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Obras de Diego Catalán

VI RODRIGO EN LA CRÓNICA DE CASTILLA. MONARQUÍA ARISTOCRÁTICA Y MANIPULACIÓN DE LAS FUENTES POR LA HISTORIA

 

VI RODRIGO EN LA CRÓNICA DE CASTILLA. MONARQUÍA ARISTOCRÁTICA Y MANIPULACIÓN DE LAS FUENTES POR LA HISTORIA

 

a. La crítica textual y la narratología. El problema de los textos formal, estructural e ideológicamente mixtos

      En estos últimos tiempos se ha venido produciendo un gran avance en el conocimiento e interpretación de las obras de la historiografía medieval hispana debido a la convergencia de dos métodos de aproximación a los textos: la crítica textual, renacida con planteamientos a la vez viejos y nuevos, y la narratología, con su afirmación esencial de que la Historia es siempre relato y, por lo tanto, Literatura; esto es, de que los sucesos (los «fechos», que decía Alfonso X) no tienen significado sino en tanto componentes de un discurso, que es el que verdaderamente significa, apunta a supuestas realidades.
      Sólo estableciendo con precisión líneas de tradición textual, que suplan o complementen la cronología de los textos, podemos llegar a la reconstrucción de los «prototipos» a que remontan un conjunto de ejemplares —diversos entre sí— de una obra y a discernir lo que en cada texto es innovación de lo que es herencia (tanto si lo examinado es un ejemplar, como si se trata del «prototipo» de una obra más o menos nueva).
      Por ello, esta tarea es un paso previo imprescindible para después plantearnos qué justificación tienen las operaciones de selección e innovación descubiertas en un texto singular o en el «prototipo» de una obra.
      En la práctica, esta doble labor crítica es más compleja de lo que tan sucinta exposición podría hacer pensar. Dos son, a mi ver, los escollos.
      La mayor dificultad para el establecimiento de líneas generacionales entre textos (determinación del stemma) es, según reconocen cuantos practican con cierto conocimiento técnico la «crítica textual», la existencia y frecuencia de la «colación», esto es, de la utilización de dos (o más) textos «hermanos» para elaborar otro más «perfecto», pues en un primer análisis el texto resultante parece un prototipo anterior, libre de los «defectos» particulares de los textos que, en realidad, son sus fuentes. No obstante, una larga tradición técnica dedicada a establecer la tipología de los errores y deturpaciones y de su trasmisión permite, las más de las veces, salvar el escollo.
      Menos atención ha merecido otra dificultad que perturba seriamente el estudio de cómo y por qué varían los textos en el curso de su reproducción, esto es, de la transferencia de su contenido desde unos folios a otros (trasmisión escrita) o desde una memoria a otra (trasmisión oral): es el desconocimiento de eslabones intermedios en la trasmisión que nos ayuden a separar estratos varios en el conjunto de novedades observadas en el texto examinado al confrontarlo con su último estado previo conocido. En efecto, si nos proponemos explicar los principios que presidieron la elaboración o reelaboración de un nuevo texto y reconocer en él la huella del co-autor responsable de la nueva forma adquirida por la materia heredada, es necesario aislar en el texto las novedades (por adición u omisión) que le son atribuibles; pero, si han existido estados intermedios del texto hoy no documentados, corremos el riesgo en esa tarea de atribuir a un solo modelo formal y a una sola «causa material», esto es ideológica, reformas acumuladas procedentes de la acción de sucesivos contribuyentes al estado presente del texto.
      En la Historiografía medieval, los textos formal, estructural e ideológicamente mixtos son más comunes que los que responden a unos principios (estilísticos, de concepción de la historia e ideológicos) unitarios, pues, por lo común, el «saber» medieval es concebido como «tradición» y el trasvase de ese «saber» de un texto a otro se produce respetando, no sólo contenidos sino también la expresión de esos contenidos, que se considera como parte inalienable de los mismos.
      La conciencia de la existencia de este problema nos debe hacer muy cautos a la hora de evaluar cualquier texto mientras no podamos explicar plenamente las secciones y estratos textuales de que se halla formado. Antes de intentar clasificarlo ideológicamente mediante el análisis del conjunto de rasgos pertinentes que en él se hallan presentes debemos determinar qué hay de casual y automático en la copresencia de esos rasgos y qué emerge como elemento constituyente de una intencional acción refundidora cuya coherencia podemos descubrir.

b. La «Crónica de Castilla», caso ejemplar

      La obra sobre la que voy a centrar hoy mis observaciones ilustra todos estos problemas con que se enfrenta el estudio de la historiografía medieval. Se trata de la llamada Crónica de Castilla, un texto post-alfonsí referente a la historia «nacional» desde el surgimiento del nuevo reino con Fernando I, hasta que, en medio del reinado de Fernando III, Castilla se une nuevamente con León en una sola corona.
      Visto en conjunto, el prototipo de esta obra, que tuvo una amplia y compleja descendencia manuscrita, tiene una notable personalidad: a grosso modo, la Crónica se nos presenta como la más interesada en el estamento nobiliario, la menos afín a la jerarquía eclesiástica y la menos dependiente de la corona entre nuestras historias anteriores al siglo XV. Desde que Cintra 1 demostró su anterioridad a la Crónica de 1344, la Crónica de Castilla está pidiendo una edición crítica (que no acaba de llegar) y una valoración de conjunto, pues evidentemente es una de las piezas centrales en la evolución de la historia de España que años atrás diseñó Alfonso X.
      Personalmente, vengo trabajando desde hace largo tiempo en su estudio y creo haber traído bastante luz sobre ella; pero el panorama historiográfico relativo a la sección de la historia hispana que va de Fernando I a Alfonso VIII no se ha clarificado aún con la precisión lograda en estos últimos tiempos para las secciones anteriores de la Estoria de España, donde, por primera vez, todas las piezas del puzzle encajan a la perfección. Ello me llevó en 1997 a dejar interrumpido en la muerte de Vermudo III mi libro De la silva textual al taller historiográfico alfonsí —Códices, crónicas, versiones y cuadernos de trabajo—, en que examino exhaustivamente la tradición manuscrita heredera de la Estoria de España alfonsí en todas sus manifestaciones escritas, por considerar que la historia posterior a Vermudo III requería aún algunos años de investigación colectiva antes de poder ofrecer de ella una visión concluyente, y a reservar para una nueva obra mis observaciones sobre ella. 
      Son varias las causas que contribuyen a la desorientación crítica: 1º.  Desde Fernando I carecemos de representantes manuscritos directos de la redacción primigenia de la Estoria de España de c.1270 que, sin embargo, sabemos incluía esta parte; tenemos que conformarnos con la existencia de la Versión crítica, de la Versión amplificada y de una Versión mixta que, a trechos se hermana con la amplificada y a trechos parece heredar un texto anterior al utilizado por la Versión crítica y, por lo tanto, relacionable con la versión de c. 1270 perdida. 2º A mitad del capítulo «de los castiellos que pechauan al Çid, e de lo que el enuio dezir al rey de Saragoça, et de como cercaron los almorauides el castiello que dizien Alaedo» (PCG, c. 896) se interrumpe la Versión amplificada y sólo existe, como herencia del proyecto alfonsí, la Versión crítica; la Versión mixta (de la que es también representante la mano del siglo XIV que «completó» el texto del ms. E2) ofrece en este lugar una «Interpolación cidiana» basada en la perdida *Estoria caradignense del Cid del pseudo-Ibn al-Faraŷ, obra forjada a partir de la historia de Valencia de Ibn ‘Alqama (que Alfonso X utilizó también) y de materiales épico-legendarios cidianos no alfonsíes; para mayor confusión, tal como figura el relato en la «Interpolación» de la Versión mixta, es preciso reconocer en esos materiales cidianos dos relatos llenos de contradicciones entre sí, mal combinados por uno de los dos posibles responsables del texto: el monje de Cardeña que compiló la *Estoria o el interpolador de la *Estoria en la Versión mixta. 3º  Acabada la «Interpolación», resurge el panorama textual anterior hasta el fin del reinado de Urraca (PCG, cap. 966 [=967]); pero, a partir de este punto, esto es, con el comienzo del reinado de Alfonso VII, la interrelación de los diversos textos cronísticos antes conocida caduca: sobreviven, sí, la Versión amplificada y la Versión mixta, que son muy coincidentes, y están basadas en una redacción previa alfonsí de c. 1270; pero ni su texto ni esta redacción alfonsí previa fueron conocidos por la continuación que presentan los manuscritos basados en el prototipo de la Versión crítica, continuación que sólo se relaciona con el texto de la Versión amplificada y de la Versión mixta a través de las fuentes.
      La Crónica de Castilla, puesto que empieza en Fernando I, no viene caracterizada de atrás, como la Versión crítica o la Versión amplificada que están para nosotros pre-caracterizadas a través de su comportamiento en las secciones anteriores de la historia. La comparación intertextual nos permite situarla, desde su comienzo, como un particular desarrollo de la rama textual que hemos denominado Versión mixta, dentro de la cual es un descendiente con muy notables innovaciones. Al llegar a la «Interpolación cidiana» sigue de acuerdo con la Versión mixta en cuanto que ofrece el texto de la *Estoria caradignense del Cid, en el cual introduce adiciones innovadoras; pero ahora se muestra, en ciertos episodios y detalles, heredera de un prototipo anterior al de los otros textos pertenecientes a la rama de la Versión mixta. Otra novedad es que, en esta sección de la «Interpolación cidiana», la *Crónica manuelina resumida por don Juan Manuel en su Crónica abreviada, que venía siendo un texto de la Versión mixta sin interpolaciones, pasa a coincidir con la Crónica de Castilla, tanto en detalles innovadores como en detalles conservadores, aunque no por derivar de ella, sino por descender de un prototipo común en que todavía no se daban algunos defectos y arreglos de la Crónica de Castilla. Cuando reaparece la Versión amplificada, una vez acabada la «Interpolación» caradignense, se restaura la situación precedente. Mayor importancia tiene el hecho de que cuando, después de la muerte de la reina doña Urraca, la Versión crítica desconoce la Estoria de España alfonsí de c. 1270 reflejada en la Versión amplificada y en la Versión mixta (que van concordes), la Crónica de Castilla remonte al mismo texto independiente que la Versión crítica y que ese texto independiente utilizado por ambas crónicas no sea identificable ni con el de la Crónica de Castilla, ni con el de la Versión crítica, pues una y otra crónica innovan de forma separada respecto a él, sea para introducir materia nueva (Crónica de Castilla), sea para someter el texto, que carecía de estructura analística, a una estructura por años de reinado con la consiguiente incorporación de datos procedentes de anales (continuación de la Versión crítica). 
      Entre los múltiples interrogantes que los datos aquí sumariados plantean hay uno que toca de lleno a la cuestión a que vengo refiriéndome: ¿podemos considerar fruto de una sola iniciativa el conjunto de las peculiaridades textuales de la Crónica de Castilla? En mi anterior etapa de investigación sobre la Estoria de España me esforcé en poner de manifiesto, contra la pereza mental de historiadores, de medievalistas y de lingüistas, que tratar a la Primera crónica general como un todo unitario era un sin sentido. Antes de poder caer en un error similar con la Crónica de Castilla (o con la Versión crítica si la extendemos a la sección iniciada con Alfonso VII) creo preciso alcanzar un mejor conocimiento en todo el proceso de elaboración y reelaboración de la materia histórica en esta sección de la historia.
      Ello me ha llevado a intentar avanzar progresivamente en la determinación de cómo llegó la Crónica de Castilla a tener el texto que tiene y qué principios rigen la integración de nueva información en las diversas secciones de la historia que hemos indicado, antes de atribuir a uno o varios co-autores el edificio reformado.
      Dado el marco en que expongo mis conclusiones, me limitaré hoy aquí a estudiar la integración por la Crónica de Castilla, en el texto de la Estoria de España que heredaba, de una sección de la «biografía» de Rodrigo Díaz de Vivar prácticamente ignorada por los estados anteriores de la Estoria: la de su vida y sus hechos antes de la muerte del rey don Fernando.

c. La integración en la biografía cidiana de unas mocedades en tiempo de Fernando I

      Puesto que, desde 1844, es bien conocido el hecho de que en cierto manuscrito del siglo XV de la Crónica de Castilla se incluye, a continuación, otro relato cronístico cidiano (ajeno a los restantes manuscritos de la Crónica), referente a las enfances del Cid, en el cual se pasa paulatinamente de la prosa al verso y en que reaparecen muchas de las escenas interpoladas en la historia de Fernando I por la Crónica de Castilla, la crítica tuvo siempre claro el origen de las novedades cidianas introducidas por esta crónica en este reinado de la Estoria de España: el refundidor, abandonando actitudes previas de la historiografía, abrió las puertas de la historia erudita a la información contenida en una de las fábulas juglarescas más novelescas, más apartadas del verismo que caracteriza a los cantares épicos hispanos viejos, a una gesta de las Mocedades de Rodrigo anterior al Rodrigo conservado en ese manuscrito del siglo XV.
     En el estudio de esta fábula épica las dos manifestaciones principales conservadas requieren un análisis crítico previo.
      Respecto al Rodrigo del manuscrito del siglo XV, conviene aclarar que la curiosa transición paulatina de la prosa al verso debe imputarse a una vacilación del «cronista» transcriptor en el modo de registrar la historia y no a una técnica del autor (como desde Menéndez Pidal 2 se ha venido pensando). También debida a la utilización cronística del texto poético es, sin duda, la presencia en él de versos monstruosamente largos, que, según ha puesto de manifiesto Montgomery 3, tienen su origen en glosas cronísticas aclaratorias de los nombres propios (y de los títulos) usados en el poema (glosas muy comunes en la transmisión de textos historiográficos); nada apoya la hipótesis (propuesta por Deyermond) 4, de que el texto manuscrito deba sus propiedades anti-poéticas al hecho de haber sido escrito al dictado de un juglar que lo iba recitando de memoria.
      No menos sobresaliente que el carácter semi-prosístico del poema conservado es la presencia en el Rodrigo de un componente ajeno a las interpolaciones arriba mencionadas que, basadas en las Mocedades de Rodrigo, incorporó a la Estoria de España alfonsí la Crónica de Castilla. Consiste en varios episodios que tienen como tema la historia de la creación de la diócesis de Palencia: vv. 95-135, 144-203, 283-292 y el fragmento 732-745 (que parece inconcluso a causa de una laguna). No cabe duda de que estas interpolaciones palentinas fueron hechas por persona vinculada a la iglesia catedral de Palencia 5 y no, simplemente, de «tierras de Palencia» 6; pero los esfuerzos realizados por la erudición para conectar esas adiciones palentinas a la gesta con una determinada situación histórica en que los derechos del obispo de la diócesis de Palencia se vieran amenazados por ambiciones de otras autoridades eclesiásticas o por acciones de la nobleza, aunque me parecen basados en una intuición acertada, han resultado por ahora, infructuosos. Como ha notado Faulhaber 7: el poema «tuvo obviamente como propósito fomentar el prestigio de la diócesis en cuestión, pero ¿cómo? y ¿cuándo? Estos interrogantes deben aún permanecer abiertos».
      Por otra parte, hay que subrayar el hecho de que las adiciones de interés eclesiástico están muy mal incardinadas, de modo que sólo mediante su omisión (leyendo el v. 136 y ss. tras el v. 94 y el v. 204 y ss. tras el 143) queda clara la línea expositiva del poema. En vista de ello, no creo admisible responsabilizar a ese interpolador (como hace Deyermond) 8 de la arquitectura ni del conjunto de los versos del poema. Una prueba adicional de la desconexión de la narración épica respecto a la obra del propagandista de la iglesia palentina la constituye el pasaje en que Rodrigo, para apresar violentamente al conde Ximeno Sánchez de Burueva, quebranta el sagrado de una iglesia dedicada a Santa María. Me parece del todo inadmisible atribuir a cualquier canónigo o diácono de la iglesia palentina (en ningún período histórico en que podamos colocar el Rodrigo) la invención de una acción como la descrita por los versos (706-709):

En Santa María la Antigua     se ençerró el conde lozano,
conbatiólo Rodrigo,     amidos que non de grado,
ovo de rronper la iglesia     et entró en ella privado;
sacólo por las barvas ()     de tras el altar con su mano,

sin que esa acción provoque una reacción de la ofendida madre de Dios. El interpolador paniaguado de la catedral de Palencia, si era clérigo, no se molestó en retocar el texto juglaresco que heredaba.
      En fin, el paso del texto por manos de cronistas-copistas y de servidores de la diócesis palentina no excluye, sino que exige, la existencia de un poema, en verso épico aceptable, con una estructura narrativa compacta y coherente, exclusivamente fundado en la tradición épica que sabemos existía desde tiempo atrás. En esa gesta aprovechada por el servidor de la diócesis de Palencia, se concedía especial importancia a la ciudad de Zamora, considerada como sede habitual de la corte de Fernando I (vv. 245, 538, 562, 404, 406, 407, 525, 539, 646, 720) o representada por «el pueblo çamorano» (vv. 697, 716, 770).
      Si la crítica ha tenido más o menos siempre conciencia del problema que supone la existencia de un adaptador palentino y de unos copistas que en ciertos aspectos modificaron la tradición épica heredada por el Rodrigo, en cambio, no ha puesto en duda la fidelidad del historiador de la Crónica de Castilla al contenido del poema épico que tuvo presente cuando interpoló en la Estoria de España los «datos» relativos a las mocedades de Rodrigo.
      Sin embargo (frente a Menéndez Pidal, frente a Armistead y frente a Deyermond) 9 me parece evidente que el cronista postalfonsí desarticuló intencionalmente la intriga de la gesta para someter la materia épica a la imagen que de Rodrigo, de sus relaciones con el rey don Fernando y del estado del reino le interesaba presentar en su historia, imagen muy discordante de la que encontraba en su fuente épica.

d. La gesta de «Las particiones del rey don Fernando» y sus alusiones al pasado de Rodrigo

      Pero antes de comentar esa distorsión cronística del poema épico de las Mocedades de Rodrigo creo preciso desembarazar el análisis de un problema lateral que ha venido confundiendo a la crítica: el de los datos referentes a la crianza de Rodrigo.
      Se ha venido sosteniendo que todos los motivos referentes al pasado del héroe épico anterior a la muerte del rey don Fernando que figuran en las crónicas fueron escenificados en un poema épico, y se ha identificado a esa gesta con la de las Mocedades de Rodrigo.
      Sin embargo, no parece preciso suponer que los motivos constituyentes de ese pasado del héroe épico fueran inventados como componentes de una narración en que la mocedad o juventud de Rodrigo fuera activamente representada en un escenario épico. A mi parecer, pudieron muy bien ser ideados en forma de alusiones a ese pasado, introducidas en el contexto de sucesos posteriores, del mismo modo que la herida infligida por el Cid en Barcelona al sobrino del conde o el repelón de la barba dado por el Cid a Garci Ordóñez cuando lo prende en la batalla de Cabra son «hechos» que sólo figuran en el Mio Cid en boca del resentido conde don Ramón, al tiempo de atacar al Cid en el pinar de Tévar, o en la de un Cid burlón, cuando replica a las soberbias del conde don García en las Cortes de Toledo. Nadie supondrá, basándose en las palabras dirigidas por doña Urraca a su padre:

«vos desposástesme con el enperador de Alemaña varón mucho onrrado, él murió ante que comigo casase, e agora finco nin biuda nin casada»,

que los historiadores alfonsíes remiten con ellas a un relato exterior o que el «Cantar del rey don Fernando» presentase esos desposorios y esa muerte en forma escénica; análogamente, las referencias, en boca de personajes varios, a la crianza del Cid en Zamora, al lado de la infanta doña Urraca y bajo la paternal autoridad de Arias Gonzalo, tampoco deben considerarse remisiones a una presentación escénica de los tiempos históricos que esas referencias «recuerdan».
      En la Estoria de España, la evocación del tiempo pasado aparece en el discurso de los personajes épicos formando parte de sus razonamientos en situaciones especialmente conflictivas, sea para lograr modificar el comportamiento de un interlocutor, sea como parte de la justificación de las acciones o actitudes del que habla o de aquel con quien está dialogando. Así, cuando la infanta procura el apoyo del Cid para lograr que el rey don Fernando moribundo altere en su favor el testamento, argumenta:

«—Bien sabedes, vos Cid, que siempre vos yo amé e vos ayudé e nunca vos destorvé en ninguna cosa ...»,

y cuando el rey don Sancho envía al Cid a proponer a doña Urraca la entrega de la ciudad «por aver o por cambio» y fracasa en la embajada, todos tres arguyen recordando las relaciones que entre ellos hubo tiempo atrás:

«—Sennor, pora otre seríe tal mandado como este () de levar, mas pora mí [non] es guisado, ca yo fui criado en Çamora, do me mandó criar vuestro padre con donna Urraca en casa de don Arias Gonçalo, et conosco a don Arias et a todos sus fijos (objeta el Cid)».

«—Cid, vos sabedes cómo fuestes criado comigo aquí en casa de don Arias Gonçalo ... (recuerda doña Urraca al mensajero)».

«—Vos consejastes a mi hermana que fiziese esto, porque fuestes criado con ella (acusa don Sancho al Cid)» 10.

      Sin duda estas alusiones al tiempo pasado (reunidas por Armistead) 11 son las primeras y únicas situaciones en que la epopeya (y, tras ella, el romancero) trataron el hecho. Al fin y al cabo, únicamente en ese contexto de conflictividad de sentimientos y deberes el sub-tema tenía interés literario. Sólo tardíamente la Crónica de 1344 incluirá, según luego veremos, un relato de la crianza de Rodrigo junto a la infanta doña Urraca cuyo origen historiográfico y no directamente poético resulta, a mi parecer, indudable.
      También en forma de alusiones al pasado debió de nacer, en la gesta de Las particiones del rey don Fernando, otro pormenor sobre la juventud del Cid, el de que fuera el rey don Fernando quien le armara caballero con ocasión del cerco de Coimbra, por más que la Estoria de España consigne en este caso la noticia en una breve interpolación al relato de la conquista de Coimbra basado en las historias latinas del Toledano y del Tudense:

«... mas la villa era tan grande e tan fuerte que siete años la tovo çercada. En este comedio fizo cavallero a Ruy Díaz el Çid Canpeador».

      Esta referencia ha sido considerada por la crítica 12 como una prueba de que Alfonso X alcanzó a conocer la tradición épica de las Mocedades de Rodrigo, aunque en su Estoria no acogiera ninguno de los episodios más notables y característicos. Sin embargo, no creo que esa interpretación sea correcta. De los dos datos ajenos a las fuentes estructurales, el primero, la duración por siete años del cerco (dato antihistórico) no es de procedencia épica, sino (como ya reconoció en otra ocasión Menéndez Pidal) 13 una anticipación de un detalle que la Estoria de España incluía un poco más adelante al recurir al Liber Beati Jacobi (conservado en el llamado Codex Calixtinus, escrito en el segundo tercio del siglo XII) para completar y corregir la narración de un milagro del apóstol Santiago que Alfonso X heredaba de la exposición sobre la conquista de Coimbra contenida en las historias del Toledano y el Tudense. De forma semejante, creo que, la breve «noticia» referente a Rodrigo se explica bien como extraída de pasajes posteriores de la Estoria de España. En varios discursos, tomados sin duda alguna de la gesta de Las particiones del rey don Fernando, los personajes arguyen rememorando: 

«—Señor, vos me criastes niño muy pequeño e fezistesme cavallero e distes me cavallo e armas [...] (Rodrigo al rey Fernando)».

«—Çid, vos sabedes cómo vos crió mio padre en su casa muy onrradamente et fízovos cavallero et mayoral de toda su casa en Coymbria quando la ganó de moros ... (Sancho a Rodrigo) 14».

      Al igual que ocurría con las referencias a la crianza del Cid junto a doña Urraca, la rememoración de haber sido armado el Cid caballero por el rey don Fernando es parte de la argumentación del que habla en esa escena de Las particiones: trata de subrayar el deber que el interlocutor tiene de actuar en la dirección que a continuación se le pide. No hay, a mi ver, razón alguna para pensar que en la gesta se hubiera puesto anteriormente en acción el episodio.
      Una vez convertida en suceso la primitiva referencia, otros historiadores posteriores completarían la reconstrucción de las escenas en que Rodrigo es armado caballero y en que es promovido a la posición de cabo o mayoral de la casa del rey (según enseguida veremos).
      El mismo mecanismo de conversión, de lo que inicialmente eran datos enunciados fuera de su contexto temporal en sucesos históricos narrados en su apropiado lugar cronológico, explica la aparición tardía en la Crónica de 1344 del primer relato sobre la crianza de Rodrigo junto a la infanta doña Urraca por disposición del rey don Fernando (que Cintra y Armistead 15 consideraron basado en una escena de las Mocedades de Rodrigo):

«e fuesse por Bivar e falló hý Diego Laýnez de Bivar, que bivió después poco tiempo, e a su muger doña Teresa Núñez, que era muy buena dueña e muy amiga de su marido, e falló hý su fijo Rrodrigo de Bivar, que después ovo nonbre el Çid Rruy Díaz, que era ya de diez años, e levólo consigo e criólo en su casa muy bien como a él conplía. E doña Urraca su fija le fazía mucha onrra, en guissa que por esta onrra amávalo más que a nenguno de sus hermanos. E non entendades que este amor que le ansí avía que era por nenguna otra manera que ý oviesse nin de cuydo nin de fecho. E este Rrui Díaz, después que llegó a tienpo [de] tomar armas, quisiéralo el rrey don Fernando fazer cavallero; mas él le pidió por merçed que lo non fiziese cavallero si non quando gelo él pidiesse; e el rrey otorgógelo».

      Juntando el nombre de los padres, que le proporcionaba la genealogía de Rodrigo incluida en la Crónica de Castilla, a la información contenida en las referencias arriba citadas, que las crónicas incluían al reproducir los discursos de los personajes de Las particiones, el conde don Pedro de Barcelos alumbró un capítulo nuevo en la biografía del héroe.
      En fin, según mi lectura de las crónicas (lectura que, después de escritos estos razonamientos, encuentro ser muy paralela a la de Martin 16), ninguno de estos esfuerzos por elaborar el pasado del Cid en forma narrativa debe atribuirse a la actividad de poetas refundidores. El papel de los juglares se limitó, y ello es suficiente, a la construcción rememorativa de ese pasado en boca de los personajes ya adultos que actuaban en la gesta de Las particiones del rey don Fernando.

e. La gesta de las «Mocedades de Rodrigo»: Rodrigo armado caballero en la expedición contra Francia, el Emperador y el Papa

      Centrándonos de nuevo en la Crónica de Castilla, considero que también es preciso rechazar la supuesta presencia de una versión poética de las históricas campañas del rey don Fernando en Portugal en la gesta de las Mocedades de Rodrigo que el cronista tuvo presente. Me baso para el rechazo en la siguiente argumentación.
      Como era de esperar, el relato que de ellas nos da la Crónica de Castilla se basa en la Versión mixta de la Estoria de España alfonsí y, por lo tanto, procede, a través de ella, de fuentes eruditas (Toledano, Tudense y Codex Calixtinus). Pero, como novedad,  interpola varias referencias a la participación de Rodrigo.
     Así, después de referir la conquista de Viseo, constata:

«En todo esto fue Rodrigo de Byvar uno de los que y más fizieron»,

y cuando, para preparar la campaña de Coimbra, el rey va a Santiago en romería, a fin de obtener la colaboración del apóstol, añade que lo hizo

«por conssejo de Rodrigo de Bivar, que le dixo que le ayudaría Dios a cobrarla, et demás, de tornada, que quería que lo armasse cavallero et cuidava rresçibir cavallería dentro en Coynbra»;

concluida la conquista, la crónica añade que

«estonçe fizo el rrey don Ferrando cavallero a Rodrigo en Coynbra en la mesquita mayor de la çibdat a que posieron nonbre Santa María; et fízole cavallero desta guisa: çiñiéndole el espada e diol paz en la boca, mas non le dio pescoçada. Et desque Rodrigo fue cavallero, ovo nonbre Ruy Díaz. Et tomó el espada ant’el altar estando, et fizo noveçientos cavalleros noveles. Et fízole el rrey mucha onrra, loándolo mucho el rrey por quanto bien fiziera en conqueryr a Coynbra et a los otros lugares»,

y poco después nos cuenta:

«Et los de Cohinbra quexáronse mucho del grande daño que rresçibían de Montemayor. Et el rrey, con grande saña, fuela çercar et púsole muchos engeños aderredor e fézoles tanta premia que gela dieron. Et Ruy Díaz de Bivar fezo mucho bien en aquella çerca. Et yendo él guardar los que yvan por la yerba e por vianda, ovo tres lides muy grandes que venció; et por priessa en que se vio, nunca quiso enbiar pedir acorro al rrey, et por esto ganó muy grand prez. Et fízolo el rrey de su casa cabo, et diole ende el poder».

      Armistead (a quien sigue Pattison) 17 ha considerado que estas interpolaciones recogen, de forma sumaria, episodios de un relato épico, episodios que identifica con la tercera, cuarta y quinta lid de Rodrigo en cumplimiento de su voto. Estas lides habrían desaparecido de la refundición épica conservada en el Rodrigo, puesto que, en este texto poético, la única referencia a los hazañosos hechos del rey don Fernando en Portugal forma parte del memorable pasaje (v. 786-799) en que se exalta la grandeza de su señorío, justificativa de su tradicional comparación con un emperador, contexto que no permite suponer una especial dependencia de la referencia respecto a las cinco lides de Rodrigo:

mandó a Portugal     essa tierra jenzor,
conquiso
a Cohinbra de moros,      pobló a Montemayor,
pobló a Sorya,      frontera d()’Aragón,
corrió a Sevilla      tres veçes ()n’una sazón
a dárgela ovieron moros      que quesieron o que non
et ganó a Sant Ysydro      et adúxolo a León...

      Por otra parte, es notable la aparición en el Rodrigo (vv. 995-1001) de una escena en que (como ha destacado bien Armistead) se describe el acto de ser Rodrigo armado caballero por el rey don Fernando, escena que incluye varios pormenores coincidentes con los de la ceremonia referida por la Crónica de Castilla:

Quando esto oyó el rey,      tomólo por la mano,
al rreal de[l] Castellano()     amos a dos entraron.
El rrey enbió () dos a dos     los cavalleros de man()o
fasta que apartó noveçientos     que a Rrodrigo bessassen la mano.
Dixieron los noveçientos:     —Pero Dyos sea loado
con tan onrrado señor     que nós bessemos la mano.—
De Rrodrigo que avía nonbre    , Rruy Díaz le llamaron;

      La similitud en los detalles (recepción del patronímico Díaz por Rodrigo; el nuevo caballero arma, a su vez, 900 caballeros noveles) asegura que las dos ceremonias tienen un origen común; sin embargo, su localización en la historia del joven Rodrigo es muy distinta, ya que, en el poema del siglo XV, el acto ocurre en medio de la expedición del rey Fernando contra Francia, después de que Rodrigo, como alférez del rey, ha derrotado y hecho prisionero al principal caudillo francés, el conde de Saboya, para lo cual ha sacrificado a la mayoría de sus trescientos vasallos.
      Me parece claro que el poema transcrito en el siglo XV (el Rodrigo) no innovó aquí apartándose de la tradición (según ha venido creyéndose). Su versión del adoubement de Rodrigo está perfectamente integrada en el relato: cuando el joven rey don Fernando (v. 764), como señor de España «desde Aspa fasta en Santiago», recibe cartas del rey de Francia, del Papa y del Emperador alemán exigiéndole un tributo anual, sólo Rodrigo le anima a responder agresivamente invadiendo Francia, y cuando, más allá de los puertos de Aspa, ve venir sobre sí los grandes poderes ultramontanos, nadie se atreve a ser alférez del ejército hispano, salvo Rodrigo; pero, a todo esto, Rodrigo, que ha besado recientemente la mano al rey reconociéndose por su vasallo, es tan sólo un simple «escudero, non cavallero armado» (vv. 865, 912-913), que «nunca oviera seña nin pendón devissado» (v. 873), y que presume de ser nieto «del alcalde çidadano» (Laín Calvo), esto es, procedente de la clase baja caballeresca de los caballeros ruanos (vv. 305 y 914-915), «ffijo de un mercadero, nieto de un çibdadano; mi padre moró en rrua e siempre vendió su paño» (afirmación notable, pese al doble sentido que Rodrigo da a la acción de vender paño), y, en su condición, contrasta con «tanto omne rico et tanto conde et tanto poderosso fijo de algo» como rodean al rey; de ahí que, al ir a comenzar la batalla, el alférez regio (que ha improvisado su enseña caudal, arrancando la piel a su manto y harpando el paño con cortes hechos con su espada) no parece digno contrincante del conde saboyano, aunque, en el curso de ella, como su padre el mercader de rúa, le venderá caro su paño (vv. 916-918):

Ffincaron me dos pieças el día que fue finado,
et commo él vendió lo suyo, venderé yo lo mió de grado,
ca, quien gelo conprava, muchol costava caro.

      Vencido el conde de Saboya, Rodrigo rechaza la oferta que su prisionero le hace de su hermosa hija doncella y prefiere guardársela al rey para que «embarragane» a Francia (vv. 949-989). Lo que sigue a la victoria, la ceremonia de ser Rodrigo armado caballero, recibir un patronímico y armar 900 caballeros noveles, con los cuales avanzará triunfalmente por Francia hasta las puertas de París, es parte esencial de la apoteosis del infanzón con que las fantásticas enfances de Rodrigo debieron de rematarse desde sus orígenes. El desplazamiento de la ceremonia a las guerras de Portugal en la Crónica de Castilla es, a mi parecer, obra de un cronista que conocía las alusiones a la juventud del héroe existentes en la gesta de Las particiones del rey don Fernando, entre las que se hallaba la de haber sido armado caballero en Coimbra, y que, en virtud de su oficio de historiador, intentó armonizar lo contado por las varias fuentes que tenía presentes para construir la historia completa del héroe.

f. Las «Mocedades de Rodrigo» censuradas por la Historiografía. Reconstrucción de la estructura e intencionalidad de la gesta de finales del siglo XIII

     Una vez conocido el modus operandi del formador de la Crónica de Castilla, resulta para mí claro el hecho de que, si pretendemos reconstruir la secuencia de acontecimientos de la gesta en su estructura original o restaurar la concepción épica inicial del personaje Rodrigo, deberemos basarnos en el testimonio del poema tardío, el Rodrigo, más bien que en la serie de episodios de las Mocedades de Rodrigo del siglo XIII que de una forma inarticulada presenta la Crónica de Castilla (frente a lo pensado por Menéndez Pidal y por Armistead) 18. 
      Volvamos a la primera aparición del joven Rodrigo en la Crónica de Castilla apenas iniciada la historia del reinado de Fernando I. 
      Desde un principio, el historiador de la Crónica de Castilla justifica la mención del mancebo en la historia por su papel de defensor de la tierra respecto a la amenaza mora y se siente molesto con las guerras banderizas entre el conde don Gómez de  Gormaz y los hermanos Laínez. De ahí que reduzca al mínimo este tema y, en cambio, saque de su contexto original la primera de las lides, en la cual Rodrigo hace presos a los reyes moros que atacan a Belorado para seguidamente ponerlos generosamente en libertad (cf. Rodrigo, vv. 449-517), colocándola antes de sus desposorios con Ximena, cuando en la gesta constituía, sin duda, la primera de las cinco lides que se compromete a vencer antes de verse con su esposa «en yermo nin en poblado». La ética historiográfica impide al formador de la Crónica de Castilla hacerse eco de la tensión que, desde un principio, existe en la gesta entre el rey y el mancebo: en la Crónica, la muerte, en «griesgo», del conde don Gómez de Gormaz por Rodrigo no da pie a que Diego Laínez y su hijo teman acudir al llamamiento a cortes (un tópico épico, cuya presencia en el poema considero indudable) y, en consecuencia, a que vayan preparados para afrontar la posible «falsedat» del rey; en la entrevista con el rey Fernando, el cronista, siguiendo en su labor de censura, omite el altanero comportamiento de Rodrigo y, lo que es más grave, su negativa a reconocerse vasallo del rey besándole la mano hasta que el rey niño se arme caballero y él pueda mostrarle su superioridad sobre los condes castellanos (motivo esencial en la estructura de la gesta). Al substituir, a su gusto, el clima de las relaciones entre el rey y Rodrigo,

«E dixo al rrey que faría su mandado en esto e en todas las cosas que le él mandara. E el rrey gradeciógelo mucho [...] e añadió a Rodrigo mucho más en tierra que dél tenía, e amávalo mucho en el su coraçón porque veía que era obediente e mandado [...]»,

resulta inexplicable en el relato cronístico que Rodrigo formule a continuación el insólito voto de no acercarse a su esposa hasta vencer cinco lides en campo, ya que el voto no se vincula a la posposición del reconocimiento de vasallaje ni es el broche final de una actitud altanera de aquel a quien el romancero definirá como «el soberbio castellano».
      Eliminado el tema del hijodalgo altanero, central en la construcción épica, el cronista no tiene interés en clarificar a través de qué batallas campales cumple Rodrigo su voto, ni se detendrá a contar siquiera cuándo y cómo realiza el matrimonio con Ximena. Por otra parte, al considerar objetables, en la biografía de un personaje modélico, las guerras intestinas que Rodrigo sostiene con los condes, el historiador post-alfonsí manipula las referencias a las lides tercera (victoria sobre los moros de la subsierra en San Esteban de Gormaz el día de la Cruz de Mayo) y cuarta (prisión de los condes traidores que urdieron el ataque moro en que encuentran la muerte el padre y los tíos de Rodrigo), sacándolas de la cadena secuencial narrativa a que pertenecían y eliminando en ellas elementos esenciales; aun así, nos deja, a mi parecer, huellas suficientes de la locación primitiva de los episodios, por medio de las cuales nos es dado restaurar la estructura épica de la gesta de las Mocedades de Rodrigo de fines del siglo XIII, estructura que, tenidas en cuenta estas consideraciones, resulta ser mucho más similar a la que presenta el Rodrigo copiado en el siglo XV que la que viene creyéndose.

g. La evolución ideológica de la Epopeya y la crítica textual

      Gracias al superior conocimiento que hoy tenemos de las concepciones historiográficas y de las técnicas compilatorias y refundidoras que presidieron la elaboración y reelaboración de las estorias medievales, creo posible presentar una nueva visión acerca de la gesta de las Mocedades de Rodrigo conocida en el tránsito del siglo XIII al siglo XIV por la Crónica de Castilla y de la transformación de la personalidad del héroe que en ella se realiza.
      Al margen de la reseñada participación de los cronistas en la estructuración de las alusiones al pasado contenidas en la gesta de Las particiones del rey don Fernando para formar una «historia» de Rodrigo desde su niñez, un juglar de epopeya cantada acometió, por su cuenta, la tarea de dotar al héroe de unos orígenes, de unas enfances, del mismo modo que otros juglares de la vecina Francia habían hecho respecto a otros protagonistas de chansons de geste.
       Según desde antiguo destacó Menéndez Pidal 19, la gesta de las Mocedades de Rodrigo «lleva en sí todas las marcas de la epopeya de la decadencia». Como todos los poemas de enfances, su creación tiene como punto de partida la curiosidad del público auditor de los cantares de gesta por saber, respecto a los héroes consagrados, cómo se formaron y por qué llegaron a serlo:

«Es una ley general para todos los ciclos épicos, en España y en Francia y también entre los pueblos del Norte, su desarrollo temporal en sentido inverso al de la vida humana [...]. Nos muestran primero a los héroes en su madurez, en su vejez o a la hora de la muerte, sólo después nos cuentan su nacimiento y su juventud».

      Tanto el Mio Cid como Las particiones del rey don Fernando, de acuerdo con la estructura habitual de «los poemas primitivos», «comenzaban la narración ex abrupto» y, «desde sus primeros versos colocaban al auditorio in medias res, sin preocuparse de presentarle los personajes»; las Mocedades de Rodrigo nacieron para contestar las cuestiones que el auditorio, familiarizado con la leyenda cidiana a través de esos poemas, había podido hacerse. La respuesta a esas preguntas fue, en verdad, muy atrevida, pues el nuevo poeta aprovechó la ocasión para dar un vuelco a la personalidad del vasallo modélico. Aunque identificado con el personaje que la vieja epopeya había hecho famoso, el Rodrigo, «mio Cid» de la nueva creación épica nada tiene en común con el del poema de Mio Cid de 1144. Las virtudes originarias del  Rodrigo Díaz de Vivar poético, mesura y prudencia, fidelidad como vasallo, artería en la guerra, conocimientos de derecho y fe en una ley igual para todos, amor familiar, sentido del humor, son valores ajenos al nuevo canon: únicamente importa el arrojo y la arrogancia sin limitaciones, el desprecio a cualquier ley o norma que interfiera con el desarrollo de la persona, la insolencia del individuo que sólo depende de sí mismo frente a cualquier autoridad instituida. La mayor alabanza que en la nueva gesta se hace del héroe es considerarle (en boca del rey don Fernando; en boca del conde de Saboya) no hombre, sino «pecado», «diablo».
      La soberbia de «el Castellano» le agiganta en la concepción del juglar de las Mocedades de Rodrigo de tal forma que, al presentarse el rey y su vasallo ante el Papa, ante el rey de Francia y ante el emperador alemán, éstos (Rodrigo, vv. 1096-1097)

Non sabían quál era el rey,     nin quál era el Castellano,
synon quando descavalgó el rey     [e] al papa bessó la mano.

      Es más, la grandeza del buen rey don Fernando es, en realidad, tan sólo reflejo de la de Rodrigo, quien, desde antes de reconocerse su vasallo, le patrocina abiertamente. Don Fernando llega a prometer a Rodrigo, de forma repetida, «te non salir de mandado» y se muestra complacido de delegar su autoridad: «commo tú ordenares mis reynos, en tanto seré folgado». Acomodándose a órdenes (más que consejos) recibidas de Rodrigo, va a armarse caballero a Santiago y embarragana a Francia, preñando a la heredera del conde de Saboya. Cuando Rodrigo está ausente, el rey se siente incapaz de gobernar y sin amparo; por más que le besen la mano «los cinco reinos de España»; el gran rey don Fernando, par de emperador, es un pobre pelele (Rodrigo, vv. 761-765):

Batiendo va amas las palmas      la [f]aze() quebrantando:
—¡Peccador sin ventura,      a qué tiempo so llegado!
Quantos en España visquieron     nunca’s() llamaron tributarios,
a mi véenme niño e sin sesso      et vanme soberviando,
¡más me valdría la muerte      que la vida que yo fago!

     El carácter altanero, siempre desafiante, de «Rodrigo el Castellano», capaz de someter a su voluntad a un rey pusilánime, después de humillar a los condes del reino, no es, como se ha creído, una invención tardía del siglo XV, sino la razón de ser de la gesta. Sin ese personaje así diseñado, las enfances de Rodrigo carecerían de sentido. Es esta profunda distorsión de la caracterización hasta entonces dominante del héroe (creada conjuntamente por el Mio Cid y Las particiones del rey don Fernando) la gran aportación al ciclo cidiano de este poeta de la «decadencia» de la epopeya.
      La gesta de las Mocedades de Rodrigo comenzaba (según el testimonio de la Crónica de Castilla, c. 1300 y del Rodrigo del siglo XV) situando al héroe en un linaje, el de Lain Calvo, uno de los dos «alcaldes» de la Castilla primitiva. El entronque era un «hecho» de todos sabido, ya que el propio Campeador debió de gloriarse de esa procedencia. Pero la complicada genealogía, eruditamente reconstruida por algún paniaguado del Cid, que recogió la Historia Roderici (c. 1110) y, tras ella, el Liber regum (antes de 1194-96), nada tiene que ver con la versión poética de la misma, en que desaparecen cuatro generaciones y se considera al padre de Rodrigo como «el menor» de los hijos del famoso «alcalde». La necesidad de recortar brutalmente los tiempos no arredra al juglar historiador, ya que explica el nombramiento de los «alcaldes» (según se deduce no sólo del Rodrigo, sino también de la Crónica de Castilla) por el hecho de que, muerto el rey don Pelayo («el Montesino»), la tierra castellana se encontraba sin rey. La presentación de los orígenes del linaje cidiano iba seguida en la gesta de una rápida alusión al supuesto hecho de que los mejores linajes de Castilla descienden de los cuatro hijos de Lain Calvo, ya que, en los hermanos mayores de Diego Laínez, casados todos con hijas de condes, habrían tenido origen los de Vizcaya (esto es, los Haro), los de Mendoza y los de Castro. En cuanto a Diego Laínez, se le hace casar con doña Teresa, hija del conde Nuño Álvarez de Amaya y de una nieta, por línea bastarda, del rey de León. También se aprovecha la ocasión para consignar qué lugares poblaron esas cabezas de linaje.
      Este prólogo linajístico es una indudable innovación en la estructura de las obras del género épico y revela cómo ese género va cambiando en sus propósitos y, posiblemente, de público auditor. A veces, se ha perdido de vista que ese prólogo era ya propio de la gesta de fines del siglo XIII (utilizada por la Crónica de Castilla) y, de resultas, ha sido puesto en relación con tiempos históricos posteriores. Complementarias de estos datos que el prólogo proporciona (aunque las crónicas debido a su forma de aprovechar el relato épico no nos permitan documentarlo) deben considerarse, en mi opinión, otras informaciones de carácter análogo que el Rodrigo consigna, de pasada, en el curso de la acción y que nos confirman esta vocación de la nueva epopeya a informar sobre detalles linajísticos y solariegos.
      No creo que, a continuación de este prólogo, se procediera a contar en la gesta del siglo XIII (como desde la Crónica de Castilla en adelante hará la historiografía post-alfonsí) la historia del hermano bastardo de Rodrigo, padre de sus sobrinos (según supone Armistead, seguido por Deyermond) 20. Se trata de un dato que seguramente el cronista halló en la gesta del siglo XIII en forma de alusión, según lo conserva el Rodrigo. En este poema, cuando Rodrigo, que aún no es caballero sino simple escudero, es nombrado alférez por el rey don Fernando, en vista de que los condes y poderosos hijosdalgo temen enfrentarse con el conde de Saboya y con todo el poder imperial, se desarrolla una escena semicómica, claramente reminiscente del diálogo que en las Cortes de Toledo del Mio Cid se escenificaba, antes de los retos, entre el Cid y su sobrino Pero «Mudo», su alférez, pero en la que se prodiga una jocosidad carente de la finura irónica de la vieja gesta (vv. 872-902):

Contra el conde de Saboya      Rrodrigo salyó tan yrado.
Nunca [o]viera seña      nin pendón devissado,
rronpiendo va un manto() de sirgo,     la peña’l() tiró privado,
quinze rramos faze la seña,      [farpado l’a en su cabo].
Vergüença avía de la dar()     et bolvió los ojos en alto.
Vio estar un su sobrino,      fijo de su hermano,
quel dizen Pero Mudo,      a él fue llegado:
—Ven acá, mi sobrino,      fijo eres de mi hermano,
() que fizo() en una labradora     quando andava cazando,
varón toma esta seña,      faz lo que yo te mando.—
Dixo Pero Bermudo:     —Que me plaze de grado,
conosco que so vuestro sobrino,      fijo de vuestro hermano,
mas de que saliestes de España      non vos ovo menbrado,
a cena nin a ayantar      non me oviestes conbidado,
de fanbre e de frío      so muy coytado,
non he por cobertura     [sinon la] del cavallo,
por las crietas de los pies      córreme sangre clar[o].—
Ally dixo Rrodrigo:      —Calla, traydor provado,
todo omne de buen logar      que quier() sobir a buen estado
conviene que de lo suyo      sea abidado,
que atienda mal e bien,      sepa el mundo passarlo.—
Pero [Ber]mudo       tan apriessa fue armado,
rreçebió la seña,      a Rrodrigo bessó la mano,
et dixo: —Señor,      afruenta de Dios te fago,
vey la seña,      [sin art e] sin engaño
() en tal logar vos la pondré      antes del sol çerrado
do nunca entró seña      de moro nin de christiano.
Allý dixo Rrodrigo:      —Esso es lo que yo te mando,
agora te conosco      que eres fijo de mi hermano.

     Dado el contexto que aquí rodea a la explicación del parentesco entre Rodrigo y Pero Mudo me parece seguro que así nació la historia del hermano bastardo y no como narración independiente, aunque las crónicas glosaran luego ampliamente la alusión para construir, basándose en ella, una fabulosa «familia» de Rodrigo de Vivar. Tampoco encuentro en la parte inicial de las Mocedades un posible encaje para la anécdota que explica la selección y nombre del caballo Babieca, episodio cuyo origen no me parece épico (a pesar de las opiniones coincidentes de Menéndez Pidal, Guerrieri Crocetti, Armistead y Deyermond 21, entre otros).
      La acción dramática debió de comenzar siempre en la gesta con la ruptura de la paz del reino ocasionada por las correrías del conde don Gómez de Gormaz por tierras de Diego Laínez y la venganza de los hermanos Laínez, que corren, a su vez, tierras de Gormaz (tal como se cuenta en el Rodrigo). Como obligado desenlace de estas correrías seguiría la propuesta de una lid aplazada de «atantos por tantos», concretada inmediatamente en «ciento por ciento» (según cuentan el Rodrigo y Lope García de Salazar), lid en la que Rodrigo, aún adolescente, mata en combate al conde don Gómez y prende a sus hijos. A mi juicio, sólo con esta serie de hechos (que la Crónica de Castilla se niega a tratar de forma desarrollada) podía tener arranque la gesta desde su creación.
      El segundo episodio (no veo razón para que se pospusiera) sería el protagonizado por Ximena, la menor de las hijas del conde muerto: tras conseguir, tocando en Rodrigo la fibra de la magnanimidad, la libertad de sus hermanos y considerar la impotencia de ellos para solucionar militarmente la situación creada por la enemistad entre los Gómez y los Laínez, acude personalmente a querellarse ante el rey don Fernando, y mostrarle su desamparo al ser huérfana de madre y haber perdido al padre. Su inesperada demanda de que el rey, para satisfacerla del daño recibido, exija que Rodrigo se case con ella constituye la invención literaria de mayor trascendencia para el futuro del mito cidiano, pues presidirá el trasvase de la leyenda desde la epopeya a otros géneros más modernos: el romancero y el teatro.
      En las Mocedades de Rodrigo la petición de Ximena no encubre conflictos psicológicos como los que el desarrollo moderno de la historia tratará de sacar a luz, sino que ilustra, con un caso extremo, aspectos del derecho tradicional: las doncellas nobles huérfanas podían acudir al rey en solicitud de apoyo para casarse honradamente; un homicida podía satisfacer a los demandantes del homicidio mediante compensaciones ajustadas al valor social de la víctima, y saldar con ellas la deuda de sangre.
     El recurso de Ximena al rey y a la ley, en vez de a la venganza, y el desposorio de la doncella huérfana con Rodrigo parecían destinados a poner fin a los disturbios internos en el reino. Pero Rodrigo, si bien reconoce el derecho de su rey natural a desposarle forzadamente con la hija de su víctima, no quiere entrar en vínculos de vasallaje con él (y se niega, en consecuencia, a besarle la mano) ni consumar su matrimonio hasta poder imponer al rey la relación en sus propios términos. De ahí su despreciativa evaluación (vv. 427-429):

Dixo estonçe (don) Rrodrigo:     —Querría más un clavo,
que vos seades mi señor     nin yo vuestro vassallo;
porque vos la bessó mi padre     soy yo mal amanzellado,

y su famoso voto (vv. 438-441):

—Señor, vos me despossastes     más a mi pesar que de grado.
Mas prométolo a Christus     que vos non besse la mano,
nyn me vea con ella     en yermo nin en poblado,
ffasta que venza çinco lides     en buena lid en canpo;

así como su posterior exigencia (que la Crónica de Castilla no deja de consignar a su manera) de que don Fernando acuda a Santiago para que el apóstol le arme caballero, si es que pretende que él le reconozca por señor (vv. 647-656):

Al rrey se omilló      e nol’bessó la mano.
Dixo: —Rrey, mucho me plaze     porque non so tu vassallo;
fasta que non te armasses,     non devías tener rreynado,
ca non esperas palmada     de moro nin de christiano;
mas vé velar [las tus armas]     al Padrón de Santïago;
quando oyeres la missa     ármate con [la] tu mano,
et tú te ciñe la espada     et tú deciñe commo de cabo,
et tú te sey el padrino     et tú te sey el afijado
et llámate cavallero     del Padrón de Santïago,
et serýas tú mi señor      et mandarías el tu rreynado.

      Ya he comentado, al hacer ver cómo la Crónica de Castilla y sus sucesoras desarticulan la narración épica, el encadenamiento de las lides con que Rodrigo va cumpliendo su voto hasta llegar a la campaña de castigo contra los condes después de la traición del día de la Cruz de Mayo 22.
     Queda como problema conexionado con el cumplimiento del voto de las cinco lides el de cuándo Rodrigo besa al rey la mano por primera vez, reconociéndose su vasallo, y se sacramenta con Ximena. En el Rodrigo, la primera vez que «el Castellano» besa la mano al rey es al comienzo de la expedición a Francia y en las crónicas se afirma que llega tarde al consejo reunido por el rey para contestar al Papa porque «avía poco que era casado con doña Ximena Gómez su muger et era ydo para allá», por tanto Rodrigo en ambas redacciones de la gesta ha cumplido ya su voto antes de la lid con el conde de Saboya. Ello hace imposible considerarla como la quinta de las lides del voto.
      Esta defensa que he venido realizando de una similitud estructural, mayor que la tradicionalmente supuesta por la crítica, entre la gesta de las Mocedades de Rodrigo conocida c. 1290 por la Crónica de Castilla y la que nos conserva el poema palentino copiado en el siglo XV, no debe, en modo alguno, entenderse como una afirmación de la identidad de las dos manifestaciones poéticas del tema, esto es, de que el Rodrigo llegado hasta nosotros remonte textualmente a finales del siglo XIII (hipótesis a la que recientemente [1992] parece inclinarse Martin) 23.
      En primer lugar, considero certera la apreciación de Menéndez Pidal acerca de la intencionada substitución por el Rodrigo tardío de nombres y topónimos tradicionales por otros de nueva invención. Pero aún más importante que este deseo de novedad mediante la contradicción de lo sabido me parece la presencia en el poema copiado en el siglo XV de un ritmo narrativo nuevo, muy acelarado, en que las descripciones, muchos discursos y aun las acciones sólo se esbozan, y asimismo una desintegración de la estructura poemática en laisses. Formalmente, el Rodrigo conservado no responde en absoluto al modelo chanson de geste hispana del siglo XIII, que conocemos bien a través del Mio Cid y del Roncesvalles, que se manifiesta también en los fragmentos conservados de Las particiones, que pervive en las gestas de los Infantes de Salas y de La libertad de Castilla refundidas en el siglo XIV y que aún se hace patente en las escenas de los romances épicos de fines del siglo XV y comienzos del siglo XVI, Ya comienzan los franceses, Morir os queredes padre, En Santa Gadea de Burgos, Cabalga Diego Laínez, Rey don Sancho, rey don Sancho, Castellanos y leoneses, Con cartas y mensajeros, Los hijos de doña Sancha, etc.

Epílogo

      En fin, creo haber mostrado cómo el esclarecimiento de los principios que gobiernan la reelaboración cronística de la información referente a los orígenes, crianza y mocedad, antes de llegar a ser caballero, de Rodrigo de Vivar es imprescindible para la reconstrucción de la epopeya y para la comprensión de su evolución ideológica. Pero, a la vez, me parece preciso resaltar que el estudio de esos principios resulta igualmente imprescindible para avanzar en el conocimiento de cómo se fueron formando los textos de las principales «estorias» de España, paso que ha de ser previo a la interpretación de la causa «material», ideológica, que preside los cambios de estructura y contenido y, no digamos nada, a los intentos de explicar los cambios por situaciones históricas y sociales, cuya sincronía con las novedades textuales se suele asumir demasiado expeditivamente (si es que no se cae, de forma aún más grave, en la petición de principio de datar la novedad acudiendo a la historia y luego ponerla en relación con ese determinado «tiempo» socio-histórico).

Diego Catalán, "El Cid en la historia y sus inventores."(2002)

NOTAS

1 Cintra, Crónica geral de Espanha de 1344. Edição crítica do texto português, Lisboa: Academia Portuguesa da História, t. I, 1951.

2 Menéndez Pidal, Poesía juglaresca y juglares, Madrid: C.E.H.,1924, pp. 406-407.

3 Montgomery, «The Lengthened Lines of the Mocedades de Rodrigo», RPh, XXXVIII (1984-1985), 1-14.

4 Deyermond, Epic Poetry and the Clergy. Studies on the «Mocedades de Rodrigo», Londres: Tamesis Books, 1969, pp. 54-58. 

5 Amador de los Ríos, Historia crítica de la literatura española, Madrid: José Rodríguez, 1863, t. III, p. 85. 

6 Menéndez Pidal, Poes. jugl., p. 406 y n. 1.

7 Faulhaber, reseña de la obra Epic Poetry and the Clergy de Deyermond, en RPh, XLIX (1975-1976), 555-562.

8 A. D. Deyermond, Epic Poetry

9 Cfr., respectivamente: Menéndez Pidal, Poes. jugl., p. 408 y Poesía juglaresca y orígenes de las literaturas románicas, Madrid: Instituto de Estudios Políticos, 1957 (Poes. jugl. 3), pp. 315-317; Armistead, La gesta de las «Mocedades de Rodrigo». Reflections of a Lost Epic Poem in the «Crónica de los reyes de Castilla» and the «Crónica general de 1344», PhD Thesis, Princeton, 1955 (inédita), y «The Structure  of the Refundición de las Mocedades de Rodrigo», RPh, XVII (1963-1964), 338-345; La tradición épica de las «Mocedades de Rodrigo», Salamanca, 2000; Deyermond, Epic poetry.

10 Cito por la Versión amplificada (PCG, pp. 506b, 507a y 508a, respectivamente).

11 Armistead, «The Enamored Doña Urraca in Chronicles and Balladry», RPh, XI (1957-1958), 27-29 y «The Earliest Historiographic References to the Mocedades de Rodrigo», en Solà-Solé et alii (eds.), Estudios ... a H. Hatzfeld, Barcelona: Hispam, 1974, pp. 25-34, véase pp. 29-30; La tradición ép., 2000, pp. 33-37.

12 Menéndez Pidal, Poes. jugl. 1, p. 385; Armistead, «The earliest historiographic references».

13 Menéndez Pidal, Primera crón. 2, 1955, p. CLVI.

14 La primera cita la tomo de la Versión crítica (en la ed. de Menéndez Pidal, Reliquias 1, 1951, y Reliquias 2, 1980, p. 225); la segunda cita, de la Versión amplificada (PCG, p. 506a-b), ya que la Versión mixta y la Versión crítica son similares.

15 Cintra, Crón. 1344, p. CCXLVIII; Armistead, «The Enamored Doña Urraca» [o La tradición ép., pp. 49-52].

16 Martin, Les juges de Castille. Mentalités et discours historique dans l’Espagne médiévale, París: Klincksieck, Annexes des Cahiers de linguistique hispanique médiévale (6), 1992, pp. 447-450.

17 Armistead, La gesta de las «Mocedades de Rodrigo»; «The structure», pp. 20-54, y «A Lost Version of the Cantar de gesta de las Mocedades de Rodrigo in the Second Redaction of Rodríguez de Almela’s Compendio historial», University of California Publications in Modern Philology, XXXVIII (4), 1963, pp. 299-336 [; los dos artículos reunidos en La tradición ép., 2000, pp. 91-119 y 59-67]; Pattison, From Legend to Chronicle. The Treatment of Epic Material in Alphonsine Historiography, Oxford: Society for Study of Mediæval Language and Literature, Medium Ævum Monographs - New Series (13), 1983, pp. 84-85.

18 Menéndez Pidal, ya desde L’épopée castillane à travers la littérature espagnole, Paris: Armand Colin, 1910, pp. 133-141; Armistead, La gesta de las «Mocedades de Rodrigo»; «The structure» [La tradición ép., pp. 59-67].

19 Menéndez Pidal, L’épopée cast., p. 123.

20 Armistead, «The structure», p. 342 [ó La tradición ép., p. 63]; Deyermond, Epic Poetry, pp. 12-13.

21 Menéndez Pidal, L’épopée cast., p. 128; Guerrieri Crocetti, L’epica spagnola, Milano: Bianchi-Giovini, 1944, p. 378; Armistead, «The structure», p. 342 [o La tradición ép., p. 63]; Deyermond, Epic Poetry, p. 13. 

22 [Para una más completa exposición, véase Catalán, La épica española, 2000, cap. III, pp. 291-294 y n. 32 y cap. VI, p. 525 y n. 37. 

23 Martin, Les juges, livre III, chap. I.

Letras capitulares  basadas en las ilustraciones de François Desprez

Índice de capítulos:

* PRESENTACIÓN

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (1)
   a. La realidad se forja en los relatos

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (2)
    b. Rodrigo, Campeador invicto para sus coetáneos

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (3)
   c. Del Campeador al Mio Cid. Los nietos del Cid y la herencia cidiana

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (4)
   d. Rodrigo, el vasallo leal, a prueba

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (5)
   e. El Soberbio Castellano

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (6)
   f. El Cid se adueña de la Historia y la Historia anquilosa la figura del  Cid

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (7)
   g. El Cid del Romancero salva al personaje literario del corsé historiográfico

* II EL «IHANTE» QUE QUEMÓ LA MEZQUITA DE ELVIRA Y LA CRISIS DE NAVARRA EN EL SIGLO XI 

*  III LA NAVARRA NAJERENSE Y SU FRONTERA CON AL-ANDALUS

*   IV EL MIO CID Y SU INTENCIONALIDAD HISTÓRICA

V EL MIO CID DE ALFONSO X Y EL DEL PSEUDO IBN AL-FARAŶ

VI RODRIGO EN LA CRÓNICA DE CASTILLA. MONARQUÍA ARISTOCRÁTICA Y MANIPULACIÓN DE LAS FUENTES POR LA HISTORIA

* VII LA HISTORIA NACIONAL ANTE EL CID

* APÉNDICE I.  SOBRE LA FECHA DE LA HISTORIA RODERICI

* APÉNDICE II. SOBRE LA FECHA DE LA CHRONICA NAIARENSIS

* ÍNDICE DE REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS (Y CLAVE DE SIGLAS)

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