Blogia

Obras de Diego Catalán

2.- A MODO DE PRÓLOGO. EL ROMANCERO TRADICIONAL MODERNO COMO GÉNERO CON AUTONOMÍA LITERARIA

 

      l Romancero debe su presencia en la literatura española y universal, como es bien sabido, al descubrimiento por parte de los impresores del siglo XVI del valor co­mercial de este género literario «menor». Gracias a los editores de pliegos sueltos y de cancionerillos de bolsillo, una gran variedad de lectores muy distanciados en el tiempo, en el espacio y en sus gustos literarios respecto a los destinatarios y usua­rios tradicionales de esa literatura, han podido leer romances desde el siglo XVI hasta hoy en día. Pero la comercialización del Romancero en el siglo XVI es, sin duda, también responsable de un fenómeno muy peculiar del género: la confusión de sus límites.

      Desde los primeros corpora romanceriles con pretensiones de exhaustividad compilados a mediados del siglo XVI (los Cancioneros de Nucio de c. 1547 y de 1550; las Silvas de Nájera de 1550-51), los romances entonces ya tenidos por «viejos» (procedentes de las más variadas ramas del romancero primitivo: la épica nacional y la épica francesa, el noticierismo político y el fronterizo, la baladística pan-europea, etc.) aparecen ya revueltos con los romances «juglarescos» (sobre temas épico-nacionales, carolingios e histórico-novelescos), con los romances de los poetas «trovadorescos» (de temática e inspiración «cancionerιl») e incluso con los pri­meros romances «eruditos» (de los rimadores de crónicas). En seguida, el romancero «erudito» intenta desplazar al «viejo» como negocio editorial (Fuentes, 1550; Sepúlveda, 1551); pero, a la larga, no conseguirá sino entremezclarse con él (recopi­lación falsamente atribuida a Sepúlveda, 1563; Rosas de Timoneda, 1573). Más tarde, a finales de siglo, el romancero «nuevo» (ajustado al lenguaje y estética del Ba­rroco) logra vida autónoma en las Flores (1589-1597), colecciones en que se deslizan, de cuando en cuando, algunos ejemplos de romances «noticieros tardíos» e incluso de los primeros romances «de ciego» (sobre «sucesos» admirables o tre­mendos); pero, aunque el Romancero general de 1600 da acogida a todo el plantel de esas Flores, la inicial autonomía del romancero «nuevo» no resistirá durante mucho tiempo las tendencias integradoras, que llevan a dar preferencia a las ordenaciones temáticas sobre las estilísticas (Escobar, Romancero del Cid, 1605). En el siglo XVII, se llega al extremo de crear textos facticios, en que se da acogida indis­tintamente a versos y escenas de los romances «viejos», procedentes de la tradición medieval, y de los romances cronísticos y «nuevos», debidos a los «ingenios» de mediados y fines del siglo xνι (es la labor de Tortajada, 1646 o quizá antes).

      La falsa unidad del Romancero se transmite, sin interrupción, desde los editores antiguos a la erudición moderna. Cuando los críticos y poetas de los últimos años del siglo XVIII y primeros años del siglo XIX que intentan liberarse de la opresión de la poética y la estética clasicistas toman al Romancero castellano como bandera de su movimiento libertador, se apoyan indistintamente en los romances «viejos», en los «cronísticos» y en los «nuevos». Tan válida muestra de poesía primitiva, román­tica, es para ellos un romance de Góngοra, o de Sepúlveda, como el de El conde Alarcos o uno de los viejos del Cancionero sin año de Amberes. En las primeras an­tologías modernas de Durán (1828-1832) y de Ochoa (1838), los criterios ordenatorios que prevalecen son los temáticos: romances moriscos, romances amatorios, romances caballerescos, romances de los doce Pares de Francia, romances de Amadís, romances de la historia nacional, etc., sin distinción de tiempos ni estilos.

      Aunque ya Grimm, en 1815, había comenzado a poner orden en este caos y un Durán prologase su nuevo Romancero general exhaustivo de 1849-1851 introduciendo los principios cronológicos y estilísticos para categorizar los romances que publica, hubo que esperar a la aparición, en 1856, de la Primavera y flor de romances de Wolf y Hofmann para que la consideración global de las producciones en metro de «romance» fuera puesta en cuestión y el estudio literario del «Romancero» más antiguo se liberara de la copresencia de los romances llamados «artísticos», debidos a los poetas cancioneríles, eruditos o barrocos (de fines del siglo XV y princi­pios del siglo XVI; de mediados del siglo XVI y de finales del siglo XVI y principios del siglo XVII).

      Los criterios selectivos de Wolf (ampliamente divulgados por Menéndez Pelayo al dar acogida a la Primavera en su Antología de poetas líricos castellanos) establecieron, de forma casi definitiva, un nuevo concepto restringido de «Romancero» que aún hoy sigue presidiendo la mayor parte de los estudios y antologías del género. De hecho, ni los progresos críticos de Menéndez Pidal ni la erudición bi­bliográfica de Rodríguez Moñino (por sólo nombrar dos gigantescas aportaciones de nuestros maestros inmediatos) supusieron nunca una ruptura con la imagen que del género había establecido Wolf. Si los sucesivos proyectos de Menéndez Pidal y Foulché Delbosc, en 1901, y de Di Stefano, en 1978, de realizar una nueva «Primavera» se hubieran materializado en sendas publicaciones, creo que sería evidente en ellas esa esencial continuidad: aunque enriquecido y depurado (gracias al mejor conocimiento de las fuentes del romancero antiguo y a los crίteríos filológicos propios de los tiempos que en cada caso corrían), el «Romancero» tal como fue definido por la antología de Wolf seguiría constituyendo la base de uno y otro corpus; ni en la nómina ni en la organización de los romances, las nuevas «Primaveras» se ha­brían separado de forma radical respecto a la primitiva.

      Y, sin embargo, entre 1856, en que se publica por primera vez la Primavera, y 1957, en que Menéndez Pidal inicia, al fιn, la publicación de su Romancero tradicional de las lenguas hispánicas (precedida de la aparición en 1953 de los dos volú­menes «teóricos» llamados Romancero hispánico) algo muy trascendental estaba socavando las sólidas bases en que se asentaba el estudio literario del Romancero: la creciente evidencia de que el Romancero seguía existiendo transmitido oralmente de memoria en memoria en todas las comunidades de habla española, portugue­sa, catalana o sefardí. Y, a la larga, la progresiva irrupción de «textos» de origen oral en el campo de los estudios del Romancero vendría a dejar inservible la definición y descripción del género Romancero propia de las historias de la literatura, aunque los manualistas de las más varias orientaciones crίticas sigan ignorándolo o pretendan ignorarlo.

      Es cierto que la noticia de que los romances seguían cantándοse por «el pueblo» la tuvieron, desde un principio, los estudiosos mismos del Romancero: ya en 1815, el propio Grimm esperaba poder reproducir en letra impresa algunos romances desconocidos oídos en la España de principios del siglo XIX por un curioso via­jero. Pero, cuando esas «reliquias» de un género, que se consideraba la quintaesen­cia del espíritu de la Edad Media, empezaron efectivamente a ser recuperadas del pueblo que las conservaba, los descubridores y divulgadores de los hallazgos se apresuraron a devolver a aquellos restos arqueológicos sus prístinas cualidades, malamente deterioradas, a su parecer, por culpa de los «bárbaros» poseedores de tan estimables joyas. Los «pastiches» románticos de Almeida Garrett, Estácio da Veiga o Azeνedο en Portugal, los de Estébanez Calderón, Durán o Amador de los Ríos en Andalucía y Asturias, los de Agulló en Cataluña reemplazaron sistemáticamente, en las publicaciones del Romancero, a las transcripciones «de campo» de los romances oídos de boca de las criadas, los campοneses, los gitanos, los paisanines y los pageses depositarios de la tradición. El afán restaurador llegó al extremo de poder construir «pastiches», sin apoyο de un texto tradiciοnal oído, inventando poemas según «debiera» haberlos cantado el pueblo (es el caso de algunos de los romances «recobrados» pοr Murguía en Galicia, por Bethencourt en Canarias, por Vigón en Asturias, por Estácio da Veiga en el Algarve, etc.). A finales del siglo XIX, la difusión del concepto de «folklore», de una parte (ejemplos: Antonio Machado y Álvarez, «Demófilo», en Andalucía, Sergio Hernández en Extremadura, Costa en Aragón), y de los métodos de la «filología» románica, de otra (ejemplos: Milà en Cataluña, Leite de Vascοncelos en Portugal, Münthe en Asturias, Danon en las comunidades judeo-españolas), fueron imponiendo en las ediciones una mayor fi­delidad a los textos oídos, si bien incluso algunο de los editores más respetuosos con la tradición conservada por el pueblo (como el propio Miià, inicialmente, o Juan Menéndez Pidal) siguieran creyendo necesaria una cierta «corrección» de los textos tomados de boca del pueblo. Pero, con todo, la aparición, junto al corpus consagrado del Romancero transmitido pοr vía escrita, de un nuevo corpus de tex­tos procedentes de las más varias regiones y países del mundo de habla portugue­sa, castellana, catalana o judeo-española, no pareció a los críticos de fines del siglo XIX razón suficiente para alterar su concepción del Romancero como literatura del pasado medieval. Basta, para verlo, la Antología de poetas líricos castellanos de Me­néndez Pelayo, en que las primeras colecciones de romances transmitidos por vía oral hasta el siglo XIX se editan como complemento de la Primavera de Wοlf.

      En los años 1900 a 1920 Ramón Menéndez Pidal y María Goyri reúnen (inicialmente como una empresa familiar; más tarde apoyados por la Junta para Am­pliaciόn de Estudios) una sensacional colección de textos romancísticos de la tra­dición oral moderna recogidos personalmente o a través de corresponsales y colaboradores. El conocimiento de esos miles de versiones modernas obliga a Menéndez Pídal a enfrentarse con los eruditos de archivo y defender la necesidad de una consideración integral del Romancero, en que el testimonio de las versiones modernas se sume al de los textos impresos en los siglos XVI y XVII y al de los tex­tos, noticias y citas conservados en manuscritos antiguos (de los siglos XV a XVII); por otra parte, la tradición oral moderna, tan rica en variantes, le sirve de apoyo para entender y explicar el funcionamiento de la tradición antigua en sus aspectos creativos. Sin embargo, su formación e intereses científicos como filólogo romanista y medievalista le impiden, en cierto modo, llevar a sus últimas consecuencias su noción de la «tradicionalidad» de los textos transmitidos de memoria en memoria, ya que, de una forma u otra, sigue siempre considerando la tradición moderna como un testigo más de lo que fue el Romancero, como una prueba viva de la forma en que se creaba la poesía en la edad aédica. De ahí que, pese a sus extraordina­rios conocimientos acerca del Romancero oral moderno y a la importancia que le concedió en sus estudios, no necesitara revisar en sus aspectos básicos el sistema valorativo y organizador de Wolf respecto al género.

      Tras unos decenios en que el interés por el Romancero llegó a sus cotas más bajas, asistimos hoy, no hay duda, a una verdadera «inflación» en cuanto al número de estudios publicados y de estudiosos que se interesan por el «género». Pero, a la vez, esta nueva etapa «post-pidalina» de estudios sobre el Romancero se caracte­riza por la vuelta a un estado de gran confusión, nunca visto desde los tiempos de Wolf. Las causas no son las mismas que a comienzos del siglo XIX; pero de nuevo reina una peligrosa vaguedad en la definición y en los límites del género estudiado bajo el membrete de «Romancero» y un notorio caos en la identificación y clasifi­cación de los materiales que se nos proponen como parte del corpus en que ha de basarse este estudio.

      El origen en la crisis definitoria del género está bien claro. Es el conocimiento amplio, amplísimo, de textos procedentes de la tradición oral moderna y la total ruptura de los criterios (o prejuicios, si se quiere) «literarios» que gobernaron la recolección del Romancero, no sólo en los tiempos «románticos», sino también en los «positivistas» o «filológicos». Los «documentos» de origen oral reunidos por los últimos exploradores de la tradición han acabado con la primacía, hasta hace poco indiscutible, de las impresiones del siglo XVI para definir el «Romancero» y el lugar que ocupa entre las manifestaciones de la cultura de los pueblos neo-románi­cos, cis- y tras-marinos.

      La importancia, cuantitativa y cualitativa, de los textos memorizados por sucesivas generaciones de transmisores de romances que han podido recogerse en los siglos XIX y XX ha convertido al «Romancero tradicional moderno» en un campo de estudio tan rico en cuestiones cοmο el «Romancero impreso de los siglos XVI y XVII». Los millares de versiones extraídas de la tradición oral moderna no son leídas ya solamente como reliquias de una literatura tardo-medieval o renacentista-conservadora preservadas en el congelador de las culturas rurales hispánicas o en los ghettos judeo-españoles, sino también como productos culturales actuales. El «Romancero tradicional moderno» no interesa sólo por la información que proporciona o pueda de él extraerse para entender mejor el Romancero de los siglos ΧV o XVI, sino en sí mismo, como realidad autónoma.

      En este sentido, el más amplio y exacto conocimiento de la tradición oral moderna, tan deseado por Menéndez Pidal, en lugar de favorecer la consideración integral del género tal como él la propugnaba o como la propugnan sus más fieles con­tinuadores Armistead y Silverman, ha contribuído, en cierto modo, a abrir una brecha entre los testimonios modernos y antiguos de los poemas tradicionales. Las grabaciones o transcripciones de los actos de recitación o canto de un romance por un sujeto portador de tradición y los textos literarios publicados por las prensas del siglo XVI son demasiado incomparables para presentar a base de ellos la «diacronía» del Romancero. De modo similar a los editores no folkloristas y no filólo­gos, que en el siglo XIX comenzaron a «salvar» los romances de la tradición oral popular, los antiguos glosadores de romances y los músicos de los siglos XV y XVI, cuyas versiones nos conservan los cancioneros y pliegos sueltos, y, tras ellos, los im­presores de cancioneros, silvas y rosas de romances, como Nucio, Nájera o Timo­neda, utilizaron la tradición oral del siglo XV y del siglo XVI para incorporarla, por razones artísticas y comerciales, a los modos de producción cultural entonces do­minantes. Frente a esos poemas manipulados por editores que los entendían y apreciaban desde fuera de la cultura tradicional, las versiones «documentadas» modernamente por filólogos, folkloristas y etnógrafos son transcripciones fieles de las manifestaciones efímeras y parciales de una obra literaria tradicional; pero, en cambio, no son propiamente poemas, pues el poema de que son manifestación sólo existe en la memoria colectiva y sólo es recuperable mediante el conocimiento de una pluralidad de los actos orales en que se hace perceptible. Los datos extraídos de los textos «publicados» en el siglo XVI y los que proporciona la investiga­cίόη moderna pueden ayudarnos a obtener una visión histórica de un romance; pero los textos no son cualitativamente homogéneos y, por lo tanto, realmente comparables.La autonomía de los textos modernos como objeto de estudio resulta también manifiesta por el hecho de que las categorías literarias establecidas para poner orden en el Romancero antiguo no sean válidas para los romances recogidos en los siglos XIX y XX. Romances impresos en el siglo XVI que debemos adscribir a corrientes lite­rarias diversas, reaparecen hoy en la tradición igualados en un mismo lenguaje poéti­co. Categorías tan imprescindibles en una consideración literaria de los textos anti­guos como las de «romance viejo», «romance juglaresco», «romance trovadoresco», «romance erudito», carecen de vigencia en la tradición oral moderna.

     Como muestra de ello voy a citar, intencionalmente desordenadas, algunas escenas de romances de la tradición oral con antecesores impresos en el siglo XVI de carácter muy diverso. Proceden: a) de un poema de inspiración épica (El moro que reta a Valencia y al Cid) y de una balada pan-románica (El caballero burlado), tanto uno como otra ejemplos de romances que, a comienzos del siglo XVI, eran ya consi­derados «viejos»; b) de un par de romances de tema francés (Gaiferos y Melisendra, El conde Claros preso), que, en sus impresiones del siglo XVI, pertene­cίan al romancero «juglaresco» más típico; c) de un romance noticiero (Muerte del Duque de Gandía) y de otro fronterizo (Don Manuel y el moro Muza), que, en sus antecesores impresos en el siglo XVI, tenían carácter muy distinto, ya que el primero mantenía un tono muy juglaresco y el segundo se narraba con clara andadura de romance «tradicional»; d) de un romance originalmente trovadoresco, cuyo autor, Juan del Encina, es bien conocidο (El Enamorado y la Muerte), y e) de dos romances, uno de ambientación histórica (El conde don Pero Vélez) y otro de tema bíbli­co (Εl sacrificio de Abraham o de Isaac), que, en impresiones del siglo XVI, respon­dían a la estética del romancero cronístico o «erudito». Cada escena citada 1 va contrastada, en notas al pie, con la correspondiente en el Siglo de Oro.

                                              a) 2
Esta noche soñé un sueño      muy contrario al alma mía,
soñé que tenía en mis brazos      a prenda que más quería,
era la Muerte que estaba      haciéndome compañía.
—¿Qué haces ahí, la Muerte,      a deshora en casa mía?
— Por ti vengo, enamorado,      que Dios del cielo me invía.
— Por Dios te pido, la Muerte,       por Dios y Santa María,
que me dejes otra noche,       que me dejes otro día,
que me quiero confesare,       enmendarme de esta vida.
—Aún no era bien de noche       y el mozo a rondar iba:
Ábreme la puerta, blanca,       -ábreme la puerta, niña,
que si hoy no me la abres,       ya no la abras en la vida!
— ¡Cómo quieres que te la abra,       si yo abrirla no podía:
mi padre se está acostando,      mi madre que no dormía,
mis hermanitos pequeños      mirando a ver lo que hacía!
Anda, vete a la ventana       donde planchaba y cosía,
echaréte un gordón de oro      para que subas arriba;
donde mi gordón no alcance,      mi cabello te echaría.

                                          b) 3
Amores tiene el don Carlos,       no le dejan descansar;
tan pronto pone a vestirse,       como se pone a calzar,
tan pronto coge el caballo,      como le vuelve a dejar.
Al pasar por el palacio,       ya le salen a mirar.
— ¡Qué buen cuerpo tienes,      Carlos, para con moros pelear!
— Mejor lo tengo, señora,       para con usted casar.
— Me abultas algo ligero      y te ibas a alabar.
— Yo no me alabο, señora,      nunca me supe alabar.
Con estas palabras y otras,      se arrimaron a un rosal,
don Carlos tendió la capa,       la niña tendió el berdal.

                                            c) 4
Advierte don Pedro Bello      que en palacio lo han hallado
los calzos a las rodillas       y el librón desabrochado,
y a la dama la han hallado       sentada sobre un estrado,
correa de oro por el suelo       y el cabello enmarañado.
— ¡O casas con ella, conde,       o has de morir ahorcado!

                                           d) 5
Deprisa pide el vestido,       deprisa pide el calzado;
si deprisa lo pedía,       más deprisa se lo han dado.
Entró en la caballeriza,     sacó un potro mal domado;
con una mano le ensilla,      con otra frenos le ha echado,
con los dientes de su boca      la cincha le ha ido apretando.
Todas damas y doncellas      salían allí a mirarlo;
también salió allí la suya,      con un pañuelo en la mano:
— Toma este paño, Manuel,      don Manuel, toma este paño.
— Guárdale tú, nιña mía,     guárdale tú pa otro amado,
que yo me iré ala guerra,      no sé si seré tornado.

                                            e) 6
El Cid, que no está muy lejos       y estas palabra’ escuchaba,
se ha hincado de rodillas      y su cara al cielo alzaba:
— ¡Νο lo permita mi Dios     que este perro haga esta infamia!
Hija mίa, Blancaflor,      espejo de la mañana,
quítate ropa de seda      y ponte ropita’e Pascua
y a aquel moro, que allí viene,      por medio de la calzada,
hija mía Blancaflor      me lo entretiene’ en palabras,
mientra’ echo un pienso a Marrueca     y un filo doy a mi lanza
que te barrunda en amores,      en amores te barrundaba.
— ¡Cómo quiés que lo entretenga,      si de amores no sé nada!
—Si te trata de «mi vida»,      contéstale de «tu alma»;
si te echa mano a los pechos,      tú le echas mano a la barba.

                                             f) 7
— Otros tantos, la señora,     que por ti no corto barba;
tírate de ese balcón,      de esa ventana más alta,
que yo te recogería      en alas de la mi capa.
Estando en estas razones,     sacó una rica manzana;
la manzana era de oro      y el pinzón de fina plata.
— De esas manzanas, el moro,     mi padre tenía un arca.
Vete con Dios, el morito,      no digas que te soy falsa,
que en las cuadras del mi padre     un caballo se ensillaba,
no sé si es para ir a moros,      no sé si es para ir de caza.
— No tengo miedo a tu padre,     ni a todos los de la cuadra,
si no es a un potrezuelo,      hijo de esta yegua baya,
que a mi me lo habían hurtado      en las sendas de Granada.
— Ese caballο, el morito,      mi padre le da cebada,
cada vez que le echa pienso,      le comía medía carga.
Estando en estas razones      el su padre que asomaba.
Donde pon la yegua el pie,      pon el caballo la pata.

                                            g) 8
— Poco a poco, caballero,      no sé si comprendería:
maldición me echó mi madre,      de pequeñita, muy niña,
que el hombre con quien hablase     malato se volvería,
la hierba donde pisase      al punto se secaría,
caballo donde montase     al punto reventaría.
—Apéese, la señora,      que el caballo tiene estima.
Se ha apeado la señora      y ha terciado la mantilla;
si mucho corría el caballo,      tanto o más corría la niña.
Al entrar en la ciudad,      la niña se sonreía.
—[¿De qué se ríe, la señora,]      de qué se ríe, la niñα?
—Me rίο que a un caballero      le ha engañado una niña.
—Vuelvan los mis pies atrás,      mí espada queda perdida.

                                          h) 9
Y al llegar a Sansueña      los moros en misa están,
Ábreme la puerta, moro,      que vengo de alta mar,
tanto oro y plata traigo,      cuenta no te puedo dar.
El moro, por la codicia,      las abrió de par en par.
Al tenerlas abiertas,      ya las quería cerrar:
— ¡Fuera, fuera, cristianillo,      que aquí no debías de entrar,
que en el modo ’e caminar      me pa’eces a don Roldán!
—¿Dónde están las damas,      moro, que el perro solía holgar?
—Toditas aquí están, señor,            ............................,
al no ser Melisendra,      que la van a encοronar
reina de siete reinos      por la noche de San Juan.
— Acompáñame, buen moro,      donde Melisendra está.
—¿De qué tierra, el caballero,     de qué tierra y qué lugar?
— Soy de Francia, la señora,      soy de Francia natural.
— Εntoés usted que es de Francia       ............................
conocerá a Gaiférez      y también a don Roldán.
— Sí, yo conozco a Gaiférez      y también a don Roldán.
— ¿(Usted) me quié llevar una carta     pa mi primo don Roldán?
— Escríbala, señora, escríbala,      que usted la irá a llevar.

                                       i) 10
Ábreme, el portalero,      vos diré lo que yo vía:
Yo estando un hombre probe,     fui a pescar mi probería,
vide venir tres a caballo      haciendo gran polvorina;
un bulto llevaban n’el hombro     que de negro parecía,
el bulto cayó al río,      el río se estremecía.
Acogí la red al barco      y a la mi casa me ía,
topé ventanas cerradas      y puertas que no se abrían.

                                         j) 11
Ha cogido los cuchillos       y a afilarlos ha marchado,
a la orillita de un río,     a la orillita de un lago;
después que los afiló,      a su querido ha llamado:
— Ven acá tú, hijo mío,      ven acá tú, hijo amado,
vamos allá a aquel monte,      a aquel monte tan despoblado.
Cuando iban el monte arriba,      el niño se iba cansando.

       Basta, creo, la lectura de estos pasajes varios para comprobar la completa unidad estilística alcanzada por el «Romancero tradicional moderno», cualquiera que sea la procedencia de su material literario.
A veces, incluso romances de origen letrado mucho más tardío llegan a adquirir el mismo lenguaje poético al entrar en la tradición.

      Por ejemplo, cuando cantores modernos describen la llegada de un mensajero portador de malas noticias diciendo 12

Estábase y Juan Αndalico      en una fresca mañana,
tomando del viento fresco,       mirando correr el agua,
vido a morito y a mora       tañer y bailar la alamba,
vido a morito a caballo       armando grande guitarra,
feridas trae de muerte,       que de vida no son dadas;
fuese al mirador derecho       donde el rey Chiquito estaba.
El buen rey leyó el billete,      de sospiros no cesaba:
—¿Ande estás, alhaja mía,       ande estás, mi linda alhaja?
¿si estás muerta o estás viva       o te tengo cautivada?
Si te cativaron moros,      te me llevarán la fama;
si te cativaron cristianos,       te me volverán cristiana;
si te cativaron judíos,       te me tendrán por esclava.
El que me la traiga viva       muchas doblas yo le daba,
le regaré sus caminos      de aljófar y de esmeralda...,

apenas podemos detectar en los versos de que se compone la escena restos del lenguaje poético que caracterizaba al romance «nuevo», publicado en 1581 por Lucas Rodríguez, de donde procede, a pesar de la notoria fidelidad con que el texto tradícional resume el escenario y el imprevisto suceso:

Con los francos Vencerrajes      el rey Chico de Granada
estando en Generalife      una muy fresca mañana
gozando del fresco viento       y viendo correr el agua,
mirando está sus frutales,      sus verdes hojas y plantas,
oyendo a los ruiseñores       su música concertada,
viendo a los moros y moras      tañer y bailar la zambra;
los moros enamorados       a sus moras dan guirnaldas,
y quando aquestos plazeres      a todos más gustos davan,
por una verde espessura       de arboledas, bien plantadas,
vido un moro de a cavallo      haziendo gran algazara,
con vestido turquesado       y almalafa plateada,
el alfange trae desnudo,       la barva toda messada,
con el tocado deshecho       y sin lança y sin adarga;
suspirando viene el moro      que se le arrancava el alma,
heridas traje de muerte      y la cara ensangrentada...

      La creatividad tradicionalizadora se manifiesta tanto en lo que se omite, como en lo retenido, como en lo que se añade. A este respecto, baste comparar la lamentación del rey en el texto tradicional, arriba citada, con la primigenia:

   — No lo he por Antequera,      aunque aya sidο ganada;
pésame que me han robado      divinas joyas del alma.
¡Vindaraja, amiga mía,       o mi linda Vindaraja!
¿si estás muerta o si estás viva       o si estás aprisionada?
y si estás entre christianos,       no te me buelvas christiana,
que este captívo que tienes       trocara por ti el Alhambra.

      No menos notable es la adaptación, que a veces se produce, de romances vulgares «de sucesos» al arte dramático propio del «Romancero tradicional». Sirva de ejemplo la transformación sufrida por la escena del fratricidio e incesto de doña Ángela de Padilla publicada en la Flor de varios romances nuevos del bachiller Pedrο de Moncayo, 1591,

Dándole muy dulces besos      con ansias muy encendidas,
despierta su amor don Diego,       que en dulce sueño dormía.
Pensó que era su muger,      otorgó lo que pedía.
Desque ya apagó sus llamas      y endemoniada porfía,
muy agena de sí misma      de la cama se salía.
Desque despertó don Diego      y no halló a doña Argentina,
búscala por el palacio       muy ageno de alegría
y hallóla que estava muerta      cubierta en una cortina.
Y a las voces de don Diego      entrado avía la justicia...

en la tradición moderna 13:

Dándole besos y abrazos      don Diego recordaría;
pensando que era su esposa,      cumplióla lo que quería.
Doña Anjivar se levanta       dos horas antes del día;
a eso de la media noche      el conde recordaría,
halló su cama enramada      de rosas y clavellinas.
— iAcudid, mis caballeros,      con una vela encendida,
después de siete años casados      donzella la hallaría!
Fuese a buscar y hallóla      tendida tras la cortina.
A los gritos que da el conde       la justicia acudiría...

o la recreación, a base de motivos y expresiones propios del lenguaje narrativo tradicional, de la escena en que el marido celoso regresa a su casa de improviso en Los presagios del labrador. El relato publicado en el siglo XVII contaba simplemente:

...y el corazón le decía:      «Vete a tu casa y no duermas».
Tomó el camino en la mano      y hacia su casa se fuera.
Halló la puerta cerrada      un agujero y entra.
Halló un candil encendido      que toda la casa enseña.
Enderezó hacia su cama      y vido que estaba en ella
un hombre largo y tendido,       duerme y ronca a pierna suelta..;

la tradición moderna, de la que escojo una versión a voleo 14, la vivifica de acuerdo con su estética:

«... el corazón le decía:      —Vete a tu casa y no vuelvas,
que tienes una mujer       que te hace dοs mil ofensas.
— ¿Cómo podía ser eso,       siendo mi mujer tan buena?
— Deja el caballo que corr      e, coge la mula que vuela,
ves dejando los caminos,       ves cogiendo las veredas.
Al entrar en la ciudad,       su casa está la primera;
todo lo halla cerrado,       lo que no se usaba en ella.
Con un puñal que traía       hizo un bujero en la puerta.
Primero mete los pies      por salvarse la cabeza,
y la mula, que no cupo,       atada a la reja queda,
como mula de doztor       que siempre queda a la puerta.
Se ha ido para la cocina,       por ver quién estaba en ella.
El gatito y la gatita       lamiéndose la cazuela.
Se marchó para la sala,       por ver quién estaba en ella.
Ha visto una bugía       luciendo sobre una mesa.
—¿Qué muertos hay en mi casa       que los alumbran con cera?
Se ha ido para la cama,      por ver quién estaba en ella.
El galán y la galana       durmiendo a pierna suelta... .

      Otro importante factor que contribuye a distanciar al «Romancero tradicional moderno» respecto al definido por las impresiones del siglo XVI es su mayor diversidad métrica. Los editores antiguos de romances sólo aceptaron el metro 8 + 8 en series monorrimas y, como excepción, los romancíllos en 6 + 6. La tradición oral no ha sido tan excluyente. Son bastante numerosos (sobre todo en la rama sefardí) los romances que utilizan estructuras más complejas, como el paralelismo estrófico que ilustra el ejemplo siguiente 15:

De condes y duques       que a ella la pedían
la ganó Mainés       a malas feridas.
De condes y duques       que a ella demandaban
la ganό Mainés      a malas lanzadas.
— Abréisme, mi madre,       puertas de palacio,
que nuera vos traigo       y yo mal quebrado.
Abréisme, mi madre,       mi madre garrida,
que nuera vos traigo       y yo malas feridas...,

paralelismo que puede simplificarse quedando como único resto de él una estructura con tendencia a los pareados. También se dan casos en que un mismo tema se canta en varias formas métricas: 6 + 6 y 8 + 8 (caso muy frecuente), o 6 + 6, 7 + 7 y 8 + 8 (ροr ejemplo, Santa Iria) o 8 + 5 y 8 + 8 (El marinero raptor), etc. Tales vacilaciones son prueba manifiesta de que el metro «romance» no puede ser considerado como condición sine qua nοn para que un texto tradicional forme parte del género. A la vez que por perduración de estructuras métricas antiguas, el Romancero oral moderno es más variado que el impreso en el siglo XVI debido a tendencias innovadoras. La aparición de pareados, más o menos continuados, en series originalmente monorrimas es fenómeno bastante común, sobre todo en Portugal, donde afecta a toda clase de romances, según ejemplifica el siguiente remate en Muerte del príncipe don Juan:

No dia de meu interro      veste-te de grande gala,
para que a gente te não chame      viúva sem ser casada;
se estiveres na janela      e o meu corpo ali passar,
retira-te lá para trás      que te não ouçam chorar 16

o en América, este comienzo del Bernal Francés:

— Abridme la puerta, Elena,     sin ninguna desconfianza,
que soy Fernando el Francés,     que ahorita llego de Francia.
— ¿Quién es ese caballero     que mis puertas mandó abrir?
Mis puertas se hallan cerradas;     muchacho, enciende el candil.
Al abrir la media puerta      se nos apaga el candil.
Se tomaron de la mano      y se fueron al jardín,
—¿Qué tenés, hombre, Benito,     que vienes tan enojado?
¿qué te andas creyendo tú      de chismes que te han contado? 17

      La conveniencia, si no necesidad, de estudiar de forma autónoma, en la sincronía de los siglos XIX y XX, el «Romancero tradicional moderno» y no ver en él, simplemente, una sobrevivencia anacrónica de una poesía perteneciente a otros  tiempos, ha dado lugar a que el «Romancero» reciba hoy creciente atención por parte de fοlkloristas, etnógrafos y sociólogos interesados en la cultura oral. La presión de sus puntos de vista ha afectado muy directamente a la investigación «de campo», introduciendo en las modernas colecciones regionales de romances una creciente indefinición de los límites del género. Dado que ni criterios de «origen», ni criterios «métricos» o formales son suficientes para delimitar el Romancero oral moderno, los investigadores de las culturas tradicionales tienden cada vez más a rechazar todo criterio excluyente que no esté refrendado por la opinión de los propios transmisores de tradición. Guiados por principios exclusivamente etnográficos, consideran que son indistinguibles entre sí los productos de la tradición oral y valoran como partes inseparables de la cultura local todos y cada uno de los textos que los miembros de una comunidad retienen en sus memorias. De ahí que, aceptada esa perspectiva, tan representativo de la tradición oral sea para ellos un texto aprendido de un ciego cantor, de una hoja volandera, de una publicación escolar de tiempos de la República, de un libro de texto de E.G.B., o un texto implantado por la labor cultural de Misiones Pedagógicas o por la actividad renacionalizadora de la Falange Femenina, como un texto procedente de la multisecular tradición cultural de la comarca. Y no hay manera de clasificar los materiales recogidos de la boca del pueblo sino por el contexto que justifica su canto o recitación.

      Ante tan absoluta indiscriminación genérica, no es de extrañar que los estudiosos de la literatura prefieran el fácil expediente de considerar todos esos materiales «folklóricos» como algo ajeno a sus intereses y se refugien de nuevo más y más en el estudio del Romancero impreso del siglo XVI como única documentación digna de un estudio literario.

      Creo, sin embargo, que el estudio autónomo del «Romancero tradicional moderno» no supone que tengamos que adoptar como punto de vista dominante el de los folkloristas, etnólogos o antropólogos. El «Romancero tradicional moderno» es parte irrenunciable de la literatura española, portuguesa, gallega y catalana, y sus textos, sus poemas, deben constituir el centro de interés de nuestras investigaciones, no el acto de realización pública de los mismos, ni el contexto sociológico que permite su vigencia, que justifica su actualidad. Los romances que nos conserva la tradición moderna son productos literarios que pueden y deben ser extraídos del conjunto de las tradiciones poéticas (y no poéticas) de las comunidades que los usan y estudiados independientemente como creaciones inscritas en un determinado género literario, cuya poética merece un examen detenido. Su singularidad respecto a la literatura no tradicional no consiste en no ser literarios, en carecer de artificio, sino en el hecho de que su carácter de textos memorizados los hace abiertos en sus significantes y no simplemente abiertos en sus significados como son los poemas de cuya conservación en el tiempo se encarga la escritura. Frente a los productos literarios almacenados en bibliotecas, los productos literarios almacenados en la memoria colectiva se actualizan continuadamente para seguir siendo aceptables por las nuevas generaciones de auditores.

      Hemos de reconocer que el estudio autónomo del «Romancero tradicional moderno», que propugnamos, tiene entre sus peores enemigos a los propios investigadores de la tradición oral. No sólo debido a los intereses extraliterarios de los folkloristas y antropólogos, sino también a causa de los principios y métodos que han gobernado la recolección como herencia de la visión pancrónica (cuando no arqueológica) del Romancero propia de los filólogos, pese a que éstos hayan (o hayamos) sido los investigadores más interesados en recobrar el Romancero para el campo de la literatura.

      En efecto, la tradición filológica ha impuesto a los romanceristas «de campo» el criterio (sin duda acertado desde su especial punto de vista) de que todo fragmento, toda información es importante. Pero este criterio ha contribuido a que, en las encuestas, se intente extraer migajas de información textual a sujetos «informantes» que no son y nunca han sido (incluso a ojos de ellos mismos) portadores ni transmisores del acervo romancístico de la comunidad; y, lo que es peor, ha inducido a los editores de corpora tradicionales a incluir en sus publicaciones esos fragmentos como «reliquias» de tradición, falseando gravísimamente la realidad del proceso de transmisión de los romances, al mismo tiempo que la imagen de lo que es y no es una manifestación oral de un poema. A nadie en una comunidad que no sepa un romance «completo» se le ocurrirá cantarlo o contarlo, ni en público ni en privado, salvo presionado en una situación de encuesta por «investigadores» foráneos.

      Más importante aún que la distinción entre qué es y qué no es una versión o manifestación de un romance, resulta, sin duda, para el estudio del género, la decisión de qué es y qué no es un romance, y la de si es preciso establecer subgéneros dentro del género.

      La necesidad de plantear el problema de los límites del «Romancero tradicional moderno» me parece ineludible, si queremos salvar sus producciones para la Literatura.

      En vista de ello voy a sugerir algunos principios que me parecen pertinentes para la identificación de los géneros literarios contiguos, con quienes el nuestro no debe confundirse. Los criterios que propongo para acotar el género «Romancero tradicional moderno» son de carácter diverso:

      a. Criterio de «tradicionalidad».

      Es, sin duda, el más importante. El mero hecho de que un texto, incluso en metro de romance, se divulgue «de boca en boca» entre sujetos pertenecientes a comunidades, rurales o urbanas, portadoras de cultura «tradicional» no supone que ese texto se haya «tradicionalizado». Sólo debemos considerar «tradicionales» aquellos textos que, al ser memorizados por sucesivas generaciones de transmisores de cultura «tradicional» se han ido adecuando al lenguaje y a la poética (o retórica, si se prefiere) de la poesía tradicional, modificando, mediante variantes, el léxico y la sintaxis, la métrica, el lenguaje figurativo, la estructura narrativa y la ideología del poema heredado. Aunque el poema nos sea dicho (o incluso cantado) por un informante analfabeto, si su texto procede de un libro, de un pliego de cordel, de una hoja volandera o de una emisión radiofónica y no está alterado creativamente por el juego de las variantes, no es un romance «tradicional», por más que se halle acortado, en virtud de olvidos de la memoria, o deformado, por incomprensión de su léxico o sintaxis de origen culto o «semiculto».

     En las memorias privilegiadas de los portadores de tradición conviven frecuentemente, junto a los romances patrimoniales, poemas de procedencia «letrada», que nuestros informantes han adquirido por haberlos oído leer o recitar (o incluso cantar); pero el hecho de que hayan sido recibidos por vía auditiva no supone que esos textos participen de las propiedades de la poesía «oral». Tanto da que tengan su origen en la literatura «plebeya»:

En el valle de la Almena        se celebra una función
en una ermita que llaman     de La Esperanza de Dios.
El día quince de Abril,      con muy grande devoción,
el señor Fernando Sánchez      con la esposa de su amor,
llevando a su hija Gertrudis     y a su hijo Ramón,
la niña tiene tres años     y es más bonita que un sol.
Cuando salieron de misa,      después de la procesión,
Ramón, como mayorcito,      de la niña se encargó.
y a las cuatro de la tarde,      sin saber por qué ocasión,
empezó a correrla gente,     huyendo sin detención 18

o en la, más antígua, de los «pliegos de cordel»:

En una encumbra de flores      cercada de hermosas plantas
a donde las avecillas      tienen sus pintadas alas
con su mosecu y alegran     y al Rey del Cielo dan gracias,
estando un día sentado     cansado de andar de caza
arrimado a un duro tronco     cavilando cosas varias,
estuve atento escuchando      por ver sí es persona humana
y atento que así decía      estas siguientes palabras:
— Adiós, alevoso amante,      que aquí me dejas sin causa ...19

o incluso en los pliegos sueltos del siglo XVI, ininterrumpidamente impresos hasta principios de este siglo:

Retirada está la infanta      bien así como solía
viviendo muy descontenta      de la vida que tenía
viendo que se le pasaba       toda la flor de su vida
y que el rey no la casaba     ní tal cuidado tenía,
entre si estaba pensando      a quien se descubriría
y acordó llamar al rey,      como siempre hacer solía ...20

      Su alienidad respecto al género «Romancero tradicional moderno» se basa en que el texto permanece fiel al recibido del modelo memorizado, sin que la intertextualidad interfiera de forma creativa en el proceso de adquisición del texto.

      La importancia de este criterio de exclusión estriba en que los romances de «pliego de cordel», «de ciego», «de sucesos» han llegado a veces, como ya apuntábamos más arriba, a transmitirse de memoria en memoria y, de resultas de ello, a estar sujetos a los procesos de reelaboración propios de la poesía oral. Las versiones que se han generado mediante esos procesos, aunque todavía retengan modos de expresión heredados de su origen letrado (en convivencia con los modos de expresión adaptados al lenguaje del Romancero tradicional), pueden considerarse ya parte de nuestro género, o al menos parte de un sub-género de nuestro género. Pero la tradicionalización de algunos de los romances «de ciego», de «sucesos», no supone que haya que dar entrada en el «Romancero tradicional moderno» a todo pliego de cordel recordado oralmente por un sujeto rural.

      b. Criterio de modalidad del relato.

      Los relatos no tradicionalizados de ciego, que utilizan como forma métrica bien el romance, bien la copla, son, a la vez, un buen ejemplo de cómo no basta el carácter narrativo de un relato para que un texto ofrezca similitudes con el «Romancero tradicional». Mientras los romances tradicionales muestran o presentan la acción dramáticamente, como ocurriendo nuevamente ante la vista del auditorio, los romances de ciego refieren los hechos informando de lo pasado mediante puras relaciones. Sirvan de contraste estos dos pasajes que a continuación cito en que se relata un proceso de enamoramiento.
     
      En un romance tradicional (Galiarda y Florencios) 21.

Entran condes, salgan condes      a oír la misa de gallo;
entró el Conde de Verbena       con un niño por la mano.
Cada cual tomó su asiento      según eran sus estados;
el niño, por más pequeño,      tomó el asiento más bajo.
Galiarda, [que] allí estaba,       del niño se ha enamorado
y le ha hecho una señita       con el guante de su mano.
— ¿Qué me quieres, Galiarda?,       que aquí estoy a tu mandato.
— Que me lleves, niño conde,      a mi casa por la mano.

      Εn un romance de ciego 22:

En la casa de sus padres,       con el recato debido,
se crió, y apenas tuvo      los quince abriles cumplidos,
cuando amor tiró una flecha,      quedando herida del tiro
(que la mujer que es hermosa       trae la desgracia consigo,
pues bastó llamarse Rosa,       que pocas rosas he visto,
que no mueran deshojadas       a manos del precipicio).
La causa fue un caballero,       don Jacinto del Castillo,
tan galán como bizarro,       valiente como entendido.
Éste dio en galantearla      con fiestas y regocijos.
La dama le corresponde      con amorosos cariños,
que enamorada y rendida       estaba de don Jacinto,
y con palabra de esposa      a su amante satisfizo.
Todas las noches se hablan       por un balcón, que testigo
era de sus muchas penas,      y, como amantes tan finos,
descansa el uno con otro      repitiendo mil cariños ...

     La importancia para la delimitación genérica de la modalidad narrativa empleada me parece evidente.

      De ahí que el romance tradicional y el corrido mexicano no sean un mismo género, aunque uno y otro sean narraciones y estén sujetos a variación en el curso de su transmisión de memoria en memoria. Los corridos mexicanos, de forma similar a sus antecesores los corridos o romances «de sucesos», que tanta difusión alcanzaron en la Península en los siglos XVII y XVIII gracias a la venta de pliegos de cordel por los ciegos, utilizan modalidades de relato en que el poeta narra lo ocurrido sin hacerlo miméticamente presente ante el auditorio. La mayor expresividad del corrido mexicano depende, no de una exposición mostrativa, visualizadora de la acción en progreso, sino de una actitud ante los hechos, conductas y palabras recordados que los levanta a un plano modélico, considerándolos dignos de pasar ala historia y de ser imitados por su valor paradigmático 23 :

En mil novecientos veinte,      señores, tengan presente,
fusilaron en Chihuahua       a un general muy valiente.
De artillero comenzó      su carrera militar,
en poco tiempo llegó       a ser un gran general.
En la estación de La Mora       le tocó la mala suerte,
lo agarraron prisionero,      lo sentenciaron a muerte.
Ángeles mandó un escrito        al Congreso de la Unión:
— Si he de ser yo fusilado      me encuentro a disposición.
Angeles era muy hombre,      tenía un valor verdadero;
mejor deseaba la muerte      que encontrarse prisionero.
El reloj marca las horas,      se acerca la ejecución:
— Preparen muy bien sus armas       y apúntenme al corazón,
apúntenme al corazón,     no me demuestren tristeza
que a los hombres como yo      no se les da en la cabeza.
—Ya con esta me despido       en la sombra de un granado
así terminó la vida       de un general afamado.

      c. Criterio de funcionalidad.

      El romance tradicional es una historia narrada. Lo que en él se cuenta, por muy particular o muy atemporal que pueda ser, es siempre presentado como un fragmento de realidad y, en vista de ello, digno de ser considerado como «ejemplo de vida». La historia o escena que en el poema se revive goza de autonomía significativa y, salvo en los márgenes exteriores al relato (exordio, post scriptum), en que el narrador generaliza la enseñanza que de aquella historia particular puede extraerse, el suceso o sucesos que en ella se dramatizan mantienen su singularidad histórica, de forma que su interés permanente radica en la universalidad de lo individual.

       Por ello, si en una canción, la fábula no se desarrolla en forma de intriga verosímil o si queda reducida a un pretexto para el discurso emitido, que cumple otras funciones que las de contarnos una historia, el poema no es (o ha dejado de ser) parte del género «Romancero tradicional moderno».

       Así, por ejemplo, las canciones llamadas «despiques», tan comunes en la tradicíón portuguesa, no son romances, son remedos lúdicos de una costumbre (la batalla verbal entre hombres y mujeres que acompaña el proceso social del apareamiento) 24:

Entre silvas e silvinhas,       que promessas há-de haver;
menina que ’tais na fonte,      dai-me água, quero beber.
-Pelo copinho vidrado,      tocadinho do amor;
-por ditosa m’eu achara      dar ágυa a tal senhor.
-Aguas claras, corredias,      correm debaixo do chão;
-por ditoso m’eu chamara    em bebê-la da sua mão.
-Com licença dos senhοres     e da Senhora da Guia,
perguntai àquele mancebo     se νai para algũa romaria.
—A romaria que eu vou,     eu lo a digo na verdade,
vou é para passar tempo,      são coisas da mocidade.
— A cantiga está bem dita,      que vós, senhor, a dissestes;
o caminho está seguido,      tornai pοr onde viestes.
etc.

     Análoga alienidad a la función narrativa central del romancero tiene la simulación que, en el corro, hacen los niños y niñas de la ceremonia de Elección de novia, cantando en el juego:

De Francia vengo, señora,      de por hilo portugués,
en el camino me han dicho      «Qué lindas hijas tenéis.»
— Si las tengo o no las tengo,      para mí las guardaré,
con el pan que Dios me ha dado       me las puedo mantener.
-Yo me voy muy enojado      a los palacios del rey
-a contárselo a la reina,       a la reina Isabel.
Vuelva pa atrás, caballero,      no sea tan descortés
y de las hijas que tengo      escoja la más mujer.
— Ésta escojo por esposa,    ésta escojo por mujer,
que me ha parecido rosa    acabada de nacer.

       Las palabras de la canción son sólo un complemento de la acción «jugada» por los niños actores, acción que, considerada en conjunto, constituye un remedo de un acto genérico y no una representación dramática de un suceso particular al que se confiere un valor ejemplar para la vida. La liturgia del juego, incluidas sus palabras, son tradicionales: nos lo testimonian, diacrónicamente, varias obras dramáticas del siglo XVII y, sincrónicamente, las variantes con que el juego se documenta en territorios muy diversos del mundo hispano-hablante 25. Pero no por ello debemos considerar De Francia vengo, señora, o su paralelo portugués A Condessa de Aragão parte del «Romancero tradicional».

      Lo mismo puede decirse de otras canciones de niñas de origen lejano, como «A la verde verde, a la verde oliva», en que las referencias a la prisión de las «tres cautivas», a su encierro por la reina mora en una mazmorra, a sus oficios serviles, al encuentro de la menor con el buen viejo de su padre en la fuente fría y a la liberación de las tres niñas por el moro que las cautivó no constituyen sino el apoyo verbal de una pantomima y carecen de cualquier pretensión de ser los componentes de la narración de un hecho verosímil.

       La carencia, en determinados textos, de la función propiamente narrativa, que consideramos rasgo esencial de los romances, puede no ser en ellos primigenia. En determinados casos, el canto de romances tradicionales puede ritualizarse; si ello ocurre, el contexto folklórico en que se realiza el acto de emisión del texto (la «performance») se hace dominante respecto al contenido literario del mismo. Tenemos ejemplos varios en que un romance pasa a ser exclusivamente utilizado como «canto aguinaldero», como «mayo», como «canción de corro», como «endecha», como «ronda», como «canto de la desfloración», como «oración», etc. Aunque, inicialmente, esa función no necesite alterar el texto, es fácil que, a la larga, el romance llegue a adquirir propiedades estructurales que repugnan a su original función narrativa.

        He aquí cuatro ejemplos:

       a) de un romance (Muerte del Maestre de Santiago) convertido en canto aguinaldero 26:

Hoy es víspera de Reyes,    día muy asiñalado,
mañana su santo día,    la primer fiesta del año,
cuando damas y doncellas    al rey piden aguinaldo;
nosotras también venimos,    como ouvejas de este bando,
no pedimos campanillas    ni de oro ni de damasco,
que le pedimos dotrina    a nuestro pastor honrado,
si no es la doña Mariya    que se lo pidió dobrado,
que le pidió la cabeza    del maestro de Santiago...

       b) de un romance (La infantina) convertido en ronda 27:

La mañana de San Juan,    tres horas antes del día,
me salí yo a pasear    por una arbolera arriba.
En medio de la arbolera    un rico ciprés había,
el tronco tiene de oro,    la rama de plata fina,
y en la más altita rama    sentada estaba una niña,
mata de cabellos tiene     que todo el ciprés cubría,
con peine de oro en sus manos    que peinárselos quería.
Cada peinada que daba,     granitos de oro caía,
y entre peinada y peinada     la dama queda adormida.
Baja un reiseñor del cíelo     con un cantor que él tenía,
con las alas le dispierta,    con el pipo le decía:
—Una dama como vos     no debe ser adormida.
Con esto quédate adiós,    claro lucero del día,
con esto quédate adiós    y hasta que vuelva otro día.

     c) de un romance (Por aquel postigo viejo, a lo divino) hecho oración 28:

Por aquel postigo abierto    que nunca le vi cerrado
por allí pasó la Virgen    vestida de negro y blanco,
el vestido que llevaba    nunca se lo vi manchado,
se lo manchó Jesu Cristo    con la sangre del costado.
Caminemos, hijo mío,    caminemos al Calvario,
cuando nosotros lleguem   os ya le habrán crucificado;
ya le clavaron sus pies,    ya le clavaron sus manos,
ya le dieron la punzada    en su divino costado.
La sangre que derramó     cayó en un cáliz sagrado,
y aquel que la recogiese    será un bienaventurado:
en este mundo será rey    y en el otro coronado.

   d) de un romance (Gerineldo) transformado en canto de desfloración gitano 29:

—Gerineldo, Gerineldo,    Gerineldito pulido,
¡quién te tuviera una noche    tres horitas a mi servicio!
—Guarda lo que es bueno,     te acompañará,
que, si no lo guardas,    sola te verás.

      Si, al tratar del criterio de tradicionalidad o de modalidad narrativa, teníamos que tener presente la posibilidad de la conversión de un «no-romance tradicional» en «romance tradicional», en este otro caso se nos plantea la posibilidad de la transformación de un «romance tradicional» en un «no-romance tradicional».

       En fin
.

      Las anteriores consideraciones representan un intento de delimitar un género de la literatura espαñola que, a pesar de la abundante bibliografía con él relacionada, no ha sido valorado como tal y permanece aún excluido del campo de estudios literarios.

      Mi propósito en los trabajos reunidos en la presente publicación es, precisamente, acotarlo y rescatarlo para ese campo de estudios, haciéndolo objeto de atención autónomo, libre de las vinculaciones a intereses varios que han ocultado su ser.

Diego Catalán: "Arte poética del romancero oral. Los textos abiertos de creación colectiva"

OTAS

1.   Siguiendo el orden en que van citadas, los fragmentos tradicionales tienen las siguientes procedencias: «Esta noche», San Martín de Castañeda (Sanabria, Zamora): una mujer coja, col. D. Catalán, A. Galmés y W. Alonso, 1949 (cfr. D. Catalán, Por campos, pp. 39-40); «Amores», Cabornera (León), Anastasio Fernández, 80 a., col. D. Catalán, T. Catarella, F. Salazar y J. Yokoyama, 1977 (publ. en AIER, 1, pp. 291-292); «Advierte», Homicián (Punta del Hidalgo, Tenerife), Escolástica Suárez Suá­rez, 85 a., col. F. García Fajardo, 1933-34 (cfr. D. Catalán, Por campos, p. 173); «Deprisa pide», Uzna­yo (Polaciones, Cantabria), Mariuca, c. 80 a., col. D. Catalán y A. Galmés, 1948 (cfr. D. Catalán, .Siete siglos, pp. 106-107); «El Cid», Triana (Sevilla), Juan José Niño, gitano, y una gitana joven, col. M. Manrique de Lara, 1916 (cfr. D. Catalán, Siete siglos, pp. 167-169); «Otros tantos», Nuez (Zamo­ra), Rosa Fernández, col. D. Catalán y A. Galmés, 1948 (cfr. D. Catalán, Siete siglos, pp. 136-137); «Poco a poco», Aliseda de Tormes (Ávila), Bonifacia Aliseda Flor, 79 a., col. María Luisa Sánchez Robledo, 1944; «Y al llegar», Trascastro (León), David Ramón, 69 a., col. D. Catalán y J. A. Cid, 1977 (publ. en Romancero General de León. Antología 1899-1989, ed. D. Catalán y M. de la Campa, Ma­drid: Seminario Menéndez Pidal y Diputación Provincial de León, 1991; 2ª ed. Madrid: Fundación R. Menéndez Pidal y Diputación Provincial de León, 1995, pp. 82-84) (cfr. D. Catalán, en «El romancero de tradición oral en el último cuarto del siglo XX», El Romancero hoy: Nuevas fronteras, ed. A. Sánchez Romeralo et al., Madrid: SMP, 1979, pp. 249-253); «Ábreme», Rodas (Grecia), Estrella Bohor Tarica, 23 a., col. M. Manrique de Lara, 1911; «Ha cogido», Herreruela (Palencia), Encarna­ción Cenera, col. D. Catalán, 1951 (cfr. D. Catalán, Por campos, pp. 56-57).

2   Yo me estava reposando    durmiendo como solía,
    recordé, triste, llorando    con gran pena que sentίa.
    Levante me muy sin tiento    de la cama en que dormía
    cercado de pensamiento    que valer no me podía.
    Mi passion era tan fuerte     que de mí yo no sabía
    conmigo estava la muerte     por tener me compañίa.
    Lo que más me fatigava    no era porque murίa
    mas era por que dexaνa    de servir a quien servía.
    Servía yo a vna señora     que más que a mí la quería
    y ella fue la causadora    de mí mal sin mejoría.
    La media noche passada,    ya que era cerca del día
    salime de mi posada    por ver si descansaría;
    fuy para donde morava    aquella que más quería
    por quien yo, triste, penava,    mas ella no parecía.
    Andando todo turbado    con las ansias que tenía
    vi venir a mi Cuidado    dando bozes, y dezίa:
    — Si dormís, linda señora,    recordad, por cortesía,
    pues que fuestes causadora    de la desventura mía;
    remediad mi gran tristura,     satisfaced mí porfía
    porque, si falta ventura,    del todo me perdería.
    Y con mis ojos llorosos     vn triste llantο hazía,
    con suspiros congoxosos,    y nadie no parecía.
             Juan del Enzina, Cancionero, Salamanca, 1496.

3   Media noche era por filo,    los gallos querían cantar,
     conde Claros, con amores,    no podía reposar,
     dando muy grandes supiros    que el amor le hazía dar,
     que el amor de Claraniña    no le dexa sossegar.
     Qvando vino la mañana,    que quería alborear,
     salto diera de la cama,    que parece vn gavilán,
     bozes da pοr el palacio    y empeçara de llamar
     —¡Leuanta, mi camarero,    dame vestir y calçar!
     Presto estaua el camarero    para auerselo de dar:
     diérale calças de grana,    borzeguis de cordouán,
     diérale jubón de seda    aforrado en zarahán,
     diérale vn manto rico    que no se puede apreciar,
     trezientas piedras preciosas     al derredor del collar.
     Traele vn rico cauallo que    en la corte no ay su par,
     que la silla con el freno    bien valía vna ciudad,
     con trezientos cascaueles    al rededor del petral,
     los ciento eran de oro    e los ciento de metal,
     e los ciento son de plata    por los sones concordar.
     E vase para el palacio,    para el palacio real,
     a la infanta Claraniña    allí la fuera a hallar,
     trezientas damas con ella    que la van acompañar;
     tan linda va Claraniña    que a todos haze penar.
     Conde Claros, que la vido,    luego va descaualgar,
     las rodillas por el suelo    le començó de hablar:
     — Mantenga Dios a tu alteza.    —Conde Claros, bien vengáys.
     Las palabras que prosigue    eran para enamorar:
     — Conde Claros, conde Claros,    el señor de Montaluán,
     ¡cómo aueys hermoso cuerpo    para con moros lidiar!
     Respondiera el conde Claros,    tal respuesta le fue a dar:
     — Mi cuerpo tengo, señora,    para con damas holgar,
     — si yo’s tuuiesse esta noche,    señora, a mi mandar,
     otro dίa en la mañana    con cient moros pelear,
     si a todos no los venciesse    que me mandasse matar.
     — Calledes, conde, calledes,    e no os queráys alabar,
     el que quiere seruir damas    así lo suele hablar
     y al entrar en las batallas    bien se saben escusar.
     — Si no lo creéys, señora,    por las obras se verá.
     Siete años son passados    que os empecé de amar,
     que de noche yo no duermo    ni de día puedo holgar
     — Siempre os preciastes, conde,    de las damas os burlar,
     mas dexáme yr a los baños,    a los baños a bañar,
     quando yo sea bañada,    estoy a vuestro mandar.
     Respondiérale el buen conde,    tal respuesta le fue a dar:
     — Bien sabedes vos, señora,    que soy caçador real,
     caça que tengo en la mano    nunca la puedo dexar.
     Tomárala por la mano,    para vn vergel se van,
     a la sombra de vn aciprés    debaxo de vn rosal
     de la cintura arriba    tan dulces besos se dan,
     de la cintura abaxo    como hombre y muger se han.
              
Cancionero de romances, Anvers: Martín Nudo, sin año Ic. 1548].

4   Alterada está Castilla    por vn caso desastrado,
     que el conde don Pero Vélez    en palacio fue hallado
     con vna prima carnal    del rey Sancho el desseado
     las calças a la rodilla    y el jubón desabrochado,
     la Infanta estua en camisa,    echada sobre vn estrado,
     casi medio destocada,     con el rostro desmayado.
     De modo, que estava el Rey    suspenso y muy alterado;
     en fin, por darle castigo,     a muerte le ha condenado.
     Los Grandes piden que cesse     el juyzio acelerado.
     El caso pide castigo;    no lo permite el estado,
     porque era el conde en Castilla     gran señor y emparentado.
               Rosa gentil, Valencia: Joan de Tímoneda, 1573.

5    Apriessa pide las armas     y en un punto fue armado,
     por delante el corredor    va arremetiendo el cauallo;
     con la gran fuerça que puso    la sangre le ha rebentado.
     Gran lástima le han las damas    en velle que va tan flaco;
     rueganle todos que buelva,    mas el no quiere aceptarlo.
                 Pliego suelto gótico: Romance glosado por Padilla.

6    El buen Cid no está tan lexos     que todo bien lo escuchaua:
     — Venid vos acá, mi hija,    mi hija doña Urraca,
     dexad las ropas continas    y vestid ropas de Pascua,
     aquel moro hi de perro    detenémelo en palabras
     mientra yo ensillo a Bauieca    y me ciño la mi espada.
     La donzella, muy hermosa,    se paró a una ventana.
                Romance «el más viejo que oy» glosado por Francisco de Lora,
                pliego suelto gótico (Burgos: Juan de Junta)

7  Otros tantos ha, señora,    que os tengo dentro en mi alma.
    Ellos estando en aquesto,    el buen Cid que assomaua.
    — ¡Adios, adios, mi señora,    la mi linda enamorada,
    que del cauallo Bauieca    yo bien oygo la patada!
    Do la yegua pone el pie,     Bauieca pone la pata.
             Romance «el mas viejo que oy» glosado por Francisco de Lora,
             pliego suelto gótico [Burgos, Juan de Junta].

8  La niña, desque lo oyera,    díxole con osadía:
    —Tate, tate, cauallero,    no hagáys tal villanía,
    —hija soy de un malato    y de vna malatía,
    el hombre que a mi Ilegasse    malato se tomaría.
    El cauallero, con temor,    palabra no respondía.
    A la entrada de París,    la niña se sonrreya.
    —¿De qué vos reys, señora,    de que vos reys, mi vida?
    — Rίome del cauallero    y de su gran couardía,
    tener la niña en el campo y catarle cortesía.
    Cauallero, con vergüença,    estas palabras dezía:
    — Buelta, buelta, mi señora,    que vna cosa se me oluida.
              Cancionero de romances, Anvers: Martín Nucio, sίn año [c. 1548]

9      Dando estas bozes y otras     a Sansueña fue a llegar,
      viernes era aquel día     los moros hazen solenidad,
      el rey Almançor va a la mezquita    para la çala rezar,
      con todos sus caualleros    quantos el pudo lleuar.
      Quando allegó Gayferos    a Sansueña essa ciudad,
      miraua si vería alguno    a quien pudiesse demandar.
     Vido vn catiuo christiano    que andaua por los adarues;
     desque lo vido Gayferos,    empeçóle de hablar:
     — Dios te salue, el christiano,    y te torne en libertad,
     nueuas que pedir te quiero    no me las quieras negar,
     tú que andas con los moros    si les oyste hablar
     si ay aquí alguna christiana     que sea de alto linaje.
     El captiuo, que lo oyera,     empeçara de llorar:
     —Tantos tengo de mis duelos     que de otros no puedo curar,
     que todo el día los cauallos     del rey me hazen pensar
     y de noche en honda sima     me hazen aprisionar.
     Bien sé que ay muchas cativas     christianas de gran linaje,
     especialmente vna que     es de Francia natural,
     el rey Almançor la trata     como a su hija carnal,
     sé que muchos reyes moros     con ella quieren casar,
     por esso yd, cauallero,     por essa calle adelante
     ver las eys a las ventanas    del gran palacio reale.
     Derecho se va a la plaça,     a la plaça la más grande,
     allí estauan los palacios     donde el rey solía estar,
     alço los ojos en alto     por los palacios mirar,
     vido estar a Melisendra     en vna ventana grande
     con otras damas christianas     que están en captiuidad.
     Melisendra, que lo vido,     emρeçara de llorar,
     no porque lo conociesse    en el gesto ni en el traje,
     mas, en verlo con armas blancas,     recordóse de los doze pares,
     recordóse de los palacios     del emperador su padre,
     de justas, galas, torneos     que por ella solían armar.
     Con ’na bοz triste, llorosa,     le empeçara de llamar:
     — Por Dios os ruego, caballero,    que a mí vos queráys llegar,
     si soys christiano o moro    no me lo queráys negar,
     dar vos he vnas encomiendas,    bien pagadas vos serán,
     cauallero, si a Francia ydes,    por Gayferos preguntad,
     dezilde que la su esposa    se le embía a encomendar,
     que ya me parece tiempo    que la deuía sacar,
     si no me dexa con miedo    de con los moros pelear,
     deue tener otras amores    de mí no lo dexan recordar,
     los ausentes por los presentes    ligeros son de oluidar;
     aún le diréys, cauallero,    por darle mayor señal,
     que sus justas y torneos     bien las supimos acá.
     Y si estas encomiendas    no recibe con solaz,
     dar las eys a Oliveros,    dar las eys a don Roldán,
     dar las eys a mi señοr    el emperador mi padre.
     Diréys cómo esto en Sansueña,    en Sansueña essa ciudad,
     que, si presto no me sacan,    mora me quieren tornar,
     casar me han con el rey moro    que está allende la mar,
     de siete reyes de moros     reyna me hazen coronar,
     según los reyes que me traen,    mora me harán tornar,
     mas amores de Gayferos    nο los puedo yo olvidar.
     Gayferos, que esto oyera,    tal respuesta le fue a dar:
     — No lloréys vos, mi señora,    no queráys assí llorar,
     porque estas encomiendas,     vos mesma las podéys dar.
            Cancionero de romances, Anvers: Martín Nucio, sin año [c.1548]

 10  Por ay viniera vn barquero,     que venía ribera arriba,
      besó las manos al Paρa    e los pies con grande estima.
      Allí habló el Santo Padre,    bien oyréys lo que dezía:
      — En buena hora vengáys,    hombre, buena sea tu venida,
     ¿si me traes nueuas del Duque,     de mi hijo, el de Gandía?
     — Yo no traygo nueva cierta,     ni de cierto lo sabía,
     mas oy, estando esta noche,     señor, por ganar mi vida,
     oy un gran golρe en el río     que todo el río sumía
     quiçá, por el su pecado,     será el Duque de Gandía.
         Pliego suelto gótico del siglo XVI

11  Si se partiera Abraam,    patriarca muy honrrado,
     partiérase para el monte    donde Dios le hauía mandado
     sacrificar su propio hijo,    que Ysaac era llamado;
      toma el niño por la mano,    obediente a su mandado.
     Yua triste y pensatiuo    el buen viejo y lastimado,
      en pensar que ha de matar    al mismo que ha engendrado,
      y lo más que le lastima    es en verlo ya criado.
      Y con estos pensamientos    al pie del monte han llegado.
      Hizo el viejo vn haz de leña    y al niño se lo ha cargado;
      y subiendo por el monte    vua Ysaac muy fatigado.
               Segunda parte de la Silva de varios romances,

               Zaragoza: Estevan de Nagera, 1550

12  El rey Chico y la mora cautiva de Antequera. Versión de Tetuán, Majní Bensimbrá, 70 a. Col. Manuel Manrique de Lara, 1916.

13  Versión facticia representativa de la tradición judeo-española de Marruecos y Argel. Procedencia de los octosílabos: 1a,b Orán (hermanas Coriat), 2a,b-3a,b Tetuán (Simi Chocrón), 4a, b-5a, b-6a, b Tetuán (anón.), 7a Tánger (Messodi Azulai), 7b Tetuán (anón.), 8a,b Tánger (Estrella Bennaim), 9a Orán (hermanas Cοriat), 9b Tánger (anón.), 10a,b Orán (hermanas Coriat).

14  Las Navas del Marqués (Avila), Pascuala Pablo. Col. R. Menéndez Pidal, 9 de julio de 1905.

15  Tetuán (Marruecos), Majní Bensimbrá, 65 a. Col. M. Manrique de Lara, 1915.

16  Rebordãos (Bragança). Publicada en J. Leite de Vasconcellos, Romanceiro português, ed. L. F. Lindley Cintra, Manuel Viegas Guerreiro, et. al., Coimbra: Universidade, 1958, I, p. 20.

17  Coliblanco (Cartago, Costa Rica), Edgar Mora, 28 a. Col. M. S. de Cruz-Sáenz, 23 de agosto de 1973. Publicada en M. S. de Cruz-Sáenz, Romancero tradicional de Costa Rica, Newark, Del.: Juan de la Cuesta, 1986, pp. 14-15.

18  Agüimes (Gran Canaria), Conchita Armas. Col. Cristóbal Santana Rodríguez. Publicada en D. Catalán et al., La flor de la marañuela (1969), vol. II, pp. 247-248 (núm. 675).

19  Palleirós (Puebla de Trives, Ourense), Josefa HerveIla. Col. Alfonso Hervella.

20  La Madroñera (Cáceres), Asunción Gοnzalο, 40 a. Col. Bonifacio Gil, antes de 1930.

21  Aliseda (Cáceres) ,Valentina Zancada, 59 a. Col. Jesús Bal, 1931.

22  Don Jacιnto del Castillo y doña Leonor de la Rosa. Cfr. Bibl. Nacional, Madrid R-18956 y R-18957.

23  Fusilamiento del general Felipe Ángeles. Versión de Falcon Records FLP 4036 (1973), McAllen, Texas; arreglo de J. A. del Valle, interpretan Los Alegres de Terán. Véase E. Martínez López, «La va­riación en el corrido mexicano: Interlocuciones del narrador y los personajes», en El Romancero hoy: Poética, ed. D. Catalán et al., Madrid: Seminario Menéndez Pidal, 1979, pp. 65-120 (versión N, pp. 115-116).

24  Fajã dos Vimes (Ilha de S. Jorge, Açores), Maria Teresa Brites, 77 a. Col. Manuel da Costa Fontes, 2-VIII-1977. Publicada en M. da Costa Fontes, Romanceiro da Ilha de S. Jorge, «Fuentes para el estudio del Romancero. Serie Luso-brasileira», III, ed. D. Catalán, Coimbra: Seminario Menéndez Pidal, 1983, p. 171 (núm. 207).

25  Sobre el juego, véase F. A. Coelho, Jogos e rimas infantis, 2ª ed., Porto, 1919, pp. 66-70 (respec­to a PortugaΙ); B. Vigón, Juegos y rimas infantiles recogidos en los concejos de Villaviciosa, Colunga y Caravia, Villaviciosa, 1895, p. 75 (respecto a Asturias) y A. Pelegrín, «Juegos y poesía popular en la li­teratura infantil-juvenil, 1750-1987». Tesis doctoral. Universidad Complutense de Madrid, 1991-92, vol. II, pp. 163-168.

26  Tοmo el ejemplo de una versión recogida en Lober (Zamora), dicha por una mujer anciana de Astorga a Tomás Navarro Tomás en 1910,

27  Versión de Avena (Huesca), dicha por una mujer en Araguás a Tomás Navarro Tomás en 1910.

28 Utilizo como ejemplo una versión de Madrid, dicha por Amparito. Recogida por Ramón Me­néndez Pidal en 1904 ó 1905.

29 Versión de El Portal (Cádiz), Juan Valencia Peña (gitano), col. Luis Suárez Ávila, 1985.

CAPÍTULOS ANTERIORES:

*
  1.- ADVERTENCIA

Diseño gráfico:



La garduña ilustrada

1.- ADVERTENCIA

ARTE POÉTICA DEL ROMANCERO ORAL. LOS TEXTOS ABIERTOS DE CREACIÓN COLECTIVA. 

ADVERTENCIA

     eúno en este volumen trabajos de índole teórica referentes al análisis de la particular poética de los textos estructuralmente abiertos del romancero de tradición oral cantado en los siglos XIX y XX. Pertenecen a muy distintos momentos de mi vida profesional, por lo que su metalenguaje crítico varía considerablemente, aunque respondan a una concepción unitaria de la poesía analizada. Por ello los publico atendiendo a su cronología.

      En esta reedición he acoplado, a veces, en un mismo capítulo más de un trabajo, para nο presentar al lector dos versiones de una exposición que circunstancias de diverso tipo me habían lleνado a repetir. Aun así, el carácter misceláneo del libro y la voluntad de respetar la argumentación original explican que ciertos ejem­plos reaparezcan en más de un contexto.

      La versión que doy en esta reedición mejora, a veces, la expresión original. Sólo cuando añado información ajena al trabajo o trabajos reeditados en cada capí­tulo, utilizo corchetes [ ] para que el lector no atribuya el dato al tiempo histórico de la redacción original. Las otras correcciones, de carácter estilístico, no llegan a despojar al texto del lenguaje crítico propio del tiempo en que se escribió, aunque, a veces, haya estado tentado de hacerlo.

      I: La primera edición de este capítulo fue publicada en el BHi, LXI (1959), 149-182, con el título «El motivo y la variación en la transmisión tradicional del romancero».

      II
: Este capítulo recoge lo publicado en dos artículos-reseña: «Memoria e invención en el romancero de tradición oral», RPh, XXIV (1970-71), 1-25 y 441-463, y «La creación tradicional en la crítica reciente», en El romancero en la tradición oral moderna. 1er Colοqυio Internacional, ed. D. Catalán y S. G. Armistead, Ma­drid: Seminario Menéndez Pidal y Rectorado de la UCM, 1972, pp. 153-165 (basado este segundo en una ponencia de 1971). Hay una versión portuguesa del último artícυlο-reseña: «A criação poética no romanceiro oral moderno: Novos métodos de estudo», Rev. Brasileira de Folklore, XIII (1974), 31-39. El capítulo da también acogida a buena parte de las páginas de «Hacía una poética del romancero oral moderno» (ponencia leída en agosto de 1971), Actas del Cuarto Congreso Interna­cional de Hispanistas, ed. E. de Bustos Tovar, Salamanca: AIH, Consejo General de Castilla y León, Universidad de Salamanca, 1982, I, pp. 283-295.

      III
: La primera edición de «El romance tradicional, un sistema abierto», trabajo realizado con la colaboración de Teresa Catarella, fue publicada en El romancero en la tradición oral moderna. ler Coloquio Internacional, ed. D. Catalán y S. G. Armistead, Madrid: Seminario Menéndez Pidal y Rectorado de la UCM, 1972, pρ. 181-205 (remonta a una ponencia leída en julio de 1971).

      IV
: Este capítulo es reelaboración de un artículo, «Análisis electrónico de la creación poética oral. El Programa Romancero en el Computer Center de UCSD» (de 1972), en que conté con la colaboración de S. Petersen, T. Catarella y T. Meléndez, publicado en Homenaje a la memoria de Don Antonio Rodríguez-Moñino, 1910-1970, Madrid: Castalia, 1975, pp. 157-194 (complementado con algunas páginas de la presentación del «Programa Romancero» hechas previamente en Salamanca, 1971, tal como se publicó en las Actas del Cuarto Congreso Internacional de Hispanistas, ed. E. de Bustos Tovar, Salamanca: AIH, Consejo General de Castilla y León, Universidad de Salamanca, 1982, I, pp. 283-293), y de la ponencia (leída en el Coloquio sobre utilización de ordenadores en problemas de lingüística, Univer­sidad Complutense de Madrid, abril de 1975) «Análisis electrónico del mecanismo reproductivo de un sistema abierto; el modelo Romancero», Rev. de la Univ. Com­plutense, XXV, 102 (1976), 55-77, descargados de muchos componentes que no me parecen ya relevantes.

      V
: La primera edición de «Εl análisis semiótico de estructuras abiertas: El modelo Romancero» se publicó en El Romancero hoy: Poética, 2° Coloquio Interna­cional, ed. D. Catalán, S. G. Armistead y A. Sánchez Romeralo, Madrid: Seminario Menéndez Pídal, CILAS y Univ. of California, Davis, 1979, pp. 231-249 (basado en una ponencia leída en Davis, Cal., mayo 1977).

      VI
: La primera edición de «Los modos de producción y "reproducción" del texto literario y la noción de apertura» se publicó en Homenaje a Julio Caro Baroja, ed. A. Carreira, J. A. Cid, M. Gutiérrez Estebe, R. Rubio, Madrid: Centro de In­vestigaciones Sociológicas, 1979, pp. 248-270. Se basa en una ponencia leída el 1 de abril de 1978 en el «Coloqυiο hispano-alemán de historia, lengua y literatura con motivo del décimo aniversario del fallecimiento de Ramón Menéndez Pidal (Madrid, 31-III a 2-ΙV-1978)». Hay edición argentina (basada en un borrador), Letras, X (1984), 3-28. Fue, además, reproducido parcialmente en F. Rico, Historia y crítica de la literatura española. I: A. Deyermond, Edad Media, Barcelona: Crítica, 1979, pp. 289-293.

      VII
: Con el título «Descripción de modelos trans-lingüísticos dinámicos (a propósito del Catálοgo General del Romancero Pan-Hispánico)» se publicó en Lo­gos semantikos. Studia linguistica in honorem Eugenio Coseriu, 1921-1981, V: Ges­chichte und Architektur der Sprachen, Madrid: Gredos y Berlin-New York: Walter de Gruyter, 1981, pp. 245-254.

      VIII
: La primera edición de este capítulo (que reproducía una ponencia leída en Santander, el 4 de julio de 1983 en el Seminario «Literatura oral en América»), se publicó en Ethnica: Revista de Antropología, LII (1982), 53-66, con el título «El proceso de transmisión oral y el estudio de modelos literarios abiertos»

     
IX: «Εl romancero medieval» se publicó en El comentario de textos, 4: La poesía medieval, ed. A. Amorós, Madrid: Castalia, 1983, pp. 451-489.

      X
: La primera edición de este capítulo (que fue una ponencia leída en el «Coloquio hispano-francés celebrado en la Casa de Velázquez, 30 Nov.-2 Dic. 1983) se publicó en Culturas populares. Diferencias, divergencias, conflictos. Madrid: Casa de Velázquez y Universidad Complutense, 1986, 93-103, con el título: «La conflictiva descodificación de las fábulas romancísticas».

      XI
: «El romancero espiritual en la tradición oral» se publicó en Schwerpunkt Siglo de Oro, Akten des Deutschen Hispanistentages. Wolfenbüttel 28.2-1.3, 1985. Ed. H.-J. Niederehe. Hamburg: H. Buske, 1987 («Romanistik in Geschichte und Gegenwart», bd. 20), pp. 39-68.

      XII
: El capítulo «Romances trovadorescos incorporados al Romancero tradi­cional moderno» estaba inédito. Redacté el trabajo en memoria de J. H. Silverman.

      XIII
: «El romance de ciego y el subgénero Romancero tradicional vulgar» estaba inédito. Lo concebí como explicación del proyectado «Índice general ejempli­ficado del romancero» referente al «Romancero vulgar» y en respuesta a preguntas de Margit Frenk y Madeline Sutherland.

      Como Parte Segunda de la presente obra, se pυblica el volumen subtitulado Memoria, invención, artificio. Comprende los siguientes trabajos:

      I
. «Hallazgo de una poesía marginada: El tema del corazón de Durandarte».

      II
. «Permanencia de motivos y apertura de significados: Muerte del príncipe don Juan».

      III
. «El mito se hace Historia».

      IV
. «Poética de una poesía colectiva».

      Apéndice 1
. «Huellas de la Historia: Don Alvaro de Luna y su paje Moralicos».

     Apéndice 2.
«El metro romance invade el teatro de los Siglos de Oro: la Farsa del obispo don Gonzalo de don Francisco Cueva y Silva».

      Reservo para este otro volumen los índices analíticos de ambas partes.

Diego Catalán: "Arte poética del romancero oral. Los textos abiertos de creación colectiva"

Diseño gráfico:

La Garduña Ilustrada

ÍNDICE DE REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS (Y CLAVE DE SIGLAS)

ÍNDICE DE REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS (Y CLAVE DE SIGLAS)

 

’Abbās, I. (ed.), Ibn Idārī, al-Bayān al mugrib, IV, Beirut, 1983: I, n. 12. 

Álamo, J. del, Colección diplomática de San Juan de Oña (822-1247), 2 vols., Madrid, 1950 [citado: Oña]: II, nn. 37, 79, 84-86, 92, 93; III, nn. 36, 96. 

AEM = Anuario de Estudios Medievales.

Allouche, I. S. (ed.), Al- Ḥulal al-Mawchiyya, Rabat, 1936: III, n. 31. 

Alonso, A., «Dios, ¡qué buen vassallo, sí oviesse buen señore», RFE, VI (1944), 187-191: IV, n. 67.

Amador de los Ríos, J., Historia crítica de la literatura española, Madrid: J. Rodríguez,  1863: VI, n. 5.

Arco, R. del, «Dos infantes de Navarra señores de Monzón», Príncipe de Viana, X (1949),  249-274: II, n. 67; IV, n. 123.

Huesca en el siglo XII, Huesca, 1921: II, n. 51.

Armistead, S. G., «A Lost Version of the Cantar de gesta de las Mocedades de Rodrigo in the Second Redaction of Rodríguez de Almela’s Compendio historial», University of California Publications in Modern Philology, XXXVIII (4), 1963, 299-336: VI.e (241), n. 17.

— «Cantares de gesta y crónicas alfonsíes: ‘Mas a grand ondra tornaremos a Castiella’», en Actas del IX Congreso de la Asociación Internacional de Hispanistas. Berlin (1986), Frankfurt am Main: Vervuert Verlag, 1989, pp. 177-185: V, n. 112.

La gesta de las «Mocedades de Rodrigo». Reflections of a Lost Epic Poem in the «Crónica de los reyes de Castilla» and the «Crónica general de 1344», Ph. D. Thesis, Princeton, 1955 (inéd.): VI.c (234), n. 9, e (241), n. 17, f (244), n. 18. 

La tradición épica de las Mocedades de Rodrigo, Salamanca: Universidad, 2000: VI.c (234), n. 9, d (236, 238), nn. 11, 12, 15, e (241), n. 17, f  (244), n. 18, g (249, 251), nn. 20, 21. 

— «Mas a grand ondra». Vide: «Cantares de gesta y crónicas...». 

— «The Earliest Historiographic References to the Mocedades de Rodrigo», en Estudios literarios de hispanistas norteamericanos dedicados a Helmut Hatzfeld con motivo de su 80 aniversario, ed. J. M. Solà-Solè, A. Crisafulli, B. Damiani, Barcelona: Hispam, 1974, pp. 25-34: VI.d (236), nn. 11, 12.

— «The Enamored Doña Urraca in Chronicles and Balladry», RPh, XI (1957-58), 26-29: VI.d (236, 238), nn. 11, 15.

— «The Initial Verses of the Cantar de Mio Cid», LCo, XII (1984), 178-186: IV, nn. 102,  103.

— «The Structure of the Refundición de las Mocedades de Rodrigo», RPh, XVII (1953-64), 338-345: VI.c (234), n. 9, e (241), n. 17, f (244), n. 18, g (249, 251), nn. 20, 21. 

Azevedo, Rui Pinto de, Documentos medievais portugueses. Documentos régios, vol. I, t. II, Lisboa, 1962: III, n. 38; IV, n. 7. 

Babbitt, Th., [CVR Latin Sources=] «La Crónica de Veinte Reyes». A Comparison with the Text of the «Primera Crónica General» and a Study of the Principal Latin Sources, New Haven, 1936: V.a (181), nn. 8, 122.

— [«Once Reyes» =] «Observations on the Crónica de Once Reyes», HR, II (1934), 202-216: V.a (181), nn. 8, 127.

—«Twelf-Century Epic Forms in Fourteenth-Century Chronicles», RR, XXVI (1935), 128-136: V.a (181), nn. 8, 127.

Badia [i] Margarit, A., «Dos tipos de lengua cara a cara», en Studia Philologica. Homenaje ofrecido a Damaso Alonso, I, Madrid: Gredos, 1960, pp. 115-139: V, n. 98.

Balaguer, F., «La Chronica Adefonsi Imperatoris y la elevación de Ramiro II al trono aragonés», EEMCA, VI (1956), 7-40: III, n. 114. 

Balparda, G. de [Hist. crit. =] Historia crítica de Vizcaya y de sus fueros, Madrid, 1924: II, nn. 81, 90, 95.

Barrau-Dihigo, L., «Chartes de l’église de Valpuesta du IXe au XIe siècle», RHi, VII (1900), 273-389 [citado «Valpuesta»]: II, n. 97.

Barton, S. The Aristocracy in Twelfth-Century León and Castile, Cambridge: Univ.  Press, 1997: III, nn. 36, 127; IV, n. 111.

Bello, A., La gesta de Mio Cid, Santiago de Chile, 1881: V, n. 100. 

Obras completas (1881-1893): IV.b (129), n. 20.

Benaboud, M. y Mackay, A., «The Authenticity of Alfonso VI’s Letter to Yūsuf b. Tašufīn», Al-Andalus, XLIII (1978), 233-237: IV, n. 60.

Berganza, fr. F. de, Antigüedades de España, I y II, Madrid, 1719, 1721: III, n. 79. 

BHi = Bulletin Hispanique.

BHS = Bulletin of Hispanic Studies.

BICC = Boletín del Instituto Caro y Cuervo. 

Bishko, J. B. [«Fernando I and Cluny» =] «Fernando I and the Origins of the Leonse-Castilian Alliance with Cluny», CHE, XLVII-XLVIII (1968), 31-135, XLIX-L (1969), 50-116: II, n. 45; IV, n. 59.

Studies in Medieval Spanish Frontier History, London: Variorum Reprints, 1980: IV,  nn. 59, 62.

Blázquez, A., «Pelayo de Oviedo y el Silense», RABM3, XVIII (1908), 187-203: Ap. II (281), n. 1.

Bofarull, F. de, ed., «Colección de documentos inéditos del Archivo General de la Corona de Aragón» [CODOIN-Aragón], VIII: III, n. 75.

Bosch-Vilá, J., Albarracín musulmán, Teruel, 1950: III, n. 23; IV, n. 79. 

BRAE = Boletín de la (Real) Academia Española. 

BRAH = Boletín de la (Real) Academia de la Historia. 

Brancaforte, B., Las «Metamorfosis» y las «Heroidas» de Ovidio en la «General Estoria» de Alfonso el Sabio, Madison: Hispanic Seminar of Medieval Studies, 1990: I, n. 1.

[Burgos] Vide: Serrano, L., Cartulario de la Catedral de Burgos.

Cabanes, M. D., Crónica latina de los Reyes de Castilla, Valencia,  1964: II, n. 66.

Canal Sánchez Pagin, J. M., «Don Pedro Fernández, primer maestre de la Orden militar de Santiago. Su familia, su vida», AEM, XIV (1984), 33-71: III, n. 36.

Cantera, F., Fuero de Miranda de Ebro, Madrid, 1945: III, n. 33. 

Catalán, Diego, «Crónicas generales y cantares de gesta. El Mio Cid de Alfonso X y el del Pseudo Ben-Alfaraŷ», HR, XXXI (1963), 195-215 y 291-306 [citado: «El Mio Cid de Alf. X»]: Pres. (8); II, n. 18; III, nn. 46, 125; IV, n. 102; reed. en el cap. V del presente libro (pp. 179-224).

De Alfonso X al Conde de Barcelos. Cuatro estudios sobre el nacimiento de la historiografía romance en Castilla y Portugal, Madrid: S.M.P., 1962: II, nn. 19, 70; V.a (182), nn. 12-15, 19-28, 31-34, 47. 

De la silva textual al taller historiográfico alfonsí. Códices, crónicas, versiones y cuadernos de trabajo, «FCHE» IX, Madrid: F.R.M.P. y U.A.M., 1997: V, nn. 4, 10, 12, 19, 21, 22, 25, 26, 31, 81; VI.b (228). 

— «De Nájera a Salobreña. Notas lingüísticas e históricas sobre un reino en estado latente», en Studia Hispanica in honorem R. Lapesa, Madrid: S.M.P. y Ed. Gredos, vol. III, 1975, pp. 97-121: Pres. (8); I, nn. 32, 41; parcialmente reproducido en el cap. III del presente libro (pp. 89-121); IV, nn. 73-79, 88; V, n. 134.

— «DJM ante el modelo alfonsí» = «Don Juan Manuel ante el modelo alfonsí: el testimonio de la Crónica abreviada», en Juan Manuel Studies, ed. I. Macpherson, London: Tamesis, 1977, 17-51: V, n. 34.

El español. Orígenes de su diversidad, Madrid: Paraninfo, 1989: Pres (8); II, n. 6; III,  n. 7.

— «El Mio Cid de Alfonso X» (1963): Vide «Crónicas generales y cantares de gesta...»

— «El Mio Cid. Nueva lectura de su intencionalidad política», en Symbolae Ludovico Mitxelena..., Vitoria/Salamanca: Universidad del País Vasco, 1985, pp. 807-819: Pres. (8); Nueva ed. con notas en el cap. IV del presente libro (pp. 123-178).

— «El Mio Cid y su intencionalidad histórica (versión anotada)», en Oral Tradition and Hispanic Literature. Essays in Honor of Samuel G. Armistead, Ed. M. M. Caspi, New York/London: Garland Publ., 1995, pp. 111-162: Pres. (8); Reed. en el cap. IV del presente libro (pp. 123-178); V, n. 63.

— «El taller alfonsí» = «El taller historiográfico alfonsí. Métodos y problemas en el trabajo compilatorio», Ro, LXXXIV (1963), 354-375: V, nn. 12, 45.

— «El Toledano romanzado y las Estorias del fecho de los godos del siglo XV», en Estudios dedicados a James Homer Herriott, Madison: Universidad de Wisconsin, 1966, pp. 9-102: II, n. 73.

La épica española. Nueva documentación y nueva evaluación, Madrid: F.R.M.P. y  U.C.M., 2000: I, nn. 17, 23, 26, 33, 36, 42; II, nn. 65, 73; IV, 103; V, nn. 35, 83; VI, n. 22; VII. Epil. (275); Ap. III, n. 5.

La Estoria de España de Alfonso X. Creación y evolución, Madrid: F.R.M.P. y U.A.M., 1992: Pres (8); I, nn. 39, 40; II, nn. 18, 73, 100; III, n. 125; IV, nn. 5, 13, 102; V, nn. 12, 14, 31, 34. 

— «La historia nacional ante el Cid». (Hay publicada una versión malamente deturpada por el editor desautorizada por mí, en El Cid. Poema e Historia, ed. C. Hernández Alonso, Burgos: Ayuntamiento, 2000, pp. 105-114, con el título «Las Crónicas Generales y el Poema de Mio Cid»): Pres (9); VII (passim).

— «La pronunciación [ihante], por /iffante/ en la Rioja del siglo XI. Anotaciones a una observación dialectológica de un historiador árabe», RPh, XXI (1967-68), 410-435: II, n. 6; III, n. 7.

—«Monarquía aristocrática y manipulación de las fuentes: Rodrigo en la Crónica de Castilla. El fin del modelo historiográfico alfonsí», en La historia alfonsí: el modelo y sus destinos (siglos XIII-XV), Madrid: Casa de Velázquez, 2000, pp. 75-94: Pres. (9); reed. en el cap. VI del presente libro (pp. 225-254).

—«Poesía y novela en la historiografía castellana de los siglos XIII y XIV», en Mélanges offerts à Rita Lejeune, Gembloux: Duculot, 1969: IV, n. 13.

— «Realidad histórica y leyenda en la figura del Cid», en La España del Cid. Ciclo de conferencia en conmemoración del novecientos aniversario de la muerte de Rodrigo Díaz..., Madrid: F.R.M.P., R.A.H., F.R.A., 2001, pp. 23-53: Pres. (7); reed. en el cap. I del presente libro (pp. 11-45).

— «Sobre el “ihante” que quemó la mezquita de Elvira y la crisis de Navarra en el siglo XI», Al-Andalus, XXXI (1966), 209-235: Pres (7); reed. en el cap. II del presente libro (pp. 47-87), n. 57; III, nn. 1, 8, 9, 13, 46; IV, n. 61; V, nn. 123, 129.

Catalán, D. y Andrés, M. S. de, Crón. 1344 = Crónica de 1344 que ordenó el Conde de Barcelos don Pedro Alfonso, Madrid: S.M.P., 1970: III, n. 4; V, n. 127.

Catalán D. y Jerez, E., Rodericus Toletanus y la Historiografía romance: I, n. 35; III, n. 133.

«CChCM»: «Corpus Christianorum. Continuatio Mediaeualis». 

C.E.H. = Centro de Estudios Históricos.

Charlo Brea, L., ed., «Chronica latina regum Castellae», en L. Charlo Brea, et alii, Chronica Hispana saeculi XIII, «CchCM», LXXIII, Turnhout: Brepols, 1997, pp. 7-118: II,  n. 66.

CHE = Cuadernos de Historia de España. 

Cintra, L. F. Lindley, Crón. 1344 = Crónica geral de Espanha de 1344. Edição crítica do texto português, I, Lisboa: Academia Portuguesa da História, 1951: V.a (181, 182, 189), nn. 7, 9, 10, 16, 74, d (205), nn. 82, 87, 90-92, 127; VI.b (227), n. 1, d (238), n. 15. 

Cirot, G., «La Chronique léonaise (Ms A 189 et G 1 de la Real Academia de la Historia)», BHi XIII (1911), 133-156: II, n. 101.

— «Une Chronique latine inédite des Rois de Castille jusqu’en 1236», BHi, XIV (1912), XV (1913): II, n. 66.

— «Une Chronique léonaise inédite», BHi (1909), 259-282: II, nn. 16, 17; Ap. II (281), n. 2.

CLHM = Cahiers de Linguistique Hyspanique Médiévale. Cooper, L., El Liber Regum, Zaragoza, 1960: II, n. 65; IV, n. 124.

Corominas, P., El sentimiento de la riqueza en Castilla. Madrid: Residencia de Estudiantes, 1917: IV, n. 37. 

Obra completa en castellano. Recopilada y anotada por J. Corominas, Madrid: Gredos, 1975: IV, n. 37. 

Corona Baratech, C. E., «Las tenencias de Aragón desde 1035 a 1134», EEMCA, II (1946), pp. 379-396: III, nn. 79, 86.

Correa, G., «El tema de la honra en el Poema del Cid», HR, XX (1952), 185-199: IV, n. 18.

Crocetti, C. Guerrieri. Vide: Guerrieri-Crocetti, C. 

C.S.I.C. = Consejo Superior de Investigaciones Científicas.

David, P., Études historiques sur la Galice et le Portugal du Vie au XIIe siècle, Lisboa/Paris, 1947: V, n. 74. 

— «Le pacte successoral entre Raymond de Galice et Henri de Portugal», BHi, L (1948), 275-290: III, n. 38; IV, n. 7.

Deyermond, A. D., Epic Poetry and the Clergy. Studies on the «Mocedades de Rodrigo», Londres: Tamesis Books, 1969: VI.c (232-234) y nn. 4, 7-9, g (249, 251) y nn. 20, 21. 

[Dipl. Urraca]. Vide: Monterde Albiac, C., Diplomatario...

[Doc. reconq.]. Vide: Lacarra, J. M., «Documentos para el estudio de la reconquista...».

Dozy, R., [Recherches3] = Recherches sur l’histoire de la littérature de l’Espagne, I, 3.a ed., Paris/Leyde, 1881: III, nn. 94, 126; IV, nn. 12, 14.

 

EEMCA = Estudios de Edad Media de la Corona de Aragón. 

 [El Moral]. Vide: Serrano, L., Colección diplomática de San Salvador de El Moral.

Escalona, R., Historia del Real Monasterio de Sahagún, Madrid, 1782 [citado: Sahag.]:  III, nn. 56, 64; IV, n. 63.

Esp. Sagr. Vide: Flórez, He.; Risco, M; La Fuente, V. de.

Estévez Solá, J. (ed.), Chronica naiarensis, en «CChCM», LXXI, Turnhout: Brepols, 1955: I, n. 24; II, nn. 16, 17, 99; Ap. II (284), nn. 6, 7, 14, 15, 16, 17. 

—«La fecha de la Chronica Naiarensis», LCo, XXIII.2 (1995), 94, 103: Ap. II (284), nn. 14, 17. 

Falque Rey, E., Historia compostellana, «CChCM», LXX, Turnhout: Brepols, 1988: III,  nn. 53, 59; IV, n. 63.

— «Historia Roderici vel Gesta Roderici Campidocti», en Falque, E. et alii, Chronica Hispana saeculi XII. Pars I, pp. 3-98: II, nn. 12, 54. 

Falque, E. et alii, Chronica Hispana saeculi XII. Pars I, «CChCM», LXXI, Turnhout:  Brepols, 1990: I, n. 6; II, nn. 12, 56; IV, n. 112.

Faulhaber, Ch. B., reseña de Deyermond, Epic Poetry, en RPh, XLIX (1975-76), 555-562: VI.e (232), n. 7.

«FCHE» = «Fuentes Cronísticas de la Historia de España».

«FEHL» = Fuentes y Estudios de Historia Leonesa».

Fernández Valverde, J. (ed.), Roderici Ximeneii de Rada, Historia de rebus Hispaniae sive Historia Gothica, «CChCM», LXXII, Turnhout: Brepols, 1987: I, n. 28; II, n. 62.

Fernández de Oviedo, Gonzalo, Las Quinquagenas (mss. 2217-2219 Bibl. Nacional, Madrid): V.a (180).

Férotin, M., Recueil des chartes de l’Abbaye de Silos, Paris, 1987 [citado: Silos]: III, nn.  35, 36; IV, n. 108.

«FHC» = «Fuentes para la Historia de Castilla».

Fita, F., [«Nájera» =] «Primer siglo de Santa María de Nájera», BRAH, XXVI (1895), 227-275: II, nn. 16, 48, 111; III, n. 67.

Fita, F. [«Nájera. Est. cr.» =] «Santa María la Real de Nájera. Estudio crítico», BRAH (1895), 155-198: II, n. 81.

Flórez, He. [Esp. Sagr. =] España Sagrada. Theatro geográfico de la Iglesia de España, vol. XX, Madrid: Viuda de Eliseo Sánchez, 1765. Historia Compostellana: IV, n. 63.—Vol. XXIII: Antonio Marín. 1767. Chronicon Burgensis, pp. 305-310: V, n. 49. Annales Compostellani o del Tumbo negro compostelano, pp. 317-324: II, nn. 14, 26; III, n. 75; IV, n. 73; V, n. 49; Ap. II, n. 6. Chronicon ex Hitoriae Compostellanae, pp. 325-328: II, n.  106. Anales toledanos I, II, pp. 358-364, 381-409: IV, nn. 108, 110; V, nn. 49, 76.

— [Reynas =] Memorias de las reynas cathólicas de España, 2 vols., Madrid, 1761: II, nn. 69, 70, 108. 

Fortún Pérez de Ciriza, L. J., «Del reino de Pamplona al reino de Navarra (1134-1217)», en Historia de España de R. Menéndez Pidal, vol. IX (1998): III, n. 134.

Sancho VII el Fuerte (1154-1234), «Reyes de Navarra», IX, Iruña, Mintaoa, 1987: III,  n. 134.

F.R.A. = Fundación Ramón Areces.

F.R.M.P. = Fundación Ramón Menéndez Pidal.

Fuente, V. de la. Vide: La Fuente, V. de.

 

Gambra, A. [Alf. VI. Est. =] Alfonso VI. Cancillería, curia e imperio. I: Estudio, «FEHL» 62, León: CEI-San Isidoro, et alii, 1997: II, nn. 37, 45, 52, 54. 

— [Alf. VI. Dipl. =] Alfonso VI. Cancillería, curia e imperio. II: Colección diplomática, «FEHL» 63, León: CEI-San Isidoro, et alii, 1998: II, nn. 37, 39, 48, 58, 60; III, n. 36. 

García de Valdeavellano, L. Vide: Valdeavellano, L. García de. 

García Gallo, A. «El imperio medieval español», Arbor, XI (1945), :

García Turza, F. J. El monasterio de Valvanera en la Edad Media (siglos XI-XV), Madrid: Unión Editorial, 1990 [citado: Valv.]: II, nn. 32, 40, 42. 

Gil, J. (ed.), «Carmen Campidoctoris», en Falque, et alii, Chronica Hispana saeculi XII. Pars I, pp. 99-108: I, n. 6.

— «Carmen de expugnatione Almeriae urbis», Habis, V (1974), 45-64 y en Falque, et alii, Chronica Hispana saeculi XII. Pars I, pp. 249-267: IV, n. 112. 

Gómez Moreno, M., «Anales castellanos», en Discursos leídos ante la Real Academia de la Historia el día 27 de mayo de 1917, Madrid, 1917: II, n. 13; V, n. 49; Ap. II, n. 11.

González, J., El reino de Castilla en la época de Alfonso VIII, 3 vols., Madrid: C.S.I.C., 1960: II, nn. 63; III, nn. 125, 132. 

Grassotti, H., «Para la historia del botín y de las parias en León y Castilla», CHE, XXXIX-XL (1964), 43-132: IV, n. 62.

Guerrieri-Crocetti, C., L’epica spagnola, Milano: Bianchi-Giovini, 1944: VI.g (251), n. 21.

Herculano, A. (ed.), Livros I, II, en Os livros de linhagens, «Portugaliae Monumenta Historica... Scriptores», I.2, Lisboa: Academia das Ciências, 1856, pp. 143-229: II, n. 101.

Hernández, F. J., Los cartularios de Toledo. Catálogo documental, Madrid: F.R.A., 1985: IV, n. 109. 

Hinojosa, E. de, «El derecho en el Poema del Cid», en Homenaje a Menéndez y Pelayo, Madrid: Victoriano Suárez, 1895, pp. 551-581: IV, n. 66.

Estudios sobre Historia del Derecho Español, Madrid: Asilo de Huérfanos del Sagrado Corazón, 1903: IV, n. 66. 

Hofmann, C. Vide: Wolf, F. y Hofmann, C.

Horrent, J. Historia y poesía. En torno al «Cantar de mio Cid», Barcelona: Ariel, 1974: IV, n. 120; Ap. 1 (277-279), n. 1. 

HR = Hispanic Review.

Huici, A. (ed.), Ibn Abī Zar’, Raw al-Qirās, 2.a ed., 2 vols., Valencia: J. Nácher, 1964: III, n. 22; V, n. 76.

— (ed.), Ibn Idārī, al-Bayān al-mugrib. Nuevos fragmentos almorávides y almohades, traducidos y anotados por —, Valencia: Gr. Bautista, 1963: I, n. 12; II.a (47), nn. 1, 3, 101; III, nn. 21, 23, 29, 46, 47, 48; IV, n. 79; V, n. 76; Ap. I, n. 6. 

— «Los Banū Hūd de Zaragoza, Alfonso I el Batallador y los almorávides (Nuevas aportaciones)», EEMCA, VII (1962),7-328: III, nn. 26, 46.

— «Nuevas aportaciones del al-Bayān al Mugrib sobre los almorávides: Zaragoza, Cutanda, Córdoba y al-Mahdī», Al-Andalus, XXVIII (1963), 313-330: III, n. 81.

— [Nuevos fragmentos»]. Vide: Ibn Idārī, al-Bayān al-mugrib. Nuevos fragmentos.

— «Un fragmento inédito de IbnIdārī sobre los almorávides», Hespéris-Tamuda, II (1961), 43-111: II.a (47), nn. 1, 3; Ap. 1, n. 6.

 

Idris, H. R., «Deux maîtres de l’école juridique Kairouanaise sur les Zirides —XIe siècle—: Abū Bakr b. ‘Abd al-Raḥmān et Abū ‘Imrān al-Fāsi», Annales de l’Institute d’Études Orientales XIII (1955), 30-60: II, n. 2.

— «Les zīrīdes d’Espagne», Al-Andalus, XXIX (1964), 39-145: III, n. 6. 

Ilarregui, P. y Lapuerta, S., eds., Fuero General de Navarra, Pamplona, 1869: II, n. 73.

Irache = Vide: Lacarra, J. M., Colección Diplomática de Irache, I.

 

JHiPh = Journal of Hispanic Philology.

 

La España del Cid. Ciclo de conferencias en conmemoración del novecientos aniversario de la muerte de Rodrigo Díaz de Vivar. Homenaje a don Ramón Menéndez Pidal, Madrid: F.R.M.P., R.A.H., F.R.A., 2001: Pres. (8); I, n. 16.

La Fuente, V. de la, [Esp. Sagr. =] España Sagrada continuada por la R.A.H., vol. XLIX, Madrid: J. Rodríguez, 1985. Ap. VIII: Carta populationis oppidi Belgit, pp. 329-330: III, n. 75; IV, n. 73. Ap. XX: Forum Calatayubi, pp. 346-361: III, n. 114.—Vol. L, Madrid: J. Rodríguez, 1986. Ap. , pp. 385-390: III, nn. 79, 86. Ap. XIII: Donatio Villulae dictae Nencebas, pp. 398-399: IV, n. 139.

Lacarra, J. M., [«Alf. I y las paces de T.» =] «Alfonso el Batallador y las paces de Támara. Cuestiones cronológicas (1124-1127)», EEMCA, III (1947-1948), 461-473: III, nn. 79, 95, 99; IV, n. 77.

— «Aspectos económicos de la sumisión de los reinos de taifas (1010-1102)», Homenaje a Jaime Vicens Vives, I, Barcelona, 1965, pp. 255-277: IV, n. 62.

Colección diplomática de Irache, I (958-1222), «Fuentes para la Historia del Derecho» IV, Zaragoza: C.S.I.C., 1965 [citado: Irache I]: II, nn. 30, 31, 33, 34, 36, 55, 60, 102; III, nn. 128, 129. 

— «Documentos para el estudio de la reconquista y repoblación del valle del Ebro», (Primera serie:) EEMCA, II (1946), 469- 574; (Segunda serie:) EEMCA, III (1947-1948), 499-727; (Tercera serie:) EEMCA, V (1952), 511-688; [citado: Doc. reconq.]: II, n. 68; III, nn. 58, 65, 69, 72, 79, 84, 89-93, 96, 100-103, 105-112, 114, 118, 128, 129; IV, nn. 77, 135.

— «El rey Lobo y la formación del señorío de Albarracín», Estudios Menéndez Pidal III, Madrid: C.S.I.C., 1952, pp. 515-526: III, nn. 122, 124, 129, 130.

— «La conquista de Zaragoza por Alfonso I», Al-Andalus, XII (1947), 65-96: III, nn. 22, 70, 71, 73.

— «Textos navarros en el Códice de Roda», EEMCA, I (1945), 193-285: II, nn. 38, 101.

Vida de Alfonso el Batallador, Zaragoza, 1971: III, nn. 25, 74, 93, 110. 

Lapesa, R. [Est. de hist. ling. esp. =] Estudios de historia lingüística española, Madrid: Paraninfo, 1985: IV, nn. 66, 121; Ap. I (277, 278), nn. 4, 5. 

— [«Sobre el M. C. Cuest. hist.» =] «Sobre el Cantar del Mio Cid. Crítica de críticas. Cuestiones históricas», en Essays on Narrative Fiction in the Iberian Peninsula in Honour of Frank Pierce, Oxford: The Dolphin Book Co., 1982, pp. 55-66: IV, nn. 66, 117, 121; Ap. I (277, 278), nn. 4, 5.

— [«Sobre el M. C. Cuest. ling.» =] «Sobre el Cantar de Mio Cid. Crítica de críticas. Cuestiones lingüísticas», en Études de philologie romane et d’histoire littéraire offerts à Jules Horrent, Liège, 1980, pp. 213-231: IV, n. 121.

Lapuerta, S., Vide Ilarregui, P. y Lapuerta, S.

LCo = La Coronica.

Lévi Provençal, E., «Deux nouveaux fragments des ‘Mémoires’ du roi Zīride ‘Abd Allāh de Grenade», Al-Andalus, VI (1941), 1-63: IV, n. 57.

Islam d’Occident, Paris, 1948: V, nn. 44, 121.

La Péninsule Iberique au Moyen-Âge, Leiden, 1938: III, n. 8; IV, n. 57. 

— «La prise de Valence par le Cid d’après les sources musulmanes, et l’original arabe de la Crónica General de España» en Islam d’Occident, pp. 187- 238 (texto español: «La toma de Valencia por el Cid, según las fuentes musulmanas y el original árabe de la Crónica General de España», Al-Andalus, XIII (1948), pp. 97-156): V, n. 44.

— «Un texte arabe inédite sur l’histoire de l’Espagne musulmane dans la seconde moitié du XIème siècle. Les ‘Mémoires’ de ‘Abd Allāh dernier roi zīride de Grenade. Fragments publiés d’après le manuscrit de la Bibliothèque d’Al-Qarawīyīn à Fès avec une introduction et une traduction française», Al-Andalus, III (1935), 233-344; IV (1936-1939), 30-145 (hay separata numerada del 1-229): III, nn. 6, 11, 12, 15; IV, nn. 57, 107.

Lévi-Provençal, E. y Menéndez Pidal, R., «Alfonso V y su hermana la infanta doña Urraca», Al-Andalus, XIII (1948), 157-166: II, n. 101.

Llorente, J. A., [Noticias de las Prov. Vasc. =] Noticias históricas de las tres Provincias Vascongadas, 5 vols., Madrid, 1806-1808: IV, n. 109. 

Lomax, D. «La fecha de la Crónica Najerense», AEM, IX (1974-79), 405-406: Ap. 2 (283-284), n. 12. 

López Ferreiro, A., Historia de la Santa A. M. Iglesia de Santiago de Compostela, Santiago: Seminario Conciliar Central, 1898-1911, 11 vols. [citado: Sant.]: III, n. 38. 

López Mata, T. [Geogr. =] Geografía del Condado de Castilla a la muerte de Fernán González, Madrid: C.S.I.C., 1957: II, nn. 79, 81; IV, n. 86. 

Lorenzana, Dom. Franciscus Cardinal de (ed.), Roderici Ximenii de Rada, Toletanae ecclesiae praesulis, opera praecipua complectens, «P.P. Toletanorum» Tomus tertius, Madrid: 1793: II, n. 62.

Lucas Álvarez, M., «El libro becerro del Monasterio de Valbanera», EEMCA, IV (1951), 451-613 [citado: «Valb.»]: II, nn. 40, 60; III, nn. 57, 63; IV, nn. 109, 131.

 

Mackay, A. y Benaboud, M., «Alfonso VI of Leon and Castile ‘al-Imbraṭur dhū-l Millatayn’», BHS, LVI (1979), 95-102: IV, n. 60.

— «Yet again Alfonso VI, ‘The Emperor, Lord of [the Adherents of] the Two Faiths, the Most Excellent Ruler’: A Rejoinder to Norman Roth», BHS, LXI (1984), 165-169: IV, n. 60. Vide también: Benaboud, M. y Mackay, A.

Martin, G., Les juges de Castille. Mentalités et discours historique dans l’Espagne médiévale, «Annexes des CLHM» 6, Paris: Klincksieck, 1992: VI.d (239), n. 16, g (253), n. 23; Ap. 1 (277-279), n. 1. 

Martín Duque, A. J., Documentación medieval de Leire (siglos IX a XII), Pamplona: Diputación Foral de Navarra. Institución Príncipe de Viana, [citado: Leire]: II, n. 36; III, n. 128. 

Martín Postigo, M. de la S., «Alfonso I el Batallador y Segovia», Estudios segovianos, XIX (1967), 205-252: III, n. 97; IV, nn. 75, 76.

Mateu y Llopis, F., «La moneda en el poema del Cid. Ensayo de interpretación numismática del Cantar de Mio Cid», BRABL, XX (1947), 43-56: IV, n. 58.

Maya, A. (ed.), Chronica Adefonsi Imperatoris, en Falque, E., et alii, Chronica Hispana Saeculi XII. Pars I (1990), pp. 109-248: III, nn. 44, 52; IV, n. 142. 

Menéndez Pidal, G., «Sobre el escritorio emilianense en los siglos X a XI», BRAH, CXLIII (1958), 12-18: II, n. 38.

Menéndez Pidal, R.: IV, n. 121.

— «Adefonsus imperator toletanus, magnificus triumphator», BRAH, C (1932), 513-538: III, n. 31.

— «Alfonso X y las leyendas heroicas», Cuadernos hispanoamericanos, I (1948), 13-37: IV.a (123), nn. 1, 2.

Cantar de M. C. = Cantar de Mio Cid. Texto, gramática y vocabulario, 3 vols.; Cantar de M. C.1 = Madrid: Bailly-Ballière, 1908-1911: III, n. 55; IV, n. 22, d (150, 153, 154), nn. 85, 88, 96, 101, 102, 121; V, nn. 4, 7, c (189), d (205, 217), nn. 83, 84, 94, 95, 100-105, 109, 111, 113, 114; Cantar de M. C.2 = Madrid: Espasa Calpe, 1944-1946: III, n. 37; IV, nn. 22, 98, 100, 104; V, n. 7, d (198), nn. 95, 127. 

Castilla, la tradición y el idioma, Buenos Aires: Espasa Calpe, 1945: IV, n. 22. 

Crón. General. Discurso = La Crónica General de España que mandó componer el Rey Alfonso X. Discurso, Madrid: R.A.H., 1916: V, n. 7, b (187, 189), nn. 26, 31. 

Cron. Generales 1 = Crónicas generales de España. Catálogo de la Real Biblioteca. Manuscritos, Madrid: Suc. de Rivadeneyra, 1898: V.a (180), n. 5. 

Cron. Generales 3 = Crónicas generales de España, Catálogo de la Real Biblioteca, 3.a ed., Madrid: Blass y Cía., 1918: V, n. 7. 

De primitiva lírica y antigua épica, «Col. Austral», nº 105, Madrid: Espasa Calpe, 1951 [y reimpresiones]: IV, n. 1. 

— [Doc. Ling.] = Documentos lingüísticos, I: Reino de Castilla, Madrid: C.E.H., 1919: II, n. 85. 

— «Dos poetas en el Cantar de Mio Cid», Ro, LXXXII (1961), 145-200: IV, n. 23, d (153), n. 86. 

— «El elemento histórico en el Romanz dell Inffant Garcia». Studi litterari e linguistici dedicati a Pio Rajna, Firenze: Hoepli, 1911, pp. 41-85 [citado: «El Romanz dell i. García»]: V, n. 7.

El imperio hispánico y los cinco reinos, Madrid: Instituto de Estudios Políticos, 1950: IV, n. 61. 

— «El P.C. y las Crón.» = «El Poema del Cid y las Crónicas generales de España», RHi, V (1898), 435-469: V.a (180), n. 5, d (205), nn. 84-86.

— «El Romanz dell i. García». Vide: «El elemento histórico en el Romanz...».

En torno al Poema del Cid, Barcelona/Buenos Aires: EDHASA, 1963: IV, nn. 23, 24,  56, 86, 96, 101, f (164), n. 121.

Esp. Cid 1; Esp. Cid 4; Esp. Cid 5; Esp. Cid 7. Vide: La España del Cid, 1ª, 4ª, 5ª y 7ª eds. 

Estudios sobre el Romancero, Madrid: Espasa Calpe, 1973: IV, n. 103. 

— «Filol e Hist.» = «Filología e Historia. De crítica cidiana», ZRPh, LXIV (1944), 211-232: IV, nn. 22, 25.

Historia de España (ed.), Madrid: Espasa Calpe, vol. V, 1957: III, n. 8.—Vol. IX, 1998: III, n. 134.

Hist. y Ep. = Historia y Epopeya, Madrid: C.E.H., 1934: III, n. 31; V, nn. 7, 121. 

L’épopée cast. = L’épopée castillane a travers la littérature espagnole, Paris. Armand Colin, 1910: IV, nn. 17, 19; V.a (181), nn. 6, 7; VI.f (244), n. 18, g (246, 251), nn. 19, 21. 

La Chanson de Roland y el neotradicionalismo (orígenes de la épica románica), Madrid: 1959: II, n. 38. 

— «La épica esp. y Curtius» = «La épica española y la Literästhetik des Mittelalters de E. R. Curtius», ZRPh, LIX (1939), 1-9: IV, nn. 22, 25.

La epopeya castellana a través de la literatura española [trad. esp. de L’épopée cast.], Buenos Aires: 1945: IV, nn. 17, 19. 

La España del Cid, 2 vols. [Esp. Cid 1 =], Madrid: Plutarco, 1929: I, nn. 2, 4, 5; IV.a (118), nn. 4, 16, d (144), nn. 94, 95; V.Ep. (223); [Esp. Cid 4 =], Madrid: Espasa Calpe, 1947: IV, nn. 94, 95; V, n. 44; [Esp. Cid 5 =], Madrid: Espasa Calpe, 1956: II.c (66, 67), nn. 12, 16, 18, 45, 49, 54-56, 58, 60, d (71, 79), nn. 64, 68, 81, 83, 85, 94, 96, 100, 107; III, nn. 15, 17, 20, 31, 32, 35; IV, n. 61; [Esp. Cid 7] = Madrid: Espasa Calpe, 1969: I, nn. 2-5, b (18, 20), nn. 13, 14, c (27), f (38); IV, nn. 4, 12, 14, 22, 57, 107, 108, 122, 123; Ap.I (277), n. 3.

— «Ley. Condesa traidora» =Vide: «Realismo de la epopeya española...».

La Leyenda de los Infantes de Lara [Ley. Inf. Lara 1 =] Madrid: Hijos de J. M. Ducazcal, 1896: V.a (180, 181), n. 5; [Ley. Inf. Lara 2 =] Madrid: C.E.H., 1934: V, n. 7. 

Mio Cid el de Valencia. Valencia, 1943: IV, n. 22.

Orígenes del español, 3ª ed., Madrid: Espasa Calpe, 1950: II, n. 110.

PCG. Vide: (ed.) Primera crón. 1, Primera crón. 2 e «Índice de autores y obras», s.v. Primera crónica general.

P. del C. nueva ed. = Poema del Cid. Nueva edición, Madrid: Hijos de J. M. Ducazcal, 1899: V.a (174), n. 5. 

Poe. M. C. = Poema de Mio Cid, Madrid: Espasa Calpe, 1913: IV.b (130), nn. 18, 22,  27, 36, 56, 69, 101; V, n. 7.

— «Poesía e historia en el Mio Cid. El problema de la épica española», NRFH, III (1949), 113-129: IV, n. 2. 

— [Poes. jugl. 1] = Poesía juglaresca y juglares, Madrid: C.E.H., 1924: V, n. 7, d (205),  n. 91; VI.c (231, 234), nn. 2, 6, 9, 12, 21.—[Poes. jugl. 6] =Poesía juglaresca y orígenes de las literaturas románicas, Madrid: Instituto de Estudios Políticos, 1957: V.d (205), nn. 87, 88, 90, 91, 93, 127; VI.c (234), n. 9.

— [Primera Crón.] y [PCG] = Primera crónica general de España que mandó componer Alfonso el Sabio y se continuaba bajo Sancho IV en 1289: Para las citas referentes al texto editado, vide: «Índice de autores y obras», s.v. Primera crónica general [PCG]. Respecto a otro tipo de citas: [Primera Crón. 1 =], Madrid: Bailly Baillière e hijos, 1906: I.f (40); II, nn. 19, 20; IV, nn. 13, 69; V.b (183), n. 16; VI, n. 14; [Primera Crón. 2 =], Madrid: S.M.P. y Gredos, 1955: I.f (40), II, nn. 19, 20; IV, nn. 13, 69; V.a (182), n. 11, b (187), nn. 14-16, 26, 31, 32, 46, 48, 50, 62; VI, n. 13. 

— «Realismo de la epopeya española. Leyenda de la Condesa traidora» [citado: «Ley. Condesa traidora»]. Humanidades. Buenos Aires, XXI (1930), 11-33: V, n. 7.

— [«Relatos poet. en las crón.» =] «Relatos poéticos en las crónicas medievales. Nuevas indicaciones», RFE, X (1923), 329-372: V, n. 7; Ap. II (281), n. 4.

Reliquias de la poesía épica española. [Reliquias 1 =] Madrid: Espasa Calpe, 1951: I, n. 8; V, n. 7; VI, n. 14; [Reliquias 2], Madrid: S.M.P., 1980: I, n. 8; VI, n. 14. 

Romancero hispánico. Teoría e historia, 2 vols., Madrid: Espasa Calpe, 1953: V, n. 89. 

— «Sobre la traducción portuguesa de la Crónica General de España de 1344», RFE, VIII (1921), 391-399: V, n. 7.

— «Sobre un tratado de paz entre Alfonso I el Batallador y Alfonso VII», BRAH, CXI (1943), 115-131: III, nn. 64, 95, 110.

— «Tradicionalidad en las Crónicas generales de España», BRAH, CXXXVI (1955), 131-197: IV, n. 13; V.c (191), n. 42.

Menéndez Pidal, R. y García Gómez, E., «El conde mozárabe Sisnando Davídiz y la política de Alfonso VI con los taifas», Al-Andalus, XII (1947), 27-41: IV, n. 57.

Milà i Fontanals, M.: De la poesía heroico-popular castellana, Barcelona 1874 (reed. por M. de Riquer y J. Molas, 1959): V.a (179), n. 3. 

Minguella, T., Historia de la Diócesis de Sigüenza, Madrid: Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos, 1910 [citado: Sigüen.]: III, n. 83, 88, 97, 119; IV, n. 76. 

Molas, J. Vide: Riquer, M. de.

Molho, M., «El C.M.C. poema de fronteras» = «El Cantar de Mio Cid poema de fronteras», Homenaje a José María Lacarra en su jubilación del profesorado, I, Zaragoza: Anubar, 1977, pp. 243-260: IV, nn. 6, 37, 65, 74, 80.

Montaner, A., Cantar de Mio Cid, Barcelona: Crítica, 1993: III, n. 49. 

Monterde Albiac, C., [Dipl. Urraca=] Diplomatario de la reina Urraca de Castilla y León (1109-1126), Zaragoza: Anubar, 1995: III, nn. 36, 44, 49.

Montgomery, Th., «Mythopeia and Myopia: Colin Smith’s The Making of the “Poema de Mio Cid”», Journal of Hispanic Philology, VIII (1983), 7-16: IV, n. 120. 

— «The Cid and the Count of Barcelona», HR, XXX (1962), 1-11: IV, n. 33; V, n. 110.

— «The Lengthened Lines of the Mocedades de Rodrigo», RPh, XXXVIII (1984-1985), 1-14: VI.b (231), n. 3.

Morales, Ambrosio de (copista): II.d (75) y nn. 69, 70, 72.

Moret, J. de [Annales =] Annales del Reyno de Navarra, 2ª ed. Pamplona: P. Ibáñez, 1766: II, nn. 7, 25, 26, 46, 47, 74, 81, 91; IV, n. 139. 

— [Investig. =] Investigaciones históricas de las antigüedades del reino de Navarra, 2ª ed., Pamplona, 1760: II, nn. 35, 36, 81, 105; IV, n. 130.

 

[«Nájera»] [«Naj.»]. Vide: Fita, F. «Nájera». 

NRFH = Nueva Revista de Filología Hispánica.

 

Oliver Asín, J., «En torno a los orígenes de Castilla: su toponimia en relación con los árabes y los beréberes», Al-Andalus, XXXVIII (1973), 319-391: IV, n. 121.

[Oña] = Vide: Álamo, J. del, Colección diplomática de San Salvador de Oña...

 

Pamplona, G. de, «La filiación y  derechos al trono de Navarra de García Ramírez el Restaurador», Príncipe de Viana, X (1949), 275-283: II, n. 67; IV, n. 123.

Pardo, A., «Los versos 1-9 del Poema del Mio Cid. ¿No comenzaba ahí el Poema?», BICC, XXVII (1972), 261-292: IV, n. 102.

Paris, G., Histoire poétique de Charlemagne, I, París, 1865 (reed. 1905): V.a (179), n. 1. 

Pattison, D. G., From Legend to Chronicle. The Treatment of Epic Material in Alphonsine Historiography, Oxford: Society for Study of Mediaeval Language and Literature, Medium AEvum Monographs - New Series (13), 1983: VI.e (241), n. 17.

Pavlović, M. N., y Walker, R. M., «Money, Marriage and the Law in the Poema de Mio Cid», MAe, LI (1982), 197-212: IV, n. 11.

PCG. Vide: R. Menéndez Pidal, Primera crónica general... e «Índice de Autores y Obras», s.v. Primera crónica.

Pérez de Urbel, J. [Sancho May. =] Sancho el Mayor de Navarra, Madrid: Diputación  Foral de Navarra. Institución Príncipe de Viana, 1950: II, nn. 87, 89, 102.

Pérez Prendes, J. M., «Estructuras jurídicas y comportamientos sociales en el siglo XI», La España del Cid. Ciclo de conferencias..., Madrid: F.R.M.P., R.A.H., F.R.A., 2000, pp. 55-88: I, n. 16.

Pérez Soler, M. D., Cartulario de Valpuesta, Valencia, 1970 [citado: Valpuesta].

PMH = Vide: Herculano, A. (ed.), Os livros de linhagens.

Puyol, J., «Las Crónicas anónimas de Sahagún», BRAH, LXXVI (1920), 111-122, 242-257, 339-356, 395-419, 512-519, LXXVII (1921), 51-59, 151-161: III, n. 56; IV, n. 63.

 

R.A.H. = (Real) Academia de la Historia.

Ramos Loscertales, J. M., «La sucesión del rey Alfonso VI», Anuario de Historia del Derecho Español, XIII (1936-1941), 36-99: III, n. 43.

Rassow, P., Die Urkunden Kaiser Alfons’ VII. von Spanien. Eine palaegraphisch-diplomatische Untersuchung, Berlín: W. De Gruyter 1929 (separata del Archiv für Urkundenforschung,  X.3, 328-467 y XI.1, 66-137): IV, nn. 137, 139, 141. 

Reilly, B. F., The Kingdom of León-Castilla under Queen Urraca, 1109-1126, Princeton:  Univ. Press, 1982: IV, n. 64.

RFE = Revista de Filología Española.

RHi = Revue Hispanique.

RHJZ = Revista de Historia Jerónimo Zurita. 

Rico, F. [«Tradiciones épicas» =] «Del Cantar del Cid a la Eneida. Tradiciones épicas en torno al Poema de Almería», BRAE, LXV (1985), 197-211: IV, nn. 115, 117, 121.

Riquer, M. y Molas, J., eds. Vide: Milà i Fontanals, M. 

Risco, M., [Esp. Sagr. =] España Sagrada, vol. XXXIII, Madrid: Pedro Marín, 1781: II.d (83), n. 103.—Vol. XXXVI, Madrid: Blas Román, 1787, Ap. XLIII, pp. XCIV-XCVI: IV, n. 109.

Ro = Romania.

Rodríguez Puértolas, J., De la Edad Media a la Edad Conflictiva. Estudios de Literatura Española, Madrid: Gredos, 1972: IV, n. 37. 

— [«P. M. C. nueva propaganda» =] «El Poema del Cid: nueva épica y nueva propaganda », en Literatura, historia y alienación, Barcelona: Labor, 1976, pp. 141-150 y en A. D. Deyermond, ed., «Mio Cid» Studies, London: Tamesis, 1977, pp. 141-150: IV, n. 11.

— «Un aspecto olvidado en el realismo del Poema de Mio Cid», PMLA, LXXXII (1967), 170-177: IV, n. 37.

Roth, N., «Again Alfonso VI, “Imbāratūr dhū-l Millatayn” and Some New Data», BHS, LXI (1984), 165-169: IV, n. 60.

RPh = Romance Philology.

RR = Romanic Review.

 

Sáez, E., (ed.), Colección diplomática de Sepúlveda I (1076-1454), Segovia: Diputación Provincial, 1956 [citado: Sep.]: III, n. 97; IV, n. 99. 

Los Fueros de Sepúlveda, Segovia: Diputación Provincial, 1953: IV, n. 100.

[Sahag.] = Vide: Escalona, R., Historia del Real monasterio de Sahagún.

Salazar Acha, J. de, [«El linaje de Castro» =] «El linaje castellano de Castro en el siglo XII: consideraciones e hipótesis sobre su origen», Anales de la Real Academia Matritense de Heráldica y Genealogía, I (1991), 33-68: III, n. 36; IV, n. 111.

— [«Los Vela» =] «Una familia de la alta Edad Media: Los Vela y su realidad histórica», Estudios Genealógicos y Heráldicos, I (1985), 19-64: III, n. 127; IV, n. 111. 

Sánchez, G. Fueros castellanos de Soria y Alcalá de Henares, Madrid: C.E.H., 1919: 

Sánchez Albornoz, C., Despoblación y repoblación del valle del Duero, Buenos Aires,  1966: III, nn. 28, 35.

Sánchez Belda, L. (ed.), Chronica Adefonsi Imperatoris, Madrid: C.S.I.C., 1950: III, nn. 44, 52; IV, nn. 112, 142. 

[Sant.] = Vide: López Ferreiro, A., Historia de la Santa Iglesia A. M. de Santiago.

Schott, A. (ed.), Hispaniae Illustratae seu urbium rerumque Hispanicarum opera, Franckfurt/Main: C. Marnius et her. I. Aubri, 1603: I, n. 27.

[Semanario =] Semanario Pintoresco Español: II, nn. 69, 70. 

[Sep]. Vide: Suárez, E., Los fueros de Sepúlveda. 

Serrano, L., Cartulario de la catedral de Burgos, vol. III de El obispado de Burgos y la Castilla primitiva desde el s. V al s. XIII, Madrid: Inst. Valencia de don Juan, 1936 [citado: Burgos]: III, nn. 33, 66 

Cartulario de San Millán de la Cogolla, Madrid: C.E.H., 1930 [citado: S. Mill.]: II, nn. 9, 10, 24, 28-30, 37, 42, 44, 53, 57, 58, 60, 81, 88, 96, 98, 110; III, nn. 10, 33, 34, 39, 49, 57, 62, 67, 79, 85, 97, 113; IV, nn. 75, 99, 108, 136. 

Colección diplomática de San Salvador de El Moral, «FHC», I, Valladolid: Cuesta, 1906 [citado: El Moral]: III, n. 36. 

Serrano y Sanz, M., «Cronicón villarense (Liber regum), primeros años del siglo XIII: la obra histórica más antigua en idioma español», BRAE, VI (1919), 192-220: II, n. 65; III, n. 76; IV, n. 124.

— [«Un doc. biling.» =] «Un documento bilingüe de Alfonso VII. Año de 1143», BRAE, VIII (1921), 585-589: III, n. 120.

[Sigüen.] Vide: Minguella, T., Historia de la diócesis de Sigüenza. 

[Silos]. Vide: Férotin, M., Recueil des chartes... 

[S. Mill.]. Vide: Serrano, L., Cartulario de San Millán. 

Smith, C., Poema del Cid, Oxford: Clarendon, 1972: IV, n. 102. 

The Making of the «Poema de Mio Cid», Cambridge: Univ. Press, 1983; IV, n. 120. 

S.M.P. = Seminario Menéndez Pidal. 

Solalinde, A. García, et alii (eds.), Alfonso X, General Estoria: II, 1, Madrid: C.S.I.C., 1957: I, n. 30.

Suárez, E., Colección diplomática de Sepúlveda, I (1076-1454), Segovia: Diputación provincial, 1956 [citado: Sep.]: III, n. 97; IV, n. 99.

 

al-Tāzi, ‘A.-H. (ed.), Ta‘rij al-mann, Beirut, 1964: IV, n. 126. 

Torres Balbás, L., «Arte hispanomusulmán. Hasta la caída del Califato de Córdoba», en R. Menéndez Pidal, Historia de España, V, Madrid: Espasa Calpe, 1957, pp. 331-788: III, n. 8.

Torres Sevilla, M., Linajes nobiliarios de León y Castilla (siglos IX-XIII), Salamanca: Junta de Castilla y León, 1999: IV, n. 111. 

Turk, ‘A., «Ibn ‘Ammār. Una figura típica del siglo XI», RHJZ, LXIII-LXIV (1991), 141-169: III, n. 12.

 

U.A.M. = Universidad Autónoma de Madrid.

Ubieto, A. [«Cofr. de Belchite»]. Vide: «La creación de la Cofradía...».

Coronicas navarras, Valencia: J. Nácher, 1964: II, n. 73.

Crónica najerense, Valencia: «Textos Medievales», 1966: Ap. II (281-283), nn. 5, 10.

— [El Cantar de M. C. =] El «Cantar de Mio Cid» y algunos problemas históricos, Valencia: Facsímil, 1973: III, nn. 29, 110; IV, n. 121. 

— «El Cantar de Mio Cid y algunos problemas históricos», en Homenaje a Rafael Benítez Clavos = Ligarzas, IV (1972), 170-177: Ap. I (271), n. 2.

— [Estudios =] Estudios en torno a la división del reino por Sancho el Mayor de Navarra, Pamplona: Diputación Foral, 1958 [separata de arts. En Príncipe de Viana, LXXVIIILXXXI]: II, nn. 23, 93, 105. 

— «Homenaje de Aragón a Castilla por el Condado de Navarra», EEMCA, III (1947-1948), 7-28: II, n. 45.

— «La creación de la Cofradía de Belchite», EEMCA, V (1952), 427-434 [citado: «Cofr. De Belchite»]: III, n. 83.

— «La Historia Roderici y su fecha de redacción», Saitabi, XI (1961), 241-246: Ap. I (277-279), n. 2.

— «Los primeros años de la diócesis de Sigüenza», Homenaje a Johannes Vincke, Madrid: C.S.I.C. 1962-1963, I, pp. 135-148 [citado: «Sig.»]: III, n. 82; IV, n. 74.

Los «tenentes» de Aragón y Navarra en los siglos XI y XII, Valencia: Facsímil, 1973: II, nn. 30, 55, 68; III, n. 128. 

— «Monarcas navarros olvidados: los reyes de Viguera», Hispania-Madrid, X (1950), 3-24: II, n. 102.

— [«Nav.-Arag. y la idea imperial» =] «Navarra-Aragón y la idea imperial de Alfonso VII de Castilla», EEMCA, VI (1956), 41-82: III, n. 121; IV, nn. 139, 141.

— «Sugerencias sobre la Chronica Adefonsi Imperatoris», CHE, XXV-XXVI (1957),  317-326: IV, n. 113.

U.C.M. = Universidad Complutense de Madrid.

 

[«Valb.»]. Vide: Lucas Álvarez, M., «Libro becerro del monasterio de Valbanera».

Valdeavellano, L. García de, Historia de España. I: De los orígenes a la Baja Edad Media. Segunda parte, 5ª ed., Madrid: Revista de Occidente, 1973: IV, n. 64. 

Orígenes de la burguesía en la España medieval, «Colección Austral», nº 1461, Madrid: Espasa Calpe, 1969; 3ª ed., 1983: IV, n. 66. 

[«Valpuesta»]. Vide: Barrau-Dihigo, «Chartes de l’église de Valpuesta...».

[Valv.]. Vide: García Turza, El monasterio de Valvanera. 

Varvaro, A., «Dalla storia alla poesia epica. Alvar Fáñez», Studi di Filologia Romanza offerti a Silvio Pellegrini, Padua: Liviani, 1971, pp. 655-666: IV, n. 105.

Vázquez de Mármol, Juan (copista): II, n. 69.

Viguera, M. J., «El Cid en las fuentes árabes», en El Cid. Poema e Historia, ed. C. Hernández, Burgos: Ayuntamiento, 2000, pp. 59-92: I, nn. 7, 11, 19; III, n. 20.

— «Las cartas de al-Gazalī y al Ţurṭušī al soberano almorávide Yūsuf b. Tašufīn», Al-Andalus XLII (1977), 341-374: IV, n. 62.

 

Walker, R. M. Vide: Pavlović, M. N. y Walker, R. M.

Whitehill, W.M. (ed.), Liber Sancti Iacobi. Codex Calixtinus, Santiago de Compostela, 1944: IV, n. 64. 

Wolf, F., Studien zur Geschichte der spanischen und portugiesischen Nationalliteratur, Berlin, 1859: V.a (179), n. 2. 

Wolf, F. y Hofmann, C., Primavera y flor de romances, I, Berlin, 1856: V.a (179), n. 2.

 

Zakkār, S. y Zimāma, ¿A. Q. (ed.), Ibn Simāk, al-Ḥulal al-Mawšiyya  Rabat, 1979: III, n. 31. 

Zimāma, ‘A. Q. Vide: Zakkār, S. y Zimāma, ‘A. Q.

ZRPh = Zeitschrift für romanische Philologie.

Diego Catalán, "El Cid en la historia y sus inventores."(2002)

Índice de capítulos:

* PRESENTACIÓN

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (1)
   a. La realidad se forja en los relatos

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (2)
    b. Rodrigo, Campeador invicto para sus coetáneos

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (3)
   c. Del Campeador al Mio Cid. Los nietos del Cid y la herencia cidiana

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (4)
   d. Rodrigo, el vasallo leal, a prueba

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (5)
   e. El Soberbio Castellano

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (6)
   f. El Cid se adueña de la Historia y la Historia anquilosa la figura del  Cid

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (7)
   g. El Cid del Romancero salva al personaje literario del corsé historiográfico

* II EL «IHANTE» QUE QUEMÓ LA MEZQUITA DE ELVIRA Y LA CRISIS DE NAVARRA EN EL SIGLO XI

*  III LA NAVARRA NAJERENSE Y SU FRONTERA CON AL-ANDALUS

*   IV EL MIO CID Y SU INTENCIONALIDAD HISTÓRICA

V EL MIO CID DE ALFONSO X Y EL DEL PSEUDO IBN AL-FARAŶ

VI RODRIGO EN LA CRÓNICA DE CASTILLA. MONARQUÍA ARISTOCRÁTICA Y MANIPULACIÓN DE LAS FUENTES POR LA HISTORIA

* VII LA HISTORIA NACIONAL ANTE EL CID

* APÉNDICE I.  SOBRE LA FECHA DE LA HISTORIA RODERICI

* APÉNDICE II. SOBRE LA FECHA DE LA CHRONICA NAIARENSIS

ÍNDICE DE REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS (Y CLAVE DE SIGLAS)

Diseño gráfico:

La Garduña Ilustrada 

  Dibujo de portada: www.fromoldbooks.org

APÉNDICE II. SOBRE LA FECHA DE LA CHRONICA NAIARENSIS

APÉNDICE II. SOBRE LA FECHA DE LA CHRONICA NAIARENSIS

      Como observaron a comienzos del siglo XX Blázquez (1908) 1 y Cirot (1909) 2, el suceso más reciente al que se alude en la Chronica naiarensis es la muerte de la infanta doña Sancha hija del conde don Raimundo y de la reina doña Urraca, que parece hay que fechar en 1159 3 y que el manuscrito fecha en la «era Mª.Cª.XCª II kalendas marcii» (en el 28-II-1152 o, si consideramos el II parte de la era, en el 1-I-1154). Sorprende, sin embargo, que del Emperador su hermano sólo se diga, en el mismo contexto, «qui postea Yspaniarum extiti imperator», ya que murió un par de años antes, en 1157 y, si el cronista compilara su crónica después de concluido su reinado, no se justificaría, de acuerdo con lo acostumbrado en sus tiempos, el no incluir en la historia ni su reinado ni el de su madre doña Urraca.
     En vista de ello, Menéndez Pidal (1923) 4 pensó en la posibilidad de que la noticia de la muerte de la infanta (cuya datación errónea se explicaría por la omisión de una V, debida a un descuido de copista) se hubiera añadido al texto después de haberse terminado la crónica; pero, de todos modos, se atuvo al dato para fechar la obra «hacia 1160, algunos años arriba o abajo».
      Ubieto (1966) 5, observando que la Chronica naiarensis, al enriquecer con algunas precisiones (en el Lib. III, § 56) la información tomada de Pelagius ouetensis acerca de las mujeres, concubinas y descendencia de Alfonso VI, introdujo toda una serie de fechas erróneas, siendo la más tardía de ellas esta que consigna para la muerte de la infanta doña Sancha, dedujo que todas esas fechas se interpolaron en el texto, no sólo con posterioridad a su redacción, sino «aun con un intervalo de tiempo bastante considerable» (p. 23) y trató, en consecuencia, de buscar otros indicios con que datar la obra. Sin embargo, las fechas erróneas no pueden calificarse tan fácilmente de interpolaciones al texto primigenio, toda vez que, en algún caso, podemos precisar su origen. En efecto, la más antigua de ellas, la muerte de la reina Inés (Agnetem), ocurrida el 7 de junio de 1078, se sitúa en la «era Mª.Cª.XXXª.VIª» (año 1098), según hacían ya los Annales Compostellani basados en las llamadas *Efemérides riojanas («era MCXXVI Regina Agnes, VIII Idus Junii» 6) y el estudio de las fuentes de la Chronica naiarensis en su conjunto nos permite afirmar que esas *Efemérides riojanas (que recogieron noticias de origen najerense), reflejadas tanto en los Annales compostellani (del Tumbo negro de Santiago) como en el Chronicon burgensis, fueron tenidas repetidamente en cuenta por el compilador de la crónica a lo largo de sus varios libros 7, y esas *Efemérides hay que fecharlas c. 1177 8. Además, las fechas erróneas le sirvieron para ordenar los sucesos relatados, creando a veces una secuencia antihistórica de acontecimientos 9.
      Si consideramos parte inalienable de la Chronica naiarensis las fechas erróneas, es preciso concederles importancia para la datación de la obra. El error de fechación en la muerte de doña Sancha, sin duda heredado de alguna fuente, exige el paso de un cierto intervalo de tiempo desde 1159. Lo mismo ocurre con la curiosa confusión, bien analizada por Ubieto 10, en la fecha señalada para la muerte de Urraca y Elvira, hijas del conde don Henrique y de doña Teresa, la hija bastarda de Alfonso VI y de Ximena Muñoz: «...Urracam que obiit era Mª.Cª.XXXª.IXª.XIº. kalendas octobris et Geloyram que obiit era era Mª.Cª.XXXª.VIIª.XVIIº. kalendas septembris». El cronista, que incorporó esas fechas al relato que transcribía de Pelagius ouetensis tomándolas de un obituario, aplicó a una y otra hermana de Alfonso I de Portugal unas fechas que originalmente se referían a las infantas de esos mismos nombres hijas de Fernando I, esto es hermanas de su abuelo Alfonso VI 11.
       En favor de situar la redacción de la Chronica naiarensis en fecha posterior a la tradicionalmente admitida habla también el detalle, subrayado por Lomax (1974-79) 12, de que, al tratar del desastre de Uclés, se consigne en ella:

«ubi etiam occisus est comes Garsias de Grannione cognomento Crispus et sex alii comites cum eo. Vnde promontorium illud ubi occisi sunt, propter septem comites ibi interfectos, Septem Comitum nominatur»,

ya que, según noticia recogida por el arzobispo toledano don Rodrigo Ximénez de Rada, los vencedores llamaron al topónimo «Siete Puercos» y fue el comendador de la orden de Uclés Pedro de Franco (1178-1189) quien le cambió el nombre llamándolo «Siete Condes» 13.
      Estas observaciones, que apuntan a una datación en el último cuarto del s. XII, han venido últimamente a adquirir substancia y precisión mayor gracias al estudio de una sección hasta ahora desatendida de la Chronica naiarensis, la dedicada en ella a la historia universal. Estévez Sola (1995) ha mostrado que la versión najerense de la Chronica de San Isidoro 14 contiene una serie de interpolaciones en que se transcriben pasajes tomados literalmente de la Historia scholastica de Pedro Comestor, obra concluida en 1173 15. En consecuencia, tal como la conocemos, la Chronica naiarensis debe fecharse con posterioridad a ese año, aunque no necesariamente mucho después, pues a finales del s. XII ya se había copiado o existía en San Millán una copia de la Historia scholastica 16.
      Queda en pie como problema el explicar por qué el monje najerense concluyó su historia sin tratar de Urraca y Alfonso VII. La posibilidad, apuntada por Estévez 17, de que la obra tuviera una primera redacción hacia la fecha que tradicionalmente se le venía asignando (fin de la década de los años 50 del s. XII) y otra posterior no me parece sostenible pues, como ya he indicado, las fuentes analísticas, con fechas erróneas, que confirman la datación tardía exigida por la utilización de la Historia scholastica no sólo se utilizan insistentemente a lo largo de la obra, sino que ayudan a estructurarla. Creo que la explicación ha de buscarse en el carácter de la obra llegada hasta nosotros, que no es una crónica propiamente dicha, sino un centón de apuntes tomados de las fuentes con vistas a la redacción de una «chronica» nunca realizada. A trechos, el compilador armonizó más de una fuente en un solo relato; pero otras veces dejó para más adelante esa labor. De ahí la existencia de constantes remisiones internas (a veces mal interpretadas en la transmisión manuscrita del texto) hechas con objeto de poner en relación apuntaciones diversas acerca de un mismo reinado sobre el que se copiaban, verbatim, de fuentes varias pasajes o noticias breves en párrafos distantes entre sí. La crítica ha creído, a veces, que el cronista no comprendía el orden sucesorio de los reyes y que los duplicaba; pero las remisiones ponen bien de manifiesto que el «autor» era consciente del carácter aún no estructurado de las citas que iba tomando de lecturas independientes. Este carácter de «Liber chronicorum» no estructurado puede ser razón suficiente para que el compilador no se lanzara a escribir la historia de unos reinados (Urraca, Alfonso VII) sobre los que no tenía «autoridades» de quienes tomar apuntes.

Diego Catalán, "El Cid en la historia y sus inventores."(2002)


NOTAS

1 «Pelayo de Oviedo y el Silense», RABM3, XVIII (1908), pp. 200-202.

2 «Une chronique léonaise inédite», BHi, XI (1909), p. 260.

3 El epitafio de doña Sancha nos informa de que esta infanta murió «era M. C. LXXXXVII pridie kal. Martii». Y, en efecto, aún en 1158 hizo una donación.

4
«Relatos poet. en las crón.», RFE, X (1923), p. 334.

5 Crónica najerense (1966), pp. 21-22.

6 Flórez, España Sagrada, XXIII. Madrid: Antonio Marín, 1767, p. 321, que, al parecer, utiliza la edición de Berganza, quien «los estampó por una copia del Monasterio de S. Martín de Madrid en un libro de mano del ilustre Juan Vázquez de Mármol» (p. 299), consigna el dato de los anales en la era MCXXXVI. El ms. 1376 da la era MCXXXV y VII Idus Junii. Estévez, en su edición de la Chronica naiarensis en «CChCM», LXXI (1995), p. 178, no señala fuente para este dato adicionado a Pelagius.

7 Estévez, en su ed. de 1995, consigna varios pasajes como procedentes de los Anales Compostelanos (p. 186); en el Lib. III hay más «concordancias» con las *Efemérides riojanas, en § 189-12, 2014-15, 211-3, 222.

8 La coincidencia de los Annales compostellani y de los burgensis en las efemérides consignadas acaba con la noticia de la conquista de Cuenca en la era MCCXV. 

9 Sería preciso, sin embargo, estudiar cuidadosamente la manipulación y reorganización de las noticias analísticas por copistas tardíos y editores.

10 Crónica najerense (1966), p. 22.

11 En los Anales castellanos IIos (del Libro viejo de Alcalá o complutenses) que se incorporaron al manuscrito pelagiano de San Juan de Corias (F=1358 de la Biblioteca Nacional, llamado del Tumbo negro de Santiago, o Complutense, por haber estado temporalmente en Alcalá), manuscrito del s. XII, constan estos dos óbitos: «Obit serenissima domna Uracha prolis Fredenandi regis et Sancie regine Era MCXXX-VIIII» y «Obiit Gelovira infans Era MCXXXVII» (Gómez Moreno, «Anales», 1917, p. 27). Claro está que no son estos Anales la fuente inmediata (puesto que no consignan el día del óbito), pero la confusión proviene sin duda de otros análogos. Tal ocurre respecto a la Batalla de Graus (ocurrida el jueves 8 de mayo de 1063) por culpa de haber leído en unos anales «era MC vn» como «era MCVII» y añadido un I extra. La situación del suceso en la secuencia de hechos propia de la Chronica depende de la falsa fechación.

12 Lomax, «La fecha de la Crónica Najerense», AEM, IX (1974-79), pp. 405-406.

13 De rebus Hispaniae, Lib. VI, cap. XXXII.

14 Estévez, «La fecha de la C. N.» y Chr. Nai., pp. LXXIV-LXXVI.

15 Estévez, Chr. Nai., p. LXXVI y n. 115.

16 Estévez, Chr. Nai., p. LXXVI y n. 117.

17 Estévez, «La fecha de la C. N.», pp. 100-102; Chr. Nai., pp. LXXVII-LXXVIII.

Índice de capítulos:

* PRESENTACIÓN

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (1)
   a. La realidad se forja en los relatos

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (2)
    b. Rodrigo, Campeador invicto para sus coetáneos

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (3)
   c. Del Campeador al Mio Cid. Los nietos del Cid y la herencia cidiana

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (4)
   d. Rodrigo, el vasallo leal, a prueba

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (5)
   e. El Soberbio Castellano

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (6)
   f. El Cid se adueña de la Historia y la Historia anquilosa la figura del  Cid

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (7)
   g. El Cid del Romancero salva al personaje literario del corsé historiográfico

* II EL «IHANTE» QUE QUEMÓ LA MEZQUITA DE ELVIRA Y LA CRISIS DE NAVARRA EN EL SIGLO XI

*  III LA NAVARRA NAJERENSE Y SU FRONTERA CON AL-ANDALUS

*   IV EL MIO CID Y SU INTENCIONALIDAD HISTÓRICA

V EL MIO CID DE ALFONSO X Y EL DEL PSEUDO IBN AL-FARAŶ

VI RODRIGO EN LA CRÓNICA DE CASTILLA. MONARQUÍA ARISTOCRÁTICA Y MANIPULACIÓN DE LAS FUENTES POR LA HISTORIA

* VII LA HISTORIA NACIONAL ANTE EL CID

* APÉNDICE I.  SOBRE LA FECHA DE LA HISTORIA RODERICI

* APÉNDICE II. SOBRE LA FECHA DE LA CHRONICA NAIARENSIS

* ÍNDICE DE REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS (Y CLAVE DE SIGLAS)

APÉNDICE I. SOBRE LA FECHA DE LA HISTORIA RODERICI

APÉNDICE I.  SOBRE LA FECHA DE LA HISTORIA RODERICI

      Aunque algunos prestigiosos estudiosos de temas cidianos 1 hayan preferido la autoridad de Ubieto 2 a la de Menéndez Pidal 3 a la hora de colocar en el tiempo la redacción de la Historia Roderici, los fundamentos de la hipótesis de Ubieto han resultado ser no sólo todos ellos de debilidad extrema, sino construidos con incomprensible ligereza.
      El uso de la forma rex aragonensis, que Ubieto (seguido por Horrent, 1973 y Martin, 1992) afirma no estar atestiguado por la documentación catalano-aragonesa sino «a partir de Alfonso II (1162-1196)» y que la Historia Roderici aplica siete veces a Sancho Ramírez y a Pedro I (en alternancia con rex aragonensium), aparece repetidamente usado por Alfonso I entre 1118 y 1136 y por Pedro I en 1097 y 1102 (¡habiendo sido el propio Ubieto el editor en 1951 de los dos documentos del año 1097, que rezan «ego Petrus, Dei gratia rex aragonensis» y «una cum consilio et voluntate dompni Petri regis aragonensis»!), según destacó Lapesa (1982 y 1985 4).
      El supuesto «malconocimiento de los títulos condales catalanes anteriores a 1117» por el autor de la Historia Roderici, que sugiere Ubieto (y aceptan Horrent y Martin), no resiste un examen basado en la más elemental crítica textual, según asimismo ha puesto de manifiesto Lapesa 5. En efecto, si la familia de manuscritos constituida por I (fines del siglo XII o principios del siglo XIII) y S (fines del siglo XV o principios del siglo XVI), de la Historia Roderici, al nombrar a los condes y potestades que se coaligan con Alfagit (al-Ḥ̣̣aŷit) contra el Campeador, corrompe los títulos de tres de ellos: «...cum comite Berengaro et comite Cardauiese (I > Cordouiense S) et cum fratre comitis Urgelensis et cum potestatibus, uidelicet Usason et Inpurdanensi et Rocionensi atque Carcassonensi», nada autoriza a atribuir la mala transcripción al autor de la obra y, menos aún, a inferir, tratando de sacar polvo de debajo del agua, que los errores son selectivos y atañen sólo a los nombres de condados incorporados tempranamente (1111 y 1117) al de Barcelona. Por lo pronto, el condado de Rosellón o «Rocinionensis», igualmente corrompido que el «Cerdaniense» y el «Uesaldonensis», sólo quedó integrado en el de Barcelona en 1172. Pero, además, para imputar sin vacilación las corrupciones a la tradición manuscrita y no al autor contamos con el apoyo de la Estoria de España en sus dos versiones alfonsíes de c. 1270 y de 1282/84, cuyos redactores alcanzaron a conocer otro manuscrito de la Historia Roderici donde no se daban las lecciones erróneas de S, I: «et con el conde de *Cerdaña (vistas las variantes de la tradición manuscrita: Cerdena, Cardeña, Cardona) et con ell hermano del conde de Urgel et con los poderosos de Belsaldón et con los de Rosillón et de Carcasses».
      El tercer argumento histórico de Ubieto (igualmente recogido por Horrent y Martin) es tan falso y gratuito como el de la titulación de los reyes aragoneses. «La distinción de los reyes de Sevilla y de Córdoba, la cual no es una realidad sino a partir, precisamente, de 1144 (y hasta 1148)» constituye el argumento principal utilizado para datar la Historia Roderici en los años 1144-1147; sin embargo, basta leer la historia del dominio lamtuní de al-Andalus del Bayān al-mugrib de Ibn Idārī 6 para comprobar que, durante el emirato de ’Alī ibn Yūsuf (1106-1143), los gobernadores («reyes» en la nomenclatura cristiana de la época) de Sevilla y de Córdoba son, como norma, distintos. Es excepcionalísimo el hecho de que entre agosto / setiembre de 1132 y julio de 1133 el hijo de Alī, Tašfīn, tenga simultáneamente uno y otro gobierno (más común fue el caso de que los gobiernos de Granada y Córdoba recayeran temporalmente en una misma persona).
      Podemos, pues, dar de lado, por falta de razones históricas, la fechación de Ubieto y, con ella, la de sus seguidores (Horrent, 1973 y Martin, 1992) pues no aducen pruebas adicionales ningunas. No tenemos, en consecuencia, otra opción que la de volver a considerar la «causa final» de la redacción de la obra.
      La Historia Roderici, rematada después del abandono de Valencia (1102) por Jimena y por la hueste imperial que acudió en su auxilio, concluye haciendo constar que, después que la ciudad pasó de nuevo a manos de los sarracenos, «nunquam eam ulterius perdiderunt» y dando noticia, seguidamente, de cómo Jimena sepultó a Rodrigo en San Pedro de Cardeña; pero para nada hace alusión al presente post-cidiano desde el que fue escrita. No hay en su texto puntos de vista históricos ajenos a los intereses de Rodrigo Díaz mientras estuvo vivo. Es imposible descubrir en ella una razón que justifique su escritura distinta de la que pudo haber tenido un paniaguado de Rodrigo para, en vida del infanzón castellano convertido en señor de Valencia, exaltar su gloria como caudillo militar y para justificar su conducta respecto a su señor natural, el «rex et imperator Aldefonsus», cuya ira tan repetidamente concitó. La aparente contemporaneidad del autor con los hechos que relata, así como el carácter claramente «oficial» de la biografía, exigen considerar al propio Rodrigo Díaz como la verdadera «causa eficiente» de la historia, sea quien quiera el escribano que la redactara, toda vez que nada se transparenta en la obra que distancie al biógrafo del biografiado. Castilla y, no digamos, León le son totalmente ajenos; trata con desprecio a los condes catalanes, incluido Ramón Berenguer III el Grande (con ocasión de su fallida acción contra el Cid en Oropesa); para nada le preocupa la descendencia de Rodrigo, ni muestra tener noticia de los matrimonios de las dos hijas del Campeador, María que casó con ese Conde de Barcelona y Cristina que casó con un descendiente (por línea bastarda) de la antigua casa real navarra, matrimonios ambos de indudable trascendencia política que, al transcurrir los años, no podrían haber pasado inadvertidos, especialmente el segundo de ellos después de que el hijo de Cristina Rodríguez, a la muerte (1134) de Alfonso I, el Batallador, fuera reconocido Rey de Navarra (García Ramírez, el Restaurador). Aunque el interés de la biografía se centra claramente en las victorias de Rodrigo en Levante y en La Rioja (en los años 1080-1084, 1089-1094, 1097-1098) no hay modo de situar al autor en el entorno de ninguno de los señores de los estados pirenaicos, sea del Norte de Hispania, sea del Sur de la Gallia, con intereses en esa zona durante la primera mitad del siglo XII, esto es, una vez desaparecido el señorío levantino del Cid que impedía la directa confrontación entre el imperio almorávide y los cristianos del Pirineo. Transcurridos los años después de la muerte del señor de Valencia ¿a quién podía interesar recoger las cuatro fórmulas de exculpación alternativas que Rodrigo propone a Alfonso VI cuando el rey le acusa de traición, con ocasión del sitio de Aledo por Yūsuf, le desposee de castillos, villas y honores y aprisiona a su mujer e hijos en Castilla (1089)?

Diego Catalán, "El Cid en la historia y sus inventores."(2002)

NOTAS

1 Horrent, Historia y poesía en torno al «Cantar de mio Cid», Barcelona: Ariel, 1973, pp. 131-135; Martin, Les juges de Castille. Mentalités et discours historique dans l’Espagne medievale, Paris: Klincksieck, 1992, p. 36 y nn. 66, 67.

2 Ubieto Arteta, «La Historia Roderici y su fecha de redacción», Saitabi XI (1961), 241-246; «El Cantar de mio Cid y algunos problemas históricos», en Homenaje a Rafael Benítez Clavos =Ligarzas, IV (1972), 170-177. 

3 Menéndez Pidal, Esp. Cid 7, 1969, pp. 917-919.

4 «Sobre el Cantar de Mio Cid. Crítica de críticas. Cuestiones históricas», en Essays... Franck Pierce, Oxford: Dolphin Book Co., 1982; reed. en Est. de hist. ling. esp., Madrid: Paraninfo, 1985, pp. 41-42.

5 En «Sobre el M. C. Cuest. hist.» (1982) y en Est. de hist. ling. esp. (1985), pp. 40-41. 

6 Ed. Huici, «Un fragmento inéd.», Hespéris-Tamuda II (1961), 43-111, y Nuevos fragmentos.

Índice de capítulos:

* PRESENTACIÓN

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (1)
   a. La realidad se forja en los relatos

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (2)
    b. Rodrigo, Campeador invicto para sus coetáneos

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (3)
   c. Del Campeador al Mio Cid. Los nietos del Cid y la herencia cidiana

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (4)
   d. Rodrigo, el vasallo leal, a prueba

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (5)
   e. El Soberbio Castellano

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (6)
   f. El Cid se adueña de la Historia y la Historia anquilosa la figura del  Cid

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (7)
   g. El Cid del Romancero salva al personaje literario del corsé historiográfico

* II EL «IHANTE» QUE QUEMÓ LA MEZQUITA DE ELVIRA Y LA CRISIS DE NAVARRA EN EL SIGLO XI

*  III LA NAVARRA NAJERENSE Y SU FRONTERA CON AL-ANDALUS

*   IV EL MIO CID Y SU INTENCIONALIDAD HISTÓRICA

V EL MIO CID DE ALFONSO X Y EL DEL PSEUDO IBN AL-FARAŶ

VI RODRIGO EN LA CRÓNICA DE CASTILLA. MONARQUÍA ARISTOCRÁTICA Y MANIPULACIÓN DE LAS FUENTES POR LA HISTORIA

* VII LA HISTORIA NACIONAL ANTE EL CID

* APÉNDICE I.  SOBRE LA FECHA DE LA HISTORIA RODERICI

* APÉNDICE II. SOBRE LA FECHA DE LA CHRONICA NAIARENSIS

* ÍNDICE DE REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS (Y CLAVE DE SIGLAS)

VII LA HISTORIA NACIONAL ANTE EL CID

    

VII LA HISTORIA NACIONAL ANTE EL CID

     

a. La Historiografía medieval, campo de estudio autónomo

     
Con la tardía implantación en la España de fines del s. XIX de la Filología, ciencia humanística puntera del pasado siglo, la Historiografía medieval en lengua romance que tuvo su punto de partida y su base conceptual y textual en la Estoria de España de Alfonso X quedó constituida como un campo de estudio.
      Pero ese campo de estudio tuvo, entonces y durante largo tiempo, un carácter ancilar respecto a los conocimientos sobre un género literario que las «naciones» de la Europa occidental consideraban, por entonces, de primordial interés: el de las chansons o cantares de gesta, identificadas como productos literarios hermanos de la Epopeya homérica y reveladores de la idiosincrasia de cada «pueblo», de cada «nación» surgida del tronco indoeuropeo. La revalorización romántica de las Epopeyas nacionales resistió el rigor crítico del Positivismo, amparada en el convencimiento generalizado de que los «pueblos», como las personas, mantienen su genio y figura desde la cuna a la sepultura.
      Dado que en España sólo sobrevivía un manuscrito poético de los viejos «cantares de gesta», el del Mio Cid copiado para el concejo de Vivar, la erudición filológica acudió a las «Crónicas generales de España» para reconstruir el corpus de la poesía heroica nacional, ya que esas historias constituían una suerte de relicarios donde se conservaban los restos de diversos poemas pertenecientes a ese género de la poesía heroica casi perdido. Menéndez Pidal, siguiendo las huellas de la obra pionera de Milà i Fontanals, procedió, por esa razón, al examen sistemático de cuantos manuscritos cronísticos dispersos por diversas bibliotecas de España y el extranjero tuvo conocimiento, dispuesto a clarificar cómo se había diversificado textualmente la Estoria de España alfonsí y poder así entender la evolución de las leyendas heroicas que habían hallado acogida en los relatos históricos de las sucesivas crónicas. Por otra parte, al interesarse, simultáneamente, en poner en relación el Rodrigo Díaz de Vivar poético, del Mio Cid, con aquel que vivió en el s. XI, revalorizó la traducción de la historia de Valencia de Ibn ‘Alqama que los manuscritos cronísticos encerraban, ya que en su original árabe esa inestimable historia contemporánea de los acontecimientos narrados sólo se conserva en forma fragmentaria.
      Hoy, a fines del s. XX y principios del s. XXI, la Historiografía medieval en romance anterior al s. XV ha logrado constituirse en campo de estudio, cultural y literario, autónomo, liberándose de su anterior dependencia de los estudios «épicos» y de los estudios «históricos». Gracias a ello, últimamente nuestros conocimientos acerca del género son muy superiores a los que tenían (y tienen) los historiadores de la literatura y de la política medievales que utilizaban (y utilizan) las crónicas como meras «fuentes» de conocimiento de textos perdidos y de hechos no documentables por medio de otros testimonios escritos. Gracias a ello la Historiografía está, según creo, en condiciones de ayudar a renovar el campo de estudio de la Epopeya, frente al reiterado pietiner sur place de unos especialistas empecinados, durante la mayor parte del siglo XX, en una desesperante repetición (aunque con discurso variado) de opiniones más o menos irreconciliables acerca de un contado número de temas que va siendo hora de archivar. La renovación de los conocimientos sobre la Historiografía abre para la Épica nuevos «frentes» de investigación positiva.

b. Alfonso el Sabio acepta la «vox populi». El Cid consagrado como el héroe nacional por excelencia

      Contra la opinión y la práctica de los historiadores en lengua latina que le proporcionaron la armazón de su Estoria de España, Alfonso X consideró materia de conocimiento «todos los fechos» ocurridos en la Península y no sólo los protagonizados por la línea de reyes gobernantes. De acuerdo con esa nueva concepción de la Historia, incorporó a su Estoria de España todo cuanto pudo saber de un simple infanzón del pequeño lugar de Vivar, en las cercanías de Burgos: Rodrigo Díaz. Ciertamente, la fama de este hidalgo, perteneciente a la baja nobleza castellana, venía de atrás. La capacidad de crear y mantener en el Levante español un señorío feudal, sin el apoyo y, a veces, con la enemiga de su rey y señor natural y de los grandes señores pirenaicos, y de impedir mientras vivió la incorporación de las taifas levantinas al gran movimiento de renacimiento del Islam occidental impulsado por los invencibles ejércitos lamtuníes del Emir de los Creyentes habían convertido a Rodrigo, en sus días y en los decenios de decadencia del Imperio de las dos Religiones del viejo rey don Alfonso, en figura admirable, tanto entre sus enemigos (musulmanes o cristianos), como entre los que en la Extremadura castellana del Duero y en las tierras pirenaicas veían en él un modelo a imitar. La exaltación de los hechos del Campeador había dado lugar a algo insólito: las fuentes escritas, de carácter historiográfico, referentes a Rodrigo Díaz que pudieron consultar Alfonso X y sus colaboradores en torno a 1270 y, de nuevo, entre 1282 y 1284 resultaban ser más extensas y ricas en detalles que las que habían podido reunir acerca de los reyes en cuyo tiempo vivió el infanzón de Vivar; por otra parte, esas fuentes no permitían a los historiadores regios tener una visión desfavorable de Rodrigo Díaz, por más que el infanzón hubiera sido, en ocasiones varias, objeto de la «ira» del rey. Aún más, Alfonso X y sus historiadores elaboraron y reelaboraron su Estoria de España sujetos ya no sólo a los contenidos narrativos de esas fuentes cidianas latinas y árabes sino al prejuicio, universalmente asentado, de que ese personaje de rango secundario era un héroe nacional, el héroe nacional por excelencia.

c. La fama de «El Campeador» y la creación de «Mio Cid»

      Si bien la fama de Rodrigo como «Campeador», como vencedor de lides campales y gran estratega, estaba establecida desde sus propios días en todo el Levante español, tanto entre cristianos (Carmen Campidoctoris, Historia Roderici) como entre musulmanes (Ibn ’Alqama, Ibn Bassām), esta elevación de su figura al elenco de los héroes «nacionales» no se había producido a causa de la escritura de los sabios, sino como resultado de la obra genial de un oscuro poeta en lengua vulgar, el cantor de la gesta de Mio Cid, y de la huella que este poema dejó en otros cantares de gesta que fueron completando la biografía literaria de «Mio Cid». Sin el éxito del primer poema vulgar a él dedicado, Rodrigo Díaz de Vivar, el Campeador, muy posiblemente no habría gozado de fama duradera fuera de la Extremadura navarro-castellana y de las tierras de Levante en que actuó.
      Cuando, pocos años antes de 1157, el poeta áulico de Alfonso VII autor del Carmen de expugnatione Almariae urbis, al hacer la alabanza de uno de los conquistadores de la ciudad, recuerda, a causa de su fama imperecedera, a su abuelo materno, «Alvarus ille Fannici» (Alvar Fáñez), no puede eludir el nombrar a su lado a «Rodericus Meo Cidi» y si reconoce, de paso, un tanto impertinentemente, la superioridad de mio Cid dentro de la pareja, ello se debe a que «cognitus omnibus est», de todos es conocido, un hecho que sabemos ser antihistórico e inventado por el autor de la gesta vulgar: la inseparabilidad de este par de héroes. Ese conocimiento universal de las hazañas de Rodrigo y de su segundo en armas y valor, a que el poeta latino alude, se debe, según él mismo dice, a que esas hazañas eran cantadas («de quo cantatur»), obviamente en romance vulgar, en la lengua de «todos».
      El inventor de la pareja épica Rodrigo-Alvaro, un poeta de San Esteban de Gormaz, vinculado a la familia de Diego Téllez, «el que de Albarfañez fo», gobernador de Sepúlveda (ciudad cuyo repoblamiento encabezó Alvar Fáñez), fue responsable de que el sobrenombre «Mio Cid», dado a Rodrigo el Campeador, se extendiera desde Navarra y Aragón por toda la España cristiana, y asimismo de que Castilla y León, y tras ellos Portugal, recordaran para siempre al infanzón de Vivar. La rápida expansión del mito cidiano a mediados del s. XII, que el Carmen de expugnatione Almariae nos evidencia, desde la Extremadura soriana y el Levante a las tierras centrales del reino castellano-leonés creo que tuvo lugar gracias a la ocasión elegida por el juglar del Mio Cid para presentar ante un auditorio su dramática historia de las hijas del Cid: las bodas de García Ramírez, el Restaurador de Navarra, hijo de una de ellas, con la «infantissa» Urraca, la hija del Emperador Alfonso VII engendrada en su mujer favorita, la concubina doña Gontroda, bodas celebradas el 19 de junio de 1144, que pusieron fin a la pretensión de Alfonso VII de acabar con el reino navarro y que convirtieron al Restaurador en vasallo y colaborador fiel del Emperador. En aquellas bodas, que se utilizaron para datar múltiples documentos castellano-leoneses y que con todo género de detalles describió la Chronica Adefonsi Imperatoris, sabemos que

‘rodeaban al tálamo multitud de juglares, dueñas ydoncellas, que tocaban órganos de mano, flautas, cedras, salterios y otros muchos instrumentos’.

      Y en ellas, sin duda, se debió de oír por vez primera, al son de la cedra con que se cantaban las gestas, la dramática historia de la madre del novio y de su hermana, las hijas del Cid, que el juglar extremadano, servidor de la casa navarra, remató oportunistamente haciendo notar el entronque de los descendientes navarros del Cid con el buen Emperador que esas bodas constituían:

Oy los rreyes d’España    sos parientes son.
A todos alcança ondra    por el que en buen ora naçió.

      Desde mediados del s. XII, en que empezó a ser oído por «todos» el canto en lengua vulgar de las hazañas cidianas, hasta que, c. 1270, Alfonso X y sus historiadores compilan las fuentes en que se basará la historia particular de los hechos de Rodrigo dentro de la historia de los reyes en cuyo tiempo vivió, habían transcurrido más de dos siglos; sin embargo, el poema en lengua romance seguía siendo accesible y Alfonso X no dudó en recurrir a él para complementar la información que le proporcionaban acerca de Rodrigo Díaz las fuentes en lengua latina y en lengua árabe.
      Si, a diferencia de lo ocurrido en relación con otros cantares de gesta que Alfonso X tuvo presentes, el Mio Cid nunca es citado en la Estoria de España cuando se utiliza su relato, ello se debe a la norma alfonsí, seguida a lo largo de toda la Estoria, de no citar la autoridad en que el texto se basa salvo en aquellos casos en que resulta necesario contraponer dos versiones no armonizables de los sucesos referidos o desautorizar un relato de cuya «verdad» se duda. Sin embargo, la lectura en la Estoria de España de los pasajes cronísticos fundamentados en la narración del Mio Cid permite asegurar que Alfonso X conoció el relato del poema en forma poética, ya que, cuando el detalle de lo narrado le parece de interés histórico, prosifica las laisses épicas verso a verso. Cuestión diferente es la de saber si conoció la narración en boca de juglares bajo la forma de «cantar» o en un manuscrito poético. Ciertos detalles me inclinan a preferir esta hipótesis e, incluso, a defender que la copia alfonsí del Mio Cid, aunque anterior a la conservada por el concejo de Vivar, se emparentaba con la conocida.
      Ahora bien, mucho antes de que la trasmisión del Mio Cid dependiera, en buena parte, de una sucesión de copias manuscritas, el éxito de la gesta cantada a mediados del s. XII se manifestó, no sólo en la universalización de la designación antonomástica de Rodrigo como «Mio Cid» o «El Cid» y en la exaltación de «Minaya» Alvar Fáñez como compañero inseparable de su tío, sino dando ser a un personaje literario representación del vasallo modelo, encarnación de lo que debieran ser los vínculos vasalláticos.Ese personaje es el que inmortalizó a Rodrigo Díaz, aunque las virtudes asignadas al modelo de vasallos variaran con el tiempo.

d. El Cid y la partición de España

      Ya en torno a 1185-1190 era conocida en Nájera, según nos muestra la Chronica naiarensis, otra gesta en que Rodrigo Díaz ocupaba el papel del vasallo modélico: Las particiones del rey don Fernando. En ella un Rodrigo más joven que aquel que en 1081 salió desterrado de Castilla y que, andado el tiempo, consiguió dar a sus hijas honrosos casamientos, debía destacarse como figura esencial, toda vez que, en el breve resumen del monje najerense, es el único personaje no perteneciente a la familia real del que se consigna el nombre (dejado aparte el inevitable traidor Vellido Adolfos que dio muerte al rey don Sancho). Rodrigo aparece, en la exposición analística najerense de la guerra sucesoria entre los hijos de Fernando I, en tres escenas, situadas en dos de los escenarios más decisivos de la guerra civil: Golpejera, donde el rey don Sancho hace prisionero a su hermano el rey don Alfonso y consigue reunir bajo su corona el reino paterno, y Zamora, cuando, ante sus muros, el rey don Sancho pierde ese reino junto con la vida. El detalle de la actuación de Rodrigo en esas tres escenas basta para mostrarnos que, en la gesta de Las particiones de mediados del s. XII, el Campeador constituía una especie de contramodelo del impetuoso y arrogante rey don Sancho el Fuerte, pues reunía en sí la cauta y mesurada prudencia del varón sabio, junto con el valor y arrojo del guerrero joven. Ciertamente, la historia de los años 1065-1072, que esa gesta dramatizaba, exigía la presencia de Rodrigo Díaz, ya que, como alférez o portaestandarte de don Sancho, fue pieza esencial en los éxitos militares del rey de Castilla, y hasta es posible que el carácter del joven Rodrigo de aquellos años reuniera las comentadas virtudes; pero es evidente que sólo una utilización literaria del personaje justifica el papel que, según nos deja entrever la Chronica naiarensis, se le asignaba en aquella gesta de Las particiones del rey don Fernando de mediados del s. XII: la de vasallo que da lecciones a su rey.
      Aunque en su exposición analística de los hechos, el monje de Nájera se desentendió de cualquier evaluación ético-jurídica de la historia, y, por lo tanto, sólo de forma indirecta pueda reconstruirse el sentido político-moral de la fábula épica, me parece claro que, en el poema subyacente, el rey don Sancho no era presentado como un rey modélico, sino como un rey fuerte pero violento, impulsivo y jactancioso, inclinado a aceptar aceleradamente consejos y dado a usar el engaño traicionero. No veo base alguna en el resumen latino de la Chronica naiarensis para considerarlo el héroe (héroe trágico) de la gesta. Tampoco descubro odio ninguno a la infanta doña Urraca: su negativa al trueque de Zamora por posesiones en la llanura es sabia y su resistencia al frente de los zamoranos ejemplar; la desesperada oferta de su cuerpo y posesiones a quien la libre del cerco, no obstante ser impúdica, es de un fuerte dramatismo pues está justificada por la desesperada situación de los cercados; en fin, su inducimiento, no explícito, a la traición de Vellido, no es condenable formalmente, que es lo que en derecho cuenta. Respecto al rey don Alfonso, nada se dice que pueda oponerse a que en la gesta primitiva tuviera ya el papel de hijo bendito de su padre, que aflorará en la refundición de Las particiones del s. XIII. Sobre los zamoranos cosa ninguna nos dice el resumen del monje najerense, quien ni siquiera nombra a Arias Gonzalo, cuya inexistencia en la gesta del siglo XII creo imposible aceptar. En suma, no hay elemento alguno en el relato najerense que confirme el prejuicio de la crítica cuando supone que el primitivo cantar comparte la posición política que se manifiesta en medios castellanos, a raíz de la muerte de Sancho II, tanto en el epitafio del rey don Sancho en Oña como en una apostilla escrita en Silos, donde se acusa sin rebozo a los triunfadores (Urraca y Alfonso) de fratricidas. La preocupación central de la gesta de Las particiones pudo ser, pues, desde un principio, como luego será patente en sus refundiciones mejor conocidas, la defensa de la «unidad» de España y la reconciliación de las varias «naciones» hispanas (gallegos, portugueses, leoneses, castellanos y navarros), que las «particiones» de los reinos tienden a enfrentar en desgarradoras contiendas fratricidas, según el premonitorio lamento de Arias Gonzalo, en presencia del rey Fernando moribundo, que Alfonso X recogió en estas palabras:

    «Bien se yo que la guerra que vos solíades dar a moros que se tornará agora sobre nos, e matarnos hemos parientes con parientes e asý seremos todos astragados los mesquinos d’España».

      Aunque ni el mensaje político ni la trama literaria de la gesta de Las particiones tal como se cantaban a mediados del s. XII se presenten nítidamente en los extractos de pasajes épicos incorporados por el monje najerense a su exposición analística, al menos, esos extractos nos permiten ver que el personaje Rodrigo Díaz de Vivar era ya referente ineludible en la historia del reino castellano-leonés nuevamente fragmentado a la muerte del emperador Alfonso VII (1157) por una nueva «partición» similar a la realizada por Fernando I; y que, al contar los hechos del Rodrigo Díaz de 1065-1072, el juglar épico concibió a ese personaje, no sólo recurriendo a la memoria histórica, sino, a lo que parece, a la figura inmortalizada por el otro juglar, el del Mio Cid, al presentar al joven alférez de don Sancho como varón prudente y mesurado en todo momento.
      El conocimiento de la gesta de Mio Cid por el creador del poema de Las particiones del rey don Fernando, que he creído poder percibir a través de los extractos najerenses, se torna evidencia cuando de las refundiciones de Las particiones conocidas en el s. XIII se trata. La atención que los historiadores prestan ahora al detalle de «los fechos» permite conocer el pormenor del contenido de la gesta y establecer claras dependencias entre una y otra obra juglaresca. Los resúmenes de Alfonso X (en torno a 1270 y entre 1282 y 1284) y de fray Juan Gil de Zamora (en torno a 1280) nos informan ahora ampliamente acerca de dos redacciones nuevas de Las particiones (similares entre sí, pero irreductibles a un solo modelo) en que, si bien se reelaboran ciertos componentes del relato conocido c. 1185-1190 por el monje de Nájera, perviven muchas escenas y pormenores ya existentes en la versión del siglo anterior.
      Con la gesta de Las particiones del rey don Fernando, indudablemente otra obra maestra de la Epopeya española, la dramatización de la vida de Rodrigo Díaz de Vivar cubre ya el largo periodo histórico que va desde 1065 a 1099. Pero, además, el refundidor del s. XIII (o, ¡quién sabe!, su antecesor del s. XII) inventa, en forma de alusiones al pasado destinadas a colocar a Rodrigo ante un nuevo conflicto de lealtades contrapuestas, unas mocedades del Cid: su crianza en Zamora en casa de Arias Gonzalo, junto a los numerosos hijos de don Arias y en hermandad con la infanta Urraca, la hija del rey don Fernando, de quien don Arias es «padre», esto es, ayo o tutor, y el amor que la infanta le tiene; su participación en la conquista de Coimbra, donde el rey le habría armado caballero. Se trata de episodios nunca narrados por gesta alguna, pero rememorados por los personajes que dialogan en tiempos posteriores.

e. Las mocedades épicas de Rodriguillo

      Aparte de estas referencias de Las particiones al pasado de los personajes que en la gesta actúan, el deseo de «conocer» al héroe en sus etapas primeras de la vida dio finalmente lugar, aún en el s. XIII, a que un juglar zamorano, sumamente inventivo y ya con muy confusas nociones históricas acerca de los tiempos en que sitúa la acción, creara una nueva gesta referente a Rodrigo en tiempos de Fernando I que vino a completar la biografía cidiana: las Mocedades de Rodrigo.
      En ella, el Cid sigue siendo el «vasallo» ejemplar y se hace patente el conocimiento tanto del Mio Cid como de Las particiones. Pero las «virtudes» que el nuevo poeta valora en Rodrigo al presentarlo como el «vasallo» dilecto de Fernando I no pueden ser más antagónicas respecto a las que tenía en el Mio Cid y en las Mocedades. El hidalgo castellano, que al ir a enfrentarse con los poderes de Francia carece de pendón y se lo fabrica harpando su propio manto, que se precia de ser nieto de Lain Calvo, alcalde «cibdadano», esto es, burgués, y que incluso se jacta (aunque juegue con el sentido metafórico de las palabras) de que su padre vendió paño en las rúas de Burgos, es por esencia «el Soberbio Castellano». Su encumbramiento a la posición de vasallo «modélico» es debido a su arrojo temerario, a su arrogancia sin límites, a su desprecio a cualquier ley o norma que interfiera en el desarrollo de la persona, a su insolencia por ser hombre que sólo de sí mismo depende y para quien no tienen valor alguno las jerarquías seglares o religiosas existentes sobre la tierra. El mayor elogio que el poeta concibe para su héroe es que los ajenos (como el Conde de Saboya) y los propios (incluso su rey don Fernando) le consideren no hombre, sino «pecado», «diablo». Es la soberbia de ese indómito vasallo lo que le agiganta en la concepción del juglar de las Mocedades, de forma que, al presentarse con su rey, ante el Papa, ante el Rey de Francia y ante el Emperador alemán (según versos heredados por el Rodrigo).

Non sabían quál era el rey     nin quál era el Castellano,
sinon quando descavalgó el rey     e al Papa besó la mano.

      Las lecciones que la realeza fue teniendo que aprender del leal vasallo Rodrigo Díaz de Vivar forjado por los juglares épicos fueron, ciertamente, variando según se pasaba del binomio Rodrigo-Alfonso, al de Rodrigo-Sancho y al de Rodrigo-Fernando. La fontecica crítica del «Dios qué buen vasallo si oviesse buen señor» del viejo poeta «estremadano» desemboca finalmente, con las Mocedades, en un mar inapeable para la Monarquía, de hondura tal que el Rey pierde pie en la Historia. En el nuevo poema, don Fernando «par de Emperador» es una marioneta en manos de su vasallo, en cuya gloria se asienta únicamente la de su Rey, aunque el Cid le haga cruzar los puertos de Aspa para afirmar sus derechos frente al Emperador, el Rey de Francia y el Papa.

f. La Historiografía ante los varios cides épicos. La «Estoria de España»

      Hasta aquí la tradición cantada. Pero volvamos a ver su influjo en la Historiografía.
      La historia poética de Rodrigo Díaz de Vivar había dejado ya algunas huellas en la historiografía pre-alfonsí; pero sólo a partir de la compilación c. 1270 de la Estoria de España de Alfonso X vino a ser parte esencial de la historia del reino castellanoleonés y, por ende, de España.
      La utilización como fuente histórica del Mio Cid no ofreció problemas a los historiadores alfonsíes dado que la pormenorizada exposición épica de los primeros pasos del desterrado hasta enfrentarse con el Conde de Barcelona en territorio musulmán, de que trata el Primer Cantar, podía considerarse complementaria de lo contado por la Historia Roderici; en el Segundo Cantar, que tiene como fondo histórico la conquista y defensa de Valencia, los episodios poéticos, al estar centrados en la gestación del conflicto intrafamiliar, no contradecían ni a la historia latina ni a la historia árabe en que Alfonso X se apoyaba, y, en fin, en el Tercer Cantar, ni Corpes, ni las Cortes de Toledo, ni la lid judicial de Carrión eran hechos desmentidos por los «sabios» historiadores en cuyo autorizado discurso se basaba la Estoria, aunque nada dijeran de todo aquello. La desorientación de la crítica moderna en la evaluación del Mio Cid que Alfonso X conoció se debe a la creencia en que el manuscrito artificioso E2 (= X-i-4 del Escorial), el volumen 2º de la llamada Primera crónica general, era unitario y no, como es, un códice facticio en que una Versión amplificada en 1289 de la Estoria ha sido interpolada con nueva escritura en el s. XIV, y al desconocimiento de que la Versión crítica de la Estoria de España (de la cual es copia parcial la llamada Crónica de veinte reyes) es, como la Versión concisa de c. 1270, obra alfonsí, elaborada entre 1282 y 1284 en los últimos años de la vida de Alfonso X confinado en Sevilla. Desde 1961 está claro que el poema prosificado por Alfonso X, tanto c. 1270 como c. 1283, es el mismísimo conservado en la copia sacada para el Concejo de Vivar, aunque es copia algo anterior (puesto que el de Vivar es de tiempos de Alfonso XI) y, a veces, mejor.
      Más conflictiva resultó para Alfonso X la gesta de Las particiones del rey don Fernando, ya que la versión épica del reparto de los reinos y la descripción de la muerte de Fernando I y del comienzo de la guerra entre sus hijos contrastaba abiertamente con lo que contaban «los maestros que las escripturas compusieron» en latín. Como notaron los propios compiladores de la Estoria, el pormenorizado relato de la gesta no recibía el apoyo ni de Rodrigo de Toledo, ni de Lucas de Túi, ni de Pedro Marco cardenal de Santiago, esto es, de la compilación de Pelayo de Oviedo (que Alfonso X atribuía íntegramente al Petrus Marcius canónigo o «cardenal» de la sede apostólica compostelana que transcribió los Votos de Santiago añadidos al códice pelagiano procedente del monasterio de Corias). Pero aunque el problema de armonizar las fuentes detuvo, por algún tiempo, la conclusión de la redacción de la Estoria de España en los capítulos finales del reinado de Fernando I y en el primer año del reinado de Sancho II (según pone de manifiesto la tradición manuscrita basada en la Versión concisa de c. 1270), finalmente optó (especialmente en la Versión crítica de 1282-84) por incluir los detalles de la gesta que juzgaba más objetables descalificándolos con frases como: «algunos dizen en sus cantares que (...), mas esto non lo fallamos en las estorias de los maestros (...) e, por ende, tenemos que non fue verdat», «mas todo esto non semeja palabra de creer», «e commo quier que esta sea la verdat que estos onrrados omnes dizen, fallamos en otros lugares e en el cantar que dizen del rey don Fernando que (...)»; «mas commo quier que en el cantar del rrey don Sancho diga que (...), fallamos en las estorias que (...), e esta es la verdat, mas porque Nos queremos contar aquí complidamente la estoria toda (...) así commo la cuentan los juglares (...)». Gracias a esta voluntad de contar todo de forma cumplida, completa, y de no esconder nada del relato propio de la fuente utilizada por más que se crea digno de poca fe, conocemos bien el contenido de Las particiones en estos trechos.
      De la gesta de las Mocedades de Rodrigo tengo por cierto que no hay huellas en ninguna de las versiones alfonsíes de la Estoria de España, a pesar de las opiniones de la crítica contrarias a esta afirmación. Los pormenores que se atribuyen al conocimiento de esta gesta, o bien tienen una fuente no épica, o bien son desarrollos de las alusiones a hechos del pasado nunca presentados escénicamente por gesta alguna, que figuran, como ingredientes argumentativos, en discursos de los personajes de la gesta de Las particiones del rey don Fernando. En fin, o Alfonso X desconoció las Mocedades o consideró esta gesta tardía fábula inútil para su Estoria.
      En conjunto, pues, lo narrado por las fuentes épicas cidianas no representó un problema grave a la hora de componer la Estoria de España. Tampoco lo fue para Alfonso X el desequilibrio textual resultante de la longitud y pormenorismo de la narración de los hechos del hidalgo de Vivar creada por la sucesiva utilización de Las particiones, la Historia Roderici, la historia de Valencia de Ibn ’Alqama y el Mio Cid en contraste con las más escuetas noticias proporcionadas por «los maestros que las escripturas compusieron» acerca de los reyes contemporáneos, ya que, como es bien sabido, la «arquitectura» de las obras medievales no tenía en cuenta el criterio de las proporciones de las partes y las digresiones no estaban limitadas por imposiciones de espacio.

 

g. La «Estoria caradignense del Cid» socava los cimientos de la «Estoria de España»

      Sin embargo, la biografía cidiana acabaría por desestabilizar la historia del reino castellano-leonés, e, incluso, por desencadenar un proceso que conduciría al desmantelamiento en la Historiografía de los principios que habían gobernado el gran esfuerzo científico del Rey Sabio; ante todo, del respeto a la verdad trabajosamente establecida por los sabios hombres que pusieron en escrito «los fechos que son passados para aver remembrança dellos como si entonces fuessen», como si ocurriesen en la actualidad vivida.
      Esta crisis del pensamiento histórico de Alfonso X no tuvo su origen en la utilización de las gestas como fuentes históricas, sino en el influjo que, en un determinado momento, vino a ejercer en la tradición textual de la Estoria de España una obra monacal que no compartía la fe alfonsí en el valor doctrinal y sapiencial de la verdad histórica: la *Estoria caradignense del Cid. Aunque no haya llegado a nosotros en forma autónoma, creo preciso detenerme un poco en su presentación, vista su importancia.
      El monasterio de Cardeña, que el Rodrigo Díaz y la Jimena históricos consideraron su santuario familiar, proporcionó al juglar del Mio Cid escenario, apenas comenzada su historia, para un acto definitorio de lo que iba a constituir el tema central de la gesta: la promesa de Rodrigo a la mujer y a las hijas aún niñas de que, a pesar de partir pobre al destierro, ganaría para ellas un solar familiar en el que casaría honrosamente «por sus manos» a esas sus hijas. Es una promesa que inicialmente el Cid incumple, por considerar obligación mayor a ella el sometimiento a la voluntad de su rey, y ese incumplimiento fatalmente desencadena el desastre familiar que culmina en la afrenta de Corpes, desastre sólo reparado mediante las segundas bodas de doña Elvira y doña Sol. Esta escena inicial de la despedida en Cardeña da unidad a los tres cantares de la gesta. Pero el juglar del Mio Cid, que despreciaba, por razones socio-políticas, a los ricos-hombres de Castilla y de la Tierra de Campos, ignoraba de ese monasterio incluso la fama de San Sisebuto, el muy prestigiado abad contemporáneo de Rodrigo, y tuvo que inventar un bonachón y servicial «abad don Sancho» para completar tan crucial escena.
      Pese a ese desconocimiento del cenobio por el juglar estremadano, andados los tiempos, los benditos monjes de Cardeña vendrían a descubrir, gracias a él, que su antiguo feligrés Rodrigo Díaz podía ser un «patrón» mucho más productivo que los descendientes de los antiguos enemigos del hidalgo de Vivar, los grandes señores de las comarcas de Nájera y Oca (Garci Ordóñez y Alvar Díaz), aunque esos descendientes siguieran detentando el poder y gozaran de la confianza regia en tiempos de Alfonso VII, Sancho III y la minoría de Alfonso VIII. Los monjes de Cardeña, pendientes de los intereses del cenobio, desarrollaron, en beneficio propio, una historia del Cid conductora, en su desenlace, a atraer el interés de sus receptores hacia un conjunto de «reliquias» cidianas mostrables en el ámbito del monasterio.
      La *Estoria del Cid escrita en Cardeña [no sabemos si en la redacción que conocemos o en otra previa] parece haber sido ya conocida de los historiadores alfonsíes. Al menos de los que entre 1282 y 1284 trabajaban en Sevilla en la Versión crítica, ya que en esta redacción de la Estoria de España, tras consignar, siguiendo al Liber regum refundido de c. 1220, la muerte del Cid en Valencia en mayo de 1099 y su enterramiento en San Pedro de Cardeña, se añade:

«E porque en la su Estoria se contiene de cómmo murió e lo que acaesció a la su muerte, por eso non lo pusimos aquí por non alongar esta estoria».

      Aunque según vemos no descalifiquen a la *Estoria del Cid como fuente historial, no se sintieron obligados, cosa extraña, a recoger su relato en la Estoria del reino.
      En cambio, el deseo de incorporar de alguna forma la *Estoria caradignense a la Estoria de España, creo que es la razón de que, en tiempo de Sancho IV, el manuscrito regio E2 (X-i-4 de El Escorial), que contiene la Versión retóricamente amplificada escrita en 1289 de la sección de la Estoria de España que se inicia en Ramiro I, dejara interrumpida la historia del Cid en Valencia con su ida a Zaragoza tras el cerco de Aledo por los almorávides y no continuara su labor sino mas allá de la muerte del Cid. Esta laguna parece indicar que la narración de los hechos heredada de la Versión concisa alfonsí (que aun recoge la Versión crítica, versión desconocida por los redactores de la Versión amplificada) no satisfacía ya a los amplificadores-refundidores que escribían para Sancho IV.
      Tiempo después, cuando a mediados del s. XIV, reinando Alfonso XI, se intentó completar aquella «laguna» histórica en el códice regio E2 interpolando en él el final de una historia del Cid, en vez de recurrir a la compilación alfonsí, se copió el relato de cierta Versión mixta en que, junto a la materia heredada de la compilación alfonsí, se daba ya entrada a la *Estoria caradignense del Cid. Gracias a la sobrevivencia de un manuscrito completo de esa Versión mixta (el ms. F), sabemos que esta crónica se iniciaba en Fernando I y ello explica la extemporánea numeración de capítulos que súbitamente aparece en el manuscrito facticio E2 tal como hoy se conserva.
      Según esta Versión mixta nos la da a conocer, la *Estoria caradignense del Cid contaba la conquista de Valencia por el Cid siguiendo a la letra, sin eliminar por completo el punto de vista musulmán, el relato árabe de Ibn ’Alqama [de forma similar a como utilizaba esa fuente Alfonso X en las dos redacciones de su Estoria de España]. Acabada la conquista, la historia continuaba con una narración de ascendencia épica que remonta al Mio Cid: después de utilizar la información de los vv. 1209 y 1220 del poema, la *Estoria seguía de corrido, desde la llegada del rey de Sevilla hasta la lid de Carrión, el relato poético. La historia cidiana se remataba con una exposición, inventada obviamente en el cenobio, referente a las postrimerías del Cid, a sus «reliquias» caradignenses y a la conversión al cristianismo del alfaquí al-Waqqaši, supuesto tío del supuesto autor de su Estoria, Ibn al-Faraŷ, el alguacil histórico del Cid en Valencia. Estos componentes tan dispares se sometieron a un malicioso y, a la vez, ingenuo proceso manipulador a fin de lograr convencer a los receptores del relato de la credibilidad y autenticidad de los sucesos narrados.
      Pese a las grandísimas diferencias existentes entre lo contado por esta *Estoria caradignense y los cantares de «Las bodas» y de «Corpes» del Mio Cid, he podido observar que, tanto en el uno como en el otro de estos cantares, el monje de Cardeña tuvo presente un texto poético que no difería del copiado para el concejo de Vivar y que conoció asimismo Alfonso X. No obstante, es demostrable que los redactores de la obra monacal y los historiadores alfonsíes consultaron el viejo poema por separado: no cabe defender la hipótesis de una prosificación previa, de la cual dependiesen el texto de la Versión crítica de la Estoria de España y la *Estoria caradignense.
      Aunque el relato monacal en prosa basado en el «Cantar de las bodas» se aparta notablemente del que ofrece el Mio Cid conocido, un estudio detenido de las divergencias me permite asegurar que todas ellas resultan más explicables como arreglos hechos en atención a exigencias procedentes de una determinada concepción cronística de la historia que como invenciones poéticas de un juglar refundidor. En cambio, en la narración caradignense correspondiente al «Cantar de Corpes», si bien la manipulación cronística de la información poética sigue siendo evidente y muchas curiosas deformaciones sufridas por la materia épica son atribuibles a una labor creativa surgida de procesos de racionalización del relato, otras importantes novedades de contenido se resisten a ser explicadas como arreglos inspirados en razones puramente historiográficas. Y a la presencia de esos episodios ajenos o profundamente discordantes respecto al relato del Mio Cid se une un hecho muy sorprendente: la existencia en estos pasajes de múltiples incongruencias respecto a lo que la propia narración cronística recoge en otros pasajes del relato. Por ejemplo, se dan flagrantes contradicciones respecto a quiénes son los vasallos cidianos que combatirán en Carrión contra los infantes; acerca de la distribución entre Diego y Fernando de los actos de cobardía en que incurrieron en Valencia; sobre la relación de parentesco entre Alvar Fáñez y el Cid (si era tío o primo de doña Elvira y doña Sol); respecto a cuándo recibieron las espadas Colada y Tizón los yernos del Cid y cuándo ganó el Cid a Tizón. Todo parece apuntar a la coexistencia en la «Interpolación» de segmentos narrativos procedentes de dos tradiciones discordantes del relato correspondientes al «Cantar de Corpes» del Mio Cid. Por razones que sería largo reproducir aquí, puedo aclarar que esta mixtura de dos versiones discordantes no se produjo en la Versión mixta, sino que esta Estoria de España la heredó ya de la *Estoria caradignense del Cid. De dónde tomó ese otro Mio Cid el monje de Cardeña compilador de la Estoria del Cid no me es posible saberlo; sólo, sí, señalar que se trata de episodios novelizados en que un modelo poético parece ya fuente lejana, no inmediata, en contraste con lo que denotan los otros pasajes narrativamente fieles al viejo Mio Cid que se dan en la propia *Estoria caradignense en que la prosificación verso a verso ha dado lugar a un texto de otra índole.
      Dado que la Versión mixta de la Estoria de España sólo acudió a la *Estoria caradignense para completar la historia del Cid a partir de la «laguna cidiana», no podemos saber cómo era esta obra monacal en secciones anteriores a la «Interpolación» de que he venido hablando, toda vez que en ellas, la Versión mixta utiliza la compilación alfonsí. Pero el extenso fragmento interpolado bastó para promocionar en la tradición textual de la Estoria de España una tendencia a la novelización de la narración que, a pesar de la competencia, que dentro de esa tradición supuso la difusión manuscrita de la Versión crítica en sus secciones «modernas» de la historia de España, se convertiría en un proceso irrefrenable.
      El importante efecto que en la tradición manuscrita de la Estoria de España llegó a tener la Versión mixta no se debió a la proliferación de su texto en copias, sino a que vino a servir de punto de partida a otra «versión» de esa última parte de la Estoria de España que también se inicia en el reinado de Fernando I: la Crónica de Castilla, elaborada en torno a 1290.

 

h. La «Crónica de Castilla» como filtro historiográfico de la Epopeya

      En la sección correspondiente a la «Interpolación cidiana», la Crónica de Castilla se hermana con la *Crónica manuelina (que don Juan Manuel, c. 1320-25 extractó en su Crónica abreviada) y el prototipo de ambas deriva de un texto hermano (aunque independiente de los conocidos) de la Versión mixta, adicionado con algunos pasajes de procedencia no épica. La materia heredada de la *Estoria caradignense presenta en la Crónica de Castilla una mayor coherencia que en la Versión mixta, pero no debido a que conserve el texto original donde esta otra crónica lo tendría deturpado, sino como resultado de un trabajo corrector de homogeneización. En las narraciones medievales las versiones más «perfectas» son, por lo común, las más tardías, las más trabajadas por sucesivos refundidores del texto.
      El hecho de que, contra lo que se suele creer, el texto de esta sección de la Crónica de Castilla no denote el conocimiento directo de los textos épicos no es extensible a las secciones anteriores de la obra. Nada más comenzar la lectura de la Crónica de Castilla saltan a la vista, en el reinado de Fernando I, una serie de interpolaciones a la Versión mixta, sobre la cual descansa la exposición del reinado, referentes a las mocedades de Rodrigo Díaz de Vivar. El hecho de que la Crónica de Castilla dé plena entrada en la trama de la Estoria de España a la gesta que Alfonso X no conoció o no consideró fuente histórica es bien sabido; pero la crítica ha evaluado de forma muy insatisfactoria el testimonio que sobre el poema épico proporciona la crónica, por no tener en cuenta las técnicas de composición y redacción de la historia propias del autor de la Crónica de Castilla y haberla asimilado erróneamente a la de los talleres historiográficos del Rey Sabio.
      El estudio de la Crónica de Castilla, no como un centón de pasajes procedentes de diversas fuentes, sino como una obra, una refundición, dotada de personalidad, me ha permitido comprobar que su autor daba prioridad a la función didáctico-política de la Historia y no compartía en absoluto la fe de Alfonso X en que el trabajo y honradez de los sabios maestros hubiera dejado en herencia una «verdad» digna de estudio y meditación filosófica. Según los criterios de composición del nuevo cronista, la narración recibida de las fuentes debía ser moldeada libremente para que el mensaje doctrinal tuviera eficacia. El «estoriador» era libre de manipular e inventar cuanto quisiera en beneficio de la alta función de la Historia. Este modus operandi aplicado a las Mocedades de Rodrigo le permitió desarticular intencionalmente, en beneficio de sus propósitos historiales, toda la intriga épica, ocultar máximamente las guerras y reducir las relaciones conflictivas del rey, la alta nobleza condal, los descendientes del alcalde ciudadano Lain Calvo y del propio Rodrigo a su concepción de cómo debiera ser el reparto de derechos y poder en el reino después del pacto de Sancho IV con los «estamentos» que depusieron a Alfonso X. La gesta de las Mocedades del s. XIII y el Rodrigo copiado en un manuscrito del s. XV tenían mucha más similitud que lo que suele creerse; desde sus orígenes, la gesta cantó como modelo de «vasallo» a un Rodrigo con temperamento y acciones de «el Soberbio castellano»; la altanería y los desplantes del Cid mozo ante su rey, ante el Emperador, ante el Papa formaban ya parte de la gesta de las Mocedades del s. XIII, aunque no por ello haya de confundirse esa redacción primigenia, al menos en su andadura métrico-narrativa, con la conservada.
      El conocimiento c. 1290 de textos épicos en forma poética por el compilador de la Crónica de Castilla es evidente también en el reinado de Sancho II y en el comienzo del de Alfonso VI. La crónica incluso reproduce trozos asonantados de varias laisses épicas con ocasión del reto de Zamora y de la jura de Santa Gadea. Es, pues, seguro que tuvo presente nuevamente una versión del poema de Las particiones del rey don Fernando, de cuyos varios cantares tomó información adicional para completar la narración que heredaba de la «Versión mixta». Pero lo más curioso es que también conoció una versión muy refundida en verso del comienzo del Mio Cid, ya que recoge, conservando sus asonantes, el discurso de Alvar Fáñez, cuando éste, en nombre de todos los de la criazón del Cid, se compromete a seguirle en el destierro, y varios pasajes (ya sin huella de las asonancias) relativos a la salida de la mesnada de Burgos hacia Cardeña y tierra de moros. Estos pasajes tomados de una nueva redacción del Mio Cid permiten ver que existió una Refundición poética de las más vieja gesta cidiana en que ya se habían hecho presentes algunas de las novedades que se reflejan en la prosa de la *Estoria caradignense (como es el que Alvar Fáñez sea primo y no sobrino del Cid), y hasta me permiten defender (apoyándome adicionalmente en el Romancero épico) que el comienzo del «Cantar del Destierro» en esta forma refundida llegó a cantarse cíclicamente unido a Las particiones como complemento de la Jura de Santa Gadea. Este fenómeno, el del canto cíclico de gestas de vario origen, es una costumbre bien ilustrada para la Epopeya medieval francesa.

Epílogo

      En esta mi rápida exposición, llena de afirmaciones cuya prueba dejo para mi libro (recientemente publicado) La épica española. Nueva documentación y nueva evaluación,(**) Madrid: Fundación R. Menéndez Pidal y Universidad Complutense, 2000, he intentado cumplir con el compromiso de tratar en conjunto la cuestión de la difusión del poema de Mio Cid y de su impacto en la Historia escrita de la Edad Media conforme el Cid, como personaje literario, se iba abriendo camino, de forma cada vez más invasora, en las «Crónicas generales» herederas de la Estoria de España de Alfonso X.
      La historia nacional escrita tuvo que hacer frente a la transformación en la poesía cantada de los rasgos definitorios del vasallo aleccionador de reyes, que fue en todo tiempo el Cid literario. A pesar de que, en el tránsito del s. XIII al s. XIV la Historiografía estuvo especialmente atenta a reflejar las nuevas relaciones de poder y de derecho entre Monarquía, alta Nobleza y baja Nobleza, ni antes ni después de la revolución nobiliaria que depuso a Alfonso X los escritores de Historia consideraron aceptable reflejar en sus relatos la libre presentación, característica de las narraciones juglarescas, de realidades de la vida y de modelos en las relaciones sociales que chocaban frontalmente con los principios morales y políticos dominantes en la sociedad estamental. El recelo de la Historiografía ante las fuentes épicas no detuvo el proceso de novelización de la Historia nacional; pero la censura constante ejercida sobre los relatos de la Epopeya para acomodar los hechos y discursos de sus personajes a los comportamientos que la escritura (en cualquiera de sus funciones) tenía por correctos, privó a esos personajes de la fuerza pasional y vital con que los juglares los habían dotado. Sólo la voz del Romancero oral conservará memoria fiel, en el Siglo de Oro y hasta tiempos modernos, de la versión dramática y viva de la Historia medieval que la Epopeya había forjado, dando así lugar a la pervivencia en la memoria colectiva de personajes, como el Cid del Romancero y la doña Urraca del Romancero, que encarnan «valores» de la comunidad suprimidos de raíz por la Literatura y la Historia escritas.

Diego Catalán, "El Cid en la historia y sus inventores."(2002)

 ** La épica española. Nueva documentación y nueva evaluación ha sido publicada en esta bitácora.

Índice de capítulos:

* PRESENTACIÓN

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (1)
   a. La realidad se forja en los relatos

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (2)
    b. Rodrigo, Campeador invicto para sus coetáneos

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (3)
   c. Del Campeador al Mio Cid. Los nietos del Cid y la herencia cidiana

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (4)
   d. Rodrigo, el vasallo leal, a prueba

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (5)
   e. El Soberbio Castellano

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (6)
   f. El Cid se adueña de la Historia y la Historia anquilosa la figura del  Cid

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (7)
   g. El Cid del Romancero salva al personaje literario del corsé historiográfico

* II EL «IHANTE» QUE QUEMÓ LA MEZQUITA DE ELVIRA Y LA CRISIS DE NAVARRA EN EL SIGLO XI 

*  III LA NAVARRA NAJERENSE Y SU FRONTERA CON AL-ANDALUS

*   IV EL MIO CID Y SU INTENCIONALIDAD HISTÓRICA

V EL MIO CID DE ALFONSO X Y EL DEL PSEUDO IBN AL-FARAŶ

VI RODRIGO EN LA CRÓNICA DE CASTILLA. MONARQUÍA ARISTOCRÁTICA Y MANIPULACIÓN DE LAS FUENTES POR LA HISTORIA

* VII LA HISTORIA NACIONAL ANTE EL CID

* APÉNDICE I.  SOBRE LA FECHA DE LA HISTORIA RODERICI

* APÉNDICE II. SOBRE LA FECHA DE LA CHRONICA NAIARENSIS

* ÍNDICE DE REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS (Y CLAVE DE SIGLAS)

VI RODRIGO EN LA CRÓNICA DE CASTILLA. MONARQUÍA ARISTOCRÁTICA Y MANIPULACIÓN DE LAS FUENTES POR LA HISTORIA

 

VI RODRIGO EN LA CRÓNICA DE CASTILLA. MONARQUÍA ARISTOCRÁTICA Y MANIPULACIÓN DE LAS FUENTES POR LA HISTORIA

 

a. La crítica textual y la narratología. El problema de los textos formal, estructural e ideológicamente mixtos

      En estos últimos tiempos se ha venido produciendo un gran avance en el conocimiento e interpretación de las obras de la historiografía medieval hispana debido a la convergencia de dos métodos de aproximación a los textos: la crítica textual, renacida con planteamientos a la vez viejos y nuevos, y la narratología, con su afirmación esencial de que la Historia es siempre relato y, por lo tanto, Literatura; esto es, de que los sucesos (los «fechos», que decía Alfonso X) no tienen significado sino en tanto componentes de un discurso, que es el que verdaderamente significa, apunta a supuestas realidades.
      Sólo estableciendo con precisión líneas de tradición textual, que suplan o complementen la cronología de los textos, podemos llegar a la reconstrucción de los «prototipos» a que remontan un conjunto de ejemplares —diversos entre sí— de una obra y a discernir lo que en cada texto es innovación de lo que es herencia (tanto si lo examinado es un ejemplar, como si se trata del «prototipo» de una obra más o menos nueva).
      Por ello, esta tarea es un paso previo imprescindible para después plantearnos qué justificación tienen las operaciones de selección e innovación descubiertas en un texto singular o en el «prototipo» de una obra.
      En la práctica, esta doble labor crítica es más compleja de lo que tan sucinta exposición podría hacer pensar. Dos son, a mi ver, los escollos.
      La mayor dificultad para el establecimiento de líneas generacionales entre textos (determinación del stemma) es, según reconocen cuantos practican con cierto conocimiento técnico la «crítica textual», la existencia y frecuencia de la «colación», esto es, de la utilización de dos (o más) textos «hermanos» para elaborar otro más «perfecto», pues en un primer análisis el texto resultante parece un prototipo anterior, libre de los «defectos» particulares de los textos que, en realidad, son sus fuentes. No obstante, una larga tradición técnica dedicada a establecer la tipología de los errores y deturpaciones y de su trasmisión permite, las más de las veces, salvar el escollo.
      Menos atención ha merecido otra dificultad que perturba seriamente el estudio de cómo y por qué varían los textos en el curso de su reproducción, esto es, de la transferencia de su contenido desde unos folios a otros (trasmisión escrita) o desde una memoria a otra (trasmisión oral): es el desconocimiento de eslabones intermedios en la trasmisión que nos ayuden a separar estratos varios en el conjunto de novedades observadas en el texto examinado al confrontarlo con su último estado previo conocido. En efecto, si nos proponemos explicar los principios que presidieron la elaboración o reelaboración de un nuevo texto y reconocer en él la huella del co-autor responsable de la nueva forma adquirida por la materia heredada, es necesario aislar en el texto las novedades (por adición u omisión) que le son atribuibles; pero, si han existido estados intermedios del texto hoy no documentados, corremos el riesgo en esa tarea de atribuir a un solo modelo formal y a una sola «causa material», esto es ideológica, reformas acumuladas procedentes de la acción de sucesivos contribuyentes al estado presente del texto.
      En la Historiografía medieval, los textos formal, estructural e ideológicamente mixtos son más comunes que los que responden a unos principios (estilísticos, de concepción de la historia e ideológicos) unitarios, pues, por lo común, el «saber» medieval es concebido como «tradición» y el trasvase de ese «saber» de un texto a otro se produce respetando, no sólo contenidos sino también la expresión de esos contenidos, que se considera como parte inalienable de los mismos.
      La conciencia de la existencia de este problema nos debe hacer muy cautos a la hora de evaluar cualquier texto mientras no podamos explicar plenamente las secciones y estratos textuales de que se halla formado. Antes de intentar clasificarlo ideológicamente mediante el análisis del conjunto de rasgos pertinentes que en él se hallan presentes debemos determinar qué hay de casual y automático en la copresencia de esos rasgos y qué emerge como elemento constituyente de una intencional acción refundidora cuya coherencia podemos descubrir.

b. La «Crónica de Castilla», caso ejemplar

      La obra sobre la que voy a centrar hoy mis observaciones ilustra todos estos problemas con que se enfrenta el estudio de la historiografía medieval. Se trata de la llamada Crónica de Castilla, un texto post-alfonsí referente a la historia «nacional» desde el surgimiento del nuevo reino con Fernando I, hasta que, en medio del reinado de Fernando III, Castilla se une nuevamente con León en una sola corona.
      Visto en conjunto, el prototipo de esta obra, que tuvo una amplia y compleja descendencia manuscrita, tiene una notable personalidad: a grosso modo, la Crónica se nos presenta como la más interesada en el estamento nobiliario, la menos afín a la jerarquía eclesiástica y la menos dependiente de la corona entre nuestras historias anteriores al siglo XV. Desde que Cintra 1 demostró su anterioridad a la Crónica de 1344, la Crónica de Castilla está pidiendo una edición crítica (que no acaba de llegar) y una valoración de conjunto, pues evidentemente es una de las piezas centrales en la evolución de la historia de España que años atrás diseñó Alfonso X.
      Personalmente, vengo trabajando desde hace largo tiempo en su estudio y creo haber traído bastante luz sobre ella; pero el panorama historiográfico relativo a la sección de la historia hispana que va de Fernando I a Alfonso VIII no se ha clarificado aún con la precisión lograda en estos últimos tiempos para las secciones anteriores de la Estoria de España, donde, por primera vez, todas las piezas del puzzle encajan a la perfección. Ello me llevó en 1997 a dejar interrumpido en la muerte de Vermudo III mi libro De la silva textual al taller historiográfico alfonsí —Códices, crónicas, versiones y cuadernos de trabajo—, en que examino exhaustivamente la tradición manuscrita heredera de la Estoria de España alfonsí en todas sus manifestaciones escritas, por considerar que la historia posterior a Vermudo III requería aún algunos años de investigación colectiva antes de poder ofrecer de ella una visión concluyente, y a reservar para una nueva obra mis observaciones sobre ella. 
      Son varias las causas que contribuyen a la desorientación crítica: 1º.  Desde Fernando I carecemos de representantes manuscritos directos de la redacción primigenia de la Estoria de España de c.1270 que, sin embargo, sabemos incluía esta parte; tenemos que conformarnos con la existencia de la Versión crítica, de la Versión amplificada y de una Versión mixta que, a trechos se hermana con la amplificada y a trechos parece heredar un texto anterior al utilizado por la Versión crítica y, por lo tanto, relacionable con la versión de c. 1270 perdida. 2º A mitad del capítulo «de los castiellos que pechauan al Çid, e de lo que el enuio dezir al rey de Saragoça, et de como cercaron los almorauides el castiello que dizien Alaedo» (PCG, c. 896) se interrumpe la Versión amplificada y sólo existe, como herencia del proyecto alfonsí, la Versión crítica; la Versión mixta (de la que es también representante la mano del siglo XIV que «completó» el texto del ms. E2) ofrece en este lugar una «Interpolación cidiana» basada en la perdida *Estoria caradignense del Cid del pseudo-Ibn al-Faraŷ, obra forjada a partir de la historia de Valencia de Ibn ‘Alqama (que Alfonso X utilizó también) y de materiales épico-legendarios cidianos no alfonsíes; para mayor confusión, tal como figura el relato en la «Interpolación» de la Versión mixta, es preciso reconocer en esos materiales cidianos dos relatos llenos de contradicciones entre sí, mal combinados por uno de los dos posibles responsables del texto: el monje de Cardeña que compiló la *Estoria o el interpolador de la *Estoria en la Versión mixta. 3º  Acabada la «Interpolación», resurge el panorama textual anterior hasta el fin del reinado de Urraca (PCG, cap. 966 [=967]); pero, a partir de este punto, esto es, con el comienzo del reinado de Alfonso VII, la interrelación de los diversos textos cronísticos antes conocida caduca: sobreviven, sí, la Versión amplificada y la Versión mixta, que son muy coincidentes, y están basadas en una redacción previa alfonsí de c. 1270; pero ni su texto ni esta redacción alfonsí previa fueron conocidos por la continuación que presentan los manuscritos basados en el prototipo de la Versión crítica, continuación que sólo se relaciona con el texto de la Versión amplificada y de la Versión mixta a través de las fuentes.
      La Crónica de Castilla, puesto que empieza en Fernando I, no viene caracterizada de atrás, como la Versión crítica o la Versión amplificada que están para nosotros pre-caracterizadas a través de su comportamiento en las secciones anteriores de la historia. La comparación intertextual nos permite situarla, desde su comienzo, como un particular desarrollo de la rama textual que hemos denominado Versión mixta, dentro de la cual es un descendiente con muy notables innovaciones. Al llegar a la «Interpolación cidiana» sigue de acuerdo con la Versión mixta en cuanto que ofrece el texto de la *Estoria caradignense del Cid, en el cual introduce adiciones innovadoras; pero ahora se muestra, en ciertos episodios y detalles, heredera de un prototipo anterior al de los otros textos pertenecientes a la rama de la Versión mixta. Otra novedad es que, en esta sección de la «Interpolación cidiana», la *Crónica manuelina resumida por don Juan Manuel en su Crónica abreviada, que venía siendo un texto de la Versión mixta sin interpolaciones, pasa a coincidir con la Crónica de Castilla, tanto en detalles innovadores como en detalles conservadores, aunque no por derivar de ella, sino por descender de un prototipo común en que todavía no se daban algunos defectos y arreglos de la Crónica de Castilla. Cuando reaparece la Versión amplificada, una vez acabada la «Interpolación» caradignense, se restaura la situación precedente. Mayor importancia tiene el hecho de que cuando, después de la muerte de la reina doña Urraca, la Versión crítica desconoce la Estoria de España alfonsí de c. 1270 reflejada en la Versión amplificada y en la Versión mixta (que van concordes), la Crónica de Castilla remonte al mismo texto independiente que la Versión crítica y que ese texto independiente utilizado por ambas crónicas no sea identificable ni con el de la Crónica de Castilla, ni con el de la Versión crítica, pues una y otra crónica innovan de forma separada respecto a él, sea para introducir materia nueva (Crónica de Castilla), sea para someter el texto, que carecía de estructura analística, a una estructura por años de reinado con la consiguiente incorporación de datos procedentes de anales (continuación de la Versión crítica). 
      Entre los múltiples interrogantes que los datos aquí sumariados plantean hay uno que toca de lleno a la cuestión a que vengo refiriéndome: ¿podemos considerar fruto de una sola iniciativa el conjunto de las peculiaridades textuales de la Crónica de Castilla? En mi anterior etapa de investigación sobre la Estoria de España me esforcé en poner de manifiesto, contra la pereza mental de historiadores, de medievalistas y de lingüistas, que tratar a la Primera crónica general como un todo unitario era un sin sentido. Antes de poder caer en un error similar con la Crónica de Castilla (o con la Versión crítica si la extendemos a la sección iniciada con Alfonso VII) creo preciso alcanzar un mejor conocimiento en todo el proceso de elaboración y reelaboración de la materia histórica en esta sección de la historia.
      Ello me ha llevado a intentar avanzar progresivamente en la determinación de cómo llegó la Crónica de Castilla a tener el texto que tiene y qué principios rigen la integración de nueva información en las diversas secciones de la historia que hemos indicado, antes de atribuir a uno o varios co-autores el edificio reformado.
      Dado el marco en que expongo mis conclusiones, me limitaré hoy aquí a estudiar la integración por la Crónica de Castilla, en el texto de la Estoria de España que heredaba, de una sección de la «biografía» de Rodrigo Díaz de Vivar prácticamente ignorada por los estados anteriores de la Estoria: la de su vida y sus hechos antes de la muerte del rey don Fernando.

c. La integración en la biografía cidiana de unas mocedades en tiempo de Fernando I

      Puesto que, desde 1844, es bien conocido el hecho de que en cierto manuscrito del siglo XV de la Crónica de Castilla se incluye, a continuación, otro relato cronístico cidiano (ajeno a los restantes manuscritos de la Crónica), referente a las enfances del Cid, en el cual se pasa paulatinamente de la prosa al verso y en que reaparecen muchas de las escenas interpoladas en la historia de Fernando I por la Crónica de Castilla, la crítica tuvo siempre claro el origen de las novedades cidianas introducidas por esta crónica en este reinado de la Estoria de España: el refundidor, abandonando actitudes previas de la historiografía, abrió las puertas de la historia erudita a la información contenida en una de las fábulas juglarescas más novelescas, más apartadas del verismo que caracteriza a los cantares épicos hispanos viejos, a una gesta de las Mocedades de Rodrigo anterior al Rodrigo conservado en ese manuscrito del siglo XV.
     En el estudio de esta fábula épica las dos manifestaciones principales conservadas requieren un análisis crítico previo.
      Respecto al Rodrigo del manuscrito del siglo XV, conviene aclarar que la curiosa transición paulatina de la prosa al verso debe imputarse a una vacilación del «cronista» transcriptor en el modo de registrar la historia y no a una técnica del autor (como desde Menéndez Pidal 2 se ha venido pensando). También debida a la utilización cronística del texto poético es, sin duda, la presencia en él de versos monstruosamente largos, que, según ha puesto de manifiesto Montgomery 3, tienen su origen en glosas cronísticas aclaratorias de los nombres propios (y de los títulos) usados en el poema (glosas muy comunes en la transmisión de textos historiográficos); nada apoya la hipótesis (propuesta por Deyermond) 4, de que el texto manuscrito deba sus propiedades anti-poéticas al hecho de haber sido escrito al dictado de un juglar que lo iba recitando de memoria.
      No menos sobresaliente que el carácter semi-prosístico del poema conservado es la presencia en el Rodrigo de un componente ajeno a las interpolaciones arriba mencionadas que, basadas en las Mocedades de Rodrigo, incorporó a la Estoria de España alfonsí la Crónica de Castilla. Consiste en varios episodios que tienen como tema la historia de la creación de la diócesis de Palencia: vv. 95-135, 144-203, 283-292 y el fragmento 732-745 (que parece inconcluso a causa de una laguna). No cabe duda de que estas interpolaciones palentinas fueron hechas por persona vinculada a la iglesia catedral de Palencia 5 y no, simplemente, de «tierras de Palencia» 6; pero los esfuerzos realizados por la erudición para conectar esas adiciones palentinas a la gesta con una determinada situación histórica en que los derechos del obispo de la diócesis de Palencia se vieran amenazados por ambiciones de otras autoridades eclesiásticas o por acciones de la nobleza, aunque me parecen basados en una intuición acertada, han resultado por ahora, infructuosos. Como ha notado Faulhaber 7: el poema «tuvo obviamente como propósito fomentar el prestigio de la diócesis en cuestión, pero ¿cómo? y ¿cuándo? Estos interrogantes deben aún permanecer abiertos».
      Por otra parte, hay que subrayar el hecho de que las adiciones de interés eclesiástico están muy mal incardinadas, de modo que sólo mediante su omisión (leyendo el v. 136 y ss. tras el v. 94 y el v. 204 y ss. tras el 143) queda clara la línea expositiva del poema. En vista de ello, no creo admisible responsabilizar a ese interpolador (como hace Deyermond) 8 de la arquitectura ni del conjunto de los versos del poema. Una prueba adicional de la desconexión de la narración épica respecto a la obra del propagandista de la iglesia palentina la constituye el pasaje en que Rodrigo, para apresar violentamente al conde Ximeno Sánchez de Burueva, quebranta el sagrado de una iglesia dedicada a Santa María. Me parece del todo inadmisible atribuir a cualquier canónigo o diácono de la iglesia palentina (en ningún período histórico en que podamos colocar el Rodrigo) la invención de una acción como la descrita por los versos (706-709):

En Santa María la Antigua     se ençerró el conde lozano,
conbatiólo Rodrigo,     amidos que non de grado,
ovo de rronper la iglesia     et entró en ella privado;
sacólo por las barvas ()     de tras el altar con su mano,

sin que esa acción provoque una reacción de la ofendida madre de Dios. El interpolador paniaguado de la catedral de Palencia, si era clérigo, no se molestó en retocar el texto juglaresco que heredaba.
      En fin, el paso del texto por manos de cronistas-copistas y de servidores de la diócesis palentina no excluye, sino que exige, la existencia de un poema, en verso épico aceptable, con una estructura narrativa compacta y coherente, exclusivamente fundado en la tradición épica que sabemos existía desde tiempo atrás. En esa gesta aprovechada por el servidor de la diócesis de Palencia, se concedía especial importancia a la ciudad de Zamora, considerada como sede habitual de la corte de Fernando I (vv. 245, 538, 562, 404, 406, 407, 525, 539, 646, 720) o representada por «el pueblo çamorano» (vv. 697, 716, 770).
      Si la crítica ha tenido más o menos siempre conciencia del problema que supone la existencia de un adaptador palentino y de unos copistas que en ciertos aspectos modificaron la tradición épica heredada por el Rodrigo, en cambio, no ha puesto en duda la fidelidad del historiador de la Crónica de Castilla al contenido del poema épico que tuvo presente cuando interpoló en la Estoria de España los «datos» relativos a las mocedades de Rodrigo.
      Sin embargo (frente a Menéndez Pidal, frente a Armistead y frente a Deyermond) 9 me parece evidente que el cronista postalfonsí desarticuló intencionalmente la intriga de la gesta para someter la materia épica a la imagen que de Rodrigo, de sus relaciones con el rey don Fernando y del estado del reino le interesaba presentar en su historia, imagen muy discordante de la que encontraba en su fuente épica.

d. La gesta de «Las particiones del rey don Fernando» y sus alusiones al pasado de Rodrigo

      Pero antes de comentar esa distorsión cronística del poema épico de las Mocedades de Rodrigo creo preciso desembarazar el análisis de un problema lateral que ha venido confundiendo a la crítica: el de los datos referentes a la crianza de Rodrigo.
      Se ha venido sosteniendo que todos los motivos referentes al pasado del héroe épico anterior a la muerte del rey don Fernando que figuran en las crónicas fueron escenificados en un poema épico, y se ha identificado a esa gesta con la de las Mocedades de Rodrigo.
      Sin embargo, no parece preciso suponer que los motivos constituyentes de ese pasado del héroe épico fueran inventados como componentes de una narración en que la mocedad o juventud de Rodrigo fuera activamente representada en un escenario épico. A mi parecer, pudieron muy bien ser ideados en forma de alusiones a ese pasado, introducidas en el contexto de sucesos posteriores, del mismo modo que la herida infligida por el Cid en Barcelona al sobrino del conde o el repelón de la barba dado por el Cid a Garci Ordóñez cuando lo prende en la batalla de Cabra son «hechos» que sólo figuran en el Mio Cid en boca del resentido conde don Ramón, al tiempo de atacar al Cid en el pinar de Tévar, o en la de un Cid burlón, cuando replica a las soberbias del conde don García en las Cortes de Toledo. Nadie supondrá, basándose en las palabras dirigidas por doña Urraca a su padre:

«vos desposástesme con el enperador de Alemaña varón mucho onrrado, él murió ante que comigo casase, e agora finco nin biuda nin casada»,

que los historiadores alfonsíes remiten con ellas a un relato exterior o que el «Cantar del rey don Fernando» presentase esos desposorios y esa muerte en forma escénica; análogamente, las referencias, en boca de personajes varios, a la crianza del Cid en Zamora, al lado de la infanta doña Urraca y bajo la paternal autoridad de Arias Gonzalo, tampoco deben considerarse remisiones a una presentación escénica de los tiempos históricos que esas referencias «recuerdan».
      En la Estoria de España, la evocación del tiempo pasado aparece en el discurso de los personajes épicos formando parte de sus razonamientos en situaciones especialmente conflictivas, sea para lograr modificar el comportamiento de un interlocutor, sea como parte de la justificación de las acciones o actitudes del que habla o de aquel con quien está dialogando. Así, cuando la infanta procura el apoyo del Cid para lograr que el rey don Fernando moribundo altere en su favor el testamento, argumenta:

«—Bien sabedes, vos Cid, que siempre vos yo amé e vos ayudé e nunca vos destorvé en ninguna cosa ...»,

y cuando el rey don Sancho envía al Cid a proponer a doña Urraca la entrega de la ciudad «por aver o por cambio» y fracasa en la embajada, todos tres arguyen recordando las relaciones que entre ellos hubo tiempo atrás:

«—Sennor, pora otre seríe tal mandado como este () de levar, mas pora mí [non] es guisado, ca yo fui criado en Çamora, do me mandó criar vuestro padre con donna Urraca en casa de don Arias Gonçalo, et conosco a don Arias et a todos sus fijos (objeta el Cid)».

«—Cid, vos sabedes cómo fuestes criado comigo aquí en casa de don Arias Gonçalo ... (recuerda doña Urraca al mensajero)».

«—Vos consejastes a mi hermana que fiziese esto, porque fuestes criado con ella (acusa don Sancho al Cid)» 10.

      Sin duda estas alusiones al tiempo pasado (reunidas por Armistead) 11 son las primeras y únicas situaciones en que la epopeya (y, tras ella, el romancero) trataron el hecho. Al fin y al cabo, únicamente en ese contexto de conflictividad de sentimientos y deberes el sub-tema tenía interés literario. Sólo tardíamente la Crónica de 1344 incluirá, según luego veremos, un relato de la crianza de Rodrigo junto a la infanta doña Urraca cuyo origen historiográfico y no directamente poético resulta, a mi parecer, indudable.
      También en forma de alusiones al pasado debió de nacer, en la gesta de Las particiones del rey don Fernando, otro pormenor sobre la juventud del Cid, el de que fuera el rey don Fernando quien le armara caballero con ocasión del cerco de Coimbra, por más que la Estoria de España consigne en este caso la noticia en una breve interpolación al relato de la conquista de Coimbra basado en las historias latinas del Toledano y del Tudense:

«... mas la villa era tan grande e tan fuerte que siete años la tovo çercada. En este comedio fizo cavallero a Ruy Díaz el Çid Canpeador».

      Esta referencia ha sido considerada por la crítica 12 como una prueba de que Alfonso X alcanzó a conocer la tradición épica de las Mocedades de Rodrigo, aunque en su Estoria no acogiera ninguno de los episodios más notables y característicos. Sin embargo, no creo que esa interpretación sea correcta. De los dos datos ajenos a las fuentes estructurales, el primero, la duración por siete años del cerco (dato antihistórico) no es de procedencia épica, sino (como ya reconoció en otra ocasión Menéndez Pidal) 13 una anticipación de un detalle que la Estoria de España incluía un poco más adelante al recurir al Liber Beati Jacobi (conservado en el llamado Codex Calixtinus, escrito en el segundo tercio del siglo XII) para completar y corregir la narración de un milagro del apóstol Santiago que Alfonso X heredaba de la exposición sobre la conquista de Coimbra contenida en las historias del Toledano y el Tudense. De forma semejante, creo que, la breve «noticia» referente a Rodrigo se explica bien como extraída de pasajes posteriores de la Estoria de España. En varios discursos, tomados sin duda alguna de la gesta de Las particiones del rey don Fernando, los personajes arguyen rememorando: 

«—Señor, vos me criastes niño muy pequeño e fezistesme cavallero e distes me cavallo e armas [...] (Rodrigo al rey Fernando)».

«—Çid, vos sabedes cómo vos crió mio padre en su casa muy onrradamente et fízovos cavallero et mayoral de toda su casa en Coymbria quando la ganó de moros ... (Sancho a Rodrigo) 14».

      Al igual que ocurría con las referencias a la crianza del Cid junto a doña Urraca, la rememoración de haber sido armado el Cid caballero por el rey don Fernando es parte de la argumentación del que habla en esa escena de Las particiones: trata de subrayar el deber que el interlocutor tiene de actuar en la dirección que a continuación se le pide. No hay, a mi ver, razón alguna para pensar que en la gesta se hubiera puesto anteriormente en acción el episodio.
      Una vez convertida en suceso la primitiva referencia, otros historiadores posteriores completarían la reconstrucción de las escenas en que Rodrigo es armado caballero y en que es promovido a la posición de cabo o mayoral de la casa del rey (según enseguida veremos).
      El mismo mecanismo de conversión, de lo que inicialmente eran datos enunciados fuera de su contexto temporal en sucesos históricos narrados en su apropiado lugar cronológico, explica la aparición tardía en la Crónica de 1344 del primer relato sobre la crianza de Rodrigo junto a la infanta doña Urraca por disposición del rey don Fernando (que Cintra y Armistead 15 consideraron basado en una escena de las Mocedades de Rodrigo):

«e fuesse por Bivar e falló hý Diego Laýnez de Bivar, que bivió después poco tiempo, e a su muger doña Teresa Núñez, que era muy buena dueña e muy amiga de su marido, e falló hý su fijo Rrodrigo de Bivar, que después ovo nonbre el Çid Rruy Díaz, que era ya de diez años, e levólo consigo e criólo en su casa muy bien como a él conplía. E doña Urraca su fija le fazía mucha onrra, en guissa que por esta onrra amávalo más que a nenguno de sus hermanos. E non entendades que este amor que le ansí avía que era por nenguna otra manera que ý oviesse nin de cuydo nin de fecho. E este Rrui Díaz, después que llegó a tienpo [de] tomar armas, quisiéralo el rrey don Fernando fazer cavallero; mas él le pidió por merçed que lo non fiziese cavallero si non quando gelo él pidiesse; e el rrey otorgógelo».

      Juntando el nombre de los padres, que le proporcionaba la genealogía de Rodrigo incluida en la Crónica de Castilla, a la información contenida en las referencias arriba citadas, que las crónicas incluían al reproducir los discursos de los personajes de Las particiones, el conde don Pedro de Barcelos alumbró un capítulo nuevo en la biografía del héroe.
      En fin, según mi lectura de las crónicas (lectura que, después de escritos estos razonamientos, encuentro ser muy paralela a la de Martin 16), ninguno de estos esfuerzos por elaborar el pasado del Cid en forma narrativa debe atribuirse a la actividad de poetas refundidores. El papel de los juglares se limitó, y ello es suficiente, a la construcción rememorativa de ese pasado en boca de los personajes ya adultos que actuaban en la gesta de Las particiones del rey don Fernando.

e. La gesta de las «Mocedades de Rodrigo»: Rodrigo armado caballero en la expedición contra Francia, el Emperador y el Papa

      Centrándonos de nuevo en la Crónica de Castilla, considero que también es preciso rechazar la supuesta presencia de una versión poética de las históricas campañas del rey don Fernando en Portugal en la gesta de las Mocedades de Rodrigo que el cronista tuvo presente. Me baso para el rechazo en la siguiente argumentación.
      Como era de esperar, el relato que de ellas nos da la Crónica de Castilla se basa en la Versión mixta de la Estoria de España alfonsí y, por lo tanto, procede, a través de ella, de fuentes eruditas (Toledano, Tudense y Codex Calixtinus). Pero, como novedad,  interpola varias referencias a la participación de Rodrigo.
     Así, después de referir la conquista de Viseo, constata:

«En todo esto fue Rodrigo de Byvar uno de los que y más fizieron»,

y cuando, para preparar la campaña de Coimbra, el rey va a Santiago en romería, a fin de obtener la colaboración del apóstol, añade que lo hizo

«por conssejo de Rodrigo de Bivar, que le dixo que le ayudaría Dios a cobrarla, et demás, de tornada, que quería que lo armasse cavallero et cuidava rresçibir cavallería dentro en Coynbra»;

concluida la conquista, la crónica añade que

«estonçe fizo el rrey don Ferrando cavallero a Rodrigo en Coynbra en la mesquita mayor de la çibdat a que posieron nonbre Santa María; et fízole cavallero desta guisa: çiñiéndole el espada e diol paz en la boca, mas non le dio pescoçada. Et desque Rodrigo fue cavallero, ovo nonbre Ruy Díaz. Et tomó el espada ant’el altar estando, et fizo noveçientos cavalleros noveles. Et fízole el rrey mucha onrra, loándolo mucho el rrey por quanto bien fiziera en conqueryr a Coynbra et a los otros lugares»,

y poco después nos cuenta:

«Et los de Cohinbra quexáronse mucho del grande daño que rresçibían de Montemayor. Et el rrey, con grande saña, fuela çercar et púsole muchos engeños aderredor e fézoles tanta premia que gela dieron. Et Ruy Díaz de Bivar fezo mucho bien en aquella çerca. Et yendo él guardar los que yvan por la yerba e por vianda, ovo tres lides muy grandes que venció; et por priessa en que se vio, nunca quiso enbiar pedir acorro al rrey, et por esto ganó muy grand prez. Et fízolo el rrey de su casa cabo, et diole ende el poder».

      Armistead (a quien sigue Pattison) 17 ha considerado que estas interpolaciones recogen, de forma sumaria, episodios de un relato épico, episodios que identifica con la tercera, cuarta y quinta lid de Rodrigo en cumplimiento de su voto. Estas lides habrían desaparecido de la refundición épica conservada en el Rodrigo, puesto que, en este texto poético, la única referencia a los hazañosos hechos del rey don Fernando en Portugal forma parte del memorable pasaje (v. 786-799) en que se exalta la grandeza de su señorío, justificativa de su tradicional comparación con un emperador, contexto que no permite suponer una especial dependencia de la referencia respecto a las cinco lides de Rodrigo:

mandó a Portugal     essa tierra jenzor,
conquiso
a Cohinbra de moros,      pobló a Montemayor,
pobló a Sorya,      frontera d()’Aragón,
corrió a Sevilla      tres veçes ()n’una sazón
a dárgela ovieron moros      que quesieron o que non
et ganó a Sant Ysydro      et adúxolo a León...

      Por otra parte, es notable la aparición en el Rodrigo (vv. 995-1001) de una escena en que (como ha destacado bien Armistead) se describe el acto de ser Rodrigo armado caballero por el rey don Fernando, escena que incluye varios pormenores coincidentes con los de la ceremonia referida por la Crónica de Castilla:

Quando esto oyó el rey,      tomólo por la mano,
al rreal de[l] Castellano()     amos a dos entraron.
El rrey enbió () dos a dos     los cavalleros de man()o
fasta que apartó noveçientos     que a Rrodrigo bessassen la mano.
Dixieron los noveçientos:     —Pero Dyos sea loado
con tan onrrado señor     que nós bessemos la mano.—
De Rrodrigo que avía nonbre    , Rruy Díaz le llamaron;

      La similitud en los detalles (recepción del patronímico Díaz por Rodrigo; el nuevo caballero arma, a su vez, 900 caballeros noveles) asegura que las dos ceremonias tienen un origen común; sin embargo, su localización en la historia del joven Rodrigo es muy distinta, ya que, en el poema del siglo XV, el acto ocurre en medio de la expedición del rey Fernando contra Francia, después de que Rodrigo, como alférez del rey, ha derrotado y hecho prisionero al principal caudillo francés, el conde de Saboya, para lo cual ha sacrificado a la mayoría de sus trescientos vasallos.
      Me parece claro que el poema transcrito en el siglo XV (el Rodrigo) no innovó aquí apartándose de la tradición (según ha venido creyéndose). Su versión del adoubement de Rodrigo está perfectamente integrada en el relato: cuando el joven rey don Fernando (v. 764), como señor de España «desde Aspa fasta en Santiago», recibe cartas del rey de Francia, del Papa y del Emperador alemán exigiéndole un tributo anual, sólo Rodrigo le anima a responder agresivamente invadiendo Francia, y cuando, más allá de los puertos de Aspa, ve venir sobre sí los grandes poderes ultramontanos, nadie se atreve a ser alférez del ejército hispano, salvo Rodrigo; pero, a todo esto, Rodrigo, que ha besado recientemente la mano al rey reconociéndose por su vasallo, es tan sólo un simple «escudero, non cavallero armado» (vv. 865, 912-913), que «nunca oviera seña nin pendón devissado» (v. 873), y que presume de ser nieto «del alcalde çidadano» (Laín Calvo), esto es, procedente de la clase baja caballeresca de los caballeros ruanos (vv. 305 y 914-915), «ffijo de un mercadero, nieto de un çibdadano; mi padre moró en rrua e siempre vendió su paño» (afirmación notable, pese al doble sentido que Rodrigo da a la acción de vender paño), y, en su condición, contrasta con «tanto omne rico et tanto conde et tanto poderosso fijo de algo» como rodean al rey; de ahí que, al ir a comenzar la batalla, el alférez regio (que ha improvisado su enseña caudal, arrancando la piel a su manto y harpando el paño con cortes hechos con su espada) no parece digno contrincante del conde saboyano, aunque, en el curso de ella, como su padre el mercader de rúa, le venderá caro su paño (vv. 916-918):

Ffincaron me dos pieças el día que fue finado,
et commo él vendió lo suyo, venderé yo lo mió de grado,
ca, quien gelo conprava, muchol costava caro.

      Vencido el conde de Saboya, Rodrigo rechaza la oferta que su prisionero le hace de su hermosa hija doncella y prefiere guardársela al rey para que «embarragane» a Francia (vv. 949-989). Lo que sigue a la victoria, la ceremonia de ser Rodrigo armado caballero, recibir un patronímico y armar 900 caballeros noveles, con los cuales avanzará triunfalmente por Francia hasta las puertas de París, es parte esencial de la apoteosis del infanzón con que las fantásticas enfances de Rodrigo debieron de rematarse desde sus orígenes. El desplazamiento de la ceremonia a las guerras de Portugal en la Crónica de Castilla es, a mi parecer, obra de un cronista que conocía las alusiones a la juventud del héroe existentes en la gesta de Las particiones del rey don Fernando, entre las que se hallaba la de haber sido armado caballero en Coimbra, y que, en virtud de su oficio de historiador, intentó armonizar lo contado por las varias fuentes que tenía presentes para construir la historia completa del héroe.

f. Las «Mocedades de Rodrigo» censuradas por la Historiografía. Reconstrucción de la estructura e intencionalidad de la gesta de finales del siglo XIII

     Una vez conocido el modus operandi del formador de la Crónica de Castilla, resulta para mí claro el hecho de que, si pretendemos reconstruir la secuencia de acontecimientos de la gesta en su estructura original o restaurar la concepción épica inicial del personaje Rodrigo, deberemos basarnos en el testimonio del poema tardío, el Rodrigo, más bien que en la serie de episodios de las Mocedades de Rodrigo del siglo XIII que de una forma inarticulada presenta la Crónica de Castilla (frente a lo pensado por Menéndez Pidal y por Armistead) 18. 
      Volvamos a la primera aparición del joven Rodrigo en la Crónica de Castilla apenas iniciada la historia del reinado de Fernando I. 
      Desde un principio, el historiador de la Crónica de Castilla justifica la mención del mancebo en la historia por su papel de defensor de la tierra respecto a la amenaza mora y se siente molesto con las guerras banderizas entre el conde don Gómez de  Gormaz y los hermanos Laínez. De ahí que reduzca al mínimo este tema y, en cambio, saque de su contexto original la primera de las lides, en la cual Rodrigo hace presos a los reyes moros que atacan a Belorado para seguidamente ponerlos generosamente en libertad (cf. Rodrigo, vv. 449-517), colocándola antes de sus desposorios con Ximena, cuando en la gesta constituía, sin duda, la primera de las cinco lides que se compromete a vencer antes de verse con su esposa «en yermo nin en poblado». La ética historiográfica impide al formador de la Crónica de Castilla hacerse eco de la tensión que, desde un principio, existe en la gesta entre el rey y el mancebo: en la Crónica, la muerte, en «griesgo», del conde don Gómez de Gormaz por Rodrigo no da pie a que Diego Laínez y su hijo teman acudir al llamamiento a cortes (un tópico épico, cuya presencia en el poema considero indudable) y, en consecuencia, a que vayan preparados para afrontar la posible «falsedat» del rey; en la entrevista con el rey Fernando, el cronista, siguiendo en su labor de censura, omite el altanero comportamiento de Rodrigo y, lo que es más grave, su negativa a reconocerse vasallo del rey besándole la mano hasta que el rey niño se arme caballero y él pueda mostrarle su superioridad sobre los condes castellanos (motivo esencial en la estructura de la gesta). Al substituir, a su gusto, el clima de las relaciones entre el rey y Rodrigo,

«E dixo al rrey que faría su mandado en esto e en todas las cosas que le él mandara. E el rrey gradeciógelo mucho [...] e añadió a Rodrigo mucho más en tierra que dél tenía, e amávalo mucho en el su coraçón porque veía que era obediente e mandado [...]»,

resulta inexplicable en el relato cronístico que Rodrigo formule a continuación el insólito voto de no acercarse a su esposa hasta vencer cinco lides en campo, ya que el voto no se vincula a la posposición del reconocimiento de vasallaje ni es el broche final de una actitud altanera de aquel a quien el romancero definirá como «el soberbio castellano».
      Eliminado el tema del hijodalgo altanero, central en la construcción épica, el cronista no tiene interés en clarificar a través de qué batallas campales cumple Rodrigo su voto, ni se detendrá a contar siquiera cuándo y cómo realiza el matrimonio con Ximena. Por otra parte, al considerar objetables, en la biografía de un personaje modélico, las guerras intestinas que Rodrigo sostiene con los condes, el historiador post-alfonsí manipula las referencias a las lides tercera (victoria sobre los moros de la subsierra en San Esteban de Gormaz el día de la Cruz de Mayo) y cuarta (prisión de los condes traidores que urdieron el ataque moro en que encuentran la muerte el padre y los tíos de Rodrigo), sacándolas de la cadena secuencial narrativa a que pertenecían y eliminando en ellas elementos esenciales; aun así, nos deja, a mi parecer, huellas suficientes de la locación primitiva de los episodios, por medio de las cuales nos es dado restaurar la estructura épica de la gesta de las Mocedades de Rodrigo de fines del siglo XIII, estructura que, tenidas en cuenta estas consideraciones, resulta ser mucho más similar a la que presenta el Rodrigo copiado en el siglo XV que la que viene creyéndose.

g. La evolución ideológica de la Epopeya y la crítica textual

      Gracias al superior conocimiento que hoy tenemos de las concepciones historiográficas y de las técnicas compilatorias y refundidoras que presidieron la elaboración y reelaboración de las estorias medievales, creo posible presentar una nueva visión acerca de la gesta de las Mocedades de Rodrigo conocida en el tránsito del siglo XIII al siglo XIV por la Crónica de Castilla y de la transformación de la personalidad del héroe que en ella se realiza.
      Al margen de la reseñada participación de los cronistas en la estructuración de las alusiones al pasado contenidas en la gesta de Las particiones del rey don Fernando para formar una «historia» de Rodrigo desde su niñez, un juglar de epopeya cantada acometió, por su cuenta, la tarea de dotar al héroe de unos orígenes, de unas enfances, del mismo modo que otros juglares de la vecina Francia habían hecho respecto a otros protagonistas de chansons de geste.
       Según desde antiguo destacó Menéndez Pidal 19, la gesta de las Mocedades de Rodrigo «lleva en sí todas las marcas de la epopeya de la decadencia». Como todos los poemas de enfances, su creación tiene como punto de partida la curiosidad del público auditor de los cantares de gesta por saber, respecto a los héroes consagrados, cómo se formaron y por qué llegaron a serlo:

«Es una ley general para todos los ciclos épicos, en España y en Francia y también entre los pueblos del Norte, su desarrollo temporal en sentido inverso al de la vida humana [...]. Nos muestran primero a los héroes en su madurez, en su vejez o a la hora de la muerte, sólo después nos cuentan su nacimiento y su juventud».

      Tanto el Mio Cid como Las particiones del rey don Fernando, de acuerdo con la estructura habitual de «los poemas primitivos», «comenzaban la narración ex abrupto» y, «desde sus primeros versos colocaban al auditorio in medias res, sin preocuparse de presentarle los personajes»; las Mocedades de Rodrigo nacieron para contestar las cuestiones que el auditorio, familiarizado con la leyenda cidiana a través de esos poemas, había podido hacerse. La respuesta a esas preguntas fue, en verdad, muy atrevida, pues el nuevo poeta aprovechó la ocasión para dar un vuelco a la personalidad del vasallo modélico. Aunque identificado con el personaje que la vieja epopeya había hecho famoso, el Rodrigo, «mio Cid» de la nueva creación épica nada tiene en común con el del poema de Mio Cid de 1144. Las virtudes originarias del  Rodrigo Díaz de Vivar poético, mesura y prudencia, fidelidad como vasallo, artería en la guerra, conocimientos de derecho y fe en una ley igual para todos, amor familiar, sentido del humor, son valores ajenos al nuevo canon: únicamente importa el arrojo y la arrogancia sin limitaciones, el desprecio a cualquier ley o norma que interfiera con el desarrollo de la persona, la insolencia del individuo que sólo depende de sí mismo frente a cualquier autoridad instituida. La mayor alabanza que en la nueva gesta se hace del héroe es considerarle (en boca del rey don Fernando; en boca del conde de Saboya) no hombre, sino «pecado», «diablo».
      La soberbia de «el Castellano» le agiganta en la concepción del juglar de las Mocedades de Rodrigo de tal forma que, al presentarse el rey y su vasallo ante el Papa, ante el rey de Francia y ante el emperador alemán, éstos (Rodrigo, vv. 1096-1097)

Non sabían quál era el rey,     nin quál era el Castellano,
synon quando descavalgó el rey     [e] al papa bessó la mano.

      Es más, la grandeza del buen rey don Fernando es, en realidad, tan sólo reflejo de la de Rodrigo, quien, desde antes de reconocerse su vasallo, le patrocina abiertamente. Don Fernando llega a prometer a Rodrigo, de forma repetida, «te non salir de mandado» y se muestra complacido de delegar su autoridad: «commo tú ordenares mis reynos, en tanto seré folgado». Acomodándose a órdenes (más que consejos) recibidas de Rodrigo, va a armarse caballero a Santiago y embarragana a Francia, preñando a la heredera del conde de Saboya. Cuando Rodrigo está ausente, el rey se siente incapaz de gobernar y sin amparo; por más que le besen la mano «los cinco reinos de España»; el gran rey don Fernando, par de emperador, es un pobre pelele (Rodrigo, vv. 761-765):

Batiendo va amas las palmas      la [f]aze() quebrantando:
—¡Peccador sin ventura,      a qué tiempo so llegado!
Quantos en España visquieron     nunca’s() llamaron tributarios,
a mi véenme niño e sin sesso      et vanme soberviando,
¡más me valdría la muerte      que la vida que yo fago!

     El carácter altanero, siempre desafiante, de «Rodrigo el Castellano», capaz de someter a su voluntad a un rey pusilánime, después de humillar a los condes del reino, no es, como se ha creído, una invención tardía del siglo XV, sino la razón de ser de la gesta. Sin ese personaje así diseñado, las enfances de Rodrigo carecerían de sentido. Es esta profunda distorsión de la caracterización hasta entonces dominante del héroe (creada conjuntamente por el Mio Cid y Las particiones del rey don Fernando) la gran aportación al ciclo cidiano de este poeta de la «decadencia» de la epopeya.
      La gesta de las Mocedades de Rodrigo comenzaba (según el testimonio de la Crónica de Castilla, c. 1300 y del Rodrigo del siglo XV) situando al héroe en un linaje, el de Lain Calvo, uno de los dos «alcaldes» de la Castilla primitiva. El entronque era un «hecho» de todos sabido, ya que el propio Campeador debió de gloriarse de esa procedencia. Pero la complicada genealogía, eruditamente reconstruida por algún paniaguado del Cid, que recogió la Historia Roderici (c. 1110) y, tras ella, el Liber regum (antes de 1194-96), nada tiene que ver con la versión poética de la misma, en que desaparecen cuatro generaciones y se considera al padre de Rodrigo como «el menor» de los hijos del famoso «alcalde». La necesidad de recortar brutalmente los tiempos no arredra al juglar historiador, ya que explica el nombramiento de los «alcaldes» (según se deduce no sólo del Rodrigo, sino también de la Crónica de Castilla) por el hecho de que, muerto el rey don Pelayo («el Montesino»), la tierra castellana se encontraba sin rey. La presentación de los orígenes del linaje cidiano iba seguida en la gesta de una rápida alusión al supuesto hecho de que los mejores linajes de Castilla descienden de los cuatro hijos de Lain Calvo, ya que, en los hermanos mayores de Diego Laínez, casados todos con hijas de condes, habrían tenido origen los de Vizcaya (esto es, los Haro), los de Mendoza y los de Castro. En cuanto a Diego Laínez, se le hace casar con doña Teresa, hija del conde Nuño Álvarez de Amaya y de una nieta, por línea bastarda, del rey de León. También se aprovecha la ocasión para consignar qué lugares poblaron esas cabezas de linaje.
      Este prólogo linajístico es una indudable innovación en la estructura de las obras del género épico y revela cómo ese género va cambiando en sus propósitos y, posiblemente, de público auditor. A veces, se ha perdido de vista que ese prólogo era ya propio de la gesta de fines del siglo XIII (utilizada por la Crónica de Castilla) y, de resultas, ha sido puesto en relación con tiempos históricos posteriores. Complementarias de estos datos que el prólogo proporciona (aunque las crónicas debido a su forma de aprovechar el relato épico no nos permitan documentarlo) deben considerarse, en mi opinión, otras informaciones de carácter análogo que el Rodrigo consigna, de pasada, en el curso de la acción y que nos confirman esta vocación de la nueva epopeya a informar sobre detalles linajísticos y solariegos.
      No creo que, a continuación de este prólogo, se procediera a contar en la gesta del siglo XIII (como desde la Crónica de Castilla en adelante hará la historiografía post-alfonsí) la historia del hermano bastardo de Rodrigo, padre de sus sobrinos (según supone Armistead, seguido por Deyermond) 20. Se trata de un dato que seguramente el cronista halló en la gesta del siglo XIII en forma de alusión, según lo conserva el Rodrigo. En este poema, cuando Rodrigo, que aún no es caballero sino simple escudero, es nombrado alférez por el rey don Fernando, en vista de que los condes y poderosos hijosdalgo temen enfrentarse con el conde de Saboya y con todo el poder imperial, se desarrolla una escena semicómica, claramente reminiscente del diálogo que en las Cortes de Toledo del Mio Cid se escenificaba, antes de los retos, entre el Cid y su sobrino Pero «Mudo», su alférez, pero en la que se prodiga una jocosidad carente de la finura irónica de la vieja gesta (vv. 872-902):

Contra el conde de Saboya      Rrodrigo salyó tan yrado.
Nunca [o]viera seña      nin pendón devissado,
rronpiendo va un manto() de sirgo,     la peña’l() tiró privado,
quinze rramos faze la seña,      [farpado l’a en su cabo].
Vergüença avía de la dar()     et bolvió los ojos en alto.
Vio estar un su sobrino,      fijo de su hermano,
quel dizen Pero Mudo,      a él fue llegado:
—Ven acá, mi sobrino,      fijo eres de mi hermano,
() que fizo() en una labradora     quando andava cazando,
varón toma esta seña,      faz lo que yo te mando.—
Dixo Pero Bermudo:     —Que me plaze de grado,
conosco que so vuestro sobrino,      fijo de vuestro hermano,
mas de que saliestes de España      non vos ovo menbrado,
a cena nin a ayantar      non me oviestes conbidado,
de fanbre e de frío      so muy coytado,
non he por cobertura     [sinon la] del cavallo,
por las crietas de los pies      córreme sangre clar[o].—
Ally dixo Rrodrigo:      —Calla, traydor provado,
todo omne de buen logar      que quier() sobir a buen estado
conviene que de lo suyo      sea abidado,
que atienda mal e bien,      sepa el mundo passarlo.—
Pero [Ber]mudo       tan apriessa fue armado,
rreçebió la seña,      a Rrodrigo bessó la mano,
et dixo: —Señor,      afruenta de Dios te fago,
vey la seña,      [sin art e] sin engaño
() en tal logar vos la pondré      antes del sol çerrado
do nunca entró seña      de moro nin de christiano.
Allý dixo Rrodrigo:      —Esso es lo que yo te mando,
agora te conosco      que eres fijo de mi hermano.

     Dado el contexto que aquí rodea a la explicación del parentesco entre Rodrigo y Pero Mudo me parece seguro que así nació la historia del hermano bastardo y no como narración independiente, aunque las crónicas glosaran luego ampliamente la alusión para construir, basándose en ella, una fabulosa «familia» de Rodrigo de Vivar. Tampoco encuentro en la parte inicial de las Mocedades un posible encaje para la anécdota que explica la selección y nombre del caballo Babieca, episodio cuyo origen no me parece épico (a pesar de las opiniones coincidentes de Menéndez Pidal, Guerrieri Crocetti, Armistead y Deyermond 21, entre otros).
      La acción dramática debió de comenzar siempre en la gesta con la ruptura de la paz del reino ocasionada por las correrías del conde don Gómez de Gormaz por tierras de Diego Laínez y la venganza de los hermanos Laínez, que corren, a su vez, tierras de Gormaz (tal como se cuenta en el Rodrigo). Como obligado desenlace de estas correrías seguiría la propuesta de una lid aplazada de «atantos por tantos», concretada inmediatamente en «ciento por ciento» (según cuentan el Rodrigo y Lope García de Salazar), lid en la que Rodrigo, aún adolescente, mata en combate al conde don Gómez y prende a sus hijos. A mi juicio, sólo con esta serie de hechos (que la Crónica de Castilla se niega a tratar de forma desarrollada) podía tener arranque la gesta desde su creación.
      El segundo episodio (no veo razón para que se pospusiera) sería el protagonizado por Ximena, la menor de las hijas del conde muerto: tras conseguir, tocando en Rodrigo la fibra de la magnanimidad, la libertad de sus hermanos y considerar la impotencia de ellos para solucionar militarmente la situación creada por la enemistad entre los Gómez y los Laínez, acude personalmente a querellarse ante el rey don Fernando, y mostrarle su desamparo al ser huérfana de madre y haber perdido al padre. Su inesperada demanda de que el rey, para satisfacerla del daño recibido, exija que Rodrigo se case con ella constituye la invención literaria de mayor trascendencia para el futuro del mito cidiano, pues presidirá el trasvase de la leyenda desde la epopeya a otros géneros más modernos: el romancero y el teatro.
      En las Mocedades de Rodrigo la petición de Ximena no encubre conflictos psicológicos como los que el desarrollo moderno de la historia tratará de sacar a luz, sino que ilustra, con un caso extremo, aspectos del derecho tradicional: las doncellas nobles huérfanas podían acudir al rey en solicitud de apoyo para casarse honradamente; un homicida podía satisfacer a los demandantes del homicidio mediante compensaciones ajustadas al valor social de la víctima, y saldar con ellas la deuda de sangre.
     El recurso de Ximena al rey y a la ley, en vez de a la venganza, y el desposorio de la doncella huérfana con Rodrigo parecían destinados a poner fin a los disturbios internos en el reino. Pero Rodrigo, si bien reconoce el derecho de su rey natural a desposarle forzadamente con la hija de su víctima, no quiere entrar en vínculos de vasallaje con él (y se niega, en consecuencia, a besarle la mano) ni consumar su matrimonio hasta poder imponer al rey la relación en sus propios términos. De ahí su despreciativa evaluación (vv. 427-429):

Dixo estonçe (don) Rrodrigo:     —Querría más un clavo,
que vos seades mi señor     nin yo vuestro vassallo;
porque vos la bessó mi padre     soy yo mal amanzellado,

y su famoso voto (vv. 438-441):

—Señor, vos me despossastes     más a mi pesar que de grado.
Mas prométolo a Christus     que vos non besse la mano,
nyn me vea con ella     en yermo nin en poblado,
ffasta que venza çinco lides     en buena lid en canpo;

así como su posterior exigencia (que la Crónica de Castilla no deja de consignar a su manera) de que don Fernando acuda a Santiago para que el apóstol le arme caballero, si es que pretende que él le reconozca por señor (vv. 647-656):

Al rrey se omilló      e nol’bessó la mano.
Dixo: —Rrey, mucho me plaze     porque non so tu vassallo;
fasta que non te armasses,     non devías tener rreynado,
ca non esperas palmada     de moro nin de christiano;
mas vé velar [las tus armas]     al Padrón de Santïago;
quando oyeres la missa     ármate con [la] tu mano,
et tú te ciñe la espada     et tú deciñe commo de cabo,
et tú te sey el padrino     et tú te sey el afijado
et llámate cavallero     del Padrón de Santïago,
et serýas tú mi señor      et mandarías el tu rreynado.

      Ya he comentado, al hacer ver cómo la Crónica de Castilla y sus sucesoras desarticulan la narración épica, el encadenamiento de las lides con que Rodrigo va cumpliendo su voto hasta llegar a la campaña de castigo contra los condes después de la traición del día de la Cruz de Mayo 22.
     Queda como problema conexionado con el cumplimiento del voto de las cinco lides el de cuándo Rodrigo besa al rey la mano por primera vez, reconociéndose su vasallo, y se sacramenta con Ximena. En el Rodrigo, la primera vez que «el Castellano» besa la mano al rey es al comienzo de la expedición a Francia y en las crónicas se afirma que llega tarde al consejo reunido por el rey para contestar al Papa porque «avía poco que era casado con doña Ximena Gómez su muger et era ydo para allá», por tanto Rodrigo en ambas redacciones de la gesta ha cumplido ya su voto antes de la lid con el conde de Saboya. Ello hace imposible considerarla como la quinta de las lides del voto.
      Esta defensa que he venido realizando de una similitud estructural, mayor que la tradicionalmente supuesta por la crítica, entre la gesta de las Mocedades de Rodrigo conocida c. 1290 por la Crónica de Castilla y la que nos conserva el poema palentino copiado en el siglo XV, no debe, en modo alguno, entenderse como una afirmación de la identidad de las dos manifestaciones poéticas del tema, esto es, de que el Rodrigo llegado hasta nosotros remonte textualmente a finales del siglo XIII (hipótesis a la que recientemente [1992] parece inclinarse Martin) 23.
      En primer lugar, considero certera la apreciación de Menéndez Pidal acerca de la intencionada substitución por el Rodrigo tardío de nombres y topónimos tradicionales por otros de nueva invención. Pero aún más importante que este deseo de novedad mediante la contradicción de lo sabido me parece la presencia en el poema copiado en el siglo XV de un ritmo narrativo nuevo, muy acelarado, en que las descripciones, muchos discursos y aun las acciones sólo se esbozan, y asimismo una desintegración de la estructura poemática en laisses. Formalmente, el Rodrigo conservado no responde en absoluto al modelo chanson de geste hispana del siglo XIII, que conocemos bien a través del Mio Cid y del Roncesvalles, que se manifiesta también en los fragmentos conservados de Las particiones, que pervive en las gestas de los Infantes de Salas y de La libertad de Castilla refundidas en el siglo XIV y que aún se hace patente en las escenas de los romances épicos de fines del siglo XV y comienzos del siglo XVI, Ya comienzan los franceses, Morir os queredes padre, En Santa Gadea de Burgos, Cabalga Diego Laínez, Rey don Sancho, rey don Sancho, Castellanos y leoneses, Con cartas y mensajeros, Los hijos de doña Sancha, etc.

Epílogo

      En fin, creo haber mostrado cómo el esclarecimiento de los principios que gobiernan la reelaboración cronística de la información referente a los orígenes, crianza y mocedad, antes de llegar a ser caballero, de Rodrigo de Vivar es imprescindible para la reconstrucción de la epopeya y para la comprensión de su evolución ideológica. Pero, a la vez, me parece preciso resaltar que el estudio de esos principios resulta igualmente imprescindible para avanzar en el conocimiento de cómo se fueron formando los textos de las principales «estorias» de España, paso que ha de ser previo a la interpretación de la causa «material», ideológica, que preside los cambios de estructura y contenido y, no digamos nada, a los intentos de explicar los cambios por situaciones históricas y sociales, cuya sincronía con las novedades textuales se suele asumir demasiado expeditivamente (si es que no se cae, de forma aún más grave, en la petición de principio de datar la novedad acudiendo a la historia y luego ponerla en relación con ese determinado «tiempo» socio-histórico).

Diego Catalán, "El Cid en la historia y sus inventores."(2002)

NOTAS

1 Cintra, Crónica geral de Espanha de 1344. Edição crítica do texto português, Lisboa: Academia Portuguesa da História, t. I, 1951.

2 Menéndez Pidal, Poesía juglaresca y juglares, Madrid: C.E.H.,1924, pp. 406-407.

3 Montgomery, «The Lengthened Lines of the Mocedades de Rodrigo», RPh, XXXVIII (1984-1985), 1-14.

4 Deyermond, Epic Poetry and the Clergy. Studies on the «Mocedades de Rodrigo», Londres: Tamesis Books, 1969, pp. 54-58. 

5 Amador de los Ríos, Historia crítica de la literatura española, Madrid: José Rodríguez, 1863, t. III, p. 85. 

6 Menéndez Pidal, Poes. jugl., p. 406 y n. 1.

7 Faulhaber, reseña de la obra Epic Poetry and the Clergy de Deyermond, en RPh, XLIX (1975-1976), 555-562.

8 A. D. Deyermond, Epic Poetry

9 Cfr., respectivamente: Menéndez Pidal, Poes. jugl., p. 408 y Poesía juglaresca y orígenes de las literaturas románicas, Madrid: Instituto de Estudios Políticos, 1957 (Poes. jugl. 3), pp. 315-317; Armistead, La gesta de las «Mocedades de Rodrigo». Reflections of a Lost Epic Poem in the «Crónica de los reyes de Castilla» and the «Crónica general de 1344», PhD Thesis, Princeton, 1955 (inédita), y «The Structure  of the Refundición de las Mocedades de Rodrigo», RPh, XVII (1963-1964), 338-345; La tradición épica de las «Mocedades de Rodrigo», Salamanca, 2000; Deyermond, Epic poetry.

10 Cito por la Versión amplificada (PCG, pp. 506b, 507a y 508a, respectivamente).

11 Armistead, «The Enamored Doña Urraca in Chronicles and Balladry», RPh, XI (1957-1958), 27-29 y «The Earliest Historiographic References to the Mocedades de Rodrigo», en Solà-Solé et alii (eds.), Estudios ... a H. Hatzfeld, Barcelona: Hispam, 1974, pp. 25-34, véase pp. 29-30; La tradición ép., 2000, pp. 33-37.

12 Menéndez Pidal, Poes. jugl. 1, p. 385; Armistead, «The earliest historiographic references».

13 Menéndez Pidal, Primera crón. 2, 1955, p. CLVI.

14 La primera cita la tomo de la Versión crítica (en la ed. de Menéndez Pidal, Reliquias 1, 1951, y Reliquias 2, 1980, p. 225); la segunda cita, de la Versión amplificada (PCG, p. 506a-b), ya que la Versión mixta y la Versión crítica son similares.

15 Cintra, Crón. 1344, p. CCXLVIII; Armistead, «The Enamored Doña Urraca» [o La tradición ép., pp. 49-52].

16 Martin, Les juges de Castille. Mentalités et discours historique dans l’Espagne médiévale, París: Klincksieck, Annexes des Cahiers de linguistique hispanique médiévale (6), 1992, pp. 447-450.

17 Armistead, La gesta de las «Mocedades de Rodrigo»; «The structure», pp. 20-54, y «A Lost Version of the Cantar de gesta de las Mocedades de Rodrigo in the Second Redaction of Rodríguez de Almela’s Compendio historial», University of California Publications in Modern Philology, XXXVIII (4), 1963, pp. 299-336 [; los dos artículos reunidos en La tradición ép., 2000, pp. 91-119 y 59-67]; Pattison, From Legend to Chronicle. The Treatment of Epic Material in Alphonsine Historiography, Oxford: Society for Study of Mediæval Language and Literature, Medium Ævum Monographs - New Series (13), 1983, pp. 84-85.

18 Menéndez Pidal, ya desde L’épopée castillane à travers la littérature espagnole, Paris: Armand Colin, 1910, pp. 133-141; Armistead, La gesta de las «Mocedades de Rodrigo»; «The structure» [La tradición ép., pp. 59-67].

19 Menéndez Pidal, L’épopée cast., p. 123.

20 Armistead, «The structure», p. 342 [ó La tradición ép., p. 63]; Deyermond, Epic Poetry, pp. 12-13.

21 Menéndez Pidal, L’épopée cast., p. 128; Guerrieri Crocetti, L’epica spagnola, Milano: Bianchi-Giovini, 1944, p. 378; Armistead, «The structure», p. 342 [o La tradición ép., p. 63]; Deyermond, Epic Poetry, p. 13. 

22 [Para una más completa exposición, véase Catalán, La épica española, 2000, cap. III, pp. 291-294 y n. 32 y cap. VI, p. 525 y n. 37. 

23 Martin, Les juges, livre III, chap. I.

Letras capitulares  basadas en las ilustraciones de François Desprez

Índice de capítulos:

* PRESENTACIÓN

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (1)
   a. La realidad se forja en los relatos

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (2)
    b. Rodrigo, Campeador invicto para sus coetáneos

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (3)
   c. Del Campeador al Mio Cid. Los nietos del Cid y la herencia cidiana

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (4)
   d. Rodrigo, el vasallo leal, a prueba

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (5)
   e. El Soberbio Castellano

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (6)
   f. El Cid se adueña de la Historia y la Historia anquilosa la figura del  Cid

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (7)
   g. El Cid del Romancero salva al personaje literario del corsé historiográfico

* II EL «IHANTE» QUE QUEMÓ LA MEZQUITA DE ELVIRA Y LA CRISIS DE NAVARRA EN EL SIGLO XI 

*  III LA NAVARRA NAJERENSE Y SU FRONTERA CON AL-ANDALUS

*   IV EL MIO CID Y SU INTENCIONALIDAD HISTÓRICA

V EL MIO CID DE ALFONSO X Y EL DEL PSEUDO IBN AL-FARAŶ

VI RODRIGO EN LA CRÓNICA DE CASTILLA. MONARQUÍA ARISTOCRÁTICA Y MANIPULACIÓN DE LAS FUENTES POR LA HISTORIA

* VII LA HISTORIA NACIONAL ANTE EL CID

* APÉNDICE I.  SOBRE LA FECHA DE LA HISTORIA RODERICI

* APÉNDICE II. SOBRE LA FECHA DE LA CHRONICA NAIARENSIS

* ÍNDICE DE REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS (Y CLAVE DE SIGLAS)

V EL MIO CID DE ALFONSO X Y EL DEL PSEUDO IBN AL-FARAŶ

V EL MIO CID DE ALFONSO X Y EL DEL PSEUDO IBN AL-FARAŶ


a. La Historiografía y la reconstrucción del género épico

      En 1865 Gaston Paris resumía de forma tajante: «L’Espagne n’a pas eu d’épopée. D’habiles critiques ont démontré ce fait et en ont donné les raisons; nous n’avons pas à y revenir ici»1. Y, sin embargo, por entonces ya se conocían los dos únicos poemas que han llegado hasta nosotros más o menos completos en forma métrica, el Mío Cid y el Rodrigo; pero Ferdinand Wolf había visto en ellos sólo un desdichado e imposible esfuerzo por aclimatar en España un género poético que le era totalmente extraño, la epopeya francesa 2. Sólo en 1874 Milà i Fontanals probó que esos dos poemas no eran intento aislado y fallido de adaptación de un género literario transpirenaico, sino simplemente las únicas muestras sobrevivientes de una poesía heroico-popular que durante siglos gozó de éxito en Castilla y cuyos temas histórico-dramáticos podían ser reconstruidos gracias a los resúmenes que de ellos conservaba la historiografía medieval 3.
      Para descubrir y restaurar el viejo edificio de la épica española, hubo, pues, que desescombrar previamente las venerables ruinas que de ella quedaban en las Crónicas. La empresa no era fácil; la filología de fines del siglo XIX, ante la enmarañada selva de manuscritos cronísticos que las bibliotecas públicas y particulares le proporcionaban, tuvo que hacerse la misma contrariada observación que, en el siglo XVI, Gonzalo Fernández de Oviedo: «en todas las que andan por España que General Historia se llaman, no hallo una que conforme con otra» 4. No obstante, dentro aún del siglo XIX (en publicaciones de 1896-1898) 5 el joven Menéndez Pidal acometió, con éxito indudable, la tarea de desembrollar la compleja genealogía de las Crónicas medievales, apartando del hacinamiento en que yacían los tipos más notables que de ellas existieron y explicando sus caracteres y algo de su contenido. Apoyándose en el tronco y ramas de este su árbol genealógico de las Crónicas, Menéndez Pidal desarrolló paralelamente su reconstrucción de la frondosa historia de la poesía épica castellana 6.
      Medio siglo después de reconstruido el árbol genealógico de las Crónicas, los conocimientos en este campo de la erudición filológica permanecían estacionarios 7 (pese a los interrogantes que había abierto Babbitt en su estudio sobre la Crónica de veinte reyes) 8. Y, consecuentemente, estacionaria permanecía también la imagen de la poesía épica entrevista a través de las reliquias conservadas en las Crónicas. De tan desesperanzadora inmovilidad vino a sacar a los estudios cronísticos la obra de Lindley Cintra en 1951 9. Con sus hallazgos, la actividad refundidora que dio lugar a los principales tipos de Crónica General quedó encerrada entre límites temporales mucho más estrechos que los supuestos por Menéndez Pidal, toda vez que la Crónica de Castilla y la Crónica de veinte reyes anteceden, no siguen, a la Crónica de 1344 como Menéndez Pidal había creído 10.
      Siguiendo los pasos de Cintra, y contando con el estudio de las fuentes de la Primera crónica incluido en la 2ª edición, de 1955, por Menéndez Pidal 11, acometí en los años 1958-60 el estudio de la Estoria de España alfonsí volviendo al punto de partida, los manuscritos, la «selva selvaggia e aspra e forte». Ya a comienzos de los años ’60, a medio camino en mi peregrinar por las trochas recién abiertas, creí posible mostrar alguna que otra pista desbrozada, conducente hacia nuevos derroteros 12. Y, como es natural, una vez sometida a renovación la historia de la génesis y estructura de las Crónicas Generales, comenzaron a decantarse nuevas conclusiones respecto a la epopeya.

b. La «Estoria de España» de Alfonso X y la «Primera crónica general»

      El punto de partida de mi renovación crítica 13 fue la devaluación de la versión de la Primera crónica conservada por los códices escurialenses E1, de factura alfonsí 14, y E2, posterior al  año 1289 (Sancho IV) pero que dice ser continuación de E1 15. Estos dos volúmenes, pertenecientes a la cámara real castellana, venían siendo considerados como la versión definitiva, oficial, de la Estoria de España concebida por Alfonso X 16; sobre ellos se basa la edición Menéndez Pidal 17. Pero el segundo volumen regio escurialense resulta ser un códice mixto, formado cuando mediaba el siglo XIV (reinando Alfonso XI) a partir de manuscritos en su origen independientes, enlazados y completados por el tardío formador de ese volumen artificioso 18. Su parte central está, en efecto, constituida por un lujoso manuscrito de tiempo de Sancho IV (de 1289, o poco posterior), que comenzaba en Ramiro I y acababa inmediatamente antes del cerco de Aledo y de la sublevación de Valencia contra al-Qādir y el Cid 19; y quizá era parte o continuación de este mismo manuscrito la sección del códice escurialense que abarca desde las postrimerías de Alfonso VI hasta comienzos del reinado de San Fernando 20. Pero a este núcleo, E2(orig), se le añadió por el principio un par de cuadernos con la historia de los primeros reyes asturianos. Esos cuadernos formaban primitivamente parte del volumen regio alfonsí E1 21, de donde los arrancó el formador del códice facticio. Además de traspasar esos cuadernos de un códice a otro, el formador de E2 se encargó de hacer en ambos las necesarias enmiendas y lañas 22. De su mano es también una larga adición de cinco cuadernos destinada a completar la inconclusa historia de Fernando III 23. En fin, también contemporánea de la formación artificiosa del códice E2  es la mano que trascribió en el centro del volumen la historia cidiana desde la sublevación de Valencia en adelante 24.
      La artificiosidad del manuscrito E2  no es una mera nota curiosa en la biografía de un códice prestigioso, sino que tiene el interés de iluminarnos la estructura misma de la Primera crónica general, poniendo en duda la representatividad de ciertas secciones de ella como texto definitivo de la Estoria de España alfonsí. En efecto, una vez fragmentado el volumen «regio», cada una de sus partes componentes adquiere especial personalidad, y, salvo el fragmento inicial segregado en el siglo XIV del viejo  códice E1  25, ninguna puede ya aspirar al título de texto «oficial» de la Estoria de España. La representatividad de los varios fragmentos ha de ser juzgada en adelante atendiendo sólo a su propio valor; y ese valor es, a todas luces, muy desigual. Por ejemplo, el lujoso manuscrito que empezaba en Ramiro I se caracteriza por su redacción ampulosa, la cual es fruto de una tardía labor  de retoque estilístico, realizada en 1289 bajo Sancho IV, a la que son ajenos otros manuscritos que nos conservan fielmente una redacción primitiva, alfonsí de esa sección de la Estoria 26; el añadido final hecho al reinado de Fernando III por el formador del volumen facticio se basa en una fuente post-alfonsí, que llega incluso a atribuir a Alfonso X, siendo infante, acciones guerreras de su tío el infante don Alfonso de Molina 27.
      Estas y otras observaciones 28 nos permiten asegurar, de una parte, que la Primera crónica general es aún más alfonsí en su elaboración que lo supuesto en sus últimos estudios de ella por Menéndez Pidal, pues en 1289, bajo Sancho IV, lo único que se hacía respecto a su contenido era reescribir, amplificando retóricamente, cierta parte previamente compuesta en días de Alfonso X 29; pero, por otro lado, nos dejan sin una versión «oficial» de la obra alfonsí y llenos de dudas acerca del valor que, más acá de los primeros reyes asturianos 30, puedan tener las diferentes secciones de la Primera crónica general como representantes de la Estoria de España de Alfonso X.
      Llegados a este punto, cobran nuevo interés las observaciones hechas de antiguo por Menéndez Pidal sobre la progresiva decadencia que revela la estructura de la Crónica en la llamada «Cuarta Parte» o historia de los reyes castellanos 31. En efecto, un atento  examen de los tres reinados de Fernando I, Sancho II y Alfonso VI, por ejemplo, nos muestra claramente que la Estoria de España quedó interrumpida cuando esta parte se hallaba aún en telar: al lado de ciertos trechos compilatoriamente bien acabados, otros se hallaban aún a medio elaborar cuando [por circunstancias históricas imprevisibles] hubo una interrupción en el trabajo de «ayuntamiento» de las fuentes y de redacción del texto de c. 1270 32. Luego, en tiempos post-alfonsíes, copistas y eruditos empalmaron y retocaron como pudieron los inconclusos borradores y divulgaron, dándolos por obra definitiva, los contenidos de los cuadernos de trabajo alfonsíes 33; de ahí el tan desigual grado de confianza que, a mi parecer, merecen las distintas secciones de la Primera crónica.
      Esta devaluación de la Primera crónica general confiere nuevo interés a las otras redacciones de la Crónica, que, a veces, según Menéndez Pidal ya notaba, reflejan el texto de las fuentes con mayor fidelidad que la propia Primera crónica. Admitida la antigüedad de los prototipos de las Crónicas de veinte reyes, manuelina y de Castilla (según la cronología que estableció Cintra) 34 podemos pensar que en ciertas secciones sean incluso más fieles representantes del proyecto alfonsí que la Primera crónica en su parte correspondiente.
      En las páginas que siguen voy a presentar un caso particular muy ilustrativo, tratando de exponer a continuación las repercusiones que el nuevo análisis de esa sección de la Crónica tiene en la historia de la epopeya 35.

c. El fin de la «Estoria de España» alfonsí y la «Estoria caradignense del Cid»

      Según ya hemos apuntado, una de las importantes divisiones que presenta el manuscrito artificioso E2  ocurre inmediatamente antes de la sublevación de Valencia con Ibn Ŷāḥḥāf (Abeniaf). El copista que a fines del siglo XIII escribió el lujoso manuscrito iniciado en Ramiro I interrumpió de pronto su trabajo en el capítulo 896 (de PCG), sin concluir ese capítulo 36, cuyo titular anuncia varios sucesos que no llegaron a relatarse 37, y dejó en blanco buena parte del cuaderno que estaba utilizando 38. Cuando a mediados del siglo XIV una nueva mano 39 trató de completar la historia cidiana allí abandonada, trascribiendo, con factura bastante tosca, un texto de origen independiente (cuya particular numeración de capítulos incluso conservó en su copia) 40, prescindió de parte de los sucesos anunciados en el epígrafe, conforme hacía el manuscrito que le servía de base. La misma sutura presentan otros textos: el manuscrito F y la Crónica ocampiana 41. Pero mucho más interesante que esta laguna (ya denunciada por Menéndez Pidal 42), como índice de una profunda división en la Primera crónica general, es el radical cambio de estructura que a partir de este punto se produce en ella.
      Antes del capítulo 896, el equipo de técnicos de la escuela alfonsí dedicado a la Estoria de España había elaborado un relato del reinado de Alfonso VI perfectamente concorde con los principios compilatorios que regían la elaboración de esa gran empresa historiográfica 43. El espinazo de la narración venía a estar formado, como de ordinario, por una versión de las dos historias generales latinas del reino castellano-leonés, la del Toledano y la del Tudense, minuciosamente entrelazadas en un relato único; pero en este reinado, tan rico en fuentes particulares, a estas dos historias de carácter general se sumaban, como constituyentes esenciales de la narración, tres historias especializadas: la historia de la pérdida de Valencia titulada al-Bayān al wādiḥ fī al-mulimm al-fadīḥ   de Ibn ‘Alqama 44, la Historia Roderici y el Mío Cid, referentes todas tres al hidalgo castellano. Toda esta materia se ordenaba, conforme a un muy novedoso esfuerzo de precisión cronológica, por años de reinado 45.

«Andados II annos del regnado del rey don Alffonsso, et fue esto en la era de mill et cient II annos, et andaua otrossí estonces ell anno de la Encarnatión del Sennor en mill et LXIIII, et el de Henrric emperador de Roma en XVI, en este anno...» (PCG, p. 521b21-26); «Del tercero anno del regnado deste rey don Alffonso non fallamos otra cosa de contar que pora aquí pertenesca, sinon que...» (PCG, p. 522a16-17); etc... «Andados XIII annos del regnado deste rey don Alffonsso, et fue esto en la era de mill et CXIII annos, et andaua otrossí estonces el anno de la Encarnación del Sennor en mill et LXXV, et el de Henrric emperador de Roma en XXVII, pues que...» (PCG, p. 537a29-34); «Del XIII anno fastal XVII del regnado deste rey don Alffonsso non fallamos cosa que de contar sea que a la estoria pertenesca, sinon tanto que en el XIIII...» (PCG, p. 538a12-15); etc.

      Como complemento de las grandes fuentes de carácter narrativo, se incorporaban las breves noticias que sobre sucesos muy particulares proporcionaban otras fuentes historiográficas de carácter muy vario.

      1) La Historia Arabum del propio arzobispo toledano don Rodrigo Ximénez de Rada:

Muerte de Habeth Almutámiz y reinado de Aben Habeth en Sevilla y en Córdoba (PCG, c. 858, p. 531b-22-29. HArab. XLVIII, 282a, con retoques); sustitución de los nombres de los reyes de Zaragoza dados por la Historia Roderici (PCG, caps. 859, 860, 863, pp. 532a13, 46, b1, 2, 4, 6, 11, 16, 535a5, b8. HArab. XLIX, 282a); Alcadirbille, sobrenombre de Yahya de Toledo (PCG, c. 866, p. 537a36. HArab. XLIX, 282a); retoques en la sucesión de reyes zaragozanos dada por Ibn ‘Alqama (PCG, c. 877, p. 548b9, 549a28-29. HArab. XLIX, 283a); señorío de Yuçaf Almiramomelín en el Andalucía (PCG, c. 887, p. 558a30-b5. HArab. XLVIII, p. 282a46; alteración del nombre del rey de Zaragoza (PCG, c. 890, p. 559b40. HArab. XLIX, 283a).

2) Un Liber regum amplificado 47:

Pormenores sobre las mujeres de Alfonso VI (PCG, c. 847, pp. 520b34-35, 521a17 y quizá 521a42-b7 y b11-14. LReg.1, p. 210, LReg.2, p. 484); lides del Cid con Xemen García de Torrellos y con el moro Fáriz (PCG, c. 848, p. 522a23-33. LReg.2, p. 493); muerte de Diag Royz hijo del Cid en la lide de Consuegra (PCG, c. 866, p. 538a9-11. LReg.2, p. 494). 

3) El Cronicón lusitano:

Conquista de Coria (PCG, c. 866, p. 538a27-29. CrLus., p. 10a); derrota de Sacralias (PCG, c. 887, pp. 557b42-558a30. CrLus., p. 10a).

4) Otros anales, sin duda de origen navarro-aragonés 48:

Desbarato en Ayona de Sancho el Mayor (PCG, p. 473a25-32); Sancho el Mayor muere en Asturias traidoramente asesinado por un peón (PCG, p. 481b12-15); el rey García puebla Piédrola y conquista y repuebla Funes (PCG, p. 484b16-18); el rey García vence y mata a Limaymón en Rencón de Soto y conquista Calahorra (PCG, p. 484b19-21). A esta misma obra analística desconocida, interesada por la historia navarro-aragonesa, habrá que adscribir probablemente, en el reinado de Alfonso VI, la noticia de la muerte del infante don Ramiro y el conde don Gonçalo en la traición de Rueda (PCG, c. 864, p. 536a3-4), y, desde luego, la referencia a la sucesión en el trono aragonés: don Pedro-Alfonso el Batallero (PCG, c. 865, p. 537a13-16); quizá proceda también de esta fuente la muerte del rey don Sancho en Peñalén (PCG, c. 846, p. 520b21-22) 49 e incluso algunos detalles históricos añadidos a la Historia Roderici en los caps. 848 y 862.

5) Y unos terceros, posiblemente toledanos 50:

Alfonso VI derrotado en Consuegra por Abenalhage (PCG, c. 866, p. 538a6-9); Abenalhage derrota y malhiere a Alvar Háñez en Almodóvar (PCG, c. 866, p. 538a23-26); derrota de Alvar Háñez y de los hijos de Gómez Díaz (PCG, c. 888, p. 558b45-48); Abenalhage derrota en el *Espartal a los de Extremadura (PCG, c. 888, p. 559a1-2).

6) Además, se añadían rápidas referencias a la historia traspirenaica procedentes de Sigebertus Gemblacensis:

Sucesión papal: Alexandre-Aldebrando (Gregorio VII), PCG, 848, p. 522a18-22, según Sigeb. a. 1073 51.

      Súbitamente, a partir del capítulo 896, la Primera crónica general (en los tres textos o prototipos que aquí contienen su versión) 52 abandona toda precisión cronológica, dejando de consignar el comienzo de nuevos años de reinado 53; con la estructuración en anales desaparecen conjuntamente las referencias a la sucesión de papas, emperadores y reyes de Francia tomadas de Sigeberto, así como toda noticia de carácter analístico, incluso las del Cronicón lusitano. También se prescinde por completo —lo cual es bien notable— de la Historia Roderici 54. Consecuentemente, en lo que sigue queda como fuente única la historia valenciana de Ibn ‘Alqama desnuda de toda adición. Después, se acude, sin conjuntar tampoco su narración con informes de otro origen, a un texto de procedencia épica (cuyo modelo más o menos lejano es el Mio Cid) continuado por la monacal *Leyenda de Cardeña, esto es, se trascribe simplemente una *Estoria del Cid que, según su filiación apócrifa, habría escrito en arábigo Abenalfarax, sobrino de Alhuacaxí y alguacil del Cid 55. 
      La misma radical modificación estructural al llegar a este punto se percibe en otras dos Crónicas, la manuelina y la de Castilla 56. En cambio, los manuscritos de la Crónica de veinte reyes [y el ms. Ss, que conserva la Versión crítica en toda su extensión, descubierto en 1983 (véase La Estoria de esp. de Alf. X, pp. 135-137)] continúan mostrando la misma ténica historiográfica compliatoria antes y después del cerco de Aledo y sublevación de Valencia. En los capítulos anteriores nos ofrecen, en redacción generalmente más resumida, un relato paralelo al de las restantes Crónicas Generales, fundado en la misma minuciosa compilación de unas mismas fuentes, sometidas a una similar ordenación cronológica. A partir del capítulo correspondiente al 896, en cambio, la [Versión crítica y, por tanto, la] Crónica de veinte reyes se separa totalmente de la Primera crónica (y textos relacionados) 57 en cuanto a estructura y fuentes empleadas, ya que nunca abandona la técnica compilatoria característica de la Estoria de España alfonsí. Veámoslo con algún detalle. [Dado que todas las características de la Crónica de veinte reyes que examino seguidamente son igualmente propias del ms. Ss de la Versión crítica, dejaré en adelante de hablar de la familia de textos que llamamos Crónica de veinte reyes, según hacía en 1963, y me referiré siempre al prototipo de que depende, la Versión crítica].
      En los primeros tres años del reinado de Alfonso VI, la Versión crítica entrelaza, en forma idéntica a la Primera crónica, los relatos del Toledano y el Tudense, enriquecidos con idénticos pormenores procedentes del Liber regum amplificado y de una leyenda piadosa 58; a esa narración se suman las mismas tres noticias independientes basadas en unos anales (quizá navarro-aragoneses), en Sigeberto y en el Liber regum 59. En los años 4º a 8º del reinado, combina, exactamente como la Primera crónica, los dos relatos del destierro del Cid que le ofrecían la Historia Roderici y el Mio Cid, idénticamente retocados en ciertos pormenores onomásticos con De rebus Hispaniae y con la Historia Arabum del Toledano 60; y, en medio de esa narración, interpola la misma noticia de carácter independiente tomada de la Historia Arabum (sucesión de Aben Habet en Sevilla) 61. En los años siguientes (Toledo-invasión almorávide), aunque la Versión crítica disiente de la Primera crónica (y textos emparentados) en la cronología y ordenación de los sucesos, la identidad estructural entre una y otra obra se subraya por el gran número de fuentes utilizadas de una misma forma. Ambas crónicas manejan tres narraciones básicas idénticas: el Toledano y el Tudense entretejidos (y retocados en algún pormenor con Ibn ‘Alqama) 62, la Historia Roderici (enmendada en un par de detalles con el Toledano) 63 Ibn ‘Alqama (corregido a su vez en un detalle con la Historia Arabum) 64; además, una y otra aprovechan los mismos datos de tres obras analísticas: el Cronicón lusitano 65, unos anales navarro-aragoneses 66 y otros toledanos 67; así como de dos historias breves: el Liber regum y la Historia Arabum 68. Después de la invasión almorávide, las crónicas vuelven a coincidir en todo (incluso en la ordenación cronológica), presentando idéntica mezcla de la Historia Roderici (con la misma omisión de los párrafos que van del § 32 a la primera mitad del § 37) e Ibn ‘Alqama (con igual  enmienda en atención a la Historia Arabum) 69.
      En la sección posterior al cerco de Aledo y rebelión de Valencia, la Versión crítica sigue ella sola organizando metódicamente la narración por años de reinado 70; continúa igualmente incorporando, al fin de cada año, las noticias ultrapirenaicas, basadas en Sigebertus Gemblacensis y en Martinus Oppaviensis (Martín Polono), sobre sucesión de papas, emperadores y reyes de Francia:

«murió el papa Urban e fue puesto en su logar Pascual el segundo, e fueron con el çiento e ssesenta e quatro apostoligos» 71,

«murió el enperador Enrrique e rregnó enpos el su fijo don Enrrique el quinto quinze años. En su tienpo deste enperador sse començó la horden del Tenplo 72,

«en este sobre dicho año otrossý murió otrossý don Felipe rrey de Françia e rregno en pos el su fijo don Loys el quinto veynte e quatro años» 73;

así como nuevos datos de procedencia analística, tomados del Cronicón lusitano:

«sacó ese rrey don Alfonso su hueste e fue sobre Santarén que es en Portogal que era de moros e çercóla e prísola, e esto fue Sabado dos días por andar de Abril. Desí fue luego de esa sobre Lixbona e prísola otrossý, e esto fue Jueues tres días de Mayo. Después desto fue sobre Sintra Sabado seys días de Mayo. Estos logares que auemos dichos dio el rrey en guarda a su yerno el conde don Remondo, el que fue padre del enperador don Alfonso, e el conde dexó de su mano a don Suero Melendes. E el rrey don Alfonso tornósse estonces para Toledo» 74,

y de los otros anales, los toledanos y los navarro-aragoneses 75:

«Garci Ximénez, un rico omne que tenié el castiello —de Alaedo—, fue en pos ellos e ferió en la çaga de los moros, e mató e desbarató muchos» (a. 26º).

«En este año otrosý ouo el rrey don Alfonso de Aragón batalla con los almoráuides en vn lugar que dizen Cotanda, e fueron ý tres rreyes moros, Auenhuerca e Auetentrimad e Auolfátima, e vençiólos todos, e después conquirió Daroca (a. 31º)»

«En este año otrossý mataron los christianos a Almozcaén en Valtierra, e matólo con su mano Lop Garciéz (o «L. Gonçales», o «L. Sánchez») de Viluiello (o «Valdiello») e Martin López de Valtierra. Allý fue preso el conde Ladrón e el conde don Enrrique padre del rrey don Alfonso de Portogal (a. 31º)»

«el rrey don Alfonso de Aragón de so vno con el conde don Rodrigo d’Alperchos e el conde don Cuntel (o «Cantel» o «Cuntal» e don Gascón ganó Tudela que era de moros (a. 33º)»

«mataron los moros a las potestades con engaños en Huesca» (a. 38º)»

«lidió el rrey don Alfonso de Aragón con Benalhange entre Çaragoça e Barçelona en vn lugar que dizen Lubregad, que es entre Tarragona e la dicha Barçelona, e fue vençido Benalhange e allí fue muerto (a. 40º)»

[«En este año fue este rrey don Alfonso de Aragón con grand hueste sobre Málaga, e duró alla honze meses, e después, a su tornada, ouo vn muy grand torneo en Murçia. E después, dende a pocos días ouo batalla con moros en Daraçuel e venció los moros e mató ý muchos dellos» (a. 43º)] 76

y, desde luego, no olvida la importante Historia Roderici 77, ni el viejo Mio Cid 78, que, junto con Ibn ‘Alqama, siguen siendo las fuentes básicas de la narración relativa al héroe castellano.
      Ante tales observaciones, me parece evidente que más acá del capítulo 896 la Primera crónica general (y con ella las Crónicas hermanas manuelina y de Castilla) carece de suficientes merecimientos para ser considerada representativa de la Estoria de España alfonsí. Ya en los capítulos inmediatamente anteriores (relativos a la invasión almorávide) la duplicación de la batalla de Sagrajas, debida a una errónea interpretación de lo que en su origen fue simple yuxtaposición de dos versiones aún no conjuntadas en un relato definitivo, nos pone de manifiesto que la elaboración de la Estoria de España quedó interrumpida en esta parte antes de ser acabada 79; pero en los capítulos que siguen al 896 la tarea compilatoria estaba aún menos avanzada. Sólo así se explica que el refundidor de 1289, al proponerse amplificar retóricamente la redacción de la Primera crónica desde Ramiro I, interrumpiese su tarea a mitad de ese capítulo 896; y sólo ello justifica el que en textos posteriores 80 se completase la historia del Cid de una forma tan deficiente como la que hemos descrito. Creo pues indudable que a partir del capítulo 896, hasta la muerte del Cid, [los «estoriadores alfonsíes» que en c. 1270 elaboraban] la Estoria de España... nunca llegaron a redactar esta sección histórica. [Con qué componentes contaban para la redacción de esa sección] en caso de haber realizado el proyecto alfonsí de los años ‘70 nos lo deja entrever la Versión crítica (no las otras Crónicas Generales); pero este texto, que reproduce una nueva redacción de la Estoria, [elaborada en Sevilla c. 1283 en plena guerra civil cuando Alfonso X no dominaba Toledo ni Castilla y León] responde a criterios de elaboración disimilares a los que regían c. 1270 81.
     Esta valoración nueva de las Crónicas antes y después de la sublevación de Valencia repercute muy directamente en la historia de la vida tradicional durante los siglos XIII y XIV del Mio Cid, trazada por la crítica antes de la publicación en 1963 de este trabajo.

d. El «Mio Cid» que utilizó Alfonso X

      La historia del Mio Cid como una gesta en continuada reelaboración juglaresca desde mediados del siglo XII hasta las postrimerías de la Edad Media, fue reconstruida en sus líneas generales por Menéndez Pidal en 1898 («El Poema del Cid y las Crónicas generales de España»), y, con ligeros retoques, fue luego acogida en Cantar de Mio Cid (1908-1911; 2ª ed. 1944) y en Poesía juglaresca y juglares (1924), y reajustada (sin introducir grandes alteraciones) en Poesía juglaresca y orígenes de las literaturas románicas (1957) para armonizarla con las nuevas precisiones cronológicas sobre historiografía post-alfonsí de Cintra (1951) 82. Según esa reconstrucción, que se haría clásica, las Crónicas Generales nos permitirían asistir, paso a paso, a la sucesiva adaptación de la vieja gesta de hacia 1140 83 a los gustos nuevos, triunfantes en la epopeya de los siglos XIII y XIV. En la Primera crónica general, iniciada por Alfonso X hacia 1270, el Mio Cid que aparece prosificado es ya una refundición muy alterada del antiguo poema del siglo XII 84; la sobria estructura primitiva se halla recargada con incidencias y personajes nuevos 85, al mismo tiempo que el tono mesurado y noble de la vieja gesta se ha descompuesto dando lugar a escenas llenas de desmanes, alborotos, voces y golpes 86. Más tarde, en el siglo XIV, habrían venido a sustituir a esta refundición otras aún más innovadoras, como la que deja su huella en la Crónica manuelina y en la Crónica de Castilla (a comienzos de ese siglo) 87; y la renovación continuaría hasta el siglo XV 88, en que la gesta de desintegraría ya en fragmentos romancísticos 89. Pero en el siglo XIV la vieja versión del Mio Cid de c. 1140 aún competía literariamente con sus más novedosas refundiciones: El autor de la Crónica de veinte reyes (crónica considerada como algo posterior a la de Castilla 90), sea porque algunos juglares resucitasen por entonces, a título de novedad, los poemas arcaicos 91, o simplemente a causa  de su fino paladar crítico de historiador 92, cuando emprendió la refundición de la Primera crónica, prefirió sustituir los novelescos relatos que habían acogido las restantes Crónicas Generales por una fiel prosificación del poema primitivo (el del siglo XII).
      Estas venían siendo las ideas comúnmente admitidas por la crítica hasta 1962. Pero en vista de mi nueva concepción de las Crónicas, consideré preciso modificar profundamente tales conclusiones.
      Ya Menéndez Pidal había observado, desde antiguo, el contraste en la Primera crónica general entre dos secciones de la prosificación del Mio Cid:

«la Crónica coincide en todo con el antiguo Cantar hasta el verso 1094 [léase, mejor, 1097] 93, salvo muy ligeras variantes; los versos que siguen hasta el 1120 faltan en la Crónica...; en fin, hasta el verso 1251 94 no empieza la divergencia bien perceptible de ambos textos»;

pero creyó explicable esta doble actitud del juglar refundidor por el hecho, bien conocido, de que son las conclusiones de los poemas las que más atraen la imaginadción renovadora y no los comienzos 95.
      A mi parecer, tan precisa frontera entre la parte inalterada y la parte refundida depende de un cambio en la estructura de la Primera crónica, no de un cambio en la actitud recreadora de un juglar refundidor del poema de Mio Cid.
      En la sección de la Primera crónica general anterior a la sublevación de Valencia, cuando áun no se echa de menos la información de ninguna de las fuentes alfonsíes y se mantiene en ella la estructuración analística propia de la Estoria de España, el Mio Cid prosificado (en los capítulos 850-862 de PCG) en nada difiere del conocido 96. La identidad de ambas versiones —la prosificada y la que conocemos en forma métrica— me parece indisputable: comparando verso a verso y línea por línea las dos narraciones, no hallo más divergencias que las surgidas naturalmente de adaptar la exposición poética al estilo narrativo cronístico.
      En un principio, a los 424 primeros versos del Mio Cid, relativos al paso del desterrado por Burgos y Cardeña y a su salida de Castilla, corresponden dos breves capítulos cronísticos (PCG, caps. 851 y 852), en que sólo se aprovechan los datos «históricos» esenciales; el resumen es demasiado rápido para poder apreciar la identidad o divergencia de los dos textos poéticos. La única diferencia noticiable es el reajuste cronológico consistente en hacer que el Cid no duerma en Cardeña y que salga, por tanto, del monasterio trasnochando («desque fue la noche espidiósse... Et andido toda essa noche, et fue otro día a yantar a Espinaz de Can», PCG, p. 524b11-14); la corrección se explica a mi parecer mejor como simple retoque historiográfico que como innovación juglaresca 97.
      Una vez que el Cid abandona Castilla y el poema se dedica a reseñar acciones guerreras, la Crónica prosifica el Mio Cid verso por verso, esforzándose en recoger de cada uno de ellos un máximo de información. Esta técnica prosificatoria explica que, para destruir el ritmo y la asonancia poéticas, se tienda con cierta frecuencia a envolver el verso en una frase algo más amplia, adicionada con pequeñas deducciones 98; creo innecesario detenerme a analizar aquí cómo los historiadores alfonsíes adaptaron cada uno de los versos 425-1097 del Mio Cid a una prosa cronística, basta hacer notar que, en general, reprodujeron con una gran fidelidad el texto poético. Este respeto, no ya sólo a los hechos narrados, sino a la propia forma de narrarlos, nos permite asegurar que el Mio Cid de Alfonso X, en su «Cantar del Destierro», era, en la inmensa mayoría de sus versos, idéntico al copiado [para el concejo de Vivar en el s. XIV] que lleva el explicit de Per Abbat. Sólo ocasionalmente el historiador consideró preciso extender su labor interpretativa de la fuente poética más allá de los discretos límites habituales, entremetiéndose a explicar, glosar o arreglar la información de la gesta; son estas dilataciones y arreglos, que Menéndez Pidal creyó a veces reflejo de innovaciones poéticas introducidas por un juglar refundidor, lo que nos interesa examinar con detalle a fin de probar mi anticipada conclusión.
      En dos pasajes, la generosidad del héroe con los moros vencidos, según el poema, suscita comentarios aclaratorios por parte del cronista. Así, cuando al abandonar Castejón, el Cid liberta a cien moros y a cien moras (versos 534-535), el historiador razona por su cuenta: «ca paresçrie mal de leuar moros nin moras en nuestro rastro, et non nos conuiene agora, mas andar los mas afforrechos que pudiermos, como omnes que andan en guerras et en lides et an a guarir por sus manos et sus armas» (PCG, pp. 525b48-526a4); y, más tarde, reinterpreta el discurso del Cid sobre cómo tratar a los moros de Alcocer (versos 617-622) 99: «Et  de como yo cuedo, en este castiello a grand auer, et moros et moras que fincan aun y; et podemoslos uender et matar; mas pero si los mataremos non ganaremos y nada; et tengo que ualdra mas que coiamos aca dentro aquellos que fincaron fuera, et ellos que saben la villa, mostrarnos an buenas posadas et los aueres que yazen ascondidos en las casas, et seruir nos hemos dellos» (PCG, p. 527a7-16).
      El deseo de justificar detenidamente los actos del héroe, en términos de estrategia militar, da lugar a glosas diversas: el Cid vende Alcocer «porque quiere salir dalli a yr uuscar mas conseio del que tenien et auie mester auer que diesse a las compannas con que se guisassen» (PCG, p. 530b8-11; fundándose en que el Campeador reparte seguidamente el dinero entre sus vasallos, versos 847-850); cuando, cercado en Alcocer por Fáriz y Galve, el Cid razona a su mesnada «que nos queramos yr de noch no nos lo consintran / grandes son los poderes por con ellos lidiar» (versos 668-669), la Crónica insiste y aclara: «ellos son grandes compannas et grandes los sus poderes, et nos pocos et estamos en su tierra. Et que nos queramos yr de noche a furto, nin lo podremos fazer nin nos lo consintrien ellos, ca nos tienen cercados de todas partes et uer nos yen. Otrossi con ellos non podriemos lidiar, ca son los moros muchos ademas» (PCG, p. 527b30-38), y lo mismo hace con la respuesta de Alvar Hañez («De Castiella la gentil exidos somos aca / si con moros non lidiaremos no nos daran del pan», versos 672-673): «Sallidos somos de Castiella la noble et la loçana et uenidos a este lugar do nos es mester esfuerço. Si con moros non lidiaremos, sabed que los moros non nos querran dar del pan» (PCG, p. 527b40-44) 100. Con voluntad de completar la información en el terreno militar, el historiador, que ha contado siguiendo al poema el acuerdo tomado por el Cid de echar fuera de la villa a los moros encerrados con él en Alcocer, por «que non sopiesse ninguno esta su poridad» (v. 680), se cree obligado incluso a detallar: «por que non sepan nuestra poridat et lo fagan saber a los otros. Et pues que ouieron echados los moros et fecho todo assi como el Çid dixo, cerraron bien las puertas del castiello» (PCG, p. 528a6-10); y, así mismo, cree imprescindible, antes de la lid campal, que el Campeador dé órdenes precisas a los suyos: «El Çid castigolos allí a todos como fiziessen en la fazienda, et acordassen todauía en una et non se esparziessen sin recabdo» (PCG, p. 528a29-32). Ninguna de estas adiciones de la Crónica refleja una refundición juglaresca de los viejos versos del Mio Cid.
      En otros casos, la divergencia entre los relatos prosístico y poético se explica porque el historiador trata de desarrollar narrativamente acontecimientos que el Mio Cid, con su técnica pictórico-dramática, sugiere de forma indirecta, mediante una pincelada. Así el poema nos cuenta sólo que Pero Vermúdez pone la seña en lo más alto de Alcocer (versos 611-612), mientras la Crónica explica: «Et desí acogiéronse al castiello et entráronle luego que non fallaron y embargo ninguno. Et fue luego Pero Uermúdez et puso la senna en el mas alto logar que en el castiello falló» (PCG, pp. 526b46-527a3); o que, habiendo entrado Pero Vermúdez con la seña en medio de los enemigos, «moros le reçiben por la seña ganar, / dan le grandes colpes, mas nol’ pueden falssar» (versos 712-713), mientras la Crónica aclara: «Los moros recibiéronle, et començaron de ferirle muy de rezio dándol muy grandes colpes pora abaterle si pudiessen et leuar dél la senna, mas trayé él tan buenas armas que gelas non podién falssar, et demás muy fuerte coraçón, assí que non pudieron guisar con él lo que quisieran» (PCG, p. 528b24-30); o, en fin, que Minaya, sobre un nuevo caballo que le consigue el Cid, «...fuerte mientre lidiando / a los que alcança valos delibrando» (versos 757-758), mientras para los propósitos de la historia parece oportuno hacer constar que los moros van ya de vencida (puesto que Alvar Háñez los sigue en alcance): «...cometieron a los moros muy de rezio. Et por que los moros fincaran mal escarmentados de la otra uez et non se atreuiendo ya a lidiar con los cristianos fuéronse vençiendo. Et los cristianos yéndolos ya leuando...» (PCG, p. 529a43-b1).
      Lo mismo cabe decir de ciertos episodios en que a una breve frase del poema corresponde en la Crónica un trozo narrativo en que se desarrolla la situación en ella compendiada. Así, el grito «Non sea, por caridad» (v. 709), con que el Cid de la gesta trata de impedir que su alférez coloque la seña en medio de los moros, en la prosa histórica se convierte en una acción narrable: «Trauó estonces el Çid con ell que estidiesse quedo et non mouiesse la senna, mas non pudo con él «(PCG, p. 528b18-21); y el gesto «al Çid besó la mano» (v. 692), que basta a los propósitos poéticos para expresar toda una reacción, se aclara en la historia diciendo: «plogo mucho desto a don Pero Uermúdez et besó la mano al Çid» (PCG, p. 528a22-28). Donde el Mio Cid presenta dramáticamente la afectuosa despedida de los moros de Alcocer al desterrado: «Moros et moras tomaron le a quexar: / ¿Vaste, myo Çid; nuestras oraçiones uayante delante! / Nos pagados fincamos, señor, de la tu part» (versos 852-854), la Crónica narra: «los moros que ý morauan començáronse a quexar mucho por ello, por que les fazié el Çid mucho bien et mucha merçed, et rogauan a Dios por él, quel guiasse en su seruicio, et que la su bienandança que siempre fuesse adelante, pues que yrse querié» (PCG, p. 530b19-25). Las palabras exultantes del Cid a Alvar Háñez, después de tomar el quinto del botín: «Oýd, Mynaya, sodes myo diestro braço! / D’aquesta riqueza que el Criador nos a dado / a uuestra guisa prended con uuestra mano» (versos 810-812), se convierten al pasar a la historia en una razonada proposición: «Aluar Hánnez, todo algo que uos omne fiziesse merecedes lo uso muy bien a guisa de muy buen cauallero, et quiero que tomedes del mio quinto quanto uos quisiéredes» (PCG, p. 530a2-6). Y el cronista hace lo que puede para interpretar la situación a que aluden los difíciles versos 527-528: («Moros en paz, ca escripta es la carta, / buscar nos ye el rey Alfonsso con toda su mesnada»): «Demás el rey don Alffonso a pazes con los moros, et sé yo que escriptas son ya de los moros las cartas de lo que nos por aquí començamos a fazer, pora enuiárgelas; et el rey don Alffonso nuestro sennor es poderoso et de gran coraçón, et pero que lo auemos con moros, non lo querrá él soffir, et uenir nos a uuscar» (PCG, 525b33-40); si en este caso su interpretación no es muy correcta, menos lo es cuando de los versos 507-509 («Comidiós myo Çid... / al rey Alfonsso que legarién sus compañas, / quel buscarié mal con todas sus mesnadas») infiere: «El Çid otrossí quando se uio tan bienandante en su comienço, fue muy alegre et loçano por ello, et atróuosse muy más por ende en sus fechos; et enuió dezir al rey Alffonso que pues quél assí echaua de tierra, quél farié deseruicio con aquellas compannas que trayé» (PCG, p. 525b1-7) 101. Por último, la sutil manera con que el rey del poema difiere, para un futuro no lejano, el perdón del Cid, al mismo tiempo que acepta graciosamente el presente que el desterrado le envía («...mucho es mañana, / omne ayrado, que de señor non ha graçia, / por acogello a cabo de tres semmanas», versos 881-883), recibe en la Crónica sesudo complemento: «...et esto non pertenesce a rey, ca ningún rey nin sennor non se deue assannar por tan poco sinon sil’ cumple mucho» (PCG, p. 531a44-47). Me parece evidente que ninguna de estas glosas encubre un contenido poético nuevo.
      Por otra parte, no creo que haya que pensar en una reordenación del relato épico del Mio Cid por un juglar refundidor para explicar que en la Crónica se agrupen en un solo discurso las tres recomendaciones que el Cid de la gesta hace a Minaya al tiempo de enviarlo con embajada para Castilla (versos 813-818, 820-825, 829-831; PCG, p. 530a6-26) 102, o que la prosa cronística nos presente en orden inverso la materia de los versos 520 y 521 103. Y, a mi ver, era imprescindible necesidad para la Crónica el reducir a un mero discurso directo la extraña mezcla (usada más de una vez en el poema) de estilo directo e indirecto con que el Cid comenta con su compaña las posibilidades estratégicas de Castejón (versos 525-529) 104.
      Fue el historiador, sin duda, y no el supuesto refundidor del Mio Cid 105, quien se preocupó de justificar que el Cid siga pensando cómo hacerse dueño de Alcocer (versos 574-575: «Quando vio myo Çid que Alcocer non se le daua; / él fizo vn art...» etc.) 106, después que Alcocer le está pagando parias (versos 569-570: «el castiello de Alcoçer en paria ua entrando. / Los de Alcoçer a myo Çid yal dan parias de grado»): «El Çid, desque uio alli fecha la bastida 107, et fue con su caualleria contra Alcoçer por uer si la podría tomar. Et los de la villa, con miedo que ouieron déll, fabláronle como en razón de pecharle et darle parias, et él que los dexasse ueuir en paz; mas el Çid non lo quiso fazer, et cogiósse a su bastida» (PCG, p. 526a37-44); poco después, el cronista prosifica distraídamente el verso 586 108 («et las parias que de nos a leuadas, dobladas nos las tornará», en boca de los moros de Alcocer), confirmándonos así que en su versión del poema Alcocer había también pagado las parias 109. Otras importantes moralizaciones historiográficas hallamos en la escena de la prisión de Berenguer («el conde don Remond») concebida por el poeta del Mio Cid en tono maliciosamente cómico. El historiador ennoblece sistemáticamente la actuación del héroe con el conde vencido, al mismo tiempo que dignifica al de Barcelona 110.
      Después de considerar una por una todas las divergencias notables 111 existentes entre el relato del Mio Cid [conservado en el manuscrito de Vivar] (copiado por [o heredero del copiado por] Per Abbat) y la Crónica alfonsí, creo imposible negar que la Estoria de España tuvo aquí como fuente una redacción de la gesta idéntica a la conocida; sólo como excepción hallamos algún que otro caso en que la Crónica nos permite, quizá, restaurar un verso épico sin correspondencia en el manuscrito único del poema 112; pero tales versos pueden muy bien ser primitivos y faltar en la copia [hecha para el concejo de Vivar] por omisión o descuido [sea del último copista, sea de sus antecesores en la transmisión escrita del texto] 113 (en su mayoría fueron incorporados, efectivamente, a la edición crítica del poema por el propio Menéndez Pidal) 114. [Es más, creo incluso posible afirmar que  el texto poético conservado y el que en fecha anterior a la copia de Vivar conoció Alfonso X se hallan hermanados por transmisión escrita y que remontan ambos a un prototipo común que, en algunas «lecturas» se alejaba del original].
      Esta prosificación del Mio Cid que hemos venido estudiando, con las mismas frases adicionales añadidas por los historiadores alfonsíes para aclarar el relato poético 115, y, desde luego, con la misma huella de los versos que se echan de menos en la copia del manuscrito de Vivar 116, es la que, resumida 117, figura también en la Versión crítica. Alguna rara vez el resumen de la Versión crítica [de c. 1283] conserva memoria de un verso del Mio Cid cuyo contenido no se refleja en la Versión amplificada: «...e honrrado. El Çid, quando despertó, ouo grand plazer de la visión que viera e acomendóse a Dios e rogóle que le guiasse bien su fazienda. E otro día...» (cfr. PCG, p. 524b23), prosificación de los versos 410-412 118; «...que cunpliesse el Çid con ello a sus conpañas en aquello que les ouiese a dar. E díxole assí: Çid, fasta que vos yo non vea en canpo auer grand fazienda con moros e que lidie yo del mi cabo faziendo grand mortandad en los moros e que entendades vos que lo meresco, non vos quiero tomar nada. El Çid...» (cfr. PCG, p. 525b1), prosificación de los versos 498-504 119; «...e lidiando todos de buelta entró el Çid e Aluar Fánez entre los del castillo e mataron allí más de trezientos moros. El Çid e Aluar Fánez, demientra que la otra cauallería lidiaua con los moros...» (cfr. PCG, p. 526b41-43), prosificación del verso 605 (anticipado) 120. Pero ello no nos obliga a suponer que manejase una versión distinta del Mio Cid; al igual que la presencia en la Versión crítica de un pormenor o un pasaje completo de Ibn ‘Alqama omitido por la Versión amplificada 121 no permite pensar que existiesen dos versiones divergentes de la historia árabe 122. Es bien sabido que la Versión crítica conserva con cierta frecuencia detalles de las fuentes —cualesquiera que ellas sean— olvidadas por la Estoria de España en su Versión amplificada de 1289 e, incluso, en la Versión concisa de c. 1270. La identidad de las dos prosificaciones del Mio Cid hasta el capítulo en que el Cid abandona temporalmente Valencia, queda asegurada si tenemos en cuenta la identidad en estructura y composición de ambas Crónicas en esta parte 123.

e. La «Refundición del Mio Cid» y la *«Estoria caradignense del Cid»

      Sólo a partir de la sublevación de Ibn Ŷāḥḥāf (Abeniaf) en Valencia es cuando una y otra crónica difieren en cuanto al texto del Mio Cid utilizado. La Primera crónica, que interrumpe la transcripción de la Versión amplificada dejando, en adelante, de incorporar a Ibn ‘Alqama la información de las restantes fuentes alfonsíes e incluso abandona la estructura analística, prescinde de los datos contenidos en el «Cantar de las Bodas» relativos al cerco de Valencia. La Versión crítica, en cambio, que continúa los hábitos compilatorios de la Estoria de España alfonsí, incorpora a la narración de Ibn ‘Alqama los versos 1092 a 1204 del Mio Cid, al lado de sendos pasajes de la Historia Roderici 124.
      Después, conquistada Valencia y dando fin Ibn ‘Alqama, vuelve a percibirse en la Primera crónica el hilo narrativo del Mio Cid (primero, aislados en el cap. 920 de PCG, los versos 1209-1210 y 1219-1220 125; luego, a partir del cap. 922, de corrido, desde el verso 1222 en adelante) 126, pero en redacción muy anovelada, que luego empalma con la *Leyenda de Cardeña. Dado que esta fantástica biografía cidiana o *Estoria caradignense del Cid usurpa en la Primera crónica (y en las Crónicas manuelina y de Castilla) el lugar de todas las fuentes habitualmente utilizadas por Alfonso X, creo que los episodios relacionados con el Mio Cid incluidos en ella no formaban originalmente parte del mismo texto del Mio Cid utilizado por los historiadores alfonsíes en los capítulos anteriores al cerco de Valencia (caps. 850-862 de PCG); a comprobárnoslo viene la estructura de la Versión crítica, que, una vez concluido Ibn ’Alqama, continúa apurando la información de las mismas fuentes utilizadas en la parte anterior por la Estoria de España de Alfonso X: la Historia Roderici, el Cronicón lusitano, los anales relativos al reino de Aragón, Sigebertus Genblacensis, Martinus Oppaviensis (o Polono) y... el Mio Cid de 1144 127 (no la versión anovelada y continuada por la Leyenda de Cardeña presente en la Primera crónica general), y continúa sometiendo todas esas fuentes a una sistemática organización cronológica 128.

* * *

Epílogo

      Cuando Alfonso X, con un concepto renovador de la Historia, decidió dar entrada en la historia general de España a un relato pormenorizado de los hechos del último héroe castellano, del hidalgo de Vivar, acudió, ni más ni menos, a los mismos tres relatos básicos que en el siglo XX utilizaría Menéndez Pidal en su reconstrucción de «la España del Cid»: la Historia Roderici, Ibn ‘Alqama y el Mio Cid en su venerable redacción del siglo XII. No fue un oscuro refundidor de la Crónica General del siglo XIV quien por primera vez supo apreciar el alto valor histórico de la arcaica gesta, sino los compiladores alfonsíes de c. 1270 y de c. 1283, o, quizá, el propio Alfonso.
      En cuanto a la refundición anovelada del Mio Cid, creo que sólo fue incorporada a la historiografía nacional cuando la tradición manuscrita de la Estoria de España, falta de toda dirección regia y perdido su rumbo, naufraga en manos de inhábiles cronistas durante los años procelosos de fines del siglo XIII y comienzos del siglo XIV. Su acogida se produjo en dependencia del éxito obtenido por la Estoria del Cid atribuida a Ibn al-Faraŷ, amañada en el monasterio de Cardeña [en función del interés de los monjes en promover un culto cidiano que beneficiara a la comunidad].

Diego Catalán, "El Cid en la historia y sus inventores."(2002)

NOTAS

1 Paris, Histoire poétique de Charlemagne, I, París, 1865, comienza con esas palabras el capítulo X (p. 203 de la reedición de 1905).

2 Wolf, Studien zur Geschichte der spanischen und portugiesischen Nationalliteratur, Berlín, 1859 (en que reune trabajos anteriores), pp. 304-554 (principalmente, p. 405); Wolf y Hofmann, Primavera y flor de romances, I, Berlín, 1856, pp. XIII y LXXV. 

3 Milà y Fontanals, De la poesía heroico-popular castellana, Barcelona, 1874 (reeditado en 1959 por Riquer y Molas).

4 Cf. Menéndez Pidal, Cantar de M.C.1, I (1908), p. 125. [Acerca de estas etapas críticas, véase Catalán, De la silva textual (1997), cap. I, § 1].

5 Como consecuencia de su estudio lingüístico del Mio Cid (presentado al concurso abierto en 1892-1893 por la Academia Española; premiado en 1895) y con el fin de preparar su Poema del Cid, nueva edición, Madrid, 1989, Menéndez Pidal emprendió el examen de la materia épica cidiana presente en las Crónicas medievales: «El P. C. y las Crón.» (1898), pp. 435-469. Simultáneamente completaba Ley. Inf. Lara (1896), en que estudia y clasifica unos 60 códices cronísticos, y el catálogo Crón. Generales (1898).

6 Que algún tiempo después divulgaría en sus «Lectures» de 1909 en la Johns Hopkins University, Baltimore, recogidas en el libro L’épopée cast. (1910).

7 En los decenios siguientes la historia restaurada de la epopeya española pudo irse completando con nuevas precisiones, pero Menéndez Pidal no necesitó alterar las líneas esenciales de su reconstrucción de 1896-1898. Representan interesantes eslabones en el desarrollo de su pensamiento sobre las Crónicas y la Epopeya los trabajos: Cantar de M.C. (1908-1911); L’épopée cast. (1910); «El Romanz dell i. García» (1911); Poe. M.C. (1913); Crón. General-Discurso (1916); Crón. Generales 3 (1918); «Sobre la traducción portuguesa de la Crónica General de España de 1344», RFE, VIII (1921), 391-399; «Relatos poét.» (1923), pp. 329-372; Poes. jugl. (1924); «Ley. Condesa traidora» (1930), 11-33; Ley. Inf. Lara 2 (1934), adiciones; el libro misceláneo Hist. y Epop. (1934); Cantar de M.C.2 (1944-46); Reliquias 1 (1951) (obra en que se manifiesta ya la influencia de los estudios de Cintra).

8 Babbitt, CVR Latin Sources (1936); libro precedido por los artículos: «Once Reyes» (1934), y «Twelfth-Century Epic Forms» (1935). Desgraciadamente, Babbitt prescindió en sus estudios comparativos del importante testimonio que aportan la Crónica General que editó Ocampo en el siglo XVI y la Crónica de Castilla; y, por otra parte, malgastó su energía en tratar de resolver problemas inexistentes, al dejar de lado en la comparación de la Crónica de veinte reyes con la Primera crónica general los manuscritos de esta última obra, conformándose con la  edición Menéndez Pidal del manuscrito «regio» E2 (el cual, en buena parte de su extensión, es una versión retocada y retóricamente amplificada). [Véase De la silva textual (1997), cap. I, § 4].

9 Lindley Cintra, Crón. 1344 (1951).

10 Cintra determinó claramente la posición que ocupa en la historia de la historiografía peninsular la famosa Crónica de 1344, a que Menéndez Pidal concedió tanto valor por creerla punto de arranque de las grandes refundiciones sufridas por la Estoria de España alfonsí a lo largo de la Edad Media. Lejos de ser la «Segunda crónica general», sabemos hoy (gracias a Cintra) que representa el más distante esfuerzo historial, respecto a la obra de Alfonso X, dentro del género de las Crónicas Generales: obra de un portugués, el famoso conde de Barcelos don Pedro (autor del Livro das Linhagens), tiene como fuente básica una Versión gallego-portuguesa de la Crónica general compuesta de un fragmento de la versión «regia» de la Primera crónica (desde Ramiro I hasta Vermudo III) seguido de la Crónica de Castilla en su integridad; la Crónica de veinte reyes parece hallarse entre las fuentes secundarias utilizadas por don Pedro [cfr. De la silva textual (1997), cap. I, § 5].

11 Menéndez Pidal, Primera crón.2 (1955).

12 Catalán, De Alfonso X (1962), y «El taller alfonsí» (1963) [reed. en el cap. II de La Estoria de Esp. de Alf. X (1992), pp. 45-60]. [Sobre esta «vuelta al manuscrito», véase mi comentario en De la silva textual, cap. I, § 6 y, sobre sus consecuencias, el § 7].

13 Mi estudio sobre «La versión regia de la Crónica General de España de Alfonso X» en De Alfonso X, pp. 17-93.

14 Primera crón.2 , pp. XXV y LVII-LVIII. Cfr. De Alfonso X, pp. 19-24. [Pero téngase en cuenta lo que digo en el cap. V de La Estoria de Esp. de Alf. X, pp. 121-137].

15 Primera crón.2, pp. XXV, LVIII-LIX; XIX, XXI y 1a. Resumí el estado de la cuestión en De Alfonso X, pp. 19-24.

16 La autoridad de los dos códices escritos para la cámara real castellana llevó, tanto a Menéndez Pidal como a Cintra, al convencimiento de que esta versión «regia» era definitivamente preferible a la versión «vulgar», por más que esta otra redacción, sacada del borrador sin la supervisión regia, fuese histórica y filológicamente más interesante por su mayor fidelidad verbal a las fuentes.

17 Primera crón.1 (1906); la ed. de 1955 (Primera crón.2 ) es, en su texto, reproducción fotográfica de la de 1906.

18 Analicé detalladamente la composición facticia del ms. E2 en De Alfonso X, pp. 32-93. 

19 Este manuscrito, E2 (c), encabezado con una miniatura que representa a Ramiro I, empieza con una inicial miniada en el f. 23 moderno de E2 ; se destaca por su letra grande y gruesa, escrita en columnas de 40 líneas, con elegantes iniciales en rojo, azul y morado, y por las frecuentes enmiendas y glosas de un corrector. En el cuarto de sus folios (mod. 26v) incluye una digresión fechada bajo Sancho IV en la era 1327 (año 1289). Terminaba incompleto en el f. 199 moderno (dejado en blanco). Hacia mediados del siglo XIV (1341-1343) existía aún como manuscrito independiente y fue traducido al gallego-portugués (De Alfonso X, 1962, pp. 50-63; [De la silva textual, 1997, cap. IV, §§ 1-2, pp. 286-295]).

20 E2 (e): folios modernos 257-320v. Se asemeja formalmente a E2 (c) hasta el punto de poder ser su continuación. Presenta enmiendas y glosas de mano de un corrector análogas a las de E2 (c). Sin duda el formador del códice mixto arrancó el último de sus cuadernos para mejor empalmar una prolongación (De Alfonso X, 1962, pp. 70-76). 

21 Según nos muestra una copia (el ms. C), hacia fines de la primera mitad del s. XIV los dos primeros cuadernos de  E2(fols. 2-17) formaban aún parte material del ms. E1 ; este códice, que en su forma original llamaremos E1(orig), terminaba con el último folio de un cuaderno, en medio del cap. 616 de PCG y dejando inconclusa una frase («En el diziochauo anno enuio ell emperador Carlos sus cartas»). Cfr. De Alfonso X, 1962, pp. 32-49; [De la silva textual (1997), cap. II, § 2, pp. 34-41].

22 En el ms. E1 añadió un folio (el 197) y copió en él 34 líneas de una columna (que anteriormente figuraban en el primer folio del primer cuaderno segregado), advirtiendo seguidamente: «Et de commo regno este rey don Pelayo et los otros reyes que fueron en Leon, en el comienço del libro de la Coronica de Castiella lo fallaredes». En el ms. E2  encabezó los cuadernos segregados con un folio (mod. 1) en que dio título al nuevo volumen (y trazó una tosca miniatura inacabada), borró las correspondientes 34 líneas de la columna a del primer folio (mod. 2) y sobre lo borrado (y en el espacio en blanco de una miniatura nunca realizada) hizo constar que aquel volumen era la continuación de E1  (cuyo contenido y caracteres formales describe); finalmente intercaló, un cuaderno E2(b) de 5 folios (más un talón) entre el segundo de los dos cuadernos segregados de E1 (orig) y el manuscrito que empezaba con Ramiro I (fols. Modernos 18-22) a fin de completar la historia de Alfonso II (De Alfonso X, pp. 36-37, 77-80, 87; [De la silva textual, 1997, pp. 35-36, y pp. 257-262]).

23 La letra, E2 (f), de los folios modernos 321-360 (el último, en blanco) es la misma que la de los folios 18-22, E2 (b), y no anterior a los mediados del s. XIV. En ambos trechos falta toda iluminación (la única tinta de color empleada es el rojo) en contraste con las otras secciones del ms. E2. La adición se hizo, sin duda, después de arrancar el último cuaderno del ms. del s. XIII (De Alfonso X, 1962, pp. 72, 80-87.

24 E2(d): folios modernos 200-256. Comienza después de una laguna en la historia de la conquista de Valencia (con las palabras: «Et tornosse todo el fecho en mano et en poder del Çid», PCG, p. 565b1). La interpolación de este fragmento se hizo cuando el corrector de E2 (c) y E2 (e) había ya enmendado estos dos viejos textos; su letra parece de mediados del s. XIV (De Alfonso X, 1962, pp. 64-69).

25 Los dos cuadernos segregados de E1  contienen la historia de la monarquía neo-gótica asturiana, desde la elección de Pelayo como rey, hasta el capítulo de la cruz de los ángeles, en Alfonso II (cfr. nota 22). En su estado original, el ms. E1  no hacía división especial alguna entre al «Estoria de los godos» anterior y posterior a la invasión musulmana (de acuerdo con el anuncio que figura al comenzar esa parte de la Estoria de España: «...cuenta de los godos que fueron ende sennores depues aca todauia, cuemo quier que ouieron y los moros yaquanto tiempo algun sennorio», ms. E1, f. 131v). Cfr. De Alfonso X (1962), pp. 48, 89, 153-155 y nn. 42-44; [De la silva textual (1997), pp. 36-37 y 183-184].

26 Menéndez Pidal había ya notado que la versión oficial o regia, «principalmente desde el reinado de Ramiro I hasta mediado el de Alfonso VI, se aparta más de sus fuentes en cuanto a la redacción y estilo, buscando una expresión más amplia y más limada» (Primera crón.2 , p. XXX; y ya, antes, en Crón. General-Discurso, 1916). Esta reelaboración amplificada de la Crónica, propia de E2 (c), puede fecharse, según creo, en 1289, pues sólo en ella se interpoló el pasaje famoso alusivo al estado de la reconquista reinando Sancho IV el año de la era de 1327. La familia de manuscritos constituida por T, G, Z contiene también la interpolación porque en este trecho (desde Ramiro I hasta el año primero de Alfonso III) su prototipo utilizó la versión amplificada, característica de E2 (c). La versión concisa primitiva, anterior a 1289 y por tanto seguramente alfonsí, se conserva en el ms. Y y, menos fielmente, en la familia B, U, X, V (que acaba con Ordoño II); es la resumida por don Juan Manuel en su Crónica abreviada y la refundida por el prototipo común a la Crónica general vulgata (hasta Vermudo III) y a la Crónica de veinte reyes (desde Fruela II) [la por mí denominada Versión crítica de la Estoria de España fechable en 1282/84]. A partir del año segundo de Alfonso III, la familia T, G, Z sigue también la redacción concisa alfonsí. Por desgracia, a partir de Fernando I nos faltan textos de la redacción concisa: los manuscritos Y, T, G, Z, B, U, X, V no comprenden esa parte, y el manuscrito F, que comienza ahora, no compensa la ausencia de esos manuscritos de la redacción concisa alfonsí; la Crónica general vulgata tampoco continúa. Nos tenemos que conformar con la indirecta información de la Crónica de veinte reyes y con el resumen de la Crónica abreviada, testimonios insuficientes para reconstruir un posible texto conciso de c. 1270 (De Alfonso X, 1962, pp. 124-203 [y De la silva textual, 1997, cap. IV, pp. 285-458]).

27 El adicionador de E2(f), a mediados del s. XIV, completó la historia de Fernando III recurriendo a una Crónica particular de San Fernando (según nos muestra cierto error en la titulación de los capítulos, surgido claramente en una Crónica de este carácter); el manuscrito viejo E2  e sin duda acabaría, como F, traduciendo simplemente el final de De rebus Hispaniae. En la versión completada la historia inconclusa del reinado de Fernando III trazada por Rodrigo de Toledo es enriquecida y continuada con un «Siguimiento de la Estoria de las Coronicas de los fechos de los Reys de Espanna et de las sus vidas». De este Seguimiento del Toledano se tomó ya en la Crónica particular de San Fernando (y demás Crónicas por ella influidas) la cabalgada de Jerez, en que el infante don Alfonso de Molina y don Alvar Pérez de Castro el Castellano vencieron a Abenhut en 1231; pero, anacrónicamente, el continuador identificó al infante don Alfonso con el futuro Alfonso X, prueba evidente de que no escribía en los tiempos de este rey (De Alfonso X, pp. 83-87).

28 En mis dos trabajos «La versión regia de la Crónica General de España de Alfonso X» y «La versión anfonsí de la Estoria de España», incluidos en De Alfonso X, pp. 17-94 y 95-204, abordé nuevamente el problema de las varias redacciones de la Primera crónica general acudiendo a los manuscritos: E2 (c), C, I, J, B, U, X, V, Y, T, G, Z, F, D, S.

29 Véase nota 26.

30 A partir del fin de E2 (a) (en Alfonso II); esto es, de los dos cuadernos segregados de E1 (orig).

31 En los capítulos 883-886 se insertan sucesivamente dos relatos de la invasión almorávide, uno con base en el Toledano y el Tudense, otro en las fuentes complementarias (Ibn ’Alqama, Cronicón lusitano, Historia Arabum, Anales, más dos breves fragmentos del Toledano ya aprovechados en el primer relato). Sin duda inicialmente se yuxtapusieron en espera de coordinarlos en un relato único que salvase las contradicciones ofrecidas por las fuentes, pero esa elaboración no llegó a realizarse y, en su lugar, un copista posterior interpretó torcidamente la repetición como dos series de sucesos diferentes. Más adelante, capítulo 896, ocurre la gran laguna a que ya hemos aludido. Con la muerte de Alfonso VI, desde el capítulo 965, desaparece el sistema cronológico típico de la Estoria de España alfonsí, cesando toda referencia a los años de reinado. A partir del capítulo 988, la Crónica es simplemente una traducción del Toledano y en sus últimos capítulos copia de una  continuación de esta obra (el Segumiento del Toledano). Véase Primera crón.2 , pp. XXII, XXVIII, XXXIV (que reproducen observaciones hechas ya en Crón. General-Discurso, 1916); cfr. De Alfonso X, 1962, pp. 27-29 y 108. [Y lo expuesto detenidamente en «El taller alfonsí» (1963), reed. en el cap. II de La Estoria de Esp. de Alf. X (1992), pp. 45-60. Para comprender mejor el modo de trabajar de los historiadores alfonsíes de c. 1270 y de c. 1283 remito ahora a las «Conclusiones»  (pp. 461-469) de mi libro De la silva textual (1997)].

32 De Alfonso X, 1962, pp. 89-93. [Hubiera, como consideró posible constatar Menéndez Pidal, o no una solución de continuidad en el pago de colaboradores científicos con Sancho IV, es necesario admitir que los equipos historiográficos alfonsíes no continuaron su labor y que los materiales reunidos para la elaboración de la Estoria dejaron de ser accesibles en el entorno de Sancho IV].

33 Es seguro que en días de Alfonso X se alcanzó a traducir y actualizar hasta el fin la fuente básica, De rebus Hispaniae del arzobispo Toledano: en el capítulo 997, relativo a Alfonso IX, se incluye una nota actualizadora de carácter personal sugerida con anterioridad a 1274 por el propio Alfonso X (PCG, p. 678a2-3); en el capítulo 1048 hay actualizaciones indudablemente alfonsíes en la narración de sucesos de tiempos de Fernando III (PCG, pp. 735b48-736a10 y 736a21-28). Pero, evidentemente, la Primera crónica está inacabada. Noto ya graves deficiencias en el reinado de Fernando I. En el de Alfonso VI tenemos el caso patente del doble relato de la invasión almorávide, propio de un borrador en el que aún no se habían fundido las dos versiones (luego mal interpretado por arregladores posteriores); y, a partir de la sublevación de Valencia contra al-Qādir, la Crónica es en este reinado muy incompleta. Más adelante, no puede ni tan siquiera hablarse de la Estoria de España, sino de la traducción alfonsí del Toledano, ya que la Primera crónica deja de ser una compilación original (De Alfonso X, 1962, pp. 26 y n. 12; 72-73; 83-87; 102-105. Y, mejor, en «El taller alfonsí» (1963) [cap. II de La Estoria de Esp. de Alf. X (1992), pp. 54-55]. 

34 Véase n. 10. La Crónica de Castilla se nos sitúa ahora muy a comienzos del s. XIV (si no a finales del s. XIII). La manuelina ha de ser bastante anterior a 1320-1325, en que hay que fechar la Crónica abreviada de don Juan Manuel, pues don Juan la resumió entonces pensando que tenía en las manos la obra original de su tío Alfonso X. Ambas se relacionan íntimamente en el trecho que va desde el cerco de Aledo y sublevación de Valencia hasta el entierro del Cid; el prototipo de ambas ha de ser aquí una *proto-Crónica de Castilla del s. XIII más fiel a las fuentes que la conservada [véase «Don Juan Manuel ante el modelo alfonsí» (1997), reed. en cap. IX de La Estoria de Esp. De Alf. X (1992), cap. IX, pp. 197-229, los §§ 7 y 8]. El prototipo de la Crónica de veinte reyes es [de 1282/84].

35 [En la primera y segunda ed. de este trabajo (1963, 1992) prometía en esta nota:] «Espero tratar en forma más general de esta cuestión en un próximo trabajo». [Sólo ahora puedo remitir a mi reciente libro La épica española. Nueva documentación y nueva evaluación (2000), en que cumplo esa promesa].

36 PCG, p. 565a29.

37 «El capitulo de los castiellos que pechauan al Cid et de lo que el enuio dezir al rey de Saragoça et de como cercaron los almorauides el castiello que dizien Alaedo»; pero la narración escrita por E2 (c) sólo alcanza a tratar el primero de los tres asuntos enumerados, el de los castillos pecheros, no los otros dos.

38 El último cuaderno de E2 (c) está constituido por sólo dos folios, mod. 198 y 199. El copista dejó en blanco 7 líneas de la columna c y toda la columna d en el f. 198; el f. 199 está íntegramente en blanco.

39 La nueva mano, E2(d), inicia en el f. 200 un nuevo cuaderno; concluye su tarea en el f. 256 en que se remata la historia del Cid. Véase n. 24.

40 Sus pequeñas y toscas iniciales en rojo y azul contrastan llamativamente con las de E2 (c) y E2 (e), de iluminación delicada. Frente a todas las otras secciones del manuscrito E2 , la parte escrita por esta mano tardía numera los capítulos; puesto que tal numeración se inicia en el «Capítulo LII» y el primero correspondería al comienzo del reinado de Alfonso VI, creo indudable que figuraba ya en el original que utilizó el copista de E2 (d) (el ms. F presenta, en toda su extensión, una numeración semejante).

41 E2 (d) omitió parte de la narración que aquí figura en otras Crónicas Generales, pero disimuló la laguna aludiendo en un párrafo a los sucesos que anunciaba el titular del capítulo y que no habían sido relatados (PCG, p. 565b1-14); esta laña es un hábil escamoteo de los temas que en realidad anunciaba el titular (el Cid pide al rey de Zaragoza que abandone las bastidas que tiene sobre Valencia; cerco fracasado de Aledo por los almorávides). Idéntica laguna y laña hallamos en el ms. F, y, sin duda, E2 (d) encontró ya hecho el arreglo en el original que copiaba; los dos manuscritos marchan en adelante concordes, hermanándose en sus variantes, errores y omisiones (y en la numeración de los capítulos particular para el reinado de Alfonso VI; cfr. n. 40). La Crónica ocampiana sigue fielmente un texto semejante a F, siempre que no completa la narración con pasajes o detalles de la Crónica de Castilla.

42 Las causas de esta laguna característica de la Primera crónica creo que fueron esclarecidas por Menéndez Pidal en «Tradicionalidad», p. 155; no comparto, sin embargo, la imagen del *borrador alfonsí de la Estoria de España allí presentada (pp. 175-182), por razones que resultan obvias después de leído el trabajo presente.

43 Aunque, según creo, el trabajo compilatorio se hallaba en ciertas secciones todavía inconcluso al morir Alfonso X y quedar desbaratado su proyecto historial.

44 La obra de Abū ‘Abd Allāh Muḥammad ibn al-Jalaf ibn ‘Alqama, repetidamente citada por historiadores musulmanes posteriores, no se conserva. Fuera de su traducción en las Crónicas Generales, sólo conocemos fragmentos y breves pasajes incorporados a una Crónica anónima de los Reyes de Taifas (Muluk at-tawā’if), a las obras de Ibn al-Kardabūs (h. 1190) y de Ibn al-Abbār (antes 1239-hasta 1257), y, sobre todo, a Al-Bayān al-mugrib de Ibn Idārī  (1306); Ibn al-Jatīb (h. 1374) no hace sino plagiar a Ibn Idārī . Véase E. Levi Provençal, «La prise de Valence par le Cid d’après les sources musulmanes et l’original arabe de la Crónica General de España», en Islam d’Occident, París, 1948, pp. 187-238; R. Menéndez Pidal, Esp. Cid 4, pp. 886-904, 975; [y, ahora, M. J. Viguera, «El Cid en las fuentes árabes» (2000), pp. 71-77].

45 [Véase en La Estoria de Esp. de Alf. X el cap. II, heredero de «El taller historiográfico» (1963)].

46 En el estudio de las «Fuentes» de Primera crón.2  se atribuye este párrafo, sin razón, a *Ben Alcama, p. CLXXXII.

47 Sobre el *Liber Regum amplificado utilizado por los historiadores alfonsíes traté en De Alfonso X (1962), pp. 230-241.

48 En la Estoria de España figuran numerosas noticias de carácter analístico relativas a los reinos pirenaicos de Navarra y Aragón cuya fuente nos es desconocida (cfr. Primera crón.2, pp. CLXIV, CLXV, CLXVI y CLXXVII).

49 Consignada igualmente por los Anales toledanos Ios y por los anales castellanos (llamados por Gómez Moreno *Efemérides riojanas) Aprovechados en el Chronicon Burgensis y en los Annales Compostellani (Esp. Sagr., XXIII, pp. 385, 309 y 320). 

50 Según ha notado Menéndez Pidal (Primera crón.2 , p. XL) este Cronicón perdido debía de ser, como los Anales toledanos IIos, obra de un morisco incapaz de disimular su hostilidad a los cristianos; quizá exista entre ambos alguna relación de dependencia.

51 La Estoria de España complementa en otros casos la información de Sigebertus con la de Martinus Oppaviensis (o Polono).

52 Los mss. E2 (d) y F, más la Crónica ocampiana.

53 La Primera crónica ha señalado por última vez la entrada de un nuevo año del reinado de Alfonso VI en el c. 890: «Andados XXV annos... en la era de mill et C et XXV annos, ...ell anno... en mill et LXXX et VII, et el de Henrric emperador de Roma en XXX et IX», ms. E2 (c); «en el XXVII años... era MCXXVII...», ms. F. No volveremos a hallar otro comienzo de año de reinado sino después de muerto el Cid y enterrado, c. 963 (realmente, 964) de PCG: «Andados XLII annos... era de mill et CXXVIII annos (sic)... ell anno... en mill et CIIII», ms. E2 (e); «...CXXXII años...», ms. F.

54 El c. 894 de PCG se basa en los párrafos 38 y 39 de HRod.; el c. 895 utiliza aún, entremezclándolos con Ibn ‘Alqama, los párrafos 40 y 41. En los caps. 896-962 (realmente, 963) de PCG falta toda huella de los párrafos 42-77 de la HRod., que habrían podido proporcionar a la Crónica muy valiosa información.

55 Véase adelante la n. 129.

56 La Crónica manuelina (resumida hacia 1320-1325 por don Juan Manuel en su Crónica abreviada) y la de Castilla (hacia 1300) marchan a partir de este punto hermanadas, basándose en un texto de la Crónica General a las veces más completo que el de la Primera crónica (tal como nos lo conservan los mss. E2(d) y F y la ocampiana). El prototipo de esas crónicas, por otra parte, innovaba en algunos casos la historia para atender a tradiciones novelescas tardías, despreciadas por (o desconocidas de) la Primera crónica [véase «DJM ante el modelo alfonsí» (1977), pp. 41-43, y en La Estoria de Esp. de Alf. X (1992), en el c. IX, pp. 219-220]. Pero, salvadas estas diferencias, el prototipo de las Crónicas manuelina y de Castilla era estructuralmente idéntico al de la Primera crónica.

57 Las Crónicas manuelina y de Castilla.

58 Los pormenores sobre las mujeres de Alfonso VI a que aludimos en nuestra nota 47 figuran también en la Versión crítica. La leyenda piadosa común a ambas Crónicas es la que figura en PCG, p. 520b36-48; interesa notar que la promesa de la Primera crónica «et desta donna Sancha adelante diremos más en el su fecho, do será en su lugar et conuerná» no llega a cumplirse en esta Crónica, pero sí en la Versión crítica, dentro del reinado de Alfonso VII (cfr. Cintra, Crón. 1344, pp. CCLXXXIX y n. 370, mejor que Babbitt, CVR Latin Sources, p. 122).

59 Muerte en Peñalén del rey don Sancho, sucesión papal (Alexandre-Gregorio VII), lides del Cid (con Xemen García y con Fáriz).

60 «Sanctius, rex aragonensis et pampilonensis» de la HRod. (párrafos 12 y 13) figura en ambas Crónicas como «el rey don Pedro de Aragón», por influjo de De rebus Hisp., p. 142b; y los reyes de Zaragoza «Almuctadir» y «Almuctaman» de la HRod. (párrafos 12-16) aparecen consistentemente reducidos en una y otra a «Almudaffar» y «Çuleyma», en atención a HArab., p. 282b.

61 Véase atrás la lista de pasajes de la PCG derivados de la HArab.

62 El Tol. (p. 135b) llama a Hjahye «secundus filius Almenon»; pero las Crónicas señalan que era «nieto de Almemón», mejor informadas a través de Ibn ‘Alqama, que denomina así a al-Qādir muy a menudo (no hay por qué pensar en Ibn al-Jatīb, como hacen las «Fuentes» de Primera crón.2 para los caps. 865 y 866 de PCG en la p. CLXXVII).

63 Las Crónicas siguen a la HRod. para relatar cómo el Cid guerrea a Aragón y a Morella y finalmente derrota al rey de Aragón en lid campal (párrafos 21-23); pero sustituyen al rey «Sanctius» de la fuente por el «rey don Pedro» y afirman que «fue y preso el rey don Pedro», junto a los varios caballeros nombrados por la HRod., en atención al arzobispo don Rodrigo, De rebus Hisp. (p. 142b). Ambas Crónicas hablan del castillo de «Orçeión u Orzeión» donde la HRod. se refiere al «castrum Gormaz» (párr. 25). [La identificación alfonsí es seguramente correcta dada la existencia de un Gornaçe «in alfoç de Amaia» en documentos del s. XI (véase Catalán, «El Mio Cid y su int. (versión anotada», 1995, n. 86 [y en este libro, cap. IV, n. 87]).

64 En los nombres de los reyes de Zaragoza, nuevamente.

65 Coria, Sacralias.

66 Rueda, Alfonso el Batallero.

67 Consuegra, Almodóvar, hijos de Gómez Diaz, *Espartal.

68 El hijo del Cid muerto en la de Consuegra, del LReg.2. Señorío de Yuçaf Almiramomelín y retoques en los nombres de reyes apoyándose en HArab.

69 La omisión aquí de estos párrafos de la HRod. creo que se explica porque los compiladores alfonsíes pensaban contar el primer cerco de Aledo inmediatamente antes de su conquista por Abenaxa (según sugiere el titular del cap. 896 de PCG y confirma la Versión crítica). Los cambios anteriormente introducidos en la sucesión de los reyes de Zaragoza obligan aquí a hablar de la muerte de Yuçaf y sucesión por su hijo Almoztaén.

70 En la parte correspondiente a la laguna de Primera crónica, la Versión crítica, consigna el comienzo de los años 26 y 27 del reinado de Alfonso VI (precisión cronológica extraña ya a las Crónicas de Castilla y manuelina); luego, continúa sistemáticamente: «Andados veynte e ocho años del rrey don Alfonso, que fue en la era de mill e çiento e veynte e ocho años, quando andaua el año de la Encarnaçión en mill e nouenta, e el del inperio de don Enrrique en quarenta e dos, el alcayde de Denia...» (cfr. en PCG, p. 507b39); «Andados treynta años... de Enrrique en quarenta e quatro, quando Yuçef...»; «Andados treynta e vn año...»; «Del treynta e segundo año del rregnado del rrey don Alfonso non fallamos ninguna cosa que a la estoria de España pertenesca»; «Andados treynta e tres años...»; «Desde el treynta e quarto año fasta el treynta e sesto del rregnado del rrei don Alfonso non fallamos ninguna cosa que de contar ssea que a la estoria de España pertenesca»; etc.

71 Probablemente, Sigeb., p. 368 (a. 1100), pero alterada la numeración de los papas de acuerdo con el cómputo de la Estoria de España (cfr. Mart., p. 435).

72 Mart., pp. 468-469 (a. 1107): «Henricus IV. Henrici filius imperavit annis 15... Hoc etiam tempore ordo Templariorum ex militius congregatus in Iherusalem incepit». Para el ordinal, Sigeb., pp. 371-372.

73 Sigeb., p. 372 (a. 1109).

74 «Era 1131 pridie calendas maii sabbato hora nona rex D. Alphonsus cepit ciuitatem Santarenam anno regni sui vigesimo octavo mense quinto sexto die mensis et in eadem hebdomada pridie nonas maii feria quinta cepit Vlixbonam post tertium autem diem octavo idus maii cepit Sintriam preposuitque eis generum suum comitem Domnum Reymundum maritum filie sue Domne Vracce et sub manu eius Suarium Menendi ipse autem rex reuersus est Toletum». Esta versión del Cronicón lusitano o Chronica Gothorum de mano de A. Brandão presenta varios errores, que David (Études historiques, p. 301, n. 1) enmendó con acierto; como Cintra ha hecho ya notar (Crón. 1344, p. CCLXXVIII, n. 332), la lección de la Versión crítica, aunque yerra en la traducción de las «nonas», se basa en un texto más correcto, que daba como fecha de la toma de Lisboa «IIIo nonas maii feria quinta» (jueves 5 de mayo).

75 [Doy en texto las mejores lecciones de los diversos manuscritos (Ss, VR-N, VR-J, VR-L), anotando sólo las variantes conflictivas].

76 No es seguro que el dato analístico (?) referente a Aledo se refiera al cerco de Aledo por Yūsuf, pues la Crónica pudo realizar la ligazón entre las varias noticias tocantes al castillo de Aledo por su cuenta y riesgo. Surge esta duda ante la noticia de los Anales toledanos Ios «Fue la batalla de Dalaedon que fizo Garcia Exemenz con los moros Era MCXXIV» (Esp. Sagr., XXIII, 385). El nombre de uno de los cristianos que mata a al-Musta‘īn varía entre el citado en texto (propio del ms. VR-N), «Lope Gonçales de Villuillo» (ms. VR-J) y «Lope Sanchez de Valdiello» (ms. VR-L); el mss. Ss presenta una laguna en el a. 31. [La muerte de Ibn al-Haŷŷ en Llobregat, consignada por los anales, confirma la versión de Ibn Abī Zar’, Rawd ̣ al-qirtās (trad. Huici, 1964, pp. 312-313), que cuenta cómo Muḥammad b. al-Haŷŷ, después que tomó Zaragoza, no dejó la ciudad hasta que atacó a Barcelona el a. 508 (7-jun.-1114 / 26-my.-1115) y, al regreso de su victoriosa expedición, fue sorprendido en la angostura de una montaña y murió mártir. Se trata de la batalla del Congost de Martorell. Huici (n. 10) desmiente a Ibn ‘Abī Zar fundándose en que Ibn Idārī hace morir a Muḥammad b. al-Haŷŷ el 11 de noviembre de 1115 en las proximidades de Baeza (al-Bayân, ed. Huici, p. 145); pero, poco antes, Ibn Idārī lo ha incluido también entre los que murieron el 26 de junio de 1115 en la zona de Córdoba, junto con el gobernador de ella Muḥammad b. Mazdalī (p. 144), y ni en uno ni en otro lugar tenía por qué estar entre los combatientes musulmanes Ibn al-Haŷŷ, por entonces gobernador de Valencia y Zaragoza]. Conviene notar que la anticipación en las crónicas castellanas de todas estas noticias referentes al reino aragonés va de acuerdo con la singular cronología establecida desde atrás por la Estoria de España para los reyes de Aragón (cfr. PCG, cap. 865: sucesión Pedro I-Alfonso I el Batallero en 1074, trasladada por la Versión crítica a 1084. Fecha correcta: 1104).

77 En la parte correspondiente a la laguna de la Primera crónica, la Versión crítica (frente a las Crónicas de Castilla y manuelina) incorpora los párrafs 32 a 37 (primera mitad), que la Estoria de España había decidido posponer, inmediatamente seguidos por el párrafo 42 (y 43). En la parte posterior a la laguna, continúa aprovechando los párrafos 44-50, 53-54, 56, 57-58, 61, 62.

78 Véase adelante, pp. 218-220.

79 Véase atrás, notas 31-33.

80 De un lado, en los dos textos hermanos a que remontan, los mss. E2(d) (interpolado en E2) y F, más el que sirvió de fuente a la Crónica ocampiana, y, de otro, las Crónicas manuelina y de Castilla (recuérdese que esta crónica influye a su vez en ciertas secciones de la ocampiana).

81 La Versión crítica [de los años 1282/84], aunque ... combina los materiales reunidos por Alfonso X siguiendo los mismos principios generales que los historiadores del taller alfonsí de c. 1270, se aparta de la Estoria de España en cuanto al estilo de la redacción, pues a menudo tiende a resumir libremente lo narrado por las fuentes. (En secciones anteriores, en que comparte con la Crónica general vulgata toda una serie de enmiendas al texto de la Estoria de España alfonsí, la abreviación de la frase ocurre ya en una y otra crónica herederas de esa Versión crítica.) [También es diversa, hasta cierto punto, la ténica compilatoria: la Versión crítica y, por tanto, la Crónica de veinte reyes, tiende más bien a yuxtaponer o contraponer los relatos de las varias  fuentes, mientras la Estoria de España de c. 1270 prefiere realizar una minuciosa mixtura de ellas, armonizando los relatos en un solo texto siempre que le parece posible. Sobre este comportamiento de una y otra versión en secciones anteriores de la historia, véase ahora De la silva textual (1997), cap. IV, § 15 y 27 y «Conclusiones», §§ 34-37].

82 Cintra, Crón. 1344 (1951).

83 Según la fecha aproximada establecida por Menéndez Pidal en Cantar de Mio Cid (1908-1911); o de medio siglo más tarde, según otros críticos impugnadores de la fecha menéndez-pidalina. [Remito sobre esta cuestión a mi reciente libro La épica española (2000), pp. 483-493; véase, en la presente obra, el cap. IV, § f)].

84 Esta refundición, «primera» entre las que conocemos, habría sido precedida, piensa Menéndez Pidal, de otras menos radicales.

85 El «refundidor» sería responsable de múltiples detalles prolijos en las escenas tradicionales, habría entremezclado con los personajes originarios otros de su libre invención, deducido del contexto cuantos episodios pedía el deseo de subsanar los descuidos en que había incurrido el poeta del s. XII, y, en fin, buscado novedad introduciendo profundas alteraciones en los más llamativos episodios, como la derrota de Búcar o las cortes de Toledo.

86 Conforme a los gustos de la épica decadente, el «refundidor» habría convertido la escena cumbre de las cortes de Toledo en una tumultuosa asamblea llena de personajes extraños que se intercambian amenazas y golpes ante un rey incapaz de hacer sentir el peso de su autoridad. No cabe mayor apartamiento en el texto de la Primera crónica respecto a la sobria y mesurada escena primitiva en que Alfonso jura por San Isidro que todo desacato será castigado, y en que nadie da ocasión a que se cumpla el juramento.

87 Y en la Crónica de 1344, que Menéndez Pidal considera en 1957 como derivada y no fuente de la de Castilla, convencido por la argumentación de Cintra (véase Poes. jugl.6, pp. 299, 304). Para las fechas de estas tres crónicas véase atrás, notas 10 y 34. Según testimoniaría la Crónica de Castilla, la nueva refundición habría alterado también la parte primera («Cantar del Destierro») del Mio Cid, hasta entonces inmodificada.

88 Según vendrían a indicar ciertas variantes de la Crónica general toledana  hacia 1460 (Poes. jugl.6, pp. 314-315). 

89 Como el de la huida de Búcar (Helo, helo por do viene / el moro por la calzada) o el de las cortes de Toledo (Tres cortes armara el rey y Yo me estando en Valencia, en Valencia la mayor); cfr. Menéndez Pidal, Romancero hispánico, pp. 222-229. 

90 Según la nueva cronología, apoyada en los hallazgos de Cintra, que Menéndez Pidal acepta en 1957, Poes. jugl.6, p. 300.

91 Así pensaba Menéndez Pidal en 1924 (Poes. jugl.1, pp. 401-403) y todavía prefería esta explicación en 1957 (Poes. jugl.6, pp. 301-303) aunque destacara la importancia de las observaciones de Cintra que cito en la n. 92. Esta moda arcaizante entre los juglares del s. XIV explicaría también el que Per Abbat se interesase en 1307 por el viejo poema y que un juglar del mismo siglo, algún tiempo después, adicionase a la copia del Mio Cid el explicit pidiendo a los oyentes vino y prendas, en pago de la recitación.

92 En 1951, Cintra prefirió explicar la utilización del viejo Mio Cid como una muestra más de los notables criterios historiográficos que caracterizan a la Crónica de veinte reyes frente a todas las restantes obras hermanas: su autor es consistentemente hostil a las invenciones de los juglares tardíos (Cintra, Crón. 1344, pp. CCXVIII-CCXXVI, CCLXIV-CCLXXIV; en las dos últimas páginas citadas trata de la utilización del Mio Cid del s. XII, en particular).

93 Al final del cap. 862 de PCG (pp. 534b44-535a4), detrás de los versos 1090-1093, se refleja aún el 1097 («Dentro en Valencia non es poco el miedo»); «llegaron las sus nueuas a Valencia, et sonó por la villa... et fueron ende espantados e temieronse ende».

94 En el v. 1251 el Cid, según el viejo poema, se aconseja sólo con Minaya, pero la Crónica asocia a esta escena a Pero Vermúdez (ya antes, con ocasión del v. 1244, encuentro en la Crónica una adición semejante); «tres mill e seys çientos» cuenta los suyos el Cid en el alarde del Mio Cid (v. 1265), mientras la Crónica los divide en 1.000 caballeros de linaje, 500 de a caballo y 4.000 peones; en la gesta del s. XII don Jerónimo llega a Valencia después que el Cid ha decidido enviar a Minaya en busca de doña Jimena, el orden en la Crónica es el inverso (y en ella el Cid visita al clérigo en su posada); en el viejo Mio Cid únicamente Minaya se dirige a Cardeña, la Crónica lo hace acompañar de Martin Antolínez para que el burgalés pague debidamente 600 marcos a los judíos engañados con el trato de las arcas; donde hablaba antes el poema de Carrión, como lugar donde los mensajeros encuentran al rey, se nos habla ahora de Palencia en la Crónica, etc. (Cantar de M.C.1, I, p. 127; cfr. PCG, pp. 592b30, 43, 44-46, 593a2-18, b6-14, 21). Las divergencias van luego en aumento y son notabilísimas a partir del episodio del león.

95 Cantar de M.C.1, I, pp. 126-130; además Cantar de M.C.2, III, p. 1187.

96 El «Cantar del Destierro» es prosificado íntegramente en los caps. 850-861 de PCG; seguidamente, en el cap. 862 se añaden, a un relato basado en la Historia Roderici, las noticias contenidas en los primeros versos del «Cantar de las Bodas» (en especial, versos 1090, 1092, 1093 y 1097).

97 En el Mio Cid, llegados los 115 caballeros con Martín Antolínez, el Cid, después de yantar, cuando «la noch querié entrar», reparte la soldada y dispone la salida «a la mañana quando los gallos cantarán» (v. 316), después que toque el abad a maitines y les diga la misa de la santa Trinidad. La misa, con la oración de Jimena, es esencial en la despedida familiar concebida por el juglar (versos 325-275) y no podía faltar en una refundición poética. El historiador consideró inútil la escena y la omitió; una vez suprimida, pudo hacer marchar al Cid con el apresuramiento natural del desterrado que ve agotarse el breve plazo que le ha concedido el rey para salir de la tierra.

98 Por ejemplo: v. 580 «Veyén lo los de Alcoçer,     Dios, commo se alabauan!», «Los moros de Alcoçer, quando lo uieron, començáronse de alabar que fueran esforçados et que se touieran bien» (PCG, p. 526b9-11); v. 590 «Dizen los de Alcoçer:     ya se nos va la ganançia!»; «Los de Alcocer, quando assí le uieron yr apriessa, dixieron: vássenos la ganancia que cuedáramos auer; et andemos más, en guisa que los alcancemos» (PCG, p. 526b27-31). Sin embargo, lo normal es que la prosa cronística siga más apegadamente la frase del poema. El proceso de adaptación de la sintaxis «suelta», poético-dramática, del Mio Cid a la sintaxis «trabada», raciocinante, de la prosa histórica alfonsí ha sido estudiado con gran detalle (tomando como ejemplo los caps. 858-859 de PCG, versos 871-925 del Mio Cid) por Badía Margarit, «Dos tipos de lengua cara a cara» (1960), pp. 115-139. Badía destaca los esfuerzos del historiador para asegurar la ilación en el relato, su preocupación por la subordinación, su tendencia al «ensanchamiento de la frase», su afán de precisión, que le lleva a deducir ciertos detalles del contexto, su hostilidad a las construcciones afectivas, que le obliga a reordenar la frase poética conforme a la lógica gramatical, etc.

99 Cfr. en el Mio Cid: «En este castiello grand     auer auemos preso,/ los moros yazen muertos,     de biuos pocos veo. / Los moros e las moras     vender non los podremos, / que los descabeçemos     nada non ganaremos; / coiamos los de dentro,    ca el senorío tenemos, / posaremos en sus casas     e dellos nos seruiremos».

100 Menéndez Pidal, Cantar de M.C.1, III, 1051, v. 672, anota: «Bello añadió aquí malamente tres versos, tomados de la Refundición representada por las Crónicas». No creo preciso reconstruir ningún verso para explicar el texto cronístico.

101 En el Mio Cid, lo que el Cid piensa y teme es que su rey acuda contra él en protección de los moros.

102 La Crónica agrupa todas las recomendaciones a Minaya relacionadas con la embajada; sólo reserva para el momento de la despedida las instrucciones para en caso de que a su vuelta el Cid haya abandonado Alcocer. En este último discurso, el cronista reordena lógicamente los versos del poema: 835-834-832-833 (no hay por qué pensar que sea «la Refundición» la que «altera el orden de los versos», como hace Menéndez Pidal, Cantar de M.C.1, III, 1057, nota al v. 835).

103 En el Mio Cid: «...e envió a Fita e a Guadalfagara / esta quinta por quanto serié conprada / aún de lo que diessen ouiessen grand ganançia / asmaron los moros III mill marcos de plata». En la Crónica: «et enuió mandado a los moros de Fita et de Guadalfaiara que gelo comprassen. Et ellos uinieron et uieron la prea, et apreciáronla en III mil marcos de plata, et aún los qui la tomassen que leuassen ende grand ganancia» (PCG, p. 525b14-19; mejor el ms. F: «tomasen avrían e.»). No creo que tenga razón Menéndez Pidal al suponer que «la Refundición colocaba malamente este verso [el 520] tras 521» (Cantar de M.C.1, III, 1045, nota al v. 520). 

104 Menéndez Pidal, Cantar de M. C. 1, III, p. 1045, nota al v. 525, comenta: «La Prim. crón. gral., 525b29, empieza aquí el discurso directo... la Crónica representa no nuestro texto, sino la Refundición del mismo». Pero la construcción «Asmó mio Cid con toda su conpaña /que...», etc. no podía ser conservada por el cronista; creo que la Refundición supuesta no es necesaria.

105 «La Refundición supone que el Cid atacó a Alcocer para conquistarlo, y que los de la villa le ofrecieron parias, con tal que les dejase en paz, mas él no las aceptó», afirma Menéndez Pidal, Cantar de M.C.1, III, p. 1047, nota al v. 569.

106 En la Crónica: «Et desque uio que non podía auer aquel castiello, fizo la maestría que agora diremos» (PCG, p. 526b2-4).

107 La «bastida» de que habla la Crónica son las «posadas» que rodeadas de una «carcaua» fortifica el Cid en un otero a orillas del «Salón» (versos 553-563).

108 «La paria quél a presa tornar nos la ha doblada.»

109 Menéndez Pidal observó ya (Cantar de M.C.1, III, p. 1047, v. 569, nota): «pero el v. 586 nos asegura que las parias fueron efectivamente pagadas, y que la Refundición obró de ligero al suponer la repulsa del Cid, y más conservando, como conserva, ese verso 586». El arreglo, insisto, debe de ser cronístico.

110 «Mandó luego el Çid fazer muy grand cozina et adobar maniares de muchas guisas por fazer plazer al conde don Remond» («a myo Çid don Rodrigo grant cozinal’ adobauan»); «Conde, comet et beuet, ca esto en que uos sodes por uarones passa, et non uos dexedes morir por ello, ca aun podredes cobrar uuestra fazienda et enderençar esto» («Comed, conde deste pan e beued deste vino»); «Comet uos, que sodes omne de buena uentura et lo merescedes, et folgat en paz et en salut» («Comede, don Rodrigo, e penssedes de folgar»); «Et el Çid, quando esto uio, con el grand duelo que ouo déll, dixol’» («Dixo myo Çid»); «Conde, bien uos digo uerdad que si non comedes siquier algún poco, que nunqua tornaredes a uuestra tierra; et si comierédes por que podades ueuir...» («Comed, conde, algo, / ca si non comedes, non veredes christianos; / e si uos comieredes, don’ yo sea pagado...»); omite la descripción del conde comiendo con mano apresurada, en compañía de los «creenderos» que le guardaban y bajo la mirada burlona del héroe (PCG, pp. 533b27-29, 38-42, 44-50, 534a4-5, 5-9, 32-33. Mio Cid, versos 1017, 1025, 1028, 1033, 1033-1034, 1058-1059). Th. Montgomery, «The Cid and the Count», puso ya de relieve, aunque por motivos diferentes a los míos, el contraste existente entre la humillante actitud burlona del Cid poético para con su encumbrado prisionero, y el mesurado y cortés tratamiento que a partir del relato épico inventa el cronista alfonsí.

111 Menéndez Pidal cita la supuesta Refundición a propósito de algunas diferencias mínimas: «La Refundición del Cantar no expresaba el número quinze» («en mano trae desnuda la espada, / quinze moros mataua de los que alcançaua», vv. 471-472; «su espada en la mano, matando quantos ante sí fallaua», PCG, p. 525a27-28); «La Refundición añade yo» («con Alfonsso myo señor non querría lidiar», v. 538; «ca yo non querría lidiar con el rey don Alffonso mio sennor», PCG, p. 526a8-9); «no se olvide que la Crónica sigue una Refundición del Cantar» («vieron lo las arrobdas de los moros, al almofalla se uan tornar», v. 694; «Las athalayas e guardas de los moros, quando lo uieron, dieron grandes uozes et tornaronse a sus compannas a fazérgelo saber», PCG, p. 528a34-37). Cfr. Cantar de M.C.1, III, pp. 1043, 1046 y 1052.

112 «Bien sepades por cierto que tornaremos a Castiella con grand onrra et grand ganancia, si Dios quisiere»; «mas si Dios me diere conseio, yo gelo emendare et gelo pecharé todo»; «onde a mester que los cometamos de cabo»; «et de como yo cuedo, a yr nos auremos daquí»; rememoración ante Alfonso, por parte de Alvar Háñez, de la conquista de Alcocer y del envío de dos reyes moros por el rey de Valencia que cercasen al Cid (probablemente cronístico); «et con la merced de Dios nos guisaremos cómo nos la fagades»; «tomó el Çid de sus compannas dozientos caualleros escollechos a mano, et trasnochó con ellos» (PCG, pp. 523b25-27, 524a8-9, 529a34-35, 530a33-34, 531a14-23, b19-20, 532b17-19). [Véase Armistead, «Mas a grand ondra» (1989)].

113 No se olvide el hecho de que la copia del Mio Cid conservada es de letra tardía, del s. XIV (tenga o no que ver con el año 1307, según pensó Menéndez Pidal a la vista del explicit); es, por tanto, distinta y posterior a la que manejaron los historiadores alfonsíes en el siglo XIII.

114 Versos 14b, 755b, 835b, 875b-e, 896b, 935b-c. Rechazo decididamente 934b, en vista de la lección del ms. F; pongo muy en duda 875b-e (que se explica bien como rememoración cronística). Menéndez Pidal (Cantar de M.C.1, III, p. 1029, nota al v. 95) sólo considera aparte, como propio de la Refundición, el verso que podríamos reconstruir a base de PCG, p. 524a8-9 (es posible que la frase no sea sino una moralización historiográfica).

115 La Versión crítica contiene prácticamente todas las adiciones y enmiendas cronísticas que hemos enumerado: «desque fue la noche espidiósse... e andudo toda esa noche»; falta el trecho correspondiente a PCG, p. 525b48-526a4, porque la Versión crítica comienza el capítulo en 526a13 aludiendo sólo de pasada a las razones del abandono de Castejón; «mandó escodriñar toda la villa e fallaron ý muchos moros e muchas moras que yazían escondidos e mucho oro e mucha plata e otro auer muy grande» (en Alcocer); «auiendo sabor de sallir de allí para yr buscar mejor logar e mayor conssejo» (empeña Alcocer); «e ssi quisieremos lidiar con los moros, ellos son muy grandes poderes e nos pocos, otrossí que nos queramos yr de noche a furto, non podremos ca nos tienen cercados de todas partes»; resume la respuesta de Minaya; reduce a una breve frase casi toda la columna a de PCG, p. 528; «...para el castillo e entráronle luego. E Pero Bermúdez, que trayé la seña del Çid, fuesse luego quanto más pudo para el castillo e puso la seña en el más alto logar que ý auié»; «los moros çercaron le allí e començáronle a dar grandes golpes en él de las lanças por leuar la seña dél, mas commo trayé buenas armas non le pudieron enpeecer»; «fueron ferir en los moros. E porque los moros estauan ya mal encarmentados de la otra vegada, non sse atreuieron a lidiar con los christianos nin de los atender en el canpo e avn fuéronsse vençiendo. E los Christianos yendo los ya leuando...»; resume el diálogo que precede a las primeras heridas; omite el episodio, al resumir: «començáronse a quexar mucho los moros que ý morauan por que les fazía él mucho bien e mucha merçed e rrogauan a Dios que le guiasse e la su bienandança que sienpre fuesse adelante»; «Minaya Aluar Fánez, todo algo que vos omne fiziesse meresçedes lo vos muy bien, e quiero que tomedes vos deste mi quinto lo que vos ouieredes menester»; ya hemos dicho que omite todo este comienzo de capítulo al resumir; censura todo el pasaje; «e esto non pertenesçe a rrei, ca ningund señor non sse deue ensañar por tan poco tienpo ssi non ssi vier que le cunple mucho»; idéntica reordenación en «que gelo quisiesen conprar. E ellos vinieron sobre tregua, e quando vieron el auer apreçiáronle en tres mill marcos de plata»; omite, según dijimos; idéntica corrección a propósito de las parias de Alcocer; las mismas «moralizaciones» en la escena de la prisión de Berenguer.

116 «Bien sepades que tornaremos nos a Castilla rricos e honrrados e con grand honrra»; resume, poniendo en boca de Martín Antolínez el plan; «onde ha menester que los cometamos de cabo»; no; idéntica rememoración sobre Alcocer; «e, ssi Dios quisiere, nós guisaremos por do la ayamos»; «tomó el Çid dozientos caualleros de sus conpañas todos escogidos a mano e trasnochó con ellos».

117 Como es lógico, la tendencia a resumir el relato arrastra consigo la omisión de ciertos detalles poéticos y aun de algún episodio del Mio Cid conservados por la PCG.

118 «Quando despertó el Çid, la cara se santigó, / sinaua la cara, a Dios se acomendó; / mucho era pagado del sueño que (a soñado) [soñó].»

119 «Fata que yo me pague sobre mio buen cauallo, / lidiando con moros en el campo, / que enpleye la lança e al espada meta mano, / e por el cobdo ayuso la sangre destelando, / ante Ruy Díaz el lidiador contado, / non prenderé de uos quanto uale vn dinero malo, / pues que por mí ganáredes ques quier que sea dalgo.»

120 «En vn ora et vn poco de logar .c.c.c. moros matan.»

121 «Este Alcádir dio Çorita al rrey don Alfonso después que ffue entrado el rrey de Badajoz en Toledo, por tal que le ayudasse contra sus moros» (CrXXReyes, ms. N, f. 126b-c; entre «...fuesse para Valençia» y «E diz la estoria que las cosas por que este nieto de Alimaymón ouo a salir de Toledo...» Cfr. PCG, p. 547b22-25). Este detalle histórico figura igualmente en el Kitab al-iktifā’  de Ibn al-Kardabūs, llamando «Çoria» a «Çorita» (corrige bien Menéndez Pidal, Hist. y Epop., Madrid, 1934, p. 247 y n. 2; no así Levi Provençal, Islam d’Occident, París, 1948, p. 127, n. 23). «Pero con conssejo de los moros poderosos de la cibdad» (CrXXReyes, f. 126c; entre «ouo a fazer esta postura con el rrey don Alfonso» y «que se salliesse de Toledo»; cfr. PCG, p. 547b39-40 variante de F); e, inmediatamente, añade: «e que le diesse Çorita assý commo dixiemos que gela dio» (sigue: «e el rrei don Alfonso que le ayudasse cobrar Valençia...»). Más adelante, la CrXXReyes (f. 129c), añade un largo pasaje sobre cómo los ambiciosos hijos de Abubácar Abneabdalaziz dan al rey «muchas millarias de marauedís» pensando cada uno alcanzar el poder, mientras al-Qādir cree posible despojarles así poco a poco del tesoro de la ciudad que sospecha que se halla en sus manos; por ello, retiene a Alvar Fáñez. (Entre: «así commo se perdiera Toledo» y «E quando los alcaydes que tenién los castillos». Cfr. PCG, p. 550a44-45 y b15), e insiste (f. 129d) en que al-Qādir «nin quiso enbiar a Aluar Fanes, ca tenía que ssy lo enbiasse que non duraría él vn día en el rregno, ca sse temía de los moros e non se aseguraua en ellos» (entre «mas non le quiso el rrey creer» y «El rey de Valençia mostró este consejo que le daua Aldeça Abenlupón...» Cfr. PCG, p. 550b44-46); seguidamente la CrXXReyes (f. 130a-b) cuenta mucho más detalladamente el consejo de los hijos de Abu Bakr contrario a Abenmacor y Aldeça Abenlunpo, la ruptura con el privado y los preparativos para el cerco de Xátiva (cfr. PCG, p. 550b45-551a2); todavía, un poco después (f. 131a), añade la noticia: «e tóuolos tanto presos fasta que se ouieron a pleytear; e pleyteósse el vno de los fijos de Abubácar por dozientas vezes mill marauedís e todos los dió» (cfr. PCG, p. 551b52), hecho al que se alude en PCG, p. 552a40-41, como sabido.

122 Por absurdo que ello parezca, tal es, sin embargo, la conclusión de Babbitt (CVR Latin Sources, p. 107): «it seems to indicate that the two chronicles are based on two distinct versions of the Arabic original».

123 Véanse atrás los detalles confrontados en las pp. 191-195 y 197-199 (y nn. 58-69).

124 Vuelve a aprovechar el v. 1092, incorporándolo a un breve párrafo de la Historia Roderici, § 54, que intercala en medio del relato de Ibn ‘Alqama; más tarde resume el contenido de los versos 1093-1171  (sólo omite las alusiones a Cebolla y Peña Cadiella, que consideró aquí impertinentes), interrumpiendo de nuevo la narración de Ibn ‘Alqama; poco después, vuelve a complementar el relato árabe con noticias de la Historia Roderici, § 57-58, y del Mio Cid, vv. 1182 y 1187-1204. 

125 A mi parecer, los versos 1209-1210 del Mio Cid «Nueue meses complidos, sabet, sobrella iaz; / quando vino el dezeno, ouieron gela a dar» explican el comienzo del cap. 920 [= 921] de PCG, cap. LXXIIII de E2(d) y F: «Cuenta la estoria que nueue meses touo el Çid çercada la noble çibdat de Valencia... Et vn mes estido en sus pleytesias con los de la çidat fasta que..., en que se cunplieron los diez meses...» (PCG, p. 591a20-28); diez figura correctamente en el ms. F y en la Crónica de Castilla, sólo E2(d) entiende mal y corrige nueue. A su vez los versos 1219-1220 «Alegre era el Campeador con todos los que ha, / quando su seña cabdal sedié en somo del alcáçar» se reflejan fielmente en lo que sigue: «...et mando poner su senna en la más alta torre que en el alcáçar auié... et fizieron grandes alegrías él et todos los suyos» (PCG, p. 591a41-47). Sólo se acude a Ibn ’Alqama a partir de PCG, p. 591a47 (en que la Crónica de Castilla abre nuevo capítulo).

126 Desde la venida del rey de Sevilla contra Valencia.

127 Con esta mi hipótesis quedan, de paso, conciliadas las dos posiciones contradictorias tomadas anteriormente por la crítica al enjuiciar el problema de las relaciones entre la Primera crónica, la Crónica de veinte reyes y el Mio Cid. Con Menéndez Pidal (Poes. jugl.6, Cantar de M.C.2) y Cintra (Crón. 1344) reafirmo la prioridad de la Primera crónica general respecto a la Crónica de veinte reyes en la parte anterior al cap. 896 de PCG; con Babbitt («Once Reyes», pp. 207-208; «Twelfth-Century Epic Forms», pp. 128-136) creo en la gran antigüedad de la compilación conservada en la Crónica de veinte reyes y, por lo tanto, pongo en duda (como innecesaria, aunque no como increíble) la supuesta popularidad en el siglo XIV del Mio Cid del s. XII.

128 Véanse atrás pp. 199-203 y notas 70-78.

129 A mi parecer, toda la materia épica relacionada con el drama de Corpes presente en la Primera crónica formaba parte de la *Estoria del Cid amañada en Cardeña; el epílogo clerical (la llamada *Leyenda de Cardeña) buscó sustentarse, desde sus orígenes, en la arraigada tradición juglaresca. Por otra parte, el monje que, al servicio de los intereses económicos del monasterio, dio forma literaria a la *Estoria del Cid, trató de autenticar el relato de las fabulosas postrimerías del héroe mezclando en el cuento a los dos personajes moros valencianos que ocuparon los más importantes puestos durante el gobierno de Valencia por el Cid: el alfaquí «Alhuacaxí», nombrado alcalde, y el alguacil «Abenalfarax». La familiaridad del monje de Cardeña con el nombre y papel histórico de esos moros es indudablemente debida a la traducción de la historia de Ibn ’Alqama. [Para una evaluación más precisa de la *Estoria caradignense del Cid (y su influjo en la tradición manuscrita de la Estoria de España véase el cap. VII, § 9 del presente libro, y para el problema de su fechación el Apéndice III].

Índice de capítulos:

* PRESENTACIÓN

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (1)
   a. La realidad se forja en los relatos

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (2)
    b. Rodrigo, Campeador invicto para sus coetáneos

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (3)
   c. Del Campeador al Mio Cid. Los nietos del Cid y la herencia cidiana

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (4)
   d. Rodrigo, el vasallo leal, a prueba

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (5)
   e. El Soberbio Castellano

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (6)
   f. El Cid se adueña de la Historia y la Historia anquilosa la figura del  Cid

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (7)
   g. El Cid del Romancero salva al personaje literario del corsé historiográfico

* II EL «IHANTE» QUE QUEMÓ LA MEZQUITA DE ELVIRA Y LA CRISIS DE NAVARRA EN EL SIGLO XI

*  III LA NAVARRA NAJERENSE Y SU FRONTERA CON AL-ANDALUS

*   IV EL MIO CID Y SU INTENCIONALIDAD HISTÓRICA

V EL MIO CID DE ALFONSO X Y EL DEL PSEUDO IBN AL-FARAŶ

VI RODRIGO EN LA CRÓNICA DE CASTILLA. MONARQUÍA ARISTOCRÁTICA Y MANIPULACIÓN DE LAS FUENTES POR LA HISTORIA

* VII LA HISTORIA NACIONAL ANTE EL CID

* APÉNDICE I.  SOBRE LA FECHA DE LA HISTORIA RODERICI

* APÉNDICE II. SOBRE LA FECHA DE LA CHRONICA NAIARENSIS

* ÍNDICE DE REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS (Y CLAVE DE SIGLAS)