilugio. Y una tendencia similar a que todo episodio chocante reciba explicación racionalizada caracteriza a la *Estoria tal como nos la dan a conocer las crónicas.
      También remontan a la *Estoria caradignense las mayores novedades en el tratamiento de los episodios nacidos en el Mio Cid referentes a la afrenta de Corpes y a las Cortes de Toledo en que el Cid reclama justicia. El refundidor, o más bien una de las dos versiones que se superponen en el relato de ascendencia épica de una forma inconsistente, aparte de no comprender el procedimiento judicial narrado por el viejo poeta, transformó completamente el escenario social, elevando a Rodrigo en su estamento nobiliario, convirtiendo a Alvar Háñez en su primo, inventando una familia bastarda de sobrinos del Cid, haciendo del gran rey Alfonso un rey ridiculamente impotente e introduciendo gratuitamente episodios y referencias geográficas nuevas 39.
      Esta «Interpolación cidiana» procedente de la *Estoria caradignense del Cid pasó desde la Versión mixta a otros dos textos cronísticos, la Crónica manuelina (sólo conservada en un resumen debido a don Juan Manuel) y la Crónica de Castilla, en las cuales, para armonizar mejor el relato, se retocaron diversos detalles, se introdujo la famosa historieta de Martín Peláez el Asturiano, un cobarde de quien el Cid supo sacar un valiente caballero [y se glosó con mayor número de detalles la participación de doña Elvira y doña Sol en el culto cidiano caradignense].
      De estas derivaciones de la Versión mixta, la más interesante es la Crónica de Castilla de c. 1290, ya que en ella se consuma el proceso de construcción novelesca de la biografía del Cid. Apoyándose en la gesta de las Mocedades de Rodrigo, cuyas novedades no habían sido hasta ahora aceptadas por la Historiografía, el redactor de la Crónica de Castilla hace que Rodrigo esté omnipresente a lo largo de todo el reinado de Fernando I, al igual que en los reinados sucesivos.
      El rasgo más notable de esta nueva «versión» de la última parte de la Estoria de España es el abandono del punto de vista «regio», de la tradicional inspiración monárquica heredada de la historiografía leonesa que continúan el arzobispo don Rodrigo y Alfonso X, haciendo ahora a la Historia pro-nobiliaria 40. Pero más sobresaliente aún que esta actitud es la de desechar el principio historiográfico de respeto a lo dicho por las fuentes e inventar cuanto al refundidor le viene en gana siempre que ello redunde en beneficio de la ejemplaridad buscada con el relato. El creador de la Crónica de Castilla trata con idéntica «libertad» la información heredada de pasajes que remontan a la historiografía en latín, que la de pasajes oídos a los juglares. Así, al narrar conforme a la Historia Roderici la traición de Rueda, en que el moro en posesión de esta plaza fuerte está a punto de lograr asesinar a Alfonso VI, idea por su cuenta que, cuando el Cid acude en ayuda de su rey, asuma y cumpla la misión de castigar al traidor y que, mediante este servicio, obtenga de Alfonso VI el otorgamiento de una especie de «Carta Magna» de derechos nobiliarios y ciudadanos:

«Que, quando alguno oviesse de sallir de la tierra, que oviesse treynta días de plazo, asý commo de ante avía nueve; e que non pasaríe contra ningún omne fijo dalgo ni ciudadano syn ser oýdo commo devía con derecho; nin pasase a las villas nin a los lugares contra sus fueros nin contra sus buenos usos, nin les echase pecho ninguno desaforado, sy non que se la pudiese alçar toda la tierrra por esto, fasta que lo emendase».

      Con idéntica libertad narrativa transforma todos los episodios que toma de la gesta de las Mocedades o introduce la intervención de Rodrigo en pasajes en que ninguna fuente le autorizaba a hacerlo. Su concepción de Rodrigo mozo nada debe a la que oyó o leyó en las Mocedades, pues, de acuerdo con su ideal de relaciones entre el rey y los hidalgos, Rodrigo, al llegar a la corte de Fernando I y ser desposado con Ximena, recibe del rey mucha más tierra que la que tenía debido a serle muy «obediente», pues ya en esa entrevista el mancebo le promete

«que faría su mandado en esto e en todas las cosas que le él mandara.»

      El historiador trata de borrar toda huella de los temores de Diego Laínez al ser llamado a cortes tras la muerte de don Gómez de Gormaz y de la altivez e insumisión épicas de «el Soberbio Castellano» en su inicial entrevista con Fernando I; similarmente, esquiva narrar las guerras banderizas entre el conde don Gómez y los hermanos Laínez, pues sólo le interesa presentar al Cid como el mejor defensor de la tierra contra moros 41.

Diego Catalán, "El Cid en la historia y sus inventores."(2002)

NOTAS

27 [En su Chronicon mundi (ed. A. Schott, Franckfurt, 1608)].

28 [En su Historia Gothica (ed. Fernández Valverde, en «CChCM», LXXII, Turnhout: Brepols, 1987)].

29 [En sus monumentales General estoria y Estoria de España].

30 [General estoria, 2ª parte, Lib. de los Juyzes, c. 2 (ed. A. G. Solalinde, et alii, vol. II, 1 (Madrid: C.S.I.C., 1957), p. 130b34-39)].

31 [PCG, p. 4a26-28 y a44-46].

32 [Acerca de estas dos redacciones, véase Catalán, De la silva textual (1997), «Conclusiones», pp. 461-469].

33 [Sobre la importancia de la *Estoria de España caradignense en la evolución de la historiografía (y de la cidiana en particular), véase Catalán, La épica española (2000), cap. III, § 1 (pp. 255-278)].

34 [Véase adelante, cap. VII, § g].

35 [Reservo para una obra en elaboración (Catalán y Jerez, Rodericus Toletanus y la Historiografía romance) el examen detenido de los datos que al respecto proporciona la versión aragonesa de 1252/53 (Estoria de los godos) de la Historia gothica de don Rodrigo Ximénez de Rada].

36 [Catalán, La épica española (2000), pp. 260-278].

37 [Véase aquí adelante, cap. V, §§ c y e].

38 [En que puse de manifiesto la artificiosidad del ms. E2 de la Estoria de España (base de la ed. Menéndez Pidal, vol. II); cfr. Adelante el cap. V, § c].

39 [Catalán, La Est. de Esp. de Alf. X (1992), cap. IX, § 6-8 (214-220)].

40 Catalán, La Est. de Esp. de Alf. X (1992), cap. VI, § 3-4 (pp.146-156)].

41 [Catalán, La épica española (2000), cap. III, § 2.d (pp. 288-299)].

Índice de capítulos:

* PRESENTACIÓN

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (1)
   a. La realidad se forja en los relatos

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (2)
    b. Rodrigo, Campeador invicto para sus coetáneos

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (3)
   c. Del Campeador al Mio Cid. Los nietos del Cid y la herencia cidiana

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (4)
   d. Rodrigo, el vasallo leal, a prueba

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (5)
   e. El Soberbio Castellano

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (6)
   f. El Cid se adueña de la Historia y la Historia anquilosa la figura del  Cid

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (7)
   g. El Cid del Romancero salva al personaje literario del corsé historiográfico

* II EL «IHANTE» QUE QUEMÓ LA MEZQUITA DE ELVIRA Y LA CRISIS DE NAVARRA EN EL SIGLO XI

*  III LA NAVARRA NAJERENSE Y SU FRONTERA CON AL-ANDALUS

*   IV EL MIO CID Y SU INTENCIONALIDAD HISTÓRICA

V EL MIO CID DE ALFONSO X Y EL DEL PSEUDO IBN AL-FARAŶ

VI RODRIGO EN LA CRÓNICA DE CASTILLA. MONARQUÍA ARISTOCRÁTICA Y MANIPULACIÓN DE LAS FUENTES POR LA HISTORIA

* VII LA HISTORIA NACIONAL ANTE EL CID

* APÉNDICE I.  SOBRE LA FECHA DE LA HISTORIA RODERICI

* APÉNDICE II. SOBRE LA FECHA DE LA CHRONICA NAIARENSIS

* ÍNDICE DE REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS (Y CLAVE DE SIGLAS)

I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (5)

e. El Soberbio Castellano

      Aunque Las particiones del rey don Fernando empezaran a dotar al Rodrigo Díaz histórico-literario de un pasado —crianza en Zamora en hermandad con la infanta doña Urraca y los hijos de Arias Gonzalo, participación en el cerco de Coimbra donde sería armado caballero por el rey don Fernando 25— tales «datos» sólo eran en esa gesta suministrados como alusiones a tiempos lejanos, anteriores a las acciones objeto de narración. Para que el héroe tuviera unas Mocedades hubo que esperar más tiempo.
      Fue un juglar de la épica «tardía», aunque no tan «tardía» como suele creerse pues el poema existía ya a fines del s. XIII, quien acudió a satisfacer la curiosidad de un auditorio que, al igual que en tantos otros casos, quería saber cómo un personaje tan excepcional se había desarrollado, qué signos preludiaban su destino a ser un héroe 26.
      La crítica no ha sido generosa con el poeta inventor de las Mocedades de Rodrigo; sin duda, por echar de menos en el poema los «valores» propios de la «edad heroica» presentes en las gestas anteriores, pero también por confundir el poema original con una u otra de las dos manifestaciones concretas a través de las cuales lo conocemos: la crónica rimada llamada el Rodrigo, adaptación hecha en el s. XV, o el arreglo historiográfico de la información de procedencia épica hecho por la Crónica de Castilla. Pero la fábula ideada por el creador de las Mocedades de Rodrigo y la nueva personalidad del héroe que forjó ese juglar de fines del s. XIII hemos de reconocer que tienen un gran atractivo; tan grande, que no sólo lograron imponerse en los últimos siglos medievales, sino que conformaron la imagen del Cid renacentista, ya que el héroe vino a serlo nacional en su cualificación de «el Soberbio Castellano».
      En las Mocedades de Rodrigo el Cid sigue teniendo o tiene ya (si en vez de a la cronología de las obras nos atenemos al orden biográfico) los títulos necesarios para ser considerado el «vasallo» modelo. Pero ahora, de forma aún más paradójica que en las gestas anteriores, Rodrigo alcanza y cumple ese papel, no ya mostrando una lealtad sin tacha frente a reyes que, llevados de sus pasiones, incumplen temporalmente sus deberes señoriales (como en el Mio Cid y en La particiones), sino negando el besamanos de vasallaje al rey hasta que ese rey se hace digno de tenerle a él como vasallo:

Dixo estonce Rodrigo:     —¡Querría más un clavo
que vos seades mi señor    nin yo vuestro vassallo!
Porque os la bessó mi padre    soy yo mal amanzellado,

y, después que él, por su parte, ha mostrado ante todos su indisputable superioridad como guerrero, como héroe invencible capaz de encargarse de las más temerarias empresas para la gloria de su rey. Es esa la razón que le lleva a jurar, al ser forzadamente desposado con Ximena:

—Señor, vos me desposastes     más a mi pessar que de grado,
mas prométolo a Christus     que vos non besse la mano
nin me vea con ella     en yermo nin en poblado
fasta que venza cinco lides     en buena lid en campo;

y, en efecto, sólo besará al rey la mano y será su vasallo cuando don Fernando reciba del apóstol Santiago regia caballería y él haya, al fin, consumado su matrimonio con Ximena tras haber vencido las cinco lides del juramento.
      El famoso tema del casamiento de Ximena con aquel que mató a su padre, que tanto éxito post-medieval tuvo, no nació como un drama en que el amor y el odio luchen en el ánimo de unos personajes desgarrados por conflictivas pasiones, sino como «fazaña» ante un conflicto de derecho. Ximena resuelve el dilema político que al rey se le plantea cuando, como huérfana sin otro amparo que el que por derecho tiene que darle el rey, se querella ante la corte de don Fernando y éste teme que, en caso de castigar la muerte del conde don Gómez de Gormaz, se le alcen los castellanos. La exigencia de la menor de las hijas de don Gómez de que el rey dé reparo a su horfandad obligando al matador a suplir como varón el papel protector del padre muerto es una fórmula de derecho tan válida como el exigir de un forzador de una doncella que repare la violación con el matrimonio. Sólo a Diego Laínez le sorprenderá el hecho de que, puesta frente a Rodrigo doña Ximena por el rey,

ella tendió los ojos     et comenzó de catarlo:
—Señor, muchas mercedes,     ca éste es el que yo demando;

y Rodrigo tendrá razón al afirmar que acepta «mas amidos que de grado» la reparación que el rey le impone del daño hecho a Ximena por haber matado a un enemigo en buena lid campal, esto es que se desposa con ella por imperativos de derecho.
      El vuelco dado a la personalidad del Cid por el poeta de las Mocedades no puede ser más extremoso. Ni la mesura, ni el rechazo de cualquier género de jactancia, ni la prudencia, ni las artes y engaños tácticos en la guerra, ni el paternal afecto a los que forman su mesnada, ni el amor, son «virtudes» que sean tenidas como propias de un héroe; sólo cuenta el arrojo temerario, la arrogancia sin límites, el desprecio a cualquier ley, norma o autoridad que interfiera en el desarrollo de los propósitos o decisiones del individuo indómito.
     Tres rasgos definitorios del viejo Cid épico sobreviven, sin embargo, en el «Soberbio Castellano» de las Mocedades: su generosidad ante los vencidos o inermes, su sentido del humor (aunque sin la finura que tenía en el Mio Cid) y su condición social de simple caballero que reclama para los escalones bajos de la nobleza, los hidalgos, el respeto merecido a su demostrada superioridad en armas y conducta respecto a los condes y grandes señores de solares conocidos. En este aspecto, las Mocedades no sólo heredan el antagonismo clasista del Mio Cid, sino que extreman el contraste, aprovechando de forma nueva la leyenda de Los alcaldes de Castilla. Rodrigo, al ir a enfrentarse con los poderes de Francia como adelantado del rey don Fernando, carece de pendón y se lo fabrica harpando su propio manto; con esa enseña, de la cual hace entrega a su sobrino Pero Mudo, a quien se supone ahora de origen bastardo, pobre y hambriento, vence al Conde de Saboya, jactándose (aunque juegue con el sentido metafórico de las palabras) de que su padre vendió paño en las ruas de Burgos y de ser nieto del alcalde «cibdadano», esto es burgués, Laín Calvo quien, junto al noble Nuño Rasura, gobernaron Castilla en libertad.
      En las Mocedades, el hidalgo de raíces burguesas, ante cuyo valor e insolencia se tornan complacientes el rey de Francia, el Emperador de Alemania y el Papa acorralados por él en París, se agiganta de tal forma que la grandeza del buen rey don Fernando es, en realidad, tan sólo reflejo de la suya. Es, no más, fruto de la promesa que el rey le hace de «te non salir de mandado», de cumplir en todo momento los consejos de «el Soberbio Castellano», pues

 aquel español que allí vedes en todo es el diablo,

conforme advertirá el conde saboyano a los doce pares de Francia. Esta definición, la de que más bien que un hombre, es «figura de pecado», «diablo», repetida en boca de diversos personajes, se convierte en la gesta en la mayor alabanza del joven Rodrigo, en la que resume su personalidad heroica.
      La crítica, inatenta a los criterios que rigen la composición de la Crónica de Castilla, se desorientó al creer que esta nueva personalidad del Cid no era original en la gesta sino resultado de una refundición. Pero un mejor conocimiento del modus operandi del formador de esa crónica me permite hoy afirmar que la estructura de la gesta y la concepción del personaje Rodrigo en las Mocedades de fines del s. XIII eran muy similares ya a las que nos da a conocer el poema del s. XV, aunque esta versión posterior quinientista se aparte del modo narrativo clásico propio de los grandes poemas de los siglos XII y XIII al introducir un ritmo acelerado en la presentación de las escenas épicas.

Diego Catalán, "El Cid en la historia y sus inventores."(2002)

NOTAS

25 [Véase adelante, cap. VI, § d].

26 [Sobre la gesta de las Mocedades de Rodrigo y el modo deficiente en que la conocemos, véase Catalán, La épica española (2000), caps. V, §§ 3-5 y III, §§ 2b-e y 5d; y aquí adelante cap. VI, §§ e-g].

Índice de capítulos:

* PRESENTACIÓN

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (1)
   a. La realidad se forja en los relatos

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (2)
    b. Rodrigo, Campeador invicto para sus coetáneos

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (3)
   c. Del Campeador al Mio Cid. Los nietos del Cid y la herencia cidiana

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (4)
   d. Rodrigo, el vasallo leal, a prueba

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (5)
   e. El Soberbio Castellano

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (6)
   f. El Cid se adueña de la Historia y la Historia anquilosa la figura del  Cid

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (7)
   g. El Cid del Romancero salva al personaje literario del corsé historiográfico

* II EL «IHANTE» QUE QUEMÓ LA MEZQUITA DE ELVIRA Y LA CRISIS DE NAVARRA EN EL SIGLO XI

*  III LA NAVARRA NAJERENSE Y SU FRONTERA CON AL-ANDALUS

*   IV EL MIO CID Y SU INTENCIONALIDAD HISTÓRICA

V EL MIO CID DE ALFONSO X Y EL DEL PSEUDO IBN AL-FARAŶ

VI RODRIGO EN LA CRÓNICA DE CASTILLA. MONARQUÍA ARISTOCRÁTICA Y MANIPULACIÓN DE LAS FUENTES POR LA HISTORIA

* VII LA HISTORIA NACIONAL ANTE EL CID

* APÉNDICE I.  SOBRE LA FECHA DE LA HISTORIA RODERICI

* APÉNDICE II. SOBRE LA FECHA DE LA CHRONICA NAIARENSIS

* ÍNDICE DE REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS (Y CLAVE DE SIGLAS)

I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (4)

d. Rodrigo, el vasallo leal, a prueba

     Según hemos visto, «el Cid», en tanto personaje literario cantado en plazas y en palacios, «nació» de edad madura, como un pater familias preocupado por ganar para su mujer un solar y conseguir para sus hijas unos buenos maridos; pero pronto otro tramo de su vida vino a complementar su biografía épica. Gracias a un monje najerense compilador de crónicas, sabemos que c. 1185/1190 existía ya otra gesta, Las particiones del rey don Fernando, en que, si bien Rodrigo no ocupaba, como en el Mio Cid, el papel central, lo tenía muy destacado. Si los hechos a que se refería el Mio Cid se situaban entre 1089 y 1099, los dramatizados en Las particiones abarcan los años 1065 a 1072. Rodrigo está en la plenitud de su juventud guerrera. Son aquellos años en que, al morir Fernando I, «par de Emperador», la España unitaria por él creada, se desgarra en guerra fratricida entre su hijos y entre las cinco o seis «naciones» del reino: portogaleses, gallegos, leoneses, castellanos y estremadanos y navarros 23.
      En el resumen de esa guerra que incluye la Chronica naiarensis 24, Rodrigo es protagonista de tres escenas. En ellas aparece en un papel que sin duda tuvo, el de alférez o portaestandarte del rey castellano don Sancho; pero, como escenas, todas tres tienen un indudable carácter literario y tienen su origen indudable en la gesta. La primera se sitúa en Golpejera y tiene como marco escénico la costumbre de los guerreros, que aguardan la llegada del día para entrar en batalla, de hacer promesas jactanciosas o gabs sobre su próxima actuación en ella. El rey don Sancho se precia de que su lanza vale como la de mil leoneses y trata insistentemente de que Rodrigo le imite en su baladronada; pero Rodrigo se limita, una y otra vez, a prometer que peleará con un caballero y que Dios dispondrá del resultado del combate. Complemento de esta escena dialogada es la siguiente que Rodrigo protagoniza: el jactancioso rey cae preso en la batalla y Rodrigo, que ha perdido en el combate su lanza, logra rescatarle combatiendo él solo contra doce leoneses armado de una lanza que le dan por mofa los propios caballeros que custodiaban a don Sancho. La tercera ocurre ante los muros de Zamora, cuando el rey castellano, imprudentemente, se fía del zamorano traidor Vellido Adolfos, se aparta en su compañía y es asesinado por la espalda; Rodrigo, al ver cabalgar solo y apresuradamente hacia las puertas de Zamora a Vellido, intuye la traición y le persigue hasta dar con su lanza en la puerta. 
      El sentido de las escenas es bien claro, el Campeador encarna el contra-modelo del impetuoso y arrogante rey «don Sancho el Fuerte», pues reúne en sí la cauta y mesurada prudencia del varón sabio, junto con el valor y arrojo del guerrero joven. ¿Realidad histórica, ficción verisímil? ¡Qué nos importa!
      Esta gesta no se nos ha conservado en forma poética. Aparte de la huella que dejó en el s. XII en la Chronica naiarensis, refundiciones varias de ella dieron lugar a que otros historiadores en latín del s. XIII incluyeran, bien un rápido resumen bien escenas sueltas o episodios de uno de sus cantares; por otra parte, en lengua romance, Alfonso X la prosificó y resumió detenidamente, y, más tarde, un refundidor de la Estoria de España alfonsí retocó el resumen heredado acudiendo de nuevo a los versos épicos en algunas escenas muy dramatizadas (Crónica de Castilla).
      Aunque abundan, pues, las fuentes indirectas de conocimiento sobre esta gesta (de la cual, como acabo de recordar incluso conocemos algunas laisses en verso), la falta de un manuscrito poético es bien de lamentar, ya que la arquitectura y contenido de ella, que esas derivaciones historiográficas nos permiten apreciar, es propio de una obra maestra y algunas de las escenas de que constaba debieron de ser dramáticamente impresionantes.
      Quizá lo más notable de esta gesta sea, aparte de su equilibrada estructura, lo firmemente que en ella estaban diseñados los personajes, incluso los secundarios (en contraste con el Mio Cid, donde sólo están esbozados). Y secundarios son en ella, pese a todo, los tres reyes hijos de don Fernando, el retador a Zamora Diego Ordoñez y su tío don García de Cabra, el Crespo de Grañón, el traidor Vellido, el leal caballero sayagués que avisa de la traición, Alvar Fáñez, que ha perdido sus armas en el juego, etc... Pero, sobre todo, destacan en el poema tres personalidades extraordinarias: la infanta doña Urraca, apasionada, sensual, artera, que suple con artes femeninas su natural debilidad como mujer y se nos aparece como enérgica e invencible en sus propósitos, la cual es, indudablemente la protagonista de la gesta y, junto a ella, su ayo, el profético y sin tacha don Arias, y, enfrente de ella, el Cid. Nada más morir el gran rey don Fernando, Rodrigo, a quien el poeta ha presentado, anacrónicamente, como su consejero favorito, se encontrará enfrentado a deberes contradictorios: como castellano se debe, por «natura» al rey don Sancho, que ha adquirido además su gratitud como vasallo dándole «un condado» (dato antihistórico); pero, el rey don Fernando, en su lecho de muerte, le ha encomendado, con la fuerza que supone esa circunstancia, que, como leal vasallo, aconseje siempre bien a sus hijos; para colmo, ha sido criado en Zamora por Arias Gonzalo al lado de doña Urraca y sus hermanos de leche, tiene a don Arias por «padre» y a la infanta por co-hermana. A lo largo de toda la gesta se suceden las escenas en que «el leal Castellano», brazo ejecutivo de los planes del rey don Sancho (quien, como primogénito del rey don Fernando se cree con derecho a ir contra las disposiciones testamentarias de su padre y reunir bajo su corona todos los reinos), intenta servir con fidelidad y eficacia a su rey y, a la vez, no sólo cumplir con su juramento al rey muerto, que le armó caballero en el altar de Santiago, de ser leal consejero, sino proteger a su «hermana» la infanta huérfana y no incurrir en su desamor y evitar el tener que enfrentarse en combate mortal con su «padre» Arias Gonzalo o con sus «hermanos» los hijos de don Arias, como consecuencia de los avatares de la guerra; en fin, realizar el imposible proyecto de actuar conforme a «derecho» en medio de una guerra fratricida que desmiembra España.
      En este poema perdido, el Cid literario pasa la difícil prueba y emerge como figura moralmente superior a sus reyes, completándose así el perfil biográfico que el Mio Cid había iniciado.

Diego Catalán, "El Cid en la historia y sus inventores."(2002)

NOTAS

23 [Acerca de la gesta de Las particiones remito a mi reciente libro La épica española (2000), caps. I, §§ 3, 3d, 4b, 5a,e, 6a, 9a; II, §§ 1b, 2d, 3a, 9b; III, §§ 2d,f,g, 4b,d, 5a; IV, §§ 7a, 10a, 11; VI.1, 2, 3, 6].

24 Ed. Estévez Sola, Chronica naiarensis, en «CChCM», LXXI, Turnhout: Brepols, 1955, Lib. III, §§ 15 y 16 (pp. 172-175)].

Índice de capítulos:

* PRESENTACIÓN

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (1)
   a. La realidad se forja en los relatos

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (2)
    b. Rodrigo, Campeador invicto para sus coetáneos

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (3)
   c. Del Campeador al Mio Cid. Los nietos del Cid y la herencia cidiana

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (4)
   d. Rodrigo, el vasallo leal, a prueba

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (5)
   e. El Soberbio Castellano

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (6)
   f. El Cid se adueña de la Historia y la Historia anquilosa la figura del  Cid

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (7)
   g. El Cid del Romancero salva al personaje literario del corsé historiográfico

* II EL «IHANTE» QUE QUEMÓ LA MEZQUITA DE ELVIRA Y LA CRISIS DE NAVARRA EN EL SIGLO XI

*  III LA NAVARRA NAJERENSE Y SU FRONTERA CON AL-ANDALUS

*   IV EL MIO CID Y SU INTENCIONALIDAD HISTÓRICA

V EL MIO CID DE ALFONSO X Y EL DEL PSEUDO IBN AL-FARAŶ

VI RODRIGO EN LA CRÓNICA DE CASTILLA. MONARQUÍA ARISTOCRÁTICA Y MANIPULACIÓN DE LAS FUENTES POR LA HISTORIA

* VII LA HISTORIA NACIONAL ANTE EL CID

* APÉNDICE I.  SOBRE LA FECHA DE LA HISTORIA RODERICI

* APÉNDICE II. SOBRE LA FECHA DE LA CHRONICA NAIARENSIS

* ÍNDICE DE REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS (Y CLAVE DE SIGLAS)

Imagen: Castigos y documentos del rey don Sancho Ms. 3995 BNM del siglo XV

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I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (3)

I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (3)

c. Del Campeador al Mio Cid. Los nietos del Cid y la herencia cidiana

      Como acabamos de ver, la admiración, entusiasta u hostil, suscitada en el Levante hispano y en al-Andalus por los «hechos» del Campeador o al- Kambiyaūr  tuvieron como resultado que su persona, no siendo de linaje regio, fuera objeto de Historia, tanto en latín como en árabe. Pero la fama que estos textos escritos pudieran garantizarle no habría resistido el paso del tiempo, ya que todos ellos fueron quedando arrinconados: Del Carmen únicamente llegó a sobrevivir una copia incompleta del s. XIII, que quedó enterrada en el monasterio de Ripoll durante siglos; de la historia valenciana de Ibn  ﺀAlqama sólo restan en árabe citas y resúmenes de algunos de sus pasajes aprovechados por historiadores tardíos de la España musulmana de cuyas obras con dificultad han llegado hasta nosotros manuscritos y no completos; en fin, la Historia Roderici fue desconocida por los grandes historiadores en latín del s. XIII. Por otra parte, las más antiguas historias oficiales del reino leonés-castellano, la Chronica Seminensis y Pelagius Ovetensis para nada mentaron el nombre de Rodrigo, y eso que Ruy Díaz era pariente de los condes de Oviedo (desde que casó con Ximena) y hasta asistió con Alfonso VI a la apertura del arca santa de las reliquias en San Salvador el 19 de julio de 1074, de cuyo contenido tanto partido sacó y tanto habló en sus escritos el obispo don Pelayo.
      Si mio Cid Ruy Díaz de Vivar, el Campeador, es aún hoy de todos conocido ello se debió esencialmente a un juglar cedrero cantor de gestas en «romance», esto es, en la lengua vulgar, quien, a fin de «publicar» una gesta nueva, la de Mio Cid, aprovechó unas anunciadísimas bodas reales en León el 19 de junio de 1144 y sus tornabodas en Pamplona, para cantar oportunistamente el encumbramiento de la casa familiar de Rodrigo Díaz que esas bodas venían a confirmar 18.
      Aquellas bodas, que sirvieron para datar numerosos diplomas contemporáneos, se celebraron con gran esplendor, según nos atestigua el minucioso relato de la pompa y de las fiestas y espectáculos populares con ese motivo organizados que se incluye en la Chronica Adefonsi Imperatoris. En ellas el Emperador casó a su hija la infantissa doña Urraca, habida en su muy amada concubina doña Gontroda, con el rey García Ramírez, el Restaurador del reino de Navarra, que venía a reconocerse su vasallo tras largos años de enfrentamiento guerrero, durante los cuales Alfonso VII, en unión del conde Ramón Berenguer IV de Barcelona, rey consorte de Aragón y feudatario del Emperador como señor de Zaragoza, habían intentado hacer desaparecer el reino navarro. Don García, de estirpe regia pero bastarda 19, se preciaba de su linaje materno, cidiano, ya que su padre, Ramir Sánchez contrajo matrimonio en Valencia con Cristina Díaz (la doña Elvira del Mio Cid) 20, bien en vida de Rodrigo 21, bien cuando doña Ximena aún mantenía el señorío valenciano antes de tener que abandonarlo.
      No cabe dudar de que es a este momento histórico de las bodas de 1144 al que se hace referencia en los versos finales de la gesta, cuando el poeta afirma ante su auditorio:

Oy los reyes d’España     sos parientes son.
A todos alcança ondra     por el que en buen ora nació,

 después de haber coronado la historia de la reparación del honor de Rodrigo contando las «segundas» bodas de sus hijas, y hecho destacar con ese motivo:

¡Ved qual ondra crece    al que en buen hora naçió,
quando señoras son sus fijas    de Navarra e de Aragón!

       Según apreciaciones del poeta, si al casar a sus hijas con personas de tan alta alcurnia, Rodrigo, un simple infanzón, creció en «honra», «hoy» (esto es en 1144) es la honra que él proyecta la que alcanza a todos los «naturales» de unos reyes que tienen el privilegio de haber entrado en parentesco con «el que en buen hora nació».
      Este extraordinario papel que en el Mio Cid se asigna a Rodrigo, de ser dispensador de honra (por intermedio de su descendiente el rey navarro) sobre nada menos que la estirpe regia castellano-leonesa que encarna el emperador Alfonso VII, responde claramente a una concepción de la historia de España foránea respecto a la tradición historiográfica dominante en la cronística oficial de la monarquía leonesa o toledana, a una concepción que sólo pudo tener sus orígenes en escritores afines al reino restaurado de Navarra. Es la misma que volveremos a encontrar en una obra histórico-genealógica, el Libro de las generaciones o Liber regum, escrito en la Rioja navarra a fines del s. XII.
      El juglar que acude en 1144 a ensalzar la casa del nieto navarro del Cid era, sin la menor duda, natural de San Esteban de Gormaz y paniaguado de los descendientes de Diego Téllez, un vasallo de Alvar Fañez que llegó a ser alcaide de Sepúlveda; su «navarrismo» ideológico y, según creo, lingüístico, nada tiene de extraño, dado que en tiempos de Alfonso I el Batallador las tierras del alto Duero fueron parte de la gran Navarra najerense (San Esteban, como Soria, aun eran gobernadas por un «tenente» navarro, Fortún López, en 1134, cuando Alfonso VII ya ocupaba Medinaceli) 22.
      Su más notable aportación a la biografía de Rodrigo Díaz fue el recuperar para la Historia un aspecto esencial del personaje que los biografos latinos coetáneos trataron de ocultar (quizá con la complacencia del propio Campeador): su pertenencia, dentro de la clase noble, militar, a un «estado» relativamente bajo, al de los infanzones lugareños. Rodrigo Díaz no era, como afirma el Carmen, «nobiliori de genere ortus, / quod in Castella non est illo maius», ni, como lo presenta la Historia Roderici, «nobilisimi ac bellatoris viri prosapia». Según escenifica el Mio Cid, los grandes ricos-hombres de Castilla podían hacer befa de las posesiones y derechos de Rodrigo Díaz como hidalgo, diciéndole, según hace Asur Gonzalez, uno de los infantes de Carrión:

¡Fuesse a Río d’Ovirna    los molinos picar
e prender maquilas,     commo lo suele far!

Y el orgulloso conde de Barcelona podía, asimismo, denostarle, a él y a su criazón, echándoles en cara ser unos «malcalçados».
     El poeta, lejos de considerar esa condición social una tacha, la convierte en título de honra y la razón de ser de toda su construcción literaria. El Mio Cid es, ante todo, una exposición mostrativa de que esa clase de caballeros que se ganan el pan y que también adquieren riquezas cada vez mayores mediante el arte militar y gracias al valor de su brazo, por el que corre destellando la sangre hasta el codo, son superiores en virtudes varoniles a unos grandes señores cortesanos y terratenientes, orgullosos de la sangre heredada, pero de costumbres muelles y viciosas, codiciosos y envidiosos de las riquezas muebles que se ganan con la acción, y, en consecuencia, son más merecedores de la estima regia que aquellos magnates cuya definición es la de ser, como del infante don Fernando dice el tartamudo Pero Vermúdez («Pero Mudo»), «lenguas sin manos». El Mio Cid es la defensa, que Rodrigo Díaz de Vivar encarna, del derecho, al cual aspira la clase social de los «caballeros pardos» de las villas y pueblos, a que se les reconozca paridad legal frente a los ricos-hombres de solares conocidos.
      El rey don Alfonso poético aprende, en el curso del Mio Cid, a ser un «buen señor», dispensador de derecho. Ahora bien, está claro que para el poeta de 1144 esa equidad regia seguía siendo un hecho aún por ver en la realidad de la vida; de ahí el fondo libelístico que tiene el Mio Cid.
      Menéndez Pidal insistió mucho en la «historicidad» de la vieja gesta, en las coincidencias de la figura poética del Cid y de muchos de los detalles de la exposición con «datos» extraíbles de otra documentación (baste citar como extremos el ardid que permite a Rodrigo destrozar el ejército almorávide en la batalla de El Cuarte y la creencia del Campeador en el valor agorero del vuelo de las aves). Y es evidente que el juglar alcanzó a tener noticia de unos tiempos históricos y de unos personajes que sólo una proximidad temporal pudo proporcionarle, pues eran demasiado «secundarios» para el concepto de Historia predominante en los escritos medievales cristianos, y que únicamente gracias a él esos personajes cobran cuerpo ante nosotros, dotados de vida y de pasiones, ajustadas en lo esencial a las que sin duda opusieron a los clanes familiares de que esos personajes formaban parte. Pero no deja de ser patente, a la vez, el hecho de que (como en toda historia, y más si es poética) lo contado es construcción al servicio de unas ideas, de unos propósitos, que, más que al tiempo referido, pertenecen al del narrador y a la posición que éste adopta ante la realidad de su entorno histórico. Es, como toda «verdadera « historia, reinvención del pasado para el presente.
      Con esta gesta de 1144 se impone el nombre de «Mio Cid», de «el Cid», para «el Campeador». Ya en torno de 1149 el Carmen de expugnatione Almariae urbis, escrito en loor de Alfonso VII, atestigua en sus versos latinos la triunfante implantación del nuevo epíteto, juntamente con la de la noción (anti-histórica) de la inseparabilidad de la pareja Ruy Díaz-Alvar Fáñez (el Cid y Minaya); ambos hechos son, como el propio poeta latino reconoce, fruto del canto, en lengua vulgar, claro, de las hazañas conjuntas de uno y otro; esto es, resultado del éxito alcanzado, por plazas y palacios, de la gesta «navarra» de Mio Cid recientemente divulgada.
     La personalidad de «el Cid» esculpida por el juglar estremadano de San Esteban de Gormaz recibía en aquella ocasión el reconocimiento de la poesía cortesana:

«Debo confesar —hace constar el poeta regio— la verdad, la cual el paso de los días nunca alterará: Mio Cid fue el primero, Álvaro, el segundo».

Diego Catalán, "El Cid en la historia y sus inventores."(2002)

NOTAS

18 [Véase, adelante, en el cap. IV, un demorado estudio acerca de lo aquí esbozado acerca del Mio Cid].

19 [Como detenidamente muestro en el cap. II de este libro].

20 [La prosapia materna del Restaurador fue ya destacada por el Libro de las generaciones o Liber regum redactado en Navarra en 1194-96, en que se equipara al emperador Alfonso VII, descendiente del juez Nuño Rasuera, y al rey de Navarra Garci Ramírez, descendiente del otro juez Llaín Calvo por intermedio del Cid. Continuó alegándose en las obras navarras posteriores: sirvan de ejemplo la Estoria de los godos de un aragonés al servicio de don Pero Ruiz de Azagra (fechable en 1252/53) y las Canónicas de Fray García de Euguí de c. 1387].

21 [Como afirma don Rodrigo Ximénez de Rada, Historia Gothica, Lib. V, cap. XXIV].

22 [Sobre estos detalles, véase adelante el cap. IV].

Índice de capítulos:

* PRESENTACIÓN

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (1)
   a. La realidad se forja en los relatos

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (2)
    b. Rodrigo, Campeador invicto para sus coetáneos

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (3)
   c. Del Campeador al Mio Cid. Los nietos del Cid y la herencia cidiana

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (4)
   d. Rodrigo, el vasallo leal, a prueba

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (5)
   e. El Soberbio Castellano

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (6)
   f. El Cid se adueña de la Historia y la Historia anquilosa la figura del  Cid

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (7)
   g. El Cid del Romancero salva al personaje literario del corsé historiográfico

* II EL «IHANTE» QUE QUEMÓ LA MEZQUITA DE ELVIRA Y LA CRISIS DE NAVARRA EN EL SIGLO XI

*  III LA NAVARRA NAJERENSE Y SU FRONTERA CON AL-ANDALUS

*   IV EL MIO CID Y SU INTENCIONALIDAD HISTÓRICA

V EL MIO CID DE ALFONSO X Y EL DEL PSEUDO IBN AL-FARAŶ

VI RODRIGO EN LA CRÓNICA DE CASTILLA. MONARQUÍA ARISTOCRÁTICA Y MANIPULACIÓN DE LAS FUENTES POR LA HISTORIA

* VII LA HISTORIA NACIONAL ANTE EL CID

* APÉNDICE I.  SOBRE LA FECHA DE LA HISTORIA RODERICI

* APÉNDICE II. SOBRE LA FECHA DE LA CHRONICA NAIARENSIS

* ÍNDICE DE REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS (Y CLAVE DE SIGLAS)

I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (2)

I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (2)


I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID

b. Rodrigo, Campeador invicto para sus coetáneos

      Aunque los coetáneos de Rodrigo Díaz se entendieran comúnmente entre sí en lengua romance (en sus múltiples variedades coloquiales), si escribían, acudían a las lenguas de cultura, árabe o latina (con mayor o menor conocimiento de ellas). De ahí que tengamos que recurrir a textos en estas lenguas para descubrir la imagen que de Rodrigo tuvieron los cristianos y musulmanes que le hicieron inicialmente objeto de sus relatos.
      El más antiguo narrador de las glorias de «Rodericus» compuso su elogio en versos latinos destinados, según dice, al canto público 6:

eia, letando, populi caterve,
Campidoctoris hoc carmen audite!

       Lo hizo en tierras catalanas c. 1090, cuando Rodrigo actuaba en Levante desde el reino moro de Zaragoza, antes de hacerse señor de Valencia. Ya para entonces cristianos y moros llamaban a Rodrigo «el Campeador», «al-Kambiyaṭūr», epíteto de la lengua  vulgar que el poeta latiniza recurriendo a una falsa etimología. Mediante él se le reconocía su cualidad más admirada o temida por sus coetáneos: el ser siempre vencedor en las lides, ya fueran singulares, ya en batalla campal. Es esa invencibilidad la que canta el poeta catalán al proponerse describir una tras otra sus lides, desde el famoso combate judicial con «el navarro», siendo un adolescente (la lid en que se dirime la posesión, por Castilla o por Navarra, de Pazuengos y otros castillos fronterizos), hasta el tiempo en que escribía. La tercera lid (cuya parte final fue borrada en la copia en que se nos conserva el Carmen) es la que mejor conoce y la que desarrolla más literariamente el poeta, sin duda porque tiene lugar cuando el conde-marqués de Barcelona Berenguer Ramón, el llamado «Fratricida», acude en ayuda de su tributario el rey de Lérida al-Haŷib Munḏir ibn Muqtadir y trata de recobrar Almenar, castillo defendido por  Rodrigo junto con el rey de Zaragoza al-Mutamīn hermano de al-Haŷib. Si damos fe al cantor de la batalla (que, obviamente, militaba en partido hostil al «Fratricida»), el caballero castellano desterrado de Castilla se enfrentó con el conde, cuando le hizo preso, mejor armado que un Paris o un Héctor en la Guerra de Troya, con una espléndida lóriga, con una espada al cinto damasquinada en oro por un artífice de mano maestra, con una lanza de fresno rematada con fuerte cúspide de hierro, con un escudo en su brazo izquierdo labrado en oro y que llevaba figurado un león rampante, con un fulgente yelmo chapeado de plata y ornado al derredor con una diadema roja de electro, y cabalgando un caballo árabe trasmarino que no cambiaría por mil áureos pues corría más que el viento y saltaba mejor que un ciervo. ¿Realidad histórica, convención literaria? Desde luego nada más distante esta pintura de la que luego imaginaría el juglar del Mio Cid cuando, al reunir en una las dos ocasiones en que Rodrigo hace prisionero al Conde de Barcelona, contrasta la malcalzada mesnada cidiana con la del vanidoso conde catalán, y cuando, al contar cómo la hueste cidiana abandona previamente el bastión del Poyo, pone en boca del Cid el argumento:

—¡Hya cavalleros,    dezir vos he la verdad:
Qui en un logar mora siempre,     lo so puede menguar!

      Sin duda, es la invencibilidad en las lides de «el Campeador», cantada en el Carmen, la cualidad que obliga por otra parte a Abû l’Hasan Alī ibn Bassām al-Santarinī a reconocer, con un conocimiento más completo de la vida de Rodrigo que el del autor del Carmen, puesto que escribe en 1109, diez años después de muerto al Kambiyaūr:

«Rodrigo —maldígalo Dios— vio siempre su enseña favorecida por la victoria...; con un escaso número de guerreros, puso en fuga y aniquiló ejércitos numerosos». «Este hombre, azote de su época, fue, por su constante amor a la gloria, por la prudente firmeza de su carácter y por su heroica bravura, un milagro de los grandes milagros del Señor» 7.

      Gracias a Ibn Bassām conocemos a un Rodrigo que hacía leer en su presencia los libros y gestas de los viejos héroes de Arabia y que al oír la historia de al-Muhallab quedó extasiado; y por él sabemos que, en sus años de señorío valenciano, lleno de orgullo tras haber vencido a los ejércitos del Emir de los musulmanes, había llegado a prometer:

«Bajo un Rodrigo fue esta Península conquistada; pero otro Rodrigo la liberará»

«palabras que —según reconoce Ibn Bassām — llenaron los corazones de espanto e hicieron pensar a los hombres que aquello que temían y presentían llegaría en breve». El gusto de Rodrigo, el de Vivar, por presentarse como el reverso de la figura del rey Rodrigo, parece que tenía su fundamento en la creencia, procedente de la historiografía árabe de la conquista, de que el último rey godo no había sido de estirpe regia sino un afortunado caudillo del ejercito de Witiza que fue elevado al trono 8. La comparación reaparece, con una formulación muy diferente y aplicada a un tiempo anterior (1090), en otro historiador árabe coetáneo, Ibn Alqama 9 (que fue traducido por Alfonso X):

«Mas el Cid fue muy loçano por ello, et creciól’ tanto el coraçón que non teníe en nada a quantos omnes de armas eran en su tiempo en España... et dixo que ell apremiaríe a quantos señores en ell Andaluzía eran, de guisa que todos seríen suyos, et que el rey Rodrigo, que fuera señor dell Andaluzía, que non fuera de liñage de reys, et pero que rey fue et regnó, et que assí regnaríe ell et que seríe el segundo rey Rodrigo» 10.

      ¡Qué lejos este Rodrigo del que nos definirán luego los dos viejos poemas épicos del s. XII, que insisten en destacar, como rasgo esencial de su carácter, la mesura y el  prudente aborrecimiento de cualquier género de jactancia!
      La razón de ser de la sumaria biografía del tirano Rodrigo incluida en el tercer volumen de la ajīra de Ibn Bassām, escrito en la Sevilla almorávide de 1109, es el capítulo que dedica a Ibn Ṭāhir, rey destronado de Murcia y escritor que vivió en la Valencia conquistada por el Campeador y de quien transcribe dos cartas dirigidas a un primo de Ibn Ŷaḥḥaf, el ambicioso y sediento de riquezas cadí que destronó y asesinó al rey al-Qādir y que pactó con Rodrigo la rendición de Valencia.
      Estas cartas retóricas, llenas de las perífrasis y metáforas características del género epistolar árabe, tienen, pese a ello, la fuerza del testimonio directo, inmediato, y nos hacen asistir, de alguna manera, a los encontrados sentimientos de un buen musulmán que ve con agrado la revolución del cadí Ibn Ŷaḥḥaf contra al-Qādir, que maldice de su orgullo en el encumbramiento y se horroriza ante el regicidio, pero que, emocionado, llora, al igual que cae la lluvia en Primavera, ante su suplicio por el Campeador que lo ha atrapado mediante argucias legales, y lo hace quemar por su traición, tras haberla demostrado judicialmente por el hallazgo en su poder, ocultas, las joyas reales traídas desde Toledo por al-Qādir (ibn Ḏī l-Nūn):

«Ahora que está muerto y que el fuego ha consumido sus miembros, el mundo se viste de duelo.»

      Las cartas de al-Ṭāhir, no sólo gracias a su inmediatez respecto a los hechos, sino muy especialmente por la refulgente retórica literaria con que esos hechos se nos narran, hacen imposible pasar por alto el testimonio concorde de los musulmanes que acusan a Rodrigo de artería y de crueldad extrema en sus tratos con el regicida, por más que reconozcan que su actuación fuera conforme a derecho y justicia.
      Pese a la entera devoción de Ibn Bassām al Emir de los musulmanes, Yūsuf, que ha ido destronando a los reyezuelos de Taifas «así como el sol va cazando las estrellas ante sí y hace desaparecer hasta los últimos vestigios de la potencia de ellos», o quizá por esa misma razón, en la rápida narración que sirve de soporte a las cartas de IbnṬāhir no deja de consignar que fue gracias al Campeador, que se interpuso en el camino de los lamtuníes, por lo que la dinastía Banū Hud pudo continuar gobernando Zaragoza e impidiendo el avance del integrismo ortodoxo almorávide hasta la frontera con los «francos».
      Mucha mayor importancia para la creación del personaje histórico Rodrigo Díaz el Campeador que esta incidental historia de sus hechos por Ibn Bassām tuvo la escritura, por el ya mentado Abū ﺀAbd Allah Muḥammad ibn al-Jalaf ibn Alqama del libro Elocuencia evidenciadora sobre la gran calamidad 11. Ibn Alqama es un historiador local de corto vuelo, que fue relatando minuciosamente los avatares del reino de Valencia, en el cual vivía, que llevaron a su destrucción. Pero sin esta historia particular no conoceríamos el entramado político que permitió a un simple caballero vencedor de lides fundar un señorío personal en un reino enclavado en la costa levantina de la España islámica, al modo en que los hijos de Tancredo de Hauteville y sus sucesores habían fundado, a mediados del s. XI, en el sur de Italia y en ciertas ciudades de Sicilia, principados normandos, o como, con todo el apoyo propagandístico y militar de la Primera Cruzada, la caballería «franca» crearía, unos años después, los reinos de Antioquia y Jerusalén en el Mediterraneo oriental. El directo conocimiento que Ibn ﺀAlqama tenía de las personalidades que en Valencia y en su entorno acechan e intervienen en la suerte del reino concedido por Alfonso VI al nieto de al-Ma’mūn, al-Qādir, cuando le hace abandonar en sus manos Toledo (1085), es inestimable, así como el detallismo con que, mes tras mes, va describiendo las intrigas políticas y los sufrimientos de la población de Valencia, hasta que el Campeador se apodera definitivamente de ella, se deshace, astuta y judicialmente del cadí Ibn Ŷaḥḥaf, el regicida que pactó la entrega de la ciudad, y logra, por la fuerza de las armas, mantener alejados de sus proximidades a los generales lamtuníes de Yūsuf, destacados en Murcia, que alentaban las esperanzas de los musulmanes no vinculados a la administración del rey muerto y de Rodrigo, de los no dawāyir (desertores).
      Lo curioso es que buena parte del relato de Ibn Alqama sólo ha llegado hasta nosotros gracias a su inclusión en la cronística cristiana del s. XIII y que, pese al filtro lingüístico e ideológico, sobresale aún en él el punto de vista de un «buen musulmán», totalmente opuesto a las opiniones o actuaciones de aquellos que en al-Andalus consideraban aceptable el «mudejarismo», el sometimiento a un señor cristiano que respetara sus posesiones, riquezas, leyes y costumbres. Aunque los textos en lengua castellana herederos del relato de Ibn Alqama siguen siendo los mismos que utilizó Menéndez Pidal, nuestro mejor conocimiento de las relaciones intertextuales entre las dos redacciones alfonsíes de la Estoria de España (la de c. 1270 y la de 1282/84), así como de la composición de ciertas versiones cronísticas (la Versión mixta y la Crónica de Castilla) que después combinaron el texto alfonsí de c. 1270 con la *Estoria caradignense del Cid (obras sobre las que hablaré más adelante) nos permite reconstruir mejor la original traducción castellana de Ibn ﺀAlqama que en el pasado. La versión castellana de la Elocuencia evidenciadora sobre la gran calamidad, a pesar de su origen, contiene a menudo un texto más fiel que el que nos da a conocer el historiador musulmán Ibn Iḏarī cuando utiliza la obra de Ibn ﺀAlqama como fuente en su Bayān al-mugrib, escrito en 1306, ya que, si bien a trechos lo cita literalmente, de ordinario resume su relato. Pero, por otra parte, es gracias sobre todo a los pasajes tomados por Ibn Iḏarī de Ibn ﺀAlqama (o de otras fuentes) como obtenemos una visión clara de las duras tácticas con que Rodrigo impide a los valencianos sitiados enviar fuera a las bocas inútiles y con que contribuye a desmoralizar al ejército almorávide y andaluz que acude a socorrer a Valencia 12. También son los textos conservados por la tradición historiográfica árabe los que nos hablan de la confianza de Lodriq en los agüeros del vuelo de las aves en los momentos críticos en que sus gentes quieren huir de Valencia y los mozárabes buscan en ella reconciliación con sus convencinos musulmanes antes de darse la batalla de El Cuarte. Es, pues, deseable que alguien (o un equipo conjuntado de especialistas, si es preciso) lleve a término una edición crítica bilingüe de la obra de Ibn ﺀAlqama con conocimiento de los problemas textuales e históricos que la tradición cronística castellana y la historiografía árabe presentan. Sólo así estaremos capacitados para superar la reconstrucción menéndez-pidalina de la conquista de Valencia.
      Junto a la detallada exposición de las intrigas políticas y actuaciones que dieron lugar a «la gran calamidad» de que Lurîq el Kambiyaūr se hiciera dueño del «delicioso cuerpo» de Valencia, vistas desde el punto de vista de un musulmán ortodoxo convencido de que la esperanza del Islam español eran los almorávides, contamos con una obra cristiana, no menos notable, en que se traza la historia de la actuación de Rodrigo en los reinos musulmanes del Levante. Es una historia escrita en latín dedicada exclusivamente a nuestro personaje: la Historia Roderici 13. Este hecho, la escritura de una historia sobre un personaje no regio, es, en la Historiografía cristiano-medieval española de aquellos y subsiguientes tiempos, algo extraordinario. Sólo conocemos otra historia dedicada a un personaje «particular», la Historia compostellana, y se trata, nada menos, que de la historia de un primado de una de las tres sedes apostólicas del mundo, quien, con su afán de sostener en Santiago de Compostela una corte cardenalicia y de convocar la Segunda cruzada desde Hispania, llegó a levantar graves sospechas en los papas sucesores de Calixto II, en el arzobispo primado de España y hasta en el «Emperador» Alfonso VII, su antiguo pupilo. Por otra parte, no deja de ser significativo que esta biografía del obispo Diego Gelmírez fuera obra de clérigos francos. Igualmene ajena a la tradición historiográfica castellano-leonesa es esta Historia Roderici. Como ya destacó Menéndez Pidal, el autor parece desconocer el reino castellanoleonés; era «de tierras aragonesas o mejor catalanas (como el autor del Carmen14. Mucho se ha discutido acerca del tiempo en que se escribió esta Historia Roderici; el hecho indudable de que tuvo a la vista documentos del archivo cidiano complica el problema de su datación. Los argumentos para reputarla tardía que se intentaron acumular han resultado fácilmente desmontables. Vuelve a quedar como dato fundamental el razonamiento de que sólo en un tiempo y en un entorno muy próximos y vinculados a Rodrigo podía tener sentido el redactar tal Historia, y que el historiógrafo que destaca el hecho de que Zaragoza y Lérida gracias a la obra cidiana no hubieran caído en poder de los almorávides tenía que escribir necesariamente antes del destronamiento en 1110 de los Banū Hud 15.
      Los hechos que interesan al biógrafo latinado del Campeator se centran en dos aspectos: el militar y el jurídico. Las campañas de Rodrigo desde el reino hudí de Zaragoza contra al-Haŷib, el rey de Lérida, Tortosa y Denia, y contra el conde Berenguer de Barcelona y, más tarde, las batallas para mantener el señorío de  Valencia son referidas con detalle; el historiador conoce los personajes cristianos secundarios (señores catalanes que vienen con Berenguer; prisioneros aragoneses en la batalla con Sancho Ramírez), pero no se interesa por los personajes moros que no sean reyes (¡ni siquiera nombra a Ibn Ŷaḥḥaf!); nada le importan las complejidades políticas que condicionan los éxitos del Campeador o que ponen en peligro su señorío. En cambio, constituyen otro campo de interés manifiesto los argumentos justificativos de la conducta de Rodrigo en relación con su señor natural el rey don Alfonso. Es cierto que el autor tiene a mano toda una serie de documentos que incluye verbatim; pero su inclusión y la prolijidad con que desarrolla la exposición de que forman parte son muestra patente del interés que el historiador les concede. Las cuatro fórmulas de juramento exculpatorio que Rodrigo propone al rey tras su fallida ida en apoyo del ejercito imperial cuando el socorro al castillo de Aledo 16, unidas al rechazo de la acusación dirigida al Campeatorem de ser «aleve», según fuero de Castilla, o «bauzia», según el fuero franco, se completan con la defensa de la conducta de Rodrigo en otros momentos en que es acusado ante su rey o en que combate, a sangre y fuego, las tierras riojanas del brazo derecho de Alfonso VI, el conde Garci Ordóñez de Nájera y Grañón. Al historiador, al igual que al redactor del citado juramento y cartas, le preocupan más los comportamientos conforme a derecho de su biografiado que la política del Campeador acerca de la convivencia de moros y cristianos en el señorío valenciano o que el enfrentamiento entre Cristianismo e Islam.
      Al comienzo de esta Historia, el autor, que sabe bien poco de las actividades de Rodrigo en el reino de León y Castilla antes de su destierro o en los periodos en que Rodrigo moró en él entre uno y otro de sus destierros, incluye la estirpe de su biografíado de forma tal que logra nombrar todos los eslabones que, formando dos cadenas que en un punto se juntan, enlazan a Rodrigo Díaz con «Flaynus autem Calvus», Llaín Calvo. Las cinco o seis generaciones que (según la rama genealógica escogida) separan de aquel personaje al biografíado son clara muestra de que el propósito del genealogista es vincular a Rodrigo Diaz con un cabeza de estirpe de extraordinario renombre. Como es muy común en los esquemas genealógicos de todos los tiempos, no creo que haya que ver en éste otra verdad que la de que fue creado para satisfacer al último de la fila, y a la vez que basta el hecho de haber colocado a Llaín Calvo en la cúspide a la cual se quiere llegar para que debamos admitir que, cuando se inventó la genealogía, ese personaje, sin apellido pero con un apodo de todos conocido, era ya uno de los dos famosos jueces 17 creadores de la Castilla «indómita» (ponderada por la Chronica Adefonsi imperatoris a mediados del s. XII). Esto es, que la introducción genealógica acude a la Leyenda de los jueces o alcaldes de Castilla para hacer «nobilísima» la prosapia de Rodrigo. Pienso que la invención debió de tener su origen en el entorno de Rodrigo dueño del reino de Valencia, y que responde al mismo impulso hacia la adquisición de derechos de soberanía que la comparación entre los dos Rodrigos de que dan noticia los autores árabes.
      Como en el caso de Ibn Bassām, en la Historia Roderici el componente más atrayente lo constituyen las cartas o documentos transcritos verbatim, pues el género epistolar, aunque esté sujeto en su composición, como el historiográfico, a unas convenciones literarias o retóricas, tuvo en la Edad Media cristiana (como luego en el Humanismo) una libertad mayor de expresión, que lo aproxima al lenguaje coloquial. En las cartas cruzadas entre el conde Berenguer y Rodrigo se nos habla con viveza de hechos que el historiador no consigna y, en virtud de esas alusiones y del lenguaje mordaz empleado, cobran en ellas relieve aspectos del ser de las personas envueltas en los sucesos, así como comportamientos vitales que las historias y los documentos notariales de aquellos tiempos jamás reflejan. Gracias a las amenazas e insultos del conde sabemos del recurso del Campeador a la irrisión, pues se nos dice que ha comparado a los nobles «francos» con sus mujeres, y asimismo de su confianza en los augurios de los cuervos y las cornejas, conforme a creencias típicamente castellanas; y, a través de su propia respuesta, oímos la risa incontenible de Rodrigo, que insiste en considerar al conde, a Raimundo de Berberán y a los demás coaligados francos asimilables a sus «femineas», recordándoles su mucho hablar en Orón, ante el rey don Alfonso y el rey al-Musta’īn de Zaragoza, de que iban a prenderle por su mano, e invitándoles a aparcar sus «blasfemas» palabras y acudir a las armas poniendo el resultado del combate en manos de Dios.

Diego Catalán, "El Cid en la historia y sus inventores."(2002)

NOTAS

6 [El llamado Carmen Campidoctoris (eds. Menéndez Pidal, Esp. Cid 7, 1969, pp. 882-886; Gil, en Falque, et alii, Chron. Hispana saeculi XII. Pars I, 1990, pp. 105-108)]).

7 [Ibn Bassām, al- ajīra fī maāsin ahl al-Ŷazira (‘Tesoro sobre las excelencias de la gente de al-Andalus’) en su parte 3ª Véase la reciente edición en español de los pasajes de interés cidiano de la ajīra, debida a Viguera, «El Cid en las fuentes árabes», en El Cid, Poema e Historia, ed. Hernández, Burgos: Ayuntamiento, 2000, pp. 55-92, § 2.3 (pp. 59-64)]. 

8 [La consideración de Witiza como el último rey godo y de Rodrigo como un usurpador se da ya en Ibn al-Qūṭiyya (muerto en Córdoba en 977), cfr. Menéndez Pidal, Reliquias 1 (1951), pp. 7-11 (reed. en Reliquias 2, 1980, 2ª parte, pp. 7-11)].

9 [Muḥammad ibn ﺀAlqama, al-Bayān al-wāih  fī l-mulimm al-fâdi].

10 [Estoria de España; ed. Menéndez Pidal, PCG, p. 564b14-25].

11 [O, según la traducción de Viguera, «El Cid en las fuentes árabes» (2000), p. 57: ‘Manifiesto elocuente sobre el infausto incidente’].

12 [Ibn ‘Iḏarī, al-Bayān al-mugrib. En pasajes que dieron a conocer Lévi-Provençal, en Islam d’Occident, Paris, 1948, y Huici Miranda, Nuevos fragmentos, Valencia, 1963. Viguera, «El Cid en las fuentes árabes» (2000), pp. 71-77, traduce ahora al castellano los pasajes de interés cidiano basándose en la ed. de I. ‘Abbās de al-Bayān al mugrib, IV, Beirut, 1983].

13 [Eds. Menéndez Pidal, Es. Cid 7 (1969), pp. 921-971; ed. Falque, en Chron. Hispana saeculi XII. Pars I (1990), pp. 47-98].

14 [Menéndez Pidal, Esp. Cid 7 (1969), p. 917].

15 [Véase, adelante, Apéndice I].

16 [Como advierte Pérez-Prendes, «Estructuras jurídicas y comportamientos sociales en el siglo XI». En La España del Cid. Ciclo de conferencias... (2001), p. 60: «Se suele hablar de los cuatro juramentos del Campeador, pero son sólo variantes, en los fundamentos de hecho, de un juramento único» (y remite a su ponencia al Congreso del IX Centenario de la muerte del Cid, de Alcalá de Henares, 19-20/XI/1999)].

17 [Cfr. Catalán, La épica española (2000), pp. 126-127 y n. 5; y pp. 76-79]. 

Índice de capítulos:

* PRESENTACIÓN

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (1)
   a. La realidad se forja en los relatos

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (2)
    b. Rodrigo, Campeador invicto para sus coetáneos

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (3)
   c. Del Campeador al Mio Cid. Los nietos del Cid y la herencia cidiana

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (4)
   d. Rodrigo, el vasallo leal, a prueba

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (5)
   e. El Soberbio Castellano

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (6)
   f. El Cid se adueña de la Historia y la Historia anquilosa la figura del  Cid

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (7)
   g. El Cid del Romancero salva al personaje literario del corsé historiográfico

* II EL «IHANTE» QUE QUEMÓ LA MEZQUITA DE ELVIRA Y LA CRISIS DE NAVARRA EN EL SIGLO XI

*  III LA NAVARRA NAJERENSE Y SU FRONTERA CON AL-ANDALUS

*   IV EL MIO CID Y SU INTENCIONALIDAD HISTÓRICA

V EL MIO CID DE ALFONSO X Y EL DEL PSEUDO IBN AL-FARAŶ

VI RODRIGO EN LA CRÓNICA DE CASTILLA. MONARQUÍA ARISTOCRÁTICA Y MANIPULACIÓN DE LAS FUENTES POR LA HISTORIA

* VII LA HISTORIA NACIONAL ANTE EL CID

* APÉNDICE I.  SOBRE LA FECHA DE LA HISTORIA RODERICI

* APÉNDICE II. SOBRE LA FECHA DE LA CHRONICA NAIARENSIS

* ÍNDICE DE REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS (Y CLAVE DE SIGLAS)

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I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (1)

I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (1)

I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID

a. La realidad se forja en los relatos

      El título bajo el cual reuní, desde su primera exposición pública, las observaciones que constituyen este capítulo inical (título obviamente sugerido por un «historiador» de profesión), puede hacer creer que en él voy a oponer y deslindar dos géneros de escritura, «Historia» y «Leyenda», cuya diferencia estribaría en que lo referido fuera, en un caso, «realidad» y, en el otro, «no realidad». Nada más lejos de mis propósitos y de mi oficio.
      Mi campo de investigación, en el que se fundamenta lo que aquí vengo a exponer, es la Historiografía. Y la experiencia de leer historias (antiguas y modernas) me lleva a considerar axiomático que la historia no la constituyen los «hechos» que en «realidad» ocurrieron en caótica sucesión o simultaneidad, sino los relatos. La historia es creación, hallazgo, invención de unos narradores que seleccionan, organizan y dan sentido a ciertos «datos» que la memoria o un determinado tipo de documentación pone a su alcance. Ya lo dijo magistralmente nuestro mayor historiador medieval, «el Rey Sabio», cuando trató de explicar a sus ignaros súbditos la función del «poeta» en el mundo clásico:

 «poeta quiere dezir tanto como fallador de nuevo de razón e enfeñidor della e assacador, por mostrar razones de solaz por sus palabras en este fecho, e aún razones e palabras de verdat» 1.

      Descubridor de razón, fingidor de ella, creador de verdad y, simultáneamente, de un relato cuya audición o lectura suscite placer, gozo. Ésa es, no menos, la obra del historiador; o lo fue mientras siguió siendo la Historia memoria viva de aquellas actuaciones de los hombres que, por su carácter paradigmático, constituyen lecciones de futuro. A la luz de estas consideraciones, se comprenderá que tenga por cierto que, una vez muerto en 1099 Rodrigo Díaz y enterrado en Cardeña, la única realidad sobreviviente es la de la cambiante figura que de él nos proyectan los sucesivos narradores de sus «gestas», de sus acciones dignas de memoria.
      Si Rodrigo Díaz, el de Vivar, es hoy alguien para nosotros, si lo fue para muchos otros en el pasado durante 900 años, ello se debe a que esas sus «gestas» fueron expuestas con unos determinados propósitos por sucesivos narradores medievales. Somos deudores de su interés por el personaje y de la manipulación de su figura.
      Es cierto que, gracias sobre todo a Ramón Menéndez Pidal (otro apasionado narrador de las «gestas» del Cid), quien compiló a principios de este siglo un curiosísimo «cartulario cidiano»2, conocemos aspectos y detalles de la biografía de Rodrigo Díaz sobre los que los «estoriadores» medievales no nos proporcionan noticia. Baste recordar, como dato «político» sustancial, la documentación que prueba que Alfonso VI, con anterioridad al primer destierro de Rodrigo, le tuvo en alta estima cuando le casó con una leonesa de estirpe regia y le favoreció con privilegios 3; y, como dato anecdótico bien notable, el conocimiento que tenemos de la letra de Rodrigo 4 y de un «autógrafo» de su mujer, Ximena 5, hechos documentales que llaman la atención por no tener parigual entre los héroes histórico-literarios más conocidos. Pero la imagen que el personaje Rodrigo Díaz el Cid Campeador proyecta desde la Historia ante sucesivas generaciones de hombres y mujeres que ningún trato tuvieron con él se debe a unos pocos narradores medievales.

Diego Catalán, "El Cid en la historia y sus inventores."(2002)

NOTAS

1 [Alfonso X, General estoria, 1.a Parte, Lib. VI, cap. 19. Puede verse en Brancaforte, Las «Metamorfosis» y las «Heroidas» de Ovidio en la «General estoria» de Alfonso el Sabio, Madison: Hispanic Seminary of Medieval Studies, 1990, p. 4].

2 [La España del Cid, 1ª ed., Madrid: Plutarco, 1929, pp. 835-885; 7ª ed., Madrid: Espasa Calpe, 1969, pp. 827-877].

3 [Esp. Cid 7 (1969), pp. 210-212, 219-221].

4 [Esp. Cid (1929), p. 590; Esp. Cid 7 (1969), p. 551].

5 [Esp. Cid (1929), p. 619; Esp. Cid 7 (1969), p. 579].

Índice de capítulos:

* PRESENTACIÓN

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (1)
   a. La realidad se forja en los relatos

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (2)
    b. Rodrigo, Campeador invicto para sus coetáneos

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (3)
   c. Del Campeador al Mio Cid. Los nietos del Cid y la herencia cidiana

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (4)
   d. Rodrigo, el vasallo leal, a prueba

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (5)
   e. El Soberbio Castellano

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (6)
   f. El Cid se adueña de la Historia y la Historia anquilosa la figura del  Cid

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (7)
   g. El Cid del Romancero salva al personaje literario del corsé historiográfico

* II EL «IHANTE» QUE QUEMÓ LA MEZQUITA DE ELVIRA Y LA CRISIS DE NAVARRA EN EL SIGLO XI

*  III LA NAVARRA NAJERENSE Y SU FRONTERA CON AL-ANDALUS

*   IV EL MIO CID Y SU INTENCIONALIDAD HISTÓRICA

V EL MIO CID DE ALFONSO X Y EL DEL PSEUDO IBN AL-FARAŶ

VI RODRIGO EN LA CRÓNICA DE CASTILLA. MONARQUÍA ARISTOCRÁTICA Y MANIPULACIÓN DE LAS FUENTES POR LA HISTORIA

* VII LA HISTORIA NACIONAL ANTE EL CID

* APÉNDICE I.  SOBRE LA FECHA DE LA HISTORIA RODERICI

* APÉNDICE II. SOBRE LA FECHA DE LA CHRONICA NAIARENSIS

* ÍNDICE DE REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS (Y CLAVE DE SIGLAS)

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