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Obras de Diego Catalán

23.- 3. INFLUJO DEL CRISTIANISMO

23.- 3. INFLUJO DEL CRISTIANISMO

3. INFLUJO DEL CRISTIANISMO. II. EL NUEVO LATÍN

      La nueva fe, por sus nuevas ideas y sus nuevos usos, que implicaban una ruptura abismal con el pasado 4, no sólo influyó para renovar profundamente el lenguaje en cuanto al vocabulario, sino en cuanto a su norma estilística general.

      Los orígenes del Cristianismo transcurrieron sobre todo entre las gentes humildes; no es de extrañar que las ins­cripciones de las catacumbas se acerquen más al lenguaje hablado que las inscripciones paganas 5.

      De igual modo, la primera versión latina de la Biblia, hecha principalmente en África alrededor del año 200, lla­mada impropiamente ítala, da gran impulso a la aceptación por la lengua escrita de las tendencias más neológicas del nuevo latín; muchas formas perifrásticas analíticas, en vez de las sintéticas tradicionales; gusto por los vocablos de más plenitud fonética, los sufijados en -mentum, -monium, -ura, etc. en vez de los simples antiguos; voces populares, en vez de otras clásicas, y así siempre, renunciando al pu­rismo en pro de la mayor lucidez y comprensibilidad del lenguaje 6. Y esta tendencia inicial no fue pasajera; la ma­yor sencillez y transparencia en el estilo se imponía a los escritores eclesiásticos, tanto por el propósito catequístico, como por austeridad religiosa, por recelo contra las profa­nidades de la oratoria y de la poesía paganas.

      Esos dos motivos da la casualidad que aparecen expresa­mente consagrados por los dos padres de la Iglesia que Orosio visita en su peregrinación literaria (414-415). En Belén, san Jerónimo había prometido no volver a leer los autores clásicos desde que, durante una visión, se sintió du­ramente azotado ante el eterno tribunal por ser más cice­roniano que cristiano, «ciceronianus, non christianus»7.   En  Hipona,   san Agustín, aunque  su  oratoria propende a cierta afectación, puesto a escoger entre el purismo y la claridad, se decide por ésta. No escribe co­rrectamente fēneratur, sino que prefiere el barbarismo fēnerăt para hacerse entender, pues «¿qué nos importa (dice) lo que quieren los gramáticos?» («quid ad nos quid gramatici velint?»)8. Y en la multisecular con­tienda que, desde tiempos del latín arcaico, sostenía la for­ma más llena ŏssum, -i contra el clásico ŏs, ossis9, san Agustín no vacila, para evitar una homonimia equívoca: «uso el barbarismo ŏssum, porque ŏs se puede confun­dir con ōs, oris, y es preferible que nos reprendan los gra­máticos a que no nos entiendan las gentes» («Melius est reprehendant nos grammatici quam non intelligant populi»)10. Es decir, os pertenecía al la­tín moribundo, incomprensible, mientras ossum pertene­cía al latín viviente, al que iba a dar vida a todos los ro­mances (esp. hueso, port., ital. osso, etc.). De este modo la Iglesia, que dirigía la vida del lenguaje como la vida social toda, imponía el estilo de llaneza y claridad, sea huyendo de los modelos clásicos, como peligrosa disipación del es­píritu, sea repudiando abiertamente, en pro de la mayor comprensibilidad, el tratado De barbarismo publicado hacía poco por Donato para contener la evolución del idioma.

      Pero llaneza y claridad no son vulgarismo ni rusticidad, como lo prueba el mismo obsesionante escrúpulo de pu­rismo que san Agustín muestra al justificarse hasta en tres ocasiones por escribir ŏssum en vez de os 11, y como igualmente lo prueba el trabajo de san Jerónimo en excluir de la Vulgata muchas formas del latín hablado que la ítala empleaba. La Iglesia, en definitiva, no hace sino proclamar el principio «escribo como hablo» que Juan de Valdés po­nía por norma estilística en los comienzos de la nueva edad que para el español abre el Renacimiento; la Iglesia no tien­de al habla vulgar sino a la conversacional o corriente, no vulgar sino docta; así lo revela la multitud de helenismos y neologismos de toda clase que introdujo para altas necesidades del pensamiento.

Diego Catalán: Historia de la Lengua Española de Ramón Menéndez Pidal (2005)

NOTAS

4  Véase atrás cap. I, § 4.

5  Mohl, Chronologie, p. 38.

H. Rönsch, Itala und Vulgata,  1869, pp. 482 y 470 ss.

7  Epist. XXII, 30.

8  In Psalm. 36, 26 (Migne, Patrol, 36º, col. 386).

9  En la época arcaica usó ossum Pacuvio; cuatro y cinco si­glos después lo usan la Biblia ítala, el jurisconsulto Ulpiano, Ter­tuliano y otros; pero, a pesar de eso, más tarde san Jerónimo lo excluye de su Vulgata.

10  In Psalm.  138, 15 (Migne, Patrol. 37º, col. 1796).

11  «Quod vulgo dicitur ossum, latine os dicitur ... Nam possemus hic putare os esse ab eo quod sunt ora, non ... ab eo quod sunt ossa ... Melius est reprehendant nos grammatici quam non intelligant populi» In Psalm., 138, 15 (Migne, Patrol. 37º, col. 1796). «Mallen quippe cum barbarismo dici ... ossum ... quam ut ideo esset minus apertum, quia magis latinum est», Doctr. Christ., Ill, 7 (Migne, Patrol., 34º, col. 67). En otro lugar insiste: «El pre­dicador que habla a indoctos no debe repugnar decir ossum en vez de os (Doctr. Christ., IV, 3): «Cur pietatis doctorem pigeat imperitis loquentem, ossum potius quam os dicere?».

CAPÍTULOS ANTERIORES:

PARTE PRIMERA: DE IBERIA A HISPANIA
A. EL SOLAR Y SUS PRIMITIVOS POBLADORES

CAPÍTULO I. LA VOZ LEJANA DE LOS PUEBLOS SIN NOMBRE.

1.- 1.  LOS PRIMITIVOS POBLADORES Y SUS LENGUAS

2.- 2. INDICIOS DE UNA CIERTA UNIDAD LINGÜÍSTICA MEDITERRÁNEA

3.- 3. PUEBLOS HISPÁNICOS SIN NOMBRE; PIRENAICOS Y CAMÍTICOS

CAPÍTULO II. PUEBLOS PRERROMANOS, PREINDOEUROPEOS E INDOEUROPEOS

4.- 1. FUERZA EXPANSIVA DE LOS PUEBLOS DE CULTURA IBÉRICA

5.- 2. NAVEGACIÓN DE FENICIOS Y DE GRIEGOS EN ESPAÑA

6.- 3. LOS ÍBEROS Y LA IBERIZACIÓN DE ESPAÑA, PROVENZA Y AQUITANIA

7.- 4. FRATERNIDAD ÍBERO-LÍBICA

*   8.- 5. LOS LÍGURES O AMBRONES

*   9.- 6. LOS ILIRIOS

*   10.- 7. LOS CELTAS

*   11.- 8. «NOS CELTIS GENITOS ET EX IBERIS» (MARCIAL)

12.- 9. PERSISTENCIA DE LAS LENGUAS IN­DÍGENAS EN LA PROVINCIA ROMANA DE HISPANIA

B. LAS HUELLAS DE LAS LENGUAS PRERROMANAS EN LA LENGUA ROMANCE

CAPÍTULO III. RESTOS DE LAS LENGUAS PRIMITIVAS EN EL ESPAÑOL

13.- 1. VOCABLOS DE LAS LENGUAS PRERRO­MANAS

14.- 2. SUFIJOS PRERROMANOS EN EL ESPAÑOL

15.- 3. LAS LENGUAS DE SUBSTRATO EN LA FONÉTICA ESPAÑOLA

16.- 4. RESUMEN DE LOS INFLUJOS DEL SUBSTRATO

PARTE SEGUNDA: LA HISPANIA  LATINA
A. LA COLONIZACIÓN ROMANA Y LA ROMANIZACIÓN

CAPÍTULO I. HISPANIA PROVINCIA ROMANA

* 17.- 1. CARTAGO Y ROMA. LA PROVINCIA ROMANA DE HISPANIA Y SU EXPANSIÓN DESDE EL ESTE AL OESTE

18.- 2. LA ROMANIZACIÓN

19.- 3. ESPAÑA Y LA PROVINCIALIZACIÓN DEL IMPERIO

20.- 4. PREDOMINIO DEL ORIENTE. EL CRISTIANISMO

CAPÍTULO II. EL NUEVO LATÍN

21.- 1. ¿LATÍN VULGAR?

22.- 2. EL LATÍN NUEVO

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22.- 2. EL LATÍN NUEVO

22.- 2. EL LATÍN NUEVO

2. EL LATÍN NUEVO. II. EL NUEVO LATÍN

      Digamos latín nuevo en vez de latín vulgar para evitar equívocos. Causas mucho más altas que la vulgaridad y la corrupción determinan la evolución del latín que lo lleva a apartarse extremosamente de su forma clásica. Ya las hemos indicado:

      Primero, el agotamiento de la antigua fuerza directiva de Roma. Desde mediados del siglo II, los autores romanos e itálicos no figuran; la hegemonía literaria pasa a las pro­vincias. Pensemos las consecuencias lingüísticas de un hecho semejante para el imperio español, si Madrid y Es­paña hubiesen enmudecido, apagando el brillo de sus es­critores desde el siglo XVII, y la vida literaria hubiese flo­recido sólo en los virreinatos de las Indias.

      Esa provincialización del idioma escrito trae consecuen­cias importantes. Con ella no era posible lograr la más perfecta incorporación de tantos pueblos extraños a los usos lingüísticos y estilísticos del Lacio; muchas formas consti­tutivas del latín, sostenidas sólo por la fuerza tradicional, quedaron extremamente expuestas a la eliminación.

      En tercer lugar, el dislocarse el centro del Imperio hacia el Oriente helenizado y el triunfo del Cristianismo, que trae un cambio fundamental en la concepción del mundo, im­plican mudanzas fundamentales en el lenguaje y en el arte.

      Además, como suele ocurrir en la historia de las lenguas, tras el período en que está de moda el estilo admirable­mente ininteligible de Marco Antonio, el afectado y oscuro de Tiberio, período coronado por el genio de Séneca y de Lucano, la nueva edad de la latinidad se inicia, por agota­miento de ese esfuerzo de artificiosidad, con una fuerte tendencia a la llaneza y a la renovación vital y ello tanto en la lengua vulgar como en la literaria.

Diego Catalán: Historia de la Lengua Española de Ramón Menéndez Pidal (2005)

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2.- 2. INDICIOS DE UNA CIERTA UNIDAD LINGÜÍSTICA MEDITERRÁNEA

3.- 3. PUEBLOS HISPÁNICOS SIN NOMBRE; PIRENAICOS Y CAMÍTICOS

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5.- 2. NAVEGACIÓN DE FENICIOS Y DE GRIEGOS EN ESPAÑA

6.- 3. LOS ÍBEROS Y LA IBERIZACIÓN DE ESPAÑA, PROVENZA Y AQUITANIA

7.- 4. FRATERNIDAD ÍBERO-LÍBICA

*   8.- 5. LOS LÍGURES O AMBRONES

*   9.- 6. LOS ILIRIOS

*   10.- 7. LOS CELTAS

*   11.- 8. «NOS CELTIS GENITOS ET EX IBERIS» (MARCIAL)

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CAPÍTULO I. HISPANIA PROVINCIA ROMANA

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19.- 3. ESPAÑA Y LA PROVINCIALIZACIÓN DEL IMPERIO

20.- 4. PREDOMINIO DEL ORIENTE. EL CRISTIANISMO

CAPÍTULO II. EL NUEVO LATÍN

21. 1. ¿LATÍN VULGAR?

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21. 1. ¿LATÍN VULGAR?

21. 1. ¿LATÍN VULGAR?

1. ¿LATÍN VULGAR? II. EL NUEVO LATÍN

      El latín usado en las provincias, del que tan pocas mues­tras nos quedan, el latín hablado cotidianamente, del que son una continuación las lenguas románicas modernas, es llama­do «latín vulgar». Pero este nombre ha sugerido erróneas vulgaridades a los que no lo comprenden, y aun descamina en ocasiones a los que lo comprenden bien. Se suele decir que las lenguas de Dante o de Cervantes proceden de un latín corrompido, del «sermo plebeius» de Roma o del «sermo rustiais» 1; otros colocan como su base principal el «sermo militaris», propagado por los incultos legionarios 2; otros, rechazando orígenes tan humildes, llaman latín vulgar al de las clases medias, excluidas las altas 3; y siempre así se atribu­ye a cada capa social el uso del latín progenitor de los ro­mances modernos, el cual se supone alterado libremente, en completo apartamiento respecto del latín escrito, que perma­necía estacionario o poco menos. Sin embargo, hay que re­chazar la creencia de que el latín vulgar, el latín de las altas clases y el latín literario viviesen como los inquilinos de una casa de pisos que no se tratan los unos con otros. Entre las más divergentes variedades del latín hay relación vital e in­terdependencia necesaria. Así, no podemos decir que las len­guas romances tengan por padre un latín vulgar; los rasgos que las caracterizan comienzan a deslizarse en los primeros autores clásicos de la época imperial y aumentan en los si­guientes cultivadores de la lengua escrita, pues ésta se alte­raba mucho, al compás de la lengua hablada (aunque no tan­to como ésta, que hasta se alteraba en su pronunciación, por más que la grafía permaneciese completamente invariable). Por su parte, la lengua hablada que más pudo contribuir a la formación de las lenguas romances no ha de ser la de los rústicos zafios o legionarios analfabetos, desprovistos de todo prestigio normativo, sino otros tipos que vivían en continua relación con la lengua escrita: el habla del pueblo bajo, pre­sumida de cierta distinción aunque ruda, según nos la esce­nifica Petronio, lo mismo que el habla cortesana de césares y senadores, preocupados de purismo, que nos anecdotiza Suetonio; más que el habla del vulgo, el habla familiar de una señora de alta clase, como la virgen Eteria, saturada de lec­turas piadosas. En suma, las lenguas modernas continúan el latín de la sociedad imperial en su total integridad: el vulgar y el culto, el hablado y el literario.

Diego Catalán: Historia de la Lengua Española de Ramón Menéndez Pidal (2005)

NOTAS

1 Seelmann, quien para la lengua general del Imperio prefi­rió el término de «latín popular», lo vino a confundir con el habla de la plebe de Roma (Die Aussprache des Luteins, Enleit, p. 11 nota; v. Mohl, Chronologie, pp. 32-33).

2  Schuchardt creyó que los campamentos y cuarteles influye­ron más que las escuelas en la formación de los romances (Slavo-Deutsches, p. 21).

3  Grandgent, oponiéndose a la idea de que el «latín vulgar» sea el de los barrios bajos o el de los rústicos (Lat. Vulg., traduc­ción de Moll, p. 20).

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4.- 1. FUERZA EXPANSIVA DE LOS PUEBLOS DE CULTURA IBÉRICA

5.- 2. NAVEGACIÓN DE FENICIOS Y DE GRIEGOS EN ESPAÑA

6.- 3. LOS ÍBEROS Y LA IBERIZACIÓN DE ESPAÑA, PROVENZA Y AQUITANIA

7.- 4. FRATERNIDAD ÍBERO-LÍBICA

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20.- 4. PREDOMINIO DEL ORIENTE. EL CRISTIANISMO

20.- 4. PREDOMINIO  DEL   ORIENTE.   EL CRISTIANISMO

4. PREDOMINIO  DEL   ORIENTE.   EL CRISTIANISMO. I. HISPANIA PROVINCIA ROMANA

      Cuando en el año 101 el futuro emperador Hadriano por su pronunciación agreste se vio u oyó irrisorio ante el Se­nado, se consagró con ahínco a corregir su dicción. Pero otros emperadores provinciales, el africano Septimio Seve­ro (muerto en 211) 98 y el fenicio Alejandro Severo (muer­to en 235) nunca llegaron a hablar bien el latín, eran hijos de la civilización púnica, más admiradores de Aníbal que de Escipión, y no les preocupó el corregir en su habla los dejos del substrato afro-mediterráneo. Después de los africanos, viene la larga serie de los emperadores ilirios: ¿qué dejos tendrían éstos? La Iliria, a causa de la frontera del Danubio contra los bárbaros, adquiere importancia extraor­dinaria y disloca el centro del Imperio hacia el Oriente. Un ilirio, Diocleciano, divide el Imperio en dos mitades (292). El se reserva la de Oriente, como la principal; y el empe­rador de Occidente reside fuera del solar latino, en la Galia Cisalpina, en Milán, más cerca de las fronteras del Rin y del Danubio. Roma deja de ser residencia imperial, e Ita­lia es sometida al tributo territorial como una provincia cualquiera.

      Otro ilirio, Constantino, declara religión oficial del Im­perio el cristianismo (313), y funda a Constantinopla para su residencia, la ciudad sin ídolos, la ciudad siempre cristiana. En la abandonada Roma, los senadores tradicionalistas seguían venerando la estatua de la Victoria, hasta que Teodosio, nuevo emperador hispano, arroja del Senado la estatua de la diosa en quien habían confiado los vencedo­res del mundo (394)99. Todo el pasado religioso de Roma queda proscrito, y con él viene a quedar contradicha o execrada gran parte de la civilización dentro de la cual se había formado y modelado la lengua latina; todo aquel pasado glorioso, que alcanza su mediodía en la época au­gusta, se hunde en el ocaso; es algo extinguido para siem­pre y designado con la voz Antiquitas la antigüedad 100 o con dos términos peyorativos: el paganismo (paganis­imus), cosa de los pagos o aldeas, cosa de los rústicos re­fractarios a la cristianización 101, o bien la gentilidad (genti­litas), cosa de gentiles o extranjeros, extraños a la nueva fe 102. El latín oficial vive en el Oriente hermanado con el griego, la lengua de gran cultura que había modelado y elevado la literatura latina desde los comienzos; en Occi­dente el latín queda muy abandonado a sus propios recur­sos, decaído el prestigio de Roma.

      La provincialidad literaria continúa, mientras el cristia­nismo va abriendo nuevos cauces al pensamiento y a la lengua. Los principales escritores, tanto paganos como cris­tianos, aparecen en Siria y Fenicia, de donde proceden los famosos jurisconsultos Papiniano (muerto en 212) y Ulpiano (muerto en 228), así como el gran historiador Amiano Marcelino (muerto h. 400), o bien y sobre todo en el Áfri­ca Menor, en el África de Cartago, cuna de los primeros grandes escritores eclesiásticos, Tertuliano (muerto en 245), san Cipriano (muerto en 257), Lactancio (que floreció h. 315), san Agustín (muerto en 430). A fines del siglo IV, al reaparecer los emperadores hispanos Teodosio y Hono­rio, vuelve España a ocupar los primeros puestos de la li­teratura latina con el cesaraugustano Prudencio, el primer lírico cristiano, otro barroco que abandona su lenguaje a la expresión exuberante, por espontaneidad nativa (muy propio del estilo de españoles), y con el galaico Orosio, el primer autor de una historia universal filosófica.

      Y al lado de todos esos autores que representan el esta­do de la lengua literaria, hay que colocar algunos pocos excepcionales que escriben una lengua más familiar o des­cuidada, entre los cuales nos interesa especialmente la Peregrinatio ad Loca Sancta de la virgen gallega Egeria, perte­neciente a los comienzos del siglo V 103.

      El latín, al universalizarse, al hacerse lengua de íberos o de púnicos que lo tenían que aprender, sufría sin duda una degradación empobrecedora; pero, insistimos, las tenden­cias correctoras y puristas obraban en general más que so­bre Severo y así la provincialis superbia trajo varie­dad, pero no escisión dialectal del latín.

Diego Catalán: Historia de la Lengua Española de Ramón Menéndez Pidal (2005)

NOTAS

98  Según la Historia Augusta.

99  Y derrumba el templo de Sérapis en Alejandría, erigiendo en su lugar la basílica de San Juan (389).

100  «Unde et Nioben... in lapidem et diversas bestias inmutam finxit antiquitas», Hieron., Epist., 60,  13.

101  El adjetivo paganus, que en latín clásico significa 'habi­tante en un pago', o sea 'rústico, paisano', pasa a significar 'in­fiel' ya en el siglo III (Tertuliano).

102  Gentilis, 'el que es de la misma gens o tribu', significó en latín imperial los pueblos extranjeros (que vivían bajo el de­recho de gentes y no bajo el civil romano), Forcellini, Lexicon, III. La Iglesia le dio el significado religioso.

103  E. A. Bechtel, S. Silviae «Peregrinatio». The text and a study of the latinity, 1902. Se trata de la obra de la monja Egeria o Eteria.

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CAPÍTULO I. HISPANIA PROVINCIA ROMANA

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18.- 2. LA ROMANIZACIÓN

19.- 3. ESPAÑA Y LA PROVINCIALIZACIÓN DEL IMPERIO

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19.- 3. ESPAÑA Y LA PROVINCIALIZACIÓN DEL IMPERIO

19.- 3. ESPAÑA Y LA PROVINCIALIZACIÓN DEL IMPERIO

3. ESPAÑA Y LA PROVINCIALIZACIÓN DEL IMPERIO. I. HISPANIA PROVINCIA ROMANA.

      Hecha la salvedad de la resistencia al olvido de un cierto biculturalismo y bilingüismo de los pueblos indígenas latini­zados 93, España, la provincia más antigua en sus comienzos, aunque la más reacia en someterse, fue la primera que decididamente se incorporó a la vida política y cultural de Roma; fue la primera que dio un cónsul provincial, el gaditano Balbo (40 a.C), y la primera que dio grandes cultivadores provinciales de la literatura, precisamente en el tiempo en que se formaban esos nombres toponímicos, algunos de ellos híbridos, que acabamos de reseñar. La Bética, viejo solar de la civilización tartesia, es la que produce los dos Sénecas, Mela, Columela y Lucano; la Vasconia del Ebro y la Celtibe­ria son las que envían a Roma a Quintiliano y a Marcial.

      Muchos críticos, desde Gracián a Tiraboschi, desde Mommsem a Menéndez Pelayo, encuentran relaciones esti­lísticas notables entre alguno de esos escritores hispano-latinos y otros de después, cultivadores de la lengua espa­ñola. Nos sentimos inclinados a pensar que Séneca, asimilándose tendencias ya existentes en Roma 94, realiza por primera vez un tipo eminente de expresión lingüística española, rebelde por exuberancia a las normas de escue­la; rompe la mesura ciceroniana en busca del brillo, la agu­deza y «el concepto», y su rebuscada independencia que le lleva al barroquismo es precisamente la que le hace siem­pre sugestivo y nuevo entre los antiguos. Del sobrino de Séneca, Lucano, se ha dicho repetidas veces que muestra un cordobesismo en la pompa, en la hipérbole y en la tru­culencia; en la ingeniosidad, exceso y oscuridad de metá­foras. Más tarde, Marcial, que siente reiteradas veces la ne­cesidad de gritar ante Roma su hirsuto celtiberismo («ex Iberis et Celtis genitus»), lleva también allá algo del realis­mo hispano, el desarrollo inusitado del género epigramá­tico como pintura apicarada de la sociedad contemporá­nea 95, afirma con orgullo la dualidad que en su tiempo ofrecía la literatura latina cuando coloca a un lado las pa­trias hispanas de los dos Sénecas, de Lucano y de Quinti­liano, frente a las patrias itálicas de Catulo, Livio, Virgilio y Ovidio; percibe la personalidad literaria de su patria, y de su propia musa, aunque nacida junto al austero Jalón, «repica las broncíneas castañuelas tartésicas», sintiéndose hermana de las famosas cantoras andaluzas, las puellae gaditanae, tan de moda entonces en Roma 96.

      Al siglo hispano de la literatura latina sigue el siglo his­pano del Imperio. España fue también la primera que dio un emperador provincial, Trajano (98-117), nacido en Itá­lica. Con Trajano, los emperadores dejan para siempre de pertenecer a la Italia fundadora del Imperio, cosa bien extraña, efecto de la creciente importancia adquirida por las provincias dentro de la concepción imperial romana que no las tomaba cual un «predio del pueblo romano» según hacía la república, sino que tendía a administrarlas cada vez en mayor igualdad con la metrópoli. Ya en tiempos de Nerón (año 63), un senador tradicionalista de quien habla Tácito se quejaba de la «noua prouincialium superbia» 97, y respondiendo al incremento de personalidad, otro emperador español, el sobrino y sucesor de Trajano, Hadriano (117-138), favoreció políticamente a las provincias y mermó las prerrogativas de Italia.

      Los emperadores africanos, que vienen después de los hispanos, añaden marcado menosprecio a las tradiciones de la urbe, y uno de ellos, Caracalla, concede de golpe la ciu­dadanía romana a todos los subditos del Imperio (212), con lo que todas las provincias se igualan jurídicamente a Ita­lia: todas tuvieron desde entonces el latín como única len­gua de la vida pública.

      A la vez Roma había perdido la hegemonía literaria. Muertos Tácito y Juvenal, ya no brillan los autores itálicos sino los provinciales, los de África, los de Oriente, los de Galia; provincialización también muy extraña.

Diego Catalán: Historia de la Lengua Española de Ramón Menéndez Pidal (2005)

NOTAS

93  Véase atrás, Parte Primera, cap. II, § 7.

94  El gusto artificioso existía en Roma antes de que los dos Sénecas fuesen allá, punto bien expuesto por Masdeu (Hist, de Esp., VIII, pp. 312 ss.); pero Séneca fue el que dio expresión emi­nente y personalísima a la artificiosidad.

95  Gracián llama a Marcial primogénito de la agudeza y ve en España el clima de la agudeza. Marcial ve ingenio en los acaecimientos súbitos (E.I., XXXI, p. 274b). El epigrama es for­ma predilecta del seiscentismo. ¿Puede ser mera ilusión la rela­ción que se impone a tantos críticos, como espontánea e inevita­ble manera de pensar? ¿Es acaso en la historia más segura la relación inmediata del sucederse los fenómenos?

96  Marcial, I, 62.

97 Tácito, Annales, XV, 20.

CAPÍTULOS ANTERIORES:

PARTE PRIMERA: DE IBERIA A HISPANIA
A. EL SOLAR Y SUS PRIMITIVOS POBLADORES

CAPÍTULO I. LA VOZ LEJANA DE LOS PUEBLOS SIN NOMBRE.

1.- 1.  LOS PRIMITIVOS POBLADORES Y SUS LENGUAS

2.- 2. INDICIOS DE UNA CIERTA UNIDAD LINGÜÍSTICA MEDITERRÁNEA

3.- 3. PUEBLOS HISPÁNICOS SIN NOMBRE; PIRENAICOS Y CAMÍTICOS

CAPÍTULO II. PUEBLOS PRERROMANOS, PREINDOEUROPEOS E INDOEUROPEOS

4.- 1. FUERZA EXPANSIVA DE LOS PUEBLOS DE CULTURA IBÉRICA

5.- 2. NAVEGACIÓN DE FENICIOS Y DE GRIEGOS EN ESPAÑA

6.- 3. LOS ÍBEROS Y LA IBERIZACIÓN DE ESPAÑA, PROVENZA Y AQUITANIA

7.- 4. FRATERNIDAD ÍBERO-LÍBICA

*   8.- 5. LOS LÍGURES O AMBRONES

*   9.- 6. LOS ILIRIOS

*   10.- 7. LOS CELTAS

*   11.- 8. «NOS CELTIS GENITOS ET EX IBERIS» (MARCIAL)

12.- 9. PERSISTENCIA DE LAS LENGUAS IN­DÍGENAS EN LA PROVINCIA ROMANA DE HISPANIA

B. LAS HUELLAS DE LAS LENGUAS PRERROMANAS EN LA LENGUA ROMANCE

CAPÍTULO III. RESTOS DE LAS LENGUAS PRIMITIVAS EN EL ESPAÑOL

13.- 1. VOCABLOS DE LAS LENGUAS PRERRO­MANAS

14.- 2. SUFIJOS PRERROMANOS EN EL ESPAÑOL

15.- 3. LAS LENGUAS DE SUBSTRATO EN LA FONÉTICA ESPAÑOLA

16.- 4. RESUMEN DE LOS INFLUJOS DEL SUBSTRATO

PARTE SEGUNDA: LA HISPANIA  LATINA
A. LA COLONIZACIÓN ROMANA Y LA ROMANIZACIÓN

CAPÍTULO I. HISPANIA PROVINCIA ROMANA

* 17.- 1. CARTAGO Y ROMA. LA PROVINCIA ROMANA DE HISPANIA Y SU EXPANSIÓN DESDE EL ESTE AL OESTE

18.- 2. LA ROMANIZACIÓN

Diseño gráfico:
 
La Garduña Ilustrada

Imagen: letra F, variaciones sobre el alfabeto Holbein.

18.- 2. LA ROMANIZACIÓN

18.- 2.  LA ROMANIZACIÓN

2.  LA ROMANIZACIÓN. I. HISPANIA PROVINCIA ROMANA

      Desde muy pronto, las colonias de veteranos trajeron consigo el casamiento de soldados romanos con mujeres indígenas. Ejemplo del activo mestizaje es la fundación de Carteia sobre el estrecho de Cádiz en 171 destinada a la educación de más de 4.000 hijos de soldados romanos y mujeres indígenas 11.

      Para comprender la profundidad del proceso de roma­nización debemos todavía echar mano de la toponimia. Esparcidos por toda la Península, hallamos nombres de lugar que recuerdan durante siglos la obra organizadora de Roma, monumentos duraderos como los restos arquitectó­nicos de Tarragona, Mérida o Itálica. Los más numerosos por todas partes son los que se refieren a la administra­ción.

      El radio de una ciuitas, ciudad capital de una tribu o gente, se extendía hasta la quinta milla 12, y hoy se conser­va el apelativo quinta o quintana, que antiguamente signifi­caba la casa rústica situada dentro de ese término jurisdic­cional; además, son multitud los pueblos que llevan nombres de Quinta, Quintana, Quintanar, Quintero: Quintas en Galicia, Portugal, Quintadóñega (< domnica), Quinto Na­varra, Zaragoza, Quintos en Zamora 13, Quintana numerosí­simos en el Noroeste, se hallan desde Portugal hasta Huesca, Quintán ~ Quintã 14 en Galicia y Portugal, Quintero. Los derivados posteriores Quintanal, Quintanar se extienden por el centro desde Burgos hasta Toledo.

      Los límites de las ciuitates y de otras comarcas estaban señalados con un mojón o pĕtraficta ’piedra hincada’ > Piedra Fita (Lugo), Piedrahita (Ávila, Burgos, Zamora, Teruel, Santander), o simplemente Fita, Hita, Hitero (varios). Los mojones se llamaban también confīnĭum > Cofiño (Astu­rias), Cofiñal (León), límite de astures y cántabros 15, en plu­ral confīnĭa > Coveña (Madrid). El límite de tres jurisdic­ciones trĭfīnĭum (como se titula un mojón del s. I de Fuente Ovejuna 16 > Treviño (ant. Treveño)17 en Burgos, límite de várdulos, carintios y berones, y en Santander (en Potes), límite de cántabros, vacceos y turmogos. Análogo es quadrĭfīnĭa > Cuadrovenia (Asturias), en la confluencia del Sella y el Piloña, señalando la concurrencia de cuatro tri­bus de astures y de cántabros. Los miliarios de las vías roma­nas daban nombre también a veces a la población que sur­gía de sus inmediaciones. Cuarte de Valencia, Tercio en Coruña, Tierzo en Guadalajara, Tierz Huesca, Terço en Portu­gal 18. La posada en las vías se llama mansio, de donde La Mesón en Cuenca, Lamasón en Santander 19. La vía misma daba nombre a pueblos como Estrada, Calzada.

      Sobre todo son expresiones en su enorme abundancia los recuerdos de la organización de la propiedad y de la tributación. En un principio cada ciuitas  o territorio paga­ba colectivamente el impuesto, porque la propiedad era co­lectiva, tan sólo poseída a título precario; pero Augusto hizo que el fisco cobrase directamente de cada poseedor de una heredad 20, el cual, por el hecho de pagar él el tributo, quedó dueño único de la propiedad antes comunal. La administración romana consagró este nuevo régimen desig­nando la villa, el pago o el fundo con el nombre de ese propietario o contribuyente. La Tabula Alimentaria de Ueleia (hoy Castellamare, al Sur de Piacenza) en tiempo de Trajano (año 194 de C.) enumera centenares de fundos adquiridos para alimentación de niños pobres 21, y los de­nomina mediante el nombre del primitivo propietario, he­cho adjetivo con adición del sufijo -anu: fundus Antonianus, Aurelianus, Cornelianus, Licinianus, Marianus, Cassianus, etc., y es de notar que los propietarios nombrados en la Tabula ni se llaman Antonius, ni Aurelius o Aurelianus, etc., de modo que el nombre lo habían recibido de antes.

      El censo de las propiedades de España sin duda deno­minó los fundos o villas del mismo modo que la Tabula Ali­mentaria. Igual que los Cassianus, Aurelianus, de ésta tenemos Quijano (Santander), fundo de un Cassius; Orellán (León) fundo de un Aurelianus; un Gallius 22 dio nombre a Gajano (Santander); un Trebellius, a Trevijano (Logroño); un Meter 23 poseyó Medrano (Logroño); un Artinius 24, Artiñano (Vizcaya); un Lucretius, Logrosan 25 (Cáceres); un Perpena 26, Perpiñán (Rosellón); un Caluius, Covián (Oviedo); unos Lucius dieron nombre a Luquiano (Álava, con conservación vasca de -ki-) y a Luzán (Zaragoza); unos Martius a Marzán (León, Lugo, Coruña) y a Marsá (Gerona, Tarragona); un Quinctius 27 a Quinzano (cfr. Quinzán, Lugo, Coruña); un Pontius a Ponzano, un Lŭpercius 28 a Loporzano y un Iunicius 29 a Junzano (todos en Huesca); un Campusius 30 poseyó Campuzano (Santander); un Mīnius 31 Miñano (Álava), un Lucinius Luquiñano (Guipúzcoa, con conservación vasca de -ki-)32; unos Sabinius dieron nombre a Sabiñao, Sabiñán (Lugo), Saviñán (Zaragoza); un Maurus a Morán (Pon­tevedra, Zaragoza); unos Quintus 33 a Quintán (Lugo, Co­ruña, Pontevedra); un Servilius a Sirvián (Lugo); unos Antonianus Antuniano (Burgos), Antoñán (León); un Pinianus 34 a Piñán (Asturias); un Caluinius a Calviñá (Lérida). Dos fundos juntos del mismo propietario lle­van el nombre en plural Cadiñanos (Burgos), de Catinius.

      En España, más que fundos (masculino), se organizan vi­llas (femenino); así, a los masculinos de la Tábula correspon­den en España Cornellana (Asturias, Lérida); Mariana (Cuenca); Orellana (Badajoz) y Orejana (Segovia); un Flauius da nombre a Laviana (Asturias); un Flaccius a Laciana (León); unos Curtius a Corzana (Huesca, Pontevedra); un Cantilius a Cantillana (Sevilla); unos Medius 35 a Meana (Burgos, Coruña) 36, un Burrius a Burriana (Castellón); un Brittinius (asimilación por Brittanius)37 a Bedriñana (Asturias); unos Vetius 38 a Bezana (Burgos, Santan­der); unos Maurius a Moriana (Burgos, Asturias); un Maelius a Meliana (Valencia); un Metius  a Mezana (Asturias); un Corius a Coriana (Sevilla; cfr. Corián, Asturias); un Annius 39 a Añana (Álava); un Anthemius a Antumiana (Álava); un Cўprĭānus 40 o, mejor, un Cўprius 41 a Chiprana (Zaragoza); un *Caprinius 42 a Cabriñana (Cór­doba); y así Lorenzana, Fustiñana, Leciñana, Antoñana, Treviana, Logrezana, Morana, Marzana 43, en número incontable, cuyo estudio nos daría un extenso onomástico de los nom­bres de varón usuales en los primeros tiempos del Imperio. Su frecuencia en la toponimia española es tan notable que llega a constituir una peculiaridad suya. Ya en el Itinerario de Antonino, donde se nombran varios pueblos terminados en -ana de África y otras provincias, se documenta el toponími­co Barbariana, hoy Berberana en Álava, de Barbarius.

      De los tres componentes del nombre romano (prenombre, gentilicio, sobrenombre: Quinctus Velerius Flaccus) vemos que los nombres de fundos y villas se for­man regularmente del gentilicio derivado en -i-us, como Quinzano 44.

     Por estos nombres vemos que la onomástica de los terra­tenientes era esencialmente romana. Los nombres prerro­manos sobreviven, pero en minoría 45. Los propietarios lle­van nombre romano por ser ellos de origen romano o por ser nativos educados en la usanza romana.

      Estos topónimos en -ano, -ana cubren todo el suelo de España, revelando la amplitud de la organización económi­ca romana. Ahora bien, esta organización agraria se muestra hecha en tiempos en que las lenguas indígenas goza­ban aún de vitalidad, pues las vemos contribuir con sus sufijos propios a la formación de los adjetivos designativos de los fundos y villas. La citada Tabula Alimentaria, junto a unos 400 fundos en -anu, enumera quince con sufijo cél­tico -acu, y dos con el sufijo lígur -ascu, fiel reflejo de la situación de Veleia en la Galia Cisalpina hacia los confi­nes de la Liguria 46. En España tenemos también el sufijo celta, sobre todo en la Celtiberia, aplicado a nombres cél­ticos de propietarios: unos Sarnus poseyeron Sarnago (Soria, Zaragoza)47; un Cornus, Cornago (Logroño)48; un Littus, Litago (Zaragoza); un Sagius, Sayago (Zamora)49; pocas veces se aplica a nombres romanos como de Pinus > Penagos (Santander)50; de Uulturius > Buitrago (Ma­drid, Soria)51. Así otros varios52, siempre pocos en comparación con la Galia, cuyo más intenso celtismo se ve en el predominio de estos topónimos -acu sobre el latino -anu53: al español Cantillana corresponde allí un Cantiliacu > Chantilly; al español Cornellana, allí Cornillac; al español Orellana, allí Aurillac y Orly, etc.

      Curiosísimamente limitado al extremo noroeste de La Coruña está el uso de la terminación -obre con nombres per­sonales de presuntos propietarios54: Anzobres de Antius, Cillobre de Cilius abundantísimo en Lusitania entre gentes al parecer célticas 55, Pantiñobre de *Pantinius, Callobre (Caliobre en el año 887 56), de Callius, Sillobre (año 830) de Sīlius o Sillius, Añobres de Annius, etc. Son un total de 220 topónimos en

-obre aplicados a 40 pueblos de La Coru­ña más otros cuatro lindantes con ella de Lugo y Pontevedra que parecen deslindar la antigua tribu céltica de los Ártabros o Arrotrebas; no todos parecen derivados de un posesor; hay algunos que se explican mejor como compuestos con un nombre apelativo puesto en primer lugar (Barallobre, Lajobre, ant. Talobre en 914 y 1107 57 hoy Trobe, etc.). Parece hallarse, aunque muy rara vez, en Galia.

      El sufijo ibérico -cco contribuye bastante en la misma Celtiberia y en la Carpetania. Pinseque y Novillaco, en Zaragoza, fueron heredades de Pincius y de Nobĭlius (compárese Novellana Oviedo)58; Mazueco Burgos, Masueco en Salamanca derivan de Matius, y así muchos más 59; Pa­checo en Lisboa, Beja, Murcia 60, Pacheca en Cuenca, Viseu, Lisboa, Évora viene de Paccius 61, antroponímico latino quizá de origen osco, igual, acaso, al que con otro sufijo de una sola c sirvió de nombre a Paciaecus menciona­do por Cicerón como noble español partidario de César 62.

      Y también hay topónimos con nombre derivado de su propietario con el sufijo -z- y vocal anterior variable que deben de proceder de tiempos romanos, ya que derivan de antropónimos caídos en desuso en época posterior 63: Capariz (Lugo), Kaparaz, Kaparotz (Navarra), de un Capparius; Marchagaz (Cáceres), de un Marciacus64; Apinganiz (1025)65, hoy Apellániz (Álava), de un Apinianus o Pinianus, Doniániz (Navarra), de Donianus 66; Allariz (Lugo, Orense), de Alliarius 67; Lemóniz (Vizcaya), de Lemonius.

      Las lenguas céltica e ibérica vivían, pues, dentro de Espa­ña en la época imperial con vigor bastante para codearse con el latín en la formación de topónimos nuevos, oficial­mente aceptados por la administración romana. Ya sabemos que aun en el siglo VII quedaban algunos hablantes del ibé­rico, de quienes los árabes aprendieron el significado de al­gunos nombres de lugar 68. Pero esto era en la región inte­rior. En la zona Sur y Este, primeramente conquistada, nos dice Estrabón que ya en el siglo de Augusto los turdetanos estaban tan romanizados que «hasta habían olvidado su propio idioma». No obstante, aún imprimían algún idiotismo a su latín, si bien, en nuestro caso de las villas, no introduci­ría un sufijo crudamente bárbaro como los dos anteriores, sino uno que, aunque también exótico, ya había logrado cierta familiaridad tanto con el latín como con el griego, el sufijo pre-indoeuropeo 69, -ena, -ήvη en topónimos, y de étnicos -eno, -ηvóς 70, de gran vitalidad en toda la cuen­ca del Mediterráneo. En Grecia dio muchos topónimos como  Athene   (Άθήνη), Pirene (Πειρήνη)  Mytilene (Μυτìλήνη); en Asia Menor y Próximo Oriente formó abundantes gentilicios que la predicación eclesiástica y la erudición histórica harían familiares en la lengua latina: Pergamēnus, Nazianzēnus, Damascēnus, Nazarēnus,  Magdalēne,   Saracēnus;  en  Italia Tyrrhēnus, etc., 71; en África hay que recordar especial­mente el antroponímico derivado de Maūrūs > Maurenus que vive en el adjetivo esp. moreno; en fin, en la Espa­ña del Sur y del Este era usado desde tiempos prerromanos para formar gentilicios: Avieno nos conserva los nombres de los  Massiēni 72  y los   Cilbicēni 73,   Plinio   de  los Cileni 74 y los Heleni 75, Mela de los Saeleni 76. Pero en la época imperial, que es lo que ahora nos interesa, el sufi­jo dio multitud de nombres a las villas a partir del nombre de sus propietarios. Bástenos aquí con citar unos mínimos ejemplos 77: un Lĭcĭnius poseyó Leciñena (cfr. los ya cita­dos Leciñana); un Larius, Larenus 78 poseyó Llerena en Badajoz (suponemos palatalización mozárabe de L-, más razonablemente que evolución castellana de un grupo cl-79); un Macarius o Macarus 80 dio la Macarena (Sevilla); a unos Martius o Marcius 81 deben su nombre varios Marchena (Sevilla, Jaén, Almería, Murcia, Alicante, con evolución mozárabe de -t -c-), Marchiena (Beja, ídem), Marcén (Huesca)82; a unos Lucius83 muchos Lucena (Córdoba, Má­laga, Granada, Huelva, Castellón, Zaragoza, Évora), Luchena (Murcia) y Luchen(t), ant. Luxen (Valencia) 84; un Persinius (derivado de Persinus)85 poseyó Persiñena (Huesca) 86, un Bellius 87 Villena 88 (Alicante); un Carinius 89 Cariñena (Zaragoza); unos Granius 90 a Grañena (Lérida) y Grañén (Huesca); y así muchísimos otros extendidos por el Sur tartesio y por el Levante de los íberos (íberos en sentido estric­to), desde Andalucía hasta Cataluña 91, y todavía el sufijo mediterráneo penetra por Occidente hasta el País Vasco, donde muestra vitalidad moderna en nombres del tipo Michelena, de un Miguel 92. 

Diego Catalán: Historia de la Lengua Española de Ramón Menéndez Pidal (2005)

NOTAS

11  Livio, XLII, 3.

12  La quinta de una ciudad era su término jurisdiccional. Du Cange, Glossarium.

13  Quinto hay muchos en Italia; Quinte, Les Quintes en Francia.

14  Quintano, Quintanello en Italia; Quintaine, Les Quintannes Fran­cia.

15  Menéndez Pidal, Orígenes del esp., 1ª ed., p. 265; 3ª ed., p. 259.

16  CIL, II, 2349.

17  Menéndez Pidal, Orígenes del esp., 1ª ed., p. 265; 3ª ed., p. 259.

18  Para el femenino Terçia suponemos otro origen (Parte IIIª, cap. I, § 3).

19  El Mesón en Huesca, por su género masculino parece sur­gió de cualquier mesón moderno; acaso lo mismo Mesón en Lugo, Coruña. No obstante, para el cambio de género véase Leite de Vasconcellos, Opúsculos, III, p. 239.

20  El censo provincial de la Galia ordenado por Augusto se ter­minó el año 27 a.C. (D’Arbois de Jubainville, Prop, foncière, 1890, pp. 5-10). El de España parece que también se hizo en su tiem­po. Dion., LIII, 22, 5, y noticia en algunas inscripciones (Pauly-Wissowa, III, pp.  1919-1920).

21  CIL, XI, pp. 205-231.

22  En Francia, varios Galliacum (Skok, Suffixen -acum -anum..., Ρ- 149); Gaillac, etc., Jailly (Kaspers, Suffixen -acum -anum..., p. 86).

23 Metrius (Schulze, Lat. Eigennamen, p. 297; Kaspers, Suffixen -acum -anum, p.  121), en Francia *Metracum Mettray.

24 Artinus (D’Arbois, Prop, fonciere, p. 383).

25  Para la segunda o, cfr. Loporzano.

26  En Butll. Dial. Cat, XIX, 1932, pp. 17-18.

27  O Quintius (Schulze, Lat. Eigennamen, p. 229); en el Norte de Francia Quintiacum (Kaspers, Suffixen -acum, -anum, p. 147); en el Sur de Francia (Skok, Suffixen -acum, -anum, p.  125).

28  Para la ŭ véase Skok, Suffixen -acum, -anum, p. 100 y Kaspers, Suffixen -acum, -anum, p.  107. La segunda o, cfr. Logrosán.

29  Italiano Junciano (Pieri, Toponomastica, p. 152) o de Juventius (Skok, Suffixen -acum, -anum, p. 92).

30  Cfr. Campusan en Haute Pyrenees (Skok, Suffixen -acum, -anum, p. 70).

31  Schulze, Lat. Eigennamen, p. 361 y Holder, Alt-celt. Sprachschatz, II, col. 596, citados por Kaspers, Suffixen -acum, -anum, p.  121.

32  Cfr. Araceli y Araquil (Navarra).

33  Cfr. atrás, cap. II, § 7.

34  Cfr. Piñana en Huesca y Lérida (Kaspers, Suffixen -acum, anum, p. 299).

35  Schulze, Lat. Eigennamen, p. 185a. Hay también lugares Mediana en Retia, Macedonia y África.

36  Cfr. Meano Pamplona.

37  D’Arbois, Prop, foncière, p. 201; en Francia Brétigny.

38  Vetius (Schulze, Lat. Eigennamen, p. 425); en Francia Vezian Pyrénées Orientales (Skok, Suffixen -acum, -anum, p.  142).

39  Annius (Skok, p. 54).

40  Hecho adjetivo. Como adjetivo, no lo trae De-Vit, Onomasticon.

41  Cognomen (De-Vit, Onomasticon, II, p. 534b).

42  Compárese Caprius (Schulze, Lat. Eigennamen, p. 234) que da Capriniacus en Francia, varios (Skok, Suffixen -acum, -anum, p. 72, y Kaspers, Suffixen -acum, -anum, p. 54).

43  Respectivamente de Laurentius (en León, Lugo), Faustinius (en Pamplona; cfr. Fustañá Gerona), Lĭcĭnius (en Burgos, Álava), Antonianus (en Asturias, Álava), Trebius (en Logroño), Lucretius (en Asturias), Maurus (en Lérida), Martius (en Vizcaya).

44  En Italia, en nombres etruscos hay -ano (no -iano): *Alteranu, *Cipiranu, *Versanu, Saturnana, Vernanu. Pieri (Toponomastica, p. 14) supone que Gallicanu, antropónimo latino, puede ser nombre de lugar sin tomar la i adjetival; como simple nombre de persona, no gentilicio.

45  Son excepcionales Lourizán en Pontevedra, del nombre cél­tico Lauricius, Triana (árabe Taryana) en Sevilla, quizá del nom­bre céltico Tarvius, de tarvos ’toro’ latín taurus (Holder, Alt-celt. Sprachschatz, col. 161; II, col. 1742). En Francia con nombre céltico se halla, de Laurus, Lauranus locus > Lauran en Gers; de Gordus, *Gordanum Gourdan en Ardèche, Haute Garonne, Alpes-Maritimes, junto a *Gordianum Gorjan (Skok, Suffixen -acum, -anum, pp.  185 y 182).

46  CIL, XI, 1147.

47  Sarnacum se usó también como nombre de varón. En Francia del Sur, con -i- romana, Sarniacum (también Sarnacum) > Sernhac, Sargnac (Skok, Suffixen -acum, anum, p. 133, lo cree síncopa de Serenius).

48  La forma latina Cornacum no se documenta en España, pero sí en la Panonia Inferior: Cornac en Lot, Cournac en Aude (Skok, Suffixen -acum, -anum, § 461).

49  Nombre céltico (Holder) que imita de los romanos la for­mación de gentilicio mediante la i derivativa.

50  Pinus en Plinio (Perin, Onomasticon) y en dos inscripciones de Campania (D’Arbois, La propr. foncière, p. 514). Piniacu > Pigny (Kaspers, Suffixen -acum, -anum, p. 138), Ecclesia de Pinac (Skok, Suffixen -acum, -anum, pp. 28 y 214 *Pinacum y con i Piniacus).

51  Nombre que el Arzobispo de Toledo Rodrigo Ximénez de Rada da en su forma latina Vulturiacu. En Francia aparece escri­to Vulteriaco año 989, hoy Voutré Mayenne.

52  De Cucūtus, Cuguciaso, año 850 en Gerona (no existe hoy) (Cucuciacum en el Sur de Francia, Skok, Suffixen -acum, § 469). En el Norte de Cataluña y en el Rosellón abundaron los nombres -acum que en su mayoría se olvidaron (P. Aebischer, Études de toponymie catalane, 1928, p. 148). De Triuius (Holder, Alt.- celt.), Trebago en Soria (¿o ha sido formado del nombre céltico común -anum, ’casa’?) De Vetius (nombre frecuente en inscripciones españolas), Vidiago en Asturias (por semicultismo no se asibiló la -t- mientras en Francia sí: Vezac en Cantal, Dordogne). De Martius, Martiago en Salamanca (también sin asibilar, frente a Martiacum  castrum > Marsac y Mercey en Francia). De Annius, Aniago en Valladolid (asimismo sin palatalizar -n-, fren­te a Ariana con sufijo latino, si es que no procede de Andius documentado  por  D’Arbois,  La propr. fonciere,   p.   195).   De Caepius o Cepius, Ceviago en Santander (barrio de Ampuero según Madoz, Dice, geogr, II, p. 255b). De Īrus, nombre griego usado por los romanos, parece derivar Irago en Coruña.

53  En la Galia del Norte predomina enormemente -acum res­pecto a -anum; en la Galia meridional, es decir, la Provenza romanizada en el siglo II a.C. y lo mismo en la Aquitania (débil­mente celtizada) ya domina -anum, pero hay mucho más -a cum que en España. Los topónimos son de época imperial: César en De bello Gallico no registra ni un solo nombre -acum.

54  Menéndez Pidal, «El elemento -obre», Cuad. de Est. Gall., 1946, pp. 1-6.

55  Holder, Alt.-celt. Sprachschatz: 18 inscripciones de Cáceres, Talavera de la Reina y Portugal (en la Lusitania) en que figura el nombre, 1 de Orense, 1 de Burgos, 1 de Álava, 1 de Medina Sidonia y 1 de África, relativa ésta a un Cilius Lusitanus.

56  López Ferreiro, Hist, de la Igl. de Santiago, II, p. 36 del Apéndice y III, p. 35 del Apéndice (ésta de 1092).

57  López Ferreiro, Hist, de la Igl. de Santiago, II, p. 7 del Apén­dice.

58  Pudiera ser Novellius, de donde 36 pueblos en Francia Neuillac, Neully, etc. (según D’Arbois, La propr. foncière, p. 290, quien no sé por qué se desentiende de las formas latinas Nobiliacu).

59  De Limpidius o Limpius, o quizá de Lupius (Lupiac Gers < Lupius + -acu, Skok, Suffixen -acum, -anum, p. 99), Lumpiaque en Zaragoza; de *0minius, Omeñaca (en Francia y Bélgica con sufijo céltico -acum da Oignies, Holder, Alt-celt. Sprachschatz), de Mascărus Mascaraque en Toledo, Mascarac (si­glo XIII) en Palencia; del antropónimo céltico Bulliu s (Holder, Alt-celt. Sprachschatz, I, col. 631 y III, col. 998) Molino de Bullaque en Ciudad Real (en Francia Bouillac, Skok, Suffixen -acum, -anum, p.  159); de Burrus, Burrueco en Albacete.

60  La familia Pacheco, de donde salió el Marqués de Villena, pasó de Portugal a España en tiempo de Juan I, según Hernando del Pulgar, Claros varones, VI.

61  Fundos de otros Paccius, con sufijo céltico en -acu (con -c- simple) dan en Francia unos quince pueblos con nombre Passy, Paisy, Pacy, etc. (D’Arbois, La propr. foncière,  1890, p.  164).

62  Varios Paciaecus, Pacciaecus memorados en inscrip­ciones, así como los Paciaeci nombrados por Valerio Máximo (en vez de los Pacianos, Paccianus, Pacidius con deriva­ción puramente latina) pudieran responder a substituciones de -eccu (rechazado por los escritores latinos) por -aecus (sufijo exótico literariamente aceptado). Todas las formas de este nom­bre español en inscripciones no españolas las recoge W. Schulze Lat. Eigennamen, p. 28, que sospecha la hibridación de Pacci -aecus, Pacci-acus.

63  Menéndez Pidal / Tovar, «Los sufijos en -z-», Bol. Acad. Esp., XLIII, 1962, pp. 441 y 386, 389, 390, 390, 389, 394 (respectiva­mente).

64  Antropónimo que da origen en Francia a más de 50 topónimos.

65  Serrano, Cartulario de San Millán (1930), p.  106.

66  Este antropónimo y el anterior, en De Vit, Onomasticon.

67  Schulze, Lat. Eigennamen, pp. 345, 416 y s.

68  Véase atrás, 1ª, cap. II, § 9.

69  Estudiado por Bertoldi, «Κυρήνη», Annuaire de l’Inst. de Phil, et d’Hist. Orientales et Slaves V, 1937, pp. 48-55.

70  Luego en nombres griegos: Antiochēnus, Nicaenus.

71  Aufidēna, ciudad de los Caracēni en el Samnium (que quizá fueran los colonos de las poblaciones llamadas Caracena en Soria y Cuenca); Gravenna Toscana, etc. (Bertoldi en Zeit. f. rom. Phil. LVI, 1936, p. 11 y en Studi Etruschi, VII, p. 289; Wackernagel, en Arch. f. lat. Lexic., XIV, p. 1).

72  Que Hecateo llama Μαστιηνοί (cuya ciudad era Massiena o Mastia).

73  Ribereños del Cilbus, hoy río Salado de Conil (Cádiz).

74  A quienes pertenecían las Aquae Cilenae. Las actas del Concilio de Lugo del año 569 nombran un lugar Celenos (Esp. Sagr., XL, p. 343).

75  Ambos de la Gallaecia.

76  Ribereños del río Sa[e ]lia, hoy Sella. En el texto de Mela figura Salaeni (la corrección es evidente atendiendo al Σαιλινοι de Ptolomeo; a su vez, el río es el Sella < Saelia, no el Saja < Salia).

77  Menéndez Pidal, Topón, prerrom. (1952), pp. 105-158 (procede de «El sufijo -en», Emerita, VIII, 1940, 1-36 con ampliaciones).

78  Recogido entre los nombres etruscos por Schulze, Lat. Eigennamen, p. 84.

79  En el caso de tratarse de Clarius, gentilicio de Clarus (v. De-Vit, Onomasticon, quien da también el cognomen Clariānus).

80  Nombre griego tardío; el topónimo será de época cristiana.

81  Cuyo derivado Marcianus también era cognomen. El gen­tilicio Marcēna, en Schulze, Lat. Eigennamen, p.  188.

82  Compárese Marzán, Marsá, Marchán en León, Lugo, Coruña, Pontevedra, Granada; Marzana, Marchana en Vizcaya, Albacete, y en Francia del Sur Marsan, Marsane (Skok, Suffixen -acum, -anum, p. 104). En Italia, muchos Marciano, -iana, también Marcena, y mu­chos Marzana, -ano, también Marzeno. En el Norte de Francia, de­rivados de Marcenus con sufijo -acu: Marcenac, Marcenay (Kaspers, Suffixen -acum, -anum, p. 568).

83  En la Tabula Alimentaria hay unLucianus fundus; como antropónimos hay en latín también Lucianus cognomen y Luciēna gens.

84  En valenciano abundan los topónimos en -en escritos, por ultracorrección, con -nt (que se castellanizan en -nte). Cfr. topónimos Luciana en Ciudad Real, Luchana en Vizcaya, Llusá en Lérida, Lucian, Lussan, Luxan en Francia, Lucciano, Luciano, -ana, Luzana, Luzzano (y un Luzzena) en Italia. En Francia, de *Lucenus + -acu, Lucenac, Lucenay (Skok, Suffixen -acum, -anum, pp. 96-97; Kaspers, Suffixen -acum, -anum, pp. 103-105; Pieri, Toponomastica, pp.  157 y 158).

85  Nombre quizá céltico que Holder, Alt. celt. Sprachschatt, re­coge en tres inscripciones españolas.

86  Menéndez Pidal, Topón, prerrom. (1952), p. 153. En Italia, Persignana y Persignano (Pieri, Toponomastica, p. 171; Schulze, Lat. Eigennamen, p. 207).

87  Conocido antropónimo, cuyo derivado Belliēnus se usó como cognomen (Schulze, Lat. Eigennamen, pp. 426, 430; De Vit, Onomasticon). En Francia Billy < Billiacum parece remontar a una forma con ī.

88  Escrito Belliana, Belliena en la Historia Roderici Campidocti (obra de hacia 1100), Menéndez Pidal, España del Cid, ed. 1947, pp. 934, 938 y 957.

89  Schulze, Lat. Eigennamen, p.  148. Cfr. Carignano (Torino).

90  De Vit, Onomasticon. En Italia hay varios Gragnanu, -ana (Pieri, Toponomastica, p.  151). En Francia los derivados son con -acu.

91  Una «lista de topónimos derivados de antropónimos» muy exhaustiva puede verse en Menéndez Pidal, Topón, prerrom. (1952), pp.  122-147 (ordenada alfabéticamente). Reúno 68 topónimos -ena,  50 de -en y 3 de -eno.  Baste recordar algunos de ellos: Mairena (Sevilla, Granada, con conservación árabe de -ai-) de Marius (cfr. Mariana en Cuenca, Albacete, Merán en Lugo; en Francia del Sur Mairán, en Italia Merano, etc.); Canena (Jaén), de Canus (que en Francia da derivados con -acum); Lucainena Almería (con evolución mozárabe de -ariu); de Lucanis (cfr. en Francia Lugagnan y Lugagnac, Loigny,  en Italia Lucagnano); Purchena  (Almería) y Valdepurchena  (Jaén, mencionado en la Serranilla «Entre Torres e Canena» del Marqués de Santillana), de Porcius (cfr. Loportano en Huesca; en Francia Poursan, Poursy; en Italia Porciano); Purullena (Granada), de Purellius (cfr. en Francia Pourillan); Ontiñén (nombre oficializado como Ontenien(t), Valencia) y Ontiñena  (Huesca; cfr. Ontiñano,  Navarra), de un antropónimo desconocido; Pigacén (en documentos de los siglos ΧΙ-ΧΙII, oficializado como Picasent, Valencia), de Picatius; Moxen (como escriben los autores árabes y en documentos del s. XIII, por ultracorrección Moxent, Valencia), de Mustius o Muscius; Crevillén  (por ultracorrección Crevillent, Valencia) y Crivillén (Teruel), de Carvilius; Grisén (Zaragoza), de *Grisius por Gresius (en Francia, con -acum, Grisy; en Italia, con -anum, Grisciano, Griciano); Lupiñén (Huesca, con conservación de la -p-sorda) de Lūpinius. (Sobre los antropónimos y toponímicos co­rrespondientes de Francia e Italia, véanse De-Vit, Onom.; Schulze, Lat. Eigennamen; Kaspers, Suffixen -acum, -anum; Skok, Suffixen -acum, -anum; Pieri, Toponomastica; Holder, Alt.-celt. Sprachschatz).

92  Otros ejemplos: Agustiñena (Guipúzcoa), Simonena (apellido).

CAPÍTULOS ANTERIORES:

PARTE PRIMERA: DE IBERIA A HISPANIA
A. EL SOLAR Y SUS PRIMITIVOS POBLADORES

CAPÍTULO I. LA VOZ LEJANA DE LOS PUEBLOS SIN NOMBRE.

1.- 1.  LOS PRIMITIVOS POBLADORES Y SUS LENGUAS

2.- 2. INDICIOS DE UNA CIERTA UNIDAD LINGÜÍSTICA MEDITERRÁNEA

3.- 3. PUEBLOS HISPÁNICOS SIN NOMBRE; PIRENAICOS Y CAMÍTICOS

CAPÍTULO II. PUEBLOS PRERROMANOS, PREINDOEUROPEOS E INDOEUROPEOS

4.- 1. FUERZA EXPANSIVA DE LOS PUEBLOS DE CULTURA IBÉRICA

5.- 2. NAVEGACIÓN DE FENICIOS Y DE GRIEGOS EN ESPAÑA

6.- 3. LOS ÍBEROS Y LA IBERIZACIÓN DE ESPAÑA, PROVENZA Y AQUITANIA

7.- 4. FRATERNIDAD ÍBERO-LÍBICA

*   8.- 5. LOS LÍGURES O AMBRONES

*   9.- 6. LOS ILIRIOS

*   10.- 7. LOS CELTAS

*   11.- 8. «NOS CELTIS GENITOS ET EX IBERIS» (MARCIAL)

12.- 9. PERSISTENCIA DE LAS LENGUAS IN­DÍGENAS EN LA PROVINCIA ROMANA DE HISPANIA

B. LAS HUELLAS DE LAS LENGUAS PRERROMANAS EN LA LENGUA ROMANCE

CAPÍTULO III. RESTOS DE LAS LENGUAS PRIMITIVAS EN EL ESPAÑOL

13.- 1. VOCABLOS DE LAS LENGUAS PRERRO­MANAS

14.- 2. SUFIJOS PRERROMANOS EN EL ESPAÑOL

15.- 3. LAS LENGUAS DE SUBSTRATO EN LA FONÉTICA ESPAÑOLA

16.- 4. RESUMEN DE LOS INFLUJOS DEL SUBSTRATO

PARTE SEGUNDA: LA HISPANIA  LATINA
A. LA COLONIZACIÓN ROMANA Y LA ROMANIZACIÓN

CAPÍTULO I. HISPANIA PROVINCIA ROMANA

* 17.- 1. CARTAGO Y ROMA. LA PROVINCIA ROMANA DE HISPANIA Y SU EXPANSIÓN DESDE EL ESTE AL OESTE

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Imagen: letra G, variaciones sobre el alfabeto Holbein.

17.- 1. CARTAGO Y ROMA. LA PROVINCIA ROMANA DE HISPANIA Y SU EXPANSIÓN DESDE EL ESTE AL OESTE

17.- 1. CARTAGO Y ROMA. LA PROVINCIA ROMANA DE HISPANIA Y SU EXPANSIÓN DESDE EL ESTE AL OESTE

PARTE SEGUNDA: LA HISPANIA  LATINA
A. LA COLONIZACIÓN ROMANA Y LA ROMANIZACIÓN

1. CARTAGO Y ROMA. LA PROVINCIA ROMANA DE HISPANIA Y SU EXPANSIÓN DESDE EL ESTE AL OESTE. I. HISPANIA PROVINCIA ROMANA

      La unidad en su desarrollo de la cuenca mediterránea, que pone de manifiesto la colonización fenicia y focense de Iberia, no excluye la natural existencia de particulares re­laciones entre las regiones marítimas de su parte occiden­tal, según hemos visto al noticiar la colonización ibérica en Cerdeña y Sicilia. En tiempos posteriores, el auge de Car­tago desde el siglo VI y el engrandecimiento de Roma desde el IV vienen a dar una vida propia al Occidente, apar­tándolo de los influjos de fenicios y griegos.

      Después de la Primera Guerra Púnica, Amílcar (237-228 a.C.) pelea por someter a España. Funda en su costa una segunda Carthago ’ciudad nueva’ (que luego fue llama­da *Carthagena, con un sufijo mediterráneo) y en Menorca a Magon ’escudo’ > Mahón.

      Durante la Segunda Guerra Púnica (218-201 a.C), aca­bada con la derrota de Aníbal en Zama, ocurren las pri­meras conquistas romanas en España. Publio Cornelio Escipión «el Africano» toma Cartagena (209) y Cádiz (206). Los íberos, que ya en la Primera Guerra Púnica parece que habían tratado de expulsar a los cartagineses, miran a Escipión como un libertador y, rápidamente, el Levante y Sur de España, desde Cataluña hasta las bocas del Guadalqui­vir, fueron constituidos en provincia romana (197 a.C). Era la parte más floreciente, la habitada por los pueblos íberos propiamente dichos y por los tartesios. La subdivisión de la provincia en Hispania Citerior (desde el Pirineo hasta Carthago Noua inclusive) e Hispania Ulte­rior debió de corresponder a la división previa entre esos dos pueblos.

      Una segunda época de conquista logró la sumisión de las mesetas interiores, habitadas principalmente por pueblos celtíberos y celtas. Duró todo el siglo II y comienzos del I (de 197 a 109 a.C., 88 años). En 195 viene a España como cónsul, Marco Porcio Catón, el Censor, a reprimir la pri­mera rebelión de tribus españolas descontentas; es el pri­mer escritor latino que se ocupa de historiar y lo hace so­bre los sucesos de Hispania. Fulvio Nobilior entra por el Sur en guerra con oretanos y carpetanos, 193 a.C.; Tibe­rio Sempronio Gracco somete a las principales tribus celtíberas, 179 a.C. y funda, entre los vascones meridionales, Graccurris, 178 a.C. (hoy Alfaro), sobre el Ebro; el nom­bre de la ciudad deriva del fundador con un sufijo ibérico igual al de la vecina Calagurris > Calahorra. El fin de la mayor resistencia lo constituyen las famosas guerras de Viriato 1 (147-139 a.C.) y de Numancia (143-133 a.C.); por entonces Bruto penetra en la Callaecia y conquista la parte del Duero (134).

      En una tercera época (de 109-19 a.C., 90 años) ocurre la conquista del Noroeste, la zona ilirio-lígur o celto-lígur; la Callaecia sometida definitivamente por César (61 a.C.); los astures y cántabros, por Augusto (26-25 a.C.) y por Agripa (19 a.C.).

      Aunque progresiva y lentamente, la mayor parte de los idiomas primitivos de España desaparecieron, efecto de la incorporación de la Península al Imperio romano y de la propagación del latín, superior instrumento lingüístico; de modo que el español actual no es sino la última forma que el latín ha tomado sobre el territorio ocupado antes por aquellas lenguas indígenas.

      Los orígenes de la lengua española hay que considerar­los, pues, desde el año mismo 218 a.C., en que Cneo y Publio Cornelio Escipión empiezan desde Tarragona la conquista de España para arrojar de ella a los cartaginen­ses durante la Segunda Guerra Púnica.

      Ahora bien, como la conquista romana de España dura doscientos años, se comprende que las tres zonas susodi­chas reciban cada una un grado muy diverso de romani­dad, lo cual nos explicará importantes aspectos de la lati­nidad de la Península.

      En la colonización de la provincia primitiva (en sus dos partes: citerior y ulterior) intervinieron de forma muy preferente gentes no latinas (campanios, samnitas, «legiona­rios y colonos italiotas que se esparcen por el mundo» 2) cuando aún conservaban su habla dialectal. Por entonces la lengua latina empezaba a tener cultivo literario por iniciati­va de poetas de los cuales ninguno de ellos tenía el latín por lengua materna: Ennio y Pacuvio, ilirios, nacidos en la Messapia (Apulia); Livio Andrónico, esclavo nacido en la zona griega de Tarento; Nevio, campanio; Plauto, umbro. Todos escriben entre 210 y 190 a.C. El latín literario está sin fijar definitivamente, tiene un fondo arcaico dialectal; las lenguas itálicas, el oseo especialmente, eran poderosas.

      La conquista de las mesetas y del Occidente hasta el bajo Duero se llevó a cabo en el tiempo en que, además de Catón, ya citado, escribe Terencio (hacia 160 a.C.), otro extranjero como los poetas antedichos, nacido en Cartago, probablemente beréber. Después de ella, se produce la Gue­rra Social (años 90-89 a.C.). Los samnitas y los marsos lanzan el grito a nombre de «Italia» contra la tiranía romana. Sila, encargado de castigar a los samnitas, intentó aniqui­larlos con crueldad y entregar el Samnio a los soldados vengadores. Los lucanios sufrieron también mucho, aunque menos que los samnitas. A la muerte del dictador, la Italia del Sur se hallaba en gran despoblación y ruinas 3; colonos recogidos de toda Italia vinieron a repoblar los desiertos creados por la guerra y la política implacable de Roma. Fue un golpe mortal para los dialectos provinciales de Italia.

      Sila fue el artífice, a sangre y fuego, de la unidad nacio­nal, de la romanización de Italia, aunque no acabara com­pletamente con los dialectos. El osco desapareció del Sam­nio y de la Lucania; y el latín, desde Ombría y Piceno y desde el Lacio invadió el Sur hasta las ciudades griegas de la costa. La κoινὴ itálica nació entonces 4. No obstante, Ombria y Piceno, regiones pobladísimas, que fueron officium gentium para la repoblación, hablaban, por bajo de su latín, el umbro-osco 5; Campania sufrió poco la represión y allí el osco continuó tranquilamente su vida hasta extinguirse de vejez en la época imperial 6; en Lucania pervivieron islotes de osco, y en las otras regio­nes, Apulia, Brutium, no murió del todo 7.

      Sertorio (80-73 a.C.), proscrito de Roma por Sila, hace de España una Nueva Italia que emule y dirija a la vieja, y funda en Huesca, h. 75 a.C., en Sevilla y en Córdoba, es decir, en las dos más viejas adquisiciones romanas (la ibé­rica y la turdetana), escuelas para la juventud 8 para edu­car a los jóvenes íberos. Sertorio era de Nursia, país sabélico osco 9. Es de suponer que otros italiotas vencidos en la Guerra Social vendrían a su lado 10.

      Cuando se produce la conquista del Noroeste de Espa­ña, desde las fuentes del Ebro y el bajo Duero hasta el mar, los itálicos estaban ya italianizados, la literatura latina alcanza su madurez, desde Lucrecio a Horacio. Las empre­sas imperiales conllevan enormes desplazamientos de hom­bres arrancados de diversas tierras.

Diego Catalán: Historia de la Lengua Española de Ramón Menéndez Pidal (2005)

NOTAS

1 Nombre probablemente celta: ’que lleva brazalete’ (viria).

2 Mohl, Chronologie, p. 83.

3  Mohl, Chronologie, p. 94.

4  Mohl, Chronologie, p. 223.

5  Mohl, Chronologie, p.  144.

6  Mohl, Chronologie, pp.  135-136.

7  Mohl, Chronologie, p.  143.

8  Mohl, Chronologie, p. 175. Sobre el osco-umbro véase von Planta (1892-97).

9  Menéndez Pidal, Orígenes del esp., p. 303 (ed. 1950, p. 306).

10  Mohl, Chronologie, p. 244.

CAPÍTULOS ANTERIORES:

PARTE PRIMERA: DE IBERIA A HISPANIA
A. EL SOLAR Y SUS PRIMITIVOS POBLADORES

CAPÍTULO I. LA VOZ LEJANA DE LOS PUEBLOS SIN NOMBRE.

1.- 1.  LOS PRIMITIVOS POBLADORES Y SUS LENGUAS

2.- 2. INDICIOS DE UNA CIERTA UNIDAD LINGÜÍSTICA MEDITERRÁNEA

3.- 3. PUEBLOS HISPÁNICOS SIN NOMBRE; PIRENAICOS Y CAMÍTICOS

CAPÍTULO II. PUEBLOS PRERROMANOS, PREINDOEUROPEOS E INDOEUROPEOS

4.- 1. FUERZA EXPANSIVA DE LOS PUEBLOS DE CULTURA IBÉRICA

5.- 2. NAVEGACIÓN DE FENICIOS Y DE GRIEGOS EN ESPAÑA

6.- 3. LOS ÍBEROS Y LA IBERIZACIÓN DE ESPAÑA, PROVENZA Y AQUITANIA

7.- 4. FRATERNIDAD ÍBERO-LÍBICA

*   8.- 5. LOS LÍGURES O AMBRONES

*   9.- 6. LOS ILIRIOS

*   10.- 7. LOS CELTAS

*   11.- 8. «NOS CELTIS GENITOS ET EX IBERIS» (MARCIAL)

12.- 9. PERSISTENCIA DE LAS LENGUAS IN­DÍGENAS EN LA PROVINCIA ROMANA DE HISPANIA

B. LAS HUELLAS DE LAS LENGUAS PRERROMANAS EN LA LENGUA ROMANCE

CAPÍTULO III. RESTOS DE LAS LENGUAS PRIMITIVAS EN EL ESPAÑOL

13.- 1. VOCABLOS DE LAS LENGUAS PRERRO­MANAS

14.- 2. SUFIJOS PRERROMANOS EN EL ESPAÑOL

15.- 3. LAS LENGUAS DE SUBSTRATO EN LA FONÉTICA ESPAÑOLA

16.- 4. RESUMEN DE LOS INFLUJOS DEL SUBSTRATO

PARTE SEGUNDA: LA HISPANIA  LATINA
A. LA COLONIZACIÓN ROMANA Y LA ROMANIZACIÓN

CAPÍTULO I. HISPANIA PROVINCIA ROMANA

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16.- 4. RESUMEN DE LOS INFLUJOS DEL SUBSTRATO

16.- 4. RESUMEN DE LOS INFLUJOS DEL SUBSTRATO

4. RESUMEN DE LOS INFLUJOS DEL SUBSTRATO. III. RESTOS DE LAS LENGUAS PRIMITIVAS EN EL ESPAÑOL

      No sabemos hasta cuándo las lenguas indígenas se ha­blaron en la Península a pesar de la difusión del latín, hasta cuándo los hábitos lingüísticos ibéricos, lígures, ilirios o celtas pudieron influir sobre el latín de España. Hasta hoy, en un rincón de España subsiste, una lengua prelatina que en los primeros siglos de la Reconquista ocupaba un área mucho más extensa que en época actual. Posiblemente en tiempos anteriores habría otros rincones en que se conti­nuaran hablando otras.

      Los países más temprano romanizados y más intensamen­te, como la Bética, olvidaron mucho antes la lengua primi­tiva según ya Estrabón nos advierte, pero aun así imprimían sello peculiar a su latín. Cicerón en su Pro Archia, año 62 a.C, se burla de la vanidad del vencedor de Sertorio, Quinto Cecilio Metelo, que se complacía en escuchar los versos lau­datorios de los poetas cordobeses «de sonido pingüe y exó­tico». Después, Séneca el retórico, con ser él cordobés, habla de su compatriota Marco Porcio Latrón que «nunca tuvo cuidado de ejercitar su voz (es decir, su pronunciación) y jamás pudo desechar la modalidad ruda y agreste propia de los hispanos»; y téngase presente que Porcio Latrón era gran maestro de declamación, el rétor de moda en Roma, digno de que frases suyas inspirasen a Ovidio, y de que Augusto y Mecenas sintiesen un día curiosidad por escucharle (año 17 a.C). Pero aún más: el futuro emperador Hadriano, na­cido y criado junto a Sevilla, en Itálica (era hijo de padre de Itálica y de madre gaditana), cuando ejerció la cuestura, el año 101 de C, y habló en el Senado de Roma, promovió la  risa  por su «pronunciación   agreste» (agrestius pronuntians, como dice Elio Spartiano). Hadriano te­nía entonces nada menos que veinticinco años, en los cua­les, a pesar de su educación en Roma, no había perdido la especial dicción española, calificada en él de agreste lo mis­mo que en Porcio Latrón. Poco después, en la segunda mi­tad del siglo II de C, Aulo Gelio dice de su maestro Anto­nio Juliano, otro rétor famoso en las escuelas de Roma, que hablaba «con acento español», Hispano ore.

      Al acopiar estas noticias y otras, pensé siempre que po­dían aludir sobre todo a fenómenos de entonación, timbre y ritmo. La entonación, el acento de la lengua materna es lo más difícil de desarraigar en el que habla otra lengua diversa. Por eso podemos sin riesgo presumir que sea lo más persistente en un pueblo a través de sus eventuales cambios de idioma, y que algo de la entonación de las len­guas prerromanas perduró en el latín español y llegó has­ta nosotros.

      Pero sin duda los textos aducidos aluden a algo más. La simple entonación provincial en uno que articule correcta­mente un idioma no suele ser bastante a provocar la risa que suscitó Hadriano, en quien tampoco cabe suponer que cometiese faltas gramaticales. Sin duda el latín español debía estar contagiado de alguna singularidad de pronun­ciación propia del substrato lingüístico.

      En cuanto a los elementos morfológicos, los sufijos de substrato, exceptuado -aecu que aún sirvió en español para denotar derivación adjetival, no conservan ningún valor propiamente significativo, sino sólo un valor estimativo o emotivo. Las significaciones de abundancia, posesión, procedencia, cualidad, agente, etc., están en el español a cargo de sufijos de origen latino; los sufijos de substrato perdieron esas significaciones objetivas que tuvieron primi­tivamente (el caso de -ăra, o de -z), viniendo a quedar con función incomprendida o con un valor subjetivo para for­mar términos diminutivos, despectivos o afectivos.

      Respecto a los elementos léxicos de substrato, pertene­cen todos a la vida material o al mundo de la naturaleza. Las esferas superiores de la actividad humana fueron inva­didas totalmente por el vocabulario latino. Las lenguas primitivas conservan sólo un dominio extenso en los nom­bres de lugar, cuya importancia expresiva no suele ser esti­mada en lingüística. Marcial sentía la necesidad de hacer resonar en Roma los topónimos patrios, mentar el rio Ja­lón que da fino temple a las espadas, la alegre Tudela, el sagrado encinar de Beratón... y, lo mismo que esos nombres eran para el poeta afirmación sentimental de su hispani­dad celtíbera, lo siguen siendo para nosotros, tan hijos de celtas y de íberos como él: «nos Celtis genitos et ex Iberis». De igual modo Unamuno expresa su vascónica hispa­nidad hinchando esos nombres de recuerdos históricos en su poema toponímico del Duero:

Arlanzón, Carrión, Pisuerga,
Tormes, Águeda, mi Duero,
Abrevando pardos campos,
susurrando romanceros...

      En suma, lo principal que de las lenguas de substrato sobrevive en la nueva lengua romance pertenece a los ele­mentos del idioma que atañen a la impresión y expresión subjetivas más que a la significación objetiva: la toponimia, voz de los pueblos primitivos que adherida a los acciden­tes del terruño ya nada significa en español, pero guarda infinito poder evocador para los españoles; el acento idiomático con ciertos sonidos peculiares, que, aprendidos en la cuna, no acertaban a desechar los rétores y magistrados hispanos en Roma, y que de boca en boca conservamos aún hoy como intimidades irreprimibles, igualmente no signifi­cativas pero profundamente expresivas.

      Otro punto hemos procurado destacar también en las páginas precedentes: las relaciones especiales de las lenguas de la Península con las primitivas del Mediterráneo occi­dental, sobre todo con las de Italia. Esto nos dispone a explicar la formación de la Romania y la posición que en ella tiene España.

Diego Catalán: Historia de la Lengua Española de Ramón Menéndez Pidal (2005)

CAPÍTULOS ANTERIORES:

PARTE PRIMERA: DE IBERIA A HISPANIA
A. EL SOLAR Y SUS PRIMITIVOS POBLADORES

CAPÍTULO I. LA VOZ LEJANA DE LOS PUEBLOS SIN NOMBRE.

1.- 1.  LOS PRIMITIVOS POBLADORES Y SUS LENGUAS

2.- 2. INDICIOS DE UNA CIERTA UNIDAD LINGÜÍSTICA MEDITERRÁNEA

3.- 3. PUEBLOS HISPÁNICOS SIN NOMBRE; PIRENAICOS Y CAMÍTICOS

CAPÍTULO II. PUEBLOS PRERROMANOS, PREINDOEUROPEOS E INDOEUROPEOS

4.- 1. FUERZA EXPANSIVA DE LOS PUEBLOS DE CULTURA IBÉRICA

5.- 2. NAVEGACIÓN DE FENICIOS Y DE GRIEGOS EN ESPAÑA

6.- 3. LOS ÍBEROS Y LA IBERIZACIÓN DE ESPAÑA, PROVENZA Y AQUITANIA

7.- 4. FRATERNIDAD ÍBERO-LÍBICA

*   8.- 5. LOS LÍGURES O AMBRONES

*   9.- 6. LOS ILIRIOS

*   10.- 7. LOS CELTAS

*   11.- 8. «NOS CELTIS GENITOS ET EX IBERIS» (MARCIAL)

12.- 9. PERSISTENCIA DE LAS LENGUAS IN­DÍGENAS EN LA PROVINCIA ROMANA DE HISPANIA

B. LAS HUELLAS DE LAS LENGUAS PRERROMANAS EN LA LENGUA ROMANCE

CAPITULO III. RESTOS DE LAS LENGUAS PRIMITIVAS EN EL ESPAÑOL

13.- 1. VOCABLOS DE LAS LENGUAS PRERRO­MANAS

14.- 2. SUFIJOS PRERROMANOS EN EL ESPAÑOL

15.- 3. LAS LENGUAS DE SUBSTRATO EN LA FONÉTICA ESPAÑOLA

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