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Obras de Diego Catalán

63.- 4. LA ALJAMÍA O LENGUA ROMANCE HABLADA EN AL-ANDALUS

63.- 4. LA ALJAMÍA O LENGUA ROMANCE HABLADA EN AL-ANDALUS

4. LA ALJAMÍA O LENGUA ROMANCE HABLADA EN AL-ANDALUS. II. AL-ANDALUS. EL ÁRABE Y LA ALJAMÍA

      Aunque la aljamía o lengua romance de al-Andalus (que impropiamente, según hemos visto, suele identificarse con la designación de «mozárabe» o «dialectos mozárabes») no nos ha dejado texto alguno anterior al siglo XI, los cantarcillos de las jardyas conservadas, incorporados a poemas árabes o hebraicos, son la mejor muestra que tenemos de cómo se expresaban los hablantes cristianos y musulmanes en los siglos de bilingüismo románico-arábigo. Como era de esperar en una sociedad esencialmente bilingüe, la len­gua de esas cancioncillas, sin duda entonadas tanto por cristianos como por musulmanes, se ve mezclada de mu­chos arabismos. Por otra parte, es de un gran arcaísmo y remonta a una situación lingüística que revela una notable unidad en el romance peninsular, ya que no se manifies­tan diferencias dialectales apreciables cuando las utilizan en sus muwaššahas poetas de las más diversas regiones de la España musulmana; esa homogeneidad lingüística parece heredada de los tiempos visigóticos.

      Es preciso advertir la dificultad que hay en lograr una lectura precisa de los textos conservados. Por lo pronto, la escritura propia de las lenguas semíticas, tanto hebrea como árabe, se presta muy mal para transcribir las lenguas indo­europeas, ya que no suele escribir más que los sonidos con­sonanticos, y, cuando quiere añadir alguna vocal, la nota­ción es muy incierta, pues los signos disponibles no distinguían con precisión los diversos matices vocálicos. Agréguese a esto que cuando el copista que reprodujo el texto no era de al-Andalus, no entendía lo que la jardya decía y substituía fácilmente unas letras por otras dejando las palabras difícilmente reconocibles.

      El español de estos textos literarios es una lengua roman­ce mucho más arcaica o próxima a sus orígenes que la de los más viejos textos literarios conservados en escritura la­tina en el Norte cristiano de la Península y, desde luego, muy anterior a la hegemonía del castellano, con cuyos ca­racteres peculiares para nada coincide: la sílaba ge- inicial conserva la consonante, yermaniellas ’hermanitas’; el grupo / + yod es ly (no j), filyo, «flywl ’lynw» ’hijuelo ajeno’ (que puede leerse con o sin diptongo: -ue-, -uo-, -o-), «wlywš» ’ojos’ (en que ocurre lo mismo); el verbo ’ser’ hace el pre­sente Tú yes, Él yed (frente al castellano Tú eres, Él es).

      Gracias a la rima, podemos fijar las vocales de la perso­na Yo del Futuro en vivréyu («bbr’yw») y en vivráyu («bbr’yw»), fara ŷ[u] («fry»), morráyu («mrryw»), faréyu, con conservación de la terminación -ayu, -eyu < habeo (el ver­bo auxiliar latino)40.

      La -t final de la persona Él en los verbos se conserva siempre, sonorizada en -d: tornarád, sanarád, vernád ’vendrá’, éxed ’exe, sale’ 41. También se conserva la -d en la preposi­ción ad.

      La vocal final -e, según nos aseguran las rimas, aparece conservada en mále sustantivo y en demandáre (que en la cancioncilla romance son asonantes entre sí y en la muwaš­šaha generan rimas en -li y -ari respectivamente); faŷe ’faz, rostro’, amore, dormiré, volare son mucho más frecuentes que las formas con apócope de la -e, que también ocurren.

      La -o final se apocopa en proclisis: com, cuand y cuan, y se pronunciaba como -u en las formas plenas: senu, alyenu, fermosu, morrayu, etc.

      El caso régimen del posesivo de primera persona es «de mibi» «a mibi» y el de la segunda «de tibe», «a tibe».

      Entre las muchas dificultades que ofrece la lectura de los jardya, la mayor es la atañente a las vocales breves latinas, ya que las grafías de los manuscritos pueden interpretarse muy variamente: si ’cuando’ se halla transcrito «kwnd» y «qwn»; cómo vocalizar «twlgš»? ¿tolgas, tuolgas, tuelgas?, ¿y «wlywš» ’ojos’? ¿olyos, uolyos, uelyos?, ¿y «mw», «myw» ’mío’? ¿meu, mio, mieo? ¿y «sdylh»? ¿Cidello, Cidyelo? Sólo el dipton­go inicial es seguro «y’d», yed ’es’ y ello nos basta para in­clinarnos a defender otras lecturas con diptongación.

      Otra dificultad importante es el empleo del a (cóncavo-velarizado) tanto para la sorda como para la sonora, lo cual hace posible leer «ṭοṭο» como todo o «faz de maṭrana» ’cara de aurora’ como «faz de madrana».

      El vocabulario ofrece también grandes arcaísmos: yana ’puerta’ 42 de janua, voz que sólo ha dejado derivados en Cerdeña y en Calabria, ha desaparecido en todas las len­guas hispánicas después de haber producido el diminutivo janela ’ventana’ en portugués; la expresión «cuell albo» usa­da por una joven al interpelar a su madre 43 nos muestra que el adjetivo «albo» aún no es un cultismo44, sino una voz conversacional; el repetidísimo verbo garir ’decir’, que creo hay que transcribir garrir, con sus imperativos garme, garrid vos 45, del latín garriré ’charlar’ es una curiosa pe­culiaridad del vocabulario de esta lírica aljamiada46.

      Las noticias que, aparte de los textos de las jardyas, pro­porcionan los escritores árabes acerca de la aljamía casi exclusivamente atañen al vocabulario, sirviendo sólo para estudios léxicos. No obstante, podemos reunir a través de ellos alguna información que trasciende la lexicografía meramente enumerativa.

      Según ya vimos, el historiador Ben Hayyán refiere que, antes del desastre de Polei, el rebelde godo Omar ben Hafsún, rebosante de jactancia, hablaba en romance espa­ñol con su amigo Ben Mastana y, para despreciar el ejérci­to del califa, le llamó boyata, ’manada de bueyes’ (según explica el historiador) 47. Omar no pronuncia boyada.

      La preferencia por la consonante sorda se manifiesta igualmente en las poesías árabes entreveradas de expresio­nes en lengua románica de Ben Cuzmán, el máximo culti­vador del metro zejelesco, en la primera mitad del s. XII 48: toto ظظ (canc. 5, estr. 7), penato rimando con waxtato, ’des­trozado, gastado’ (canc. 10, estr. 2), tornato (canc. 20, estr. 6), anda baxtito (del verbo bastir ’bastecer’), frase que luego traduce en árabe: ’anda honrado y reverenciado’; xukur ’se­gur’ 49, paltar ’paladar’ 50, merkatal ’mercadal, mercado’ 51, kakar (canc. 102, estr. 4).

      Testimonios como éstos han llevado a creer descarriadamente a ciertos lingüistas que en la época de la conquista y de las primeras relaciones íntimas entre hispano-romanos y árabes, las sordas intervocálicas latinas eran aún sordas en la parte ocupada por los árabes, es decir, en la mayoría de la Península 52. Si los árabes llamaron Játiva a la Saetabis antigua, es que no se sonorizaba la t. Pero quie­nes así piensan tienen una idea falsa respecto a la cronolo­gía de los cambios fonéticos: una tendencia neológica en fonética suele emplear varios siglos en su lucha con la forma purista; muchas generaciones consecutivas participan de una misma tendencia innovadora y la van realizando per­sistentemente 53, haciéndola pasar del estado latente al de tolerado y al de preponderante, mientras la expresión pu­rista se va arcaizando lentísimamente hasta olvidarse.

      Es imposible creer que en el s. IX (no digamos en el XII) en el Sur de España no se pronunciase corrientemente bo­yada, cuando los ejemplos inscripcionales de sonorización de los siglos II al VII (imudavit, lebra, pontivicatus, iubentudis, eglesie) son justamente del Sur, de Mérida y de Andalucía 54. Además, aunque no tuviésemos tales ejemplos, sabríamos que en la España árabe la sonorización contendía con la conservación de las sordas arcaicas pues se cometían casos de ultracorrección, y es evidente que la ultracorrección no puede existir sin que antes preexista el vulgarismo de que huye. El español inculto sabía que, donde él solía pronun­ciar una sonora, los que hablaban correctamente ponían una sorda, y en su celo purista ponía a veces consonante sorda donde no la había en latín; así por Caesar-auguste pronunciaba redichamente Cesaracoste, como aparece esculpido en una inscripción de Martos de época visigoda, del siglo VII 55; los árabes acogieron la preferen­cia lingüística de estos ultracorrectos y adoptaron la forma Saraqusta 56 para sus escritos, aunque el vulgo dijese más correctamente *Saragosta, de donde Saragoza. De igual modo los mozárabes y muladíes, continuando la gran vacilación de la época visigoda entre consonante sorda y sonora, in­currían en otras ultracorrecciones, y de ellos sin duda tomaron los árabes el llamar Córtoba a Corduba. También aún hoy se llama Beratón, en Soria, al «sanctum Buradonis  ilicetum» de Marcial.

      Los ejemplos árabes y aljamiados no nos dicen otra cosa sino que en los siglos VIII al XI coexistían todavía, junto a las consonantes sonoras, las consonantes sordas arcaicas, y los escritores musulmanes, al tratar nombres románicos, preferían las formas cultas al vulgarismo de la sonoridad consonantica.

      Sólo en el caso de la fricativa -f-  abundan los casos de sonorización 57. Ya en el Concilio de Córdoba del año 839, según arriba dijimos, se condena a los herejes llamados acebaleos (< acephalos) y en el latín del abad cordobés Samsón, hacia 865, se lee provectibus, reveratur junto a la ultracorrección referentia. Pero en el Glosario latino-arábigo de entre los siglos X-XII (conservado en Leyden), escrito por un mozárabe probablemente del centro de la Península, ade­más de varias voces con -f- sonorizada prouano, couinus (por cophinus), prouicua, se hallan casos de -c-, hecha sono­ra en gragulos y eglesia.

      Ben Joljol, que escribía en Córdoba en 982 sus comen­tarios a Dioscórides, entre los nombres en lenguaje «la­tiní», como él denomina al romance local, cita la planta llamada kabesairuela o kabiseiruela por sus nudos o cabezue­las 58. Aunque los autores árabes posteriores, al transcribir voces de aljamía, lo suelen hacer con consonante sorda, a veces se hacen cargo del sincretismo. Así el botánico sevi­llano de hacia 1100 dice de la ortiga: «en aljamía se la lla­ma ortica y ortigas», y de cierto musgo: «se le llama barbuda y barbuta»; Además, usa únicamente la sonora en algunas voces como lanŷiduela ’lancetuela’ (diminutivo de ’lanceta’), abertal, cabessa, nabiello, cabellosa 59, aunque en general pre­fiere la sorda: achettaira ’acedera’, escopella ’escobilla’, áquila, matresilva, marito, chento detos ’ciendedos’, etc. Su contem­poráneo, el judío zaragozano Ben Buclárix, junto a ortica escribe vitrio, var. vidrio y agua, águila 60. También hay, jun­to a bletos, bledos y el marfil recibe el nombre de pulido 61.

      En suma, la sonoridad existía, pero en descrédito; era rechazada como vulgarismo inculto, a diferencia de lo que ya en el s. IX ocurría en el Norte cristiano, donde la sono­rización se abría camino en la lengua notarial por entre las formas puristas (kadedras < cathedras, «signum de me­dalo» ’campana de metal’, insubra indigado ’supra  indicato’, etc. en un diploma portugués de 882 62; en León, 870, plaguit, artigulo, etc.63).

      Estas precisiones no excluyen que en territorio musulmán hubiera alguna región ibérica, refractaria a la sonorización céltica, donde la consonante sorda se mantuviese habitualmente, como se mantuvo en el Alto Aragón hasta hoy 64. La toponimia nos ofrece en el Este de la Península restos fósiles de esa resistencia: Luco de Bordón (part, de Castellote, lindando con el part, de Morella) y Luco de Jiloca (part, de Calamocha) en Teruel 65 (frente al Lugo de Gali­cia y el Lugo de Llanera, Oviedo 66); Ficaira en Murcia (fren­te a Figuera en Oviedo y Lérida, Higuera en Jaén, Badajoz, etc.); Granátula en Ciudad Real y Granatilla en Granada, como Garnata en árabe (frente a Granadilla en Cáceres y Sa­lamanca, Granadella en Lérida); Fregenite en Granada (frente a Fregeneda en Salamanca).

      El prolongado rechazo de la sonorización vulgar, gene­ral en la Romania occidental, no es el único gran arcaísmo de la aljamía, lenguaje que se nos presenta bajo muchos as­pectos como estancado en su evolución, cohibido por la preferencia dada al árabe como lengua de cultura. Relega­do a la intimidad casera, se conservó durante varios siglos casi en el estado en que se hallaba al hundirse la monar­quía visigoda 67.

      Rasgo típico de la fonética de la aljamía es la c palatal pronunciada ch: Carabanchel 68, Conchel y Alconchel < conciliu 69, Elche < Ilici, Aroche < Aruci, Chipiona del nombre de Quintus Servilius Scipio70, Escariche Guadalajara, Escriche Teruel, genitivo del nombre germánico Ascarius (comp. Escariz en Galicia)71. Luchena Murcia; Luchen(t) Valencia, de Lucius (comp. Lucena, Luciana); Marchiena Beja, Marchena Sevilla, Córdoba, Jaén, Almería, Mur­cia, Alicante, de Marcius; Carchena Córdoba, de Carcius.

      Los diptongos decrecientes 72 se conservan, como en el gallego-portugués y el leonés, frente al catalán, aragonés y castellano; la España visigótica, sorprendida por la invasión musulmana en el siglo VIII, conocía la etapa más arcaica del diptongo ai y la adopción por el árabe de muchas palabras y topónimos con ai contribuyó a fijar esa forma del dip­tongo impidiendo que evolucionara como entre los cristia­nos del Norte: Ben Joljol, en 982 da el nombre «latiní» o románico, usado en Córdoba,  de la planta lajtayra   < lactaria ’cuajaleche’; el poeta cordobés Ben Cuzmán (muerto en 1159) mezcla en su árabe voces románicas como fadŷayra (esto es ’fazera’) en el sentido de ’faz’, ’rostro’, pandayr ’pandero para tañer’, yanayr ’enero’, setaray de jactare, kerray ’querré’ (?). Podría pensarse, dada la im­precisión vocálica árabe, que se tratara de la forma -ei del diptongo, pero nos consta que los mozárabes usaban -ai, pues el que escribió el glosario conservado en la biblioteca de Leyden a fines del siglo X o principios del XI pone en letras latinas bayro (< variu) aplicado a uno de los colo­res del caballo 73 (cast. ant. vero). Lo mismo que en Anda­lucía, ai era general en la aljamía de Levante y de Toledo: Ben Buclárix, que escribía en Zaragoza diez o quince años antes de su reconquista, nos dice expresamente que en la aljamía local se llamaba poplinayra y vitriayra a ciertas yer­bas y consigna que haydo era el «nombre español» del ’que­so’; el Sabatayr ’el zapatero’ era el apodo de un literato valenciano que murió en 1204 y en Toledo vivía en el s. X una familia musulmana Aben Xantayr ’hijo del santero’. Y los mozárabes del s. XIII levantinos y toledanos seguirán invariablemente empleando la forma ai del diptongo.

      La metátesis de la yod como origen del diptongo, sin que éste se reduzca, propia de la aljamía, es el origen de nom­bres toponímicos de apariencia gallega que perduran hoy en Granada, Málaga y Almería, como Capileira, Pampaneira, Junqueira y asimismo de Beila en el término de Huétor-Tajar (part, de Loja)74, Cairén, de Carius y Busairen(t) de *Buccarius en Valencia, Bairén (ant. Beyren), Berén de Varius o Verius, en Valencia y Lérida respectivamente, Alpandeire en Málaga (cfr. pandair aljam., arriba citado), Caicena de Cacius en Córdoba. También la evolución de N + yod, L + yod se detiene en un estado arcaico, sin palatalizar la consonante en Lucainena Almería < Lucanius + -ania, Alozaina Málaga Concentaina Alicante < Contestania, Bailén Jaén, si procede de Valius 75.

      De forma paralela la aljamía mantuvo la forma arcaica del diptongo au y los préstamos que dio al árabe español conservan la a sin velarizar. En Valencia, Toledo o Andalu­cía se decía lauxa < lausia o *lausa (gall.-port, lousa, cast, losa, cat. llosa), taudža (cast, atocha) y taupa< talpa76; fauchil de falce (gall.-port. fouce, fouciña, cast, hoz, hocino)77, y aún hoy se conservan nombres toponímicos como Faucena, cortijada en el ayuntamiento de Iznalloz (Granada), o La Fausilla, caserío en Cartagena (Murcia).

      En contraste con el conservadurismo fonético caracterís­tico de la aljamía hay que señalar la pérdida de la -o final tras l y n.

      La documentación de la aljamía, sus préstamos al árabe, sus reliquias toponímicas nos bastan para sentar que el uso de los rasgos castellanos en Toledo, Andalucía y demás te­rritorios de la España árabe fue de introducción tardía, como efecto de la reconquista y repoblación castellana 78.

      Los hablantes en lengua romance de la España musul­mana usaban ll  y no la j castellana. En vez del castellano conejo, cerraja, decían conelyo, xarralya, lo mismo en Toledo que en Córdoba y Málaga, o en Zaragoza y Valencia, coin­cidiendo en esto con el aragonés antiguo conello, conill, con el catalán cunill, serralla, con el gallego-portugués coenllo, coelho, serralha, y con la generalidad de los romances de fuera de España.

      Usaban t y no la ch peculiar del castellano, y a la hierba cuajaleche llamaban lahtaira, y por ’noche’ decían nohte, lo mismo en Córdoba que en Zaragoza; en esto se asemejaban al gallego-portugués, al leonés occidental y al arago­nés, que dicen leite o lleite, noite o nueite, feito, y al catalán, que dice llet, nit, fet, concordando en esto con el italiano, francés y demás romances, a diferencia del castellano, que creó en este caso un sonido especial.

      Frente al castellano enero, hiniesta, hinojo, helar, que pier­den la j- o g- latina, conservan esta consonante los demás romances, incluso los de la Península; portugués Janeiro, giesta, leonés y aragonés antiguo jenero, giniesta; catalán janer, ginesta. Pues los que hablaban la aljamía en Cordoba y en Málaga decían jenáir, yenexta, siguiendo el uso general y no el castellano.

      El castellano dice llantén a la hierba llamada en latín plantagĭne, y dice llorar por plorare; los demás ro-mances conservan PL- KL- latinas o las alteran de otro modo: aragonés plantaina, plorar; catalán plantatge, plorar; portugués chantagem, chorar. Los que usaban el romance en al-Andalus decían plantain, según testimonios de Córdoba, de Sevilla y de Zaragoza.

      El leonés, el catalán y parte del aragonés, palatalizan la L- inicial diciendo llengua, llabrar o llaurar, lluna, mientras el castellano concuerda aquí con la generalidad de los ro­mances, conservando la inicial, lengua, labrar, luna. Pues los cordobeses del siglo X decían yengua (con pronunciación yeísta de la ll). También la diptongación ante yod que se revela en el nombre toponímico Caracuey o en el vocablo uello ’ojo’, es un rasgo que la aljamía poseía en común con el leonés y el aragonés.

      Por otra parte, contra el castellano, el aragonés y el ca­talán y de conformidad con el gallego-portugués y el leo­nés occidental, se conservaba en la aljamía el grupo -MB- latino y en Granada llamaban Colombaira al pueblo que los castellanos llamaron Colomera (cfr. cast., arag. paloma, cat. coloma o paloma, leon. palomba, gall.-port, pomba).

      De igual modo podemos señalar en el territorio catalánizado por la reconquista diferencias respecto al catalán 79. Ben Alabbar, autor valenciano que escribe en los primeros años del siglo XIII inmediatamente anteriores a la recon­quista, apunta el sobrenombre Ibn Monteyel dado a un cadí de la ciudad de Valencia por los años de 1101 y a un lite­rato de Murviedro muerto en 1223 80 y según el «Reparti­miento» de la conquista había en la Valencia árabe lugares conocidos por los nombres de «alqueriam de Xilviela del Argarbia», «orto P. Çalarieta» y «turre de Avenfierro», «turrim que vocatur Castiella» en Játiva, etc.81.

      Cosa análoga en Portugal: los rasgos portugueses no se introdujeron en las regiones del Sur sino por efecto de la portuguesización tardía. La aljamía de Lusitania, por ejem­plo, no perdía la -L- y -N- intervocálicas, como el portugués del siglo XI; esto nos lo indican ciertos nombres toponími­cos del Sur, como Mértola < *Mirtula, Myrtilis, Baselga < basilica, Odiana < wadi-Ana (el río Guadiana), Madroneira en Beja (frente a Madroeira en Santarem), Moli­no en Évora (frente a Moinho en el Norte) y otros así 82.

Diego Catalán: Historia de la Lengua Española de Ramón Menéndez Pidal (2005)

NOTAS

40  En un documento de Campoo, al Norte de Palencia, de ha­cia 1196 (Menéndez Pidal, Docum, ling., Castilla, n° 17) se escri­be heo, eo, junto a eh, he ’Yo tengo’, lo cual confirma la interpre­tación de -ayu, -eyu como descendiente del verbo habeo en los futuros citados. Otras jardyas se han leído con pérdida de la -o (advolaréi, amaréi; faré).

41  En el Norte cristiano, durante los siglos X al XII hay vacila­ción entre formas con -t, -d, -z conservada y perdida (según muestro en Orígenes del esp., §§ 70 y 781).

42  Muwaššaha hebrea 14a.

43 Muwaššaha hebrea 11a.

44  Esto es, que no ha sido desplazado en el habla común por generalización del germanismo blanco, que es ya la voz emplea­da exclusivamente en el poema de Mio Cid.

45  «Garrid vos, ay yermaniellas / com’ contener a mieu mali! / sin el habib non vivréyu / advolaréi demandari»; «Gar, si yes devina / e devinas bi-l-haqq, / garme cuand me vernád / mieu habibi Išaq»; «[...] gar qué faráyu? / ¿cómo vivráyu / est al-habib espero, / por él morráyu» (según mi lectura de las jardyas hebreas 4, 2 y 15, «Cantos románicos andalusíes», Bol. Acad. Esp., XXXI, 1951, pp. 244, 223 y 225, corregida con lo observado en «La primitiva lírica europea», RFE, XLII, 1960, p. 316). El verbo apa­rece también en las jardyas 22, 23, 26, 34 y 38 (el arabismo habib significa ’amigo’).

46  Conforme a la acertada interpretación de García de Diego, Dicc. etim. (1954) y García Gómez (Al-Andalus, XV, 1950, pp. 161-163); comp. Corominas, Dice, etim., s.v. garrido.

47  Atrás, § 3 y n. 22.

48  Menéndez Pidal, Orígenes del esp., ed.  1950, § 4644c.

49  Simonet, Hist. de los mozár., p. 605.

50  Simonet, Hist. de los mozár., p. 415.

51  Simonet, Hist. de los mozár., p. 360.

52  Opinión de Meyer-Lübke, rebatida en Orígenes del esp., p. 261 (ed. 1950, p. 255). Gamillscheg, en RFE, XIX, 1932, pp. 256-257, combate también la opinión de Meyer-Lübke. En un extre­mo opuesto, Carnoy, Latin d’Espagne, 1906, p. 119, en vista de las inscripciones visigóticas que ofrecen sonorización, había por su parte afirmado rotundamente que «le phénomène était accompli au septième siècle». ¡Ni en el s. X estaba concluida la evolución! Meyer-Lübke y Carnoy compartían la creencia en el carácter puntual de los cambios, en que un cambio fonético se consuma en unos pocos decenios; no conocen la enorme dura­ción que una ley fonética tiene en su desarrollo, ni los estados latentes y de proscripción que un fenómeno atraviesa. Steiger, Contribución, 1932, no maneja el concepto necesarísimo de la ultracorrección.

53  Menéndez Pidal, Orígenes del esp., pp. 562 y ss. (ed.  1950, p. 532).

54  Véase atrás, cap. I, n. 93, y Orígenes del esp., ed. 1950, § 464b.

55  Hübner, Inscr. Hisp. Christ., 108a y Suppl., p. 54. Distinto en Vives, Inscripciones cristianas,  1942, n° 436, pp.  156 y 200a.

56  La ultracorrección de la inscripción de Martos es insepara­ble de la forma árabe y nos impide acoger la duda de A. Steiger, Contribución, 1932, pp. 155-156, 378 n., respecto a la ultraco­rrección, queriendo explicar la sorda más bien mediante la pre­ferencia que tienen las lenguas semíticas por los sonidos enfáti­cos. De todos modos, Steiger reconoce (p. 154) que la opinión de Meyer-Lübke no es sostenible.

57  Menéndez Pidal, Orígenes del esp., ed. 1950, § 464a-b.

58  Simonet, Hist. de los mozár, p. 67.

59  Asín Palacios, Glosario, 400°, 66°; Asín (132°) lee mal capellosa, pues el manuscrito distingue bastante regularmente la b con tešdid = p, de la b simple.

60  Simonet, Hist. de los mozár., pp. 410, 568; Menéndez Pidal, Orígenes del esp., ed. 1950, § 464c.

61  Simonet, Hist. de los mozár, p. 467.

62  Autógrafo, Portugaliae Monumenta Hist., Dipl. 9°; el 12°, año 897, 14°, 907. También autógrafos, contienen firmidate, «nodum die», etc.

63  Menéndez Pidal, Orígenes del esp., p. 247 (ed. 1950, p. 241).

64  Véase atrás, cap. IV, § 10.

65  Como, en territorio vasco, Luco, ayuntamiento de Ubarrundía, Álava.

66  El antiguo Lucus Asturum (7 kms. al N. de Oviedo).

67  Menéndez Pidal, Orígenes del esp., ed. 1950, § 902.

68  Topónimo de que ya hemos tratado en la Parte 1a, cap. II, § 6.

69  Menéndez Pidal, Orígenes del esp., p. 199 (ed. 1950, p. 181).

70  Véase Menéndez Pidal, «El Imperio Rom. y su prov.», en His­toria de España, II, p. 586.

71  Los nombres portugueses se suelen tener por derivados de un genitivo sin palatalización de la -C-: Ourique < Aurici, Manique < Manicii (H. Lautensach, «Die portugiesischen Ortsnamen», en Volkstum und Kultur der Romanen, VI, 1932, p. 147). Pudieran ser simplemente casos de pérdida de -o como Alberique Valencia, Ubrique Cádiz (comp. Manrique, Almerich).

72  Menéndez Pidal, Orígenes del esp., ed. 1950, § 902, 196, 201,2,5.

73  Glossarium latino-arabicum, ed. Seybold, p. 554.

74  Orígenes del esp., ed. 1950, § 902.

75  Orígenes del esp., ed. 1950, § 504.

76  En el vocabulario mozárabe levantino del s. XIII. Hay tam­bién el topónimo Lauxar, año 1222, en el partido de Navahermosa, y hoy Laujar en Almería.

77  En el Glosario de Leyden, s. X, como equivalente de falcastrum.

78 Lo que sigue, conforme a lo que digo en Orígenes del esp., ed. 1950, § 90.

79  Menéndez Pidal, Orígenes del esp., ed. 1950, § 903, 912.

80  Simonet, Hist. de los mozár., p. 375. Es patronímico usual también entre los cristianos y hoy subsiste como apellido: Montiel.

81  Simonet, Hist.  de los mozár.,  pp. CVII, CVIII,  514,  594 y Galmés, «El mozárabe levantino», en NRFH, IV, 1950, 313-346.

82   Menéndez Pidal, Orígenes del esp., ed. 1950, § 901.

 CAPÍTULOS ANTERIORES:

PARTE PRIMERA: DE IBERIA A HISPANIA
A. EL SOLAR Y SUS PRIMITIVOS POBLADORES

CAPÍTULO I. LA VOZ LEJANA DE LOS PUEBLOS SIN NOMBRE.

1.- 1.  LOS PRIMITIVOS POBLADORES Y SUS LENGUAS

2.- 2. INDICIOS DE UNA CIERTA UNIDAD LINGÜÍSTICA MEDITERRÁNEA

3.- 3. PUEBLOS HISPÁNICOS SIN NOMBRE; PIRENAICOS Y CAMÍTICOS

CAPÍTULO II. PUEBLOS PRERROMANOS, PREINDOEUROPEOS E INDOEUROPEOS

4.- 1. FUERZA EXPANSIVA DE LOS PUEBLOS DE CULTURA IBÉRICA

5.- 2. NAVEGACIÓN DE FENICIOS Y DE GRIEGOS EN ESPAÑA

6.- 3. LOS ÍBEROS Y LA IBERIZACIÓN DE ESPAÑA, PROVENZA Y AQUITANIA

7.- 4. FRATERNIDAD ÍBERO-LÍBICA

*   8.- 5. LOS LÍGURES O AMBRONES

*   9.- 6. LOS ILIRIOS

*   10.- 7. LOS CELTAS

*   11.- 8. «NOS CELTIS GENITOS ET EX IBERIS» (MARCIAL)

12.- 9. PERSISTENCIA DE LAS LENGUAS IN­DÍGENAS EN LA PROVINCIA ROMANA DE HISPANIA

B. LAS HUELLAS DE LAS LENGUAS PRERROMANAS EN LA LENGUA ROMANCE

CAPÍTULO III. RESTOS DE LAS LENGUAS PRIMITIVAS EN EL ESPAÑOL

13.- 1. VOCABLOS DE LAS LENGUAS PRERRO­MANAS

14.- 2. SUFIJOS PRERROMANOS EN EL ESPAÑOL

15.- 3. LAS LENGUAS DE SUBSTRATO EN LA FONÉTICA ESPAÑOLA

16.- 4. RESUMEN DE LOS INFLUJOS DEL SUBSTRATO

PARTE SEGUNDA: LA HISPANIA  LATINA
A. LA COLONIZACIÓN ROMANA Y LA ROMANIZACIÓN

CAPÍTULO I. HISPANIA PROVINCIA ROMANA

* 17.- 1. CARTAGO Y ROMA. LA PROVINCIA ROMANA DE HISPANIA Y SU EXPANSIÓN DESDE EL ESTE AL OESTE

18.- 2. LA ROMANIZACIÓN

19.- 3. ESPAÑA Y LA PROVINCIALIZACIÓN DEL IMPERIO

20.- 4. PREDOMINIO DEL ORIENTE. EL CRISTIANISMO

CAPÍTULO II. EL NUEVO LATÍN

21.- 1. ¿LATÍN VULGAR?

22.- 2. EL LATÍN NUEVO

23.- 3. INFLUJO DEL CRISTIANISMO

24.- 4. NEOLOGISMOS DEL VOCABULARIO DOCTO

25.- 5. NEOLOGISMOS DE ESTILÍSTICA COLEC­TIVA

26.- 6. ACEPCIONES NUEVAS

27.- 7. FRASEOLOGÍA

28.- 8. MÓVILES DEL NEOLOGISMO GRAMA­TICAL

29.- 9. CAMBIOS EN LA FLEXIÓN Y SINTAXIS DEL NOMBRE

30.- 10. CAMBIOS EN LA FLEXIÓN Y SIN­TAXIS DEL VERBO

31.- 11. PREPOSICIONES Y ADVERBIOS

32.- 12. COLOCACIÓN DE LAS PALABRAS

*   33.- 13. EVOLUCIÓN DEL SISTEMA VOCÁLICO

34.- 14. EVOLUCIÓN DEL SISTEMA CONSO­NÁNTICO

*   35.- 15. OTRAS SIMPLIFICACIONES FONÉTICAS

*   36.- 16. LARGA LUCHA ENTRE INNOVACIÓN Y PURISMO

*   37.- 17. LAS INSCRIPCIONES

B. EL LATÍN DE HISPANIA

CAPÍTULO III. ESPAÑA EN LA ROMANIA

*   38.- 1. LA ROMANIA

*   39.- 2. CAUSAS DEL DIALECTALISMO RO­MÁNICO

*   40.- 3. ROMANIA OCCIDENTAL, ROMANIA MERIDIONAL

*   41.- 4. TRES ZONAS DE COLONIZACIÓN DE ESPAÑA

*   42.- 5. ESPAÑA Y LA ITALIA MERIDIONAL

*   43.- 6. ARCAÍSMO PURISTA DEL LATÍN DE ESPAÑA

*   44.- 7. RELACIONES ENTRE EL LATÍN HISPA­NO Y EL DE LA ROMANIA MERIDIONAL: VOCABULARIO Y FORMACIÓN DE PALABRAS

45.- 8. FONÉTICA DIALECTAL EN EL LATÍN DEL SUR DE ITALIA Y DE LA HISPANIA CITERIOR

*   46.- 9. UNIDAD Y DIVERSIDAD EN EL LA­TÍN DE HISPANIA

*   47.- 10. TOPONIMIA CRISTIANA

PARTE TERCERA: HACIA LA NACIONALIZACIÓN LINGÜÍSTICA DE HISPANIA
A. DESMEMBRACIÓN DE LA ROMANIA. ÉPOCAS VISIGÓTICA Y ARÁBIGA

CAPÍTULO I. EL REINO TOLOSANO Y EL TOLEDANO

*   48.- 1. DISOLUCIÓN Y RUINA DEL IMPERIO DE OCCIDENTE. CRISIS DE ROMANIDAD

*   49.- 2. NACIONALIZACIÓN DEL REINO VISI­GODO

*   50.- 3. REINO VISIGODO TOLEDANO

*   51.- 4. ONOMÁSTICA GERMÁNICA

*   52.- 5. CAUSAS DE LA FRAGMENTACIÓN ROMÁNICA

*   53.- 6. LA LENGUA COMÚN QUE NO SE ESCRIBE

*   54.- 7. CENTROS DIRECTIVOS DE LA HISPANIA VISIGÓTICA

*   55.- 8. LENGUA CORTESANA VISIGODA

*   56.- 9. EL MAPA LINGÜÍSTICO DEL REINO GODO

*   57.- 10. ORÓSPEDA, CANTABRIA Y VASCONIA

*   58.- 11. NACIONALIZACIÓN LITERARIA. SAN ISIDORO

*   59.- 12. LA ESCUELA ISIDORIANA

CAPÍTULO II.  AL-ANDALUS. EL ÁRABE Y LA ALJAMÍA

*   60.- 1. LA ARABIZACIÓN DE HISPANIA

*   61.- 2. LOS MOZÁRABES EN SU ÉPOCA HE­ROICA

*   62.- 3. MUSULMANES DE HABLA ROMANCE

Diseño gráfico:
 
La Garduña Ilustrada

Imagen: letra I, alfabeto anglosajón, siglo VIII-IX

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