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Obras de Diego Catalán

IV EL MIO CID Y SU INTENCIONALIDAD HISTÓRICA

IV EL MIO CID Y SU INTENCIONALIDAD HISTÓRICA

a. La epopeya y dos modalidades de información histórica «de más alto interés que los hechos»

      «Sin la epopeya ignoraríamos, con muchas costumbres, ritos y modos de ser, muchas maneras de pensar y de sentir, las más impulsoras de la vida, las que nos dan a conocer la antigua civilización medieval mejor que cualquier crónica de la época». Con estas palabras centraba Menéndez Pidal en 1948 1 la vieja cuestión de la «historicidad» de la poesía épica medieval, cuestión frecuentemente malentendida por los simplificadores de ideas ajenas. Y aclaraba: «Siempre más que hechos concretos, la epopeya nos habrá de dar situaciones, costumbres, ideario y ambiente; pero también es cierto que todas estas cosas son de más alto interés histórico que los hechos» 2.
      En esta enumeración de «cosas... de más alto interés que los hechos», Menéndez Pidal incluye dos modalidades de información histórica que creo preciso separar: de una parte, las «situaciones», «costumbres», «ritos», el «ambiente», son datos que el poeta registraba inintencionalmente (o con intencionalidad ajena a su valor «arqueológico» actual) 3, simplemente por el hecho de hallarse inmerso en la «antigua civilización medieval»; pero los «modos de ser», el «ideario», las «maneras de pensar y de sentir» incorporadas a una obra figuran en ella con plena intencionalidad para dar significado a la fábula, para construir el mensaje del poema.
      El desinterés por el punto de vista histórico del poeta, que supone la inclusión de la ideología en la misma nómina que las costumbres, quizá haya que atribuirlo a la creencia menéndezpidalina de que el autor del Mio Cid (al igual que los primeros fabuladores de cualquier otro poema épico) recoge muy directamente una visión contemporánea de los sucesos. En consecuencia, Menéndez Pidal tiende a considerar como uno el tiempo histórico de Rodrigo Díaz (la «España del Cid», tan magistralmente reconstruida por él mismo) 4 y el del autor del poema, y no cree preciso distinguir entre el tiempo representado y el que el poeta del Cid, debido a su personal integración en un determinado espacio y tiempo, pudo poner de manifiesto en su fábula. A mi parecer, la epopeya, como cualquier historia (por muy objetiva y científica que quiera ser) es siempre interpretación «política» del pasado (próximo o lejano), es utilización del ayer en función del hoy, es lección cara al futuro (como bien vieron, no sólo historiadores clásicos, sino también grandes historiadores medievales como Alfonso X) 5. El ideario que el poeta del Mio Cid incorporó a su obra no puede responder a otra perspectiva que a la que él tenía del pasado historiado 6, y esa perspectiva tuvo que verse influida por la reestructuración política, económica, social y cultural ocurrida en la Península a partir de los años finales del reinado del rey don Alfonso «el Viejo» 7.
      Mi reinterpretación del Cid del poema no responde, pues, al propósito de defender la autonomía del héroe fictivo o al deseo de desmitificar al personaje histórico —objetivos revisionistas que no me interesan— sino al convencimiento de que para comprender mejor el significado del último gran canto heroico medieval del occidente europeo es preciso examinar bajo una luz nueva la historia que en él se hace ficción.

b. La ruptura de los moldes genéricos y la transformación intencionada de los hechos, claves para descubrir el significado del poema

      Si queremos descubrir qué dice en su fábula el cantor del Mio Cid debemos estar muy atentos a aquellos puntos en que transforma sustancialmente los hechos que sucedieron y a aquellos en que la estructura de su fábula rompe los moldes tradicionales del género literario empleado. Cuando el apartamiento de la historia no está justificado por el modelo épico, que le proporciona estructura y lenguaje poético, o cuando la subversión del modelo literario tradicional no está exigida por los hechos, es muy probable que la novedad engrane con los propósitos «políticos» de la canción.
      El género en que el autor del Mio Cid concibe su poema permitía (aunque no obligaba a ello) 8 elegir un personaje heroico y hacer girar alrededor de su figura modélica el relato. Pero la fábula tenía que ser una construcción dramática, no una serie inconexa de hechos notables enlazados por un hilo biográfico 9. El drama debía tener como nudo un conflicto de honor, resuelto mediante el proceso depurador de la venganza 10.
      El poema del Mio Cid acepta el esquema, pero lo subvierte para que el género pueda ponerse al servicio de unos principios de organización social y éticos nuevos 11.

      Su héroe es un personaje histórico reciente, Rodrigo Díaz; «demasiado» reciente quizá, pero ya mítico. Basta para probárnoslo la historiografía árabe, que recoge sin asomos de ironía, la orgullosa autovaloración del héroe: «Un Rodrigo perdió esta Península, pero otro Rodrigo la liberará» 12; «Yo apremiaré a cuantos señores son en al-Andalus, de guisa que todos serán míos; el rey Rodrigo no fue de linaje de reyes, pero rey fue y reinó, así reinaré también yo, y seré el segundo rey Rodrigo» 13, y que lo califica, aunque lo maldiga en su condición de «perro» enemigo, como «un milagro de los grandes milagros del Señor»14. Y nos lo comprueba, a su manera, el hecho excepcional de que, en una época en que las obras históricas no generales son extremamente raras 15, se dediquen a su persona dos obras latinas (el Carmen Campidoctoris y la Historia Roderici) 16. Pero, sorprendentemente, el poeta del Mio Cid devuelve al héroe a la realidad cotidiana, intenta aproximarlo a los oyentes, presentándolo como un arquetipo, sí, pero como un arquetipo humano 17. «Mio Cid», mi señor, es representado como el modelo del padre: para su mujer e hijas, para sus sobrinos y vasallos, para las damas que acompañan a su mujer, incluso para los allegadizos que acuden a recibir su sombra y para los moros amigos... El nudo del drama es un conflicto que precisamente hace poner en duda ese modelo que se ha presentado: los yernos que inicialmente proporciona el Cid a sus hijas son indignos, y se divorcian de ellas después de maltratarlas.
      Junto a una nueva definición del héroe, una profunda alteración de los dos viejos conceptos que mueven la acción épica: el honor y la venganza. El honor se adquiere con las manos (no por venir de condes con la más limpia sangre, ni por tener «gran parte» en la corte regia); la venganza se obtiene por derecho y en juicio (no matando al ofensor) 18.
      Todo lector del Mio Cid con conocimiento de los héroes y de las fábulas de la epopeya medieval ha reconocido como la más notable entre las innovaciones del poema, el hecho de haber elevado a virtud heroica la moderación y la humanidad. El Cid poético posee, como piedra angular de todas sus demás virtudes varoniles, la «mesura» 19.
      También se admira en el Mio Cid (desde que hacia 1830 Andrés Bello subrayó 20 «aquel tono de gravedad i decoro que reina en casi todo él») la capacidad del poeta de haber sabido ajustar su propio arte a ese mismo ideal.
      Pero la crítica ha pasado por alto la asombrosa contradicción existente, entre esta esencial moderación del héroe y de su poeta, y la violencia con que en el Mio Cid se asalta la memoria de un conjunto de personajes históricos que, en su tiempo, brillaron en el reino con extraordinario esplendor; el «grand bando» de ricos hombres cortesanos a quienes el poeta atribuye un comportamiento vil incluye a los muy poderosos ricos-hombres de Tierra de Campos «de natura... de los de Vanigómez (onde salién condes de prez e de valor)» 21, como el conde Pedro Ansúrez, señor de Valladolid, el gran consejero de Alfonso VI, a quien la hija y sucesora de este rey, la reina doña Urraca, trataba de «padre», o su hermano el también conde Gonzalo Ansúrez, con sus tres orgullosos hijos, Asur, Diego y Fernán González (los infantes de Carrión), o el conde Gómez Peláez, y junto a ellos a otros no menos destacados ricos hombres de Castilla, como el conde García Ordóñez, señor de La Rioja y de un amplio territorio hasta el alto Duero, brazo derecho de Alfonso VI y ayo de su hijo don Sancho, o el cuñado de este conde, Alvar Díaz, señor de Oca, [cuyo padre, Diego Álvarez, facilitó la anexión de La Rioja por Castilla], y otros parientes de estos condes castellanos a quienes no se da nombre 22.
      El poeta, dispuesto a destruir la imagen de estos grandes personajes, se comporta como el más redomado libelista político que podamos imaginar, imputándoles crímenes que la documentación histórica nos obliga a rechazar como imposibles y abrumándoles con sentencias condenatorias que nunca padecieron 23. La espina dorsal de la fábula del Cid, el drama familiar contado por el poeta, es invención que la historia no sólo no apoya sino que desmiente, pues la edad de las hijas del Cid hace imposible la vil acción de los infantes de Carrión en Corpes 24. En consecuencia, el juicio de las cortes de Toledo y la sentencia en el combate judicial de Carrión con que se condena a los tres hermanos Asur, Diego y Fernan González son también sucesos fabulosos.
     Al comentar el «episodio central de toda la acción del poema», la afrenta de Corpes, justificándolo como perteneciente a la tradición local de San Esteban de Gormaz (Menéndez Pidal) 25, o al interesarse en él puramente desde un punto de vista literario (los más de los críticos posteriores), se ha perdido de vista el interés político de la fábula construida por el poeta. A despecho del peso social y político de los personajes adscritos al «gran bando», la voz del juglar-fiscal se impuso en la historia como verdad, y sus acusaciones, tanto las más calumniosas como las que pudieran tener alguna base en la realidad, quedaron incorporadas a ella, manchando para siempre el honor de las familias odiadas por el poeta. La importancia de las invenciones del «mesurado» cantor del Cid sólo puede calibrarse si tenemos presente que esas familias no se acaban en tiempos del Rodrigo Díaz histórico, sino que en los días del poeta aún tenían «part en la cort», aún constituían el estamento social más poderoso. Baste recordar, como ejemplo máximamente representativo de la continuidad del poder de las familias vilipendiadas en el Mio Cid, que el hijo del conde García Ordóñez es García Garcíaz de Aza, a quien, muertos Alfonso VII y Sancho III, le sería encomenda la tutoría del rey niño Alfonso VIII 26.
      La disimulada pasión política con que el poeta deforma la historia a su arbitrio debe ponerse en relación con un reproche que suele hacérsele en virtud de consideraciones estrictamente literarias: el haber abandonado la norma épica que exigía conceder a los traidores grandeza heroica, trágica, y haberlos empequeñecido hasta convertirlos en figuras cómicas 27.
      Creo, sin embargo, que una reproducción de los modelos tradicionales de la épica habría impedido al cantor del Cid realizar su propósito de descalificar a todo un estamento socialmente muy prestigiado. Para ofrecer un modelo sustituto de organización social, tenía que contrastar sistemáticamente la virtus del Cid y los suyos, con la falta de fundamento moral de los ricos-hombres «de natura... de los condes más limpios», orgullosos de sus apellidos, solares y títulos. Y su arma más eficaz de lucha respecto a tan poderoso grupo fue el ridículo. Diego y Fernando escondiéndose del león 28, Asur González entrando en la corte

manto armiño,     e un brial rrastrando,
vermejo viene,     ca era almorzado 29;

y el conde García Ordóñez, de cuya barba

non ý ovo rrapaz     que non messó su pulgada 30

pierden, gracias a ello, cara al público, el prestigio de que suelen gozar las altas figuras cortesanas.
      Maestro en el arte de empequeñecer a los grandes, el poeta destruye la imagen de los poderosos, ya sea mediante evaluaciones soltadas al paso: «largo de lengua,     mas en lo ál no es tan pro» 31 (Asur); ya sea aprovechando la voz de sus personajes: «eres fermoso     mas mal varragán, / lengua sin manos     cuémo osas fablar?» 32 (Fernando); ya sea construyendo paso a paso escenas llenas de humor, como la huelga de hambre del conde don Remond de Barcelona, a cuya comicidad colaboran, mano a mano, la ironía del narrador y la del propio personaje del Cid 33. Y en esta escena y en otras del juicio de Toledo vemos claramente que en el sistema de valores del poeta la moderación atribuida al Cid no está reñida, ni mucho menos, con el uso (y aun abuso) del arma de la ironía 34. La gran barba del Campeador oculta, a menudo, una sonrisa burlona 35.
      Por otra parte, la extensión al conde de Barcelona del ridículo proyectado sobre los condes y ricos-hombres del «bando» de Carrión nos muestra que la enemiga del poeta hacia los estamentos nobiliarios que se sentían más orgullosos de su alta alcurnia puede no ser debida, únicamente, a fobias banderizas dentro del reino castellano-leonés 36 y tener un transfondo social.

c. La «sorprendente» importancia concedida al dinero en la narración de las gestas del Cid y la «lucha estamental» en la primera mitad del siglo XII

      Pero para poder sustanciar esta sospecha es preciso que nos detengamos a reconsiderar otra observación sobre el poema que todo lector «ingenuo» del Mio Cid suele hacer: la sorprendente importancia concedida en una narración «heroica» al dinero (y otras riquezas muebles) 37.
      Desde el comienzo mismo de la acción, el «aver monedado», que el rey (y los judíos) sospechan ha retenido el Cid al ir a cobrar por orden del rey las «parias» o tributo que deben los moros, se sitúa en el centro de interés del relato 38. Nosotros sabemos que la acusación es injusta 39, que el Cid parte al destierro pobre y que sus primeras hazañas militares como «salido» de la tierra tienen un doble objetivo: en primer lugar, obtener ganancia con que pagar a los de su hueste»

Todos sodes pagados     e ninguno por pagar 40,

y, por otra parte, enviar dineros para que vivan su mujer e hijas mientras él se halla expatriado,

Lo que rromaneçiere,     daldo a mi mugier e a mis fijas 41,

pues el Cid no necesita, como don Quijote, del consejo de un Sancho para saber que en el mundo se vive con dinero. Pero su actividad crece, y al verse obligado a enfrentarse en lides campales a los moros y al conde de Barcelona, la riqueza ganada —caballos, sillas, frenos, espadas, guarniciones— no sólo se utiliza para pagar a los que le sirven:

¡Dios, qué bien pagó     a todos sus vassallos,
a los peones     e a los encavalgados! 42

Prendiendo de vos e de otros     yr nos hemos pagando,
aremos esta vida     mientras plogiere al Padre Santo
como qu[i] yra a de rrey     e de tierra es echado 43,

y para atraer a muchos caballeros que tratan de hacer fortuna:

—¡Quien quiere perder cueta     e venir a rritad
viniesse a myo Çid     que a sabor de cavalgar!
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Andidieron los pregones,     sabet, a todas partes;
al sabor de la ganançia     non lo quiere[n] detardar,
grandes yentes se le acojen     de la buena christiandad 44,

sino para iniciar un proceso de negociación con el rey, cuya benevolencia irá comprando poco a poco a fuerza de obsequiarle con el quinto de lo que en cada batalla a él le correspondía como ganancia 45.
      Después, habiendo creado el señorío valenciano y vencido en lid campal a los ejércitos moros peninsulares y marroquíes que tratan de disputárselo, la maravillosa huerta (que contemplan su mujer e hijas desde una torre de Valencia), las ganancias obtenidas en el campo de batalla y las parias que pagan los moros «amigos» le hacen envidiablemente rico, pues según comenta Abengalvón, el moro de paz, «tal es la su auze» (sus aves) que:

maguer que mal le queramos     non gelo podremos f[a]r:
en paz o en guerra     de lo nuestro abrá,
mucho’l tengo por torpe     qui non conosçe la verdad 46.

      Esta capacidad de obtener riqueza —«aver monedado» y objetos preciados— es lo que aviva el deseo de los infantes de casarse con las hijas del Cid, «a su ondra y a nuestra pro» 47, como explican sin rebozo al propio rey. Y de ahí todo el conflicto subsiguiente, cuando los orgullosos hijos del conde don Gonzalo descubren que de la vida en frontera

catamos la ganançia     e la perdida no 48

y que esas riquezas sólo se mantienen y obtienen con las manos puestas en la espada.
      En contraste con el dinero y objetos preciados que han hecho ricos al «salido» de la tierra y a sus vasallos, el poder de la vieja y orgullosa nobleza cortesana tiene una muy distinta base económica y origen: el solar, las tierras y villas poseídas en heredad.
      Cuando los infantes de Carrión deciden abandonar Valencia, llevándose a sus mujeres, ofrecen al Cid 49:

levar las hemos     a nuestras tierras de Carrión,
meter las hemos en las villas    que les diemos por arras e por onores

y el propio Cid se hace entonces eco del contraste entre los dos tipos de bienes de diversa utilidad, diciendo 50:

vos les diestes villas por arras     en tierras de Carrión,
hyo quiero les dar axuvar     tres mill marcos de [valor]

(y, junto con los 3.000 marcos, mulas, palafrenes, caballos, vestidos y espadas).
      De ahí que, llegado el momento del juicio en las Cortes de Toledo, el contraste entre la base monetaria y mueble de la «nueva» riqueza del Cid y la territorial inmueble patrimonial de sus ex-yernos sea puesto nuevamente de manifiesto y de una forma muy agresiva. A la demanda hecha por el Cid 51:

¡Den me mis averes,     quando myos yernos non son!,

Fernando, uno de los infantes, se ve precisado a contestar confesando una falta de liquidez 52:

Averes monedados     non tenemos nos,

por lo que el conde don Ramón, que actúa de juez, exige que paguen «en apreçiadura» (mulas, palafrenes, espadas, guarniciones) 53. Pero los orgullosos ricos-hombres no tienen riquezas muebles suficientes de donde echar mano. Por ello,

empresta les de lo ageno,     que non les cumple lo so 54,

e incluso piensan, por un momento, como única salida, que

pagar le hemos de heredades    en tierras de Carrión 55.

      La tensión que el poema de Mio Cid pone tan claramente de manifiesto entre dos «clases» 56 bien diferenciadas, no sólo social sino económicamente, creo que se explica teniendo presentes las transformaciones sufridas por la España cristiana como consecuencia del colapso de la política imperialista de Alfonso VI en Al-Andalus.
      La opresión tributaria de los reinos andaluces musulmanes dirigida por el conde mozárabe Sisnando Davídiz (según un esquema que nos explica el rey granadino ‘Abd Allāh en sus memorias) 57 se había convertido, para el Norte cristiano, en base esencial de su desarrollo económico. Las «parias» (que en el Mio Cid ponen en marcha la acción) constituían en el reino castellano-leonés la principal fuente de «aver monedado» 58 y habían llegado a ser esenciales incluso para el mantenimiento del poder económico-político de la abadía de Cluny en el Occidente europeo 59. Pero la política de explotación económica de al-Andalus se desplomó súbitamente como resultado del incumplimiento, por el «emperador de las dos religiones» 60, del pacto de rendición de Toledo. Llamados a España los lamtuníes, la espectacular derrota del «Imperator totius Hispaniae» 61 en Zalaca-Sagrajas  (1086) por Yūsuf ibn Tašufîn cambió radicalmente el panorama político peninsular y, tras él, el económico; los esfuerzos posteriores de Alfonso VI por restaurar su imperio económico sólo sirvieron para precipitar la caída de los régulos musulmanes asociados con ese sistema de explotación.
      La revolución almorávide (1090-1094), que liberó a la mayor parte de los andaluces de la opresión tributaria que venían sufriendo, hubo de tener graves repercusiones en la economía del Norte cristiano 62. Aunque los historiadores no hayan puesto de relieve la conexión, me parece claro que la interrupción del flujo de «dinero» desde Al-Andalus creó las condiciones básicas para la explosión político-social que se produjo en la España cristiana en los años que siguen a la muerte de Alfonso VI. La revolución de los «pardos», rústicos y ciudadanos, que desde 1110 a 1116 triunfó más o menos a todo lo ancho de Castilla y Tierra de Campos, y que atrajo el apoyo de los aragoneses de Alfonso I, pone de manifiesto la existencia de unas nuevas fuerzas sociales, que se sentían insufriblemente oprimidas en la situación existente y que tuvieron poder para hacer saltar en pedazos el «imperio toledano». La información aportada por la I.a Crónica de Sahagún (conservada sólo en traducción castellana) y por la biografía del obispo Gelmírez o Historia Compostellana 63, aunque procedentes ambas del campo hostil a esa «revolución», nos permite  afirmar que, en la meseta castellano-leonesa, la capacidad de acción militar de los «pardos» se basó en la existencia de una amplia alianza social. Aunque en las crónicas se les insulte llamándoles «juglares e truhanes, curtidores, zapateros y gente de vil condición», los rebeldes contra la aristocracia y contra los monjes terratenientes no fueron sólo rústicos y burgueses ruanos (comerciantes y menestrales venidos en su mayoría de otros reinos), sino todo un estamento de milites 64, que bien podemos identificar con la baja nobleza o infanzones y con los «caballeros ciudadanos» o milites villani, carentes unos y otros de tierras o solares propios.
      Aunque entre los años de mayor agitación social y el tiempo más temprano posible de composición del Mio Cid haya mediado una etapa de reconstrucción política (y sin duda económica) tan importante como es la constituida por los años 1134-1137, en que Alfonso VII devuelve a Toledo el centro de gravedad de la Península, los períodos revolucionarios tienen la virtud de sacar a la luz tensiones sociales que en otros períodos permanecen latentes sin por ello perder vigencia. Las primeras décadas del siglo XII me parecen, en consecuencia, muy reveladoras para la comprensión de la conflictividad jurídico-social que se representa en el Mio Cid 65.
      El desprecio del poeta por los ricos-hombres de solares conocidos, con propiedades en la Tierra de Campos y en La Rioja, cargados de «onores», pero faltos de «aver monedado», poderosos en la corte y en el interior de Castilla y León, pero remisos a afrontar las exigencias de una vida de acción en la frontera y opuestos a un sistema de derecho que los equipare a otros milites de sangre menos ilustre, parece responder al punto de vista de los caballeros ciudadanos o villanos de la Extremadura soriana y segoviana y a sus aliados «ruanos» de Burgos, Carrión, Sahagún y demás villas del Camino de Santiago, que aspiraban a introducir un nuevo orden económico y un nuevo sistema de derecho que facilitasen y no impidiesen la redistribución del poder entre los varios estamentos sociales.
      El estudio de las luchas que conmueven el imperio toledano durante el segundo decenio del siglo XII, aparte de poner de manifiesto la hostilidad social hacia la nobleza terrateniente de los caballeros de la baja nobleza y de las ciudades y villas que moraban allende del río Duero, que creemos subsiste en el Mio Cid, nos explica, de paso, por qué, en el Burgos del poema, mientras los «burgeses e burgesas» 66 se asoman a las ventanas (vv. 17 y ss.) exclamando al paso del Cid (v. 20):

 ¡Dios qué buen vassallo,     si ouiesse buen señor! 67

y un típico «caballero ciudadano», Martin Antolínez «el burgalés de pro», le provee de pan y vino 68, los judíos Rachel y Vidas dan muestras de su miserable condición al creer que el Cid es capaz de robar y al tratar de sacar ventaja personal de ello 69. Los contrapuestos intereses de los burgueses y de los judíos de Burgos se habían manifestado claramente al tiempo de la guerra social, pues mientras los burgueses se alzaban en armas contra doña Urraca buscando el amparo aragonés, los judíos del castillo daban acogida a la reina para que pusiera fin al movimiento de los burgueses 70.

d. La Extremadura castellana, frente a Castilla y Tierra de Campos, y el localismo del «Mio Cid»

      Aunque la revolución de los «pardos» afectó por igual a toda la meseta castellano-leonesa, desde los Montes de Oca hasta Zamora y el Esla (y la agitación burguesa alcanzó incluso a Santiago de Compostela), sus consecuencias fueron muy diversas en las distintas regiones naturales de que se componía el «imperio Toledano». En los límites orientales de Castilla, la inclinación de los caballeros ciudadanos y de los burgueses a buscar el apoyo de Alfonso I de Aragón desembocó en la reconstrucción de la gran Navarra najerense, desmembrada anteriormente por Alfonso VI. Al tiempo que el antiguo reino hudí de Zaragoza, con su densa población musulmana, quedaba en manos de Alfonso I y de sus auxiliares trans-pirenaicos, los territorios «de rivo Iberi usque circa civitatem de Burgos» 71, con Nájera como centro, volvieron a ser parte del reino navarro-aragonés (siendo excluidos de ellos los herederos de Garcí Ordóñez y de Alvar Díaz) y el rey «celtíbero» (como lo motejaban sus enemigos de Galicia) 72, antes de emprender la colonización del valle del Ebro, organizó la «Extremadura» castellana, entre el Duero y la Sierra Ministra, como un bastión fronterizo de su propio reino, poblando Soria (1119-1120) 73 y reconquistando Medinaceli (antes de 1121) 74.
      Aunque, en 1127 tiene que conceder al joven emperador Alfonso VII, no sólo la Extremadura segoviana (en la que durante un tiempo actuó libremente) 75, sino los estratégicos pasos del Jiloca y el Henares, con Medinaceli, Atienza y Sigüenza 76, Alfonso I continuará hasta su muerte (1134) dominando el alto Duero, desde Almazán (poblado en 1128) hasta San Esteban de Gormaz (que ocupaba desde 1111) 77, y, al sur de Medinaceli, conquistará a los moros Molina (1128) 78, echando así la llave a la posible expansión castellana hacia Levante por el camino que años atrás había seguido el Cid.
      Esta Extremadura del Duero, que hasta mediar los años 30 los navarro-aragoneses disputan a Castilla, constituía, junto con Toledo, la frontera con la España musulmana; pero, a diferencia de Toledo y sus castillos, que a principios del siglo XII recibían constantes embates por parte de los almorávides, esas tierras representaron una base para las acciones cristianas ofensivas, un centro desde donde se planeaba la reconquista de los territorios que en el pasado habían ya estado bajo dominio o protección cidiana (1094-1099), como Valencia, la Sahla o Santa María de Albarracín, o de Alvar Fáñez (1097-1107), como Zorita, Santaver, Cuenca, y que no habían caído bajo el poder almorávide hasta los últimos años del reinado de Alfonso VI o a raíz de su muerte 79.
      Estas consideraciones geo-políticas y la contraposición que el poeta establece entre la nobleza solariega, con propiedades en la Tierra de Campos y en La Rioja, y los infanzones que obtienen riquezas gracias a una incansable actividad militar fuera de la tierra 80, nos obliga a volver los ojos hacia otra observación menéndez-pidalina (que no acierto a comprender cómo alguna vez haya sido puesta en duda) 81: el localismo en la geografía del Mio Cid, la desproporción con que se contemplan diferentes áreas del campo de acción del Cid histórico.
      El centro del drama —la afrenta de Corpes— se sitúa artificiosamente (puesto que el suceso es ficticio) en las proximidades de San Esteban de Gormaz. Las acciones militares del Cid a las que el poeta dedica un máximo de versos, 450, son las referentes a Castejón y Alcocer, dos lugares fronterizos en el alto Henares y el alto Jalón para nada citados en la biografía latina del héroe, mientras que la creación del señorío de Valencia (con el asedio de la ciudad y la toma de Jérica, Onda, Almenar, Burriana, Murviedro y Peña Cadiella) se despacha en sólo 130 versos. Los itinerarios descritos en el Mio Cid (del destierro, del viaje de los vasallos del Cid al ir al encuentro de doña Jimena y sus hijas, del viaje de los infantes desde Valencia a Carrión) se cruzan todos en el área comprendida entre San Esteban de Gormaz y Molina, y el poeta sólo detalla, con riqueza de topónimos secundarios, el paso por los alrededores de San Esteban (vv. 894-902 y 2689-2697), el cruce del alto Henares al alto Jalón y los alrededores de Medinaceli (vv. 1492-1494, 1543-1545, 2655-2657).
      En contraste con la atención prestada a este rincón de la Extremadura castellana y su frontera, el reino de Alfonso VI, Castilla incluida, está siempre visto como un mundo lejano sobre el que el buen rey don Alfonso, con sus yernos los condes «don Anrrich e don Remond», ejerce su imperio:

rrey es de Castiella     e rrey es de León
e de las Asturias     bien a San Çalvador,
fasta dentro de Sancti Yaguo     de todo es señor,
e llos condes gallizanos     a él tienen por señor 82.

      Cuando los enviados del Cid penetran en su interior, aunque hallan una amable acogida en el rey y en algunos de los de su entorno, sienten claramente a su alrededor el peso amenazador del «grand bando» hostil al Campeador 83. El poeta no se siente tampoco cómodo en esas tierras del interior del reino, por las que, en su relato, transita sin prestar atención al camino 84. ¡Cómo  no considerar significativa esta ausencia de interés, que contrasta de modo tan manifiesto con la atención prestada a los viajes «locales»! Sólo fobias eruditas pueden llevar a negar algo tan evidente.
      Menéndez Pidal explicó el fuerte localismo del poema suponiendo, inicialmente, que el poeta procedía de Medinaceli 85 y más tarde, admitiendo una colaboración sucesiva de dos poetas, el primero de San Esteban, el definitivo de Medinaceli 86. Esta idea, tardía en el pensamiento menéndez-pidalino, de recurrir a dos poetas, uno responsable de lo que en el relato hay de fiel reflejo de los hechos tal como fueron, y otro inventor de lo ficticio, me parece, en principio, rechazable 87. Si despojamos al Mio Cid de lo ficticio, nos quedamos sin fábula, sin drama, sin poema épico..., e incluso sin historia, esto es, sin interpretación «política» de los hechos.
      Mi concepción del género cultivado por los juglares de gesta me exige volver a la primera impresión de Menéndez Pidal sobre el poema, y considerar el Mio Cid conservado como cabeza de ulteriores refundiciones y no como una refundición más con predecesores desconocidos.

e. San Esteban, Diego Téllez y Alvar Háñez: El cantor del Cid, frente a la memoria histórica del pasado

      La defensa del carácter primigenio del Mio Cid conservado no me obliga, sin embargo, a suponer que Medinaceli sea la cuna del poeta. El recuerdo de la toponimia menor del entorno de esta plaza fuerte (conquistada por Alfonso VI en 1104, recobrada por los almorávides antes de 1114, reconquistada por Alfonso I antes de 1122 e incorporada al reino de Alfonso VII en 1127) 88 sin  que en ella ocurran «episodios fundamentales del Poema», lejos de inclinar a su favor la balanza afectiva, me lleva a considerar que «el afecto especial del poeta» por San Esteban era mucho mayor, toda vez que los episodios situados en su tierra carecen de base histórica, siendo parte de la invención literaria y de la intencionalidad política que la mueve. Además el poeta se detiene a elogiar en forma directa a San Esteban llamándolo, «una buena çipdad» 89, y alaba explícitamente a sus habitantes: «los de Sant Estevan, siempre mesurados son, / quando sabién esto, pesóles de coraçón» (recuérdese que la «mesura» es para el poeta la virtud por excelencia). El inciso laudatorio 90, ya de por sí bien significativo, cobra todo su valor al observar que la frase forma parte de un episodio en que los de San Esteban actúan como protagonistas 91. Cuando las hijas del Cid, después de ser torturadas y casi martirizadas por sus maridos en el robledal de Corpes, son conducidas a poblado por su primo Félez Muñoz, son los de San Esteban quienes cuidan de ellas hasta que acude Minaya Alvar Fáñez a buscarlas:

A llas fijas del Çid     dan les esfurç[i]ó[n],
allí sovieron ellas     fata que sañas son 92.

      Puesto que todo el episodio del maltrato y abandono de las hijas por los infantes de Carrión es invención poética, la buena acción de los «mesurados» habitantes de San Esteban es algo que el poeta ofrenda a la ciudad (a su ciudad, muy probablemente).
      Todo el episodio de la acogida dispensada a las hijas del Cid en San Esteban después de la afrenta creo que requiere mayor atención de la que se le ha prestado. En él figura un personaje que no reaparece en otros lugares del poema:

A Sant Esteban     vino Félez Munoz;
falló a Diego Téllez    el que de Albarfáñez f[o].
Quando ele lo oyó,    pesó’l de coraçón,
priso bestias     e vestidos de pro,
hyva rreçebir     a don Elvira e a doña Sol.
En Sant Estevan     dentro las metió,
quanto él mejor puede     allí las ondró 93.

         Cuando Menéndez Pidal, en el curso de sus continuadas investigaciones sobre la España del Cid, descubrió que ese Diego Téllez «es, lo mismo que las principales figuras del poema, una persona que existió verdaderamente, que respiró y se movió en los días del Cid, por los lugares mismos que el poema dice» 94, sólo consideró oportuno resaltar: «¡hasta tal punto esta poesía se muestra fraguada toda ella sobre la realidad histórica vivida en el siglo XI!» 95. Pero, puesto que el suceso todo del maltrato y abandono de las hijas de Rodrigo Díaz en Corpes es pura fábula poético-política del juglar del Mio Cid, la súbita aparición de este personaje histórico, que no es una de las dramatis personae del relato 96, para protagonizar una acción de la que no pudo ser actor en «la realidad vivida en el s. XI», exige otro tipo de explicación. Diego Téllez me recuerda a una de esas figuritas de menor talla que aparecen en los cuadros medievales asistiendo, sin justificación alguna, al drama de la Crucifixión junto a los grandes personajes impuestos por el relato tradicional. La presencia de esa figura marginal en la escena de los cuadros se explica fácilmente: es la persona a quien el artista debe el encargo. Una razón semejante es la única justificación posible de la momentánea aparición de Diego Téllez acudiendo a prestar su ayuda a las desdichadas hijas del héroe en el momento más dramático del poema. La oferta por el artista de este noble papel, creado en su ficción, a un Diego Téllez, personaje realmente existente en tiempos del Campeador (pues tenemos de él noticias documentales en 1078, 1086, 1088 y 1092) 97, no creo que sea inintencionada: Sin duda el poeta que compuso el Mio Cid se hallaba vinculado, de alguna forma, a la familia del Diego Téllez histórico.
      La definición que de Diego Téllez nos da el poema, «el que de Albarfáñez fo» 98, supone que este personaje era vasallo de Alvar Háñez. Ello es muy admisible, pues Diego Téllez gobernaba Sepúlveda en 1086 99, ciudad en cuyo poblamiento diez años atrás (1076) había tenido un importante papel Alvar Háñez 100.
      Esta relación vasallática de Diego Téllez respecto a Alvar Háñez, que el poema afirma y la documentación hace muy creíble, nos exige prestar atención a otra invención antihistórica del poema de indudable transcendencia.
      Es bien sabido que Alvar Háñez, el sobrino del Cid de mayor relieve en la historia, no acompañó continuadamente a su tío en el destierro ni fue su mano derecha en el señorío valenciano 101, a pesar de que el autor del Mio Cid conciba al famoso don Álvaro como compañero inseparable de Rodrigo, desde la primera escena poética de la gesta, en que se representaba la despedida del Cid de sus amigos y vasallos al recibir la orden regia de abandonar Castilla en el plazo de nueve días y la decisión de Alvar Háñez y los demás de acompañarle en el destierro 102:

Fabló Minaya Alvar Háñez     el su [sobrino caro]:
—Convusco iremos, Cid,     por yermos e por poblados
e non vos fallesçeremos     en quanto seamos bivos e sanos 103,

hasta los días de disfrute de las delicias de Valencia (Mio Cid, vv. 1237-1238): 

Myo Çid don Rodrigo     en Valençia está folgando,
con él Mynaya Albar Ffáñez    que no’s le parte de so braço 103.

      El papel épico de Alvar Háñez «mi Anaya» (esto es ‘mi hermano’ en vasco) 104 al lado de «mio Cid» se debe, sin duda, según ha sido puesto de manifiesto, a la aplicación por el poeta de una estructura formularia de gran arraigo en la epopeya, la de la pareja tío materno-sobrino 105. Pero si la invención de un deuteragonista se justifica literariamente, lo que el género no podía ya imponer es el recurrir para su creación a Alvar Háñez el que «Çorita mandó» 106, personaje histórico y famoso, tanto por sus grandes servicios a Alfonso VI, desde que en 1085-86 es enviado a Valencia a entronizar a al-Qādir 107, hasta que, destacado como señor de Zorita, Santaver y Cuenca (por los años 1097-1107), defiende los puntos más avanzados de la Transierra frente a los lamtuníes 108, como por su papel, después de muerto Alfonso VI, en la defensa de Toledo frente a los almorávides, ciudad imperial de la que fue gobernador (1109-1110) 109 y en la cual, algún tiempo después, murió asesinado por los de Segovia durante las contiendas civiles (1114) 110.
      Una vez más, será preciso recurrir a la «pasión» del poeta para explicar la transformación fabulística de los hechos históricos, pues, al igual que las fobias, las filias del cantor del Cid son sin duda responsables de la reorganización impuesta al recuerdo de los hechos pasados. La magnificación del papel de un personaje en el poema creo que es tan deudora respecto a la experiencia vital del autor como pueda serlo la atracción del foco geográfico del poema hacia unas tierras concretas, las vividas por el poeta. En consecuencia, si la presencia junto a las hijas del Cid, en un momento crítico, de Diego Téllez, «el que de Alvar Fáñez fo», exige, a mi parecer, suponer algún tipo de dependencia del poeta respecto a la familia del que fue gobernador de Sepúlveda, el deuteragonismo de Alvar Háñez (y no de otro de los sobrinos del Cid más ligado a la vida del héroe) tampoco será una invención gratuita. Aunque Alvar Háñez no dejó descendencia por vía de varón, alguno de los hijos de sus hijas se preció de tenerle por abuelo; tal fue el caso de Alvar Rodríguez [hijo de los condes Rodrigo Vela y Urraca Álvarez], a quien en tiempo de Alfonso VII dedica un amplio loor el Carmen de expugnatione Almariae urbis 111, abarcando en la alabanza no sólo al padre, sino al famoso abuelo del personaje 112:

Cognitus omnibus     est auus Aluarus, nec minus hostibus,
arx probitatis     est itidem pius, urbs bonitatis,
audio sic dici     quod et Aluarus ille Fannici
Ismaelitarum     gentes domuit, nec earum
oppida uel turres     potuere resistere fortes...

      También hoy «cognitus omnibus est» que en este poema latino sobre la conquista en 1147 de Almería 113 vuelven a aparecer emparejados tío y sobrino, Alvar Fáñez y Rodrigo:

Ipse Rodericus,     Meo Cidi saepe uocatus,
de quo cantatur     quod ab hostibus haud superatur,
qui domuit Mauros,     comites domuit quoque nostros,
hunc extollebat,     se laude minore ferebat.
Sed fateor uerum,     quod tollet nulla dierum:
Meo Cidi fuit primus,     Aluarus atque secundus 114.

      La impertinente comparación de Alvar Háñez con Rodrigo, considerándolo (a pesar del muy relevante papel de Alvar Háñez en los reinados de Alfonso VI y de Urraca) inferior a él, cuando de lo que se trataba era de elogiar al nieto de Alvar Háñez 115, el uso tan temprano del apelativo «Mio Cid» como designación de Rodrigo 116 prefiriéndolo a «Campeador» documentado desde antiguo (lat. Campidoctor o Campeator, árab. Kambiyatûr, en el Carmen Campidoctoris, en la Historia Roderici y en Ibn Bassām), la alusión a que ese Mio Cid era entonces objeto de cantos 117 en los cuales se refería que no sólo venció a los moros sino a «nuestros condes» 118, el recuerdo de la más famosa pareja épica Roland-Olivier (vv. 228-229 ed. Gil, estr. 215 ed. Sánchez-Belda) en ese contexto, sólo tiene sentido como recuerdo de que Alvar Fáñez tenía el papel de deuteragonista en el canto de exaltación del Cid a que el poeta alude 119. Así lo ha entendido todo crítico no empeñado en defender a ultranza hipótesis incompatibles con la existencia c. 1148 de la gesta de Mio Cid 120.
      Soy también de esa opinión. Y en favor de ello creo que el argumento más decisivo es, precisamente, el hecho que venimos comentando: la violencia ejercida por el poeta del Mio Cid sobre la historia al decidir emparejar, conforme a unos modelos literarios, a los dos famosos guerreros, tío y sobrino, que habían actuado independientemente uno de otro en tiempo de Alfonso VI.

f. El «Mio Cid» y las bodas del Restaurador de Navarra con la hija bastarda del Emperador. El canto juglaresco, al servicio de la nueva dinastía navarra

      La alusión por el poeta latino de Alfonso VII al canto de un poema de «Meo Cidi», en que Rodrigo era primero y Alvar Fáñez segundo, y en que se contaba, no sólo cómo el Cid «domuit Mauros», sino también «comites... nostros», nos obliga a considerar cuándo pudo componerse el poema 121.
     
Menéndez Pidal destacó ya 122 que la exaltación de la figura histórica de Rodrigo no se inició en su patria —Nemo propheta acceptus est in patria sua— sino en tierras del Levante: el Carmen Campidoctoris, la Historia Roderici, son obras que proceden de Cataluña y Aragón, y una y otra parecen nacidas del  entorno personal de Rodrigo (aunque la Historia Roderici se revele posterior a su muerte). Más tarde, Rodrigo atrajo la atención interesada de la nueva dinastía navarra que fundó García Ramírez (1134-1150) después de la muerte de Alfonso I. Como el entronque del Restaurador con la antigua dinastía, extinguida por el fratricidio de Sancho Garcés en Peñalén, era a través de un infante bastardo (el «infante» don Sancho «expulsus a regno» que quemó la mezquita de Elvira) 123, su ascendencia cidiana por vía materna interesó desde un principio a García Ramírez como un título adicional con que reforzar su corona.
      Para probarlo basta leer las genealogías del Libro de las generaciones (llamado Liber Regum) que, en su redacción original navarra (de 1194-1196) 124 decían: 

    «Est rei don García ovo dos fillos: el rei don Sancho que matoron en Pennalén e l’ifant don Sancho. Est ifant don Sancho ovo fillo al ifant don Remiro al que dixieron Remir Sánchez. Est Remir Sánchez priso muller la filla del mio Cith el Campiador e ovo fillo en ella al rei don García de Navarra al que dixeron García Remírez 125»,

después de haber afirmado previamente:

    «De el lignage de Nunno Rasuera vino l’Emperador de Castiella. E del lignage de Laín Calbo vino mio Cith el Campiador 126».

      La nueva dinastía navarra, para mayor gloria propia, presentaba a «Mio Cid» compitiendo nada menos que con el propio emperador Alfonso VII, pues los derechos de éste a la corona tenían como punto de partida, según el genealogista del Libro de las generaciones (Liber Regum) 127 la elección por los de la tierra, como gobernadores del reino, de los dos jueces Nuño Rasuera y Laín Calvo, y no se basaban, según la historiografía leonesa pretendía, en los reyes godos ni en Pelayo, pues esa dinastía gótica se habría extinguido con Alfonso II el Casto:

    «Est rei don Alfonso non lexó fillo ninguno, ni non remaso omne de so lignage qui mantoviesse el reismo, et estido la tierra assí luengos tiempos 128».

      El interés de García Ramírez por la figura de su abuelo materno no dependía únicamente de sus aspiraciones a medirse con el Emperador. Compartía con el Cid, sin duda, la hostilidad a la familia de García Ordóñez.
      Conviene recordar que el origen del condado riojano de García Ordóñez y su mujer doña Urraca, hermana de Sancho Garcés el último rey navarro asesinado en Peñalén, había dependido de la anexión de Nájera, la capital del viejo reino de Navarra, a Castilla, efectuada por Alfonso VI a raíz del regicidio 129. Y que, si los documentos contemporáneos acusan de fratricida a Ermesinda, otra de las hermanas del rey muerto 130, y no a Urraca, las dos hermanas aparecerán en adelante juntas, ocupando una posición destacada en el reino del «totius Ispanie obtinente principe Adefonso» 131, mientras por esos mismos años (1079-1080) sus dos maridos, García Ordóñez y Fortún Sánchez, enviados por Alfonso VI a «proteger» (y explotar) al rey de Granada, combaten también juntos y son juntamente derrotados por el Cid en la famosa batalla de Cabra 132 (aquella en que, según el poeta, el Cid mesó la barba de su enemigo preso) 133. Ya sabemos que, una vez muerto García Ordóñez en la rota de Uclés (1108), el condado najerense no tardó en pasar a manos del rey navarro-aragonés Alfonso I, quien colocó en él como señor a su brazo derecho, Fortún Garcés Caxal 134. De resultas de ello, al morir Alfonso I, «fuit eleuatus rex Garsias regem in Pampilona et in Nagara, in Alava et in Bizcaia et in Tutela et in Monson» (1134) 135. Sin embargo, el Restaurador de Navarra tuvo enseguida que entregar Nájera al Emperador 136, en cuya corte García Garcíaz de Aza, el hijo de García Ordóñez, venía ocupando desde 1126 puestos de confianza 137. Las aspiraciones del nieto de mio Cid a restaurar la gran Navarra de sus antepasados, recobrando La Rioja amputada de ella por Alfonso VI y García Ordóñez, reavivarían el recuerdo del «enemigo malo» de su abuelo (como el poeta del Cid califica al conde García Ordóñez, «el Crespo de Grañón») 138.
      La Navarra disminuida de García Ramírez y el imperio de Alfonso VII (quien aspiraba al reconocimiento de su señorío en todo el ámbito peninsular, como antes su abuelo Alfonso VI «totius Ispaniae obtinente») tuvieron, a menudo, motivos de fricción, sobre todo desde que el conde Ramón Berenguer IV de Barcelona, cuñado y vasallo del Emperador, se hace cargo del reino de Zaragoza. Tras varios años de guerra, amparado en la disidencia portuguesa, el Restaurador, amenazado por los planes de repartición de su reino que llegan a concertar Alfonso VII y el conde Ramón Berenguer, se ve en 1140 forzado a reconocer vasallaje al Emperador. Es entonces (25 de octubre) cuando se acuerda el matrimonio del infante don Sancho, el primogénito de Alfonso VII, con doña Blanca, la hija de García Ramírez, aún niños 139. Pero la continuada hostilidad entre Ramón Berenguer y García Ramírez mantiene el estado de incertidumbre, en tanto Alfonso VII sigue pendiente de la amenaza portuguesa 140. Arreglado definitivamente (Valladolid, setiembre-octubre de 1143) el pleito con el rey de Portugal, los buenos oficios del conde Alfonso Jordán de Tolosa permitirán establecer una paz duradera y firme entre el Emperador y el rey de Navarra, esta vez sellada con una boda efectiva, la de García Ramírez, entonces viudo, con la hija bastarda de Alfonso VII, Urraca, que el emperador había engendrado en su muy amada concubina doña Gontroda 141. En adelante, el rey navarro será un vasallo fiel, que participará en las principales empresas del Emperador (incluida la de Almería).
      La Chronica Adefonsi Imperatoris 142, tras contar detalladamente las negociaciones de paz que preceden a ese pacto, dedica amplio espacio a las solemnes bodas, celebradas en León, del rey García con la «infantissa» (19 junio, 1144). Según la crónica imperial (I, § 92-94), estando Alfonso VII en su solio 143, llegó el rey García con gran aparato regio:

    «Venit autem et rex Garsia cum turba militum non pauca, ita paratus et ornatus sicut regem sponsatum ad proprias decet uenire nuptias»,

y para acompañar la alegría de los desposados tuvieron acceso al tálamo una turbamulta de juglares, dueñas y doncellas cantoras y músicos:

«in circuitu talami maxima tura strionum et mulierum et puellarum canentium in organis et tibiis et cytharis et psalteriis et omni genere musicorum»,

y, junto a los cantos, deportes varios de carácter espectacular (tirado a tablado, lanceamiento de toros y hasta una «corrida» de ciegos):

    «Alii equos calcaribus currere cogentes iuxta morem patrie, proiectis hastilibus, in structa tabulata, ad ostendendam pariter artem tam suam quam equorum uirtutem percutiebant. Alii latratu canum ad iram prouocatis tauris, protento uenabulo, occideant. Ad ultimum, cecis, porcum quem occidendo suum facerent, campi medio constituerunt et uolentes porcum occidere, sese ad inuicem sepius leserunt et in risum omnes circumstantes ire coegerunt».

      A continuación, el rey García y su esposa parten de León para Pamplona, acompañados por el conde Rodrigo Gómez y por Gutierre Fenández con muchos otros caballeros castellanos, y allí, en su ciudad, continúan los festejos:

    «Fecit autem rex Garsia magnum et regale conuiuium Castellanis qui cum eo erant, et cunctis militibus et principibus regni sui per multos dies. Celebratis nuptiis regalibus, deditque rex comitibus et ducibus Castelle magna dona et reuersi sunt unusquisque in terram suam» 144.

      Al leer esta descripción de la Chronica Adefonsi Imperatoris sobre las muy celebradas bodas del nieto navarro del Cid con la hija del «buen» Emperador, cabe preguntarse: en medio de las fiestas de León, con sus tablados, sus toros, la brutal batalla de los ciegos y la turbamulta de histriones, cantoras y músicos empleados en alegrar a altos y bajos, no se oirían cantar por vez primera los versos finales del Mio Cid, en que se conecta el pasado narrado con el «hoy» del poeta: 

Andidieron en pleytos     los de Navarra e de Aragón,
ovieron su ajunta     con Alfonsso el de León,
ffizieron sus casamientos     con don Elvira e con doña Sol.
¡Ved qual ondra creçe     al que en buen ora naçió
quando señoras son sus fijas     de Navarra e de Aragón!
Oy los rreyes d’España     sos parientes son.
A todos alcança ondra     por el que en buen ora naçió 145;

y, si tenemos presente la intencionalidad política de la gesta, ¿qué auditorio más receptivo para su canto cabe imaginar que el de la Pamplona del nieto de mio Cid, donde unos días después se celebraron las nupcias de la «infantissa» Urraca con el rey García?
      En fin, vista la importancia concedida por la nueva dinastía navarra a su ascendencia cidiana y, al mismo tiempo, la integración de San Esteban de Gormaz (nuestra supuesta patria del poeta), al reino navarro-aragonés de Alfonso I durante los primeros decenios del s. XII, la sospecha de que el Mio Cid debió de componerse como un relato juglaresco destinado a celebrar la paz entre el nieto navarro del Cid y el «buen Emperador» (como el poeta denomina a Alfonso VII en el v. 3003) y a promover, en el renacido «imperio» toledano, los intereses políticos de la nueva Navarra y de sus aliados en la Extremadura del alto Duero, me parece una hipótesis muy plausible; y, sabido el temprano eco de ese canto épico en medios cortesanos (que testimonia el Carmen sobre la conquista de Almería, de c. 1150), difícilmente descartable. [En todos los tiempos los artistas han buscado el patronazgo de los poderosos y pudientes para sobrevivir y triunfar (¿acaso esa norma universal era ajena a la Hispania del s. XII?)].

Diego Catalán, "El Cid en la historia y sus inventores."(2002)

NOTAS

1 R. Menéndez Pidal, «Alfonso X y las leyendas heroicas», Cuad. hispanoam. I (1948), 13-37 (p. 33). Reproducido en De primitiva lírica y antigua épica, 1951 (y reimpresiones sucesivas). 

2 Menéndez Pidal, «Alfonso X y las leyendas», pp. 25-25. En «Poesía e historia en el Mio Cid. El problema de la épica española», NRFH, III (1949), 113-129 (p. 115) comentará: «Todos los elementos históricos no se hallan en un poema primitivo en cuanto históricos, sino en cuanto sirven a una ficción poética».

3 La epopeya medieval puede y debe utilizarse como testimonio histórico para entender aspectos fundamentales de la vida de una sociedad sobre los que nos falta información coetánea. En el cómo hacer uso de esos valores arqueológicos de la epopeya estriba el problema.

4 Menéndez Pidal, Esp. Cid 1 (1929). La última edición con innovaciones es la 7ª, Esp. Cid 7 (1969).

5 Catalán, «Alfonso X historiador», cap. I de La Estoria de Esp. De Alf. X (1992). 

6 Molho, «El C.M.C. poema de fronteras», (1977), pp. 243-260, observa, con razón: «La España del Cid ha dado paso a la España de Mio Cid, de que nadie habla» (p. 245).

7 La crisis de «la España del emperador de las dos religiones» (que no «del Cid») se inicia en vida del conquistador de Toledo. Basta leer el famoso pacto sucesorio entre sus yernos don Ramón y don Enrique para darse cuenta de que se ha abierto ya una nueva etapa histórica en la Península. Cfr. P. David, «Le pacte successoral», (1948), 275-290, y R. Pinto de Azevedo, Doc. med. port.-regios (1962), vol. I, t. II, pp. 547-553.

8 Hay gestas sin un héroe central: por ejemplo, en Las particiones del rey don Fernando ni el rey don Sancho ni el rey don Alonso son héroes; tampoco llegan a ocupar ese papel Arias Gonzalo, el ayo de Urraca, o el Cid, voz de la prudencia y del respeto a la ley en el campo castellano, o Diego Ordóñez, el impetuoso retador de Zamora. El personaje central es, sin duda, la infanta doña Urraca, demasiado pasional para ser figura modélica.

9 Por ello no hay nada más ajeno a la concepción de un poema épico que el Libro (o Poema) de Fernán González en cuaderna via compuesto hacia 1250 por un monje del monasterio de Arlanza. Su estructura, como la de otros libros del mester de clerecía deriva de las vidas de santos. El que el biografiado sea un conde castellano no tiene por qué hacernos separar este libro de otros sobre hechos de un rey griego o un santo riojano; genéricamente es hermano del Libro de Alexandre y de los poemas hagiográficos de Berceo. Es tan ajeno a la epopeya como la historia novelada del rey Rodrigo de Pedro de Corral (o Crónica sarracina) o la historia mítica de los primeros señores de Vizcaya que incluye el conde don Pedro de Barcelos en su Livro das Linhagens. Su contacto con la epopeya se reduce al conocimiento de ciertos episodios legendarios de la vida del conde recogidos, posiblemente, por ella. [Véase Catalán, La épica española (2000), pp. 98-112].

10 En la épica española no hallo excepción, y el arraigo europeo de este modelo es notorio.

11 A una conclusión similar ha llegado, independientemente, Rodríguez Puértolas, «P.M.C. nueva propaganda» (1976), pp. 9-43, y (1977), pp. 141-159. No hay duda de que el Mio Cid defiende un nuevo orden jurídico a la par que político; pero me parece del todo peregrino suponer, como hacen Pavlociċ y Walker, «Money, Marriage and the Law» (1982), 197-212, que un «lawyer» de tiempos de Alfonso VIII haya compuesto la gesta «deliberately trying to raise to the status of law something that was entirely Roman and something that was very new», la dos o dote, y que «to gain the trust of the audience» haya disimulado el origen romano de la institución que quería introducir tomando en préstamo al Fuero de Alcalá una voz de origen arábigo, axuvar.

12 Según noticia que recoge Ibn Bassām en su Dajīra. Véase Dozy, Recherches (1881), II, p. 22: «Quelqu’un m’a raconté —dice Ibn Bassām— l’avoir entendu dire, dans un moment où ses désirs était trés vifs et où son avidité était extrème: Sous un Rodrigue cette Péninsule a été conquise, mais un autre Rodrigue la délivrera; —parole qui remplit les coeurs d’épouvant et qui fit penser aux hommes que ce qu’ils craignaient et redoutaient, arriverait bientôt!». La recuerda Menéndez Pidal, Esp. Cid 7 (1969), pp. 411-413 y 576.

13 La frase figuraba en al-Bayān al wādiḥ fī al-mulimm al-fadīḥ  de Ibn ‘Alqama. La reproduce la Estoria de España de Alfonso X (PCG, p. 564b18-25): «et dixo que ell apremiarie a quantos sennores en ell Andaluzia eran, de guisa que todos serién suyos; et que el rey Rodrigo que fuera sennor dell Andaluzía que non fuera de linnage de reys, et pero que rey fue et regnó, et que assí regnarié ell et que serié el segundo rey Rodrigo». Esta jactancia de Rodrigo pareció intolerable a varios de los equipos de historiadores que componían y reformaban a finales del s. XIII la Estoria de España. Sobre estas censuras, véase Menéndez Pidal, «Tradicionalidad» (1955), 131-197: p. 151 y Catalán, «Poesía y novela» (1969), pp. 423-441: pp. 439-440 (reed. en Catalán, La Estoria de Esp. de Alf. X 1992, cap. VI).

14 «Pero este hombre, azote de su época, fue, por la habitual y clarividente energía, por la viril firmeza de su carácter y por su heroica bravura, un milagro de los grandes milagros del Señor», reconoce Ibn Bassām en 1109, diez años después de muerto Rodrigo, en su Dajīra (el contexto del pasaje es el citado arriba, n. 12. Véase en Menéndez Pidal, Esp. Cid  7 (1969), cap. XVII.1, p. 605 o en Dozy, Recherches, II, p. 22).

15 Los dos modelos isidorianos de historia, la Chronica «maiora» o universal y la Historia Gothorum, continúan dominando la historiografía astur-leonesa, primero, y castellana, después, hasta el s. XIII. Se salen de la regla la Chronica Adefonsi Imperatoris, sobre Alfonso VII, la Historia Compostellana sive de rebus gestis D. Didaci Gelmirez, sobre el obispo compostelano Gelmírez, y las Crónicas o Anónimo de Sahagún, sobre las vicisitudes históricas relacionadas con la vida de ese cenobio.

16 Véanse las ediciones incluidas por Menéndez Pidal en los «Apéndices» de su España del Cid. En la 7ª ed., de 1969, las pp. 878-886 se dedican al Carmen y las pp. 906-971 a la Historia.

17 Según observación muy general, en la que insiste ya Menéndez Pidal, L’épopée cast. (1910), pp. 116-117 (La epopeya cast., 2ª ed., 1959, pp. 102-103).

18 La singular concepción de la venganza en el Mio Cid fue ya destacada por Menéndez Pidal en Poe. M. C. (1913), p. 70, y se ha venido subrayando repetidamente. Sobre la concepción de la honra, véase Correa, «El tema de la honra» (1952), 185-199).

19 Menéndez Pidal, L’épopée cast., pp. 114-115 (La epopeya cast., 2ª ed., 1959, pp. 101-102). 

20 A. Bello, Obras completas (1881-1893), II, pp. 21-22 (y, en formulación anterior algo diferente, VI, p. 249).

21 Mio Cid, vv. 3443-3444.

22 Sobre los ricos hombres del «bando» (v. 3010) enemigo del Cid da amplia información Menéndez Pidal en Cantar de M.C.1 (1908-1911), vol. II, bajo las voces «Carrión», «Garçía Ordoñez», «Albar Díaz», y nuevos datos en los «Apéndices» de la 2ª ed. (1944-1946), pp. 1168-1169, 1215, 1218. Un resumen en Poe. de Mio Cid, pp. 19-22. Véase, así mismo, Esp. Cid 7 (1969), Disqs. 59.a («Los infantes de Carrión») y 28.a («García Ordóñez y su familia»). Insiste, sobre lo muy exacto que es el conocimiento del poeta, en varios trabajos dedicados a defender la historicidad del poema (en especial en los reunidos bajo el título «Cuestiones de método histórico» en Castilla, la tradición, el idioma (1945), que proceden de «La epica esp. y Curtius» (1939), «Filol. e Hist.» (1944) y Mio Cid el de Valencia (1943, pp. 13-60).

23 Menéndez Pidal, máximo defensor de la historicidad del Mio Cid, lo reconoce, sin paliativo alguno: «los infantes históricos no pudieron ser convictos en duelo de tantas alevosías, traiciones y deshonores como el Cantar les atribuye», «los históricos infantes de Carrión no fueron condenados como traidores» (en «Dos poetas en el C. de M. C.», incluido en el libro En torno al P. del C., 1963, pp. 107-162: pp. 118 y 117). 

24 «Las hijas del Cid no podían contraer matrimonio», afirma Menéndez Pidal mismo (En torno al P. del C., 1963, p. 119).

25 Poe. M. C. (1913), p. 30. Con esa «tradición» como puente Menéndez Pidal podía defender que, si bien «la historia nada sabe de un primer matrimonio de las hijas del Cid con estos Infantes o jóvenes nobles de Carrión... dada la historicidad general del Poema, es muy arriesgado el declarar totalmente fabulosa la acción central del mismo» (pp. 22-23). En trabajos posteriores, su fe en el verismo del poema le llevará a creer que hubo unos desposorios («La épica esp. y Curtius», 1939) y a argumentar: «No se podía contar una acción indigna de aquella familia [los Banū Gómez de Carrión] y un comportamiento loable de ese vasallo [Diego Téllez, vasallo de Alvar Háñez], si no tenía el relato una amplia base de verdad» «Filol. e Hist.» (1944).

26 Según el relato del Arzobispo don Rodrigo Ximénez de Rada: «Cumque puer Guterrio Fernandi de Castro a desiderabili Sancio fuisset commissus, et ipse post patris obitum custodiae pueri diligentiam adhiberet, accesserunt ad eum Garsias Garsiae de Atia, Comes Amalaricus, Comes Alvarus, Nunius Petri de Lara et hi tres ultimi erant fratres, filii comitis Petri de Lara et Avae Comitissae. Garsias Garsiae erat frater eorum ex matre, et filius Comitis Garsiae qui in bello Uclesii cum Infante Sancio fuit occisus. Itaque omnes suaserunt Guterrio Fernandi de Castro, ut daret puerum Comiti Amalarico, qui erat potens, et carus habitantibus Estrematuram...», De rebus Hispaniae, Lib. VII, cap. XV. Eds. 1873 (o su reimpr., 1985), p. 159b.

27 El propio Menéndez Pidal, pese a su admiración por el Mio Cid, censura el comportamiento del poeta (Poe. M. C., pp. 71-72) y llega a decir: «Los traidores de los principales poemas tienen grandeza heroica. Hagen viene a ser el verdadero héroe de la última parte de los Nibelungos, y sin llegar a tal extremo, Ganelón y Ruy Velázquez son admirables, a no ser por su crimen. El juglar del Cid toma camino opuesto; pero mejor hubiera hecho en no apartarse de aquella norma» (p. 61). 

28 Mio Cid, vv. 2278-2291, 2304-2307. Al abrir el tercer «cantar» del poema con este episodio cómico, el poeta busca descalificar de una vez por todas a los yernos del héroe.

29 Mio Cid, vv. 3373-3375.

30 Mio Cid, vv. 3283-3290.

31 Mio Cid, v. 2173.

32 Mio Cid, vv. 3327-3328.

33 Mio Cid, vv. 960-966 + 1099 + 1017-1081. Cfr. Montgomery, «The Cid and the Count» (1962). La «generosa» propuesta de Rodrigo al conde don Ramón, de concederle la libertad si acepta su invitación a comer mientras es su prisionero, es un modo de forzarle a deponer su orgullo aristocrático y a reconocer la superioridad del «salido» de la tierra, caudillo de una mesnada de «malcalçados».

34 Especialmente, al recordar, ante toda la corte, la ofensa hecha a la barba del conde don García cuando le hizo prisionero en Cabra (vv. 8287-8290).

35 El sentido del humor del Cid poético es patente también en el modo de incitar a «Pero Mudo» a que rete a Fernando (vv. 3302-3304) y en la amistosa salutación que dirige a Búcar cuando va en su alcance (vv. 2409-2411).

36 Menéndez Pidal llamó convenientemente la atención sobre el hecho de que el Mio Cid no participa del anti-leonesismo de otros poemas de la épica castellana (Poe. M. C., pp. 70, 113). Es un hecho que a menudo se olvida al tratar de explicar la «política» del poema.

37 P. Corominas comentó ya la importancia concedida a los bienes muebles en el poema, en el cap. II de su estudio sobre El sentimiento de la riqueza en Castilla (1917), pp. 80-94 (reed. en P. Corominas, Obra completa, 1975, pp. 529-591: 548-551). En tiempos más cercanos, J. Rodríguez Puértolas, «Un aspecto olvidado» (1967) (reproducido en su libro De la Edad Media, 1972, 169-187), piensa que, en el «programa» de acción de Rodrigo la «motivación social» es dominante, pues el infanzón resuelve mediante la adquisición de riqueza sus dos problemas, el de status social y el de su mala relación con el rey. Más próxima a mi interpretación político-social es la que apunta Molho, «El C.M.C. poema de fronteras» (1977).

38 No conocemos los términos de la carta en que el rey ordena al Cid salir del reino en el plazo de nueve días, pues faltan los primeros versos del Mio Cid en el único códice conocido y las crónicas no nos los suplen. Pero la conversación de Martin Antolínez con los judíos no deja lugar a dudas sobre la acusación que se le hacía (vv. 109-112).

39 Toda la escena de las arcas tiene como propósito fundamental poner de manifiesto la injusticia de la acusación.

40 Mio Cid, v. 536.

41 Mio Cid, v. 823.

42 Mio Cid, v. 806-807.

43 Mio Cid, v. 1046-1048.

44 Mio Cid, v. 1189-1199.

45 El proceso, iniciado tras la batalla campal con Fáriz y Galve, vv. 813-818 (primer presente), 873-874 + 881-893 (primeras concesiones del rey), sigue su desarrollo como consecuencia de la derrota del rey de Sevilla, vv. 1271-1274 (segundo presente), 1340-1344 + 1355-1366 +1369-1371 (segundas concesiones del rey) y culminará tras la derrota de Yuçef, vv. 1789-1791 + 1808-1813 (tercer presente), 1855-1857 + 1866-1869 + 1897-1899 + 1910-1913 (concesión del «amor» del rey).

46 Mio Cid, vv. 1523, 1524-1526.

47 Mio Cid, v. 1888.

48 Mio Cid, v. 2320.

49 Mio Cid, vv. 2263-2265.

50 Mio Cid, vv. 2570-2571.

51 Mio Cid, v. 3206.

52 Mio Cid, v. 3236b.

53 Mio Cid, vv. 3237-3244.

54 Mio Cid, v. 3248.

55 Mio Cid, v. 3223.

56 Menéndez Pidal, que desde antiguo había destacado la oposición infanzón vs. ricos-hombres, interpretándola como inclinación «democrática» del poeta (Poe. M. C., 1913, pp. 89-92), en 963 llegó a hablar de «lucha entre clases sociales» (En torno al P. del C., 1963, pp. 211-213). Desde otra perspectiva, Rodríguez Puértolas, ha puesto en relación la obsesión por el «dinero» (y por los objetos «cotizables» en dinero) con el «populismo» del poema: «Debemos comprender a los anónimos autores. No olvidemos, en primer lugar, que el Poema es recitado ante el pueblo, y que ellos mismos forman parte de él. La oposición entre nobleza y pueblo da por resultado, en este caso, una identificación con las preocupaciones del infanzón, de Rodrigo» (p. 187). Considero la palabra «pueblo» excesivamente imprecisa como descripción de una «clase».

57 ‘Abd-Allāh b. Buluggīn, Kitāb al-Tibyān, ed. Lévi-Provençal (Cairo: Dār al-Maārif, 1955) o Lévi-Provençal, «Un texte arabe ... Les “Mémoires” de ‘Abd Allāh», Al-Andalus, III (1935), 233-344, IV (1936-39), 30-145 (hay separata paginada del 1-229) y «Deux nouveaux fragments des “Mémoires” du roi Zîride ‘Abd Allāh de Grenade», Al-Andalus, VI (1941), 1-63. Según comprendió ‘Abd Allāh, Alfonso VI era consciente de que no podía repoblar toda Hispania de cristianos, pero, que mediante una creciente opresión tributaria, llegaría un momento en que los propios súbditos de los régulos de Al-Andalus preferirían el señorío directo del «Emperador de las dos religiones» a la doble explotación a que estaban sujetos. Sobre Sisnando Davídiz, véase Menéndez Pidal, Esp. Del Cid 7 (1969), citas reseñadas en el «Índice alfabético», s.v., y Menéndez Pidal y García Gómez, «El conde mozárabe Sisnando» (1947).

58 Como observó Mateu y Llopis, «La moneda en el poema del Cid» (1947), la situación monetaria descrita en el poema aún no refleja la presencia de las acuñaciones almorávides (el moravedí), por tanto, recoge una situación que recuerda más el primer tercio del s. XII que tiempos posteriores.

59 Como ha puesto de manifiesto Bishko, «Fernando I and the Origins of the Leonese-Castilian Alliance with Cluny», Studies in Medieval Spanish Frontier History (1980), pp. 1-136. Hay edición previa en español, en CHE, XLVII-XLVIII (1968), 31-135 y XLIX-L (1969), 50-116.

60 Acerca del empleo de este título por Alfonso, véase Benaboud y Mackay, «The Authenticity of Alfonso VI’s Letter to Yūsuf b. Tašufîn», Al-Andalus, XLIII (1978), 233-237 y, sobre todo, Mackay y Benaboud, «Alfonso VI of Leon and Castile, “al-Imbraṭūr dhū-l-Millatayn”», BHS,  LVI (1979), 95-102. Las dudas expresadas por N. Roth, «Again Alfonso VI, “Imbarātûr dhu’l-Millatayn”, and Some New Data», BHS, LXI (1984), 165-169, no se sostienen en pie, y, menos, después de la demoledora réplica de Mackay y Benaboud en las pp. 171-179 del mismo número del BHS («Yet again Alfonso VI, “the Emperor, Lord of [the Adherents of] the Two Faiths, the Most Excellent Ruler”: A Rejoinder to Norman Roth»).

61 Según se titulaba Alfonso desde 1077 (Menéndez Pidal, Esp. Cid 5, pp. 726-727, y El imperio hispánico y los cinco reinos, 1950, p. 29), sin duda tras la anexión del reino de Nájera y el vasallaje del rey de Aragón (Catalán, «Sobre el ihante», Al-Andalus, XXXI, 1966, 217, n. 36, [y aquí atrás, cap. II, n. 39]). 

62 La caída de Aledo (comienzos de 1092) en poder de los almorávides y el destronamiento de al-Mu‘tamid de Sevilla (set. 1091) señalan el fin de una época. Sólo en Levante (Šarq al-Andalus) pervivirán musulmanes que pacten con los cristianos, como denuncia Ibn al-‘Arabī cuando viaja a Oriente (1092-1099) en busca del reconocimiento, por parte del Califa ‘abbasī de Bagdad (al-Mustaẓ̣hir), del derecho de Yūsuf a hacer la guerra a los que no atienden sus convocatorias a la Guerra Santa; véase Viguera, «Las cartas de al-Gazālī y   al-Ṭūṛtūšī» (1977); fuera de esa región, los intentos de los régulos de al-Andalus de pactar con los cristianos habían sido castigados fulminantemente por el Emir de los Creyentes, que les había desposeído de sus títulos. Bishko, «Fernando I and Cluny» (1968; reed. 1980), supone (p. 35), muy razonablemente, que los 10.000 talenta entregados en 1090 al abad Hugo por Alfonso VI para la construcción de la gran iglesia-abadía de Cluny III, representaban el pago atrasado del census duplicatus de los años 1085 (o 1086) a 1089, que en virtud de la societas establecida por el Hispaniarum rex con la abadía borgoñona en 1077, debía entonces a Cluny. El pago era ahora posible gracias al inesperado recibo del enorme tributo (30.000 dinars) enviado por el rey de Granada ‘Abd-Allāh a Alfonso en su desesperado y fallido intento de impedir la destrucción de su reino por los almorávides. La presión almorávide obligaba a Alfonso VI a recurrir a los borgoñones en busca, a su vez, de ayuda (espiritual y, sobre todo, militar). Pero una vez muertos o presos por Yūsuf los reyes de Taifas que intentaron defenderse con la ayuda de Alfonso, se puso pronto final a «that golden phlebotomy which ever since Fernando’s Navarrese war of 1058-1059 had transfused the lifeblood of the Taifas into the erarium of the Leonese-Castilian state» (usando palabras de Bishko, p. 49). Una visión panorámica del funcionamiento de las parias hasta la invasión almorávide presentan Grassotti, «Para la historia del botín» (1964), y Lacarra, «Aspectos económicos» (1965).

63 Eds. de la Crón. de Sahagún en Escalona, Hist. Dioc. Sahagún (1782), Ap. I, y de Puyol, «Las crón. anón. de Sahagún» (1920-1921); y de la Hist. Compostellana, Flórez, Esp. Sagr., XX, Madrid (1765); (reed. facs. en 1965) [y Falque (1988)]. 

64 La Iª  Crón. de Sahagún, escrita (en su original latino) por un monje del cenobio cluniacense que fue testigo de los sucesos que relata, nos permite saber que los «pardos» eran hombres de armas de la Extremadura castellana: «e los onbres que moravan allende del rrío de Duero, e son llamados bulgarmente pardos, en aquel tiempo seguían e ayudavan al rrei de Aragón» (BRAH, LXXVI, 1920, p. 248); al rey de Aragón «seguíanlo muchedunbre de honbres, los que se llamavan pardos, los quales toda la tierra desde Palencia fasta Astorga rrovaron» (Ibid., p. 250). Su condición de milites y su procedencia geográfica los identifica, claramente, con los típicos «caballeros villanos» de la frontera castellana, según interpreta bien Valdeavellano, Historia de España (1952), p. 873. Resulta sorprendente que B. F. Reilly, al dedicar un libro a The Kingdom of León-Castilla under Queen Urraca, 1109-1126 (1982), no preste atención a la rebelión de pardos y burgueses, a pesar de ser esa rebelión tema central de las obras historiográficas contemporáneas a ese reinado. El término pardos es también usado por la Historia Turpini del Codex Calixtinus (del último cuarto del s. XII), al describir las ciudades y comarcas conquistadas por Carlomagno (cap. III): «Ymmo cuncta terra Yspanorum tellus scilicet Alandalus, tellus Portogallorum, tellus Serranorum, tellus Pardorum, tellus Castellanorum, tellus Maurorum, tellus Nauarrorum, tellus Alauarum...», y al enumerar las gentes que componen el ejército de Agiolandus (cap. IX): «Sarracenos, Mauros, Moabitas, Ethiopes, Serranos, Pardos, Affricanos...» (Liber Sancti Jacobi. Codex Calixtinus, ed. Whitehill, 1944); [y asimismo por la Chronica Adefonsi Imperatoris, II, § 98, que acusa a los auxiliares pardos de los condes enviados por Alfonso VII contra Saif al-dawla, rey de Baeza, Úbeda y Jaén, por haberse negado a seguir pagándole parias, de haberle dado muerte contra la voluntad del Emperador: «Postremo Agareni terga uiuentes uicti sunt et rex Zafadola captus est in bello a militibus comitum. Quem tenentes ut adducerent in tentoria, superuenerunt milites, quos dicunt Pardos, et cognoscentes interfecerunt eum»].

65 Al escribir en su día estas páginas aún no conocía el artículo de Molho, «El C.M.C. poema de fronteras» (1977). Suscribo su percepción de las conexiones ideológicas entre el Mio Cid y la revolución «burguesa» descrita por el Anónimo de Sahagún y la Historia Compostellana. Sólo disiento en tres puntos: la existencia de un proto-Mio Cid  hacia 1123-1125 (que considero difícilmente admisible, aunque no imposible); la supuesta discordancia entre los intereses de los burgueses y caballeros pardos de esos tiempos y lo que, en su día, representó políticamente Rodrigo, y la pertenencia de los judíos a la clase burguesa (sobre la hostilidad entre los judíos del rey y los ruanos, véase adelante n. 70). Es de notar, que, cuando entra en crisis el imperio almorávide, debido a la presión de los almohades (del «rey de los Montes Claros»), y se forman las nuevas Taifas, resurgirá el plan de sus reyezuelos de ganarse la benevolencia de los cristianos depredadores pagándoles parias o «tributa regalia, sicut patres nostris dederunt patribus suis» (como, según la Chron. Adefonsi Imperatoris, p. 149, razonan los musulmanes de al-Andalus en 1144).

66 Al estudiar «El derecho en el Poema del Cid», Hinojosa notó ya (Hom. a Menéndez y Pelayo, 1895, I, pp. 551-581; Est. Hist. Derecho  Español, 1903, p. 85) que el poeta, en el v. 17, aludía «incidentalmente a los burgueses o Ciudadanos». Esta lectura ha sido rechazada por Valdeavellano, en sus Orígenes de la burguesía en la Esp. med. 3 (1983), basándose en la observación de que en los documentos de Burgos se denomina a los burgueses «omes de Burgos de rua» o ruanos y no «burgeses» o «burzeses»; los «burgeses» del Poema serían, simplemente, «los habitantes de la ciudad de Burgos» (p. 161). Pero el Mio Cid, al referirse a un habitante de Burgos, utiliza sistemáticamente (vv. 65, 193, 1500) el adjetivo «burgalés» (seguido de los adjetivos «conplido», «contado», «natural»), y sólo habla de los «burgeses e burgesas» en un único verso, que admite perfectamente el significado defendido por Hinojosa. Es más, según observa Lapesa, «Sobre el M. C. Cuest. his.» (1982), pp. 55-66, § 1 y n. 4; reed. en Est. de hist. ling. esp., 1985, pp. 32-42, «todas las autoridades medievales de burgés y burgués existentes en los ficheros de la Real Academia Española se refieren a la clase social, sin sentido gentilicio»; por otra parte, «no es cierto que burgalés significara también “burgés”; el único ejemplo citado por Menéndez Pidal como válido, el del Corbacho, es errata de la edición impresa en 1498; el manuscrito de 1466 da burgeses». El propio Valdeavellano reconoce que, a partir de finales del s. XI, las palabras «burgo» y «burgés» o «burzés», en el sentido que tenían en Francia, no sólo se dan en Cataluña, Aragón, Navarra, Galicia y el N. de Portugal, sino en La Rioja (pp. 148-150 y 204-205), a lo largo de la ruta jacobea y en áreas de influencia monástica o episcopal francesa, incluidas Osma, en el alto Duero, y Sigüenza, en la Trasierra (pp. 161-168) y que la ausencia del término en la documentación propiamente castellana no impide su aparición en la literatura del s. XIII (no sólo en Berceo, el Libro de Apolonio y el Libro de Alexandre, sino en la Historia Troyana polimétrica y en La gran conquista de Ultramar). Sobre el desarrollo de la burguesía de Burgos en la segunda mitad del s. XI y en el s.  XII trata Valdeavellano detenidamente (pp. 153-160).

67 Creo rechazable la lectura de este verso con «sí», acentuado, equivalente a «assí», que propuso A. Alonso, «Dios, ¡qué buen vassallo, sí oviesse buen señore!», RFH, VI (1944), 187-191.

68 Mio Cid, vv. 65-68.

69 El Mio Cid obviamente no simpatiza con los prestamistas judíos. Los descalifica al presentarlos convencidos de que el Cid ha robado (vv. 124-126) e intentando aprovecharse de la circunstancia (vv. 89-93 + 106- 123 + 130-133 + 139-140 + 172-173). Por ello, la burla o timo de las arcas no requiere reparación, aunque el Cid salve su moral invocando el aprieto en que se encuentra (vv. 94-95): el poeta tiene buen cuidado de hacer que el Cid, por intermedio de Minaya, pague las mil misas (v. 931) prometidas a Santa María (v. 225) y dé al abad de Cardeña 500 marcos (v. 1422), para compensarle generosamente, según había ofrecido hacerlo, de los gastos hechos por el monasterio en el cuidado de su mujer e hijas (v. 260), mientras que a los judíos se les despacha con buenas promesas sin darles un marco, por más que ellos supliquen a Minaya, quejándose de haber sido «desfechos» por el Cid y se muestren resignados a recobrar sólo el capital, renunciando a recibir el interés o ganancia (vv. 1430-1438). Contrasta el Poema con la Crónica general de España (en la sección derivada de la «Interpolación» basada en la *Estoria caradignense del Cid), que, de acuerdo con los intereses de la monarquía y los monasterios (para quienes la prosperidad de «sus» judíos es importante), no admite bromas sobre el pago de deudas y se preocupa de que Martin Antolínez, por encargo del Cid, vaya a dar a los prestamistas lo debido (PCG, p. 593b6). El pasaje cronístico es, claro está, una corrección historiográfica y no un arreglo de la Refundición del Mio Cid (como piensa Menéndez Pidal, Poe. M. C., p. 36).

70 Según la Hist. Compostellana, I, LXXXV (a. 1113), cuando la reina doña Urraca acude, con los gallegos, a Burgos «Nempe Burgis Civitas in latere montis posita, Reginae favebat: in eodem quoque monte natura duo capita composuerat: inferius plebs Judaeorum incolebat, quae et nostrae parti opitulabatur. In superiore vero Castellum situm est, quod hinc natura loci, illinc muro atque turribus satis munituum conspicitur. In hoc rebelles Aragonenses cum Sarracenis, quos Rex ibi miserat, et urbem sibi subditam depopulabantur, et adjacentes partes depraedabantur». Las acusaciones a los burgueses son constantes en la Iª  Crón. de Sahagún; sobre los de Burgos baste citar: «En aquel tienpo, todos los burgeses que eran en la villa que se llamava Burgos, e en Carrión, e en la villa de Sant Fagúm, con obstinado coraçón, con el rrei de Aragón fiçieron conjuraçión de se rrebelar contra la rreina, e cogida consiguo la mano de los cavalleros aragoneses, toda la tierra e rregión que es enclusa desde el monte llamado Auca fasta el rrío que se llama Éstula e desde la altura del monte Perineo llamado Peña Corada fasta la çiudad de Çamora así como las aguas corren de Duero, toda esta tierra e rregión... los sobredichos burgeses con fierro e flama despoblaron e destroyeron...»; «...e la rreina ...bínose para Burgos e, como los aragoneses que estavan en el castillo que enseñorea a la villa non la quisiesen rreçevir, conbatióle e fíçoles salir del castillo ...e partióse. A gran pena era fuera de las puertas de la villa, e los burgeses enbiaron mensajero al rrei que biniese a más andar ...e los burgeses, quebrantando el juramento de su fee, diéronse con la villa e castillo al rrei, e ansí engañaron a la rreina, e semexantemente ynbiaron mensajeros a Carrión e a Sant Fagún para que fiçiesen lo semejante» (§ 28, BRAE, LXXVI, pp. 343, 345). Más tarde, en 1127, los judíos volverán a actuar a favor del partido borgoñón, según la Chron. Adef. Imp. (§ 8): «Quiddam autem miles Aragonensis nomine Sanctius Arnaldi, Burgensis castelli custus erat, qui, quia pacifice castellum regi dare noluit, a iudaeis et christianis expugnatus est...».

71 Como definirá los viejos límites de Navarra la Crónica de San Juan de la Peña con motivo de las paces de Támara (1127). 

72 Cfr. Hist. Compostellana, Lib. I, cap. 64.3 («Saevus igitur Celtiberus Gallaetiam furibundus intravit...»).

73 El 13-dic.-1119, Alfonso I (desde Pedraza, en la Extremadura segoviana) se dice reinar «in mea populatione quod dicitur Soria» (Fuero de Belchite, en CODOIN-Aragón, VIII, p. 9. Yerra La Fuente, en Esp. Sagr., XLIX, pp. 329-330, cuando lo fecha en 1116). Este doc. Confirma la noticia de los Anales Compostelanos: «Era MCLVII populavit rex Aldefonsus Soriam» (Esp. Sagr., XXIII, p. 31). En mzo.-1120 da fuero a la nueva ciudad (sobre la fecha, véase Serrano y Sanz, BRAE, VIII, 1921, pp. 582-589), situándola en el recién creado obispado de Tarazona, pero dotándola de un amplísimo alfoz equivalente a lo que hoy es la provincia de Soria. La nueva tenencia estará a cargo del «maiordomo Regis» Iñigo López (1121-1125). Cfr. Catalán, «De Nájera a Salobreña», pp. 111-112, nn. 97-101; [y en el presente libro, cap. III. p. 106 y nn. 75-79.

74 No sabemos cuándo entró Alfonso I en Medinaceli; pero en 1121 ó a principios de 1122 restauró, de acuerdo con el arzobispo de Toledo, la diócesis de Sigüenza, y le dio como término las tierras recién sometidas de Calatayud, Ariza, Medinaceli y Daroca. Sabemos, por el Fuero de Carcastillo (1129), que los antiguos pobladores navarro-aragoneses de Medinaceli, al abandonar la plaza, conservaron derechos que habían obtenido por el Fuero de Medinaceli («foras senior Aznar Aznares et sua generacion per foro de Medina, asi es foras Gonzalo Munnoz e suos filios qui populaverint Medina»). Este dato ha sido citado por Molho, «El C.M.C. poema de fronteras». Para más detalles, véase Catalán, «De Nájera a Salobreña», p. 112, nn. 104-105 [aquí atrás, cap. III, p. 107, n. 83] y Ubieto, «Los primeros años de la dióc. de Sigüenza» (1962-63), pp. 135-148.

75 En 1119-1120 Alfonso I se ocupaba en la restauración del obispado de Segovia (el rey se halla en Pedraza 13-dic.-1119, y el 25-en.-1120 es consagrado el primer obispo). Cfr. Catalán, «De Nájera a Salobreña» p. 111, n. 97 [o aquí atrás, cap. III, p. 106, n. 75). Y todavía en 1122 hallamos al «senior Enneco Simeonis domines Secobie et Septempublicae et toti Stremature» confirmando los fueros de Santa María de Tera concedidos por el obispo de Tarazona (S. Mill., 303 ó Sep., doc. 4) y al mismo «senior Enneco Ximinones in Extrematura» confirmando (en dic.) unas donaciones hechas por Alfonso I, desde Fresno (Martín Postigo, «Alf. I el Batall. y Segovia», Est. Segovianos, XIX, 1967, pp. 205-252).

76 En 1123 (nov. y sin mes), Urraca y Alfonso VII repiten (¿confirman?) las donaciones hechas a Segovia el año anterior por Alfonso I (Martín Postigo, «Alf. I el Batall. y Segovia») y en el año siguiente (1-feb.) Urraca, acompañada de su hijo, hace una donación al obispo de Sigüenza, confirmada, entre otros, por el obispo de Segovia (Minguella, Hist. dióc. Sigüenza, doc. 1). Las paces de Támara (jul.-1127), que evitaron el encuentro armado de Alfonso VII y Alfonso I, reconocieron el statu quo: Alfonso Raimúndez no puso en tela de juicio los límites de la gran Navarra y Alfonso I reconoció que el recientemente restaurado obispado de Sigüenza abarcaba territorios no sólo navarro-aragoneses (Ariza, Calatayud, Daroca), sino también castellanos (Medinaceli, Atienza, Sigüenza). No debió de haber entrega de territorios con ocasión de la paz (Cfr. Catalán, «De Nájera a Salobreña», pp. 114-115, nn. 119-120) [aquí atrás, cap. III, p. 110, nn. 97-98).

77 Mientras vivió Alfonso I, Alfonso Raimúndez se vio forzado a reconocer que los límites de Navarra incluían Alava, Montes de Oca, San Esteban de Gormaz y Berlanga. Ya en 1111, Alfonso I había incorporado San Esteban al sistema de tenencias navarras: «Senior Acenar Acenariç in Funes et in Sancto Stephano de Gormaç» (Doc. reconq., § 229); más tarde los tiene Fortún López (desde feb.-1127, cfr. EEMCA, III, 1947-48, p. 467, n. 24). En 1128-1129, Alfonso I se dedica a organizar la comarca en torno a San Esteban de Gormaz y Soria, completando la tenencia de Borovia con otras en Agreda, Los Fayos, Almenar y Ribarroya, emprendiendo la población de Almazán, que pretende rebautizar «Placencia», y estableciendo el Monreal de Ariza. (Para más detalles, véase, Catalán, «De Nájera a Salobreña», pp. 114-115, nn. 118, 121-127) [aquí atrás, cap. III, p. 106-107, nn. 96, 99-105].

78 Cfr. Catalán, «De Nájera a Salobreña», p. 115, nn. 128-130 [aquí atrás pp. 111-112 y nn. 106-108].

79 Valencia y Tortosa en 1102; la Sahla, a poco de morir Abū Marwān b. Rāzī llamado Ḥ̣̣̣usām al-dawla, cuando los almorávides destronan a su hijo (según Ibn Idārī, trad. Huici, p. 104; cfr. Bosch Vilá, Albarracín musulmán, 1950); Cuenca, tras la derrota de los capitanes del viejo emperador en Uclés, 30-may.-1108 (todavía en 1107 Alfonso se preciaba de reinar «de Calagurra usque ad Cuenca»). Zorita resistirá más; sólo se perdió en la campaña de Mazdalî de 1113 / 1114. Sistematizo las noticias en «De Nájera a Salobreña», pp. 104-105 (y nn. 42-45), 106-107 (y nn. 57-64) y 108 (y nn. 73-75); [véase aquí atrás cap. III, pp. 94-95 (y nn. 20-23), 97-99 (y nn. 35-42), 101 (y nn. 51-53)].

80 No creo que exagere Molho («El C.M.C. poema de fronteras») cuando afirma: «La leyenda del Cid, tal como se plasma en el Cantar, es esencialmente una leyenda anticastellana nacida en tierras fronterizas que se resistieron a la soberanía del rey de Castilla heredero moral del Imperator Alfonso VI» (p. 245).

81 Es desesperante tener que insistir en lo «sabido» desde antiguo; pero, ante la deplorable situación de las Humanidades, hay que repetir viejas verdades para que quienes recurren al argumento de la «modernidad» de una opinión como prueba de su verdad no se queden con el campo.

82 Mio Cid, vv. 2923-2926. Esta unidad del reino o imperio de Alfonso VI entró en crisis a la muerte del viejo rey, y Castilla, «Extremadura» (San Esteban-Medinaceli-Guadalajara), León, Galicia, Toledo y Portugal no tuvieron entre 1109 y 1126 una historia paralela. Alfonso VII consiguió restaurar (a medias) la unidad del imperio toledano, que había estado a punto de descomponerse en un conjunto de condados feudales; pero la autonomía de Alfonso Henríquez dejó abierto el camino hacia una nueva concepción política de Hispania, que, una vez muerto el Emperador (1157) y, especialmente, en la minoría de Alfonso VIII (1158-1169) daría paso a la nueva estructura política peninsular de «los cinco reinos de España». Basta leer la Chronica latina regum Castellae y la historia del leonés Lucas, futuro obispo de Túy, para ver claro que «Castilla» y «León» son en la primera mitad del s. XIII dos naciones claramente diferenciadas. Pretender que el poeta del Mio Cid «reconstruyese» por erudición histórica una situación política caducada (la de un reino unitario constituido por Castilla, León, Galicia, Portugal y Toledo) es ir contra los principios más elementales de la composición imperantes en la literatura medieval.

83 En el segundo viaje de Alvar Fáñez a «Castiella», cuando llega a Carrión, encuentra al rey escoltado por el conde García Ordóñez, quien se apresura a hacer un comentario hostil al Campeador (vv. 1345-1347), y por allí andan los infantes de Carrión, cuya enemistad tradicional con Rodrigo de Bivar es obvia para ellos mismos (vv. 1375-1347), y de cuya obsequiosidad desconfía Minaya (vv. 1385-90). De nuevo, cuando Alvar Fáñez y Pero Vermudoz van hasta Valladolid al encuentro del rey, su llegada suscita reacciones hostiles de algunos cortesanos (v. 1837) y las victorias del Cid, que los mensajeros cuentan, alarman a García Ordóñez y a «diez de sus parientes», que se apartan a evaluar la situación (vv. 1859-1865). La desconfianza con que Rodrigo mira a la corte de Alfonso «el Castellano» no cesa después de que el rey le devuelve su «amor»: sospechoso de las honrosas bodas que el rey le propone para sus hijas (vv. 1931-1942), sólo acepta entrevistarse con el rey «sobre Tajo, que es una agua [mayor]» (v. 1954, para mayor seguridad de su persona, claro está) y, cuando acude a las Cortes de Toledo, acampa prudentemente en San Serván para no entrar de noche en la ciudad y para tener la protección del Tajo (vv. 3044-3048) y al día siguiente va a la corte escoltado por cien hombres con armaduras bajo las vestiduras cortesanas y con las espadas ocultas (vv. 3072-3081) y él mismo sujeta sus cabellos con una cofia y su barba con un cordón en previsión de cualquier acción contra su honra (vv. 3094-3097).

84 Jamás se detallan en el Mio Cid las jornadas de los viajeros que, en busca del rey, cruzan los reinos de Castilla y de León procedentes de la Frontera, ni en su viaje de ida, ni en su retorno. En el v. 836 Alvar Fáñez sale de Alcocer y en el v. 871 encuentra al rey en «Castiella», sin que al poeta le interese ni el camino ni el escenario del encuentro (sabemos que están en Burgos pues allí debió de pagar Minaya a la iglesia de Santa María las «mil misas» prometidas, v. 931, y de allí trajo «saludes» de los parientes y amigos de los desterrados, vv. 926-929). En el v. 1307 Alvar Fáñez se separa, de nuevo, del Cid, estando ya en Valencia, pero el poeta aclara «Dexarevos las posadas, non las quiero contar»; se dirige a Castilla (v. 1309) y busca al rey (v. 1311) a quien encuentra en Carrión (v. 1313), pues acaba de regresar de Sahagún (v. 1312); al emprender el viaje de vuelta, los infantes de Carrión le acompañan fuera de la villa, pero no se detallan topónimos (vv. 1385-1391); antes de ir a Valencia, Alvar Fáñez recoge en San Pedro de Cardeña (v. 1392) a doña Jimena y a sus hijas y les compra cabalgaduras en Burgos (vv. 1424-1428), pero nada sabemos de sus jornadas antes, ni después en los «cinco días» que tardan desde Cardeña a Medinaceli (v. 1451); en cambio se nos describen con detalle las jornadas de los caballeros que salen desde Valencia a su encuentro a partir del momento en que esos caballeros pasan de Santa María de Albarracín hacia Medinaceli. El último viaje de Alvar Fáñez, esta vez acompañado de Pero Vermudoz, en busca del rey es tan poco informativo como los anteriores: salidos de Valencia (v. 1821), «passando van las sierras e los montes e las aguas» (v. 1826) hasta encontrar a Alfonso en Valladolid (v. 1827); del regreso a Valencia (vv. 1914-1915) no se dan detalles. Hallamos la misma indiferencia respecto a la ruta que el propio Rodrigo sigue para ir «a las aguas de Tajo ó las vistas son aparejadas» (v. 1973): nuevamente se habla de la salida de Valencia (v. 2009) y de la llegada a las vistas (v. 2014), de la vuelta (v. 2167) y de cómo Rodrigo entra en Valencia acompañado de sus yernos («afélos en Valençia la que myo Çid gañó» v. 2175). El viaje de Muño Gustioz a pedir justicia sólo consiste en su salida de Valencia (v. 2920) y su llegada a Sahagún (v. 2922). La ida del rey y sus cortesanos, por una parte, y del Cid y sus vasallos, por otra, a las solemnes cortes de Toledo no suscita más recuerdos toponímicos que el Tajo (v. 3044) y San Serván (v. 3047); la misma penuria geográfica hay respecto a Carrión, con ocasión del combate judicial (vv. 3532, 3534).

85 Cantar de M. C.1 (1908), pp. 34-73. Aunque los topónimos en torno a Medinaceli (Jalón, la Ansarera, val de Arbujuelo, el campo de Taranz, las montañas de Luzón) no aventajan en carácter local a los próximos a San Esteban (el robredo de Corpes, la Torre de doña Urraca, Rio d’Amor, La calçada de Quinea, Alcobiella, el vado de Navapalos, La Figueruela, las Torres de Alilón), Menéndez Pidal consideró su presencia más significativa porque en torno a San Esteban ocurren episodios fundamentales del Poema y en torno a Medinaceli no; por eso sentenció: «Medina figura en la Gesta del Cid sólo por el afecto especial del poeta; San Esteban, por derecho propio» Cantar de M. C.1 (1908), p. 73.

86 «Dos poetas en el Cantar de M. C.», Ro, LXXXII (1961), 145-200; incorporado a En torno al P. del C. (1963), pp. 107-162 (cito por esta ed.).

87 El carácter «circular» de la argumentación me parece evidente: dado que el poeta creador del poema es «verista», «no puede ser el que falsee totalmente lo esencial» (p. 116); por tanto, eso «esencial» antihistórico ha de ser obra de otro poeta no verista. Creo que la defensa de la dualidad o pluralidad de poetas (siempre posible en un género que vive en refundiciones) ha de basarse en otro tipo de argumentación, si es que se pretende negar que el poema conservado sea cabeza de serie. El intento de repartir los conocimientos geográficos entre los dos poetas me parece, por otra parte, no sólo innecesario, sino impertinente, dada la proximidad de las áreas descritas; además la relevancia de la geografía no estriba sólo en el uso de la toponimia menor, sino en llevar la acción narrada hacia tierras que para nada importaron en la biografía real de Rodrigo. En busca de razones históricas contemporáneas a lo referido, Menéndez Pidal recordó en su evaluación más tardía de la cuestión, que, según los mss. I y S de la Historia Roderici, el Cid recibió del rey la donación del «castrum Gormaz» (§ 25); pero la identificación del castillo con el de Gormaz próximo a San Esteban creo que debe rechazarse en vista del texto de la Historia Roderici conocido por Alfonso X, que llamaba al castillo «Ordejón» «Orzejón» (según concuerdan las varias «Crónicas generales» herederas de la Estoria de España, cfr. PCG, p. 536b46). La identificación alfonsí creo que es correcta, dada la existencia en las proximidades de Ordejón de un Gornaçe «in alfoç de Amaia» (sin duda el despoblado actual de Gernaz, en término de Villela), lugar citado en un doc. de 1011 (Oña, § 8, p. 16); sobre Ordejón (docs. de 1182 y 1186), Amaya y este «Gornaçe», véase López Mata, Geogr. del condado de Castilla a la muerte de Fernán González (1957), pp. 146-148. De las donaciones al Cid, sólo Langa «est in extremis locis».

88 Después de abandonar Valencia, Tortosa, Albarracín y Molina a los almorávides, Alfonso se preocupó de fortalecer la frontera levantina de su reino para proteger a Toledo y a la Extremadura castellana, aún a medio poblar. Antes de que el gobernador lamtuní de Valencia pudiera actuar, puso cerco a Medinaceli. El espectacular fracaso de una acción diversiva de los gobernadores almorávides de Granada y Valencia, precipitó la capitulación de la plaza (julio 1104). Fue éste uno de los últimos éxitos militares del viejo rey. Muerto Alfonso VI (30 de junio de 1109) y el rey hudí de Zaragoza al-Musta’īn (24 de enero de 1110), la presencia de gobernadores almorávides en Calatayud representó, enseguida, una grave amenaza para Medinaceli, que tenía entonces [véase atrás, cap. III, n. 49] el conde don Pedro González de Lara (quien pronto habría de ser, si no lo era ya, el amante de la reina doña Urraca). Después de la campaña de 1113-1114, en que el emir Mazdalī, gobernador de Córdoba y Granada, se apoderó de Oreja y Zorita y en que los almorávides llegaron hasta el Duero, poniendo cerco a Berlanga, Medinaceli pasó a poder de los almorávides, pues nos consta que, en 1114, Fernan García, señor de Hita y Guadalajara, intentó en vano recobrarla (según el Rawd al-qirtās, ed. Huici, 1964, pp. 314-315: en 507 [18 junio 1113-6 junio 1114] «supo el emir Mazdalī que Ibn al-Zand Garsīs, señor de Guadalajara, sitiaba a Medinaceli y se dirigió contra él; éste, al saberlo, huyó, levantando el cerco..., etc.»; cfr. Menéndez Pidal, Cantar de M. C.1, p. 74, n. 3). No sabemos cuándo Alfonso I entró en Medinaceli; pero, en 1121 o a principios de 1122, al restaurar la diócesis de Sigüenza, le da como término las tierras recién sometidas de Calatayud, Ariza, Medinaceli y Daroca. En las paces de Támara (julio de 1127), Alfonso I reconoce la pertenencia de Medinaceli a Castilla; quizá se hallaba ya en poder del joven Emperador desde antes de la muerte de su madre (8 de marzo de 1126). Cfr. Catalán «De Nájera a Salobreña» pp. 105-106, 108-109, 112, 115; [o, en este libro, cap. III, pp. 95, 100-102, 107, 110-111].

89 Mio Cid, v. 397.

90 Mio Cid, vv. 2820-2821. Alabanza reforzada por otros comentarios en que el poeta vuelve a mostrar su aprecio por ellos: «Varones de Sant Esteuan, a guisa de muy pros...» (v. 2847); «Graçias, varones de Sant Esteuan, que sodes coñoscedores...» (v. 2851).

91 Mio Cid, vv. 2810-2872.

92 Mio Cid, vv. 2822-2823.

93 Mio Cid, vv. 2813-2819.

94 Menéndez Pidal, Esp. Cid 1 (1929), p. 596. Cito por la 4ª ed. (1947), pp. 558-559 (donde se corrige el «existió realmente», de la 1ª ed., por «existió verdaderamente»).

95 Menéndez Pidal, Esp. Cid 4 (1947), p. 559. En la ed. de 1929 esta admiración ofrecía la variante: «...fraguada toda ella con masa histórica».

96 Como subraya, Menéndez Pidal, En torno al P. del C., p. 194, «este personaje no toma parte en la acción del Cantar, ni vuelve a ser nombrado jamás». En el Mio Cid actúan como dramatis personae un variado conjunto de hombres y mujeres: el Cid; doña Jimena, doña Elvira y doña Sol; Alvar Fáñez, Martín Antolínez, Pero Vermudoz y Muño Gustioz; el abad don Sancho y el obispo don Jerónimo; Félez Muñoz; Aben Galbón; el rey don Alfonso y sus yernos don Enrique y don Ramón; Garci Ordóñez, los infantes de Carrión Diego, Fernando y Asuero; el conde don Ramón de Barcelona; el rey Tamín, Fáriz y Galve, el rey de Sevilla y el rey Búcar; Raquel y Vidas, y algunos peronajes «colectivos». Otros actores sólo aparecen para enriquecer históricamente el relato: Martín Muñoz de Montemayor, Galind García, Alvar Álvarez y Alvar Salvadórez; el conde don Fruela y el conde don Beltrán; Alvar Díaz de Oca, Gómez Peláez, Gonzalo Ansúrez y, si aceptamos el testimonio de Alfonso X sobre el Mio Cid (resumido en la Versión crítica de su Estoria de España), Per Ansúrez (cfr. Menéndez Pidal, Cantar de M. C.1, s.v. «Beltrán»); Iñigo Jiménez y Ojarra; Malanda; Yuçef de Marruecos, y nuestro Diego Téllez.

97 Fueron reunidas progresivamente por Menéndez Pidal. La lista más´actualizada figura ya en las «Adiciones» a Cantar de M. C.2, 1942, pp. 1216-1217 (en donde, además, se remite a los documentos que conocía desde antiguo: Cantar de M. C.1, 1911, s.v. «Diego Téllez»).

98 Mio Cid, v. 2814.

99 El documento, ed. por Serrano, S. Mill. (1930), p. 266 y por Sáez, Sep. I (1956), pp. 10-11 (n.o 3), recuerda que el merino Petro Iohanne, «qui in diebus his populavit Septempublicam», hizo una donación al monasterio de San Millán, que después («post multis diebus») le fue quitada; «sed postea, senior Didaco Telliz, dominante Septempublica, cum aliis bonis testimoniis, dixit ad rex, in riuo de Spiritu, apud Secovia, de illa serna», y el rey confirmó la donación, «era Mª Cª XXª IIIIª».

100 Según llamó ya la atención Menéndez Pidal, en la «Adición» al Cantar de M. C.2, p. 1217, cuando Alfonso VI en 1076 puebla Sepúlveda, la demarcación del término concedido a la villa lleva cuatro firmas, siendo la primera la de Alvar Háñez («Albar Hannez Testis») y la segunda la de Fernan García (cfr. atrás, n. 88), véase Los fueros de Sepúlveda, ed. Sáez (1953), p. 46.

101 «Las vidas del tío y del sobrino corrieron más apartadas de lo que el Cantar supone, tanto que la Historia latina del héroe pudo escribirse sin nombrar una sola vez a Alvar Fáñez», reconoce en 1913 Menéndez Pidal (Poe. de M. C., p. 20), y en 1911 había llegado a afirmar: «Parece que o no acompañó al Cid en su destierro o si le acompañó fue por poco tiempo» (Cantar de M. C.1, p. 440). En efecto, la documentación nos muestra a Alvar Háñez junto al rey o sirviendo al rey en diversas empresas o misiones en 1076, 1078, 1085-1086, 1086, 1087, 1090, 1091, 1093, 1094, 1097, 1099 (el «poco tiempo» de Menéndez Pidal se refiere a los años 1081-1084 en que nada sabemos de Alvar Háñez). La suposición de que Alvar Háñez acompañó ininterrumpidamente al Cid en sus años de destierro fue siempre considerada por Menéndez Pidal como una de las más importantes desviaciones de la historia que se permitió el poeta, y en 1963 (En torno al P. del C., pp. 113-114) la explica por el deseo de hacer de él el «deuteragonista del poema».

102 La estructura dramática de los poemas épicos permitiría aceptar que el primer verso conservado del Mio Cid fuera el verso inicial del poema; pero, para defender esa hipótesis, según hace Pardo («Los versos 1-9 del Poema del Mio Cid; ¿No comenzaba ahí el Poema?», BICC, XXVII, 1972, pp. 261-292), es preciso olvidar demasiados datos positivos. Ante todo, la factura material del códice único, que denuncia a las claras la falta del folio inicial; luego, la sintaxis del v. 2 «tornava la cabeça e estava los catando», donde el pronombre exige que se hayan nombrado antes los «palacios» de Vivar (según reconoce incluso Smith en su ed., 1972, p. 2); finalmente, el testimonio de las prosificaciones cronísticas de la escena. Admitido que el Poema empezaba antes del v. 1, queda por resolver cómo era su comienzo: la edición crítica de Menéndez Pidal, Cantar de M. C. (1911), pp. 1022-1024, ha confundido a muchos lectores, al prologar el Mio Cid con los capítulos que la Estoria de España (en 1270 y en 1282/83) toma de la Historia Roderici, referentes a la ida del Cid a Sevilla para cobrar las parias, a la batalla de Cabra, en que el Cid vence a García Ordóñez, Lope Sánchez, Diego Pérez y otros auxiliares del rey de Granada, y a la acción de Rodrigo contra los moros de Toledo que suscitó las acusaciones de los «mestureros» y la ira del rey. Ninguno de estos episodios históricos tenía por qué figurar en el Mio Cid; el dato épico «e mesóle una pieça de la barva», que la Versión crítica (y, por tanto, la Crónica de veinte reyes) interpola en el relato de la Estoria de España alfonsí que le servía de base, es un recuerdo de los vv. 3287-3290 del Mio Cid y, contra lo que piensa Menéndez Pidal en Cantar de M. C.1 (1911), pp. 1022-1024, n. 1, responde bien a sus métodos de refundición (cfr. Catalán, «El Mio Cid de Alf. X», 1963, pp. 207-214 ó La Estoria de Esp. de Alf. X, 1992, pp. 100-107 [y, mejor, el cap. V, pp. 191-203, del presente libro]. La técnica compilatoria de la Estoria de España alfonsí explica que la prosificación de la salida del Cid al destierro, tal como se contaba en el Mio Cid, sirva para enriquecer el relato cronístico previo basado en la Historia Roderici; pensar, como sugiere Smith (p. 1-2), que, para construir la escena inicial de su canción de gesta «the author of the PMC similarly translated from the Historia and made few poetic additions, his probable medium being prose», supone atribuir al poeta el trabajo erudito y las intenciones de Alfonso X y de Menéndez Pidal y pone de manifiesto un desconocimiento total de cómo hacían historia los historiadores letrados del s. XIII. El Mio Cid empezaría in medias res (como la gesta de Los Infantes de Salas) con la escena del diálogo de Rodrigo con su criazón, escena que resume brevemente la Estoria de España de Alfonso X (PCG, p. 523b6-19) y reproduce, tomándola de ella, la Versión crítica. Una versión poética de esa escena se nos conserva, casi perfecta, en la Crónica de Castilla, que reformó la Estoria de España recurriendo a los versos de una Refundición del Mio Cid que conocía (Catalán, La Estoria de Esp. de Alf. X, 1992, cap. VI, y Armistead, «The Initial Verses of the Cantar de Mio Cid», LCo, XII, 1984, 178-186).

103 Cambio «cormano», «primo cormano», que ofrecen los manuscritos (el nuevo parentesco supuesto por la Refundición), por «sobrino caro», en vista de que en los vv. 3438 y 3447 de Mio Cid Minaya, cuando reta a los del bando de Carrión, llama a las hijas del Cid «mis primas». La escena de la Refundición, como destaca bien Armistead, sólo en parte hereda la del Mio Cid viejo. En el Mio Cid viejo es obvio que los palacios no se quedan desiertos porque el Cid se lleve consigo «el aver» (según afirma la Crónica de Castilla basándose en la nueva versión poética), sino porque la ira del rey se ha hecho sentir ya antes, confiscando a Rodrigo sus bienes; por eso sale pobre y por eso están ya su mujer e hijas refugiadas en el monasterio de Cardeña. La Refundición del Mio Cid conocida de la Crónica de Castilla era un poema cíclico, que empalmaba (como luego el romance de La jura de Santa Gadea, conservado en el ms. Eg-1875 del British Mus., véase Menéndez Pidal, Est. sobre el Rom., 1973, pp. 92-94) la escena final del último cantar (el «de Zamora») de la gesta de Las particiones del rey don Fernando, esto es la jura en Santa Gadea, con el destierro procedente del Mio Cid, según muestran los restos de versificación y la prosa de la Crónica de Castilla; de ahí las diferencias; [véase ahora Catalán, La épica española (2000), pp. 300-313].

104 Menéndez Pidal, Cantar de M. C.2 (1944-1946), «Adiciones», p. 1211, s.v. Minaya. [El tratamiento de «mi anaya» que en docs de la reina Urraca reciben tanto Alvar Háñez como Fernan García se debe a que ambos fueron yernos de Pedro Ansúrez «nutritius reginae»].

105 A. Várvaro, «Dalla storia alla poesia epica: Alvar Fáñez», Studi Pellegrini (1971), pp. 655-665. 

106 Mio Cid, v. 735.

107 Menéndez Pidal, Esp. Cid 7 (1969), pp. 309-316. También irá don Álvaro como embajador, en 1090, a «persuadir» al rey ‘Abd-Allāh de Granada de que pague parias a Alfonso VI (Lévi-Provençal, en Al-Andalus, IV, 1936, pp. 81, 85-86, 105-112).

108 Hay varios documentos en que consta su señorío sobre Zorita y Santaver: 29-mayo-1097 en Aguilera sobre Duero firma «Alvar Fañez de Zorita» (Férotin, Silos, § 25); 8-mayo-1107 en Castro de Monzón «Albarus Faniz dominus de Zorita et de Sancta Uenia» (Sánchez Albornoz, Despoblación y repoblación, p. 389). Cuenca (entregada a Alfonso VI con ocasión de la conversión de Zaida y sus caballeros) no llegó a perderse con la derrota que sufrió Alvar Fáñez a manos de Ibn ‘Â’iša a. 490 (1096/0197) antes de que Yūsuf regresara a Marruecos (Menéndez Pidal, Esp. Cid 7, 1969, pp. 537-538 y n. 4), pues en 1107 Alfonso VI se preciaba de reinar «de Calagurra usque ad Cuenca» (S. Millán, 292). La derrota de Uclés (30-may.-1108), en que murieron el joven infante don Sancho, el conde Garci Ordóñez y otros varios condes, provocó el derrumbamiento de la primera línea de defensa del alto Tajo: Cuenca, Huete, Uclés, Ocaña (Rodericus Toletanus, De rebus Hispaniae VI, 32, que incluye en la lista a Consuegra, perdida ya en 1099, y Oreja, que se perderá en 1113). Según los Anales Toledanos I (ed. Flórez, en Esp. Sagr., XXIII, 1767, p. 387) hubo una recuperación de Cuenca: «Albar Hannez priso Cuenca de moros en el mes de Julio era MCXLIX» (a. 1111). El embate decisivo para el fin del señorío de Alvar Háñez fue el de Mazdalî en 1113-1114 (Chron. Adefonsi Imperatoris, ed. Sánchez Belda, §§ 107-108; al-Bayān al mugrib, ed. Huici, a. 507), en que el gobernador de Córdoba y Granada se apoderó de Oreja y Zorita.

109 En la campaña en que Alī b. Yūsuf se apodera de Talavera (1109) y, tras atravesar la tierra que fue de Alvar Háñez, destruye los muros de Madrid, Olmos y Canales (y, según creo, toma Alcalá), combate a Toledo por una semana, siendo defendida la ciudad por Alvar Háñez (Chron. Adefonsi Imperatoris §§ 96-102; al-Bayān al mugrib a. 503 [1109/1110]). Sobre el gobierno de Toledo por Alvar Háñez conozco documentación de 22-Jl.-1109 (Risco, Esp. Sagr., XXXVI, ap. 43o: «Toletule dux»); de 1110 (Llorente, Noticias de las Prov. Vasc., IV, 10-11: «in Toleto et in Pinnafidele»; Lucas, «Valb.», EEMCA, IV, 1951, p. 195: «Toletum et Pennam fidelem»), y de 19-mar.-1113 (Hernández, Los cartularios de Toledo, núm. 17, p. 21: «tunc temporis Toletani principis»).

110 «Los de Segovia después de las Octavas de Pascua mayor mataron a Albar Hánnez, Era MCLII», según los Anales Toledanos I (ed. Flórez, Esp. Sagr., XXIII, p. 387).

111 [Yerran aquellos historiadores que identifican al Álvaro Rodríguez del Carmen con el hijo de Rodrigo Fernández de Castro. Según dejan bien ver los vv. 246-247, se trata del hijo del conde Rodrigo Vela, pues uno y otro fueron señores de Montenegro y tierras de Lugo (Lemos y Sarria); su madre fue Urraca Álvarez, hija de Alvar Háñez (Salazar Acha, «Los Vela», 1985, pp. 52-54; Barton, The Aristocracy 1997, pp. 158-159, 178, n. 178, 299, 312-313. Torres, Linajes, 1999, no acierta en su distribución de los hechos atribuibles a una y otra pareja de Álvaros y Rodrigos)].

112 Utilizo la ed. de Gil, «Carmen de expugnatione Almariae urbis», en Habis, 5 (1974), pp. 45-64, vv. 222-226 (p. 58), y en Chronica hispana saeculi XII (ed. Falque et alii, 1990, pp. 249-267); también la de Sánchez Belda, en Chronica Adefonsi Imperatoris (1950), vv. 209-213 (p. 178). La rima interna del Carmen me impide aceptar el orden de los vv. 222-223 de la ed. Gil («Cognitus omnibus est auus Aluarus, arx probitatis, / Nex minus hostibus est itidem pius, urbs bonitatis»), aunque prefiero su corrección «est itidem pius» < «extitit impius» a la de Sánchez Belda «extitit impiis» (en el v. 210 de su numeración). Versión castellana: «De todos es conocido (y no menos de los enemigos) su abuelo Álvaro. Fue alcázar de lealtad y honradez, ciudad de virtud. Pues he oido decir que aquel ínclito Alvar Fáñez domeñó a los pueblos musulmanes y que las ciudades fuertes y castillos de ellos no pudieron resistírsele».

113 El tono triunfal del Carmen excluye la posibilidad de que se compusiera después de la pérdida de Almería 21 de agosto de 1157, pérdida que vino a privar de importancia histórica al hecho cantado. Creo, con Ubieto, «Sugerencias sobre la Chronica Adefonsi Imperatoris», CHE, XXV-XXVI (1957), 317-326, que la Historia se escribió a raíz de la conquista de Almería, aunque las razones que Ubieto alega para datar la «mayor parte» de ella antes de 1149 no sean decisivas.

114 Eds. cits., vv. 233-238 y 220-225 (pp. 58 y 178), respectivamente. Versión castellana: ‘El propio Rodrigo, llamado comúnmente Mio Cid, de quien se canta que nunca fue vencido por sus enemigos, aquél que domeñó a los moros y que igualmente venció a nuestros condes, lo exaltaba, considerándose a sí mismo digno de menor alabanza que él, aunque debo confesar la verdad, la cual el paso de los días nunca alterará: Mio Cid fue el primero y Álvaro el segundo’.

115 El poeta está haciendo el elogio de cada uno de los caudillos del ejército imperial. Al llegar a hablar de «Aluarus... Roderici filius» se detiene a exaltar las glorias de su padre y, sobre todo, de su abuelo «Aluarus ille Fannici» y, en medio del elogio de Alvar Háñez, surge la comparación con el Cid. Rico, «Tradiciones épicas», BRAE, LXV (1985), 197-211, ironiza, con razón, sobre el «trato bien singular y curioso» que recibe Alvar Rodríguez en el Carmen de expugnatione Almariae urbis: «De suerte que el pobre Alvar Rodríguez se queda en cola de ratón: por debajo del padre, del abuelo, de Roldán y Oliveros, y ni se sabe hasta qué punto por debajo del Cid» (pp. 197-198). «Es patente que Alvar Rodríguez se achica ahí, casi hasta esfumarse, frente a la talla de Alvar Fáñez; y Alvar Fáñez queda empequeñecido a su vez por el contraste con Mio Cid. ¿Cómo explicarse semejante cadena de paradojas, si no es porque los materiales llegaron a nuestro anónimo ya decididamente trabajados y articulados? Fueran cuales fueran sus merecimientos propios, en el Poema [léase Carmen], Alvar Rodríguez era sobre todo el recuerdo de su abuelo; y Alvar Fáñez era primordialmente el recuerdo de Rodrígo Díaz» (p. 205).

116 Este sobrenombre sólo se universalizó a partir de la prosificación del Poema en la Estoria de España de Alfonso X (según notó Menéndez Pidal, Cantar de M. C.3, 1956, s.v.). Parece tener sus raíces en Navarra y Aragón: el topónimo «Poyo de Mio Cit» (cfr. v. 902 del Mio Cid) se consigna en 1154 en el Fuero de Molina y «mio Çith el Campiador» es la forma empleada en 1194/96 en la redacción navarra original del Libro de las generaciones (o Liber Regum) para presentárnoslo como abuelo del rey García de Navarra (y al incluir la genealogía de Christina, la madre del rey García, a quien se hace descendiente de Layn Calvo). Del Libro de las generaciones pasó a Fray Juan Gil de Zamora.

117 Por muy hipercrítico que se quiera ser, el contexto no permite entenderlo de otra manera. Como señala R. Lapesa, «Sobre el M. C. Cuest. hist.», § 4, reed. 1985, pp. 36-47, «el cantatur se refiere indudablemente a un poema narrativo cantado o salmodiado por juglares épicos, por los cedreros recibidos en las cortes señoriales y escuchados con entusiasmo en las plazas de las villas. Por algo la épica medieval está constituida principalmente por cantares de gesta». Cfr., también el razonamiento de Rico, «Tradiciones épicas», pp. 204-206.

118 Aunque la humillación histórica del conde Garci Ordóñez de Nájera y del conde Berenguer Ramón de Barcelona fueron cantadas desde Cataluña por el Carmen Campidoctoris, el Mio Cid las recuerda también, junto con la legendaria de los «hijos del conde don Gonzalo» de Carrión; por otra parte, las victorias sobre los moros, aunque bien notorias, se cantan en el Mio Cid y no en el Carmen Campidoctoris.

119 Entre los que así piensan, quiero recordar, en vista de su precavida actitud crítica respecto a la «herencia» menéndez-pidalina, a J. Horrent, Historia y poesía. En torno al «Cantar del Cid», 1974, pp. 341-374; y a F. Rico, «Tradiciones épicas», quien concluye tajantemente (pp. 205-206): «Claro está que la respuesta a nuestros interrogantes no es ningún hallazgo: en 1148 debía existir un Cantar del Cid “cognitus omnibus” y de contenido substancialmente igual al conservado, donde Alvar Fáñez, “una fardida lança” es el “diestro braço” de “Mio Cidi” y reiteradamente encomiado por él (mientras que en los sáficos –Carmen Campidoctoris– o en la Crónica latina –Hist. Roderici–... no figura para nada). Si hasta aquí no he aducido esa solución tan poco recóndita, ha sido para mostrar con más eficacia en qué medida los nuevos datos nos guían, por distinto camino, a las mismas conclusiones que hoy a menudo quisieran descartar por viejas... Personalmente, me atrevo, a insistir en la sospecha de que no habría excesivas divergencias entre la versión conocida [del Cantar del Cid] y la que circulaba hacia 1148».

120 Siempre es posible rizar el rizo: C. Smith, con el fin de deshacerse del obstáculo que para sus tesis representa el pasaje del Carmen de expugnatione Almariae urbis, supone que el docto hombre de leyes que compuso el Mio Cid se inspiró en esta digresión del cantor de la conquista de Almería para idear la pareja «Mio Cid»-Alvar Fáñez y construir su poema (pero, al autor del Carmen ¿de dónde le vino la idea?, ¿o es que sólo el poeta del Mio Cid tiene «fuentes»?). El caso que comentamos tipifica bien el «nuevo estilo» de crítica imaginativa antifiológica practicado por Smith en The Making of the «Poema de Mio Cid» (1983), que T. Montgomery, en su reseña «Mythopeia and Myopia», JHiPh, VIII (1983), 7-16, describe, un tanto sarcásticamente, diciendo: «Smith... does not mind imagining, on virtually no evidence, a prose introduction to the Poem, a Cidian archive in Salamanca, an early lost version of Florence de Rome, a florilegium of Classical texts, a hypothetical later polished version of the Cantar all visibly absent but visibly imaginable». Con toda razón Rico, «Tradiciones épicas», comenta (p. 203): «Me confieso enteramente incapaz de imaginar que nuestro anónimo –el poeta del Carmen Almeriense– se inventara, a zaga de Virgilio, el vínculo entre Alvar Fáñez y el Cid, y luego, contra Virgilio, atribuyera al personaje a quien está loando el papel secundario dentro de la pareja que él mismo había inventado (sabría Dios, entonces, para qué). Un razonamiento en esa línea sería una afrenta al sentido común».

121 La fecha de composición del Mio Cid sigue siendo y seguirá siendo una cuestión debatida, tanto si se acepta que el manuscrito del s. XIV conservado procede del «original» por vía exclusivamente escrita, o si se admite una vía mixta oral y escrita (o se piensa en una vía exclusivamente oral, lo que no creo aceptable). No comparto la opinión de aquellos que dan por zanjada la cuestión y aceptan, tal cual hoy se lee, la era del explicit («un típico colofón de amanuense», según nota bien, una vez más, Rico «Tradiciones épicas», p. 208) como fecha de «redacción» de la obra. En los últimos decenios, los medievalistas se esfuerzan, cosa natural, por superar la etapa «menéndez-pidalina» de los estudios sobre el Cid (y alrededores); pero, por desgracia, la creciente especialización del saber y un nuevo ritmo vital privan a estos críticos de la posibilidad de levantar de un golpe un edificio de nueva planta que sustituya con ventaja al previo. De ahí que, ante la dificultad de adquirir hoy unos conocimientos interdisciplinarios como los de Menéndez Pidal, muchos de los «revisionistas» necesiten dar por buenas las reformas que cada cual va haciendo en el edificio y utilicen de continuo el argumento de «autoridad», suponiendo que otros han demostrado ya algo que les sirve de apoyo a sus construcciones. Lapesa ha llamado la atención sobre este hecho, al ir desmontando cuidadosamente toda una serie de argumentos (que en la segunda mitad del s. XX se han venido dando por buenos) para retrasar la fecha de composición del Poema («Sobre el M. C. Cuest. hist.» y «Sobre el M. C. Cuest. ling.», 1980 y 1982; reeditados en Est. de hist. ling. esp., 1985, pp. 11-42). Lapesa no presta suficiente atención a uno de los pocos argumentos de Ubieto (El Cantar de M. C., 1973) contra la datación de Menéndez Pidal que pudiera ser de peso: cuando se pactó (como resultado de las paces de Támara, 1127) la reestructuración de las diócesis de Sigüenza y Tarazona en 1136-1138 (límites confirmados en 1144-45), Cetina no aparece nombrada, aunque justamente vendría a caer en la frontera; por tanto, según piensa Ubieto, el fuero concedido a Cetina por Guillén de Belmes (quien actuó como prior de Aragón entre 1144 y 1157) habría sido concedido con ocasión de su población ex nihilo (pp. 41-44). Ahora bien, la inexistencia previa del topónimo es imposible, dada su etimología árabe: Cetina < S̣̣̣addīna, tribu beréber perteneciente a una de las ramas de los Banu-Fâtīn (cfr. Oliver Asín, en Al-Andalus, XXXVIII, 1973, p. 367); además, como destaca R. Menéndez Pidal, En torno al P. del C., p. 166, «el mismo fuero de Cetina dice que allí había pobladores antes».

122 Menéndez Pidal, Esp. Cid 7 (1969), pp. 917-919.

123 En otro lugar, Catalán, «Sobre el ihante», pp. 219-233 [véase en este libro el cap. II], he probado que el abuelo de García Ramírez fue el infante bastardo don Sancho y no el infante don Ramiro, como creía Menéndez Pidal, Esp. Cid 7, Disq. 60ª. Mi argumentación se basa en el testimonio coincidente del Libro de las generaciones o Liber Regum (1194/96) y de la Chronica latina regum Castellae (acabada en 1236), que dan el nombre correcto del abuelo del Restaurador, en la documentación referente a ese infante, hijo primogénito del rey García de Nájera, y en la identificación del hijo del rey García «expulsus a hoc regno propter imbecillitatem suam per Aldefonsum regem Castella», de que hablan los comisionados de Sancho el Sabio de Navarra en 1177, con el hijo del rey García que «salió para el país del Islam y fue el iffante que prendió fuego a la mezquita de Elvira y fue muerto en Rueda», a que se refiere el historiador musulmán Abū Bakr b.Abd al-Raḥmān. El que el infante don Ramiro (hijo legítimo del rey don García) también muriera en la traición de Rueda, donde perdieron la vida muchos grandes hombres, dio pie a la confusión. El infante don Sancho había sido ya identificado por R. del Arco, «Dos infantes de Navarra señores de Monzón», Príncipe de Viana, X (1949), pp. 249-274, y por G. de Pamplona, «La filiación y derechos al trono de Navarra de García Ramírez el Restaurador», Príncipe de Viana, X (1949), 275-283.

124 La versión original navarra del Libro de las generaciones (Liber Regum), se redactó desde 1194 (antes de morir Sancho de Navarra) a 1196 comienzo del reinado de Pedro II de Aragón). Se nos conserva mutilada en el Cronicón Villarense (eds. de Serrano y Sanz, en BRAE, VI, 1919, pp. 192-220 y de Cooper, El Liber Regum, Zaragoza, 1960), pues faltan folios entre el fol. 34 y el 35 (en 34v. queda interrumpida la frase final en que termina el folio). Pero tenemos otros testimonios sobre el contenido de esta parte que falta en el ms. villarense (véase n. 127).

125 Serrano y Sanz, Cronicón Villarense, p. 212.

126 Serrano y Sanz, Cronicón Villarense, p. 209.

127 Aunque la mutilación del manuscrito más antiguo del Liber Regum (el Cronicón Villarense) nos impida comprobarlo, es seguro que la versión original navarra incluía ya la genealogía de la madre de García Ramírez, doña Christina, hija del Cid, y descendiente de Laín Calvo (a que alude la frase citada en texto). La conocemos gracias al Liber Regum refundido (o Liber Regum 2) de entre 1217 y 1223, hecho en Toledo por iniciativa del arzobispo Ximénez de Rada, y también a través del fragmento  («Linage de los reyes d’Espanya») del Liber Regum de 1194-1196, conservado en los Fueros de Sobrarbe-Navarra, y a través del Libro de las generaciones de entre 1260 y 1269, que se basan en la redacción vieja. Véase Catalán y De Andrés, Crón. de 1344, pp. LIIILVI y nn. 2-16 (y bibliografía allí citada).

128 Serrano y Sanz, Cronicón Villarense, p. 209.

129 Catalán, «Sobre el ihante» (1966), pp. 216-220; [aquí atrás, cap. II, pp. 56-61].

130 Según las noticias contemporáneas procedentes de la Navarra de Sancho Ramírez, rey de Aragón y Pamplona: «Sancius Rex... qui interfectus est a fratre suo, et a sorore, uel a maioribus patrie sue», recuerda San Veremundo, abad de Irache, en el preámbulo de una permuta, 23-F-1082 (Irache, 1965, p. 82); «...a Rege Domno Sancio, prole Garsiae regis, quem interfecerunt frater suus Regimundus, et soror Ermisenda, necnon, et principes eius infidelissimi», denuncia en 1079 una donación al monasterio de Leyre (Becerro de Leyre, p. 227). Véase Moret, Investig., lib. III, c. IV, §§ 28 y 28.

131 En el año mismo del regicidio de Peñalén, 1076, el conde de «toda» Vizcaya Iñigo López (que, hasta comienzos de ese mismo año, había tenido Nájera por el rey don Sancho. Cfr. Lucas, «Valb.», pp. 510-511, y S. Mill., 236) reconoce a Alfonso VI dándole ese pomposo título. A partir de 1077 Alfonso VI comenzará a titularse «totius Hispanie imperator», sin duda en virtud de la anexión del reino de Nájera y del vasallaje del rey aragonés.

132 Acerca de estos personajes y hechos, véase Catalán, «Sobre el ihante», pp. 218-220 y nn. 37-43 [o el cap. II del presente libro], donde cito la documentación que apoya las afirmaciones que aquí hago.

133 Mio Cid, vv. 3283-3290.

134 «Valb.», §§ 198 y 199, pp. 605-606. Sobre el «Renacimiento de la Gran Navarra najerense bajo Alfonso I», véase Catalán, «De Nájera a Salobreña» (1975), pp. 109-110; [o, mejor, aquí atrás el cap. III.e].

135 Según la datación de un documento de 1134, Doc. reconq., ed. Lacarra, § 336.

136 Ya el 10 de noviembre de 1134, Alfonso VII se dice «imperator... in Toleto regia urbe, Legione et Castella et Nagera» (S. Mill., § 305).

137 Según señala P. Rassow, Die Urkunden Kaiser Alfons’ VII. Von Spanien, 1929 (separata del Archiv für Urkundenforschung, X.3, pp. 328-467 y XI.1, pp. 66-137), p. 364, en los años 1126 y 1127 ocupó varias veces el cargo de «alférez» de Alfonso VII (según docs. de 12-dic.-1126; 1127, sin mes, y 13-nov.-1127). Más tarde, el Emperador mantuvo en ese cargo por largo tiempo a don Manrique («Amalricus»), hermano de madre de don García. 

138 «El conde don García, su enemigo malo», Mio Cid, v. 1836; «el Crespo de Grañón», Mio Cid, v. 3112.

139 Sobre los pactos de Alfonso VII con el conde de Barcelona Ramón Berenguer para repartirse el reino navarro de García Ramírez, véase Ubieto, «Nav.-Arag. y la idea imperial», pp. 56-58 y 74. El Restaurador, amenazado militarmente por Alfonso VII, que acude a la frontera de Alfaro y acampa (7-0ct.-1140) «inter ambas aguas in loco, qui est in via, qua itur de Sancto Petro ad Calagurram» (cfr. Rassow, Die Urkunden, p. 435), consigue entenderse con el Emperador y hacerle romper el plan de reparto de su reino. El 25-oct.-1140 fecha Alfonso VII un diploma consignando: «facta carta in ripa Hyberu, inter Calagurram et Pharo tempore quo Imperator cum rege Garcia pacem firmavit, et filium suum cum eius filia desposavit» (doc. del Arch. G. de Nav. Monasterios; lo cito a través de Ubieto, «Nav.-Arag. y la idea imperial», n. 79; cfr. La Fuente, Esp. Sagr., L, pp. 398-399, en que se edita el doc. «ex codice Fiterensi dicto libro Tumbo»; creo más correcta la lectura de Moret en Annales, II, 1766, Lib. XVIII, cap. V, § 4, cuando hace a Alfonso VII imperante en «Naxera» y no en «Nauarra»).

140 Los pactos «in ripa Hyberu» no solucionaron el conflicto entre García Ramírez y Ramón Berenguer; aunque en adelante Alfonso podía jugar a ser árbitro de la contienda, la amenaza portuguesa le hacía, a su vez, vulnerable. Resulta difícil encajar en la cronología el relato de los conflictos de Alfonso VI en las fronteras oriental y occidental que proporciona la Chronica Adefonsi Imperatoris, I, §§ 73-89. Importa notar que la crónica imperial pasa por alto la paz y los desposorios concertados en 1140; en cambio, considera trascendental la paz y la boda de 1144, a que enseguida aludiremos.

141 La importancia política de esta boda se hace manifiesta en las dataciones de documentos del año 1144, donde se hace constar: «rege Garsia Ramirez existente presente qui tunc cum imperatore ibat propter eius filiam, quam uxorem ducturus erat» (Carrión, jun.-1144); «rege Navarrorum Garsia, qui tunc quandam filiam imperatoris uxorem duxerat existente presente» (León, 30-jun.-1144); «quando rex Garsias filiam imperatoris ibi uxorem duxit» (León, jun.-1144); etc. Rassow, Die Urkunden, pp. 439 y 91-92. Ubieto, «Nav.-Arag. y la idea imperial» (1956), p. 61, n. 92, cita otros escatocolos en los que se recuerdan las bodas regias de la hija del Emperador. 

142 Utilizo las eds. de Sánchez Belda (1950) y Maya (1990).

143 Anticipo en esta nota la versión castellana de los pasajes que cito en texto: ‘Llegó también el rey García, con gran número de caballeros, aparejado y engalanado como conviene que vaya un rey a sus desposorios’; ‘Rodeaban el tálamo multitud de juglares, dueñas y doncellas, que tocaban órganos de mano, flautas, cedras, salterios y otros muchos instrumentos’; ‘Unos, según la costumbre del país, espoleando sus caballos, bohordaban lanzando a tablado para mostrar a la vez su pericia y esfuerzo y la de sus cabalgaduras. Otros, tras provocar la bravura de los toros con el ladrido de sus perros, los mataban clavándoles venablos. Por último, unos ciegos, colocados en medio del coso para que se ganaran un cerdo compitiendo en matarlo a palos, queriendo hacerlo, provocaban la risa de los circunstantes al golpearse unos a otros repetidamente’.

144 El rey don García obsequió con generosidad real durante muchos días a los castellanos que se hallaban con él y a todos los caballeros y ricos hombres de su reino. Celebradas las bodas reales, el rey dio a los condes y señores de Castilla muchos dones y cada uno de ellos se volvió a su tierra.

145 Mio Cid, vv. 3717-3725

Índice de capítulos:

* PRESENTACIÓN

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (1)
   a. La realidad se forja en los relatos

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (2)
    b. Rodrigo, Campeador invicto para sus coetáneos

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (3)
   c. Del Campeador al Mio Cid. Los nietos del Cid y la herencia cidiana

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (4)
   d. Rodrigo, el vasallo leal, a prueba

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (5)
   e. El Soberbio Castellano

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (6)
   f. El Cid se adueña de la Historia y la Historia anquilosa la figura del  Cid

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (7)
   g. El Cid del Romancero salva al personaje literario del corsé historiográfico

* II EL «IHANTE» QUE QUEMÓ LA MEZQUITA DE ELVIRA Y LA CRISIS DE NAVARRA EN EL SIGLO XI

*  III LA NAVARRA NAJERENSE Y SU FRONTERA CON AL-ANDALUS

*   IV EL MIO CID Y SU INTENCIONALIDAD HISTÓRICA

V EL MIO CID DE ALFONSO X Y EL DEL PSEUDO IBN AL-FARAŶ

VI RODRIGO EN LA CRÓNICA DE CASTILLA. MONARQUÍA ARISTOCRÁTICA Y MANIPULACIÓN DE LAS FUENTES POR LA HISTORIA

* VII LA HISTORIA NACIONAL ANTE EL CID

* APÉNDICE I.  SOBRE LA FECHA DE LA HISTORIA RODERICI

* APÉNDICE II. SOBRE LA FECHA DE LA CHRONICA NAIARENSIS

* ÍNDICE DE REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS (Y CLAVE DE SIGLAS)

III LA NAVARRA NAJERENSE Y SU FRONTERA CON AL-ANDALUS


III LA NAVARRA NAJERENSE Y SU FRONTERA CON AL-ANDALUS

a. La ruta de las sierras en el espinazo de la Península Ibérica y la expansión de Navarra hacia el Sur

      Con el regicidio de Peñalén (1076), que pone súbito fin al reinado de Sancho IV Garcés, el reino navarro de Nájera, en declive desde la batalla de Atapuerca (1054) 1, sucumbe víctima del imperialismo castellano-leonés (o, si se prefiere, toledano) de Alfonso VI 2, y quizá de las ambiciones del conde García Ordóñez, cuñado del rey asesinado, que recibiría del rey de León y Castilla la posesión del condado najerense 3. Andado el tiempo, la restauración por un nieto del Cid 4 del reino navarro en Pamplona y Tudela (1134) no conseguirá reconstruir un reino que fuera capaz de abrirse paso hacia el Sur a costa del Islam en retroceso. Pero la desmembración del reino najerense y la impotencia del nuevo reino de Navarra para establecer una «extremadura» propia a lo largo de «la ruta de las sierras» 5 (ruta que Castilla y Aragón le cancelaron políticamente), no impidieron que, en una ancha banda territorial de disposición Norte-Sur a caballo de la Cordillera Penibética, se produjera una continuada presión demográfica de la población cristiana navarro-riojana, paralela a la que contemporáneamente se dio en todas las otras zonas de la Península, desde el Occidente gallego-portugués hasta el Oriente catalán. Para llegar a demostrar esta hipótesis históricosocial, sería necesario conocer en profundidad siglos de historia social de los Cameros, Soria y Almazán, Medinaceli, Molina, Calatayud y Daroca, Albarracín y Teruel, Santaver, Zorita, Huete y Cuenca, Castillo de Garcí Muñoz y Alarcón, Requena, Chinchilla de Monte Aragón, Montiel, Alcaraz, Segura y Baza, Murcia y Lorca, Almería y Motril, algo fuera de mi alcance. Pero al amparo de observaciones sueltas hechas en el curso de estudios de carácter muy vario (que aquí no es la ocasión de presentar reunidas), me atrevo a considerar una realidad histórica la «unidad» sociológica de este olvidado espinazo de la Península.

b. Personajes najerenses en el reino de Granada antes de la «revolución» almorávide

      Desde los primeros años del reinado de Alfonso VI, cuando los reyes, magnates y caballeros del Norte cristiano competían  en la explotación económica de las taifas de al-Andalus, vemos ya recorrer ese camino de las sierras a personajes riojanos muy destacados, sea para ganarse privadamente el pan y la plata, sea como representantes de la política imperial.Entre 1058 y 1083, muy probablemente a poco de subir al trono de Granada el joven régulo zirí  Abd Allāh b. Buluggīn b. Bādīs en 1073 (?) 6, el «ihante» 7 Sancho, hermano bastardo del rey de Nájera y Pamplona Sancho Garcés, quemó la espléndida mezquita de la decaída Hadira Elvira 8 cuando vivía «salido» de Navarra en tierras del Islam 9. Posiblemente, el «ihante» riojano, a quien por entonces desposeía su hermano el rey don Sancho de un palacio en Tricio, junto a Nájera (27-dic.-1073) 10, se hallaba entre los mercenarios cristianos que el visir de al-Mu‘tamid de Sevilla Ibn ‘Ammār había conseguido de Alfonso VI para acabar con el reino beréber de Granada y que, a precio de oro, pagaba para que corrieran la Vega mientras él construía la fortaleza de Valillos (Balīlluš) no lejos de Pinos Puente 11.
      Ante la imposibilidad de recobrar Valillos por la espada, ‘Abd Allāh tuvo, a su vez, que comprar la onerosa amistad de Alfonso VI (1075) y procurarse el apoyo de mercenarios cristianos 12. Como protectores del rey zirí debió de enviar Alfonso, entonces, a tres altos personajes estrechamente vinculados con la región najerense: Fortún Sánchez, casado con la infanta doña Ermesinda, hermana de Sancho Garcés, la cual consta que tuvo un papel muy activo en el asesinato de su hermano (Peñalén, jun. 1076), regicidio en virtud del cual Alfonso VI se anexionó el condado de Nájera; un hermano de Fortún, Lope Sánchez, y el concuño de Fortún, el conde García Ordóñez, que había sido alférez de Alfonso VI (1074) y que, en su calidad de marido de doña Urraca, otra hermana del rey navarro asesinado en Peñalén, recibiría, algunos años después, el condado najerense (1080) 13. Todos tres, junto con el caballero castellano Diego Pérez, fueron malamente derrotados por Rodrigo Díaz de Vivar en la batalla de Cabra 14 [1075?] 15. El Campeador, enviado por Alfonso VI a cobrar las deudas contraídas por al-Mu ‘tamid de Sevilla, actuó de acuerdo con el pacto establecido por Alfonso con Ibn ‘Ammār, sin percatarse de las sutilezas de la política imperial [o quizá dispuesto a ignorarlas movido por su personal hostilidad a don García «el crespo de Grañón»].
      Este período en que los emisarios y lugartenientes de Alfonso actúan libremente en los reinos de Taifas se cierra poco después de la conquista de Toledo (1085). El incumplimiento del pacto de rendición por el «Emperador de las dos religiones» 16 trajo consigo, muy en breve, el total desplome de la política imperial de explotación económica de al-Ándalus, que tan eficazmente había dirigido el mozárabe Sisnando Davídiz 17. Después de la espectacular derrota del «Imperator totius Hispaniae» en Zalaca-Sagrajas (1086), los esfuerzos de Alfonso VI por restaurar su imperio económico sólo sirvieron para precipitar la caída de los régulos musulmanes asociados con ese sistema de explotación; la «revolución» almorávide de los años 1090-1094 liberó a la mayor parte de los andaluces de la opresión tributaria. El colapso del sistema de «parias» supuso, a la vez, la desaparición de los destacamentos cristianos «metidos en los fígados» 18 de los musulmanes del Sur de España 19.

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c. «De Calagurra usque ad Cuenca», bajo el dominio de Alfonso VI

      En el Levante (Šarq al-Andalus), la revolución almorávide tropezó, por algún tiempo, con un escollo insuperable: el señorío valenciano del Cid (creado en 1904). De resultas durante unos años muy cruciales, tanto el reino hudí de Zaragoza, como sus fronteras, pirenaica y occidental, quedaron fuera del área de acción de los africanos 20. Pero, muerto el Cid (1099), la integración del Levante en la España almorávide se inicia con ritmo acelerado: una vez abandonada Valencia por los imperiales (1102) 21 , Tortosa (1102) 22, la Sahla o Santa María de Albarracín (1102-1103) 23 y, probablemente, Molina 24 se someten al Emir de los musulmanes. Los lamtuníes incluso combaten con los «francos» de Urgell en las faldas del Pirinero (derrota y muerte de Armengol V en Mollerosa, 1102; toma de Balaguer 25). Abū Muḥammad ﺀAbd Allāh b. Fātima llega a las puertas de Zaragoza  (25-set.-1102) 26. Sin embargo, Yūsuf b. Tāxufīn ha decidido respetar la soberanía de al-Musta ‘īn en Zaragoza y los almorávides se retiran del reino hudí 27. Gracias a esta inhibición de los almorávides, Alfonso VI tuvo la oportunidad de ganar la iniciativa en la frontera oriental de su reino.
      Antes que el gobernador lamtuní de Valencia amenazase por la espalda la línea de alcázares de la Transierra que protegían a Toledo y a la Extremadura castellana (por entonces todavía a medio poblar) 28, Alfonso puso cerco a Medinaceli. El espectacular fracaso de una acción diversiva de los gobernadores almorávides de Granada y Valencia 29, precipitó la capitulación de la plaza (julio 1104) 30. Con ella pasaron a manos de los cristianos (si es que efectivamente formaban parte del reino hudí) Hita y Guadalajara 31. Este éxito, uno de los últimos del viejo rey, permitió a Alfonso VI organizar la frontera levantina del imperio toledano sobre tres pilares de sólida apariencia. Al Norte, frente a Tudela y Tarazona, se hallaba el gran condado najerense de García Ordóñez, que contaba con una amplia base a orillas del Ebro (desde Miranda a Alfaro) 32 y cuyos «extremos» alcanzaban hasta la curva de ballesta del Duero; allí en la frontera, por orden de Alfonso VI, puebla ahora el conde (1106) a «Garrahe» (hoy Garray) 33, «antiqua civitate deserta» (Numancia) que venía siendo considerada, desde tiempos del rey Sancho el Mayor y el conde Sancho García (1016), como el último mojón del reino navarro najerense 34. El extremo Sur, cerrando el acceso a la Alcarria, lo ocupaban las tierras de Alvar Háñez, con las dos fortalezas de Zorita y Santaver y, más al SO., la de Cuenca 35. El pilar central viene ahora a constituirlo la recién conquistada Medinaceli, clave de los pasos entre Zaragoza (vía Calatayud) o el Levante (vía Molina) y el alto Duero y la Transierra. Alfonso VI encomienda su defensa y la de Guadalajara a Fernán García «Minaya», conocido por el «de Hita» 36, pero, a fin de subrayar la importancia de la conquista, da el señorío de Medinaceli a su único hijo, engendrado en la viuda de Faṭ̣̣h al-Ma’mūn b.  ‘Abbād 37, a quien ha elegido heredero del imperio, anteponiéndolo a su hija legítima primogénita Urraca y a su yerno el conde de toda Galicia don Raimundo 38.
     En 1107 el Emperador, con motivo de la población de Garray, se precia muy especialmente de esta consolidación de la frontera levantina, diciéndose reinar «de Calagurra usque ad Cuenca» 39. Sin embargo, lo conseguido no iba a ser duradero. Hacia el mes de diciembre de ese año el viejo rey cae en cama, postrado por la enfermedad de que habría de morir. Su recia naturaleza y sus médicos judíos 40 logran sostenerle vivo y semi-activo durante un año y siete meses; pero será ya incapaz de reaccionar ante la crisis que socava los fundamentos de su imperio. El 30 de mayo de 1108 la gran derrota de los capitanes de Alfonso VI en Uclés, en que murieron, entre otros, el conde Garci Ordóñez y el joven infante don Sancho 41, no sólo dejó abierto el problema sucesorio, sino que provocó el derrumbamiento de la primera línea de defensa del alto Tajo (Cuenca, Huete, Uclés y Ocaña) 42. Un año después moría el rey don Alfonso «el Viejo» y el imperio toledano pasaba a manos de una mujer viuda con un hijo menor de edad (30-jun.-1109) 43.

d. Derrumbamiento de la frontera oriental del imperio toledano

      ‘Alī b. Yūsuf, el nuevo Emir de los musulmanes, creyó llegada la ocasión de atacar la ciudad imperial. Después de apoderarse de Talavera, combatió una semana a Toledo defendida por Álvar Háñez) y destruyó el monasterio de San Servando y los muros de Madrid, Olmos y Canales (sin tomar los alcázares); Guadalajara (en manos de Fernán García) resistió los asaltos (agosto 1109) 44; pero Alcalá debió de pasar entonces a poder de los almorávides 45. La precaria situación de la Transierra se acentuó en el curso del año siguiente, cuando la inesperada muerte de al-Musta‘īn (24-enero-1110) 46 trajo consigo la incorporación de la mayor parte del reino hudí al imperio almorávide (31-mayo-1110, entrada de Muḥammad b. al-Ḥ̣̣aŷŷ en Zaragoza) 47. Aunque Alfonso I de Aragón supo sacar partido de la colaboración de ‘Imād al-dawla, el desposeído heredero de al-Musta ‘īn, que conservó Rueda, Borja y otros castillos 48, la presencia de los gobernadores almorávides en Calatayud representaba una grave amenaza para Medinaceli, que tenía entonces don Pedro González conde de Lara 49 (el que pronto había de ser, si no lo era ya, amante de la reina) 50.
      Después de un nuevo ataque a Guadalajara (1112-1113) 51, el embate decisivo contra la frontera oriental se produjo en 1113-1114, durante la guerra civil que conmovía al imperio: el emir Mazdalī, gobernador de Córdoba y Granada, se apoderó de Oreja y Zorita 52, y los almorávides llegaron hasta el Duero, donde pusieron cerco a Berlanga 53. Aunque Guadalajara e Hita resistieron, el conde de Lara, demasiado envuelto en la política interna de Castilla, no pudo defender los «extremos» de su condado, y Medinaceli pasó a poder de los almorávides 54. Fernán García, señor de Hita y Guadalajara, intentó recobrar la plaza; pero tuvo que levantar el cerco (1114) 55.
      Cinco años después de muerto Alfonso VI, vinieron a quedar frustrados los esfuerzos del viejo rey por dotar al imperio toledano de una frontera oriental firmemente asentada sobre la ruta de las sierras: los dos puntales meridionales habían vuelto al poder del Islam y el condado najerense, una vez muerto Garci Ordóñez, no tardaría en bascular hacia Navarra.

e. Renacimiento de la Gran Navarra najerense bajo Alfonso I

      Los emires almorávides no lograron impedir la consolidación de las dos grandes obras de Alfonso VI: la cristianización de Toledo y la repoblación de la Extremadura del Duero (desde Salamanca a Sepúlveda). En cambio, al liberar a los andaluces de la explotación económica imperial, crearon en el Norte cristiano las condiciones básicas para la explosión político-social ocurrida en los años que siguen a la muerte del Emperador de las dos religiones. La revolución burguesa de los años 1110 a 1116, más o menos triunfante a todo lo ancho de Castilla y Tierra de Campos (desde Montes de Oca al Esla) 56, estuvo a punto de transformar la geo-política de Hispania. La Extremadura segoviana y la Transierra toledana quedaron medio aisladas, equidistantes entre la Galicia del conde Pedro Froílaz (el ayo de Alfonso Raimúndez), del obispo Gelmírez y de la reina, y el reino pirenaico de Alfonso I y sus aliados francos. Más decisivo fue el cambio en la frontera oriental del «imperio toledano».
      En agosto de 1110, cuando la reina va con su hueste contra Zaragoza, el edificio imperial sigue intacto: entre los condes que la acompañan no sólo figura «Petrus Gonsalbes comes de Metina», sino incluso «Sancius comes Pampilonensis», y entre los señores «Didacus Lopiz senior in Nagera», «senior Enneco Semenones dominator Kalagurra» y «Garsia Lopiz in Maranione» 57. Pero ya en febr.-1111 una plaza tan castellana como San Esteban de Gormaz aparece incorporada al sistema de «tenencias» navarras 58. Sin embargo, el statu quo no se altera profundamente hasta 1113. Cuando en ese año Alfonso I se retira del reino de su mujer, la Historia Compostellana aún se complace en subrayar la unánime actitud de los próceres «Burgenses, Nazarei, Carrionenses, Palentini, Legionenses» 59, pero la expedición de Urraca y los gallegos sobre Burgos (jul.-1113) viene a poner de manifiesto que los límites del reino de Alfonso I se han desplazado hasta Atapuerca 60. En adelante, los territorios, un tiempo atrás navarros, «de rivo Iberi usque circa civitatem de Burgos» 61, volverán a formar parte del reino navarro-aragonés. Aquel año en Nájera se halla ya como señor Fortún Garcés Caxal 62, el brazo derecho de Alfonso I; Diego López, cuya fidelidad a Alfonso I nunca sería muy constante, ha tenido que contentarse con el dominio de Buradón, Álava y Vizcaya 63.
      En los años siguientes, la reina doña Urraca se conforma con el título de reina de Galicia y León, mientras el «imperator» Alfonso dice ser rey de Castilla y Aragón 64. Toledo y Extremadura se incluyen, también, en los dominios de Alfonso I 65 (excepto durante un período en que gobierna la ciudad el conde don Pedro Froílaz con su pupilo Alfonso Raimúndez) 66. Alfonso I aprovecha estos años que preceden al cerco de Zaragoza para dejar sus dominios occidentales perfectamente organizados en manos de tenentes de confianza (1116-1117) 67. Navarra recobraba así, por obra de Alfonso, sus límites de tiempo de Sancho el Mayor y, con ellos, una Extremadura propia.

f. El rey «celtíbero» repuebla la Celtiberia

      El rey «celtíbero» (como llamaban a Alfonso I sus enemigos en Galicia y León) 68, una vez estabilizada hasta cierto punto la frontera con el Imperio toledano, emprendió una política más netamente pirenaica, en colaboración con sus aliados los señores francos de ultrapuertos. Aprovechando la crisis del emirato almorávide, incorporó a sus dominios desde Tudela y Zaragoza hasta Morella (1117-1119) 69. La rendición de las ciudades del valle del Ebro (Zaragoza, 18-dic.-1118; Tudela, 25-fe.-1119; Tarazona, poco después) 70 fue conseguida previa ocupación o sumisión de Morella (1117) 71 y del macizo montañoso de Aliaga (con sus términos: Pitarque, Jarque, Galve, Alcalá de la Selva, etc.) 72, así como de Belchite 73 (donde Alfonso I organizará la primer Cofradía militar, con vistas al dominio de las playas levantinas) 74.
      Pero la colonización del valle del Ebro, con su densa población musulmana, no podía realizarse sin cerrar la vía natural de penetración desde Valencia, a lo largo de la depresión del Guadalaviar, el Jiloca y el Jalón, que, dominada por las estratégicas plazas de Daroca, Medinaceli y Calatayud, seguía estando en manos de los almorávides. La ocupación de esta región exigió a Alfonso una nueva campaña, íntimamente relacionada con el fortalecimiento previo de las posiciones navarras en la Extremadura del alto Duero. El 13 de diciembre de 1119, Alfonso I (desde Pedraza, en la Extremadura segoviana) se dice reinar «in mea populatione quod dicitur Soria» 75 y en marzo de 1120 da fuero a la nueva ciudad 76, situándola en el recién creado obispado de Tarazona, pero dotándola de un amplísimo alfoz equivalente a lo que hoy es la provincia de Soria 77. Del gobierno de la nueva tenencia encarga al «maiordomo Regis» 78 Íñigo López (1121-1125) 79. Con Soria a la espalda, Alfonso emprendió esa primavera el ataque a Calatayud; pero antes de lograr su dominio, tuvo que enfrentarse con un gran ejército almorávide, enviado contra Zaragoza por el Emir de los musulmanes, ‘Alī, al mando de su hermano Ibrāhīm. Aunque al gobernador de Sevilla se sumaron los de Lérida, Granada y Murcia, e incluso los arraeces locales sometidos a los almorávides, como ‘Azzūn b. Galbūn (que debía tener Molina) 80, la batalla de Cutanda (17-jun.-1120) fue tan desastrosa para los musulmanes que decidió la suerte de toda la región 81: Alfonso I se adueñó inmediatamente de Calatayud (24-jun.-1120) y en los años inmediatos llevó la frontera hasta las cabeceras del Jalón y del Jiloca.
     No sabemos cuándo Alfonso I entró en Medinaceli 82, pero en 1121 o a principios de 1122 83 restauró, de acuerdo con el arzobispo de Toledo, la diócesis de Sigüenza, dándole como término las tierras recién sometidas de Calatayud, Ariza, Medinaceli y Daroca. Es posible que como tenente de esta última plaza (en la que se preciaba de reinar en un documento de junio de 1122) Alfonso I colocara entonces a su muy privado Fortún Garcés Caxal, señor de Nájera (1124-1133) 84. Entre tanto, en el obispado de Tarazona, avanzaba lentamente la repoblación de las tierras altas del NO. de Soria: en 1122 el obispo se ocupa de dar fueros a Santa María de Tera 85; en 1124 ó 1125 hace su aparición, entre las tenencias del reino navarro-aragonés, la de Borovia 86, al pie del Moncayo, encomendada al señor de Alfaro 87. Quizá por entonces pobló Alfonso I Salas, no lejos de Ólvega 88.
      Para sellar toda esta labor de conquista y repoblación, Alfonso I se asienta, en setiembre de 1124 89, en la nueva «frontera» de su reino 90, en el alto Jiloca, desde donde se preocupa de que se pueble Cariñena 91. Allí estando, crea una nueva población, Monreal del Campo 92, donde sitúa una nueva Militia Christi, a la cual concede un cuarto de las rentas reales de un amplio territorio que los caballeros de Cristo deben ayudarle a conquistar: desde el puerto de Cariñena y Bubierca, hasta Molina, Cuenca, Segorbe y Buñol 93.
      Aunque ambicioso, este programa señalado a la nueva Militia no colmaba las aspiraciones de Alfonso, que, con Monreal del Campo, se sentía en posesión de la llave del Levante. En setiembre de 1125 el rey, acompañado de un enorme ejército, parte camino de Valencia (20-oct.), Murcia y Guadix (18-nov.), dispuesto a someter Granada (a cuya vista se encuentra el 7-en.-1126). Esta gran expedición (que concluyó en jun.-1126) no consiguió su principal objetivo, pero puso de manifiesto la voluntad del rey «celtíbero» de no reconocer otras fronteras para su reino en expansión que las costas de Motril, Salobreña y Vélez-Málaga (de ahí que tomase simbólica posesión del Mediterráneo embarcándose y comiéndose un pez) 94. 
      En todas las empresas militares de Alfonso I colaboraron, sin distinción de procedencias, sus vasallos ultrapirenaicos, aragoneses y navarros; pero, en términos estadísticos, la expansión demográfica hacia el Sur tuvo que estar condicionada por factores geográficos. Los dos grandes esfuerzos de Alfonso (por no hablar del tercero fallido en el área Lérida-Fraga-Tortosa) para ocupar la Marca Superior de al-Andalus, tuvieron como base dos secciones bien diferenciadas de su reino pirenaico: si el dominio, en 1117-1119, del valle del Ebro y de las fragosas hoces, páramos y sierras entre Aliaga y Morella se logra a partir de Aragón, en cambio Soria, Medinaceli, Calatayud, Cariñena, Daroca y Monreal parece que, en sus orígenes (1120-1124), fueron una «frontera» del reino navarro najerense.

g. La obra de Alfonso I amenazada: Alfonso VII en Medinaceli

      A la vuelta de su expedición contra Granada, Alfonso I se encuentra con un panorama político nuevo: el «imperio toledano», que hacía poco amenazaba con disolverse en un conjunto de señoríos feudales y de ciudades burguesas, reemerge súbitamente, apenas muerta doña Urraca (8-mar.-1126), como un centro de poder capaz de contrapesar la dinámica coalición de señores pirenaicos que preside el rey de Aragón. Las paces de Támara (jul. 1127) 95, con que se evita el encuentro armado de Alfonso VII y Alfonso I, reconocen simplemente el statu quo: Alfonso Raimúndez tiene que soportar que los límites de Navarra queden máximamente avanzados hacia Occidente, hasta Álava, Montes de Oca, San Esteban de Gormaz y Berlanga 96. En cambio, el rey «celtíbero», al mismo tiempo que se ve definitivamente excluido de la Extremadura segoviana 97, acepta la pérdida de los estratégicos pasos del Jiloca y el Henares, que posiblemente se hallaban ya en poder del joven Emperador 98. De esta forma, el recientemente restaurado obispado de Sigüenza quedaba partido en dos por la frontera política, con Ariza, Calatayud y Daroca en el reino de Alfonso I y Medinaceli, Atienza y Sigüenza en el de Alfonso VII.
      La forzada concesión de Medinaceli a Alfonso VII parece preocupar entonces a Alfonso I. Por lo pronto, se dedica a organizar la comarca en torno a Soria y San Esteban de Gormaz (que desde feb. 1127 tiene Fortún López) 99 completando la tenencia de Borovia, con otras en Ágreda, Los Fayos (en. 1128) 100, Almenar (feb. 1128) 101 y Ribarroya (en. 1129) 102, y emprendiendo la población de Almazán (ag.-oct. 1128), que pretende rebautizar «Placencia» 103. Posiblemente, trata de desalojar a los imperiales de Morón de Almazán, desde donde observaban u hostilizaban la población de «Placencia» 104. Al mismo tiempo que refuerza la Extremadura soriana, Alfonso I alza, para vigilar Medinaceli, un nuevo Monreal, el de Ariza (antes de dic. 1128) 105, y, desbordando por el SE. a Medinaceli, dedica toda una campaña a apoderarse de Molina y su región: en febrero y octubre de 1128 sabemos que mantiene un tenente en la fortaleza de Traid, entre Molina y Albarracín 106, mientras él mismo dirige el cerco de la ciudad desde Castilnuevo (feb.-may. y oct.-dic. 1128) 107 hasta conseguir, al fin, tomarla en la primera quincena de diciembre de 1128 108. La presión sobre Medinaceli obliga a Alfonso VII a acudir a Atienza, primero, y de allí a Morón (vía San Justo). Pero, después de algún forcejeo, el Emperador se conformaría con fortificar Morón y Medinaceli, mientras Alfonso I completaba las defensas de Almazán 109.
      La cuña castellana de Morón-Medinaceli-Atienza-Sigüenza, aunque representaba una solución de continuidad en el dominio por el rey «celtíbero» de toda la ruta de las sierras entre Nájera y Monreal del Campo, vino a quedar en parte neutralizada con la conquista de Molina, que dejaba nuevamente abierto el camino a la expansión del reino en dirección a Albarracín y en dirección a Cuenca. Albarracín se hallaba ya en situación bastante precaria desde que Alfonso I había hecho poblar y fortificar Cella (1128), en los pasos del Jiloca al Turia 110.

 

h. El Emperador y el conde de Barcelona desmantelan la Gran Navarra

      El reino de Alfonso I era una creación demasiado personal para que pudiera resistir el doble golpe representado por la muerte del rey (7-set.-1134) y su singular testamento, en que hacía únicos herederos a las órdenes militares. La restauración en tierras navarras de un reino independiente del de Aragón, por un nieto del «ihante» don Sancho y del Cid, y la voluntad de los aragoneses de mantener una dinastía propia con el rey-monje, convirtieron inmediatamente a Alfonso VII en árbitro de las tierras conquistadas o repobladas por el rey «Batallero» 111. Toledo volvió a ser el centro de gravedad de la Península, y la geo-política de Hispania vino a tomar como modelo la de tiempos de Alfonso VI.
      Aunque el Emperador, que afirmaba sus derechos a toda España, se contentó, a la larga, con el señorío indirecto del nuevo reino de Zaragoza (que incluía, no sólo la depresión del Ebro, sino la región de Calatayud y Daroca), desde muy pronto consideró anexionables a sus dominios tanto el señorío najerense como la Extremadura del alto Duero. Inicialmente, García Ramírez había sido reconocido rey en Nájera 112, pero en seguida tuvo que entregarla al Emperador 113. La suerte de Soria y demás poblaciones de la comarca tardó algo más en decidirse 114. Sabemos que en 10-jun.-1135 y en 6-dic.-1135 Fortún López conservaba la tenencia de Soria 115, tanto cuando el Emperador mantenía a Ramiro II en Zaragoza, como cuando da la tenencia de la ciudad a García Ramírez 116. Pero Alfonso VII, que pretendía substraer toda la Extremadura soriana al obispado de Tarazona para incorporarla al de Sigüenza, disponía de la comarca a su voluntad (jun. 1135) 117. Al año siguiente, en que Alfonso desposee a García Ramírez de Zaragoza y da su gobierno a Ramiro II, Fortún López desaparece; pero Soria figura como gobernada por el señor de Borja, Pedro Talesa (28-oct.-1136); por entonces, el Emperador afirma reinar «in Lione et in Toleto et in Soria et in Calataiub et in Alaon» (Alagón, 3-jul.-1136) o «in Leione et in Toleto et in Soria et in Calataiub et in Çaragoça» (28-oct.-1136) 118. Mientras tanto, las diócesis de Tarazona, Zaragoza, Sigüenza y Osma forcejeaban por encontrar una fórmula de reparto de los territorios en litigio; en 1135 Sigüenza, además de disponer de Soria, obtenía Calatayud (a cambio de Daroca); pero en 1136 Tarazona recibía Calatayud y retenía las faldas del Moncayo (Borovia, Ólvega, Salas), Osma adquiría Soria, y Sigüenza las tierras al Sur del Duero (desde Ayllón a Almazán) y la cabecera del Jalón (hasta Deza y Ariza) 119. Quizá este arreglo respondía a la división entre la Extremadura castellana y el nuevo reino de Zaragoza según la entendía el Emperador.
      A partir de entonces, la Extremadura soriana y, más al Sur, el señorío de Molina en que se instaló don Manrique de Lara (desde antes de 1138) quedaron firmemente adscritos al reino de León, y su frontera con un reino de Zaragoza administrado por el conde don Ramón de Barcelona (1137) separó definitivamente en dos mitades las tierras altas de la Celtiberia.
      Sin embargo, la reestructuración política del antiguo reino de Alfonso I en los años 1134-1137 fue tan súbita y profunda que el desplazamiento hacia Oriente de los límites del reino leonés de Alfonso VII no fue acompañado, según parece, por movimientos de población.
      Cuando, años después, el emperador (asistido por García Ramírez de Navarra) vino a Soria, firmó una carta de privilegios redactada en romance (con algunos latinismos), sin duda por los propios «demandatores de isto». Basta comenzar a leer esa carta para convencerse de que los «homines de Soria» seguían aún siendo herederos muy directos, inlcuso en lenguaje, de los que en 1119-1120 vinieron a poblarla:

«Ego Adlefonsus Imperator totius Ispanie concedo et dono ad homines de Soria totos lures foros que habent scriptos en lur carta, et los qui habuerunt in dias del Rege de Aragonia..., etc.» 120

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i. La expansión navarra por la ruta de las sierras en la segunda mitad del siglo XII

      Toda una serie de pactos entre Alfonso VII († 1157) y sus descendientes y el conde Ramón Berenguer († 1162) y sus descendientes no lograron obliterar el pequeño reino navarro de ascendencia cidiana 121; pero sí impidieron la formación, cara al Islam, de una «Extremadura» dependiente de Navarra durante los años en que la ruina del emirato almorávide y la formación de unas nuevas taifas (1144-1145) facilitaron el progreso cristiano en las fronteras de al-Andalus.
      La última oportunidad de Navarra para conseguir abrirse una frontera, que le permitiera expandirse hacia el Sur, ocurrió durante la niñez y adolescencia de Alfonso VIII en Castilla (1158) y de Alfonso II en Aragón (1162), cuando ya los almohades dominaban Granada (1155) pero el Levante se hallaba aún en manos de Muḥammad b. Mardanīš, el rey Lobo, en guerra permanente con los africanos. Sancho el Sabio, a cambio de percibir parias (los famosos maravedíes lupíes), se convirtió en protector suyo y hasta acudió personalmente a Murcia (en una expedición que parece remontar a 1161) bien lejos de su reino pirenaico 122. Más tarde (19-dic.-1168), después de haber recobrado de Castilla desde [Quel, Ocón] y Logroño hasta [Pazuengos, Grañón] Cerezo y Briviesca [1162-1163], pactó con el rey niño de Aragón, Alfonso II, dividirse por mitad «quod quidquid ab hac die in antea potuerint capere uel adquirere in tota terra regis Lupi, uel tota alia terra sarracenorum» 123 y se garantizaron libre paso por sus reinos 124. En sus intervenciones en al-Andalus, los navarros tomaron básicamente como modelo las de los castellanos, riojanos, aragoneses y catalanes de tiempo del Cid. Así, cuando en 1162 Ibn Hamusk y su yerno Ibn Mardanīš, con la connivencia de los judíos, se apoderan temporalmente de Granada, entre los contingentes auxiliares cristianos que intervienen en la acción victoriosa inicial y en el desastre final ocupan lugar destacado los navarros, según nos revelan unas noticias analísticas no tenidas en cuenta por los historiadores 125:

    «En este año lidió Pero Arceíz de Latrén con el fijo de la negra en Liuira, çerca de Granada e fue vencido el moro e libró así bien doze mill christianos de muerte».

«En este año lidió Amorabahás en Granada con el rrey Lop e fue vençido este rrey Lop e murió ý Pero Esquerra e Martín de Borueua e Pero Arzeís de Latrén e Auenobet».

Se trata de la derrota en Marŷ al-ruqād de Abū Sa‘īd a manos de Ibn Hamusk y los 2.000 auxiliares cristianos enviados por Ibn Mardanīš y de la victoria de Abû Ya ‘qūb, Abū Sa ‘īd y Yūsuf b. Sulaymān sobre Ibn Hamusk, Ibn Mardanīš y sus aliados cristianos en Granada (10-jul.-1162), en que mueren Ibn ‘Ubayd, yerno de Ibn Mardanīš, el jefe de los cristianos y muchos otros. En al-Mann bi-l-imāma de Ibn Sāḥ̣̣ib al-Ṣ̣̣alat, año 557 (1162) se halla un pormenorizado relato de los sucesos 126. [Aunque la fuente analística y Sāḥ̣̣ib al-Ṣ̣̣alat refieran los mismos hechos, los *Anales navarro-aragoneses se singularizan por señalar el protagonismo de Pero Arceíz (o Garcés), entre los auxiliares cristianos de Ibn Mardanīš, en vez del concedido por la fuente árabe al conde apodado «el Calvo» nieto de Alvar Háñez 127].
      No me consta que Pedro Arceíz, a quien no he acertado a identificar, fuera vasallo del rey navarro; pero Pedro Ezquerra 128, señor de Ujué, y Martín de Borovia, señor de Sangüesa, son vasallos bien conocidos de Sancho el Sabio, con quien confirman documentos alrededor de 1157 129.
      Estas intervenciones de caballeros navarros o del propio rey don Sancho en apoyo del rey Lobo son indicativas de la atracción que al-Andalus, como campo de acción, seguía ejerciendo sobre el reino de Navarra, a pesar de la concertada política de exclusión desarrollada por los dos grandes reinos vecinos, que, una vez llegado Alfonso VIII a su mayor edad, volverían a planear conjuntamente la contención de las aspiraciones navarras a participar en la conquista del Levante andalusí (tratado de Sahagún, 4-jun.-1170). Pero esos pactos no consiguieron impedir la presencia navarra en las tierras de la Cordillera Penibética, ya que el señor de Estella Pedro Ruiz de Azagra 129, obtuvo de Ibn Mardanīš el dominio de Santa María de Albarracín (1170[, o quizá c. 1166/68) 130, cuya autonomía optaron por reconocer en 1170 Castilla y Aragón 131]; y, poco después (1175), don Pedro adquirió de otro caballero (Fortún de Thena), al parecer asimismo navarro, los castillos de Huélamo y Monteagudo, con lo que así se asomaba sobre Cuenca 132.
      [El hermano y sucesor (nov. 1186) de don Pedro en el señorío de Albarracín, Fernando Ruiz, llegó a convertirse a fines de siglo en pieza insustituible para la defensa de las plazas fuertes de la Transierra al Oriente de Toledo en los años difíciles que siguieron a la derrota castellana en Alarcos. Según nos informa una interpolación del romanzador aragonés que en 1252/53 tradujo la Estoria de los Godos de Ximénez de Rada, cuando en 1197 Abū Yūsuf Ya ‘qub cercó Toledo y, seguidamente, Madrid, Alcalá, Huete, Cuenca y Uclés,

«en todas esas cercas fue dentro Ferrand Ruyz, sennor de Albarrazín, non por su vasallo —de Alfonso VIII—, mas por ruego de su muger que era de Castiella, con .CC. cavalleros a su costa et a su misión» 133].

      [Como la moderna historiografía navarra ha destacado bien 134] la sonada participación en 1212 de Sancho el Fuerte de Navarra en la batalla de Las Navas (donde fue principal artífice de la derrota almohade) no es sino la culminación de la soterrada y continua presencia navarra durante los siglos precedentes en la conquista y colonización del contrafuerte ibérico, hecho histórico que ha venido ocultando el predominio político de las dos coronas llamadas a repartirse Šarq-al-Andalus, la castellana y la catalanoaragonesa.

Diego Catalán, "El Cid en la historia y sus inventores."(2002)

NOTAS

1 Sobre el progresivo desmembramiento del reino de García de Nájera, el muerto en la batalla de Atapuerca (1054), a partir de la muerte de la reina Estefanía (1058), he tratado en «Sobre el ihante» (1996), nn. 23 y 58 [véase en el presente volumen el cap. II, § d, p. 77-80].

2 Los documentos contemporáneos no explican el porqué ni el para qué del regicidio; sin embargo, los sucesos inmediatos y el comportamiento de la familia real navarra, hace pensar que los asesinos (los hermanos del rey, don Ramón y doña Ermesinda, y los grandes nobles) obraron movidos por intereses políticos. [Para más detalles, véase en la presente obra, cap. II, pp. 56-69].

3 Desde él realizaría la política «imperial» de Alfonso en dirección a la Celtiberia y al reino de Zaragoza.

4 García Ramírez, el restaurador del reino de Navarra (1134-1150), era nieto del Cid. Como descendiente que era de Sancho el de Peñalén por línea bastarda, consideró su linaje «cidiano» un apoyo importante para consolidar su posición. El Libro de las generaciones navarro, hacia 1200, llamado Liber regum muestra cómo la nueva dinastía de reyes navarros equiparaba a sus reyes, descendientes de Laín Calvo a través del Cid, con los reyes de Castilla, descendientes de Nuño Rasura el otro famoso juez o alcaide castellano (cfr. mi introducción a Crónica de 1344 que ordenó el Conde de Barcelos, ed. Catalán y De Andrés, Madrid, 1970, pp. LIII-LV).

5 Emplearé, un tanto imprecisamente, esta designación para referirme a las tierras altas al SO. de la depresión del Ebro.

6 Lévi-Provençal fecha en 469 (1076-77) la muerte de Bādīs al-Muẓaffar y la subida al trono de su nieto («Les mémoires», Al-Andalus, III, 1935, p. 254), siguiendo a Ibn al-Qaṭṭān (apud Ibn  ‘Idārī), pero esa fechación no es admisible, según ha mostrado Roger Idris («Les zīrīdes», Al-Andalus, XXIX, 1964, pp. 94-96); añádase al razonamiento de este autor que Abd Allāh reinaba ya cuando al-Ma’mūn de Toledo se apoderó de Córdoba en 467 (1075), según el propio rey zirí dice en sus «Memorias» (Al-Andalus IV, 1936-39, 32).

7 Sobre la pronunciación ihante por ‘infante’ de los riojanos testimoniada por un historiador árabe, véase Catalán, «La pronunciación [ihante], por /iffante/» (1967-68), pp. 410-435 [reed. en El español. Orígenes de su diversidad (1989), cap. XII, pp. 267-295, con un mapa].

8 Véase Catalán, «Sobre el ihante», Al-Andalus, XXXI (1966), 209-235 [refundido en el cap. II del presente libro]. La quema de la mezquita de Elvira está confirmada por la arqueología: Cfr. Torres Balbás en Menéndez Pidal, Historia de España, V (Madrid: Espasa Calpe, 1957), p. 415. Venía atribuyéndose, genéricamente, a los beréberes y

fechándose en 1009-1010, en vista de la siguiente noticia de Ibn al-Jaṭ̣īb: «les habitants [d’Ilbîra] émigrèrent pendant la guerre civile excitée par les Berbères en 400 de l’hégire et dans les années suivantes, pour aller chercher un refuge à Grenade, qui devint alors la capitale du pays» (Dozy, Recherches 3, p. 332); me parece seguro que esta noticia procede de Ibn Ḥ̣ayyān, pues figura abreviada en al-Ḥ̣imyarī (Lévi-Provençal, La Péninsule Ibérique, 1938, § 25).

9 Según Abū Bakr b. Abd al-Raḥmān (apud Ibn ‘Idārī); véase Catalán, «Sobre el ihante» [reed. en el cap. II del presente libro]. La última vez que hallamos al «Infante Domno Sancio» (junto con su mujer) en la corte navarra es en 7-dic.-1057. Quizá salió del reino con ocasión de la crisis provocada por la muerte de la reina viuda doña Estefanía (1058). Según Ibn ‘Idārī, murió en el desastre de Rueda (1083).

10 Consta en una apostilla a un documento de 17-feb.-1050 (S. Mill. § 145). [Véase aquí atrás, cap. II, § d, p. 80 y n. 98]. 

11 Como expone el propio rey zirí ﺀAbd Allāh en sus «Memorias», ed. Lévi-Provençal, Al-Andalus, IV (1936-39), p. 30 [cfr. ‘A. Turk, Ibn ‘Ammār», RHJZ, LXIII-LXIV (1991), 141-169].

12 Según explica el rey en sus «Memorias», Al-Andalus IV (1936-39), p. 32.

13 Sobre estos personajes y sucesos he tratado en «Sobre el ihante», pp. 216-220 [aquí atrás, cap. II, § c]. La vinculación de las infantas navarras a La Rioja está confirmada por el testamento de su madre, la reina doña Estefanía, quien dejó a doña Ermesinda Villamediana y Matres, en las fértiles y estratégicas tierras del Sur del Ebro, y a doña Urraca Alberite, Lardero y Mugrones (n. 70 de «Sobre el ihante» [aquí atrás, cap. II, n. 109]).

14 De la que da cumplida noticia la Historia Roderici, § 8, y cuya resonancia confirman el Carmen Campidoctoris, 77-88 y el Mio Cid, 3285-3290.

15 Menéndez Pidal, Esp. Cid 5 (1956), pp. 257-259, supuso que la batalla de Cabra se dio en 1080; [pero la relectura de las «Memorias» del rey ﺀAbd Allāh me obligan a anticipar este episodio de la guerra entre Sevilla y Granada a los primeros meses de 1075; véase aquí atrás, cap. II, pp. 65-67].

16 Al consentir la cristianización de la mezquita mayor toledana promovida por los francos (la reina Constanza y el arzobispo Bernardo).

17 Sobre este personaje, véase Menéndez Pidal, Esp. Cid 5 (1956), s.v. y Menéndez Pidal y García Gómez, «El conde moz. Sisnando», Al-Andalus, XII (1947), 28-41. La explicación que dieron Sisnando y otros consejeros de Alfonso VI a ﺀAbd Allāh de la política imperial dirigida a conseguir el dominio total de Hispania, es clarísima: mediante una creciente opresión tributaria, llegaría un momento en que los propios musulmanes preferirían el señorío directo de Alfonso VI a la doble explotación a que estaban sujetos.

18 Según expresiva imagen de al-Rāzī hablando de un caso inverso.

19 La caída de Aledo (1092) señala el final de una época. Sólo en Šarq al-Andalus pervivirán cristianos encastillados en tierras musulmanas.

20 Menéndez Pidal, Esp. Cid 5 (1956), pp. 608-611. [Así lo estimaron ya los historiadores coetáneos de Rodrigo como Ibn Bassām: «Aḥ̣mad ibn Hūd, alzado en la Marca de Zaragoza todavía ahora..., temiendo por la pérdida de su reino y notando su menoscabo, pensó ponerle —a un perro de los perros de los gallegos por nombre Rudrīq y llamado al-Kambiyatūr— entre él y las rápidas avanzadas del Emir de los musulmanes, facilitándole el acceso a Valencia...» (trad. Viguera, «El Cid en las fuentes árabes», 2000, pp. 61-62)].

21 El relato de la Historia Roderici, § 76, y de Ibn Alqama son complementarios (cf. Ibn ‘Idārī, al-Bayān al-mugrib, a. 495 [1102/1103], trad. Huici, pp. 100-102).

22 Según Lacarra, «La conquista de Zaragoza», Al-Andalus, XII (1947), p. 69, los almorávides ocuparon no sólo Tortosa sino también Lérida. Según el Rawḍ̣  al-qirṭ̣ās (trad. Huici, p. 303), los almorávides habrían ganado Fraga ya en 1095 (dato poco creíble).

23 Los almorávides se apoderaron de Albarracín poco después de la muerte de Abū Marwān b. Razī llamado Ḥ̣̣usām al-dawla (1102) destronando a su hijo Yaḥ̣̣yā (según Ibn ‘Idārī, trad. Huici, p. 104). Cfr. Bosch Vilá, Albarracín musulmán (Teruel, 1950).

24 Sabemos que entre los arraeces sometidos a los almorávides que participaron en la batalla de Cutanda (1120) se destacaba ‘Azzūn b. Galbūn (el único de quien al-Bayān al-mugrib recuerda el nombre); el Mio Cid nos dice que fue señor de Molina. Véase adelante n. 80.

25 Véase Lacarra, Vida de Alf. el Bat. (1971), p. 26.

26 Según Ibn ‘Idārī (trad. Huici, p. 103). Véase Huici, «Los Banū Hud de Zaragoza (nuevas aportaciones)», EEMCA, VII (1962), 7-38 (especialmente pp. 8-12).

27 Al conocer la carta de Yūsuf a al-Musta ‘īn obtenida en Córdoba por ‘Imād al-dawla, el hijo de al-Musta‘īn.

28 Sobre la lenta repoblación de Candespina y Segovia nos habla muy expresivamente la escritura de 8 de mayo de 1107 en que Alfonso VI, treinta años después de la repoblación de Sepúlveda, concede a la iglesia toledana la diócesis de «Sepuluega cum toto Campo de Spina ut de Segobia sicut diuiditur per terminos Auxumensis sedis et Auilensis de cacumine moncium... usque ad flumen Durium». Segovia no tendrá obispo hasta 1120. El documento ha sido editado varias veces (véase en Sánchez Albornoz, Despoblación y repoblación, 1966, pp. 387-389).

29 El asedio y la expedición de los gobernadores almorávides ‘Alī b. al-Ḥ̣̣aŷŷ y Abū Muḥammad  Abd Allāh b. Fātima se cuenta por Ibn Idārī, al-Bayān al-mugrib (trad. Huici, pp. 105-106). La acción diversiva no creo que consistiera en un ataque a Talavera (según interpreta Huici y acepta Ubieto, El Cantar de M.C., 1973, p. 38), pues los ejércitos de Granada y Valencia se concentraron en Calatayud y, al morir en la acción ‘Alī b. al-Ḥ̣̣aŷŷ, gobernador de Granada (y no Ibn Fātima, como dice Ubieto), fue llevado a enterrar a Tudela.

30 Anales Toledanos I.

31 Hablando del a. 484 (23-feb.-1091/11-feb.-1092) y de cómo Yūsuf desposee a los reyes de Taifas, al-Ḥulal al-Mawšiyya (obra granadina de 1382, que usa fuentes viejas) explica que sólo fue respetado al-Musta ‘īn, que tenía entonces Zaragoza, Tudela, Calatayud, Daroca, Huesca, Barbastro, Lérida, Fraga, Balaguer, Medinaceli y Guadalajara (ed. Allouche, Al-Hulal al-Mawchiyya, Rabat, 1936, pp. 59-60 [vide, ahora, ed. S. Zakkār y ‘A. Q. Zimāma, Rabat, 1979]). La lista es algo sospechosa pues coincide con la que Ibn Idārī, al tratar del último Banū Hūd, asigna a al-Musta ‘īn Sulaymān b. Hūd, el primer rey hudí. Aunque no consta, es posible que al-Musta ‘īn II hubiera arrebatado Lérida, Fraga y Balaguer a Sulaymān, el hijo de al-Haŷib al-Mundir, a quien gobernaban los «hijos de Betir», de quien sólo sabemos que continuó acuñando moneda en Tortosa hasta 1099 (cfr. Menéndez Pidal, Esp. Cid 5, 1956, pp. 386 n. 1, 389 n. 2 y 431 n. 1); [consta que al-Muqtadir había arrebatado Molina a al-Qādir] durante la crisis del reino moro toledano que precede a su destrucción, pero no sabemos que reincorporara al reino de Zaragoza la cabecera del Henares [cfr. Menéndez Pidal, «Aldef. Imperator Tolet.» (1932), pp. 517-518, o Hist. y epop. (1934), p. 243].

32 Sobre la extensión de las posesiones de García Ordóñez, véase R. Menéndez Pidal, Esp. Cid, Disq. 28ª

33 «In era millesima centesima quadragesima quarta iussit Aldefonsus rex Garsie comiti populari Garrahe» (S. Mill. § 292). En los últimos años del siglo anterior, el conde aún se preocupaba de afianzar la población de sus tierras ribereñas del Ebro, dando fuero a las dos ciudades-puente de Logroño, 1095, y de Miranda, 1099. (Véase Cantera, Fuero de Miranda de Ebro, Madrid, 1945).

34 «...deinde ad flumen Razon ubi nascit ... et usque ad flumen Tera, ibi est Garrahe, antiqua civitate deserta, et ad flumen Duero» (S. Mill. § 86). 35 19-may.-1097 en Aguilera sobre Duero «Alvar Fañez de Zorita» (Silos, § 25); 8-may.-1107 en Castro de Monzón «Albarus Faniz dominus de Zorita et de Sancta Ueria» (Sánchez Albornoz, Despoblación y repoblación, p. 389). Cuenca (entregada a Alfonso VI con ocasión de la conversión de Zaida y sus caballeros) no llegó a perderse con la derrota que en ella sufrió Alvar Háñez a manos de Ibn ‘Ā’iša a. 490 (19-dic.-1096/8-dic.-1097), antes de que Yūsuf regresara a Marruecos (Menéndez Pidal, Esp. Cid 5, 1956, pp. 537-538 y n. 1), pues en 1107 Alfonso, según veremos, aún se preciaba de reinar «usque ad Cuenca».

36 «Ferrandus Garsias alcaid de Medina et de Guadafagara» confirma el doc de 8-may.-1107 (cit. en n. 35). En tiempo de doña Urraca tuvo un papel importante (como muestra la Crónica de Sahagún I). Según se expresa en una adición al Fuero de Palenzuela (El Moral, p. 27), «in illo tempore (esto es, de «Regina donna Urraca») erat senior in Palenciola Mienaya Ferrandus Garsie» [cfr. Gambra, Alf. VI. Dipl., núm. 24]. Ya en [6-set.-1110 y] 15-oct.-1110 firma como [«Ferrandus Garceiz de Fita», Dipl. Urraca, núm. 13], «Ferrando Garciez de Fita» (Burgos, § 72, p. 140), y con ese apellido suele aparecer en los documentos, quizá para distinguirse de «Ferrant Garciet frater eius»; otras veces los dos hermanos se llaman «maior» y «minor» (ejs. de 1125 en Silos § 34, 36; Oña § 155), o se aclara la personalidad del menor llamándole «Fernand García Pellica», «Fernandus Garcia Pellela» (Burgos, §§ 75, 89). Cfr. Canal Sánchez Pagín, «Don Pedro Fernández», AEM, XIV (1984), 33-71 que aporta nuevos datos y con cuyas conclusiones estoy sólo parcialmente de acuerdo; [sigo a Salazar Acha, «El linaje de Castro» (1991) y a Barton, The Aristocracy (1997), pp. 33 y 249, al creer que ambos son hijos de García Ordóñez; el «de Hita» habido en la infanta Urraca, el apodado «Pellica» en concubina].

37 En 23-abr.-1107 en un doc. de Fernando Asúrez, se dice «rege Adefonso in Toleto et in Leione et in omni regno Yspanie. Santius filius eius in Medina» (Oña, § 128). Contra lo que piensa Menéndez Pidal, Cantar de M. C. 2 (Madrid, 1944-1946), p. 1172, posiblemente Fernán García no fuera el ayo del infante: en el doc. de 8-may.-1107 firma un «Pelagius Ferrandiz pedagogus et maiordomus infantis».

38 14-may.-1107: «Sancius puer regis filium regnum electus patri factum», Arch. Cat. Santiago. Tumbo C, f. 219, Sant., III, § 23, p. 72. Cfr. P. David, «Le pacte successoral entre Raymond de Galice et Henri de Portugal», BHi, L (1948), 275-290 y Rui Pinto de Azevedo, Docs. medievais port. Docs. régios, vol. I, t. II (1962), 547-553.

39 S. Mill., § 292 (véase atrás, n. 33).

40 Especialmente el famoso Josef B. Ferrusiel «Cidiello», que tan importante papel tuvo en el tránsito del reinado de Alfonso VI al de Urraca, y cuya entrada en Guadalajara cantó en una jarŷa Yěhūdāh ha-Lēwī. Sobre la duración de la enfermedad de Alfonso y los cuidados médicos, cfr. Pelayo, Chron., p. 474.

41 Chron. naiarensis, § 27, Anales Toledanos I y Rodrigo de Toledo, De rebus Hispaniae, VI, 32.

42 De rebus Hispaniae, VI, 32. Nombra también a Consuegra, perdida en 1099 (según los Anales Toledanos II), y a Oreja, que no se pierde hasta 1113. Sobre Cuenca, véase n. 35.

43 La hipótesis de que Urraca se hubiera casado con el rey de Aragón en vida de Alfonso VI, avanzada por Ramos Loscertales en «La sucesión del rey Alfonso VI» (1936-41), pp. 36-99, carece de pruebas y no creo que se ajuste a la realidad.

44 Chron. Adefonsi Imperatoris, ed. Sánchez Belda (1950), §§ 96-102 [o ed. Maya, 1990, II, §§ 1-7]. Los Anales Toledanos II fechan la pérdida de Talavera el 16-ag.-1109; el Nazm al-yumān el sábado 14-ag.-1109. Para el cerco de Toledo, véase al-Bayān al-mugrib a. 503 (1109/1110); [el 19-mar.-1113, Urraca, con el consenso de Alvar Fáñez «tunc temporis Toletani principis», donó San Servando al arzobispo, argumentando que el monasterio «a sarracenis destructum et a Massiliensibus monachis qui nuper ibi morabantur constaret desertum», Dipl. Urraca, núm. 57].

45 Según los Anales Toledanos I, en 1109 «exieron los de Madrit e de toda Estremadura en Agosto e fueron cercar a Alcala que era de Moros». No lo harían mientras ‘Alī atacaba Talavera (12-14 agosto), ni durante los días que cercó a Toledo y destruyó los muros de Madrid, Olmos y Canales (19-27 agosto?). Alcalá no se recuperó hasta 1118 (Anales Toledanos I, Hist. Compostellana II, 10, p. 273).

46 La fecha, según doc. de 24-mar.-1110 (aducido por Lacarra) e Ibn Idārī (Huici, «Los Banū Hūd», pp. 6-7). Evidentemente, la expedición había culminado en el ataque a Arnīṭ̣̣  ‘Arnedo’ (que, contra lo dicho por Huici, era «une place très forte, qui compte parmi les forteresses les plus importantes» según al-Rawḍ̣̣  al-mi ‘ṭ̣̣ar). En unos anales incorporados a la Estoria de España, en su Versión crítica, se precisa: «Este año otrossí mataron los christianos a Almozcaén en Valtierra. E matólo con su mano Lope Garcíez de Viluiello e Martin López de Valtierra. Allý fue preso el conde Ladrón e el conde don Enrrique padre del rrey don Alfonso de Portogal» (Catalán, «El Mio Cid de Alf. X», p. 213).

47 Según IbnIdārī (trad. Huici, pp. 126-128).

48 En 510 (1116) el gobernador de Zaragoza Abū Yahyà [Abû Bakr b. Ibrahīm] ataca a ‘Imād al-dawla en Rueda y Borja, según al-Bayān al-mugrib (trad. Huici, p. 146).

49 En doc. de Nájera, 15-ag.-1110, confirma «Petrus Gonzalbez, comes de Metina» (S. Mill. § 297) [y en doc. de San Esteban de Gormaz, 1110 (primera mitad) la nómina de «dominantes» acaba con «don Gomiz in Ponticurbo et in Cereso, comite don Pedro in Lara et in Medina, Alvar Hanniz in Toleto et in Pennafidele, Ferdinando Garsia in Fita» (Monterde, Dipl. Urraca, pp. 30-31). La ordenación geográfica de los tenentes y un doc. de c. 1117 (Dipl. Urraca, p. 180) en que «Petrus Gundisaluit» confirma como «in partibus Extremadure comes» evidencian las responsabilidades fronterizas del conde de Lara (la suposición de Montaner, Cantar de Mio Cid, 1993, p. 544, de que la Medina nombrada sea la de Pomar carece de sentido. Se apoya en una identificación del Índice de García Turza, Valv., 1985, s.v., cuya autoridad es similar a la del Índice de Lucas, «Valb.», 1951, s.v., que la sitúa como una de las dos Medinas hoy en la prov. de Valladolid)].

50 El Toledano (De rebus Hispaniae, VII, 2) supone que el conde don Pedro de Lara y el conde don Gómez de Castilla eran rivales en el amor de la reina antes de la batalla de Candespina.

51 Mazdalī, gobernador de Córdoba, Granada y Almería, ataca Guadalajara en 506 (1112/1113), según al-Bayān al-mugrib (trad. Huici, p. 133).

52 Chron. Adefonsi Imperatoris, ed. Sánchez Belda (1950), §§ 107-108 [ed. Maya (1990), II, §§ 12-13]. Los Anales Toledanos II fechan la pérdida de Oreja en 1113, y el cerco de Toledo subsiguiente en 1114; pero al-Bayān al-mugrib a. 507 (1113/1114) parece conocer sólo una campaña de Mazdalī, empezada antes del 14-oct.-1113 († Sir b. Abī Bakr al-Lamtunī).

53 Aunque los ataques «usque ad flumen Dorium», citados en la Chronica, parecen organizados desde Coria y Albalat, me atengo al testimonio de la Hist. Compostellana I, XC.1.3 [ed. Falque, pp. 147, 148].

54 No consta cómo se perdió; pero cfr. n. 49 con n. 55.

55 Según el Rawḍ̣̣  al-qirṭās (ed. Huici, pp. 314-315), en 507 (18-jun.-1113/6-jun.-1114) «supo el emir Mazdalī que Ibn al-Zand Garsīs, señor de Guadalajara, sitiaba a Medinaceli y se dirigió contra él. Éste, al saberlo, huyó, levantando el cerco..., etc.». (Cfr. Menéndez Pidal, Cantar de M. C., 1908, p. 74, n. 3).

56 Según pone de manifiesto la Crónica de Sahagún I, eds. de Escalona, Historia ... de Sahagún (1782), Apéndice I, y de Puyol, «Las Crón. anón. de Sahagún» (1920-1921).

57 S. Mill. § 297. En otro documento de 1110 sin mes (Valb. § 195) Alfonso I y Urraca, estando al parecer en Nájera, se hallan exclusivamente acompañados de personajes castellanos; entre ellos figuran: Diego López, dominante en Nájera y Grañón, Íñigo Jiménez en Calahorra y ambos Cameros y García López en Tobia y Marañón.

58 «Senior Acenar Acenariç in Funes et in Sancto Stephano de Gormaç». Documento datado en Santa María de Carrión, en que sólo confirman aragoneses (Doc. reconq. § 299).

59 Hist. Compostellana, I, LXXX [ed. Falque, pp. 125-126].

60 En la Hist. Compostellana, I, LXXXV, se ve claro (pese a una retórica de encubrimiento), que, en vista de la pasividad de los castellanos, los gallegos se limitaron a desplegarse en Atapuerca, mientras los aragoneses acampaban en Villafranca de Montes de Oca.

61 Como los definirá la Crónica pinatense con motivo de las paces de Támara (1127).

62 «Valb.», §§ 198 y 199 (EEMCA, IV, 1951, pp. 605-606).

63 S. Mill., «Complemento», § 55. Y, de nuevo, en una adición de 1116 a un doc. de 1114, S. Mill., § 299 (reinando Urraca «In Burgis et in Castella»).

64 Según notó ya Menéndez Pidal en «Sobre un tratado de paz entre Alfonso I el Batallador y Alfonso VII», BRAH, CXI (1943), 121. Docs. de 4 y 28-abr.-1115 (Sahag., §§ 1543 y 1544), 8-may.-1116 (Burgos, § 77).

65 Docs. de ag.-1115, marz., abr., jul.-1116, marz.-1117, etc. (Docs. reconq., §§ 299, 301, 302, 110, 10). 

66 Hist. Compostellana, I, CVIII y CIX, año 1116. A ese tiempo corresponde el documento del 8-may.-1116 (Burgos, § 77) que consigna una tripartición: «Regnante... Adefonso aragonensium rege in regno suo, in Nazara atque Burgis; regina vero Urraca in Legione atque Gallecia, et infans eius filius apud Toletum et Extrematuram».

67 Sancho Aznárez en Arnedo, Lope López de Calahorra, Fortún Garcés Caxal en Nájera y Grañón, Íñigo Fortún en Cerezo, Aznar Sánchez en Belorado, Banzo Mómmez en Oca, Gonzalo Díaz en Piedralada, etc. Docs. de ag.-1116 (S. Mill., § 300) y 17-feb.-1117 (Fita, «Nájera», pp. 266-268).

68 Cfr. Hist. Compostellana, I, 64, 3 («Seuus igitur Celtiberus Gallitiam furibundus intrauit...»).

69 En el Fuero de Belchite (13-dic.-1119) Alfonso dice reinar «Dei gratia in Çaragoça et in Tutela usque ad Morella...» (ed. Bofarull, en CODOIN-Aragón VIII, p. 9). El dominio de Morella no fue pasajero: todavía en un doc. de 1129 (Doc. reconq., § 152) se expresa que Alfonso reina «de Bilfurato usque Murella» (la fecha se comprueba gracias al Doc. reconq., § 157 de 5-may.-1129, que cita los mismos cuatro señores de Calahorra).

70 Véase Lacarra, «La conquista de Zaragoza», Al-Andalus, XII (1947), 65-96.

71 «In era MªCªLªVª... in anno quando fuit presa Moriella» (Lacarra, «La conquista de Zaragoza», p. 74, n. 1).

72 Cuando Alfonso entra en la Aljafería de Zaragoza, 18-dic.-1118, da a Lope Ibáñez de Tarazona «Ailaga cum suos terminos, et Bitarg, et Siarg et Apelia, et Calue, et Alcala similiter cum illos terminos», Doc. reconq., § 12.

73 «Galin Sanz de Belgit», a quien Alfonso concede la plaza a perpetuidad, figura ya entre los señores que subscriben el fuero dado a Zaragoza en en.-1119 (Lacarra, «La conquista de Zaragoza», p. 75). El Fuero de Belchite es de 13-dic.-1119.

74 Véase Lacarra, Vida de Alf. el Bat. (Zaragoza, 1971), pp. 71-74. La confirmación de la Cofradía se fecha hacia abr.-1122.

75 Fuero de Belchite (ed. Bofarull, en CODOIN-Aragón, VIII, p. 9. Yerra V. de la Fuente en Esp. Sagr. XLIX, pp. 329-330, cuando lo fecha en 1116). Posiblemente se ocupaba de la restauración del obispado de Segovia (pues el 25-en.-1120 es consagrado el primer obispo de esa ciudad). Este documento confirma la noticia de los Anales compostelanos: «Era MCLVII populavit rex Aldefonsus Soriam» (Flórez, Esp. Sagr., XXIII, 321).

76 Sobre la fecha del fuero, véase Serrano y Sanz, BRAE, VIII (1921), 528-589.

77 «Hec sunt terminos...: De Taraçona ad Soriam, et ad Calahora, et ad Ochon, a la Cogola, a Lara, a Lerma, a Baldavellano, a Peña Fidel, a Segobia, a Madrit, ad Oreia, a Molina, a Calatahub. Finitur terminus ad Taraçona». Sorprenden los términos de referencia, especialmente la falta de toda mención de San Esteban de Gormaz, de Medinaceli y de Guadalajara (e Hita).

78 Cargo con que confirma la carta de población.

79 De 1121 a 1125, firma con regularidad entre los tenentes navarroaragoneses. Desde febr.-1127, hasta el fin del reinado, aparece en su lugar Fortún López. Sobre la necesidad de intercambiar la fecha de varios documentos de 1124 (era MCLXII) y de 1127 (era MCLXV) véase Lacarra, «Alf. I y las paces de T.», pp. 461-473. Varios docs. De 1116, 1117 y 1118 con la confirmación de Íñigo López dominante en Soria (La Fuente, Esp. Sagr., L, pp. 385-387; Corona Baratech, «Las tenencias», p. 392, n. 127, y S. Mill., § 301), están mal fechados. Es falso que un supuesto hijo de Íñigo López llamado «Garsia Enneci, qui tenebat Soriam» se pasase a Alfonso VII: «Soriam» es un error de Berganza, por «Ceiam».

80 Por tratarse del «Abengalbón» inmortalizado por el poeta del Mio Cid suele aceptarse que era señor de Molina. 

81 Véase el pormenorizado relato de Ibn Idārī, al-Bayān al-mugrib. Cfr. Huici, «Nuevas aportaciones» (1963), pp. 313-330.

82 Cfr., para lo que sigue, Ubieto, «Los primeros años de la diócesis de Sigüenza», Hom. Vincke (1962-63), pp. 135-148.

83 La fecha de la consagración de Bernardo de Agen se induce de un documento de 1144 que el obispo dice ser el año «vigesimo tertio ordinationis meae»; cfr. Sigüen., I, p. 63. El obispo de Sigüenza asiste ya a la asamblea en que se conceden indulgencias a la Cofradía de Belchite hacia abril de 1122 (según Ubieto, «Cofr. de Belchite», 1952, pp. 427-434).

84 Doc. reconq., § 307. Pero quizá se trate de Daroca de Rioja.

85 S. Mill., § 303.

86 Corona Baratech, «Las tenencias», p. 392, cita a «Eneco Enequiz» como tenente en Borovia y Alfaro (1124-1127). De las tres referencias que da, la de La Fuente, Esp. Sagr., L, 390 es errónea, pues en ella figura como tenente de Borovia y Alfaro (1127) Lope Íñiguez. No he visto los docs. de la Catedral de Pamplona, ni del Arch. Munic. De Huesca a que remite.

87 Lope Íñiguez confirma como tenente en Borovia o en Borovia y Alfaro, en documentos de 1125, 1127, 1128, 1129, 1130 y 1131.

88 En 1135 Alfonso VII alude a «Salas illam populationem novam quam populavit Adefonsus rex Aragonie cum omnibus terminis suis ad radicem Montis Caci inter Agredan et Olbegam», Sigüen., I, p. 354.

89 Doc. reconq., § 121.

90 Días después, estando en Daroca, recordará cuando se hallaba «apud Monreal quando ibi tenebamus fronteram», Doc. reconq., § 122.

91 «...dono tibi Carengena populare... ut habeas in ista predicta Carangena tantum quantum ibi potueris populare...», Doc. reconq., § 121.

92 «In illa populacione de Mont Regal» fecha el documento de setiembre (Doc. reconq., § 121).

93 Doc. reconq., § 121. La memoria no lleva fecha. El año 1128, que propone Lacarra, es arbitrario; puede muy bien ser de 1124, como él mismo reconoce en Vida de Alf. el Bat., pp. 94-96.

94 Dozy, Recherches 3 (1881), p. 358.

95 La argumentación de Lacarra, «Alf. I y las paces de T.» (1947-48), 461-473, contra la fecha propuesta por Menéndez Pidal, «Sobre un tratado de paz» (1943), 115-131, es convincente.

99 Lacarra, «Alf. y las paces de T.», p. 467, n. 24.

100 Doc. reconq., § 139.

101 Doc. reconq., § 140.

102 Doc. reconq., § 153. Parece bien fechado, a pesar del zigzag en el itinerario regio.

103 «In illa populatione de Almazan» fecha Alfonso I docs. de agosto y octubre; y «Eneco», capellán del rey «quando prefatus rex populabat illam populationem d’Almaçam quam cognominabat Placentiam», un doc. de 22-set.-1128 (Doc. reconq. § 144, 145; 55).

104 Según la Chron. Adefonsi Imperatoris, § 14.

105 Varios docs. asocian la población de Monreal y la conquista de Molina. Uno de ellos, redactado «in Molina, die IIIo postquam fuit presa Molina gratias Deo», se fecha sin otra indicación «in anno quando populauit Mont Regal», la doble referencia ocurre también en otro, sin fecha, redactado en Calatayud (Doc. reconq., §§ 147, 148).

106 «Galter» tenente de Trait figura en docs. de feb. y oct. 1128 mientras el rey está sobre Molina (Doc. reconq., §§ 140, 145).

107 Un doc. de oct. 1127 se fecha ya «in illo Castelo nouo super Molina» (pero quizá sea de 1128); en en.-1128 Alfonso I estaba en Entrena, en feb., marz., may. «in illo Castello nouo super Molina» (Doc. reconq., § 53, 139, 140, 141, 142). Indudablemente se ausentó en may. (Ricla), ag.-oct. (Almazán), regresando en el mismo mes de oct. (Doc. reconq., § 53). No debió ya de apartarse de Molina hasta su rendición.

108 Un doc. de dic. 1128 aún se fecha «in castro de Castel nouo super Molina», mientras otro del mismo mes «in Molina» (Doc. reconq., §§ 146, 324). La rendición debió de ser muy a comienzos de ese mes, pues el rey volvió a Almazán y de allí marchó a Tudején, 17-dic.-1128, de donde siguió a Ocón en en.-1129.

109 Según el relato de la Chron. Adefonsi Imperatoris, §§ 13-17, que sitúa los acontecimientos en 1129. De hecho, el rey de Aragón estaba nuevamente «in uilla que dicitur Almazan» en dic.-1128; pero el 17-dic.-1128 está ya en Tudején, donde continúa en enero de 1129. En ese mes va a Ocón y vuelve (?) a Ribarroya. Un doc. particular de 31-en.-1129 aún se fecha «in anno quando populauit rex Almascán et fuit Fremont disfacto et mortuo», prueba de que hubo combates con los imperiales (Doc. reconq., §§ 57, 150, 153, 154, 155).

110 Durante el cerco de Molina, Alfonso debió de encomendar al vizconde Gastón de Bearn, señor de Zaragoza, la defensa de Monreal (may.-1128, 6-dic.-1128, Doc. reconq., § 143, 56); del mismo modo, Ato Orella, señor de Sos, Ricla y Fontes, quedó destacado «in Cotanda et in Çecla» (may.-1128), dejando en manos de su vasallo Per Ramón (cfr. Doc. reconq., § 282) a Ricla. El carácter fronterizo de Cella se subraya en el propio documento, pues consigna que Alfonso I reina «usque in Çecla et Molina»; y de su texto se induce que Ato Orella fue encargado de su población. Es posible que Cella se comenzase a edificar y poblar en 1127, si es que las noticias que citamos a continuación (Doc. reconq., 38, 39, 40, 136, 137, 138 —algunas indebidamente asignadas al año 1124) se refieren a Cella, como supone Ubieto (El Cantar de M. C., p. 106), y no a Azaila, como cree Lacarra (Vida de Alf. el Bat., p. 93) siguiendo a Menéndez Pidal: «in illo anno quando primum fuit compezata illa populatione de Azehla», «...quando primum fuit facta illa populacione de Azehla», «...quando primum fuit hedificata illa populacione de Açehla» (ag. 1127), «tempore illo quo prefatus rex cum primoribus regni sui cepit edificare ciuitatem in Aceifla» (8-set.-1127). Ubieto insiste en que Alfonso I no dominaba la región al Sur de Belchite, lo cual no es cierto (véanse arriba las notas 69 y 72); pero, aunque no contemos con ese argumento, me inclino a identificar Azehla con al-Sahla («Celfa», «Cella»).

111 Aunque en 1134 (set., oct.) Ramiro se consideraba rey de Zaragoza y dominaba en ella tuvo muy pronto que ceder la ciudad a Alfonso VII, quien el 26-dic.-1134 («eo anno quo mortuus est Aldefonsus rex Aragonensis») ya se decía «Imperante... in Toleto et Cesaraugusta et Legione et Nazara» y ejercía en la ciudad su autoridad. El gobierno de Alfonso duró hasta 1137, primero más directamente («rex de Leon senior in Zaragoza et Lop Lopez per sua mane. ... Don Garzia in Tutela. Raimirus rex in Aragon», [Zaragoza], 22-mar.-1135; «Regnante rege Ranimiro in Aragon. Rege petit de Leon in Zaracoza. Rege Garsia in Pampilona», Huesca, jun.-1135, Doc. reconq., § 186, 187); luego, colocando en ella al rey García (en.-1136 «tenebat rex Garzia Seragoza per mandamento de illo imperatore», Doc. reconq., § 192) o al rey Ramiro y a su mujer (3-jul-1136 «quando imperator reddidit Zaracoza ad rege Raimiri et uxori sue», Doc. reconq., § 196).

112 Es muy explícita la datación de un documento de García Ramírez de 1134: «anno quo mortuus fuit rex Adefonsus et fuit eleuatus rex Garsias regem in Pampilona et in Nagara, in Alaua et in Bizcaia et in Tutela et in Monson» (Doc. reconq., § 336).

113 El 10-nov.-1134, «in anno quo mortuus fuit rex Aragonensi», Alfonso VII se dice ya «imperator... in Toleto regia urbe, Legione et Castella et Nagera» (S. Mill., § 305).

114 Antes de la entrada de Alfonso VII en Zaragoza, Ramiro II, que dominaba incluso en Calatayud (donde entró el 6-oct.-1134, La Fuente, Esp. Sagr., XLIX, 357, cfr. Balaguer, «La Chronica Adefonsi», p. 22; oct.-1134: «Lope Lopez in Calataiube et in Ricla», Doc. reconq., § 84), no incluye entre sus tenencias la de Soria. Y, desde luego, García Ramírez nunca dominó en Soria ni, al parecer, en Borovia.

115 Soria, Tarazona, Borja, Gallur, Alagón, Calatayud, Ricla, Épila, Zaragoza, Belchite, etc.

116 En el documento de junio, aunque se dice escrito «in illo tempore quando rex Adefonsus de Lion intrauit in ciue Çaragoça», la lista de tenentes acompaña al nombre de Ramiro, rey «in Aragone et in Suprarui et in Ripagorça et in Pampilona»; en el de diciembre, se nombra a Alfonso VII, reinante «in Leione et in Toleto et in Çaragoça», y a los tenentes de Zaragoza (el «rex Garcia»), Ricla y Calatayud, Borja, Tarazona y Soria.

117 En un doc. de Toro, jun.-1135 («eo anno quo... sumpsit coronam imperii in Legione»), Alfonso hace toda una serie de donaciones al obispo de Sigüenza: «in Calatajub», «Salas, illam populationem novam quam populavit Adefonsus rex Aragonie» (al pie del Moncayo, entre Ágreda y Ólvega), «in Soria», «in Almazam» (Sigüen., § 7).

118 Doc. reconq., §§ 197, 196 y 197 (respectivamente); en el de octubre dice hallarse en guerra con García Ramírez.

119 Sigüen., §§ 9, 10, 11.

120 Serrano y Sanz, «Un doc. bilingüe», BRAE, VIII (1921), 588-589.

121 Los pactos de división de Navarra, aunque repetidos, quedaron anulados por convenios unilaterales de los reyes navarros con uno y otro de sus poderosos vecinos. Cfr., para los primeros repartos, Ubieto, «Nav.-Arag. y la idea imperial» (1956), pp. 56-58 y 74.

122 Sabemos de esa expedición por un doc. de jun.-1163 en que cierto caballero navarro reconoce una deuda de un montante de maravedís lupís contraída «quando rex Sancius fuit ad Murciam» (Lacarra, «El rey Lobo», pp. 516-517).

123 Excluida la que tenían los aragoneses en Gúdar y Campo de Monteagudo del Castillo, así como Teruel y sus términos.

124 Lacarra, «El rey Lobo», pp. 523-526.

125 Procedentes de unos *Anales navarro-aragoneses utilizados por los historiadores alfonsíes en la Versión crítica de la Estoria de España de 1282/84 (y que, por tanto, se hallan en la CrXXR; cfr. Catalán, «El Mio Cid de Alf. X», pp. 208, n. 49; 211, n. 66, y 213; o La Estoria de Esp. de Alf. X, cap. IV, pp. 102, 104, n. 66 y 106); [o, mejor, aquí adelante, cap. VI, pp. 194-195 y 201-202]. La segunda noticia figura, muy abreviada, en los Anales Toledanos I, que utilizaron unos *Anales navarroaragoneses emparentados con los aquí citados: «Lidió el Rey Lop con los revellados en Granada e mataron a Pedro García de Lacián, Era MCC» (a. 1162). La visceral hostilidad de los historiadores documentalistas a las fuentes de carácter narrativo les ha llevado a ignorar el testimonio de estos (y otros) anales conocidos por Alfonso X y a caer en desatinadas interpretaciones de los Anales toledanos I y II. Sirva de ejemplo la suposición de González, El reino de Castilla... de Alf. VIII, p. 889, n. 18, de que el dato de los Anales toledanos II «Arrancada sobre cristianos en Alcanabat, era MCLXXXV» se relaciona con la pérdida de Almería en 1157 (!); esta arrancada en el Cañavate (junto a Alarcón, al S. de Cuenca), ocurrida en 1147, se cuenta con interesantes pormenores en los anales conocidos por Alfonso X: «En este año lidió Avenhindín que dixieron Barva Rroya con los de Estremadura en Alcañabat e venciolos. E fue él ý ferido de una saeta e tóvolo encobierto que non lo sopo ninguno de los suyos, e fue a Murçia e dio su fija a Lope de Fraga, el fijo de Çafada e murió, e alçaron rrey a su yerno, et fue el rrey Lope». No menos desorientada es la identificación de la batalla de Liviriella (Anal. Tol. I), con una supuesta derrota del conde don Nuño por Fernando II en tierra de Campos (p. 171), cuando se trata de la famosa derrota de «el rey Lobo» y sus auxiliares cristianos por los almohades en Librilla, en el llano de Murcia, a diez millas de la capital (cfr. el relato de Ibn Sāḥ̣̣ib al-Ṣ̣̣alat apud Ibn Idārī, trad. Huici, pp. 379-383).

126 Que dio a conocer Dozy, Recherches 3, I, pp. 364-368. Ibn Idārī resume [perdiendo datos].

127 [La identidad de este nieto de Alvar Háñez resulta clara en el Carmen de expugnatione Almeriae urbis (véase adelante, cap. IV, n. 111). Se trata de Alvar Rodríguez, conde desde 1161, hijo del conde Rodrigo Vela. Hasta ahora la documentación existente permitía a los historiadores situar su muerte antes del 20-en.-1167 (doc. del «Tumbo de Lorenzana», citado por Salazar Acha, «Los Vela», 1985, p. 54 y por Barton, The Aristocracy, 1997, p. 230].

128 Pedro Esquerra en 1155, 1157, 1158 (Doc. reconq., § 259, 262 y 377, 264, e Irache, § 171); [ya con García Ramírez, figura, en may.-1141, «Petro Ezquerra in Sancta María de Uxuei» (Martín Duque, Leire, § 315, p. 414); Ubieto, Los tenentes, s.v., lo halla hasta abr.-1160]. Martín de Borovia en 1157 (Lacarra, Doc. reconq., § 262).

129 Don Rodrigo de Azagra, padre de don Pedro, había ya sido señor de Estella (docs. de Irache, años 1143-47, 1149, 1152; Doc. reconq., años 1143, 1146, 1155). Don Pedro figura en docs. de 1157 y 1158 (Doc. recoq., §§ 262 y 264), 1170-72, 1174-77 (Irache). Cfr. Lacarra, «El rey Lobo» (1952), notas 1 de p. 521 y 3 de p. 519.

130 Sobre los orígenes de este señorío, véase Lacarra, «El rey Lobo» (1952).

131 [En el citado tratado de Sahagún].

132 Pero, aunque siguió siendo vasallo de Sancho el Sabio, buscó el entendimiento con Castilla usando la interesada protección del arzobispo de Toledo. Cfr. González, El reino de Castilla ... de Alf. VIII (1960), p. 312.

133 [Mss. Res 278 y 302 de la Bibl. Nac., Madrid. Véase  Catalán y Jerez, Rodericus Toletanus y la Historiografía romance, cap. II. Don Fernando, antes de suceder a su hermano en Albarracín, había combinado el gobierno de Estella (bajo Sancho VI de Navarra) con el de Daroca y Calatayud (bajo Alfonso II de Aragón); luego esquivó las consecuencias de un pacto (30-nov.-1187) de Castilla y Aragón para acabar con su señorío y hasta propició una alianza de Sancho VI y Alfonso II contra la prepotencia castellana (7-set.-1190). Más tarde, según hemos visto, se ganó el agradecimiento de Alfonso VIII.

134 [Véase Fortún, Sancho VII el Fuerte (1987), pp. 247-285 y «Del reino de Pamplona al reino de Navarra (1134-1217)» en la Historia de España de Menéndez Pidal, vol. IX (1998), pp. 607-660].

Índice de capítulos:

* PRESENTACIÓN

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (1)
   a. La realidad se forja en los relatos

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (2)
    b. Rodrigo, Campeador invicto para sus coetáneos

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (3)
   c. Del Campeador al Mio Cid. Los nietos del Cid y la herencia cidiana

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (4)
   d. Rodrigo, el vasallo leal, a prueba

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (5)
   e. El Soberbio Castellano

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (6)
   f. El Cid se adueña de la Historia y la Historia anquilosa la figura del  Cid

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (7)
   g. El Cid del Romancero salva al personaje literario del corsé historiográfico

* II EL «IHANTE» QUE QUEMÓ LA MEZQUITA DE ELVIRA Y LA CRISIS DE NAVARRA EN EL SIGLO XI

*  III LA NAVARRA NAJERENSE Y SU FRONTERA CON AL-ANDALUS

*   IV EL MIO CID Y SU INTENCIONALIDAD HISTÓRICA

V EL MIO CID DE ALFONSO X Y EL DEL PSEUDO IBN AL-FARAŶ

VI RODRIGO EN LA CRÓNICA DE CASTILLA. MONARQUÍA ARISTOCRÁTICA Y MANIPULACIÓN DE LAS FUENTES POR LA HISTORIA

* VII LA HISTORIA NACIONAL ANTE EL CID

* APÉNDICE I.  SOBRE LA FECHA DE LA HISTORIA RODERICI

* APÉNDICE II. SOBRE LA FECHA DE LA CHRONICA NAIARENSIS

* ÍNDICE DE REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS (Y CLAVE DE SIGLAS)

II EL «IHANTE» QUE QUEMÓ LA MEZQUITA DE ELVIRA Y LA CRISIS DE NAVARRA EN EL SIGLO XI

II EL «IHANTE» QUE QUEMÓ LA MEZQUITA DE ELVIRA Y LA CRISIS DE NAVARRA EN EL SIGLO XI (EL CONSUEGRO DEL CID)

 a. Un «ihante» navarro desterrado, muerto en Rueda

      En un fragmento de al-Bayān al-mugrib fi ajbār mulūk al-Andalus wa-l-Magrib, hallado en la mezquita de al-Qarawiyyīn en Fez (puesto al alcance de la erudición por A. Huici Miranda 1), Abū-l ’Abbās Ah̣mad b. Muh̣ammad ibn Iḏarī, cuando refiere la muerte de Alfonso VI, traza la ascendencia del conquistador de Toledo y se ocupa de los tres hermanos García, Fernando y Ramiro, hijos de Sancho el Mayor. Con respecto al rey García de Nájera, el muerto en la batalla de Atapuerca (1054), aduce un curioso pasaje de Abū Bakr b.  ’Abd al-Rahmān 2:

 (‘Dice Abū Bakr b. ‘Abd al-Rahmān: Era García más valiente que sus hermanos y lo mató su hermano Fernando en una guerra que tuvieron ambos y dejó dos hijos, uno de los cuales se alzó con el reino y fue Sancho; el otro salió para el país del Islam y fue el “ilfant(e)” que prendió fuego a la mezquita de Elvira y fue muerto en Rueda por un motivo largo de explicar aquí. El nombre de “ilfant(e)” lo pronuncian “ilhant(e)” cambiando la f en h, al hablar y su significado entre ellos es hijo de rey como entre los persas Sābūr’) 3. 

      Al tropezar por primera vez con este pasaje 4, en que se señala, de pasada, una característica del habla riojana del siglo XI que había sido reconstruida por la crítica filológica (la pronunciación [h] por /f/ en la foz iffante), me propuse llamar la atención de los romanistas hacia este testimonio lingüístico y, a la vez, situar el dato dialectológico en el tiempo y el espacio, tratando de identificar al infante cristiano, a quien los suyos llamaron «Ilhante» o, mejor, «Ihante». Pero la cuestión resultó ser demasiado compleja para desarrollada conjuntamente, pues la historia personal de los hijos del rey García de Nájera se halla conexionada íntimamente con la crisis y desintegración del gran reino najerense creado por Sancho el Mayor y con la ulterior restauración de la pequeña Navarra del siglo XII. Consecuentemente decidí desglosar las anotaciones históricas 5 de las anotaciones lingüísticas 6.

b. Los hijos del rey García de Nájera

     Abū Bakr b. ‘Abd al-Raḥmān presenta un esquema muy simplificado de la descendencia del rey García de Nájera, ya que sólo conoce un hermano del rey don Sancho (1054-1076): el «Ihante» famoso por sus hechos en al-Andalus. Las fuentes cristianas nos dan a conocer varios infantes, hijos de este rey García de Nájera. En el testamento de la reina doña Estefanía (la mujer del rey don García)7 se nombran, aparte del rey don Sancho, otros tres hijos: don Ramiro, don Fernando y don Ramón 8; y en los diplomas de Sancho Garcés confirman de ordinario esos mismos tres hermanos 9. Además de estos hijos habidos en la reina, don García tuvo un hijo no legítimo: otro don Sancho 10. Interesa, por tanto, precisar a cuál de los hermanos del rey don Sancho el Menor se refieren las observaciones del historiador árabe.

c. El infante don Ramiro, muerto en la traición de Rueda

     Uno de los rasgos más sobresalientes en la biografía del «Ihante», tal como la esboza Abū Bakr b. Abd al-Raḥmān, es su muerte violenta en Rueda. Seguramente, en la sonada traición de 1083, que costó la vida a varios muy altos personajes al servicio de Alfonso VI, el Emperador.
      Gracias al detallado relato de la acción de Rueda que nos da la Historia Roderici (anterior a 1110 11), sabemos que el infante navarro don Ramiro tuvo en ella un importante papel: 

 «... accidit ut quidam homo ignobilis, nomine Albolfalac, qui tunc tenebat castrum Rote, quod est uicinum Cesaraguste, substraxit se cum predicto castro de iure et de dominio Almuctaman regis, et rebellauit in eo pro nomine Adafir, qui fuit patruus Almuctaman, qui intrusus erat a fratre suo Almuctadir in predicto castro. Ob autem hanc causam, predictus Adafir rogauit imperatorem Aldefonsum multis precibus ut auxiliaretur sibi. Quo audito, imperator Aldefonsus misit ad eum Ranimirum infantem et comitem Gundissaluum et alias quam plures potestates cum ingenti exercitu, ut subueniret ei. Illi autem uenientes ad eum, cum eo inierunt consilium quod mitterent ad imperatorem, rogantes eum ut ipsimet ueniret, quod ita factum est. Qui cum exercitu suo statim uenit ad eos et mansit illuc paucis diebus. Interea uero mortuus est Adefir. Albolfalac autem rebellis castri Rote habuit consilium cum infante Ranimiro, quod traderent Rotam imperatori Aldefonso. Predictus uero Albolfalac illico ad imperatorem uenit et locutus est cum eo uerba pacifica in dolo, supplicans ei multis precibus ut ueniret ad predictum castrum et intraret illum. Sed antequam imperator ad castrum accederet, permisit Albofalac principes imperatoris prius castrum intrarent, ipso autem prope stante; at ubi ingressi sunt, dolus et proditio Albolfalac statim cognita uidetur: milites autem et pedites qui custodiebant castrum, percusserunt principes imperatoris lapidius et saxis, et multos de illis nobilibus occiderunt. Imperator autem reuersus est ad castra nimium tristis» 12.

(‘... Sucedió que cierto hombre de oscuro linaje llamado Albolfalac, que entonces tenía el castillo de Rueda, situado cerca de Zaragoza, se substrajo, con el dicho castillo, del homenaje y señorío del rey Almuctamán y se alzó en nombre de Adafir, que era el tío paterno de Almuctamán, a quien su hermano Almuctadir había recluido en dicho castillo. En esta circunstancia, el dicho Adafir rogó al emperador don Alfonso con grandes súplicas que le auxiliara. Oído esto, el emperador don Alfonso envió en su ayuda con una gran hueste al infante don Ramiro, al conde don Gonzalo y a otros varios magnates. Llegados junto a él, acordaron en su consejo enviar mensaje al emperador rogándole que acudiera en persona. Él vino prontamente con su hueste y acampó durante unos pocos días allí. Entre tanto murió Adefir. Albofalac, rebelado en el castillo de Rueda, se aconsejó con el infante don Ramiro para entregar Rueda al emperador don Alfonso y el propio Albolfalac vino junto al emperador y en su entrevista le engañó con palabras zalameras y le rogó con grandes súplicas que viniera al propio castillo y entrara a tomar posesión de él. Pero antes de que el emperador accediera al castillo, Albolfalac permitió que fueran entrando en él los ricos hombres del emperador mientras él permanecía allí cerca , y cuando entraron se hizo manifiesto el engaño y traición de Albolfalac, pues los caballeros y peones que custodiaban el castillo apedrearon a los ricos hombres del emperador dando muerte a muchos de aquellos nobles. El emperador entonces regresó a su campamento muy pesaroso’).

      La Historia Roderici, cuya atención está enfocada en las relaciones del Cid con Alfonso VI, no se preocupa de especificar quienes fueron los muertos, y los Anales del Tumbo negro compostelano (de raíz castellana, más que riojana 13), sólo registran la muerte del conde (de Castilla, Tedeja, Caderechas y Poza) don Gonzalo Salvadórez 14; pero la Crónica najerense (hacia 1185/90) 15 afirma que pereció también el Infante, y sin duda no se engaña 16:

«Inter hec era MCXXIª missi sunt ab eo ad recipiendam Rodam, quam Rex ei dandam promiserat in dolo, Infans Ranimirus Aldefonsi Regis consanguineus, germanus Garsie Pampilonensis Regis filius, et Comes Gundissaluus et multi alii de nobilioribus Castelle. Qui fraude parata cum diuisim unus post alium introirent omnes fere ibidem interfecti sunt. Inde ducti Ranimirus in ecclesia Sancte Marie Naiarensis, quam pater eius Rex Garsias edificauerat et ipse Infans magnis ditauerat honoribus, iuxta patrem a dextero latere requiescit. Comes uero Gundisaluus et alii apud Oniam sunt sepulti» 17.

(‘Por entonces, en la era 1121ª fueron enviados por él para recibir Rueda, que el rey de ella había prometido engañosamente entregarle, el infante don Ramiro, primo hermano del rey don Alfonso, hijo del rey don García de Pamplona, y el conde don Gonzalo y muchos otros de los más nobles de Castilla. Los cuales, como había traicioneramente sido dispuesto, según iban entrando separados uno tras otro, fueron todos muertos. Trasladados de allí sus cuerpos, el infante don Ramiro yace, a la derecha de su padre, en la iglesia de Santa María de Nájera, que el rey García su padre había edificado y a la cual el propio infante había dotado espléndidamente; el conde don Gonzalo y otros se hallan sepultados en Oña’).

      La doble muerte del Conde y del Infante, se consigna también (tomándola, creo, de fuente analística) en la Estoria de España de Alfonso X 18 (anterior a 1271)19, cuando cuenta el suceso de Rueda siguiendo a la Historia Roderici:

«Et murio y ell inffant don Ramiro et el conde don Gonçalo» 20.

      Este infante don Ramiro, muerto en Rueda, era el segundo hijo varón de don García y doña Estefanía 21 y recibió de sus padres el señorío de Calahorra 22; sin embargo, al morir el rey don García (1054), era aún muy niño para alimentar ambiciones que le obligasen a buscar refugio en el país del Islam 23. La reina doña Estefanía logró entonces, tras la tragedia de Atapuerca, mantener el reino para el mayor de sus hijos, don Sancho, que todavía era un adolescente, mientras los demás infantes se criaban a su sombra: el 11 de marzo de 1055, «Ranimirus et Fredinandus et Remondus germanos regi» confirman una carta del rey don Sancho («anno mei regiminis primo»), otorgada «una cum matre mea Stefania regina» 24, los tres infantes siguen confirmando el 19 de marzo de 1058 otro documento regio de Albelda 25.
      La muerte de la reina madre, que vino pronto (25 de mayo de 1058) a acrecentar la debilidad del reino navarro 26, no parece haber alterado tampoco la posición de don Ramiro (ni de los restantes hijos de doña Estefanía) en la corte de Sancho Garcés 27: el 13 de julio de 1059, el infante don Ramiro, señor de Calahorra, extiende un documento que confirman sus hermanos don Fernando y don Ramón; y el 11 de diciembre de 1059, los tres infantes, hijos de la reina, confirman una carta de su hermano el rey don Sancho 28.
      En fin, los documentos navarros muestran, según creo, que si don Ramiro se hubiera visto alguna vez forzado a salir para tierra de moros, ello no podría haber ocurrido sino en los dos últimos años del reinado de su hermano: los documentos de Sancho Garcés posteriores a 1060, procedentes de San Millán, llevan la confirmación del infante don Ramiro en 1063, 1-nov.-1065, 1067, 1068; más tarde sólo figuran don Ramón y doña Ermesind (y, alguna vez, doña Ximena y doña Mayor), pero en 25 de abril de 1072, «Ranimirus, regis Garsiae et Stefanie regine filius» hace una donación a San Millán» 29. En los documentos procedentes de Irache, don Ramiro, hermano del rey, figura como dominante en San Esteban de Deyo en 1069 (?) 30 y, con gran regularidad, desde 1072 a 1074 (6-ag.-1072, 23-nov.-1072, 1072, 1074) 31. Entre 1074 y enero de 1075, Sancho Garcés reemplazó a la mayor parte o quizá a todos los oficiales de palacio: cons tan los cambios de alférez, mayordomo, estabulario y furturario 32. Coincidiendo con esta renovación de la corte, desaparece el infante don Ramiro como «dominator» de San Esteban, y en su lugar hallamos al señor García Sanchóiz 33. En Calahorra no se percibe cambio alguno: en 1070 y el 1 de enero de 1071, figura como tenente el señor Fortún Garcés; en 6-ag.-1072, 1074, 12-en.-1076, 1076, aparece Íñigo Aznar 34.
      El rey don Sancho fue asesinado en Peñalén el 14 de junio de 1076 35, por sus hermanos don Ramón y doña Ermesinda y por los mayores nobles del reino, según hacen constar noticias contemporáneas registradas en documentos del reino de Sancho Ramírez de Aragón (primo hermano del rey muerto tanto por parte de madre como de padre):

«Sancius Rex... qui interfectus est a fratre suo, et a sorore, uel a maioribus patrie sue»,

recuerda San Veremundo, abad de Irache, en el preámbulo de una permuta, 23-feb.-1082;

 «...a rege dompno Santio, prole Garssie regis, quem interfecerunt frater suus Regimundus et soror Ermisenda, necnon et principes eius infidissimi»,

 denuncia igualmente en 1079 una donación al monasterio de Leyre (Becerro de Leyre, p. 227) 36.
      Ni estos documentos, ni otras referencias de aquellos tiempos explican el porqué ni el para qué del regidicio, ni dicen nada respecto a la actitud de los otros hermanos del rey muerto; sin embargo, atendiendo al «cui prodest» y al comportamiento ulterior de la familia real navarra, cabe pensar que los artífices de la muerte de don Sancho obraron movidos por una conjura de raíces amplísimas.
      Aunque el rey asesinado dejaba hijos, que andado el tiempo harán su aparición en la documentación de la corte de Alfonso VI 37, el rey de León y Castilla se apresuró a ocupar Nájera. El Chronicon naiarensis, escrito en el folio 231 del Códice de Roda cuando el códice se hallaba en Nájera, consigna:

 «Item filius eius Sancius rex regnauit annos XXII. In era TCXIIII occisus est in Penalene a fraude de frater eius Regimundus; et in ipsa era TCXIIII venit Alefonsus rex de Legion ad Nagera, et Pampilona suo iuri subdidit» 38

 (‘Item, su hijo el rey Sancho reinó veintidós años. En la era de 1114 [a. 1076] fue asesinado en Peñalén por traición de su hermano Raimundo; y en esa misma era de 1114 vino el rey Alfonso de León a Nájera y sometió bajo su dominio a Pamplona’).

       [Según el propio Alfonso VI explica, en la versión extensa del fuero que concedió a Nájera al tomar posesión del reino en 1076 39, su entrada pacífica en la ciudad se produjo como resultado de negociaciones del señor Diego Álvarez, quien en 1075, bajo el rey de León y Castilla, era señor de Ibrillos (frente a la fortaleza navarra de Grañón) 40, con su yerno Lope Íñiguez 41, tenente de Alberite por Sancho Garcés, hijo del poderoso conde de Vizcaya Íñigo López, que tenía Nájera por el rey navarro 42:]

 «Postquam rex Sancius, congermanus meus, fuit interffectus a fratre suo Raymundo, venit ad me senior Didacus Aluares cum genero suo comite dompno Lupo ad Naiaram quatinus esset in dominacione mea. Ipsi, preuidentes honorem meum et meum seruicium et meum amorem, iurauerunt mihi ambo coram omnibus meis primatibus quod hec ciuitas cum omnibus in ea habitantibus et cum toto quod ad eandem ciuitatem pertinebat, in tali fuero steterat in tempore aui mei Sancii regis et in tempore Garsiani regis similiter; et ille iurauerunt eis quod omni tempore essent fidelis. Et pro auctoritate quam senior Didacus Aluarez dixit mihi, mando et concedo et confirmo...»

 (‘Después que el rey Sancho, mi primo, fue muerto por su hermano don Raimundo, vino ante mí el señor Diego Álvarez con su yerno el conde don Lope a fin de que Nájera estuviese bajo mi dominio. Ambos señores, en previsión de mi honor, mi servicio y mi amor, me juraron en presencia de todos mis magnates que esta ciudad, con todos sus habitantes y con cuanto a ella pertenecía, se ha atenido a tal fuero, en tiempo de mi abuelo el rey don Sancho y asimismo en tiempo del rey García; y juraron que ellos me serían fieles en todo tiempo. Y según el autorizado testimonio de lo que me dijo el señor Diego Álvarez, mando, otorgo y confirmo...’).

      La defección del tenente de Nájera, don Íñigo, «gratia Dei totius Vizkahie comes» 43, resulta patente al ver que, en aquel mismo año del asesinato de Sancho Garcés (1076), hace una donación a San Millán (en unión de su hijo Lope Íñiguez y los hermanos de éste), en que reconoce el señorío de Alfonso VI dándole una significativa y pomposa titulación: «totius Ispanie obtinente principe Adefonso» 44, fórmula precursora del título que, desde 1077, asumirá Alfonso VI en la intitulatio y la corroboratio de sus diplomas: «Adefonsus imperator totius Hispanie» 45.
      Asegurado el dominio de Nájera, Alfonso VI se dirigió a Calahorra, de la que era señor el infante don Ramiro, el hermano del rey asesinado. Se hallaba ya en ella el 10 de julio de 1076 46. [No debió de pasar el Ebro, pues] Sancho Ramírez de Aragón, habiendo sido reconocido en Ujué como heredero del rey muerto, se apresuró a entrar en Pamplona (1 de julio de 1076) 47 [y, hábilmente, aseguró la ampliación de su reino pactando, en cuanto rey de Pamplona, una relación vasallática con Alfonso VI (que justifica la afirmación de la apostilla emilianense arriba citada acerca del rey de León: «et Pampilona suo iuri subdidit»)].
      Teniendo en cuenta estos hechos, no puedo por menos de considerar significativo que en la corte de Alfonso VI vengan pronto a ocupar un lugar destacadísimo el infante don Ramiro y dos de sus hermanas, doña Urraca y doña Ermesinda (la fratricida), y que estos tres hermanos figuren íntimamente asociados en los años que [preceden y] siguen al regicidio.
      Cuando en 1079 (3-set.), transcurridos apenas tres años desde el suceso de Peñalén, Alfonso VI hace solemne donación de Santa María de Nájera al abad de Cluny, el infante don Ramiro encabeza la lista de confirmantes, seguido de las dos hermanas de Alfonso VI y de dos de las hermanas del rey muerto, la regicida doña Ermesinda y doña Ximena 48. [El hecho de que la mayor de las infantas navarras, doña Urraca, que no mucho después sería condesa de Nájera, no figure entre los confirmantes, nos asegura que aún no lo era en aquella fecha y que, por entonces, no seguía la corte de Alfonso VI, al igual que no había seguido la de Sancho Garcés en los años que preceden al regicidio, en contraste con sus hermanos don Ramiro, don Ramón y doña Ermesinda. Pero su «lejanía» respecto a la anexión de La Rioja por Alfonso VI es sólo aparente. Así nos lo permite intuir un curioso dato proporcionado por una fuente de carácter narrativo, la Historia Roderici].
      Entre los sucesos de la vida de Rodrigo Díaz previos a su primer destierro no podía faltar en esta Historia la referencia a su victoria campal en Cabra, en tierras de al-Andalus, cuando hizo prisionero a García Ordóñez. [Fue un hecho muy sonado que cantarían independientemente los poetas adictos al infanzón de Vivar, tanto en latín 49:]

 Hec namque pugna fuerat secunda
in qua cum multis captus est Garsia
Capream vocant locum ubi castra
simul sunt capta,

como en lengua vulgar 50:

Essora el Campeador      prísos’ a la barba:
—¡Grado a Dios      que cielo e tierra manda
por esso es luenga     que a deliçio fue criada!
¿Qué avedes vos, conde,      por rretraer la mi barba?
ca de quando nasco      a delicio fue criada
ca non me priso a ella      fijo de muger nada,
nimbla messó      fijo de moro nin de christiana,
commo a vos, conde,      en el castiello de Cabra,
quando pris’ a Cabra     e a vos por la barba,
non ý ovo rrapaz      que non messó su pulgada,
¡la que yo messé      aún no es eguada!]

       La Historia Roderici (§§ 7-8) explica cómo Rodrigo, enviado a cobrar las parias al reino de Sevilla y Córdoba, hallándose junto a al-Mu‘tamid, se vio constreñido a hacer frente al rey Abd Allāh de Granada y a un conjunto de próceres navarros y castellanos que le ayudaban en su guerra con el rey de Sevilla y habían penetrado por el Sur del reino de Córdoba hasta Cabra. La Historia Roderici identifica así a los auxiliares cristianos de Abd Allāh:

«...Garsias Ordonii et Fortunius Sanctii gener Garsie regis Pampilonensis, et Lupus Sanctii frater Fortunii Saggez, et Didacus Petriz, unus ex maioribus Castelle»,

      La Historia Roderici no precisa el nombre de la hija del rey don García «de Nájera» casada con Fortun Sánchez; pero tenemos noticia documental de que era doña Ermesinda, la infanta fratricida 51.
      Aunque Rodrigo Díaz, antes de entrar en batalla con los auxiliares cristianos del rey de Granada les conmina en nombre de su rey Alfonso VI a que cesen en su ataque al rey de Sevilla, es obvio que la presencia de esos auxiliares en el reino granadino no era ajena a la política del rey de León en al-Andalus. García Ordóñez era o llegaría a ser cuñado de Fortún Sánchez, ya que estuvo casado con la hija mayor del rey García, la infanta doña Urraca 52; pero su vinculación al reino castellano es indiscutible: [con Sancho de Castilla, había sido (1070) tenente de la plaza fronteriza de Pancorvo (frente al reino de Sancho Garcés 53)], y en 1074 Alfonso VI, rey de León y Castilla, le dio el cargo de alférez; enseguida, debió de hacerle conde 54. Los hermanos Fortún y Lope Sánchez, en los años de 1067-1070, habían ocupado altos cargos palatinos en el reino de Sancho Garcés 55; pero cuando se hallaban en Granada actuaban ya como fautores de la política del rey de León y Castilla.
      [La Historia Roderici no data la batalla de Cabra, y a su autor no le interesan para nada los sucesos político-militares de al-Andalus en que se encuadra; sólo le importa la rotundidad de la victoria de Rodrigo frente a los próceres cristianos auxiliares del rey de Granada 56. Menéndez Pidal (Esp. Cid 5, 1956, pp. 257-259) la situó, después del regicidio de Peñalén y la anexión de La Rioja por Alfonso VI, en el año 1080, pues la consideró posterior a la expedición de Alfonso en compañía de Ibn  ‘Ammār, el visir de al-Mu‘tamid de Sevilla, contra Granada. Pero el propio rey  ‘Abd Allāh, en sus «Memorias», hace hincapié en que aquella expedición, emprendida con el propósito pactado de acabar con el reino zirí de Granada y entregarle la ciudad a al-Mu‘tamid, desembocó, tras su entrevista personal ante Granada con Alfonso VI, en una paz, costosa pero permanente, entre los dos reyes de Taifas, impuesta por el rey cristiano al tiempo que obtenía del granadino una mayor tributación (Al-Andalus, XIV, 1936, pp. 34-40); y Abd Allāh subraya insistentemente que, cuando Ibn ‘Ammār emprendió a continuación la conquista de Murcia (1078) y dejó de dirigir desde Sevilla la política de al-Mutamid, no hubo más conflictos entre Sevilla y Granada (pp. 40, 48). Siendo así, es preciso retrotraer en el tiempo el ataque contra las fronteras meridionales del reino de Córdoba hecho por ‘Abd Allāh aprovechando el concurso de los poderosos guerreros cristianos nombrados en la Historia Roderici.
      De acuerdo con la exposición de las «Memorias», fue la mediación interesada de al-Mamūn de Toledo, que aspiraba a adueñarse de Córdoba, lo que permitió a Abd Allāh obtener mercenarios cristianos de Alfonso VI para hacer frente al casi cerco de Granada que desde la fortaleza de Valillos, en la Vega granadina, mantenía al-Mutamid (p. 32), y ello fue posible porque Alfonso deseaba presionar a Ibn ‘Ammār que trataba de diferir los cuantiosos pagos a que se había comprometido cuando obtuvo el apoyo del rey de León para construir Valillos frente a Granada (cfr. p. 38). Pero la situación sufrió un súbito cambio cuando el aventurero Ibn ‘Ukāša se apoderó de Córdoba, dando muerte al hijo de al-Mutamid y al general Ibn Martīn que la defendían (enero, 1075), pues, tras la entrada en ella de al-Ma’ mūn, los sevillanos abandonaron precipitadamente Valillos. Sólo en esa circunstancia cabe la acción de los auxiliares cristianos de ‘Abd Allāh desde Lucena contra las plazas que aún ocupaban los sevillanos en el Sur del reino de Córdoba y la ida previa de Rodrigo a las cortes abbadíes de Sevilla y Córdoba con fuerzas militares capaces de amedrentar a Ibn ‘Ammār, si no pagaba, o de auxiliarle, como hizo en Cabra. Creo que la batalla se dio en los primeros meses de 1075 (antes del asesinato de al-Mamūn el 28-jun-1075 en Córdoba, que volvería a alterar profundamente la situación en aquellas comarcas de al-Andalus).
      Esta nueva fechación de la batalla de Cabra 57 encaja muy bien en la biografía del conde Garcí Ordóñez que perfilan los documentos]: tras pasar por el cargo de alférez (feb./jul.-1074) y ser nombrado conde (jul. 1074) partiría para Granada. Cuando en jul.-1076 Alfonso VI entró en Nájera y Calahorra, como heredero de Sancho Garcés, García Ordóñez debía de hallarse fuera de Castilla, pues no figura entre los expedicionarios, ni entre los conjuradores de los fueros de Nájera, que fueron los condes Pedro Ansúrez y Gonzalo Salvadórez y los señores Diego Álvarez, Martín Sánchez y Vermudo Gutiérrez (S. Mill., 233-234); en agosto y noviembre tampoco acompañaba al rey en tierras de Sepúlveda (Esp. Cid  5, pp. 855-856). En 20 de julio y 3 de setiembre de 1079, continuaba ausente (según ya indica Menéndez Pidal, Esp. Cid 5, p. 715); pero el 8 de mayo de 1080 asistió al Concilio de Burgos (Esp. Cid  5, p. 857) y desde entonces su nombre no falta de los documentos.
      Fue después de vuelto el conde don García a tierra cristiana, cuando Alfonso VI premió a su antiguo alférez y a su mujer la infanta doña Urraca con el mejor despojo del reino anexionado en 1076: el señorío de Nájera (la antigua capital de la gran Navarra) 58.
      Los documentos de Valbanera no consignan el señorío del conde en Nájera hasta 6-dic.-1081; anteriormente, el gobierno de Nájera estuvo a cargo de uno de los señores que se hallaban con Alfonso VI en Nájera al ocupar el reino (jul.-1076), Martín Sánchez, que confirma como «dominante Nagera», 1077, 1078, o «in Nagera», 14-may.-1078, o «merino in Naiera et in Calahorra», 1081 59; después, aparece Pedro Iváñez como «dominante Naiara», 1081, o «merino en Nagera», 14-may.-1081, 1082 («Petro Johannes, qui hactenus illud rexit, merino in Naiera») [posiblemente ya bajo el señorío del conde]. Durante todo este período, Martín Sánchez es, además, merino en Burgos y Cerezo (1077, 1078, 14-may.-1081, 1082) [o «in Castella»] 60.
      Ya el 18 de abril de 1081, encontramos significativamente juntos a los condes don García y doña Urraca, y a doña Ermesinda, «soror ejus», confirmando una donación del infante don Ramiro «pro remedium anime mee atque requiem parentum meorum, Garsie... et Stephanie, nec non et pro salutem domini mei Adefonsi regis...», en presencia de Alfonso VI 61.
      En fin, estos datos que he venido aduciendo, acerca de los comportamientos de los familiares del rey de Navarra asesinado en 1076 y de la trama política que permitió a Alfonso VI titularse rey y emperador de España, en modo alguno prueban que el infante don Ramiro tuviera que irse a ganar el pan a tierra de moros con anterioridad al regicidio de Peñalén; pero, al arrojar una sombra de duda sobre su fidelidad a Sancho Garcés, hacen creíble que, con anterioridad al regicidio, el infante se hubiera visto forzado, en 1075-1076, a abandonar sus posesiones en el reino navarro.

d. El infante don Sancho «expulsus a regno»

      No obstante, antes de dar por buena la identificación del «Ihante» nombrado por Abū Bakr b. Abd-al-Ramān con don Ramiro, importa recordar que el arzobispo don Rodrigo Ximénez de Rada (antes de 1243) consideraba como muerto en la traición de Rueda a otro hijo del rey García de Nájera muy diverso: al infante don Sancho.

«Sancius dictus Maior... suscepit ex ea duos filius Garsiam et Fernandum. Et Rex Garsias habuit duos filios, Regem Sancium quem sibi ordinauerat successorem, set fuit occisus in Pennaleni, et alium qui Sancius similiter est uocatus, qui apud Rodam fuit prodicionaliter interfectus. Hic habuit filium Ranimirum Infantem, qui Ranimirus duxit uxorem filiam Roderici Didaci, cum Valencie morabatur, et suscepit ex ea filium Garsiam Ranimiri, qui primus regnauit in Nauarra...» 62.

(‘Sancho llamado el Mayor... engendró en ella dos hijos García y Fernando. El rey García tuvo dos hijos, el rey don Sancho a quien nombró heredero, pero que fue asesinado en Peñalén, y otro que fue llamado igualmente don Sancho, que fue muerto traicioneramente en Rueda. Éste tuvo un hijo, el infante don Ramiro, y este don Ramiro tomó por mujer a una hija de Rodrigo Díaz cuando moraba en Valencia, en la cual engendró un hijo, García Ramírez que fue el primer rey de Navarra’).

      Este infante, abuelo de García Ramírez el restaurador del reino de Navarra (1134-1150) y por tanto consuegro del Cid, habría sido expulsado violentamente del reino por Alfonso VI (en 1076), si damos fe a la tesis oficial navarra expuesta ante Enrique II de Inglaterra, en 1177, por los comisionados de Sancho el Sabio de Navarra (1150-1194), el hijo del Restaurador, biznieto de ese hijo del rey don García de Nájera.

«Hec omnia ad regnum suum spectantia possedit et habuit in pace et quiete abavus hujus regis Sancci, Garsias, scilicet, rex Navarre et Nagere, et proavus eius per violentiam fuit expulsus ab hoc regno propter imbecillitatem suam per Aldefonsum regem Castelle, consanguineum suum; procedente autem tempore rex Garsias, nepos eius et pater huius, inclite memorie, divina voluntate et fide naturalium suorum exhibita recuperavit regnum suum licet non integrum» 63.

(‘Todo cuanto correspondía a su reino, poseyó y mantuvo pacíficamente y sin alteraciones el tatarabuelo del rey don Sancho, don García rey de Navarra y de Nájera, pero su bisabuelo, por pusilanimidad suya, fue expulsado con violencia del reino por el rey de Castilla don Alfonso su pariente; pasado el tiempo, el rey don García, nieto suyo y padre de él [de don Sancho el Sabio], de ínclita memoria, por voluntad divina y hecha patente la fidelidad de sus naturales, recobró el reino, si bien no íntegramente’).

      La semejanza de este esquema genealógico con el que nos transmite Abū Bakr b.Abd-al-Raḥmān es tan notable que nos obliga a considerar atentamente la posibilidad de que el abuelo de García Ramírez «expulsus a regno» y el «Ihante» que salió para el país del Islam sean el mismo personaje.
      El problema que planteamos sería de muy sencilla solución si aceptásemos, siguiendo a Menéndez Pidal 64, la identificación del abuelo de García Ramírez con el infante don Ramiro, señor de Calahorra. Pero tal identificación me parece imposible, en vista del testimonio coincidente e independiente de varios textos.
      El esquema genealógico del Toledano está tomado del Libro de las generaciones o Liber regum, que en su redacción navarra original (de 1194/96) decía: 

«...et ouo en ella dos fillos, el rei don Ferrando e el rei don García de Nágera. Lidioron amos en Atapuerca, e murié hí el rei don García. Est rei don García ouo dos fillos: el rey don Sancho, que matoron en Pennalén, e l’ifant don Sancho. Est ifant don Sancho ouo fillo al ifant don Remiro, al que dixieron Remir Sánchez. Est ifant Remir Sánchez priso muller la filla de mio Çith el Campiador e ouo fillo en ella al rey don García de Nauarra, al que dixieron García Remírez» 65.

      También da el nombre de Sancho al abuelo del Restaurador, la Chronica latina regum Castellae (acabada en 1236), cuyo autor sabía un detalle ignorado o dejado de lado por las relaciones genealógicas anteriormente citadas, la ilegitimidad del infante progenitor de la nueva dinastía navarra:

«Rex Nauarre [Garsias] Ramiri, filius infantis Ramiri, qui fuit filius Sancii infantis, de quadam domina filii regis Garsie, qui fuit occisus iuxta Ataporcam...» 66.

(‘El rey de Navarra [García] Ramírez, hijo del infante don Ramiro que fue hijo del infante don Sancho, hijo del rey don García, el que fue muerto cerca de Atapuerca, engendrado en cierta señora...’).

      Finalmente, el patronímico «Sánchez» que el Libro de las generaciones (o Liber Regum) da al infante don Ramiro, yerno del Cid y padre de García Ramírez, viene a ser confirmado por una subscripción del propio don Ramiro en un documento de Alfonso I datado en Monzón en julio de 1105: 

«Don Rainimiro Sangiz in supradicto Montson» 67.

       [Que se trata del padre del Restaurador no puede dudarse, ya que don Ramiro confirma documentos como señor de Monzón en 1104 (dic.), 1105, 1106, 1115, 1116, año éste en que comienza a figurar García Ramírez como señor de Monzón, donde continuará gobernando en los años 20 y 30, hasta que, en 1134 (tras la batalla de Fraga, 7-set.-114), fue allí proclamado rey de Pamplona, Nájera, Álava, Vizcaya, Tudela y el propio Monzón 68].
      Una vez comprobado que el infante don Sancho y el infante don Ramiro no son un solo personaje, queda por resolver la cuestión de si el abuelo de García Ramírez murió en la de Rueda, junto a su hermano, el señor de Calahorra, o si la noticia de su muerte es el resultado de una confusión del Arzobispo.
      Según hemos visto, tal precisión es ajena a la primitiva redacción del Libro de las generaciones o Liber regum (de 1194/96). Pero estas genealogías navarras fueron conocidas en Toledo, donde se elaboró una refundición de ellas entre 1217 y 1223 (Liber regum 2), precisamente durante el pontificado de don Rodrigo Ximénez de Rada 69. Y en esa refundición el originario esquema genalógico lleva interpolada una frase alusiva a la traición de Rueda que además obliga al refundidor a introducir otra aclaración. Para mayor facilidad en la confrontación de la Versión toledana con la navarra anteriormente citada destaco en cursiva lo interpolado al texto de 1194/96:

«...este Rey don García dexó dos fillos, al Rey don Sancho que mataron en Peñalén et el Infant don Sancho. El Rey don Sancho el que mataron en Pennalén ovo fillo al Infant don Ramiro el que mataron en Rueda a trayzón. El Infant don Sancho fillo del Rey don García de Nagera ovo fillo al Infant don Ramiro. Este Infant don Ramiro tomó por mugier la filla de mio Çid Campiador...» 70.

      Podríamos pensar que el pasaje de la Historia Gothica del Toledano se basa en la lectura de esta genealogía retocada. Pero esa suposición me parece inadmisible: la Versión toledana del Libro de las generaciones o Liber regum erróneamente hace al infante don Ramiro, muerto en Rueda, hijo (en vez de hermano) del rey don Sancho, desatino que no se halla en la Historia del arzobispo don Rodrigo, y es patente que el corrector de las genealogías no introdujo la mención del infante don Ramiro (muerto en Rueda) por considerar incompleta la nómina de los hijos del rey García de Nájera que figuraba en el texto navarro (pues continuó diciendo que don García tuvo «dos fillos», don Sancho el rey y don Sancho el infante, progenitor de la nueva dinastía); por tanto, si recordó la noticia de la muerte en Rueda del infante don Ramiro, ello tuvo que ser debido a que en el texto base figuraba ya una frase (* et el ifant don Sancho, que matoron en Rueda a trayçón) análoga a la que recogió el Arzobispo, «et alium qui Sancius similiter est uocatus, qui apud Rodam fuit proditionaliter interfectus», frase que le pareció errónea por tener conocimiento (sea a través de unos anales o de la Historia Roderici 71) de que en Rueda había muerto el infante navarro don Ramiro. En suma, la Versión toledana de las genealogías navarras, lejos de explicar la noticia del Arzobispo, parece exigir la preexistencia de un texto en que se consignaba ya la muerte del infante don Sancho en la traición de Rueda tal como don Rodrigo Ximénez de Rada la cuenta.
      [Esta relación entre el Libro de las generaciones o Liber regum toledano de entre 1217 y 1223 y la Historia Gothica de 1243 resulta muy natural si creemos con Ambrosio de Morales 72, como pienso que debemos creer, que el propio arzobispo don Rodrigo fue quien importó el texto genealógico navarro a Toledo y quien promocionó su refundición]. En efecto, la redacción navarra del Libro de las generaciones o Liber regum de 1194/96 y los Anales navarro-aragoneses, incluidos en los Fueros de Sobrarbe-Navarra, se incorporaron a la historiografía castellana a través, respectivamente, de Liber regum refundido en Toledo entre 1217 y 1223 y de los Anales toledanos I, redactados durante el arzobispado de don Rodrigo. Los dos textos navarros circulaban ya juntos en Navarra; y juntos hallamos también (en el «libro harto antiguo del archivo de la ciudad de Toledo») a los dos textos castellanos que de ellos derivan. Todo parece indicar que la castellanización de estas fuentes navarras se debió a la iniciativa del propio arzobispo toledano don Rodrigo Ximénez de Rada, navarro por nacimiento 73.
      En suma: La crítica textual no nos permite rechazar el testimonio de don Rodrigo Ximénez de Rada (navarro él, y que alcanzó el tiempo de Sancho el Sabio). Interesa, por tanto, examinar las noticias que de la vida del infante don Sancho podamos reunir 74, ya que este hijo ilegítimo del rey García de Nájera podría ser el «Ihante» que quemó la mezquita de Elvira.
     Indudablemente, fue el hijo primgénito del rey García. Nos lo prueba el nombre de Sancho, que le puso su padre en memoria de su abuelo (igual que al primer hijo legítimo de la reina doña Estefanía) 75 y el hallarle ejerciendo acciones de varón no mucho después de 1050 76, cuando su hermano, el futuro rey don Sancho, aún no había llegado a la pubertad 77. Muerto el rey su padre en la de Atapuerca (1054), el infante don Sancho permaneció al lado de la reina viuda doña Estefanía y del joven rey Sancho Garcés, ocupando en la corte un lugar sobresaliente; se hallaba ya casado, mientras el rey su hermano permanecía soltero (7-dic.-1057) 78. Pero esta situación no fue duradera: después de la muerte de la reina (1058), la firma del infante don Sancho desaparece de los documentos navarros.
      La muerte de doña Estefanía (como en su día lo sería para los reinos de Castilla, León y Galicia la de la reina doña Sancha, en 1067) constituyó un momento histórico para el reino de Navarra tan crítico como la famosa batalla de Atapuerca, en que murió el rey don García de Nájera al enfrentarse con su hermano don Fernando. Creo de interés recordar aquí (o reconstruir) las varias etapas de la desmembración del gran reino navarro heredado por el rey don García.
     Don García, el primogénito de Sancho el Mayor, fue, mientras vivió, rey de Pamplona, de Nájera y de Castilla (y su hermano don Fernando, de Burgos y León); sus dominios comprendían, al Norte del Ebro, todos los territorios castellanos desde Castro Cudeyo y las Asturias de Laredo o Trasmiera, Soba, Castilla Vieja (incluso Sotoscueva y Árreba «usque in Briciam»), hacia Oriente; consta que don García ejercía su autoridad incluso en Paredes Rubias (Alhania, Villanueva, Villagarcía, Polientes, Mata 79); más al Sur, Urbel y Ubierna fueron navarras 80, y los tenentes del rey de Nájera gobernaban Poza, Monasterio de Rodilla y Arlanzón («usque in Burgis»), así como Oca y Pedroso, con todos los territorios al Oriente de estas tenencias 81.
      Después de la batalla de Atapuerca (1-set.-1054), que costó la vida al rey don García, don Fernando agregó a su reino buena parte de los territorios castellanos de su hermano: La Piedra, Urbel y Ubierna fueron cobrados de los navarros por Diego Laínez 82; en 16-nov.-1055, Ubierna y Sedano eran ya del reino de Fernando I 83, y Aznar García, que permaneció fiel a Sancho Garcés, no vuelve a figurar como señor de Árreba. Fernando I ocupó Valdivielso (Condado, ya en 1-jn.-1057 84) y Oña y Cornudilla (ya en 31-ag.-1056 85). Al Sur de Oña, Fernando I se apoderó del alfoz de Briviesca (Prádanos de Bureba, ya en 13-set.-1056 86; contra lo que afirma Pérez de Urbel 87, por haber localizado mal los palacios de Zambrana, Álava, que Sancho Garcés dio en 1058 a Fortún Sánchez 88). Naturalmente, Poza no siguió siendo navarra (a pesar de lo que afirma, con ligereza, Pérez de Urbel 89, basándose en un documento de Leire, 18-nov.-1057, en que confirma «Senior Sanctio Lopiz dominator Poza» 90; este documento es del rey García, † 1054, y se halla correctamente fechado en 18-nov.-1051 por Moret 91). Al Norte del Ebro, uno de los hermanos Lope y Galindo Bellacoz o Velázquez, que en 1040 tenían las Encartaciones (Colindres, Ugarte, Mena, Tudela y Llanteno) por el rey don García, pasó al servicio de Fernando I (1055, 1056, 1057 92), quien le premió espléndidamente, según vemos por un doc. del sábado 24-jn.-1055, donde consta «Ego denique senior Galindo Bellacoç qui sub domino meo Fredinando rege rego Tetelia et totam Castellam Uetulam...» 93; este documento nos prueba que (contra lo supuesto por Menéndez Pidal 94), Fernando I anexionó a su reino Tedeja y Mijangos (con Trespaderne, Riba y Nofuentes) en Castilla Vieja y también Cillaperlata 95.
      La nueva crisis del reino navarro-castellano de Nájera a la muerte de la reina doña Estefanía se halla expresamente enunciada en los Anales del Tumbo negro compostelano (véase atrás n. 26). En efecto, fue después del 25-my.-1058 (en que los Anales dan como acaecida la muerte de la reina), cuando Fernando I ocupó los pasos de los montes Obarenes que flanquean a Pancorvo. El 1-mz.-1058, Sancho Garcés regía aún en Santa María de Ribarredonda, en Bureba, y bajo él, Sancho Fortúñez, el señor de Pancorvo; pero el 31-oct.-1058, Santa María de Ribarredonda se halla ya en el reino de Fernando I (y el dominio de Sancho Fortúñez pertenece al pasado), y con ella Ventosa (Bureba), Orbañanos (Tovalina) y Villasemplún 96. Quizá haya que anticipar a este año la anexión de Valpuesta, navarra en 1057 y castellana en 1063 97. [De acuerdo con la nueva demarcación de los reinos, Sancho se titulará rey «in Pampilona et in Alava et in Ponticurvo» y reconocerá que su «avunculus» el rey Fernando lo es «in Castella»].
      No sería de extrañar que en aquella crítica coyuntura el infante don Sancho, hombre ya hecho y derecho, hubiera aspirado a dominar como «régulo» alguna «partícula» del reino paterno (repitiendo la afortunada historia de su tío, Ramiro el de Aragón), y que, fracasado en sus ambiciones, se hubiera visto oligado a salir para tierra de moros, como del «Ihante» cuenta Abū Bakr b. ‘Abd al-Raḥmān. La única mención que del infante don Sancho encontramos en Navarra con posterioridad a 1058 nos evidencia, cuando menos, que ha perdido el amor regio. En una apostilla de 27-dic.-1073 a un documento de 1050 98, el rey don Sancho acusa a su hermano el infante don Sancho, con expresiones notablemente duras, de haber tenido ocupado un palacio en Tricio (con todas sus heredades), que en derecho pertenecía a San Millán, y hace constar que lo ha expulsado de él:

«Paucis admodum temporibus transactis, ob quandam cupiditatis rapacitate, omnibus ab hac possessione remotis iure dominandi, accessit in ea Sancio Garseanis, et aliquantis per annis dominator extitit huius possessionis. Sed posteaquam ab ore predicte Mentie ego Sancius rex, germanus eius, omni veritate agnovi, per mea manu fratri meo abstulit, et pro mee anime remedio iterum ad honorem beati Emiliani eodem palatio cum omni sua hereditate redire feci...»

 (‘Transcurrido muy poco tiempo, Sancho García, movido por un deseo rapaz de enseñorearse de estas apartadas posesiones, accedió a ellas y durante bastantes años ejerció el dominio sobre esas posesiones. Pero, más tarde, yo el rey don Sancho, su hermano, tuve conocimiento por boca de la dicha Mencía de toda la verdad, y por mi mano expulsé a mi hermano y, para remedio de mi alma, hice entregar de nuevo ese palacio con todas sus heredades en honor de San Millán’).

      Según el monje redactor de la Chronica naiarensis (escrita hacia 1185/1190), el infante don Sancho habría tenido, efectivamente, que abandonar el reino de su hermano algún tiempo antes de 1063, a causa de un amor incestuoso hacia una de sus medio hermanas, que había sido dada por esposa a don Sancho, el heredero del reino castellano:

«Inter hoc Santius rex desponsauerat sibi filiam regine Stephanie. Que cum ad ipsum duceretur, infans domnus Santius, quem rex Garsias Pampilonensis ex concubina habuerat, saltum in uiam dedit quia nuntii amoris celo truciabantur. Rapuit eam et cum ipsa ad regem maurorum Cesaraugustanum se contulit et ad patruum suum regem Ranimirum, qui eum pro sua probitate et armorum nobilitate quasi filium diligebat. Quod rex Santius ulcisci desiderans Caesaraugustam cum suo perrexit exercitu. Cui Ranimirus rex cum suis in loco qui Gradus dicitur occurrens ab eo in bello interfectus est» 99.

(‘Entre tanto, el rey Sancho se desposó con una hija de la reina Estefanía. Cuando la conducían a su encuentro, el infante don Sancho, que el rey García de Pamplona tuvo en una concubina, teniendo de ello noticia, la asaltó en el camino, pues le mataban los celos. La raptó y se refugió con ella junto al rey moro de Zaragoza y junto a su tío paterno el rey Ramiro, que le quería casi como a un hijo por su entereza y valor en las armas. El rey Sancho, deseando vengarse, se dirigió con su ejército a Zaragoza. El rey Ramiro fue muerto en el combate cuando le salió al encuentro con los suyos en un lugar que llaman Grados’).

      Los historiadores modernos han dado completamente de lado esta narración considerándola puramente legendaria 100. Pero, en principio, no veo por qué un rapto y un incesto han de considerarse propios sólo de una invención literaria, y en modo alguno parte de la realidad vital del siglo XI en que la amplísima concepción eclesiástica del «incesto» desdibujaba la frontera del tabú 101. En un documento de 1054 (Cartulario de Irache, f. 4a) se da noticia de otro incesto entre hermanos, contemporáneo al denunciado por la Chronica naiarensis, ocurrido en la propia familia real navarra:

«Hec est carta donationis, quam ego Fronilla Garsie regis filia et regine domne Tote facio... Ego Froni(l)la mos [= moriente] uiuenteque matre mea absenteque sorore mea, que peccauit et fornicata est cum fratre suo...» 102.

(‘Ésta es una carta de donación que yo, Fronilda, hija del rey García y de la reina doña Tota hago... Yo Fronilda en la hora de la muerte y siendo viva mi madre y estando ausente mi hermana, que pecó fornicando con su hermano...’).

      Risco cree que el rey don García nombrado en este documento es el de Nájera, y supone que la reina doña Tota sería la madre del infante don Sancho (y de doña Mencía y doña Sancha); en tal caso, el incesto a que alude doña Fronilda sería el mismo que cuenta la Chronica naiarensis 103. Pero creo que el rey García de Nájera no tuvo más mujer legítima que doña Estefanía, y, por  tanto, sospecho que el padre de doña Fronilda (y de su hermana incestuosa) es García Ramírez, el hijo del régulo de Viguera don Ramiro, llamado en alguna ocasión rey por sus descendientes 104. [Queda, pues, el dato como muestra de que en la familia real navarra podían darse tales relaciones entre hermanos, en la «realidad» y no solamente en la «literatura»].
      El relato de la Chronica naiarensis contiene varias precisiones históricas comprobables, junto a otras noticias cuya historicidad no nos consta, pero que no repugnan a nuestros conocimientos históricos: Don Sancho, el hijo de Fernando I de León, cruzó con una hueste por Zaragoza y combatió en Graus, 8-may.-1063, con el rey Ramiro de Aragón (confederado a la sazón con su sobrino el rey Sancho de Navarra); en la batalla fue muerto el rey aragonés 105. Por esas fechas, Sancho Fernández, a quien su padre tenía reservado, como herencia, el reino de Castilla, con las parias de Zaragoza 106, tenía ya unos veinticuatro o veinticinco años 107, pero estaba por casar 108, en el vecino reino de Nájera y Pamplona las cuatro hijas de la reina Estefanía, hermanas del joven rey Sancho Garcés, ocupaban una posición política muy destacada 109; la permanente rivalidad entre Burgos y Nájera por el dominio del valle del Ebro, pudo aconsejar hacia 1059-1062 110, el concertar el enlace matrimonial de Sancho Fernández con una de sus primas, sin atender a las exigencias eclesiásticas que obstaculizaban tales pactos considerados «incestuosos». Por otra parte, nos consta que si en 1057 el infante don Sancho, hijo primogénito del rey don García habido en una concubina, se hallaba en la Navarra del Ebro, honrado y poderoso, en compañía de su hermano el rey y de la infanta doña Mayor, una de las hijas de doña Estefanía 111, después de esa fecha no vuelve a confirmar los documentos de Sancho Garcés.
      En fin, las noticias que he podido reunir sobre este infante don Sancho «expulsus a regno», no desentonan respecto al esquema biográfico del «Ihante» que salió para al-Andalus trazado por Abū Bakr b. Abd al-Rah̣mān. Si la muerte en Rueda de este infante, consuegro del Cid y abuelo de García Ramírez el Restaurador, reseñada por el arzobispo don Rodrigo fuera segura como la de su hermano el infante don Ramiro, señor de Calahorra, no dudaría en atribuirle la famosa quema de la mezquita de Elvira.

Diego Catalán, "El Cid en la historia y sus inventores."(2002)

NOTAS

1 Huici Miranda, «Un fragmento inédito de Ibn ‘Idarī sobre los almorávides», Hespéris-Tamuda, II (1961), 43-111 (el texto árabe en las pp. 46-111); e Ibn ‘Idarī, al-Bayān al-Mugrib. Nuevos fragmentos almorávides y almohades. Traducidos y anotados por A. Huici Miranda, «Textos Medievales» 8, Valencia 1963 (cita abr.: Nuevos fragmentos).

2 Desconozco la biografía de este historiador. Inicialmente, pensé que se trataría de Abū Bakr Ah̣̣̣̣mad b. Abd al-Rah̣mān, maestro kairuanés del siglo XI, muy relacionado (a través de sus propios maestros y de sus discípulos) con al-Andalus (cfr. H. R. Idrīs, «Deux maîtres de l’école juridique Kairouanaise sous les Zirides –XI siècle– Abū Bakr b.Abd al-Rah̣mān et Abū Imrān al-Fāsi», Annales de l’Institut d’Études Orientales, XIII, 1955, 30-60); pero este personaje murió, al parecer, en 432 ó 435 (=1040 ó 1043), con anterioridad a los sucesos reseñados en el pasaje citado a continuación.

3 Reproduzco básicamente la versión castellana del pasaje que da Huici, Nuevos fragm., p. 112. Huici traduce «infante», «inhante»; pero tanto la transcripción árabe hecha por el propio Huici, como la fotocopia del ms. original (que poseo gracias a la amabilidad de Huici), obligan a transliterar «ilfant(e)», «ilhant(e)».

4 La Laguna de Tenerife, 1963; en el curso de mis trabajos sobre historia de la historiografía.

5 En que procuré situar al «Ihante» en el escenario político de la España de Alfonso VI, o, si se prefiere, de la España del Cid («Sobre el ihante», Al-Andalus, XXXI, 1966, 209-235).

6 Catalán, «La pronunciación [ihante] por /iffante/ en la Rioja del siglo XI. Anotaciones a una observación dialectológica de un historiador árabe», RPh, XXI (1967-68), 410-485 [reed. en Catalán, El español. Orígenes de su diversidad (1989), pp. 267-295, con un mapa].

7 Moret, Annales, lib. XIV, c. II, §§ 21-22.

8 En este orden. Más las infantas doña Urraca, doña Ermesinda, doña Ximena y doña Mayor.

9 Así, por ejemplo, en docs. de S. Mill. de 1055 (11-mz.) 13-jul.- 1059, 1063, nov.-1065. Posteriormente se hallan también confirmaciones de las infantas (doña Ermesinda, doña Ximena y doña Mayor).

10 Y otras dos hijas: doña Mencía (casada con Lope Fortúnez, que fue dominante en Nájera y Calahorra, hijo de Fortún Ochoiz), S. Mill., pp. 155-156 (17-feb.-1050 y 27-dic.-1073), y doña Sancha (señora de varios monasterios), S. Mill., pp. 170-172 (1058).

11 [Acerca de la controvertida fecha de composición de la Historia Roderici, véase el Apéndice I].

12 Ms. I, fol. 78 r y v. Ed. Menéndez Pidal, en Esp. Cid 5 (1956), II, «Fuentes históricas» 5, § 18 [o ed. Falque, et alii, 1990, § 18].

13 Gómez Moreno, «Anales castellanos», en Discursos leídos ante la R.A.H. el día 27 de mayo de 1917, Madrid, 1917, pp. 9 y 21-22, consideró que los Annales compostellani y el Chronicon burgensis remontaban a unas *Efemérides riojanas, localizables en la Calzada y escritas bajo dominio navarro. [Pero, después de estimar nuevamente los datos analísticos comunes a las dos series analísticas, insisto en mi disentimiento respecto a la autorizada opinión de don Manuel].

14 Ed. Flórez, Esp. Sagr., XXIII, p. 321: «Era MCXXI. Fuit interfectio apud Rodam: ubi & Gondesalvus Comes interfectus».

15 [Corrijo la fecha que en la 1.a ed. de este trabajo consignaba. Véase el Apéndice n.o II acerca de esta cuestión].

16 La Crónica najerense estaba bien informada sobre la conexión del infante don Ramiro con el monasterio najerense: «Iste Aldefonsus sub era MCXVIIa dedit monasterium Naiarum cluniacensibus monachis et sub era MCXIXa infans Ramirus dedit Uillam Auream et cetera» [ed. Estévez, 1995, lib. III, § 19], ed. Cirot, en BHi, XI (1909), pp. 277-278. Sobre la donación a Cluny en 3-set.-1079, vide Fita, «Nájera», 261-264; y respecto a la donación por el infante de Villoria, con Torrecilla y Trevijano, a Santa María de Nájera, 18-ab.-1081, Menéndez Pidal, Esp. Cid 5, pp. 821-822.

17 Eds. Cirot, BHi, XI (1909), 278 [y Estévez, 1995, lib. III, § 20].

18 Menéndez Pidal, Esp. Cid 5, II, p. 739. piensa que la noticia figuraba en el texto de la Historia Roderici manejado por los compiladores alfonsíes. Yo la creo («El Mio Cid de Alfonso X», 1963, p. 208, n. 49) fruto del trabajo compilatorio de los redactores de la Estoria de España, que tuvieron repetidamente en cuenta los datos de un texto analístico desconocido, especialmente interesado en los sucesos navarro-aragoneses [puede verse aquí adelante, cap. IV del presente libro, n. 49].

19 Sobre la fecha de composición de esta parte de la Estoria de España, véase Catalán, De Alfonso X, 97-203. En la sección que ahora nos interesa, la Primera crónica (PCG) editada por Menéndez Pidal refleja bien el proyecto alfonsí de Estoria de España (Catalán, «El taller alfonsí» (1963), p. 373 [o La Estoria de Esp. de Alf. X, cap. II, p. 53]).

20
El pasaje figura, tanto en la Primera crónica general (cap. 864), como en la Crónica de veinte reyes [que hereda la redacción de 1282/84 o Versión crítica de la Estoria de España].

21 Doña Estefanía lo nombra a continuación del rey don Sancho, en su testamento arriba citado. En los documentos, la firma de don Ramiro precede siempre a las de don Fernando y don Ramón.

22 «Ego igitur Ranimirus, prolis Garseani regis, a parentibus meis me concessa urbe Kalahurra...», 13-jl.-1059, S. Mill., p. 174.

23 Su madre, doña Estefanía, vino en 1038 a Navarra, traída desde Barcelona por el rey don García (según doc. fechado en Tiermas, 1038. ed. Ubieto, Estudios, pp. 227-228). La carta de arras se fecha en 1040 (¿habría ya nacido el heredero?). Don Sancho, si nació antes que ninguna de sus hermanas, andaría por los catorce años al heredar el reino. Y don Ramiro sería, claro está, aún menor.

24 S. Mill., p. 166.

25 Moret, Annales, lib. XIV, c. I, § 22.

26 Según los Annales compostellani (del Tumbo Negro), «Era MXCVI. VIII Kal. Jun. Regina Stephania, uxor jam dicti Regis Garsiae, cui non successit filius postea in omni Castella» (ed. Flórez, Esp. Sagr., XXIII, p. 319). Moret, Annales, lib. XIV, c. I, §§ 32-34, cita un doc. de Nájera, era 1098, día antes de los Idus de Mayo, en la luna octava (14-may.-1060), de la reina doña Estefanía, muy problemático.

27 En su testamento (sin fecha), doña Estefanía repartió las posesiones que tenía al Sur del Ebro, entre sus hijos e hijas; don Ramiro recibió Leza, Soto, Ciellas, Alficero, Torrecilla de Cameros y Larraga.

28 S. Mill., pp. 174 y 175.

29 S. Mill., pp. 189, 193, 197, 203, 214.

30 «Frater regis Ranimirus dominator Sancti Stephani» (Irache, p. 61). Cabe dudar de la fecha, en vista de que el 5-mz.-1069 y en 1-en.-1071 figura como tenente de San Esteban Ximeno Garcés (Irache, pp. 59 y 64). Según destacó ya Serrano, S. Mill., p. LVII, n. 4, las confirmaciones en docs. de Irache del infante don Ramiro ocurren desde 1071 a 1074. [Ubieto, Los tenentes (1973), no es consistente en su intento de adscribir a una tenencia diversa, que sitúa en «San Esteban de Resa», parte de las confirmaciones que consignan el nombre de «Sancti Stephani», cfr. sus pp. 11, 24 y 37 y sus pp. 158-159].

31 Irache, pp. 65-73.

32 El equipo saliente estaba constituido por el alférez Fortún Íñiguez (6-ag.-1072-1074), el mayordomo García Fortún (1-en.-1071-1074), el estabulario Lope Vélaz (1-en.-1071-1074), el pincernario Íñigo Fortún (1072), el forturario Sancho Pérez (1072) y el botiller Lope Mómez (1064-1074). El 12-en.-1076 figuran como alférez Íñigo Sánchez, como mayordomo Lope Belascóiz, como estabulario Lope Íñiguez y como forturario García Argentero; en otro documento de 1076 aparecen estos mismos oficiales, pero se precisa que Lope Belascóiz es, además de mayordomo, botiller; [en un doc. de 1074, sin mes, de Valv., núm. 70, ya figuran el alférez, mayordomo y estabulario del nuevo equipo]. Anteriormente, Sancho Garcés había renovado profundamente los oficios de su corte entre 1070 y 1071, entre 1066 y 1067, entre 1064 y 1065 y entre 1060 y 1063.

33 En 1074 aparece aún «Infans domnus Ranimirus dominator Sancti Stefani»; el martes 12-en.-1076 figura ya «Senior Garcia Sansoiz in Sancto Stephano» y lo mismo en otro documento de 1076, sin mes. Después del regicidio de Peñalén, este personaje continuó con la tenencia de San Esteban, bajo Sancho Ramírez de Aragón, 1078, 1080, etc. (Irache, pp. 73, 74, 76, 79, 80).

34 En 1070 y 1-en.-1071 tenía la tenencia de Calahorra el señor Fortún Garcés (Irache, pp. 63, 66); en 6-ag.-1072 y en. 1074 (dos docs.), mientras el infante don Ramiro aparece como «dominator» de San Esteban, el «dominator» de Calahorra es el señor Íñigo Aznar (Irache, pp. 66 y 73, «Valb.» p. 510); después, en 12-en.-1076 y 1076 sin mes, cuando García Sanchóiz es el tenente de San Esteban, Íñigo Aznar continúa con Calahorra (Irache, pp. 74, 75, 76).

35 La fecha del regicidio consta en el Calendario de Leyre (Moret, Investig., libro III, c. IV, § 26): «II. Nonas Iunii. Sancius Rex minor. Era M.C.XIIII».

36 Véase: Irache, p. 82, y Moret, Investig., lib. III, c. IV, §§ 20 y 28 [ahora mejor, Martín Duque, Leire, § 106, p. 157].

37 En la expedición de socorro a Aledo, acompañaba a Alfonso VI el «Infante Garsea prolis Sancio Naiarense in Toleto sedentem», quien confirma, el primero de todos los confirmantes, un documento datado en el campo de Chinchilla, 25-nov.-1089 (S. Mill., pp. 275-276). [En la misma posición destacada confirma el fuero otorgado por Alfonso VI a Logroño estando en Alberite, a donde ha acudido en ayuda del conde García Ordóñez, mal fechado en la copia conservada en el año 1095, que habrá que corregir en 1092 (Gambra, Alf. VI. Dipl., núm. 134): «Domnus Garsias ynfans filius domni Ssançi regis»]. En una carta de Oña, 1-my.-1092 (Oña, 127-129), de Alfonso VI, consta: «Garsea et alter Garsea, germani filii Sanctii regis Naiarensis. Fredinandus et Reymundus, confirmans» [por más que Gambra, Alf. VI. Dipl. (1998), p. 308, tilde de «falso» a este documento, su nómina de confirmantes tiene que proceder de un documento auténtico, según deja ver el propio Gambra en el uso que de este documento hace en 1997, Alf. VI. Est., pp. 495-496). Es de creer que uno de los dos García sea legítimo (Gambra, Alf. VI. Est., p. 495, lo identifica como hijo de la reina Placencia) y el otro ilegítimo, para que lleven igual nombre]. También quedó en el reino de Alfonso VI la reina navarra, doña Placencia, que en 1077 confirma un doc. de Diego Álvarez, señor castellano dominante en el río Tirón [y en Oca].

38 Ed. Lacarra, «Textos navarros en el Códice de Roda», EEMCA, I (1945), 260 y foto. El escoliador que consignó estas efemérides es el mismo que escribió la famosa Nota emilianense rolandiana; cfr. G.Menéndez Pidal, «Sobre el escritorio emilianense en los siglos X a XI», BRAH, CXLIII (1958), 12-18, y R. Menéndez Pidal, La Chanson de Roland y el neotradicionalismo, 1959, p. 355). Ocupada Nájera, Alfonso VI hace constar (al tiempo que restaura los antiguos fueros de la ciudad, 1076): «Impiissima fraude interfecto rege Sancio, Garsie strenuissimi regis filio, ego Adefonsus, filius Fredilandi regis, successi in regno...» (S. Mill., p. 233).

39 [Ed. Gambra, Alf. VI. Dipl., núm. 41].

40 [Doc. del 1-mar.-1075 «regnante rex Aldefonsus in Castella et in Legione, et sub eius imperio dominans in Cereso Pedro Iohannes et sub ille Domingo Iohannes, et in Ibriellos senior Didago Alvareç et sub ille Didago Gudistioç» («Valb.», pp. 511-512, núm. 69; Valv., núm. 72). En otro doc. de 1073 («Valb.», p. 509, núm. 66; Valv., núm. 68) figuran «dominans in Cereso senior Peitro Morielleç et in Ibriellos senior Didak Albariç et sub ille senior Didaco Gudistioz»].

41 [Estuvo casado con Ticlo Díaz, hija de Diego Álvarez y hermana de Alvar Díaz, el cuñado de Garcí Ordóñez: «Ego igitur domna Ticlo, filia de senior Didaco Albarez... cum consensu domnu meo comite Lope Ennecones...», 14-mar.-1079 (S. Mill., núm. 239, p. 245)].

42 [En 1074, «Sancius, rex in Nagera et in Pampilona (siendo «Adefonsus rex in tota Castella et in Legione» y «Sancio Ranimiriz in Ripacurcia et in Aragone») hace una donación a Valbanera («Valb.», pp. 509-510, núm. 67; Valv., núm. 70), confirmada por su hermano «Reimundus» y su hermana «Ermisenda» y por el «Comes Enneco Lopez dominator Nagera» e «illius filius Lope Ennecones dominator Alberiti» encabezando la lista de magnates. En otro documento (S. Mill., pp. 234-236) fechado en la «era millessima centessima quarta decima» (a. 1076), junto a Íñigo López «senior et consul», confirman el «senior Lope Ennecones filius eius et Garcia Ennecones et Galindo Ennecones et domna Mencia germani eius» y, tras el «comite domno Gunsalbo», «Didaco Albarez».

43 [Íñigo López, al casarse con Tota Fortuniones» hija de Fortun Sánchez, el colactáneo de Sancho el Mayor y aitano o bonopater del rey García de Nájera (que fue tenente de Nájera y murió junto a su rey en la batalla de Atapuerca) vino a formar parte de la más poderosa familia nobiliaria del reino navarro]. Íñigo López tuvo Nájera por Sancho Garcés durante la mayor parte del reinado: según documentos de

Valbanera, desde 1064 (7 abr.) hasta 1075 (10 en.).

44 «Enneco Lopez... totius Vizkahie comes» (con la confirmación de sus hijos Lope, García, Galindo y Mencía) dona Camprobín a San Millán en la era 1114 «pro anima uxoris mee domne Tote» (S. Mill., núm. 227, pp. 234-236, doc. ya cit. en la n. 42) reconociendo con esa fórmula el señorío de Alfonso VI.

45 Se ha observado (Menéndez Pidal, Esp. Cid 5, pp. 726-727, [y, con mayores precisiones, Gambra, Alf. VI. Est., pp. 671-702]), que desde 1077 Alfonso VI comienza a titularse «totius Hispanie imperator»; creo que la causa inmediata del nuevo título fue la anexión del reino de Nájera y el vasallaje del rey aragonés (cfr. García Gallo, «El imperio med.», 1945, y Ubieto, «Homenaje de Aragón a Cast.», EEMCA, III, 1947-48, 7-28); Menéndez Pidal (Esp. Cid 5, pp. 234-235) consideró determinante para la introducción de esa titulación la política papal de reivindicar para la sede de San Pedro la propiedad de todo el reino de España (28-jun.-1077) [y Bishko, «Fernando I y Cluny», 1969, reelaboró esa tesis considerando que Alfonso VI contrarrestó la ofensiva de Gregorio VII renovando la vinculación de su reino a la abadía de Cluny (10-jul.-1077) y adoptando el título imperial. Gambra (Alf. VI. Est., pp. 696-702), razona en favor de una hipótesis ecléctica, comentando «la complejidad de la coyuntura interna y externa» en que «precisamente en 1077» se hallaba el rey leonés y su ambiciosa política pan-hispánica. Es de notar que en la documentación particular de Tobía, «Belasio scriba» acepta el 14-oct.-1078 la fórmula «regnante rex Adefonsus in Spania» en substitución de «regnante rex Alfonsus in Leione et in Castilla et in Naggara», que venía usando hasta el 5-jun.-1078].

46 Moret, Annales, lib. XIV, c. IV, § 81.

47 Moret, Annales, lib. XIV, c. IV, § 82.

48 Fita, «Nájera», pp. 261-264 [Gambra, Alf. VI. Dipl., núm. 65].

49 [El Carmen Campidoctoris, que recuerda esta «segunda» lid campal del Campeador consignando sólo la prisión de don García («...comitem superbum») (ed. Menéndez Pidal, en Esp. Cid 5, cap. XX.2)].

50 [El juglar del Mio Cid hace que sea el propio Rodrigo quien recuerde al conde burlonamente, en el curso de las Cortes de Toledo, su deshonrosa prisión en Cabra].

51 El nombre de la infanta casada con Fortún Sánchez consta en un doc. de 1100 por el que ambos cónyuges («ego Fortunio Sangiz et uxor mea infante donna Ermisenda») hacen una donación en Huesca, bajo Pedro I, antes de partir para Tierra Santa (R. del Arco, Huesca en el siglo XII, Huesca, 1921, p. 130).

52 No me consta si su casamiento con la infanta doña Urraca tuvo lugar en vida de Sancho Garcés o después de la anexión del reino de Nájera por Alfonso VI [Gambra, Alf. VI. Est., p. 598, sospecha que fue después de la anexión, y el hecho de que la Historia Roderici sólo considere yerno del rey don García a Fortun Sánchez en el relato de la batalla de Cabra favorece esa hipótesis]. No obstante, sorprende que doña Urraca nunca aparezca confirmando junto a sus hermanas los documentos de Sancho Garcés, lo cual se explicaría mejor suponiéndola casada fuera del reino navarro.

53 [Doc. fechado el lunes, 18 de enero de 1070 (S. Mill., núm. 197, pp. 204-205)].

54 Según ya hizo constar Menéndez Pidal, Esp. Cid 5, 714 y 839, García Ordóñez figura como «armiger regis» el 24-jn.-1074. [Gambra, Alf. VI. Est., p. 566, comprueba que en el puesto de «armiger» (‘alférez’), sólo se le documenta desde 20-feb. a 1-jul.-1074 (no lo era aún en 10- nov.-1073; no lo era ya en 1-en.-1075)]. La primera vez que se titula «comes» es como uno de los dos «fidei jusores» (junto con el conde Pedro Ansúrez) en la carta de arras del Cid a doña Ximena, 19-jul.-1074 [En el cursus honorum de los magnates es habitual que el paso por la alferecía regia preceda inmediatamente a la concesión del título de conde]. Frente a lo que suele creerse no era «comes in Nazara» en 1077 (véase n. 58).

55 Ya Menéndez Pidal (Esp. Cid 5, pp. 731-734) intentó reunir las noticias documentales referentes a los hermanos nombrados por la Historia Roderici, pero no acertó bien a distinguirlos de otros personajes homónimos contemporáneos [; menos afortunado es aún en el tratamiento de la cuestión Ubieto, Los tenentes, s.v., ya que llega incluso a mezclar al famoso «nutritius regi» de García Sánchez, muerto con su ahijado en Atapuerca, con varios personajes que le sobrevivieron]. Bajo Sancho Garcés, tres Fortún Sánchez tenían respectivamente a Buradón, Falces y Esleves (1065). El señor de Buradón (1063 y 1065) lo era ya con el rey García (así como de Portilla, Marañón y Laquión, 1040); quizá tuvo en alguna ocasión a San Esteban (1044); probablemente es el premiado en 1058 (?) por el rey don Sancho («propter fidelem servitium quod fecisti mihi») con unos solares en Zambrana (Alava) y el que en 1083 donaba unos palacios en este mismo lugar; y pudiera ser el casado con Tota Fortúñez de Cillegieta y muerto antes de 1088 (año en que su viuda hace donaciones por su alma). Por otra parte un Fortún Sánchez y un Lope Sánchez ocupan puestos palatinos simultáneamente: En los documentos de Irache (Irache, pp. 19-76) Fortún Sánchez figura, sin solución de continuidad, como mayordomo, en 10-en.-1067, 1067, 1068, 5 y 22-mz. 1069, 1070 (antes lo habían sido: Ximeno Manzones 1054, 1060, 1060; García Íñiguez 7-feb.-1063, 1063, varios de 1063 que Lacarra, razonablemente, fecha en 1064 y otro de ese año 1064, e Íñigo Sánchez 13-abr.-1066, 21-jl.-1066; después lo serán García Fortún 1-en.-1071, 6-ag.-1072, 1072, 1072 y Lope Belascóiz 12-en.-1076, 1076) y Lope Sánchez como estabulario en 5-mz.-1069 y en 1070 (antes lo habían sido: García Garcés 1054, 1060, 1060, 7-feb.-1063; García Sanchóiz 1063, varios de 1063 que deben fecharse en 1064 y otro de ese año 1064 y Fortún Álvarez 13-abr.-1066, 21-jl.-1066, 1-en.-1067; luego lo serán: Lope Vélaz 1-en.-1071, 6-ag.-1072, 1072, 1074 y Lope Íñiguez 12-en.-1076, 1076). Son problemáticos otros documentos anteriores en que figura Fortún Sánchez como oficial del rey: Por ejemplo, el doc. de S. Millán de 1058 en que aparecen un mayordomo y un señor Fortún Sánchez ofrece una lista de confirmantes que sólo corresponde a 1068-1070; también es dudosa la fecha 1058 de un doc. en que se premia a un Fortún Sánchez y en que otro aparece como alférez. Menéndez Pidal supone que nuestros hermanos son el mayordomo y el estabulario de en torno a 1070, lo cual es muy probable; en cambio, no es cronológicamente aceptable la identificación del marido de doña Ermesinda (que en 1100 se preparaba para ir en peregrinación, cfr. n. 51), con el Fortún Sánchez que fue alférez (1040, 1043, 1049, 1050) del rey García de Nájera.

56 La Historia Roderici, §§ 7-9 (ed. Menéndez Pidal en Esp. Cid 5, pp. 921-922) [o ed. Falque, et alii, 1990], hace constar: «Captus est igitur in eodem bello comes Garsias Ordonii et Lupus Sanctii et Didacus Petri et alii quam plures illorum millites. Habito itaque triumpho, Rodericus Didaci tenuit eos captos tribus diebus. Tandem abstulit eis temptoria et omnia eorum spolia et sic permisit eos absolute abire».

57 [En «Sobre el ihante», 1966, p. 218, di por buena la datación tradicional de la batalla de Cabra, considerándola, por tanto, posterior al regicidio de Peñalén].

58 Creo que García Ordóñez no recibió el gobierno de Nájera hasta regresar de tierra de moros. El doc. de 1077 de San Millán, citado por Menéndez Pidal (Esp. Cid 5, p. 714), en que figura «Garseas comes in Nazara» (S. Mill., 239-240), hay que fecharlo mucho después, en vista de los confirmantes. [Sorprende que Gambra, Alf. VI. Dipl., núm. 52, nada objete a su datación, ya que en otras ocasiones hace constar que el hijo del conde Gonzalo Salvadórez «Gomessanus comes in Borouia» que confirma ese documento «no accedió a la dignidad condal antes de 1099» (p. 411) y que el «senior Garsia Alvares», que también confirma tras «Alvaro Didaz» y se señala que es «suus filius», sólo se documenta en los diplomas reales «a partir de la década de los noventa» (p. 126); en fin, el merino de Castilla Tello Díaz, que asimismo confirma, obliga también a llevar la lista de confirmantes a ese tiempo. En cuanto al «Blasconi abbati» nombrado resulta obvio que no es aquel cuya última aparición es de 1093, sino el sucesor de García (éste figura hasta 7-abr.-1098), que aparece en docs. de may.-1102, 1103, 1106, 1108 (S. Mill., núms. 290-295)].

59 Es de notar que en 1078 hay un señor Vermudo Echavídaz, merino en Nájera, bajo Martín Sánchez.

60 Véase «Valb.», pp. 515, 523, 530, 577; S. Mill., pp. 239, 244, 250, 251, 253, 254; Irache, p. 81; Esp. Cid 5, pp. 714-715; [Gambra, Alf. VI. Dipl., núm. 67].

61 Menéndez Pidal, Esp. Cid 5, pp. 715, 821-822.

62 Historia Gothica o De rebus Hispaniae, Lib. V, cap. XXIIII, (eds. en P. P. Toletanorum... Tomus tertius. Roderici Ximenii de Rada, Toletanae ecclesiae praesulis, opera ... Em. Dom. Francisci Cardinalis de Lorenzana... Matriti, 1793 [y por Fernández Valverde, en «CChCM», LXXII, 1987].

63 British Museum, Cotton Ms. Julius A. XI, f. 89-97. Ed. J. González, El reino de Castilla en la época de Alfonso VIII, II, p. 458.

64 Esp. Cid 5, pp. 820-822.

65 Crónicon Villarense, ed. M. Serrano y Sanz, en BRAE, VI (1919), 210; y L. Cooper, El Liber Regum, Zaragoza, 1960. [Acerca del contenido y de la fecha en que se redactó el Liber regum original, vide Catalán, La épica española, II, n. 1 (pp. 123-124)].

66 Ed. G. Cirot, «Une Chronique latine inédite des Rois de Castille (1236)», BHi, XIV (1912), 115-116; o ed. M. D. Cabanes, Crónica latina de los Reyes de Castilla, Valencia, 1964, p. 21. [Véase ahora, ed. Charlo, 1997, § 5, p. 39].

67 R. del Arco, «Dos infantes de Navarra señores de Monzón», Príncipe de Viana, X (1949), 249-274, adujo ya esta donación de Alfonso I a Saint Pons de Tomières, hecha en Monzón, jl.-1105, en que aparece el patronímico de don Ramiro haciendo notar que el documento es una copia, «hecha entre 1160 y 1170, con todos los caracteres de autenticidad». La confirmación fue asimismo comentada por G. de Pamplona, «La filiación y derechos al trono de Navarra de García Ramírez el Restaurador», Príncipe de Viana, X (1949), 275-283.

68 [Cfr. Moret, Investig., p. 679; Menéndez Pidal, Esp. Cid 5, p. 824; Ubieto, Los tenentes s.v. Monzón; Lacarra, Doc. reconq., § 336].

69 Ed. en Flórez, Reynas, I, pp. 481-494, «conforme se halla en un Ms. de San Martín de Madrid, de letra de Juan Vázquez de Mármol, y en otros de Toledo, y de la Real Bibliotheca de esta Corte, aunque en éstos no tan completa» (p. 188). Otra ed., menos fidedigna, en Semanario Pintoresco Español, 35, 1-set.-1850, 283-285. En los mss. L.j.12 de El Escorial y 1376 de la Bibl. Nacional se hallan sendas copias del siglo XVI, debidas a Ambrosio de Morales, de «un libro (h)arto antiguo del archivo de la ciudad de Toledo... (y parece por el tiempo que los escribió don Rodrigo Ximénez, Arçobispo de Toledo)», el cual incluía un fragmento del Libro de las generaciones refundido c. 1220 en Toledo o Liber regum 2, junto con los Anales toledanos I y II [al igual que en la copia de Juan Vázquez].

70 Sigo la ed. Flórez (p. 488). En el Semanario falta lo comprendido entre un «ovo fillo al Infant don Ramiro» y otro. A su vez, Mor. 1 (ms. L.I.12, f. 238 ó mod. 239) y Mor. 2 (ms. 1376, f. 386 v ó mod. 388 v) duplican la frase «el rey don Sancho» anticipándola inicialmente entre «al r. d. S.» y «el q. m. en Penialosa»; la segunda vez que aparece va seguida de «el q. m. en Peñafiel» (en Mor. 1 lo comprendido entre «Penialosa» y «Peñafiel» va interlineado). El conde don Pedro de Barcelos utilizó en su Livro das Linhagens (hacia 1340-1344) un Libro de las generaciones (o Liber Regum) que contenía este pasaje exactamente como los textos castellanos (si salvamos las lagunas por homoioteleuton): «... e elrrei dom Garçia de Nauarra ouue dous filhos, elrrey dom Sancho [...] o que mataram em Penella, ouue filho o iffante dom Rramiro o que matarom em Roda a traiçam. E o iffante dom Samcho filho delrrey dom Garçia de Nagera ouue filho o iffante dom Ramiro, e filhou por molher a filha de mey Çide o campeador...» (ms.da Torre do Tombo, Casa Forte E. 3, P. 8, n.o 144, f. 26). El Libro de las generaciones navarro de hacia 1260, derivado directo del Liber regum 1, no sabemos cómo diría en su original, pues sólo lo conocemos en la copia de Martín de Larraya (s. XV; ms. Esc. N-I-13) que ofrece en este punto una enorme laguna, ya que salta desde un «infant» a otro bastante lejano: «Este rrey don Garcia de Nauarra ouo dos fijos, al rrey don Sancho que mataron en Peyñaloem en hera mil CLXXIIIIº. E el infant don Remiro caso con la fija de meo Çid...» (f. 20 v ant., 27 v mod.). Sobre la relación de estos diversos textos con el que contiene el códice villarense y entre sí, véase D. Catalán, De Alfonso X, 365-408; [hoy creo preciso suponer que el Conde de Barcelos utilizó conjuntamente un Libro de las generaciones de c. 1260 similar al copiado por Larraya (ya que ambos contienen la misma Historia de los reyes de Bretaña basada en el Brut de Wace) y un manuscrito de la Refundición toledana o Liber regum 2].

71 Cfr. atrás, n. 18.

72 Véase n. 69.

73 La primitiva redacción navarra del Libro de las generaciones o Liber regum, incluía ya la genealogía de la madre de García Ramírez, Christina, hija del Cid y descendiente de Laín Calvo (Catalán, «El Toledano romanzado», 1966, p. 21, n. 50 [o La Estoria de Esp. de Alf. X, 1992, cap. III, n. 97; y La épica española, 2000, cap. II, nn. 1, 2]. De los Anales navarro-aragoneses hay ed. antigua del ms. n.o 1 del Arch. General de Navarra, s. XIV, en P. Ilarregui y S. Lapuerta, Fuero General de Navarra, 1869, pp. 144-146; Ubieto, Corónicas navarras, 1964, lo reeditó utilizando el mismo ms. y otro, también del s. XIV, del Arch. de la Catedral de Pamplona; convendría tener presentes otros mss. que mejoran el texto publicado (cfr. la n. 50 de «El Toledano romanzado» [o la n. 97 de La Estoria de Esp. de Alf. X]).

74 Las noticias documentales son escasas. Las reunió ya Moret, quien cita (Annales, lib. XIII, c. 3, § 37) tres «instrumentos de San Millán, Yrache y Alvelda» (pero no veo que utilice el doc. de Irache).

75 El comportamiento del rey don García coincide con el de su hermano Ramiro I de Aragón, quien puso también el nombre de su padre, Sancho, tanto al primogénito, habido en una concubina (doña Amuña), como al primer hijo de la reina doña Ermesinda (o Gisberga).

76 Reinando el rey don García, el 17-feb.-1050, su hija (ilegítima) doña Mencía, juntamente con su marido Lope Fortúñez (hijo del señor de Viguera), habían dado a San Millán su propio palacio en Tricio (y heredades de él dependientes); pero poco tiempo después, Sancho Garcés (hijo del rey) se apoderó violentamente de tales posesiones, reteniéndolas durante largos años (véase adelante, p. 80 y n. 98).

77 Véase atrás n. 23.

78 El domingo 7-dic.-1057, el rey don Sancho dona a Sancho Fortúñez el monasterio de San Miguel de Bihurco: «Infante Domno Sancio testis, et uxor eius Dona Gontanza testis». A continuación confirma la infanta doña Mayor y detrás varios señores (S. Martín de Alvelda; Arch. de la Igl. Colegial de Logroño, 1 g. 3, núm. 12; «parece sin duda original», Moret, Investig., lib. III, V, § 12).

79 Cf. Oña, I, pp. 65-66 y López Mata, Geogr., pp. 85-86.

80 Historia Roderici, § 3.

81 Cfr. la carta de arras a doña Estefanía, en Moret, Investig., lib. III, c. II, § 5, y Annales, lib. XIII, c. 1, §§ 47-51; la dotación de Santa María de Nájera, en Fita, «Nájera. Est. cr.», pp. 164-170; docs. de S. Mill., 149, 151, 158; López Mata, Geogr., pp. 80, 98; Menéndez Pidal, Esp. Cid 5, mapa «España en 1050»; Balparda, Hist. crít., II, pp. 109-147.

82 Historia Roderici, § 3

83 Cfr. Menéndez Pidal, Esp. Cid 5, pp. 121 y 676.

84 Oña, I, pp. 75-76.

85 Oña, I, pp. 72-73. Cfr. Menéndez Pidal, Doc. Ling., p. 8, n. 1, Esp. Cid 5, p. 123.

86 Oña, I, pp. 73-74.

87 Pérez de Urbel, Sancho May., p. 256.

88 S. Mill., p. 173; cfr. S. Mill., pp. 257 y 260.

89 Pérez de Urbel, Sancho May., p. 256.

90 Ed. por Balparda, Hist. crít., II, p. 131.

91 Annales, I, lib. XIII, c. 3, §§ 11-15.

92 Oña, I, pp. 53-54, 73, 75.

93 Oña, I, pp. 52, 54. La copia confunde la equis aspada de la era M.LXL.III por dos equis, M.LXX.III —era 1073, año 1035—; pero la corrección es obvia, según nota ya Ubieto, Estudios, p. 33 [ó 37].

94 Menéndez Pidal, Esp. Cid 5, p. 123.

95 Cfr. Balparda, Hist. crít., II, pp. 245-250.

96 S. Mill., pp. 155-171. Menéndez Pidal, Esp. Cid 5, pp. 676-677.

97 Pues el doc. fechado el 1-feb.-1064, referente a Bóveda de Valdegovia, que suele aducirse entre los calendados «por los reyes de Pamplona» da como reinante a don García (!), no a Sancho Garcés. «Valpuesta», pp. 374-375.

98 Se trata de una carta de donación, hecha a San Millán en 17-feb.-1050, por Lope Fortúñez y su mujer doña Mencía (hija ilegítima del rey don García) de un palacio que tenían en Tricio (y heredades dependientes). A continuación de esa carta el rey don Sancho (hallándose en compañía de su hermana doña Ermesinda y de la propia doña Mencía) hizo anotar, el 27-dic.-1073, la recapitulación de hechos que citamos en texto, S. Mill., pp. 155-156.

99 Ed. Cirot, BHi, XI, 1909, 270-271; [ed. Estévez (1995), lib. III, § 14, p. 171].

100 Véase, por ejemplo, Menéndez Pidal, Esp. Cid 5, p. 133 [El posible origen épico del relato najerense, que admito en La épica española (2000), cap. I.6.a, no desautoriza el «hecho» relatado, aunque no sirva para documentarlo].

101 Recuérdese, como ejemplo sobresaliente contemporáneo, el incesto (en 1072-1074) de Alfonso VI con su hermana mayor, la infanta doña Urraca, de que nos hablan por separado Abū Bakr ibn al- S̣̣̣ayrafī(† 1161), al-Anwār al-Yaliyya (en Ibn Idarī, al-Bayān al-Mugrib), considerándolo un comportamiento comparable a las costumbres persas, y fray Juan Gil de Zamora (en 1282), en su versión anti-castellana del regicidio ocurrido en Zamora (De praeconiis Hispaniae, ms. 6353 de la Bibl. Nacional, Madrid, f. 56v); también este incesto regio se venía considerando como una «desvergonzada hablilla» o «calumniosa inculpación» hasta la aparición de la referencia árabe contemporánea (cfr. E. Lévi-Provençal y R. Menéndez Pidal, «Alfonso VI y su hermana la infanta doña Urraca», en Al-Andalus, XIII, 1948, 157-166; Huici, Nuevos fragm., 120-121), [y aún hoy los historiadores presuntamente científicos lo consideran una «infamia» atribuible a unos desconocidos enemigos de Alfonso VI, sin tener en cuenta cómo juzgan el caso las fuentes medievales que aportan la información]. Como testimonio de la relativa frecuencia de incestos entre hermanos en las familias poderosas, puede citarse la «burla» (comentada por Cirot, en BHi, XIII, 1911, p. 437) que en el siglo anterior hicieron Céntulo Aznar y su hermana Matrona al marido de ésta, García el Malo, «in orreo in diem Sancti Iohannis» y la venganza que tomó el burlado, según las Genealogías del Códice de Roda (ed. Lacarra, en EEMCA, I, 1945, p. 241); así como los casos reseñados en el Livro antigo o primeiro (hacia 1270) y en el Livro velho do Deão (en torno a 1340) das linhagens (según la ed. en PMH, libros II y I, respectivamente): «D. Mor Garcia ouve hum filho de seu irmão D. Pero Garcia que ouve nome Martim Tavaya...» (II, 176 10-11) ~ «D. Pero Garcia... emprenhou sa irmã D. Maria Garcia e ouve ende hum filho...» (I, 165 35-36); «E esta Maria Mendes rouçoulha seu irmão Gonçalo Mendes e despois leixoua ca lha filhou o arcebispo D. João Ayras de Santiago e casoua como D. Lourenço Soares de Valladares» (I, 152 7-9).

102 Eds. Pérez de Urbel, Sancho May., p. 452, Ubieto, en Hispania- Madrid, X, 1950, p. 19, n. 57, y Lacarra, Irache, pp. 18-19.

103 Esp. Sagr., XXXIII, 247-248. En favor de esta identificación cabría aducir ciertas observaciones geográficas: Las propiedades donadas a Irache por doña Fronilda (hallándose ausente su hermana) se hallaban en Torrillas, junto al Iregua, entre Logroño, Varea y Villamediana; y en esa misma comarca sabemos que dejaría heredadas la reina doña Estefanía a dos de sus hijas, a doña Ermesinda con Villamediana y Matres y a doña Urraca, con Alberite, Lardero y Mugrones.

104 En el año 1050: Fortún Sánchez [el bonopater del rey García de Nájera], con su mujer doña Tota, «pro anima de socer meus regi Garsea Ranimiriz», S. Mill., p. 159. Cfr. Ubieto, «Monarcas navarros olvidados:   Los reyes de Viguera», Hispania-Madrid, X, 1950, 3-24.

105 Menéndez Pidal, Esp. Cid 5, pp. 133-134 y 684-685. La muerte de Ramiro I en la batalla de Graus es indudable, en vista del testimonio concorde de las fuentes árabes y cristianas. El día y el mes constan en el epitafio de San Juan de la Peña (Moret, Investig., lib. III, c. 2, § 59). La batalla se dio en la era MCI, según fuentes varias. Sin embargo, Ubieto (Estudios, pp. 44 [ó 48], 68 [ó 178], n. 34 y 89-90 [ó 199-200]) considera que la muerte del rey debe retrasarse, pues encuentra un documento de Ramiro I, al que califica como «original», fechado en marzo de 1064. La alianza navarro-aragonesa se confirmó en una entrevista de don Sancho y don Ramiro (acompañados de los señores de sus respectivos reinos) en que se hicieron fuertes juramentos; es de notar, que el joven rey navarro dio a su tío, «per amicitatem et fidelitatem et adiutorium et consilium cum Deo mihi detis», el castillo de Sangüesa y las villas de Lerda y Undués, jurando no arrebatarle jamás estas ni otras donaciones anteriores, mientras Ramiro I se limitó a jurar que no pediría más villas o tierras a su sobrino (Ubieto, Estudios, 88-90 y 119 [ó 198-200 y 229]. Las conclusiones de este autor basadas en los tenentes de Sangüesa exigen revisión, pues el Fortún Sánchez que en 1040 tenía ese castillo es el famoso ayo del rey García de Nájera, que murió con su criado en Atapuerca, 1054).

106 Según el Chronicon ex Historiae Compostellanae codice (Esp. Sagr., XXIII, p. 326): «Fredenandus... in vita sua... ipsum Regnum inter tres filios... divisit: & Sancio primogenito totam Castellam cum Asturiis Sanctae Julianae & cum Caesaraugusta Civitate, & cum omnibus suis appendentiis (quae tunc Sarraceni obtinebant, unde tunc temporis ipsi Mauri tributum annuatim illi serviendo reddebant) in proprium reddit».

107 Esp. Cid 5, p. 707.

108 La reina Alberta figura en docs. de 26-mz.-1071 y 10-my.-1071 (Flórez, Reynas, I, pp. 152-154), y no en los del anterior (18-en.; 26-ag.), donde sólo confirman dos o una de las hermanas del rey.

109 Por el testamento de la reina doña Estefanía sabemos que las infantas fueron heredadas por su madre en las fértiles y estratégicas tierras al Sur del Ebro: doña Urraca con Alberite, Lardero y Mugrones; doña Ermesinda con Villamediana y Matres; doña Ximena con Orcuetos, Hornos y Daroca; doña Mayor con Yanguas, Atayo y Villela. Acerca de su desigual participación en los actos públicos de Sancho Garcés, véase n. 111.

110 Burgos y Nájera, además de disputarse el dominio de las tierras castellanas del alto Ebro, al Norte de una y otra ciudad, competían en el lucrativo negocio de proteger al reino moro de Zaragoza, amenazado por los propósitos cruzados de los señores cis- y trans-pirenaicos. No es, pues, extraño que, con posterioridad a 1058, las relaciones del joven Sancho Garcés con su tío, el rey de Castilla y León, fueran variables: En 1062, don Fernando, rey de Castilla, se halla presente y confirma una donación del rey de Pamplona a su fiel vasallo («namque ob tuum utile et fidele servitium...») García Garcés (S. Mill., 182-183). Pero en el siguiente año el rey navarro obtiene la ayuda de su otro tío, Ramiro I de Aragón (al cual cede Sangüesa, en pago de su amistad; véase n. 105), probablemente para librarse de la tutela de Fernando I; por entonces, su situación debía de ser bastante crítica, pues en mz.-1063 hallamos, en Monasterio de Rodilla, bajo el imperio del rey castellano (Orígenes del esp.3, pp. 38-39) a varios señores navarros, antes vasallos de los reyes de Pamplona y Nájera (García Oriólez, que en 1040 tenía Herrera y Briviesca; Aznar Sánchez, que en 1048 tenía Arlanzón; Fortún Sánchez); poco después el infante don Sancho de Castilla, apoyando a Muqtadir de Zaragoza, hacía la guerra en la frontera de Aragón (Graus, 8-my.-1063). Quizá entonces Castilla se anexionó Valpuesta, navarra en 1057 y castellana en 1065 (según arriba he comentado). Ya el 1-nov.-1065 la paz reina de nuevo entre Navarra y Castilla, pues en una solemne donación hecha por el rey don Sancho, en compañía de sus hermanos, volvemos a hallar a «Fredinandus, horum avunculus, Castelle Vetule, Legioni, et Gallecie dominans» (S. Mill., p. 193).

111 Al recordar este hecho no quiero sugerir que doña Mayor fuera quien suscitó la pasión incestuosa de don Sancho. Nos faltan datos para proponer el nombre de la infanta desposada con don Sancho de Castilla: ¿Sería doña Urraca, cuyo nombre falta en los documentos de Sancho Garcés? Dadas las costumbres de la época, el haber sido raptada por su hermano hacia 1060 no sería un obstáculo para que, andando el tiempo, se casara con el conde García Ordóñez y llegara a ser señora de Nájera bajo Alfonso VI. ¿O fue doña Ermesinda, la hija de doña Estefanía de personalidad pública más acusada? Su temprana aparición, confirmando en 1052 un documento de sus padres (Fita, «Nájera», p. 236), su constante participación entre 1067 y 1075, en los actos púlicos de Sancho Garcés, su responsabilidad en el regicidio de 1076, su destacada posición en la corte de Alfonso VI en 1079, su casamiento con Fortún Sánchez (1079-1080, 1100), sus propiedades en la Huesca de Pedro I, vendidas al disponerse a peregrinar a Tierra Santa (1100), perfilan una biografía (cfr. n. 41) en que el desposorio hacia 1060 con Sancho Fernández de Castilla, frustrado por un incesto, vendría a ser el broche de oro. ¿O, por el contrario, hemos de buscar a la protagonista de hacia 1060 entre las dos infantas doña Ximena y doña Mayor de biografía más borrosa? Doña Ximena confirma, junto a su hermana doña Ermesinda, tres documentos de Sancho Garcés en 1071 y 1075 y la donación de Santa María de Nájera a Cluny, hecha en 1079 por Alfonso VI; doña Mayor, además de refrendar con su firma, tras las del infante don Sancho y su esposa, el documento de 1057, confirma en 1070 y 1071 otros documentos de Sancho Garcés.

Índice de capítulos:

* PRESENTACIÓN

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (1)
   a. La realidad se forja en los relatos

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (2)
    b. Rodrigo, Campeador invicto para sus coetáneos

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (3)
   c. Del Campeador al Mio Cid. Los nietos del Cid y la herencia cidiana

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (4)
   d. Rodrigo, el vasallo leal, a prueba

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (5)
   e. El Soberbio Castellano

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (6)
   f. El Cid se adueña de la Historia y la Historia anquilosa la figura del  Cid

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (7)
   g. El Cid del Romancero salva al personaje literario del corsé historiográfico

* II EL «IHANTE» QUE QUEMÓ LA MEZQUITA DE ELVIRA Y LA CRISIS DE NAVARRA EN EL SIGLO XI

*  III LA NAVARRA NAJERENSE Y SU FRONTERA CON AL-ANDALUS

*   IV EL MIO CID Y SU INTENCIONALIDAD HISTÓRICA

V EL MIO CID DE ALFONSO X Y EL DEL PSEUDO IBN AL-FARAŶ

VI RODRIGO EN LA CRÓNICA DE CASTILLA. MONARQUÍA ARISTOCRÁTICA Y MANIPULACIÓN DE LAS FUENTES POR LA HISTORIA

* VII LA HISTORIA NACIONAL ANTE EL CID

* APÉNDICE I.  SOBRE LA FECHA DE LA HISTORIA RODERICI

* APÉNDICE II. SOBRE LA FECHA DE LA CHRONICA NAIARENSIS

* ÍNDICE DE REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS (Y CLAVE DE SIGLAS)

I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (7)

I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (7)

g. El Cid del Romancero salva al personaje literario del corsé historiográfico

       La figura que la Edad Media proyecta del Cid no quedó, finalmente, en manos de los historiadores. Junto a la memoria escrita, sobrevivió, hasta llegar el s. XVI, la memoria oral de los «hechos» cidianos. Gracias a sus refundiciones cantadas, los tres grandes poemas épicos en que Rodrigo ocupa un papel sobresaliente, el Mio Cid, Las particiones del rey don Fernando y las Mocedades de Rodrigo, llegaron a ser material literario asequible para los creadores tardo-medievales de un género nuevo destinado al canto: el Romancero 42.
      Las tres gestas dejaron descendencia en romances transmitidos por tradición oral desde las postrimerías de la Edad Media hasta que fueron puestos por escrito en tiempos de los Reyes Católicos y de Carlos V, sea en manuscritos, sea, con mayor éxito, impresos en pliegos sueltos y cancionerillos de faltriquera.
      La imagen del Cid que heredó, gracias a ellos, la muy monárquica y papista España de los Austrias y que, así, se proyectó hasta nosotros, no fue la del vasallo «obediente» fiel servidor de unos reyes defensores del Cristianismo frente al Islam, sino las del «castellano» o «español» que, al entrevistarse por primera vez, acompañando a su padre, con el rey don Fernando no está dispuesto a besarle la mano en señal de vasallaje:

 Todos se apearon juntos     por el rey besar la mano,
Rodrigo se quedó solo    encima de su cavallo

 y que, cuando por obediencia filial, desciende a rendirle vasallaje y se le arranca fortuitamente el estoque con gran espanto del rey (que le compara con el diablo) se aparta altanero, replicando

 Por besar mano de rey     no me tengo por honrado
Porque la besó mi padre     me tengo por afrentado;

 o aquel que, paralelamente, se niega a besar la mano al Papa:

 No lo hizo el buen Cid,     que no lo avía acostumbrado.

       Es el Rodrigo que exige juramento al rey Alfonso «sobre un cerrojo de hierro y una ballesta de palo», y que, ante la amenaza del rey:

 —Mucho me aprietas, Rodrigo,      Rodrigo mal me as tratado,
mas oy me tomas la jura,     cras me besarás la mano,

 le advierte:

 —Aquesso será, buen rey,     como fuer galardonado,
que allá en las otras tierras     dan sueldo a los hijos d’algo

 y parte al exilio, diciéndole al rey que le ha desterrado por un año:

 —Tú me destierras por uno,     yo me destierro por quatro.

       Es, en fin, el varón que sólo cede ante el reproche sentimental de la infanta doña Urraca desde lo alto del muro de Zamora y que ordena a los suyos cesar en el combate, gritándoles:

—¡Afuera, afuera, los míos     los de a pie y de a cavallo,
que de aquella torre mocha    una vira me han tirado,
no traía el asta hierro     y el coraçón me ha passado!

 Diego Catalán, "El Cid en la historia y sus inventores."(2002)

NOTAS

42 [Sobre el Cid en el romancero de raíces épicas trato detenidamente en el cap. VIII, §§ 2.e-h de La épica española (2000), pp. 581-661].

Índice de capítulos:

* PRESENTACIÓN

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (1)
   a. La realidad se forja en los relatos

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (2)
    b. Rodrigo, Campeador invicto para sus coetáneos

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (3)
   c. Del Campeador al Mio Cid. Los nietos del Cid y la herencia cidiana

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (4)
   d. Rodrigo, el vasallo leal, a prueba

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (5)
   e. El Soberbio Castellano

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (6)
   f. El Cid se adueña de la Historia y la Historia anquilosa la figura del  Cid

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (7)
   g. El Cid del Romancero salva al personaje literario del corsé historiográfico

* II EL «IHANTE» QUE QUEMÓ LA MEZQUITA DE ELVIRA Y LA CRISIS DE NAVARRA EN EL SIGLO XI

*  III LA NAVARRA NAJERENSE Y SU FRONTERA CON AL-ANDALUS

*   IV EL MIO CID Y SU INTENCIONALIDAD HISTÓRICA

V EL MIO CID DE ALFONSO X Y EL DEL PSEUDO IBN AL-FARAŶ

VI RODRIGO EN LA CRÓNICA DE CASTILLA. MONARQUÍA ARISTOCRÁTICA Y MANIPULACIÓN DE LAS FUENTES POR LA HISTORIA

* VII LA HISTORIA NACIONAL ANTE EL CID

* APÉNDICE I.  SOBRE LA FECHA DE LA HISTORIA RODERICI

* APÉNDICE II. SOBRE LA FECHA DE LA CHRONICA NAIARENSIS

* ÍNDICE DE REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS (Y CLAVE DE SIGLAS)

I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (6)

I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (6)


f. El Cid se adueña de la Historia y la Historia anquilosa la figura del Cid

      La expansión continuada de la biografía del Cid en la Poesía Épica durante los siglos XII y XIII no tuvo en la Historiografía grandes repercusiones mientras el género estuvo en manos de la jerarquía eclesiástica más vinculada a la corona.
      La historia oficial de los reyes de León y Castilla no pudo «ignorar» por completo, como hizo el obispo don Pelayo, la existencia de Rodrigo Díaz; pero, si el gran historiador leonés Lucas, diácono de la iglesia de San Isidoro de León, en tiempos de Fernando III (en 1236) 27, reconoce el valor e invencibilidad del caballero Rodericus, sólo ve en él al alférez del rey castellano don Sancho que, mediante un consejo artero, convirtió en derrota del rey don Alfonso de León el victorioso encuentro de Golpejera, o al osado castellano que tomó a ese rey Alfonso juramento exculpatorio de no haber tenido parte en la muerte dolosa de su hermano ante los muros de Zamora antes de que Castilla lo reconozca como señor, «hechos» ambos que interpretan datos extraídos de la gesta de Las particiones del rey don Fernando. Aunque hace constar que, a causa de esa actuación, «el rey Alfonso siempre le aborreció», nada dice de su destierro. No obstante estimó necesario, tras contar la toma de Toledo y repoblación de las tierras al Sur del Duero por Alfonso VI, dar una brevísima noticia sobre las hazañas en Levante del «valiente caballero» Rodrigo Díaz, consignando la prisión del rey de Aragón (que cree fue Pedro I), el cerco y toma de Valencia y la victoria sobre Buchar con muerte de miles de sarracenos. Esta pequeña digresión sirvió como señal de salida para que Rodrigo Díaz hiciera su carrera en la Historia.
      Por su parte, el otro gran historiador de tiempos de Fernando III, el castellanista don Rodrigo Ximénez de Rada 28, aparte de adaptar los pasajes del Chronicon Mundi de Lucas, sabe, gracias a sus orígenes navarros (por el Libro de las generaciones o Liber regum o por derivaciones de él), la genealogía ascendente y descendente del Campeador establecida por biógrafos y genealogistas del Oriente de la Península, y, como Arzobispo de Toledo y Primado de España, le consta que su antecesor don Bernardo trajo, entre otros clérigos francos, a Hieronymus, natural de Petragorica, quien, antes de ser obispo de Zamora lo fue temporalmente de Valencia en tiempo de Rodericus Campiatoris. El Arzobispo sólo creyó necesario añadir que Buchar apenas logró escapar vivo de su derrota y el traslado a Cardeña del cuerpo de Rodrigo, una vez muerto.
      La entrada triunfal del Cid en la Historia nacional de España fue un resultado del radical cambio en la concepción de lo que es Historia impuesto por Alfonso X. El Rey Sabio 29 aspiró a ofrecer a los súbditos de su imperium un conocimiento integral de

«la estoria toda como conteció, e non dexar della ninguna cosa de lo que dezir fuesse» 30,

sin otros criterios restrictivos que los de la fiabilidad de la fuente de información y el decoro historiográfico. Para ello, según hace constar:

«mandamos ayuntar quantos libros pudimos aver de istorias en que alguna cosa contassen de los fechos d’España... et compusiemos este libro de todos los fechos que fallar se pudieron della» 31.

      De conformidad con este propósito, la particular historia del Cid que va emergiendo de entre las páginas de la historia del reino castellano-leonés reúne, por primera vez, la mayor parte de las narraciones precedentes, pues Alfonso, aparte de las historias generales de Rodrigo y Lucas y del Liber regum, incorpora tanto la Historia Roderici como La elocuencia evidenciadora de Ibn  ﺀAlqama y, además, Las particiones del rey don Fernando y el Mio Cid.
      Si dejamos aparte la presencia del nombre de Rodrigo en las noticias genealógicas acerca de la descendencia de los jueces de Castilla y acerca de la ascendencia de los reyes navarros, las dos redacciones de la Estoria de España alfonsíes, la original de c. 1270 (que, a partir de Fernando I sólo nos es conocida en una Versión retóricamente amplificada de 1289) y la de 1282/84 (Versión crítica, representada por la Crónica de veinte reyes)32, van incorporando, cronológicamente organizadas, cuantas referencias a Rodrigo Díaz les proporcionan esas fuentes: al relatar el cerco de Coimbra, se incluye el dato de que allí le armó caballero el rey don Fernando; luego se narra su tardía llegada a Cabezón, donde el rey ha repartido sus reinos, y su intervención, como el más preciado de los consejeros, en los últimos momentos del rey, según el testimonio de la gesta refundida de Las particiones, aunque las dudas de los «estoriadores» alfonsíes acerca de la exactitud del relato juglaresco les haga vacilar en cómo aprovecharlo. La Poesía va, después, imponiendo detalle tras detalle a la Historia al relatar las incidencias de las guerras de Sancho contra García y de Sancho contra Alfonso, así como en el cerco de Zamora, respecto al reto y combate judicial para decidir si la ciudad es o no cómplice de la traición de Vellido Dolfos y respecto al juramento de Santa Gadea, y, en cada caso, las particulares intervenciones de Rodrigo en todos esos episodios. Pero, en la incorporación de las escenas poéticas a la prosa histórica, Alfonso X se preocupa no sólo de desversificar el relato sino de podarlo de elementos que considera literarios y, sobre todo, de ennoblecerlo, amortiguando las pasiones de los personajes y «castigando» su lenguaje cada vez que las unas o el otro rebasan los límites de lo que se considera aceptable en un género como el historiográfico.
      Concluida, con la Jura de Santa Gadea, la materia en que Las particiones del rey don Fernando colorean la historia de la guerra civil, Alfonso X acepta de Lucas Tudense y Rodrigo Toledano que el rey don Alfonso nunca vio con buenos ojos al Cid; pero sabe, gracias a la Historia Roderici, la causa y el pretexto por los cuales el rey destierra a su vasallo. Y, una vez que ha empezado a contar ese destierro, no ve inconveniente en ir trenzando hábilmente los tres relatos que conocía acerca de la actuación de Rodrigo en Levante: el de la Historia Roderici, el de Ibn ﺀAlqama y el del Mio Cid. Los capítulos dedicados al Cid acaban por ocupar más espacio que los referentes al rey don Alfonso, anticipando así, sin tener consciencia de estar disminuyendo con ello la imagen de un gran rey, aquel famoso epígrafe con que Menéndez Pidal tituló la historia de los años 1091-1099: «El Emperador oscurecido por el Cid». La desproporción no le importa a Alfonso X pues, para la estética medieval, no eran impropias en un texto las «digresiones» desproporcionadas; no había una exigencia de equilibrio arquitectónico en las obras escritas.
      Sin embargo, el componente cidiano de la Historia nacional acabó por provocar una crisis en la Estoria de España; pero ello sería debido, no ya a este exceso de información, sino a la intervención monacal en la remodelación del personaje Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid, y al impacto sobre la cronística de una labor historiográfica extraña a la concebida por los reyes o por los servidores laicos o eclesiásticos de la monarquía que tradicionalmente venían controlando la producción de Historia.
      En el monasterio de Cardeña, los monjes que poseían los huesos del Cid desarrollaron, en provecho propio, un «culto» a sus reliquias, multiplicándolas inventivamente y explicándolas en un relato de corte hagiográfico para atraer el interés de devotos peregrinos. Esa leyenda piadosa acabó por generar una *Estoria caradignense del Cid que [en sus últimas y más elaboradas formas] los monjes atribuyeron a Ibn al Faraŷ, el alguacil histórico   del rey al-Qādir y de Rodrigo en Valencia 33. Esta *Estoria caradignense del Cid no ha llegado hasta nosotros en forma autónoma; pero sí parcialmente incorporada a ciertas ramas de la tradición manuscrita que deriva de la compilación historial alfonsí. A su interferencia en la descendencia textual de la Estoria de España se debe, en buena parte, la «revolución historiográfica» que, apenas muerto el Rey Sabio, vino a socavar los fundamentos de su obra y dejó en plena confusión para el futuro el contenido de la historia nacional posterior al reinado de Vermudo III. Con la influencia de esta historia monacal se relaciona el abandono del principio básico que había regido el gran esfuerzo de los equipos historiográficos de Alfonso X: decir en todas las cosas la verdad ateniéndose a lo contado por los sabios hombres que «metieron» en escrito «los fechos que son passados, para aver remembrança dellos como si entonces fuessen», esto es, como si ocurriesen en el presente a la vista de cualquiera.
      No podemos reconstruir el proceso de creación de esta Estoria del Cid [que en una u otra forma sabemos existía con anterioridad a la labor historiográfica de Alfonso X 34 y en cuya composición entran relatos que circulaban ya en la primera mitad del siglo XIII 35], ya que el único texto llegado a nosotros es el conservado (de forma parcial) por la Versión mixta de la Estoria de España y por la Crónica de Castilla. En esta versión [evidentemente no primigenia] de la *Estoria caradignense del Cid se suman, en sucesión, fuentes de carácter tan dispar como La elocuencia evidenciadora de Ibn  ﺀAlqama, sin despojarla por completo del punto de vista musulmán, el Mio Cid de c. 1144 (para «Las bodas de las hijas del Cid»), dos versiones discordantes del relato de origen épico sobre «La afrenta de Corpes», sin salvar sus contradicciones 36, y, por último, la Leyenda hagiográfica del Cid elaborada en Cardeña. Estos componentes dispares se hallan sometidos a un malicioso y, a la vez, ingenuo proceso de manipulación a fin de lograr convencer a los receptores del relato de la autenticidad y credibilidad de los sucesos narrados. El resultado es bien conocido ya que, por culpa de un interpolador del s. XIV, el texto de la Versión mixta se incorporó al viejo manuscrito de 1289 E2 que se guarda en El Escorial 37 y, de resultas, a la edición de Menéndez Pidal de la llamada Primera crónica general, convirtiéndose así, hasta la década de los 60 38 de este siglo, en el texto oficial de la Estoria de España.
      Las fabulaciones de los monjes caradignenses, al contaminar la tradición manuscrita de la Estoria de España, abrieron el camino a lo que pudiéramos denominar vocación novelesca de la Historia. Respecto a la imagen del Cid, fueron responsables de dos afirmaciones que tuvieron gran difusión: la de que venció una batalla después de muerto, gracias a la cual llegó su cuerpo a Cardeña, y la de la incorruptibilidad de ese su cuerpo. Curiosamente, el texto en que esos «milagros» han llegado narrados hasta nosotros ha sido ya sometido a una racionalización que les priva de su carácter de tales, ya que la incorruptibilidad resulta ser temporal y producto de un bálsamo de efectos momificatorios enviado al propio Cid por el Sultán de Persia y la capacidad del cuerpo muerto de mantenerse sobre Babieca fruto de un artilugio. Y una tendencia similar a que todo episodio chocante reciba explicación racionalizada caracteriza a la *Estoria tal como nos la dan a conocer las crónicas.
      También remontan a la *Estoria caradignense las mayores novedades en el tratamiento de los episodios nacidos en el Mio Cid referentes a la afrenta de Corpes y a las Cortes de Toledo en que el Cid reclama justicia. El refundidor, o más bien una de las dos versiones que se superponen en el relato de ascendencia épica de una forma inconsistente, aparte de no comprender el procedimiento judicial narrado por el viejo poeta, transformó completamente el escenario social, elevando a Rodrigo en su estamento nobiliario, convirtiendo a Alvar Háñez en su primo, inventando una familia bastarda de sobrinos del Cid, haciendo del gran rey Alfonso un rey ridiculamente impotente e introduciendo gratuitamente episodios y referencias geográficas nuevas 39.
      Esta «Interpolación cidiana» procedente de la *Estoria caradignense del Cid pasó desde la Versión mixta a otros dos textos cronísticos, la Crónica manuelina (sólo conservada en un resumen debido a don Juan Manuel) y la Crónica de Castilla, en las cuales, para armonizar mejor el relato, se retocaron diversos detalles, se introdujo la famosa historieta de Martín Peláez el Asturiano, un cobarde de quien el Cid supo sacar un valiente caballero [y se glosó con mayor número de detalles la participación de doña Elvira y doña Sol en el culto cidiano caradignense].
      De estas derivaciones de la Versión mixta, la más interesante es la Crónica de Castilla de c. 1290, ya que en ella se consuma el proceso de construcción novelesca de la biografía del Cid. Apoyándose en la gesta de las Mocedades de Rodrigo, cuyas novedades no habían sido hasta ahora aceptadas por la Historiografía, el redactor de la Crónica de Castilla hace que Rodrigo esté omnipresente a lo largo de todo el reinado de Fernando I, al igual que en los reinados sucesivos.
      El rasgo más notable de esta nueva «versión» de la última parte de la Estoria de España es el abandono del punto de vista «regio», de la tradicional inspiración monárquica heredada de la historiografía leonesa que continúan el arzobispo don Rodrigo y Alfonso X, haciendo ahora a la Historia pro-nobiliaria 40. Pero más sobresaliente aún que esta actitud es la de desechar el principio historiográfico de respeto a lo dicho por las fuentes e inventar cuanto al refundidor le viene en gana siempre que ello redunde en beneficio de la ejemplaridad buscada con el relato. El creador de la Crónica de Castilla trata con idéntica «libertad» la información heredada de pasajes que remontan a la historiografía en latín, que la de pasajes oídos a los juglares. Así, al narrar conforme a la Historia Roderici la traición de Rueda, en que el moro en posesión de esta plaza fuerte está a punto de lograr asesinar a Alfonso VI, idea por su cuenta que, cuando el Cid acude en ayuda de su rey, asuma y cumpla la misión de castigar al traidor y que, mediante este servicio, obtenga de Alfonso VI el otorgamiento de una especie de «Carta Magna» de derechos nobiliarios y ciudadanos:

«Que, quando alguno oviesse de sallir de la tierra, que oviesse treynta días de plazo, asý commo de ante avía nueve; e que non pasaríe contra ningún omne fijo dalgo ni ciudadano syn ser oýdo commo devía con derecho; nin pasase a las villas nin a los lugares contra sus fueros nin contra sus buenos usos, nin les echase pecho ninguno desaforado, sy non que se la pudiese alçar toda la tierrra por esto, fasta que lo emendase».

      Con idéntica libertad narrativa transforma todos los episodios que toma de la gesta de las Mocedades o introduce la intervención de Rodrigo en pasajes en que ninguna fuente le autorizaba a hacerlo. Su concepción de Rodrigo mozo nada debe a la que oyó o leyó en las Mocedades, pues, de acuerdo con su ideal de relaciones entre el rey y los hidalgos, Rodrigo, al llegar a la corte de Fernando I y ser desposado con Ximena, recibe del rey mucha más tierra que la que tenía debido a serle muy «obediente», pues ya en esa entrevista el mancebo le promete

«que faría su mandado en esto e en todas las cosas que le él mandara.»

      El historiador trata de borrar toda huella de los temores de Diego Laínez al ser llamado a cortes tras la muerte de don Gómez de Gormaz y de la altivez e insumisión épicas de «el Soberbio Castellano» en su inicial entrevista con Fernando I; similarmente, esquiva narrar las guerras banderizas entre el conde don Gómez y los hermanos Laínez, pues sólo le interesa presentar al Cid como el mejor defensor de la tierra contra moros 41.

Diego Catalán, "El Cid en la historia y sus inventores."(2002)

NOTAS

27 [En su Chronicon mundi (ed. A. Schott, Franckfurt, 1608)].

28 [En su Historia Gothica (ed. Fernández Valverde, en «CChCM», LXXII, Turnhout: Brepols, 1987)].

29 [En sus monumentales General estoria y Estoria de España].

30 [General estoria, 2ª parte, Lib. de los Juyzes, c. 2 (ed. A. G. Solalinde, et alii, vol. II, 1 (Madrid: C.S.I.C., 1957), p. 130b34-39)].

31 [PCG, p. 4a26-28 y a44-46].

32 [Acerca de estas dos redacciones, véase Catalán, De la silva textual (1997), «Conclusiones», pp. 461-469].

33 [Sobre la importancia de la *Estoria de España caradignense en la evolución de la historiografía (y de la cidiana en particular), véase Catalán, La épica española (2000), cap. III, § 1 (pp. 255-278)].

34 [Véase adelante, cap. VII, § g].

35 [Reservo para una obra en elaboración (Catalán y Jerez, Rodericus Toletanus y la Historiografía romance) el examen detenido de los datos que al respecto proporciona la versión aragonesa de 1252/53 (Estoria de los godos) de la Historia gothica de don Rodrigo Ximénez de Rada].

36 [Catalán, La épica española (2000), pp. 260-278].

37 [Véase aquí adelante, cap. V, §§ c y e].

38 [En que puse de manifiesto la artificiosidad del ms. E2 de la Estoria de España (base de la ed. Menéndez Pidal, vol. II); cfr. Adelante el cap. V, § c].

39 [Catalán, La Est. de Esp. de Alf. X (1992), cap. IX, § 6-8 (214-220)].

40 Catalán, La Est. de Esp. de Alf. X (1992), cap. VI, § 3-4 (pp.146-156)].

41 [Catalán, La épica española (2000), cap. III, § 2.d (pp. 288-299)].

Índice de capítulos:

* PRESENTACIÓN

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (1)
   a. La realidad se forja en los relatos

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (2)
    b. Rodrigo, Campeador invicto para sus coetáneos

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (3)
   c. Del Campeador al Mio Cid. Los nietos del Cid y la herencia cidiana

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (4)
   d. Rodrigo, el vasallo leal, a prueba

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (5)
   e. El Soberbio Castellano

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (6)
   f. El Cid se adueña de la Historia y la Historia anquilosa la figura del  Cid

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (7)
   g. El Cid del Romancero salva al personaje literario del corsé historiográfico

* II EL «IHANTE» QUE QUEMÓ LA MEZQUITA DE ELVIRA Y LA CRISIS DE NAVARRA EN EL SIGLO XI

*  III LA NAVARRA NAJERENSE Y SU FRONTERA CON AL-ANDALUS

*   IV EL MIO CID Y SU INTENCIONALIDAD HISTÓRICA

V EL MIO CID DE ALFONSO X Y EL DEL PSEUDO IBN AL-FARAŶ

VI RODRIGO EN LA CRÓNICA DE CASTILLA. MONARQUÍA ARISTOCRÁTICA Y MANIPULACIÓN DE LAS FUENTES POR LA HISTORIA

* VII LA HISTORIA NACIONAL ANTE EL CID

* APÉNDICE I.  SOBRE LA FECHA DE LA HISTORIA RODERICI

* APÉNDICE II. SOBRE LA FECHA DE LA CHRONICA NAIARENSIS

* ÍNDICE DE REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS (Y CLAVE DE SIGLAS)

I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (5)

e. El Soberbio Castellano

      Aunque Las particiones del rey don Fernando empezaran a dotar al Rodrigo Díaz histórico-literario de un pasado —crianza en Zamora en hermandad con la infanta doña Urraca y los hijos de Arias Gonzalo, participación en el cerco de Coimbra donde sería armado caballero por el rey don Fernando 25— tales «datos» sólo eran en esa gesta suministrados como alusiones a tiempos lejanos, anteriores a las acciones objeto de narración. Para que el héroe tuviera unas Mocedades hubo que esperar más tiempo.
      Fue un juglar de la épica «tardía», aunque no tan «tardía» como suele creerse pues el poema existía ya a fines del s. XIII, quien acudió a satisfacer la curiosidad de un auditorio que, al igual que en tantos otros casos, quería saber cómo un personaje tan excepcional se había desarrollado, qué signos preludiaban su destino a ser un héroe 26.
      La crítica no ha sido generosa con el poeta inventor de las Mocedades de Rodrigo; sin duda, por echar de menos en el poema los «valores» propios de la «edad heroica» presentes en las gestas anteriores, pero también por confundir el poema original con una u otra de las dos manifestaciones concretas a través de las cuales lo conocemos: la crónica rimada llamada el Rodrigo, adaptación hecha en el s. XV, o el arreglo historiográfico de la información de procedencia épica hecho por la Crónica de Castilla. Pero la fábula ideada por el creador de las Mocedades de Rodrigo y la nueva personalidad del héroe que forjó ese juglar de fines del s. XIII hemos de reconocer que tienen un gran atractivo; tan grande, que no sólo lograron imponerse en los últimos siglos medievales, sino que conformaron la imagen del Cid renacentista, ya que el héroe vino a serlo nacional en su cualificación de «el Soberbio Castellano».
      En las Mocedades de Rodrigo el Cid sigue teniendo o tiene ya (si en vez de a la cronología de las obras nos atenemos al orden biográfico) los títulos necesarios para ser considerado el «vasallo» modelo. Pero ahora, de forma aún más paradójica que en las gestas anteriores, Rodrigo alcanza y cumple ese papel, no ya mostrando una lealtad sin tacha frente a reyes que, llevados de sus pasiones, incumplen temporalmente sus deberes señoriales (como en el Mio Cid y en La particiones), sino negando el besamanos de vasallaje al rey hasta que ese rey se hace digno de tenerle a él como vasallo:

Dixo estonce Rodrigo:     —¡Querría más un clavo
que vos seades mi señor    nin yo vuestro vassallo!
Porque os la bessó mi padre    soy yo mal amanzellado,

y, después que él, por su parte, ha mostrado ante todos su indisputable superioridad como guerrero, como héroe invencible capaz de encargarse de las más temerarias empresas para la gloria de su rey. Es esa la razón que le lleva a jurar, al ser forzadamente desposado con Ximena:

—Señor, vos me desposastes     más a mi pessar que de grado,
mas prométolo a Christus     que vos non besse la mano
nin me vea con ella     en yermo nin en poblado
fasta que venza cinco lides     en buena lid en campo;

y, en efecto, sólo besará al rey la mano y será su vasallo cuando don Fernando reciba del apóstol Santiago regia caballería y él haya, al fin, consumado su matrimonio con Ximena tras haber vencido las cinco lides del juramento.
      El famoso tema del casamiento de Ximena con aquel que mató a su padre, que tanto éxito post-medieval tuvo, no nació como un drama en que el amor y el odio luchen en el ánimo de unos personajes desgarrados por conflictivas pasiones, sino como «fazaña» ante un conflicto de derecho. Ximena resuelve el dilema político que al rey se le plantea cuando, como huérfana sin otro amparo que el que por derecho tiene que darle el rey, se querella ante la corte de don Fernando y éste teme que, en caso de castigar la muerte del conde don Gómez de Gormaz, se le alcen los castellanos. La exigencia de la menor de las hijas de don Gómez de que el rey dé reparo a su horfandad obligando al matador a suplir como varón el papel protector del padre muerto es una fórmula de derecho tan válida como el exigir de un forzador de una doncella que repare la violación con el matrimonio. Sólo a Diego Laínez le sorprenderá el hecho de que, puesta frente a Rodrigo doña Ximena por el rey,

ella tendió los ojos     et comenzó de catarlo:
—Señor, muchas mercedes,     ca éste es el que yo demando;

y Rodrigo tendrá razón al afirmar que acepta «mas amidos que de grado» la reparación que el rey le impone del daño hecho a Ximena por haber matado a un enemigo en buena lid campal, esto es que se desposa con ella por imperativos de derecho.
      El vuelco dado a la personalidad del Cid por el poeta de las Mocedades no puede ser más extremoso. Ni la mesura, ni el rechazo de cualquier género de jactancia, ni la prudencia, ni las artes y engaños tácticos en la guerra, ni el paternal afecto a los que forman su mesnada, ni el amor, son «virtudes» que sean tenidas como propias de un héroe; sólo cuenta el arrojo temerario, la arrogancia sin límites, el desprecio a cualquier ley, norma o autoridad que interfiera en el desarrollo de los propósitos o decisiones del individuo indómito.
     Tres rasgos definitorios del viejo Cid épico sobreviven, sin embargo, en el «Soberbio Castellano» de las Mocedades: su generosidad ante los vencidos o inermes, su sentido del humor (aunque sin la finura que tenía en el Mio Cid) y su condición social de simple caballero que reclama para los escalones bajos de la nobleza, los hidalgos, el respeto merecido a su demostrada superioridad en armas y conducta respecto a los condes y grandes señores de solares conocidos. En este aspecto, las Mocedades no sólo heredan el antagonismo clasista del Mio Cid, sino que extreman el contraste, aprovechando de forma nueva la leyenda de Los alcaldes de Castilla. Rodrigo, al ir a enfrentarse con los poderes de Francia como adelantado del rey don Fernando, carece de pendón y se lo fabrica harpando su propio manto; con esa enseña, de la cual hace entrega a su sobrino Pero Mudo, a quien se supone ahora de origen bastardo, pobre y hambriento, vence al Conde de Saboya, jactándose (aunque juegue con el sentido metafórico de las palabras) de que su padre vendió paño en las ruas de Burgos y de ser nieto del alcalde «cibdadano», esto es burgués, Laín Calvo quien, junto al noble Nuño Rasura, gobernaron Castilla en libertad.
      En las Mocedades, el hidalgo de raíces burguesas, ante cuyo valor e insolencia se tornan complacientes el rey de Francia, el Emperador de Alemania y el Papa acorralados por él en París, se agiganta de tal forma que la grandeza del buen rey don Fernando es, en realidad, tan sólo reflejo de la suya. Es, no más, fruto de la promesa que el rey le hace de «te non salir de mandado», de cumplir en todo momento los consejos de «el Soberbio Castellano», pues

 aquel español que allí vedes en todo es el diablo,

conforme advertirá el conde saboyano a los doce pares de Francia. Esta definición, la de que más bien que un hombre, es «figura de pecado», «diablo», repetida en boca de diversos personajes, se convierte en la gesta en la mayor alabanza del joven Rodrigo, en la que resume su personalidad heroica.
      La crítica, inatenta a los criterios que rigen la composición de la Crónica de Castilla, se desorientó al creer que esta nueva personalidad del Cid no era original en la gesta sino resultado de una refundición. Pero un mejor conocimiento del modus operandi del formador de esa crónica me permite hoy afirmar que la estructura de la gesta y la concepción del personaje Rodrigo en las Mocedades de fines del s. XIII eran muy similares ya a las que nos da a conocer el poema del s. XV, aunque esta versión posterior quinientista se aparte del modo narrativo clásico propio de los grandes poemas de los siglos XII y XIII al introducir un ritmo acelerado en la presentación de las escenas épicas.

Diego Catalán, "El Cid en la historia y sus inventores."(2002)

NOTAS

25 [Véase adelante, cap. VI, § d].

26 [Sobre la gesta de las Mocedades de Rodrigo y el modo deficiente en que la conocemos, véase Catalán, La épica española (2000), caps. V, §§ 3-5 y III, §§ 2b-e y 5d; y aquí adelante cap. VI, §§ e-g].

Índice de capítulos:

* PRESENTACIÓN

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (1)
   a. La realidad se forja en los relatos

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (2)
    b. Rodrigo, Campeador invicto para sus coetáneos

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (3)
   c. Del Campeador al Mio Cid. Los nietos del Cid y la herencia cidiana

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (4)
   d. Rodrigo, el vasallo leal, a prueba

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (5)
   e. El Soberbio Castellano

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (6)
   f. El Cid se adueña de la Historia y la Historia anquilosa la figura del  Cid

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (7)
   g. El Cid del Romancero salva al personaje literario del corsé historiográfico

* II EL «IHANTE» QUE QUEMÓ LA MEZQUITA DE ELVIRA Y LA CRISIS DE NAVARRA EN EL SIGLO XI

*  III LA NAVARRA NAJERENSE Y SU FRONTERA CON AL-ANDALUS

*   IV EL MIO CID Y SU INTENCIONALIDAD HISTÓRICA

V EL MIO CID DE ALFONSO X Y EL DEL PSEUDO IBN AL-FARAŶ

VI RODRIGO EN LA CRÓNICA DE CASTILLA. MONARQUÍA ARISTOCRÁTICA Y MANIPULACIÓN DE LAS FUENTES POR LA HISTORIA

* VII LA HISTORIA NACIONAL ANTE EL CID

* APÉNDICE I.  SOBRE LA FECHA DE LA HISTORIA RODERICI

* APÉNDICE II. SOBRE LA FECHA DE LA CHRONICA NAIARENSIS

* ÍNDICE DE REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS (Y CLAVE DE SIGLAS)

I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (4)

d. Rodrigo, el vasallo leal, a prueba

     Según hemos visto, «el Cid», en tanto personaje literario cantado en plazas y en palacios, «nació» de edad madura, como un pater familias preocupado por ganar para su mujer un solar y conseguir para sus hijas unos buenos maridos; pero pronto otro tramo de su vida vino a complementar su biografía épica. Gracias a un monje najerense compilador de crónicas, sabemos que c. 1185/1190 existía ya otra gesta, Las particiones del rey don Fernando, en que, si bien Rodrigo no ocupaba, como en el Mio Cid, el papel central, lo tenía muy destacado. Si los hechos a que se refería el Mio Cid se situaban entre 1089 y 1099, los dramatizados en Las particiones abarcan los años 1065 a 1072. Rodrigo está en la plenitud de su juventud guerrera. Son aquellos años en que, al morir Fernando I, «par de Emperador», la España unitaria por él creada, se desgarra en guerra fratricida entre su hijos y entre las cinco o seis «naciones» del reino: portogaleses, gallegos, leoneses, castellanos y estremadanos y navarros 23.
      En el resumen de esa guerra que incluye la Chronica naiarensis 24, Rodrigo es protagonista de tres escenas. En ellas aparece en un papel que sin duda tuvo, el de alférez o portaestandarte del rey castellano don Sancho; pero, como escenas, todas tres tienen un indudable carácter literario y tienen su origen indudable en la gesta. La primera se sitúa en Golpejera y tiene como marco escénico la costumbre de los guerreros, que aguardan la llegada del día para entrar en batalla, de hacer promesas jactanciosas o gabs sobre su próxima actuación en ella. El rey don Sancho se precia de que su lanza vale como la de mil leoneses y trata insistentemente de que Rodrigo le imite en su baladronada; pero Rodrigo se limita, una y otra vez, a prometer que peleará con un caballero y que Dios dispondrá del resultado del combate. Complemento de esta escena dialogada es la siguiente que Rodrigo protagoniza: el jactancioso rey cae preso en la batalla y Rodrigo, que ha perdido en el combate su lanza, logra rescatarle combatiendo él solo contra doce leoneses armado de una lanza que le dan por mofa los propios caballeros que custodiaban a don Sancho. La tercera ocurre ante los muros de Zamora, cuando el rey castellano, imprudentemente, se fía del zamorano traidor Vellido Adolfos, se aparta en su compañía y es asesinado por la espalda; Rodrigo, al ver cabalgar solo y apresuradamente hacia las puertas de Zamora a Vellido, intuye la traición y le persigue hasta dar con su lanza en la puerta. 
      El sentido de las escenas es bien claro, el Campeador encarna el contra-modelo del impetuoso y arrogante rey «don Sancho el Fuerte», pues reúne en sí la cauta y mesurada prudencia del varón sabio, junto con el valor y arrojo del guerrero joven. ¿Realidad histórica, ficción verisímil? ¡Qué nos importa!
      Esta gesta no se nos ha conservado en forma poética. Aparte de la huella que dejó en el s. XII en la Chronica naiarensis, refundiciones varias de ella dieron lugar a que otros historiadores en latín del s. XIII incluyeran, bien un rápido resumen bien escenas sueltas o episodios de uno de sus cantares; por otra parte, en lengua romance, Alfonso X la prosificó y resumió detenidamente, y, más tarde, un refundidor de la Estoria de España alfonsí retocó el resumen heredado acudiendo de nuevo a los versos épicos en algunas escenas muy dramatizadas (Crónica de Castilla).
      Aunque abundan, pues, las fuentes indirectas de conocimiento sobre esta gesta (de la cual, como acabo de recordar incluso conocemos algunas laisses en verso), la falta de un manuscrito poético es bien de lamentar, ya que la arquitectura y contenido de ella, que esas derivaciones historiográficas nos permiten apreciar, es propio de una obra maestra y algunas de las escenas de que constaba debieron de ser dramáticamente impresionantes.
      Quizá lo más notable de esta gesta sea, aparte de su equilibrada estructura, lo firmemente que en ella estaban diseñados los personajes, incluso los secundarios (en contraste con el Mio Cid, donde sólo están esbozados). Y secundarios son en ella, pese a todo, los tres reyes hijos de don Fernando, el retador a Zamora Diego Ordoñez y su tío don García de Cabra, el Crespo de Grañón, el traidor Vellido, el leal caballero sayagués que avisa de la traición, Alvar Fáñez, que ha perdido sus armas en el juego, etc... Pero, sobre todo, destacan en el poema tres personalidades extraordinarias: la infanta doña Urraca, apasionada, sensual, artera, que suple con artes femeninas su natural debilidad como mujer y se nos aparece como enérgica e invencible en sus propósitos, la cual es, indudablemente la protagonista de la gesta y, junto a ella, su ayo, el profético y sin tacha don Arias, y, enfrente de ella, el Cid. Nada más morir el gran rey don Fernando, Rodrigo, a quien el poeta ha presentado, anacrónicamente, como su consejero favorito, se encontrará enfrentado a deberes contradictorios: como castellano se debe, por «natura» al rey don Sancho, que ha adquirido además su gratitud como vasallo dándole «un condado» (dato antihistórico); pero, el rey don Fernando, en su lecho de muerte, le ha encomendado, con la fuerza que supone esa circunstancia, que, como leal vasallo, aconseje siempre bien a sus hijos; para colmo, ha sido criado en Zamora por Arias Gonzalo al lado de doña Urraca y sus hermanos de leche, tiene a don Arias por «padre» y a la infanta por co-hermana. A lo largo de toda la gesta se suceden las escenas en que «el leal Castellano», brazo ejecutivo de los planes del rey don Sancho (quien, como primogénito del rey don Fernando se cree con derecho a ir contra las disposiciones testamentarias de su padre y reunir bajo su corona todos los reinos), intenta servir con fidelidad y eficacia a su rey y, a la vez, no sólo cumplir con su juramento al rey muerto, que le armó caballero en el altar de Santiago, de ser leal consejero, sino proteger a su «hermana» la infanta huérfana y no incurrir en su desamor y evitar el tener que enfrentarse en combate mortal con su «padre» Arias Gonzalo o con sus «hermanos» los hijos de don Arias, como consecuencia de los avatares de la guerra; en fin, realizar el imposible proyecto de actuar conforme a «derecho» en medio de una guerra fratricida que desmiembra España.
      En este poema perdido, el Cid literario pasa la difícil prueba y emerge como figura moralmente superior a sus reyes, completándose así el perfil biográfico que el Mio Cid había iniciado.

Diego Catalán, "El Cid en la historia y sus inventores."(2002)

NOTAS

23 [Acerca de la gesta de Las particiones remito a mi reciente libro La épica española (2000), caps. I, §§ 3, 3d, 4b, 5a,e, 6a, 9a; II, §§ 1b, 2d, 3a, 9b; III, §§ 2d,f,g, 4b,d, 5a; IV, §§ 7a, 10a, 11; VI.1, 2, 3, 6].

24 Ed. Estévez Sola, Chronica naiarensis, en «CChCM», LXXI, Turnhout: Brepols, 1955, Lib. III, §§ 15 y 16 (pp. 172-175)].

Índice de capítulos:

* PRESENTACIÓN

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (1)
   a. La realidad se forja en los relatos

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (2)
    b. Rodrigo, Campeador invicto para sus coetáneos

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (3)
   c. Del Campeador al Mio Cid. Los nietos del Cid y la herencia cidiana

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (4)
   d. Rodrigo, el vasallo leal, a prueba

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (5)
   e. El Soberbio Castellano

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (6)
   f. El Cid se adueña de la Historia y la Historia anquilosa la figura del  Cid

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (7)
   g. El Cid del Romancero salva al personaje literario del corsé historiográfico

* II EL «IHANTE» QUE QUEMÓ LA MEZQUITA DE ELVIRA Y LA CRISIS DE NAVARRA EN EL SIGLO XI

*  III LA NAVARRA NAJERENSE Y SU FRONTERA CON AL-ANDALUS

*   IV EL MIO CID Y SU INTENCIONALIDAD HISTÓRICA

V EL MIO CID DE ALFONSO X Y EL DEL PSEUDO IBN AL-FARAŶ

VI RODRIGO EN LA CRÓNICA DE CASTILLA. MONARQUÍA ARISTOCRÁTICA Y MANIPULACIÓN DE LAS FUENTES POR LA HISTORIA

* VII LA HISTORIA NACIONAL ANTE EL CID

* APÉNDICE I.  SOBRE LA FECHA DE LA HISTORIA RODERICI

* APÉNDICE II. SOBRE LA FECHA DE LA CHRONICA NAIARENSIS

* ÍNDICE DE REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS (Y CLAVE DE SIGLAS)

Imagen: Castigos y documentos del rey don Sancho Ms. 3995 BNM del siglo XV

I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (3)

I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (3)

c. Del Campeador al Mio Cid. Los nietos del Cid y la herencia cidiana

      Como acabamos de ver, la admiración, entusiasta u hostil, suscitada en el Levante hispano y en al-Andalus por los «hechos» del Campeador o al- Kambiyaūr  tuvieron como resultado que su persona, no siendo de linaje regio, fuera objeto de Historia, tanto en latín como en árabe. Pero la fama que estos textos escritos pudieran garantizarle no habría resistido el paso del tiempo, ya que todos ellos fueron quedando arrinconados: Del Carmen únicamente llegó a sobrevivir una copia incompleta del s. XIII, que quedó enterrada en el monasterio de Ripoll durante siglos; de la historia valenciana de Ibn  ﺀAlqama sólo restan en árabe citas y resúmenes de algunos de sus pasajes aprovechados por historiadores tardíos de la España musulmana de cuyas obras con dificultad han llegado hasta nosotros manuscritos y no completos; en fin, la Historia Roderici fue desconocida por los grandes historiadores en latín del s. XIII. Por otra parte, las más antiguas historias oficiales del reino leonés-castellano, la Chronica Seminensis y Pelagius Ovetensis para nada mentaron el nombre de Rodrigo, y eso que Ruy Díaz era pariente de los condes de Oviedo (desde que casó con Ximena) y hasta asistió con Alfonso VI a la apertura del arca santa de las reliquias en San Salvador el 19 de julio de 1074, de cuyo contenido tanto partido sacó y tanto habló en sus escritos el obispo don Pelayo.
      Si mio Cid Ruy Díaz de Vivar, el Campeador, es aún hoy de todos conocido ello se debió esencialmente a un juglar cedrero cantor de gestas en «romance», esto es, en la lengua vulgar, quien, a fin de «publicar» una gesta nueva, la de Mio Cid, aprovechó unas anunciadísimas bodas reales en León el 19 de junio de 1144 y sus tornabodas en Pamplona, para cantar oportunistamente el encumbramiento de la casa familiar de Rodrigo Díaz que esas bodas venían a confirmar 18.
      Aquellas bodas, que sirvieron para datar numerosos diplomas contemporáneos, se celebraron con gran esplendor, según nos atestigua el minucioso relato de la pompa y de las fiestas y espectáculos populares con ese motivo organizados que se incluye en la Chronica Adefonsi Imperatoris. En ellas el Emperador casó a su hija la infantissa doña Urraca, habida en su muy amada concubina doña Gontroda, con el rey García Ramírez, el Restaurador del reino de Navarra, que venía a reconocerse su vasallo tras largos años de enfrentamiento guerrero, durante los cuales Alfonso VII, en unión del conde Ramón Berenguer IV de Barcelona, rey consorte de Aragón y feudatario del Emperador como señor de Zaragoza, habían intentado hacer desaparecer el reino navarro. Don García, de estirpe regia pero bastarda 19, se preciaba de su linaje materno, cidiano, ya que su padre, Ramir Sánchez contrajo matrimonio en Valencia con Cristina Díaz (la doña Elvira del Mio Cid) 20, bien en vida de Rodrigo 21, bien cuando doña Ximena aún mantenía el señorío valenciano antes de tener que abandonarlo.
      No cabe dudar de que es a este momento histórico de las bodas de 1144 al que se hace referencia en los versos finales de la gesta, cuando el poeta afirma ante su auditorio:

Oy los reyes d’España     sos parientes son.
A todos alcança ondra     por el que en buen ora nació,

 después de haber coronado la historia de la reparación del honor de Rodrigo contando las «segundas» bodas de sus hijas, y hecho destacar con ese motivo:

¡Ved qual ondra crece    al que en buen hora naçió,
quando señoras son sus fijas    de Navarra e de Aragón!

       Según apreciaciones del poeta, si al casar a sus hijas con personas de tan alta alcurnia, Rodrigo, un simple infanzón, creció en «honra», «hoy» (esto es en 1144) es la honra que él proyecta la que alcanza a todos los «naturales» de unos reyes que tienen el privilegio de haber entrado en parentesco con «el que en buen hora nació».
      Este extraordinario papel que en el Mio Cid se asigna a Rodrigo, de ser dispensador de honra (por intermedio de su descendiente el rey navarro) sobre nada menos que la estirpe regia castellano-leonesa que encarna el emperador Alfonso VII, responde claramente a una concepción de la historia de España foránea respecto a la tradición historiográfica dominante en la cronística oficial de la monarquía leonesa o toledana, a una concepción que sólo pudo tener sus orígenes en escritores afines al reino restaurado de Navarra. Es la misma que volveremos a encontrar en una obra histórico-genealógica, el Libro de las generaciones o Liber regum, escrito en la Rioja navarra a fines del s. XII.
      El juglar que acude en 1144 a ensalzar la casa del nieto navarro del Cid era, sin la menor duda, natural de San Esteban de Gormaz y paniaguado de los descendientes de Diego Téllez, un vasallo de Alvar Fañez que llegó a ser alcaide de Sepúlveda; su «navarrismo» ideológico y, según creo, lingüístico, nada tiene de extraño, dado que en tiempos de Alfonso I el Batallador las tierras del alto Duero fueron parte de la gran Navarra najerense (San Esteban, como Soria, aun eran gobernadas por un «tenente» navarro, Fortún López, en 1134, cuando Alfonso VII ya ocupaba Medinaceli) 22.
      Su más notable aportación a la biografía de Rodrigo Díaz fue el recuperar para la Historia un aspecto esencial del personaje que los biografos latinos coetáneos trataron de ocultar (quizá con la complacencia del propio Campeador): su pertenencia, dentro de la clase noble, militar, a un «estado» relativamente bajo, al de los infanzones lugareños. Rodrigo Díaz no era, como afirma el Carmen, «nobiliori de genere ortus, / quod in Castella non est illo maius», ni, como lo presenta la Historia Roderici, «nobilisimi ac bellatoris viri prosapia». Según escenifica el Mio Cid, los grandes ricos-hombres de Castilla podían hacer befa de las posesiones y derechos de Rodrigo Díaz como hidalgo, diciéndole, según hace Asur Gonzalez, uno de los infantes de Carrión:

¡Fuesse a Río d’Ovirna    los molinos picar
e prender maquilas,     commo lo suele far!

Y el orgulloso conde de Barcelona podía, asimismo, denostarle, a él y a su criazón, echándoles en cara ser unos «malcalçados».
     El poeta, lejos de considerar esa condición social una tacha, la convierte en título de honra y la razón de ser de toda su construcción literaria. El Mio Cid es, ante todo, una exposición mostrativa de que esa clase de caballeros que se ganan el pan y que también adquieren riquezas cada vez mayores mediante el arte militar y gracias al valor de su brazo, por el que corre destellando la sangre hasta el codo, son superiores en virtudes varoniles a unos grandes señores cortesanos y terratenientes, orgullosos de la sangre heredada, pero de costumbres muelles y viciosas, codiciosos y envidiosos de las riquezas muebles que se ganan con la acción, y, en consecuencia, son más merecedores de la estima regia que aquellos magnates cuya definición es la de ser, como del infante don Fernando dice el tartamudo Pero Vermúdez («Pero Mudo»), «lenguas sin manos». El Mio Cid es la defensa, que Rodrigo Díaz de Vivar encarna, del derecho, al cual aspira la clase social de los «caballeros pardos» de las villas y pueblos, a que se les reconozca paridad legal frente a los ricos-hombres de solares conocidos.
      El rey don Alfonso poético aprende, en el curso del Mio Cid, a ser un «buen señor», dispensador de derecho. Ahora bien, está claro que para el poeta de 1144 esa equidad regia seguía siendo un hecho aún por ver en la realidad de la vida; de ahí el fondo libelístico que tiene el Mio Cid.
      Menéndez Pidal insistió mucho en la «historicidad» de la vieja gesta, en las coincidencias de la figura poética del Cid y de muchos de los detalles de la exposición con «datos» extraíbles de otra documentación (baste citar como extremos el ardid que permite a Rodrigo destrozar el ejército almorávide en la batalla de El Cuarte y la creencia del Campeador en el valor agorero del vuelo de las aves). Y es evidente que el juglar alcanzó a tener noticia de unos tiempos históricos y de unos personajes que sólo una proximidad temporal pudo proporcionarle, pues eran demasiado «secundarios» para el concepto de Historia predominante en los escritos medievales cristianos, y que únicamente gracias a él esos personajes cobran cuerpo ante nosotros, dotados de vida y de pasiones, ajustadas en lo esencial a las que sin duda opusieron a los clanes familiares de que esos personajes formaban parte. Pero no deja de ser patente, a la vez, el hecho de que (como en toda historia, y más si es poética) lo contado es construcción al servicio de unas ideas, de unos propósitos, que, más que al tiempo referido, pertenecen al del narrador y a la posición que éste adopta ante la realidad de su entorno histórico. Es, como toda «verdadera « historia, reinvención del pasado para el presente.
      Con esta gesta de 1144 se impone el nombre de «Mio Cid», de «el Cid», para «el Campeador». Ya en torno de 1149 el Carmen de expugnatione Almariae urbis, escrito en loor de Alfonso VII, atestigua en sus versos latinos la triunfante implantación del nuevo epíteto, juntamente con la de la noción (anti-histórica) de la inseparabilidad de la pareja Ruy Díaz-Alvar Fáñez (el Cid y Minaya); ambos hechos son, como el propio poeta latino reconoce, fruto del canto, en lengua vulgar, claro, de las hazañas conjuntas de uno y otro; esto es, resultado del éxito alcanzado, por plazas y palacios, de la gesta «navarra» de Mio Cid recientemente divulgada.
     La personalidad de «el Cid» esculpida por el juglar estremadano de San Esteban de Gormaz recibía en aquella ocasión el reconocimiento de la poesía cortesana:

«Debo confesar —hace constar el poeta regio— la verdad, la cual el paso de los días nunca alterará: Mio Cid fue el primero, Álvaro, el segundo».

Diego Catalán, "El Cid en la historia y sus inventores."(2002)

NOTAS

18 [Véase, adelante, en el cap. IV, un demorado estudio acerca de lo aquí esbozado acerca del Mio Cid].

19 [Como detenidamente muestro en el cap. II de este libro].

20 [La prosapia materna del Restaurador fue ya destacada por el Libro de las generaciones o Liber regum redactado en Navarra en 1194-96, en que se equipara al emperador Alfonso VII, descendiente del juez Nuño Rasuera, y al rey de Navarra Garci Ramírez, descendiente del otro juez Llaín Calvo por intermedio del Cid. Continuó alegándose en las obras navarras posteriores: sirvan de ejemplo la Estoria de los godos de un aragonés al servicio de don Pero Ruiz de Azagra (fechable en 1252/53) y las Canónicas de Fray García de Euguí de c. 1387].

21 [Como afirma don Rodrigo Ximénez de Rada, Historia Gothica, Lib. V, cap. XXIV].

22 [Sobre estos detalles, véase adelante el cap. IV].

Índice de capítulos:

* PRESENTACIÓN

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (1)
   a. La realidad se forja en los relatos

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (2)
    b. Rodrigo, Campeador invicto para sus coetáneos

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (3)
   c. Del Campeador al Mio Cid. Los nietos del Cid y la herencia cidiana

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (4)
   d. Rodrigo, el vasallo leal, a prueba

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (5)
   e. El Soberbio Castellano

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (6)
   f. El Cid se adueña de la Historia y la Historia anquilosa la figura del  Cid

* I REALIDAD HISTÓRICA Y LEYENDA EN LA FIGURA DEL CID (7)
   g. El Cid del Romancero salva al personaje literario del corsé historiográfico

* II EL «IHANTE» QUE QUEMÓ LA MEZQUITA DE ELVIRA Y LA CRISIS DE NAVARRA EN EL SIGLO XI

*  III LA NAVARRA NAJERENSE Y SU FRONTERA CON AL-ANDALUS

*   IV EL MIO CID Y SU INTENCIONALIDAD HISTÓRICA

V EL MIO CID DE ALFONSO X Y EL DEL PSEUDO IBN AL-FARAŶ

VI RODRIGO EN LA CRÓNICA DE CASTILLA. MONARQUÍA ARISTOCRÁTICA Y MANIPULACIÓN DE LAS FUENTES POR LA HISTORIA

* VII LA HISTORIA NACIONAL ANTE EL CID

* APÉNDICE I.  SOBRE LA FECHA DE LA HISTORIA RODERICI

* APÉNDICE II. SOBRE LA FECHA DE LA CHRONICA NAIARENSIS

* ÍNDICE DE REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS (Y CLAVE DE SIGLAS)