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Obras de Diego Catalán

15.- 3. LAS LENGUAS DE SUBSTRATO EN LA FONÉTICA ESPAÑOLA

15.- 3. LAS LENGUAS DE SUBSTRATO EN LA FONÉTICA ESPAÑOLA

3. LAS LENGUAS DE SUBSTRATO EN LA FONÉTICA ESPAÑOLA. III. RESTOS DE LAS LENGUAS PRIMITIVAS EN EL ESPAÑOL

      Todos estos influjos de vocabulario y de sufijación son aceptados aun por los filólogos más reticentes a admitir que en las lenguas modernas afloren rasgos procedentes de estratos lingüísticos prerromanos, y sin embargo, para ex­plicarlos es preciso admitir el estado latente de muchos de esos casos durante siglos y siglos. Las dudas, las negacio­nes sobrevienen tratándose de influjos fonéticos, sin que haya razón para no admitir de igual modo una manera de pronunciar que permanece latente, relegada a las gentes más incultas de la comunidad lingüística 115.

      El ibérico repugnaba ciertos sonidos labiales; no usaba p inicial (el beréber y el árabe carecen de p en toda posición), y sobre todo desconocía la f; ninguno de los dos alfabetos ibéricos tiene signo para representarla. El vasco continúa teniendo por extraña la f, y en los abundantes latinismos que tomó pierde esa fricativa labial o la sustituye por h, atendiendo al elemento fricativo, o bien la sustituye por b o p, atendiendo al elemento labial: filu es en vasco iru, hiru, biru o piru; fagum > bago ’haya’; forma > orma o borma ’hormazo, pared’. Semejantemente los dos importan­tes países limítrofes al vasco perdieron en su romance la f- latina, sustituyéndola por h-; al Este el gascón, desde el valle de Aran al Medoc: filu > hiu, fumu > hum, etc.; al Oes­te el castellano viejo, hilo, humo, etc. El solar primitivo de la pérdida de f-  iba desde la izquierda del Garona en Fran­cia, hasta la derecha del Sella en Asturias y hasta el monasterio de San Millán en la Rioja Alta y Norte de Ara­gón 116, es decir, comprendía principalmente el territorio de aquitanos y cántabros, pueblos tardíamente romanizados, cuyas clases más incultas nunca debieron aprender el soni­do extraño de la f, y comprendía en su centro a los vascones, pueblo que en su mayor parte nunca aprendió el la­tín, quedándose hasta hoy con el idioma preindoeuropeo 117. Entre los demás pueblos de la Península habría algún otro foco de h, pero por lo general más cultos que los progeni­tores de los gascones y los castellanos aprendieron la f la­tina. Si hoy las formas hilo, humo, hacer, hijo, etc., son gene­rales al español, se debe a la expansión castellana a partir del siglo XI118. Es notorio que la f- se hacía h- a veces en el latín arcaico, entre los sabinos especialmente, así que no se excluye el caso de que una tendencia ibérica fuera apo­yada por un vulgarismo latino.

A la falta de f- inicial va unida la falta de v en toda posición, común al español moderno y al gascón, que ha­cen la v > b (o ƀ, fricativa bilabial); nótese que el vasco tam­poco conoce la v 119.

Otro importante carácter fonético del español muestra también su ibericidad. La lengua ibérica tenía un signo para la rr fuertemente vibrada, distinto de la r suave 120. Esa rr fuertemente vibrada es panibérica característica hoy de todos los idiomas de substrato ibérico: del portugués, del español, del catalán, del gascón y del vasco. Creo que tam­bién se pronuncia en Sicilia, lo cual nos podría recordar la colonización íbero-sicana de que habla Tucídides. Los demás romances pronuncian la rr suave, lo mismo que la r, bien sencilla, bien geminada. Esa rr fuerte no era tolerada en el ibérico como inicial sin la anteposición de una vocal según dijimos tratando de arrugia 121, y este iberismo afecta a al­gunas palabras del español, como arruga < rūga, arrebol < rŭbōre, y deja rastros también en portugués, catalán y gascón 122.

      Los influjos célticos en la fonética española son también muy importantes, pero, igual que vimos respecto de los in­flujos léxicos, los fonéticos no son tampoco privativos de España, sino comunes a la Romania que tiene substrato céltico, esto es, a la Galia o Francia y a la Galia Cisalpina, o sea, al Norte de Italia.

      Las lenguas célticas se caracterizan por una gran debili­dad articulatoria de la consonante intervocálica, sobre la cual ejercen las vocales contiguas una acción asimiladora; cuando la consonante es sorda, toma la sonoridad de las vocales y, cuando es sonora, tiende a vocalizarse y perder­se. El romance de más fuerte substrato céltico, el francés, es justamente el que muestra la máxima debilitación de la consonante oclusiva intervocálica rota > ruede > roue, amica > amie. Los países que no han tenido substrato cél­tico conservan la sorda: italiano ruota, amica; rumano roată, amică. El español y el provenzal, menos influidos del celta que el francés del Norte, ocupan un lugar intermedio so­norizando, pero manteniendo la sonora, rueda, amiga, pro­venzal roda, amiga. En la Galia Cisalpina hay vacilación: el piamontés y genovés pierden la consonante rǫa, como el francés; mientras el lombardo o veneciano la conservan sonorizada roede, rwóda como el español y el provenzal.

      Si atendemos de cerca a los más antiguos testimonios hispánicos de la sonorización, vemos que dentro de la Pe­nínsula Ibérica se observa un contraste manifiesto entre unas zonas geográficas y otras. En las inscripciones roma­nas de todo el Oeste ocurren muchos casos de sonorización o pérdida de consonantes intervocálicas en los nombres bárbaros de divinidades o de personas (Douitena  > Douidena, etc.), casos que faltan por completo en las inscripciones del Sur y del Este. La documentación en las inscripciones hispanas es escasa, por las razones que más adelante expondremos 123: en voces célticas aparece Celti­gum en una inscripción de Aguilar de Campóo 124; en vo­ces latinas el ejemplo más antiguo es mudauit, por «mutauit», en una inscripción del siglo II, de Mérida 125. Esa porción peninsular de Occidente es el solar de pueblos célticos o precélticos, mientras el Sur y el Este es la Hispania no indoeuropea. En correspondencia con estos testimo­nios de la época romana, en la documentación medieval posterior a la invasión musulmana más antigua (hasta el siglo XI) se manifiesta un máximo de sonorización de con­sonantes sordas en el reino de León, incluido Portugal; en los de Castilla aparece un término medio, y en los de Ara­gón un mínimo; entre los mozárabes del Sur los escritores musulmanes nos dan muchos más ejemplos de consonante sorda que de sonora. En época moderna, el aragonés pire­naico (en el área triangular cuyos vértices son Ansó, Tierz y Plan) ha conservado abundantemente la sorda. Esta dis­tribución apoya indudablemente el origen substratístico celta del fenómeno 126.

      Otra influencia. Las lenguas célticas palatizan la k agrupada, haciéndola fricativa o vocalizándola; el nombre galo que César escribe Lucterius se escribe en las monedas galas Λυχτηριοζ, esto es, Luhterios. El latín hablado por pueblos de substrato celta alteraba igualmente la k agrupada: lacte es en francés lait, lach, en piamontés lait, en lombardo lach, en gallego portugués leite, en español leche, en catalán *lleit, llet. Por el contrario, los países sin substrato céltico conservan la oclusión de la c aunque transformada, italiano latte, rumano lapte.

      El menor celtismo de la Península ibérica respecto de Galia se conoce en que la ū latina pronunciada ü a lo celta, que se halla en francés y en el Norte de Italia (lūna > francés lune, Norte de Italia lüna), no se encuentra ni en castellano, ni en catalán, ni en portugués, salvo en dos pequeñas regiones de Algarve y de Beira Baixa-Alentejo.

Diego Catalán: Historia de la Lengua Española de Ramón Menéndez Pidal (2005)

NOTAS

115  Véase Menéndez Pidal, «Modo de obrar el substrato lingüís­tico», RFE, XXXIV, 1950, pp. 1-8.

116  Sobre el predominio del vascuence en los siglos IX-X hasta Juarros y los picos de Urbión, y acerca de una romanización tar­día, hacia los siglos VI-VII, del Alto Aragón y la Alta Lérida hasta el Noguera Pallaresa, véase el mapa «El último reducto de los dialectos ibéricos» en Menéndez Pidal, Orígenes del esp., 3ª ed. 1950.

117  Véase Menéndez Pidal, Orígenes del esp., 3ª ed. 1950, § 41.

118  Acerca de las comarcas en que se manifiesta la aspiración o pérdida de f- desde los primeros testimonios del romance y cómo se expande el fenómeno, véase adelante, Parte IIIª, cap. VIl, § 2.1.

119  Bourciez, Éléments,  1923, §§ 269d y 336d.

120  Caro Baroja, en Historia de España de Menéndez Pidal, I, vol. 3, 1954, pp. 711-712 y 728.

121  Atrás, p. 52.

122  En 1942 aún me inclinaba a atribuir a influencias del substrato primitivo la s apical cóncava (con la punta de la len­gua cóncava en el prepaladar), característica de casi toda la Pe­nínsula, Norte de Portugal, Galicia, Castilla, Aragón, Cataluña, característica igualmente de Aquitania, Auvernia y Languedoc, a diferencia de la s dorsal convexa (con la punta de la lengua en los dientes inferiores), que se pronuncia en Andalucía, en el Sur de Portugal, en Provenza y en el resto de Francia. Pero véase ade­lante, Parte Va, cap. III, §§ 2-4.

123 Adelante, Parte IIIª, cap. II, § 17.

124  CIL, II, 6298. Para otros casos dudosos en nombres bárba­ros, véase A. Carnoy, Latin d’Espagne (1906), pp. 115, etc.

125  CIL, II, 462.

126  Menéndez Pidal, Orígenes del esp., 3ª ed., § 46 s.; Tovar, «La sonorización», Bol. Acad. Hist., XXVIII, 1948, pp. 265-280; Martinet, «Celtic lenition», Lang. XXVIII, 1952, pp. 192-217, y Économie, 1955, pp. 257-296.

CAPÍTULOS ANTERIORES:

PARTE PRIMERA: DE IBERIA A HISPANIA
A. EL SOLAR Y SUS PRIMITIVOS POBLADORES

CAPÍTULO I. LA VOZ LEJANA DE LOS PUEBLOS SIN NOMBRE.

1.- 1.  LOS PRIMITIVOS POBLADORES Y SUS LENGUAS

2.- 2. INDICIOS DE UNA CIERTA UNIDAD LINGÜÍSTICA MEDITERRÁNEA

3.- 3. PUEBLOS HISPÁNICOS SIN NOMBRE; PIRENAICOS Y CAMÍTICOS

CAPÍTULO II. PUEBLOS PRERROMANOS, PREINDOEUROPEOS E INDOEUROPEOS

4.- 1. FUERZA EXPANSIVA DE LOS PUEBLOS DE CULTURA IBÉRICA

5.- 2. NAVEGACIÓN DE FENICIOS Y DE GRIEGOS EN ESPAÑA

6.- 3. LOS ÍBEROS Y LA IBERIZACIÓN DE ESPAÑA, PROVENZA Y AQUITANIA

7.- 4. FRATERNIDAD ÍBERO-LÍBICA

*   8.- 5. LOS LÍGURES O AMBRONES

*   9.- 6. LOS ILIRIOS

*   10.- 7. LOS CELTAS

*   11.- 8. «NOS CELTIS GENITOS ET EX IBERIS» (MARCIAL)

12.- 9. PERSISTENCIA DE LAS LENGUAS IN­DÍGENAS EN LA PROVINCIA ROMANA DE HISPANIA

B. LAS HUELLAS DE LAS LENGUAS PRERROMANAS EN LA LENGUA ROMANCE

CAPITULO III. RESTOS DE LAS LENGUAS PRIMITIVAS EN EL ESPAÑOL

13.- 1. VOCABLOS DE LAS LENGUAS PRERRO­MANAS

14.- 2. SUFIJOS PRERROMANOS EN EL ESPAÑOL

Diseño gráfico:
 
La Garduña Ilustrada

Imagen: letra K, variaciones sobre el alfabeto Holbein.

14.- 2. SUFIJOS PRERROMANOS EN EL ESPAÑOL

14.- 2. SUFIJOS PRERROMANOS EN EL ESPAÑOL

2. SUFIJOS PRERROMANOS EN EL ESPAÑOL. III. RESTOS DE LAS LENGUAS PRIMITIVAS EN EL ESPAÑOL

      Fuera del vocabulario, también el sistema morfológico de las lenguas primitivas influyó en el español, pero sólo en sus sufijos.

      Ya hemos nombrado el sufijo átono -ăra, conocido en to­das las lenguas mediterráneas, al tratar de las reliquias topo­nímicas 37. Primitivamente tuvo un valor colectivo o abundan­cial pero al español pasó sin sentido significativo alguno, como simplemente emotivo, afectivo, humorístico 38. Acaso primitivamente cáscara 39 significó ’conjunto de cascas’ pero hoy significa sólo una singular como casca; gállara, que usa Berceo y es dialectal en Soria, es sinónimo exacto del latín galla > agalla de roble 40; alicántara es sinónimo de alican­te ’especie de culebra’. Este sufijo tiene usos locales muy di­versos: asturiano báilara ’perinola’; cubano guasángara, sinó­nimo de guasanga ’alboroto’ 41; y es también usado en dialectos italianos, en los Abruzzos malvítzera, sinónimo de malvits ’malvis’; toscano gázzara, sinónimo de gazza ’urraca, pega’ 42. Los duplicados se ven ya en griego prehelénico κíσoς junto a κíσσαρος ’yedra’ 43.

      La vitalidad moderna del sufijo ha dado lugar a formacio­nes tardías derivadas, no de un sustantivo, sino de un verbo: pícaro, del verbo picar (el ’pícaro de cocina’); guácharo ’hidró­pico o encharcado en agua’ (> ’pollo del gorrión’), del ver­bo aguachar; páparo ’papanatas, papahuevos, papamoscas’; y en asturiano pítara ’silbato’, de pitar; báilara ’perinola’, de bailar 44.

      Este importante sufijo, no estudiado en las gramáticas, te­nía en las lenguas mediterráneas variantes con cambio de la r por otra consonante continua: -alo, -ano, -ago 45. El nombre de la ciudad Bracăra Augusta (Plinio, Ptolomeo, etc.) 46, hoy Braga, alusivo al pueblo céltico que vestía habitualmente con bracae (las típicas ’bragas célticas’, calzón luego adoptado por los romanos), voz admitida por el latín oficial, tuvo como formas variantes Bracăla y Bracăna47, que explican la forma portuguesa (ya que la -r- no se pierde en gallego-portugués y si las -/-, -n-). Las tres variantes del sufi­jo se emplean en las derivaciones romances: mur-ciego > mur-ciégalo, moderno murciélago, junto al dialectal murciégano; sótalo en el siglo X, hoy sótano, de sŭbtus 48; bonítalo, cernícalo, bárgano (ya documentado en el siglo IX), retruécano, tuétano, etc.49. Las mismas variantes se dan en Italia: álbaro ’álamo’, álvano ’fresno’; pipita y pipítala, etc.50. El valor subjetivo, emo­cional que tiene este viejísimo sufijo se manifiesta en voces que significan ’lampo’, esp. re-lámp-ago, ital. dialectal kalúg-ano, arlúdz-ano en vez del ital. ’baleno’51.

      Otro sufijo extraño al latín, usado en la Península Ibéri­ca (portugués, español, catalán), Gascuña, Cerdeña y la Ita­lia meridional es -rr- con variedad en la vocal precedente 52. Ya san Isidoro (X, 31) utiliza el hispano-latino bobarrus, boburrus como despectivo. La vitalidad románica de este su­fijo en los países ibéricos es muy notable 53, hasta el punto de haber atraído a voces en que originalmente no se ha­llaba presente 54; a ello ha contribuido, sin duda, su expre­sividad fónica 55. También han venido a integrarse en él los nombres vascos de terminación -ar, -ur, -or con el artículo postpuesto, que los convierte en -arra, -urra, -orra 56, dado que el vascuence prefiere en final las fortes a las lenes 57. Pero, si en alguna ocasión es lícito hablar de sustrato me­diterráneo occidental, es precisamente en este caso del ele­mento sufijal -rr-: su difusión en toda la Península Ibérica, en el Sudoeste de Francia, el Sur de Italia, Cerdeña y Sici­lia favorece la hipótesis de que se basa en un fondo primi­tivo común a esos territorios. No es un sufijo vasco exten­dido a las lenguas románicas, ya que precisamente en él no existe las forma de -rr- con final vocálico sino por contacto con las lenguas románicas, que son también las que le con­tagiaron el valor aumentativo / despectivo para sus nom­bres en -ar, -ur, etc.58. Como en otros sufijos primitivos, se añade a raíces con alternancia en la vocal temática.

      La productividad del sufijo en la lengua común, en la rús­tica, popular y conversacional es extraordinaria. En portu­gués: bebarra ’bebedor’, bandarra ’perezoso’, chicharro, chibarro ’cabrito’, casparra (’porcaria encascada no nariz’), chinchorro, beatorro, pitorra, cabeçorra, piorra (trasm.) ’peonza’, etc. (con doble sufijación: porcarrão, vozarrão, bestarraz, leigarraz ’ignorantón’, bras, mancarrão ’caballo manco’, etc.). En español: cacharro, guijarro, chinarro, cegarra (de «ciego»), taba­rra, pitarra ’légaña’, panarra ’hombre desidioso’, cotarro, man­garra (arag.) ’perezoso’, andorra ’mujer callejera, puta’ usado ya por el Arcipreste de Hita y que sobrevive también en Cas­tres (Tarn)59, picorro ’mozo de espuela’ ya en el Cancionero de Baena 60, viejorro ya en Gonzalo de Correas 61, machorra, pe­dorro, ceporro, pantorra, pachorra, abejorro, pitorro (alto arag. pi­chorro 62), baturro (de bato), cazurro, cencerro, becerro, etc. (con doble sufijo: zancarrón, santurrón, manchurrón, vozarrón, ven­tarrón, coscorrón de cosque, bicharraco, mangorrero, paparrucha, zunzurrunear, etc.). En catalán: paparra, donarra ’mujerona’, camarra ’patorra’, bagarro ’gandul’, dentarra, llobarro, etc. (con doble sufijo: llogarrás ’lugarón’, becarrada ’picotazo’, caparrada ’capón’, etc.). En gascón: gatàrrou ’gatazo’, boucàrrou ’ca­brón’, picarra ’pico difícil de escalar’, bentòrro ’barrigota’, pegòrrou ’necio’, cabòrrou ’testarudo, cabezota’, mandourro ’mujerona torpe’, cassourro ’viejo roble desmochado’, etc. (con doble sufijo: nasarràs ’narizotas’, pegarroû  ’tontuelo’, nebarrada ’gran nevada’, etc.). En sardo: auzarra ’zarzaparrilla’, zingorra ’anguila pequeña’, liporra ’lechetrezna’, etc. En calabrés: critarra ’tierra cretácea’, minchiarra ’miembro viril del morue­co’, spinarru ’arbusto espinoso’, aquarra ’rocío’, zozarra ’sucie­dad’, chiavarru ’carnero’, ciotarru ’estúpido’, vitorra ’cuchara pastoril de palo’, panzorra ’gran racimo’, picciorru ’niño’, baburru ’tonto’, zinurro ’pequeño’, etc. (con doble sufijo: jencarrune ’novillo’, cuošcarrune ’rebollo’ 63, etc.). En Sicilia limarra ’fango’, etc. (con doble sufijo: vichiarruini ’vejarranco’, nivarrata ’nevada’). Como topónimos y nombres de pueblos cita­dos en la Antigüedad tenemos en Hispania: Σιγαρpα (en Ptolomeo) ciudad de los Ilearcaones, nombre que se repetía en el Norte del Ebro en un municipium Sigarrense64 de una inscripción de la comarca de La Segarra o Sagarra 65; el nombre de Clotius  Susarrus en una inscripción se­pulcral nos apunta a unos astures *Susarri; otros astures Egiuarri  o  Egouarri (en Plinio) pudieran relacionar­se con el actual río Eo < *Egoua 66. Sobre Graccurris, en que el sufijo se aplica a un nombre personal romano, tra­taremos más adelante. La tribu de los astures Γιγουρροι (en Ptolomeo), Gigurri (en Plinio), Giorres o Georres (en monedas visigodas de la primera mitad del siglo VIl) se perpetuó en Jurres (documentos de 974 y 1085) y hoy sub­siste en Val-de-orras (Orense)67. Como nombres personales Buturra, sobrenombre de una hija de cierto Viriato en Estella 68; Muturra, un varón de Talavera de la Reina 69; el muy frecuente Reburrus 70. En la toponimia románica (medieval y moderna) se da la misma variedad vocálica que en los nombres comunes. En la Península Ibérica los ya es­tudiados Navarra, Segarra; Juarros (-rrillos) en Burgos, Sala­manca, Segovia, Cuenca (en docs. Sxuffarros, Xuharros 71); Simarro (-arra, -arrinho) en Cuenca, Evora; Tobarra en Albacete; Cegarras en Murcia; Cucharro en Albacete; Bugarra, Bugarrel, Bogarre en Castellón, Santarem, Granada (respectivamente); Pigarra (-rros) en Portugal; Combarro (-rros) en Pontevedra, Coruña, Asturias, León; Penarro en Ávila; Gamarro en Toledo; Chamorro (-orra) en Toledo, Albacete, Badajoz, Portalegre, Porto, Coruña; Canchorras en Badajoz; Cotorrillo en Salaman­ca, Badajoz; Mazorra en Burgos, Porto; Magurro (-rra) en Portugal, etc. Y con doble sufijación: Pingarrón (en el Jarama) en Madrid; Pont- Puntarrón (de «puente») en Albacete, Alicante, Murcia. En Cerdeña: Eusorra, Butturru, Guzzurra (ant. Gusurra), Zamburra, Alidurri, Aliderro. En Sicilia: Babaurro, Buturro 72. En Campania: Sciamarro (compárese Zamarro en Álava).

      El sufijo -c c-, con variedad de vocales también, fue común en época arcaica: pedruecos año 927, peñueco año 1118 73, y sobrevive hoy en muchas palabras, como verraco, bellaco, mo­rueco, barrueco, babieca (aplicado ya al caballo del Cid en el Poema de Mio Cid), recoveco, abejarruco, pero no tiene ac­tualmente vitalidad para nuevos derivados, sino como despectivo o, regionalmente (en Cantabria), con valor afec­tivo/diminutivo: pequeñaco, libraco, pequeñuco, casuca. En su variante con i, -ico fue en los Siglos de Oro el diminutivo más usual y literario y hoy se sigue empleando como tal en muy diversas regiones de España. Aparte de la forma -ico, el sufijo, con su variedad vocálica lo encontramos en multi­tud de topónimos: La Carraca (Cádiz), de carra ’piedra’; Aravaca (Madrid); Vallecas (Madrid); Barrueco, Barroco (Cá­diz, Cáceres, Salamanca, Portugal), del ibérico barro (de donde, con sufijo análogo, barraca); Batuecas, Batoca, Batoco (Salamanca, Orense, Portugal, con -a  y -o); Buzaco, Bussaco, Bussac (Galicia, Portugal, Gerona, año 811); Aranzueque, de arantza ’espino’ (Guadalajara), etc. Ya en el Itinerario de Antonino está Miacum > Meaque, Meaco (Madrid).

      El sufijo fue productivo en época latina y románica; así lo hallamos aplicado a voces latinas: Manzaneque, Palomeque, en Toledo, sustituyeron en el latín carpetano a los nombres que en otras regiones se formaban con sufijos latinos -etum, -aris (Manzanedo, Palomar); Tembleque, en Toledo también, es pueblo que tiene en su término dos pantanos o tremedales, siendo seguro que el nombre deriva de trĕmŭlus, como el Tiemblo de Ávila; Cañamaque en Soria, corresponde a Ca­ñamar.

      El sufijo -ico, a pesar de su vivacidad en el español clási­co y dialectal, no está muy difundido en la toponimia pe­ninsular. La boga de este sufijo mediterráneo debió de ser impulsada desde el África romana, donde en las inscripcio­nes de la época imperial aparece aplicado a nombres de mujer: Bonicca, diminutivo de bonus, Karica de carus. Luego se halla en inscripciones españolas Pusinnica, diminutivo del más usado nombre de mujer Pusinna. Hoy -ico se usa para diminutivos en los dialec­tos del Sur de Italia y en toda la Península Ibérica, pero sobre todo en las regiones costeras que miran al Africa, des­de Granada hasta Cataluña. En catalán, bonica, aplicado a una mujer, significa ’hermosa’, saliendo de la esfera semán­tica del simple bonus, para tomar la plenitud afectiva que el diminutivo tenía en el África romana cuando a una niña se le impone el nombre de Bonicca. Por el contrario, en Castilla esa plenitud de perfección femenina se expresa hoy con otro sufijo, también mediterráneo, bonita, mientras bo­nica queda simplemente dentro de la idea de lo bueno, como ’buenecica’.

Este otro sufijo no latino -īttu es también poco usado en nuestra toponimia: su generalización parece irradiada a España desde Italia, aplicado también en un comienzo a nombres de mujer. El citado bonita español se encuentra como nombre propio, Bonitta, frecuente en inscripciones de Roma, de Nápoles y de Dalmacia; Karita, otro dimi­nutivo de carus, se halla en Panonia; Pollita ’pollita, niñita’, en Dacia; Julitta abunda en Oriente, universaliza­do por el cristianismo, a causa de Julita, mártir de Tarso, madre del niño san Quirico; Atitta, en la Bética. A par­tir del siglo XV, -ito es el diminutivo más corriente en es­pañol, en perjuicio del latino -illo < -ĕllus.

      Aunque el sufijo -z, con la vocal que precede variable (como ocurre con otros varios de época prerromana), no tiene vitalidad ninguna en español, fue en los albores del idioma importantísimo por el gran uso que tuvo para for­mar los patronímicos 74.

      En vascuence, el sufijo -tz, -z (precedido de diversas vo­cales) tiene un valor muy complejo, posesivo o modal: laaz ’zarza’, laarrez ’zarzoso’, ’zarzal’; abere ’ganado’ (< lat. habere), aberatz ’rico’; muga ’tiempo’, mugaz ’a tiempo, oportuno’. También un empleo toponímico (con variabili­dad de la vocal de unión y variabilidad del acento, que señalamos siempre sin atención a la ortografía para mayor claridad): en Navarra se encuentran juntos Urdániz y Urdánoz; en Álava Eguílaz, en Navarra Eguillóz, y en Vizcaya Eguilúz y Eguillúz 75; Ustárroz en Navarra; Ustáritz o Ustariítz en Basses Pyrénées; etc.); en Vizcaya predomina mucho -iz, en Guipúzcoa y Álava menos, y en Navarra -oz llega a ser más frecuente que -iz 76; minoritaria es la presencia de -az 77 y escasísima la de -ez 78 (en el país vasco-francés se usa la grafía tz 79). Es, asimismo, frecuente su presencia en los apellidos (Ardanaz, Aranaz, Loinaz; Abuitiz, Escoiquiz, Orondiriz ~ Olondriz, Sangroniz, Vicendoritz; Araoz, Azpiroz, Imoz; Zarauz, Echauz, Arcauz 80). Estos topónimos y apellidos vascos no pueden ser separados de los que se encuentran en otras regiones al Sur y Occidente del territorio vasco hasta Por­tugal. El sufijo -z (-tz) no es de origen vasco, sino adopta­do por la lengua vasca. Procede de una lengua mediterrá­nea que ha dejado derivados, principalmente topónimos, en regiones alpinas (desde Fiume a Aosta) y contiguas de Ita­lia, Suiza y Francia81: Gólaz (Istria), Rússiz (Gonaia), Novailloz (Domodossola), Établoz (Aosta), Combáz, La Balmáz (Sui­za), Echevenóz (Aosta), Chevenóz (Haute-Savoie), Echenóz (Haute-Saône), etc. El sentido adjetival de pertenencia o co­rrelación (como en vasco) se desprende de casos como Tambruz, que es un arrabal de Tambre en el Véneto y significa, por tanto, ’hijuela de Tambre’; lo mismo Tamaroz en el Friul, hay que referirlo a Tamar nombre de varias ciudades cer­canas (cfr. en Apulia Tamaríce); también en La Coruña Ta­mariz se halla en la cuenca del río que hoy se llama Tam­bre, el antiguo Tamārisa (donde, según Mela y Plinio, habitaban los Tamarici) y análogo sería el caso de otro Tamariz en Valladolid (cfr. Tamarón, lugar de la famosa ba­talla de 1037, y otros en Burgos y Segovia)82. Son casos similares a Marquínez, Marquiniz 1085, llamado Marquina de iusu en 1025 en relación a Marquina, el de Suso, el primi­tivo (hoy despoblado), en Álava83. De *cario ’roca’ subs­tantivo extendido por varias lenguas primitivas de toda la cuenca del Mediterráneo (sobre el que ya hemos hablado 84), que es la base de muchos topónimos Queiro, Queira, Quer, Quero en España, Caire en los Alpes, proceden Queiráz, Quiráz (Bragança, Porto), Quirós (Asturias), Vallone Cairós en los Alpes de Niza. Andaríz (Coruña), Andarúz (Santander), Andalúz (Soria), Andaráx (Almería, con -š = -x mozárabe por -z), Andéraz (Navarra), Andráz (Belluno, Italia), quizá sobre un nombre pariente de andere, andre ’mujer’ en vasco. De la voz mediterránea *canda ’pedregal, pedrera’ Candóz en varias provincias de Portugal.

      El sufijo tuvo en España vitalidad en época latino-románica, pues lo encontramos en nombre de lugar aplicado a substantivos románicos: Castelláz ’del castillo’ en Huesca; Molináz ’del molino’ en Zaragoza; Carralúz ’del carral o camino’, Barganáz ’varganal, lugar abundante en várganos’, Cerezalíz ’lugar de cerezales’, los tres en Asturias; Noguéz ’de las nueces’, Celleiroz ’del cillero’, los dos en Vila Real y Bra­ga; Louríz ’de las madrigueras’ (formado sobre *laura) 85 en Porto (Lourizán en Pontevedra); Outaríz ’del otero’ en Lugo y Orense; y así, Ferreiróz en Viseu, Braga, Aveiro, Estremóz ’del extremo o frontera’ en Évora; etc.

      Como patronímico, el sufijo -z, con vocal variable, se man­tuvo en estado latente hasta que, desaparecidos con la islamización los centros culturales visigóticos del Sur de la Penín­sula Ibérica, la franja norte, menos docta, dejó aflorar su uso a partir del s. IX en Portugal y Galicia, en León, Castilla y Aragón y en Gascuña, según expondremos más adelante 86.

      Como testimonio de que el sufijo se usaba ya en tiem­pos primitivos para derivar nombres de persona y patroní­micos, tenemos el bronce de Áscoli del año 90 a.C. donde se nombra a los «equites» o caballeros edetanos, ilergetes y vascones que reciben de Pompeyo la ciudadanía romana en premio a su actuación durante el sitio de Áscoli. Los caba­lleros procedían de Salluia (Zaragoza), de Ilerda (Léri­da), de Libia (Logroño?) y de otras ciudades que no podemos identificar como la muy nombrada Segia 87, o la desconocida *Enneca, *Enneco o *Enneces88. Entre los caballeros procedentes de Segia se halla uno llamado «Elandus Enneces f[ilius]» en el que el patronímico parece ser el mismo que en Iñiguez < Ennekez, usado en la Edad Media, puesto que cuando se grabó el bronce el alfabeto latino carecía de la z (que después se usaría ocasioalmente para palabras griegas). No es caso único, ya que en el mis­mo bronce hay varios otros nombres que terminan en -es y en -as (Agirnes, Arranes, Belennes, Albennes; «Sanibelser Adingibas filius», «Estópeles Ordennas filius», etc.), que pueden corresponder a los -ez, -az medievales 89.

      El sufijo -anc de los nombres comunes barranco, lavan­co, potranco 90, palanca, carlanca, etc., algo usado también en italiano, se halla muy extendido por el Mediterráneo occi­dental en viejos nombres toponímicos: Luanco en Asturias (Λουαγκοí en Ptolomeo), Loranca en Guadalajara (cfr. Lora, abundante en España e Italia), Naranco en Asturias (Noranco Lombardía), Tudanca en Santander y Burgos, etc. Es obviamente prerromano, pero no necesariamente preindoeuropeo 91. Lo hallamos aplicado a nombres latinos o ro- mánicos: Vivanco en Burgos, sinónimo de Vivar, Viveda; Polanco en Santander < *poblanco derivado de popŭlus, si­nónimo de Pobladura, Población, Polaciones; Polvoranca en Madrid, sinónimo de Polvorosa.

      El sufijo -asc aparece en voces comunes: carrasca, nevas­ca, peñasco, vardasca 92, hojarasca; en portugués varrasco 93, etc., siendo de notar su especial arraigo en asturiano: fiascu ’hijastro’, ramascu, pollascu, fantasca ’charco’. Vive también en italiano, sobre todo para formar gentilicios de pueblos del Noroeste: bergamasco, comasco. El sufijo abunda extraor­dinariamente en la toponimia de aquellas regiones de Ita­lia donde los lígures se extendieron más, en Liguria, en Piamonte, en Lombardía, y mucho en la isla de Córcega, donde no hubo celtas y sí lígures; en la Sententia Minuciorum, la famosa inscripción de la Liguria, se nombran cua­tro ríos con el sufijo -asco. También los hay en territorio lígur de Francia. En la Península Ibérica hallamos topóni­mos hermanables con los de esas comarcas 94. A Valasco en Cúneo, Valasca en Milán, Balasco en Ticino, Balasco en Aude (documento del año 1501) y en el País vasco francés (do­cumento de 1536, hoy Balasque)95, corresponden Balasc en Lérida, Belascoain en Navarra, Velasco en Álava, Burgos, Lo­groño Soria, Asturias, etc.; son todos ellos explicables por la voz mediterránea, conservada en vasco, bela ’cuervo’ (sien­do, por tanto, equivalentes al toponímico románico Corvera en España o Corvara en Italia; del mismo modo que el antroponímico Velasco, Valasco, Vaasco equivale al latino Corvinus). La abundancia de Velasco como antropónimo en España y Portugal 96 a la vez que como topónimo nos lleva a suponer que en los siglos primitivos, romanos y vi­sigóticos, el sufijo -sk lígur (o ilirio) tuvo valor adjetival, significando ’hijo de Vela’ y ’heredad de Vela’97. Asimismo Virouesca, Briviesca (Burgos), junto al significado de ’heredad de un celta Virovio’, pudo designar al ’hijo de Virovio’98. Otras correspondencias análogas son Aviasco en Lombardia, Avíascos en Braga; Verzasca, cantón suizo de Tesino, Verdache, -es en Basses-Alpes, Berdasca en Braga, Berdasquera en Asturias; Venasca en Cúneo, Benasco en Genova, Benaschi en Pavia, Benasque en Hérault 99, Behasque en Basses-Pyrénées, Benasco (1068), Benasque en Huesca; Magasco en Génova, Magasca (río) en Cáceres; Piasca en Cúneo y Vercelli, Piasca en Santander. En fin, con variante vocálica, Hemuscum, Emuscum (siglos XIII y XIV) hoy Eymeux en Drôme 100, Amusco Palencia. Entre los testimonios antiguos del sufijo destaca *Uipascum o *Uipasca, hoy Aljustrel en Beja deducido del nombre que da la tabla de bronce ro­mana que llama a las minas de cobre que allí se explota­ban metallum Vipascensa101.

      Un sufijo muy conocido de todos en España y Portugal para formar nombres comunes gentilicios es -aecu 102: pasiego, moraniego, naviego, mariniego, laceaniego, cabraliego, manchego, gallego, lebaniego, antiguo sabariego (de la región de Sabaria, en Zamora-Salamanca) 103; y varios: nocharniego, an­dariego, veraniego, mujeriego, palaciego, cadañego, esperiega (de áspera 104), ninhego portugués y niego español (derivados res­pectivamente de ninho, nío ’nido’) aplicado al halcón recién sacado del nido; los adjetivos pueden llegar a substantivar­se: lóbrego portugués, labriego español, borrego. Desde la Antigüedad lo tenemos atestiguado en el Noroeste de la Península Ibérica para tribus y gentes: el gentilicio Callaecus y Callaecia, derivado del ibérico Cale (de donde Portu Cale > Porto y Portugal), luego Gallaecia 105, lo usan todos los escritores (Livio, Plinio, Marcial, etc.); en griego Καλλαικóς (Estrabón). También es gen­tilicio Arronidaeci. En la misma área se utiliza en nom­bres de ciudad Sallaecus, Lamaecum 106 (el Lamego actual), Brigaecum, Gabalaica de los várdulos, el ya citado 107 Nuraica (> Noriega) en Asturias; en antropónimos Melgaecus, Bouecus, Ambaicus, y en nombres de dioses: Cantunaecus, Vagodunnaegus 108.

      El exvoto hallado en Túy dedicado al dios de la guerra (con nombre romano) lleva un epíteto indígena «Marti Cariocieco» 109, en que el sufijo -aecus ofrece la varian­te -ecus (aplicada también a otras divinidades: Vasecus, Bandiaeapolosegus 110); el epíteto creo hace referen­cia al territorio o localidad, significando por tanto ’de Ca­rioca’ > Carioga > Queiroga, Quiroga 111.

      Gracias a una inscripción cántabra 112, tenemos un ejem­plo clarísimo del empleo adjetivo de -ęko para formar el patronímico: «Mon(umentum) Ambati Pentouieci Ambatiq(um) Pentoui f(ilius) an(norum) LX Hoc mon(umentum) pos(verunt) Ambatus et Doiderus f(ilii) sui». Hoy día subsisten muchos topónimos -iego, -ego formados a partir del nombre del propietario: Tellego (Burgos), de Tellius; Gomeciego (Salamanca) de Gó­mez; Pombriego (León); de Pombulus; Olloniego (Astu­rias), de Ollenius; Pasariega (Zamora), de Passarius. Este procedimiento patronímico no llegó con vida al si­glo IX113.

      No es fácil presumir la procedencia de este sufijo carac­terísticamente hispano muy arraigado en el Noroeste pe­ninsular 114, pues lo vemos aplicado en la documentación antigua a nombres que parecen ora íbero-mediterráneos (nura, cari-, oci-), ora ilirios (lama).

Diego Catalán: Historia de la Lengua Española de Ramón Menéndez Pidal (2005)

NOTAS

37  Véase atrás, cap. I, § 2.

38  Menéndez Pidal, «Sufijos átonos», en Festgäbe für A. Mussafia, 1905, pp. 386-400.

39  Voz que como topónimo aparece en 956 (Menéndez Pidal, Orígenes del esp.  1926, § 61 y Topón, prerrom.,  1958, p. 63.

40  En Cerdeña ḍḍara ’gállara’ (AIS de Jaberg-Jud, 1928, III, 591).

41  De guasa + bullanga + -ara. Otra opinión: Cuervo, Apunta­ciones,  1907, § 923; Ortiz, Afronegrismos,  1924, p. 237.

42 AIS, III, 494 y AIS, III, 504, respectivamente.

43  En las varias lenguas que han seguido utilizando el sufijo se dan asimilaciones del tipo lampăda > lámpara: caryophylum > garofano italiano, ganófaru ligurés, galófar lombardo, galófaru siciliano (AIS, III, 641); como nuestro pájaro, abunda en Italia pássaro por pássero (AIS, III, 488).

44  Menéndez Pidal, «Sufijos átonos en el Med. occ», NRFH, VII, 1953, p. 45; frente a lo que anteriormente supuse (en «Sufijos átonos», Festgäbe Mussafia, 1905, p. 387) en relación a guácharo, guacho es regresión de guácharo (en Andalucía guacho conserva el significado de ’enguazado, empapado en agua’).

45  Menéndez Pidal, «Sufijos átonos en el Med. occ», pp: 34, 41-44, 46.

46  Compárese Gallia Bracata, la Narbonense, a diferencia de la Togata y la Comata. Perin, Onomasticon, I, 1913, p. 278c, documenta en España como nombre personal Brācărus.

47  Bragana es la forma usada regularmente en la Estoria de Es­paña de Alfonso X. En Illora, Granada, una aldeíta lleva asimis­mo el nombre de Brácana (con conservación mozárabe de la -c- como consonante sorda).

48  Hay que partir de un *subtulus, provenzal sótol, mallor­quín sótil, asimilado por el español portugués al sufijo -alo -ano. Véase Menéndez Pidal, Orígenes del esp., p. 339.

49  Muy abundante en toponimia: Toledo se llamó también Tolédola; a la vez que Huerca (Murcia) tenemos Huércal (Almería) y Huércanos (Logroño), Horcanos en 894; Prádanos (Burgos, Palencia), Ciérvana (Vizcaya); Burgos debió de llamarse también *Búrgalos, de donde el gentilicio búrgales. (Para arcaísmos como Tolédola y Gordalízala por Gordaliza véase Menéndez Pidal, Orígenes del esp., pp. 338, 340).

50  Jaberg-Jud, AIS, VI, 1141. En español hay variantes con g, ciénaga, cuérnago (Orígenes del esp., p. 341); en italiano hay con đ y con y: garófano, garófalu, garófal, garófađu, garófayo (AIS, III, 641); kodatsíntsara y govatsíntsala ’aguzanieves’ (AIS, III, 498); coniglio y koníyyalu en Toscana (AIS, VI, 1120); néspola y néspala, néspara (AIS, VII, 1277).

51  AIS, II, 392. O en llam-ara-da de flamma, boloñés fiammarata, ferrarés fiamarada (REW, 3350). Nigra (en Arch. Glotol. XV, 1901, p. 284) lo explica como compuesto de fiamma + ratta < rápida; el significado es ’baldoria’, ’llama intensa que pron­to se consume’. Acaso llamarada sea préstamo italiano (García de Diego, en RFE, IX, 1922, p. 127); pero ¿y el asturiano llapareda?

52  Sobre el uso moderno en Cerdeña y en Italia Meridional, del sufijo -arr, -err, -urr, véase G. Devoto, Storia lingua Roma, 1940, pp. 43-44. En Abruzzos papantsórra ’el pájaro reyezuelo’, Jaberg-Jud, AIS, III, 487.

53  M. L. Wagner estudió el conjunto de las formaciones con -rr- en la Península Ibérica, reuniendo un copiosísimo material sin abordar los problemas etimológicos complejos que suscita, en Zeit. f. rom. Phil. LXIII, 1943, pp. 347-366.

54  Según muestran casos tan evidentes como cigarra, del latín cicada; guitarra, del griego κιθάpα, a través del árabe kītāra; alcaparra de origen greco-latino cappari(s); port, algazarra, fren­te al esp. algazara, del árabe vulgar hispano gazāra; cat. esquerra, frente al esp. izquierda, del vasco ezker (con artículo, ezkerra); cat. salmorra, frente al esp. salmuera, de salmuria.

55  Como destacó G. Rohlfs en Arch. f. d. Studium d. neur. Spr., CLXXXII, 1943, pp. 118 y ss. (especialmente, p. 121). El sufijo con -rr-, vivo en palabras populares, en topónimos, en términos expre­sivos, se ha extendido enormemente, atrayendo a su órbita palabras con -r- simple, no sólo en la Ibero-romania sino en todas las zonas en que existe (Menéndez Pidal / Tovar, «Los sufijos con -rr-», Bol. Acad. Esp., XXXVIII, 1958, pp. 204-205), entre las que se cuen­tan casos con el sufijo pluralizador mediterráneo -ar descubierto por V. Bertoldi en Mélanges van Ginneken, pp. 157 y ss.

56  En la toponimia del territorio vascón y vascongado o que per­teneció a los antiguos vascones son claramente formas articuladas las de los toponímicos Ibarra (Vizcaya, Guipúzcoa, Álava, Navarra), Ibars (Lérida; hay también Ivarra en Valencia), de ibar ’vega’; Izarra (Álava), de izar ’altura’; Lacarra (Álava), Lacarre (Baja Navarra), de lakar ’cascajar, terrero áspero’; Vizcarra, Biscarra (Vizcaya, Álava, Navarra), Biscarri (Lérida), Biscarrués (Aragón), Biscarrosse (Gascuña), de biskar ’loma, cumbre’, Ezcurra de ezkur ’bellota’; Zadorra de zador ’hondonada, sendero’, etc. Y a ellos habría que sumar muchos otros de oscura etimología en que la r puede ser de la raíz y no sufijo. Cuando se trata de topónimos o voces comunes con correspondencia en el vasco pero extendidos también por la mayor parte de la Península, el sufijo -rr- viene a ser cuando menos dudoso ya que puede explicarse como perteneciente a la raíz. Es el caso de los topónimos Chaparro, Chaparral, abundantemente repre­sentados en las provincias meridionales de España y de Portugal (cfr. Chaparre y Chaparrenez en Guipúzcoa) y de la voz común chapa­rro, en vasco txapar; de los topónimos Zamarra (-as, -rrillas) en Salamanca, Segovia, Cáceres, Badajoz, Samarra (-rrão, -rruda) en Portugal (cfr. Zamarro Álava) y de las voces comunes esp. zamarra, zamarro, bearn. chamarre, en vasco zamar ’vellón, pelleja’ (pero cfr. en italiano zimarra ’vestido’) y en Calabria zamarru ’villano’; chata­rra ’hierro viejo’ en vasco txatar ’hierro viejo’ diminutivo de zatar andrajo’; arag. andarra ’restos de queso en el caldero’, en vasco ondar ’residuos, restos’; nav. chistorra, en vasco txistor ’longaniza’, de txistu ’flauta’; etc.

57  Según muestra la tabla fonológica sistematizada por L. Michelena, «Las antiguas consonantes vascas», en Estructuralismo e Hist. Hom. Martinet I, 1957, pp. 140 y ss. (en especial, p. 152).

58 Menéndez Pidal / Tovar, «Los sufijos con -rr-», Bol. Acad. Esp. XXXVIII, 1958, 161-214; Corominas, Dicc. cast. I, p. 467b, cfr. III, pp. 339b y s.

59  Libro de Buen Amor, 926b. El manuscrito da handora, pero la rima exige -orra. La sobrevivencia en Castres, según me comuni­có oralmente Ducamin.

60  Canc. de Baena, p. 71b.

61  Arte grande [1627], p. 127.

62  A. Kuhn, en Rev. Ling. Rom., XI, 1935, pp. 219 ss.

63  G. Rohlfs en Archiv f. d. Studium d. neur. Sprach., CLXXXII, 1943, pp. 118 y ss.

64  CIL, II, 4479, inscripción hallada en Prats del Rey.

65  Hoy, además de La Segarra o La Sagarra al Oriente de la provincia de Lérida, partido de Cervera, existe el río Segarra tri­butario del mar entre Alcalá de Xivert y Torreblanca, Castellón, y cerca de su nacimiento se halla una masía de Segarra (término de Catí) y en el término contiguo de Villar de Canes una venta de Segarra; no lejos, en término de Albocàsser, hay la partida del Segarró. Véase Menéndez Pidal, «Topón, medit. y top. valenc.», VII Congr. Int. Ling. Rom., 1955, vol. II, pp. 70 (y n. 1) - 71.

66  Menéndez Pidal / Tovar, «Los sufijos con -rr-», 1958, pp. 166-167.

67  Menéndez Pidal / Tovar, «Los sufijos con -rr-», 1958, pp. 185-186.

68  CIL, II, 2970.

69  CIL, II, 5330.

70  Aparece en un gran número de inscripciones de la región vetona y lusitana; fuera de España corresponde a emigrantes o soldados de origen hispano.

71  El pueblo de Burgos se escribe así en documentos de c. 1240 y de 1309 (Menéndez Pidal, Doc. ling. de Esp., Castilla, p. 249.

72  También hay topónimos -urro, -orru en la costa de Mauritania Cesariense y Numidia.

73  Menéndez Pidal, Orígenes del esp., pp. 336-337 (ed.  1950, p. 330).

74  Sobre este sufijo, véase Menéndez Pidal / Tovar, «Los sufijos españoles en -z, y especialmente los patronímicos», Bol. Acad. Esp., XLII, 1962, pp. 372-460.

75  Hegiraz año 1025, Heguilaz año 1706 (Cartulario de San Millán, pp. 104, 237). Compárense Eguileta Álava, Eguilor Nava­rra.

76  En el Nomenclátor de Pamplona de 1893, cuento 49 -oz, 42 -iz, junto a 10 -az y 4 -uz. La terminación -oz puede en algún caso ser el adjetivo otz ’frío’; pero en el caso de Mendoza (ya en 1025) no debe preferirse, según suele hacerse, la interpretación ’monte frío’ visto el topónimo Mendoz y el apelativo mendotz ’ce­rro, collado’ (registrado por Azkue Diccionario). No es cierto que el Cartulario de San Millán, p. 104, escriba Mendioza (como ase­gura el Dicc. hist, geogr. de la Academia de la Historia II, 1802, p. 20a).

77  Entre esos topónimos en -az hay que incluir Sarasaz, forma antigua (Corona Baratech, Toponimia navarra en la Edad Media, Huesca 1947, p.  115) de Solazar.

78  Idiáquez Guipúzcoa; Marquínez Álava, que en 1087 se llama Marquiniz.

79  Biarritz,  Ustarritz.

80  Y otros. Véase L. Michelena, Apellidos vascos.

81  Norte del Piamonte, de Lombardia y del Véneto, Haute-Savoie.

82  El latín tamarīx, -īcis es voz exótica, procedente de esa lengua primitiva; pero su sufijo, con valor de k, es distinto del que tratamos (cfr. otras voces rústicas exóticas en el latín: īlex, -ĭcis; vermex, -ēcis; murex, -ĭcis, etc.).

83  Docs, del Cartulario de San Millán, pp. 105 y 274.

84  Véase atrás, cap. I, § 2.

85  Cfr. laurices (que Plinio da como vocablo hispano) ’ven­tregada de gazapos’.

86  Parte III, capítulo III, § 5.

87  La propuesta identificación de Segia con «Egea» está he­cha sólo basándose en el sonsonete, pues «Egea» es «Echea» (Menéndez Pidal, Topón, prerrom.,  1952, p. 240).

88  El bronce expresa sólo el adjetivo Ennecensis, que recuer­da a los topónimos modernos de Vizcaya Enecuberri ’Eneco nue­vo’, Enecoita (correspondiente a «Iñiguez»), Enecuri ’villa de Eneco’ y al de Salamanca Íñigo. La existencia de un pueblo véneto Enego (en territorio en que no subsisten las consonantes dobles) indica que el antropónimo no es meramente íbero.

89 Acerca de otros nombres personales en -us e -is que pueden representar -uz e -iz, véase Menéndez Pidal / Tovar, «Los sufijos esp. en -z», Bol. Acad. Esp., XLII, 1962, pp. 436-441.

90  Menéndez Pidal, Orígenes del esp., pp. 323-324 (ed. 1950, p. 317).

91  Véase Bertoldi en Zeit. f. rom. Phil., LVI, 1936, p. 179 n. Pokorny, en Zeit. f. celt. Phil., XXXI, 1938, pp. 72 y 79 lo tiene por indoeuropeo ilírico.

92  El portugués y español verdasca ~ vardasca halla correspon­dencia en el provenzal verdacho, nombre de una planta apunta­do por Mistral.

93  En vez de verres latino.

94  Menéndez Pidal, Topón, prerrom., pp. 81-83 y 161-165 (pro­cedentes de «Sobre el substr. medit.»; Zeit. f. rom. Phil, LIX, 1939, y «Lígures y ambro-ilir.», Rev. Faculdade de Letras, X,  1943).

95  Bertoldi en Studi Etruschi, VII, 1933, p. 284; Sabarthés, Dict. topograph. de l’Aude, p. 377b (s.v. S. Eulalie de Villalier); Raymond, Dict, topograph, des Basses-Pyr.,  1863, p. 20.

96  Se usó en Castilla (Velasco), Aragón y Cataluña (Blasco), Galicia y Portugal (Vaasco). En Portugal se escribía Valasco en el s. X, Vaasco siglos XIII-XV.

97  Menéndez Pidal / Tovar, «Los sufijos esp. en -z», BRAE, XLII, 1962, p. 448.

98  Recordemos algunos nombres de gentilidades: Balatuscum, Bodiues (cum), Corouescum, y el tribal Orgno­mescus. Y añadamos, en letras ibéricas, Belaiṣcon (y Belaiṣcas), Borneṣcon y Louitiscoṣ, que son sin duda étnicos celtíberos (Tovar, Estudios prim. leng. hisp., pp. 101 y ss. y 44).

99 Thomas, Dict. topograph.  de l’Hérault.

100 Brun-Durand, Dict.  topograph. de la Drôme,  1891, p.  137b.

101 D’Arbois de Jubainville, Les premiers habit.,  1894.

102 Véase G. Sachs, «La formación de los gentilicios en espa­ñol», RFE, XXI, 1934, p. 397.

103  Sobre «Vino judiego» A. Castro, D.S. Blondheim y J. Leite de Vasconcellos véase, respectivamente, RFE, VII, 1920, p. 383, IX, 1922, p. 180 y XI, 1924, p. 66.

104  «Manzana esperiega». No de Hesperis (J. Jud y L. Spitzer, «Esperiega», RFE, VII,  1920, p. 370), sino de asper.

105  A partir del cronista Hydatio, en el siglo V.

106  Atestiguado en monedas visigóticas. Su derivado Lamaecensis se documenta también en época visigótica (Hübner, MLI, p. 234; Holder, Alt-celt. Sprachschatz, II, col. 787).

107  Véase atrás cap. II, § 1.

108  Para nombres de dioses, hombres y lugares en -aecu, v. Hübner, MLI, 1893, pp. XIV, CX y CXXI. Añádase la variante -aego que se ve en CIL, II, 2575 inscripción de Lugo.

109 CIL, II, 5612.

110  Leite de Vasconcellos, Religiões da Lusitania, II, 1905, pp. 306-307, 313-314 y 343.

111  Menéndez Pidal, Topón.  prerrom., pp. 263-266 (procede de «Mars Cariociecus y la etimología de Quiroga», Boletim de Fil., XII, 1951).

112  Véase en Bol. Acad. Hist., XLVII, 1905, p. 305 (con foto­grafía).

113  Menéndez Pidal / Tovar, «Los sufijos esp. en -z», Bol. Acad. Esp., XLII, 1962, pp. 447-448. Y véase adelante, Parte III, cap. III, § 5.

114  A los topónimos ya citados podrían añadirse muchos otros: Mondego (río) en Portugal, Sariego en Asturias, León, Casariego en Asturias, Samaniego en Álava (cfr. Samano en Santander), Pampliega, Tariego en Palencia (Menéndez Pidal, Infantes de Lara, 1896, p. 32827, comp. 30511, var. 200), etc.

CAPÍTULOS ANTERIORES:

PARTE PRIMERA: DE IBERIA A HISPANIA
A. EL SOLAR Y SUS PRIMITIVOS POBLADORES

CAPÍTULO I. LA VOZ LEJANA DE LOS PUEBLOS SIN NOMBRE.

1.- 1.  LOS PRIMITIVOS POBLADORES Y SUS LENGUAS

2.- 2. INDICIOS DE UNA CIERTA UNIDAD LINGÜÍSTICA MEDITERRÁNEA

3.- 3. PUEBLOS HISPÁNICOS SIN NOMBRE; PIRENAICOS Y CAMÍTICOS

CAPÍTULO II. PUEBLOS PRERROMANOS, PREINDOEUROPEOS E INDOEUROPEOS

4.- 1. FUERZA EXPANSIVA DE LOS PUEBLOS DE CULTURA IBÉRICA

5.- 2. NAVEGACIÓN DE FENICIOS Y DE GRIEGOS EN ESPAÑA

6.- 3. LOS ÍBEROS Y LA IBERIZACIÓN DE ESPAÑA, PROVENZA Y AQUITANIA

7.- 4. FRATERNIDAD ÍBERO-LÍBICA

*   8.- 5. LOS LÍGURES O AMBRONES

*   9.- 6. LOS ILIRIOS

*   10.- 7. LOS CELTAS

*   11.- 8. «NOS CELTIS GENITOS ET EX IBERIS» (MARCIAL)

12.- 9. PERSISTENCIA DE LAS LENGUAS IN­DÍGENAS EN LA PROVINCIA ROMANA DE HISPANIA

B. LAS HUELLAS DE LAS LENGUAS PRERROMANAS EN LA LENGUA ROMANCE

CAPITULO III. RESTOS DE LAS LENGUAS PRIMITIVAS EN EL ESPAÑOL

13.- 1. VOCABLOS DE LAS LENGUAS PRERRO­MANAS

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La Garduña Ilustrada

Imagen: letra L, variaciones sobre el alfabeto Holbein.

13.- 1. VOCABLOS DE LAS LENGUAS PRERRO­MANAS

13.- 1. VOCABLOS DE LAS LENGUAS PRERRO­MANAS

B. LAS HUELLAS DE LAS LENGUAS PRERROMANAS EN LA LENGUA ROMANCE

1. VOCABLOS DE LAS LENGUAS PRERRO­MANAS. III. RESTOS DE LAS LENGUAS PRIMITIVAS EN EL ESPAÑOL 

      Los idiomas primitivos no nos dejaron sólo los nombres toponímicos que pronunciamos a diario pero que no com­prendemos lo que para nuestros antepasados significaron. Nos dejaron además importantes elementos significativos y expresivos hoy en el idioma, indudables aunque difíciles de historiar.

      La iberización de España que hemos señalado compor­taba una buena mezcla de dialectos, a juzgar por la topo­nimia que nos muestra en muchas regiones un fondo de nombres ibéricos, a los que se sobreponen varios otros, lígures, ilirios y célticos. Y la dificultad de separar los influ­jos de estas lenguas en el español es muy grande por la ignorancia en que estamos de las tres más antiguas y por lo incompleto que es el conocimiento de la céltica.

      Varias voces referentes a la metalurgia deben de ser ibéri­cas, pues, en su prehistoria, los íberos y tartesios fueron ini­ciadores de la industria y comercio de los metales en Europa. Plinio, que conocía bien España por haberla gobernado bajo Vespasiano, nos transmite algunas de esas voces 1. Según él, es voz hispana arrŭgĭa, -ium ’galería de minas, canal’, que en terminación masculina dice el español arroyo y el por­tugués arroto ’riachuelo’; fue también voz iliria, o más bien del substrato mediterráneo del ilirio, pues se conserva en los dialectos de Milán, Trento, Venecia, Friul, roǧa, roya, roia ’ca­nal, zanja’; pero la voz latinizada por Plinio y retenida por el español y el portugués pertenece sin duda a la variedad mediterránea típicamente ibérica por su a- inicial, pues sabe­mos que el ibérico, lo mismo que el vasco hoy, no toleraba la rr- inicial, sino que le anteponía una vocal (vasco errota < latín rota ’molino’), mientras otras lenguas mediterráneas tenían rr- inicial, aun las más afines al ibérico, como la de Cerdeña, donde hoy se usa también roía en vez de arrŭgia. De otras voces de minería hispana que da Plinio conserva hoy el es­pañol balux ’pepita de oro’ > baluz. Otra voz muy españo­la es lausiae ’lapides, piedras, losas’, voz latinizada pero de muy escasa aceptación, pues su único ejemplo conocido ocurre en la notable inscripción de las minas de Vipascum (Aljustrel, en Alemteio)2; es hoy panibérica, en portugués lousa, en catalán llosa, en vasco lauza, pero también vive en otros dialectos románicos, en provenzal lausa, en piamontés loza, lo que pudiera indicar que fue común a otros pueblos mediterráneos. 

      Varias voces hispanas, probablemente ibéricas, fueron universalizadas por el latín. Varrón da como hispana la voz lancea > lanza, arma originariamente extraña a los romanos; el latín propagó la voz a los modernos idiomas fran­cés lance, alemán Lanze, etc. Quintiliano da como español el adjetivo gŭrdus > gordo, y como hispano o africano canthus ’llanta de la rueda, borde’ > canto, dos voces propagadas también por el latín. Plinio incluye entre las voces hispanas cŭnĭcŭlus > conejo, port, coelho, catal. conill, encareciendo la fecundidad del animal, plaga para los campos de la «cuniculosa Celtiberia» que adjetivó Catulo; era también voz minera, pues significaba a la vez ’galería semejante a la madriguera del conejo’. El latín hizo también prolífico este nombre en multitud de lenguas.

      En antiguos glosarios latinos figura la voz gammus, que parece ibérica pues sólo sobrevive en español y portugués gamo. La única cita latina de cama es de autor hispano, san Isidoro 3, y su moderna área de extensión panibérica: portugués, español, catalán cama, gascón girondino camanho ’camastro’.

      Otro vocablo, del que ya no contamos con testimonio latino antiguo, pero que se incorporó, sin duda, al latín del dominio ibérico, es la base del español izquierdo (y esquerro), portugués esquerdo, catalán, gascón y languedociano esquerre, provenzal esquer, vasco ezker.

      Igualmente viven en las tres lenguas peninsulares otras varias voces ibéricas, como balsa, mata (ésta también en sar­do: logudorés matta), el ya citado moga, muga 4, etc.

      Dejando estos hispanismos latinizados, los principales legados de las lenguas desaparecidas en España se refieren, como es natural, al terreno, a la fauna y a la flora de la Península. Dos voces muy especiales de nuestro suelo, vega y nava, propias de dos opuestos géneros de vida rural, el agrícola y el ganadero, el de las tierras bajas y el de la meseta, son enigmas interrogados con indecisión o escasa fortuna por el genial talento filológico de H. Schuchardt 5. Decir que vega viene del vasco, según afirma Meyer-Lübke 6, es prescindir del problema ibérico y obrar como aquellos antiguos etimologistas que decían tal palabra latina deríva­se de tal otra sánscrita. Precisamente los topónimos Vega, Veiga, Veguilla, Veiguinha, etc. nos indican que esta voz es ori­ginaria del ángulo Noroeste de España, cuyo vértice oriental parece estar en un caserío de Sondica (Vizcaya) llama­do Beica; es decir, su área llega hasta tierra vascongada o vasconizada, pero no ya a la tierra vascona propiamente dicha, pues la voz falta en todo el Oriente, en Navarra, en Huesca, en Zaragoza y en Cataluña. Es pues voz del ibéri­co occidental. Pero se encuentra también desde antiguo en Cerdeña 7. En los textos medievales del siglo IX y X tie­ne la forma vaica 8, que hay que interpretar ’tierra rega­da por el río’, de *vai ’río’ (vasco bai, ibai). El vasco, para significar la tierra beneficiada por el río, usa ibarra ’vega’, es decir, la misma voz bai con diverso sufijo (de que luego hablaremos).

      La otra palabra, nava ’llanura de pasto natural en región alta montuosa’, ya no es estrictamente ibérica, pervive como apelativo en español, en portugués, en vasco (naba ’llanura grande’), en el Friul 9, y da topónimos Nava, Navata, Nava­zo, Navaja, Navarrete, Naviza, abundantes en toda la Penín­sula Ibérica 10, sin excluir la Vasconia que toma el nombre de Navarra; abundan también Nava, Navasco, Navacchio, Navazzo, etc., en toda Italia 11, y Naves, Navas, Névache (< Navasca), etc., en la mitad meridional de Francia 12. No podemos decir si es nombre ibérico común a otras lenguas mediterráneas o si procede en España de lígures o ilirios.

      Aunque el topónimo Navarra no aparece citado por los autores de la Antigüedad, figuran desde muy pronto, a comienzos del siglo IX, los nauarri, nauarrorum en los ana­listas francos 13. La alternancia entre -v-, -f-, -h- en su gra­fía medieval y en derivados toponímicos 14 se explica como adaptaciones aproximadas varias de un fonema del antiguo euskara a la fonética románica; la terminación no es en este caso debida a la aglutinación del artículo, como en topó­nimos del tipo Ibarra, etc., sino al sufijo -arro 15.

      Una delimitación geográfica del mayor influjo ilirio en la Península creo nos la da la voz lama ’pradera natural en terreno húmedo; tolla, ciénaga’, voz viva hoy en Portugal y en el Noroeste de España, así como en los Alpes, en el Véneto, en Toscana y en el Sur de Francia. En el español no dialectal ha tenido el sentido de ’cieno’, según nos re­cuerdan las décimas de La vida es sueño (el pez «aborto de ovas y lamas»). En latín se usó lama, pero casi sólo por dos escritores nacidos en la parte ilírica de la Italia del Su­reste, que son Ennio y Horacio; parece voz indoeuropea, sólo conservada en ilirio y en idiomas bálticos, y del ilirio prestada al latín. En esa parte ilírica del Sureste y en el Nordeste de Italia ilírico o peri-ilírico también, abunda hoy en el toponímico Lama, y en nuestra Península son frecuen­tísimos en todo el Noroeste: Lama, Lameira, Lamego, Llama, Llamoso, Lamosa, etc. (Portugal, Galicia, Asturias, Santander, Vizcaya, Álava, León, Zamora, Salamanca) y en ese Noroeste estuvo también la ciudad Lama de los vettones, hoy Ba­ños, entre Cáceres y Salamanca, que nos indica tales topónimos como pre-latinos. El asturiano llamargo, como ya he­mos señalado, perpetúa un derivado (lamaticum) ates­tiguado desde la época imperial16.

      Dentro de la misma área de lama, vive hoy el apelativo bouza, usado en el Norte de Portugal, Galicia, Occidente de Asturias, Bierzo, Salamanca, con el significado de ’tierra in­culta, matorral, terreno recién desmontado’ y otras. Como topónimo Bouça, Boiza se usa en esas mismas regiones, pero se extiende más hasta Vizcaya Bocica, y Burgos Bozco. Abunda en Italia Bozza, Bozzarra, Bózzola, sobre todo en territorio lígur e ilirio. Como antropónimo Boutius y el femenino Boutia se halla poco en Galia y mucho en España, pero limitado al citado triángulo del Noroeste 17; añádase el calificativo del río lígur Doria Bautica en el geógrafo Ravennate y el nombre de lugar Bautae hoy Pont Brogny (Haute-Savoie).

      De nuevo ese ángulo Noroeste en el que creemos mayor la influencia lígur-ilírica se muestra más conservador de voces primitivas, ofreciéndose como solar de otra voz: pára­mo. Por su p inicial no ha de ser ibérica. Parece ser de ori­gen ilírico, comparándola al gentilicio Paramonus que se lee en dos inscripciones vénetas 18, y se la ha relacionado con el sánscrito paramas el más alto 19. Los topónimos Páramo, Paramado, Paramio, Paramera se localizan en el Noroeste de España y Portugal 20; ya aparece uno de ellos documentado en tiempo de Hadriano (117-138), en la poética lápida 21 del museo de León, en la que el general de la Legión Séptima, el africano Tulio, establece un coto de caza consagrando a Diana despojos de jabalíes y ciervos cazados por él: «quos uicitin Parami aequore», ’en el campo del Páramo’; posiblemente alude en concreto al «Campo Parămo iuxta flumen Orbĭcum» que menciona el Cronicón Cesaraugustano en sucesos del año 458. Ptolomeo, por otra par­te, nombra una Segŏntia Paramĭca de los várdulos, hoy Cigüenza cerca de Villarcayo (Burgos).

      También son propias de esa región del Noroeste más tradicionalista las voces toponímicas Carva, Carbia 22, etc.23 y Carvalho, Carvalhal, etc. (Portugal), Carbajo, Carballino, Carvayeda, Carvajal, Carvajosa, etc. (en Galicia, Asturias, León, Valladolid, Zamora, Salamanca y Extremadura); pero su área no es tan extensa por el Este como las de vega y páramo, pues no llega a pasar a Castilla. Por ciertos topó­nimos italianos semejantes24 la voz *carv ’piedra’ pudiera ser también ilirio-lígur 25; el apelativo carva ’ladera pedre­gosa de un monte’ se usa en las montañas asturo-leonesas (Lena, Cofiñal)26 y el nombre que en esta zona del Oeste tiene el ’roble’, carvalho, carballo en Portugal y Galicia, car­vayo en Asturias, carbajo en León, se funda en una metáfora indicada por el nombre botánico «quercus petrea». La voz correspondiente del Centro y Sureste es carrasca, deri­vada (por igual metáfora que carbajo) de la voz mediterrá­nea *carr- ’piedra’27; como topónimo Carrasco, Carrascal, etc., se extiende por el Levante desde el Ebro (en Tortosa se usa el apelativo carrasc) hasta Granada y se extiende por todo el Centro desde Santander-Guipúzcoa hasta Córdoba-Jaén; invade al Oeste al área de carualio en Valladolid, Zamora, Salamanca, Extremadura, Portugal y Pontevedra, por lo que su implantación geográfica está menos claramen­te delimitada que la de carualio28. En cuanto al térmi­no correspondiente catalán garriga, variante de la misma base *carr-, por sus topónimos parece voz mediterránea adoptada por los galos del Sur y propagada al Norte de Cataluña: Garrigue, Garret, etc. en Languedoc y Provenza; Garriga, Garrigola, etc. en Cataluña, pero no en Tarragona que parece pertenecer al área de carrasc, y tampoco en Gas­cuña que, como todo Aragón, no ofrece ninguno de estos tres topónimos que examinamos.

      Otra voz con gran vitalidad en el Noroeste de la Penínsu­la hispana es *cǫtto > cueto. Tiene un uso muy arraigado desde antiguo en Asturias y Santander (siglos X y XI 29), y con el significado de ’cerro, altura de tierra comúnmente peñas­cosa y áspera’ se conserva hasta hoy en esa misma área y, aunque no mucho, se oye en La Rioja. Desprovisto de su sig­nificación topográfica, con el significado de ’nudillo’, côto, cueto (y sus derivados cotelos, cotoso) se emplea en portugués, gallego, asturiano occidental y en Villavieja (Salamanca). El derivado con sufijo -rro (y alternancia vocálica) cotarro, coto­rro ’altozano, otero, ladera de un barranco’ se extiende des­de Soria y Burgos hasta Segovia y Salamanca 30. La toponimia limita con precisión el área de Cueto, Coto a Vizcaya (un to­pónimo), Santander (otro), Asturias (23), El Bierzo (uno), Lugo (35), Coruña (30), Pontevedra (51), Orense (8), Vianna (28), Braga (5), Aveiro (uno), Leiria (uno); y en esa misma área aparecen los derivados Cotillo, Cotello, Cotino, Cotinho, Cotoriño, Cuétara 31, Cotariello, Cotarelo, Cotaruelo, Cotayo, Cotanco, etc. y sus plurales; Cueta, -as, -es, Cota, -as y Cotón, -es, Cotão, -ões rebasan algo esa área hacia el centro de Portugal (Lisboa, Évora); Cotanes de Valladolid y Cotanillo de Segovia son puntos extremos en España. Sólo con el sufijo -rro el uso toponímico se extiende fuera del área principal de Cǫtto, hasta Salamanca y Badajoz (Cotorrillo). Estos topónimos no son exclusivos de Iberia. La forma simple Cǫtto, Cǫtta, y los derivados en -óne, -áno se repiten en la toponimia de Italia (Cotto, Cotta, Cottin, Cottone, Cottonaro, Cottano, Cottanellos, Cottanero, etc.) en Piamote, Toscana, Campania, Umbria y Sicilia 32.

      Los relictos de la lengua céltica en el español son mu­chos menos que los de las lenguas mediterráneas, y la mayoría pasaron por conducto del latín, por lo que son comunes a las lenguas románicas: cĕrvĭsia > cerveza, cattus > gato, que suplanta al más antiguo fēlēs, cuan­do se introdujo en Roma el gato doméstico no usual en la Antigüedad, cŭcŭllus, *cuculla > cogulla, cogolla ’ca­pucha’, bracae > bragas, camīsia > camisa; varios con­cernientes a la carretería en que los galos sobresalían: carrus > carro, en vez del latino currus; carpentum ’carro con toldo’, ’carro de guerra’ (entre los galos), de don­de carpĕntārius > carpintero; camba > cama ’pieza curva de la rueda y del arado’; cumbos > combo ’curva­do’; taratrum > taladro y guvia > gubia mencionadas como herramientas del carpintero por san Isidoro; cam­mīnum > camino; leuca > legua (la medida itineraria ro­mana era el milliarium > esp. ant. mijero ’milla’); ca­ballus que substituyó al latino equus.

      Otros celtismos, aunque no entraron en el léxico de los autores latinos, tienen difusión en varias lenguas románi­cas, como sōca > soga, cleta > aragonés, catalán cleda, gallego portugués cheda ’zarzo’; berŭro (celt.) > berro; *brīgos (celt.) > brío; *ambŏsta (celt.) Ίο que cabe en la concavidad formada por dos manos’ > ambuesta, almuer­za, almozada, asturiano ambozada, extremeño ambozá 33; *grēnnos > greña (y el anticuado griñón ’barba’), aludien­do al modo céltico de llevar los cabellos 34. Otro celtismo es *lĭtĭga ’cieno, lodo’, que tiene derivados en el Norte de Italia 35 y que en España aparece con sufijo átono ibéri­co *lédgano > légano, légamo, de donde los topónimos Leganiel en Cuenca, Leganitos y Leganés en Madrid.

      Añadiré sólo otra voz importante, perro, que creo céltica, ya que por su p inicial no puede ser ibérica; otras especies ca­ninas reconocen origen céltico (vĕrtrăgus, nombre admi­tido por el latín y usado antes en España, según prueba el vasco faldaraca ’correveidile’; gallĭcu s > galgo) y perro pu­diera representar un céltico *petr- > perr-36, latín ’quattuor’ (recuerdo una adivinanza en que «cuatro pies» desig­na al perro); perro tuvo especial arraigo en la región central o celtíbera de España, donde llegó a desalojar el latín canis; vivió en ella latente hasta el siglo XIII cuando empieza a en­trar lentamente en la lengua escrita; y tiene también uso en el Languedoc y Rouergue perre, perro (Mistral).

 

Diego Catalán: Historia de la Lengua Española de Ramón Menéndez Pidal (2005)

NOTAS

Véase C. Battisti, Studi Etruschi, VI, 1932, p. 288.

2  CIL, II, 5181.

3  Etym. XIX, 22.

4  Véase atrás, cap. II, § 3.

5  En Zeit. f. rom. Phil., XXIII, pp. 186-187 y 182-186 y XXIX, pp. 553-555.

6  REW, 3ª ed., 9126a.

7  Menéndez Pidal, Orígenes del esp., 83-84 (ed. 1950, p. 75). Formas del siglo X baica, uajka, uayca, etc.

8  Para Vega en un documento sardo de comienzos del siglo XII, v. Meyer-Lübke, en Homenaje Menéndez Pidal, I, p. 68.

9  Nava ’pascolo ripido sull pendió della montagna’. Siena Zam­bra, Ricerche di Geografia linguistica ital, 1934, p. 40; Ribezzo, en Riv. Indo-Gr.-Ital, XV, 1931, p. 60. La explicación como voz indoeuropea *nova (Pokorny, en Zeit. f. celt. Phil. XXI, 1938, p. 98) repugna el significado de la voz española y no pretende ex­plicarla. Lo mismo J. Brüch, «Nava und lat. novalis», Archiv für das Studium der neueren Sprachen, CXXXVIII,  1919, p.  111.

10  Aunque escasean en el Levante propiamente ibérico (Naves Lérida, Navata Gerona, Navalón Valencia).

11  Hasta Calabria y Sicilia.

12  Hasta Allier.     

13  Annales Tilliani, sucesos del a. 806, y en Eghinardo (Mon. Germ. Hist., Script. I, pp. 220 y 147).

14  «Pampilonenses et Nafarri ... Rex Garsias Navarre ... comes Latron Nafarrus» (Chron. Adefonsi Imperatoris). En topónimos va­rios: Naffarrate (1025) Álava, hoy Nafarrate; Nafarroa Vizcaya; Nafarranca Guipúzcoa; Naharro, Najarro Cáceres, Gomeznaharro Segovia, Valladolid, Valdenarros Soria, Naharros, Narros (-rrillos) Salamanca, Ávila, Segovia, Soria, Guadalajara, Cuenca, etc.

15  Menéndez Pidal / Tovar, «Los sufijos con -rr», Bol. Acad. Esp., XXXVIII, 1958, pp.  170-174. Véase adelante § 2.

16  Véase atrás, cap. II, § 7 (inscripción de Lamas de Moledo).

17  M. Gómez Moreno, «Sobre los íberos y su lengua», en Ho­menaje Menéndez Pidal, III, 1925, p. 480. Holder, Alt-celt. Sprachschatz,  1896.

18  Del Véneto istriano. Citadas por Holder, Alt-celt. Sprachschatz, II, 1904, col. 928, donde recoge también el antroponímico Parameius, en inscripción de Langres (Haute Marne).

19  E. Philipon, Les peuples primitifs, 1925, p. 285; apoyado por Pokorny, en Zeit. f. celt. Phil, XXI, 1938, p.  150.

20  Paramera en Ávila en un punto extremo. Topónimos fuera de España apenas hallo sino Paramé en la Bretaña francesa (Paramatto en Lombardia es un compuesto de matto; cfr. Paramonte).

21  Se trata de una inscripción oficial, solemne, con recuerdos de Virgilio y de Horacio.

22  En Portugal, Pontevedra, Lugo, Zamora.

23  Carvellas, Carvide en Portugal.

24  Carve, Carvaco en el Véneto; Carvico, Carvanno, Carvisi en Lombardia; y reflejos en el Véneto ilirio, según creo entender en los estudios de Ribezzo, en Riv. Indo-Greco-Ital, XVIII, 1934, p. 70 y de Alessio, en Studi Etruschi, IX, 1935, p. 112 n.

25  Opiniones sobre Kar(a)v- ilirio en Krahe, Die alten balkanillyrischen geographischen Namen, 1925, p. 89 y en Pokorny, en Zeit. f celt. Phil., XX, 1936, p. 514.

26 La voz de Lena la conozco personalmente (no se halla en Rato, Vocabulario, 1891). «La Carba del Pinar», cresta peñascosa en el término de Cofiñal (León), figura en Madoz, Dicc. Geogr., VI p. 5056.

27  En Calabria se halla con otro sufijo [karrilu], [karrina], [karro] ’encina’ (Jaberg-Jud, Atlas III, 592, en la «Legende»).

28  En Liguria hay Carasco, Carasca.

29  «Oveco presbiter de Cueto», 948; «per cuetu Albu de Dunna, ... per illo cuetu...», 943; «usque in illo queto que dicen Alegio, per illum quetum de Arrias», 1001; «in illos quetos alia terra que comparavi», 1018; «in quetu de Monmune», 1043?; «per somo illo queto et pro illo vado», 1046 ó 1057, en documentos asturianos. En 1282 hallo en Potes (Liébana): «el maiolo del cueto de Penna Uarzana».

30 «Al subir un cotarrito, al bajar una cotarra» se cansa la loba perseguida por los perros en las versiones de esa área del ro­mance de La loba parda (en otras comarcas: cerrillo, cuestita, etc.).

31 La Cuétara (en el Oriente de Asturias), con el sentido colec­tivo del sufijo átono -aro.

32  Menéndez Pidal, Topón, prerrom., pp. 267-275 (procedente de «Cǫtto, cǫtta», Rom. Phil. VI, 1952, 1-4) y Orígenes del esp. 425-427 y 432 (con mapa).

33  Gascón amousto; patois del Delfinado y saboyano emboutâ, piamontés ambosta.

34  Meyer-Lübke, Gram., I, p. 46.

35  Alto-ital. lidga, ledga ’légamo’.

36  Con evolución comparable a la de los topónimos galos Petrucorii, *Petroialum, que aparecen igualmente bajo la forma Pirrucori, Perrolio (Holder, Alt-celt. Sprachschatz).

CAPÍTULOS ANTERIORES:

PARTE PRIMERA: DE IBERIA A HISPANIA
A. EL SOLAR Y SUS PRIMITIVOS POBLADORES

CAPÍTULO I. LA VOZ LEJANA DE LOS PUEBLOS SIN NOMBRE.

1.- 1.  LOS PRIMITIVOS POBLADORES Y SUS LENGUAS

2.- 2. INDICIOS DE UNA CIERTA UNIDAD LINGÜÍSTICA MEDITERRÁNEA

3.- 3. PUEBLOS HISPÁNICOS SIN NOMBRE; PIRENAICOS Y CAMÍTICOS

CAPÍTULO II. PUEBLOS PRERROMANOS, PREINDOEUROPEOS E INDOEUROPEOS

4.- 1. FUERZA EXPANSIVA DE LOS PUEBLOS DE CULTURA IBÉRICA

5.- 2. NAVEGACIÓN DE FENICIOS Y DE GRIEGOS EN ESPAÑA

6.- 3. LOS ÍBEROS Y LA IBERIZACIÓN DE ESPAÑA, PROVENZA Y AQUITANIA

7.- 4. FRATERNIDAD ÍBERO-LÍBICA

*   8.- 5. LOS LÍGURES O AMBRONES

*   9.- 6. LOS ILIRIOS

*   10.- 7. LOS CELTAS

*   11.- 8. «NOS CELTIS GENITOS ET EX IBERIS» (MARCIAL)

12.- 9. PERSISTENCIA DE LAS LENGUAS IN­DÍGENAS EN LA PROVINCIA ROMANA DE HISPANIA

B. LAS HUELLAS DE LAS LENGUAS PRERROMANAS EN LA LENGUA ROMANCE

CAPITULO III. RESTOS DE LAS LENGUAS PRIMITIVAS EN EL ESPAÑOL

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La Garduña Ilustrada

Imagen: letra M, variaciones sobre el alfabeto Holbein.

12.- 9. PERSISTENCIA DE LAS LENGUAS IN­DÍGENAS EN LA PROVINCIA ROMANA DE HISPANIA

12.- 9. PERSISTENCIA DE LAS LENGUAS IN­DÍGENAS EN LA PROVINCIA ROMANA DE HISPANIA

9. PERSISTENCIA DE LAS LENGUAS IN­DÍGENAS EN LA PROVINCIA ROMANA DE HISPANIA. II. PUEBLOS PRERROMANOS, PREINDOEUROPEOS E INDOEUROPEOS

      En Italia, durante la época imperial, se seguía hablando el osco en Campania, el etrusco en el centro, el insubro y el veneto en la Cisalpina 112; en Galia se podía testar en lengua gala, según un texto de Ulpiano de hacia 225; en África el púnico subsistía en el siglo V, según san Agustín (sermón 22), y hasta hoy subsiste el beréber. En cuanto a España, en el siglo de Augusto, Estrabón 113 dice que los turdetanos, sobre todo los ribereños del Betis, estaban tan romanizados que hasta «habían olvidado su propio idioma», aludiendo indudablemente a casos extremos, a los más cul­tos entre los íberos, pero no puede querer decir que la len­gua ibérica hubiese ya desaparecido en la Bética. Tácito 114 cuenta de un campesino de Termes (hoy Tiermes, Soria), que en el año 25 d.C, después de matar al pretor L. Pi­són, puesto en tortura, gritaba en su lengua patria que no descubriría a sus cómplices «uoce magna sermone patrio frustra se interrogari clamitauit»; este patriota arévaco no sabía latín, por lo menos para emplear­lo en un momento de gran turbación. El español Mela 115 en el mismo siglo I nos dice que los artabros o arotrebas, en el extremo noroeste de Galicia, conservaban su celticidad: «Artabri sunt etiam nunc celticae gentis». Inscripciones como la de Lamas de Moledo 116 nos asegu­ran que un dialecto céltico o ilírico se escribía en los siglos I o II en el Noroeste de la Península. Estas lenguas indíge­nas, pobres siempre, más pobres cada día según el latín las iba invadiendo, se diluían progresivamente dentro del la­tín, que las absorbía lentamente, más lentamente de lo que solemos imaginar. Aún mucho después de la desaparición del Imperio, en el siglo VIII d.C, parece que no se habían extinguido en el centro de la Península los últimos hablan­tes de lengua ibérica, ya que llegaron a explicar a los nue­vos hablantes en lengua árabe el sentido de algunas deno­minaciones toponímicas: Arriacum fue traducido al árabe en  Guadalajara,  ejemplo ya  dicho117,  y  Οὔέλουκα (Veluka) nombrada por Ptolomeo 118, del ibérico vela ’cuervo’ (vasco bela)119, en Soria, por Qal’at an-nusūr «castillo de las aves carniceras» hoy Calatañazor 120. Hasta hoy en un rincón del istmo ibérico subsiste una lengua pre­rromana y preindoeuropea; ¿cuántos rincones así habría en la Hispania romana y hasta cuándo persistieron?

      Además, a pesar de la romanización unificadora, queda­ría bajo ella una fuerte acción de las lenguas indígenas. Los íberos, celtas o ilirio-lígures pertenecientes a la nobleza o a las capas superiores urbanas se asimilarían pronto el la­tín para conservar sus funciones dirigentes y su actividad superior, pero las clases inferiores y las rurales conservarían la lengua indígena durante siglos. Una gran porción de hispano-romanos tuvo forzosamente que ser por largo tiem­po bilingüe, y tal bilingüismo debió de prolongarse mucho más de lo que generalmente se ha supuesto tradicionalmente, de modo que ciertos hábitos lingüísticos de las lenguas indígenas convivieron por mucho tiempo en la mente de multitud de latino-hablantes.

Diego Catalán: Historia de la Lengua Española de Ramón Menéndez Pidal (2005)

NOTAS

112  F. G. Mohl, Chronologie, pp. 62 y 64.

113  Geogr., III, 2, 15.

114  Ann., IV, 45.

115  Chorogr., III, 13.

116  De que ya hemos hablado; véase atrás § 7.

117  Atrás, cap. II, § 3. Aunque a su paso por Guadalajara el río Henares no es más pedregoso que cualquier otro río,  la  arabización del primitivo toponímico impuso la perpetuación de la denominación, cuya conexión con la naturaleza desconocemos. El proceso traductor se repite en el s. XIII cuando el Arzobispo de Toledo don Rodrigo, al enumerar en verso las conquistas de Alfonso VI (De rebus Hispaniae, VI, 22º), llama a Guadalajara en latín Fluvius Lapidum (calcando el término árabe cuyo significa­do le era claro). También es posible, según sugerencia de Jaime Oliver Asín, que Wādi l- Ḥiŷāra signifique ’río de las peñas fortificadas’; véase Menéndez Pidal, «La invasión musulmana y las lenguas iber.», 1962, pp.  191-195.

118  Ptolomeo, II, 6, 55; identificada con Voluce del Itinerario de Antonino.

119  Con el sufijo -oki, como Beloca, Beloque, Boloqui, en Gui­púzcoa.

120  Menéndez Pidal, «La invasión musulmana y las leng. ibér.», 1962, p. 195. Vistos estos dos casos, también podemos suponer que el significado de Aratoi > Araduey (arriba § 3) continuó comprendido hasta después de la romanización de la región de Zamora y Palencia y que se halla traducido en la designación mo­derna de Tierra de Campos.

CAPÍTULOS ANTERIORES:

PARTE PRIMERA: DE IBERIA A HISPANIA
A. EL SOLAR Y SUS PRIMITIVOS POBLADORES

CAPÍTULO I. LA VOZ LEJANA DE LOS PUEBLOS SIN NOMBRE.

1.- 1.  LOS PRIMITIVOS POBLADORES Y SUS LENGUAS

2.- 2. INDICIOS DE UNA CIERTA UNIDAD LINGÜÍSTICA MEDITERRÁNEA

3.- 3. PUEBLOS HISPÁNICOS SIN NOMBRE; PIRENAICOS Y CAMÍTICOS

CAPÍTULO II. PUEBLOS PRERROMANOS, PREINDOEUROPEOS E INDOEUROPEOS

4.- 1. FUERZA EXPANSIVA DE LOS PUEBLOS DE CULTURA IBÉRICA

5.- 2. NAVEGACIÓN DE FENICIOS Y DE GRIEGOS EN ESPAÑA

6.- 3. LOS ÍBEROS Y LA IBERIZACIÓN DE ESPAÑA, PROVENZA Y AQUITANIA

7.- 4. FRATERNIDAD ÍBERO-LÍBICA

*   8.- 5. LOS LÍGURES O AMBRONES

*   9.- 6. LOS ILIRIOS

*   10.- 7. LOS CELTAS

*   11.- 8. «NOS CELTIS GENITOS ET EX IBERIS» (MARCIAL)

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11.- 8. «NOS CELTIS GENITOS ET EX IBERIS» (MARCIAL)

11.- 8. «NOS CELTIS GENITOS ET EX IBERIS» (MARCIAL)

8. «NOS CELTIS GENITOS ET EX IBERIS» (MARCIAL). II. PUEBLOS PRERROMANOS, PREINDOEUROPEOS E INDOEUROPEOS

      Entre 550-450 a.C. (Periplo de Avieno, Hecateo, Esquilo) el nombre de Iberia se aplica sólo a la tierra de los íbe­ros propiamente dichos, esto es, a la costa de Levante des­de el río Segura hasta el Ródano. Hacia 420 a.C. Herodoro de Heraclea ya extiende el nombre de íberos a los tartesios y hasta a los cynetes del Algarve 107. Entonces Iberia es el Sur y Levante de la Península, mientras el interior forma parte de la Céltica u occidente de Euro­pa (así Éforo hacia 350 a.C.)108. En época más reciente los autores griegos, Polibio, Estrabón, etc., llaman Iberia a toda la Península, pero, no ya al Sureste de Francia que se hallaba ocupado por los celtas.

      Esa denominación Iberia, de significado gentilicio, re­fleja muy inexactamente la realidad étnica de la Península, y los romanos, desde que la constituyeron en provincia (197 a.C.), no la llamaron sino Hispania, Spania, nombre indescifrable, que en un comienzo debió de aplicarse sólo a las regiones primeramente conocidas, las de Tarteso, don­de con el mismo elemento radical hallamos a Hispalis, Spalis, hoy Sevilla 109.

      La invasión céltica (que estuvo a punto de convertir a la Península en una Celtica más de Occidente), al ir remitien­do, ya en el s. Ill a.C., en su capacidad de subyugar mili­tarmente a los pueblos peninsulares, permitió a los turdetanos de la Bética, a los lusitanos, vettones, carpetanos y astures y a otras tribus recobrar su primitiva personalidad reemergiendo con más o menos vigor por cima del fuerte elemento céltico recibido. La fusión cultural de los pueblos célticos con los íberos tuvo su mayor importancia en las dos mesetas centrales, especialmente en su parte Este, en que, por los valles del Ebro y del Júcar, recibieron activamente la influencia ibérica y con ella el alfabeto y la acuñación de monedas de tipo ibérico. Estos celtas orientales, que vivían en la parte más alta y fría de las cuencas del Duero, del Tajo y del Júcar, son llamados celtiberos ya en su­cesos del año 218 a.C. referidos por Tito Livio. Entre ellos se cuentan los arevacos, cuya ciudad septentrional Clunia > Coruña del Conde, en Soria, era, según Plinio 110 «Celtiberiae finis». Al extremo meridional de la región esta­ba la ciudad de Segobriga «caput Celtiberiae», se­gún el mismo Plinio 111, a la que deben de corresponder las ruinas de Cabeza de Griego (al S.O. de Uclés, Cuenca). Los celtíberos son los que más se distinguieron en la guerra de independencia contra Roma, asumiendo una representación histórica excepcional, significada en la defensa de Numancia y en la frase de Floro que los considera como corazón y vigor de toda la nación: «Celtiberi, id est robur Hispaniae». Los celtíberos inician así la actuación pre­ponderante que los pueblos de la meseta central ejercieron a menudo en la política y en el lenguaje de la Península.

Diego Catalán: Historia de la Lengua Española de Ramón Menéndez Pidal (2005)

NOTAS

107 A. Schulten y P. Bosch-Gimpera, Fontes Hispaniae Antiquae, I, 1922, p. 133; II, 1925, p. 37.

108 Según Éforo, la Céltica se extendía por el Occidente de Europa y el interior de la Península hasta cerca de Cádiz. Véase en Fontes Hispaniae Antiquae, II, publicadas por A. Schulten y P. Bosch-Gimpera, 1925, pp. 55 y 59.

109 Acerca del prefijo libio-ibérico i-, véase atrás, § 4.

110  Plinio, III, 27.

111  Plinio, III, 25. Véase Albertini, Les divisions administratives de l’Espagne romaine,  1923, pp. 97-98.

CAPÍTULOS ANTERIORES:

PARTE PRIMERA: DE IBERIA A HISPANIA
A. EL SOLAR Y SUS PRIMITIVOS POBLADORES

CAPÍTULO I. LA VOZ LEJANA DE LOS PUEBLOS SIN NOMBRE.

1.- 1.  LOS PRIMITIVOS POBLADORES Y SUS LENGUAS

2.- 2. INDICIOS DE UNA CIERTA UNIDAD LINGÜÍSTICA MEDITERRÁNEA

3.- 3. PUEBLOS HISPÁNICOS SIN NOMBRE; PIRENAICOS Y CAMÍTICOS

CAPÍTULO II. PUEBLOS PRERROMANOS, PREINDOEUROPEOS E INDOEUROPEOS

4.- 1. FUERZA EXPANSIVA DE LOS PUEBLOS DE CULTURA IBÉRICA

5.- 2. NAVEGACIÓN DE FENICIOS Y DE GRIEGOS EN ESPAÑA

6.- 3. LOS ÍBEROS Y LA IBERIZACIÓN DE ESPAÑA, PROVENZA Y AQUITANIA

7.- 4. FRATERNIDAD ÍBERO-LÍBICA

*   8.- 5. LOS LÍGURES O AMBRONES

*   9.- 6. LOS ILIRIOS

*   10.- 7. LOS CELTAS

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10.- 7. LOS CELTAS

10.- 7. LOS CELTAS

7. LOS CELTAS. II. PUEBLOS PRERROMANOS, PREINDOEUROPEOS E INDOEUROPEOS

      Esa primera inmigración indo-europea de los ilirios va se­guida en España de otra segunda, la de los celtas que entran en la Península en dos invasiones hacia los siglos IX y VIl a. de C. Los ilirios colonizaban de preferencia las tierras bajas, los valles, las lamas que hemos dicho, propias para el pastoreo; los celtas se establecían más en las alturas fortificadas, para ocupar militarmente la tierra. Muchas de sus fundaciones llevan nombre compuesto con dūnum o con brĭga, dos sinó­nimos que significan ’monte fortificado’ y que posiblemente responden a dos inmigraciones distintas.

      Las terminaciones en -dūnum son muy usadas en la to­ponimia de toda la Europa céltica, desde las Islas Británi­cas hasta Bohemia y hasta las bocas del Danubio. En Es­paña sólo se ofrece un grupo de ejemplos en la región pirenaica, tanto en Aragón como en Cataluña, y otro me­nor en la Bética.

      Al Sur de los Pirineos: Virodūnum ’fortaleza verda­dera’ (vīro = latín uērus) > Verdún en Huesca, Verdú en Lérida, lo mismo que los varios Verdun de Francia; Bisaldūnum > Besalú en Gerona, como en Francia Bezaudun en Alpes-Maritimes; Uoludūnum > Boldù Lérida; Lucduno año 978 > Leduno 1017, Ledone 993 > Lladó en Ge­rona 78; Salardú en Lérida, del antropónimo Salarus; Navardún en Zaragoza. Añádase el Sebendunum de Ptolomeo en Cataluña 79.

      En la Bética estuvieron Esttledunum junto a Luque, al S.E. de Córdoba y Arialdunum. Cuando los focenses, hacia 600 a.C., fundaron a Marsella, encontraron como rey de Tartesso a Argantonio, al rey longevo que reinó 80 años y que murió antes de 564, el cual les dio plata para construir en Focea los muros que les sirvieron de defensa contra los medos, según refiere Herodoto. La voz arganton 80 es la forma céltica correspondiente al latín argentum, así que el nombre de ese rey, ’el rico en plata’ (comp. en latín Argentinus, Argenteus), alude probablemente a las minas argentíferas de la región tartéssica. Argantonio, pues, sea legendario o no, supone estirpe céltica o influjo céltico en el reino ibérico de Tartesso, a comienzos del siglo VI a.C.

      Fuera de estos dos núcleos se halla aislado Caladūnum hoy Cala en Braga (nombre que en Galia dio Châlons). Creo debe añadirse Villardún Santander, que será Aredūnum ’fortaleza avanzada’ 81 (nombre que existe también en Ga­lia, hoy Ardin en Deux-Sevres).

      A diferencia de los topónimos en -dūnum, los en -brĭga son raros fuera de España, hasta el punto de que han llegado a ser tenidos, sin fundamento, como propios del dialecto de los celtas de Iberia y que su presencia en Galia obedecía al paso por allí de tribus peninsulares 82. En la Pe­nínsula se hallan esparcidos por todo el centro y el Occiden­te, sin llegar a Cataluña ni a la Bética, lo cual implica que la nueva invasión ocurrió a través de los Pirineos occidentales. Herodoto 83, hacia 450, ya conoce estos celtas extendidos «más allá de las Columnas de Hércules, vecinos de los cynesios», y no son otros que los celtici de Caetobrĭga, nombre pronunciado por los árabes Xetúbr, hoy Setúbal, los de Arcobrĭga en la Lusitania meridional, y los de Nertobrĭga cerca de Fregenal de la Sierra, Badajoz.

      Más al Norte se halla Conimbrĭga ’castillo de los Conios’ > Coimbra. En territorio de los vettones, Salamanca, y de los autrigones, Burgos, podemos citar Deobrĭga ’fortaleza de Dios’ (compárese Götteborg); en el confín de la Carpetania Caesarobrĭga (hoy Talavera de la Reina) y próxima a Toledo Alpobrĭga > escritoAlpobrega (1086)84, Alpuébrega 85, del antroponímico Alpo, -onis; en Zaragoza *Mundobrĭga > Munébrega 86, etc. Se conocen unos cua­renta nombres - brĭga en Hispania, mientras en Galia y en Germania se mencionan tan sólo unos seis. El contraste en­tre las regiones -dūnum y   -brĭga crea parejas toponími­cas como los de Segobrĭga(> Segorbe) en Castellón, Espa­ña, y Segodūnum en Saône-et-Loire, Francia, significando los dos ’castillo fuerte’, y Volobrĭga al Sur de Braga, co­rrespondiendo al Volodonum (> Boldú) de Lérida.

      En los siglos Vl-V, los celtas habían logrado una extraordi­naria expansión: desde sus primitivas sedes en la cuenca del Rin, del alto Danubio y Bohemia, se habían extendido por la Galia, habían invadido las Islas Británicas; y comenzaban a penetrar por el Norte de Italia. Su lengua tenía dos varie­dades muy señaladas: después de haber perdido la p indo­europea (quizá por influjo de las lenguas mediterráneas que carecen de p)87 se creó una p nueva; el céltico insular, más arcaico, conservaba la qu indoeuropea; el céltico continental había evolucionado labializando el elemento velar convirtien­do la qu  en p, como hacían el griego, el osco y otros idiomas afines. Se descubren en el continente céltico algunos restos de la q arcaica, pero son dudosos en España 88 adonde en general los celtas trajeron la pronunciación p. El antropónimo celta Pintios, correspondiente al latín Quintius, es el que dio nombre a la villa Pintia, hoy Alto de las Pinzas, unas leguas al Este de Valladolid, nombre antiguo que adop­tó Valladolid en el Renacimiento. Otra Pintia existió en los Cállaicos Lucenses, hoy Pinza en Lugo, a la vez que otras villas tomaban nombre semejante de su poseedor roma­no Quintia > Quinza en Orense 89. Igualmente Pintano en Zaragoza, Pintán en Galicia fueron sin duda fundos de un dueño celta Pentos, como de un dueño latino Quintus tomaron nombre Quintán Galicia, Quintão en Portugal, Quintano en Italia. El diminutivo Pintinos, lat. Quintinus se conserva en Pintín (Lugo), Pentin (Seine). En Galicia y Asturias coexisten hoy Pintueles y Quintueles (Oviedo) 90.

      Los siglos VI y V a.C. son los de apogeo céltico en la Península91. Es cuando se extienden por el centro y Occidente de la Península dejando numerosas huellas toponí­micas. Sólo quedan excluidos el Levante y la Bética, don­de los íberos mantuvieron siempre su supremacía 92. Asiento fundamental de los celtas peninsulares fue la región que después sería llamada Celtiberia, donde hallamos como principal ciudad de los arevacos a Sĕgovĭa, nombre con­servado hoy intacto, igual al del pueblo de los Sĕgovĭĭ en los Alpes Cottios, formado con el adjetivo Sĕgo ’fuer­te’. Sĕgŏntĭa > Sigüenza (Guadalajara), formado con el mismo adjetivo, nombre que se repite en la Gran Bretaña, Segontios, hoy Caer Seoint 93. Clunia, hoy Coruña del Conde (Burgos), nombre frecuente en otros países célticos, solo o con sufijos como en el célebre Cluniacum > Cluny. Uxăma luego Uxŏma94 > Osma (Soria), con ter­minación de superlativo, ’la muy alta’, como Bletisăma > Ledesma (Soria, Logroño), Sĕgĭsăma ’la muy fuerte’ y Sĕgĭsămone > Sesamón (Burgos)95. Arcobrĭga > Ar­cos de Medinaceli (Soria).

      Otro gran centro de celtismo es Galicia, en toda su ex­tensión antigua, que incluía el Norte de Portugal hasta el Duero. En ella hay varios poblados llamados Céltigos < Celtĭcos; hay varias Segovia, Segoiva y un Ledesma; varios lugares Braga < Bracăra, Bragança, Bragaña, etc., alusi­vos a la braca > braga, calzón distintivo de los celtas. La Coruña, llamada en la Edad Media Crunia, Cruña, lleva igual nombre que la citada Clunia de los celtíberos.

      En varios casos las denominaciones se repiten mucho: así ocurre con Mirobrĭga; con Sĕgŏvĭa, que aparte de los lugares ya citados reaparece en Salamanca, Segovia y en León, Sigüeya (con diptongación leonesa de ŏ ante yod), y en diminutivo Segoyuela en Salamanca y Segoviela en Soria 96, y con Sĕgŏntĭa, que además del Sigüenza ya citado, da nombre a lugares en Burgos y Santander, Cigüenza, y en Cádiz, Jigonza (con fonética mozárabe: s > š > j).

      El adjetivo céltico dēva ’divina’ (latín dīua) es el nom­bre Dēua, en Ptolomeo Δηούα, de dos ríos y una po­blación en la costa cantábrica, nombre repetido también en Gales y en Escocia, hoy Dee 97.

      El substantivo céltico bedus ’zanja, arroyo’, del que so­breviven nombres apelativos en Francia y en el Norte de Italia, formó en España los topónimos Bedón en Asturias, Burgos, Bedico en Santander; Bedunia ciudad de los astures, cerca de La Bañeza, León, y Bedoña en Guipúzcoa, como Bedonia en Emilia. El céltico vĭndĭsĭa ’emparrado’, de donde el fr. vandoise, da toponímicos Vendeja, Vendejo en Pontevedra, Santander; parece que los celtas practicaban el cultivo de la vid en parrales, cuando en el resto del país se hacía en cepas 98. Otros muchos nombres célticos habría que catalogar metódicamente; señalaré sólo la terminación -ŏcu en Brihuega en Guadalajara < Brioca, del antroponímico Briocus; Caleruega en Burgos (la «fortunata Calaroga» de Dante) ". Y apuntaré la posibilidad de que se oculte un celtismo en los muchos pueblos que se llaman Condado en Galicia, Asturias, Burgos, Segovia, cuya vocal fi­nal, en vez de *Condade, obedece probablemente a una eti­mología popular del celta condate ’confluencia’ que for­ma multitud de topónimos en Francia: Condé, Condeau, etc.

      Los celtas peninsulares no se distinguen sólo en la pre­ferencia por las fundaciones -brĭga. No emplean otros de los topónimos más usados por los galos, terminados en -rĭtus ’vado’, -măgus ’campo’, -oialum; los acabados en -dūrum ’fortaleza’ tan comunes en la Galia del Nor­te, faltan en el Sur de Francia, y ofrecen en España un ejemplo suelto, Ocelodorum, cerca de Zamora, llama­do así por el Ravennate, y Ocelo Duri, en el Itinerario de Antonino 100 al parecer por etimología popular del río.

      Quizá un carácter distintivo de los celtas de España fue­se el haber venido parte de ellos mezclados con los ilirios de que hemos hablado. La mezcla de estos dos pueblos se presupone en los orígenes mismos de uno y de otro en el segundo milenio a.C. 101, y la fusión, el mestizaje, continúa caracterizando la historia de los celtas en varias de sus mansiones: los autores antiguos nos hablan de celtíberos en el centro de España, de celtolígures entre el Ródano y los Alpes, de celtoscythas al Norte de las bocas del Danubio, de heleno-gálatas o galogriegos en Asia Menor. En el No­roeste de España podríamos suponer unos segundos celto­lígures o acaso *celto-ilirios, con una lengua mezclada como la que se vislumbra en la inscripción de Lamas de Moledo 102. Esta inscripción, grabada en los siglos I o II d.C., se cree redactada en un dialecto céltico; pero es de notar que incluye la voz lamaticom, derivada de lama 103, cuya persistencia hoy en el asturiano llamargo, ’tremedal, ciéna­ga’ nos acredita la gran vitalidad que en la región Noroes­te de España mantuvo el léxico indoeuropeo pre-céltico.

      En los siglos IV y III, cuando los celtas se extienden más por Europa, cuando incendian Roma 104, cuando se dilatan por todo el valle del Danubio 105, cuando la tribu gálata pasa a establecerse en el Asia Menor 106, en España perdie­ron su capacidad expansiva y el predominio, ante la supe­rioridad de los íberos.

Diego Catalán: Historia de la Lengua Española de Ramón Menéndez Pidal (2005)

NOTAS

77  En Meuse, Aveyron, Savoie, etc.; lo mismo que en Germania y en Italia.

78  Montsalvatje, Noticias históricas del condado de Besalú, II, 1889, p. 214.

79  D’Arbois, Les premiers habit., II, pp. 258, 261.

80  Arganza en Oviedo y Burgos < argantia, Arienza y Vegarienza en León < argentea, revelan celtismo y latinismo respectivamente.

81  Preposición are ’ante’.

82  A. Longnon, Les noms de lieu, 1920-29, § 76. De antemano había salido al paso de esta posible interpretación D’Arbois, Les premiers habit., II, 1894, p. 263, señalando en Germania y en Galia más casos de -brĭga que los atestiguados por los autores antiguos. Hubo -brĭga hasta en Galatia.

83  El texto de Herodoto (II, 83) invalida la tendencia a retra­sar las invasiones célticas hasta el s. IV a.C., como quiere, por ejemplo, R. Pittioni, «Die Urnemfelderkultur», Zeit. f. celt. Phil, XXI, 1938, p. 203.

84  En la concesión de 18 de diciembre de 1086 por Alfonso VI a la sede metropolitana de Santa María de Toledo de todos los derechos con que había sido constituida como sede pontifical por los santos padres en los tiempos antiguos, nombra a Alpobrega al describir los territorios y propiedades de que le hace donación.

85  En la toponimia moderna se conserva en una labranza en el término de Totanes y en una dehesa del de Polán. Menéndez Pidal, Topón, prerrom., pp. 219-220 (procede de «La etimol. de Madrid»,1945).

86  Menéndez Pidal, Orígenes del esp., p. 150 (ed. 1950, p. 135).

87 J. Pokorny, en Zeit. f. celt. Phil., XXI, 1938, p. 161, cree que la pérdida de la p indoeuropea en céltico se debe a influjo de la cultura megalítica mediterránea, influjo sufrido por los celtas ya en su misma patria de origen.

88 Hubert, Les Celtes, 1932, p. 284. Pokorny (Zeit. f. celt. Phil, XXI, 1938, p. 156) supone que la invasión del siglo VI en Espa­ña fue de celtas q y parte de ellos pasaron de España a Irlanda; los celtas p cree que entraron en España en el siglo III (p. 148); en la p. 153 no cree que Pentius > Penzo, Penti > Pentes, etc. contengan el numeral ordinal celta quinto, sino más bien una forma iliria correspondiente, que se ve en el Pentadius véneto.

89  D’Arbois, Les premiers habit., II, 1894, p. 289, estudia Pinza, Penzol, Pentanes. En la p. 292 concluye que los celtas traen a Es­paña la p = q.

90  Caso raro Pentŏlas, con acento en la penúltima breve.

91  Bosch, Etnología, pp. 623-627.

92  Y en que los topónimos de base celta se reducen a las vie­jas ciudades fuertes en  -dūnum de que arriba tratamos.

93  Y que es nombre de divinidad y de varón.

94  En los siglos X y XI después de Cristo.

95  En todos estos casos la pronunciación tuvo que ser dialectalmente -ŏma, como el documentado Uxoma, pues la a postónica no se habría perdido; lo mismo ocurre con Monesma (dos en Huesca) y Eresma (río en Segovia).

96  Por contracción de *Segoviuela. El sufijo -ŏlu es en la toponimia característico de los temas con yod.

97  D’Arbois, Les premiers habit., II, p. 271.

98  A. Castro y G. Sachs, «Bedus», RFE, XXII,  1935, p.  187 (bedus); y p.  194 (vindisia).

99  Paraíso, XII, v. 52.

100  Se le llamó también Ocelum simplemente. Véase el aco­pio de textos que da Holder, Alt-celt. Sprachschatz, II.

101 Pokorny, Nature, 1933, p. 648 y en Zeit. f. celt. Phil. XX, 1936, pp. 344 y 518.

102  El estudio de las inscripciones análogas halladas en Arroyo (Cáceres), en Citania (Minho), en Allariz (Orense), ilustra­ría mucho la cuestión del substrato de esa importante región noroeste.

103  C. Hernando Balmori, «Per clivos, flumina, lamas», Emerita, IV, 1936, p. 82.

104  Hacia 390 a.C. obtienen sus victorias sobre los etruscos e incendian a Roma (D’Arbois, Les premiers habit., II, p. 299). Des­pués los volcas atacan a los griegos de Marsella h. 320 (Hubert, Les Celtes, p. 7) y ocupan aquellas playas del Mediterráneo hasta el Rosellón.

105  En el s. Ill, llegando hasta el Mar Negro.

106  En 279 a.C. Los gálatas, aunque el Apóstol de los Gentiles les escribiera en griego la epístola fundamental de la catolicidad cristiana, conservaban aún en el s. IV después de Cristo su dia­lecto céltico, según san Jerónimo (Hubert, Les Celtes, p. 64).

CAPÍTULOS ANTERIORES:

PARTE PRIMERA: DE IBERIA A HISPANIA
A. EL SOLAR Y SUS PRIMITIVOS POBLADORES

CAPÍTULO I. LA VOZ LEJANA DE LOS PUEBLOS SIN NOMBRE.

1.- 1.  LOS PRIMITIVOS POBLADORES Y SUS LENGUAS

2.- 2. INDICIOS DE UNA CIERTA UNIDAD LINGÜÍSTICA MEDITERRÁNEA

3.- 3. PUEBLOS HISPÁNICOS SIN NOMBRE; PIRENAICOS Y CAMÍTICOS

CAPÍTULO II. PUEBLOS PRERROMANOS, PREINDOEUROPEOS E INDOEUROPEOS

4.- 1. FUERZA EXPANSIVA DE LOS PUEBLOS DE CULTURA IBÉRICA

5.- 2. NAVEGACIÓN DE FENICIOS Y DE GRIEGOS EN ESPAÑA

6.- 3. LOS ÍBEROS Y LA IBERIZACIÓN DE ESPAÑA, PROVENZA Y AQUITANIA

7.- 4. FRATERNIDAD ÍBERO-LÍBICA

*   8.- 5. LOS LÍGURES O AMBRONES

*   9.- 6. LOS ILIRIOS

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9.- 6. LOS ILIRIOS

9.- 6. LOS ILIRIOS

6. LOS ILIRIOS. II. PUEBLOS PRERROMANOS, PREINDOEUROPEOS E INDOEUROPEOS

      Los ambrones o lígures fueron en el centro de Europa muy influidos lingüística y racialmente por un pueblo de lengua ya indoeuropea, los ilirios. Es hasta posible que los lígures, de que hablan los autores griegos, y los ambrones, recordados en la toponimia, no fueran sino una rama oc­cidental del pueblo ilirio mezclado con un fuerte substrato étnico mediterráneo, ya que los ilirios parecen proceder de una mezcla de razas nórdica y mediterránea61.

      Los ilirios de la Edad del Bronce, hacia 1200 a.C., ini­ciaron un amplio movimiento emigratorio que transformó la etnografía de Europa. Desde su sede originaria, Lusacia-Silesia-Bohemia, se extienden por ambas orillas del Adriá­tico, por el país que se llamó Iliria hasta el Épiro 62, y por la parte de Venecia hasta la Apulia; entran en contac­to con los lígures 63; avanzan por Francia, y hacia el año 1000 entran en España por Cataluña64, probablemente mezclados con lígures 65.

      Su asiento más denso creo fue en el ángulo Noroeste de la Península, donde abundan los topónimos Lama, Lamego, Lamosa (en dialecto asturiano Llama), frecuentes también en Italia, sobre todo en las regiones ilíricas. Provienen de la voz lama ’pradera húmeda, tolla’, que parece en latín un préstamo de las lenguas ilíricas del oriente de Italia y de la cual trataremos al hablar de las voces de substrato 66.

      La compenetración de ilirios y lígures puede indicarse en el hidronimo Dŭrĭus > Duero, portugués Doiro; cuyo fe­menino Dŭrĭa se repite en el territorio europeo de ambos pueblos, ora en afluentes del Po en Piamonte 67, ora en un afluente del Danubio en la alta Hungría 68, ora en el Su­reste de Francia en una fuente del Ain 69. Además es de notar que las huellas ilíricas aparecen en España junto a las lígures en varios territorios.

      El nombre Carauantius, que llevó un príncipe de la Iliria, vencido por los romanos en 168 según Tito Livio, aparece como topónimo en Asturias, Carabanzo, y en for­ma de diminutivo *Carabanciello, con pronunciación mozá­rabe 70 Carabanchel, Madrid; es decir, este nombre tan típi­camente ilírico aparece en la región central, donde acabamos de señalar topónimos lígures. De igual modo, la ciudad de Iliria Carauantis71, mencionada también por Livio en los sucesos del príncipe Carauantius, tiene su homónima en Caravantes de Soria, donde halla­mos el pueblo de Ambrona. El nombre de la cordillera Καρουάγκας  ὅροσ (Ptolomeo), en la Panonia antigua (Carniola moderna), que separa Austria del Véneto (italia­no Caravanche, alemán Karawanken) fue usado en España como gentilicio: Carauanca se llama una mujer en ins­cripción de Aguilar de Campoo 72 en territorio cántabro. Estos tres nombres, cada uno por sí, y, sobre todo, los tres en grupo que se dan en Iliria y en España (pero no en territorio lígur italiano ni francés) nos indican que el pue­blo que los trajo usaba en su lengua la base *carau- ’pie­dra’, viva hoy en varios dialectos de los Alpes 73, que parece iliria por el hecho de entrar en el nombre de un prín­cipe ilirio (aunque no se excluye la posibilidad de que el príncipe tomase su nombre de un toponímico de substrato mediterráneo y no indoeuropeo)74.

      Otras homonimias de este tipo podrían apuntarse. Añadiré sólo la del pueblo protoilirio de los Κορκόντοι señalado por Ptolomeo en la Germania Magna (al Nordeste de Bohe­mia), que se repite en España, Corconte en Santander 75.

      Igualmente los derivados de una base *borm *form ’fuente, manantial’, parecen de origen ilirio y préstamos en el lígur, probablemente de un indoeuropeo *bher ’borbo­tar, hervir’ (anglosajón beorma, latín fermentum ’levadura’). Como en el caso de Dŭrĭus, Dŭrĭa, estos topónimos re­basan el territorio lígur y no pueden ser originarios de él, pero por la mayor abundancia con que en él se ofrecen parecen típicos del mismo. En antiguo territorio lígur se ha­llan Bormia río, Bormiae Aquae baños medicinales, Bormanilacus; Bormio Lombardia, famoso por sus aguas sulfurosas, Bórmida Liguria, Piamonte, Lombardia; Bormes en Var, Aquae Bormonis los baños de Bourbon-Lanoy (Saône-et-Loire), y otros varios. En esta misma área del N.O. de Italia y S.E. de Francia, se dio culto a la divinidad de las fuen­tes, llamada en las inscripciones Bormana, Bormanus, Bormonia. Pero fuera del área lígur se hallan también algunos otros topónimos como  Βόρμανον o  Φόρμνον  entre el Danubio y el Tisza; Formio, río de Istris (ilírico); Worms, sobre el Rin (territorio céltico primitivo) ant. Wormes < Gormetia < *Bormetia, alterada la consonante inicial quizá por la pronunciación germánica. Pues bien, en nuestra Península hallamos el culto aldeo Bormanico, a quien estaban dedicadas las caldas de Vicella (Braga) en la Galecia antigua, hoy Norte de Portugal, y allí cerca se halla Bormella (Villa Real, Tras-os-Montes). Este es un diminutivo, cuyo positivo se ofrece en Bormas (Albacete) y en el río lla­mado antes Borma, hoy Porma (León), que nace junto a una fuente termal y tiene baños termales río abajo, en Boñar. Luego Bormujos (Sevilla), junto al río Repudio, de aguas sulfurosas; Bormate Albacete, con el sufijo muy frecuente en ilirio que vimos en Langate; Uormatiu > Gormaz en So­ria (con su inicial semejante a la de Worms), pueblo que en aquella árida región se distingue por tener una copiosa fuen­te. Ademas, la base *borm tiene una variante *born, en Borno en Piamonte, Lombardia; Bornate en Piamonte con sufijo igual que en Bormate de Albacete; y en España Bornos en Cádiz, conocido por sus aguas termales. Una tercera variante borb da en España Borbén (Pontevedra), y en Francia varios Bourbon, uno de los cuales, el del departamento de Allier, fue capital del Ducado Bourbonnais, solar de la familia de los Borbones 76.

Diego Catalán: Historia de la Lengua Española de Ramón Menéndez Pidal (2005)

NOTAS

 

61 J. Pokorny, «Zur Urgeschichte der Kelten und Illyrier», Zeit. f celt. Phil, XX, 1935, p. 341 y XXI, 1938, p. 102. Sobre las estrechas relaciones lingüísticas entre ilirios y lígures, XXI, 1938, P- 59; pruebas de una inmigración ilírica en Liguria, pp. 60-72; superestrato ilirio en las regiones lígures de Italia, p. 84, etc.

62  Movimiento acaso relacionado con la invasión dórica en el Peloponeso, ocurrida, según la tradición griega, ochenta años des­pués de la destrucción de Troya por los aqueos, esto es, en 1104 a.C.

63  Según la arqueología, los pueblos que enterraban a sus muertos en urnas cinerarias dominan hacia 1100 a los pueblos mediterráneos que usaban el rito de la inhumación (que serían ligúricos al Norte y sículos al Sur, si es que los sículos no eran ligúricos como supone Filisto). Hacia 1100 dominan también a los pueblos de la inhumación en túmulos y de las ciudades lacustres en el alto Danubio y el alto Rin. Bosch (Etnología, 1932, pp. 451, 459, 464, etc.) creía que la cultura de las urnas de la primera Edad del Hierro o Hallstatt primitivo era céltica. Pokorny (en Zeit. f. celt. Phil, XX, 1935, pp. 342-346; XXI, 1938, pp. 149 ss.) sostiene que el Hallstatt primitivo es fundamentalmente ilirio con superposición cada vez más creciente de elementos célticos; su fundamento principal es la toponimia no céltica ni mediterrá­nea de las regiones ocupadas por esa cultura (Paramus, Durio, Pisoraca). En el mismo sentido explica la gran invasión iliria R. Pittioni, en Zeit. f. celt. Phil., XXI, 1938, pp. 167-204, «Die Urnenfelderkultur und ihre Bedeutung für die europäische Geschichte»; especialmente pp. 197 y 199, contra la interpreta­ción de Bosch-Gimpera.

64  Los rastros de la cultura de las urnas se extienden hasta Almería.

65  Sólo provisionalmente se puede aceptar la historia que he­mos expuesto, sobre todo en lo relativo a España. La correla­ción entre la expansión y extensión alcanzada por la llamada cultura de las urnas y los topónimos adscribibles a un origen ilirio-lígur en modo alguno es clara.

66  Véase adelante, cap. III, §  1.

67  Doria, Duria y Duria major, hoy llamados Dora.

68  Al Norte de Budapest.

69  Doria La Dorri. Hay además Doire en Savoie y en Cantal; Dória en Córcega.

70  Caravanchiel, año 1264. Con la -che- (< -ce-) y la apócope de -o final característicos de la pronunciación de las hablas mozárabes de la Alta Edad Media (Menéndez Pidal, Orígenes del esp-, 3ª ed., 1950, p. 182).

71 Ciudad de los cavios, en Iliria.

72 CIL, II, 6298.

73  Meyer-Lübke, REW,  16736. Krahe y Pokorny tienen la base carau, *caru, por indoeuropea, mientras Bertoldi y Alessio la creen mediterránea. Véase sobre todo esto último, G. Alessio, «La base preindoeuropea Kar(r)a gar(r)a ’piedra’», Studi Etruschi, IX,

1935, pp. 133-151, y X, 1936, pp. 165-189.

74  Menéndez Pidal, Topón, prerrom., pp. 92-93 (reed. de «Sobre el substr. medit.», 1939). En el lígur medieval se usó la voz caravellata ’quantità di pietre’, Meyer-Lübke, REW,  1673b.

75  Y cuyo tema se da también en el nombre de la isla ilírica de Κορκύρα Kerkyra, Corfú, así como en el río de Panonia Κορκόρας (Krahe, Die alten balkanillyrischen geogr. Namen, p. 90; Pokorny, en Zeit. f. celt. Phil., XX, 1935, p. 321), nombre que exactamente se repite en el topónimo español Corcuera en Álava (Menéndez Pidal, Topón, prerrom., p. 93, procedente de «Sobre el substr. medit.»,  1939).

76 Menéndez Pidal, Topón, prerrom., pp. 93-97 (procedente de «Sobre el substr. medit.»,  1939).

CAPÍTULOS ANTERIORES:

PARTE PRIMERA: DE IBERIA A HISPANIA
A. EL SOLAR Y SUS PRIMITIVOS POBLADORES

CAPÍTULO I. LA VOZ LEJANA DE LOS PUEBLOS SIN NOMBRE.

1.- 1.  LOS PRIMITIVOS POBLADORES Y SUS LENGUAS

2.- 2. INDICIOS DE UNA CIERTA UNIDAD LINGÜÍSTICA MEDITERRÁNEA

3.- 3. PUEBLOS HISPÁNICOS SIN NOMBRE; PIRENAICOS Y CAMÍTICOS

CAPÍTULO II. PUEBLOS PRERROMANOS, PREINDOEUROPEOS E INDOEUROPEOS

4.- 1. FUERZA EXPANSIVA DE LOS PUEBLOS DE CULTURA IBÉRICA

5.- 2. NAVEGACIÓN DE FENICIOS Y DE GRIEGOS EN ESPAÑA

6.- 3. LOS ÍBEROS Y LA IBERIZACIÓN DE ESPAÑA, PROVENZA Y AQUITANIA

7.- 4. FRATERNIDAD ÍBERO-LÍBICA

*   8.- 5. LOS LÍGURES O AMBRONES

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8.- 5. LOS LÍGURES O AMBRONES

8.- 5. LOS LÍGURES O AMBRONES

5. LOS LÍGURES O AMBRONES. II. PUEBLOS PRERROMANOS, PREINDOEUROPEOS E INDOEUROPEOS.

      Además de estos pueblos más antiguos, de que hemos venido hablando, vinieron a poblar en España otros varios, prehistóricos también, pero posteriores44.

      Los lígures, así llamados por los autores griegos (Λιγυες) se daban a sí mismos como nombre nacional el de ambrones45. Plutarco cuenta que los lígures establecidos en Italia, en la Liguria, que iban en el ejército de Mario, cuando éste obtuvo la victoria de Aquae sextiae (Aix) en 102 a.C, se sorprendieron al oír durante la batalla a sus enemigos (los ambrones), aliados de los teutones y cimbrios, usar como grito de guerra ese nombre nacional de ambro­nes, pues ellos también se llamaban de ese modo: «Ambro­nes se llaman a sí mismos los lígures cuando designan su raza», explica Plutarco 46.

      Eran pueblo de raza mediterránea que en la Edad del Bronce ocupaba las playas del Mar del Norte, donde ex­traían y comercializaban el ámbar y perpetuaron su nom­bre en el de la isla Amrum al Suroeste de Dinamarca. Ocu­paban también las tierras del Sureste de Francia y Noroeste de Italia entre el Ródano, el lago Lemán y el Mediterrá­neo, en cuyas playas meridionales está la actual Liguria, y en donde existen varias poblaciones que conservan hoy el nombre de Ambruno, Ambruna, Ambron (en el Noroeste de Italia)47, Ambronay 48 Ain (< *Ambronacum), el río L’Ambron Haute Loire 49 (en el Suroeste de Francia). Vinie­ron también a España, y algunas tierras por ellos ocupa­das pueden indicarse desde luego por los toponímicos Ambrón 50 Salamanca, Ambrona Soria y Ambroa (escrito Ambrona en 747)51 Coruña. El Periplo utilizado por Avieno, pro­bablemente de hacia 550 a.C., escrito en Marsella (colonia griega en territorio lígur), llama Ligustinus lacus a la marisma del bajo Guadalquivir 52 y Esteban de Bizancio nos dice que hubo lígures en las bocas del Betis junto a Tarteso 53. Después, en el s. V a.C., Tucídides da noticia de la invasión lígur hacia las playas de Levante, en el valle del Júcar 54.

      Otras tierras muy importantes debieron ocupar para dar lugar a que España, después llamada Iberia, fuese antes denominada Ligustica. Todavía Eratóstenes, según Estrabón, llamaba en el siglo III a.C. a la Península Ibérica τἠν Λιγυστικήν ἄκpαv, cuando esta denominación era muy impropia frente a la de Iberia55.

      Creo 56 lígur el nombre de Toledo < Tolētum, el bien conocido de la Carpetania y el de Huesca (escrito Toleto en 1068 57), Toledillo en Soria, Toleda en Badajoz; topónimo que se repite al Norte de Génova (prov. Alessandria) Toleto, y en Toscana, Tuleto 58; la célebre inscripción de la Liguria, la Sententia Minuciorum, de 117 a.C., menciona también un monte Tuledo, -one. En la región central carpetana po­demos descubrir algún otro topónimo lígur como Langa re­petido en Soria, Zaragoza, Cuenca y Ávila; el de Soria ya do­cumentado en Ptolomeo bajo el nombre de Σεγοντí a Λαγνα de los arevacos; hay Langata en territorio vasco (Guipúzcoa); tiene sus homónimos toponímicos en Langa tres poblaciones en Piamonte, Langasco en Génova, donde habi­taron los antiguos langenses o langates59. También debe de ser lígur Lucentum, Lucenti, Λούκεντονή λούκερτοι en Ptolomeo, Lucentes en el Ravennate > Alicante (con prosodia árabe) y Lucientes al Norte de Zarago­za (en el territorio de los vascones), ya que se halla igual nombre en Lucentum > Lucento en el Piamonte (Turin).

      Aunque suponemos a los lígures o ambrones un origen no indoeuropeo, es tan poco lo que de su lengua puede saber­se o intuirse que caben respecto a ellos las opiniones más diversas 60.

Diego Catalán: Historia de la Lengua Española de Ramón Menéndez Pidal (2005)

NOTAS

44   Aparte de los pueblos de cultura capsiense, he admitido, con Bosch-Gimpera (Etnología, 1933, pp. 63, 85, 119, 124, etc.), la presencia en las montañas del Norte de España de un pueblo de cultura franco-cantábrica, que en Europa había alcanzado una gran extensión durante el Eneolítico llegando hasta los Alpes y el Rin (pp. 134-137). Schulten y Gómez Moreno, según ya he­mos dicho, prescinden de este pueblo pirenaico y sólo admiten los lígures. Bosch, por su parte, prescinde de la inmigración lígur. Pero si creemos, como los tres creen, a los íberos de origen líbico, necesitamos admitir la presencia lígur en España; sin ella, ten­dríamos que suponer a los íberos origen europeo, según quieren Philipon y Trombetti.

45  Menéndez Pidal, Topón, prerrom., pp. 87-90 (reed. de «Sobre el substr. medit.»,  1939).

46  Véase M. E. Deutsch, «Caesar and the Ambrones», Classical Phil. XVI, 1921, pp. 256-259.

47  En Bérgamo (Lombardia), el Piamonte y Toscana, respecti­vamente.

48  Escrito Ambroniacus en 1193 (E. Philipon, Dict. topograph, du dép. de l’Ain,  1911).

49  A. Chassaing, Dict, topograph, du dép. de l’Haute-Loire,  1907.

50  Escrito Hambrón, por etimología popular (de «hambre»).

51  «Santo Thirso de Ambrona», testamento del Obispo de Lugo Odoario (Esp. Sagr., XL, p. 360).

52  Véase A. Schulten, Fontes Hisp. Antiquae, I, 1922, pp. 95-96.

53  Allí, «cerca de Tartesso», sitúa una ciudad llamada Λιγυστίνη, «cuyos habitantes se llaman Λíγυες» (Stephani Byzantii, Ethnicorum quae supersunt... ex recensione Augusti Meinekii, Berolini,  1848, p. 416).

54  Al afirmar el origen ibérico de los sicanos de Sicilia (véase atrás, cap. II, § 1), expresa que, habitando ellos primero junto al río Sicano de Iberia (hoy Júcar), fueron arrojados de allí por los lígures.

55  La toponimia no ha retenido memoria de la ciudad Λιγυστίνη , ni de la Λíγυες, a diferencia de lo ocurrido con la voz ambrones.

56  Menéndez Pidal, Top. prerrom., p. 84 (reed. de «Sobre el substr. medit.»,  1939).

57  Esp. Sagr., XLVI, p. 236.

58  En el valle del Arno (S. Pieri, Toponomastica della Valle dell’Arno, p. 391).

59  Llamados de ambas maneras en la Sententia Minuciorum del año 117 a.C., CIL, V, 7749. Véase Menéndez Pidal, Topón, prerrom., pp. 83-84 (reed. de «Sobre el substr. medit.», 1939).

60  Se pueden, en efecto, sostener opiniones opuestas, como se observa en el año  1926 en dos grandes enciclopedias: en el Reallexicon de Ebert, Reche y Herbig consideran a los lígures como mediterráneos, más o menos semejantes a los íberos; en la Real Enciclopädie de Pauly-Wissowa, considera Vetter el lígur como idudablemente indoeuropeo. Para Kretschmer (en Glotta, XXI, 1932, p. 112), los ambrones son hermanos de los ombrones y de los umbros, y son el pueblo que indoeuropeizó a los lígures, y como elemento dominante les dio su nombre. Para Lamboglia (Studi Etruschi, X, 1935, p. 145, n. 2), los ambrones son el pue­blo que baja del Norte y se establece entre los lígures que en­cuentra en Italia, quedando éstos como substrato de aquéllos.

CAPÍTULOS ANTERIORES:

PARTE PRIMERA: DE IBERIA A HISPANIA
A. EL SOLAR Y SUS PRIMITIVOS POBLADORES

CAPÍTULO I. LA VOZ LEJANA DE LOS PUEBLOS SIN NOMBRE.

1.- 1.  LOS PRIMITIVOS POBLADORES Y SUS LENGUAS

2.- 2. INDICIOS DE UNA CIERTA UNIDAD LINGÜÍSTICA MEDITERRÁNEA

3.- 3. PUEBLOS HISPÁNICOS SIN NOMBRE; PIRENAICOS Y CAMÍTICOS

CAPÍTULO II. PUEBLOS PRERROMANOS, PREINDOEUROPEOS E INDOEUROPEOS

4.- 1. FUERZA EXPANSIVA DE LOS PUEBLOS DE CULTURA IBÉRICA

5.- 2. NAVEGACIÓN DE FENICIOS Y DE GRIEGOS EN ESPAÑA

6.- 3. LOS ÍBEROS Y LA IBERIZACIÓN DE ESPAÑA, PROVENZA Y AQUITANIA

7.- 4. FRATERNIDAD ÍBERO-LÍBICA

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