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Obras de Diego Catalán

40.-5. EL POETA DEL “MIO CID” ANTE LA MEMORIA DE LAS GESTAS HISTÓRICAS DE RODRIGO


5. EL POETA DEL “MIO CID” ANTE LA MEMORIA DE LAS GESTAS HISTÓRICAS DE RODRIGO

------5.1. El Mio Cid trata de las vicisitudes vitales de Rodrigo Díaz, el Campeador, un caballero de la baja nobleza (un infanzón) natural del pequeño lugar de Vivar (junto a Burgos), desde que por primera vez es desterrado de Castilla por Alfonso VI  (en 1081), hasta que, con la derrota de los almorávides en Bairén y la conquista de Murviedro, consigue asegurar su señorío feudal sobre el reino moro de Valencia y acomete la reforma de la catedral, instaurando en ella como obispo al cluniacense transpirenaico Jerónimo de Périgord (en 1098). No hay duda de que el poeta somete sus conocimientos históricos a una organización literaria en busca de unos determinados efectos: “En el Poema del Cid lo histórico tiene como misión y sentido servir de sostén a lo poético (a lo epicomítico)”, conforme resume bien Castro (1960, pág. 45). Nadie lo ha negado o dejado de observar. Pero Menéndez Pidal, desde sus primeros estudios cidianos y con más énfasis según completaba sus conocimientos sobre algunos personajes secundarios y ampliaba la base teórica de su aproximación a la epopeya, llamó muy especialmente la atención de la crítica acerca de la extraordinaria “historicidad” de la gesta (en contraste con la progresiva novelización que luego sufrió en refundiciones posteriores); según sus apreciaciones, el “verismo” o “realismo” del relato poético está cimentado en un conocimiento exacto, aunque teñido de localismo, de personajes y pormenores de la vida real del héroe. Ello se debería a que la epopeya cidiana nos ha llegado en una versión muy vieja y a que, en sus orígenes, todo canto épico es “historia cantada”. Estas afirmaciones, que han servido de punto de partida a una polémica, siempre renovada desde los días en que Spitzer (1948) y Menéndez Pidal (1949a) cruzaron cortésmente sus lanzas, requieren una reformulación a la luz de una concepción diversa de la función de los cantares de gesta al tiempo de su creación. Es cierto, y no debe de disminuirse polémicamente el peso de esas observaciones, que, como Menéndez Pidal ha notado, el poema de Mio Cid, tal cual nos es conocido, conserva (mejor o peor recordados, más o menos adaptados a la fabula literaria) abundantísimos “datos” que corroboran o complementan hechos que sabemos son ciertos; que recuerda, además, con extraña exactitud, la primitiva frontera entre moros (reinos de Toledo y de Zaragoza) y cristianos (Extremadura castellana) en la zona próxima a San Esteban de Gormaz, antes de que la conquista del reino toledano por Alfonso VI  (1085) la alterase, así como la diferente relación que con el reino de al-Qādir y el de los Ibn Hud mantenía en aquellos precisos tiempos el rey Alfonso (ya que el reino toledano estaba bajo su protectorado y no el de Zaragoza); que la nómina de personajes relacionados con Rodrigo y de personajes hostiles a Rodrigo proporcionada por el poema es un impresionante recuerdo histórico que ningún documento escrito coetáneo guardó ni pudo guardar... Pero esta acendrada memoria de un entramado de hostilidades banderizas entre clanes, de situaciones geo-históricas locales y de múltiples hechos relacionados con la vida del Campeador, si bien exige para el trabajo de creación poética una proximidad temporal a la “España del Cid” (a cuya reconstrucción tanto contribuyó el propio Menéndez Pidal), en nada se opone a que la fabula del Mio Cid sea íntegramente invención literaria (según defienden, desde puntos de vista diversos, múltiples críticos de Menéndez Pidal). Por otra parte, la consideración de esa fabula como narración literaria, no presupone (frente a lo que muchos de esos críticos piensan, desde Spitzer, 1948, hasta hoy) que la construcción carezca de propósitos históricos o, si se prefiere, políticos. Como toda historia, la cantada en el Mio Cid pretende presentarnos el modelo de un pasado reconstruido (dialécticamente restaurado) para uso del presente. No cabe, a mi ver, mayor “historicidad” en un texto.
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En términos prácticos, la reevaluación (o desvaloración, si se quiere) de la “historicidad” del Mio Cid supone, tomémoslo como ejemplo, considerar que, en principio, la ruta del destierro seguida por el Cid y su mesnada desde que abandona Castilla hasta que ataca las tierras de Huesa y Montalbán pueda ser toda ella tan “poética” como la del viaje de doña Ximena cuando el rey permite que se traslade a Valencia o la que con destino a Carrión se interrumpe, con el maltrato y abandono de las hijas del Cid por sus maridos, en el robledal de Corpes. En efecto, si bien el poeta sabe que Rodrigo estuvo en Barcelona antes de que la rivalidad por el dominio del Levante le llevara a combatir con el Conde de Barcelona y a hacerlo prisionero en el pinar de Tévar (según revelan los vv. 962-963), la sucesión de hechos que cuenta, todos ellos con precisas indicaciones geográficas, desde el momento que cruza la Sierra de Miedes hasta la prisión del Conde, no permiten (ni temporal ni espacialmente) tan sustancial desvío en el itinerario del desterrado 31. En la historia, parece muy probable (como piensa Chalon, 1976, págs. 170-175) que si (conforme cuenta sumariamente la Historia Roderici, § 12), Rodrigo, al ser desterrado, se exilió primero en Barcelona y sólo después entró al servicio de al-Muqtadir († octubre 1081) y de al-Mustaءin, reyes sucesivos de Zaragoza, el desterrado no tuviera que ganarse su primer pan en tierra de moros pasando por las proximidades de San Esteban de Gormaz y sorprendiendo, con argucias de caudillo fronterizo, a los moros de Castejón de Henares (en el reino de Toledo) y a los de Alcocer sobre Jalón (en el reino de Zaragoza). A mi parecer, el conjunto de episodios bélicos mediante los cuales el “salido de la tierra” muestra en la gesta cómo puede vivir una hueste sobre terreno enemigo acudiendo a un “arte” de la guerra en que el ingenio y la prudencia son imprescindible complemento del valor (Gargano, 1986), no fueron concebidos para dar “noticia” de unas correrías históricas del Campeador y, no hay por qué concederles credibilidad como información puntual (pese a lo creído por Alfonso X, que las cuenta y glosa con especial cuidado, y a los intentos de Menéndez Pidal de armonizar el testimonio poético con el de la Historia latina 32); son, meramente, reflejo “verista” de un modo de hacer la guerra 33, que, no necesitaba de fuentes eruditas ni para que los caballeros de la Extremadura vivieran efectivamente de él, ni para que un poeta de la misma área lo describiera utilizando al Cid como paradigma 34. Caso algo diferente es el de la prisión y liberación del Conde de Barcelona Berenguer Ramón (y no Ramón Berenguer, que dice el poema) en el pinar de Tévar, hecho famoso del que el Mio Cid guarda memoria en forma complementaria a lo que cuentan, del lado cidiano, la Historia Roderici 35 y, con el natural distanciamiento, Ibn ءAlqama 36. La localización en Tévar de la prisión del Conde de Barcelona creo que debe tenerse por cierta una vez que tenemos documentación medieval que sitúa el topónimo en las proximidades de los molinos de Ràfels, en términos de Montroig de Tastavins (Menéndez Pidal, 1969a, págs. 757-758), ya que esos molinos y las condiciones del terreno justifican la elección por Rodrigo Díaz de ese lugar como campamento en su guerra depredadora por tierras moras en las montañas al norte de Morella. Aunque el cantor cidiano confunde (¿a sabiendas?) en una realidad única las dos prisiones históricas del Conde por el Cid (en 1082, durante su primer destierro y en 1090, durante el segundo), tiene memoria fiel de algunos pormenores históricos y del ambiente del enfrentamiento de 1090 (cfr. Menéndez Pidal, 1969a, págs. 376-388); aun así, su reconstrucción no deja de ser, ante todo, un cierre especialmente bien conseguido del primer Cantar, gracias a la elaboración que realiza de la escena del convite (un hecho que sabemos que es histórico 37), escena cómica magistral, en el curso de la cual el narrador y su héroe compiten en  la tarea de humillar al orgulloso y desconfiado conde barcelonés (Montgomery, 1962) mediante la ironía y el empleo, a su costa, de un juego de palabras (basado en la polisemia de “franco”: ‘francés’, ‘libre’, ‘generoso’), escena en que la superioridad moral del “salido” de la tierra, caudillo de una hueste de “malcalçados” sobre el orgulloso conde franco, resulta manifiesta 38.
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Una utilización similar por parte del poeta de sus conocimientos acerca de personajes allegados al Campeador (o que, por alguna razón, hubo interés en mostrarlos vinculados a él) y de personajes que fueron enemigos suyos (o pudieron serle hostiles en la corte de Alfonso VI) hace posible la presencia en el Mio Cid de unas dramatis personae que nos sorprenden, de una parte, por su pertenencia a los tiempos de Rodrigo, siendo como en su mayoría son desconocidos para la historia escrita de esos tiempos (Menéndez Pidal, 1963a, págs. 113-116) 39, de otra, por su notable caracterización en tanto actores en el drama ficticio representado (Alonso, 1941). Su “exactitud” (al corresponderse con personajes de los tiempos historiados en el poema) no pudo el poeta haberla conseguido mediante trabajosas investigaciones de archivo, revolviendo oscuros documentos monacales o catedralicios referentes a derechos de propiedad, transacciones, etc., con la finalidad de autorizar mediante la utilización de unos nombres históricos las invenciones de la fabula ideada, pues, al ser sólo de él conocidos por los años en que escribía, mal podían funcionar como testigos garantes de la credibilidad del texto producido. En vista de que una tal hipótesis, aunque haya sido presentada (Smith, 1983) como si respondiera a las exigencias de la ciencia positiva, no es digna de consideración seria (Montgomery, 1983b), sólo cabe pensar, con Menéndez Pidal (1963a, pág. 115) que la memoria del poeta alcanzó a recordar la existencia, vinculaciones familiares y alianzas de esa red de personajes de la alta y baja nobleza debido a su relativa cercanía al tiempo de lo referido. En una sociedad estamental y en que el modelo de familia cognática es en el estamento nobiliario predominante, nada puede sorprender que la memoria de esas relaciones y los nombres de múltiples personajes interrelacionados se conserve durante bastantes decenios. Pero, aunque “la gran mayoría de los treinta y dos [o treinta y tres] personajes cristianos del Poema de Mio Cid están documentados históricamente”, debe notarse (con Chalon, 1976, pág. 80) que ello en nada impide que, “sobre el fondo de los elementos históricos, el poeta borde a su gusto, exagere intencional o intencionalmente el papel de ciertos protagonistas”, o que, por otra parte, nos sea preciso “desechar como insostenible, en el plano histórico, la hipótesis de la presencia en el entorno del Campeador, en los momentos en que el Cantar los hace actuar, de algunos otros personajes” (fr.). Es más, por conveniencias de la fabula, el poeta puede conceder al sobrino más conocido de Rodrigo, Alvar Háñez “Minaya” el papel de deuteragonista, sacándolo (según ya dijimos) de su contexto vital histórico, o crear, como contramodelo del rico-hombre cortesano, “lengua sin manos”, que se supone es el infante de Carrión Fernan González, la figura de Pero Vermuóz, manos sin lengua (“Pero Mudo”, ‘Pedro Tartamudo’), recordando a cierto caballero castellano que ya en 1069 era potestad y que, por lo tanto, no responde bien, por su edad, al papel poético que se le asigna; si bien don Jerónimo pudo ser un obispo transpirenaico con ideas y vocación guerrera a lo cruzado, no es posible aceptar, desde luego, que pidiese las “primeras heridas” en la batalla del Cuarte (1094), ya que sólo llegó a Valencia en 1097; etc. Con Chalon (1976, pág. 145) debemos concluir que “el examen del conjunto del poema nos muestra que a su autor no le perturba mezclar la ficción poética y el realismo histórico, ni atribuir a personajes reales acciones ficticias o anacrónicas” (fr.).
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Esta conclusión resulta especialmente importante al encontrarla verificada en la escena que protagoniza Diego Téllez, “el que de Alvarfáñez f[o]”. La historicidad (tardíamente descubierta por Menéndez Pidal, 1929, pág. 596) de este personaje y el hecho de que la documentación histórica haga muy digna de crédito su vinculación vasallática respecto a Alvar Háñez (puesto que en 1086 gobernaba Sepúlveda, ciudad en cuyo poblamiento, diez años atrás, 1076, había tenido parte muy importante Alvar Háñez) sólo admiraron a Menéndez Pidal en vista de la insignificancia para la acción poética que su presencia en el v. 2814 del Mio Cid tenía y consideró que “indudablemente Diego Téllez es un resto de veracidad involuntaria, propia de un relato actual o casi” (Menéndez Pidal, 1963a, pág. 113), por lo que exclama: “¡hasta tal punto esta poesía se muestra fraguada toda ella sobre la realidad histórica vivida en el siglo XI!” (Menéndez Pidal, 1947a, pág. 559). Pero lo realmente sorprendente es que, súbitamente, aparezca en la narración un personaje histórico, no impuesto por la fabula (ya que no es una de las dramatis personae del poema), para protagonizar una acción de la que, obviamente, no fue actor en la realidad de la historia, puesto que las hijas del Cid no fueron dejadas por los infantes de Carrión en la espesura del robledal de Corpes para que acabaran con ellas las fieras del bosque.
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Creo que la fortuita aparición de Diego Téllez en la narración tiene mucha mayor importancia que la que se le ha concedido, ya que los propósitos del autor de un canto épico sólo resultan manifiestos cuando una modificación de la historia no está justificada por el modelo genérico o cuando la alteración del modelo genérico no está determinada por la presión del referido histórico (Catalán, 1985 y 1995).

Diego Catalán: "La épica española. Nueva documentación y nueva evaluación" (2001)

 

NOTAS

31 El recordar este hecho situándolo fuera de la cadena temporal y espacial de sucesos que ha ido creando desde la salida de Vivar no supone, a mi parecer, que lo coloque necesariamente antes de que se produzca el destierro (como Chalon, 1976, pág. 176, con lógica de historiador, deduce).

32 En 1947a (4ª ed.) y 1969 (7ª ed.), las últimas ediciones extensas de la España del Cid que incorporan novedades y revisiones del autor, aún supone Menéndez Pidal que “esta incursión que cuenta el Poema (425-509)... es probablemente un confuso recuerdo de la misma cabalgada que causó el destierro” (1969a, pág. 275, n. 3). Acéptanlo Horrent (1964b, págs. 462-463) y Chalon (1976, págs. 170-171).

33 Mostrar la validez de una lectura “literaria” del episodio de Castejón es el propósito de uno de los artículos cidianos de Horrent (1963).

34 Creo que es ésta también la creencia de Montaner (1993, págs. 433-436), aunque la acumulación indiscriminada de referencias a opiniones inarmonizables de multitud de críticos oscurezca su juicio crítico. Pensar, como Smith (1975), que para idear los ardides que permiten al Cid poético tomar Castejón y Alcocer le fue necesario al autor del Mio Cid consultar el Bellum Iugurthinum, o algún manual de composición literaria y retórica usado en una escuela monacal o catedralicia que contuviera pasajes de Salustio, y el Strategamata de Frontinus, o extractos de él en una colección de pasajes de interés militar o incorporados a un desconocido manual de retórica, me parece tan absurdo como suponer a Rodrigo Díaz preparando sus campañas contra al-Haŷib de Lérida leyendo en la Farsalia la campaña de César contra Petreo y Afrasio. Véase la moderada, pero aplastante, exposición de Baldwin (1984) sobre las tácticas de engaño y emboscada en Oriente y Occidente y su llamada de atención a la nueva crítica (también Chalon, 1978 y 1984, págs. 258-262). No menos ridículo, a la vista de la documentación recordada por Baldwin, resulta el empeño de Ubieto (1973) de demostrar (¡hasta con gráficos!) que la táctica guerrera del Cid poético fue inventada por los cristianos en la batalla de Alarcos (1195) y que semejante argumentación impide fechar el poema antes de esa fecha (págs. 56-63).

35 Con Chalon (1976, pág. 178), y frente a las suposiciones de Kienast (1939, pág. 64, n. 2), Menéndez Pidal (1964-1969, pág. 382, n. 2) y Montaner (1993, pág. 26) considero casuales las semejanzas en algún detalle entre la Historia Roderici y el Mio Cid; ni exigen la lectura del texto historiográfico latino por el autor del texto poético romance, ni el recurso a un supuesto “cantar” noticiero previo (ni latino, ni romance). Cuando un texto medieval depende de otro texto las huellas son patentes, “textuales”, no se copian vagas reminiscencias, ni se recurre ocasionalmente a un detalle informativo suelto. También argumenta en esta dirección Rico (1993, pág. XXVII), sintiéndose autorizado para “negar con rotundidad que el juglar hubiera manejado la Historia Roderici”.

36 Gracias a Ibn ءAlqama (que conocemos en pasaje utilizado por Alfonso X en su Estoria de España) sabemos que, si los moros auxiliares del Cid tuvieron un destacado papel en su estratagema para vencer al Conde de Barcelona (PCG, págs. 563b31-564a14), los francos también contaban con fuerzas aliadas moras, sean del rey de Zaragoza al-Mustaءın, sean del Rey de Lérida, Tortosa y Denia al-Haŷib, a cuya cuenta combatían (PCG, pág. 562a46-b13). Comprobamos así que el Mio Cid no inventó la presencia de moros (v. 988) entre las gentes del conde (como sugiere, indirectamente, Chalon, 1976, pág. 176, n. 137 bis).

37 La Historia Roderici se preocupa en detallar que, aunque Rodrigo se negó a recibir en su tienda al orgulloso Conde, “ordenó prestamente que se les diese [a los presos] vituallas en abundancia” (lat.).

38 Al fusionar la prisión en Tévar, cuando ya el Cid es un potentado, con la de 1082, en los primeros años difíciles de exilio a sueldo del Rey de Zaragoza, el poeta se atiene a su concepción de la mesnada cidiana, constituida por unos hombres que aún viven “en tierra de moros prendiendo e ganando / e dormiendo los dias e las noches trasnochando” (Chalon, 1976, págs. 180-181).

39 Nadie ha podido mostrar que el poeta recurriese a informaciones sobre la vida de Rodrigo Díaz y sus relaciones con otros personajes coetáneos previamente recogidas en escrito. Basta para llegar a esta conclusión negativa la vaguedad con que Montaner (1993, págs. 11-12) alude a que el “conjunto de fuentes biográficas a disposición de un poeta que trabajaba hacia 1200 pudo ser relativamente amplio”, sin poder espigar de las “autoridades” críticas que invoca ni una sola prueba de dependencia informativa respecto a las biografías cidianas entonces existentes.

ÍNDICE DEL CAPÍTULO I: TEMA I: LA ÉPICA EN LENGUA VULGAR AL SUR DE LOS PIRINEOS. TESTIMONIOS DEL SIGLO XIII

* 1. LA ÉPICA ESPAÑOLA. NUEVA DOCUMENTACIÓN Y NUEVA EVALUACIÓN (I)
* 2. EL TESTIMONIO ALFONSÍ. TEMAS CAROLINGIOS DE LA ÉPICA HISPANA
* 3. EL TESTIMONIO ALFONSÍ. TEMAS ESPAÑOLES DE LA ÉPICA HISPANA
*
4. EVALUACIÓN DEL TESTIMONIO ALFONSÍ
* 5. HUELLAS DE LA ÉPICA EN LOS DOS GRANDES HISTORIADORES LATINOS DE LA PRIMERA MITAD DEL S. XIII: EL ARZOBISPO DON RODRIGO Y DON LUCAS.
* 6. EL TESTIMONIO DE FRAY JUAN GIL DE ZAMORA: VERSIONES VARIAS DE UNA MISMA GESTA EN EL S. XIII
* 7. OTROS TESTIMONIOS DEL S. XIII. LOS POEMAS EN ROMANCE DEL MESTER DE CLERECÍA Y UNA CRÓNICA LOCAL
* 8. EVALUACIÓN DE LOS TESTIMONIOS DEL S. XIII COMPLEMENTARIOS DEL TESTIMONIO ALFONSÍ.
* 9. LAS COPIAS POÉTICAS TARDO-MEDIEVALES DE CANTARES DE GESTA A LA LUZ DE LOS TESTIMONIOS INDIRECTOS DEL S. XIII SOBRE LA EPOPEYA.

CAPÍTULO II: TEMA II: TESTIMONIOS DE LA POESÍA ÉPICA AL SUR DE LOS PIRINEOS ANTERIORES AL SIGLO XIII

* 10 II TESTIMONIOS DE LA POESÍA ÉPICA AL SUR DE LOS PIRINEOS ANTERIORES AL SIGLO XIII
* 11 2. LA HISTORIOGRAFÍA EN LATÍN EN EL ÚLTIMO CUARTO DEL SIGLO XII Y LA ÉPICA ORAL: LA HISTORIA DE CASTILLA EN LA CHRONICA NAIARENSIS.

*
12 3. ¿ALCANZÓ LA HISTORIOGRAFÍA ÁRABE DE LA PRIMERA MITAD DEL S. XII A CONOCER UN CANTO ÉPICO CASTELLANO?
*
13 4. LA ÉPICA CASTELLANA Y LA ÉPICA FRANCA EN LA ESPAÑA DE ALFONSO VII
* 14 5. LA PRESENCIA AL SUR DE LOS PIRINEOS DE LAS GESTAS FRANCESAS A MEDIADOS DEL S. XII Y LA TRADICIÓN ÉPICA DEL MEDIODÍA EUROPEO
*
15 6. LA GESTA DEI PER FRANCOS EN COMPOSTELA: EL IACOBUS.
*
16 7. LA ÉPICA CAROLINGIA AL SUR DE LOS PIRINEOS A PRINCIPIOS DEL S. XII

* 17 8. LA ÉPICA CAROLINGIA AL SUR DE LOS PIRINEOS EN EL S. XI.
*
18 9. EVALUACIÓN SUMARIA DE LOS TESTIMONIOS DE LOS SIGLOS XI Y XII.

CAPÍTULO III: TEMA III: LOS TESTIMONIOS POST-ALFONSÍES DE LA CONTINUIDAD DE LA EPOPEYA

* 19  III LOS TESTIMONIOS POST-ALFONSÍES DE LA CONTINUIDAD DE LA EPOPEYA
* 20 2. LA CRÓNICA DE CASTILLA SE HACE CIDIANA: LAS “ENFANCES” DE RODRIGO
*
21 3. LA CRÓNICA FRAGMENTARIA Y LAS LEYENDAS CAROLINGIAS.
* 22 4. LA OBRA HISTORIAL DEL CONDE DON PEDRO DE BARCELOS Y LA EPOPEYA

* 23 5. LA HISTORIOGRAFÍA POSTERIOR A 1344 Y LA SOBREVIVENCIA DE LOS CANTARES DE GESTA.
*
24  6. EVALUACIÓN SUMARIA DE LOS TESTIMONIOS TARDO-MEDIEVALES ACERCA DE LA LONGEVIDAD DE LA POESÍA ÉPICA

CAPÍTULO IV: TEMA IV: LA ÉPICA MEDIEVAL ESPAÑOLA Y ROMÁNICA. LA HERENCIA DE UNA ORALIDAD PRIMITIVA

* 25 1. ÉPICA DE ORÍGENES ORALES Y ÉPICA CULTA
* 26
2.LOS MODELOS CONTEMPORÁNEOS DE POESÍA NARRATIVA ORAL Y LA ÉPICA MEDIEVAL
* 27 3. EL MODO DRAMÁTICO DE LA NARRACIÓN ÉPICA
* 28 4. EL MOLDE PROSÓDICO Y LA GENERACIÓN DEL DISCURSO ÉPICO
* 29 5. LO FORMULARIO ÉPICO Y LA CREACIÓN ORAL
* 30 6. CREACIÓN Y REFUNDICIÓN
* 31 7. LA ETAPA ÁGRAFA DE LA PRODUCCIÓN ÉPICA. RAÍCES DEL GÉNERO.
* 32 8. LA ESCUELA ÉPICA ESPAÑOLA

* 33 9. CARACTERES DE LA ÉPICA ESPAÑOLA. LA VERSIFICACIÓN.
* 34 10. CARACTERES DE LA ÉPICA ESPAÑOLA. TEMAS Y CONTENIDOS IDEOLÓGICOS
* 35 11. LA INTEGRACIÓN DE LA TEMÁTICA CAROLINGIA EN LA TRADICIÓN ÉPICA ESPAÑOLA

CAPÍTULO V: TEMA V: EL MIO CID

* 36 1. EL MANUSCRITO DE VIVAR Y LA GESTA
* 37 2. EL MIO CID, GESTA CABEZA DE SERIE

* 38 3. EL POETA DEL “MIO CID” ANTE LAS CONVENCIONES FORMALES DEL GÉNERO
* 39 4. EL POETA DEL “MIO CID” ANTE LAS CONVENCIONES TEMÁTICAS DEL GÉNERO

* 40 5. EL POETA DEL “MIO CID” ANTE LA MEMORIA DE LAS GESTAS HISTÓRICAS DE RODRIGO
* 41 6. LA “PASIÓN” COMO FUERZA REESTRUCTURADORA DE LA HISTORIA. INTENCIONALIDAD POLÍTICA DEL CANTO ÉPICO
* 42 7. ¿DESDE CUÁNDO SE CANTÓ EL MIO CID?

CAPÍTULO VI: TEMA VI. FORMACIÓN Y DESARROLLO DEL CICLO CIDIANO

* 43 1. LA CREACIÓN DEL PERSONAJE LITERARIO. EL MIO CID Y LAS PARTICIONES DEL REY DON FERNANDO
* 44 2. LAS RECREACIONES JUGLARESCAS Y EL PASADO DE RODRIGO

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